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Sánchez-Verdú resucitando a Nosferatu

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Viernes 23 de agosto, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Festival de Verano «Oviedo es Música». Proyección de la película «Nosferatu» (director: F. W. Murnau, 1922), música de José María Sánchez-Verdú (estreno 2003). Coro de mujeres de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (director adjunto: Rubén Díez Fernández), Oviedo Filarmonía, director: Nacho de Paz. Entrada butaca: 14,50€+1€ gestión.

Cine de verano con música en directo, tercera apuesta de la orquesta carbayona por esta fórmula de poner música a clásicos del cine mudo, primero «Metrópolis» en el Campoamor y una vez «redescubierto» el foso del Auditorio «Alexandre Nevsky» y por fin una de miedo con el famoso «Nosferatu, una sinfonía del horror» del alemán Murnau a quien el compositor de Algeciras Sánchez-Verdú (1968) tampoco se resistió y hace diez años puso su música para la imagen en la línea de otros colegas, recuperando las grandes proyecciones que superan al pianista de los inicios del cine mudo. Binomio que esperamos se mantenga en las programaciones de la capital porque retroalimentan y unen aficiones.

Impresionante la partitura del gaditano (arriba con las anotaciones del propio Nacho de Paz -Oviedo 1974- propietario de la foto) que reinterpreta desde un lenguaje actual el propio expresionismo de la cinta alemana para lograr auténticos momentos cumbre muy exigentes para los músicos de una orquesta madura que el director ovetense conoce y supo manejar como especialista en estas músicas no habituales en los atriles.

Y no digamos de las diez voces femeninas de «la Capilla» dirigidas por el también compositor avilesino Rubén Díez incrustado entre ellas para que todo encajase a la perfección, sobre todo en las entradas complicadas en sincronización con la película.

Pertrechadas de «microafinadores»y amplificadas, con dos altavoces sobre la orquesta más algún efecto reverberante fueron impecables instrumentos de viento, con vocalizaciones de afinaciones casi imposibles, nombrando notas o glissandos emulando y/o doblando cuerdas, maderas y metales. Personalmente fueron lo más destacable del evento, sin olvidarme de la percusión que tanto peso lleva a lo largo de la gran partitura de Sánchez-Verdú (comentada por el doctor Alejandro G. Villalibre en «Clasicaytuits»).

Está claro que la música no aguantaría una interpretación sin las imágenes pero Murnau hubiese aprobado esta partitura del abogado y compositor de eso estoy seguro, atemporal como su película y personaje donde la música es más necesaria que los rótulos.

 

Queda verano y conciertos antes del comienzo de curso, pero «Nosferatu» resucitó y sembró el pánico en un Auditorio que presentaba una excelente entrada pese a tener que pasar por taquilla. Mi enhorabuena a todos.

Sánchez- Verdú, Nacho de Paz y Rubén Díez

La Fura de Boo

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Viernes 12 de julio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Carmina Burana (Carl Orff), Cantata escénica (1937). Montaje de La Fura del Baus. Beatriz Díaz (soprano), Luca Espinosa (soprano), Thomas E. Bauer (barítono), Xabier Sábata (contratenor), Orfeón Pamplonés (director: Igor Ijurra), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Director de escena y escenógrafo: Carlus Padrissa. Figurinista: Chu Uroz. Iluminadora: Melanie Schroeder. Entrada butaca: 38,50€.

«Oviedo es música» es el nombre del Festival de Verano de la capital más musical de España, estos días con turismo cultural que también deja ingresos en tiempos de crisis, y para empezar con buen pie llegaba el espectáculo de La Fura del Baus, tras cuatro años funcionando por el mundo casi con el mismo elenco, al «templo del Campoamor» con las entradas agotadas para las dos funciones (12 y 13) y conocedores del éxito de esta producción que resulta impactante, trepidante o si se prefiere rompedora en todos los sentidos incluso antes de presenciarla, por la propia obra de Orff, la más conocida y popular, la puesta en escena de La Fura que nunca deja indiferente, y unos intérpretes que dieron la talla, incluso con «altos vuelos», auténticos profesionales capaces de plegarse a exigencias durísimas de trabajo sin perder nunca su musicalidad.

Vídeo del Ensayo General 11JUL13: ©Canal YouTube Ayto. Oviedo 

Los que me conocen saben que comenzaré por la parte musical, con una orquesta colocada en el escenario muy atrás, rodeada de telas, quedando su sonido algo opaco, con más presencia sonora de la percusión precisamente por esa disposición. Perfectas todas sus secciones, pianissimi incluso en metales que ayudaron siempre a las voces, vigor en los tutti sin estridencias, una Tanz delicada y rítmicamente preciosista, y el sonido compacto al que nos tienen acostumbrados en estos casi quince años que comienzan a dar sus frutos.

El coro, auténtico sustento de la cantata, a ambos lados y separando voces blancas (izquierda) y graves (derecha), con una dimensión tímbrica distinta, sin ver directamente al director, y pese al número de cantantes, sin la pegada esperada para una obra donde su presencia debería ser mayor. Agradecerles el esfuerzo escénico (bien danzando incluso), dotados de carpetas con «leds» que dieron mucho juego, siempre respetuosos con la partitura, afinación correcta pero emisión algo corta, puede que necesitando más confianza para «soltarse» (sobre todo en el Ecce gratum y el ataque del Reie aunque compensando con los pianos), teniendo además la orquesta detrás, lo que siempre ayuda o como en Floret silva donde las sopranos afrontaron con miedo sus agudos. Tampoco fue muy inteligible Chramer, gip die warve mir o Were diu werlt alle min, aunque la rítmica y presencia que Conti imprimió tapó más carencias. Bien los hombres In taberna quando sumus compartiendo puesta en escena con el barítono que salpicó con el agua-vino la primera fila. Faltaron los niños para Amor volat undique que la cuerda de sopranos no pueden igualar como en Tempus est iocundum. Ya avanzada la obra estuvieron más asentados en Veni, veni, venias. Y el último O Fortuna no resultó lo apoteósico que esperábamos pero sí en la línea aseada de todas las intervenciones, arropados por una orquesta bien llevada por su titular.

Del cuarteto vocal impresionante el barítono alemán Bauer capaz de cambiar no ya de ubicación o vestuario en poco tiempo sino de registros en un papel complicado musicalmente y aún más con su puesta en escena, tan pronto a remojo como saliendo por el patio de butacas. Su color vocal y gama dinámica resultaron de lo más apropiado para el papel que le han diseñado. «El sol todo lo suaviza» (Omnia sol temperat) resultó cálido como los rayos y ya «en la taberna» su Estuans interius literal: «Ardiendo interiormente» por lo apretado del agudo. La salida entre el público como abad en Ego sum abbas permitió paladear su voz y dotes interpretativas coqueteando con el respetable y bien contestado por el coro, al igual que en In taberna quando sumus. Los difíciles cambios de registro para Dies, nox et omina los solventó con técnica al servicio de la melodía, mezcla de lírica y canto popular. Bien con el coro en Circa mea pectora con los cambios rítmicos bien encajados entre todos y buena gama dinámica, al igual que en Tempus est iocundum.

Otro tanto sobre las condiciones del contratenor Sábata, bien conocido en Asturias y que en  posición casi horizontal colgado de las alturas, tuvo que «lidiar» actoral y musicalmente notándosele incluso cómodo, lo que dice mucho de su profesionalidad, afrontando un solvente Olim lacus couleram con el coro y orquesta (también el público), a sus pies…

La crevlillentina Espinosa demostró unas facultades físicas dignas de su entrenamiento como karateka, además del musical, incluso natación sincronizada por el tiempo que pasa sumergida en ese vaso – tinaja de agua – vino. Como en un music-hall la valenciana, pareja en otras representaciones de este Carmina su paisana Amparo Navarro, vuelca toda su capacidad en escena aunque nos quedásemos con ganas de escucharla en otros repertorios.

Y dejo para el final a la soprano asturiana, la todoterreno Beatriz Díaz en un nuevo rol que volvió a hacer suyo con toda la dificultad añadida de cantar sobre una grúa que sobrevoló el patio de butacas o dando vueltas para desenrollar los cinco metros de tela: potencia en el momento preciso (Dulcissime), fiatos increíbles, registro medio redondo y sobre todo una línea de canto (In trutina) donde la musicalidad que emana en cada intervención (Stetit puella) es un placer para el oyente, sin olvidar una teatralidad increíble para esta «Monster High» al uso. Lo da siempre todo y es de agradecérselo, esperando siga apostando por partituras como la de Orff que resultan todo un descubrimiento en su voz, actualmente en un momento excelso donde puede «con lo que le echen», siendo la auténtica Fura de Boo.

Al maestro Conti habrá que ir preparándole un homenaje por los nuevos aires que ha traído a nuestra tierra con arriesgadas apuestas desde su llegada a la titularidad, destacando personalmente las bandas sonoras en vivo que pienso han venido a complementarse con esta escenografía de La Fura para esta cantata escenificada donde las imágenes proyectadas y el movimiento actoral encajaron a la perfección desde una dirección que no brilló más por lo apuntado de la colocación de orquesta y coros. Mimó cada intervención solista y bisar O fortuna ayudó a rubricar el espectáculo de las etapas de la  alegría de vivir en 25 cuadros, armonía con los astros y la luna, suerte, sol, agua, música infinita que diseñaron Padrissa y La Fura.

Retomando palabras del propio Carlus así como del reportaje que Jesús Ruiz Mantilla en «El País» hace cuatro años atrás, la puesta en escena de esta Carmina de ritmo atávico repetido en la historia del ser humano, pasa por varios estados, nos creamos en el agua, pasamos al aire cuando nacemos y finalmente a la tierra, proceso de vivir corto en relación al universo, cambios de intensidades como el pulso del corazón, los goliardos que apuntaban buenos momentos de vivir, lo que queremos todos, y una música que nos hace felices. Casi nada y casi todo en una hora frenética de luces y sombras, movimientos escénicos bien calculados y la música invadiéndolo todo. Fiestas mediterráneas tan de La Fura dels Baus que vienen del origen de la tragedia griega y aún antes, el hombre y sus manifestaciones artísticas que han ido perdurando según las culturas, aunque cambien el nombre, el hombre como ser vivo de lo que se impregnan estos catalanes, artista libre que se deja llevar por la naturaleza, pasionalmente, Fura que en su larga trayectoria se acerca últimamente a la ópera, manifestación «interface» de cómo unir diferentes disciplinas y sumar lo máximo, lo más parecido al «arte global», ¿wagnerianos de nuestro tiempo?, el público como coro distinto, silencio tan provocativo como el grito.

Carmina Burana como obra de arte madura aglutinando y codificando diferentes disciplinas, percusión que marca el pulso vital, nada gratuito ni falso, sin excesos (!), y cuatro imágenes: tierra, mar, aire, agua (como los cuatro elementos de las imágenes en la propia web de Beatriz Díaz, esta vez rojo fuego como el vino de la vendimia) que van mostrándose en un montaje realmente logrado, imágenes sobre ese círculo de tela como «acelerador de partículas» que se mueve, sube y baja o se inclina, donde se proyectan vídeos con «imágenes que cumplen una función de luz para el espectáculo», como aseguraban David Cid y Sagar Fornies (autores de todo el trabajo visual) en el citado reportaje del 4 de agosto de 2009 en plena Quincena. Todo en el «haber» pero en el «debe» parecen olvidarse que hacer música es complicado siempre, y las condiciones en las que hacen trabajar a los intérpretes (orquesta, coro y cantantes) no son siempre las idóneas para cumplir con su cometido. A pesar de todo y pensando también en un público global, todo un espectáculo antes, durante y después.

En el diario regional «El Comercio» Igor Ijurra señalaba que en este montaje sigue el subtítulo de la obra: «canciones laicas para cantantes y coristas para ser cantadas junto a instrumentos e imágenes mágicas». Añadió que este ‘Carmina Burana’ es una obra para iniciarse, para gente joven, y «que huye de la solemnidad de los grandes conciertos». Por su parte el maestro Conti apuntó que esta obra «mueve una ciudad, ya lo hizo en Florencia». El éxito está asegurado y apostando sobre seguro.

Cuatro estaciones de nota

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Lunes 17 de junio, 20:00 horas. Teatro Filarmónica de Oviedo: «Le Quatro stagioni». Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Oviedo, Juan María Cué, director. Alba Calle Valiente (clave), Santiago Bastante Arias (guitarra barroca), Emilio Fernández Rivaya (cello), Iker Sánchez Trueba (contrabajo). Obras de Vivaldi, John Munday y Edson Zampronha.

El curso está tocando a su fin y los alumnos de los conservatorios realizan su examen cada vez que dan un concierto en público. El de este lunes contaba con solistas de lujo y un programa que incluía dos estrenos, uno absoluto, relacionados con el título del programa que en Asturias podríamos dejar solo en otoño e invierno, aunque la música brilló primaveral con la alegría estival transmitida por todos los que se subieron al escenario.

Foto © Pedro Martínez

La carrera de mi querido «Don Ignacio» la comenzó hace años pese a tener solamente dieciséis recién cumplidos, y siempre hago referencia al enorme sacrificio que supone alternar los obligatorios del Bachillerato con los musicales. El apoyo de la familia es tan importante o más que el trabajo diario para soportar las penurias de todo tipo que conlleva, sin olvidar las privaciones para todos. Al menos estar como solista en una obra tan difícil como los conocidos cuatro conciertos vivaldianos de Il cimento dell’a armonia e dell’invenzione son un premio más que merecido además de todo un examen superado «Cum Laude».

Alternando los compuestos por «El cura pelirrojo» se incluyeron otras que mostraron la enorme calidad de esta formación estudiantil con unos solistas aventajados a los que las manos del Maestro Cué llevaron por instantes de auténtica delicia. Programa interpretado como unidad, sin interrupciones, con el estreno absoluto de Otoño del brasileño Edson Zampronha dedicada a la propia orquesta, y el estreno en España de Inverno de este compositor afincado en nuestra tierra.

El Concerto en mi mayor RV 269 «La Primavera» lo afrontó Ignacio Rodríguez con un dominio y técnica al servicio de la conocidísima obra, de sonoridad rotunda y aplomo impresionante, con tempi excelentes para disfrutar de un continuo donde la guitarra barroca de Basante y el clave de Calle dieron el color exacto. La Fantasía «Faire Wether» de John Munday nos dejó a la solista de clave mostrarnos una obra virtuosa y ejecutada con la ornamentación idónea.

Continuó Ignacio Rodríguez con el Concerto en sol menor RV 315 «El Verano», seguridad y musicalidad arropada por una orquesta empastada con el solista y magistral concertación del cangués Juan Mª Cué. Sin titubeos y con una madurez impactante emocionó nuestro solista que hace fácil lo difícil: fraseos limpios, sonoridad rotunda, trinos relampagueantes y claros…

La orquesta estrenaba a continuación Otoño de Zampronha, obra a ella dedicada y compuesta con el conocimiento y oficio de este músico que conjuga el homenaje vivaldiano con su propio lenguaje, cercano desde la contemporaneidad que no olvida nunca las fuentes. Un placer de partitura que la joven orquesta hizo sonar fresca y clásica siempre bien llevada por el músico de Cangas de Onís.

Tras el otoño actual, casi como el climático del exterior, volvía con más fuerza aún el Concerto en fa mayor RV 293 «El Otoño» donde el violín de «Don Ignacio» llenó de luminosidad el teatro con sus compañeros, conjunción con concertino y nuevamente el aplomo envidiable para estos jóvenes músicos. Maravilloso el manejo del arco y un sonido diáfano en cada uno de los tres movimientos, precisión que da la seguridad del trabajo bien hecho y enfocado a la interpretación en vivo de estas obras tan comprometidas.

Y el Inverno (2007) de Zampronha que escuchábamos en España por primera vez resultó «ad hoc» en este monográfico climatológico que en cierto modo redescubre lecturas ya avanzadas por Forma Antiqva en su homónima, para dar paso al Concerto en fa menor RV 297 «El Invierno», auténtico derroche de juventud por todos, nuevamente destacable la guitarra barroca y sobre todo la maestría solística con bravos entre un público de la misma edad que supone una auténtica inyección de esperanza en tiempos oscuros y difíciles para la cultura, más aún para la música.

Conjunción ideal tras el arduo trabajo de todos, estudiantes sobresalientes de nuestro tiempo con un director que les entiende a la perfección y saca de ellos lo mejor, trabajo en equipo para alcanzar los objetivos propuestos con la belleza iluminando el quehacer individual. Un orgullo recoger lo sembrado que esperamos no disfruten otros, y el bis del tercer movimiento del verano más que una declaración de intenciones climáticas lo tomaremos como la tan necesitada energía solar que carga las constantes vitales y espirituales. Enhorabuena para todos y un «Cum Laude» para Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre que nos seguirá dando muchas alegrías.

Cum Laude para Don Ignacio

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Este lunes pude asistir en el Teatro Filarmónica de Oviedo al debut como solista de mi querido Don Ignacio interpretando Las Cuatro Estaciones de Vivaldi (obra que sigue siendo referente para muchos) con la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música de Oviedo bajo la batuta de Juan María Cué. Un orgullo compartir con Chonchi y Maque este día que no olvidaremos, premio a un curso duro y una larga vida profesional por delante. 16 años donde le he visto crecer en todos los sentidos, y en el musical el estirón igualmente grande. Con más tiempo la crónica completa.

Examen final

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Viernes 7 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono 14, OSPA, Measha Brueggergossman (soprano), Rossen Milanov (director). Obras de R. Strauss y Bruckner.

Nunca me costó tanto hacer un comentario como el de este concierto que cerraba temporada cual examen final de curso en estas fechas.

Escrito de madrugada sin los enlaces que tanto me gusta poner  (por cierto que es lo que más tiempo me lleva, pues el texto va de un tirón del sentimiento al ordenador, tableta o teléfono), no le dí finalmente a «Publicar» hasta completarlo. El fin de semana fue largo y fuera de caso, pero al leer las críticas posteriores en la prensa escrita (del concierto del jueves en Gijón y del viernes en Oviedo) me pasó como con los exámenes: quise repasarlos antes de poner la nota definitiva, y hubo algunos cambios que no voy a desvelar, aunque siempre a favor del alumnado.

Sacando mi vena docente añadir que un mal examen no supone tirar un curso puesto que la evaluación, de momento y hasta que Wert lo imPPida, es continua y también individualizada, sin comparaciones con otros, así que comentarios y nota final puesta al poco del concierto se mantiene pero llegan los pormenores:

Con el final de curso también llegaba la última conferencia previa al concierto, esta vez de Luis Suñén, director de la revista Scherzo, que compro hace años, al que siempre es un placer leer y sobre todo escuchar, más en vivo, con sus conocimientos de «musicógrafo» como bien reconoce, y su pasión de melómano que contagia a la audiencia, familiar en Oviedo como en todas las anteriores (lástima para quienes se las han perdido porque son más que un complemento a los conciertos y a las notas al programa que suelen ser de los conferenciantes como así volvió a suceder) en esta «Lección magistral de clausura». Gracias a Don Luis por hablarnos de Richard y Anton con la familiaridad y cariño habituales más allá de las anotaciones, y animar a la OSPA que mantenga este ciclo pese a la poca entrada, que parece disminuir como el público de los conciertos, aunque el balance y memoria final ocuparán un comentario aparte.

El último concierto presentaba un programa de lujo, y traía a la canadiense Measha como figura invitada, aunque las grabaciones discográficas poco tengan que ver con el duro directo y las Cuatro últimas canciones (1948) de Richard Strauss sean una reválida fin de carrera más que una prueba de acceso universitaria. Cuatro joyas para solista y orquesta cuya mera escucha es todo un placer pero que la soprano mediática no creo triunfe con ellas, si bien las mezclas de estudio pueden hacer milagros. Los «lieder» con orquesta exigen algo más que sentimiento y dicción, que tuvo, pero su proyección vocal no llegó como debiera hasta mi fila 13, y lo digo por algún crítico algo más cercano al escenario, y si además Milanov se limita a seguir la partitura (que tiene mucho que dirigir) sin mimar a la solista, el resultado global se queda en un mero suficiente para la invitada. No soy quien para dar lecciones de dirección pero supongo que las indicaciones de volumen, los matices, no son iguales para el metal que la madera, por lo que pianissimo resulta trabajo desde el podio que además es quien mejor puede escuchar los planos. Y cantar con una gran orquesta detrás exige de la voz no volumen sino técnica para hacerla «correr», fluir, no sólo en los agudos. Pienso que el mal de muchas voces actuales, además de la elección del repertorio adecuado a ellas, estriba en la técnica apropiada para intentar igualar el color en todos los registros sin perder nunca cuerpo ni presencia en los graves, y la soprano de color no estuvo al nivel esperado.

Puede que otro programa y acompañamiento ayude a disfrutar más de su voz, pero para estos cuatro lieder straussianos no creo que esté en condiciones óptimas. Parece que los músicos de la OSPA sí se tomaron muy en serio este último examen porque dieron más de lo que se les exigió, y los solos de Vasiliev y Myra Pears fueron realmente de matrícula de honor. Globalmente las cuatro canciones fueron de menos a más, aunque me quedo con la tercera de Hermann Hesse Beim schlafengehen (como a Suñén tampoco me gusta la traducción literal de «Al ir a dormir») y la de Joseph von Eichendorff Im Abendrot («En la puesta de sol»), auténtica maestría de maridaje texto y música como en Schubert, Schumann o Mahler. El divorcio estuvo entre solista y director, el dulce en la propia obra.

Y cerrar curso con Bruckner y su Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 (revisión R. Haas) suponía el nivel máximo de exigencia tras una temporada más que notable. Además de merecidos «ascensos en el escalafón» preparando el próximo curso, destacar la madurez alcanzada en éste de los metales y en especial las trompas que esta vez tuvieron que reforzarse para que dos de los titulares cambiasen a las trompas wagnerianas (cuatro se necesitaron) en una obra exigente para toda la orquesta que estuvo sobresaliente. Si Strauss resultó bueno pero «breve», más parecería un calentamiento ante la magnitud de esta Séptima. Nuevamente los solistas brillaron a la altura esperada.

La cuerda al completo tuvo el extra de dejarse las yemas para alcanzar el volumen exigido (la plantilla no crece pero sí las exigencias de más en obras de esta envergadura) y equilibrar el poderío de unos metales a los que no podemos ponerles ningún reparo, más una madera que sigue estratosférica. La versión Milanov no resultó igual, sí mejor que Strauss pero optanto nuevamente por la «literalidad», que en el caso de Bruckner exige muchas y profundas lecturas. De nuevo caímos en la tentación de una obra sinfónica total, cumbre en todos los aspectos (puede que menos en el popular) pero que necesitaba más cuerda. Como en el anterior concierto con la Quinta de Shostakovich, el esfuerzo de nuestra cuerda fue titánico y hay que recalcarlo para evitar malentendidos. El público siempre agradece estas «obras de poderío» pero los rectores conocen mejor que nadie las necesidades, y la Séptima de Bruckner quedó corta en efectivos aún a costa de mayores sacrificios (¡dichosa crisis!).

Los tiempos elegidos estuvieron ajustados a las indicaciones, como el Allegro moderato con orquesta plena en un «tutti» sin trompetas ni trombones que daba paso al magistral oboe y clarinetes (los dos) en ese ascenso melódico antes de entrar en el contracanto de violines, que contrapongo a lo poco marcadas que quedaron las modulaciones de la partitura y muy «académica» la reexposición final así como la amplia coda.

El Adagio (indicado Sehr feierlich und langsam, con lentísima solemnidad y calmado), es de lo más emocionante de Bruckner aunque la dirección no logró conmover, puede que esta vez la disposición «vienesa» con contrabajos atrás y tubas wagnerianas a la izquierda no ayudasen (la tuba en el lado opuesto impidió más empaste). Siendo la sinfonía pieza única de la segunda parte no creo que resultase complicado ubicar los contrabajos a la izquierda y dejar todo el metal en la parte trasera, precisamente para esa sensación de tubos de órgano. Cellos y violas sí sonaron homogéneas en su posición para el segundo motivo del adagio y la siempre segura sección de violines en ese inserto del Te Deum del propio compositor antes de desarrollar en contrapunto los temas y el gran crescendo antes de la coda donde los metales realmente truenan.

El Scherzo vivace (marcado Sher schnell, muy rápido) por su rítmica tan marcada resultó lo mejor de la sinfonía a lo que debemos sumar una cuerda al unísono que suena como un todo, nuevo triunfo de la formación asturiana que a lo largo de la temporada ha mantenido este nivel de calidad sin apenas altibajos. Nuevamente la dirección de Milanov buscó más tiempo que color, y el trío central (Etwas langsamer, un poco más lento) fue buen ejemplo, sin poder paladear un poco más los violines tocando esa especie de danza popular respondida por viento y timbales, curiosamente más discretos de lo que deberían.

Y el Finale (Bewegt, doch nich zu schnell, movido pero no demasiado rápido) tan subjetivo como el Martini de James Bond, «ethos y pathos» que escriben los estetas pero donde la energía debe estar controlada antes de ese coral del segundo tema precediendo la luz de las trompas y el siguiente desarrolo y reexposición, corta y tensa antes de la coda. La orquesta pareció entender a la perfección la llamada «vía real» de Bruckner en esta sinfonía, aunque Milanov optase por «referencias» más cercanas a la Primera o Tercera en una visión global y no detallada de esta séptima que tanto tiempo costó componer. Por una vez puedo decir que la orquesta sobrepasó la dirección, lo que puede tener doble sentido.

Comenzaba diciendo que un mal examen no supone suspender, y si la orquesta alcanzó el Sobresaliente, poner tarea para Septiembre no es suspender sino repasar algunas cosas mejorables. Cuando la exigencia es de nota alta, un suficiente debe tener trabajo en las vacaciones.

Con más tiempo haremos la «Memoria final» y avanzaremos la Programación 2013-14, vamos como en el Instituto, aunque todavía nos queden dos semanas de clase y una última de preparación del último curso antes de Wert.

Digo a quienes me conocen que con la OSPA llevo 22 años casado, los mismos que con mi esposa, felices y con las normales diferencias de una convivencia tan larga. Mi filosofía de la vida, si se quiere mis convicciones, hacen que sepa perdonar y olvidar los malos momentos para quedarme siempre con lo positivo, lo que no impide seguir disfrutando de la libertad para opinar aunque no sea compartida. Por pedir, solamente salud para celebrar las bodas de plata…

Dinamismo y color

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Viernes 31 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 13, OSPA, Lawrence Power (viola), Rumon Gamba (director). Obras de Britten, Rózsa y Shostakovich.

No soy supersticioso, más bien creo que el número 13 da suerte (supongo que es herencia famiiar) y el penúltimo de la temporada de «mi OSPA«, con quien llevo casado los mismos años que con mi esposa, volvió a resultar excelente, en la línea emprendida de ofrecer programas con solistas de primera, obras nuevas sin olvidar el aspecto didáctico, y el repertorio sinfónico habitual, esta vez todo del siglo XX que resulta cercano a muchos de los asistentes, este viernes mucho menos de los habituales y algo preocupante. Tampoco se olvidaron de un centenario que no resulta tan mediático como los de Verdi y Wagner pero que acabará teniendo más hueco este mismo año: Benjamin Britten (1913-1976).

Al inglés correspondió abrir velada con su «Funeral ruso» para metal y percusión (1936) donde estas secciones también dieron el paso de calidad y demostraron un nivel que creció a lo largo de este curso escolar. El maestro Gamba, que volvía al podio, se encargó de mostrar sus cartas en esta obra que sonaba por vez primera: apostar por la dinámica como generadora de color. Empaste broncíneo en una breve partitura llena del particular lenguaje de Britten en un poema sinfónico con carga ideológica como bien explica Cosme Marina en las notas al programa (están vinculadas a los autores al inicio de esta entrada). Guerra y muerte hechas música.

El húngaro Miklós Rózsa (1907-1995), oscarizado varias veces por sus bandas sonoras que también disfrutamos, compuso este Concierto para viola, Op. 37 en los inicios de los 80, siguiendo las líneas digamos académicas. Si además podemos contar con un solista como Lawrence Power no descubrimos ya la obra sino el protagonismo de un instrumento con colorido propio. A lo largo de sus cuatro movimientos el viola británico sacó la paleta al completo de matices, lirismo, virtuosismo y entrega con una concertación sabia desde el podio que siempre atenta a los planos sonoros apostó por la riqueza de volúmenes en pos de texturas bien ensambladas con el solista, sin perder de vista las referencias al folklore de la tierra de Rózsa, siempre presentes incluso en sus obras cinematográficas como firma personal. Conocida es mi tendencia a los movimientos lentos, y el III Adagio no fue la excepción, pero desde el largo I Moderato assai hasta el IV Allegro con spirito el concierto nos llevó a distintas velocidades dependiendo de la senda tortuosa, placentera, en subida o parándonos a disfrutar de un paisaje sonoro que emanaba por sí solo desde una orquesta madura y plena. La clave pienso que estuvo en el amplio diseño de la dinámica que consiguió la riqueza de color instrumental, transmitida igualmente por la viola de Power. La zarabanda bachiana de propina volvió a regalarnos un sonido sin igual desde una interpretación introspectiva como era de esperar.

Siempre digo que no hay quinta mala. La Sinfonía nº5 en Re m., Op. 47 (1937) de Dmitri Shostakovich  (1906-1975) resultó pletórica en las manos de Gamba que con gesto exagerado pero necesario para una orquesta que no es la suya, entendió perfectamente las intenciones desde el primer movimiento Moderato. Este viernes la colocación «habitual» no restó calidades en ninguna de las obras, y «la quinta» surcó por mares de excelencia, con un desarrollo siempre in crescendo y pinceladas pianissimi preparando un desembarco triunfal. El III Largo tuvo tal intensidad dramática que la explosión sonora del IV Allegro non troppo no fue sino el digno colofón a un concierto donde el juego de volúmenes sacó a la luz todo el colorido de la formación asturiana para esta quinta de Dmitri.

Me gustó el estilo del británico Gamba precisamente por su claridad de ideas, dejando que los profesores pusiesen su buen hacer habitual, con pocos refuerzos y algún coprincipal de solista en el penúltimo de la temporada. Maestría y veteranía desde la dirección al conocer que del juego con los matices siempre extremos, válidos por las obras programadas, resultan tímbricas llenas de colorido que amplían una paleta orquestal irisada como nunca.

Sólo queda esperar la interesante clausura de temporada el próximo viernes 7 de junio, de nuevo con Milanov, con las Cuatro últimos lieder de Richard Strauss y la soprano canadiense Measha An Brueggergosman, y de colofón la inmensa Séptima sinfonía de Anton Bruckner, pero como decimos los profesores a estas alturas de curso, la calificación global no cambiará mucho y será alta.

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No hay Quinta mala y Shostakovich cerró con apoteosis un concierto iniciado con Funeral ruso del centenario Britten y el cinematográfico M. Rozsa con el viola Power. Rumon Gamba apostó por la dinámica pues el color OSPA está asegurado. Ahora toca cenar y el sábado ampliaremos catálogo de sensaciones.

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Dicha de Amor es la música

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El jueves 23 pude asistir en LAUDEO, organizado por Extensión Universitaria de Oviedo y el Departamento de Musicología a una nueva proyección en directo, esta vez desde el Teatro de la Zarzuela de Viento (es la dicha de Amor), «Poema lírico sobre El Deseo» basado en la zarzuela con libreto de Antonio de Zamora y música de José de Nebra, con dramaturgia de Andrés Lima a partir de poesía amorosa española de los siglos XVII al XXI, y este sábado 25 volví a escucharlo por Radio Clásica.

María Sanhuesa Fonseca nos dió una interesantísima conferencia previa a la representación que nos puso en antecedentes de lo que era la zarzuela barroca, los teatros, libretos, y sobre todo la figura del gran José de Nebra, a caballo entre el barroco y el clasicismo con un lenguaje musical capaz de alternar lo hispano con lo italiano, francés o incluso alemán. La única referencia que tengo de la obra es la grabación de 1995 (publicada en 1996) editada por el desaparecido sello Auvidis Valois «Viento es la dicha de amor» sin diálogos pero con un completo libreto que incluye textos de Andrés Ruiz Tarazona y y Alicia Lázaro. Al menos la doctora Sanhuesa avisó antes de ver la representación que el título no engañaba a nadie, «Poema lírico sobre El Deseo» con textos actualizados y escenografía de «última generación» donde aparece igualmente la maravillosa música de Nebra bajo la dirección y el clave de Alan Curtis al frente de la Orquesta Barroca de Sevilla, cantada (por orden de aparición) por las sopranos Beatriz Díaz (Amor) y Yolanda Auyanet (Liriope), la mezzo Clara Mouriz (Zéfiro), el tenor Gustavo De Gennaro (Marsias), más Ruth González (Delfa), Mercedes Arcuri (Ninfa) y el actor Alberto San Juan (Antenor) entre otros, junto a un excelente Coro del Teatro de la Zarzuela que dirige Antonio Fauró.

La idea de doblar cantantes y actores no es nueva (personalmente no me aportó nada) y la partitura es hermosa en sí, «llena de melodías pensadas para ser cantadas con fluidez y gracia» (Alicia Lázaro en el CD citado), con sucesión de coros, recitativos, arias, dúos y concertantes llenos de colorido, más una orquesta que funcionó a la perfección bajo la batuta del experto Curtis.

Destacar a la soprano asturiana Beatriz Díaz con este papel barroco nuevo y exigente en un registro grave que está creciendo pese a sacrificar un poco la dicción, excelente en cambio en el agudo que sigue siendo de respigar desde el aria inicial «Teme aleve fementido» a la final «Guerra publique, guerra» sobreponiéndose a trompetas con ese color tan personal. Geniales las coplas «Ay Dios aleve» y bien empastada en los concertantes.

La emergente mezzo vasca Clara Mouriz en ese papel masculino realmente agradecido vocalmente, aunque nuevamente tengamos dificultad en entender el texto, también resultó de mi agrado. Bien sus arias «Tórtola que carece» y «Selva florida», más el dúo «Albricias, Arcadia» realmente potente, creciendo a lo largo de la representación. Bien igualmente los personajes de la soprano canaria como Liriope y su paisana Delfa, así como la Ninfa argentina, siendo el tenor argentino Marsias mejor en la retransmisión radiofónica (excelente toma de sonido) que la televisada (por cierto con algunos fallos debidos a cámaras autónomas, como me informaron el jueves), aunque yo hubiese apostado por una cantante, incluso un contratenor.

De la puesta en escena llevada al «Balneario Arcadia» con fondo alpino tipo spa, excelente la iluminación de Valentín Álvarez, vestuario elegante de Beatriz Sanjuan incluyendo la lencería, pero crujiendo ese intento de modernizar o actualizar para un público nuevo que apenas acude y soliviantando al habitual que pasa por taquilla. Para empezar «Amor» no aparece disfrazado de zagal sino de Marilyn Monroe que continuará así en la Segunda Jornada (como se denominaban entonces los Actos), tal vez diosa furiosa.

En lo humano «Marsias» como cocinero puedo entenderlo en cuanto a interesado por el vino, la comida y las mujeres, sobre todo «Delfa» cual ¿encargada del comedor? ¿servir en vez de entretener? ¿a las ninfas?. De éstas como empleadas en el entorno acuático también servirían, pero supongo que la culpa es mía por conocer el argumento antes de asistir a la representación.

El detalle del rapto de una desnuda actriz con la bañera girando como en los tiovivos, está bien pensado pero se coló el sonido de las ruedas de por los micrófonos y será difícil quitar ese ruido extra caso de comercializar la producción en DVD. Como las imágenes que ilustran la entrada son de la representación, cada uno podrá opinar. Habrá quien me escriba diciendo que para gustos colores… claroscuros barrocos con luces y sombras.

Los poemas están muy bien elegidos (Ángel González, Valente, Hierro…) y apropiados para cada momento, aunque la forma de recitar de Alberto San Juan resultó algo cansina para mi gusto. El directo es lo que tiene y supongo que será difícil encontrar grandes declamadores en los castings. De su «pareja» mejor me callo todos los aspectos (incluso el físico).

La división de opiniones estaba servida antes del estreno, y la quinta función del sábado volvió a suscitar abucheos que seguramente los gestores achaquen a la edad. Creo que debemos dejar algo a nuestra imaginación y no ser tan explícitos. Estamos dando la comida ya masticada, puré que a la larga dejará dentaduras intactas de inútiles. ¿Son necesarias las escenas de «alto voltaje»? ¿el desfile la ropa interior? ¿desnudos cual aquélla «Fedra» de Espríu y Espert de finales de los 70? y un ballet que por momentos resultó excesivo pese a la coreografía de Sol Picó al «estilo Martha Graham» que podría triunfar per sé y descontextualizado.

Cierto que zarzuela es cantar, declamar, bailar, comprendo el «horror vacui» tan barroco, incluso puedo aceptar estas transmutaciones: ¿otro Viaje a Reims? ¿está barata la escenografía IKEA?. Pero al final no se debe olvidar la música y menos a los cantantes, auténticos protagonistas que tienen que actuar en no muy buenas condiciones. El barroco es exceso pero me quedo con el musical sobre el escénico. En estos tiempos de crisis (sobre todo de ideas) donde parecemos retroceder históricamente en muchos aspectos, el landismo parece ser reclamo para captar público en los teatros, ocupando más espacio en las críticas que el específicamente musical. Será que me crié con discos de vinilo y cintas….

La llegada del vídeo supuso todo un descubrimiento y los directos del Campoamor no podían olvidar el banco o la reja que servían para todo. El LaserDisc© me lo comí con patatas y me detuve en el DVD, porque el Blu-ray© nunca lo tuve claro. De la televisión nada de nada, algo más en los cines y sobre todo Internet, aunque la cadena de música y los CDs siguen a mi lado funcionando medio día.

Cumplir años es lo que tiene y debo estar volviéndome un viejo carca que se jubilará con 70 años si esto continúa así. Pero siempre nos quedará la música…

Alta cocina sinfónica

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Viernes 24 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 12: OSPA, Stefan Dohr (trompa), David Lockington (director). Obras de Gabriela Lena Frank, Richard Strauss y W. A. Mozart.

Nuestro princpal drector invitado volvía al frente de la orquesta del Principado para cocinar un menú auténticamente magistral por ingredientes, condimentos, entorno, presentación y sobre todo sabor sinfónico de muchas estrellas, tenedores o diapasones…

El menú programado para esta temporada es digno de una carta excelente, apostando por la «nueva cocina» sin olvidar los platos tradicionales. Los cocineros y platos preparados que han desfilado por la carta quedan para el análisis del gourmet profesional, pero la degustación de este duodécimo de abono merece la pena marcarlo como destacado por este cliente habitual.

Estrenar en España una obra como Leyendas: Un paseo andino (2001) de la compositora Gabriela Lena Frank (1972) supongo que sea elección del chef Lockington, pues conoce esa tierra y su(s) música(s) como buen cocinero, siendo capaz sólo con la cuerda de preparar unos entremeses de exquisiteces donde saca o adereza calidades escondidas. Hacer
de seis pequeños números recreaciones culinarias ya indican cómo trabaja este cocinero al que en Oviedo se le aprecia agradeciendo siempre tenerlo como principal invitado. Inspirarse en el folklore andino para crear esta personal suite que transciende del cuarteto de cuerda a la gran orquesta de cuerdas resultó realmente increíble, como si la maitre fuese sacando primeramente los fríos I Toyos o II Tarqueada, para entrar en el diseño del III Himno de Zampoñas y entrar con los calientes: IV Chasqui que por rítmica, desarrollo y visión global resultó muy exigente para todos, extrayendo de la cuerda sonoridades al límite. El auténtico descubrimiento servido casi en cazuela de Pereruela resultó el
V Canto de velorio que transmite ese dolor que tan bien describen las notas al programa de Nerea Barrena de la Rúa (con quien volveré en la segunda parte), con ese cuarteto de solistas de lujo que tenemos en la orquesta: Vasiliev, Atapin, Lev y Corpus, por orden de intervención. Explorando sabores, sonoridades y dinámicas extremas sin olvidar el cuarteto original que crece cuando suenan tutti, y ese último aperitivo
VI Coqueteos con puro olor andino de paladar clásico sin concesiones, nuevamente cocinado, presentado y servido con el «magisterio Lock».

El plato consistente, fuerte, rotundo que llenaría oídos preparados para manjares potentes, fue el Concierto para trompa nº 2 en MIb M (1942) de Richard Strauss con el mejor ingrediente posible: Stefan Dohr, el mejor solista del momento («el rey de su instrumento») con un currículo que se queda «pequeño» nada más escucharle entrar en el I Allegro. El aderezo forma parte del plato y la OSPA preparó con Lockington una versión de referencia, crecidos por la calidad de un trompa que recrea en primera persona la partitura original. El II Andante con moto y el III Rondó: Allegro molto es algo más que colorido en el plato, auténtica delicia al paladar contagiando todo el plato de maestría, pues los dos trompas empastaron con el virtuoso como nunca pensamos, amén del diálogo con el oboe siempre seguro y de musicalidad impecable. Imposible describir cómo suena ese instrumento con el alemán. Moviendo en la boca cada trozo, pudimos disfrutar de sabores preparados con la magia del Maestro Lockington, elegancia desde el podio que sabe preparar platos con cualquier ingrediente, y si es difícil de conseguir lo exprimirá a tope para alargar el placer, como así sucedió con esta «Trompa Strauss». No recuerdo tantos aplausos para un solista en el auditorio (y eso que muchos fueron a cazar «gatos monteses» al Campoamor), y el trompa «D’oro», pues merece españolizar su germano Dohr, nos regaló un Messiaen donde los sonidos que salen de ese corno francés son estratosféricos o galácticos como el título (Los cañones de las estrellas). Nueva salva de aplausos ante un sorbete celestial que sirvió para comentar largamente en el descanso con algunos músicos del mismo instrumento.

Para completar un manjar el último plato debe ser ligero como una «lubina Linz con salsa asturvienesa» del siempre genial océano Mozart. La conferencia previa de mi querida Nerea Barrena nos preparó a los pocos que estuvimos a las 19:00 horas en la cata de las llamadas «sinfonías vienesas» sin olvidar todo el proceso de macerado de otro manjar: la Sinfonía nº 36 en DOM, K. 425 «Linz» (1783). Todas las notas al programa son como la carta antes de comer, la conferencia los detalles de una sumiller de primera, y la interpretación de la OSPA con Lockington el redescubrimiento de un plato con nuevas texturas en boca. Supongo que Ne Re estaría compartiendo este menú en el «comedor Príncipe Felipe», con sabores capaces de aligerar la almendra del carbayón dulce con el chocolate vienés. Y es que el Chef David siempre que viene a nuestra tierra saca lo mejor de los músicos de nuestra OSPA, se crecen como la buena fabada, cocinando a fuego lento y seguro, sin ningún aspaviento, mimando el horno igual que los fogones, ollas, sartenes o woks, sea el I Adagio – Allegro spiritoso como base de cuerda bien aliñada por viento, el delicado II Poco adagio con timbales en su punto y musicalidad a rebosar, un III Minueto efervescente sin quemar y el IV Presto final que daba pena tragar de lo bien que sabía, perfecto regusto alegre que reanima el espíritu con una orquesta plena en boca (oído), dejando en la carta de este restaurante tutelado por Milanov un menú irrepetible que nos hace esperar la siguiente cita gastronómica con auténtica gula auditiva.

Cierre ruso en Oviedo

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Domingo 19 de mayo, 19:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G Iberni»: Daniil Trifonov (piano), Orquesta Nacional Rusa (RNO), Mikhail Pletnev (director). Obras de N. Tcherepnin, Tchaikovsky y Glazunov.

Se acabó el Ciclo de Conciertos del Auditorio y este frío domingo las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con claros y algunas sombras, pero sobre todo luz y elegancia en muchas tardes, incluso gloriosas, poniendo el listón nuevamente muy alto, con un avance de la próxima que promete, aunque le dedicaremos otra entrada.

Lo ruso sigue siendo referencia y nada mejor para clausurar temporada que reunir intérpretes y obras de una tierra que en Asturias sentimos cercana, al menos en lo musical (lo climatológico parece que también).

A Pletnev le hemos disfrutado como pianista y ahora como director, trayendo a su RNO al auditorio carbayón dentro de su gira europea, comenzando con un compositor no muy conocido ni escuchado como N. Cherepnin y La Princesse lontaine (Preludio por la princesa lejana) Op. 4, para calentar motores en una formación que suena impactante en todas sus secciones, colocando contrabajos atrás a la derecha y toda la percusión a la derecha, enfrentando violines para conseguir una sonoridad envolvente que completa la calidad contrastada de una orquesta con 23 años, lo cual es sinónimo de madurez. El entendimiento con su director fundador es total, no hacen falta muchos gestos porque el trabajo permite la economía y el máximo rendimiento. El alumno de Rimski-Korsakov pone buena música en estilo del maestro al argumento de la obra de Edmond Rostand como bien recuerda Rogelio Álvarez Meneses en las notas al programa, arrancando con un impresionante solo de cello (Alexander Gotgelf) y el posterior de oboe (Vitaly Nazarov) bien arropados por una orquesta realmente «redonda».

El plato fuerte vendría de la mano de Trifonov, un pianista que pese a la juventud es ya una auténtica figura desde hace años, para interpretar el conocido Concierto para piano y orquesta nº 1 en SIb M, Op. 23 (Chaikovsky) en una versión donde se notó que el director es también un maestro del piano, y donde Tatiana Porshneva se puso de concertino. Por fin escuchamos ese inicio contundente con un tiempo ajustado a la indicación: Allegro non troppo e molto maestoso, claridad expositiva y limpieza desde un poderoso piano que igual empastaba a la perfección con la orquesta como tomaba un protagonismo aún más marcado gracias a una concertación de Pletnev auténticamente deliciosa. El paso al Allegro con spirito fue otro escalón hacia la cima sonora. Aparición del clarinete (Nikolai Mozgovenko) que volvería a sorprendernos más adelante y todo un juego de texturas cálidas y aterciopeladas en la orquesta. El Andantino semplice – Prestissimo trajo consigo un despliegue técnico impecable, pese a los mínimos desajustes del instrumento solista (hubo momentos de madera en vez de cuerda), unos dificilísimos cambios siempre encajados desde una batuta que manejó a la orquesta como el «otro piano sinfónico» y otro solista (el flauta Maxim Rubtsov) también marcando calidad, pudiendo degustar el lenguaje tan romántico del compositor, para poner todo el fuego final (Allegro con fuoco) en una actuación estelar porque sumó todo para hacerla así: obra, pianista solista, orquesta al completo y director.

El único guiño «no ruso» lo pondría el propio Trifonov con una versión del hermoso lied de SchubertAn Sylvia que hizo cantar el piano como si Bjoerling se hubiese reencarnado en las cuerdas. Delicia total que «obligó» al prodigio ruso a impactarnos con la «Danza Infernal» de El pájaro de fuego (Stravinsky) en arreglo del maestro italiano Guido Agosti, perfecto broche virtuosístico tomando la música de ballet rusa como enlace con la segunda parte, y manteniendo el sabor ruso que impregnó toda la velada.

Con Las estaciones, Op. 67 (Glazunov) volvió el concertino titular Alexei Bruni capitaneando la RNO que volvió a brillar al completo y en cada intervención de unos solistas que son oro puro, y un Pletnev al frente que con su peculiar dirección sacó de este ballet en colaboración con Marius Petipa de cinco movimientos que comienza con El invierno, el mismo que parece no querer abandonar Asturias, brillo, sensibilidad, colorido, texturas, lirismo y todos los calificativos que podamos imaginarnos. Las cuatro variaciones invernales volvieron a descubrir atriles como el trompa o la arpista. El verano y sus cinco partes dejaron un Vals de acacias y amapolas donde las fragancias fueron lanzadas en gotas por Pletnev. El otoño resultó la auténtica bacanal a la que el Petit Adagio siguiente daría un color ocre por toda la cuerda que suena rusa en cada momento, con el motivo más conocido realmente apoteósico para cerrar el ciclo anual, composición y temporada. La orquesta está en un nivel que nos hizo quitar el mal sabor de boca inglés.

Más la fiesta tenía que acabarse con el Pletnev compositor y el Preludio de su Jazz Suite para corroborar que su formación está capacitada para sonar a gloria con cualquier estilo aunque el del concierto dominical resultó muy cercano en el tiempo, siendo el guiño jazzístico la guinda del pastel: gozada de trompeta con sordina (Vladislav Lavrik), percusión y contrabajo que también quisieron reivindicar la calidad que tienen todos y cada uno de sus componentes.

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