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Bach resiste 300 años

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Jueves 24 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Jazz Xixón, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1658: «Bach (Re)Inventions», Moisés P. Sánchez Invention Trío.

Hace 300 años que «Mein Gott» Bach escribiese sus quince invenciones a dos voces en Köthen, una pequeña ciudad muy cerca de Leipzig donde poder alejarse de la su oficio de kantor y disfrutar con la música instrumental donde estas lecciones para la formación de su hijo Wilhelm Friedeman, explorando el contrapunto, la independencia de manos y los movimientos de danza, conforman un «corpus» no ya didáctico sino de pura exploración para cualquier músico.

A lo largo del tiempo J. S. Bach sigue reafirmándose como el padre de todas las músicas, y hace años que mantengo mi propia teoría que sus obras soportan todos los estilos para acercarse a ella, bien directamente con interpretaciones en sintetizadores (W. Carlos), vocales (Bobby McFerrin), mezclas africanas (Lambarena) o con ritmos cubanos, pasando por el rock y evidentemente el jazz, dejo fotografías de algunas grabaciones de mi fonoteca, donde Jacques Louissier marcó un estilo con su trío que en cierto modo me recordó este nuevo acercamiento de la Filarmónica de Gijón dentro del Festival de Jazz con el trío de Moisés P. Sánchez, como ya hiciesen hace cinco años con Chopin los pianistas Pepe Rivero y Judith Jáuregui.

La apuesta gijonesa atrajo al teatro del paseo de Begoña tanto a los más fieles del jazz asturiano, que va recuperando espacios, como a los socios de la sociedad, para quien Moisés P. Sánchez (Madrid, 1979) no solo dejó unas excelentes notas al programa (escritas para MarchVivo en 2021) sino también palabras dichas con humor y retranca, agradecimientos y piropos a nuestra tierra donde no faltó la gastronomía, preguntándose qué haría o diría Bach en nuestro siglo XXI. Por lo escuchado al finalizar, parece no pudo convencer a todos aunque personalmente creo que Mein Gott disfrutaría tanto como yo con estas (re)invenciones, inspiraciones o recreaciones partiendo de las quince Invenciones BWV 772-782 con el añadido de la improvisación que tan importante era en el barroco como en el jazz, con un formato de trío donde los dos Pablo’s (Pablo Martín Caminero al contrabajo y Pablo Martín-Jones a la percusión) compartieron el buen gusto y hacer del pianista madrileño. La música después de Bach ya estaba pre-escrita (que no prescrita) y el tiempo la ha ido colocando en cada época sin que nunca prescriba porque siempre es actual.

En una de sus recientes entrevistas Moisés Patricio Sánchez (aunque la P. le da todo el misterio, simbología y hasta marketing en convertir el apellido como marca propia junto al primer nombre) decía que ‘La emoción viene de lo que escuchas de pequeño’, y de formación académica muy seria parecía que el jazz le ha dado toda la libertad que la mal llamada clásica no permite, aunque su música no necesita etiquetas ni tiene fronteras. Mi querido Mario Guada me bautizó hace años como «omnívoro musical», y así lo entendió Carlos Santos quien en su ya finalizado programa nocturno «Entre dos luces» le dedicó precisamente a Moisés el último especial titulado El piano omnívoro de Moisés P. Sánchez, artista residente del CNDM para esta temporada, donde disfrutar de este polifacético intérprete en vivo y en directo, sonando parte del Bach «reinventado» que con Bartok y Beethoven conforman las tres B del artista madrileño. Me alegró mucho que nuestro común amigo aplicase este calificativo que refleja a la perfección la ya larga trayectoria del pianista, y especialmente el espíritu de este trabajo, encargo de la Fundación March en 2018 y finalmente llevado al disco con su propio sello, que abarca, como su propio Canal March, épocas y estilos variados.

Las invenciones no sonaron todas ni en orden, pero siempre son distintas, reconocibles porque «todo está en Bach», pasajes de solos increíbles, desde el delicadamente poderoso contrabajo de Martín Caminero (utilizando también el arco magistralmente), a la kalimba virtuosa de Martín Jones, percusión total, acústica y electrónica perfectamente combinada en la dosis exacta, más el piano sin límites de Moisés P. Sánchez, amplificación igualmente cuidada para jugar con estilos amplios surcando el universo bachiano, un caleidoscopio siempre arrebatador e inspirador como el jazz, más una iluminación sencilla pero muy cuidada.

Si cada una de las invenciones las toma como un standard de todas las épocas e historia, las quince invenciones suenan rockeras como la segunda, «con pellizco» como la cuarta en re menor, sintonía de un programa radiofónico en la pública, digna de Chick Corea, Dorantes o Chano Domínguez a ritmo de bulerías donde no faltó el cajón peruano que Paco de Lucía con Tino di Geraldo acabaría haciendo flamenco, juegos de voces entre piano y contrabajo, vuelos de otros grandes como Bill Evans compartiendo su Waltz for Debby con el de «papá Bach», el virtuosismo elegante de Moisés con guiños al mejor Brad Mehldau. Arreglos muy trabajados y libres en el vivo, la electrónica breve y muy bien utilizada en distintos loops desde la percusión o el flanger del contrabajo para pensar en Steve Reich. Apuestas actuales con 300 años como las de tantos clubs nórdicos que me llevaron a Copenhague y Tete Montoliú fichando al danés Niels Henning Ørsted Pedersen (NHOP) que tantas alegrías nos dio dejándonos un legado del que todos hemos bebido.

Pulsación, ritmos, melodías, todo puede reinventarse, rehacerse desde la libertad del jazz y el universo de Moisés P. Sánchez, un músico sin límites esta vez en trío. Invenciones evocadoras que acabarían con la nº 5 en mi bemol mayor para regalarnos como propina la nº 15 en si menor, etapas e itinerarios múltiples por los que optar por una ruta u otra, tonalidades sólo referentes para modular, viajar por los mapas de Bach y volver al inicio tras recorrer paisajes musicales que soportan 300 años y los que vengan.

El vehículo utilizado este jueves me hizo volver a casa tarareando el Bach de Moisés en el CD firmado y dedicado, con la emoción de la música eterna.

El Bach de Walther

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Martes 4 de octubre, 20:00 horas. Iglesia Parroquial de San Pedro, Pola de Siero. Concierto de órgano: Heinrich Walther. Obras de J. S. Bach.

Pola de Siero, villa musical de siempre y con un ciclo de órgano que lleva más de 50 conciertos, como recordó el párroco Fermín Riaño antes del concierto, acogió en un templo abarrotado (con presencia de docentes, músicos, estudiantes y aficionados al órgano llegados de toda Asturias) el tercero de los conciertos de esta gira por nuestra tierra a cargo del maestro alemán Heinrich Walther en el más «germano» de los órganos del Principado y con un monográfico del dios Bach (1685-1750): nada menos que las Seis sonatas en trío para órgano.

El maestro Walther ha elegido para cada uno de los cuatro órganos un repertorio no ya con gusto sino desde su siempre sabia y acertada elección propia y específico para cada uno de ellos. El Grenzing inaugurado hace nueve años, que ya conocía de otras visitas, resultó el instrumento ideal para tan magna obra de «Mein Gott» en una verdadera gesta cual ascensión alpina en el templo «pétreo», coronar estos seis ochomiles donde la «sonoridad germana» confluía milagrosamente: autor, obras, instrumento e intérprete.

Mucha emoción, exigencias técnicas altísimas, la inestimable ayuda del titular poleso Emilio Huerta y la respuesta de un público imbuido del espíritu bachiano consiguieron la comunión perfecta de las sonatas del kantor, el objetivo didáctico de enseñarnos a escuchar cada una de las tres voces pero también para ser estudiado e interpretado probablemente por su hijo mayor (Wilhelm Friedemann), el deleite de percibir cómo la tonalidad barroca se asienta no ya en esa biblia del teclado que es El clave bien temperado (que Walther habrá releído tantas veces), sino en estas seis sonatas en trío, tres en modo menor y otras tres en mayor, la matemática musical de Bach, el número tres siempre mágico y esotérico, tres voces, tres movimientos, cada uno específicamente tratado en los registros del Grenzing de «La Pola» siendo maravilloso comprobar el oficio del kapellmeister, las modulaciones que se entretejen para volver siempre a la tonalidad inicial desde algo más que la dualidad tristeza-alegría perfectamente entendidas por el profesor.

La Sonata nº 1 en mi bemol mayor, BWV 525 (Allegro-Adagio-Allegro) abría la clase magistral, la limpieza expositiva, el fraseo claro, los tempi ajustados, el instrumento «calentando» a esta congregación bachiana en este martes festividad de San Francisco de Asís. La Sonata nº 2 en do menor, BWV 526  (Vivace-Largo-Allegro) nos llevaría al modo menor y relativo de la anterior, sin prisas, meditadas, no importó que la bombarda enmudeciese en alguna nota para seguir paladeando cada una de las otras voces, con unas progresiones de bajo verdaderamente limpias.Y la Sonata nº 3 en re menor, BWV 527  (Andante-Adagio e dolce-Vivace), como ya sucediese en Covadonga,  jugaría con registros equilibrados, balanceados, siempre con el movimiento central cual auténtica meditación del creyente Bach con un lenguaje único e inimitable que su compatriota al órgano entendió antes del último vivace sin excesos de aire pero respetando cada duración, cada paso seguro e implacable marcado en los pentagramas, tras los que tendría que hacer una pausa necesaria tras estas tres primeras cumbres.

Apenas unos tragos de agua, los comentarios del respetable en voz baja tras lo vivido en la primera parte, y las tres sonatas siguientes en un «crescendo emocional» que rompería el silencio desde una entregada interpretación, sentida, pisando terreno conocido que siempre resulta distinto. Primero la Sonata nº 4 en mi menor, BWV 528 (Adagio e Vivace-Andante-Un poco Allegro), el juego de teclados para saborear cada melodía precisa sin que nada turbase los «contracantos» y el pedal virtuoso de corcheas y semicorcheas preciso; después la Sonata nº 5 en do mayor, BWV 529 (Allegro-Largo-Allegro), verdadera explosión de júbilo y sonoridades plenas, las notas largas exactas en duración, para concluir con la Sonata nº 6 en sol mayor, BWV 530 (Vivace-Lento-Allegro) culminando estas dos «sonatas mayores», aire italiano de Vivaldi maridado con la «pasión de Mateo», la alegría del trabajo bien hecho y la emoción del propio intérprete vitoreado por un apostolado que vio en el maestro alemán al Pedro de la primera piedra en esta catedral del dios Bach.

Aún tendría fuerza para regalarnos la Sonata en mi mayor, K380 de Scarlatti, el clavicordio llevado al órgano como sólo Heinrich Walther sabe, instrumentador del teclado que tras el esfuerzo de las seis cumbres, esta bajada al «campo base» resultó como tomar aire fresco y soltar la tensión acumulada.

Este miércoles cerrará esta gira asturiana en el Acitores de Santo Tomás (Avilés) con un programa casi resumen de los tres conciertos a los que he tenido el placer de asistir, disfrutando no ya de verdaderas lecciones para goce de sus seguidores, también de la gran humanidad y cercanía de Heinrich Walther, a quien los asturianos le debemos tanto.

Gracias MAESTRO

Heinrich Walther sigue impartiendo magisterio

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Domingo 2 de octubre, 17:00 horas. XIV Ciclo de Conciertos «Órganos de Covadonga»: Heinrich Walther. Obras de Antonio de Cabezón, Jan Pieterszon Sweelinck, J. S. Bach, Usandizaga y Víctor de Zubizarreta.

Segundo de los conciertos asturianos del ciclo de Covadonga que alcanza su decimocuarta edición, echando de menos nuestro desaparecido Festival de Órgano aunque Valdediós parece haber recuperado el pulso organístico. También segundo concierto del organista alemán con otra lección de buen hacer interpretativo  con un programa donde nos dejó seis obras que volvieron a poner a prueba el Acitores de la Basílica  con el propio Federico a pie de obra para que nada fallase.

Un auténtico placer volver a escuchar el gran órgano capaz de expresar como pocos los diferentes estilos y épocas, comenzando con nuestro Cabezón (1510-1556) y su Salve Regina,  el renacimiento hispano del órgano ibérico con registros emulando los de su época que Walther eligió a la perfección con una ornamentación clara y aire reposado, con la inestimable ayuda de Fernando Álvarez, titular del instrumento.

El compositor y organista holandés Jan Pieterszoon Sweelinck (1561-1621) prepararía el camino para el barroco posterior, y en su Psalm 23 (Tres diferencias) podemos apreciar un rico lenguaje modal con una trompetería clara de su época y la técnica de la variación que posteriormente alcanzaría niveles de auténtico virtuosismo. Walther mantuvo la «línea argumental» hispana trasladada a nuestra Covadonga.

Si Johann Sebastian Bach (1685-1750) es un referente musical en general y organístico en particular, de las obras más complicadas de ejecución y registro son sus seis Sonatas a trío, y Heinrich Walther eligió para este primer domingo de octubre la BWV 527 en re menor, una maravilla sus tres movimientos (Andante-Adagio-Vivace) donde eligió con mimo los registros adecuados para poder degustar cada voz, de digitación impecable y duraciones exactas para apreciar todo lo que «mein Gott» volcó en el papel, especialmente el último tiempo de exquisita tímbrica, donde los registros, incluso el «diabólico» pedal, estuvieron perfectamente equilibrados en el Acitores que respondió perfectamente a las exigencias del maestro alemán.

Volvía a sonar la transcripción de 2022 que el propio Walther realizó del I. Andante (1908) perteneciente a la Fantasía para violonchelo y orquesta del donostiarra José María Usandizaga (1887-1915), que en el órgano de Soto del Barco ya me encantase pero con los registros del de la Cuna de España aún brilló más. Sin perder nada de la original, como buen profesor de instrumentación el profesor Herr Heinrich supo darle la sonoridad del órgano con sabor vasco-francés (me transportó a los Cavaillé-Coll) donde el potencial del Acitores puede rendir a tope, y hasta la Voz Celeste o la Voz Humana con el trémolo apropiado, logra una paleta tímbrica más rica que la orquestal con unos Violones que realmente nos llevaban al fraseo del arco desde el pedal o el teclado I mientras los otros dos sugerían toda la plantilla sinfónica.

Sin dejar el País Vasco, del bilbaíno Víctor de Zubizarreta Arana (1899-1970), organista, compositor, pedagogo y director de orquesta y coros, disfrutamos de su Epitalamio, registros para sonoridades propias con las que Walther se identifica plenamente mostrando no ya el amor y conocimiento de las obras  de Guridi, Usandizaga y el propio Zubizarreta, sino el profundo conocimiento del estilo entre siglos con el «aroma francés» que marca estas composiciones.

Para finalizar de nuevo «Bach, mein Gott» y su Preludio y Fuga en mi bemol mayor BWV 552, la contención luterana sin sacrificar el «más puro sonido alemán», registración justa para una nueva lección de claridad expositiva, del sugerente y luminoso preludio a la trabajada meditación de la fuga con que nos deleitó a un público ensimismado con Heinrich Walther, segunda jornada de esta su personal peregrinación asturiana que el martes nos llevará al Grenzing de Pola de Siero.

Heinrich Walther de nuevo en Asturias

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Viernes 30 de septiembre, 19:00 horas. Iglesia Parroquial de San Pedro de Soto del Barco. Concierto de órgano: Heinrich Walther. Obras de Bach, Usandizaga y Franck.

Cada visita del organista Heinrich Walther (1959) a nuestra tierra es un verdadero acontecimiento para los amantes del instrumento rey, siempre fieles a la cita, y en esta estancia que arrancaba en un ayuntamiento melómano que siempre ha apoyado al órgano, el músico alemán pasará los próximos días por los órganos de Covadonga, Pola de Siero para recalar finalmente en Avilés (que me perderé por coincidencia con mi «calendario musical»), instrumentos que conoce como pocos.

Sería el alcalde Jaime José Menéndez Corrales quien también organista e impulsor de estos conciertos  en su concejo, presentaría el primero de la gira asturiana de Heinrich Walther, recordando que el órgano parroquial se inauguró en 2010 (reaprovechando el antiguo de Santo Tomás de Avilés) y desde entonces han dado conciertos en él grandes intérpretes nacionales e internacionales, incluyendo el propio Walther en los años 2012 y 2019. Aplaudir a Jaime por volcarse con los necesarios cuidados de un instrumento que necesita seguir sonando, funcionando y en perfecto estado de mantenimiento, pudiendo tomar nota tantas autoridades que están dejando pudrirse literalmente otras joyas organísticas, algunas a pesar de ser «Bien de Interés Cultural«.

El trabajo de un organista no sólo consiste en la técnica y especialmente la registración, nunca hay dos instrumentos iguales. Sumemos el el trabajo diario en busca de repertorio nuevo o la ardua labor de transcribir obras de otros instrumentos para el órgano o directamente las páginas sinfónicas que en el instrumento rey alcanzan nuevos colores.

Heinrich Walther eligió para el «resucitado Acitores de Soto» tres compositores ideales para un órgano que se ha asentado con el tiempo y mejorado sonoridades, comenzando con «el padre de todas las músicas», Johann Sebastian Bach (1685-1750), imprescindible para intérpretes y melómanos, esta vez el Preludio y Fuga en mi bemol mayor, BWV 552. Sin necesidad de muchos cambios en los registros, el maestro Walther afrontó con claridad de fraseos, combinaciones y transiciones de teclado increíbles y pedal en su justa presencia, tanto el impresionante preludio como la siempre exigente fuga, en una gama de matices que el instrumento sacó a relucir como pocas otras veces. Respeto total al estilo de El kantor en este órgano a la orilla del Nalón que nos transportó de la Alemania luterana a la Asturias católica desde la espiritualidad que sólo la música de órgano alcanza. Primera lección vespertina con «Mein Gott».

Hace años que el profesor Walther se enamoró de la música de José María Usandizaga (1887-1915), del que está transcribiendo muchas de sus obras, caso de la Fantasía para cello y orquesta de 1908, cuyo primer movimiento (Grave, Andante) ya estrenó este año en Logroño, siendo nuevamente un placer escuchar el trabajo del alemán para recrear una obra como la del donostiarra. La sabia elección de los registros (ayudado por José María Martínez a lo largo de todo el concierto) nos permitió descubrir matices nuevos con todo el respeto al original pero que escuchado al órgano tiene todo el aire francés de los compositores que acudieron a la Schola Cantorum parisina por la que también pasaron varios españoles como el propio Usandizaga.

Y manteniendo en el aire ese aroma francés del compositor vasco, nada mejor que César Franck (1822-1890) y su Sinfonía en re menor para concluir este concierto en tres movimientos: Lento-Allegro non troppo; Allegretto; Allegro non troppo, la última versión de 2020/21 con la que Walther lleva muchos años de trabajo casi cual orfebre, y no es de extrañar porque la labor de transcripción alcanza cotas increíbles de calidad, otra auténtica recreación de esta sinfonía orquestal. La obra original, de la que se atacó la orquestación juzgándola de «espesa» por sus largos desarrollos y continuas modulaciones, calificándose también de «wagneriana», se ha escrito igualmente que «llegó a ocupar un lugar privilegiado en el repertorio de las grandes orquestas, aunque en la actualidad está de nuevo un tanto «olvidada»». La explotación de un tema único consigue rememorar sinfonías de Bruckner y evita también la fragmentación, y Walther la entiende a la perfección con una increíble combinación de registros y pedal de expresión que nos descubren tímbricas propias engrandeciendo las orquestales. A cada movimiento le otorga un sentido propio pero manteniendo claro el motivo principal que pasa de un teclado a otro con un juego sonoro donde el órgano del Bajo Nalón se comportó a la perfección. Los arreglos y adaptaciones tecnológicas al «Acitores» han hecho posible todo un abanico de sonidos que no sólo recuerdan las distintas secciones orquestales sino las casi infinitas posibilidades del órgano. Flautados penetrantes, un violon celestial, lengüetas afinadas y en general toda la tubería respondió a la paleta desplegada por el maestro alemán, fiel a la partitura orquestal a la que dota de nueva vida sin perder nunca la sonoridad francesa tan reconocible. Una verdadera lección que sólo este viernes hemos tenido en Soto del Barco. El domingo Covadonga volverá a recibirle y la música del órgano llenará la cuna de España en manos del otro alemán al que ya consideramos hijo adoptivo de nuestra tierra.

Pasión juvenil

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Miércoles 19 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: concierto 2027 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Henar Fernández Clavel (piano). Obras de Beethoven, Bach, Mendelssohn, Chaminade, Saint-Saëns, Albéniz, Turina, Falla, Granados y Lecuona.

Henar Fernández Clavel (Avilés 2006) es una joven de su generación, tal vez «rara avis» entre sus iguales de estudios obligatorios, pero que tiene un don especial para el piano, buen ejemplo de la cantera «del Orbón». Posee una musicalidad innata, personalidad, talento, ingenio, evidentemente muchas horas de estudio y buenos profesores. Gracias a «La Castalia» y el RIDEA ha ofrecido este concierto en la Filarmónica de Oviedo que siempre se ha caracterizado por apoyar las promesas asturianas desde su fundación, y en esta nueva época busca igualmente ir renovando un público necesario para mantener ese escaparate que supone la llamada «música de cámara», antesala pedagógica para dar el salto a las grandes salas de conciertos y teatros de ópera que Oviedo tiene como mejor tarjeta de visita.

Henar Fernández Clavel, a punto de cumplir 16 años en abril, es desparpajo en estado puro, comunicadora que llega al público sin complejos aunque no deba olvidarse del necesario rigor en el estudio de las partituras, la técnica (que nunca termina para poder darlo todo) al servicio de la música.

La pianista avilesina es un torbellino emocional que se aprecia incluso al salir a escena y sentarse al piano, con una madurez poco habitual para su corta edad e incluso con tics de muchos  grandes de las 88 teclas. Pero ese ímpetu puede impedirle el necesario reposo para afrontar las páginas que nos trajo al Filarmónica, obras de estudio y trabajo en el conservatorio que van más allá de los exámenes. Es envidiable el empuje juvenil efervescente y explosivo, demasiado acelerado por momentos que impiden un fraseo más limpio, obligándola a meterse en «demasiados charcos» (cierto es que de los errores también se aprende y ayudan a superarse).

Obras de enjundia ya desde el primer movimiento de la sonata Patética de Beethoven, más «apasionada» a la que eché de menos el siguiente movimiento que frenase un poco sus revoluciones (como en los vinilos de mi época), o esa Fantasía bachiana que deberá tomarse como entrenamiento diario o desayuno musical, mejor a mitad de velocidad para ir «desengrasando dedos» y acelerar un poco cada semana. Las palabras de la romanza de Mendelssohn las puso con la pasión que envolvió todo el concierto, pero los «arabescos» de Cécile Chaminade también requieren respirar hondo. Henar seguramente conoce los «trucos» para alcanzar su deseado virtuosismo más allá del impacto para el gran público, y el dibujo es la base de la pintura. Sus profesores la guiarán por el buen camino y está en él. Totalmente de acuerdo con su versión del Allegro appassionato (Saint-Saëns), fogosa y digna de virtuosos, al que nuevamente pediría rigor y exactitud pese a la dificultad extrema, limpieza en las notas aunque suponga menos carga emotiva y más trabajo duro, cabeza y corazón en la proporción ideal que los años aún desequilibran hacia el segundo.

Tras el merecido y necesario descanso, la parte de música española estuvo bien enfocada y el poso lo darán los años que seguro la llevarán a afrontar estas partituras de forma precisa y clara, porque sentido musical y talento le sobra a la avilesina, con detalles dignos de una intérprete con larga trayectoria que van descubriendo más allá de nuestra tierra. La «orgía» pianística de Turina bañó incluso la propina totalmente «fogosa» de Falla, de agradecer la entrega en cada obra, «añorando» unos tempi más llevaderos en pos del rigor y aplaudiendo el valor de enfrentarse al público. El exceso de velocidad no suele ser buen compañeros de viaje y provoca demasiados accidentes, pero los años la harán más prudente y segura.

Agradeció a todos tras el «aperitivo» beethoveniano el apoyo y oportunidad de «presentarse en sociedad» (especialmente a Begoña G. Tamargo, luchadora y defensora como pocos) sin olvidarse de sus profesores, incluso en el campo del acompañamiento que hoy en día presenta oportunidades de trabajo siempre necesario en el difícil mundo de la música, y especialmente en el de los pianistas. Espero que Henar no se acomode y regocije en exceso con los siempre merecidos premios, pues el día a día no perdona y siempre se encontrará entre el público con «repugnantes exigentes» como el que suscribe (con todo el respeto y cariño hacia mi admirada joven pianista).

Mucho ánimo para Henar Fernández Clavel en una carrera que ya ha comenzado con pasión y entrega, del que desconocemos el destino final, siempre con la esperanza de seguir escuchándola y verla crecer en todos los aspectos.

Feliz NaviBach

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Martes 14 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Gabrieli Consort & Players, Paul McCreesh (director). Cantatas de Navidad de J. S. Bach.

Con Bach comienza la Navidad y esta vez no con su famoso oratorio sino con una selección de cantatas de este tiempo en la interpretación de los pupilos de Paul McCreesh que hicieron parada en Oviedo, como no podía ser menos, y la mejor terapia para mi primera salida tras la obligada cuarentena del Covid que nos acabará tocando a todos con más seguridad que la lotería, incluso vacunados con las dosis pertinentes.

No importó que del cuarteto solista enfermase el tenor Jeremy Budd del que no pude anotar el sustituto, la «cantera McCreesh» está viva, voces capaces de afrontar coros y solos con la misma facilidad, empastar ocho voces a la perfección (cierto que no todas iguales en volumen), destacando sobre todos el barítono Morgan Pearse, esplendor vocal en cada intervención suya, y la soprano Rowan Price.

Como bien decía al descanso un querido amigo escolano, son atletas de la voz, la tradición de los «colleges» británicos mantenida con los siglos que marcan la diferencia. Y del ensemble instrumental podría decir otro tanto, un orgánico mínimo pero suficiente, todo encajado al detalle como no puede ser menos para la música del Dios Bach, limpieza más allá de la pulcritud, planos perfectos y solistas para quitarse el sombrero, desde el organista William Whitehead hasta el oboe de Christopher Palameta, sin olvidarse de la inicial flauta de Lisa Beznosiuk (ver PD final).

Selección ideal la navideña de Paul McCreesh, comenzando por la Cantata BWV 151 seguida del «poderío» instrumental de la Sinfonía BWV 169.

De las misas luteranas la BWV 236 en sol mayor para gozar de la genialidad del Kantor, el encaje perfecto de voces e instrumentos donde todo está en su sitio, el texto del ordinario capaz de elevar el espíritu como el del idioma de Lutero, el subrayado de las palabras por parte de unos instrumentistas entregados al maestro McCreesh.

Y la segunda parte comenzando por Vom Himmel hoch, da komm ich her BWV 701 para lucimiento del organista antes de la impresionante Cantata BWV 63 Christen ätzet diesen Tag con un cuarteto de trompetas naturales que no rindieron como hubiésemos querido pero la climatología y si complicada afinación tienen estos inconvenientes que no empañaron en absoluto el resultado final, ocho voces sonando cual gran coro, ideales «a capella» y esa «orquesta navideña» de la que Bach siempre sacó lo mejor, conocedor de los recursos de cada instrumento, en estos tiempos difíciles que como bien titula en las notas al programa Mª Encina Cortizo, ¡Dulce consuelo, Jesús ha nacido! sólo la música de «mein Gott» Bach puede elevar a Fiesta.

PD: gracias por el comentario que aclara «la flautista no fue la anunciada Lisa Beznosiuk, sino que la sustituyó la española Laura Quesada; su impresionante curriculum mereció la confianza de Paul McCreesh». Seguimos exportando talento.

Covadonga de puente

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Domingo 10 de octubre, 17:00 horas. Clausura del XIII Ciclo de Conciertos Órganos de Covadonga: Felipe López. Obras de Ximénez, Buxtehude, Bach, Reger, Guilmant y Tournemire.

Covadonga siempre cita obligada aunque un puente de su homónima virgen mañica no sea la mejor fecha para el respeto que se debe al Real Sitio, su Basílica y la música de órgano. Mejor quedarse en Cangas de Onís donde la mañana reunía quesos, miel y pasacalles de mi banda del Ateneo Musical de Mieres. Cual parque temático que decía una querida amiga presente en el concierto del titular de San Ginés, se hacía difícil concentrarse tanto los fieles como al intérprete que pondría el punto final a un ciclo de larga trayectoria tras trece años.
Desconozco si es la penitencia por el pecado inicial del compositor con apellido de uva dulce cuya batalla quedó en refriega y sin munición apropiada, pese a tener la mejor artillería asturiana, igualmente pecado venial con el ídolo alemán-danés por quien peregrinaría Mein Gott seguro con más devoción que los turistas en busca de la foto, Dietrich sin fuga ni chacona preludio de gula, pues mientras el inicial coral ya profetizaba la partida con alegría, la fuga de «Mi Señor» resultó literal tras un preludio cual verdadero Via Crucis.
Al menos con el compatriota Reger, igualmente enterrado en la ciudad del Kantor, llegaría la absolución, y ya libre de pecado, el organista madrileño se merendó Bolognesa marina del francés Guilmant, una verdadera plegaria meditada de bellos trémolos antes de repicar las campanas parisinas con el natural de Burdeos al final del concierto, bendición mariana de Nuestra Señora en la Cuna de España, más un postre gastronómico-musical digno de Rossini con alegría mozartiana.
El Acitores de la Basílica sonó mejor con acento romántico francés, pues el alemán barroco no alcanzó el auténtico espíritu ni esencia de los dos grandes. Cierto que Felipe López es una autoridad del órgano nacional, al que tampoco faltaron los nervios provocados por un murmullo molesto, mas el «instrumento rey» gestado en Torquemada no perdona, por lo que hasta dar con los registros, el sonido y el equilibrio justo entre teclados y pedal, hubo que esperar el duro camino penitencial germano antes poder ir en paz francesa donde el madrileño sí mostró lo mejor de este intérprete que cerraba el decimotercer (no creo en la superstición) ciclo otoñal donde mi admirado Heinrich Walther puso el listón tan alto que se hizo imposible superar la marca.
PROGRAMA

Con cuerda para rato

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Miércoles 16 de junio, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: New European Strings, Dmitry Sitkovetsky (concertino-director). Obras de Bach y Schubert. Entrada butaca: 28 €.

El curso y la temporada van llegando a su final y de nuevo la música de cámara como protagonista con esta orquesta de cámara fundada en Finlandia por el ruso Dmitry Sitkovetsky, quien agradeció al final del concierto (traducido por su chelista Miguel Jimenez) reencontrarse con el público al que echaba de menos, también de forma recíproca. Programa al menos curioso donde se partía de obras transcritas por el propio Sitkovetsky que buscan engrandecer formas «menores» para un entrenamiento de los instrumentistas y animar a la audiencia en este acercamiento que siempre viene bien a todos.

Mein Gott J. S. Bach (1685-1750) es siempre único en cualquier versión, interpretación, revisión o transcripción, inimitable, reconocible y padre de todas las músicas que en sus Variaciones Goldberg, BWV 988, un «Aria con 30 variaciones» escrita para teclado, resulta verdadera prueba de fuego si no el ejercicio para toda una vida por su complejidad, al encerrar en ella la biblia bachiana. Dmitry Sitkovetsky ya había realizado una transcripción para trío de cuerda (disponible en su propio Canal en YouTube©) que ahora amplió para su orquesta tras el obligado enclaustramiento del Covid. Con una plantilla de 5-5-3-2-1 con clave,  «Bach siempre es Bach», y el arreglo de Sitkovetsky muy logrado en cada variación por las combinaciones de solistas (dúos, tríos, cuarteto) contrapuestas al «grosso» y con el contraste barroco obligado, para lucimientos de los primeros atriles (impresionante Boris Garlitsky en los segundos replicando a Sitkovetsky) y unos concertantes de aire plenamente brandemburgués. Todos los músicos funcionaron camerísticamente con un sonido no del todo muy cuidado, pues acústicamente percibí una afinación imprecisa del viola Mikhail Zemtsov y no toda la claridad esperada en la cellista Kati Raitinen en los pasajes rápidos compensado por el citado Garlitsky como violín II impecable así como el clave de Elena Garlitsky que se agradece aunque no tuviese mucha presencia sonora pero resulta imprescindible en «mi señor Bach». La aclaración final (antes de la propia) de ser la primera vez que la ejecutaban en público supongo que explica estos «mínimos detalles» que no empequeñecen en absoluto el trabajo de esta formación que brilló en el Aria que abre y cierra las Goldberg, así como las variaciones más reducidas donde el protagonismo de Sitkovetsky se notó.

Tras un breve descanso, nueva «formación» o combinación de cuerda, prescindiendo del clave y alguna «permuta» de segundos a primeros donde Boris Garlitsky ocupó su lugar de concertino sumando una viola y un cello al Bach inicial (5-5-4-3-1) para que Sitkovetsky dirigiera su orquesta, que parecía no necesitarle.

Y es que  F. Schubert (1797-1828) ya deja todo claro en su Cuarteto en re menor D. 810, “La muerte y la doncella” partiendo de su «lied» homónimo (Der Tod un das Mädchen), por lo que la orquestación de Gustav Mahler (1860-1911) supone hacer un Schubert casi sinfónico sólo con la orquesta de cuerda, el dolor entendido y engrandecido desde las propias vivencias. Si el vienés redujo sus emociones a la mínima expresión posible para un cuarteto que late al unísono, el bohemio eleva el entendimiento a los dieciocho instrumentistas de cuerda que respondieron en los cuatro movimientos (Allegro; Andante con moto Scherzo; Allegro molto; Presto). Rodados con Bach como mejor remedio musical, este Schubert «aumentado por Mahler» sirvió para comprobar la sonoridad y calidad de estos músicos con engranaje camerístico y riqueza dinámica que fue «in crescendo» especialmente en los dos movimientos últimos, bien espoleados por el «jefe Sitkovetsky», cómodo en la batuta pero integrado en esta poesía musical tan románticamente dolorosa por el alma mahleriana.

Y de propina disfrutamos del directo tras el trabajo «virtual» durante la pandemia con dos de los 24 Preludios  titulados «Canciones de Bukovina» de Leonid Desyatnikov (1955), otra transcripción, aquí del piano a la orquesta de cuerda también del propio Sitkovetsky que al fin nos llegaba al público, el vivo irrepetible y único para todos, una obra contemporánea que adquiere como en todas las «reconversiones» colores distintos, visiones o versiones siempre válidas artísticamente cuando detrás de ellas hay un estudio concienzudo y el amor por el original.

Anodino romanticismo

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Viernes 28 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo,  Primavera V: OSPA, Sayaka Shoji (violín), Corinna Niemeyer (directora). Obras de Schumann y Farrenc. Entrada butaca: 15 €.

Programa romántico este quinto del abono primaveral de la OSPA con protagonismo femenino plural, violinista japonesa, directora alemana y compositora francesa (contemporánea del Schumann inicial) con obras que no son habituales en las salas de concierto y que tras su escucha creo tardarán en volver, pese a ser partituras muy bien construidas, ideales para testar cualquier orquesta y batuta, pero que sin duda carecen de esa emoción consustancial a un periodo de la historia musical que nos ha dado probablemente las mejores páginas sinfónicas.

Las notas al programa de Fátima Martín Ruiz (enlazadas arriba en los autores) desgranan las dos composiciones así como las personalidades de sus escritores, centrándonos en esos años de ebullición sinfónica aunque de distinto calado.

El Concierto para violín en re menor, WoO 23 de Robert Schumann
(1810 – 1856) mantiene claramente el melodismo del alemán, su sonoridad orquestal y la estructura clásica de tres movimientos (I. In kräftigem, nicht zu schnellem tempo – II. Langsam – III. Lebhaft, doch nicht zu schnell) pero por una vez creo entender las reticencias del propio compositor y de su destinatario en no estrenarlo. La sonoridad sinfónica buscada por Corinna Niemeyer tapó demasiadas veces el sonido delicado de Sayaka Shoji que afrontó todos los vericuetos técnicos del concierto con solvencia y musicalidad no siempre apreciables ni agradecidas. Al menos pudimos disfrutar momentos bellísimos en el movimiento central pero sobrevoló más lo orquestal (sobre todo en esa polonesa final) que lo concertante en la visión de la directora alemana.

Sí nos deleitamos con el violín aterciopelado y bien sentido de Shoji en su regalo bachiano del «Largo» de la Sonata Nº 3 en do mayor, BWV 1005, verdadera introspección de sonido refinado contrastado con el romántico inicial que no permitió un mayor lucimiento de la talentosa japonesa.

Está bien programar sinfonías románticas poco escuchadas en los auditorios, buscar obras coetáneas y apostar por una mujer como la francesa Louise Farrenc (1804 – 1875), que es de aplaudir, pero su Sinfonía nº 1 en do menor, op. 32 me pareció un ejercicio compositivo bien escrito, dando a cada sección de la orquesta sus protagonismos -que  en la OSPA están más que comprobados- aunque faltase la emoción intrínseca de un romanticismo de libro por estructura y técnica compositiva, incluso buscando el final en tutti que «levante al público», en cierto modo socorrido y siguiendo las modas del momento que también apreciamos en el primer Schumann.

Del análisis de su primera sinfonía vuelvo a recomendar las notas al programa de la musicóloga manchega, y dejando en sus cuatro movimientos los correspondientes enlaces para su escucha (I. Andante sostenuto – Allegro; II. Adagio cantabile; III. Minuetto: Moderato; IV. Finale: Allegro assai), destacando de Corinna Niemeyer su gesto preciso y claro más la lucha por ir dibujando los momentos precisos de presencias instrumentales, buscando igualmente los contrastes dinámicos para contagiar un ímpetu que personalmente esta sinfonía no tiene. Una directora joven con una obra casi de examen para todos, donde tampoco se pudo exprimir más de lo que hay. Hubo pasajes interesantes tímbricamente como en el Adagio donde se lucieron las maderas, como siempre, que no tuvieron igual expresividad en una cuerda hoy comandada por Eva Meliskova, ese aroma aún clásico del Minuetto que la OSPA transmitió con más profesión que pasión, y el final impetuoso tan previsible tanto en escritura como en ejecución.

 

 

Todo con cuerda

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Jueves 29 de abril, 19:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, Primavera Barroca, CNDM «Circuitos«: Enrike Solinís (laúdes y guitarras): «Ars Lachrimae«. Obras del Renacimiento y el Barroco. Entrada: 15 €. Fotos ©PabloSiana.

Continúa la cultura segura, las ganas de directo y el florecimiento de la Primavera Barroca de Oviedo en esta su octava edición que mantiene la colaboración con el CNDM y sus «Circuitos», trayéndonos en solitario al guitarrista vasco Enrike Solinís (Bilbao, 1974) que hizo un recorrido por la cuerda pulsada a través de la historia antigua desde la óptica actual, con cumbres y cordilleras, ascensos y descensos en un denso programa titulado Ars lachrimae, una panorámica de este personal viaje con mucha cuerda pulsada y todo un legado de la música para dichos instrumentos señeros desde una perspectiva y visión con identidad propia y distintas calidades.

Bien el primer bloque con el laúd renacentista y los aires melancólicos de Dowland que nos trajeron el intimismo de salón sin apenas descanso en esa senda hasta los grandes vihuelistas españoles pero desde el mismo laúd, algo que no entiendo pues Mudarra, Milán o Narváez con sus pavanas y diferencias podrían haberse escuchado en nuestro instrumento identitario, «la abuela vihuela» de la que los hispanos fueron su verdadero «tridente». Explorar estas nuevas vías de ascensiones para este repertorio están bien, pero la cuerda elegida no me convenció del todo, si bien las notas al programa de Pablo J. Vayón son como el libro de ruta para explicar este itinerario opcional del instrumentista bilbaíno: «dicotomía entre dos mundos, el renacentista y el barroco, que son visitados siguiendo las líneas de las formas y los géneros esenciales de la música publicada (o simplemente interpretada) para los instrumentos de cuerda pulsada, muy en especial las danzas (…)  En un primer momento, las cuerdas pulsadas se vieron sustancialmente beneficiadas (…) aunque la realidad interpretativa estaba aún indiscutiblemente unida a la improvisación… los géneros trascienden las fronteras … fantasías (es decir, piezas más o menos libres que podían traducir justo una improvisación), glosas y variaciones sobre conocidas obras del tiempo (en España se llamaron «diferencias») y danzas, muchas danzas«.

Al Solinís en «estado puro» lo encontramos precisamente con ese «rabel pulsado» que nos recordó el medievo y la música del arco atlántico, el ritmo con aires reconocibles de los dos manuscritos del siglo XVI: el Barbarino con Quaranta de Francia y el de Osborn con dos danzas renacentistas, el Enrike rompedor desde hace años apostando por estos enfoques arriesgados y convincentes.

Pero el sosiego llegó en la bajada de estos cerros, montañas que son colinas para afrontar con el laúd barroco el ascenso a la verdadera cumbre que fue Robert de Visée (1655-1733) y una selección de la Suite nº 3 en re menor (I. Prélude II. Allemande III. Courante IV. Sarabande), donde la sonoridad es ideal pero faltó una pisada más segura del terreno. Se incrustó a Buxtehude antes que a Bach explicando las afinaciones de los distintos modelos utilizados y cómo la suite será la forma ideal de contrastar aires y transcripciones de la tecla a la cuerda pulsada. Prácticas habituales que personalmente me gustan porque «mein Gott» siempre es único y soporta todos los instrumentos, aunque no tanto Herr Dietrich. Cierto que el kantor se interesó por el archilaúd y la tiorba omnipresente caída en el olvido pero que parece rejuvenecer con esta generación de intérpretes como el propio Solinís o el asturiano Daniel Zapico. La Suite en do menor, BWV 997 de «nuestro señor» es una cumbre que exige un esfuerzo sobrehumano, más en la cuerda pulsada; matizados los cinco números (I. Preludio II. Fuga III. Sarabande IV. Gigue V. Double) la fuga fue lo más destacable por la claridad en las líneas y la sonoridad lograda en este repaso de la danza como columna central de los compositores elegidos.

Enrike Solinís retomó el pulso, cogió aire y nos despertó con la vihuela «salvaje», descarada, rítmica y punzante de nuestro Gaspar Sanz, las danzas que siguen siendo seña de identidad del músico vasco y verdadera alegría su interpretación, manteniendo este final en las dos propinas que fueron gratificantes y muy aplaudidas.

Los montañeros utilizan distintas cuerdas según los ascensos, unos pocos privilegiados han coronado los «ocho miles», todo concuerda en este paralelismo con cuerdas. Un esfuerzo de hora y media sin pausa de Dowland a Sanz sin olvidarse del mítico Bach para otro hito en «La Viena del Norte» español donde el Barroco mueve un público fiel al que la reducción de aforo (de por sí pequeño) en la sala de cámara del auditorio ovetense no le frena para comprobar la acústica ideal de madera y piedra, mucha cuerda que concuerda. La penúltima cita barroca y primaveral será en once días con la mezzo Vivica Genaux y Vespres d’Arnadí (con Dani Espasa), pero aún queda mucha música por el medio arrancando mayo, y aquí lo contaremos si nada lo impide.

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