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La Mancha asturiana

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Jueves 23 de mayo de 2024, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español.
«La rosa del azafrán», zarzuela en dos actos y seis cuadros.
Música de Jacinto Guerrero, con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, inspirado en El perro del hortelano de Lope de Vega
. Estrenada en el Teatro Calderón de Madrid el 14 de marzo de 1930. Producción del Teatro de la Zarzuela (2024). Edición crítica de Miguel Roa / Tritó Edicions (Barcelona, 2008).

(Crítica de «La rosa del azafrán» para Ópera World del viernes 24 de mayo con el añadido de los links siempre enriquecedores y la tipografía que la prensa no suele admitir. Fotos de Alfonso Suárez)

En los felices años 20 del pasado siglo, el asturiano Federico Romero junto a Guillermo Fernández-Shaw y el compositor Jacinto Guerrero, acompañados del fotógrafo José Zegri y el crítico musical Julio Gómez emprendieron un viaje en coche para empaparse de las coplas, estribillos y cantos tradicionales de los campos y tabernas manchegas que servirían de inspiración a la bella y compleja partitura de «La rosa del azafrán», zarzuela de la recia tierra de Don Quijote, que casi cien años después sigue triunfando cada vez que se repone, en parte por su calado popular lleno de melodías que escuchábamos a nuestras abuelas y madres, siendo además Emilio Sagi Barba, abuelo de nuestro universal Emilio Sagi, el primer Juan Pedro, con lo que también había homenaje asturiano en este penúltimo título del XXXI Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo.

Tras su paso en enero por el madrileño Teatro de La Zarzuela recalaba con gran parte de la producción en el Teatro Campoamor nuevamente a rebosar, que aplaudiría casi todos los números a un elenco de primera que dignifica y hace grande este verdadero Patrimonio de la Humanidad, pidiendo aumentar las dos funciones actuales, pues cuando hay calidad, y esta función la tiene, el público no falla.

La producción madrileña es una maravilla de principio a fin tal como la ha concebido Ignacio García, que estos días viajaba al Bellas Artes mexicano para un ‘Turandot’ seguramente con la misma honestidad y verismo que esta «La rosa del azafrán» tan ligada a nuestro país, sus gentes y su folklore. En la rueda de prensa García dejaba claro que “El alma de la zarzuela es el vínculo con la tierra anclada en el pueblo” y no defraudó, comenzando por el respeto a la propia obra inspirada en El perro del hortelano de Lope de Vega, una recreación “verista” que refleja la esencia del campo manchego y sus gentes, los celos y conflictos de clase, la dureza del trabajo rural humilde y pobre en las postrimerías del siglo XIX, y hasta el aroma a trigo, cómo pasan las estaciones cual metáfora del ciclo vital y los complejos sentimientos de los protagonistas, con diálogos adaptados y acortados que informan de la trama, el estilo, los personajes y las situaciones invirtiendo la proporción entre lo hablado y lo cantado para un mayor dramatismo de esta historia.

Los decorados de Nicolás Boni están muy logrados, captando la esencia de un pueblo manchego, piedra y cal, espigas en el profundo infinito cual mar sobre el que se puede caminar, y que con la delicada y excelente iluminación de Albert Faura impresionaron por captar cada hora del día, cada estación y ciclo del campo, embelleciendo escenas dignas de la gran pantalla. El rústico vestuario de Rosa García Andújar para los labriegos y espigadoras completó la imagen histórica y verdaderamente creíble de este libreto que la música de Guerrero eleva a la quintaesencia de la mejor lírica hispana.

Con estos mimbres la representación ya animaba al triunfo contando además con un elenco equilibrado bien rodado en Madrid junto a las incorporaciones en la capital asturiana, comenzando por la dirección musical del bilbaíno Diego Martín-Etxebarría. Feliz sustituto de la anunciada Alondra de la Parra que voló antes de tiempo pero encontrando a un maestro conocedor de la obra, atento al detalle, mimando las voces que al fin cantan y no gritan, musicalidad a raudales con una Oviedo Filarmonía (OFil) dúctil, comprometida, capaz de bajar al foso (tras el “espectáculo Villazón” comentado en estas mismas líneas) y ceñirse a la batuta del maestro con plena confianza en el resultado final. Otro tanto del coro titular, la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” con mucho que cantar tanto en conjunto como en las intervenciones solistas de hombres (simpáticos en el “Pasacalle de las escaleras”) y mujeres (convincentes y pícaras en “La caza del viudo”), bien afinados y matizados, seguros, ofreciendo el movimiento escénico requerido por Sara Cano junto a las cinco parejas de bailarines. Pese a algún inicio coral por delante de la orquesta, en apenas dos compases encontraron la pulsación con el foso, siempre atento a las indicaciones del director vasco, intervenciones de principio a fin casi interiorizadas y no canturreadas aunque ganas no nos faltasen, incluso para “disimular” los pertinaces y maleducados teléfonos. Seguidillas, rondas, pasacalles, jotas (“Bisturí, Bisturí…”) y hasta el popular “Coro de espigadoras” volvieron a mostrar el buen trabajo del director José Manuel San Emeterio y la excelente concertación con la OFil por parte de Martín-Etxebarría.

Si los diálogos están adaptados y acortados, contar con Mario Gas, verdaderamente Generoso en el amplio sentido de su personaje, declamando los clásicos hispánicos tan cervantinos cual Quijote poderoso de alta alcurnia, es todo un plus. Completarlo con Vicky Peña igualmente Custodia de la mejor escena española, resultó el tándem ideal que cuando se incorpora a nuestra zarzuela la hacen merecedora de todos los elogios. Sumar al gran Emilio Gavira, otro actor esencial, o el Carracuca de Juan Carlos Talavera que junto al Moniquito de Vicenç Esteve sacaron las sonrisas del público y el fino humor del libreto (impagable la marcha fúnebre que se vuelve jocosa), conjugando lo popular y lo culto que conviven felizmente. Tampoco defraudaron el mendigo – Julián del joven Javier Gallardo y el Miguel del habitual Carlos Mesa, incorporaciones que también van ganando su espacio en la zarzuela con las intervenciones de los llamados actores-cantantes, cuya formación escénica no distingue hace años esa doble faceta.

Y si la parte actoral es necesaria en la dramaturgia, las voces protagonistas son las “cabezas de cartel”, verdaderas todoterreno que pasan del canto a la palabra con la exigencia de una técnica que asusta a muchas, pero para quienes aceptan el reto y se preparan concienzudamente, nos dejan el buen sabor de boca que obliga a pedir más zarzuela. Incorporar como cantante de la música popular a la asturiana Anabel Santiago, una artista que comenzando en la tonada ha evolucionado su repertorio haciéndolo llegar a las nuevas generaciones, resultó un acierto siendo quien arrancaría a capella la función, ligeramente amplificada con una reverberación que daría posteriormente los enlaces entre cuadros, jotas y seguidillas actuales, con coreografiada percusión de manos sobre las mesas o con los panderos, volviendo a la voz sola del soneto quijotesco, e incluso cerrando la representación en un cuidado unísono con el ama protagonista.

El “duelo vocal” de las sopranos asturianas, Beatriz Díaz y María Zapata, Sagrario y Catalina, reflejó dos generaciones líricas como en el propio libreto, ama y criada unidas por el buen quehacer. Tan excelentes actrices como cantantes, la allerana afrontó una partitura exigente técnicamente, con unos graves que han ganado cuerpo, los agudos claros y seguros, más una gama de matices donde sus pianissimi siguen siendo únicos, bien proyectados, con todo el respeto desde el foso para disfrutar de una voz que sigue emocionando desde una madurez bien enfocada. Sus romanzas, especialmente “No me duele que se vaya”, la lírica “La rosa del azafrán es como la maravilla” que así resultó, y los dúos con Catalina o el final con Juan Pedro “Tengo una angustia de muerte” derrocharon buen gusto, musicalidad, empaste y entrega en un personaje complejo.

No quedó atrás ante este reto la ovetense como Catalina, resuelta en escena pasando de lo cómico (excelentes seguidillas con Moniquito) al drama con seguridad, timbre ideal, gran jota y copla en el penúltimo cuadro, buen empaste y mejor proyección junto a las voces blancas en el difícil “Coro de las espigadoras”.

Dejo para el final a Damián del Castillo, el Juan Pedro protagonista que arranca con la famosa “Canción del sembrador” sentida, agradecida y aplaudida, interpretación generosa de esta romanza que han cantado los grandes barítonos y verdadera prueba de fuego para su tesitura en una partitura exigente de principio a fin. Entregado y bien cantado su primer dúo con Sagrario (“Manchega, flor y gala de la llanura”), entregado en “Aunque soy forastero”, rotunda su jota “Hoy es sábado y no quiero”, más el emocionante dúo final “Manchega, tu cariño me da la vida” para redondear una función sobresaliente.

Una espléndida, colorida y sembrada flor sin fisuras que sigue demostrando la vigencia de nuestra zarzuela cuando se realiza con calidad, honestidad y entrega. Oviedo quiere más zarzuela y pide más funciones para los títulos de las próximas temporadas, siempre que sean como la actual. El éxito está asegurado con producciones y elencos como el de esta rosa, “… una flor arrogante que brota al salir el sol…” pero no murió al caer la tarde.

FICHA:

Jueves 23 de mayo de 2024, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español.
«La rosa del azafrán», zarzuela en dos actos y seis cuadros.
Música de Jacinto Guerrero, con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, inspirado en El perro del hortelano de Lope de Vega. Estrenada en el Teatro Calderón de Madrid el 14 de marzo de 1930. Producción del Teatro de la Zarzuela (2024). Edición crítica de Miguel Roa / Tritó Edicions (Barcelona, 2008).

FICHA ARTÍSTICA:

Dirección musical: Diego Martín-Etxebarría – Dirección de escena: Ignacio García – Escenografía: Nicolás Boni – Vestuario: Rosa García Andújar – Iluminación: Albert Faura (AAI) – Coreografía: Sara Cano – Asistente a la dirección musical: Sergio Sáez Tecles – Ayudante de dirección de escena: Ana Cris.
Oviedo Filarmonía – Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio).

REPARTO

«La rosa del azafrán»

Sagrario: Beatriz Díaz – Juan Pedro: Damián del Castillo – Catalina: María Zapata – Moniquito / Un pastor: Vicenç Esteve – Custodia: Vicky Peña – Carracuca: Juan Carlos Talavera – Don Generoso: Mario Gas – Miguel: Carlos Mesa – Micael: Emilio Gavira – Julián / Un mendigo: Javier Gallardo – Cantante de música popular: Anabel Santiago – Bailarines – Figurantes: Adrián Gómez, Ana del Rey, Ángela Chavero, Cristina Cazorla, Irene Hernández, Jesús Hinojosa, Nuria Tena, Verónica Garzón, José Alarcón, Miguel Ballabriga, Enrique Arias y Yoel Vargas.

Una rosa en Oviedo

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Jueves 23 de mayo de 2024, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español. «La rosa del azafrán», zarzuela en dos actos y seis cuadros.
Música de Jacinto Guerrero, con libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, inspirado en El perro del hortelano de Lope de Vega. Estrenada en el Teatro Calderón de Madrid el 14 de marzo de 1930. Producción del Teatro de la Zarzuela (2024). Edición crítica de Miguel Roa / Tritó Edicions (Barcelona, 2008).

(Reseña de «La rosa del azafrán» para La Nueva España del viernes 24 de mayo con el añadido de los links siempre enriquecedores y la tipografía que la prensa no suele admitir. Fotos de Alfonso Suárez)

Un éxito rotundo el penúltimo título del Festival de Teatro Lírico Español conjugando a la perfección todo lo que supone esta enorme zarzuela del maestro Jacinto Guerrero: «La rosa del azafrán arrogante que brota al salir el sol…» pero no murió al caer la tarde ovetense.

Producción estrenada en el Teatro de la Zarzuela el pasado mes de enero, y que volvió a triunfar en “La Viena Española” con un elenco de altura tanto en lo musical como en lo dramático. Grandes de la escena en Madrid repetían ahora en Oviedo, como el inconmensurable Mario Gas Generoso y Vicky Peña Custodia del arte de Talía, enormes e impagables por una trayectoria siempre en lo alto, junto a Emilio Gavira y el humor de Juan Carlos Talavera, sumándose en la capital asturiana el poliédrico Carlos Mesa o el joven Javier Gallardo, de casa pero que tienen su lugar en el templo lírico carbayón.

Junto a ellos unas voces de primera, tan buenas actrices como cantantes, algo difícil en la zarzuela que siempre coarta aceptar este género tan español y exigente. Comenzar con las asturianas, Beatriz Díaz y María Zapata impecables como Sagrario y Catalina reflejando ya dos generaciones líricas como en la propia escena. El ama de la allerana ganando graves sin perder sus exquisitos agudos y unos pianissimos de respigarse en una interpretación inteligente, redonda y fiel, más la soprano ovetense que prosigue su carrera ascendente, defendiendo su rol en un buen empaste con todos sus colegas de reparto sembrando esperanza.
Poderío astur extra con Anabel Santiago cambiando tonada por jotas y seguidillas, amplificada abriendo cuadros, con su habitual ímpetu y entrega, sin olvidarnos de los papeles masculinos con el protagonista Juan Pedro del barítono Damián del Castillo en buen estado vocal aunque algo rígido, o el simpático Moniquito del tenor Vicenç Esteve, que se ganó al respetable, solo una parte de este gran homenaje a La Mancha lleno de verismo y honestidad.

Imprescindibles siempre Oviedo Filarmonía en el foso y la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” sobre las tablas, cantos con historia bien repartida, todos bien conducidos por el director bilbaíno Diego Martín-Etxebarría, sustituyendo a la prevista Alondra de la Parra, con quien hemos ganado por su implicación y dominio de la partitura de Guerrero, mimando todas las voces como debe ser y mandando con guante de seda.

La escena bellísima de Ignacio García (que volvía tras el doblete Gran Vía-Adiós a la Bohemia de febrero), refleja con rigor este “perro del hortelano” decimonónico donde iluminación (desde el amanecer al anochecer manchego), vestuario y escenografía respetuosa y veraz, junto a una docena de bailarines-figurantes, ayudaron a completar una producción de primera que el público asturiano, volviendo a llenar el Campoamor, reconoció con largas ovaciones en cada número, esperando aumenten las funciones para próximas temporadas. Este sábado aún se puede disfrutar si quedan entradas.

Pablo Siana

Ya está sembrada la rosa del azafrán

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Viernes 17 de mayo, 12:00 horas. Teatro Campoamor, presentación del tercer título del Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo.

El Salón de Té del Teatro Campoamor ha acogido este mediodía la presentación de la zarzuela «La rosa del azafrán» que se estrenará el próximo jueves 23 de mayo, con una segunda función el sábado 25, ambas a las 20:00 horas bajo la dirección musical del maestro bilbaíno Diego Martín-Etxebarria y escénica de Ignacio García.

Además de la soprano asturiana Beatriz Díaz y el barítono ubetense Damián del Castillo en los roles principales de Sagrario y Juan Pedro, el cartel incluye nombres reconocidos de la interpretación como Vicky Peña, Mario Gas o Emilio Gavira. «La rosa del azafrán» con música de Jacinto Guerrero, es una de las obras más conocidas del repertorio de zarzuela. El libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, está inspirado en obras literarias como El perro del hortelano y El Quijote, y nace “del viaje que hicieron sus autores por tierras manchegas recogiendo, de las fuentes populares, las melodías que se encontraban”, como ha explicado el Presidente de la Fundación de Cultura de Oviedo.

David Álvarez y el Director Artístico del Festival, Cosme Marina, acompañados del elenco de la obra fueron tomando la palabra. El primero resaltó la calidad de esta producción que tiene una fuerte vinculación con Oviedo: “uno de sus autores, Federico Romero, era ovetense y, el primer Juan Pedro fue Emilio Sagi Barba, abuelo de nuestro querido Emilio Sagi”. Destacaría igualmente el interés que los ovetenses tienen por el género lírico: “Oviedo quiere Zarzuela”.

En esta línea Marina también quiso recordar que desde meses antes de cada estreno quedan ya pocas entradas, agradeciendo que el Campoamor sea el primer teatro en el que se represente esta producción tras su estreno en Madrid en el Teatro de la Zarzuela este mismo año. También ha ensalzado a cantantes, actores y bailarines, que están al máximo nivel, así como la labor de Oviedo Filarmonía y la Capilla Polifónica, orquesta y coro de este festival ovetense.

En su intervención, el director de escena Ignacio García puso de relieve el talento asturiano de este montaje de «La rosa del azafrán», refiriéndose así al protagonismo asturiano, las sopranos Beatriz Díaz y María Zapata, los actores Carlos Mesa y Javier Gallardo más la voz de Anabel Santiago.

Ignacio García ha reconocido a Oviedo como “capital del género” dado que después de Madrid, esta es la temporada más importante, dando relevancia “al amor, respeto y conocimiento del público ovetense”. García también agradeció la labor del equipo técnico del Teatro Campoamor en una producción aparentemente sencilla y costumbrista pero realmente ambiciosa y complicada, y me quedo con otra frase suya: “El alma de la zarzuela es el vínculo con la tierra anclada en el pueblo”. Interesante leer sus notas al programa de mano escritas para Madrid.

Tras estas dos primeras intervenciones, iría tomando la palabra el elenco presente, que en general todos hablan de la producción excelente , de reivindicar la cultura y este espacio. Anabel Santiago dando un paso de la tonada a la jota manchega en un nuevo reto para la asturiana, el jienense Damián del Castillo que también le toca «lo manchego» en su papel protagonista, la asturiana Beatriz Díaz que vuelve a casa en un rol profundo en todos los sentidos y recordando sus inicios hace años con Mario Gas, otro grande de la escena, esta vez en un «quijote» que nos impactará, la»debutante» María Zapata ilusionada y emocionada de formar parte de esta exquisita y honesta producción.

Más los actores Carlos Mesa, que con el tiempo adora la zarzuela que escuchaba a su madre, o Javier Gallardo, con un papel pequeño pero que le honra estar en el elenco. La grande de la escena Vicky Peña (quien describió al Campoamor como un “teatro vivo, bien habitado”) para quien la zarzuela es vida.

El malagueño Emilio Gavira (reivindicando Alcázar de San Juan como capital manchega e invitando a conocer La Mancha como “profundo infinito y como un mar sobre el que se puede caminar”), Juan Carlos Talavera (celebrando que esta zarzuela es genial al “hacer de la muerte una fiesta”), y finalmente la coreógrafa Sara Cano cuya idea en esta producción es “dar verdad al pueblo”.

Cerraría la presentación David Álvarez que repartiría a todos los presentes el dulce que este año es cartel tan ovetense como los carbayones cubiertos de un mantón de Manila de azúcar.

Ópera para Madagascar

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Jueves 16 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Gala Lírica Pro Madagascar.  Juan Jesús Rodríguez (barítono), Anna Cabrera (soprano), Marcos Suárez (piano). Arias, dúos y romanzas de zarzuela y ópera. Entrada: 10€.

La ONG “Ópera sin fronteras” y la Fundación «Agua de coco» llegaban a Oviedo para presentar un proyecto multidisciplinar, transversal, pedagógico y sobre todo solidario, porque la música lo puede todo, llegar a estrenar en Madagascar su primera ópera con un elenco de allí como después contarían los responsables, «El sueño de Nirina», con libreto de la asturiana Lucía Vilanova , con quien contactaron en el Campoamor tras el estreno de «María Moliner», y música de Juan Antonio Simarro, dos figuras conocidas en nuestra tierra, y además en malgache. Una bendita locura que cuenta entre otros apoyos, nunca suficientes, de la Fundación Ópera de Oviedo, siempre dispuesta a colaborar con estas iniciativas solidarias de cooperación social, siendo su director, el avilesino Celestino Varela, el primero en tomar la palabra presentando el evento.

Paco Azorín como presidente y fundador junto al coreógrafo Carlos Martos De la Vega de la ONG “Ópera sin fronteras” comentarían a dúo quiénes son y cuales son sus objetivos, desde el propósito de hacer llegar la ópera a todos aquellos colectivos que tradicionalmente han sido excluidos de ella, con el fin de visibilizar sus conflictos a través del hecho escénico.

Entienden la ópera como un instrumento de transformación social, no como un elemento de entretenimiento sólo al alcance de unos pocos.
La ópera, como arte integrador, en la que convergen la música, la danza, el teatro y las artes plásticas, es el vehículo idóneo para situar en el centro de la creación a los colectivos más desfavorecidos y ayudarles así, a solucionar sus conflictos, desde sus primeros contactos allá por 2019 en Mérida y después Sevilla con «Sansón y Dalila», el contacto en Badajoz con otra ONG («PIE, Plena Inclusión Extremadura») de enfermedades raras entre muchas más, y lo terapéutico que ha sido la ópera, al año siguiente el proyecto didáctico «El monstruo en el laberinto» (de Jonathan Dove) en el Liceu barcelonés para niños en peligro de exclusión, o el triste 2022 a raíz de la guerra de Ucrania (que aún continúa) dentro de cultura de emergencia en Madrid para integrar a los primeros refugiados en un montaje de «La Odisea» con la Escuela Municipal de Arte Dramático para edades comprendidas entre 7 y 21 años.

Con la proyección de un vídeo con la génesis del proyecto de esta ONG que contarían Paco y Carlos, se centrarían en este continuarían primer proyecto en Madagascar que lleva como título «Madagasikara» con la ONG “Agua de coco” sumándose que lleva años allá, y con distintas fases que movilizan a 300 personas entre 6 y 20 años enseñándoles  música y dándoles instrumentos, por lo que el objetivo o fase final será hacer una ópera participativa y la primera en el idioma malgache, que espera nestrenar en Toliara el próximo 6 de septiembre de 2025 en el centro multidisciplinar CASEL.

Tras la proyección del segundo vídeo, presentarían al compositor Juan Antonio Simarro, que ya hacía sus pinitos «en africano» de crío y también de adulto, explicándonos la génesis tras libreto de Lucía Vilanova primero en francés y la posterior traducción al malgache, proyectándonos las letras y avanzando al piano algunas melodías.

De las muchas ayudas para esta primera ópera de Madagascar, ya con la colaboración entre otros del Teatro Real, del Festival de Perelada o la Ópera de Oviedo, aunque siguen buscando apoyo económico, en otro vídeo nos enseñarían el «Container Solidario» lleno de escenografías, vestuario, atrezzo, decorados o incluso luces viejas, material donado por distintos teatros que las almacenaban «caducadas» pero que serán «tecnología punta» en esta isla que sigue sufriendo, y donde ya embarcó camino del estreno en septiembre, que se espera traerlo a Europa en 2026. De ella vino a vivir a Córdoba un músico tradicional como es Kilema que participaría codo con codo junto al compositor. Después entre el piano de Marcos Suárez y el propio Simarro al djembé nos invitaron a cantar una de las melodías, verdaderamente imposible en malgache pero dándonos idea de cómo sonará en las voces protagonistas del estreno.

Y finalmente comenzaría la gala lírica y solidaria ayudando a recaudar fondos, que nunca son suficientes para un proyecto de esta envergadura, con la actuación del barítono Juan Jesús Rodríguez (Cartaya, 1969), la soprano ruso-cubana Anna Cabrera Eliseeva (Moscú, 1997) que sustituyó a última hora a Graciela Moncloa, con todo lo que supuso cambiar más de medio programa del inicialmente previsto, y el pianista asturiano Marcos Suárez (La Felguera, 1992) que hubo de lidiar contra estos imprevistos con la profesionalidad y experiencia que va acumulando en sus años de docente y repertorista.

Del barítono cartayero solo caben elogios por su entrega humana y musical, con la romanza «Ya mis horas felices» del Germán en «La del Soto del Parral», o el aria «Nemico della patria» del Gerard en «Andrea Chenier» que levantaron los bravos de un público que le sigue fielmente en Oviedo, e incluso de fuera de nuestra tierra. Su poderío vocal, buen gusto, escena, dicción y musicalidad son parte de las muchas cualidades que tiene, por lo que en estas dos obras el acompañamiento «orquestal» al piano de Marcos Suárez no necesitó más que disfrutar con el andaluz.

Me encantó la soprano Anna Cabrera, con varios premios desde su llegada a Madrid en 2016, quien eligió para esta gala la conocida «Petenera» de «La marchenera» y la aún más famosa aria «Caro nome», una Gilda sobrada de matices, agilidades, musicalidad y fraseos, bien acompañada por un Marcos que «las tiene en dedos» aunque la premura de los cambios nunca es buena, pero las tablas de ambos permitieron disfrutar de esta voz en crecimiento y triunfando paulatinamente.

Con estos solistas los dúos no podían fallar, aunque no los programados, pero igualmente de calidad y empaste, el mozartiano «La ci darem la mano» primero, enamoramiento a primera vista del Don Juan onubense y la Zerlina ya madrileña, coqueteo a dúo plenamente creíble con el piano bien encajado.

Y si ambos solistas dominan Verdi, el andaluz más que conocido, la rusa demostrado en el «Caro nome», nada mejor para cerrar que el conmovedor dúo «Piangi, fanciulla, piangi» de padre e hija, Rigoletto y Gilda en este dramático dúo escenificado con los intérpretes entregados, poderosos y dolientes, empaste ideal aunque afinación algo al límite y un piano a primera vista que nos privó de mayor satisfacción global para dos voces muy aplaudidas en esta gala.

Aún quedaba un mensaje en vídeo de la madrina de honor de la ONG, «nuestra» María José Montiel que con su homónima Moliner abrió puertas y dio esperanza a este proyecto. Finalmente la lectura del texto que canta Nirina la protagonista, ópera terapéutica, solidaria y un hito en Madagascar que esperemos disfrutar en Oviedo.

PROGRAMA:

Reveriano SOUTULLO (1880-1932) y Juan VERT
(1890-1931):

LA DEL SOTO DEL PARRAL: «Ya mis horas felices»

Federico MORENO TORROBA (1891-1982):

LA MARCHENERA, La Petenera

Umberto GIORDANO (1867-1948)

ANDREA CHÉNIER: «Nemico della patria»

Giuseppe VERDI (1813-1901)

RIGOLETTO, aria de Gilda «Caro nome»

Wolfgang Amadeus MOZART (1756-1791)

DON GIOVANNI, dúo «La ci darem la mano»

Giuseppe VERDI:

RIGOLETTO, dúo «Piangi, fanciulla, piangi»

Prensa:

Quiero y no puedo…

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Jueves 9 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Conciertos del Auditorio. Rolando Villazón, tenor, Oviedo Filarmonia (OFIL), Christian Vásquez, director. Obras de Márquez, Mozart, Haydn y Dvořák.

(Crítica para Ópera World del viernes 10, con los añadidos de fotos propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite).

En el ciclo ‘Los Conciertos del Auditorio’ que cumple sus bodas de plata, no suele faltar el guiño a la afición y tradición lírica asturiana, y por él han pasado muchos cantantes de renombre internacional junto a óperas en concierto, casi complemento de las óperas y zarzuelas en el Teatro Campoamor, por lo que son recitales muy esperados y atraen a amantes de la lírica de todas partes de Asturias y España.

El tenor mexicano Rolando Villazón (1972) regresaba a la capital ovetense, donde debutó hace 22 años con el «Romeo y Julieta» de Gounod junto a Ainhoa Arteta (y no precisamente con buen recuerdo), esta vez con un repertorio un tanto ‘extraño’, además de breve, anunciado junto a su compatriota la sobrevalorada y controvertida directora Alondra de la Parra, que venía a nuestra Vetusta para este “pseudorecital” más el doblete de zarzuela «La Rosa del Azafrán» para estrenarse en el foso, todo con la OFIL, que prosigue su andadura “todoterreno”. Pero una baja por motivos de salud obligó a encontrar sustitutos desde hace solo tres días, contactando con el maestro bilbaíno Diego Martín Etxebarría para las dos funciones de la próxima semana dentro del Festival de Teatro Lírico, que también contaré desde aquí, y el director venezolano Christian Vásquez para esta esperada y apurada cita del auditorio, resultando más concierto que velada lírica, pues tres obras cantadas para la primera parte, más la propina de zarzuela, no se pueden calificar de recital.

Con más cambios en el orden del programa, que dejo al final, arrancaba directamente Villazón con un aria de concierto del Mozart niño, Va, dal furor portata, KV 21 (19c), escrita en Londres con solo nueve años y donde se nota aún cierta bisoñez aunque ya tiene detalles propios del genio de Salzburgo. Casi prolongación del barroco, el tenor tuvo problemas con unas agilidades bruscas y poco limpias, unos graves que han ganado cuerpo pero sin apenas matizar, siendo su gama dinámica del mezzoforte al fortísimo, lo que desluce una vocalidad ya de por sí algo limitada.
Tras una presentación al publico de su Mozart y “papá Haydn” en el Londres donde coincidieron los dos genios, así como el recuerdo de 2002, llegaría el recitativo con aria «Dov’ e quell’alma audace… In un mar» de «L’anima del filosofo, ossia, Orfeo ed Euridice», compuesta en 1791, el año de la muerte de Mozart. Es importante ir sacando la producción operística del austriaco aunque sea con cuentagotas, y Villazón es uno de los adalides de estas recuperaciones. El rol de Orfeo le va al mexicano como anillo al dedo, pero volvió a decantar la balanza por una matización algo destemplada, sólo salvable en el largo recitativo inicial que da título a este número, donde poder cargar la parte dramática que los años ayudan, pero sus conocidos problemas (el quiste congénito del que le operaron en 2018, la ansiedad escénica y la acidez severa) no hacen más que corroborar que hemos perdido a este tenor, con el aria “In un mar” más representada que cantada. Se le agradece el empeño por seguir siendo un artista, pero ya no tiene el tirón de antaño y se notó hasta en el aforo del auditorio, que no se completó. La urgencia en encontrar director también se apreció en esta primera parte, pues el maestro Vásquez no estuvo cómodo con unas obras que probablemente eran nuevas, como para la mayoría del público. Al menos OFIL sigue siendo la orquesta heterodoxa y dúctil que responde al podio siempre, por lo que Haydn sonó clásico y el venezolano hizo lo que pudo.

No entendí colocar la popular obertura de «Las bodas de Fígaro», KV 492 tras Haydn, tal vez para comprobar el nivel de madurez que Mozart ya tenía en 1786 y emparejándolo con el aria anterior. Pese a ser una partitura que OFIL habrá tocado infinidad de veces en otros recitales al uso, la versión del director venezolano fue de brochazos más que de pincel, y los músicos se plegaron a las órdenes de un Vásquez que optó por marcar en vez de interpretar.

La última “escena” más que aria, canción o romanza, elegida por Villazón, sería L’esule (El exilio) de Verdi, en un interesante arreglo del original para tenor y piano realizado por Luciano Berio que dota a esta partitura de los aires ya conocidos del genio de Le Roncole un par de años antes de su «Nabucco». Rolando Villazón se entregó de principio a fin de nuevo con un dramatismo convincente y la escena que le conocemos, pero quedaría tapado en momentos puntuales por una orquesta poderosa que Vásquez no aplacó en sus dinámicas. El timbre del mexicano ha engordado y los agudos parecen más colocados, pero echamos de menos la “messa di voce” de sus inicios así como unos fraseos más acordes con esta partitura de salón, aunque el arreglo orquestal la eleve a aria operística.

Curiosamente la propina resultaría lo más aprovechable de esta primera parte, el homenaje a su admirado Plácido Domingo y a nuestra zarzuela «Maravilla» (de Moreno Torroba) con esa maravillosa romanza “Amor, vida de mi vida”, paralelismos vocales mexicanos y españoles para esta página llena de pasión que nunca le ha faltado a Rolando Villazón, despidiéndonos para una segunda parte sinfónica donde disfrutar tanto de la OFIL como de Christian Vásquez, dominador de Dvořák y Márquez que los dirigiría de memoria.

La octava sinfonía del checo sonó madura, llena de luz y color en sus cuatro movimientos con lucimiento de todas las secciones, destacando un Adagio impecable por sonoridad, dinámicas, fraseos y planos sonoros bien marcados por Vásquez con la respuesta exacta de la filarmónica ovetense. El Allegro ma non troppo final dejaría en alto una interpretación soberbia que estaba previsto fuese el cierre de este concierto con Villazón de invitado, pero el homenaje mexicano para él y la Alondra que voló enferma, se dejó para despedir este penúltimo concierto del ciclo (el 6 de junio lo clausurará la Gustav Mahler Jugendorchester con Kirill Petrenko), y el segundo danzón de Márquez con una orquesta reforzada incluso con alumnos del CONSMUPA, fue la explosión y colorido lleno de intervenciones solistas dignas de destacar, desde el piano del virtuoso Sergei Bezrodni al clarinete de Inés Allué, unos metales compactos y una sección de percusión impecable, todo llevado por un Vásquez que apostó por los contrastes para dejarnos un buen sabor de boca.

FICHA:

Jueves 9 de mayo de 2024, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Conciertos del Auditorio. Rolando Villazón, tenor – Oviedo Filarmonia (OFIL) – Christian Vásquez, director. Obras de Márquez, Mozart, Haydn y Dvořák.

PROGRAMA DEFINITIVO:

PRIMERA PARTE

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Va, dal furor portata, KV 21 (19c). Texto de Pietro Metastasio

Franz Joseph Haydn (1732-1809)

“Dov’ e quell’alma audace… In un mar”,
de L’anima del filosofo, ossia, Orfeo ed Euridice

Wolfgang Amadeus Mozart

Obertura de Las bodas de Fígaro, KV 492

Giuseppe Verdi (1813-1901)

L’esule [arreglo de Luciano Berio (1925-2003)]

SEGUNDA PARTE

Antonín Dvořák (1841-1904)

Sinfonía nº 8, en sol mayor, op. 88

I. Allegro con brio

II. Adagio

III. Allegretto grazioso – Molto Vivace

IV. Allegro ma non troppo

Arturo Márquez (1950)

Danzón nº 2

Música para cre(c)er

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Domingo 28 de abrill, 19:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: Dinara Alieva (soprano), Ekaterina Semenchuk (mezzo), René Barbera (tenor), Maharram Huseynov (bajo), El León de Oro (LDO), Joven Coro de Andalucía (JCA), Marco A. García de Paz (director de los coros), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Verdi: Messa da Requiem.

Domingo de «misa de siete» en el Auditorio nada menos que con el Requiem de Verdi, con la «liturgia» del que el Padre Sopeña en su libro «El «Requiem» de la música romántica» califica como «terriblemente sombrío, terriblemente pesimista y demasiado autentico, demasiado campesino para buscar la «religiosidad» poética como «consuelo»» por lo que no podemos ni debemos llamar ateo a Don Giuseppe, dejémoslo en agnóstico con esta obra de reflexión y homenaje vital del compositor de Busseto y creo que la más exigente misa de difuntos por el gran despliegue que necesita, otra cita obligada en este ciclo que llega a sus bodas de plata precisamente en el templo de los melómanos asturianos y visitantes.

Con esta magna y magnífica obra verdiana que cumple 150 años y tantas referencias operísticas esconde, es difícil encontrar un conjunto homogéneo de cuatro solistas operísticos, un coro cercano a las 90 voces y una orquesta que la interprete con la calidad exigida, y este último domingo de abril se conjugaron los astros para disfrutar de esta música para creer y para crecer.

Quiero comenzar por una Oviedo Filarmonía que es de lo más versátil en cuanto a los repertorios afrontados en estos 25 años, forjándose principalmente en el foso, lo que la hizo idónea para este Verdi, pero que sobre la escena está dejándonos conciertos para comprobar cómo ha ido mejorando, creciendo y alcanzando su momento álgido en este tiempo, comandada por el maestro Andrei Mijlin, con unos principales en todas las secciones, que además cuando son reforzadas como para este Requiem dominical, consiguen una sonoridad sinfónica compacta. Evidentemente tiene mucho que ver el actual titular, un Lucas Macías que ha dado a la formación ovetense no solo confianza y seguridad, también afrontar repertorios que pocas orquestas de su plantilla pueden interpretar. El trabajo del maestro onubense se está notando, con una memoria prodigiosa que puede prescindir del atril y centrarse en todos los detalles de la obra elegida, y así fue de bien con Verdi.

Unir dos coros y que suenen empastados, con el mismo color y gama dinámica, afinación perfecta, entrega y pasión sólo es posible con un mismo director, y es el asturiano Marco García de Paz, fundador del LDO hace casi seis lustros y titular del JOA desde 2019, otro músico que ha ido creciendo y creyendo en el mundo coral, actual director del Coro de RTVE (desde hace cuatro años), respetuoso con todas sus formaciones permitiendo que sus cantantes brillen y sobre todo que disfruten. En una obra tan compleja para un coro de estas dimensiones, el «Coro de Marco» sobresalió desde la primera hasta la última nota, pianísimos impecables, fortísimos claros con los tutti orquestales, dicción diáfana y los momentos a capella que mantuvieron el listón tan alto como si un solo coro con años a sus espaldas se tratase.

Y el cuarteto solista otro acierto por el color de las voces, sus amplios registros en tesituras extremas, su buen gusto, lirismo de primera con una musicalidad en todas sus intervenciones que hicieron creer hasta a los ateos, agnósticos musicales que hoy se juntaron para llenar felizmente el auditorio. Cuántas buenas voces hay por el mundo y las antiguas repúblicas soviéticas siguen siendo una cantera única. De Azerbaiyán llegaron a Oviedo la soprano Dinara Alieva (1980) y el bajo Maharram Huseynov (1995) más la mezzo rusa Ekaterina Semenchuk (1976). Finalmente el tenor Joseph Calleja con una afección de laringe a última hora, fue sustituido feliz y satisfactoriamente por el mexicano-estadounidense René Barbera, cuatro voces verdianas que redondearon un Requiem equilibrado, sentido, emocionante y sobresaliente.

Imposible detallar cada número, pues no hay peros que poner. La partitura de esta Messa Da Requiem como bien señala el doctor Fernando Agüeria Cueva en las notas al programa, es una obra «(….) muy exigente en su interpretación. A través de un extenso lienzo sinfónico-coral, G. Verdi utiliza los textos litúrgicos del Requiem aportándoles gran dramatismo y expresividad en delicados equilibrios sonoros. Requiere de cuatro voces solistas con amplio registro y sonoridad, y de un coro y orquesta de grandes proporciones. Está llena de contrastes que acentúan su dramatismo: contraste en las dinámicas, desde el pianísimo apenas perceptible del inicio hasta el fortísimo aterrador del Dies Irae. Contraste en las texturas armónicas y contrapuntísticas con pasajes al unísono, pasajes de texturas trans- parentes con bellas melodías acompañadas por la orquesta como en el Recordare, Ingemisco y Lacrymosa o pasajes de complejos y exquisitos entramados contrapuntísticos como el Kyrie o el Sanctus. Contraste en la tímbrica con una rica paleta de combinaciones instrumentales en diálogos con solistas y coro o efectos de gran teatralidad como la intervención de las trompetas en el Tuba mirum…», y ese colosal despliegue  fue llevado por momentos al paroxismo de los Dies iræ, «el «grito» más dramático, más largo y mejor acabado de toda la obra de Verdi» (vuelvo a citar a Federico Sopeña) pero también al recogimiento de los cuatro solistas o el propio coro. La orquesta ayudó a ese clima de contrastes con tempi casi extremos que  el maestro Lucas Macías sabe hasta donde llegar, matices inmensos y emocionantes con las cuatro trompetas externas (entre las de «Aida» y «Otello») del Tuba mirum igual de presentes que las otra sobre escena, con unos metales protagonistas y «orgánicos», una madera cantando este Verdi operístico y una cuerda limpia, compacta, de matices para degustar sin perderse una nota en los acordes secos o  las figuraciones cromáticas. El coro jugó con los extremos, impecable en los pianissimi de agudos estratosféricos en las sopranos celestiales, en la línea con la que trabaja García de Paz, unos graves suficientes (aunque nunca lo sean en esta misa), y las cuerdas «intermedias» que completan el equilibrio coral. Tanto el Rex tremendæ como el Sanctus fueron una pequeña muestra del buen hacer del coro.

Por resumir un poco de las voces solistas, comienzo por el tenor René Barbera, poderoso y de timbre ideal, con volumen suficiente para sobrevolar «la masa» que pareció empujarle a un Ingemisco cual Radamés perfecto en musicalidad y buen gusto. El fin un bajo joven pero de los que recuerdan años soviéticos por el color y buena línea de canto, Maharram Huseynov bordó el Mors stupebit y nos deleitó con un Confutatis sentido. Ekaterina Semenchuk fue la mezzo perfecta de registro «amaderado» y potencia cual Azucena trovadoresca interpretando su Libert sciptus cual «Miserere», empastando con sus compañeros a la perfección y demostrando un entendimiento y fraseo conjunto con la soprano que en el Agnus Dei fue para «perdonar todos los pecados del mundo» siendo el más «eclesiástico» de los números por sencillez e invitando casi a contestar al pueblo. Y la soprano Dinara Alieva fue el cuarto sustento de estos solistas difíciles de encontrar para este Verdi del Requiem, de agudos bien proyectados, registros extremos manteniendo un color uniforme incluso en los graves rotundos, empaste por fraseos y color ideales tanto con el coro como entre ellos cuatro, con un Libera me, Domine de ponernos la piel de gallina.

Si el resultado fue tan bueno está claro que se debió al trabajo de Lucas Macías concertando este contingente vocal e instrumental, atento a cada detalle, pidiendo y recibiendo, asegurando, templando, gestos precisos para dar confianza, mimando las voces todo lo que se puede en esta Messa da Requiem porque si la orquesta era un «muro sonoro», las voces pudieron compactarlo e incluso saltarlo cuando así lo exige la partitura. Aires operísticos que el maestro conoce al detalle para este Requiem donde pudo contar con el elenco necesario para «liberarnos» o despojarnos de complejos. Música para creer, música para crecer.

PROGRAMA:

Giuseppe Verdi (1813-1901)

MESSA DA REQUIEM

1. Requiem y Kyrie (solistas y coro)

2. Dies iræ

Dies iræ (coro) – Tuba mirum (coro) – Mors stupebit (bajo) – Liber scriptus (mezzosoprano) – Quid sum miser (soprano, mezzosoprano y tenor) – Rex tremendæ (solistas y coro) – Recordare (soprano y mezzosoprano)  -Ingemisco (tenor) – Confutatis (bajo) – Lacrymosa (solistas y coro)- Pie Jesu (solistas y coro)

3. Offertorio (solistas)

4. Sanctus (doble coro)

5. Agnus Dei (soprano y mezzosoprano)

6. Lux æterna (mezzosoprano, tenor y bajo)

7. Libera me, Domine (soprano y coro)

Coronis llega a Oviedo

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OVIEDO RECUPERA, POR PRIMERA VEZ, LA VERSIÓN ESCÉNICA DE LA ZARZUELA CORONIS

Coronis se estrena mañana jueves 18 de abril en el Teatro Campoamor, donde también podrá verse el sábado 20.

Tras su exitoso estreno en formato de concierto en el Teatro Real, la XXXI edición del Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo recupera, por primera vez, la versión escenificada de la zarzuela.

Se trata de una Producción del Théâtre de Caen, en coproducción con la Opéra-Comique de París,la Ópera de Lille, la Ópera de Rouen, la Opéra de Limoges y Le Poème Harmonique.

Lo contaré para Ópera World y también desde aquí.

© Philippe Delval

Por primera vez, la zarzuela española Coronis estrena su versión escenificada como parte de la programación del Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo en una coproducción de cinco teatros franceses: el Théâtre de Caen, la Opéra-Comique de París, la Ópera de Lille, la Ópera de Rouen, la Opéra de Limoges y Le Poème Harmonique.

Tras su exitoso estreno en 2023 en el Teatro Real, en formato de concierto, Coronis cuenta con el prestigioso director de escena Omar Porras, así como con Vincent Dumestre a cargo de la dirección musical.

Sobre Coronis

Realizada ante el joven rey de España, Felipe V, nieto de Luis XIV, se cantó por completo esta pastoral mitológica: algo excepcional al final del Siglo de Oro cuando España estaba bajo el dominio de la zarzuela, combinando canción y recitado, de igual forma que Londres lo hacía en las semi-óperas como El Rey Arturo.

Durón, maestro de la Capilla Real de Madrid, aprovechó esta llamativa narración para presentar una exótica representación en la corte. Por supuesto, Coronis está tan alejado de la tragedia musical francesa como de la ópera italiana. Encuentra sus orígenes en un teatro musical exclusivo de la capital de los Habsburgo, que sigue siendo en gran parte desconocido hoy en día, a pesar del renovado interés en la ópera barroca.

La variedad de influencias en ella no es menos prodigiosa. Hay coros suntuosos; conmovedores lamenti de estilo italiano; tonadas, canciones populares típicas del teatro español; grandes arias que prefiguran la ópera seria; y coplas, o pareados cuyos refranes animan el diálogo. En resumen, todo un mundo propicio para una combinación de registros en una narrativa donde la burla contará la tragedia.

Aún más notable es el elenco casi enteramente femenino, dividido entre siete sopranos que encarnan no sólo a la heroína sino también a Apolo y Neptuno, con un tenor interpretando al antiguo adivino Proteus. Un reflejo de una España en la que únicamente las mujeres estaban entrenadas para cantar en grupos de teatro, una profesión que los cantores de la capilla real miraban desdeñosamente.

© Philippe Delval

Reparto

Giulia Bolcato – Coronis

Isabelle Druet – Tritón

Cyril Auvity – Proteo

Anthéa Pichanik – Menandro

Fiona McGown – Sirene

Marielou Jacquard – Apolo

Caroline Meng – Neptuno

Brenda Poupard – Iris / Ensamble vocal

Olivier Fichet – Marta / Ensamble vocal

Bailarines y acróbatas:

Naïs Arlaud, Alice Botello, Élodie Chan, David Cami de Baix, Caroline Le Roy

Le Poème Harmonique

Vincent Dumestre, director

Omar Porras, director de escena

Loris Barrucand, asistente musical

Marie Robert, asistente de puesta en escena

Sara Águeda, consejera lingüística

Camille Delaforge, coach vocal

Mathias Roche, iluminación

Amélie Kiritze-Topor, escenografía

Laurent Boulanger, atrezzo

Bruno Fatalot, vestuario, peluquería, zapatería

Véronique Soulier Nguyen, peluquería y maquillaje

©Jean Baptiste Millot

Sinopsis

Primera versión

Este entretenimiento musical narra la historia de la ninfa Coronis, la casta sacerdotisa de Diana, que está devastada por una terrible profecía que augura su muerte al ahogarse en las aguas del mar Egeo. Adorada por un monstruo marino que es tan caprichoso como irascible, ella logra escapar dos veces de sus intentos de secuestrarla. Creyendo que encontrará la salvación implorando la ayuda de Apolo, Coronis en cambio desencadena un conflicto celestial que sumerge a Tracia en fuego y sangre. Sin embargo, afortunadamente, las divertidas intervenciones de dos graciosos personajes del escenario español, ¡logran agregar un aire de alivio cómico en más de una ocasión!

Segunda versión

Al colocar la acción en un entorno bucólico y pastoral donde las ninfas y los pastores viven en armonía, el libreto cuenta la historia de Coronis, la casta y sacerdotisa en los altares de Diana. Al igual que su diosa protectora, se dedica a los placeres de la caza y desprecia los del amor. En esta versión reinventada del mito, Neptuno ya está enamorado de la ninfa y la acción se desarrolla mucho antes del adulterio de Coronis, en el momento en que conoce a Apolo. Cuando se levanta el telón, el adivino Proteo ya ha advertido a Coronis que morirá ahogándose. Como resultado, ésta cree que el destino ha enviado a su asesino, Tritón, hijo de Neptuno, un monstruo marino que aterroriza a la región. Sin embargo, él, como su padre, también está enamorado de la hermosa sacerdotisa de Diana.

La música enferma del Tristán

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Sabado 16 de marzo, 20:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: Wagner: Tristan und Isolde (acto II en versión de concierto): Daniela Köhler, soprano (Isolda) – Corby Welch, tenor (Tristán) – Dorottya Láng, mezzosoprano (Brangäne) – Miklós Sebestyén, bajo (Rey Marke) – Juan Noval-Moro, tenor (Kurwenal / Melot), Düsseldorfer Symphoniker, Ádám Fischer (director).

Las óperas en concierto no suelen funcionar, principalmente porque las voces por buenas que sean deben luchar con una orquesta detrás y no en el foso, más aún cuando se trata de Wagner y sus descomunales huestes sinfónicas que ni siquiera caben en nuestro Campoamor (lo que es una de las razones de su poca presencia en la temporada ovetense). Este sábado el ejército sinfónico alemán llegaba de Dusseldorf con su titular desde 2015 el gran Ádám Fischer (Budapest, 1949) a la batuta en una gira con parada en «La Viena Española» en la que hubiese preferido el programa de Haydn y Mahler antes que este segundo acto del Tristán al que Eduard Hanslick proclamó como «música enferma».

Si el musicólogo y crítico austríaco fue un defensor del arte puro, con la ópera entendida como el propio Wagner definió «obra de arte total» (Gesamtkunstwerk), la versión de concierto no funciona. La Düsseldorfer Symphoniker es una de las orquestas sinfónicas legendarias que venía mastodóntica (a partir de 8 contrabajos ya se imaginan la plantilla total, arpa incluida) y tan mahleriana como wagneriana con un Fischer al que aún recuerdo en 2013 con «La Pires» y sigue siendo uno de los grandes, con toda la música en una cabeza privilegiada como demostró este sábado. Pero el elenco vocal no puede gritar en una lucha de volúmenes, sólo salvada en los momentos escritos en piano, perdiéndose matices y toda la vehemencia que esta ópera exige. Sumemos que parte de los cantantes necesitaron partitura, otro  inconveniente que leyendo las notas al programa del musicólogo y crítico Alberto González Lapuente se entenderá mi razonamiento tras repasar al quinteto vocal.

Quiero comenzar por el tenor asturiano Juan Noval-Moro en los breves pero intensos Kurwenal y Melot, bien de volumen y color donde el grave ha ganado peso, seguro desde su primera aparición junto al rey Marke. Cosas de la historia lírica carbayona: en el Tristán de 2011 cantó otro asturiano como Jorge Rodríguez Norton en el rol de marinero y el tiempo le ha llevado a Bayreuth. Espero que el polesu siga con su trayectoria internacional donde parece más valorado que en su tierra.

Destacar personalmente al bajo-barítono húngaro Miklós Sebestyén que tiene una voz rotunda, redonda, de emisión perfecta y el único que mantuvo algo de escena, como el asturiano sin necesitar partitura, cómodo como Marke, melódico y expresivo sobreponiéndose sin problemas al tutti con el que finaliza su intervención del segundo acto.

Otra voz que me encantó fue la joven mezzo Dorottya Láng, otra voz  húngara que promete, aunque el lastre de la partitura le impidió brillar en su dúo inicial con Isolda, mejorando casi fuera de escena en la puerta izquierda con una proyección más amplia y sin la lucha fratricida por volúmenes. Un color ideal para esta Brangäne que deberá interiorizar para llevarla sobre las tablas si quiere seguir carrera en el templo wagneriano.

Faltó más musicalidad y entrega al Tristán del tenor norteamericano Corby Welch, un heldentenor algo «mermado» escénicamente por la atadura de la «necesaria» partitura delante, citando ahora a González Lapuente: «todo aquello que, en el dúo de amor, lleva a los dos amantes a fundirse en una entidad distinta, en una fogosidad que lleva a una pasión más supera la mera atracción, la del verdadero amor, la de la íntima armonía de las almas, la de esa unidad de los cuerpos que se confunde en un solo aliento, paradójicamente, en ‘un sentimiento químicamente puro’». No hubo contacto físico ni abrazos con Isolda, divorciados más que enamorados y separados con una línea de canto muy igual, gritando para intentar hacerse oír aunque afinado, pero no se puede tener al ejército detrás y cantar cómodo, así como morir más de una invisible lanza que de la esperada estocada.

Evidentemente la alemana Daniela Köhler demostró ser una soprano dramática ideal para su Isolda y en general para un Wagner que lleva interpretando apenas hace unos años atrás. Al menos intentó «dramatizar» y moverse en escena, con una potencia canora que por momentos recordaba la imagen tan wagneriana y distorsionada de las walkirias gritando para sobreponerse a la orquesta. El registro es amplio y homogéneo de color, con unos graves portentosos, un buen empaste tanto con Brangäne como con Tristán, pero que ni cerrando los ojos conseguí encontrar la química necesaria. Está claro que es una Isolda para las tablas pero faltó la emoción para creérmela.

Por supuesto que la Düsseldorfer Symphoniker es un «pedazo de orquesta» en todos los sentidos. La calidad de todas las secciones es impresionante, una cuerda capaz de unos pianissimi increíbles y mantener la presencia en los tutti «a toda pastilla» de unos metales seguros (hasta las trompas fuera de escena) y rotundos junto a una madera prodigiosa (despecialmente el clarinete bajo y la oboe), y un Ádám Fischer portentoso marcando todas las entradas, manejando una memoria juvenil y el talento de la madurez de un maestro entregado no ya a la lírica (donde sigue siendo referente) sino a las causas humanitarias como reflejaba en una entrevista para La Nueva España: «La música en estos tiempos es un refugio, quiero despertar de la pesadilla de la guerra». Su amor por el de Leipzig es innegable («El mensaje de Wagner es universal para todas las generaciones: el deseo loco y la ambición por el dinero y el poder son veneno») y Fischer sacó de su orquesta todo lo mejor, la «oscuridad más clara» por Wagner imaginada, pero no puedo decir que en Oviedo mimase las voces: no hubo «la noche que se funde con el agua» en los canales del Palazzo Ca’ Vendramin Calergi del barrio o sestiere de Canareggio, hoy curiosamente Casino y Museo Wagner. Qué distinto hubiera sido la «Quinta de Mahler» con los de Düsseldorf y la Muerte en Venecia, pero al menos el dúo de amor de Tristán sigue provocando la misma emoción que la ciudad donde el propio compositor moría un 13 de febrero de 1883…

Sombras luminosas

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Jueves 22 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español. «La Gran Vía» (Chueca y Valverde) – «Adiós a la bohemia» (Pablo Sorozábal). Fotos de Alfonso Suárez.

Crítica original para Ópera World del viernes 23, con los añadidos de fotos propias, más links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Oviedo puede presumir de ser con Madrid las dos únicas ciudades que tienen un festival estable de zarzuela, y que en el caso de la capital asturiana llega a su trigésimo primera temporada, manteniendo dos representaciones por función que están pidiendo aumentarlas, con todo vendido y ante el éxito de ediciones anteriores por la programación ofrecida, que sigue aunando las populares con otras apuestas arriesgadas, este año con una muy esperada «Coronis» barroca desde Francia a España, que contaremos desde aquí.

Para abrir temporada llegaba un programa doble con un reparto de mucha calidad, voces y caras conocidas de la otra temporada carbayona (la de ópera) en la que sigo llamando “La Viena española” demostrando no ya una centenaria afición lírica de mi tierra sino la dificultad de nuestro género tan exigente o más que lo italiano, francés o alemán para los cantantes que no hacen diferencias y defienden sus roles con el extra de las partes habladas junto a la necesidad actual de ser igual de buenos actores.

La primera parte tendría una producción propia para esa denominada revista madrileña cómico-lírica, fantástico-callejera como es «La Gran Vía» del exitoso dúo Chueca-Valverde, un amplísimo reparto de actores y cantantes que volvieron a hacernos reír con la actualización de unos textos hablados donde no faltó el “gusto por la fruta”, Almeida, Puigdemont, la Constitución, el barrio de Chueca, bandera arco iris incluida sobre el tridente de Neptuno con alegorías futbolísticas del Real junto al Atleti, y hasta esperar por la barba de Errejón, crítica decimonónica trasladada a nuestro tiempo porque en eso consiste la revista y lo callejero en un decorado “en obras” donde se suceden los cinco cuadros. Imposible destacar uno a uno de un elenco donde todos brillaron con luz propia, destacando el magisterio de una Milagros(a) Martín que contagia energía y buen hacer en sus tres papeles, vocalmente perfecta que con su presencia empuja a todos sobre las tablas. En estado de “Gracia” un Borja Quiza lisonjero y poderoso que domina la escena con seguridad o La Menegilda Vanessa Goikoetxea que dio frescura y buen hacer a un personaje “sobre ruedas” donde poder mostrar su excelente estado vocal y actoral.

Las voces blancas de la Capilla Polifónica continúan su largo recorrido en escena (calles y marineritos), moviéndose con la coreografía de Antonio Perea bien empastadas y con el volumen suficiente junto a una Oviedo Filarmonía que con Víctor Pablo al mando hizo pasar de “Gran Vía” a “Séptima Avenida” con tilos berlineses por su sonoridad germana digna de la familia Strauss, lo que hace aún mejor la música de Chueca (¡y Valverde!), ante un sonido impecable, encajado, incluso con el organillo grabado, matizado, mimando todas las voces a las que se aplaudió en cada intervención, si exceptuamos a los “sargentos” que sin acritud no tuvieron mando suficiente y les “robaron” hasta Los Ratas que se marcaron unos pasos de jota, cachirulos incluidos.

Los actores asturianos (Carlos Mesa, Sandro Cordero o Maxi Rodríguez) son otra apuesta segura de oficio y calidad en este Festival de Teatro Lírico que hicieron aún más luminosa esta revista, sin olvidarme de la patinadora Pilar Tejero que ayudó a crecer esta producción “Made in Oviedo”.

De la luz a las sombras, pero palabras mayores la ópera chica en duración y enorme en escritura del donostiarra Pablo Sorozábal, quien parece que actuó como violinista de café en el estreno de la obra teatral de Pío Baroja en 1923, y que desde Leipzig estrenaría diez años más tarde esta joya escénica que el propio compositor confesaba como su preferida, siempre preocupado por encontrar buenos libretos y quién mejor que su paisano. Explotando una temática musical y dramática cercana al viejo sainete del llamado género chico -de aquí la interconexión en este programa doble ovetense- pero estilizándolo y dándole su toque personal, Sorozábal lo sintió como “un estudio lírico, un atrevimiento” del que llegó a diseñar su propia escenografía aunando interior y exterior de la escena en ese cafetucho madrileño -como también hace Ignacio García– y conjugar la dificultad de poner en música los amplios pasajes en prosa sin ritmo poético del texto teatral, pero donde la belleza de los pentagramas y su maravillosa escritura, tanto de las romanzas y dúos de los protagonistas como de la rica orquestación, brillante y vibrante de nuevo con Oviedo Filarmonía más Víctor Pablo, dieron luz a este drama oscuro hasta en el diseño de Llorens, gracias a una interpretación luminosa, madura y bien llevada.

El vagabundo Lagares pasaría del pícaro rata tercero a este poeta fracasado capaz de angustiarnos, abrirnos los ojos a ese duro inicio del pasado siglo por quien sentir compasión desde el prólogo impactante de “Señoras, señores…” al final “Realismo, cosa amarga…”, barojismo duro y sorozabalismo exigente que el bajo onubense afrontó con valentía y potencia de cabo a rabo.

De mayor altura los dos protagonistas que también deben pasar de la alegría de Chueca (¡y Valverde!) a este triste reencuentro de café (con violín y piano interpretando el “Andantino” en vivo muy de aplaudir) entre Trini Goikoetxea y Ramón Quiza, soprano y barítono ideales para estos dos personajes que se volcaron en esta “ópera chica”: la duranguesa excelsa en un momento vocal impresionante donde jugar con todos los matices de su personaje, actriz de raza y voz impecable que enamora, arrancando las mayores ovaciones del teatro, y a su lado el coruñés ahora pintor frustrado tras el caballero primero. Sin apenas tiempo para poder cambiar mentalidad, corporalidad y por supuesto vocalidad, Vanessa Goikoetxea y Borja Quiza consiguieron iluminar las sombras por su entrega, empaste y lirismo profundo, haciendo triunfar todo su entorno, hasta el chotis del primero comadrón y después con El Heraldo leyendo Frías «el horrible crimen de Chinchón», los sucesos que aún hoy acaparan las noticias como si “El Caso” siguiera publicándose.

El coro de bohemios defendiendo a “El Greco, Velázquez, Goya, esos son pintores…” quedaría en anecdótico junto al Pérez admirador de Tiziano, pues nuevamente las mujeres, colocadas bordeando el patio de butacas, emocionaron por su línea de canto en “Noche, triste y enlutada como ni negro destino” haciendo enternecernos con su oficio -el mismo de Trini- gracias a la maravillosa música de Sorozábal, que cuando se interpreta con la calidad, seriedad y buen oficio de un Víctor Pablo defensor del trabajo concienzudo con todos, hacen de algo “chico” lo más grande de nuestro patrimonio.

Buen arranque de temporada y agradecidos de disfrutar de estas páginas que siguen vivas porque son nuestras y no podemos dejarlas caer en el olvido, “la juventud no vuelve” pero lo bueno permanece.

FICHA:

Jueves 22 de febrero de 2024, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXXI Festival de Teatro Lírico Español.

«La Gran Vía», revista madrileña cómico-lírica, fantástico-callejera en un acto.
Música de Federico Chueca y Joaquín Valverde, con libreto de Felipe Pérez y González. Estrenada en el Teatro Felipe de Madrid el 2 de julio de 1886. Edición crítica de Mª Encina Cortizo y Ramón Sobrino (Instituto Complutense de Ciencias de la Música, Ediciones SGAE / ICMU, 1997). Nueva producción del Teatro Campoamor – Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo.

«Adiós a la bohemia», ópera chica en un acto. Música de Pablo Sorozábal y libreto de Pío Baroja. Estrenada el 21 de noviembre de 1933 en el Teatro Calderón de Madrid. Versión de 1945, Ediciones SGAE. Producción de Donostia Musika.

FICHA ARTÍSTICA:

Dirección musical: Víctor Pablo Pérez – Dirección de escena: Ignacio García – Escenografía y efectos de vídeo: Alejandro Contreras – Vestuario: Ana Ramos – Iluminación: Juanjo Llorens (AAI) – Coreografía: Antonio Perea – Asistente a la dirección musical: Eros Quesada – Ayudante de dirección de escena: Ana Cris – Ayudante de Iluminación: Rubén Franco.

Oviedo Filarmonía – Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” (director: José Manuel San Emeterio Álvarez), coro titular desde el XIV Festival.

REPARTO:

«La Gran Vía»

Caballero de Gracia: Borja Quiza – La Menegilda: Vanessa Goikoetxea – Paseante en Corte: Carlos Mesa – Doña Virtudes / El Elíseo / La Gomosa: Milagros Martín – Comadrón: Jorge Merino – Los Ratas: Néstor Galván, Gabriel Alonso Díaz, David Lagares – Policía: Antonio Torres – La Fuente: Sandro Cordero – Un Paleto: Maxi Rodríguez – Una patinadora: Pilar Tejero.

«Adiós a la bohemia»

Trini: Vanessa Goikoetxea – Ramón: Borja Quiza – El vagabundo: David Lagares – El señor que lee El Heraldo: Alberto Frías – El señor de la capa: Carlos Mesa – Un chulo: Antonio Torres – Mozo: Gabriel Alonso Díaz – Un pianista: Mario Álvarez – Una violinista: Marina Gurdzhiya.

Un salón para nuestras canciones de concierto

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Miércoles 21 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos: Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1679: La canción de concierto española en la primera mitad del siglo XX: Inés López (mezzosoprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Albéniz, Granados, Falla, Obradors, Nin y Gerhard.

Buena entrada en el coliseo gijonés para otro concierto de la Sociedad Filarmónica con la joven mezzo asturiana  Inés López y el pianista vitoriano Aurelio Viribay, que nos ofrecieron un interesante programa de canción de concierto española con dos parres diferenciadas, una primera de los grandes «precursores» en llevar nuestra música a los salones (Albéniz, Granados, Falla) y la segunda «escuela» con sus dignos herederos (Obradors, Nin y Gerhard) que también inspirados en nuestro folklore consiguen marcar en letras mayúsculas el «lied español» donde la voz desgrana textos musicados y el piano es coprotagonista por la escritura más allá de un mero acompañamiento, categoría sin complejos por la exigencia interpretativa de unas páginas personales de cada uno de los compositores, sin ocultar la grandeza que esconde nuestro patrimonio oral elevado a las salas de concierto.

Las cuatro canciones de Albéniz de 1908 sobre textos en inglés (también en francés) del «mecenas» Francis Money-Coutts tienen el aire británico (como si inspirasen más tarde a Britten) y la madurez pianística del maestro de Campodrón que parece volcar su Iberia en una Britannia de altos vuelos. Inés López es una joven mezzo de color bello, voz corpórea, emisión suficiente y fraseo en la lengua de Shakespeare claro aunque aún pegada a lo escrito, algo rígida y con menos expresividad de la esperada, con el magisterio de Aurelio Viribay, auténtico recuperador de estos repertorios desde su cátedra en la Escuela Superior de Canto madrileña, conocedor de las peculiaridades para quienes elige las páginas que mejor van a cada voz.

Las tres tonadillas de La maja dolorosa de Granados encontraron en la vocalidad de la mezzo todo lo escrito por el segundo compositor catalán de la tarde: más expresivas en el canto con los «tres tipos de dolor» que el propio Granados definía a su editor norteamericano Schelling, como bien escribe Miriam Perandones  (especialista en la obra del ilerdense) en sus excelentes notas al programa: «La maja dolorosa representa tres tipos de dolor: el dolor inmediatamente después de la muerte del majo; el dolor de las lágrimas, y el dolor de tiempo después, el recuerdo doloroso», las melodías ceñidas a la escritura con unos graves poderosos, un registro medio rotundo y los agudos suficientes para dar tres visiones dolorosas y melancólicas siempre bien subrayadas por el piano maestro que complementa estos tres «grabados sonoros».

Y no podía faltar el gaditano Manuel de Falla con dos de las siete canciones españolas (Seguidilla murciana y Jota) precedidas por una «rareza» poco programada de la Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos, citando de nuevo a la profesora Perandones Lozano «la representación del sufrimiento por el inicio de la primera guerra mundial. Está escrita a finales del 1914 sobre texto de su íntima amiga María Lejárraga (aunque ella firmase con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra). El poema tiene dos partes: la primera es una plegaria en que una madre pide la intercesión del niño Jesús para que su hijo no vaya a la guerra, y la segunda evoca una visión de su agonía en la contienda», verdadera poesía en música con un lenguaje menos nacionalista y verdadera joya inspirada en un villancico que el exiliado madrileño Julián Bautista (1901-1961) también tomaría para su homónima como bien conoce el maestro Viribay. Encontrar la voz ideal para ello y sacar toda la poesía de la música que la engrandece fue labor compartida, mientras las dos canciones españolas fueron perfectas para el registro de la mezzo y el virtuosismo del pianista en estas páginas que exigen perfecta compenetración alcanzada por ambos intérpretes.

Los herederos, también con la sombra de los exilios tanto interiores como reales nos dejaron una segunda parte menos tensa para Inés López, quien pese a las dificultades de todas ellas pareció estar más cómoda  escénicamente, de nuevo con una dicción perfecta y unas melodías populares con el seguro de un piano protagonista en los compositores catalanes y el cubano. Las cuatro canciones de Obradors son micromundos para un piano exigente que dibuja mientras las melodías cantadas lo sobrevuelan, de nuevo con «homenajes» a los que he llamado pioneros de la canción española de concierto, en este caso dentro de los cuatro volúmenes que escribió sobre Canciones clásicas españolas (1921-1941): la primera inspirada en un villancico del XVI, probablemente de Juan Ponce (1470-1521), la segunda cual Granados de sus majas, la tercera al folklore cántabro, y la última del gran Manuel García (1775-1832) que incluso inspiró a Liszt y Obradors recrea tanto para una voz operística como para un piano exquisito, casi orquestal por momentos en la línea de todas sus canciones españolas (donde El Vito sonaría pero en la versión de Joaquín Nin).

Y el cubano-español Joaquín Nin también se acercó a nuestro folklore para elevarlo desde su dominio pianístico a las salas de concierto, imbricando la rítmica y melodismo propio con una escritura rica en armonías, eligiendo tres de sus Vingt chants populares espagnoles publicadas en Francia (1923): una sentida Granadina como el exquisito Paño murciano, que arrancó los aplausos del público, casi continuadora de Falla, para finalizar con El vito que si la mezzo asturiana volcó toda su expresividad vocal y gestual, el alavés nos dejaría un piano estratosférico y luminoso por lo exigente y el encaje perfecto de protagonismo con la cantante. Maravillosas páginas donde disfrutar nuestra música española convirtiendo el teatro gijonés en un salón de concierto con estos repertorios que son el pan nuestro de las sociedades filarmónicas que continúan dando a conocer nuestra mejor música de cámara.

Para cerrar ciclo nuestro catalán internacional Robert Gerhard, nacido en Valls, hijo de padre suizo y madre francesa, exiliado tras la Guerra Civil a la Inglaterra donde comenzaba el concierto, con su ciclo de Cante jondo (ca. 1943), continuación de sus Seis canciones catalanas de 1931, mantiene las melodías originales pero con un acompañamiento pianístico contemporáneo, rompedor si lo comparamos con los maestros de la primera parte. La necesidad de adaptarse a los tópicos que la sociedad inglesa exigía a nuestros exiliados y necesitando subsistir, Gerhard utiliza el llamado prototipo andalucista pero con un estilo propio que se refleja mejor en sus composiciones orquestales. Con todo, cuatro cantes andaluces bien escritos para la voz y el piano más «jondo» que las melodías, especialmente la Malagueña y el último Zapateado tan virtuosístico como el de Sarasate, con el tándem López-Viribay echando el resto tras este intenso recital.

Aún quedarían fuerzas para dos propinas de nuestro género por excelencia como es la zarzuela, donde el piano debe hacer de orquesta y la mezzo asturiana mostraría todo lo que le queda por delante en una carrera que está bien enfocada para una cuerda con mucho recorrido y contando con buenos maestros: la romanza perteneciente a «Los claveles» Qué te importa que no venga… de Serrano, y las conocidas Carceleras de «Las hijas del Zebedeo» de Chapí, agilidades precisas, gestualidad convincente y musicalidad a raudales para abrir boca a la inauguración de la XXI temporada ovetense este jueves.

PROGRAMA:

I

Isaac Albéniz (1860-1909): Four songs:

I. In sickness and health – II. Paradise regained – III. The retreat – IV. Amor, summa injuria

Enrique Granados (1867-1916): La maja dolorosa:

I. ¡Oh, muerte cruel! – II. ¡Ay, majo de mi vida! – III. De aquel majo amante

Manuel de Falla (1876-1946):

Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos

Seguidilla murciana

Jota

II

Fernando Obradors (1897-1945):

La mi sola Laureola

El majo celoso

El molondrón

Polo del contrabandista

Joaquín Nin Catellanos (1879-1949):

Granadina

Paño murciano

El vito

Roberto Gerhard (1896-1970): Cante jondo:

I. Rondeña – II. Boleras sevillanas – III. Malagueña – IV. Zapateado.

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