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Volodos de vidrio y cristal

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Domingo 9 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberi»: Arcadi Volodos (piano). Obras de Schubert.

Volvía al Auditorio de Oviedo, tras la cancelación por causas médicas del pasado 23 de diciembre, Arcadi Volodos (San Petersburgo, 24 de febrero de 1972) con algún cambio en el programa, tras el previsto para entonces que arrancaba con la D959 de Schubert -esta vez cerrando-, la Rapsodia húngara n° 13 de Liszt, que sería la segunda propina de este domingo, más Schumann con Davidsbündlertänze que se «caería» pero retomando para este monográfico de Schubert sus Momentos musicales junto a dos lieder en las transcripciones de Liszt. Las anteriores visitas del ruso fui reflejándolas en mis blogs (mayo de 2009, diciembre de 2012 con la OFil y de nuevo en estas jornadas de piano allá por noviembre de 2016). Si su musicalidad ya me asombraba entonces por la grandeza en todos los sentidos (la primera vez le describí como «monstruo del piano» por maridar fuerza y delicadeza), ahora con menos kilos y más años la hondura de este pianista sigue creciendo, ahondando y profundizando siempre en uno de sus compositores «de siempre» (desde los años 90), como fue este monográfico del no suficientemente valorado Franz Schubert.

Si el pasado verano en el Festival de Granada pude escuchar la integral de las sonatas para piano de Schubert por Paul Lewis (el siguiente en regresar a Oviedo el próximo 20 de marzo), el programa del ruso nacionalizado francés y afincado en España nos ofrecería varias páginas para completar un concierto que he titulado como «de vidrio y cristal» porque combinaba dureza y transparencia. Tomo también algunas palabras del asturiano Martín García García en sus notas al programa:

«Esencia del lenguaje schubertiano» que contiene «lirismo inagotable, modulaciones armónicas audaces, mezcla de ingenuidad y tragedia» para los Seis momentos musicales, D780 con los que iniciaba el recital, «el piano como símbolo de la expresión individual del alma humana, como un espejo que refleja el mundo real. Esta expresión se ve claramente reflejada en las últimas sonatas para piano (…)», y finalmente «con este programa (…) nos ofrece una inmersión profunda en el mundo de Schubert, desde la íntima belleza de sus momentos musicales y sus Lieder transcritos por Liszt hasta su monumental sonata. Un recorrido por la esencia misma del romanticismo temprano».

En mi caso quiero retomar la diferencia entre vidrio y cristal que reside en el proceso o tratamiento de los materiales, musicales para mi comentario, pues el cristal es un sólido perfecto, en cuanto a la estructura de las obras, frente al vidrio de estructura irregular, por los muchos contrastes tanto vitales de Schubert como interpretativos de Volodos. Aunque el vidrio está considerado como un cristal falto de terminación, puesto que son las mismas materias primas con distinto proceso de enfriamiento dando lugar a uno u otro, tiene que ver con el tiempo de enfriamiento de las materias. Paralelismo musical porque todas las obras  que escuchamos en este domingo están en la carrera del ruso desde sus inicios, y con los años ha logrado ese «enfriamiento» que puedo equiparar a la introspección lograda, el poso que da la madurez y manteniendo una técnica impoluta con sonidos amplísimos. Sigue como siempre siendo sobrio en apariencia, utilizando silla en vez de taburete, para reclinarse mientras su cabeza gira por momentos a la izquierda o al techo aunque su semblante refleja la intensidad con las cejas o el intimismo casi cerrando los ojos. También curiosa diferenciación entre vidrio y cristal pues habitualmente nos referimos a ellos indistintamente aunque para los profesionales el cristal «tiene mayor capacidad de refracción de la luz, lo que le da su característico brillo y claridad», su mineral se origina de forma natural , y así percibo el Schubert de Volodos, incorporando plomo en los fortísimos pero volviéndose transparente y delicado en los pianissimi, brillo y claridad.

Los seis momentos musicales resultaron en su combinación de tonalidades, aires y expresión, el mejor prólogo para lo que vendría después. Cercanos, casi como en un gran salón del auditorio con la luz tenue y la caja acústica reducida. Limpieza expositiva, búsqueda de sonoridades muy contrastadas donde el silencio (roto por un amplio catálogo de toses que no paró) fueron pura expresividad y preámbulo a cada uno de los momentos enlazados con los siguientes, ocupando toda la primera parte.

Todas las transcripciones realizadas por Liszt no son meras adaptaciones técnicas sino reinterpretaciones que permiten volver a descubrir páginas de sus cercanos (desde las sinfonías de Beethoven a los lieder de Schubert) que aportan más luz a los originales. Así, Martín García escribe que «La fusión entre ambos compositores –el lirismo de uno y la audacia y habilidad pianística del otro– da como resultado una de las más conmovedoras expresiones del espíritu romántico». La Litanei auf das Fest Aller Seelen D. 343 (de los Geistliche Lieder) recreada por Liszt (S. 562) fue una delicadeza en las manos (y pies) de Arcadi, cantar sin palabras sin perder la esencia lírica, la melodía siempre presente y arropada con verdadero mimo. A continuación Der Müller und der Bach (de Die schöne Müllerin) D. 795, n° 19 / Liszt, S. 565, n° 2, mismo intimismo y delicadeza de El molinero y el riachuelo convirtiendo esta primera parte en ocho momentos de recogimiento compartido, que la mala educación de unos pocos nos privó de disfrutarla todavía más.

Y la enorme Sonata para piano n° 20 en la mayor, D. 959 llenaría la segunda parte. Quiero dejar aquí lo escrito por mi admirado Rafael Ortega Basagoiti para Granada:

«El Allegro inicial (…) en la trágica tonalidad de do menor, arranca de manera rotunda, impregnado de un dramatismo que, aunque más serenado, persiste en el segundo motivo. Pese a la general inquietud de una música de gran intensidad, es sin embargo la calmada tristeza la que cierra el movimiento. El Adagio, en dos secciones, se abre de forma muy íntima, sin ocultar una delicada melancolía, que luego se torna más oscura e inquieta en la segunda sección. No se escapa de ese sabor dramático que transpiraba en el tiempo inicial ni, sobre todo en el final, de la tristeza. Tampoco lo hace del todo el bellísimo, pero también inquietante Menuetto. El Trio, calmado y muy hermoso, es también un canto de refinada nostalgia. El Allegro final, dramático como toda la obra, está presidido por un agitado ritmo de tarantela, que deviene turbulenta, con continuos cruces de manos del pianista».

Imposible mejor descripción que la del doctor para lo escuchado en Oviedo con esta sonata que Volodos lleva tiempo ahondando e interiorizando con el paso de los años, desde un arranque liviano, lleno de agilidades limpias, para seguir logrando los increíbles contrastes dinámicos extremos, de vidrio y cristal, pasajes llenos de cromatismos tormentosos, como el final que Schubert presagiaba, los silencios estremecedores, las pausas dejando vibrar hasta el último momento las notas desde los pedales, la vitalidad con los contagiosos ritmos del vienés… todo fue desgajándolo Volodos en el gran Steinway© ovetense, música agridulce con el Adagio que sigo encontrando místico, hasta el destino llamando a la puerta del Allegro último.

Atronadores aplausos de un auditorio casi lleno y la primera de las propinas que no podía ser otra que Schubert y el Minuet en la mayor, D. 334. Recobrar la luz y tranquilidad tras la estremecedora sonata anterior, el rubato casi chopiniano que subraya el romanticismo incipiente del compositor vienés. Y tras las aclamaciones de un público en pie todavía le quedaron fuerzas para afrontar la inmensa Rapsodia húngara n° 13 en la menor, S. 244/13 de Liszt, otra «tercera parte» como la de su paisano Sokolov en versión propia de este «poeta del piano» pletórico de virtuosismo, ritmo y plena madurez.

Tengo hace años la grabación que Volodos realizó en 2013 dedicada a Federico Mompou, y como presagiando la última propina, volaría desde Schubert y Liszt con un Pájaro triste digno del catalán (de  las «Impresiones íntimas» que conocí por Alicia de la Rocha). Un aleteo acariciador, roto por un teléfono móvil, parando en seco («yo puedo esperar» dijo el maestro), el catalán que sigue emocionando con la interpretación de Don Arcadio, poniendo otro hito kilométrico en estas Jornadas de Piano a la espera de mi tocayo inglés.

PROGRAMA

-I-

Franz Schubert (1797-1828):

Seis momentos musicales, D. 780 (op. 94)

1. Moderato, en do mayor – 2. Andantino, en la bemol mayor – 3. Allegro moderato, en fa menor – 4. Moderato, en do sostenido menor – 5. Allegro vivace, en fa menor – 6. Allegretto, en la bemol mayor

Franz Schubert / Franz Liszt (1811-1886):

Litanei auf das Fest Aller Seelen (Geistliche Lieder) D. 343/ Liszt, S. 562

Der Müller und der Bach (Die schöne Müllerin) D. 795, n.° 19 / Liszt, S. 565, n° 2

-II-

Franz Schubert:

Sonata para piano n° 20 en la mayor, D. 959

1. Allegro / 2. Andantino / 3. Scherzo. Allegro vivace – Trio: Un poco più lento / 4. Rondo: Allegretto – Presto

Sorpresas de doble o nada

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Jueves 6 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: «Vivaldiana, Antonio Vivaldi deconstruido». Forma Antiqva, Aarón Zapico (director). Obras de Vivaldi, Nebra, Händel y Boccherini.

Cada concierto de Forma Antiqva es una sorpresa, una apuesta nueva, un disfrute para el oído y una actualización de la música que sigue triunfando en sus interpretaciones, llenando un auditorio que les es fiel no solo por ser asturianos sino por la variedad de cada programa, y esta «Vivaldiana» con su formación  grande no dejó indiferente a nadie.

Las notas al programa de Alejandro G. Villalibre, tan originales como el propio concierto (que  dejo enlazadas), las titulaba «Vivaldiana: de digresiones, nexos y contrapiés» y recogía muchas frases del propio Aarón Zapico, desde «Para muchas obras tú puedes acudir a una estantería, cogerlas y escucharlas. Pero tú no puedes coger Vivaldiana» hasta las propias del doctor en Musicología: «Bienvenidos a un concierto diferente. Una experiencia irrepetible creada para refrescar y salirse de los esquemas clásicos del concierto», finalizando con «(…) cierre el programa, olvídese del ‘orden’, disfrute de lo que se presenta ante usted y luego, a la salida, relea todo. Y, probablemente, quién sabe, quedará más claro».

Son años siguiendo a los asturianos en todas sus combinaciones e incluso por separado a los tres hermanos, y si de algo pueden presumir es en la calidad de los músicos elegidos para cada proyecto, por lo que este nuevo reto casi celebrando el cumpleaños de Antonio Vivaldi (Venecia, 4 de marzo 1678 – Viena, 28 de julio 1741), me retrotrajo a su primera grabación de «Las Cuatro Estaciones» en Granada allá por 2011, que fueron un hito y continúan siendo un referente del «sello Zapico«. Esta vez toda una apuesta al doble o nada, ganada antes de comenzar con un orgánico para la ocasión (26 músicos) con  dobles trompas y oboes, dos chelos, órgano y clave, laúd-guitarra con viola de gamba pero también un fagot dando un colorido y protagonismo a muchos de sus músicos, algunos con reconocida trayectoria individual que acuden siempre a la llamada del «Zapico mayor» para disfrutar entre todos.

Dos partes siempre con Vivaldi protagonista y desarmando (Forma Antiqva lo «deconstruyen») varios de sus conciertos para dos instrumentos (origen primigenio del proyecto), sobre todo los de trompas y violonchelo, pero alternando con el bilbilitano José de Nebra, el anglo-germano Händel y hasta el hispano-italiano Boccherini, con un programa que dejo al final de esta entrada.

Así arrancaban en solitario las dos chelistas (Ruth Verona y Elisa Joglar) con un sonido rotundo, perfecta compenetración y el segundo movimiento del RV 531 como «aperitivo» y el primer tutti de la obertura de Nebra para imbuirnos del sonido propio y la amplísima paleta de color instrumental como en los asturianos es costumbre. El breve pero intenso paso por Händel volvería a jugar con los contrastes y matices extremos tan barrocos aunque revestidos de cierto pre-clasicismo por un uso controlado de los crescendi combinados con los ataques en los inicios de las frases.

Y para volver al «prete rosso» interesante la improvisación previa de Pablo Zapico al laúd antes de afrontar el Largo del concierto para laúd, dos violines y bajo, «cuerda mimada» con el sustento de Daniel Oyarzábal en el órgano y el contrabajo de Jorge Muñoz, casi susurrado por la dupla Jorge Jiménez (que tendría su mayor protagonismo en el otoño) y Daniel Pinteño, o el complicado Allegro del Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor, donde Alexandre Zanetta y Carlos González tuvieron que «domar» sus instrumentos naturales en primera fila (no así en el Larghetto-Allegro de la segunda parte ubicados en su inicial posición trasera junto a los oboes), antes de una improvisación al órgano previa al original y delicado Adagio molto otoñal con Jiménez al violín siendo sorprendidos por el poderoso Allegro de «Bajazet» al que sí seguiría una luminosa La caccia del otoño con silencios y un «tempo ad libitum» en el solo y un orgánico donde se añadieron las dos trompas, órgano y clave dando una sonoridad especial a esta estación «made in Forma» siempre distintas (y que bisarían sin el último Allegro), para finalizar esta parte con una bellísima improvisación al cello de la «cuarta Zapico» (como llamo a Ruth Verona), antes de los dos primeros movimientos de La Casa del Diavolo de Boccherini, otro guiño jugando con esa mezcla de estilos a caballo entre el barroco y el Sturm und Drang (por tormentoso e impetuoso) sin perder la esencia interpretativa de una formación poderosa en presencia instrumental pero llena de dinámicas y tímbricas, con el continuo, además de los teclados, del fagot de Joaquim Guerra, la guitarra y laúd de Pablo Zapico o la viola de gamba de Lixsania Fernández, junto a las apariciones puntuales de los dos oboes (Pedro Lopes y Jacobo Giráldez) redondeando un tutti orquestal multicolor.

La originalidad volvería rearmando parte del puzzle inicial pero con más incorporaciones como el Concierto para cuatro violines, cuerda y bajo en si menor, RV 580 al completo (y aplaudido al finalizar) donde Mirian Hontana y Sergio Suárez se sumaron a Jiménez y Pinteño en el cuarteto solistas en perfecta fusión tímbrica y estilística, independientemente de la calidad del instrumento, bien arropados por el resto de la formación, siempre con Aarón Zapico marcando dinámicas y tempi tan personales y asimilados por «sus músicos».

Y manteniendo casi siempre la alternancia de aires tan barroca, la otra obertura de Nebra sería el pegamento para escuchar los dos Allegri del RV 531 para los chelos, intercalados con el Andantino con moto de Boccherini, otra originalidad dentro del programa y nuevamente aplaudidas las dos solistas.

El remate con el regreso de las dos trompas a su concierto en fa mayor, el Larghetto-Allegro y el Andante sostenuto-Allegro assai con moto donde ambos solistas tuvieron que seguir «luchando» con la siempre traidora trompa natural pero solventando con musicalidad y empaste los difíciles ornamentos que el cura veneciano muerto en Viena escribió para este concierto que pareció presagiar al Haydn vital con la dinámicas y sonoridad que Aarón Zapico logró de esta orquesta homenajeando a Vivaldi en una original organización de las obras elegidas. Ya lo reflejaba el doctor Villalibre: «(…) A partir de ahí todo crece con obras de Nebra, Haendel y Boccherini “sin más ánimo que sean obras que tengan ese componente Vivaldiano de teatralidad, ritmo y pulsión dramática”, explica Aarón Zapico. Ese es, en definitiva, el nexo de unión del programa de hoy: la rapidez de ideas y dinámicas, los bajos poderosos y la celebración festiva de un estilo tan imprevisible y desacomplejado que nos permite desarmar el reloj, separar todas las piezas y volverlo a montar cambiándolas de sitio. Y sigue funcionando».

PROGRAMA

Primera parte

Largo

Concierto para dos violonchelos, cuerda y bajo en sol menor, RV531 Antonio Vivaldi (1678 – 1741)

Allegro

Obertura Iphigenia en Tracia José de Nebra (1702 – 1768)

Allegro – Menuet

Concerto grosso op. 6, n° 5 en re mayor Georg Friderich Händel (1685 – 1759)

Largo

Concierto para laúd, dos violines y bajo en re mayor, RV 93 Antonio Vivaldi

Allegro

Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor Antonio Vivaldi

Adagio molto

L’Autunno, RV293 Antonio Vivaldi

Allegro

De Bajazet, RV703 Antonio Vivaldi

Allegro La caccia

L’ Autunno, RV293 Antonio Vivaldi

Andante sostenuto – Allegro assai

La Casa del Diavolo, 1771 Luigi Boccherini (1743 – 1805)

Segunda parte

Allegro – Largo – Larghetto – Adagio – Largo – Allegro

Concierto para cuatro violines, cuerda y bajo en si menor, RV580 Antonio Vivaldi

Allegro

Obertura Vendado es amor, no es ciego José de Nebra

Allegro I

Concierto para dos violonchelos, cuerda y bajo en sol menor, RV531 Antonio Vivaldi

Andantino con moto

La Casa del Diavolo, 1771 Luigi Boccherini

Allegro III

Concierto para dos violonchelos, cuerda y bajo en sol menor, RV531 Antonio Vivaldi

Larghetto – Allegro

Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor Antonio Vivaldi

Andante sostenuto – Allegro assai con moto

Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor Antonio Vivaldi

Ángeles y demonios

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «A la memoria de un ángel»: Abono 6 OSPA, Carolin Widmann (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Ravel, Berg y Brahms.

Aún con frío invernal llegaba el sexto de abono de la orquesta asturiana con su titular y Carolin Widman (Munich, 1976) a quien ya escuchásemos con la OFil en un Prokofiev de calado allá por noviembre del 2019 «prepandémico», recordado por la violinista alemana (incluso el mismo camerino de entonces con sus muchas horas de estudio antes de debutar en Nueva York), y esta vez afrontando el siempre angustioso y agotador concierto „Dem Andenken eines Engels“ (A la memoria de un ángel) de Alban Berg, que tanto ella como el director nos contaron en el encuentro previo al concierto.

Tomo para esta entrada el título de «Ángeles y demonios», tanto por el homónimo de Dan Brown por novelesco y cinematográfico, como por los tantos cuentos infantiles donde la infancia no siempre es alegre, los niños verdaderos angelitos que pueden tornarse diabólicos, a fin de cuentas la propia vida entendida esta vez desde la música. Maurice Ravel escribió en 1910 una colección de piezas para piano a cuatro manos  «para los hijos de Mimi y Jean Godebski, a quienes leía cuentos infantiles. Un año más tarde, como terminó siendo distintivo de él, Ravel reelaboró la obra para orquesta, sacando a la luz una profundidad que había dejado oculta en la creación original. Las tímbricas, ampliaciones armónicas y el tratamiento textural elevan su denotado exotismo primigenio hacia una panoplia musical llena color y, por momentos, dramatismo sin pretensiones trágicas» como bien nos cuenta Israel L. Estelche en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras), esta suite orquestal donde saborear la ingeniosa orquestación de los cinco números, «marca de la casa» del vasco-francés conmemorando el 150 aniversario de su nacimiento con su música, siempre agradecida de escuchar y todo un reto instrumental que el maestro portuense llevó con aplomo, pinceladas de luz y alegría, para seguir constatando el buen momento de nuestra OSPA. Cada sección brilló y sonó compacta, gustándose en las intervenciones, con la cuerda esta vez liderada por el murciano Jordi Rodríguez Cayuelas, hoy también con el arpa de Mirian del Río y la celesta de Bezrodny, virtuoso como siempre, con un Pulgarcito gigantesco, la madera impecable (flauta, corno inglés, fagot…), metales redondos, casi como La Bella y La Bestia enamorándonos, y la percusión «en su salsa» porque momentos como esa Emperatriz de las pagodas ponen a prueba el virtuosismo y buen gusto en la búsqueda del timbre ideal, esos detalles tímbricos que enriquecen  toda partitura sinfónica. Si la orquesta es la paleta de colores para que el director pinte el lienzo sonoro, esta Ma mère l’oye  (Mi madre la oca) tuvo acuarelas, tinta china, óleo y hasta pasteles con los que ilustrar estos cinco cuentos donde hay un dramatismo subyacente más allá de ver crecer a los niños y hacerles disfrutar con relatos que todos conocemos, y que citando de nuevo al musicólogo y compositor santoñés, parece dar el hilo conductor al programa, pues «Berg y Ravel compusieron sus respectivas obras incentivados por su relación con la infancia y juventud, aunque por razones totalmente divergentes: la exaltación de la fantasía y la ternura de la infancia, y la muerte por enfermedad de una joven que comenzaba a vivir».

La muerte de un niño es siempre dolorosa, una tragedia que marcará los años siguientes, sobremanera para sus padres, por lo que el Concierto para violín (1935) de Berg es la expresión sin buscar comprensión de un hecho tan difícil de explicar o digerir (y que la OSPA con Milanov y Renaud Capuçon ya interpretasen en junio de 2014). Encargo del violinista Louis Krasner (y estrenado en el Palau de la Música de Barcelona el 19 de abril de 1936), sus dos movimientos son verdaderamente como  «ángeles y demonios». Escrito como un recuerdo tempestuoso más que homenaje a Manon Gropius, hija Walter Gropius y Alma Mahler, muerta de polio ese mismo año: el Andante-Allegretto es el testimonio de la feliz infancia, mientras el Allegro-Adagio que sorprendió al compositor en plena escritura, vuelca sus propias angustias y doloer en este concierto que pasó a titularlo «A la memoria de un ángel».

Las cuatro cuerdas al aire comienzan a (d)escribir con la madera la inocencia, narrado por el Guadagnini (1782) de una Widman con esta joya capaz de sacarle nanas y gritos desgarradores, viniéndome la imagen del ángel caído en el Retiro madrileño. Coelho  sabemos que es buen concertador y el concierto mantuvo el carácter desgarrador en la orquesta que es el telón de fondo sonoro para este concierto donde sería la muniquesa quien volcó, desde su técnica impresionante, una interpretación interiorizada, sentida, compungida hasta en su gestualidad corporal, dobles cuerdas, arco rompedor por momentos, pizzicati punzantes y todo un catálogo de recursos que en sus manos parecen contagiarnos cada expresión. «El dolor de Berg se muestra (…) a través de unas melodías dramáticas, amplias, suspendidas y cantábiles, extrayendo todo el potencial diatónico del sistema dodecafónico. Unas características que muestran la influencia de Brahms y Wagner (y, por supuesto, Bach) inculcadas en la enseñanza de Schoenberg» de nuevo tomando las palabras de López Estelche para un concierto exigente que deja exhaustos a todos, con el coral „Es ist genug” (Es suficiente) de dios Bach, «desde las profundidades más bajas hasta las alturas sublimes» dejándonos un hilo de esperanza en el más allá, por lo que resultó comprensible la ausencia de propina pese a los muchos y merecidos aplausos a la solista alemana de un público nuevamente poco numeroso en el auditorio ovetense (y esta vez no había más oferta).

Melodías expresivas en la primera parte que continuarían con la Tercera Sinfonía (1883) de Brahms, para muchos, entre los que me incluyo, su mejor sinfonía por grandeza, fuerza y bella como Dvořák destacaría tras escuchar el primer y último movimiento interpretados por el compositor en una visita a la capital austríaca, que también recogen las notas al programa. Cuatro movimientos afrontados con valentía y seguridad por parte de Coelho que insufla a la orquesta el empuje y confianza para una interpretación de muchos quilates. Gesto claro, preciso, con una mano izquierda que maneja las dinámicas y balances para poder escucharse todo en su plano. En el Allegro con brio ya pudimos comprobar la línea a seguir, sonido compacto y limpio (puede que eche de menos añadir una tarima para los cuatro contrabajos que ayuden a cargar los siempre necesarios graves), solos donde los primeros atriles marcan la expresión bien arropados por el resto, matices amplísimos desde unos pianissimi con calidad hasta los siempre necesarios fortissimi que nunca resultan estruendosos, destacando que en esta tercera los finales no son poderosos sino delicados como bien resaltó el titular portugués, buen maestro de ceremonias capaz de expresar de palabra y aún mejor con la música la belleza del compositor alemán. El Andante emocionó con el clarinete inspirado de Andreas Weisgerber pero especialmente el conocido Poco allegretto fue una cascada de lirismo, desde los cellos al solo de trompa de José Luis Morató, el Brahms romántico a más no poder, para acabar con el Allegro valiente en el tempo, jugando con los contrastes, en una interpretación coherente, bien delineada  con contrapuntos destacados  al detalle (de nuevo ‘dios Bach’ en la estructura), el melodismo puro del mejor sinfonismo germano con la sinfónica asturiana.

Y la próxima semana un estreno de David Moliner más el sexteto Capriccio, op. 85 y Una vida de héroe (de R. Strauss), nuevamente con Nuno Coelho y el regreso de Simovic como concertino, un plus de energía para cerrar febrero, que contaré desde aquí.

PROGRAMA

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

«Ma mère l’oye»: Suite

I. Pavane de la Belle au bois dormant – II. Petit Poucet – III. Laideronnette, Impéra- trice des pagodes – IV. Les Entretiens de la Belle et e la Bête – V. Le Jardin féerique

ALBAN BERG (1885 – 1935):

Concierto para violín «A la memoria de un ángel»

I. Andante – Allegretto / II. Allegro – Adagio

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90

I. Allegro con brio – II. Andante – III. Poco allegretto – IV. Allegro

De sópitu

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De Sópitu. Forma Antiqva, Pablo García-López (tenor), Aarón Zapico (idea, selección musical y arreglos). Sello: Zapico Records. Tiempo total: 61:30. Libreto en asturiano, castellano e inglés. Ref.: ZAP001

(Reseña escrita desde el teléfono y enviada a LNE del viernes 21, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

En la tarde de ayer jueves se presentaba “De Sópitu” en la Sala de Cámara del auditorio ovetense el último trabajo de Forma Antiqva, con sello propio en el amplio sentido de la palabra, y en el mismo lugar donde se realizó la grabación el pasado mes de junio con la producción de Fernando Arias (sentado entre el público) que salía a la venta y ya pude escuchar con detenimiento.

Aarón Zapico, el ideólogo de este proyecto (del que ya disfrutaron en vivo durante el Festival Internacional de Santander allá por junio de 2023 en Torrelavega y Noja , más en el ciclo CIMCO el pasado 13 de junio), estuvo acompañado por sus dos hermanos Pablo y Daniel, junto a Ismael G. Arias y la periodista María Herrero ejerciendo de presentadora y amiga de todos (también estudió música con los Zapico), sonsacándoles algunos secretos e interioridades de este trabajo, desde la selección, búsqueda en archivos, descartes y aciertos, hasta la recuperación del rigodón de Santiago de Murcia, titulado La asturiana, en la Biblioteca Nacional por parte de Pablo, que junto a Daniel la reconstruyeron (e interpretaron en vivo).

No faltó el hermanamiento de las Cuencas con el socarrón Mael añadiendo anécdotas de su Teverga y los ancestros de unas canciones sin fronteras, el garrotín más asturiano (cantado por la Lola con El pescadilla) y Beethoven cuya marcha escocesa seguro “ye nuestra”, pues la historia bien pudo pasar por Requejo (el alcalde de Mieres Manuel Álvarez, también presente en la sala, asentía y sonreía).

Producto de los Zapico de principio a fin, desde la grabación en la propia sala de cámara con el “sonido Arias” impecable con discográfica propia, un libreto trilingüe (asturiano, castellano e inglés) y las bellas fotos y diseño de Ricardo Villoria.

Música inédita, fresca, valiente y original en su concepción, música que nos pertenece a todos desde la óptica siempre abierta de la formación asturiana, con aires barrocos siempre tan actuales, el disco recoge 24 cortes alternando páginas instrumentales y vocales con el “fichaje” del tenor cordobés Pablo García-López (el último Don Basilio de las bodas mozartianas en la Ópera de Oviedo) a quien habrá que adoptar para la gran familia Zapico que sigue creciendo y enriqueciendo un repertorio de lo más exportable, muy recordado en la presentación (cantando estos días “La flauta mágica” en Tours), quien nos dejó grabado en vídeo un afectuoso saludo desde la ciudad francesa, con la gratitud y toda su entrega, además de la emoción vertida en este proyecto desde sus inicios.

Interesante la selección y arreglos de distintos temas del folklore asturiano, cántabro, leonés y hasta irlandés, la inspiración desde los tiempos de estudiante en La Haya del mayor de los hermanos, donde pudo beber de las fuentes originales que incluían la herencia de la llamada música popular, el folklore que ya utilizaron Händel (Sinfonía de los pastores), Purcell (Danza de los marineros) o Matteis (Danza según el humor escocés), pero también nuestros Martín Codax (Ondas do mar de Vigo), Gaspar Sanz (Marionas), Santiago de Murcia (Rigodón) y si me apuran hasta el mismísimo Rimsky-Korsakov con la Alborada y el Fandango que también aparece “De repente”, páginas que estaban esperando en carpetas desde 2016 para crecer en Pandemia y finalmente salir para hacerlas sonar. También pudimos ver un par vídeos de la grabación (más el tráiler de promoción en las redes sociales) donde seguir disfrutando del repertorio atemporal que se ha reunido en este disco compacto.

La alternancia de temas nos dejan unas combinaciones plenamente internacionales, instrumentalmente con el cello de Ruth Verona, a quien hace tiempo le cambié el apellido por Zapico (es la “cuarta hermana” de la formación de los langreanos desde los inicios), capaz de emocionarnos en un canto melancólico introductorio alternando con el rítmico de la muñeira de Chantada donde las flautas del astur-leonés Alejandro Villar aportan ese matiz celta (comentado por Ismael con el asentimiento de Lisardo Lombardía (uno más entre el numeroso público asistente). Las músicas que Aarón Zapico recogió, tras consultar con Mael, su hija Sara, Miriam Perandones o Héctor Braga, amalgaman páginas reconocibles por todos los “omnívoros musicales” que siempre tenemos presente lo cercano, «desentrañando las raíces» de unas melodías tan apegadas al terruño. Por supuesto la percusión de Pere Olivé, otro “imprescindible” de Forma Antiqva junto a los tres hermanos (Aarón en el órgano, Dani con la tiorba y Pablo a la guitarra barroca y el archilaúd), redondean el orgánico de este proyecto que patrocinado por la Consejería de Cultura, Política Lingüística y Deporte del Principado de Asturias ya queda para la posteridad de nuestro patrimonio.

Punto y aparte merece el tenor cordobés, ya adoptado porque parece de Mieres por su impecable dicción y musicalidad (“El señor cura de la Piñera”, “Tengo al mio Xuan en la cama” o esa joya intimista que es “¡Que m’escurez”), recitando “Una fatal ocasión” (mientras suena por debajo “Mangas verdes” y “La giga de nadie” de John Playford), junto a la emocionante interpretación de “Santa Barbara bendita” que cierra el disco (y la presentación en vídeo), pero igual de bien con el galaicoportugués del trovador Martín Codax (con Villar a la zanfona) y hasta el inglés del “Danny Boy” gaitero rezando por las montañas y casi invitándonos a tomarnos unas pintas (o unos culines en Requejo).

De momento lo podrán escuchar en Córdoba aunque los Zapico no paren: una “Vivaldiana” el próximo 6 de marzo en Los Conciertos del Auditorio o ya el 1 de julio en una romería gijonesa dentro del Festival de Música Antigua. Lo que sí podemos decir, con más de 20 años a la espalda, como preguntaba María, Forma Antiqva son «Marca Asturias» y un activo a mimar plenamente exportable.

Magisterio del piano

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Miércoles, 12 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Tchaikovski.

(Crítica para LNE del viernes 14, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Llegaba en gira, y de nuevo con Oviedo en el mapa musical, el pianista uzbeko Yefim Bronfman (Taskent, 1958), una de las leyendas vivas junto a un Sokolov que lo hará el próximo domingo. Aunque afincado en Nueva York tras ser recriado en Israel, está claro que aún seguiremos hablando de la «Escuela rusa» porque ambos pertenecen a ella en estos tiempos de globalización también en el piano, pero lo que se recibe en la infancia parece permanecer en estos grandes.

El programa que traía Bronfman a la capital asturiana, a quien también podemos nominar para capitalidad del piano al haber pasado por ella toda la élite nacional e internacional, se convertiría en una clase magistral de repertorio e interpretación con un músico por el que no pasan ni pesan los años, poso en cada página sumado al virtuosismo atesorado cada día, dándole una fama bien merecida, con titulares como «técnica imponente, su potencia y sus excepcionales dotes líricas son reconocidos constantemente por la prensa y el público», y así lo corroboramos en un auditorio con buena entrada.

Abrir con Mozart y su Sonata nº 12 en fa mayor, K. 332 (1783) fue la primera lección por una ejecución más allá de lo académico: Allegro brillante,  Adagio lírico y quasi operístico, más el Allegro assai vertiginoso, con ímpetu juvenil, amplio de matices y de sonido prístino.

Siguiente capítulo de magisterio con Schumann y la Arabeske, op. 18 (1839), no solo un ornamento o estilo de contornos figurados, florales o animales utilizados para crear intrincados patrones inspirados en la arquitectura árabe, también un término de danza, una posición de ballet, donde una simple melodía aparece tres veces, interrumpidas por dos pasajes en modo menor donde la melodía no cambia en cada aparición, pero sí nos obliga a reevaluar la figura, como si nuestra visión cambiara cuando se ve a través de las diferentes sombras que proyectan los pasajes intermedios. Un paréntesis emocional entre los problemas del alemán con su amada Clara, verdadero quejido de un artista obligado a trabajar para comer, sin espacio para la imaginación, pero con mucha magia en este corto trabajo de subsistencia que Bronfman interpretó desde una pasional intimad, subyugante en dinámicas.

Tercera etapa en este viaje cronológico, Debussy y tres Images del segundo libro (1911), que puedo calificar de caleidoscopio sonoro pues al francés no le gustaba le asociasen con impresionistas ni simbolistas, aunque su música busque pintar con el sonido, algo que también Schumann reflejó con la frase «El pintor puede aprender de una sinfonía de Beethoven, así como el músico puede aprender de una obra de Goethe». Desde un piano distinto en sonidos hasta entonces lejanos (la inspiración en el gamelán de Java es destacable), Bronfman dibujó óleos, acuarelas y hasta plumillas coloreadas con las Campanas a través de las hojas, la flotante luna luminosa sobre un templo oriental, o Peces dorados, reflexiones acuáticas brillantes y evocadoras, tres cuadros sonoros de pinceladas variadas con un pedal siempre en su sitio, arpegios perlados y la música pintada con el Steinway© ovetense en las manos (y pies) del uzbeko.

Descanso necesario para retornar a la madre patria donde no podía faltar Tchaikovski, al que parecen llevar en los genes tantos pianistas de su generación (Sviatoslav Richter, Shura Cherkassky, Mikhail Pletnev o Sokolov), todos compatriotas y exiliados de la extinta Unión Soviética. El compositor definió su Gran Sonata en sol mayor, op. 37 (1878) como «de perfección inalcanzable», poco frecuentada por los pianistas por «incómoda»  al estar escrita con una reconocible concepción orquestal contenida en el instrumento solista, algo que escuchamos continuamente, y achacándole la falta de familiaridad con la técnica virtuosa del piano, olvidando que también fue un pianista talentoso. Bronfman es todo, virtuoso y talentoso, capaz de afrontar las colosales dificultades que plantean los cuatro movimientos, inaccesible para la mayoría de jóvenes intérpretes. Sonata que requiere además de toda la técnica al servicio de la partitura, una inteligencia musical que el uzbeko demostró sobradamente. Inmenso su esfuerzo, visión llena de pasión, fuerza, melodismo sinfónico por sus amplísimas dinámicas y reminiscencias de todo lo antes escuchado, claridad y equilibrio, cercanía sin gestos para la galería, concentración y toda la energía en una interpretación de máxima entrega.

Aún quedaban fuerzas y ganas para no una sino tres propinas (Sokolov puede llegar a seis) donde seguir demostrándonos su magisterio. De nuevo Tchaikovski y de «Las Estaciones» elegir la Canción de otoño (Octubre), un aire más fresco tras la grandiosa sonata. Con ímpetu juvenil su estudio Revolucionario de Chopin fue de una vertiginosa ejecución en la mano izquierda sin perder nunca el primer plano de la derecha. Y qué mejor que terminar con otro ruso emigrado a los EEUU como Rachmaninov y del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 la majestuosa y rotunda alla marcia para seguir sentando cátedra desde el piano y reivindicar la capitalidad de Oviedo en el universo musical donde no faltan leyendas como Yefim Bronfman.

PROGRAMA:

-I-

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sonata n.° 12 en fa mayor, K. 332

I. Allegro – II. Adagio – III. Allegro assai

Robert Schumann (1810-1856):

Arabeske, op 18

Claude Debussy (1862-1918):

Images (Imágenes), 2e série:

1. «Cloches à travers les feuilles» (Campanas a través de las hojas)

2. «Et la lune descendre sur le temple qui fut» (Y la luna se pone sobre el templo que fue)

3. «Poissons d’or» (Peces dorados)

-II-

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Gran sonata en sol mayor, op. 37

I. Moderato e risoluto – II. Andante non troppo quasi moderato – III. Scherzo: Allegro giocoso – IV. Finale: Allegro vivace

El piano universal

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Miércoles, 12 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Tchaikovski.

(Reseña desde el teléfono para LNE del jueves 13, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Comienza una semana muy musical donde disfrutar con dos pianistas que son leyendas vivas: el próximo domingo a las 7 de la tarde Don Gregorio Sokolov, y este miércoles el uzbeko Yefim Bronfman (Taskent, 1958), recriado en Israel y afincado en Nueva York, que resume un pianismo absoluto que destila y aúna lo mejor de la escuela soviética, centroeuropea y estadounidense en un recital cual compendio de universalidad y máxima excelencia.

En esta cita ovetense venía desde Alicante trayéndonos un programa variado y cargado de calidad con músicas de Mozart, Schumann y Debussy, para concluir con el poco programado monumento pianístico que es la Gran Sonata en sol mayor de Tchaikovski. Un recital para seguir sumándolo a la historia ovetense del piano que quedará en nuestra memoria de melómanos.

Primero el inicio para saborear buena parte de la historia del piano: la Sonata 12 en fa mayor de Mozart, brillante y juvenil, la Arabeske de Schumann, intima y pasional, más la segunda serie de las Imágenes de Debussy, caleidoscopio sonoro de campanas, luna luminosa o dorados peces. Una completa lección magistral de tres épocas (clasicismo, romanticismo e impresionismo) desde el universo multicolor de las 88 teclas, que Bronfman fue desgranando con una perfección estilística llena de timbres cincelados en cada nota o frase, potencia escalada de amplios matices, colores, y sobre todo el magisterio y poso que dan los muchos años de minucioso trabajo.

Segunda parte con la rocosa sonata de Tchaikovski, plagada de colosales dificultades en sus cuatro movimientos que la hacen casi inaccesible a la mayoría de intérpretes. El compositor la definió como «de perfección inalcanzable», máximo virtuosismo que requiere de una inteligencia musical que solo se alcanza con el tiempo para poder recrear toda la expresión  y sabiduría, además de mucha sensibilidad para esta apasionada obra con aromas del anterior Schumann o de Beethoven. Bronfman nos dejó una ejecución clara, equilibrada, perfecta desde la cercanía, sin excesos gestuales pero volcado y virtuoso, con toda la expresión del compositor ruso y la entregada interpretación del uzbeko, que pone la técnica siempre al servicio de la Música con mayúsculas.

Espléndidas y espléndido Bronfman aún con fuerza para las tres propinas: más Tchaikovski en Octubre («Canción de otoño» de Las Estaciones), el implacable e impecable Revolucionario de Chopin y para terminar con «alla marcia» del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 de Rachmaninov. Oviedo también capital del piano.

Cumbre pianística en Oviedo

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Esta semana sonará el piano con dos grandes.

Las Jornadas de Piano Luis G. Iberni reúnen a dos pianistas legendarios: Yefim Bronfman y Grigori Sokolov que estarán en el Auditorio «Príncipe Felipe» los próximos días 12 y 16 de febrero respectivamente.

·        Bronfman es ya un pianista legendario y sus recitales en nuestro país son todo un acontecimiento. Ofrecerá un programa con obras de Mozart, Debussy, Schumann y la «Gran Sonata en sol mayor» de Chaikovksi.

·        Regreso siempre esperado a las Jornadas de Piano del pianista ruso, nacionalizado español, Grigory Sokolov, leyenda viva del piano y considerado por la crítica internacional como el mejor pianista de nuestro tiempo. Ofrecerá un programa con obras de W. Byrd y J. Brahms, siempre sorprendiendo y con la “tercera parte” que suele ser el sumum…

G de SwinG

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Domingo 9 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos de Invierno, «George Gershwin: el puente entre la música clásica y el jazz». Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Henar F. Clavel (piano), David Colado Coronas (director).

Como bien se titulaba este concierto, George Gershwin es el puente entre la clásica y el jazz, o si se prefiere, la traslación sinfónica de la única música genuinamente estadounidense. El catálogo del pianista y compositor nacido en en el barrio neoyorquino de Brooklyn abarca muchas obras que hoy consideramos standards por lo conocidas que son en múltiples versiones, con muchas utilizadas en el cine -como las dos últimas de este concierto dominical- y verdadero avance al alcanzar el repertorio sinfónico, sin perder de vista que nacieron para las llamadas Big Bands, así que poder escucharlas por la Banda de Música «Ciudad de Oviedo» fue casi acudir a la fuente original, incluso con los arreglos del compositor y clarinetista belga Cornelius Marcel Peeters (1926-2020) o del japonés Naohiro Iwai (1923-2014), buenos conocedores de la instrumentación para banda que han hecho llegar repertorios «clásicos» a estas formaciones, verdadera auténtica cantera musical de ayer, hoy y siempre.

La Obertura Cubana calentaba motores con aires caribeños en aquellos tiempos donde La Habana era el gran casino de los yanquis, ritmos y melodías que nos recuerdan a melodías como El Cumbanchero o El manisero con clarinetes y saxos «emulando» a los violines sinfónicos junto a una percusión algo lejana pero manteniendo el empuje de esta página.

Aún recuerdo el año 1982 donde aprovechando el Mundial de Fútbol se representó por vez primera en el Campoamor la ópera Porgy and Bess con tantas melodías que han ido tomado vida propia en todas las versiones, así que el arreglo del músico belga estuvo más cercano al swing natural que a la lírica, de nuevo con una banda bien ensamblada, una percusión ajustada y bien cuidados los distintos temas por parte del maestro Colado.

Otro tanto sucede con Un Americano en París donde la película con Gene Kelly permanece en nuestra memoria. El músico japonés rehace esta página del neoyorquino dándole la magnificencia que otorga una banda sinfónica con contrabajo y arpa «de teclado» (a cargo de Lisa Tomchuk) más todo el poderío de los metales, un arreglo que nos permitió disfrutar de los excelentes solistas de la banda ovetense (muy bien la saxofonista Helena Maseda y la percusionista Susana Escaño con la bocina y flauta de émbolo), y un sonido compacto además de contundente en todas las secciones.

Y en este puente jazzístico desde la banda llegaba la Rhapsody in Blue, también muy cinematográfica en «Fantasía 2000» de Walt Disney, en Oviedo con la joven pianista Henar F. Clavel (Avilés, 2006). No es habitual encontrar la versión con banda en vez de orquesta porque la sonoridad es mayor y hasta los «colores» cambian, como todavía recuerdo en Barcelona ya hace años con la asturiana Carmen Yepes. El propio Gershwin la escribió originalmente para piano solo (con él en el estreno) y banda de jazz (donde no ponía los instrumentos sino el nombre de los músicos), con ese arranque de clarinete solo (hoy no muy inspirado). No hubiera estado mal reducir plantilla para acercarnos a la esencia porque la gran plantilla no permitió escuchar el piano con toda su presencia, y por momentos pareció un instrumento más en vez de solista, pero aún así no siempre se puede acceder a la versión con orquesta sinfónica y seguro que a la joven avilesina le vino bien poder trabajarla. Los solos demostraron su personalidad, jugando con los tempi y dejándonos casi al «Rachmaninov de Brooklyn» con algunas notas que se perdieron por el camino sin restarle valentía y fuerza. Henar Clavel tiene mucha carrera por delante y capacidad para afrontar cualquier repertorio, mas tendrá que «templar el ánimo» pues su ímpetu juvenil puede perderla (algo que curará con los años para alcanzar la madurez). La formación clásica da una técnica que es válida para todo, también para el jazz (mi recuerdo para Moisés P. Sánchez) pero me decanto por versiones más cercanas al original (recomiendo las de Michel Camilo) o sin miedos a mostrar esa «segunda vía» caso del propio Bernstein, todo un omnívoro como intérprete y compositor, por otra parte tan cercano al propio Gershwin que la tituló «Un experimento en música moderna», siendo otro estadounidense, Ferde Grofé, quien la arreglaría para orquesta.

De propina y sumándose como un atril más, la versión para banda del Danzón nº 2 de Arturo Márquez para dejarnos el calor de esta música cosmopolita de aires caribeños para esta tarde de domingo que llenó el Auditorio.

PROGRAMA

George Gershwin (1898-1937):

1.- Cuban Overture

2.- The Porgy and Bess Collection (arr. C. M. Peeters)

3.- An American in Paris (arr. N. Iwai)

4.- Rhapsody in Blue (solo Piano and Concert Band)

Propina: A. Márquez: Danzón nº 2.

Buen momento sinfónico

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Crítica para LNE del lunes 10, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Primer viernes de febrero con una oferta por triplicado en «La Viena española» que no quiero pensar se haga como contraprogramación, dada la meticulosa planificación de la OSPA, en este cuarto de abono.

Volvía como director invitado el santanderino Jaime Martín (1965) quien se encontraba con los aficionados antes del concierto recordando su visita hace ahora 13 años como flauta de la LSO que además interpretarían la «Manfred», aunque esta vez desde el podio y junto a la violista madrileña Sara Ferrández (1995), que mantiene la colaboración artística con la orquesta asturiana.

El programa elegido por el director cántabro, consciente que las grandes obras son para los titulares, supo combinar ese aura literaria que daba título al concierto, Manfred, música y literatura con el conocimiento de la OSPA con la que ha podido trabajar muy a gusto en esta ciudad que le encanta desde su primera visita en aquella caravana londinense (comentando cómo aplaudían ante el paisaje).

Interesante elegir a Stravinsky y su Sinfonías para instrumentos de viento, así llamada por la necesidad de una estructura próxima al griego symphönía (συμφωνία) en cuanto a sonido acorde, pero de un solo movimiento -a partir de dos danzas populares- homenaje a Debussy muerto dos años antes, y cuando el compositor ruso estaba en París. Esta obra revisada en 1947, de apenas 10 minutos, nos permitió disfrutar de los vientos asturianos en solitario para comprobar el excelente momento tanto de las maderas como de los metales, sonoridades compactas y la rítmica tan cercana a la Consagración, con matices y texturas que se agradecen tanto por los propios músicos como para un público ya acostumbrado al sonido de las bandas de música que los sinfónicos engrandecieron.

Sara Ferrández es hermana del chelista Pablo y parece que la música es genética, tocando ya desde los 3 años, así que elegir el «Concierto para violonchelo en la menor», op. 129 de R. Schumann (otro enamorado del Manfred byroniano) parecía lógico llevarlo a su viola en una adaptación que mantiene toda la carga instrumental pero de sonido menos grave aunque más matizado, especialmente en los agudos. Los tres movimientos sin pausa fueron una muestra de buen hacer por parte de todos: una concertación desde el podio con el balance idóneo para mantener la viola siempre en primer plano, dinámicas acertadas, ropaje orquestal a medida de la solista y complicidad en las respuestas instrumentales entre tutti y viola desde la escucha e interiorización de cada sección. La cadencia final fue un prodigio de fraseo y sonido por parte de Ferrández que volvió a emocionar al auditorio.

De regalo otra demostración de que la música corre por sus venas: nada menos que la «Courante» de la Suite nº1 de Bach que la madrileña ha llevado al disco.

Tchaikovsky siempre es tentador y exigente para toda orquesta, por lo que no suele faltar cada temporada aunque se tienda a las últimas, así que optar por esta cuarta y media que es la «Sinfonía Manfred» en si menor (1885), sin numeración, resultó la mejor opción para un Jaime Martín que la conoce desde los dos lados del atril, y la OSPA ya interpretase alguna vez en sus 33 años de historia. Con una plantilla ideal para la ocasión y tras un excelente rodaje en la primera parte, el momento por el que pasa la sinfónica asturiana es álgido pese a todos los contratiempos, pudiendo aplicar el dicho de «a mal tiempo, buena música». Cuatro movimientos para demostrar un sonido compacto, rotundo y sutil, todas las secciones rindiendo al mejor nivel y la(s) buena(s) mano(s) de un director que sabe dónde exigir porque la respuesta es inmediata. El Lento lúgubre fue narrando las torturas del personaje de Lord Byron que Berlioz no se atrevió a asumir pero sí el ruso, otro enorme orquestador y en plenitud creativa donde su propia vida parece el espejo del personaje romántico, llegando a considerar esta sinfonía la mejor de las escritas para finalmente abominar de ella y optar solamente por este primer movimiento. Trompas empastadas, fraseos claros de una cuerda aterciopelada comandada de nuevo por Aitor Hevia, bien equilibrada en los bajos, la madera con un clarinete bajo enorme y arrancando espontáneos aplausos tras su final apoteósico. El Vivace con spirito resultó vertiginosamente claro pese al virtuosismo exigido, escuchándose todo a la perfección y bien balanceado desde el podio, rico en matices y valiente en el tempo. Felicidad poder escuchar el protagonismo del Andante con moto tanto en un oboe celestial como la trompa lejana, todos arropados por una orquesta sutilmente poderosa en todas las secciones y solistas jugando con una mezcla de enigmática alegría. Y el Allegro con foco realmente grandioso, una percusión enorme y precisa, cuerda incisiva, metales potentes bien ensamblados, con un juego de claroscuros tímbricos junto a la madera más la orquestación «puro Tchaikovsky» con un Martín valiente en el aire y marcando las tensiones siempre fieles a la partitura. Momentos de optimismo y belleza (bravo las dos arpas que no figuraban en el programa), y evitando el final original al carecer de órgano (no es buena la opción de los eléctricos) y la grandiosidad que supone, pudiendo dejarnos distantes por lo escrito tras todas las emociones anteriores, el maestro cántabro optó, como muchos otros, por la adaptación del maestro ruso Yevgueni Svetlánov (autor de una «Antología de la música rusa» a lo largo de más de 30 años) que desemboca retomando material del inicio en una vorágine sonora muy aplaudida por el público.

Buen momento sinfónico el vivido este viernes que esperamos se mantenga a lo largo de los próximos programas, sin olvidarnos de las dominicales matutinas y camerísticas cada mes, otro momento para comprobar el excelente estado de los músicos de la OSPA.

Con ganas de Primavera…

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Este viernes 31 de enero a las 10.30 horas se presentaba en el Salón de Te del Teatro Campoamor de Oviedo la decimosegunda edición del Ciclo Primavera Barroca titulada «La fiesta de la gran música», una de las iniciativas culturales referentes del ámbito nacional en la llamada interpretación musical historicista. Promovido por el CNDM y la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, ahí estuvieron Francisco Lorenzo y David Álvarez como responsables de ambas instituciones así como Cosme Marina, director artístico y coordinador del ciclo.

El concejal de Cultura volvió a poner de relieve la importancia que Oviedo tiene como capitalidad musical y este ciclo alcanza la XII edición que supone afianzar esta seña de identidad de la capital asturiana (tras el paso el lunes de Klaus Mäkelä y Janine Jansen con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, otro hito), desde una labor que el tiempo está asentando y ganando abonados más un público fiel a estos conciertos donde estarán figuras del panorama internacional, algunas ya conocidas en otros ciclos asturianos pero que en esta primavera, que llega en invierno, volverán a satisfacer las exigencias de los melómanos con el nivel a que nos tienen acostumbrados.

Francisco Lorenzo corroboró las palabras del presidente, la estrecha colaboración que en los «quince años de pasión por la música» del CNDM (como el propio Lorenzo escribe en la presentación del libro de la temporada) y los vínculos tanto con el Ayuntamiento de Oviedo como la colaboración de sus dos conservatorios (Profesional y Superior) más la Universidad (con la incombustible pasión de Ramón Sobrino), a quienes agradeció su presencia y apoyo incondicional. También se incluye a Oviedo en el ciclo de Jazz (otro que aumenta oferta y abonos en la capital), programando estos «Circuitos» donde figura nuestro ciclo barroco, manteniendo su apuesta por la recuperación histórica de nuestro patrimonio musical con estrenos en nuestro tiempo de compositores como Hernández Illana (ca. 1700-1780) o Diego Pérez de Camino (1738-1796), así como las mujeres compositoras, citando a la francesa Élisabeth Jacquet de La Guerre (1665-1729), todos con intérpretes reconocidos que Cosme Marina detallaría posteriormente.

La programación consta de seis conciertos que tendrán lugar del 4 de marzo al 22 de mayo, sumándose el ciclo de conferencias con algunos de los artistas del ciclo.

En esa media docena de conciertos sonará música de los siglos XVII y XVIII con Diego Ares (que interpretará «las Goldberg» de Bach), Lina Tur Bonet al frente de Musica Alchemica, con un doblete de Vivaldi más Bach, La Guirnalde de Luis Martínez Pueyo junto al contratenor Alberto Miguélez Rouco (artista residente del CNDM esta temporada), recuperando patrimonio hispano,  el esperado grupo francés Nevermind (poder escucharles con «sus compositores» de referencia como Élisabeth Jacquet de La Guerre , Jaques-Martin Hotteterre o F. Couperin será una de las citas imperdibles), el sopranista más solicitado del momento, el venezolano Samuel Mariño junto al Concerto d’Cavalieri traerá el 12 de mayo su espectáculo «Delirio amoroso», un repaso por obras muy conocidas de autores como Haendel, A. Scarlatti, Vivaldi, Porpora o Stradella. Para cerrar el ciclo y celebrando el 500 aniversario de Palestrina la vuelta de Vox Luminis a Oviedo para interpretarnos la Missa del Papa Marcelo en la Sala de Cámara del Auditorio, de acústica ideal para este ciclo que ya es cita obligada en «La Viena española».

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