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Música para el cine

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Jueves 17 de mayo, 20:00 h. Teatro Campoamor, proyección de «Metrópolis» (1927) de Fritz Lang; Oviedo Filarmonía, director: Marzio Conti. Partitura original de Gottfried Huppertz, reconstruída por Berndt Heller. Entrada libre.

Lo bueno no pasa de moda aunque lo llamado antiguo se recupere con etiquetas como vintage o histórico. El cine todavía funciona e incluso recuperamos cintas de los inicios sin olvidar que en las proyecciones siempre había música en directo, un pianista por lo menos…

A raíz del centenario del cine o aquél mundial de fútbol español del Naranjito allá por 1982, en Asturias se organizaron muchos pases con esa ambientación, y tuve la suerte de participar en varias, sin olvidar una muy especial con piano y violín de «La aldea perdida» de Florián Rey en el mismo año que la de Lang, con mi añorado Luis Miguel A. Ruiz de la Peña en el Ateneo gijonés y Juan Bonifacio Lorenzo «Boni», siempre organizando estas historias del Séptimo Arte. Tampoco quiero olvidar «Mieres del Camino» (1928) de Juan Díaz Quesada, en el Teatro Jovellanos de Gijón, otra joya recuperada del Teatro Pombo mierense, y un poco más lejos a un grupo catalán de mi juventud, Pegasus, que realzó en vivo la proyección de «Berlín, sinfonía de una ciudad» precisamente cuando «Metrópolis» volvía a la actualidad en los inicios de los 80 por la banda sonora de Giorgio Moroder.

En Asturias se vive el cine y la música con gran intensidad, Prokofiev ha sonado sin las imágenes de «Alexandre Nevski», llevo años clamando por introducir en los conciertos autores más sinfónicos que algunos programados, y esta vez la Universidad de Oviedo devolvíó la Banda Sonora original a la joya de Fritz Lang con la OvFi en el foso y el maestro Conti con muletas y batuta. La música no es tan vanguardista como la película y abusa de efectos que complementan las imágenes más que subrayar la acción, con la referencia casi obligada del Dies Irae, los giros de una Marsellesa que retomaría incluso «Casablanca» y hasta el Charlestón de su época. En parte entiendo otras bandas para la misma película y hasta la «actualización» electrónica para una película de culto más técnica que argumentalmente. Pese a todo es de agradecer el esfuerzo y la siempre pedagógica idea de mostrarnos el origen de muchas cosas tal y como fueron ideadas, y «Metrópolis» la pudimos contemplar con su música en vivo perfectamente adaptada al film en una concertación exacta para una partitura algo light. Las colas para entrar y el llenazo son dignos de análisis, pero la desbandada al descanso (supongo que no estaba en el guión inicial) también.

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DidácticOS PAra todos

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Martes 15 y miércoles 16 de mayo, 10:30 y 12:00 h. Auditorio de Oviedo: OSPA didácticos, Óliver Díaz (director). «5 Héroes 5», obras de Beethoven.

Cuatro conciertos para escolares de todo Asturias a doble sesión y con el protagonismo absoluto del genio de Bonn: las oberturas Egmont, Coriolano, Leonora y Fidelio así como el primer movimiento de la Pastoral, todo ilustrado con textos del propio alumnado interpretados por la actriz y pedagoga Ana Hernández que hizo más que de hilo conductor, por momentos alternando palabras y pentagramas, otros presentando las obras, que también sonaron puras, notándose sus estudios musicales así como la excelente capacidad de comunicación, todo ello bajo la batuta del ovetense Óliver Díaz, experto conductor de estas veladas para escolares aunque abriéndose paso en este difícil y competitivo mundo de la dirección orquestal.

La OSPA con Beethoven está en su salsa, no importa el horario matutino, la profesionalidad está por encima de todo (genial la broma de la «trompeta casera» que sonó impecable) y la musicalidad innata, respondiendo siempre a las indicaciones del maestro Díaz, interpretación ceñida al pentagrama con toques de calidad esperados en las intervenciones solistas (todas aplaudidas merecidamente) y sonido compacto, afinado, lleno de dinámicas y silencios tan expresivos como les exigían las obras.

La escapada a la capital asturiana este martes de San Isidro, en el primero de los conciertos, la realicé con el alumnado de 2º y 4º de ESO del IES «El Batán», bien preparado durante varias clases previas por mi compañera Conchi Olea y el que suscribe, utilizando el tren como transporte barato y ecológico en busca de la libertad que emanaban las obras elegidas más que la heroicidad, aunque llevamos camino de ello todos los que nos dedicamos en este país a trabajar en y por la escuela pública. Si añadimos que «La Música» tiene especificidades que los políticos nunca entenderán, habiendo sido eliminada de 3º de ESO y esperando aumente el número de alumnos por aula a partir del próximo curso, héroes todos. De las enseñanzas musicales en Escuelas de Música y Conservatorios locales, con recortes municipales cada vez más gordos, de lograr sobrevivir a este oscuro panorama que se avecina, Beethoven tendrá que resucitar e inspirarse en sus amigos músicos y profesores.

El resultado de esta experiencia musical en vivo para jóvenes (los míos entre 13 y 16 años) supongo que fue único, algunos repetían tras el Cuadros del curso pasado, los comentarios siguen llegando y espero se conviertan algunos en los melómanos del siglo XXI. El comportamiento de todos los escolares que llenaron el auditorio fue ejemplar, ¡ya me gustaría que en los abonos hubiese un silencio tan sepulcral y emocionante!. Sólo un voluntario (?) de Protección Civil al que supongo poco aficionado, utilizó para hablar sin miramientos su móvil desde el propio anfiteatro para asombro del alumnado que sabía de la falta de civismo de este adulto ¡aunque estuviese trabajando!. La lección quedó reforzada.

En tiempos difíciles sólo pedir que no falte apoyo a estas actividades de nuestra OSPA, así como las que desde hace años realizan en el Jovellanos gijonés, con más implicación y elaboración de materiales didácticos propios. La propuesta navarra (con parte del gran pedagogo Fernando Palacios) que lleva un tiempo rodando, creo que estuvo bien aunque la «teoría» algo escasa y más enfocados a Secundaria, agradeciendo el envío de información previa a los centros con la que trabajamos duramente antes del acontecimiento que supuso asistir a un concierto de nuestra OSPA, ¡la de todos!.

Gracias.

Imperial romanticismo

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Domingo 13 de mayo, 20:00 horas. Ciclo Conciertos del Auditorio, Pinchas Zukerman (violín), Orquesta del Festival de Budapest, Iván Fischer (director). Obras de Beethoven y Brahms.

Programa de los que gustan siempre, orquesta de calidad asegurada, dirección impecable y solista de lujo dan por resultado el éxito. Viena volvía a reunir obras y autores germanos que en ella alcanzaron su explendor y conviertieron de nuevo a Oviedo en capital de una Austria trastocada en Asturia, al menos en lo musical.

Beethoven siempre emociona, y la Obertura «Coriolano» en Do m., Op. 62 resultó la perfecta presentación. Con una orquesta perfecta de sonoridades, colocación original variando la llamada vienesa pero permutando parte de los cellos por los fagotes (después también clarinetes) y conseguir un empaste único, potentes graves al fondo, violines flanqueando escenario y una dirección que hace con «su» orquesta lo que quiere. Las dinámicas resultaron increíbles, claridades expositivas con esos silencios tan expresivos, claroscuros subrayados por unos vientos afinados al detalle y la limpieza de fraseo en todos ellos.

Pinchas Zukerman nos regaló el Concierto para violín y orquesta en RE M., Op. 61 de los históricos. No voy a descubrir a este genio que jugó con la plenitud de esta obra culmen del repertorio. Se le pueden perdonar todos los tics porque la música fluye en cada nota, en cada arco, en cada cadenza irrepetible, en cada pasaje virtuosístico donde percibimos todos y cada uno de sus sonidos de terciopelo ¡hasta en los glissandos!, unas dobles cuerdas que parecían multiplicarse. La complicidad con los músicos participando en sus silencios para mantener su instrumento perfectamente templado, guiños con la batuta que le entendió todas sus múltiples aportaciones. Una lección de Zukerman perfectamente acompañada por una orquesta colocada y adaptada a la dirección de Fischer. Imposible destacar algo dentro del conjunto, el Allegro ma non troppo realmente deslumbrante en su totalidad con una cadencia increíble, un Larghetto donde cada variación y modulaciones brillaban a cada cual más, y la transición al Rondo: Allegro plenamente romántica y bella en cada paso, vertiginoso musicalmente con virtuosismo al servicio de la obra, «perpetuo baile goethiano» que escribe Begoña Velasco Arnaldo en las notas al programa. No podía darse más a pesar de la insistencia del público, tan sólo en una esquina nos pidió cantar con él mientras tocaba el Wiegenlied Op. 49 nº 4 (la canción de cuna) de Brahms con la que hizo mutis por el foro… abierto para la segunda parte. Humor y genialidad.

Recolocada la orquesta plenamente a la vienesa y con todos sus efectivos (pueden calcular con 8 contrabajos) la Sinfonía nº 2 en RE M., Op. 73 de Brahms devolvió ese imperio austrohúngaro donde los alemanes triunfaban con su música, obra alpina en su composición y romántica en toda su extensión de luces y sombras a lo largo de los cuatro movimientos que solistas y orquesta en pleno fueron plasmando en un lienzo sonoro perfectamente dibujado por Fischer de memoria, elegancia en el gesto y efectividad total. Majestuosidad imperial cercana a «mi segunda brahmsiana de Salzburgo» cuyo final del Allegro con spirito me emocionó entonces como nunca, aunque esta vez estuvo muy cerca.

Y a pesar de las dos horas de música, aún hubo tiempo para un regalo también puramente vienés, la Trisch Trasch Polka, Op. 214 de Johann Strauss II sin niños cantores ni triángulo pero con una maquinaria orquestal que volvió a impresionar y la dirección genuina del maestro Fischer. Acabo citando de nuevo a la profesora Velasco porque me viene como anillo (tecla) al dedo: «un cierre resplandeciente y sublime».

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Color y sentimiento

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Viernes 11 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 12 OSPA, Amanda Roocroft (soprano), Kynan Johns (director). Obras de Thomas Adès (1971), Alban Berg (1885-1935) y Gustav Mahler (1860-1911).

Encontrarse un programa donde Mahler sea el más antiguo no es habitual; seguir apostando por estrenos siempre un riesgo que comienza a normalizarse; recuperar un director que dejó buen sabor de boca de agradecer, y traer de nuevo a una soprano británica -cuya «Jenufa» de 2005 es recordada en Oviedo- para poner su arte al servicio de la poesía hecha música ya aventuraba un viernes totalmente distinto al pasado. Y la lírica germana superó con creces a la española gracias a compositores de primera y una orquesta que parecía distinta en una semana. Mejor, creo que en el abono nº 11 nos la cambiaron.

El maestro Johns volvió a agradarme, mandando y haciéndose notar en todo el concierto sin gestos para la galería. El estreno en España de las Danzas de «Empolvando su rostro» (Powder Her Face), la polémica ópera de Thomas Adès, nos devolvió lo mejor de nuestra formación en una especie de trailer americano con mucho regusto porteño (Piazzolla revivido) en esta suite sinfónica de 2007 del propio compositor inglés, pero también deudor del Berg que superaría esta primera escucha. Orquestación rica, rítmicas potentes, melodías encadenadas y muchos guiños cercanos a la farsa, paralelismos con la Lulú que apunta Alex Ross aunque esta vez la voz callase. Curioso escuchar las danzas de esta ópera cuando las dos obras siguientes contarían con la soprano Amanda Roocroft que redondearía una actuación completísima.

Alban Berg sigue provocando en parte del público cierto rechazo, supongo que traducido a toses y comentarios en voz baja, pero las «Siete canciones tempranas o de juventud» (Sieben frühe Lieder) de los años 1905-1908 son de lo más escuchado cien años después aunque bocado para paladares abiertos de espíritu. Los siete poemas elegidos son de por sí joyas literarias y microcosmos expresivos, con orquestaciones sutiles y la soprano recreando melodías imposibles para textos profundos (¡qué distinto todo del Neruda pasado!). Será predisposición o ganas de cerrar pronto la herida, pero desde el primer Nacht con letra de Hauptmann quedé cautivado, teniendo el detalle de dejar las luces de la sala encendidas para poder seguir texto y traducción, si bien contemplar la interpretación de Amanda era suficiente para captar el sentido, «Brillan las luces en la silenciosa noche». Schilflied juncos murmurantes y al pie de la letra: «Y entonces me parece que oigo el dulce sonido de tu voz», la cálida de Roocroft arropada por una orquesta que volvió a brillar y con Kynan Johns sin cortarse en dinámicas, trayéndonos el ruiseñor (Die Nachtigall) a la noche ovetense sin jaula, y «coronado de sueños» (Traumgekrönt) de Rilke, nueva ¿coincidencia? literaria en el lied más sentimental de todos, voz e instrumentos con la cuerda resucitada, letra y música fundidos, «Y entonces llegaste a mi para robarme el alma». Pasión como el rojo vestido de Amanda, destellos de sol otoñal «En la habitación» (Im Zimmer) sin perder sentimientos encadenados de los dos últimos, Liebesode ¡Oda al amor! «proporcionándonos sueños maravillosos» y feliz conclusión en Sommertage, poema que explica todo el sentimiento «Calla ahora la palabra, cuando imagen tras imagen viene hacia tí y te llena por completo». Berg, sus poemas preferidos y la bella voz protagonista sabiamente arropada por una orquesta que resultó amante perfecta.

Desandando el tiempo aunque lo bueno siempre sea atemporal, llegaba Mahler, su tiempo de ahora en esta Sinfonía nº 4 en SOL M., naturaleza pura desde el primer sonido, paleta completa de colores, dinámicas que parecían olvidadas, trazos claros desde la batuta australiana con una lectura poética y ceñida a las indicaciones de cada movimiento. Por fin la orquesta en su esplendor, solistas y coprincipales, todas y cada una de las secciones, delicadas, claras, potentes, redondas, disciplinadas, sobre todo compacta… y sin prisas: «Lento sin apresurar» (Bedächtig, nich eilen), qué difícil concepción inicial para resultar tan fácil escucharla; «En movimiento cómodo, sin precipitación» (In gemächlicher Bewegung), pudiendo paladear todas y cada una de las entretejidas melodías en el plano exacto, solistas impecables, gustándose, transmitiendo, dejándose llevar por gestos claros y precisos, atentos. El éxtasis alcanzado «Con mucha tranquilidad» (Ruhevoll): Poco adagio, Mahler en estado puro, montaña rusa sentimental, doliente y pletórica, cielo e infierno en cada sección, compás a compás, remontando y rematando, ¡qué más pedir!…

Pues Sehr behaglich, «Muy cómodo» y la reaparición de blanco de Doña Amanda cantando «La vida celestial» (Das himmlische Leben), la fuente inagotable mahleriana (auténtico cuerno de juventud «Des Knaben Wunderhonr»), el lied orquestal donde nada está al azar, naturaleza y santoral, que reflejando la traducción de Rafael Banús -autor también de las notas al programa- resultó perfecta conclusión del concierto, nudo en la garganta y lágrimas en mi rostro, voz y sentimiento para Gustavo, «no existe música en la tierra que pueda compararse con la nuestra… Son excelentes músicos de corte… Todo despierta alegría».

Purgatorio y paraíso en una semana, Amanda ángel femenino, Kynan cual San Jorge y un dragón que no soltó fuego sino color y sentimiento.

Más no puedo pedir. No hay antes ni después, sólo Mahler que nunca me falla…

Más tristeza que amor

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Viernes 4 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 11 OSPA, Joshua Hopkins (bartítono), Jayce Ogren (director). Obras de Stravinsky, Lieberson y Tchaikovsky.

La conferencia previa sobre Stravinsky a cargo del compositor y musicólogo Israel López Estelche (autor también de las notas al programa que enlazo en los autores) nos preparó para la primera obra del concierto de abono que nos traería un programa realmente interesante donde la sección de viento fue la protagonista como otras veces la cuerda en solitario.

Las Sinfonías para instrumentos de viento (1920) revisadas por Stravinsky en 1947 y retomando el coral para armonio de su Toumbeau de Claude Debussy, permitió disfrutar de la llamemos «sección organística» del viento que tiene desde hace años un nivel altísimo tanto en las maderas como en los metales, y no defraudaron a pesar de que la dirección del joven Ogren, que volvía por tercera vez, se limitó a lo básico y poco más, pero la musicalidad de los profesores sacó adelante las tres secciones de que consta esta obra escuchada poquísimas veces en vivo.

A la vista del resultado global, lo mejor de la velada resultaría el estreno en España y la primera escucha del barítono Joshua Hopkins cantando cinco sonetos de amor de Pablo Neruda utilizados por Peter Lieberson en Canciones de amor y tristeza, para barítono y orquesta. Sin entrar en la trastienda de la obra, interesantes para comprenderla y bien explicadas en el programa, el peso del texto supera al de las melodías que parecen o quieren brotar de la lectura del mismo. El color de voz de Hopkins y la perfecta dicción castellana (con acento ¿chileno?) cautivó desde el primer verso del soneto XLVI «De las estrellas que admiré», cinco números algo desiguales y monótonos por momentos, con melodías poco pegadizas aunque la instrumentación parecía subrayar los sentimientos del poeta más que el canto. Me gustó el tercero, el soneto LII «Cantas y a sol y a cielo con tu canto…» y los solos de cello a cargo de Atapin que fueron aún más líricos ¿el budismo de Lieberson?, si bien el maestro Ogren no ayudó mucho a ninguno pese a la corrección que no es suficiente. Quedé con ganas de escuchar a Hopkins en otro repertorio porque son los barítonos que me gustan, y en esta primera parte predominó el amor de mi tocayo, con esos tres lánguidos Adiós que cierran el soneto LXXXII «Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna».

La tristeza total me sobrevino con la Sinfonía nº 6 en Si m., Op. 74, «Patética» (Tchaikovsky), obra cumbre del ruso que exige atención a todos los detalles desde el arranque pianísimo del Adagio introductorio. La falta de más graves tras el fagot inicial me puso sobre aviso. Los «resonantes clamores» de los que habla François-René Tranchefort en su «Guía de la música sinfónica», así como esa melodía «una de las más abiertamente sentimentales que Chaikovski haya escrito», resultó más bien lastimera. La dirección de Ogren me resultó estudiantil y equivocada, aunque expresase en una entrevista que «para un músico es fundamental tener buen gusto y autoconfianza». Si en un texto subrayamos lo accesorio perdemos la idea, si luego queremos volver atrás queda todo tan resaltado que es ilegible, y utilizando el paralelismo escolar, Jayce se pasó con el rotulador fosforito, además de parecer impasible a la formación que tenía delante. De acuerdo que hubiésemos querido mucha más cuerda, pero con lo que hay su obligación hubiera sido controlar las dinámicas de los metales para equilibrar planos sonoros. Tampoco cuidó la limpieza melódica, algo sucia, ni tampoco la precisión y rigor en los «tutti», siempre desencajados en ese Allegro non troppo que esperaba trágico pero no en esta línea. La majestuosidad se confundió con el «fortissimo», no hubo los contrastes esperados en los tiempos ni siquiera algún detalle que destacase en la ejecución.

Pienso que los músicos se percataron de ello y hubo mejoría en el Allegro con grazia, más por la profesionalidad desde cada atril que por parte del podio, como queriendo tomar las riendas de un caballo desbocado. Pero los profesores deben / tienen que amoldarse al director y los desajustes convertidos en melopea sin sentido volvieron en el Allegro molto vivace cuyo poderío parece agradar a un público que ¡volvió a aplaudir! pero personalmente la dedepción iba en aumento, nada del caracter marcial, pizzicati oscuros y tapados, notas poco claras… Claro que hubo menos toses pero también menos aforo del habitual (¡preocupante esta desbandada de abonados!) aunque cambiando estertores por decenas de paraguas cayéndose arrítmicamente y en los momentos más inoportunos (¡hay guardarropa y hasta la opción de dejarlos directamente en el suelo!). El Adagio lamentoso fue literal, lejos del musical y premonitorio, «el testimonio de la próxima destrucción de sí mismo» que escribe el citado Tranchefort, con las últimas notas imperceptibles del final y un silencio respetuoso exigible siempre antes de bajar los brazos ¿por miedo tras el «patón» del tercero?).

Cuando una obra tan compleja y enorme como la «Patética» no se domina, acaba desbocada y aplastando a todos, desde el director sin mando hasta la orquesta que campó a sus anchas sin ton pero con son, que parece no soportar becarios vengándose a la primera de cambio, incluso del que suscribe, pues hacía mucho tiempo que no salía de escuchar a la OSPA tan cabreado.

Al final triunfó la poesía de Neruda.

P. D. 1: En el Facebook© de la OSPA están las críticas de Diana Díaz, Ramón G. Avello e Eduardo G. Salueña.
 P. D. 2: Crítica de Aurelio M. Seco en «Codalario».

Dudamel desde Viena al mundo

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Martes 1 de mayo, 11:00 horas. Escuela Española de Equitación, Viena. Concierto de Europa 2012 de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Gautier Capuçon (cello), Gustavo Dudamel (director). Obras de Brahms, Haydn y Beethoven. Retransmisión en directo desde RTVE (La2) y diferido en Medici.TV el día 2 de mayo, 20:00 horas. Director de la emisión: Henning Kasten.

No hay mejor forma de comenzar el mes que con este concierto emitido para Europa (hace años pasó por Madrid) y después al resto del mundo con intérpretes y obras conocidos, Dudamel al frente demostrando, por si todavía hay dudas, que puede con todo y de memoria (¡qué cabeza tiene!), haciendo historia al frente de una orquesta que cumple 130 años y que ha invitado para su gira incluyendo este «Concierto de Europa» al venezolano ¡por algo será!.

Sigue contagiando alegría a toda formación bajo su mando (incluso a los germanos), dejándonos versiones para recordar y manteniendo su humildad al huir de los aplausos para él. Los valores humanos que transmite son aún mayores que los musicales, y en estos tiempos con apenas 31 años cumplidos y todo lo que ya lleva tras de sí este Acuario, es de admirar.

El concierto lo abría J. Brahms y su Variaciones sobre un tema de Haydn en SIb M, Op. 56a, plenitud sinfónica en una formación que sigue sonando única, perfecta en todos sus músicos, con una dirección clara que se amolda al «estilo» tanto de la obra como de los artistas a los que conduce.

Abría boca para el clásico F. J. Haydn y su Concierto para cello en DO M, Hob. VIIb: 1 con Gautier Capuçon de solista (al que también disfrutamos en Oviedo). Obra de referencia en su repertorio, Dudamel volvió a demostrar lo gran concertador que es dejando al francés marcar «tempi» y fraseos que los berlineses arroparon y compartieron a la perfección desde el Moderato inicial, con toda la musicalidad del hermosísimo Adagio, donde la cuerda alemana suena única, y la fuerza del Allegro molto, como digo en estos casos, haciendo importante la partitura sobre los intérpretes, porque ahí queda para su disfrute, empaste perfecto orquesta y solista con ese cello de sonido irrepetible (independientemente de la toma de sonido especialmente clara), con un movimiento realmente «muy rápido» y otra delicia interpretativa viendo cómo Dudamel llevaba de la mano a todos ellos.

Para finalizar este concierto de aniversario ¡qué decir de Beethoven y su Sinfonía nº 5 en Do m, Op. 67! con tantísimas versiones grabadas y escuchadas en vivo. La interpretación vienesa nos devuelve al Dudamel concentrado en una orquesta que tiene al de Bonn en sus venas, con una versión ceñida al papel, dinámicas increíbles y detalles de maestro como el final del Allegro con brio frenando un poco el tempo inicial, un Andante con moto ajustadísimo y totalmente lírico, y un tercer movimiento casi erguido como protagonista, pletórico, rotundo, por momentos contenido para ir en transición al último Allegro, atacando más ligero el primer compás para retomar en el segundo el tiempo justo, apenas un rubato en el sitio exacto para marcar diferencias en una obra que parecía no tener más aristas por descubrir hasta que llegó el tallador de diamantes venezolano, y un final acelerando hasta el éxtasis sonoro de la Filarmónica de Berlín. Únicos.

Disfruté tanto el martes que este miércoles lo volví a escuchar dos veces más. No digo que lo grabé por si hay denuncias… las fotos las fui sacando durante el tercer visionado.

Bien por la televisión pública (de momento) española con los siempre sabios comentarios de José Luis Pérez de Arteaga, una realización de primera por parte de profesionales que no sólo dominan la imagen sino las obras a escuchar (así deberían ser todas) y por supuesto a Medici.tv por permitir disfrutarla gratis en su línea de promoción de su canal, de la música clásica, más intentando captar suscripciones para otros conciertos «de pago». La calidad de transmisión por internet es impresionante (en un iMac© con pantalla de 21,5″ una auténtica gozada) y la oferta ideal para cualquier melómano (sinfónico, camerístico, operófilo…).

Por seguir con Beethoven, muy recomendable también la Misa Solemne con Harnoncourt y la Concertgebouw de Amsterdam (con Haitink hay una Novena de Mahler también para saborear).

El día 2 de junio emitirá por segunda vez desde L’Auditori de Barcelona, a partir de las 19:00 horas, a la OBC con su (nuestro) titular Pablo González al frente dirigiendo el cierre de temporada a Mahler (La Canción de la Tierra) y Toldrá (La rosa als llavis). Habrá que conectar el ordenador: la radio en estos casos sabe a poco.

Guillermo Martínez suma y sigue

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Sábado 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio Valley de Piedras Blancas. Oviedo Filarmonía y Coro Universitario de Oviedo, Joaquín Valdeón (director). Entrada gratuita.

Obras y solistas: Magnificat (J. Willcocks) para soprano, coro, metales, órgano y percusión, Patricia Rodríguez Rico (soprano), Sergei Bezrodny (órgano). El sueño eterno (Guillermo Martínez) para soprano, bajo, sexteto vocal, coro y orquesta (sobre textos de Edgar Allan Poe): Juan Jurado y Nuria Sánchez (narradores, Maliayo Teatro), Patricia Rodríguez (soprano), Sebastián Covarrubias (barítono), Ángel Álvarez (órgano y armonio).

El compositor asturiano, aunque nacido en Venezuela, Guillermo Martínez Vega (1983) volvía a estrenar en Oviedo el día antes otra obra donde la voz es protagonista contando nuevamente con «su soprano» la ferrolana Patricia Rodríguez Rico y Joaquín Valdeón como destinatario y responsable del resultado global, comenzando la velada con otra obra de nuestro tiempo que resultó un maridaje perfecto para el concierto que llegaba al auditorio de la capital del concejo de Castrillón, pequeño y acogedor, con buena acústica aunque algo «apretados» todos los intérpretes.

El Magnificat (1997) de Jonathan Willcocks para soprano, coro mixto, órgano, metales y percusión es una nueva incursión del compositor británico nacido en 1953 en la música vocal que tanto domina, cinco partes que mezclan latín e inglés del siglo XV inspirado en oraciones a María, con ciertos paralelismos con la obra siguiente: músico formado en escolanía, utilización de textos eclesiásticos y profanos en distinto idioma, y sobre todo volcados en la voz solista y coro con unas instrumentaciones de nuestro tiempo que no pierden nunca la referencia tonal. Las notas o comentarios al programa son de Daniel Moro Vallina dejándolas enlazadas desde aquí.

De los instrumentos utilizados en el Magnificat la formación de metales de la OvFi contó con cuatro trompetas, tres trombones (uno bajo) más una tuba, lo que da idea del potencial sonoro, sumándoles dos timbalistas con distintas percusiones y un órgano que quedó algo oscurecido por momentos ante el derroche instrumental, siempre excesivamente presente para compartir protagonismo con un coro reforzado -aunque todavía corto en efectivos- para contrapesar toda la masa sonora, falto igualmente de una afinación más precisa así como de la deseada homogeneidad y empaste por otra parte esperables cuando se «arman» voces para la ocasión al no contar con plantilla suficiente para abordar estas obras. Con (que no frente a) todo, la soprano gallega nunca quedó tapada y en sus intervenciones volvió a brillar su voz, amplias dinámicas desde la calidez a la fuerza en Et misericordia o There is no rose, así como el «tutti» final del Gloria. La dirección de Valdeón siempre atenta y precisa aunque prendada del poderío de esta obra donde podría haber equilibrado un poco más las texturas y dinámicas.

Para El sueño eterno además de los anteriores efectivos el compositor aumentó hasta niveles desconocidos en su ya amplia producción la plantilla: la Oviedo Filarmonía creo que completa con cuerda, arpa, maderas, metales y una percusión más que abundante destacando siete timbales, campanas y un gran despliegue de placas, parches, látigo, carraca, triángulos, platillos, gongs… apareciendo también el órgano, sustituido en el centro de la composición por un armonio situado detrás de mi fila 13 que enriqueció el ya por sí caleidoscópico colorido instrumental, con el tenor del sexteto vocal, quinteto al frente en distintos momentos (se ve en algunas de mis fotos), el coro, como apunté anteriormente algo corto para las necesidades de la obra, y los solistas que tuvieron que lidiar con este tonelaje tímbrico, nuevamente la otra protagonista del concierto Patricia Rodríguez y el barítono chileno afincado en Barcelona Sebastián Covarrubias, que sustituyó al bajo inicialmente previsto (Miguel Ángel Arias Caballero) sin hacerme olvidar el color vocal tan distinto. Todavía queda añadir a los dos actores que interpretaron al inicio los textos en español de Allan Poe en los que se inspira, «La durmiente» o «El sueño eterno», ya onírico desde el planteamiento inicial (sin escuchar ninguna nota).

Las cinco partes de esta cantata son un nuevo ideario de sonoridades y armonías a cargo de un Guillermo Martínez que me asombra con cada obra, si bien ésta tenga altibajos en cuanto a mantener tensiones o expectativas que parecen llevar una senda y toman otra. Puede ser cierto «abuso» por momentos, en mi humilde opinión, de cierta reiteración en un leit motiv no del todo «redondo» aunque rítmicamente resulte. Su experiencia coralista (Escolanía de Covadonga, El León de Oro) y organista es clara en todas sus obras por el mimo con el que compone para ellos, en esta cantata tanto el Inicipit coral como las arias de bajo -esta vez barítono- y soprano, Hechizo y Nocturnos respectivamente, algo corta la interpretación del primero y sobrada la segunda, teniendo nuevamente a su favor poder mantener tensión y volumen para todo lo que las envuelve. Pese a ello destacar la musicalidad demostrada por ambos solistas, aunque componer pensando en una voz concreta creo que se nota.

Las partes instrumentales buscan más que melodías, que las hay y hermosas, texturas y combinaciones realmente asombrosas, destacando el juego entre arpa, cello y corno inglés seguido del ya mencionado armonio con el tenor del sexteto, y creador de solos plenamente líricos para el violín de concertino Andrei Mijlin o la exquisitez del cello a cargo del premiado Gabriel Ureña, sobremanera en el interludio orquestal central cuyo título es el de la propia cantata.

No analizaré la obra, que lo hace muy bien Daniel Moro, pero quiero reflejar que supone un paso adelante corroborando un lenguaje propio donde ese «tutti» final de Lux despliega sueños y realidades, recursos bien utilizados como ese acorde final del órgano que parece cerrar un ciclo abierto por Richard Strauss en su Zaratustra, conjugando herencias siempre claras que Guillermo Martínez nunca esconde pero trasciende, cinematografías siempre presentes porque su música (re) crea imágenes.

Enorme trabajo de todos los participantes, orquesta entregada, coro muy implicado en una obra complicada de concertar, solistas seguros y la dirección de un Joaquín Valdeón capaz de ensamblar todo el complejo sonoro de esta nueva obra, actual y espero que atemporal, auténtico valedor de la música de Guillermo Martínez. La cosecha del 83 sigue regalando unos frutos que darán mucho que contar.

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Cuando triunfa la música

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Viernes 20 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 10: OSPA, Cristina Ortiz (piano), Perry So (director). Obras de R. Schumann y A. Bruckner.

Cuando la calidad interpretativa es grande el disfrute musical resulta pleno, primando las obras y sus compositores sobre cualquier otra valoración. Claro que no siempre es así y hoy en día tendemos a recordar tal director o tal pianista independientemente de lo que ejecute, pero en Oviedo últimamente podemos presumir de unos niveles difíciles de conseguir, y este décimo de abono resultó todo un ejemplo del triunfo de la música.

Nuestra OSPA está atravesando su momento álgido -espero se mantenga mucho tiempo- que alcanza sonoridades propias del mayor nivel, sobre todo cuando al frente se pone un conductor (sigo prefiriendo el anglicismo) con las ideas claras de las obras a ejecutar y que además las transmita perfectamente para lograr trascenderlas recreando siempre de forma personal lo que una partitura esconde. Perry So, uno de los aspirantes a la titularidad  alcanzada por Milanov, volvió a demostrar que es un director perfecto en todos los sentidos con el que los músicos se sienten tan a gusto que contagian vitalidad, buen gusto y musicalidad a rabiar.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

El Concierto para piano en La m., Op. 54 (R. Schumann) fue el aperitivo de una velada redonda, con la brasileña Cristina Ortiz de solista (rememorando que fue Clara Schumann quien lo estrenó), afrontando esta maravilla del repertorio pianístico desde una óptica plenamente romántica y consensuada con la batuta china, imprescindible para paladear todos y cada uno de los detalles. El exceso de rubato hace difícil siempre concertar solista y orquesta, pero en el podio había toda la sabiduría para lograr el encaje perfecto desde el arranque decidido del Allegro affettuoso en un «tempo» perfecto y arriesgado, jugando con los planos sonoros en su sitio, compartiendo todas las secciones una misma visión de la obra. El Intermezzo: Andantino grazioso corroboró la línea emprendida de compartir, dialogar, disfrutar todos con esos juegos sonoros llenos de delicadezas y buen gusto, y para rematar el Allegro vivace donde la complicidad se hizo mayor contagiando vitalidad, alegría y excelencia interpretativa. Quiero resaltar la causa del merecidísimo primer aplauso para Andreas Weisgerber porque sus intervenciones junto al piano dejaron más que un diálogo la perfecta comunión melódica entre piano y clarinete, sin desmerecer en nada al resto de solistas, con una orquesta que empastó como nunca con un teclado siempre «obedientes» a la batuta china que consiguió una versión romántica del concierto de Schumann donde la limpieza cristalina de la pianista brasileña puso su técnica al servicio de la obra.

De regalo ese Chopin cuyos Estudios, esta vez el nº 1 del Op. 25, son además de duro trabajo técnico la condensación del romanticismo en blanco y negro del teclado con la elegancia y limpieza de Cristina Ortiz que nuevamente brilló serena más allá de los arpegios en pos de la música.

Como mahleriano confeso Bruckner es el peldaño anterior y la Sinfonía nº 6 en LA M. obra de referencia orquestal con la que disfruto siempre, mucho más en directo. La interpretación del maestro de Hong-Kong la recordaré y espero recuperarla en su momento por Radio Clásica que graba todos los conciertos de abono, aunque su difusión sea otra cosa y no siempre cercana en el tiempo. Nueva apuesta por las sonoridades compactas, potentes cuando así lo exige la partitura, recogidas igualmente, y equilibrios dinámicos bien llevados por todas las secciones donde no sólo la cuerda impacta sino que la madera ha logrado también la excelencia y los metales están a punto, tal vez falte un escalón para un mejor empaste (de color) entre las trompas y el resto de «bronces» que decía Max Valdés, auténtico valedor de una formación que tras su marcha a Puerto Rico acabó de dar el salto de calidad.

La Sexta de Bruckner es como «la prueba del algodón» de toda gran orquesta. El inicial Maestoso mostró por dónde iba a discurrir la interpretación: cuerda segura, agresivamente cálida o cálidamente agresiva compartiendo musicalidad con el viento, tanto metales como maderas, juegos dinámicos excelsos y me atrevo a calificar de religiosidad organísitica como todo el trasfondo de la obra del gran Anton, aún mayor según avanzaba este primer movimiento. Importantes hasta los silencios que también «suenan» (a ellos hace referencia Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa) y que el maestro So remarcó, nueva lección para un público que pareció «escarmentar» tras el bochorno anterior.

El Adagio: Muy solemne mantuvo la contención sin perder intención, cuerda de lirismos celestiales pero con «pegada» en los graves y los protagonismos bien llevados en cada intervención solista, plegaria melódica sin fin con emociones contenidas y compartidas.

Continuando el esquema sinfónico al que Bruckner se ciñe, el Scherzo: Moderato – Trío rezumó vitalidad por el tempo elegido y musicalidad en los temas, dinámicas extremas decididamente románticas, con unos metales bien compactos, el contrapunto de las maderas y nuevamente la cuerda subrayando todas las apariciones temáticas ajenas y propias, con unos pizzicatti limpios sumados a los arcos habituales de calidad y color. De lograr el equilibrio nuevamente el maestro Perry delineando a la perfección toda la música que fluía como nuestros ríos, sin remansos, vigorosa y clara. Podríamos haber terminado aquí ante el clímax alcanzado, pero había que esperar el Finale: Agitado, pero no demasiado rápido, tal cual este movimiento balsámico en el inicio cual penitencia tras los excesos sin apenas respiros emotivos para continuar viaje místico y musical. Cerraba los ojos e imaginaba una orquesta alemana pero era asturiana, nuestra OSPA y Perry So llevándola con guante de seda, transmitiendo serenidad y seguridad en una interpretación increíble por la calidad global de principio a fin y cediendo todo el protagonismo a la música, ejecutada desde la honestidad y el convencimiento.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

Nueva alegría y esperanza ante un futuro incierto en lo extramusical, pero como apuntaba nada más salir del concierto, recordaré el triunfo de la música: el Concierto de piano de Schumann y La Sexta de Bruckner gracias al consenso logrado por el joven conductor chino, tan necesario en estos tiempos donde no estaría mal nombrar presidente de la nación a un director de orquesta siempre que «todos nos integremos en la orquesta y su obra común» como bien me contestó Libreoyente.

Gracias.

NOTA: los enlaces (links) en los movimientos de Bruckner son de Rafael Kubelik con la Bavarian Radio Symphony Orchestra.

P. D. 1: Crítica de Javier Neira en LNE
P. D. 2: Desaparecida «La Voz de Asturias», Aurelio M. Seco realiza la crítica en su web Codalario.

Disfrutando desde la madurez

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Viernes 13 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto de abono nº 9: OSPA, Patricia Kopatchinskaja (violín), Rossen Gergov (director). Obras de Berthold Goldschmidt, Bernstein y Schubert.

El cabreo al descanso era casi superior al goce de un concierto que resultó redondo desde la Conferencia previa sobre el Schubert desconocido a cargo del pianista y musicólogo mexicano Rogelio Álvarez Meneses (autor de las notas al programa) hasta la última nota de «La Trágica», y escribir en caliente me llevó directo al teléfono. Ahora, más reposado y desde casa intentaré contar el placer de la madurez bien entendida, pues la maleducada de toses, móviles, comentarios en voz baja, aperturas de bolsos rebuscando caramelos y demás colección de ruidos que impiden disfrutar un placer inigualable como es la música en directo, no tiene explicación a estas alturas de mi vida.

Mi admirado Rogelio dejó en el aire interrogantes sobre lo poco programadas o conocidas que resultan, incluso a los melómanos recalcitrantes, muchas obras de los grandes, y Schubert (1) es uno de ellos, resaltando lo arriesgado unido a la excelencia del programa a escuchar, lo que corroboro punto por punto.

El compatriota y tocayo de nuestro fichaje Milanov, Rossen Gergov fue la primera alegría de un viernes pasado por agua haciendo bueno el refrán abrileño del aguas mil. Escuchar por primera vez la Chacona sinfónica (1936) de B. Goldschmidt (1903-1996) en una OSPA tan madura y cohexionada otra delicia para el oído. La sonoridad para esta obra plena ha quedado en los archivos de Radio Clásica esperando la emitan para recrearla desde el Allegro inicial hasta la Giga siendo el Andante sostenuto central de una melancolía total que lució en todas las secciones rotunda, convincente y con una dirección que mostró una mano izquierda soberbia en el amplio sentido de la palabra.

La llegada de «la condesa descalza» sería el cénit del día aunque nuevamente el dicho se cumpliese («Hoy hace un día hermoso… verás como llega álguien y lo jode»). La Kopatchinskaja nunca deja indiferente y en vivo resultó impactante en ese banquete musical que es la Serenata para violín y orquesta de cuerda de Bernstein. Desde el Phaedrus – Pausanias los pelos se me pusieron de punta, con la cuerda asturiana nuevamente preñada de gusto e inspiración (no ya un felicitadísimo Atapin siempre artista, como Vasiliev, sino un Alama de principal exquisito), Miriam al arpa incluída, perfectamente respaldada por la excelencia de una percusión para la que Lenny escribió como nadie (2). Gergov dio una lección de concertar, tratando a la solista como se debe y sacando de la orquesta unas sonoridades nuevas. Claro que Patricia enamora con su violín, el color de cada cuerda, su técnica al servicio de la música más una pasión contagiosa capaz de llevarnos por una montaña rusa de sentimientos. Sustrayéndome al odioso acompañamiento del maduro coro insano, el Erixymathus parecía un clímax imposible de mejorar y faltaba Agathon más esa «borrachera» de Sócrates – Alcibíades sustitutiva del «cigarrilo de después».

Éxtasis tras la pasión y dos propinas increíbles como las chanclas plateadas azotadas en un rincón de la alfombra: el humor hecho arte de Crin, del compositor venezolano actual Jorge Sánchez Chiong (1969), hijo de cubano y china, más un Enescu del que ella saca fuegos artificiales y que un teléfono abortó cual coitus interruptus retomado en segundos para el final de apoteosis compartida. El puro lo fumé bajo el «orbayu» del descanso regodeándome en ese placer mezclado con dolor cual nuevo enamoramiento de La Kopatchinskaja.

Si la primera parte apostó por lo nuevo y menos conocido, la segunda en formación totalmente adaptada al Schubert de la Sinfonía nº 4 en Do m., D. 417 «Trágica» recuperaba ese mundo sinfónico con el que mi generación ha crecido de la siempre adorada Viena capital de la música. El dominio del joven maestro búlgaro se transmitió en los cuatro movimientos a una orquesta madura -todos los solistas dieron lo mejor de ellos- capaz de vestir tejanos y galas con más clase que parte del otro público maduro («trágica» su actitud repetitiva en cada concierto junto a la prisa por abandonar las butacas). Nueva lección de buen gusto interpretativo sólo al alcance de los años de convivencia que toda pareja desea. OSPA y Gergov resultaron envidiables, ímpetu juvenil y poso de sabiduría descubriéndonos cada día la belleza que nunca desaparece cuando sabemos comprenderla.

(1)  Tomo una frase de Rogelio: «si el buen gusto tuviese nombre, sería el de Schubert«.
 (2) Y otra del gran Bernstein: «La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido«.

P. D. 1: Disfrutar con la entrevista de OSPA TV a Patricia, que también enamora cuando habla…

P. D. 2: Crítica de Ramón Avello en la edición papel de El Comercio de Gijón recogida en el Facebook© de la OSPA.

P. D. 3: Genial Pepe Monteserín sobre «Crin» en LNE.

Gran cantera valenciana

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Miércoles 4 de abril, 19:30 h. Palau de la Música de Valencia, Sala Iturbi. Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música «Perfecto García Chornet» de Carlet: Jordi Nogués Escribà (piano), Sergio Furió Gamón (director). Obras de Copland, Kander, Gershwin, Bizet, Gregson-William, Ginastera e Ippolitov-Ivanov.

Buen día para conocer el Palau musical valenciano y con gente de la tierra, estudiantes y profesionales bajo una batuta atenta a todos ellos que estuvo a la altura pedagógica de un programa variado e interesante, buscando tiempos algo más lentos de lo habituales en cierta medida lógico para una formación académica que tiene todavía mucho camino por delante.

La sección de metales y percusión afrontaron seguras la Fanfarria para un hombre común de Copland, destacando el trompeta solista.

Con el resto de la orquesta llegó el popular New York, New York de Kander, breve y en arreglo bueno aunque la cuerda quedó algo tapada por vientos y percusión.

Para cerrar la primera parte se incorporó el pianista Jordi Nogués, paisano de todos ellos para dejarnos una Rhapsody in Blue de Gershwin más bien «brown» por lo irregular en los concertantes, casi siempre por delante de la orquesta tal vez por lo apuntado de unos tempi algo lentos desde el podio, que le obligaron a retener más de lo deseado, y sus solos jugando con demasiados rubati no siempre al estilo jazzístico que emana esta obra. Tampoco técnicamente resultó un dechado aunque en conjunto arrancasen grandes ovaciones entre los familiares de turno, pero debemos reconocer el esfuerzo de todos ellos y el del solista igual para una obra muy exigente desde todos los puntos.

La segunda parte comenzó con el Carrillón de la Suite nº 1 de «L’Arlesienne» de Bizet, nuevamente corta de sonoridades en la cuerda pero excelentes viento y percusión.

Mejor los arcos en la cinematográfica Las crónicas de Narnia (Gregson-William) bien en sus partes de «colchón» para los metales y maderas -siempre bien salvo una afinación mejorable de las trompas- como en las melodías con más garra y tensión que en las anteriores obras. No estaría mal escuchar esta obra por una orquesta profesional pues es digna de figurar en programas no sólo de temática específica del séptimo arte.

Mi cercanía con «La Bolívar» ha hecho que el Malambo del ballet «Estancia» del argentino Ginastera sea incomparable. Con todo la orquesta sinfónica de Carlet con el Maestro Furió dio de sí lo que pudo en un tempo contenido que restó vivacidad, optando por la claridad en todas las secciones.

En una tierra que resulta la mejor cantera de viento, La procesión del Sardar de las «Estampas del Cáucaso» (Ippolitov-Ivanov) sonaron cual banda sinfónica bien llevada desde el podio y buen cierre de concierto.

Suspiros de España (A. Álvarez) es uno de los pasodobles más sinfónicos que hay y excelente propina con ganas por parte de todos y de las mejores dinámicas logradas en la sesión. La salva de aplausos obligó a bisar el Malambo con los vientos más «venezolanos» por coreografía y tempo más ligero que la primera vez, compensando algunas incidencias con derroche de ilusión. Enhorabuena a la percusión nuevamente en su sitio, y agradecer el trabajo de todos para traer desde Carlet a la capital los avances del curso con obras de envergadura que sonaron con el desparpajo juvenil sin olvidar el rigor que sólo el tiempo y estudio consiguen. Esta tierra valenciana sigue siendo cantera musical.

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