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El embrujo de la luna

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Miércoles 8 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Flamenco. Palacio de los Córdova: Esperanza Garrido (cante),  Paco Jarana (guitarra flamenca), Óscar Lago (guitarra flamenca), Pablo Suárez (piano), Daniel Suárez (percusión), Manuel José Muñoz “el Pájaro” (percusión), Eva Yerbabuena (dirección artística). De luna a luna, obras de Simón Díaz, Pepe Marchena, Atahualpa Yupanki, Chico Walker y populares. Fotos © Festival de Granada – Lucía Rivas, y propias.

Hay pueblos donde sus vecinos salen músicos porque lo maman en sus calles. En el borde de La Vega granadina se encuentra Ogíjares, una población rondando los 14000 habitantes y “Villa de la Música” (desde 2008) debido a la larga tradición en el desarrollo de actividades musicales. Ahí nace en 2004 la cantaora Esperanza Garrido, con raíces sevillanas y flamenca de cuna, ganadora de “La Voz Kids” en 2017, consolidándose como figura tras alzarse con el prestigioso premio “La Saeta de Oro” el pasado año, explorando repertorios que rompan etiquetas. De voz melódica, lírica y bien timbrada, esta joven promesa del cante lleva en sus genes toda la morería de Graná, siendo sobrina de Eva la Yerbabuena, que la dirigía en este estreno de un festival con raíces flamencas desde el Concurso de Cante Jondo en 1922.

La noche flamenca en el Palacio de los Córdova se presentaba como Lunas de Granada:

De luna a luna es un espectáculo de cante flamenco y música que se despliega como un viaje nocturno a través del tiempo sentido, no medido. Bajo la luz cambiante de la Luna en sus distintas fases, el cante se convierte en reflejo de los estados del alma: la espera, la herida, el recogimiento, el impulso vital y la celebración. El flamenco aparece como rito ancestral y como pulso vivo. Se quiebra y se recompone, se recoge en el silencio y estalla cuando la emoción exige. Cada nota nace de una necesidad interior, y se ofrece al público como un acto de entrega, verdad y gratitud. 
La voz camina sin imponerse, libre pero guiada por la escucha y el tiempo. Hay sombra y hay claridad, intimidad y fiesta, porque el flamenco en todas sus músicas, como la vida misma no pertenece a un solo estado. De luna a luna busca sensaciones desde un lugar honesto y profundo. Compartir con el público una experiencia emocional y poética donde cada nota deje huella y cada cierre abra un nuevo comienzo.  Este espectáculo nace de una necesidad personal y artística: no surge como una sucesión de estilos, sino como un viaje sonoro y emocional en el que conviven el flamenco y otras músicas que dialogan desde la raíz y la experiencia. 

De negro y “a puerta gayola” comenzaba Esperanza Garrido con un homenaje a la Venezuela de Simón Díaz y su Toná de la luna llena, una luna nueva con la letra “Yo vi de una garza mora / Dándole combate a un río / Así es cómo se enamora / Tu corazón con el mío”, cual nerviosa enamorada, tímida, la voz quebrada de emoción y responsabilidad por este debut en su tierra y en un festival internacional, con una versión propia sin aderezos pero con el quejío flamenco, para virar a la milonga de Pepe Marchena Calló una perla en un lirio, acompañada al piano por Pablo Suárez. Intimismo, cercanía, con la reverberación que no faltó a lo largo de la noche, puede que algo excesiva aunque ayudase a redondear un poderío vocal de menos a más.

Y un momento de Luna tucumana, el romance de Atahualpa Yupanki (yo sigo escribiendo Yupanqui), «Yo no le canto a la luna / porque alumbra y nada mas /le canto porque ella sabe /de mi largo caminar» para disfrutar de las guitarras de Paco Jarana y Óscar Lago y la percusión de Daniel Suárez y Manuel José Muñoz “el Pájaro” , la Argentina emigrante con la música de ida y vuelta, los gauchos flamencos traídos hasta Granada. Amplificación algo excesiva (que posteriormente casi taparía a la voz) y donde Jarana llevaría el peso, para volver a escuchar la Vidalita de “Garrido por Marchena” y retornar a Yupanqui donde no nos “contó una milonga” sino que la cantó y sintió, templando nervios, arropada por unos músicos de largo recorrido, llevándola por este viaje atlántico que solo la música puede transitar sin mareos, reposada, sentida, dándole el pellizco que iba entonando el paso de la luna nueva a la llena.

Blanco tímido para el Brasil “construido” con esdrújulas por Chico Buarque donde la bossa nova sonó granadina, poderosa en la instrumentación, la percusión propia y la voz única, tímida, mágica, pródiga, sólida, máxima, la máquina principesca para la Esperanza heredera al. trono flamenco.

Luces mínimas pero suficientes y la sonorización siempre mejorable aunque con el poderío que iba asentándose para los palos flamencos. Paco Jarana maestro para ir desgranando unas seguiriyas, una bulería por soleá, casi saeta, los tientos tangos creciendo y Espeeranza empujada por un toque perfecto para su cante. Una granaína que no podía faltar, el maestro Morente también en el sentimiento antes de “salir por peteneras” con el descaro juvenil de una aguerrida Garrido para acabar en lo alto, presentando a los músicos, llanto de emoción por una oportunidad única, gratitud sincera, el cariño de una familia arropándola en todo momento y ganándose el respeto de un público desde el primer quejío hasta ese fin de fiesta con el que Esperanza Garrido nos deleitó e iluminó con luz de luna en el Palacio de los Córdova.

ARTISTAS:

Esperanza Garrido, cante

Paco Jarana y Óscar Lago, guitarras

Pablo Suárez, piano

Daniel Suárez y Manuel Muñoz “el Pájaro”, percusión

Dirección escénica: Eva Yerbabuena

Dirección musical: Paco Jarana, Daniel Suárez, Óscar Lago, Pablo Suárez, Manuel “el Pájaro”, Eva Yerbabuena

Dirección técnica: Valentín Donaire, Félix Vázquez

Sonido: Félix Vázquez

Diseño de iluminación: Valentín Donaire

Diseño y creación de vestuario: Alejandro Postigo

Fotografía: Dario Aranyo

Distribución y producción: Manuela Franco

PROGRAMA:

De luna a luna

Toná de la luna llena (Simón Díaz)

Milonga – Calló una perla en un lirio (Pepe Marchena)

Romance de la luna tucumana (Atahualpa Yupanqui)

Vidalita (Pepe Marchena)

Milonga del solitario (Atahualpa Yupanqui)

La construcción (Chico Buarque)

Seguiriya de Isidro Muñoz

Joaquin de la Fina (bulería por soleá)

Lumbre (tientos tangos)

Luz Nazarí (granaína)

Santa Muerte (petenera)

Reflexiones corales

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Martes 7 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Música de cámara. Patio Elíptico, Centro Cultural CajaGranada: Numen Ensemble, Johan Rondón (viola), Myriam Sotelo (celesta), Néstor Pamblanco (percusión), Héctor Eliel Márquez ( director). Música y espacio, obras de Pärt, Kurtág, Feldman, Ligeti, Taverner y Tallis. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

Mi relación con el mundo coral viene desde mi adolescencia, y a lo largo de los años el repertorio ha ido ampliándose con compositores de nuestro tiempo, pero también en la forma de entender la polifonía. Cabe reseñar igualmente cómo los coros saben no solo adaptarse a los espacios donde actúan sino pensar conciertos para utilizar la acústica y el entorno ofreciéndonos noches como esta de San Fermín en el Patio Elíptico del Centro Cultural CajaGranada, diseñado por el vallisoletano «que vio la luz en Cádiz» Alberto Campo Baeza (1946), vanguardista «palacio imperial» de nuestro tiempo por el que se entrelazan dos pasarelas, con un diámetro de 30 metros, las mismas medidas del patio del Palacio de Carlos V al que rinde homenaje estético, recordándome el Guggenheim neoyorkino.

En la web del festival se presentaba este espectáculo coral titulándolo Dos compositores centenarios:

Con motivo del centenario del nacimiento de György Kurtág y Morton Feldman –el primero de ellos, aún activo– Numen Ensemble propone un programa que reflexiona sobre la relación entre música y espacio a través de cinco siglos de creación vocal. Las obras de Kurtág y Feldman, marcadas por la concentración del gesto, la escucha extrema y una concepción casi arquitectónica del sonido, dialogan con partituras corales históricas de Pärt, Ligeti, Taverner y Tallis, en las que el espacio de este Patio Elíptico es también un elemento estructural y expresivo. Desde la intimidad de Omaggio a Luigi Nono y la atmósfera suspendida de Rothko Chapel, creada para un templo aconfesional de Houston, hasta la monumentalidad policoral de Spem in alium, el programa traza una línea de continuidad entre tradición y contemporaneidad, situando la experiencia sonora y la percepción del oyente en el centro del discurso musical.

Si algo hay que destacar es la dificultad de las obras elegidas que requieren muchas horas de trabajo, pues la atonalidad exige una afinación muy cuidada que parte de los coralistas aseguraban “armados” del correspondiente diapasón pegado a la oreja, pues apenas hay referencias para poder entonar las notas correspondientes que si no son las correctas desvirtúan la propia partitura. Mi mayor reconocimiento a Héctor Eliel Márquez abanderando y entendiendo estas composiciones con el magisterio de una generación de directores que arriesgan y logran de su coro, en este caso el Numen Ensemble, interpretaciones que trascienden lo musical. Desde el propio recinto, la elección del vestuario en blancos y negros, el propio director combinando ambos, las luces, las distintas ubicaciones y las distintas combinaciones vocales fueron un verdadero espectáculo vocal, apoyado en el venezolano Johan Gregory Rondón Castillo, viola solista de la OCG, de impecable sonido en un instrumento ideal por su tesitura, y Myriam Sotelo  en la celesta, sacándole la tímbrica y matices de este idiófono, que abrían ambos concierto con el Spiegel im Spiegel del estonio Arvo Pärt, perfecta obertura sonora de las reflexiones corales posteriores, y después el inmenso trabajo del catedrático de Níjar Néstor Pamblanco en un gran set de percusión, con timbales, bombo, temple-blocks, vibráfono y hasta campanólogo en The ⁠Rothko Chapel de Morton Feldman, auténtico homenaje por la interpretación de todo el ensemble.

De este joven y ya veterano coro granadino formado por 54 voces (14-14-11-15), que dejo su plantilla por cuerdas, con nombres y apellidos, irían ampliándose desde las 25 iniciales, con las graves en la tarima y las blancas sobre ellas en una “escalera al cielo” iluminada por distintos colores que ambientaban a Kurtág y su Omaggio a Luigi Nono, op 16. Una lástima que los textos solo estuviesen en formato digital y no era cuestión estar siguiéndolos desde los dispositivos móviles, pero la sonoridad camerística tan llena de onomatopeyas era más que suficiente, con una acústica impensable en este espacio sin cubrir, y un ejercicio de orfebrería en la dirección.

Más movimientos del coro para Ligeti y su impactante Lux Aeterna (1966) «a capella», perfectamente llevada por Héctor Eliel Márquez, marcando desde el centro cada inflexión, cada fraseo (Que la luz eterna brille para ellos, Señor, junto a tus santos por toda la eternidad, porque eres misericordioso. Concédeles, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua brille para ellos) con unas sopranos en unos agudos pianissimi que con esfuerzo lograron iluminar esta otra joya de la polifonía de nuestro tiempo.

Y llegaría otro de los magos corales, John Taverner (1944-2013) y su A Hymn to the Mother of God para doble coro, todas las voces al completo, ubicadas en blancos y negros, los dos pisos con Márquez desde abajo en otro esfuerzo tanto de dirección como de canto, marcando los compases en silencio para dejar flotando el último verso “En ti, oh Mujer llena de gracia, toda la creación se regocija”, emoción y reflexión en un enorme trabajo de taracea coral.

Concluía el concierto con el más «vanguardista» de todo el programa, Thomas Tallis (1505-1585) y su Spem in alium donde el coro se situaría detrás rodeando al público y Márquez haciéndonos partícipe de su dirección mientras a nuestras espaldas podíamos percibir respiraciones, fraseos, colores vocales en el monumento polifónico que planteado en este recinto, sin ser catedralicio, nos abrazó con todas las voces del Numen Ensemble. Polifonía a 40 partes donde ir ubicándonos auditivamente con el contrapunto que se iba desplazando de izquierda a derecha en una ola sonora con ocho “coros” a cinco voces de este monumento coral.

Una de las grandes noches granadinas con la música a capella de un coro y ensamble donde el concierto sería el examen final de un master con muchas horas de estudio para regalarnos su “cum laude” polifónico desde un programa de doctorado coral.

Dejo a continuación íntegras las notas al programa de Stefano Russomanno por el análisis detallado de este concierto, que titula De lo amplio a lo concentrado

Los azares de las efemérides congregan en un mismo programa a Morton Feldman y György Kurtág. Ambos nacieron hace cien años, en 1926, pero contemplan la música desde ángulos opuestos: Feldman trabaja desde la extensión y desde la evaporación temporal de los materiales sonoros; Kurtág lo hace en cambio desde la concentración y el atomismo del gesto.

«Necesito ocho o diez minutos de la misma manera que un pintor necesita una tela de cinco metros», comentaba Feldman, y esta afirmación cobra pleno sentido en la pausada liturgia de Rothko Chapel (1971), concebida para la homónima capilla octogonal construida en Houston, cuyo interior acoge catorce cuadros de Mark Rothko. Las lentas transformaciones del material sonoro –declinado a través de dinámicas suaves e intercalado por silencios– se sitúan en un lugar intermedio entre pintura y espacio, impregnando con su presencia la sala y envolviendo al oyente de manera similar a lo que hacen las telas de Rothko con el espectador.

Las sonoridades suspendidas con las que arranca el Omaggio a Luigi Nono (1979) de Kurtág bien podrían entenderse como un guiño al lirismo transfigurado –el canto sospeso– del colega italiano. Las seis piezas que conforman la obra, por un total de nueve minutos, son otros tantos epigramas caracterizados cada uno como un universo propio. La segunda pieza remite a un inasible ritmo de vals, la tercera juguetea con el comienzo del Tristán wagneriano; la cuarta se reduce a una brevísima sucesión de enérgicas escalas descendentes; la quinta arranca con un fluida polifonía para extinguirse gradualmente sobre superposiciones polirrítmicas; la sexta evoca, en la contraposición entre soli y tutti, la escritura policoral veneciana, tan querida por Nono.

Lux Aeterna (1966) es una de las muestras más significativa de la «micropolifonía» de György Ligeti. Escrita para coro a 16 voces, esta página apela a una polifonía de elementos pequeños tan densa y enrevesada que el oyente la percibe como una mancha tímbrica ligeramente temblorosa. La férrea lógica del contrapunto termina por generar, paradójicamente, una impresión sonora de inmovilidad, modulada por medio de variaciones de textura y color. El motete Spem in alium (c. 1570) puede verse como el reverso luminoso de Lux aeterna: en esta pieza renacentista, el compositor inglés Thomas Tallis despliega una polifonía a 40 partes, en la que el contrapunto se desplaza como una majestuosa ola a través de los ocho coros a cinco voces que integran la plantilla.

En los años setenta del siglo XX, Arvo Pärt pasó por una profunda crisis personal que le llevó a simplificar radicalmente su lenguaje musical: melodías sencillas, moldeadas sobre el modalismo del canto ortodoxo, tempi lentos, repeticiones hipnóticas y un material armónico tan austero que a veces gravita alrededor de un único acorde perfecto. Uno de los primeros frutos de esta nueva conducta es Spiegel im Spiegel (1978), emblema de un universo sonoro emparentado con la hipnótica fascinación por el tintinear de la campana. La crítica habló de «minimalismo sacro» a propósito de una propuesta que manifestaba una doble implicación estética y moral. Algo parecido ocurre con el compositor británico John Tavener: su conversión a la religión ortodoxa marcó un antes y un después en su producción musical, que desde ese momento se orientaría hacia los temas sacros, la sencillez diatónica y el talante místico, como emerge en la pieza para doble coro A Hymn to the Mother of God (1985).

PROGRAMA:

Música y espacio

Arvo Pärt (1935)

Spiegel im Spiegel (celesta y viola, 1978)

György Kurtág (1926)

Omaggio a Luigi Nono, op 16 (coro mixto a capella, 1979)

I. Sclonienie mestaimienia «Cei» (Declinación del pronombre «quien»)

II. Rasrïf (La ruptura. Fragmento de un poema de Anna Ajmátova)

III. Liubof na miesits (Amor por meses. Poema de Rimma Daloš)

IV. No Kcac usnat (Mas, ¿cómo saber…? Poema de R. Daloš)

V. O, nasidanie – liubof (Oh, amor, una lección. Poema de R. Daloš)

VI. I atviersta dlia minia (Y la Puerta está abierta para mí. Poema de R. Daloš)

Morton Feldman (1926-1987)

The ⁠Rothko Chapel (coro, soprano, alto, percusión, viola y celesta, 1971)

György Ligeti (1923-2006)

Lux Aeterna (coro a capella, 1966)

John Taverner (1944-2013)

A Hymn to the Mother of God (doble coro a capella, 1985)

Thomas Tallis (1505-1585)

Spem in alium (coro a capella, c. 1570)

Clave Falla

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Sábado 4 de julio, 12:30 h. 75 Festival de Granada, Conciertos matinales. Crucero del Hospital Real: Plural Ensemble, Mahan Esfahani (clave), Fabián Panisello (director). Obras de Boccherini, Sánchez-Verdú, Alberto Carretero, Jesús Villa-Rojo y Falla. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Concierto matutino para seguir homenajeando a Falla con un programa donde conjugar al gaditano y los actuales compositores españoles con el clave como protagonista.

La web del festival lo presentaba como En clave de Falla:

“lural Ensemble, uno de los conjuntos españoles de referencia en la interpretación de la música contemporánea, presenta un programa concebido en torno al Concerto per clavicembalo de Manuel de Falla, que se suma al homenaje del maestro gaditano. Bajo la dirección de Fabián Panisello y con un solista de extraordinario prestigio internacional como Mahan Esfahani, clavecinista especialmente comprometido con la creación actual para su instrumento, el programa enlaza pasado y presente a partir del legado falliano. Junto a la famosa evocación sonora del Madrid del XVIII que hizo Boccherini, se escucharán obras de Jesús Villa-Rojo y José María Sánchez-Verdú, junto al estreno absoluto de Con certo in certo del sevillano Alberto Carretero, obra escrita expresamente para esta ocasión por encargo del Festival y en diálogo directo con Falla.

Alterando un poco el orden programado, comenzaría el concierto con Las ínsulas extrañas de José María Sánchez-Verdú que ya disfruté de su estreno hace dos años en un “doctorado auditivo” del compositor gaditano, en esta ocasión con el Plural Ensemble y el clavecinista Mahan Esfahani. Inicio tan pianissimo y casi imperceptible de Ema Alexeeva para ir creciendo y sumando intensidades en planos sonoros donde la tímbrica de cada instrumento supone una reflexión e inspiración en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, siempre relacionado con Granada. Entonces el propio Sánchez-Verdú escribía de su obra: «Mi pieza, lejos de emular el Concerto, describe un viaje casi místico a través de siete paisajes que trazan una ascensión en la percepción. El material musical se despliega en ostinati, bloques que se despliegan como espejos concéntricos, ecos en transiciones orgánicas entre paisajes, y tienen al clave siempre como centro del itinerario. […] Como la ascensión al Monte Carmelo –que describió y también diseñó en un muy especial dibujo con su mano el propio santo– en la pieza musical se conjuga la búsqueda de una plenitud mística y espiritual a través de un terreno místico por naturaleza: el camino. Las ínsulas extrañas es una cartografía de todos estos espejos y resonancias, con San Juan y Manuel de Falla y con el espacio de la montaña que los aunó en espacios y tiempos que dialogan».

A continuación se intercalarían pasajes de Luigi Boccherini y su Musica notturna delle strade di Madrid, para la cuerda frotada, no siempre “entendibles” y con algunos desajustes por los tempi elegidos por Panisello, aunque el chelo se lució en su intervención arropado por los pizzicati del resto.

Algo mejor el estreno de Alberto Carretero y su Con certo in certo. El sevlllano Pablo J. Vayón en las notas al programa nos la describe: «(…) parte de la doble acepción etimológica de la palabra “concierto”: confrontación y acuerdo. Se remite el compositor sevillano al Principio de Incertidumbre descrito por Heisenberg sólo unos meses después del estreno de 1926: «Traté de tomar este enunciado para sumergirme en los materiales de esta partitura de Falla, incluso algunos desechados, buscando nuevos contextos, relaciones, superposiciones e imbricaciones entre ellos que hacen difícil percibir simultáneamente posición y velocidad. Así, tomando la música de Falla como tierra fértil, he cultivado en ella un nuevo concierto para clave y cinco instrumentos con cierta incertidumbre y con ciertas certezas también». El rítmico final tenía mucho del barroco vivaldiano sumando un clave coprotagonista de Mahan Esfahani, donde tanto la parte sin registros totalmente percusiva y los cluster aprovechando la resonancia, amplificaban de forma natural al resto del ensamble, siempre muy atentos a las indicaciones de Panisello, logrando unas sonoridades inquietantes.

Y si Sánchez-Verdú o Carretero se acercaron al Falla del clave, Jesús Villa-Rojo y su particular Recordando a Falla demostró lo actual que sigue siendo el gaditano en esta “aproximación” al estreno parisino desde la óptica actual, que personalmente me hizo reencontrarme con el compositor de Brihuega (Guadalajara) en esta obra ya treintañera que mantiene su espíritu más allá de influencias aunque el “recuerdo a Falla” estuvo claro, con el ensamble utilizando tan solo violín y chelo alternando movimientos y climas sonoros con el oboe de Carmen Mateos luciendo ese timbre tan peculiar pensado por el briocense.

Tras más Boccherini llegaría para cerrar, aunque hubiese preferido ubicarlo al principio, esa joya que es el Concerto per clavicembalo, flauta, oboe, clarinetto, violino e violoncello del gaditano que finalizó en Granada, bien analizado en las notas al programa de mi tocayo sevillano, unidad sonora más allá del propio clave, siempre perlado e impecable con una partitura rompedora en su momento (1923-26) tan vigente entre sus compañeros de programa matinal, y bisando el Vivace final.

Más que “en clave de Falla” resultó Falla la clave como dovela central, piedra angular que evita el colapso de la estructura en este arco sonoro para celebrar los 150 años del nacimiento de Don Manuel de Falla, con menos protagonismo del deseado y. esperado en esta 75 edición del Festival Internacional de Música y Danza.

PluralEnsemble

Sofia Salazar, flauta

Carmen Mateos, oboe

José Viana, clarinete

Ema Alexeeva, Weronika Dziadek, violines

Ana María Alonso, viola

Michal Dmochowski, Isabel Anaya, violonchelos

Mahan Esfahani, clave

Fabián Panisello, director

PROGRAMA:

José María Sánchez-Verdú (1968)

Las ínsulas extrañas (2024)

Luigi Boccherini (1743-1805)

Musica notturna delle strade di Madrid, op. 30 nº 6, G. 324 (1780)

1. Le Campane di l’Ave Maria

2. Il tamburo dei Soldati

Alberto Carretero (1985)

Con certo in certo (2026) *

Luigi Boccherini

Musica notturna delle strade di Madrid

4. Il Rosario

Jesús Villa-Rojo (1940)

Recordando a Falla (1989)

Luigi Boccherini

Musica notturna delle strade di Madrid

3. Minuetto dei Ciechi / 5. Passa Calle

6. Il tamburo

7. Ritirata

Manuel de Falla (1876-1946)

Concerto per clavicembalo, flauta, oboe, clarinetto, violino e violoncello (1923-26)

Allegro / Lento / Vivace

Que no pare la danza

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Viernes 3 de julio, 22:30 h. 75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Béjart Ballet Lausanne, Julien Favreau (director artístico). Dyonisos (Suite) – L’Oiseau de Feu – Boléro, música de Hadjidakis, Stravinsky y Ravel. Fotos propias.

Otra noche en el Generalife del festival granadino en su vertiente de danza con la compañía creada en 1987 por Maurice Béjart (Medalla de Honor del Festival 2007) y heredera de su espíritu con tres de sus creaciones más icónicas, y un cuerpo de baile interracial e internacional plagado de verdaderas estrellas de la danza.

Abría la noche la Suite Dionysos sobre música del griego Manos Hadjidakis (1925-1994) y piezas de música folk de la tradición helénica, que estrenó en Nueva York en 1980, inspirada en el mito opuesto a Apolo. Aires de sirtaki, blancos del Egeo, el vino, el mar y la luz, Coreografías variadas desde lo coral hasta los solos, apolíneos y dionisíacos, el color rojo vino de Versace, bacantes, ditirambos y efebos con cuadros helénicos tan actuales en pleno siglo XXI, el hedonismo hecho arte griego en movimiento con el Dionisio Oscar Eduardo Chacón y el Zeus de Oscar Frame. La perfecta sincronización del movimiento con la música de buzukis y cítaras de una coordinación galáctica para un ballet atemporal.

Tras el descanso dos coreografías más de Béjart, primero su versión de L’Oiseau de Feu (El pájaro de fuego) de Stravinsky, estrenada en 1970 que se vio en España en 1979 con el Ballet Nacional Clásico (actual Compañía Nacional de Danza), y su entonces director Víctor Ullate, como bien recuerda la web del festival.

Un pájaro impecable de Hideo Kishimoto, el Fénix de Aubin Le Marchand y una iluminación idónea encajada para cada movimiento de la música del ruso, con simetrías y pleno entendimiento entre los partisanos (de gris) y los pequeños pájaros, rojo fuego y movimientos perfectos de plasticidad bellísima en otra coreografía del maestro Béjart ejecutada a la perfección y que Favreau ha mantenido en el tiempo.

Cerraba la velada Boléro (1961) sobre la famosísima composición del vasco-francés Maurice Ravel que volvíamos a escuchar en esta edición aunque no en directo sino grabada. Inicio de bombo ostinato para preparar la escena con las sillas y la la gran mesa redonda roja donde la bailarina solista Mari Ohashi, La Méolide omnipresente iría dibujando el inmenso crescendo, mientras el cuerpo de baile (Le Rythme) sumaba elementos en cada repetición de la melodía raveliana, inquietante, todos alrededor para conformar esta joya visual por la que no pasan los años y mantiene la contemporaneidad de una compañía fiel al legado de su fundador.

Éxito nocturno en esta noche estrellada del Generalife con la mejor danza de esta septuagésimo quinta edición del festival.

PROGRAMA:

Dionysos (Suite)

Coreografía: Maurice Béjart

Música: Manos Hadjidakis

Pinturas: Yokoo Tadanori

Vestuario: Gianni Versace

Estrenado en diciembre de 1985 por el Ballet du XXe siècle en el City Center de Nueva York

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L’Oiseau de Feu

Coreografía: Maurice Béjart

Música: Igor Stravinsky

Diseño de escenografía y vestuario: Joëlle Roustan, Roger Bernard

Estreno el 31 de octubre de 1970 por el Ballet du XXe siècle en el Palais des Sports de París

Boléro

Coreografía: Maurice Béjart

Música: Maurice Ravel

Diseño de escenografía y vestuario: Maurice Béjart

Estrenado el 10 de enero de 1961 por el Ballet du XXe siècle en el Théâtre Royal de la Monnaie de Bruselas

ELENCOS:

P.D.: Las fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez las añadiré a continuación cuando nos las hagan llegar, pues al subir la entrada del blog aún no estaban disponibles a la espera del visto bueno de la compañía.

Imágenes que ilustran mejor mis impresiones:

Estaciones danzantes

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Martes 30 junio, 22:30 h. 75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Malandain Ballet Biarritz, Thierry Malandain (director artístico), Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director musical): Les Saisons. Música de Vivaldi y Giovanni Antonio Guido. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Mi primer Festival de Granada fue un 7 de julio de 2011 en el Auditorio Manuel de Falla con “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi a cargo de Forma Antiqva y con Aitor Hevia (del Cuarteto Quiroga como solista), y que grabarían al día siguiente para el sello alemán Winter&Winter. Y este último día de junio en el Generalife volvía Aarón Zapico al frente de la Academia Barroca del Festival, dentro de la séptima edición de los Cursos Manuel de Falla donde jóvenes instrumentistas prepararon estas estaciones de Vivaldi y G. A. Guido, con Jorge Jiménez de violín solista, para poner música en vivo desde el foso al Malandain Ballet Biarritz.

Siempre he defendido que el ballet debe tener la música en vivo, y en este caso así fue pero amplificada desde una ecualización no preparada para la música barroca, pues los balances que el director asturiano marcaba en el foso no tenían la misma respuesta en la megafonía. Y otro tanto con el violín solista de Jorge Jiménez donde las cuerdas de tripa no tienen igual tímbrica que las actuales.

Pese a todo es un placer volver a escuchar “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi quince años después con el poso y el aprendizaje que da el estudio en profundidad por parte del maestro asturiano, con los jóvenes instrumentistas siguiendo todas las indicaciones “marca Zapico” que sigue dando a esta popular partitura su particular interpretación y visión, con un juego de contrastes y tempi que además tenían la respuesta del ballet francés con coreografías diferenciadas entre “El cura pelirrojillo” veneciano y su continuador algo más «afrancesado» Giovanni Antonio Guido.

La de Thierry Malandain para Vivaldi contó con casi todo el cuerpo de baile y la pareja de Giuditta Banchetti y Hugo Layerelenco, todos de negro con el fondo de los cipreses y la iluminación acorde con cada estación pero sin literalidad, buscando el colorido que me hace rememorar la serie del artista alicantino Eusebio Sempere, entendiendo al grupo como bloque compacto sin líderes y con pocas intervenciones solistas.

En cambio para Guido optó por ir combinando los primeros tiempos con una o dos parejas (Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Laurine Viel y Alejandro Sánchez Bretones) de levita y “polisón” sobre el negro con el fondo en los mismos tonos para las primeras partes, y la suma de los “desnudos” en las segundas secciones, desde Hugo Layer  con la “hoja de otoño negra”, más simbólica que descriptiva, al que irían apareciendo posteriormente duetos, tríos y cuartetos, plásticamente muy bellos, casi transposición del otro Guido, Reni y su “Hipomenes y Atlanta” antes del número final con toda la compañía, lo que el coreógrafo llama “musicalidad de los cuerpos”.

Si la búsqueda del color en la iluminación y los contrastes de coreografías y vestuario entre Vivaldi y Guido marcaron la danza, el foso aportó la sonoridad barroca contrastada con unos silencios que en el primero me recordaban las estatuas de Giacometti de “El hombre que camina” o las de Dülken (ciudad alemana en la Renania del Norte-Westfalia) donde hay un sanatorio para enfermos mentales (que en mi tierra llamaríamos “La Cadellada”) e incluso un «Molino de los locos», mientras para el segundo lo visual parecía se guiarse por la auditivo.

Personalmente me gustó más la coreografía para Vivaldi por los movimientos ocupando todo el espacio, la gestualidad que Malandain entiende como “danza neoclásica contemporánea”, figuras muy plásticas y la mejor adecuación a la música en vivo que la de Guido pese a la alternancia.

Recordar que Granada también es festival internacional de danza, y en esta 75 edición estamos asistiendo a distintos estilos, escuelas y enfoques, aunque espero especialmente al Béjart Ballet de Lausanne el próximo viernes 3 de julio, para poder contarlo desde aquí.

PROGRAMA:

Les Saisons

Coreografía: Thierry Malandain

Música: Antonio Vivaldi y Giovanni Antonio Guido

Violín solista: Jorge Jiménez

Decorados y vestuario: Jorge Gallardo

Diseño de iluminación: François Menou

Diseño de vestuario: Véronique Murat, Charlotte Margnoux,

con la ayuda de Anaïs Abel

Realización de decorados: Frédéric Vadé

Realización de accesorios: Annie Onchalo

Ayudantes de decorado y atrezo: Nicolas Rochais, Gorka Arpajou,

Félix Vermandé, Raphaël Jeanneret, Christof t’Siolle, Txomin LabordePeyre,

Maruschka Miramon, Karine Prins, Sandrine Mestas Gleizes, Fanny Sudres,

Fantine Goulot

Maestros de ballet: Richard Coudray, Giuseppe Chiavaro, Frederik Deberdt

Ballet para 22 bailarines

Duración: 60 minutos sin descanso

Estrenado el 25 de noviembre de 2023 en el Palais des Festivals de Cannes (Francia)

ELENCO LES SAISONS

Primavera – Antonio Vivaldi

Giuditta Banchetti y Hugo Layer

Noé Ballot, Julie Bruneau, Elisabeth Callebaut, Raphaël Canet, Mickaël Conte, Irma Hoffren, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Neil Ronsin, Yui Uwaha, Patricia Velázquez, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Léo Wanner.

Primavera – Giovanni Guido

Le temps vole, Chaque saison s’enfuit

Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Laurine Viel, Alejandro Sánchez Bretones

Danse des bergers

Hugo Layer

Verano – Antonio Vivaldi

Patricia Velazquez y Noé Ballot

Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Elisabeth Callebaut, Raphaël Canet, Clémence Chevillotte, Mickaël Conte, Loan Frantz, Irma Hoffren, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Neil Ronsin, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Verano – Giovanni Guido

L’air s’enflamme, Zéphire disparaît, Chant des coucous

Allegra Vianello y Léo Wanner

Vole à notre secours O ! Cérès adorable

Patricia Velázquez y Hugo Layer

Otoño – Antonio Vivaldi

Irma Hoffren y Raphaël Canet

Noé Ballot, Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Elisabeth Callebaut, Clémence Chevillotte, Mickaël Conte, Loan Frantz, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Neil Ronsin, Julen Rodríguez Flores, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Patricia Velazquez, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Otoño – Giovanni Guido

Célébrons le retour de l’Automne

Yui Uwaha, Guillaume Lillo, Julen Rodríguez, Chelsey Van Belle

Allegro

Patricia Velázquez, Raphaël Canet, Hugo Layer

Invierno – Antonio Vivaldi

Claire Lonchampt y Mickaël Conte

Noé Ballot, Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Raphaël Canet, Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Irma Hoffren, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Chelsey Van Belle, Patricia Velázquez, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Invierno – Giovanni Guido

La saison des frimas

Julie Bruneau, Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Léo Wanner

Le cruel Aquilon nous déclare la guerre

Claire Lonchampt, Patricia Velázquez, Raphaël Canet, Hugo Layer

Laissons gronder les vents

Todos los bailarines.

ACADEMIA BARROCA DEL FESTIVAL DE GRANADA

Director musical: Aarón Zapico

Violines: Orión Arroyo Pérez, María Beltrán Peralta, Mª de los Ángeles Cáceres Márquez, Miguel Calleja Rodriguez, Natalia Cid Iriarte, Fernando Cornejo Ortega, Alfredo Jaime Doblado, Claudia Montoya Salinas, Abraham Parra Amante, Mercedes Rodríguez Pérez, Juan Utrera Moreno

Concertino: Jorge Jiménez

Violas: Nadia Carmona Carrasco, Jesús Segura Torres

Violonchelos: Sara Ortega López, Alba Villar Cairó

Cuerda pulsada: Rafael Arjona Ruz, Álex Pernas Muñoz

Contrabajo: Rubén Castañeda Hernández

Clave: Iraia Otaduy Ortega

Coproductor principal: Château de Versailles Spectacles / Opéra Royal de Versailles / Orchestre de l’Opéra Royal de Versailles

Coproducción: Festival de Danse de Cannes – Côte d’Azur (Francia) / Teatro Victoria Eugenia – Ballet T – Donostia-San Sebastián / Opéra de Saint-Etienne / Theater Bonn (Alemania) / Teatro la Fenice, Venecia (Italia) / CCN Malandain Ballet Biarritz

El piano polaco

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Lunes 29 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Recitales. Patio de los Arrayanes: Yuliana Avdeeva (piano). Obras de Szpilman y Chopin. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Volvía a escuchar a la pianista moscovita Yuliana Avdeeva (1985) con un programa donde es ya un referente desde que ganase en 2010 la XVI edición del Concurso de Piano Chopin, la segunda mujer en lograrlo tras Martha Argerich en 1965. La directora del Instituto Polaco de Cultura Maria Ślebioda presentaba en la web del festival este concierto En torno a Chopin y Szpilman:

Este programa extraordinario (…) está dedicado a la obra de dos artistas polacos –Fryderyk Chopin y Władysław Szpilman– cuyas trayectorias vitales siguieron caminos muy distintos. Paradójicamente, sin embargo, es posible encontrar entre ellos varios puntos en común.

Ambos procedían de familias en las que las raíces polacas se entrelazaban con las extranjeras: el padre de Chopin era un profesor francés que se estableció en Polonia, mientras que Szpilman provenía de una familia judía asimilada. Los dos mantuvieron un estrecho vínculo con Varsovia, estaban dotados de un talento excepcional y sentían una profunda fascinación por las tradiciones musicales polacas. Además, sus vidas transcurrieron en épocas difíciles y decisivas para la historia de Polonia.

La carrera de Chopin floreció a comienzos del siglo XIX, cuando Polonia no existía como Estado independiente. El compositor, con apenas veinte años, emigró a Francia tras el fracaso de un levantamiento contra el dominio ruso y permaneció allí hasta su muerte prematura, probablemente causada por la tuberculosis. Fue precisamente en Francia donde pudo desarrollar plenamente su extraordinario talento y alcanzar una merecida fama internacional. Como expresó certeramente el poeta polaco del siglo XIX Cyprian Kamil Norwid, Chopin fue «de origen varsoviano, polaco de corazón y ciudadano del mundo por su talento.

A Szpilman le tocó vivir tiempos aún más difíciles. El pianista, nacido en 1911, tenía tan solo veintiocho años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Confinado por los nazis alemanes en el gueto de Varsovia, hizo aquello que mejor sabía hacer: tocar el piano en cafés y salas de conciertos, entre otros –también las obras de Chopin– ofreciendo a sus oyentes un instante de consuelo y una apariencia de normalidad. Tras escapar del gueto, permaneció oculto gracias a la ayuda de amigos polacos y, en los últimos meses de la guerra, encontró refugio entre las ruinas de una Varsovia devastada por los alemanes. Relató aquellas experiencias en unas conmovedoras memorias que posteriormente fueron llevadas al cine por Roman Polański. Después de 1945 regresó a la Radio Polaca, donde ya había trabajado antes de la guerra, y retomó su actividad concertística, aunque con el tiempo se dedicó principalmente a la música ligera.

A ambos artistas los unía un profundo amor por la música y por la identidad polaca expresada a través del lenguaje de la melodía. Los inconfundibles polonesas y mazurcas de Chopin evocaban en sus oyentes la imagen de la patria del compositor y alimentaban la esperanza de que Polonia renaciera algún día. Szpilman, por su parte, al tocar en el gueto de Varsovia transmitía una esperanza semejante: la certeza de que, incluso en los años más oscuros de la historia de la humanidad, la libertad y la normalidad acabarían regresando tarde o temprano.

Un momento simbólico que une estas dos vidas aparentemente tan distintas tuvo lugar el 23 de septiembre de 1939, cuando una bomba alemana interrumpió una emisión en directo de la Radio Polaca durante la cual Szpilman interpretaba un nocturno de Chopin para reconfortar el ánimo de los habitantes de una Varsovia sitiada. «Cañones ocultos entre flores», como Robert Schumann definió la música de Chopin, enmudecieron de forma repentina y durante más de cinco años tuvieron que ceder ante la superioridad de los bombarderos nazis. Sin embargo, fue finalmente el arte el que triunfó sobre la barbarie inhumana, legándonos una lección universal sobre el poder de la belleza, la memoria y la condición humana.

Hace dos años en Oviedo calificaba a Avdeeva como “soberbia sobriedad” y mantiene una gestualidad sin amaneramientos, es su interpretación lo importante y trascendente, más en su Chopin que discurre limpio, transparente como el estanque de los Arrayanes, su gama dinámica extrema sin aparente esfuerzo, pianissimi imperceptibles que el silencio del público permitió paladear, forttissimi poderosos con ataques precisos, un uso de los pedales impecable y una técnica capaz de tocar con el mínimo volumen pasajes rapidísimos percibiendo todas las notas. El acercamiento al virtuoso polaco pasa por unos tempi bien elegidos, casi literales a las indicaciones, con unas dinámicas que juegan con los fraseos y el rubato nunca exagerado. El atardecer granadino resultó ideal para comenzar con los dos primeros Nocturnos, op. 62, arrullando la puesta de sol y los arabescos acuáticos proyectados casi coreografías, el melodismo y la emoción del primero frente a la agitación del segundo, obras compuestas  apenas tres años antes de su muerte. al igual que la Mazurca (1942) de Władysław Szpilman tan chopiniana del compositor que se haría famoso por la película de Roman Polański El pianista (2002), basada en la novela homónima del propio Szpilman, que narra su supervivencia a la ocupación alemana de Varsovia y al Holocausto, y donde el compositor eludió la prohibición impuesta a los artistas judíos de interpretar la música de Chopin, como bien recogen las notas de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti.

La épica Fantasía en fa menor, op. 49 alterna la solemnidad inicial para adentrarse en las turbulencias que subyacen mezcladas con la melancolía, y así la entendió Avdeeva, sobria pero profunda.

Muy interesante la Suite «The Life of the Machines» (1933) de Szpilman, partitura entregada por su hijo Andrzej a la propia pianista rusa, que describe estas tres páginas como la reflexión «sobre la industrialización con sentido del humor, asignando musicalmente adjetivos humanos a las máquinas», y «nos permite vislumbrar lo que Szpilman podría haber compuesto si no hubiera vivido las atrocidades de la Guerra Mundial». Avdeeva nos dejó una interpretación arrebatadora desde la sobriedad, sacando del piano sonoridades increíbles demostrando su adaptación a este repertorio contemporáneo que emparejó desde el corazón polaco.

Para cerrar la primera parte una de las obras más complejas y completas de Chopin, el Andante spianato et Grande Polanaise brillante, en mi bemol mayor, op. 22 (1830-31), que muchos conocimos con el acompañamiento orquestal para la polonesa que hoy casi no suele hacerse, y buena elección ubicarla en este bloque porque el andante mantiene el carácter de los nocturnos iniciales mientras la polonesa retoma la fuerza que la moscovita parece esconder nuevamente con un virtuosismo al servicio de la música escrita tan brillante como el adjetivo que la acompaña.

Interpretar los 24 Preludios, op. 28 (1836-39) es todo un reto para cualquier pianista, pues suelen elegirse solo algunos en los conciertos, así que escucharlos todos por Yuliana Avdeeva fue el mejor regalo para mi onomástica. Nuevamente ciñéndose a las indicaciones de aire, la alternancia de matices, los protagonismos en una u otra mano, el discurso siempre claro desde todas las dinámicas y la sonoridad que la moscovita fue desgranando en todos ellos, que el doctor Ortega describe  como “páginas independientes, de genial brillantez y concisión, en una construcción extremadamente libre y variada, que no admite clasificación”, unos breves, otros más extensos pero cada uno con personalidad propia, como la de esta pianista que volvió a demostrar el por qué del triunfo en Varsovia y su entendimiento de Chopin.

El público muy respetuoso durante todo el concierto, aplaudió largamente a la rusa que nos regalaría al borde de la medianoche el Nocturno en do sostenido menor, póstumo, otra página conocido por la citada película de Polański  interpretado por el propio Szpilman y donde “La Pianista” con mayúsculas nos dejó aires polacos con la misma magia que la propia Alhambra.

PROGRAMA

I

Fryderyk Chopin (1810-1849)

Nocturnos, op. 62 (1845-46)

Nocturno nº 1 en si mayor. Andante

Nocturno nº 2 en mi mayor- Lento

Władysław Szpilman (1911-2000)

Mazurca en fa menor (1942)

Fryderyk Chopin

Fantasía en fa menor, op. 49 (1841)

Władysław Szpilman

Suite «The Life of the Machines» (1933):

I. Begin slowly

II. Machine at rest

III. Toccatina

Fryderyk Chopin

Andante spianato et Grande Polanaise brillante, en mi bemol mayor, op. 22 (1830-31)

II

Fryderyk Chopin

24 Preludios, op. 28 (1836-39):

Nº 1 en do mayor. Agitato

Nº 2 en la menor. Lento

Nº 3 en sol mayor. Vivace

Nº 4 en mi menor. Largo

Nº 5 en re mayor. Molto allegro

Nº 6 en si menor. Lento assai

Nº 7 en la mayor. Andantino

Nº 8 en fa sostenido menor. Molto agitato

Nº 9 en mi mayor. Largo

Nº 10 en do sostenido menor. Molto allegro

Nº 11 en si mayor. Vivace

Nº 12 en sol sostenido menor. Presto

Nº 13 en fa sostenido mayor. Lento

Nº 14 en mi bemol menor. Allegro

Nº 15 en re bemol mayor. Sostenuto

Nº 16 en si bemol menor. Presto con fuoco

Nº 17 en la bemol mayor. Allegretto

Nº 18 en fa menor. Molto allegro

Nº 19 en mi bemol mayor. Vivace

Nº 20 en do menor. Largo

Nº 21 en si bemol mayor. Cantabile

Nº 22 en sol menor. Molto agitato

Nº 23 en fa mayor. Moderato

Nº 24 en re menor. Allegro appassionato

Juvenil Muti

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Domingo 28 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, Riccardo Muti, director. Obras de Verdi, Falla y Ravel. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Quienes nos dedicamos a la docencia sabemos que el contacto con la gente joven nos mantiene activos y en cierto modo “vampirizamos” su ímpetu, energía y ganas de vivir, intentando devolverles al menos un poco de lo que acumulamos en la mochila de la vida.

Y en la noche granadina volvía una orquesta joven como la “Luigi Cherubini” con su maestro Muti, que además nunca había actuado en el Festival en su ya larga historia. La expectación era inmensa y con espectadores, aficionados, visitantes y críticos de casi todos los medios nacionales, el concierto era probablemente el más esperado en el aniversario de Falla y los 75 años de un festival que deberá plantearse su futuro ante lo que llevamos en esta edición.

La web del Festival presentaba este concierto como Juventud y tradición:

La Orchestra Giovanile Luigi Cherubini comparece por primera vez en el Festival bajo la dirección de Riccardo Muti, figura capital de la tradición sinfónica y operística italiana y mentor del conjunto desde su fundación en 2004. El programa trama justamente ópera y música sinfónica: primero, Verdi, con la obertura de Nabucco y los bailables de I vespri siciliani, síntesis de teatro, energía rítmica y escritura instrumental de madurez; después Falla, con una de las suites sacadas de El sombrero de tres picos, obra capital en el 150 aniversario de su nacimiento; y finalmente, Ravel, cuyo Boléro cierra el concierto con uno de los experimentos más radicales y reconocibles de la orquestación moderna. 

De Don Riccardo con toda su famiglia no contaré nada que los melómanos no sepan, tan solo recordar la clase que nos dio en Oviedo antes del “Falstaff” de 2015, donde el napolitano sentó cátedra sobre Verdi, que tampoco faltaría en esta noche dominical.

Y abría Verdi con la Sinfonia, de Nabucco, con una gran orquesta disciplinada pero más preocupada de tocar lo escrito que de disfrutar. Atenta al maestro que marcaba todo, con su peculiar estilo donde para las dinámicas sigue agachándose, rebosando la misma energía que le transmitía esta juventud por él reclutada. Para cerrar la primera parte y tras unas palabras explicando lo difícil de los bailables que son más sinfónicos que operísticos en I vespri siciliani, estas cuatro estaciones tan napolitanas como la pizza, reflejan el paso de la vida, los músicos fueron primaverales pero el maestro aún permanece en el verano porque el otoño lo dibujó desde el poso de los años, y el invierno abría para intentar refrescar otro día palaciego donde el calor hace difícil incluso dormir.

Si Muti entiende Verdi como pocos, para la segunda parte tan nuestra, el napolitano pareció sacar a flote la herencia española de aquel reino bajo la corona aragonesa. Para el homenaje a Falla eligió la segunda suite del «tricornio», con la danza siempre protagonista, que incluso pareció más bailable viendo cómo fue llevándola desde el podio, con una orquesta donde todas las secciones y primeros atriles tuvieron su protagonismo con mayor o menor acierto, siempre disculpable por la juventud y la tensión a la que seguro estuvieron sometidos. Faltó más musicalidad de principio a fin para la magia nazarí del gaditano, escuchando la “sintonía del festival” sin anunciar los tiempos, y la Jota donde recordar las castañuelas de una Lucero Tena presente, a quien los «querubines» probablemente no conozcan pero el joven Riccardo sí, y me consta la cercanía de estas dos figuras compartiendo estos días en Granada y la Alhambra que sigue hechizando incluso sin música.

Cada vez que veo programarse el famoso Boléro de Ravel me vienen a la memoria dos películas totalmente diferentes: “El bolero de Raquel” de Cantinflas (bolero mexicano es limpiabotas), y  “10, la mujer perfecta” donde Bo Derek nos enamoró a todos incluyendo y al genial Dudley Moore que conseguía lo añorado por todos.

Ravel realiza en su partitura mucho más que un ejercicio de orquestación con la inspiración en la danza española, y es una prueba como examen final para toda formación, que la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini superó tras el deficiente Falla, y Muti les fue indicando desde el inmenso crescendo, el inicial casi susurrado donde apenas escuchamos la obsesiva caja “ad Infinitum”, hasta la explosión final, dejando que los solistas se luciesen en do mayor hasta el cambio y estruendoso mi mayor, en todos los sentidos.

Éxito de antemano por el programa y corroborado en el concierto (mi nota final: suficiente), con Muti triunfador y protagonista en este último domingo de junio, que nos mantiene a todos jóvenes y esta reseña ha quedado para la mañana del lunes. Las tertulias y encuentros posteriores son parte necesaria de mi estancia granadina, sigo con espíritu adolescente pero el cuerpo no miente y los años van pesando.

PROGRAMA

I

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Sinfonia, de Nabucco (1841)

Le quattro stagioni, bailables de I vespri siciliani (1855)

L´inverno

La primavera

L´estate

L´autunno

II

Manuel de Falla (1876-1946)

El sombrero de tres picos (suite nº 2) (1919-21)*

Danza de los vecinos (Seguidillas)

Danza del molinero (Farruca)

Danza final (Jota)

Maurice Ravel (1875-1937)

Boléro (1928)

* En conmemoración del 150 aniversario de Manuel de Falla

Con la colaboración de la Embajada de Italia en España

Num3ros danzantes

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Sábado 27 junio, 22:30 h. 75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Compañía Nacional de Danza (CND), Muriel Romero (directora): NumEros. Músicas de Chaikovski, Ravel, Peven Everett y Lion Babe. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara.

Nueva noche en el Generalife con la CND y un programa de título curioso: “NúmEros”, que la directora Muriel Romero explica en las notas al programa:

El título de este programa, NumEros, es un portmanteau, una combinación de dos términos, numen y eros, en cierto sentido opuestos pero que conforman dos elementos centrales en la creación en danza: Eros como impulso vital encarnado, impulso creativo, fuerza deseante que se manifiesta en y a través del cuerpo; y Numen como presencia intangible, inspiración poética o espiritualidad inmanente que trasciende la voluntad del artista. Cuando se encuentran, nace NumEros, que evoca el Número como principio de orden, patrón subyacente, lógica que da forma al movimiento. En este sentido, NumEros propone una articulación entre estas tres dimensiones fundamentales del pensamiento y la experiencia creadora en la danza.

Personalmente me encanta la numerología y todo el simbolismo que conlleva, de ahí jugar en mi propio título utilizando el número 3 como si de una «E» reflejada se tratase, y tres fueron las coreografías que eligió la compañía: una clásica de Georges Balanchine con protagonismo femenino de tutú y punteras para la Serenade de Tchaikovsky; otra de William Forsythe titulada Echoes from a Restless Soul con el “Gaspard de la nuit” de Ravel interpretado en vivo por el pianista Gustavo Díaz-Jerez que personalmente fue la que más me gustó, con toda la compañía, más la última de Jacopo Godani, Playlist (Track 1, 2) con música de Peven Everett (Surely Shorty) y Lion Babe (Impossible, Jax Jones remix) solamente con la parte masculina de la compañía.

Los tres coreógrafos trabajan con lo numérico y las geometrías, que bien explica  Muriel Romero: «los intérpretes trabajan a partir de sistemas numéricos –proporciones, repeticiones, permutaciones, secuencias– no solo como meros esquemas compositivos, sino como territorios vividos desde el cuerpo. El cuerpo, en este contexto, no se limita a ejecutar formas: las encarna, las perturba, las transforma. Así, la danza deviene un proceso en el que la precisión numérica se encuentra con el exceso del deseo, y la abstracción formal con la potencia afectiva del gesto». La Serenade es pura tradición y las bailarinas tanto en grupos como con las primeras figuras (Kayoko Everhart y Giada Ross), ejecutaron todos los pasos más la aparición del único bailarín solista (Alessandro Riga). Iluminación sencilla con los mismos tonos azules del vestuario y el único decorado de los centenarios cipreses del Generalife, más un sonido grabado no ecualizado para la música del ruso.

Tras una pausa, supongo que para colocar el piano a la izquierda del escenario, que de nuevo la sonorización no ayudó (tardando en entrar y con unos graves más electrónicos que acústicos) llegaría el “Gaspard de la nuit” (Ravel) de un Gustavo Díaz-Jerez impecable en la interpretación, con la dificultad de montar una coreografía con esta página nada «danzable» del vasco-francés, pero que William Forsythe concibe con técnica clásica pero movimientos más contemporáneos, nuevamente pasando de la “arquitectura en movimiento” de un Balanchine a la utilización del cuerpo en trayectorias geométricas, que me recordaron las esculturas de Rodin o Giacometti, e incluso algún cuadro de Picasso, tanto por el vestuario como por el “movimiento congelado” potenciado por una luz blanquecina donde tensión-distensión fueron combinándose con todas las permutaciones numéricas de los distintos grupos de la compañía y las primeras figuras, conjuntos disjuntos con los silencios de Ravel logrando momentos de plasticidad muy bellos.

Nueva parada técnica para retirar el piano y el último número solo con los bailarines y una música electrónica donde los tremendos graves retumbaron en toda la Alhambra y las membranas de los altavoces parecía fuesen a saltar o empujarnos como en el inicio de “Regreso al futuro”. Vestuario poco visual en azul y granate, movimientos nuevamente clásicos coreografiados por Godani, que no se correspondían con la música, más escenas de chicos universitarios delicados (nada de Jerome Robbins con los Jets y los Sharks), trazando líneas y combinando grupos pero chocando los pasos con una música vital, tal vez buscando ese contraste o descontextualización, que Muriel Romero describe como premisas llevadas «al extremo físico y visual, construyendo composiciones donde la precisión matemática convive con una intensidad visceral, casi animal».

Volviendo al título del programa, Eros el deseo vital, y corporal, Numen lo numérico, y el encuentro de ambos, intangible y ordenado, que matemáticamente tiende a infinito desde la danza creadora y organizada en tres puntos sin ser un triángulo, más bien líneas divergentes aunque del mismo grosor y color.

Cuartetos para centenarios

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Lunes 22 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Música de cámara. Patio de los Arrayanes: Cuarteto Quiroga. Obras de Arriaga y Kurtág. En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

El Cuarteto Quiroga proponía un diálogo entre dos figuras separadas por dos siglos, pero unidas por la radicalidad de su escritura y la intensidad. El bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga, fallecido con diecinueve años, y a quien se la apodado “el Mozart español”, dejó pese a su breve trayectoria una obra madura, en la que sus tres cuartetos de cuerda ocupan un lugar central por su equilibrio formal, claridad expresiva y dominio del lenguaje clásico (y el Quiroga los ha grabado en septiembre de 2005 en la neerlandesa iglesia WedtVest90 de Schiedam, que están presentando este año del bicentenario). Por otro el compositor húngaro, nacido en Rumanía, György Kurtág, que ha cumplido cien años este pasado febrero, representa una de las figuras más singulares del último siglo con exploraciones más concentradas y de carácter aforístico, junto a una expresividad diría que especial. Como dice la web del Festival “El programa subraya así una curiosa relación entre juventud truncada y longevidad creadora, con el cuarteto de cuerda como vehículo privilegiado para la introspección y la experimentación”.

Alternar las miniaturas de Kurtág con los tres cuartetos de Arriaga no pareció encajar mucho, y el público estuvo algo «perdido» con el húngaro, pero estaba claro que el punto fuerte era el bilbaíno.

Las notas al programa de Luis Gago las titula Los dos extremos:

«(…) Escuchar la música de ambos en el concierto de esta noche tiene, por tanto, el atractivo del contraste entre dos maneras casi antagónicas de abordar la creación musical: la eclosión de talento casi incomprensible en un adolescente Arriaga versus la larga lucha por encontrar una voz propia de Kurtág, que publicó su op. 1, precisamente un cuarteto de cuerda, a los treinta y tres años. La conjunción de un genio precoz y una muerte temprana suelen ser los mejores aliados de la leyenda (…). El editor y musicólogo Alfred Schlee es homenajeado en su nonagésimo cumpleaños y recordado tras su muerte en Aus der Ferne III y V, esta última «música angustiada con grandes dosis de sul ponticello. Y luego, muy suavemente, algo se eleva», nos dice su autor. Conmueve observar las tres páginas y media en las que, con una escritura temblorosa, Kurtág entonó un planto fúnebre por László Dobszay, una persona cercanísima al compositor durante décadas, fechadas en Saint-André-de-Cubzac el 26 de agosto de 2011 (…) . En palabras de Cibrán Sierra, «un epitafio turbador que nos enfrenta al sobrecogedor abismo de la nada, donde el átomo se funde con la materia oscura y el sonido parece desintegrarse en el fatal agujero negro del silencio». Calando e perdendosi, escribe Kurtág casi al final de esta música rica en armónicos, en acordes de séptima y novena, tocada con sordinas de metal, con los sonidos reducidos a ascuas: «serán ceniza, mas tendrá sentido».

Sin entrar a fondo en la biografía de Arriaga citar la curiosidad de su fecha de nacimiento: un 27 de enero de 1806 (exactamente el día en que Mozart habría celebrado su quincuagésimo cumpleaños). De las únicas obras que se publicaron en vida del compositor vasco están los tres cuartetos de cuerda, que vieron la luz en París en 1824. De ellos, Cibrán Sierra escribe en el libreto del CD: «El dramatismo oscuro del inicio del primer cuarteto, en la sombría tierra sonora de re menor, convive con la deliciosa naïvité de las variaciones del segundo cuarteto, o con la increíble imaginación sonora del Andante del tercer cuarteto, que preludia usos instrumentales inauditos en la época». Del Quiroga podría repetir sus cualidades que reflejo en cada concierto al que he asistido, y son muchos, pero los tres cuartetos de Arriaga son también un referente en vivo, con la peculiar acústica del Patio de los Arrayanes. Ahondando en la descripción, “el Primer Cuarteto, en re menor, transmite la cara más sombría, dramática y retóricamente intensa de Arriaga, con una seriedad expresiva verdaderamente sorprendente en un compositor tan joven. El Segundo, en la mayor, tiene una luminosidad más extrovertida y una brillantez casi concertante, con momentos de un encanto y una elegancia irresistibles. Y el Tercero, en mi bemol mayor, es el más libre y audaz en términos de invención, color y juego formal: su Andante se convierte en pura imaginación sonora, y su final, una explosión de inteligencia y energía”.

La composición de un cuarteto de cuerda supone todo un complejo proceso que en Haydn, Beethoven o Schubert llevó años, mientras que en Arriaga asombra por su precocidad, celeridad y calidad, tres páginas amables del más puro clasicismo pero con sello propio. Retomando el libreto de la grabación del Cuarteto Quiroga, quiero destacar el análisis:

«Resulta admirable cómo se divierte con frases irregulares, cómo roza el cubismo en sus Scherzi, jugando al trilero con el oyente, en un ejercicio de ingenio parangonable a algunos de los más arriesgados experimentos haydnianos de Eszterháza. Es fascinante el arrojo instrumental, como ese brillante y operístico comienzo del segundo cuarteto, o el audaz tejido contrapuntístico con el que va urdiendo, de manera nada ostentosa, pero llena de pícara creatividad, los desarrollos del Finale del cuarteto en mi bemol. Sorprende ver a un joven firmar páginas donde los silencios ocupan espacios retóricos de tanta profundidad expresiva, un adolescente que no se esconde ante la oscuridad y que maneja con sobriedad las texturas más dramáticas; da gusto observar cómo es capaz de desarrollar el trabajo temático, explotar la diversidad de las cadencias, con sus múltiples encrucijadas narrativas, y cómo, a pesar de todo, nunca suena pretencioso, como les pasa a tantos, y no cae en el habitual pecado de la pedantería o la hipertrofia petulante. En sus cuartetos, Arriaga suena atrevido, con agallas y descaro; fresco y joven, pero inteligente, refinado y elegante».

Si Kurtág es lo actual, con sus aristas y particular entendimiento de estos “regalos cuartetísticos”, exigentes para poder extraer tanta profundidad en tan cortas duraciones, y el Cuarteto Quiroga los interpretó de forma magistral, desde matices íntimos, casi imperceptibles, a la fuerza arrolladora, Arriaga es frescura, con una escritura madura que saca de cada instrumento su protagonismo: diálogos deliciosos de los violines, el chelo sustentando la arquitectura sin perder los pasajes melódicos y un tratamiento de la viola que le da el color y el brillo que el Quiroga demostró con una interpretación perfecta a la que ni el calor, ni las toses, ni los cuchicheos a mi alrededor, lograron opacar.

Como decía George Steiner, un clásico lo es porque nos lee a nosotros tanto como nosotros a él, y así entendió el Cuarteto Quiroga al genio bilbaíno, al que llevan interpretando desde sus inicios, esta vez emparejado con el húngaro simplemente por efemérides.

PROGRAMA

I

György Kurtág (1926)

Aus der Ferne III (1991).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Cuarteto de cuerda nº 1 en re menor (1823).

György Kurtág

Aus der Ferne V (1999).

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 2 en la mayor (1823).

György Kurtág

Secreta: funeral music.
in memoriam László Dobszay (2011).

II

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 3 en mi bemol mayor (1823).

En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

@Lucía Rivera – Festival de Granada

P. D. Las fotos fueron compartidas el martes 23 a las 11:39 horas, utilizo esta última, ya subida la entrada de madrugada y actualizada a mediodía.

Fuego valenciano en Granada

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Sábado 20 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquestra de la Comunitat Valenciana (OCV), Marianne Crebassa (mezzo), Gustavo Gimeno (director). Obras de Ravel, Falla, Berio, Stravinsky. Fotos de Álex Cámara y propias.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana llegaba al Festival de Granada con el mismo programa ofrecido dos días antes en Valencia junto a Gustavo Gimeno, director invitado habitual de las principales orquestas internacionales. El escenario incomparable del Palacio de Carlos V y una noche de calor ya veraniego sirvieron de marco para un concierto dominado por el fuego en todas sus acepciones: el color orquestal, la intensidad expresiva y, finalmente, la célebre danza «falliana» que cerró la velada.

La primera parte se abrió con la Rapsodie espagnole de Maurice Ravel, obra escrita entre 1907 y 1908 que constituye una de las más refinadas evocaciones de España realizadas desde fuera de nuestras fronteras. Gimeno apostó por una lectura de líneas claras y gran precisión, construida desde el equilibrio de planos y una atención minuciosa al detalle tímbrico. Fue un Ravel limpio y transparente, de sonoridades cuidadosamente perfiladas, en el que destacó especialmente la intervención del corno inglés (Ana Rivera) en la Malagueña, uno de los momentos más inspirados de la interpretación.

La llegada de Marianne Crebassa elevó aún más el interés de la velada. La mezzosoprano francesa confirmó una vez más su extraordinaria afinidad con la música española en las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla. Su impecable dicción, particularmente en la articulación de las consonantes, y un fraseo siempre elegante permitieron disfrutar de unas versiones alejadas de cualquier exceso expresivo. Crebassa optó por la naturalidad y la musicalidad, dejando que la belleza de estas canciones emergiera desde su aparente sencillez.

La versión interpretada fue la orquestación realizada por Luciano Berio, de mayor complejidad y densidad sonora que la más «conocida» de Ernesto Halffter. La escritura del compositor italiano amplía considerablemente el papel de metales y maderas sin traicionar la esencia de la parte pianística original. Gimeno supo encontrar el equilibrio entre la riqueza orquestal y la línea vocal, exigiendo una precisión admirable a los músicos valencianos. Aunque no todas las canciones alcanzaron idéntico nivel de inspiración, resultó difícil no dejarse conmover por una emotiva Asturiana que, por unos minutos, me devolvió a mi tierra. Pese a las prolongadas ovaciones que obligaron a la cantante a salir varias veces a saludar, finalmente no hubo propina.

La segunda parte estuvo dedicada íntegramente a El pájaro de fuego de Igor Stravinsky en su versión completa de ballet, una opción poco frecuente en las salas de concierto. La ausencia de la dimensión escénica hace que la obra pueda resultar extensa para parte del público, pero permitió comprobar el extraordinario momento artístico que atraviesa la formación valenciana.

De nuevo aparecieron las señas de identidad de la noche: precisión, claridad y disciplina orquestal. Aunque el estilo gestual de Gimeno no termina de convencerme. Su dirección resulta a menudo muy amplia sin coincidir con las dinámicas, y físicamente intensa, con una mano izquierda que, cuando no pasaba las páginas (y eran muchas), frecuentemente duplica el trabajo de la derecha o puede resultar agresiva visualmente para las entradas en ff, pero debo reconocerle una capacidad indiscutible para mantener la tensión narrativa y extraer el máximo rendimiento de la orquesta. En Stravinsky encontró además un terreno especialmente propicio para desplegar esa energía.

Hubo espacio para la magia. Uno de los momentos más reveladores llegó en el final de la obra, cuando el director dejó caer simplemente los brazos para señalar el piano subito, obteniendo una reacción instantánea de los músicos antes del crescendo final. Fue un gesto sencillo pero enormemente eficaz.

La orquesta desplegó una impresionante paleta de colores. La cuerda brilló con especial intensidad y las numerosas intervenciones solistas fueron resueltas con gran calidad. Merecen mencionarse al menos a Bernardo Cifres en la trompa y Gjorgi Dimcevski como concertino, sin olvidar el delicado trabajo de la celesta, instrumento fundamental tanto en Ravel como en Stravinsky.

Y cuando parecía que la temperatura ya no podía subir más, llegó la propina. La célebre Danza ritual del fuego de Falla puso el broche definitivo a una velada de enorme nivel musical. Los valencianos la ejecutaron con brillantez y contundencia, añadiendo la última chispa a una noche que, entre el calor granadino y la intensidad del programa, tuvo mucho de celebración alrededor de una hoguera de San Juan.

P.D.: Me encantó saludar a mi querido Don Ignacio a quien he visto crecer como violinista, resultando una verdadera alegría este encuentro sorpresa en Granada.

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