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Beatrice Rana con Mikko Franck

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Jueves 8 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Beatrice Rana (piano), Orchestre Philharmonique de Radio France, Mikko Franck (director). Obras de Tchaikovsky y Debussy. Fotos de Pablo Piquero, propias y de las RRSS.

Volvía cinco años después al auditorio ovetense el director finlandés Mikko Franck (Helsinki, 1979) con la orquesta de la que es titular desde hace 10 años, la Filarmónica de Radio Francia, y en esta temporada de despedida traía en su gira española (de nuevo con Oviedo en el mapa) a otra solista de altura, la pianista italiana Beatrice Rana (Copertino, 1993) con un programa que se abría nada menos que con el Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23 de Tchaikovsky.

El cinematográfico y popular concierto del ruso encontró la conjunción de una formación no excepcional pero solvente y muy empastada, un director peculiar pero conocedor de sus efectivos, y una pianista capaz de aportar su personalidad, sabiendo plegarse a la orquesta como un instrumento más y brillar en sus momentos solistas. El arranque del Allegro non troppo e molto maestoso planteó ligeras dudas para encajar la misma pulsación entre la italiana y el finlandés, pero según fue avanzando este primer movimiento todo iría encajando poco a poco en su justa medida.

Beatrice Rana se mantuvo con una excelente sonoridad en los pasajes fuertes, con una digitación siempre limpia capaz de sobrevolar una orquesta que nunca bajó las dinámicas escritas, casi un combate sonoro más que el esperado diálogo y protagonismo compartido, ya que Mikko Franck no siempre trabajó la concertación desde su estilo peculiar de dirección, apoyándose o sentándose por momentos, pero (de)mostrando todo el colorido de «su orquesta», lo mismo que en el Allegro con fuoco final. La solista demostró además de energía en los tiempos rápidos, un exquisito Andantino semplice, delicado, refinado, cristalino y mejor arropado por los franceses, especialmente con la flauta de oro que volvería a brillar en el fauno.

El público que acudió en buen número al auditorio ovetense, premió con una larga ovación a la pianista italiana que nos regaló dos propinas, una rusa (creo que de Tchaikovski) y el Étude 6 “pour les huits doigts” (Debussy) lleno de virtuosismo, agilidades y sentido lírico casi etéreo para poder apreciar cuánta musicalidad y calidad atesora Rana, cual prólogo a una segunda parte plenamente francesa.

La orquesta francesa con la coreana Ji-Yoon Park (1985) de concertino, fue ampliando plantilla y mostrando el mismo poderío que en la primera parte, con unos solistas de calidad -especialmente la madera- y en el Preludio a la siesta de un fauno ya gozamos en el inicio con Mathilde Calderini y su flauta de oro protagónica junto al oboe de Hélène Devilleneuve. Mikko Franck más atento a las dinámicas que al tempo, prestaba atención a los fraseos de una cuerda homogénea, de graves profundos,  dejándonos una interpretación sensual y misteriosa aunque sin la ensoñación esperada para una formación que defiende a sus compositores.

Ya con todo el arsenal sonoro llegarían los «tres esbozos sinfónicos» como denominó Debussy a La mer (1903-1905), imágenes sonoras donde volver a disfrutar de todas las secciones de la radiofónica orquesta francesa. Una ejecución limpia aunque algo estridentes los metales (las trompetas sobremanera), pero disfrutando sobre todo de la madera, con la colorida tímbrica de esta composición diferenciando bien los planos sonoros y con tres pasajes independientes en cuanto a diseño y carácter (interrumpidos por un teléfono que parece abonado a estropear los momentos más delicados): el amanecer vaporoso, el juego de las olas algo oscuro  aunque bien fraseado, y los vientos de un agitado y estruendoso final, sin la magia previa de los violines lejanos antes del clímax bien dibujado la por batuta de Franck.

Está claro que los finales grandiosos levantan bravos en el público, y el director presentó una obra «poco escuchada en Oviedo ¿o no?» de su compatriota Heino Kaski (1885-1957) y contemporáneo de Sibelius: el Preludio op. 7 (en versión orquestal del original para piano) donde el director finlandés llevó a la cuerda mirando al patio de butacas, poniendo fin a un concierto muy francés y a una gira española que les dejó exhaustos (así me lo comentaba el violinista napolitano Guy Comentale antes del concierto, avituallándose para el descanso cerca del auditorio) en el día que teníamos a León XIV como nuevo Papa.

PROGRAMA:

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):
Concierto piano n° 1 en si bemol menor, op. 23:

Allegro non troppo e molto maestoso

Andantino semplice

Allegro con fuoco

Claude Debussy (1862-1918):
Prélude à l’aprés-midi d’un faune (Preludio a la siesta de un fauno)

La mer:

De l’aube à midi sur la mer

Jeux de vagues

Dialogue du vent et de la mer

Oviedo sucumbe a Jephtha

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Domingo 4 de mayo de 2025, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: «Jephtha», HWV 70, oratorio en tres actos. Música de Georg Friedrich Händel (1685-1759). Libreto de Thomas Morell, basado en el Libro de los Jueces y en Jephthas, sive votum (1554) de George Buchanan. Estrenado en el Covent Garden de Londres el 26 de febrero de 1752.

(Crítica para OperaWorld del lunes 5, con fotos de Pablo Piquero, propias, más el añadido de los siempre enriquecedores links, con la tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar)

El último oratorio del ya británico George Frederick Haendel será, como Jephtha, la lucha contra su destino, el drama interior y la desesperación tras un estado de salud que le afectaba a la vista de su ojo izquierdo y le llevó casi un año finalizarlo a la edad de 66 años, casi completamente ciego, cuando lo habitual en sus composiciones eran tres o cuatro semanas. Se estrenaría el 26 de febrero de 1752 en el Covent Garden Theatre de Londres bajo la dirección del propio compositor, y se aleja de sus anteriores oratorios más espontáneos, para componer «una de las obras más profundas e introspectivas de toda su carrera, que llegó a desconcertar incluso a su fiel seguidora y amiga, Mrs Delany: ‘Es un bonito oratorio, pero muy diferente de todos los demás’» como bien refleja Lorena Jiménez en las notas al programa.

Ciertamente «Jephtha» (1751) es como el testamento vital de Händel sobreviviendo a su contemporáneo Bach (que parece “iluminarle» en algunos de los corales de inspiración luterana), y considerada como su última gran obra no es habitual que se interprete, grabe, ni tan siquiera tentar a alguno de los “factotum escénicos” como ya se ha hecho con otros oratorios (caso de «Theodora»), puede que por la enorme exigencia vocal difícil de encontrar en nuestros días, pero Francesco Corti con su formación il Pomo d’Oro al completo (orquesta y coro) logró encontrar un reparto equilibrado e idóneo para preparar esta gira que ha vuelto a colocar a la capital asturiana en el mapa de los grandes eventos musicales, parada este domingo tras Madrid el pasado jueves y Dortmund el viernes, antes de cruzar el estrecho hacia el Barbican londinense el próximo miércoles día 7 camino de Budapest el 9 y Katowice el domingo 11 de mayo.

Con un lleno que trajo público de toda la geografía nacional al auditorio ovetense, todos sucumbimos a este esperado Jepthha más allá de la nueva visita a Oviedo de Joyce DiDonato y la formación de Corti, y es que il Pomo d’Oro son de lo mejor en la actualidad para afrontar obras poco transitadas, con un orgánico comandado por un fenomenal Stefano Rossi muy equilibrado: cuerda (5-5-3-3-2), clave, órgano, flauta, dos oboes, fagot, dúo de trompetas naturales doblando las trompas, y muchísima calidad en cada atril, con el propio Corti dando la entrada a muchos de los recitativos desde su clave. Orquesta de sonido claro, aterciopelado, rico en dinámicas siempre bien marcadas por el maestro italiano, de contrapuntos bien dibujados y la tímbrica perfecta para este drama bíblico novelado y musicado por el gran Jorge Federico Haendel.

Y no digamos el coro, que representa al pueblo de Israel, otro personaje del oratorio, con las voces graves en el centro y las blancas flanqueándolas, cuatro voces por parte (más Anna Piroli en las sopranos, que se reincorporaría tras la pausa tras cantar su breve papel de Angel del último acto), coro con voces solistas reconocidas (el director Maletto, Rossana Bertini o el barítono Marco Scavazza), y poderosamente timbrado, de empaste y afinación perfecta, capaz de empujar el drama o hacernos meditar y hasta vibrar cerrando cada uno de los tres actos, con los solistas sumándose en el Ye house of Gilead que final nos levantó de los asientos cual Aleluya mesiánico. Interesante el coro de seis mujeres Welcome thou que se colocaría en el centro para el número 38, y destacable la ubicación en las tarimas proporcionando esa redondez con la orquesta única.

Gracias a estos mimbres, el reparto vocal se caracterizó por una entrega que fue más allá de la propia dramatización, casi escenificación, enfrentados en ubicación Storgè e Iphis a la izquierda con sus mejores galas, y Zebul, Jephtha más Hamor con sotanas o guardapolvos negros (con la mencionada Angel de elegante traje, en el coro). La escritura de Händel es una sucesión de recitativos, arias, dúos puntuales y el bellísimo quinteto All that is in Hamor mine (con Iphis, Hamor, Storgè, Jephtha y Zebul). Tras la obertura inicial sería el barítono americano Cody Quattlebaum, quien ya presagiaba It mus be so («Así debe ser») lo que vendría a continuación. De voz poderosa y amplia tesitura (hoy se la llama de bajo-barítono), su imagen que me recordó al autorretrato de Alberto Durero en la pinacoteca de Munich, y excelente en cada intervención, dramatizada, hasta dialogando con la mirada en cada personaje citado, un buen jefe militar (incluso con las botas adecuadas).

El tenor estadounidense Michael Spyres fue el Jephtha juez de Israel y jefe del ejército rotundo, con un fiato increíble que le permite cantar todos los ornamentos sin perder la unidad del fraseo, una gama dinámica que mantiene el color uniforme gracias a unos graves que le tildan de «baritenor», controlando cada pasaje sin trampas ni apoyos innecesarios, con esa engañosa facilidad que le da su voz privilegiada. Transitó del Horror! Horror! al dolor con el desgarrador recitativo Deeper and Deeper still del segundo acto o el agradecido recitativo A father, off’ring up his only child o su última aria For ever blessed be thy holy name.

La mezzo de Kansas Joyce DiDonato encarnó a Storgè, la sufrida esposa de Jephtha que a pesar de los años mantiene ese aura que logra en cada personaje, dramatización absoluta con arias tan bellas como la primera In gentle murmurs will I mourn y la maravillosa Scenes of horror, scenes of woe del primer acto, emocionante visual y vocalmente. En el cuarteto O separe your daugther con Hamor, Jephtha y Zebul se optó por el empaste de colores y sigue siendo una estrella madura y comprometida en cada actuación.

Es difícil encontrar voces de contralto verdaderas, y Jasmin White, natural de Oregón, es una mezzo “reconvertida” por su voz profunda y cálida, encarnando a Hamor, el guerrero y prometido de Iphis que esta vez no recayó en un contratenor, más creíble visualmente pero que por vocalidad ganamos tanto en color como en volumen, unido a una interpretación de alto voltaje que transitó, como el resto de roles, por distintos estados de ánimo tan bien escritos por Händel en este «Jephtha», muy estadounidense hasta aquí.

Dos serían las excepciones por procedencia: primero la soprano francesa Mélissa Petit como Iphis, algo menor de volumen que sus compañeros pero de timbre bellísimo y agilidades limpias, de unísonos con la cuerda perfectos hasta en el fraseo y las respiraciones, con voz bien proyectada y un hermoso dúo del primer acto con Hamor (These labours past), así como en el cuarteto y quinteto final muy homogéneos. Y finalmente la italiana Anna Piroli que “tuvo ángel” y se merece mayores roles, pues su recitativo y aria Happy, Iphis, shalt thou live fue un dechado de delicadeza, dicción, gusto y técnica al servicio de la música del alemán nacionalizado británico.

Las tres horas largas, con una pausa tras el número 34 de los 71 de que consta «Jephtha» y aplausos al finalizar cada acto, se hicieron cortas -salvo para las posaderas- y el público disfrutó no solo con el elenco vocal, muy vitoreado, sino con la orquesta fundada en 2012 (con Maxim Emelyanychev y Francesco Corti de principal director invitado) que se llevaría una gran ovación, pero especialmente para el coro que dirige Giuseppe Maletto, todo un equipo de grandes talentos que entienden el Barroco a la perfección, y que armaron este último oratorio de Händel desde el respeto a lo escrito y el virtuosismo bien entendido.

FICHA:

Domingo 4 de mayo de 2025, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: «Jephtha», HWV 70, oratorio en tres actos. Música de Georg Friedrich Händel (1685-1759). Libreto de Thomas Morell, basado en el Libro de los Jueces y en Jephthas, sive votum (1554) de George Buchanan. Estrenado en el Covent Garden de Londres el 26 de febrero de 1752.

REPARTO

Michael Spyres – Jephtha, juez de Israel y jefe del ejército

Joyce DiDonato – Storgè, esposa de Jephtha

Mélissa Petit – Iphis, hija de Jephtha, prometida a Hamor

Cody Quattlebaum – Zebul, hermanastro de Jephtha, guerrero

Jasmin White – Hamor, guerrero, prometido a Iphis

Anna Piroli – Angel

il Pomo d’Oro, orquesta y coro

Giuseppe Maletto, maestro de coro

Francesco Corti, dirección musical y clavicémbalo

Oviedo es lírico

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Domingo 6 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Gaëlle Arquez (mezzosoprano), Le Cercle de l’Harmonie, Jérémie Rhorer (director). Amor, furor, obras de Mozart, Gluck, Donizetti, Verdi, Saint-Saëns, Mendelssohn, Rossini y Bizet.

Desde hace años las llamadas orquestas historicistas (incluyo también las de nuestro Savall) están ampliando el primigenio repertorio barroco hasta el clasicismo y el romanticismo, con incursiones operísticas donde las formaciones francesas han sido de las pioneras defendiendo su patrimonio. Y Le Cercle de l’Harmonie con Jérémie Rhorer llegaron a Oviedo con un muestrario de su buen hacer en un programa variado con la francesa Gaëlle Arquez que nos dejó cinco arias flanqueadas por páginas instrumentales con una excelente entrada en el auditorio para un Oviedo que ama la lírica y no quería perderse esta nueva cita con una voz de mezzo verdadera (nada de sopranos maduras) que está triunfando por su buen hacer.

En las partes instrumentales la veinteañera orquesta de Rhorer arrancó impetuosa en el tempo con la obertura de Le nozze mozartianas, como intentando demostrar su sonoridad aterciopelada y buen quehacer de una cuerda segura y virtuosa, con vientos afinados y bien balanceados, más unos timbales que en el auditorio resuenan como en un circo romano. El director conoce bien su orquesta, y del alemán adoptado francés Gluck nos dejaron dos danzas impecables del Orfeo y Eurídice, la de los espíritus con la flauta impecable de Anne Parisot, llena de musicalidad, más unas «furias» poderosas, jugosas, nuevamente virtuosas y dinámicas, en un repertorio donde se les nota cómodos y cercanos a lo que hoy entendemos por historicismo.

Por su parte Gaëlle Arquez comenzó tras la obertura nupcial mozartiana con la bella aria Voi che sapete aún fría pero con un color homogéneo en todo el registro aunque en los graves la orquesta parece olvidar quitar una letra de los matices pues está detrás de la cantante y no en el foso. Mejor con Gluck y el aria de «Ifigénia en Áulide» con la mezzo, que esperó sentada en un lateral las partes instrumentales, entonada, un hermoso timbre de registro medio muy matizado, agudo tan aterciopelado como la orquesta, y graves suficientes manteniendo un fraseo impoluto, con la dicción natural de su idioma (siempre una ventaja para las cantantes francófonas) diferenciando en dinámicas y aire recitativo más aria.

Una primera parte que se hizo breve y más por los tempi exhibidos por Rhorer antes de entrar en una segunda parte con mucha ópera y plantilla ampliada con el arpa y el oficleido (que sustituiría al el serpentón renacentista en el equivalente a la actual tuba). Impresionante Arquez que arrancó la primera gran ovación con su aria de Leonora del tercer acto («La Favorita», Donizetti), que con su registro gana en fuerza, más aún junto a una orquesta ya amoldada en volúmenes (muy bien las trompas naturales), luciéndose con un fraseo muy melodioso y ornamentos claros. El segundo gran triunfo de la mezzo llegaría con una de las arias más bellas y seductoras para su voz, la Dalila de Saint-Saëns (que bisaría al final del concierto). Por fin una orquesta acompañante para hacer brillar la voz de la mezzo francesa, con buenos instrumentos solistas en clarinete o arpa, unos metales muy afinados y empastados (más difícil con los naturales) más la dirección de Rhorer plegada a la voz.

En las páginas instrumentales otro punto a favor de Le Cercle de l’Harmonie con un preludio de «La traviata» verdiana más que digno, matizado, contrastado en todo primando una cuerda dúctil, más la obertura de «El sueño de una noche de verano» de Mendelssohn que remató las intervenciones orquestales con una rica paleta tímbrica de esta orquesta capaz de sonar igual de bien en toda la música que trajeron a Oviedo antes de partir hacia el Kursaal donostiarra. El remate el aria de «La Cenicienta» rossiniana con Arquez perfecta, dramatizando su personaje, emisión clara, musicalidad plena bien arropada por la orquesta y buen colofón para esta mezzo «verdadera», de agilidades precisas, limpias, respirando entre todos para disfrutar de un timbre esmaltado y rico.

Y qué mejor rol para esta mezzo que la Carmen de Bizet, eligiendo de regalo el aria «Près des remparts de Séville» que la aupó entre las intérpretes actuales con Le Cercle de l’Harmonie ideal junto a un gran concertador como Jérémie Rhorer de gesto académico, claro, contenido y siempre efectivo con los suyos. Público lanzando bravos, varias salidas a saludar y sin esperar que bisasen la Dalila que nos dejó con ganas de más arias de ópera en este primer domingo de abril. Oviedo ama la lírica y hoy disfrutó con este concierto.

PROGRAMA:

«AMOR, FUROR»

Primera parte

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Obertura. «Le nozze di Figaro» (Las bodas de Fígaro)

Voi che sapete «Le nozze di Figaro»

Christoph Willibald Gluck (1714-1787)

Danse des esprits bienheureux «Orphée et Eurydice»

Dieux puissants que j’atteste… Jupiter, lance la foudre «Iphigénie en Aulide»

Danse des furies. «Orphée et Eurydice»

Segunda parte

Gaetano Donizetti (1797-1848)

L’ai-je bien entendu ?… Oh mon Fernand «La Favorite»

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Preludio. «La traviata»

Camille Saint-Saëns (1835-1921)

Mon cœur s’ouvre à ta voix «Samson et Dalila» (Sansón y Dalila)

Felix Meldelssohn (1809-1847)

Obertura. «El sueño de una noche de verano»

Gioachino Rossini (1792-1868)

Non piu mesta «La Cenerentola»

Músicas rompedoras

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Viernes 4 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 10 OSPA, Jacob Kellermann (guitarra), Francisco Coll (director). Coll dirige Coll, obras de Honegger, Coll y Sibelius.

La temporada de la orquesta asturiana avanza ya hasta el décimo con la vuelta del valenciano Francisco Coll (1985), el «compositor que dirige» como se definió en el encuentro previo, en compañía de Fernando Zorita, quien nos daría unas «pinceladas» del décimo programa de abono.

Con una asistencia que comienza a ser preocupante, por no decir desoladora, el concierto era de lo más interesante por las obras elegidas: rompedoras (todas lo son en su momento) y cercanas para nosotros aunque manteniendo el orden casi trasnochado de obertura, concierto y sinfonía.

No es habitual programar a Arthur Honegger (encuadrado en el llamado Grupo de Los Seis) en concierto pese a lo innovador de su producción, y Coll eligió para abrir boca y «calentar» Rugby, una obra no basada en un programa previo aunque parece que pretendía experimentar durante su composición y tratar de plasmar lo improvisatorio e inesperado de un encuentro deportivo. Cierto que hay un regreso continuo al tema central muy melódico (la orquestación es merecedora de análisis por los instrumentos elegidos) desde su libertad compositiva y rico en los cambios rítmicos para una OSPA sin percusión y nuevamente con Aitor Hevia de concertino sonaría rotunda, ensamblada, en cierto modo virtuosística porque necesita no solo técnica sino sonoridad global que el artista valenciano alcanzó, con una versión más allá del propio título, mejor llamarlo simplemente «movimiento sinfónico» como finalmente sería el tercero, tras Pacific 231 y  este Rugby que personalmente pareció preparar la obra siguiente donde en 1976 (mi Viaje de Estudios de COU) descubrí en los laterales del seco paseo del río Turia campos de fútbol ¡y de rugby!.

Y el polifacético artista Francisco Coll llevó a una OSPA casi camerística (por la plantilla) junto al guitarrista sueco Jacob Kellerman, quien estrenaría Turia (2017) en su país, por un cauce bien controlado. Obra encargo de Christian Karlsen y el Ensemble Norrbotten NEO, el valenciano ya nos comentó en el encuentro que se inspiró en sus paseos al bajar a Valencia por el paseo ajardinado del río (hoy muy distinto de aquella mi primera visita adolescente), pues el fluir parecía estar empujándole a plasmarlo musicalmente.

No hay inspiración en su paisano Joaquín Rodrigo con el inmortal Concierto de Aranjuez sino más bien desde un folklore siempre presente en cualquier música desde la prehistoria, y que el compositor calificó como «Flamenco ilusorio», evocaciones de las luces y sombras donde su otra faceta de pintor parece mirar a su paisano Sorolla. Una guitarra bien amplificada fue trazando con un mayor «ensemble OSPA» estos paisajes atemporales y eternos, la invernal fría noche sueca pisando el agua congelada con los músicos que la estrenaron desde una evocación de la España que nuestra guitarra ha universalizado, pero con guiños variables en los estilos. Y en toda obra actual la percusión da color a las composiciones (aún más en el pintor compositor Coll): el piano de Francisco Escoda más visible que audible pero sobre todo el tándem Casanova – Revert, cajón (peruano hoy llamado flamenco gracias a Paco de Lucía y Rubem Dantas, posteriormente el «franco-avilesino» Tino di Geraldo): güiro, platillos, castañuelas, temple blocks o láminas con arco que son como pinceladas junto a los recursos guitarrísticos de rasgeos, punteos, armónicos… con una orquesta que entiende como pocas las obras de nuestro tiempo y mejor aún cuando es el propio compositor quien las lleva a buen puerto. Un Turia que fluye limpio, seguro y bien encauzado.

Del propio Coll el guitarrista Kellerman nos regalaría, con el compositor sentado delante de la percusión, una obra para disfrutar de una musicalidad y sonido entroncado con el concierto anterior pero ampliando el repertorio solista del instrumento español y universal.

Sibelius suele ser buena piedra de toque para toda orquesta, y la primera sinfonía del finlandés nos volvería al norte europeo tras la luz mediterránea, orquesta completa con todas las secciones a pleno rendimiento. De nuevo la cuerda rigurosa, rica en dinámicas, remando junta, con primeros atriles y arpa inmensos, una madera en estado de gracia desde el clarinete inicial, unas lengüetas homogéneas en los dúos y líricas en sus solos, unos timbales seguros y sobre todo unos metales poderosos, afinados, pletóricos brillando en los nórdicos cielos grises, trompas afinadas junto al trío de trombones y tuba verdaderamente «orgánicos» que me transportaron al monumento que Sibelius tiene en Helsinki en un paseo kilométrico.

PROGRAMA

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955):

Rugby, H.67. Movimiento sinfónico nº 2 (1928).

FRANCISCO COLL (1985 – ):

Turia: Concierto para guitarra (vers. guitarra y orquesta de cámara).

JEAN SIBELIUS (1865 – 1957):

Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39

I. Andante, ma non troppo – Allegro enérgico

II. Andante, ma non troppo lento

III. Scherzo: Allegro

IV. Finale (quasi una fantasía): Andante – Allegro molto

Arranca triste abril

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Martes 1 de abril, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara, XII Primavera Barroca: La Guirlande, Alberto Miguélez Rouco (alto), Luis Martínez Pueyo (traverso y dirección). Pastor amoroso: obras de Hernández Illana, Oliver Astorga y Pérez de Camino.

Tras un minuto de silencio honrando a las víctimas de la última tragedia minera proseguía esta «Primavera Barroca» ovetense con otra excelente entrada en la siempre ideal por acústica y aforo sala de cámara, para un concierto  que Pablo J. Vayón titula en sus notas «Cantadas y sonadas» (que dejo al final íntegras) a cargo del grupo La Guirlande que dirige el flautista Luis Martínez Pueyo (Zaragoza, 1988) y con el contratenor alto Alberto Miguélez Rouco (La Coruña, 1994), artista residente esta temporada del CNDM (coproductor junto a la FMC del Ayuntamiento de Oviedo del ciclo), que prosigue su tarea de recuperar y estrenar en nuestros tiempos obras que gracias a la labor impagable de los musicólogos Raúl Angulo y Antoni Pons (Ars Hispana) podemos escuchar tras años de dormir un silencio injusto y con formaciones nuestras que ayudan a difundir este repertorio plenamente exportable más allá de nuestras fronteras, caso de los intérpretes de este arranque abrileño. Destacable también la continuidad de las conferencias previas al concierto (organizadas por los conservatorios de Oviedo y la Universidad) para un alumnado que además de formarse ya es parte importante de un amplio público aficionado a este periodo de la historia de la música que continúa joven.

Como bien escribe mi tocayo sevillano: «La cantada —españolización del italiano cantata— nació de la evolución del villancico como la forma dominante de la música paralitúrgica en la tradición hispana. En un proceso que venía del siglo anterior, en el XVIII la italianización de la música en los templos españoles se aceleró: así, junto a las formas autóctonas, típicas de los villancicos, con estribillos y coplas a la cabeza, se añadieron recitados y arias; a la vez, la instrumentación cambió, adoptándose, no sin resistencias, los modernos violines, oboes, flautas y trompas».

Francisco HERNÁNDEZ ILLANA (ca. 1700-1780), natural de Alcira, fue maestro de capilla en la catedral de Burgos durante más de cuarenta años (de 1729 hasta su muerte), y ahí fueron concebidas las dos cantadas que abrían y cerraban el concierto. Antes había ocupado el mismo cargo en Astorga, pasando también por el Colegio del Patriarca de Valencia, en el que se han conservado un conjunto de nueve recercadas instrumentales salidas de su mano, una de las cuales se pudo escuchar tras la primera cantada. Con No más mundo, mi Dios, cantada al Santísimo (1768) y el grupo al completo ya escuchamos a Miguélez Rouco, aún «frío» pero con ese registro característico de alto más «natural» y buen alumno de Jaroussky. Bien el recitado con el aria algo tensa y el orgánico tapándole por momentos, sobre todo en las agilidades. En la Recercada a tres sobre el ‘Pange lingua’ se prescindió del traverso para un conjunto instrumental siempre cuidando la afinación correcta e intervenciones de unos músicos que mostraron buen entendimiento, una sonoridad compacta y el dominio de este estilo.

Permutando el traverso por un violín, más tiorba por guitarra (la única utilizada) disfrutamos a continuación de la Sonata en trío nº 3 en re mayor del yeclano Juan OLIVER ASTORGA (1733-1830), publicada en Londres en fecha indeterminada (quizás 1769) cuando el compositor triunfaba en la capital británica como virtuoso del violín, una obra como tantas suyas dedicadas al conde de Abingdon, su patrón inglés, escrita en tres tiempos y en el llamado «estilo galante» antes de su regreso a España, donde ingresaría como violinista en la Real Capilla. Impecable de tímbricas con una guitarra barroca dando mucho juego tanto en los excelentes punteos como en las rítmicas, el clave ornamentando con delicadeza, un cello bien ensamblado con traverso y violín en el mismo lenguaje del grupo, que en esta combinación nos brindaron una luminosa interpretación donde escuchar a cada uno con la presencia indicada.

El tercer compositor de la tarde sería un discípulo de Yllana, el burgalés Diego PÉREZ DE CAMINO (1738-1796), que trabajó como maestro de capilla en Santo Domingo de la Calzada y en Calahorra dejando una vasta producción con más de cuatrocientas obras, religiosas sobre todo como Aleph. Ego vir videns, lamentación del Jueves Santo, y la cantada El pastor amoroso, clara diseminación del estilo italiano en centros alejados de la corte en la segunda mitad del siglo XVIII. Con ellas volvía Miguélez Rouco más entonado, en tesitura más adecuada, buena dicción, expresividad y mando para el entendimiento con un ensamble sin el traverso y retomando la tiorba, muy matizada por todos con unos cambios de tiempo encajados, las agilidades sin apuros pero especialmente el momento con los dos violines pp en pizzicato casi rezando con el contratenor, realzando un texto al que la música del castellano elevó como debe ser en estas lamentaciones con un profundo y hondo «Jerusalem» cantado con el ropaje de toda la cuerda.

En El pastor amoroso, cantada al Santísimo, se reincorporaría al orgánico el traverso, aportando ese aire  de égloga pastoril que completa el recitado y enriquece un aria donde Alberto Miguélez estuvo muy cómodo, con una proyección suficiente y el ensamble más «comedido» en dinámicas sin perder nunca estas formas españolas que se acercaban a la llamada música teatral que Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764) tan unido a Oviedo ya aludía en 1726: «Las cantadas, que aora se oyen en las iglesias, son, en quanto a la forma, las mismas que resuenan en las tablas. Todas se componen de menuetes, recitados, arietas, alegros, y á lo vltimo se pone aquello que llaman grave, pero de esso muy poco, porque no fastidie» como bien recoge Vayón.

Y para cerrar otra cantada al Santísimo de Hernández Illana, Qué es esto, amor (1775), feliz recuperación de páginas donde todos redondearon una interpretación canónica tanto en el Recitado como en el Area (Vivo), la teatralidad que citaba el padre Feijóo y que analiza el musicólogo sevillano:

«Ese Grave con el que se cerraban las cantadas españolas por entonces distaba mucho de ser universal, pues hay cantidad de obras en que no figura e incluso en esas primeras décadas de la centuria podían escucharse cantadas ya solo con recitados y arias. En un proceso de secularización de ámbito europeo, el género entraría definitivamente en crisis cuando en 1750 Fernando VI prohibió la interpretación de villancicos y cantadas en la corte. Aun así, en muchos lugares continuaron componiéndose, abandonando por norma, eso sí, la complejidad formal de principios de siglo para reducirse a un recitado seguido de un aria».

De regalo una bella página italiana por parte de todos, corroborando las sensaciones de Miguélez Rouco  que irá ganando aún más cuerpo con los años y La Guirlande bien llevada por Martínez Pueyo, siempre magistral con el traverso y la buena elección de unos músicos excelentes, para rematar una sentida y triste velada en el inicio de abril.

LA GUIRLANDE:

Jesús Merino, Andrés Murillo (violines) – Hyngun Cho (chelo) – Ignacio Laguna (tiorba y guitarra barroca) – Jonathan Álvarez (contrabajo) – Joan Boronat (clave).

Luis Martínez Pueyo (traverso y dirección).

PROGRAMA:

Francisco HERNÁNDEZ ILLANA (ca. 1700-1780):

No más mundo, mi Dios, cantada al Santísimo * (1768)

I. Recitado – II. Area

Recercada a tres sobre el ‘Pange lingua’

Juan OLIVER ASTORGA (1733-1830):

Sonata en trío nº 3 en re mayor

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro

Diego PÉREZ DE CAMINO (1738-1796):
Aleph. Ego vir videns, lamentación 3ª del Jueves Santo *

F. HERNÁNDEZ ILLANA:

Recercada a tres

D. PÉREZ DE CAMINO:

El pastor amoroso, cantada sola al Santísimo (versión con traverso) *

I. Recitado – II. Area (Despacio amoroso)

F. HERNÁNDEZ ILLANA:

Qué es esto, amor, cantada al Santísimo * (1775):

I. Recitado – II. Area (Vivo)

* Recuperación histórica, estreno en tiempos modernos

dem lieben Gott

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Sábado 29 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: musicAeterna, Teodor Currentzis (director). Bruckner: Sinfonía nº 9 en re menor, WAB 109 (Ed. Nowak). Fotos de Pablo Piquero, RRSS y propias.

Oviedo sigue siendo «La Viena Española» y está en el mapa de las grandes giras como esta del aclamado Teodor Currentzis (Atenas, 21 de febrero de 1972) con una de sus dos orquestas: musicAeterna (la otra (Utopía) tras Barcelona y Madrid, contando con precios que pueden parecer altos (67€ y 59€ frente a los 148€, 122€ hasta 42€ en el Auditorio Nacional de la capital), pero que son asequibles incluso para melómanos venidos de todas partes, optando por este concierto carbayón antes que en la capital de España donde los hoteles están encareciendo y ahuyentando a tantos buenos aficionados que se acercan al Auditorio Príncipe Felipe y pernoctan en nuestra tierra, demostrando que apostar por la música y optar a Capital Europea de la Cultura en 2031 es siempre una inversión.

Probablemente este concierto del greco-ruso con esta «su orquesta», lo que le permite elegir a los músicos (ahí estaba nuestro Gabriel Ureña en los chelos) y ensayar a fondo cada programa -nada habitual en el resto del mundo- era el mejor reclamo para un auditorio con una entrada para la ocasión, grandes expectativas desde el anuncio de esta temporada y a lo largo de la semana con entrevistas y reportajes en los medios de difusión asturianos (aquí dejo un par de ellas).

En este tour español  de musicAeterna con Currentzis traían la Segunda de Mahler y la Novena de Bruckner, dos monumentos sinfónicos donde poder reconocer y disfrutar de este «orquestón» con una plantilla apropiada para afrontar estos gigantes del siglo XIX, emparentados por muchas circunstancias como contaba el propio director en la entrevista  para Codalario de noviembre pasado :

«Estas son el tipo de obras que, a mi juicio, crearon una nueva era del sonido y de la profundización en las emociones del ser humano. Son obras muy importantes y, para mí, son el punto de partida en la cronología del posromanticismo y expresionismo, porque después de La novena de Bruckner llega el silencio de la modernidad. Después de La quinta de Mahler llega la última batalla de la complejidad. Sencillamente son obras muy importantes, tanto para la orquesta como para el director, y este último debe determinar cuál es el camino correcto para reflejar y traer a la luz estos temas. Mostrar qué «significa» esta música».

También mi admirado doctor Ortega Basagoiti para Scherzo relaciona a los dos compositores, que para la obra póstuma e incompleta del organista de San Florián (Linz) a partir de los 10 contrabajos se puede calcular el volumen en todos los sentidos de esta «obra en el límite» como titula las notas al programa ovetense el compositor Alfredo Aracil, con 3 flautas, 3 oboes, 3 clarinetes, 3 fagotes, 8 trompas (5ª, 6ª, 7ªy 8ª = tubas wagnerianas), 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y la amplísima cuerda.

La Novena de Bruckner con dedicatoria «al buen Dios» (dem lieben Gott) quedó en tres movimientos pero está «completa», como flotando sublimemente y en última instancia en el éter (Currentzis mantuvo los brazos en alto más de diez segundos con un silencio respetuoso y emocionante) al final del Adagio ‘Lento, solemne’ tras una hora de ángeles y demonios, de luchas y victorias, de toda la espiritualidad benedictina del organista y compositor vienés, «la sencillez y la monumentalidad, la mística y la artesanía, los contrastes y el lirismo» como escribe Aracil, y con un Currentzis al frente de esta «misión posible» que emocionó a un auditorio puesto en pie al final del concierto. El director hace diez años ya confesaba en una entrevista a la asturiana Lorena Jiménez en Pro ópera (merece la pena leerla completa) que “La música es una cosa aburrida, es pura matemática. Pero la música adquiere vida cuando está envuelta de espiritualidad” y en este sábado primaveral estuvo clara la espiritualidad tan marcada de un maestro que no deja indiferente a nadie (sin entrar a calificarle de transgresor o egocéntrico).

El Feierlich, misterioso marcaría el rumbo a seguir, con una cuerda maravillosa sonando homogénea desde el primer compás tan desgarrador, compacta, rica en matices extremos que se mantuvo siempre presente incluso en los fff del resto. Pero toda la orquesta funciona a la perfección: equilibrada, empastada, con unos solistas de excepción (destacar a la flautista Anna Komarova y el oboe de Maxim Khodyrev) más unos metales que refulgen en los grandes momentos y encantan en los ppp, dotando a esta formación de una sonoridad rotundamente delicada (o delicadamente rotunda), junto a los siempre presentes y ajustados timbales de Dmitry Klemenok con un amplio juego de baquetas matizando cada intervención suya. Currentzis no necesita batuta ni podio, todo en él fluye como la propia partitura que apenas mira, se mueve para los fraseos en los violines (enfrentados) o los cellos que cuando los doblaban los contrabajos daban esa contundencia hasta en los momentos más delicados. Se retuerce, apunta con los dedos, exprime cada tema con una lectura interiorizada donde todos responden en un juego permanente de tensión-relajación hasta extremos casi imposibles.

Si el primer movimiento alcanzó momentos álgidos con un amplio catálogo de dinámicas, el Scherzo: Bewegt, lebhaft; Trio. Schnell sería aún más impactante. Currentzis juega con los acentos, empuja, juega con los cambios de aire con una viveza aplastante por momentos, dotando cada frase de protagonismo en una verdadera cascada de matices que parecían la lucha interior cual llamada a la inevitable muerte de Bruckner: ángeles y demonios, el misterio de una cuerda como poseída (impresionaba ver los arcos movidos con la máxima energía), con unos pizzicati en la cuerda incisivos, precisos y preciosos para mantener su presencia sin ser devorada por los metales, éstos capaces de sonar como un inmenso órgano lleno de registros (¡qué tímbrica alcanza con las tubas wagnerianas!) donde las lengüetas de la madera enriquecieron cada intervención, todos capaces de unos balances perfectos para escuchar todo lo escrito en el punto justo, exorcismos con pausas que invitaban a la reflexión por parte de intérpretes y público.

Y final con el Adagio ‘lento, solemne’, plegaria de violines, las variaciones con temas anteriores del propio Bruckner, la sección en forma de coral que él titula como “Abschied von Leben” (Despedida de la vida), los silencios inquietantes que subrayan lo siguiente: la incomprensión y el dominio de dinámicas con que Currentzis parece hipnotizar a todos. El final transmite esa paz que corroboró el maestro con todos «congelados» desde un sepulcral respeto antes de los atronadores aplausos y bravos.

Una Novena de Bruckner que se quedará en la memoria de todos los presentes y un hito más en este auditorio donde la música parece quedar impregnada en cada rincón que por momentos parece devolvernos la espiritualidad de tan grandes obras sinfónicas que en él hemos disfrutado. Currentzis se suma a mi listado emocional dedicado «al amado Dios» (dem lieben Gott).

PROGRAMA:

Anton Bruckner (Ansfelden, 4 de septiembre de 1824 – Viena, 11 de octubre de 1896):

Sinfonía n.° 9 en re menor, WAB 109 (1896)

I. Feierlich, misterioso

II. Scherzo: Bewegt, lebhaft; Trio. Schnell

III. Adagio: Langsam, feierlich

Alquimia para la primavera

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Domingo 23 de marzo, 19:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Sala de cámara: Primavera Barroca – Circuitos CNDM: Musica Alchemica, Lina Tur Bonet (concertino y dirección). Obras de Vivaldi y Bach.

En lo musical seguimos con la «Primavera barroca» aunque metereológicamente estemos aún en un invierno que vuelve a vender todo el aforo de la sala de cámara del auditorio ovetense, ideal para estas músicas, con un Diálogo entre iguales (como titula Pablo J. Vayón las notas al programa) de la violinista Lina Tur Bonet al frente de su formación Musica Alchemica.

Con dos grandes del Barroco rodados por una formación «ad hoc» volvía a Oviedo con «su ensemble» la violinista ibicenca en gira del CNDM, tras Sevilla (ayer) y Salamanca (mañana) con parada obligada en la capital asturiana en un viaje por la Ruta de la Plata, de norte a sur casi como Vivaldi y Bach. Siempre rompedora en sus proyectos, el éxito estaba asegurado de mano, y este maridaje ítalo-alemán lo explicaría antes del concierto, con Bach llenando las bibliotecas de Köthen y Weimar con partituras de Vivaldi al que conocería copiando su música (era cómo se estudiaba entonces), inspiradora y engrandecida por el kantor, pues la música instrumental sería en esos años el centro de su producción, por una vez sin tantas obligaciones litúrgicas y probablemente su periodo más feliz.

Abría el concierto la obertura de La verità in cimento, RV 739 de «Il Prete Rosso» con el orgánico al completo (que dejo al final de esta entrada), cartas sobre la mesa de esta «alquimia barroca» donde la afinación siempre es un problema, aún mayor por los cambios de temperatura, pero suficiente para comprobar el buen entendimiento entre los ocho músicos.

Con Marco Testori de solista y dos violines -no los tres- llegaría el Concierto para violonchelo en si menor, RV 424 donde lo interesante estuvo en la combinación tímbrica, aunque la afinación no siempre ayudó a este luminoso Vivaldi con el que Lina Tur Bonet siempre ha apostado por tempi casi al límite, que transmite a sus músicos, y mantendría en esta primera parte con ella de solista en el Concierto ‘Il grosso mogul’, retrotrayéndome a otro escuchado en Gijón. Entonces escribía para este concierto:

El RV 208 es una variante de la opus 7 nº 11 transcrita para órgano por Bach (BWV 594) con la novedad del movimiento central para el solista (Allegro – Grave Recitativo – Allegro) de un “recitativo sin palabras” sin perder el carácter virtuosístico del veneciano. Compuesto en los albores de la década de 1710 es un ejemplo del “hombre de teatro” con efectos especiales de todo tipo: ritornellos brillantes, ascendentes bariolages (técnica del arco que consiste en una rápida alternancia entre una nota estática y una que cambia, creando una melodía por encima o por debajo de dicha nota), solos sonoros y rudos junto a una velocidad exuberante en los pasajes más caprichosos, o la generación de melodías sobre armonías exóticas, todo sobre los patrones de un estilo resueltamente teatral donde tampoco falta el elemento visual incluyendo grandes movimientos de arco, articulaciones irregulares y abruptos cambios de posición, algo esencial para causar efecto y admiración incluso en nuestros días.

La versión de los «alquímicos» resultó mucho más libre y todo el virtuosismo y energía de la balear, las cadencias originales ejecutadas con rigor y enorme expresividad, el continuo uniendo clave, laúd, más chelo y contrabajo que le dan más «peso» y color, acelerandos bien entendidos por todos y un rotundo primer movimiento (aplaudid0 al finalizar), el intrigante y sentido Grave: recitativo, para rematar con un Allegro assai bien equilibrado llevado desde el violín con un dominio total de Lina Tur Bonet y mejor ubicado en esta primera parte -permutado con el de Bach del programa original-.

Pausa de quince minutos y un arreglo para cuerda realizado por Dani Espasa de la Passacaglia en do menor, BWV 582, contemporánea de Il grosso mogul en los años de Bach en Weimar como recuerda el sevillano Pablo J. Vayón, interesante apuesta para la ocasión con el orgánico casi al completo (sin laúd) y más contenido, buscando una sonoridad organística y fraseos casi de tecla destacando la viola de Paruzel, el kantor enlazando con el siguiente Vivaldi y el Concierto para laúd en re mayor, RV 93 que tiene versiones para mandolina o guitarra, esta vez con Jadran Duncumb (1989)de solista, bien técnicamente aunque por momentos quedase corto en presencia, pues está escrito principalmente como acordes, y el solista debe tocar arpegios basados en estos acordes aumnque también incluye partes importantes de lucimiento para los violines. El conocido Largo intermedio fue más mimado por el ensamble aunque todo el concierto estuvo en la línea de los grandes contrastes (tempo, dinámicas…) que el barroco pide y con el aire fresco que siempre insufla la directora y violinista a sus interpretaciones. Muy aplaudido el noruego, croata e inglés Duncumb.

Y cerrando el círculo nuevamente Bach con Tur Bonet interpretando el Concierto para violín, cuerda y continuo en mi mayor, BWV 1042, misma estructura tripartita utilizada por Vivaldi, de nuevo con más rigor y excelencia en la ejecución, llevando su ensemble por donde quiso pero sin obligar, transmitiendo dominio y magisterio, eligiendo unos tempi ajustados a las indicaciones donde nuevamente el Adagio fue entendido por todos con la grandeza del kantor mientras los movimientos extremos mantuvieron la exuberancia virtuosística y el balance apropiado para disfrutar de una solista madura, valiente y generosa.

De regalo un guiño al cambio climático y las condiciones de esta primavera invernal con el Presto veraniego de L’estate vivaldiano que muchos de los músicos presentes esta tarde han llevado al disco Se4sons  (emparejándolo con Piazzolla), el directo siempre único pero con la misma energía y libertad de Lina Tur Bonet a la que siempre es un placer escuchar en cualquier estación del año.

PROGRAMA

Primera parte:

Antonio VIVALDI (1678-1741):

La verità in cimento, RV 739 (1720): Obertura

Concierto para violonchelo en si menor, RV 424 (1) (ca. 1729):

I. Allegro non molto – II. Largo – III. Allegro

Johann Sebastian BACH (1685-1750):

Concierto para violín en re mayor ‘Il grosso mogul’, RV 208 (4):

I. Allegro – II. Grave recitativo – III. Allegro

Segunda parte:

J. S. BACH:

Passacaglia en do menor, BWV 582 (ca. 1708-1712, arr. para cuerda de D. Espasa)

A. VIVALDI:

Concierto para laúd en re mayor, RV 93 (3) (1730-1731)

I. Allegro giusto – II. Largo – III. Allegro

J. S. BACH:

Concierto para violín, cuerda y continuo en mi mayor, BWV 1042 (2) (ca. 1718)

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro assai

MUSICA ALCHEMICA:

Timoti Fregni y Valerio Losito, VIOLINES – Natan Paruzel, VIOLA – Marco Testori (1), VIOLONCHELO  – Margherita Naldini, CONTRABAJO – Jadran Duncumb (3), LAÚD – Matteo Messori, CLAVE.
LINA TUR BONET (2-4), CONCERTINO Y DIRECCIÓN.

Triángulo romántico

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Viernes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música para la primavera», abono 8 OSPA, Giancarlo Guerrero (director). Obras de Schumann y Brahms.

Un año después regresaba al podio Giancarlo Guerrero, el nicaragüense nacionalizado costarricense (y estadounidense) además de ganador de seis premios GRAMMY® en el apartado de música clásica (como director y percusionista- con una trayectoria más asentada en los EEUU pero cuya nueva visita a Asturias sigue abriéndole nuevos escenarios y formaciones donde compartir su entusiasmo, energía y vitalidad, esta vez con un programa muy romántico además de conocido por todo melómano y ya rodado por la OSPA con distintas batutas: las sinfonías «Primavera» de Schumann (1841) y la «Cuarta» de Brahms (1885), primera y última de cada uno de estos dos grandes.

En el encuentro previo el maestro Guerrero volvió a encandilarnos con su pasión, sabiduría, verbo fácil y elocuencia, comentando datos biográficos relacionados con las dos sinfonías elegidas y la conexión entre ellas, el «vacío sinfónico» tras la muerte de Beethoven, el miedo a escribir una nueva sinfonía con la comparación siempre humana por la sombra omnipresente del genio de Bonn (tan admirado por Schumann y Brahms), el amor inmortal por Clara que sería la viuda eterna, y Johannes casi un ermitaño tras la negativa de compartir destino quedando en una buena amistad, desdejándose, con la barba casi de mendigo y engordando en Viena con más cerveza que vino.

También el justo reconocimiento a Clara Wieck como gran pianista y compositora, la ayuda al joven Brahms en una apuesta -como debería ser normal también hoy en día- por los jóvenes talentos, el estreno en Leipzig de la sinfonía del primero dirigida por Mendelssohn y la cuarta del hamburgués que llegó a considerársela la décima de Beethoven, compartiendo el número cuatro porque superar al sordo genial era una osadía y casi un pecado (la maldición de las nueve llegó hasta el siglo XX), con una plantilla similar más el uso en ambas del triángulo, poco habitual y como percusionista que también es el director americano, haciendo chanza de la incorporación de bombo y platillos desde las guerras para aturdir al enemigo, siendo los primeros en caer en el campo de batalla, que usarían en muchas composiciones Mozart o el propio Beethoven (en su Novena) junto a los «timpani», más la curiosidad que yo aprovecho como símbolo para este triángulo romántico de Robert, Clara y Johannes, las dos sinfonías elegidas para un concierto que al menos no siguió el orden decimonónico tan transitado, optando por una sinfonía en cada parte, cómo es la elección del director invitado, que no siempre elige lo que le gusta sino con lo que se identifica y estudia, o cómo sigue descubriendo detalles tras 30 años dirigiendo esta «Cuarta», que demostraría haciéndola de memoria.

La Sinfonía «Primavera» de Schumann arrancó con esa fanfarria optimista y brillante de unos metales nuevamente acertadísimos junto a la aparición del triángulo, todo bien llevado por una batuta flexible que marcaba todo, una mano izquierda sobresaliente y la pasión que contagia Guerrero. De gesto preciso, claro, amplio, dando la confianza a una orquesta hoy comandada nuevamente por el suizo Benjamin Ziervogel, concertino invitado (demasiados años sin titular y hoy con Zorita de ayudante) que lideró a la cuerda homogénea, equilibrada, limpia y acertada. Esta sinfonía primeriza («Frühlingssymphonie» como aparece escrito ya en la primera página de una primavera aún por llegar cuando la escribía) es plenamente romántica y para nada juvenil, llena de vida en sus cuatro movimientos, retomando la calidad sinfónica de la OSPA bajo la batuta precisa a cada detalle, conteniendo sonoridades en los momentos delicados como en el Larghetto tierno, melódico como sus lieder, lleno de dinámicas ajustadas con una madera «cantando» siempre perfecta y dejando fluir a la cuerda; el Scherzo: Molto vivace arriesgado en el tempo y logrando hacer presentes la cantidad de temas contrastantes de este tercer movimient0, jugando con los acentos y cambios de compás, los fraseos, los aires beethovenianos en los metales, consiguiendo empastar a todos (bien las trompas y mejor la flauta de Myra Pears) con una batuta a veces estilete y otras florete con la que Giancarlo Guerrero fue tocando los resortes necesarios hasta el último Allegro animato e grazioso literal, para brindarnos una versión impecable de la Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, op 38 verdaderamente primaveral, primorosa, juvenil e impetuosa.

Antes del concierto confesaba el director americano lo novedoso de la «Cuarta» de Brahms por el juego de acentos que no consiguen el equilibrio sino la inestabilidad como de estar pisando arenas movedizas, con un inicio en el Allegro que arranca con dos notas como si ya hubiera sonado pasada una eternidad previa no escuchada, casi enlazando con lo inexistente. Última sinfonía del hamburgués que no se atrevió a estrenarla en una Viena tal vez demasiado exigente para las obras nuevas, sino en Meiningen dirigida por el propio compositor, y evidentemente esta cuarta lo era, sombría, compleja, de la que Marta García Tejido escribe en las notas al programa lo siguiente:

«El compositor decide presentar la obra antes de su estreno a su círculo de amistades entre las que se encuentra el crítico musical Eduard Hanslick quien muestra su disconformidad, solicitando al compositor la supresión del tercer movimiento y la reelaboración del último. Brahms confía en la solidez de su composición y sin realizar modificaciones la estrena de forma exitosa. El Allegro inicial presenta un complejo tratamiento a nivel textural y rítmico de los tres temas principales. El Larghetto imprime una sonoridad arcaica a través del uso del modo frigio medieval. Una passacaglia barroca inspirada en la línea del bajo del final de la Cantata BWV 150 de J. S. Bach articula el último movimiento. El tema es presentado por la sección de viento del que derivan una sucesión de variaciones con la que concluye esta titánica sinfonía».

Esta obra maestra la afrontó Guerrero con unos tempi perfectos para delinear cada movimiento, desde el casi etéreo Allegro non troppo, bien elegidas las dinámicas marcadas con la izquierda pero también con su batuta dibujante incluso en las subdivisiones, sensaciones inquietantes hasta cierto fatalismo trágico en la cadencia final. El Andante moderato en compás de 6/8 ya nos previno el maestro de las «trampas» en las acentuaciones, de cómo cada parte tiene su explicación, reflexiva e introspectiva, con otra «fanfarria» en las trompas (presentes) y maderas en equilibrio bien matizado, con uno de los temas más bellos de Brahms con recuerdos a «La Quinta de Beethoven», con unos pizzicati rotundos en la cuerda, presente, y la cita al «dios Bach» (este 21 de marzo celebrando su cumpleaños) recuperado por Mendelssohn y desde entonces idolatrado por el resto de los músicos. El  Allegro giocoso es una danza binaria, verdadero y único «scherzo» (aquí aparece el triángulo) en las cuatro sinfonías de Brahms, con toda la orquesta presentando el tema, empastada, juguetona como pedía el director, articulaciones precisas y ligera la sonoridad antes de atacar, ya con la batuta como verdadero sable, el último Allegro energico e passionato, literal por la energía y pasión de Guerrero, de nuevo la passacaglia bachiana (de la Cantata BWV 150) y las variaciones que fueron desgranando todas las secciones cómodas, confiadas, matizadas, dejando fluir este último movimiento de la más titánica y última sinfonía de Brahms, empujados a ese final siempre impactante.

Un triángulo romántico con dos sinfonías, primera y última, unidas en este concierto de éxito con Giancarlo Guerrero saliendo varias veces a saludar, siendo preocupante la poca asistencia de público  (hoy había Danza en el Campoamor) que está perdiéndose una temporada de madurez y buenos programas a cargo de la orquesta de todos los asturianos. A la espera de un concertino titular y acertar con una nueva gerencia que plantee y planee el mejor futuro deseado, personalmente me perderé el siguiente, séptimo de abono del próximo viernes con un programa de «Danzas sinfónicas» (donde participarán alumnos de 5º y 6º de enseñanzas profesionales de danza del Conservatorio Profesional de Música y Danza de Gijón), coreografía de Tono Ferriol, que recalará primero en Pola de Siero bajo la batuta del mallorquín Antonio Méndez.

PROGRAMA:

Robert SCHUMANN (1810 – 1856):

Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, «Frühling» (La primavera), op. 38

I. Andante un poco maestoso – Allegro molto vivace

II. Larghetto

III. Scherzo: Moltovivace

IV. Allegro animato e grazioso

Johannes BRAHMS (1833 – 1897):

Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98

I. Allegro non troppo

II. Andante moderato

III. Allegro giocoso

IV. Allegro energico e passionato

Enología musical

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Jueves 20 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis (piano). Obras de Beethoven, Larchner y Schubert. Fotos propias y ©Kharkiv Music Festival.

Tras los conciertos y conferencia vividos en Granada con la integral de las sonatas para piano de Schubert, el pianista británico Paul Lewis (Liverpool, 20 de mayo de 1972) regresaba a Oviedo tras su concierto del 26 de noviembre de 2014 (con las tres últimas sonatas de Beethoven), un estreno del austriaco Larchner y por supuesto el Schubert que no puede faltarnos.

Para un pianista cumplir años es como para el buen vino, y Paul Lewis es ya un «Gran reserva» que destila cada página que afronta, incluso engrandeciendo la misma aunque la interprete muy a menudo. Y además se convierte en el enólogo que crea vinos o un sumiller que nos hace degustar y saborear el vino por él elegido. Así la Sonata n° 5 de Beethoven fue un buen blanco para abrir boca, un excelente caldo lleno de contrastes en boca (y oído), comenzando con aromas brumosos (Allegro molto e con brio) que agitándolo antes de llevarlo al paladar (Adagio molto) sería dulce pero no empalagoso, resbalando con suavidad, y el último trago bien decantado (Finale. Prestissimo) nos dejaría con ganas de volver a llenar la copa, pues el británico es capaz de utilizar esta sonata joven para preparar el siguiente «vino de autor».

Siempre es emocionante asistir a un estreno absoluto, más con la Sonata para piano de Thomas Larcher (Innsbruck, 16 de septiembre de 1963), interpretada por su destinatario, Paul Lewis, un encargo de Chamber Music in Napa Valley en memoria de Maggy Kongsgaard, viticultora de ese valle junto a John Kongsgaard y fundadores de la californiana Bodega Arietta en Oakville (EEUU). En las notas al programa de mi siempre admirado Luis Suñén escribe del pianista y compositor austriaco que «(…) compuso en 2019 la obra Movimiento para Paul Lewis. Satisfecho con el resultado, decidió expandir ese movimiento y crear una sonata. Así, la nueva sonata incluye material de la pieza de 2019, pero se trata de una obra completamente nueva» cuyo estreno mundial tuvo lugar esta noche en Oviedo. También cita al propio Larcher:

«De vuelta a mis raíces
De vuelta al piano donde todo comenzó.
¿Qué es un pensamiento, una idea, un invento?
¿De dónde proviene la corriente de su desarrollo y qué la alimenta?
¿Qué es una idea? ¿De dónde procede? ¿De quién fueron las ideas que desencadenaron las mías? ¿Y de quién las suyas?
Al componer, uno es una interfaz en un circuito infinito e interminable de conexiones. ¿Dónde ir? ¿Dónde dejarse llevar?
¿Dónde se enciende la luz?»

Inmensa, en todos los sentidos, esta sonata del pianista y compositor austríaco, que personalmente fue como un piano que se hubiese empapado de toda la música que en él hubiese sonado y fuera destilando nota a nota cual trabajo de enología musical, y es que como respondiese mi amigo Juan Antonio Fernández de Bodegas Liberalia ( gran melómano que toca el violín a sus viñedos) a la pregunta de su enólogo «quiero vino que sepa a vino». Lewis con la partitura en una tablet sobre el atril, fue paciente y estudioso de cada detalle, con el paladar bien preparado tras el «blanco» antes de beberse esta cosecha para él plantada. Comentar que en música Crotchet se traduce como puntillo, alargar a una figura la mitad de su valor. El primer movimiento toma este nombre pero personalmente me sonó a coral luterano, casi bachiano, con una escritura «clásica» de tonalidades superpuestas, disonancias muy trabajadas junto a la fuerza del Beethoven previo bien colocado antes de esta sonata de piano que literalmente podría ser como «hacer sonar el piano» por todos los recursos utilizados, desde unos pedales que mezclaban esos aromas o tocando cuerdas apagadas en el arpa de la caja acústica. Más que una broma el  Scherzo, dotted crotchet, siempre con la indicación metronómica (= c. 70) tras el título y el título de «negra con puntillo» continuó con la experimentación tímbrica pero manteniendo aromas franceses (la evocación californiana de los viñedos galos transplantados) y hasta húngaros –Ravel con Ligeti como tipos de uva-, arpegios como lágrimas del vino corpóreo en copa, vidrio cristalino del piano rico en colores. El homenaje al siempre recordado pianista alemán fallecido en 2022 con 51 años volvía a retrotraerme a la fragilidad de la vida, la pérdida del gran pianista «caído antes de tiempo» (Fallen out of time, for Lars Vogt, Andante, crotchet = c. 66), cuerpo y alma, recuerdo y homenaje, multitud de sentimientos que transcienden los cinco sentidos pero con el tacto (y trato) delicado de Lewis capaz de elevar los decibelios sin aparente esfuerzo físico. Y para concluir la sonata una Toccata, Allegro, crotchet, organismo pianístico donde hubo un despliegue de sonidos buscados al detalle con clusters, punteos en la caja acústica y hasta puños o brazos sincopados sin perder un ritmo de subdivisión ternaria endiablado y hasta optimista tras los tres anteriores anteriores, destilando casi otra historia guardada en el piano. Un estreno mundial que podremos presumir de haberlo probado los primeros y que permanecerá en nuestra memoria auditiva como si fuésemos catadores musicales.

En Granada Lewis cerraba el «Ciclo Schubert» el 3 de julio en el Patio de los Arrayanes con esta sonata de la que escribí: «(…) con el lirismo sereno «que representa a la perfección las «divinas longitudes» schubertianas de las que habló Schumann», tristeza sin amargura y rebelión ante los augurios del último aliento. Las notas graves pintando sombras sobre las que los trinos son de negros córvidos que al levantar el vuelo parecen ruiseñores, Lewis abriendo y cerrando todos los sentimientos contenidos en la última sonata. Siempre me decanto por los tiempos lentos por lo que suponen de meditación, pensamientos propios, recrear los ajenos y volcarlos en unas músicas sin adornos, tan solo los mínimos para las pinceladas más sinceras independientemente del carácter». Lewis ama a Schubert «por su fragilidad, el realismo humano de su música, y por tratar todo tipo de cosas a las que nosotros nos enfrentamos todo el tiempo y a diferencia de Beethoven no siempre encuentra la respuesta» como le contestaba a mi querida Lorena Jiménez durante los Encuentros en el Festival de Granada del pasado junio. Si la noche del Patio de los Arrayanes en La Alhambra nazarí se unió para rendirnos al último piano de Schubert, el Auditorio de Oviedo volvió a sentir la magia pese a las toses impertinentes, los portazos, la caídas de programas y un maleducado comportamiento que me hizo temer lo peor ante la espera previa a cada movimiento del inglés, de gesto siempre contenido con las manos que hablan incluso antes de posarse sobre el teclado.

Ese tinto «Gran Reserva» que es la Sonata n° 21 en si bemol mayor, D960 (1828) de las «Bodegas Schubert» fue todo un placer sensorial, desde el tenue y delicado Molto moderato, el emocionante y para muchos centro de gravedad emocional de la obra (Andante sostenuto) que nos trajo la desolación en la mano derecha con la izquierda goteando de manera implacable un acompañamiento desgarrador y conmovedor de sobrecogedora sobriedad, calificativos dignos de un vino extraordinario, de esta obra pero también de su intérprete. Los tiempos lentos schubertianos no abandonan la tristeza pero la impregna de «un carácter más melancólico que trágico» que diría mi admirado doctor Ortega Basagoiti. El Scherzo: Allegro vivace con delicatezza aún más delicado, ligero y profundo tras el «vino de autor», la sempiterna melancolía o el presagio de la despedida que subyace en cada movimiento hasta el arrebato final, lleno de vigor, rotundidad, convencimiento y aceptación de la coda final en Presto para que Lewis soltase toda la riqueza pianística de tanta música atesorada en sus dedos y cabeza para este primer día de primavera en el calendario aunque invernal hasta en las sensaciones.

Curiosamente en Granada escribía de (re)avivar sentimientos y mantener mi admiración por un intérprete que continuará su camino hasta ser casi como un vino «Gran reserva» de una cosecha para vivir… y beber, que esta vez, y tras lo vivido (en cierto modo también bebido), quedó más que corroborado con mis referencias vitivinícolas de este concierto.

Y diría que como homenaje al recordado Lars Vogt, de regalo, cual vino dulce para el postre, Brahms y su Intermezzo op. 117 nº1 en mi bemol mayor (Andante moderato), monólogos como fueron descritos por el crítico Eduard Hanslick: piezas de «carácter exhaustivamente personal y subjetivo que impacta como una nota pensativa, gráfica, soñadora, resignada y elegíaca», un último sorbo para seguir empapando y envejeciendo de buena música esa barrica del Steinway© carbayón a la que aún le quedan muchas cosechas para degustar. Paul Lewis demostró ser el mejor enólogo musical en esta cata a media luz que quedará en los anales de las Jornadas de Piano.

PROGRAMA:

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sonata para piano n° 5 en do menor, op. 10, n.° 1

I. Allegro molto e con brio

II. Adagio molto

III. Finale. Prestissimo

Thomas Larcher (1963):

Sonata para piano*

I. Crotchet = c. 50

II. Scherzo, dotted crotchet = c. 70

III. Fallen out of time, for Lars Vogt, Andante, crotchet = c. 66

IV. Toccata, Allegro, crotchet = c. 176

(* Obra de encargo por Chamber Music in Napa Valley, en memoria de Maggy Kongsgaard. Estreno absoluto)

Franz Schubert (1797-1828):

Sonata para piano n° 21 en si bemol mayor, D960

I. Molto moderato

II. Andante sostenuto

II. Scherzo: Allegro vivace con delicatezza

IV. Allegro ma non troppo

Vetusta, 2025

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Sábado 15 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía (OFIL), Francesca Dego (violín), Lucas Macías (director). Obras de Jesús Rueda, Barber y Bruckner.

En este año 2025 se están celebrando los 140 años de la publicación de «La Regenta» (1884-1885) de Leopoldo Alas Clarín (1852-1901), un zamorano que retrataría para siempre a Oviedo como Vetusta. Por su parte el onubense Lucas Macías Navarro (Valverde del Camino, 1978) está leyendo musicalmente la Vetusta de 2025 con la orquesta ovetense que crece en cada concierto desde la titularidad en 2018 con el maestro, y este frío sábado de Cuaresma volvió a corroborar la total complicidad con unos músicos que afrontaron un programa variado y exigente como pocos.

Abría el concierto el estreno absoluto de Vísperas del madrileño Jesús Rueda, encargo de la propia OFIL junto a la Orquesta Ciudad de Granada (de la que el maestro Macías Navarro también es director artístico desde la temporada 2019-20), un «Mapa sonoro de Vetusta» que está escribiéndose de forma conjunta: primero «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense Raquel Rodríguez en noviembre de 2022, palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana; después «Vetusta» de la canaria Laura Vega, que renombré «Carbayonia» en enero del pasado año también con Macías Navarro, y ahora estas «Vísperas». Al onubense tendré que rebautizarlo como Alas Macías tanto por esta implicación con la gran obra literaria del que también fuese crítico musical fusionando Zamora y Valverde del Camino, ambos con Oviedo en el corazón.

La obra de Rueda en palabras del propio autor en las notas al programa «(…) fue compuesta en la primera mitad de 2024 gracias a un coencargo de Oviedo Filarmonía y la Orquesta Ciudad de Granada. Bajo la premisa del nombre Vetusta, creció un discurso orquestal que sugería ambientes y atmósferas sobre aquella poderosa novela de Clarín, La Regenta. Tal vez la imagen que más se fijó en la memoria del compositor fue la catedral de Oviedo, sus penumbras, los espacios resonantes, y esa enigmática hora en la que el tiempo se paraliza, entre el día y la noche, y que anuncia la hora azul, las vísperas. La obra se construye en bloques de diversa densidad y tímbrica. En un tempo de Adagio los motivos temáticos crecen, se transforman y se diluyen. Un canon inicial traza el hilo que se va deshilachando en las diferentes familias instrumentales. Permanece este hilo conductor a través de todos los bloques hasta el final de la obra, a veces mantenido por los solos instrumentales (flauta, violín) que sustentan la línea principal». El madrileño ya forma parte de muchos conciertos en Oviedo, tanto con la OSPA, la Filarmónica de Hamburgo o al piano de Noelia Rodiles, sumando ahora la OFIL que con Macías nos dejaron una  interpretación limpia, muy trabajada, asequible a todo aficionado (alguno olvidó el adelanto horario también a los sábados), sin necesidad de buscar en la percusión ambientes sonoros, la cuerda fue la neblina del atardecer en la catedral, más luminosa que una cencellada zamorana; todas las secciones ayudaron a dibujar el clima y magia del atardecer, y los solistas rindieron con la calidad de la propia partitura que Macías entendió, enseñó y tradujo en un estreno que engrosa la historia musical de la Vetusta clariniana de nuestro siglo XXI.

Tras casi 10 años volvía a los Conciertos del Auditorio, de nuevo con la OFIL la violinista italoamericana  y residente en Londres Francesca Dego (Lecco, 17 de marzo de 1989), con su violín Francesco Ruggeri (Cremona 1697) que volvió a convencer como entonces, musicalidad e impecable técnica que los años ayudan a madurar. En el Concierto para violín del estadounidense Samuel Barber (Pensilvania, 1910 – Nueva York, 1981) Dego mostró su versatilidad con una convincente interpretación y el sonido poderosamente cálido de su Ruggeri. Si en 2015 ya escribía del concierto El violín rojo que «me impactó y convenció desde la afinación previa con un sonido potente, de armónicos capaces de sobreponerse a una masa orquestal poderosa, con una técnica sobresaliente no ya en la mano izquierda sino con un dominio del arco que sacó del violín el verdadero espíritu del título de este concierto para violín y orquesta», con el de Barber en cada movimiento hubo total compenetración con una orquesta ideal en esta obra, caídas perfectas, empaste incluso con el piano del virtuoso Sergei Bezrodny (¡qué suerte tenerle aún en activo!), y Macías como excelente concertador.

Emocionantes los dos primeros movimientos, desde el inicial Allegro moderato contenido, fraseado, arropado por una cuerda compacta liderada por Mijlin, bien contestado y compenetrados, el clarinete de Inés Allué en la misma órbita pensativa y placentera de la melodía, cambios de tempo y pulsación perfectamente marcados por los timbales de Ishanda , metales empastados, y en general todas las secciones funcionando con amplias dinámicas sin perdernos nunca el violín solista; en el Andante destacar tanto los solos de trompa (Alberto Ayala) como de Bronte al oboe (se nota la «mano» del onubense) en comunión con el violín, dinámicas y tímbricas fusionadas manteniendo ese clima apacible antes de romperse en el movimiento final, rápido y virtuoso, un Presto valiente por parte de todos, articulaciones claras, dinámicas extremas siempre marcadas por Macías y respondidas unánimemente para una música nunca frívola y menos en la interpretación de Dego, con un final de los que levantan al público del asiento.

De regalo el Capricho polaco de la compositora y virtuosa del violín Graźyna Bacewicz (1909-1969), el sonido del Ruggeri inundando todo el auditorio desde la técnica pasmosa de Francesca Dego a la altura de la propia obra polaca, cierre perfecto para esta primera parte.

Me preocupaba la elección de la más que revisada cuarta sinfonía de Anton Bruckner (1824-1896) conocida como Romántica (1877-80. Ed. Leopold Nowak/Robert Haas) porque para todo director y orquesta es un auténtico reto cual toro de Miura (o Cuadri para los de Valverde del Camino) al que sacarle toda la casta para hacer una buena faena. No es políticamente correcto ser aficionado al llamado arte de Cúchares en nuestros tiempos, pero ya peino canas y viví muchas faenas televisidas con mis bisabuelas, así como en vivo en el hoy abandonado coso de Buenavista, en El Bibio gijonés y hasta en los «Carnavales del Toro» de Ciudad Rodrigo, así que con permiso de la autoridad competente (siempre quienes me leen), relataré la faena a este morlaco de nombre «Romántica» que se lidió en el auditorio ovetense con el diestro Macías Navarro y su cuadrilla carbayona en tres tercios con picadores (pues no se trataba de cualquier novillada sino de una verdadera alternativa), y tras la que el maestro saldría por la puerta grande rematando una faena donde hasta al toro le indultaron por su nobleza tras la impecable lección de buen magisterio y mejor hacer.

Con la OFIL bien engrosada, y engrasada por los requerimientos de «esta cuarta» (3 flautas con piccolo, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y platillos) aunque algo falta de  más efectivos en la cuerda, que no se notó por la mano izquierda del maestro templando las buenas y bravas embestidas de los metales, así como del esfuerzo de toda ella (¡bravo por las violas!), el Allegro ya presentó sus credenciales de delicadeza y potencia, reguladores para ir comprobando la querencia bien resuelta, con seguro arranque de las trompas, filigranas de cuerda, quites de la madera, embistes frenados con el capote, gustándose en el gesto para llevarlo hasta los medios y dejarlo listo para los picadores por parte del maestro en las tablas, con un Andante quasi allegretto bien templado, gustándose, sin forzar para mantener la bravura, chicuelinas de tronío con las maderas al quite y un tercio muy mantenido por emoción, matizada en cada pase.

Segundo tercio donde en el Scherzo el maestro dejó a «la cuadrilla» lucirse con las banderillas, trompas y trompetas (bravo Soriano) cazadoras, imperiales como las de John Williams, de aire juguetón y ligero, mirando al tendido tras dejarlas por todo lo alto, a pecho descubierto siempre controlando cada par el maestro valverdeño, maderas coloridas contrastadas y un auditorio conteniendo el aliento porque el toro quería cabecear pero sin derrotar por ningún lado, manteniendo la nobleza y el trapío antes del cambio de tercio.

Tras el brindis al cielo, muleta y espada de matar para el esperado «de la verdad», un Finale, con toda la cuadrilla atenta y el maestro dominador y dominando, naturales arrimándose siempre inmaculado, creciendo en cada pase, dejando respirar, con paso firme, templando, sabiendo de memoria por dónde iba a derrotar Romántica sin apurar más de lo justo. Pases sin enmendarse, mirando al tendido, el albero recordándome el «desierto arábico» del Lawrence Jarre, en medio del ruedo sin miedo, valiente, tocando suavemente los cuernos, amansando y apurando con todo un repertorio de pases y pausas sin necesidad de entrar a matar, pues la faena resultó tan noble como el enorme morlaco, y las emociones a flor de piel permitieron un triunfo sin sacrificio, con indulto y vuelta al ruedo para Romántica y salida del maestro por la puerta grande con ovaciones ya tomada la alternativa de matador con su cuadrilla a la altura del consolidado titular onubense que seguirá triunfando como primer espada en todos los cosos.

Musicalmente una Cuarta de Bruckner que ha puesto el listón muy alto, superado con éxito por una OFIL enorme en todos los sentidos y un Lucas Macías luchador, trabajador, comprometido, valiente, conocedor de las virtudes de sus músicos siempre flexibles y versátiles que están dando lo mejor en cada actuación tanto sobre el escenario como en el foso.

Larga vida al vienés renacido que sigue sonando cada día mejor y en más conciertos.

PROGRAMA:

Jesús Rueda (1961):

Vísperas

(Ciclo «Mapa sonoro de Vetusta». Obra por encargo de Oviedo Filarmonía y de la Orquesta Ciudad de Granada. Estreno absoluto.)

Samuel Barber (1910-1981):

Concierto para violín, op. 14

I. Allegro moderato
II. Andante
III. Presto in moto perpetu

Anton Bruckner (1824-1896):

Sinfonía n.°4 en mi bemol mayor, WAB 104

I. Bewegt, nicht zu schnell

II. Andante quasi allegretto

III. Scherzo. Bewegt; Trio. Nicht zu schnell. Keinesfalls schleppend

IV. Finale. Bewegt, doch nicht zu schnell

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