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Pacto musical con el diablo

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Domingo 5 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Ópera y cine. Palacio de Carlos V: Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), Coro masculino de la Orquesta Ciudad de Granada (Héctor Eliel Márquez, director del coro), Alejandro del Ángel (tenor), Donato Renzetti y Timothy Brock (directores). Obras de Franz Liszt y Pietro Mascagni. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara, y propias.

Cine de verano en el palacio imperial con dos obras y dos directores al frente del una JONDE fresca, entregada, disciplinada y bien ensamblada para un programa que pide una gran orquesta como la que se subió al escenario. Apoyaré siempre esta cantera de las orquestas profesionales, incluso las que surgen independientes, porque nadie diría en mis años jóvenes que tendríamos este renacer de grandes músicos que necesitan rodarse como complemento necesario a sus estudios de instrumento, y según surgían nuevas formaciones sinfónicas a lo largo del territorio español, como sucede en el resto de Europa, la gente joven que aspira a la profesionalidad necesita estas oportunidades, con ilusión, calidad y un resultado final que no tienen nada que envidiar a “sus mayores”, y así lo estamos comprobando en esta edición.

La noche dominical tenía como hilo argumental el mito de Fausto, que bien nos explica y describe en las notas al programa mi admirado José Manuel Ruiz Martínez, profesor de Lingüística General y Teoría de la Literatura en la Universidad de Granada así como crítico musical. La poco interpretada Sinfonía Fausto de Liszt es un hito del sinfonismo del siglo XIX dentro de la llamada “música programática”.

Sus tres movimientos son retratos psicológicos de los principales protagonistas del drama, pero la interpretación del reputado maestro italiano Donato Renzetti (Torino di Sangro, 1950) me lleva a tomar las palabras del propio Liszt: «soy el espíritu de la negación».

En vez de transmitir emociones me acabó causando verdadero sopor, una lástima porque la JONDE fue disciplinada y entregada al maestro, sonando compacta, con una cuerda (a partir de 8 contrabajos para calcular la plantilla) bien comandada por la concertino María Asensi Yagüe, unas maderas que en el tema de Margarita sonaron y dieron la inocencia del personaje, unos metales brillantes para “acallar la amarga ironía mefistofélica y proclamar el triunfo del «eterno femenino»”  como escribe José Manuel, y el siempre exigente coro masculino y tenor, que añadiría posteriormente Liszt, en este caso el de la OCG junto al tenor mexicano Alejandro del Ángel para los versos de Goethe, traducidos en la pantalla para la posterior película. Demasiado ocupados en dar todas las notas de la partitura, los volúmenes no siempre fueron idóneos ante cierto “maltrato” orquestal.

La sinfonía no funcionó tal y como la planteó Renzetti, sin encontrar o atender los balances y fraseos, perdiéndose la oportunidad de disfrutar esta maravillosa sinfonía.

Y aunque el concierto se presentaba dentro del apartado “Ópera y cine” no resultó tan literal como en la anterior edición con Carmen y Pagliacci, ambas dirigidas por el norteamericano Timothy Brock (1963), aunque el compositor de la banda sonora para la película Rapsodia satanica (1917) de Nilo Oxilia fuese Pietro Mascagni en su primera y única aproximación a un género que, cien años después, sigue siendo la actual música sinfónica. Cada vez encontramos más películas previas al cine sonoro con la música en vivo tal y como se hacía en su época, y la labor de digitalizar estas cintas para una buena proyección es la mitad del espectáculo del “cine al aire libre”, aunque no sea igual que en un teatro o auditorio, pero Granada en verano es idónea para el Séptimo Arte con la música en vivo.

Nuevamente la JONDE rindió como una orquesta profesional, música diegética perfectamente encajada y sincronizada con muchas imágenes coloreadas, destacando especialmente las que el piano de la protagonista, curiosidad femenina que pacta con el diablo, sonaba chopiniano en las manos del segoviano Daniel Cardiel Manso, músico invitado que también se ocuparía de la celesta más el órgano en Liszt. El maestro Brock, investigador y especialista en estos rescates audiovisuales, supo sacar lo mejor de una partitura que pasará a la historia precisamente por ser de Mascagni, de sincronización perfecta y respuesta precisa de una orquesta joven pero madura y esta vez bien balanceada.

No sé si la excesiva duración de la velada o el sopor de la primera parte, hizo marchar a buena parte del público, pero es otra película para contar y tendrá que elegirse mejor la combinación de obras en este ciclo, pues el final resultó un pacto con el diablo musical.

PROGRAMA:

Franz Liszt (1811-1886)

Sinfonía Fausto en tres retratos de carácter, para tenor, coro y orquesta, S. 108 (1854-57, rev. 1861):

Faust –  Gretchen – Mephistopheles – Chorus Mysticus

Rapsodia satánica

Mediometraje, Italia, 1917

Dirección: Nino Oxilia (1889-1917)

Música: Pietro Mascagni (1863-1945)

Guion: Alberto Fassini sobre poema de Fausto Maria Martini

Reparto: Lyda Borelli, Andrea Habay, Ugo Bazzini, Giovanni Cini, Giulio Bazzini

Fotografía: Giorgio Ricci

Derechos para para la proyección en vivo: Ripley’s Film Srl

Restauración realizada por L’Immagine Ritrovata and Cineteca di Bologna

Invitación a la música

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Sábado 4 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V:  Budapest Festival Orchestra, Anja Kampe (soprano), Hanno Müller-Brachmann (bajo), Iván Fischer (director).. Obras de Schumann y Wagner. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Los festivales también viven de los reencuentros. Un año después de aquella inolvidable Quinta de Mahler, la Budapest Festival Orchestra regresaba al Palacio de Carlos V para confirmar por qué es una de las grandes formaciones europeas del momento. Yo mismo la había descubierto en Oviedo allá por 2012 y, tras volver a escucharla este pasado mes de mayo con idéntico programa, Granada suponía la tercera estación de un viaje musical ya plenamente asentado. El único cambio era la presencia de Anja Kampe en sustitución de Ingela Brimberg, una sustitución que, a mi juicio, terminaría siendo incluso favorable.

Hace poco definí a Iván Fischer como «la batuta amable» y esta noche no hizo sino confirmarlo. No dirige desde la imposición sino desde la invitación. Su autoridad resulta absoluta precisamente porque nunca necesita exhibirla. Más que ordenar, propone; más que marcar el pulso, contagia el deseo de hacer música. Cada gesto parece una conversación con sus músicos y la respuesta de la orquesta es inmediata, natural, casi camerística incluso cuando despliega una plantilla monumental.

La «Renana» permitió disfrutar desde el primer compás de una cuerda opulenta pero nunca pesada, de unas maderas capaces de cantar cada frase con naturalidad y de unos metales que combinan nobleza con brillantez sin perder nunca el equilibrio. La disposición vienesa —violines enfrentados, violonchelos proyectando directamente hacia la sala y contrabajos abrazando el conjunto desde el fondo— sigue pareciéndome una de las decisiones acústicas más inteligentes cuando una orquesta sabe aprovecharla como ésta, y en el Palacio aún mas.

El descanso tuvo además un regalo inesperado: compartir los micrófonos de Radio Clásica con mi querido Arturo Reverter y Miguel Ángel González Barrio. Escuchar conversar a dos wagnerianos de semejante nivel es casi otro concierto. Mientras Miguel Ángel nos guiaba por el camino que conduce hasta la despedida de Wotan, yo seguía pensando que, siendo verdiano de nacimiento, cuanto más leo y escucho a Wagner más comprendo por qué termina atrapando. Sigue pendiente ese Anillo completo y, cómo no, la peregrinación algún día a Bayreuth.

Si Schumann había mostrado el refinamiento de la Budapest Festival Orchestra, Wagner permitió comprobar toda su potencia sonora. La enorme plantilla desplegada por Fischer nunca resultó aparatosa. Todo lo contrario: la densidad orquestal conservó siempre una transparencia admirable. Las trompas fueron, sencillamente, extraordinarias; los metales sonaban con esa mezcla de nobleza y poder que sólo las grandes orquestas consiguen, mientras la cuerda mantenía una tensión permanente bajo el canto de los leitmotiv.

Anja Kampe volvió a demostrar por qué Brünnhilde forma parte de su ADN artístico. Conserva volumen, autoridad dramática y una expresividad que convierte cada intervención en verdadero teatro, incluso en versión de concierto. Hanno Müller-Brachmann ofreció un Wotan noble y musical, de bello color en el centro aunque algo más comprometido en el registro agudo, quizá excesivamente pendiente de la partitura para transmitir toda la dimensión humana del personaje.

El público respondió puesto en pie, entre bravos dirigidos al dúo vocal pero, sobre todo, a Iván Fischer y a una Budapest Festival Orchestra que volvió a convertir el Palacio de Carlos V en uno de esos lugares donde parece natural que la música suceda. Muchos esperábamos todavía una Cabalgata como propina, pero quizá no hacía falta añadir nada más. Después del viaje desde las orillas del Rin hasta el círculo de fuego que protege a Brünnhilde, sólo quedaba guardar silencio y agradecer otra de esas noches que justifican por sí solas un Festival.

PROGRAMA:

I

Robert Schumann (1810-1856)

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 «Renana» (1850):

Lebhaft

Scherzo. Sehr mäßig

Nicht schnell

Feierlich

Lebhaft

II

Richard Wagner (1813-1883)

Escena final de Die Walküre (Acto III, Escena 3: Despedida de Wotan y Fuego mágico) (1856)

Despedida mahleriana

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Jueves 2 de julio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Nacional de España (ONE),  David Afkham (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 9. Fotos ©Festival de Granada – J. M. Grimaldi, y propias.

Hay conciertos que terminan cuando llega el aplauso. Otros, muy pocos, continúan mucho tiempo después, cuando el silencio sigue resonando dentro de uno. Así fue esta Novena de Mahler en el Palacio de Carlos V, una de esas noches en las que la música parece detener el tiempo para obligarnos a escuchar algo más profundo que los sonidos.

La Novena es una despedida, aunque quizá no de la muerte, como tantas veces se ha repetido, sino de una manera de entender la vida. Mahler la escribió entre 1909 y 1910, después de haber conocido el dolor más absoluto con la pérdida de su hija Maria Anna y la enfermedad que acabaría llevándoselo apenas dos años después. Sin embargo, reducir esta partitura a un testamento sería injusto. Como él mismo confesaba a Bruno Walter, nunca había sentido con tanta intensidad el deseo de vivir. Y precisamente ahí reside su grandeza: la Novena no enfrenta vida y muerte como enemigos, sino como dos realidades inseparables.

También para David Afkham la obra tenía un significado especial. Era su despedida de la Orquesta Nacional de España tras doce años como director titular, una etapa que ha consolidado definitivamente el sonido de la formación y en la que Mahler ha ocupado un lugar central. Granada acogía el último concierto español antes de viajar a los Proms londinenses, y el simbolismo del programa no podía resultar más elocuente.

Desde los primeros compases quedó claro que Afkham no buscaba una lectura efectista. El célebre comienzo, con ese pulso irregular sobre el que Leonard Bernstein quiso ver el corazón enfermo de Mahler, apareció contenido, respirado, casi suspendido. Más que anunciar la tragedia, parecía preguntarse por ella. La cuerda encontró enseguida ese color cálido y transparente que ha caracterizado tantas veces a la ONE bajo su dirección, dejando respirar una arquitectura inmensa donde cada transición parecía inevitable. La acústica del Palacio no es la de un auditorio, pero las voces intermedias (violas y segundos violines) brillaron y los metales conservaron la claridad en todas sus intervenciones sin imponerse. Resultó admirable comprobar cómo una obra de semejante complejidad, y de aquí las pocas veces que se programa, nunca perdió el sentido del discurso. La Novena exige al director construir un edificio gigantesco sin que el oyente perciba el esfuerzo de los andamios. Afkham volvió a demostrar esa rara capacidad para manejar los grandes arcos sin perder el detalle, haciendo que los múltiples planos sonoros convivieran con absoluta naturalidad.

La ONE respondió con un nivel extraordinario. Da gusto comprobar cómo ha madurado durante estos años, y mis recuerdos se remontan a 1977 en Gijón y su I Festival de Otoño con Frübeck de Burgos. La cuerda volvió a ser el gran pilar de la interpretación, especialmente unos magníficos segundos violines y unas violas fundamentales en una partitura donde Mahler les confía buena parte del peso expresivo. El concertino Miguel Colom volvió a ejercer ese liderazgo discreto que tanto beneficia al conjunto, mientras las maderas dibujaban con exquisita delicadeza cada uno de sus innumerables solos. Los metales, tan comprometidos en esta sinfonía, brillaron con autoridad sin perder nunca el equilibrio con el resto de la orquesta.

El segundo movimiento, ese ländler deformado donde Mahler parece despedirse con ironía del mundo campesino de su infancia, evitó cualquier caricatura. Afkham encontró el difícil equilibrio entre rusticidad y elegancia, permitiendo que la danza sonara al mismo tiempo entrañable y perturbadora. La sonrisa nunca termina de ser completamente feliz en Mahler.

Más incisivo apareció el Rondo-Burleske, verdadero laboratorio contrapuntístico donde el sarcasmo alcanza una violencia casi expresionista. La precisión de la ONE permitió que toda esa escritura endiablada sonara con una claridad admirable. Bajo la aparente agresividad seguía latiendo ese trasfondo de melancolía que anticipa ya el adiós definitivo. Pero todo conduce inevitablemente al último movimiento.

Pocas páginas existen en la historia de la música capaces de detener el tiempo como este Adagio final. No es una conclusión, es una desaparición progresiva. Mahler no termina la obra, la deja extinguirse lentamente, como una respiración que se va apagando hasta confundirse con el silencio. Afkham supo dosificar admirablemente esa larguísima despedida, manteniendo la tensión incluso cuando la dinámica descendía hasta un pianísimo casi irreal. La cuerda respondió con una concentración sobrecogedora, sosteniendo el sonido en ese delicadísimo límite donde todo parece a punto de quebrarse y, precisamente por eso, adquiere una intensidad emocional casi insoportable. Tras doce años con su titular, casi puedo decir que se ha conseguido un «sonido Afkham”, con una cuerda muy trabajada, arpas presentes, maderas de enorme personalidad, metales «broncíneos», percusión precisa y un equilibrio muy natural entre los planos.

Entonces llegó el verdadero final. No fueron las últimas notas. Fue el silencio. Ese silencio que Mahler escribe sin escribirlo, ese instante en que nadie debería sentirse con derecho a romper lo que la música acaba de dejar suspendido en el aire. Durante veinte segundos, el Palacio de Carlos V permaneció inmóvil, como si cientos de personas respirásemos al mismo ritmo, porque en Mahler ese silencio forma parte de la obra.

Después llegaron las ovaciones, largas, emocionadas, inevitables. Emoción de una despedida donde hubo complicidad entre director y orquesta (miradas, sonrisas, abrazos finales…), y que el público que agotó las entradas en esta noche palaciega, también percibió.

El partido del mundial de fútbol donde España vencía 3-0 a Austria en Los Ángeles, era un resultado casi metafórico, porque Mahler sucumbía ante una ONE comandada por Afkham.

Uno abandona el concierto con la sensación de haber asistido no solo a una extraordinaria interpretación de la Novena sino también a la despedida de un ciclo. Afkham deja una orquesta en un momento de evidente madurez artística y con una identidad sonora reconocible. No es poco legado.

Mi querido Arturo Reverter recordaba en las notas al programa una hermosa frase de Carlo Maria Giulini: «La Novena supone el triunfo del espíritu del hombre». Quizá esa sea la mejor definición posible. Mahler no vence a la muerte, vence al miedo de mirarla de frente. Y convierte ese último suspiro en una de las páginas más hermosas jamás escritas. En una noche granadina de verano, bajo las piedras renacentistas del Palacio de Carlos V, volvió a demostrarse que la gran música posee una extraña capacidad: recordarnos que toda despedida, mientras alguien siga escuchándola, nunca llega a ser del todo definitiva.

PROGRAMA:

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 9 en re mayor (1909-10):

I. Andante comodo

II. Im Tempo eines gemächlichen Ländlers.

Etwas täppisch und sehr derb

(En el tempo de un Ländler tranquilo. Algo torpe y muy tosco)

III. Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig (Muy desafiante)

IV. Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend (Muy lento y contenido)

Juvenil Muti

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Domingo 28 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, Riccardo Muti, director. Obras de Verdi, Falla y Ravel. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Quienes nos dedicamos a la docencia sabemos que el contacto con la gente joven nos mantiene activos y en cierto modo “vampirizamos” su ímpetu, energía y ganas de vivir, intentando devolverles al menos un poco de lo que acumulamos en la mochila de la vida.

Y en la noche granadina volvía una orquesta joven como la “Luigi Cherubini” con su maestro Muti, que además nunca había actuado en el Festival en su ya larga historia. La expectación era inmensa y con espectadores, aficionados, visitantes y críticos de casi todos los medios nacionales, el concierto era probablemente el más esperado en el aniversario de Falla y los 75 años de un festival que deberá plantearse su futuro ante lo que llevamos en esta edición.

La web del Festival presentaba este concierto como Juventud y tradición:

La Orchestra Giovanile Luigi Cherubini comparece por primera vez en el Festival bajo la dirección de Riccardo Muti, figura capital de la tradición sinfónica y operística italiana y mentor del conjunto desde su fundación en 2004. El programa trama justamente ópera y música sinfónica: primero, Verdi, con la obertura de Nabucco y los bailables de I vespri siciliani, síntesis de teatro, energía rítmica y escritura instrumental de madurez; después Falla, con una de las suites sacadas de El sombrero de tres picos, obra capital en el 150 aniversario de su nacimiento; y finalmente, Ravel, cuyo Boléro cierra el concierto con uno de los experimentos más radicales y reconocibles de la orquestación moderna. 

De Don Riccardo con toda su famiglia no contaré nada que los melómanos no sepan, tan solo recordar la clase que nos dio en Oviedo antes del “Falstaff” de 2015, donde el napolitano sentó cátedra sobre Verdi, que tampoco faltaría en esta noche dominical.

Y abría Verdi con la Sinfonia, de Nabucco, con una gran orquesta disciplinada pero más preocupada de tocar lo escrito que de disfrutar. Atenta al maestro que marcaba todo, con su peculiar estilo donde para las dinámicas sigue agachándose, rebosando la misma energía que le transmitía esta juventud por él reclutada. Para cerrar la primera parte y tras unas palabras explicando lo difícil de los bailables que son más sinfónicos que operísticos en I vespri siciliani, estas cuatro estaciones tan napolitanas como la pizza, reflejan el paso de la vida, los músicos fueron primaverales pero el maestro aún permanece en el verano porque el otoño lo dibujó desde el poso de los años, y el invierno abría para intentar refrescar otro día palaciego donde el calor hace difícil incluso dormir.

Si Muti entiende Verdi como pocos, para la segunda parte tan nuestra, el napolitano pareció sacar a flote la herencia española de aquel reino bajo la corona aragonesa. Para el homenaje a Falla eligió la segunda suite del «tricornio», con la danza siempre protagonista, que incluso pareció más bailable viendo cómo fue llevándola desde el podio, con una orquesta donde todas las secciones y primeros atriles tuvieron su protagonismo con mayor o menor acierto, siempre disculpable por la juventud y la tensión a la que seguro estuvieron sometidos. Faltó más musicalidad de principio a fin para la magia nazarí del gaditano, escuchando la “sintonía del festival” sin anunciar los tiempos, y la Jota donde recordar las castañuelas de una Lucero Tena presente, a quien los «querubines» probablemente no conozcan pero el joven Riccardo sí, y me consta la cercanía de estas dos figuras compartiendo estos días en Granada y la Alhambra que sigue hechizando incluso sin música.

Cada vez que veo programarse el famoso Boléro de Ravel me vienen a la memoria dos películas totalmente diferentes: “El bolero de Raquel” de Cantinflas (bolero mexicano es limpiabotas), y  “10, la mujer perfecta” donde Bo Derek nos enamoró a todos incluyendo y al genial Dudley Moore que conseguía lo añorado por todos.

Ravel realiza en su partitura mucho más que un ejercicio de orquestación con la inspiración en la danza española, y es una prueba como examen final para toda formación, que la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini superó tras el deficiente Falla, y Muti les fue indicando desde el inmenso crescendo, el inicial casi susurrado donde apenas escuchamos la obsesiva caja “ad Infinitum”, hasta la explosión final, dejando que los solistas se luciesen en do mayor hasta el cambio y estruendoso mi mayor, en todos los sentidos.

Éxito de antemano por el programa y corroborado en el concierto (mi nota final: suficiente), con Muti triunfador y protagonista en este último domingo de junio, que nos mantiene a todos jóvenes y esta reseña ha quedado para la mañana del lunes. Las tertulias y encuentros posteriores son parte necesaria de mi estancia granadina, sigo con espíritu adolescente pero el cuerpo no miente y los años van pesando.

PROGRAMA

I

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Sinfonia, de Nabucco (1841)

Le quattro stagioni, bailables de I vespri siciliani (1855)

L´inverno

La primavera

L´estate

L´autunno

II

Manuel de Falla (1876-1946)

El sombrero de tres picos (suite nº 2) (1919-21)*

Danza de los vecinos (Seguidillas)

Danza del molinero (Farruca)

Danza final (Jota)

Maurice Ravel (1875-1937)

Boléro (1928)

* En conmemoración del 150 aniversario de Manuel de Falla

Con la colaboración de la Embajada de Italia en España

La India llega a Granada

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Viernes 26 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Danza, en el marco el Año Dual España-India. Palacio de Carlos V:  El sueño del sitar, Un homenaje a Ravi Shankar. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Mónica de la Fuente (dramaturgia, coreógrafa y bailarina de danza contemporánea de la India), Ignacio García (dramaturgia, dirección de escena), David Murphy (dirección musical), Sukanya Shankar (asesora musical), Ensamble de músicos de la India, Elenco de danza Bharatanatyam, Bailarines de España (Lucía Campillo, coreógrafa y bailarina de danza española, José Manuel Benítez -cedido por el Ballet Nacional de España- bailarín de danza española). Fotos © Festival de Granada | Fermín Rodríguez, y propias.

Si la noche anterior hicimos un viaje en el tiempo hasta las Zambras Moriscas, en este viernes con partido Uruguay-España (ganamos 1-0 y clasificados primeros de grupo para la siguiente fase) había otro viaje hasta la India en un homenaje a Ravi Shankar donde se unían músicas donde las improvisaciones alargaron el evento hasta la medianoche.

La narración que intentaba hacer un relato casi didáctico, con unos textos muy “filosóficos” sobre el Cosmos y el propio hinduismo, no se escuchaba todo lo clara que hubiésemos deseado, y el Ensamble de músicos de la India estuvo amplificado, siendo quienes abrirían la velada, más un bailarín del elenco de danza Bharatanatyam en la galería del primer piso.

En el 150 aniversario de Falla arrancaron con una visión “original” por la instrumentación antes de que la OCG con la dirección de David Murphy prosiguieran El círculo mágico y la Danza ritual del fuego, (de “El amor brujo”) contrapuesta a la hindú.

La orquesta granadina fue combinando y alternando con los músicos de la India la suite titulada “El sueño del sitar. Un homenaje a Ravi Shankar”, con el estreno mundial de la Dance Suite de la ópera Sukanya del homenajeado, intercalada con otras músicas de Ravi Shankar donde los músicos hindúes fueron los protagonistas.

Las coreografías también alternaron las flamencas con las bailarinas de Bharatanatyam, coloristas, tradicionales, y que las fotografías de Ferminius reflejan mejor que mis palabras, circulando tanto delante del escenario como en el primer piso, momentos de plasticidad y musicalidad tanto en nuestras castañuelas como en los cascabeles de los tobillos orientales (como en las primeras zambras moriscas de la noche anterior).

Las notas al programa de Enrique Cámara de Landa además de comentar parte de la biografía de Ravi Shankar y David Murphy, analiza las obras que escuchamos, nos explica los instrumentos utilizados, y presenta conceptos tanto musicales como de la tradición religiosa hindú, muy interesante para la mejor comprensión de un concierto que nos traía “diálogos y convergencias” desde la India hasta el Palacio de Carlos V.

Más allá de las sensaciones que pueden llegarnos escuchando las músicas de la India, la parte sinfónica podríamos considerarla más banda sonora que sinfónica, y lo original es precisamente la combinación tímbrica entre los instrumentos occidentales con los orientales. El virtuosismo de Shubhendra Rao en el sitar quedó más que plasmado, junto a Saskia Rao-de Haas en el violonchelo indio que hizo por momentos de nota pedal, en una “tándem” con buen entendimiento. Y la parte del viento con Hrishikesh Mazumdar en la flauta bansuri, de tímbrica por momentos electrónica por su sonoridad y amplificación junto al shehnai (un aerófono de doble lengüeta) de Ashwini Shankar, que también se ubicaría al inicio en la galería del primer piso. Todos ellos lograron esa sonoridad que asociamos a la India, amén de una percusión que trasciende lo musical para contagiar vitalidad tras los momentos trascendentes.

Los bailes ayudaron a llevar mejor la noche palaciega, especialmente las bailarinas, y las flamencas, que compartían coreografías y contrastes en blanco y negro (hubo un cambio al rojo), también con descripciones gestuales a la narración, más el contraste masculino de dos formas de entender la danza.

El público disfrutó sobre todo de los momentos “Bollywood”, mientras las bailarinas esparcían pétalos y el ensamble parecía entrar en calor con unas improvisaciones que no sabíamos cuánto durarían en Prabhuji – canticos de la India y el Finale – Danza Suite. De la OCG el maestro Murphy, sentado en la tarima cuando sonaban las distintas ragas, marcó claramente los muchos cambios rítmicos y planos con desigual respuesta en algunas secciones desbalanceadas. Me quedo con una de las partes líricas con un piano excelente arropado por la cuerda.

Impresiones a vuela pluma de un homenaje donde el sitar fue protagonista, usado en la coreografía, personificado en la narración y un placer escucharlo en manos de Shubhendra Rao, heredero de Ravi Shankar que tanto ha influido en la música occidental desde la globalización que la música ha ejercido desde sus inicios. Una noche colorida incluso por parte del público en el Año Dual España-India.

INTÉRPRETES:

Orquesta Ciudad de Granada

Ignacio García y Mónica de la Fuente, dramaturgia

Ignacio García, dirección de escena

David Murphy, dirección musical

Sukanya Shankar, asesora musical

Ensamble de músicos de la India

Shubhendra Rao, solista de sitar y líder del ensamble

Saskia Rao-de Haas, violonchelo indio

Ashwini Shankar, shehnai

Hrishikesh Mazumdar, flauta bansuri

Vishwesh Swaminadhan, canto

Madan Mohan, violín

Jayachandra Rao, mridangam

Giridhar Udupa, ghatam

Debjit Patitundi, tabla

Sannidhi Vaidyanathan, mridangam

Elenco de danza Bharatanatyam

Coreografía: Rama Vaidyanathan

Cuerpo de baile: Rama Vaidyanathan, Shubhamani Chandrashekar, Reshika Sivakumar, Vaishnavi Dhore, Nilava Sen

Bailarines de España

Lucía Campillo, coreógrafa y bailarina de danza española

José Manuel Benítez (cedido por el Ballet Nacional de España), bailarín de danza española

Mónica de la Fuente, coreógrafa y bailarina de danza contemporánea de la India

Narración escénica

Lucía Campillo

Mónica de la Fuente

PROGRAMA:

Prólogo

Manuel de Falla (1876-1946):

Introducción, El círculo mágico y Danza ritual del fuego, de El amor brujo (1915)

El sueño del sitar*. Un homenaje a Ravi Shankar:

Ravi Shankar (1920-2012):

Swagatam

Sapney Mein – Raga Yaman Manj

Overture – Dance Suite

Tarana – Dance Suite

Holi – Ghanashyam

Raga Yaman Kalyan (extracto), del Concierto para sitar nº 2

Tilak Kamod – Dance Suite

Raga Mishra Pilu

Raga Adana, del Concierto para sitar nº 1

Raga Tilak Shyam

Prabhuji – canticos de la India

Finale – Danza Suite

* Estreno mundial de la Dance Suite de la ópera Sukanya de Ravi Shankar, intercalada con otras músicas de Ravi Shankar

Fuego valenciano en Granada

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Sábado 20 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquestra de la Comunitat Valenciana (OCV), Marianne Crebassa (mezzo), Gustavo Gimeno (director). Obras de Ravel, Falla, Berio, Stravinsky. Fotos de Álex Cámara y propias.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana llegaba al Festival de Granada con el mismo programa ofrecido dos días antes en Valencia junto a Gustavo Gimeno, director invitado habitual de las principales orquestas internacionales. El escenario incomparable del Palacio de Carlos V y una noche de calor ya veraniego sirvieron de marco para un concierto dominado por el fuego en todas sus acepciones: el color orquestal, la intensidad expresiva y, finalmente, la célebre danza «falliana» que cerró la velada.

La primera parte se abrió con la Rapsodie espagnole de Maurice Ravel, obra escrita entre 1907 y 1908 que constituye una de las más refinadas evocaciones de España realizadas desde fuera de nuestras fronteras. Gimeno apostó por una lectura de líneas claras y gran precisión, construida desde el equilibrio de planos y una atención minuciosa al detalle tímbrico. Fue un Ravel limpio y transparente, de sonoridades cuidadosamente perfiladas, en el que destacó especialmente la intervención del corno inglés (Ana Rivera) en la Malagueña, uno de los momentos más inspirados de la interpretación.

La llegada de Marianne Crebassa elevó aún más el interés de la velada. La mezzosoprano francesa confirmó una vez más su extraordinaria afinidad con la música española en las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla. Su impecable dicción, particularmente en la articulación de las consonantes, y un fraseo siempre elegante permitieron disfrutar de unas versiones alejadas de cualquier exceso expresivo. Crebassa optó por la naturalidad y la musicalidad, dejando que la belleza de estas canciones emergiera desde su aparente sencillez.

La versión interpretada fue la orquestación realizada por Luciano Berio, de mayor complejidad y densidad sonora que la más «conocida» de Ernesto Halffter. La escritura del compositor italiano amplía considerablemente el papel de metales y maderas sin traicionar la esencia de la parte pianística original. Gimeno supo encontrar el equilibrio entre la riqueza orquestal y la línea vocal, exigiendo una precisión admirable a los músicos valencianos. Aunque no todas las canciones alcanzaron idéntico nivel de inspiración, resultó difícil no dejarse conmover por una emotiva Asturiana que, por unos minutos, me devolvió a mi tierra. Pese a las prolongadas ovaciones que obligaron a la cantante a salir varias veces a saludar, finalmente no hubo propina.

La segunda parte estuvo dedicada íntegramente a El pájaro de fuego de Igor Stravinsky en su versión completa de ballet, una opción poco frecuente en las salas de concierto. La ausencia de la dimensión escénica hace que la obra pueda resultar extensa para parte del público, pero permitió comprobar el extraordinario momento artístico que atraviesa la formación valenciana.

De nuevo aparecieron las señas de identidad de la noche: precisión, claridad y disciplina orquestal. Aunque el estilo gestual de Gimeno no termina de convencerme. Su dirección resulta a menudo muy amplia sin coincidir con las dinámicas, y físicamente intensa, con una mano izquierda que, cuando no pasaba las páginas (y eran muchas), frecuentemente duplica el trabajo de la derecha o puede resultar agresiva visualmente para las entradas en ff, pero debo reconocerle una capacidad indiscutible para mantener la tensión narrativa y extraer el máximo rendimiento de la orquesta. En Stravinsky encontró además un terreno especialmente propicio para desplegar esa energía.

Hubo espacio para la magia. Uno de los momentos más reveladores llegó en el final de la obra, cuando el director dejó caer simplemente los brazos para señalar el piano subito, obteniendo una reacción instantánea de los músicos antes del crescendo final. Fue un gesto sencillo pero enormemente eficaz.

La orquesta desplegó una impresionante paleta de colores. La cuerda brilló con especial intensidad y las numerosas intervenciones solistas fueron resueltas con gran calidad. Merecen mencionarse al menos a Bernardo Cifres en la trompa y Gjorgi Dimcevski como concertino, sin olvidar el delicado trabajo de la celesta, instrumento fundamental tanto en Ravel como en Stravinsky.

Y cuando parecía que la temperatura ya no podía subir más, llegó la propina. La célebre Danza ritual del fuego de Falla puso el broche definitivo a una velada de enorme nivel musical. Los valencianos la ejecutaron con brillantez y contundencia, añadiendo la última chispa a una noche que, entre el calor granadino y la intensidad del programa, tuvo mucho de celebración alrededor de una hoguera de San Juan.

P.D.: Me encantó saludar a mi querido Don Ignacio a quien he visto crecer como violinista, resultando una verdadera alegría este encuentro sorpresa en Granada.

La OSPA presenta su temporada 26-27

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Una temporada para celebrar el pasado y ensanchar el futuro

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) ha presentado su temporada 2026-2027 con un mensaje claro: combinar la celebración de grandes aniversarios con la voluntad de abrirse a nuevos públicos. Una programación amplia, de diecisiete conciertos de abono (uno más que en la última), que recorrerá tres siglos de historia de la música y que llega acompañada de una medida práctica pero significativa: el adelanto del horario de los conciertos a las 19.30 horas para facilitar la asistencia desde distintos puntos de Asturias.

La temporada se articula alrededor de dos grandes conmemoraciones. El punto de partida será Manuel de Falla, de cuyo nacimiento se cumplen 150 años, con las evocadoras Noches en los jardines de España (y de solista el pianista gijonés Martín García). El cierre llegará en junio con la Novena Sinfonía de Beethoven (con un excelente cuarteto solista más El León de Oro) en el bicentenario de la muerte del compositor alemán, una de las obras más universales del repertorio sinfónico.

Pero la programación no se limita a celebrar efemérides. El director titular y artístico, Nuno Coelho, ha planteado un recorrido que alterna repertorio clásico y propuestas más contemporáneas, buscando atraer a oyentes habituales y también a quienes se acercan por primera vez a la música sinfónica, esperando crezca el número de abonados para esta nueva temporada.

La presencia de Falla se prolongará con El amor brujo, recuperando la esencia original de una obra concebida como “gitanería” (con la cantaora sevillana Esperanza Fernández, que me cautivó hace dos años en Granada), lejos de los moldes operísticos tradicionales. Junto a ella convivirán nombres fundamentales del pasado siglo como Stravinsky, con su revolucionario Petrushka; Lutosławski, que transformó el folclore en un lenguaje moderno y sofisticado; o John Adams, cuya música aborda los dilemas éticos de la era nuclear a partir de la figura de Robert Oppenheimer.

La temporada también reserva espacio para figuras menos frecuentes en las salas de conciertos. Es el caso de María Teresa Prieto, compositora ovetense vinculada a la Generación del 27 y al exilio republicano en México, cuya obra Chichén Itzá permitirá reivindicar una trayectoria todavía insuficientemente conocida. Del mismo modo, la recuperación de la Messa di Gloria de Puccini (dirigida por Óliver Díaz con el Coro de la FPA) conecta con una historia muy particular de la vida musical asturiana, pues Oviedo fue una de las primeras ciudades españolas en interpretar esta partitura tras su redescubrimiento.

Entre los solistas invitados destacan algunos de los nombres más relevantes del panorama internacional, como la violinista Alina Ibragimova, el pianista Juan Pérez Floristán, el violonchelista Pablo Ferrández o la flautista Clara Andrada (que mantiene su colaboración artística). Particularmente espero con ganas el regreso de la violinista Patricia Kopatchinskaja, quien además dirigirá a la OSPA, además de mi tocayo ovetense Pablo González con un Nielsen que le ha convertido en su más fiel seguidor.

Su presencia refuerza una programación que combina grandes clásicos con obras menos transitadas, ofreciendo al público oportunidades tanto de reencontrarse con repertorios conocidos como de descubrir nuevos horizontes.

Más allá de los títulos concretos, algunos ya apuntados, la sensación que transmite esta temporada es la de una orquesta en fase de consolidación y crecimiento. La incorporación de nuevos músicos a la plantilla y la apuesta por ampliar la base de público parecen formar parte de una misma estrategia: fortalecer una institución cultural que sigue siendo uno de los principales referentes musicales de Asturias.

Entre Falla y Beethoven, entre la tradición y la modernidad, la OSPA propone una temporada que invita a mirar simultáneamente al pasado y al futuro. Una invitación que, sobre el papel, resulta difícil rechazar.

Jóvenes admirables

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Domingo 14 de junio, 21:00 horas. Auditorio Manuel de Falla, 23 FEX (Festival Extensión) del 75 Festival de Granada: Atlanta Symphony Youth Orchestra, William R. Langley (director). El lago de los cisnes, obras de Verdi, Ravel y Chaikovsky.

Las jóvenes orquestas son formación y también cantera de las profesionales (muchas ya van tutelándolas), y no hay nada mejor que los conciertos por lo que supone de experiencia para el futuro, siendo como una gran familia que convive mucho tiempo, para después, como es ley de vida, ir independizándose para encontrar un puesto de trabajo del que poder vivir.

Un buen premio son siempre los viajes, mejor al extranjero, y la Agencia Classical Movements es una compañía que organiza giras de conciertos desde EEUU a todo el mundo, una «forma de superar las barreras culturales y lingüísticas y fomentar una verdadera comprensión entre nacionalidades» como reza su propaganda, y en nuestro país ya ha traído a la Joven Orquesta de Chicago el pasado año a Granada, y este año la Atlanta Symphony Youth Orchestra (ASYO), como bien recordó al inicio del concierto su responsable en España Jordi Gimeno, en gira por Valladolid, Alcalá de Guadaira más las dos citas granadinas dentro del FEX en Orce y este domingo en el auditorio granadino, una formación de músicos entre los 15 y 18 años (aunque también había de 13 y 14).

La ASYO, fundada en 1974, traía una plantilla algo descompensada en la cuerda (7-7-7-5-3) pero capaz de olvidarnos esa «carencia» en cuanto comenzaron. Ofrecían un programa que bien podría ser la propuesta del Festival de Granada: ópera, con una obertura, una gran página sinfónica y música de ballet. El director William R. Langley maneja a esta juventud con gestos por momentos exagerados pero necesarios y claros, dando cada entrada, dejando a los solistas lucirse sin agobiarlos, una formación excelente con un trabajo duro que dio sus frutos en un concierto excelente.

La obertura de La forza del destino (Verdi) es habitual como obra sinfónica por lo agradecida que suena poniendo a prueba cada sección orquestal. La ASYO sacó músculo en los metales a los que el ímpetu les llevó en algún momento a des equilibrar los balances (estoy seguro que pronto estarán en sus llamadas «Brass Band» de colegios y universidades), pero la cuerda -más dos arpas- con un concertino ya maduro por su virtuosismo, trabajaron para compensar volúmenes, la percusión siempre en su plano, y destacable una madera que además de empastada, mostró sonoridades envidiables para su edad.

La Alborada del gracioso (Ravel) es otra página sinfónica exigente por la constante búsqueda de colores en las tímbricas (la madera nuevamente impecable con un fagot de altura), el virtuosismo para los primeros atriles (destacando los solos del ayudante de concertino «rivalizando» con su compañero), la sutileza en los fraseos y encontrar el aire adecuado en cada momento, y el maestro Langley llevó con firmeza a sus pupilos para una interpretación luminosa.

Y el plato fuerte nada menos que Tchaikovski, que además daba título al concierto con El lago de los cisnes, una selección que si se me perdona la expresión, «no es moco de pavo». Cada número iría arrancando aplausos  ante la entrega, calidad y contundencia de la ASYO y Langley sacando de ella lo mejor, con los solistas brillando hasta la conocida escena (alguno del público la tarareó) donde la oboe impresionó hasta el punto de conseguir mantener la unidad expositiva posterior y la emocionante intervención de un virtuoso violinista junto a la arpista, música camerística, así como una cuerda en pizzicatti redonda en el Vals (más vienés que ruso), junto al resto de secciones (donde las flautas siempre sonaron perfectas), que volvió a arrancar los aplausos del respetable hasta la escena final convertida en una apoteosis sonora. Cerrando los ojos y escuchando esta suite tan profunda además de exigente, donde la belleza de las melodías del compositor ruso pueden tender a cierto almibaramiento, el resultado de los georgianos de EEUU fue maduro de principio a fin.

El éxito del concierto nos trajo otra excelente página como propina, de la cinematográfica saga Harry Potter eligieron «El prisionero de Azkabán» y el conocido Aunt Marge’s Waltz de John Williams, una «brass band» poderosa con el oboe mágico, el equilibrio  orquestal de los balances, la musicalidad del oscarizado compositor que siempre ha bebido de la música europea, y el dinamismo que Langley imprime a estos maduros jóvenes, apostando por tempi arriegados a los que todos respondieron con brillantez.

Aún vendrían ¡5 propinas más! para un público entregado tras el espectáculo sonoro de los estadounidenses, una encajadísima y dinámica Danza húngara nº1 de Brahms, y más Tchaikovsky que provocaba el delirio (y las sonrisas ante el aluvión ruso que iba presentando Langley) donde sonaría la famosa Danza española del acto III de «El lago de los cisnes».

Y tras marcar las palmas cual concierto para abrir el año, bisarían la Mazurka y también el final de la obertura verdiana, fuerza del destino y la hora, ya cercana a las 23:00 aunque el tiempo se detuvo en la ya noche granadina.

PROGRAMA:

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Obertura, de La forza del destino

Maurice Ravel (1875-1937)

Alborada del gracioso, de Miroirs

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893)

El lago de los cisnes, selección:

Introduction. Nº 1, Scene. Nº 3, Scene. Nº 5, Pas de deux. I. Tempo di Valse ma non troppo vivo, quasi Moderato. II. Andante – Allegro. IV. Coda. Nº 8, Danse des coupes. Nº 10, Scene. Nº 13, Danses des cygnes. IV. Allegro moderato. V. Pas d’action (Odette et le prince). Dance russe. Nº 21, Danse espagnole. Nº 23, Mazurka. Scene et Finale.

El milagro Mehta

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Viernes 12 junio, 22:00 horas. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos.Palacio de Carlos V: Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, Zubin Mehta (director). Obras de Mozart. Fotos de ©Fermín Rodríguez – Festival de Granada y propias.

He asistido de nuevo al privilegio de vivir en directo al nonagenario director hindú Zubin Mehta (Bombay, 1936) tras el concierto del pasado 19 de febrero en Oviedo, esta vez al frente de la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino (que se estrenaba en la capital nazarí), nada menos que con la trilogía sinfónica concebida por Mozart en el verano de 1788, una de las cimas de la música sinfónica y referencia fundamental en la historia de la música occidental. para la inauguración del 75 Festival (tras el previo de la noche anterior).

Mehta debutó en Granada en 1964, algo que el propio director relata en sus memorias “La partitura de mi vida”: «Mi romance con España empezó en 1964, cuando tuve el gran placer de hacer música con la Orquesta Nacional de España en la maravillosa Alhambra de Granada». En este regreso, habiendo dirigido siete conciertos a lo largo de más de seis décadas (en las ediciones de 1964, 1968, 2011 y la actual de 2026), tras su última visita bien se merecía la concesión de la Medalla de Honor 2026, reconociéndole una trayectoria excepcional que ha dejado profunda huella en la música clásica contemporánea y una relación privilegiada con el certamen granadino, como también recordaría en el acto su amigo Paolo Pinamonti.

Presente en aquel su primer concierto en este mismo recinto, estuvieron los entonces Príncipes de España, y este viernes la Reina Emérita, quien aquella noche junto a su hermana Irene de Grecia, lo llevó a ver bailar a los gitanos en las cuevas del Sacromonte, iniciando una amistad con Doña Sofía que llega hasta nuestros días, por lo que Su Majestad, reconocida y extraordinaria melómana, cercana y amiga de grandes figuras internacionales, sería la invitada perfecta para hacerle entrega al descanso de tan merecida distinción al maestro hindú. También estuvieron presentes en este emotivo concierto (retransmitido en directo por Radio Clásica y la UER) de homenaje: el ministro de Cultura, Ernest Urtasun; la alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo; el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau; la consejera de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo; y el director del Festival, Paolo Pinamonti que realizó la semblanza del maestro Mehta así como la cita a Alfonso Aijón (presente en el concierto), fundador de «Ibermúsica» y que tantas veces trajo a España al director hindú.

La web del Festival presentaba este concierto como Apasionante debut mozartiano, con otro de los grandes hitos de esta edición del Festival, “el debut de la prestigiosa Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, bajo la dirección de una de las batutas más reconocidas y admiradas del último medio siglo, Zubin Mehta. A sus 90 años, las limitaciones físicas no han mermado en absoluto la autoridad musical del maestro ni su comprensión profunda del gran repertorio internacional”, y en efecto tuvo la ocasión de “mostrarlo con la extraordinaria trilogía sinfónica concebida por Mozart en el verano de 1788, que a la postre sería culminación de su pensamiento sinfónico. Tres obras consecutivas y contrastadas, que recorren desde la amplitud luminosa hasta la tensión dramática y la afirmación final, y que resumen como pocas el genio del compositor salzburgués. Un debut de alto voltaje artístico para el Festival, a cargo de una orquesta histórica y un director esencial”.

En lo estrictamente musical, la primera parte, tras el susto de la caída desde el podio tras la laboriosa colocación desde la silla de ruedas hasta el taburete de un Zubin Mehta que nos puso el corazón en un puño, la ocuparían las sinfonías 39 y 40, donde el maestro nos hizo olvidar su estado físico porque revive con Mozart . Y la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino (en colocación vienesa con violines enfrentados y contrabajos atrás a la izquierda) se rindió al magisterio de un director que la conoce como pocos. Los años consiguen alcanzar el poso y la sabiduría para no apurar los tempi, con una gestualidad contenida y amable, la batuta reducida en movimientos pero siempre marcando la pulsación y las dinámicas exactas, mientras la mano izquierda marcaba todas las entradas, la presencia de las secciones, el fraseo amable hasta alcanzar la magia. Si la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor por los tres bemoles de la armadura esconde la simbología masónica del número 3, como nos cuenta José Luis García del Busto en las notas del programa, Mehta se erigió en Gran Maestre de la Orden Mozartiana. El Menuetto posado para saborear la maravillosa escritura del genio salzburgués con una orquesta ideal por plantilla. de sonoridad clara, con unas maderas (sin oboes) cantabiles y sobre todo un Allegro sin prisas, de “tempo giusto” que el hindú transmitió con la respuesta exacta a sus gestos, economizados, mas donde una mirada, un leve movimiento del cuerpo y permitir dejar fluir la música, dejaron el listón muy alto para “La 40”.

Parece increíble la rapidez con la que Mozart compuso esta trilogía, y un mes después de la anterior llegaba la popular Sinfonía nº 40 en sol menor, con un Molto allegro contenido para escuchar todos los detalles, de nuevo maderas al completo y trompas de empaste perfecto, más la cuerda sedosa, equilibrada con esa colocación donde apreciar que los llamados violines segundos son tan protagonistas como los primeros, y el juego instrumental que proyectan en el centro los cellos y violas. De nuevo con el Menuettto sacó a flote tanto las virtudes de los florentinos como el carisma y magisterio de un Mehta que detiene su tiempo vital y revive con el musical. Sin las ataduras del atril y con la mente clara, dirigiendo todo el concierto de memoria, el Allegro assai reafirmó que los años frenan los ímpetus para no perder ningún detalle de tanta buena música.

Tras el descanso llegaría el emotivo y emocionante acto de entrega de la Medalla de Oro presentada por Pinamonti, con los políticos de testigos mientras Doña Sofía de Grecia aplaudía a su amigo Zubin, que incluso se pondría brevemente en pie, agradecido, sonriente, y todo el público que llenaba el Palacio de Carlos V mostrándole el mismo cariño, respeto y admiración con una larguísima ovación.

Y nada mejor que soñar y volar con “Júpiter” al firmamento mozartiano, la luz de la tonalidad limpia de do mayor (sin alteraciones en la armadura), que en palabras del mencionado García del Busto, “con voluntad de superar, de resolver en positivo la tensión del heroico dramatismo de la Sinfonía en mi bemol mayor y la tragedia íntima de la Sinfonía en sol menor”. Tal parece la definición de Mehta con “su” Maggio para la Sinfonía nº 41 en do mayor, “sabiduría y altísimo oficio musicales”, pues no se puede describir mejor este soplo vital. Cada movimiento nos deleitó con unas dinámicas exquisitas, una elección de tempi perfecta y sobre todo ese Finale “claro, fluido, risueño” volviendo a tomar los calificativos de las notas al programa, con una orquesta brillante (sin clarinetes) con el rigor interpretativo y el milagro de un Mehta que dirigiendo nos hizo olvidar su frágil apariencia con la fortaleza de una carrera impecable, recibiendo los larguísimo y merecidos aplausos de un público puesto en pie que, como la orquesta, le quiere, admira y respeta a sus 90 años.

Una noche para recordar al eterno Mozart y al milagroso Zubin Mehta.

PROGRAMA:

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

I

Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, KV 543 (26 de junio de 1788)

Adagio – Allegro

Andante con moto

Menuetto. Allegretto

Allegro

Sinfonía nº 40 en sol menor, KV 550 (25 de julio de 1788)

Molto allegro

Andante

Menuetto. Allegretto

Allegro assai

II

Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter» (10 de agosto de 1788)

Allegro vivace

Andante cantabile

Menuetto. Allegretto

Finale: Molto allegro

Música para la Granada Imperial

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Martes 9 de junio, 22:00 horas. 25 FEX, Palacio de Carlos V: Concierto extraordinario “Música para un centenario. Estelas de Carlos V”. Coro Manuel de Falla (Juan Ignacio Rodrigo, maestro de coro) y Orquesta de la Universidad de Granada, Gabriel Delgado (director). Obras de F. Jusid, García Abril y J. Lopez-Montes.

La presentación de este concierto que llenó el palacio imperial, decía: «Un concierto que, con motivo del V Centenario de la UGR, explora el legado de Carlos V a través de tres miradas sonoras, desde la evocación histórica hasta la creación contemporánea». Y tras las fanfarrias a lo largo de día entrábamos a palacio para disfrutar de juventud y buena música.

Me alegra comprobar que las universidades españolas son una cantera musical, una afición como pueda ser la coral, como la orquestal donde comprobar el altísimo nivel de una juventud preparada que poco a poco va ocupando atriles en las profesionales, y siendo la labor docente como la realizada por la Universidad de Granada de alabar. Con una orquesta inmensa, de amplia mayoría femenina, especialmente en la cuerda, bastante equilibrada en plantilla y la acústica siempre increíble de este marco incomparable, la noche (no prevista para mí) arrancaba con música de cine, la de Federico Jusid (1973) organizando una suite con dos series televisivas (Isabel de 2021, y Carlos Rey Emperador tres años después) con la que mis antiguos estudiantes conocieron un poco de nuestra historia, aquí hecha música desde nuestro tiempo mostrando la oposición de caracteres de ambos personajes. Carácter épico que va transformándose hacia lo lírico antes de la explosión final de esta página sinfónica muy bien llevada por el maestro Gabriel Delgado, buen conocedor y director, exprimiendo al máximo a estos jóvenes instrumentistas, atento siempre a los detalles a los que le respondieron todas las secciones.

Del turolense García Abril se eligió para la ocasión el poema sinfónico Alhambra (1996-1998), aprovechando la propia historia hispano-germana (la obra fue un encargo de la Rundfunk-Sinfonieorchester Berlin para sus 75 años) no solo el entorno donde el Palacio representa al Emperador Carlos V, sino también la plantilla, que dejo  a contiuación para ver la magnitud: 3 (pic) – 3 (crn ing) – 3 (req, cl b) – 3 (cfg) – 4.3.3.1.1 – 5 perc, ap, pf – cuerda). Intervenciones excelentes de los solistas (no tengo sus nombres), desde la concertino al clarinete y oboe, con una orquesta muy empastada con unos metales siempre presentes. Partitura con el sello sinfónico de un compositor completo que también nos dejó unas bandas sonoras y televisivas que muchos conocemos aunque la mayoría desconozcan su autoría.

Asistir a un estreno siempre es un privilegio y nuestros compositores actuales no siempre tienen la posibilidad de que se escuchen sus obras, pero al menos los encargos de distintas instituciones, solistas o incluso orquestas, no solo motivan la creatividad sino que logran ampliar un repertorio que es el nuestro y era norma antes de lo que se ha convertido en repertorio. Aplaudo ue se sigan programando obras nuevas, más aún cuando se mezcla lo sinfónico-coral con la electrónica, poco habitual en parte por la complejidad de los montajes. En esta ocasión se contó con el propio músico, José López-Montes (Guadix, 1977), que presentaría su obra: Icnofonía. Diferencias sobre el Delphin de Narváez y sobre la icnografía del Palacio de Carlos V.

López-Montes, catedrático de «Tecnología musical» en el Conservatorio Superior de Granada, muestra interés, como él mismo refleja en su web, «en el trabajo tímbrico-armónico, la composición algorítmica y la sinestesia, con obras aúnan síntesis de vídeo, tecnologías de espacialización sonora y programación de herramientas de composición asistida por computadora, combinando elementos tales como autómatas celulares, algoritmos genéticos, gramáticas generativas o sonificación de datos. Su producción abarca una amplia variedad de instrumentaciones, técnicas y planteamientos escénicos».

El acitano de prolífico catálogo, nos explicaría antes del estreno, que esta composición es una instalación octofónica por encargo de la UGR,  pensado para el propio Palacio de Carlos V desde el pasado (la vihuela de Narváez y su “Delphin”) y presente, inspirado en la arquitectura renacentista de esta joya monumental con la obsesión por la geometría traducida a la música; también utiliza textos de la poeta y musicóloga franco-libanesa Katia-Sofia Hakim (Bayona, 1988), Garcilaso de la Vega, el granadino Ibn al-Jatib, Juan Boscán, el embajador de Carlos V Andrea Navagero y anónimos, tanto grabados como cantados.

Composición muy interesante y compleja de dirigir e interpretar, pues a una orquesta poderosa se sumaba el Coro Manuel de Falla que dirige Juan Ignacio Rodrigo, más la impactante parte electrónica que en momentos es protagonista y en otros se suma a la masa instrumental, alcanzando una tímbrica que pasa de lo inquietante a lo onírico. Aunque mi ubicación trasera no me permitió la escucha envolvente que los altavoces colocados en torno al círculo «abrazaban» los oídos e incluso parecían rebotar en las piedras centenarias, me pareció encontrar partes de sampleo sinfónico-coral manejadas por el propio compositor dentro de la propia orquesta, para esta feliz conjunción entre pasado y presente. La labor del director canario Gabriel Delgado fue admirable, desde el trabajo con unos músicos sobresalientes (espectaculares los percusionistas), un coro atento, afinado y con buena proyección frente al bloque sinfóncio, hasta el producto final de un directo siempre irrepetible, con unas sensaciones de poder estar asistiendo a todo un espectáculo sonoro.

Ya con tiempo pude leer el programa con notas extendidas de Marina Hervás Muñoz, profesora contratada doctora en el Departamento de Historia y Ciencias de la Música de la Universidad de Granada. De ellas quiero destacar la inclusión de los textos utilizados y su traducción, así como dejar algunos párrafos que ayudan a una mejor comprensión de este estreno:

«(…) Ya en el título se nos presentan sus dos ejes principales: de un lado, la «diferencia», el término renacentista para las variaciones, con la salvedad de que no son solo instrumentales –como acostumbraba a ser en la época–, sino también vocales. Estas diferencias se hacían sobre música, por lo general, muy conocida. Aquí se juega con la tensión entre lo que nos puede sonar conocido y su extrañamiento, en la medida en que parte de los materiales son del Delphin de música de Luys de Narváez, vihuelista granadino vinculado a la corte imperial. Fragmentos de esa música son absorbidos, transformados y orquestados hasta dialogar con sonoridades contemporáneas, revelando también su modernidad latente.

De otro lado, suena el propio Palacio. Tal y como explica José López-Montes: «Icnofonía es una palabra inventada a partir de icnografía, que es la representación gráfica de la planta de un edificio. Icnofonía podría traducirse, pues, como su equivalente sonoro, y por tanto, una suerte de sonificación de las proporciones que se encuentran en una estructura arquitectónica horizontal». La electrónica, distribuida en un dispositivo octofónico que rodea al público, prolonga del octógono presente –aunque no de manera evidente– en la arquitectura del Palacio, algo que refuerza, aún más, su conexión con la tradición andalusí y la Alhambra. El coro, además, canta sobre textos de varios autores de distintas procedencias (…). Los poemas tratan de ampliar las numerosas capas de significado que se pueden extraer del Palacio: la transformación de la ciudad, la vida personal e íntima de los emperadores o el dolor bélico. A ello se suman voces, grabaciones y ecos del paisaje sonoro contemporáneo del monumento, como si la propia arquitectura conservase aún estratos de escucha acumulados durante siglos y que en Icnofonía se nos presentan como ecos espectrales a lo que solo hay que prestar oído. Es una invitación, entonces, a invocar a los «Icnos (ἴχνος)» –que significa «huella, rastro, pisada»– del Palacio, con el anhelo de que quiera revelarnos el enigma de su silencio».

Éxito de público y aplausos para todos los participantes, con dos propinas. No podía faltarnos Falla y de El sombrero de tres picos y el final de las seguidillas y farruca, homenaje a este granadino de adopción con la cuerda de la orquesta algo desbalanceada tras el esfuerzo previo, pero totalmente entregada al maestro Delgado, y todos entonando el muy logrado arreglo del himno universitario Gaudeamus Igitur con el público en pie y algunos entonando las estrofas elegidas.

PROGRAMA:

Federico Jusid (1973)

Suite Isabel / Carlos, Rey emperador (2012-2016)

Antón García Abril (1933-2021)

Alhambra, 1996-1998

José López-Montes (1977)

Icnofonía. Diferencias sobre el Delphin de Narváez y sobre la icnografía del Palacio de Carlos V (2016, estreno absoluto, encargo de la UGR)

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