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Del abismo al paraíso

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Miércoles 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Midori (violín), OvFi, Marzio Conti (director). Obras de Puccini, Britten y Ravel.

Concierto distinto con la lírica sobrevolando todo él en un estilo que tanto la orquesta ovetense como su actual titular dominan y se sienten cómodos, «cojeando» algo en Ravel pero sobre todo emocionando con Midori.

El Intermezzo del Acto III de «Manon Lescaut» (Puccini) se colocaba al inicio para calentar motores, versión más sinfónica que de foso que siempre agradecen todos al permitir una gama dinámica más amplia y mejor escucha por parte de un público tan operófilo como el carbayón, con un solo del cello de Gabriel Ureña dulce y bien cantabile cual barítono en estado de gracia, seguido por la viola de Igor Sulyga y el violín de Mijlin, trío de ases que despuntaron cual figuras líricas.

El Concierto para violín nº 1, op. 15 de Britten nos presentaba en la capital asturiana (puente entre Florida y Suiza) a Midori, una violinista cuya presencia física menuda y delicada se transforma desde el primer compás. Cual prolongación corpórea su interpretación de esta obra poliédrica, de aristas cortantes, llena de sufrimiento, transmitía con toda la gestualidad pareja a cada nota que su violín (Guarneri del Gesù de 1734) emitía, sin perder el lirismo que ya nos cautivó recientemente en el «Peter Grimes» y ahora la OvFi acompañó como si de la voz se tratase, violín cantante, emotivo, dramático, gimiente, brillante, con un virtuosismo nunca exagerado y planeando todo el dolor y sentimiento del compositor inglés en un 1939 triste históricamente como bien recuerda Aurelio M. Seco en las notas al programa. La concertación de Conti puedo decir que fue operística porque así lo pide una partitura exigente para toda la plantilla, logrando una gama dinámica que hizo suspirar tras cada pianíssimo, siempre atento a la solista que ejerció con mando en plaza. Esfuerzo recompensado dejándonos una versión para recordar de una obra con la que no se atreven muchos solistas ni orquestas, dura no ya para el ánimo.

Todavía con ese malestar que Britten te deja en el cuerpo, Midori nos regaló la Fuga de la Sonata nº 1 en Sol m. BWV 1001 de Bach, auténtica delicia de fraseo, sonido y placer tras el dolor, en un tempo agradecido, nada lento y como terapia necesaria, grandeza que continuó al pedir salir al vestíbulo del primer piso para compartir con el público el agradecimiento mútuo que supone haber dado el mejor regalo: la música.

La segunda parte comenzó con los Valses nobles et sentimentales de Ravel, más plebeyos de lo esperado aunque la plantilla estuviese algo reforzada, bien llevados pero faltando precisamente algo más de sentimentalismo que no es igual que sensiblería. Conti tuvo algunos detalles interesantes pero la orquesta aún no puede alcanzar repertorios de esta envergadura pese al excelente trabajo que están realizando. Ya que la lírica pareció impregnar el programa, como en ella la elección del repertorio es la base para una carrera fructífera que no traiga problemas a la voz.

Creo que el maestro florentino sabedor de esa máxima operística quiso resarcirse con el Capriccio sinfonico de su compatriota Puccini, obra no muy habitual, de paleta sonora cercana al oyente aunque sin la voz para la que tan bien escribirá, sólo resulte evocadora más allá de las melodías apuntadas. Bien las distintas familias orquestales, buen empaste global, nuevamente dinámicas bien conseguidas y una cuerda que va tomando cuerpo, para una obra juvenil del de Lucca donde los motivos de «La Bohème» (triunfante tras «Manon Lescaut») me trajeron mentalmente a Beatriz Díaz como la Musetta con alma de Mimì para quien Don Giácomo no tiene secretos.

Al menos la propina también sonó operística, y la cuerda vibró en el hermosísimo Intermezzo de la «Cavalleria Rusticana» de Mascagni que nos devolvió el color y la sonrisa tras un concierto que surcó lo más recóndito de nuestros sentimientos aunque inicio y final fuesen «intermedios» del abismo al paraíso…

P. D. Crítica sin firma en LVA.

Voluntad de vivir con la máxima exigencia

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Viernes 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA, Concierto de Abono nº 6: Eldar Nebolsin (piano), Kynan Johns (director). Obras de Dorman, Dohnányi y Nielsen.

En Oviedo estamos asistiendo a unos conciertos donde las obras de nuestro tiempo ocupan programas, incluso con estrenos mundiales o nacionales, caso del sexto abono de la OSPA que nos devolvía a dos conocidos, el director australiano Kynan Johns (que era uno de los candidatos a titular y trabaja en EE.UU. muy cerca de Milanov) y mi querido pianista uzbeko Eldar Nebolsin (afincado hace años en Madrid y que tocó en Oviedo el 18 de marzo de 2010).

Se escuchaba por primera vez en España Astrolatry (2011) de Avner Dorman que quise disfrutar sin leer antes las notas al programa -esta vez de Luis Suñén– que recogen la explicación del propio compositor sobre su obra, buscando la primera impresión sin mediatizarme disfrutando con ella, muy exigente para la orquesta con amplios efectivos, refuerzos por otra parte habituales en partituras para plantillas casi centenarias, donde los efectos tímbricos me sorprendieron buscando la fuente sonora, bien traídos y en simbiosis con unos ritmos muy americanos que beben de las polirritmias y van desde Bernstein al famosísimo Take five de Brubeck. El título de las dos partes ya apuntaba el ambiente recreado desde un lenguaje sinfónico nuevo pero con perfecto conocimiento de la instrumentación, explorando colores y texturas en todas las familias para lograr Revelaciones celestiales: Lento que la percusión de la OSPA dibuja como nadie, contagiando su entusiasmo, hasta una auténtica Noche de San Lorenzo en El culto a las estrellas: Con un sentimiento techno, mecánicamente constante, derroche sonoro bien dibujado por la batuta clara y elocuente del maestro Johns, referencias a Lito Vitale (también tiene su Estrella del Sur) desde un lenguaje sinfónico pleno de nuestro tiempo que para los de mi generación ha convivido perfectamente con otras músicas o estilos. Éxtasis sonoro y auténtica delicia encontrar profesionales y formaciones que apuesten por traernos nuevas obras de auténtica calidad, y una orquesta capaz de amoldarse a lo que le echen estando en un momento realmente dulce.

Las Variaciones sobre una canción de cuna, Op. 25 (Ernst von Dohnányi) es una propuesta del propio Nebolsin admitida para nuestra OSPA que para muchos supone reconocer el excelente oficio de un compositor húngaro un tanto eclipsado por otros compatriotas suyos pero cuyo lenguaje musical se mantiene en el subconsciente colectivo que partiendo de una canción popular -en España la llamamos «Campanita(s) del lugar»– explora distintos mundos sonoros desde Mozart a Stravinski, de Beethoven a Rachmaninov, de Brahms a Britten utilizando una forma compositiva recurrente como es la variación, para desarrollar pasajes y emociones musicales tanto en la orquesta (con los mismos efectivos que la obra estrenada) como en un piano donde Eldar Nebolsin logra unas sonoridades puras y cristalinas desde la primera aparición de la melodía, con guiños humorísticos tan cercanos a su carácter como al de la propia obra del húngaro que la hicieron propia todos los solistas y secciones bien conducidos por el director australiano. Realmente obra densa pero saltarina como en el pasaje donde el fagot (esta vez Falcone de impecable principal) frasea irónicamente y responde el piano con idéntica articulación, rica de matices y dinámicas, contrastes en todas y cada una de las doce variaciones. Concertación excelsa desde la batuta y un nuevo éxito para todos desde la estabilidad emocional y el bienestar sobre el escenario que transmite alegría a pesar de lo exigente de una partitura no suficientemente escuchada en vivo, con varios coprincipales hoy de solistas sin mermar un ápice la calidad que esta orquesta asturiana atesora en sus años (tantos como llevo casado y que este 9 de marzo cumplía 21).

Eldar tras el esfuerzo aún agradeció los merecidos aplausos con una propina decidida ya sentado nuevamente sobre el teclado (el nº 7 de los Op. 25 de Chopin), que fue otro placer de técnica, sensibilidad, sonoridades, buen gusto y cual muestrario de todo lo que atesora en su repertorio y amplio vagaje musical siempre abierto a nuevas propuestas como las escuchadas este viernes.

Para la segunda parte nada menos que la Sinfonía nº 4, Op. 29 «Inextinguible» del danés Carl Nielsen, poco escuchada en vivo y auténtico esfuerzo para todos los profesores en sus cuatro movimientos que se ejecutan sin pausa, a los que tanto la maravillosa escritura orquestal como una exigente dirección les impuso, y mereció la pena. Si la primera parte del concierto resultó explosión sonora, el arranque presagiaba todo lo siguiente. Como apunta Suñén al recoger por qué Nielsen tituló así esta sinfonía «que la pieza trata sobre la voluntad de vivir y ellos es un sentimiento inextinguible», la interpretación fue voluntad de hacer Música, con mayúsculas de cabo a rabo, concentración total desde el Allegro en un despliegue de buen gusto en todas y cada una de las secciones: las maderas, la cuerda con la tensión necesaria, dinámicas sugerentes, contrastes de una Dinamarca que conozco y admiro hechos sinfonía, melodías que se rompen y reconstruyen cual puzzle sonoro, dramatismo y respiro, metales cálidos que sin transguedir pueden eclosionar en un final impactante con dos timbaleros a izquierda y derecha poderosos, amenazantes y apoteósicos, discurrir de solos a cual mejor para desembocar en una melopea total, explosión necesaria tras un esfuerzo del que Johns obtuvo recompensa. El nivel sigue muy alto.

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