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Dudamel desde Viena al mundo

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Martes 1 de mayo, 11:00 horas. Escuela Española de Equitación, Viena. Concierto de Europa 2012 de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Gautier Capuçon (cello), Gustavo Dudamel (director). Obras de Brahms, Haydn y Beethoven. Retransmisión en directo desde RTVE (La2) y diferido en Medici.TV el día 2 de mayo, 20:00 horas. Director de la emisión: Henning Kasten.

No hay mejor forma de comenzar el mes que con este concierto emitido para Europa (hace años pasó por Madrid) y después al resto del mundo con intérpretes y obras conocidos, Dudamel al frente demostrando, por si todavía hay dudas, que puede con todo y de memoria (¡qué cabeza tiene!), haciendo historia al frente de una orquesta que cumple 130 años y que ha invitado para su gira incluyendo este «Concierto de Europa» al venezolano ¡por algo será!.

Sigue contagiando alegría a toda formación bajo su mando (incluso a los germanos), dejándonos versiones para recordar y manteniendo su humildad al huir de los aplausos para él. Los valores humanos que transmite son aún mayores que los musicales, y en estos tiempos con apenas 31 años cumplidos y todo lo que ya lleva tras de sí este Acuario, es de admirar.

El concierto lo abría J. Brahms y su Variaciones sobre un tema de Haydn en SIb M, Op. 56a, plenitud sinfónica en una formación que sigue sonando única, perfecta en todos sus músicos, con una dirección clara que se amolda al «estilo» tanto de la obra como de los artistas a los que conduce.

Abría boca para el clásico F. J. Haydn y su Concierto para cello en DO M, Hob. VIIb: 1 con Gautier Capuçon de solista (al que también disfrutamos en Oviedo). Obra de referencia en su repertorio, Dudamel volvió a demostrar lo gran concertador que es dejando al francés marcar «tempi» y fraseos que los berlineses arroparon y compartieron a la perfección desde el Moderato inicial, con toda la musicalidad del hermosísimo Adagio, donde la cuerda alemana suena única, y la fuerza del Allegro molto, como digo en estos casos, haciendo importante la partitura sobre los intérpretes, porque ahí queda para su disfrute, empaste perfecto orquesta y solista con ese cello de sonido irrepetible (independientemente de la toma de sonido especialmente clara), con un movimiento realmente «muy rápido» y otra delicia interpretativa viendo cómo Dudamel llevaba de la mano a todos ellos.

Para finalizar este concierto de aniversario ¡qué decir de Beethoven y su Sinfonía nº 5 en Do m, Op. 67! con tantísimas versiones grabadas y escuchadas en vivo. La interpretación vienesa nos devuelve al Dudamel concentrado en una orquesta que tiene al de Bonn en sus venas, con una versión ceñida al papel, dinámicas increíbles y detalles de maestro como el final del Allegro con brio frenando un poco el tempo inicial, un Andante con moto ajustadísimo y totalmente lírico, y un tercer movimiento casi erguido como protagonista, pletórico, rotundo, por momentos contenido para ir en transición al último Allegro, atacando más ligero el primer compás para retomar en el segundo el tiempo justo, apenas un rubato en el sitio exacto para marcar diferencias en una obra que parecía no tener más aristas por descubrir hasta que llegó el tallador de diamantes venezolano, y un final acelerando hasta el éxtasis sonoro de la Filarmónica de Berlín. Únicos.

Disfruté tanto el martes que este miércoles lo volví a escuchar dos veces más. No digo que lo grabé por si hay denuncias… las fotos las fui sacando durante el tercer visionado.

Bien por la televisión pública (de momento) española con los siempre sabios comentarios de José Luis Pérez de Arteaga, una realización de primera por parte de profesionales que no sólo dominan la imagen sino las obras a escuchar (así deberían ser todas) y por supuesto a Medici.tv por permitir disfrutarla gratis en su línea de promoción de su canal, de la música clásica, más intentando captar suscripciones para otros conciertos «de pago». La calidad de transmisión por internet es impresionante (en un iMac© con pantalla de 21,5″ una auténtica gozada) y la oferta ideal para cualquier melómano (sinfónico, camerístico, operófilo…).

Por seguir con Beethoven, muy recomendable también la Misa Solemne con Harnoncourt y la Concertgebouw de Amsterdam (con Haitink hay una Novena de Mahler también para saborear).

El día 2 de junio emitirá por segunda vez desde L’Auditori de Barcelona, a partir de las 19:00 horas, a la OBC con su (nuestro) titular Pablo González al frente dirigiendo el cierre de temporada a Mahler (La Canción de la Tierra) y Toldrá (La rosa als llavis). Habrá que conectar el ordenador: la radio en estos casos sabe a poco.

Guillermo Martínez suma y sigue

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Sábado 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio Valley de Piedras Blancas. Oviedo Filarmonía y Coro Universitario de Oviedo, Joaquín Valdeón (director). Entrada gratuita.

Obras y solistas: Magnificat (J. Willcocks) para soprano, coro, metales, órgano y percusión, Patricia Rodríguez Rico (soprano), Sergei Bezrodny (órgano). El sueño eterno (Guillermo Martínez) para soprano, bajo, sexteto vocal, coro y orquesta (sobre textos de Edgar Allan Poe): Juan Jurado y Nuria Sánchez (narradores, Maliayo Teatro), Patricia Rodríguez (soprano), Sebastián Covarrubias (barítono), Ángel Álvarez (órgano y armonio).

El compositor asturiano, aunque nacido en Venezuela, Guillermo Martínez Vega (1983) volvía a estrenar en Oviedo el día antes otra obra donde la voz es protagonista contando nuevamente con «su soprano» la ferrolana Patricia Rodríguez Rico y Joaquín Valdeón como destinatario y responsable del resultado global, comenzando la velada con otra obra de nuestro tiempo que resultó un maridaje perfecto para el concierto que llegaba al auditorio de la capital del concejo de Castrillón, pequeño y acogedor, con buena acústica aunque algo «apretados» todos los intérpretes.

El Magnificat (1997) de Jonathan Willcocks para soprano, coro mixto, órgano, metales y percusión es una nueva incursión del compositor británico nacido en 1953 en la música vocal que tanto domina, cinco partes que mezclan latín e inglés del siglo XV inspirado en oraciones a María, con ciertos paralelismos con la obra siguiente: músico formado en escolanía, utilización de textos eclesiásticos y profanos en distinto idioma, y sobre todo volcados en la voz solista y coro con unas instrumentaciones de nuestro tiempo que no pierden nunca la referencia tonal. Las notas o comentarios al programa son de Daniel Moro Vallina dejándolas enlazadas desde aquí.

De los instrumentos utilizados en el Magnificat la formación de metales de la OvFi contó con cuatro trompetas, tres trombones (uno bajo) más una tuba, lo que da idea del potencial sonoro, sumándoles dos timbalistas con distintas percusiones y un órgano que quedó algo oscurecido por momentos ante el derroche instrumental, siempre excesivamente presente para compartir protagonismo con un coro reforzado -aunque todavía corto en efectivos- para contrapesar toda la masa sonora, falto igualmente de una afinación más precisa así como de la deseada homogeneidad y empaste por otra parte esperables cuando se «arman» voces para la ocasión al no contar con plantilla suficiente para abordar estas obras. Con (que no frente a) todo, la soprano gallega nunca quedó tapada y en sus intervenciones volvió a brillar su voz, amplias dinámicas desde la calidez a la fuerza en Et misericordia o There is no rose, así como el «tutti» final del Gloria. La dirección de Valdeón siempre atenta y precisa aunque prendada del poderío de esta obra donde podría haber equilibrado un poco más las texturas y dinámicas.

Para El sueño eterno además de los anteriores efectivos el compositor aumentó hasta niveles desconocidos en su ya amplia producción la plantilla: la Oviedo Filarmonía creo que completa con cuerda, arpa, maderas, metales y una percusión más que abundante destacando siete timbales, campanas y un gran despliegue de placas, parches, látigo, carraca, triángulos, platillos, gongs… apareciendo también el órgano, sustituido en el centro de la composición por un armonio situado detrás de mi fila 13 que enriqueció el ya por sí caleidoscópico colorido instrumental, con el tenor del sexteto vocal, quinteto al frente en distintos momentos (se ve en algunas de mis fotos), el coro, como apunté anteriormente algo corto para las necesidades de la obra, y los solistas que tuvieron que lidiar con este tonelaje tímbrico, nuevamente la otra protagonista del concierto Patricia Rodríguez y el barítono chileno afincado en Barcelona Sebastián Covarrubias, que sustituyó al bajo inicialmente previsto (Miguel Ángel Arias Caballero) sin hacerme olvidar el color vocal tan distinto. Todavía queda añadir a los dos actores que interpretaron al inicio los textos en español de Allan Poe en los que se inspira, «La durmiente» o «El sueño eterno», ya onírico desde el planteamiento inicial (sin escuchar ninguna nota).

Las cinco partes de esta cantata son un nuevo ideario de sonoridades y armonías a cargo de un Guillermo Martínez que me asombra con cada obra, si bien ésta tenga altibajos en cuanto a mantener tensiones o expectativas que parecen llevar una senda y toman otra. Puede ser cierto «abuso» por momentos, en mi humilde opinión, de cierta reiteración en un leit motiv no del todo «redondo» aunque rítmicamente resulte. Su experiencia coralista (Escolanía de Covadonga, El León de Oro) y organista es clara en todas sus obras por el mimo con el que compone para ellos, en esta cantata tanto el Inicipit coral como las arias de bajo -esta vez barítono- y soprano, Hechizo y Nocturnos respectivamente, algo corta la interpretación del primero y sobrada la segunda, teniendo nuevamente a su favor poder mantener tensión y volumen para todo lo que las envuelve. Pese a ello destacar la musicalidad demostrada por ambos solistas, aunque componer pensando en una voz concreta creo que se nota.

Las partes instrumentales buscan más que melodías, que las hay y hermosas, texturas y combinaciones realmente asombrosas, destacando el juego entre arpa, cello y corno inglés seguido del ya mencionado armonio con el tenor del sexteto, y creador de solos plenamente líricos para el violín de concertino Andrei Mijlin o la exquisitez del cello a cargo del premiado Gabriel Ureña, sobremanera en el interludio orquestal central cuyo título es el de la propia cantata.

No analizaré la obra, que lo hace muy bien Daniel Moro, pero quiero reflejar que supone un paso adelante corroborando un lenguaje propio donde ese «tutti» final de Lux despliega sueños y realidades, recursos bien utilizados como ese acorde final del órgano que parece cerrar un ciclo abierto por Richard Strauss en su Zaratustra, conjugando herencias siempre claras que Guillermo Martínez nunca esconde pero trasciende, cinematografías siempre presentes porque su música (re) crea imágenes.

Enorme trabajo de todos los participantes, orquesta entregada, coro muy implicado en una obra complicada de concertar, solistas seguros y la dirección de un Joaquín Valdeón capaz de ensamblar todo el complejo sonoro de esta nueva obra, actual y espero que atemporal, auténtico valedor de la música de Guillermo Martínez. La cosecha del 83 sigue regalando unos frutos que darán mucho que contar.

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Cuando triunfa la música

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Viernes 20 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 10: OSPA, Cristina Ortiz (piano), Perry So (director). Obras de R. Schumann y A. Bruckner.

Cuando la calidad interpretativa es grande el disfrute musical resulta pleno, primando las obras y sus compositores sobre cualquier otra valoración. Claro que no siempre es así y hoy en día tendemos a recordar tal director o tal pianista independientemente de lo que ejecute, pero en Oviedo últimamente podemos presumir de unos niveles difíciles de conseguir, y este décimo de abono resultó todo un ejemplo del triunfo de la música.

Nuestra OSPA está atravesando su momento álgido -espero se mantenga mucho tiempo- que alcanza sonoridades propias del mayor nivel, sobre todo cuando al frente se pone un conductor (sigo prefiriendo el anglicismo) con las ideas claras de las obras a ejecutar y que además las transmita perfectamente para lograr trascenderlas recreando siempre de forma personal lo que una partitura esconde. Perry So, uno de los aspirantes a la titularidad  alcanzada por Milanov, volvió a demostrar que es un director perfecto en todos los sentidos con el que los músicos se sienten tan a gusto que contagian vitalidad, buen gusto y musicalidad a rabiar.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

El Concierto para piano en La m., Op. 54 (R. Schumann) fue el aperitivo de una velada redonda, con la brasileña Cristina Ortiz de solista (rememorando que fue Clara Schumann quien lo estrenó), afrontando esta maravilla del repertorio pianístico desde una óptica plenamente romántica y consensuada con la batuta china, imprescindible para paladear todos y cada uno de los detalles. El exceso de rubato hace difícil siempre concertar solista y orquesta, pero en el podio había toda la sabiduría para lograr el encaje perfecto desde el arranque decidido del Allegro affettuoso en un «tempo» perfecto y arriesgado, jugando con los planos sonoros en su sitio, compartiendo todas las secciones una misma visión de la obra. El Intermezzo: Andantino grazioso corroboró la línea emprendida de compartir, dialogar, disfrutar todos con esos juegos sonoros llenos de delicadezas y buen gusto, y para rematar el Allegro vivace donde la complicidad se hizo mayor contagiando vitalidad, alegría y excelencia interpretativa. Quiero resaltar la causa del merecidísimo primer aplauso para Andreas Weisgerber porque sus intervenciones junto al piano dejaron más que un diálogo la perfecta comunión melódica entre piano y clarinete, sin desmerecer en nada al resto de solistas, con una orquesta que empastó como nunca con un teclado siempre «obedientes» a la batuta china que consiguió una versión romántica del concierto de Schumann donde la limpieza cristalina de la pianista brasileña puso su técnica al servicio de la obra.

De regalo ese Chopin cuyos Estudios, esta vez el nº 1 del Op. 25, son además de duro trabajo técnico la condensación del romanticismo en blanco y negro del teclado con la elegancia y limpieza de Cristina Ortiz que nuevamente brilló serena más allá de los arpegios en pos de la música.

Como mahleriano confeso Bruckner es el peldaño anterior y la Sinfonía nº 6 en LA M. obra de referencia orquestal con la que disfruto siempre, mucho más en directo. La interpretación del maestro de Hong-Kong la recordaré y espero recuperarla en su momento por Radio Clásica que graba todos los conciertos de abono, aunque su difusión sea otra cosa y no siempre cercana en el tiempo. Nueva apuesta por las sonoridades compactas, potentes cuando así lo exige la partitura, recogidas igualmente, y equilibrios dinámicos bien llevados por todas las secciones donde no sólo la cuerda impacta sino que la madera ha logrado también la excelencia y los metales están a punto, tal vez falte un escalón para un mejor empaste (de color) entre las trompas y el resto de «bronces» que decía Max Valdés, auténtico valedor de una formación que tras su marcha a Puerto Rico acabó de dar el salto de calidad.

La Sexta de Bruckner es como «la prueba del algodón» de toda gran orquesta. El inicial Maestoso mostró por dónde iba a discurrir la interpretación: cuerda segura, agresivamente cálida o cálidamente agresiva compartiendo musicalidad con el viento, tanto metales como maderas, juegos dinámicos excelsos y me atrevo a calificar de religiosidad organísitica como todo el trasfondo de la obra del gran Anton, aún mayor según avanzaba este primer movimiento. Importantes hasta los silencios que también «suenan» (a ellos hace referencia Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa) y que el maestro So remarcó, nueva lección para un público que pareció «escarmentar» tras el bochorno anterior.

El Adagio: Muy solemne mantuvo la contención sin perder intención, cuerda de lirismos celestiales pero con «pegada» en los graves y los protagonismos bien llevados en cada intervención solista, plegaria melódica sin fin con emociones contenidas y compartidas.

Continuando el esquema sinfónico al que Bruckner se ciñe, el Scherzo: Moderato – Trío rezumó vitalidad por el tempo elegido y musicalidad en los temas, dinámicas extremas decididamente románticas, con unos metales bien compactos, el contrapunto de las maderas y nuevamente la cuerda subrayando todas las apariciones temáticas ajenas y propias, con unos pizzicatti limpios sumados a los arcos habituales de calidad y color. De lograr el equilibrio nuevamente el maestro Perry delineando a la perfección toda la música que fluía como nuestros ríos, sin remansos, vigorosa y clara. Podríamos haber terminado aquí ante el clímax alcanzado, pero había que esperar el Finale: Agitado, pero no demasiado rápido, tal cual este movimiento balsámico en el inicio cual penitencia tras los excesos sin apenas respiros emotivos para continuar viaje místico y musical. Cerraba los ojos e imaginaba una orquesta alemana pero era asturiana, nuestra OSPA y Perry So llevándola con guante de seda, transmitiendo serenidad y seguridad en una interpretación increíble por la calidad global de principio a fin y cediendo todo el protagonismo a la música, ejecutada desde la honestidad y el convencimiento.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

Nueva alegría y esperanza ante un futuro incierto en lo extramusical, pero como apuntaba nada más salir del concierto, recordaré el triunfo de la música: el Concierto de piano de Schumann y La Sexta de Bruckner gracias al consenso logrado por el joven conductor chino, tan necesario en estos tiempos donde no estaría mal nombrar presidente de la nación a un director de orquesta siempre que «todos nos integremos en la orquesta y su obra común» como bien me contestó Libreoyente.

Gracias.

NOTA: los enlaces (links) en los movimientos de Bruckner son de Rafael Kubelik con la Bavarian Radio Symphony Orchestra.

P. D. 1: Crítica de Javier Neira en LNE. 
P. D. 2: Desaparecida «La Voz de Asturias», Aurelio M. Seco realiza la crítica en su web Codalario.

Disfrutando desde la madurez

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Viernes 13 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto de abono nº 9: OSPA, Patricia Kopatchinskaja (violín), Rossen Gergov (director). Obras de Berthold Goldschmidt, Bernstein y Schubert.

El cabreo al descanso era casi superior al goce de un concierto que resultó redondo desde la Conferencia previa sobre el Schubert desconocido a cargo del pianista y musicólogo mexicano Rogelio Álvarez Meneses (autor de las notas al programa) hasta la última nota de «La Trágica», y escribir en caliente me llevó directo al teléfono. Ahora, más reposado y desde casa intentaré contar el placer de la madurez bien entendida, pues la maleducada de toses, móviles, comentarios en voz baja, aperturas de bolsos rebuscando caramelos y demás colección de ruidos que impiden disfrutar un placer inigualable como es la música en directo, no tiene explicación a estas alturas de mi vida.

Mi admirado Rogelio dejó en el aire interrogantes sobre lo poco programadas o conocidas que resultan, incluso a los melómanos recalcitrantes, muchas obras de los grandes, y Schubert (1) es uno de ellos, resaltando lo arriesgado unido a la excelencia del programa a escuchar, lo que corroboro punto por punto.

El compatriota y tocayo de nuestro fichaje Milanov, Rossen Gergov fue la primera alegría de un viernes pasado por agua haciendo bueno el refrán abrileño del aguas mil. Escuchar por primera vez la Chacona sinfónica (1936) de B. Goldschmidt (1903-1996) en una OSPA tan madura y cohexionada otra delicia para el oído. La sonoridad para esta obra plena ha quedado en los archivos de Radio Clásica esperando la emitan para recrearla desde el Allegro inicial hasta la Giga siendo el Andante sostenuto central de una melancolía total que lució en todas las secciones rotunda, convincente y con una dirección que mostró una mano izquierda soberbia en el amplio sentido de la palabra.

La llegada de «la condesa descalza» sería el cénit del día aunque nuevamente el dicho se cumpliese («Hoy hace un día hermoso… verás como llega álguien y lo jode»). La Kopatchinskaja nunca deja indiferente y en vivo resultó impactante en ese banquete musical que es la Serenata para violín y orquesta de cuerda de Bernstein. Desde el Phaedrus – Pausanias los pelos se me pusieron de punta, con la cuerda asturiana nuevamente preñada de gusto e inspiración (no ya un felicitadísimo Atapin siempre artista, como Vasiliev, sino un Alama de principal exquisito), Miriam al arpa incluída, perfectamente respaldada por la excelencia de una percusión para la que Lenny escribió como nadie (2). Gergov dio una lección de concertar, tratando a la solista como se debe y sacando de la orquesta unas sonoridades nuevas. Claro que Patricia enamora con su violín, el color de cada cuerda, su técnica al servicio de la música más una pasión contagiosa capaz de llevarnos por una montaña rusa de sentimientos. Sustrayéndome al odioso acompañamiento del maduro coro insano, el Erixymathus parecía un clímax imposible de mejorar y faltaba Agathon más esa «borrachera» de Sócrates – Alcibíades sustitutiva del «cigarrilo de después».

Éxtasis tras la pasión y dos propinas increíbles como las chanclas plateadas azotadas en un rincón de la alfombra: el humor hecho arte de Crin, del compositor venezolano actual Jorge Sánchez Chiong (1969), hijo de cubano y china, más un Enescu del que ella saca fuegos artificiales y que un teléfono abortó cual coitus interruptus retomado en segundos para el final de apoteosis compartida. El puro lo fumé bajo el «orbayu» del descanso regodeándome en ese placer mezclado con dolor cual nuevo enamoramiento de La Kopatchinskaja.

Si la primera parte apostó por lo nuevo y menos conocido, la segunda en formación totalmente adaptada al Schubert de la Sinfonía nº 4 en Do m., D. 417 «Trágica» recuperaba ese mundo sinfónico con el que mi generación ha crecido de la siempre adorada Viena capital de la música. El dominio del joven maestro búlgaro se transmitió en los cuatro movimientos a una orquesta madura -todos los solistas dieron lo mejor de ellos- capaz de vestir tejanos y galas con más clase que parte del otro público maduro («trágica» su actitud repetitiva en cada concierto junto a la prisa por abandonar las butacas). Nueva lección de buen gusto interpretativo sólo al alcance de los años de convivencia que toda pareja desea. OSPA y Gergov resultaron envidiables, ímpetu juvenil y poso de sabiduría descubriéndonos cada día la belleza que nunca desaparece cuando sabemos comprenderla.

(1)  Tomo una frase de Rogelio: «si el buen gusto tuviese nombre, sería el de Schubert«.
 (2) Y otra del gran Bernstein: «La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido«.

P. D. 1: Disfrutar con la entrevista de OSPA TV a Patricia, que también enamora cuando habla…

P. D. 2: Crítica de Ramón Avello en la edición papel de El Comercio de Gijón recogida en el Facebook© de la OSPA.

P. D. 3: Genial Pepe Monteserín sobre «Crin» en LNE.

Gran cantera valenciana

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Miércoles 4 de abril, 19:30 h. Palau de la Música de Valencia, Sala Iturbi. Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música «Perfecto García Chornet» de Carlet: Jordi Nogués Escribà (piano), Sergio Furió Gamón (director). Obras de Copland, Kander, Gershwin, Bizet, Gregson-William, Ginastera e Ippolitov-Ivanov.

Buen día para conocer el Palau musical valenciano y con gente de la tierra, estudiantes y profesionales bajo una batuta atenta a todos ellos que estuvo a la altura pedagógica de un programa variado e interesante, buscando tiempos algo más lentos de lo habituales en cierta medida lógico para una formación académica que tiene todavía mucho camino por delante.

La sección de metales y percusión afrontaron seguras la Fanfarria para un hombre común de Copland, destacando el trompeta solista.

Con el resto de la orquesta llegó el popular New York, New York de Kander, breve y en arreglo bueno aunque la cuerda quedó algo tapada por vientos y percusión.

Para cerrar la primera parte se incorporó el pianista Jordi Nogués, paisano de todos ellos para dejarnos una Rhapsody in Blue de Gershwin más bien «brown» por lo irregular en los concertantes, casi siempre por delante de la orquesta tal vez por lo apuntado de unos tempi algo lentos desde el podio, que le obligaron a retener más de lo deseado, y sus solos jugando con demasiados rubati no siempre al estilo jazzístico que emana esta obra. Tampoco técnicamente resultó un dechado aunque en conjunto arrancasen grandes ovaciones entre los familiares de turno, pero debemos reconocer el esfuerzo de todos ellos y el del solista igual para una obra muy exigente desde todos los puntos.

La segunda parte comenzó con el Carrillón de la Suite nº 1 de «L’Arlesienne» de Bizet, nuevamente corta de sonoridades en la cuerda pero excelentes viento y percusión.

Mejor los arcos en la cinematográfica Las crónicas de Narnia (Gregson-William) bien en sus partes de «colchón» para los metales y maderas -siempre bien salvo una afinación mejorable de las trompas- como en las melodías con más garra y tensión que en las anteriores obras. No estaría mal escuchar esta obra por una orquesta profesional pues es digna de figurar en programas no sólo de temática específica del séptimo arte.

Mi cercanía con «La Bolívar» ha hecho que el Malambo del ballet «Estancia» del argentino Ginastera sea incomparable. Con todo la orquesta sinfónica de Carlet con el Maestro Furió dio de sí lo que pudo en un tempo contenido que restó vivacidad, optando por la claridad en todas las secciones.

En una tierra que resulta la mejor cantera de viento, La procesión del Sardar de las «Estampas del Cáucaso» (Ippolitov-Ivanov) sonaron cual banda sinfónica bien llevada desde el podio y buen cierre de concierto.

Suspiros de España (A. Álvarez) es uno de los pasodobles más sinfónicos que hay y excelente propina con ganas por parte de todos y de las mejores dinámicas logradas en la sesión. La salva de aplausos obligó a bisar el Malambo con los vientos más «venezolanos» por coreografía y tempo más ligero que la primera vez, compensando algunas incidencias con derroche de ilusión. Enhorabuena a la percusión nuevamente en su sitio, y agradecer el trabajo de todos para traer desde Carlet a la capital los avances del curso con obras de envergadura que sonaron con el desparpajo juvenil sin olvidar el rigor que sólo el tiempo y estudio consiguen. Esta tierra valenciana sigue siendo cantera musical.

Viernes de Dolor musical

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Viernes 30 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto extraordinario de Semana Santa. OSPA, Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Nuria Rial (soprano), Marifé Nogales (mezzo), Albert Casals (tenor), David Menéndez (barítono). Director: Howard Griffiths. Obras de Händel y Mozart.

Puede que el 29-M me haya dejado tocado musicalmente, que el listón esté tan alto o bien la costumbre ancestral de escuchar La Pasión Según San Mateo de mi dios Bach en estas fechas, pero este concierto se me hizo realmente como reza la entrada (o nada más salir comentado en el teléfono): «Demasiadas coronas» y no precisamente danesas.

Con la orquesta recortada por y para el programa que ya hicieron el día de la huelga en Gijón, realmente fue el coro que dirige mi querido Pepu el verdadero protagonista, metiéndose como se dice en Asturias una «xatada» de muy señor mío, con desiguales resultados a pesar del enorme trabajo previo tanto con él como con el maestro Griffiths que tan buen sabor de boca me dejó en su anterior visita al podio de la OSPA (el comentario del 6 de noviembre de 2009 es uno de los censurados y enviados a la papelera que espero recuperar). De ella logró un buen «sonido barroco» incluso en la disposición, con un órgano perfecto en manos de Olga Semouchina, aunque acabe soñando con los timbales de Mr. Prentice, y el trío de trompetas (hoy reforzado por Iván Rodríguez) que estuvo perfecto a pesar de una dirección algo cansina para mi gusto.

Las Antífonas de la coronación («Coronation Anthem»), HWV 258-261 de Händel resultaron demasiado «largas» y más navideñas que cuaresmales, una sucesión de obras con el oficio del ya nacionalizado Haendel para la corte británica que parecen variaciones o ejercicios sinfónico-corales sobre el «Aleluya». Las cuatro antífonas o himnos no están pensados para ejecutarse todos juntos, perdiendo parte del sentido a pesar del orden establecido por el director inglés:

Buen arranque sin espectacularidades con Zadok the Priest, HWV 258, coro seguro en las entradas, voces que «corrían» perfectas en los largos melismas, afinados, fugas perfectas pero nuevamente descompensadas en la cuerda de los graves. Tal vez medio coro (ya no pido The Sixteen) hubiese sido suficiente. Continuó un estupendo Let thy hand be Strengthened, HWV 261, orquesta y coro bien llevados por el maestro Griffiths atento al fraseo, y en tercer lugar The King shall rejoice, HWV 259 que a la vista de los aplausos del respetable quería haber finalizado tras tanto «aleluya» anterior, aunque todavía faltaba el My heart is Inditing HWV 260 que hubiese resultado una perla cultivada de no tener todo el collar.

Menos mal que Mozart siempre alegra el oído aunque la Misa en DO M., K. 317 «Coronación» no sea una de las obras cumbres globalmente aunque a los genios les perdonamos todo. Nuestro coro la tiene hace tiempo en el repertorio, lo que se nota por la seguridad en su ejecución, y el cuarteto vocal estuvo aseado, destacando mi querido David Menéndez más allá de localismos que hace tiempo superamos, y sobre todo los catalanes Nuria Rial que nos brindó la joya del Agnus Dei, y Albert Casals siempre seguro, de color vocal perfectamente adecuado al papel, siendo la «pata coja» una Marifé Nogales que apenas pudimos escucharla al faltar más proyección y registro grave corto de volumen, aunque me conste que en escena mejora. Una pena porque al menos hubiese quedado todo más equilibrado, con la media orquesta sin las violas en un concierto donde el programa no ayudó a disfrutar más. Supongo que la crisis obliga a conciertos como el de este Viernes de dDlor…

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Dudamel siempre es mucho

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Jueves 29 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio. Göteborgs Symfoniker, Gustavo Dudamel (director). Obras de R. Strauss y Haydn.

Sin reponerme todavía del impacto humano además del musical que supuso la tercera visita a Oviedo de esta figura mundial que es Dudamel, se me hace difícil contar todas las sensaciones que fueron muchas e intensas.

Con la Huelga General amenazando el concierto más esperado de la temporada, abriendo la Sala Polivalente como en las grandes ocasiones, el ambiente desde las siete de la tarde en los alrededores presagiaba el acontecimiento musical del año capaz de despejar miedos y dudas. La orquesta sueca pondría el listón tan alto que no creo se supere, y eso que los franceses me dejaron boquiabierto.

El programa volvería a demostrar a los incrédulos -aún los hay- que el director de Barquisimeto contagia su vitalidad desde Los Ángeles hasta los países nórdicos de nuestra Europa, y su visión musical es la de su tiempo, el siglo XXI, con un repertorio en la cabeza (¡qué memoria tiene!) capaz de afrontar todo el Mahler sinfónico en dos meses y dar el salto a Europa para dejarnos no ya al coetáneo del bohemio sino un clasicismo tan vital y claro como romántica la Séptima de Beethoven en su primera visita asturiana en 2008 con «La Bolívar», sin olvidar la esperada Resurrección de los Premios Príncipe de Asturias que colmó todas mis expectativas de convertirme casi en su apóstol. El refrán dice que «no hay dos sin tres» y pidió una espicha con sidra en el mismo «llagar» de entonces que recordaba con todo detalle (me consta que Magda Nieves también), pues tiene para todo la misma facilidad y capacidad. Emocionante estrechar su mano al final del concierto y lástima no tener tiempo para contarle la historia de la foto que me firmó, realizada por mi querido Osvaldo Burgos en 2009 a quien precisamente Gustavo Dudamel cruzó y unió nuestras vidas, llegando a compartir su debut en Los Ángeles por internet a ambos lados del Atlántico con el Mahler del máximo exponente y embajador mundial de «El Sistema» desde la Costa Pacífica. Todos queríamos saludarle, felicitarle por un concierto inolvidable, atendiéndonos con la amabilidad y grandeza de los genios que en la distancia corta son sencillos, humanos y asequibles sin perder nunca el habitual gesto humilde, escondido para los aplausos siempre dedicados a sus músicos, imantados por esa grandeza de espíritu, capaz de girarlos para devolver gratitud al público que les escuchó de espaldas. Son los detalles que alegran la vida de esa legión de seguidores de Dudamel, fieles como él lo es a sus orígenes.

De la música escribirán mucho plumas expertas a lo largo de esta gira que arrancó en Lisboa, siguió por La Coruña, «parada y fonda» en Oviedo, para continuar en Murcia y Madrid cerrando este intenso mes de marzo. Vitalidad con la maestría de quien respira arte por todas partes.

Don Ricardo Strauss escoltaría a Papá Haydn, y cada obra nos elevaría más y más. El Don Juan, Op. 20 era el perfecto arranque del concierto, una orquesta potente, equilibrada, con una cuerda sobrecojedora e impactante, unos solistas de primera, sin olvidar al concertino Per Enoksson capaz de conquistar al oboe delicado de Mårten Larsson cual «Donna Anna» y la trompa femenina de Lisa Ford «Zerlina«, rememorando al Mozart que Strauss tanto amaba y dirigió en la Viena dorada de finales del XIX donde Mahler también tendría su lugar aunque sin haber llegado su tiempo. Magisterio instrumental de la partitura, contraste y «equilibrio entre gravedad y ligereza» que apunta Manuel González Cuervo en las notas al programa, escultura del Comendador tallada en mármol para ir rodeándola y descubrir con Dudamel aristas y brillos, rugosidades y claroscuros hechos música.

La Sinfonía nº 103 «Redoble de timbal» en MIb M., Hob. 1/103 de Haydn mantuvo el espíritu vienés con un enfoque detallado, minucioso, búsqueda de colores y timbres desde el primer redoble en timbales de cobre usados para acallar toses (¡y lo logró!) y nuevamente una cuerda indescriptiblemente bella del Adagio – Allegro con spirito que el director venezolano talló más que con cinzel puliendo cada centímetro, paso al vivo sin gestos grandilocuentes que parecen diluirse poco a poco pero consiguiendo igualmente contagiar su ideal interpretativo a una orquesta sueca de alabastro en el Andante più tosto allegretto, con dinámicas increíbles en todas las secciones, como seda para el Menuet pero broncínea en el Finale: Allegro con spirito. Claridad en todas y cada una de las familias orquestas, notas como perlas para una obra que no debe faltar en el repertorio de toda orquesta y director volviendo con esta frescura que limpia pulmones y oídos entre la opulencia romántica, magisterio, sobriedad y poso en una batuta que con 31 años es capaz de afrontar sin complejos al padre de la sinfonía. Como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa para esta obra, «Haydn se inspiraba en unas tierras para triunfar en otras», pudiendo hacerlo extensivo al barquisimetano.

Y para la segunda parte un nuevo bloque para tallar por el escultor Dudamel, piedra angular el Also sprach Zarathustra, Op. 30 con cambio de concertino (Sara Trobäck Hesselink) pero nuevo derroche de calidad en toda la orquesta, incluyendo un órgano «sintetizado» que no quitó un ápice de consistencia tímbrica al conjunto desde el cinematográfico prólogo con unos metales empastados y potentes de afinación perfecta y buen gusto interpretativo, sabedores de la exigencia por el detalle del director venezolano. Contrastes totales llenos de detalles, escultura sonora que iba tomando forma, asistiendo al trabajo en directo de moldear sonidos uno a uno. Si el tema de Nietzsche es el combate entre afirmación y negación, triunfó la primera a lo largo de los seis capítulos siguientes tan sólo rotos antes del último suspiro por el sabidillo de turno que rompió la magia al precipitarse con un bravo no por merecido totalmente fuera de lugar sin esperar la bajada de brazos ni saborear el aire perfumado del acorde final, como un puñetazo tras el éxtasis de todo este enorme poema sinfónico que la orquesta sueca desgranó a la perfección magistralmente conducida por un Dudamel General con mando en plaza. Volví a entusiasmarme con la cuerda y la calidad global de esta formación en todas y cada una de sus secciones (reconozco la fama que la precede y que las grabaciones que tengo apuntaban), enamorado de la concertino (¡qué Das Tanzlied nos brindó!) y de unos solistas seguros, atentos al discurrir musical que Don Gustavo contagia, irradiando confianza en cada nota y alcanzando unas cotas interpretativas en todo lo que dirige creo que inalcanzables. Tardaremos en olvidarlo y le pedí que vuelva pronto a Asturias, convencido apóstol de su palabra hecha música.

No conté las veces que tuvo que saludar el maestro venezolano, siempre entre sus músicos, y la propina no se hizo esperar: el «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana (Mascagni) sonó a gloria, nuevo derroche de musicalidad y maestría que incluso algún vecino de localidad no reconoció pese a la cercanía en la memoria musical -también de regalo- el día de Midori con la OvFi y Conti. Creo que la cuerda sueca quedará grabada en el subconsciente de los melómanos asturianos y el gesto contenido de Dudamel sacando tanta música de ellos un nuevo escalón para una carrera que todos esperamos sea larga para poder asombrarnos en cada concierto suyo.

Gracias Dudamel.

P. D. La prensa asturiana recoge el evento: Aurelio M. Seco en LVA, Ramón G. Avello en El Comercio, y Javier Neira en LNE, comentando el «tortuoso viaje» hasta el Auditorio.

Milanov pintor sinfónico

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Viernes 23 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 8: Albena Danailova (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Rachmaninov, Bartók y Mussorgsky – Ravel.

La apuesta del director búlgaro como titular de nuestra OSPA se reafirma cada vez y ya es realidad antes incluso de su toma de posesión para la próxima temporada. Este nuevo concierto de abono conectaba el programa directamente con la pintura, como el propio Milanov comenta en la entrevista para OSPA TV y las notas al programa de mi admirada María Sanhuesa Fonseca también reflejan.

El poema sinfónico La isla de los muertos, Op. 29 (Rachmaninov) nos puede remontar no ya al cuadro de Böcklin o la fotografía en blanco y negro con la que el compositor ruso se inspiró -en mi caso la evocación es al San Michele veneciano- sino a todo un catálogo sonoro de intensidades y colores instrumentales que Milanov pinta como nadie, tras lo escuchado en sus anteriores conciertos, y es que más allá del algo manido «Dies Irae» que últimamente parece perseguirnos, el (post)romanticismo y omnipresente tema de la muerte que lleva a Rachmaninov por unos derroteros orquestales llenos de vericuetos y turbulencias sonoras que la sinfónica asturiana pintó con claridad bien delineada por Mister Rossen en una obra maestra de la producción sinfónica, precisamente por la personalidad angustiada del compositor, que la terminará en Dresde hace más de cien años, pero totalmente vigente aunque no muy escuchada. Todas las secciones estuvieron bien desde el arranque en el registro grave de la cuerda, viento y arpa para la evocación de los remos de la barca de Caronte cruzando la laguna Estigia, los colores lúgubres que se tornan brillantes, suaves y apacibles en el Tranquillo central (qué bien el clarinete de Andreas), o ese «órgano de metales» del citado Dies Irae siempre arropado por una cuerda poderosa que logra resaltar el color del resto. Volverían los remos al final sin ápice de mareos tras la marejada tímbrica y toda una paleta dinámica impecable, saboreando la delicada complejidad de esta joya colorista salida del gran Sergei.

Continuando con obras poco escuchadas llegó el Concierto para violín nº 1 Sz. 36 (Bartók) con la extraordinaria violinista búlgara Albena Danailova que afrontaba por primera vez esta obra, como confiesa en su entrevista para el canal televisivo que la OSPA tiene en Internet. Aceptada la invitación de su compatriota, lo que siempre es de agradecer ante una agenda tan repleta como concertino de la Filarmónica de Viena, su interpretación resultó una auténtica delicia desde su inicio sola, continuando los primeros y segundos violines en perfecta fusión cordal, bien concertada por su paisano y entrega total en esta declaración de amor del húngaro hacia la violinista Stefi Geyer, precisamente con una mujer que nos devolvería esta nueva joya -no tan famosa como el segundo-, pero llena en sus dos movimientos de amor hecho música, diría que Romeo y Julieta concertístico sin programa previo, aunque contrastado entre el Andante Sostenuto y el Allegro giocoso que dejó la puerta abierta a un final distinto del real para esta relación imposible. Maravilloso sonido el de la búlgara, delicadeza y desgarro cuando así lo pedía la partitura, escuchando a la orquesta igualmente entregada, plena, todos atentos y pendientes de un desenlace no por conocido igual de arrebatador, nuevas pinceladas de color para la batuta de Milanov y el lienzo sonoro de la OSPA. Aún no han tocado techo y cada concierto supone otro reto, más cuando los solistas aportan tanta calidad como Danailova, haciendo disfrutar a todos.

La segunda parte no dejaba dudas: Cuadros de una exposición en la impresionante orquestación que Ravel hizo de la pianística obra de Mussorgski. El inicial «paseo» tranquilo aventuraba un recorrido sonoro con detenimiento, lejos de esas visitas a galerías o muestras pictóricas donde el público apenas se para como conformándose sólo en haberla visitado. Milanov es el guía perfecto para apreciar todos y cada uno de los detalles que estos diez cuadros esconden, dando vida a cada intervención de los «principales» (titulares o invitados) sin agobios, perfectos, conduciendo a toda la formación por nuevas sendas sonoras, dando lustre a notas otrora oscurecidas y ahora brillantes sin perder la visión de conjunto. Ni siquiera la cascada de metales pudo con una cuerda que de ser más numerosa todavía hubiese dado más empaque a la versión del búlgaro. Cada intervención solista dejó su sello desde la trompeta inicial de Maarten (siempre impecable) hasta El viejo castillo en el saxo alto de Antonio Cánovas Moreno o el Bydlo, esta vez no en tuba sino al bombardino de Christian Brandhofer -que alternó con el trombón- por citar a dos poco habituales, aunque los «Cuadros» nos recordaron la excelencia de todos ellos, sin olvidar unos cascarones realmente únicos (también podemos presumir de percusionistas), una Baba-Yaga bien asentada y esa Puerta de Kiev abierta para un futuro realmente prometedor en manos de Milanov, artífice de los nuevos colores orquestales y la ilusión que transmite, la misma que ha hecho volver al blog los cuadros de mi amigo pintor Jorge Senabre: Música y pintura.

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Alta costura sinfónica

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Lunes 19 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orchestre Philharmonique de Radio France, Myung-Whun Chung. Obras de Debussy, Stravinsky y Ravel.

Podría haber titulado la entrada como perfume francés, cocina gala o incluso fuego de terciopelo porque todos servirían para plasmar lo escuchado en estos «Conciertos del Auditorio» que nos traen formaciones europeas de todo tipo y distinta calidad aunque con maravillas como la de la Radio Francesa, digna heredera de unas orquestas públicas que desde la radio y posterior televisión, tanto han hecho para promocionar la llama música clásica, y esta vez la propia música sinfónica francesa. Creo que no es chauvinismo sino defender y hacer valer lo de cada tierra, algo que los españoles y en particular los asturianos, deberíamos copiar.

El surcoreano Myung-Whun Chung lleva muchos años al frente de esta orquesta y se nota en cada detalle sobre la tarima, gestos suficientes y claros tras los que se esconden muchas horas de ensayo para lograr una gran orquesta llena de excelentes solistas y secciones impolutas donde la batuta, conduciendo todo el concierto ¡de memoria! deja fluir las genialidades y disfrutar escuchándose todos, con una sonoridad propia, redonda, potente y callada, ajustada al estilo de cada partitura, todavía más cuando en todas las notas el perfume que se respira es parisino a más no poder.

La primera parte sirvió para homenajear los 150 años y hacer «desfilar» el Debussy delicado del Prélude à l’après-midi d’un faune (Preludio a la siesta de un fauno) y Le mer, trois esquisses symphoniques pour orchestre (El mar, tres bocetos sinfónicos para orquesta), auténticos figurines sinfónicos que sirven para bailar y también de cocktail, detalles de calidad exquisita cual Chanel nº5 en el solo inicial de flauta extensible a trompas y oboe para cortar unas telas de colorido oriental que debemos escuchar desde lejos para apreciar los distintos brillos. Y un Mar Cantábrico que baña también nuestra tierra resultó tal como lo pensase el compositor: ese Desde el amanecer en un mar contemplado desde tierra, una evocación de color paulatino desde la penumbra al resplandor del mediodía, los Juegos de olas otoñales rompiendo en pedreros cercanos al Faro Vidio, hasta un invernal Diálogo del viento y el mar plenamente «animado y tumultuoso», toda la gama de colores grisáceos rotos por los resplandores de tormentas siendo la orquesta un galeón y el surcoreano almirante al timón capaz de surcar estas aguas procelosas con una maestría digna de estudio sin apenas notar el mar de fondo.

Más la segunda parte traería la alta costura francesa en todo su esplendor, Stravinski cual modisto ruso afincado en París trabajando en el taller de sus colegas de profesión y programa, cosidos a mano, sedas y satenes confeccionados en rojos aterciopelados de El pájaro de fuego (versión 1919), hilos dorados en todos los remates donde los broncíneos trombones se entretejían con las trompas y tubas en encaje impecable, siete «modelos» para cada número de la suite válidos a todas las horas del día, con una Danza infernal rompedora y la Berceuse realmente noctámbula, explotando en un Final sobrecogedor, modelos apolíneos para estos ropajes del gran «diseñador sinfónico» Chung.

Y quién mejor que el gran Ravel y La Valse para concluir este desfile donde los «complementos» brillaron tanto o más que la propia ropa, porque la versión disfrutada creo que ha sido la mejor que escuchado nunca (y tengo versiones para dar y tomar). Desde la gama de color hasta unos rubati que hicieron empalidecer incluso a la Viena Imperial, unos matices que aplacaron brotes otrora habituales, y sobre todo una cuerda que hizo lucir todo el conjunto, siempre atento al ímpetu coreano no siempre contenido.

La copa de champán, francés por supuesto: ¡qué obertura de la Carmen de Bizet nos regalaron los «radiofónicos franceses» con Myung-Whun Chung de maestro de ceremonias inigualable!.

Si los grandes creadores de moda son del país vecino, el desfile sinfónico de Haute Couture brilló para convertir Oviedo en el París español. Que no baje el listón porque el Prêt-à-porter no sienta igual de bien, aunque resulte más barato…

P. D. El miércoles 21 aparecen las críticas de Aurelio M. Seco en LVA y la de Joaquín Valdeón en la edición impresa de LNE.

Centenario de Montsalvatge con «Eroica»

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Viernes 16 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 7: Ana Nebot (soprano), Antoni Ros Marbà (director). Obras de Montsalvatge y Beethoven.

En este año 2012 de aniversarios como el de Debussy sin ir más lejos, España parece que se haya olvidado el centenario de uno de nuestros compositores más internacionales, prolíficos y polifacéticos del siglo XX, que tiene en su haber el Premio Nacional de Música del año 1985: Xavier Montsalvatge (1912-2002), fallecido hace diez años, y del que Asturias con su Orquesta Sinfónica puede presumir de haberse sumado al tributo y homenaje programando su Sinfonía de Réquiem (1985) compuesta por encargo tras el citado galardón del Ministerio de Cultura y estrenada en el II Festival de Música Contemporánea de Alicante por la Orquesta de la Radio de Belgrado con José Luis Temes en la dirección (¡cuánto ha hecho por nuestra música!) y la soprano María Villa el 19 de septiembre de 1986. Bien lo recordó en la conferencia previa al concierto mi admirado Alejandro G. Villalibre, quien también nos ha dejado unas excelentes notas al programa, retazos de un compositor no suficientemente escuchado ni reconocido en nuestra España siempre olvidadiza y a veces ingrata con los suyos.

El concierto trajo como director invitado precisamente a otro catalán que ha realizado creo la única grabación de esta obra, conocedor en profundidad de la misma con amplia trayectoria y currículo en distintas formaciones, habiéndole disfrutado varias veces en Oviedo: Antonio Ros Marbà, que optó también por incorporar en el último número a la soprano ovetense Ana Nebot.

La versión que nos dejó el maestro de L’Hospitalet de Llobregat primó el color sobre el trazo, buscando tal vez el propio espíritu que el compositor expresó para su obra de «sosiego y esperanza», distintos planos sonoros para los seis movimientos sin pausa que exprimieron la paleta orquestal del músico gerundense ya en total madurez donde no parecía querer innovar ni romper sino más bien interiorizar. Algo así pareció transmitirnos Ros Marbà desde el Introitus inicial, placidez del Kyrie, poderío en los bronces para un Dies Irae en la más pura tradición occidental y cinematográfica que Alejandro se encargó de recordarnos antes (yo añadiría incluso a Bergman y «El Séptimo Sello») y el Agnus Dei cual recapitulación tímbrica con dinámicas que sacaban a flote la oración musical plena de luminosidad en Lux Aeterna. Todo un muestrario del intimismo orquestal de Montsalvatge en un «Requiem sin palabras» que finalizaría con las del Libera me entonado desde detrás del palco lateral izquierdo por Ana Nebot «Dales señor el descanso eterno. Amén», perfecto colofón de súplica hecha voz sin perder nunca la esperanza, nuevamente íntimo rezo celestial y recogido (me emocionó la soprano en un pasaje que por breve resulta difícil dar tanto en tan poco) siempre bien «concelebrado» por un Mosén Marbà que hizo con la orquesta lo que deseó, aprovechando un grupo tan formado y cohexionado capaz de superar la probable apatía que una obra como la del catalán puede llegar a provocar en los músicos, consiguiendo con profesionalidad un resultado más que digno.

El ambiente de recogimiento y misa de difuntos pareció continuar con La Tercera de Beethoven más allá de su impresionante Marcha Fúnebre del segundo movimiento. Mantengo mi apoyo de programar en esta dirección, obras de nuestro tiempo con las que nos han ido formando como melómanos y no deben apartarse del directo, aunque todos tengamos nuestra versión preferida y la de Ros Marbà con la OSPA no será una de ellas. Precisamente por escucharla tanto y en interpretaciones de todo tipo sin ahondar en calidades (aún está fresca la última apuesta de Chailly que ya vuelve a sacar comparativas incluso de duraciones), el rumbo tomado por el director catalán no acabó de llenarme, aunque vuelva a reconocer lo dúctil que es nuestra orquesta, capaz de responder a cuando se le exigió, si bien mantengo ese espíritu meditarráneo (casi francés) que venía de la primera parte y contagió la Sinfonía nº 3 en MI b M, Op. 55 «Heroica» (Beethoven), más luminosa que guerrera, contemplativa no exenta de la energía necesaria pero cercana al Mozart de «La 41» por clásica en vez de la rabia contenida romántica. El Allegro con brio estuvo otra vez colorido pero no delineado, esperaba ese «toque germánico» del que adoleció. La sensación de inseguridad en el arranque se repitió en la Marcha fúnebre: Adagio assai, aunque una vez encauzado discurrió con la solemnidad y ritmo de una de las joyas sinfónicas de la historia, con más luces que sombras que brillaron con luz propia en el «breve» Scherzo: Allego vivace donde el trío de trompas se lució junto al oboe de Ferriol. El Finale: Allegro molto-Poco andante-Presto estuvo bien contrastado en todos los aspectos aunque volví a recordar versiones más cercanas a mi gusto (Dudamel me puede y con «La Bolívar» en Bonn les dieron su beneplácito). El resultado final notable aunque mi cuerpo necesitase más agitación interior que contemplación. Supongo que la vuelta de Milanov hará retomar el camino emprendido esta temporada.

P. D.: Crítica de Aurelio M. Seco en LVA y «Codalario» y de Diana Díaz en LNE del lunes 19.

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