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Vientos del Este

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. “Mudanza”, abono 16 OSPA, Vadym Kholodenko (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Enescu, Liszt y Bartók.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa que el titular Nuno Coelho nos comentó en el encuentro previo, cada vez con mayor asistencia, y destacando la conexión con la Europa del Este. Junto a Fernando Zorita desgranaron las tres composiciones, haciéndonos partícipes de cómo los momentos más amargos de la vida puede crear obras de arte bellísimas, tanto en literatura como en la música que nos ocupa. Si este primer viernes de junio pocos noticiarios televisivos se hacían eco de una frase «escupida» (y estúpida) por algún político madrileño que «el calor inspira» (por las condiciones asfixiantes de alumnos y docentes en un cambio climático aún negado por tantos), queda mejor decir que «el dolor inspira».

Músicas de Rumanía y Hungría en épocas convulsas que van más allá del folklore y donde cada compositor vuelca una escritura sinfónica exigente para poner el broche de oro final a esta temporada de abono (en breve se presentará la próxima como así nos hicieron saber incluso el gerente Oriol Roch antes de comenzar el concierto con algún «chivatazo» que me callo). Los 35 años de OSPA se notan al alcanzar un momento dulce de feliz conjunción entre veteranía y juventud (ha comenzado poco a poco la renovación en parte de la plantilla, pues a todos llega la esperada jubilación) esperando se cubra la plaza de concertino (esta vez volvía Aitor Hevia de invitado), con un Nuno Coelho afianzando una formación que ya tiene identidad y sonoridad propia, trabajando amplios repertorios de todas las épocas que van enriqueciendo también a los abonados, esperando se sumen más, pues van menguando y es una lástima lo que están perdiéndose tantos aficionados asturianos de la que es «nuestra orquesta».

Tristemente el rumano-francés Enescu (o castellanizado Enesco) pasará a la historia por sus dos Rapsodias Rumanas op. 11, compuestas en París entre 1901 y 1902, siendo la más popular la primera en la mayor, elegida para abrir este último de abono que mantiene el «orden decimonónico» y que es virtuosa para toda orquesta. Pero calentar motores con ella ya deja a los músicos listos para «lo que les echen», enlazando con las húngaras de Liszt, deudoras incluso por la denominación «rapsodia» en el contexto de composición musical que probablemente se origina con el endemoniado y arrepentido abate que descansa en Bayreuth. Desde cierto aires folklóricos las rapsodias prometen una música que suena salvaje e improvisada, y la Rapsodia nº 1 de Enescu seguramente cumple esta promesa, proporcionando electrizantes melodías sucesivas con un aire de espontaneidad y un final frenético. Desde el inicio del clarinete solo, contestado por la flauta y oboe que marcan un paso de baile muy zíngaro, la alegría se hace contagiosa. Si la madera al completo es un seguro de calidad, la cuerda asturiana (incluso la pareja de arpas) sigue siendo un lujo de empaste, sonoridad amplia y limpia, con fraseos bien encajados y tímbricas variadas (excelente la viola en su intervención). Los metales cada vez más seguros, afinados, homogéneos, ricos además de matizados. Y la percusión la reafirmación de una OSPA recia, robusta, precisa y haciendo excelente música siempre bien llevada por la mano maestra de un Coelho que no solo la mantiene sino que la ha hecho mejorar como los buenos vinos de su tierra, exigiendo y «apretando» en unos tempi donde si no se arriesga falta bouqué, pero lo logró tras un final de curso en plena forma.

Si Enescu fue un virtuoso del violín, Liszt lo sería del piano, y sus dos conciertos una prueba de fuego para todo intérprete. El pianista ucraniano Vadym Kholodenko (Kiev, 1986) afrontó el menos interpretado segundo -en la mayor S. 125-, escrito desde 1839 pasando de Roma a Weimar (donde lo estrenaría en 1857 para volver a revisarlo sobre todo en la orquestación, y publicarse finalmente en 1863), como bien recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa. Si la interpretación parece fácil a la vista del oyente es muestra de un virtuosismo bien entendido, sin excesos cara a la galería, pero con una exigencia casi atlética ante los pasajes en fff más la delicadeza de otros que parecen beber del Chopin en el París, entonces capital musical. Obra escrita como un único y largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas y con una orquestación para gran plantilla (tres flautas -una doblando a piccolo-, oboes, clarinetes y fagotes a pares como las trompas y trompetas, más tres trombones, tuba y percusión con gong y timbales amén de la cuerda), el piano tiene momentos donde se suma a la sonoridad global en una transformación temática típica del compositor húngaro, junto a otros donde mostrar la escritura del Liszt virtuoso que hacía desmayarse a sus oyentes femeninas. No está al alcance de todo intérprete lograr y reflejar este catálogo emocional, pero el ucraniano, bien concertado por el portugués, nos brindó una interpretación precisa, rica en dinámicas, limpia de ejecución y ese dúo con el chelo de von Pfeil camerístico de perfecta simbiosis entre ambos (siendo muy aplaudidos) con una orquesta bien balanceada en las partes «dialogadas», conjunción ideal para escuchar todo lo escrito.

La propina de Kholodenko sería Prokofiev y el Preludio, nº 7 de las «10 piezas para piano» opus 12), vivo y delicado como se indica en la partitura, técnicamente impecable, delicado y contenido, de sonoridad deliciosa  y ejecución con mucho fondo.

Y tras una primera parte donde la OSPA ya mostró «músculo», el mejor cierre sinfónico vendría con el Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 del Bartók entonces emigrado a los EEUU y famélico, con este encargo casi  como una ayuda económica para poder subsistir. Obra cumbre del repertorio orquestal del siglo XX, Gallego de Torres escribe:

«Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción de lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”. Las palabras de Bartók sobre su Concierto para orquesta compuesto en el exilio en Nueva York al final de su vida (fue estrenado en Boston en 1944, falleciendo el fascinante compositor y etnomusicólogo en 1945) nos sitúan en la estructura de este concierto simétrico en cinco movimientos. El tercero, gozne entre los primeros y los últimos, es una abierta y lancinante manifestación elegíaca, que no nos deja sentirnos indiferentes y que nos sirve de mudanza del “mundo de ayer” (Zweig) a la modernidad».

Dolor y esperanza que la OSPA desplegó en esta maravillosa página donde dejar constancia de todas las virtudes que atesora, con Coelho dejando fluir la música, brillando los primeros atriles, cada sección rivalizando en mostrar su calidad, plantilla equilibrada y el entendimiento que sólo con los años se consigue. La orquestación es grandiosa: 3 flautas (una doblando al flautín), 3 oboes (tercero doblando al corno inglés), 3 clarinetes (tercero doblando al clarinete bajo), 3 fagotes (tercero doblando al contrafagot), 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, amplia percusión (con timbales, bombo, caja, platillos, triángulo y gong) más la cuerda con 2 arpas.

La Introduzione desplegó presión en una cuerda tersa con metales poderosos y tras la extenuación las maderas relajando con unos solos equilibrando sensaciones sonoras. Arranque marcial de la caja y una madera camerística en el Giuoco delle coppie, arrullada por los violines y empujada por unos graves siempre presentes, donde en la Elegía devolverían dolor, maderas cual brisa que va ganando fuerza bien marcada desde la batuta hasta un clímax del tutti conmovedor, impactante, sonoridad asturiana capaz de sutiles pasajes y desgarradores momentos. Al menos el popular (y conocido por ser sintonía radiofónica) Intermezzo interrotto nos devolvió luz, ritmo, rubati bien llevados por las manos del maestro portuense con la respuesta precisa de «su» orquesta, tras esa melodía inicial del oboe y la flauta, la cuerda sedosa fraseando co un empaste global, y el saltarín juego del clarinete, las varas, la contestación frotada, explosiones vitales que alternan melancolía y optimismo. El Finale Presto nos llevaría a ese éxtasis sonoro, virtuoso, sin complejos, reguladores increíbles para la conclusión esperada y esperanzadora de otra temporada madura donde «el dolor inspira» conciertos tan ideales como este final de curso. El próximo ¡más y mejor! con sorpresas que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA:

GEORGE ENESCU (1881-1955)

Rapsodia rumana nº 1 en la mayor, op. 11 (1901-02)

FRANZ LISZT (1811-1886)

Concierto para piano nº 2 en la mayor, S. 125 (1861-63):

Adagio sostenuto assai – Allegro agitato assai – Allegro moderato – Allegro deciso – Marziale un poco meno allegro – Allegro animato – Stretto: Molto accelerando

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 (1943):

I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace

II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando

III. Elegia: Andante non troppo

IV. Intermezzo interrotto: Allegretto

V. Finale: Pesante – Presto

Paseando por Vetusta

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Jueves 4 de junio, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio: Steven Isserlis, (violonchelo), Oviedo Filarmonía (OFIL), Pietari Inkinen (director). Obras de Parera Fons, W. Walton y Sibelius.

Finaliza la temporada de los Conciertos del Auditorio con la OFIL que es la residente de este ciclo, esta vez dirigido por el violinista y director finlandés Pietari Inkinen (Kouvola, 29 de abril de 1980), y el chelista británico Steven Isserlis (Londres, 19 de diciembre de 1958) que volvía a Oviedo después de cinco años, con el concierto de Walton, del que el londinense es uno de sus mayores difusores.

De esa inmensa cantera de directores que es Finlandia, con una lista que sigue creciendo y están ocupando podios en medio mundo, habría para hacer una tesis doctoral y una reflexión por la juventud de la última “hornada” (mujeres incluidas), dado que a diferencia de otros países, en la Academia Sibelius de Helsinki se estudia dirección en paralelo a otros instrumentos (en España los Conservatorios llevan retraso secular hasta en su nomenclatura), por lo que no es extraño encontrarnos veinteañeros como Peltokoski, mi “último descubrimiento”. Más maduro, en todos los sentidos, Pietari Inkinen viene a sumarse a la “cantera finlandesa” poniéndose al frente de nuestra OFIL para una clausura por todo lo alto, sin que nos faltase un estreno, el de Antoni Parera Fons (Manacor, 1943) y su Vetusta promenade, encargo de la propia orquesta ovetense, aunque sería Sibelius el fuerte de la velada, siempre aplicando mi dicho de “no hay quinta mala”.

De Vetusta promenade las notas al programa del cellista, profesor y doctor en Musicología Santiago Ruiz de la Peña Fernández, nos cuenta y describe la partitura del compositor mallorquín:

«Vetusta promenade, de Antoni Parera, obra compuesta en 2025 por encargo de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo, propone un paseo sonoro por la Vetusta clariniana. Concebida por el autor como una mirada a una sociedad de claroscuros, de pasiones ocultas y lamentos silenciados, la partitura despliega un crescendo emocional que avanza de principio a fin. Junto al empleo de un lenguaje modal, que dota a la obra de una ambigüedad armónica generadora de una sensación siempre latente de inestabilidad emocional, el discurso compositivo se construye a partir de una notable austeridad de material. Dos temas, sometidos a continuas reelaboraciones a lo largo de la obra, conforman una sólida unidad motívica, lo que revela una escritura minuciosa, laboriosa y profundamente reflexiva. Mientras que los motivos melódicos recaen preferentemente en las maderas, la cuerda protagoniza los pasajes de mayor sosiego. Los metales refuerzan los momentos de máxima intensidad expresiva, con un papel destacado de las trompas como nexo entre las secciones orquestales, al tiempo que la paleta orquestal se amplía gracias al aporte tímbrico del arpa, la celesta y el piano.

Escrita a modo de obertura, la introducción se articula a partir de un motivo ondulante en maderas, cuerdas graves y celesta, acompañado por arpegios de piano y arpa y trémolos de violines con sordina. Un toque de campana, respondido por una llamada de trompetas y ecos en las maderas, da entrada al primer tema a cargo del clarinete bajo. Se trata de una melodía breve, ondulante, mágica y misteriosa, de trasfondo oscuro, contrastante con el segundo tema, más luminoso y festivo, presentado por el oboe. El desarrollo, construido mediante sucesivas transformaciones de los dos temas y del material introductorio, que se entrelazan superpuestos y confrontados, desemboca en un gran crescendo de toda la orquesta sobre la nota do, centro tonal de la composición».

Paseo clariniano el del manacorí con ecos parisinos de Debussy o Falla con una plantilla poderosa que curiosamente era muy similar al Walton posterior (desconozco si sabía que irían juntas y de ahí esa coincidencia casi total). Interesante instrumentación donde la percusión no puede faltar para crear ese ambiente de neblina carbayona y campanas emulando La Wamba, con toques de celesta, piano y arpa, aunque toda la orquesta se mostró compacta, afinada, con solos bellísimos del oboe y el corno inglés, toda la madera impecable, unos metales empastados y afinados, más una cuerda sutil y muy matizada. El estudio de la partitura por parte de Inkinen se notó en esta primera obra, de gesto no muy grande pero siempre claro, preciso, marcando todo, dando seguridad y empaque a un estreno que enlazó perfectamente con el concierto posterior a cargo de Isserlis.

Prescindiendo del piano y añadiendo dos tubas a una OFIL que nuevamente contaría con el refuerzo de alumnado del CONSMUPA, sobre el concierto de Walton , el profesor Santiago Ruiz de la Peña (con su hijo en la misma cuerda de chelos) escribe:

«El Concierto para violonchelo de William Walton, compuesto por encargo de Gregor Piatigorsky, fue escrito entre febrero y octubre de 1956, periodo durante el cual el compositor y el violonchelista mantuvieron una correspondencia regular sobre diversos asuntos técnicos de la obra. Tras su estreno en 1957, parte de la crítica la percibió como decadente y anclada en la tradición romántica, pues, «aunque bien construido, la disonancia que presenta no alarmaría ni a una anciana». La obra, con una exigente parte orquestal, produce una impresión inicial más cercana a la de un poema sinfónico con violonchelo obligado que a la de un concierto tradicional, y presenta una estructura poco convencional al invertir el patrón habitual de tres movimientos de los conciertos clásicos adoptando un esquema lento-rápido-lento.

El primer tiempo es evocador y nostálgico. Sobre una figura de tic-tac hipnótica y rítmica de las cuerdas en pizzicato y los instrumentos de viento, la suave voz del violonchelo desarrolla lentamente una hermosa y oscura melodía. Tras la serenidad del primer movimiento, arranca un arrebatador y virtuoso Allegro appassionato, donde solista y orquesta se persiguen a toda velocidad en un constante movimiento perpetuo. Melodías elevadas, con armónicos aflautados, escalas vertiginosas y dobles cuerdas, crean un discurso de gran tensión, detenido ocasionalmente por momentos de un lirismo conmovedor a cargo del violonchelo. El último movimiento, Tema ed improvvisazioni, con la segunda y la cuarta variación asignadas al solista sin acompañamiento y concebidas como auténticas cadencias, concluye con un último suspiro del violonchelo desvaneciéndose sobre su nota más grave, un cierre de obra melancólico y nostálgico que Walton revisó en varias ocasiones, pues Piatigorsky deseaba un final más dramático e impactante».

Si Antoni Parera evocaba la capital asturiana, Sir William Walton aún más su Gran Bretaña, con una escritura que pasa por continuos “sobresaltos anímicos” que el Stradivarius “Marquis de Corberon” (1726) en las manos del solista británico siempre estuvo presente, perfectamente concertado por la batuta finlandesa, tiempos para disfrutar de todas las secciones de la OFIL y el virtuosismo de un Isserlis que en sus intervenciones solistas volvió a mostrar una sonoridad amplísima donde la técnica está siempre al servicio de la música escrita por su compatriota.

La propina desprovisto de arco y toda en pizzicato sería «Chonguri» del giorgiano Sulkhan Tsintsadzesonó (1925-1991), si se me permite el calificativo de sonido “british”, muy rítmico y en la línea de Clancy Newman o Jerry Liu e incluso los “juguetes” de Yo-Yo-Ma, donde la sonoridad del chelo solo es plenamente moderna tras el esfuerzo con Walton.

Y en la segunda parte la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor de Sibelius. Hace años que el compositor finlandés me ganó en el terreno orquestal, en parte por el excelente blog a él dedicado del vallisoletano David Revilla. Puedo presumir de compartir con él programas y hasta atesoro muchos vinilos y algunas integrales en CD, incluso compartí mi escapada al barrio de Töölö en Helsinki, donde hice mi personal peregrinaje al Monumento “Passio Musicae”  (obra de la escultora Eila Hiltunen inaugurado en 1967) que tiene en el parque con su nombre. Rodeado de “hordas salvajes” que hacían el tour turístico sin saber siquiera quién fue Sibelius o lo que representaban las dos obras enfrentadas. Hombre orgulloso y tímido, reservado y sensible, con una vida marcada por las contradicciones, como apuntan muchas de sus biografías, aunque otras lo describen como de «vida tranquila, sin turbulencias ni pasiones, no exentas de conflictos pero siempre sin estrépito». Su música parece reflejar esa personalidad que nos transmiten sus fotografías, esa mezcla de serenidad a veces sombría pero sin excesos ni desmesura, un verdadero mago de la orquesta que supo cantar como nadie a su pueblo y los paisajes nórdicos que tanto amaba.

De esta Quinta hay muchísima literatura, casi tanta como el tiempo que le llevó su composición. En el blog “Sibelius en castellano” del pucelano, ya escribe sobre esta sinfonía:

« (…) su creación fue gestada por el músico en un periodo prolongado, durante el cual redactó hasta tres versiones del trabajo, estrenadas respectivamente en 1915, 1916 y 1919, resultado del deseo de que la sinfonía, a pesar del reconocimiento que tuviera en su primer estreno, alcanzara la perfección con respecto a la idea que tenía en su mente de ella. Este largo proceso creativo, y la implicación emocional, su conexión biográfica, y los debates estéticos que suscitaba en la imaginación de Sibelius los cambios y la ascensión hacia la forma que considerará final de sus notas, resultan auténticamente reveladora para quienes nos hemos dedicado, de una manera u otra, a observar y estudiar la música del genio finlandés».

Sinfonía plenamente interiorizada por Pietari Inkinen sin las ataduras del atril, supuso una dirección precisa, acertada, dejando fluir una música rica con una respuesta perfecta de una OFIL versátil, aplicada, que navega por mares muy distintos (y que la próxima semana vuelve al foso del Campoamor para cerrar el XXXIII Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo con “Maharajá”). Una temporada de conciertos que deja un sobresaliente a la  ya veterana orquesta ovetense, siempre enriqueciéndose con directores como el finlandés que jugó con los tempi, los balances y la expresividad de esta sinfonía de su tierra no tan distinta a la nuestra, que hizo disfrutar a músicos y aficionados en buena respuesta.

Ya nos han hecho llegar en los programas de mano un avance de la próxima temporada, pero esperaremos a concretar las fechas, aunque los nombres ya auguran otro curso exitoso para “pasear por Vetusta” y seguir llamándola “La Viena Española”, que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA

PARTE I

Antoni Parera Fons (Manacor, 1943)

Vetusta promenade (2025)

(Obra de encargo por Oviedo Filarmonía)

William Walton (1902-1983)

Concierto para violonchelo y orquesta (1957):

Moderato

Allegro appassionato

Tema ed improvvisazioni

PARTE II

Jean Sibelius (Hämeenlina, 8 de diciembre de 1865 – Järvenpäá, 20 de septiembre de 1957)

Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 (1915, rev. 1916 -desaparecida-, rev. 1917/1919):

Tempo molto moderato
Andante mosso, quasi allegretto
Allegro molto

En femenino plural

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Crítica para LNE del domingo 31, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo concierto de abono de la actual temporada de la OSPA y programa marcado por una significativa presencia femenina. Sobre el podio, la directora estonia Kristiina Poska (Türi, 1978); en el atril, el estreno en España de Transience de su compatriota Elis Hallik (Pärnu, 1986), escuchada por vez primera tanto en Gijón (jueves) como en Oviedo (viernes); como concertino invitada, la violinista polaca Joanna Wronko; y hasta las notas al programa llevaban firma femenina, las de la pianista, gestora y musicóloga coruñesa Marta García Teijido. Todo ello en un concierto que hacía honor al título de esta crítica: un auténtico “femenino plural”.

La velada añadía además otro estreno español, el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (St. Louis, 1972), escrito para el británico Adam Walker (Retford, 1987), encargado de defender una partitura tan exigente como comunicativa. Un programa inteligentemente construido, alternando creación contemporánea y gran repertorio romántico.

Resulta esperanzador comprobar cómo muchas obras nuevas parecen recuperar ciertos cánones expresivos y narrativos que durante décadas parecían proscritos. Así ocurrió con Transience, cuya compositora, presente en la sala, recibió una cálida y unánime ovación. La obra, de apenas once minutos, propone una intensa reflexión sonora sobre lo efímero: la fugacidad del instante que desaparece pero deja huella. Como explicaba Poska en el encuentro previo, Hallik trabaja “la idea de aquello que nos atraviesa y se desvanece, casi como una luz suspendida en el tiempo”.

La escritura, de gran refinamiento tímbrico, alterna momentos de explosión sonora con otros de contemplativa suspensión, en un discurso que convierte el silencio en elemento estructural. La cuerda de la OSPA, tratada casi coralmente —tan propia de la tradición musical estonia—, respondió con admirable concentración, logrando esa atmósfera entre lo tangible y lo inaprensible que exige la compositora. Hubo compenetración absoluta entre Poska y Hallik, dos músicas nacidas bajo la misma geografía báltica y aparentemente unidas por una idéntica concepción del sonido.

El Concierto para flauta de Kevin Puts ofreció un paisaje sonoro muy reconocible desde la tradición estadounidense, con ecos de Copland o Bernstein, especialmente perceptibles en sus amplias melodías y en un sentido casi cinematográfico de la orquestación. Adam Walker fue el mejor embajador posible de una partitura escrita claramente a su medida, llena de exigencias técnicas y amplios vuelos líricos. El primer movimiento, Con gran sinceridad y afecto, desplegó una escritura brillante y de corte casi clásico para la flauta solista, mientras que el central, Juguetonamente, con creciente agitación, escondía un ingenioso guiño al célebre Concierto nº 21 de Mozart, reconocible incluso en la presencia del piano, aunque hábilmente reformulado dentro del lenguaje de Puts. El final, Muy rápido, con una sensación de desenfreno, convirtió la obra en un auténtico “tour de force” colectivo: percusión extenuante, cuerda participando con palmas en el final, y una sensación rítmica casi vertiginosa que Walker resolvió con virtuosismo deslumbrante. Todo con el sólido respaldo de una OSPA muy implicada y atenta en cada detalle a la precisa dirección de Kristiina Poska, siempre elegante y clarísima desde su característica batuta sostenida con la mano izquierda.

Como propina, el flautista británico regaló una impresionante lectura de Density 21.5 de Edgar Varèse, demostrando una vez más su extraordinario dominio técnico y expresivo.

La segunda parte devolvía el protagonismo al gran repertorio con la Sinfonía nº 3 “Escocesa” de Mendelssohn. Poska la dirigió íntegramente de memoria, mostrando un conocimiento profundo de la arquitectura de la obra y un admirable equilibrio entre las secciones de la orquesta asturiana. La directora estonia apostó por tempi vivos y un discurso muy fluido, especialmente convincente en el final “guerrero y majestuoso”, evitando cualquier tentación de pesadez romántica. Muy logrado también el Adagio cantabile, fraseado con sensibilidad y naturalidad, mientras la OSPA respondía con madurez y empaste a una lectura refinada y orgánica. Mendelssohn, el compositor viajero fascinado por Escocia, encontraba así una recreación de acentos nórdicos y sensibilidad báltica, pero también impregnada de ese salitre musical asturiano que la OSPA lleva décadas incorporando a su personalidad sonora.

Excelente propuesta de penúltimo abono, equilibrando contemporaneidad y tradición con naturalidad y coherencia. Lástima, una vez más, el preocupante vacío de butacas en una cita de semejante nivel artístico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience *estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta *estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace

III. Adagio cantabile

IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

Apostando por lo actual

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Reseña para LNE del sábado 30, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo de abono con estrenos y presencias femeninas. Sobre el podio la directora estonia Kristiina Poska, en el atril el estreno de Transience obra de su compatriota Elis Hallik (1986), la polaca Joanna Wronko de concertino invitada, sumando el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (1972) actuando de solista el inglés Adam Walker (1987).

De las obras nuevas parece que afortunadamente se vuelve a los cánones llamemos “clásicos” que se perdieron durante la transición entre nuestros dos siglos. Así fue Transience, con su compositora presente (que recibió el aplauso unánime saludando a los presentes). Obra de belleza intensa, evocadora en 11 minutos, enérgica y contemplativa, lo inaprensible hecho música para una formación de cuerda casi coral, como toda Estonia, en feliz entendimiento con las músicas nativas.

El Concierto de flauta de Puts resultó todo un catálogo desde los EEUU y escrito para el solista: recuerdos de Copland o Bernstein, con cadencias para la flauta muy clásicas y brillantes, pero también la inspiración del movimiento central en el famoso concierto 21 de Mozart (piano incluido). Obra virtuosa y exigente para todos (los dos percusionistas sin descanso y hasta la cuerda palmeando un vitalista final) para disfrutar de Walker (su propina increíble) respaldado por una excelente OSPA llevados por la precisa batuta izquierda de Poska.

Segunda parte con la “Escocesa” de Mendelssohn, redondeando un programa para alternar novedades y romanticismo, que se agradece por todos (lástima el preocupante vacío de aficionados). Valiente la dirección de la estonia por los tempi con respuesta fiel de una OSPA madura para esta escocesa refinada con salitre cantábrico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience

*estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta

*estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace
III. Adagio cantabile
IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

La batuta amable

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Jueves 28 de mayo, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe, Oviedo: los Conciertos del Auditorio. Budapest Festival Orchestra, Ingela Brimberg (soprano), Hanno Müller-Brachmann (bajo-barítono), Iván Fischer (director). Obras de R. Schumann y R. Wagner. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Una de las orquestas actuales que me impresionaron desde aquel concierto de hace nada menos que catorce años en este mismo ciclo, es la Budapest Festival Orchestra con su titular Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), su fundador en 1983 junto a Zoltán Kocsis. Y su directo en Granada de la pasada edición del Festival Internacional de Música corroboró las buenas impresiones que he ido comprobando en los conciertos que suelo disfrutar en el canal MezzoTV. Oviedo sigue estando en el mapa musical junto a las grandes capitales como Madrid, Barcelona y Valencia, esta vez con la tercera de Schumann (inspirada en el Rin, que desborda energía, lirismo y vitalidad) y la poderosa escena final de La Valquiria wagneriana, con la “Despedida de Wotan” y el “Fuego mágico”, un concierto no muy largo pero intenso emocionalmente.

Con una gran plantilla de cuerda desplegada por Fischer para la partitura del compositor de la ciudad sajona de Zwickau (14 primeros violines, 10 segundos, 10 violas, 8 violonchelos y 6 contrabajos, (situados, por cierto, arriba, en el centro, donde habitualmente se coloca la percusión y en la llamada colocación vienesa), fue pese a lo nutrida nada problemática porque el balance estuvo siempre en su punto y los planos de cada sección una delicia para el oido pudiendo equilibrar el “arsenal” de viento. Hay obras que la disposición de violines enfrentados, chelos frente al director, violas a la derecha con las arpas detrás, más el fondo con los contrabajos, parecen abrazar al público y permitir una escucha fiel, por lo que hay que aplaudir estas decisiones cuando son tan acertadas como la de los húngaros.

El maestro húngaro es contenido en los gestos, siempre amable, de batuta larga “como las de antes” (justo lo contrario al “mondadientes” de Gergiev) pero vibrante, por momentos recogida y nunca funcionando como estilete; mano izquierda en el amplio sentido de la palabra, invitando siempre a los fraseos, preocupado por los detalles y dinámicas sacando al primer plano lo que la partitura (que apenas mira salvo la primera página de cada movimiento) esconde, consiguiendo una sonoridad única de su orquesta, y que durante el 74º Festival de Granada confesaba que sin haberlo en su ciudad natal, para la formación siempre es un verdadero festival tocar: lo disfrutan y se nota en la actitud, la entrega, la complicidad, que si la unimos a unos programas que mantienen en sus largas giras (espero volver a escucharla el sábado 4 de julio en el Palacio de Carlos V), el dominio de cada obra es magnífico.

Del concierto celebrado el pasado lunes dentro de la Gira de Ibermúsica, aunque he leído distintas críticas, me quedo con la de mi admirado Rafael Ortega Basagoiti para Scherzo, de la que iré tomando fragmentos que siempre son doctos y acertados, sabiendo que no se ofende por citarle, y que también hace lo mismo con nuestro común amigo Arturo Reverter, autor de las notas al programa madrileño:

«La sinfonía de Schumann despliega una música de jubilosa exaltación y luminosidad en los movimientos primero y último, un amable carácter en el scherzo que, en realidad, como comenta Arturo Reverter en sus notas, es un elegante y apacible ländler, y evidente solemnidad en los movimientos tercero y cuarto, la del primero de ellos muy lírica y de canto sereno; la segunda más próxima, como también apunta Reverter, al “esplendor de la expresión eclesiástica».

Si en mis palabras ya describo cómo nos hace vivir y sentir la batuta del húngaro, retomo al doctor Ortega: «Fischer es un maestro de contagiosa energía e intensidad, con un gesto muy efusivo, ayudado por una batuta de longitud considerable (“de las de antes”, podría decirse), generalmente claro, aunque ocasionalmente entra en cierta confusión por alguna tendencia al arrebato fogoso. Pero la intención musical, el concepto, es siempre tan interesante, que termina ganándonos por encima de pequeñas objeciones puntuales. Le ayudó mucho la calurosa entrega del concertino Daniel Bard».

Personalmente la “Sinfonía Renana” (segunda de las cuatro que compuso Schumann aunque figura siempre como tercera) con semejante despliegue orquestal sonó grande en las dinámicas, pues la cuerda es capaz de compensar el viento y el balance siempre resulta ganador, alcanzando matices extremos sin perder presencia. En esto coincido con Don Rafael:

«Consiguió Fischer el carácter apropiado a la exultante música de Schumann. Apasionado, efusivo, el primer movimiento, con una respuesta orquestal brillante, empastada y de espléndida sonoridad. Algún matiz piano pudo haber quedado más adelgazado y certero, pero la música llegaba con claridad de planos y envidiable calor expresivo. Se tradujo con afable, tranquilo canto y excelentes inflexiones el ländler, muy lírico, que se dibuja en el atípico scherzo. La orquesta seguía siendo un lujo, con una cuerda homogénea y muy bien empastada, una madera de estupenda sonoridad y unos metales de envidiable redondez. El soberbio final de las trompas en este movimiento fue todo un ejemplo de ello. Estupendo el canto también de clarinetes y fagots en el inicio del Nicht schnell, trazado con estupenda sensibilidad y delicados matices. La atmósfera de solemnidad casi religiosa llegó sin decaer, con fantásticos trombones, a los que luego se sumaron trompetas y trompas para una fanfarria en el tramo final del movimiento de formidable impacto, aunque la nutrida cuerda pudo haber puesto algunas gotas más de misterio en la conclusión».

Y parafraseando un anuncio de mis años jóvenes, “un poco de Wagner es mucho”. Oviedo tiene centenaria tradición lírica, y se notó por la presencia de más aficionados que los habituales sinfónicos. Madrid y Oviedo han sido verdianos mientras Barcelona y Gijón wagnerianos. Los omnívoros, como quien suscribe, disfrutamos con ambos aunque la lengua italiana la sintamos más cercana que el duro idioma de Goethe. Pero si nos proyectan sobretítulos con la traducción, aunque parezcamos tontos mirando todos para arriba, cuando no hay escena el ridículo es menor (recordando un comentario que hizo a propósito de esta instalada costumbre Muti en un encuentro con motivo de un “Falstaff” para recordar en agosto de 2015).

Para las notas al programa ovetense nadie mejor que el compositor y profesor calasparreño Pedro Gómez, pues tiene un programa en Radio Clásica titulado precisamente “Desmontando a Wagner”. La lectura la dejo pinchando en el enlace o hipervínculo (los modernos siguen utilizando el anglicismo “link”). Y del tándem Ortega-Reverter vuelvo a desgranar lo ya apuntado del lunes 25 en Madrid:

«La Valquiria es, de las cuatro óperas del Anillo wagneriano, la que probablemente presenta una más continuada intensidad dramática, una vibración que no concede respiro alguno ni a intérpretes ni a oyentes (… ) la escena final del acto III con Wotan y Brunhilde es uno de los momentos más hermosos de la historia de la ópera. Y fue precisamente esa escena final (la tercera) del acto III la que Fischer y la orquesta húngara brindaron (…)  con Ingela Brimberg como Brunhilde y Hanno Müller-Brachmann como Wotan. Procede suscribir completamente lo anotado por Arturo Reverter respecto a este final: tras “un larguísimo dúo entre Wotan y Brünnhilde, en el que se hace memoria de todo —como en la entera Tetralogía—, el dios ha de castigar a su hija predilecta por haberlo desobedecido. Invoca a Loge para que rodee de fuego la roca donde va a depositar a la joven ya dormida y se despide amargamente de ella en uno de los monólogos más extraordinarios de la historia de la ópera”. En efecto, si la escena entera es de una intensidad ante las que no cabe ni el parpadeo, los quince minutos finales son de un nivel de emoción difícil de resistir. Por encima del manejo magistral y recurrente de los leitmotivs está el desfile de sentimientos. El tenso diálogo entre padre e hija que se inicia en la escena, con Brunhilde enfrentando a su padre a sus propias contradicciones, éste dedicándole palabras crueles (“El dios nunca más debe verte”), ella suplicándole que quien la tome sea digno (“aquél que me consiga debe merecerlo”) y finalmente rogando al menos que ponga algún obstáculo, que resulta ser el fuego de Loge alrededor de la roca en que ella dormirá el sueño decretado por su padre. Hay de todo en estos minutos: amor, rigor, explicación, súplica, una disciplina inclemente que obedece a un destino que se supone inmutable. Wotan está, cómo no, atormentado, pero no puede eludir el amor y la ternura por su hija. Todo ello asoma finalmente en su largo monólogo, con Brunhilda ya sumida en el sueño, en el que todo el amor callado sale a relucir desde las primeras palabras (¡Adiós, valiente y maravillosa hija!) hasta el desgarro que encierran las del tramo final (¡Así se aparta de ti el dios, con un beso a tu divinidad!) para culminar con la amenaza a pusilánimes y cobardes (¡Aquel al que la punta de mi lanza aterrorice nunca logrará atravesar el fuego!), emitida, como señala Reverter, a plena voz. La supeposición del motivo del fuego mágico, con el de Loge y el de Siegfried consigue en este tramo final una intensidad emotiva difícil de describir… y de igualar. Unos momentos inolvidables».

Si en la Rheinische el ejército sinfónico era digno del Imperio Austrohúngaro, este final de Die Walküre resultaba lo más adecuado “para invadir Polonia” con permiso del genial Woody Allen (con estatua a tamaño real en la capital asturiana). A partir de ¡8 contrabajos! se puede  calcular el resto de la cuerda, y del viento ya se sabe cómo se las gastaba Don Ricardo. Incluso la percusión, además de unos timbales siempre ajustados, también se trajo triángulo, platillos y yunque, aunque sólo fuese para un par de compases, pero así está escrito. Los metales son pura artillería pero aterciopelada (¡qué placer escuchar las trompas perfectas! que Max Valdés llamaba los bronces), sus juegos tímbricos con trompetas, trombones y tubas, pues la orquestación wagneriana es un tanque que pasa a camuflarse por la inmensidad de los contrastes dinámicos. Y en el final de “La Valquiria” no están en Bayreuth sino apuntando a las espaldas del dúo para esta gira, solvente y con un Fischer igual de amable sin renunciar al generalato de este batallón sinfónico. De acuerdo con lo escuchado por el doctor en Madrid y las referencias a Don Arturo:

«La interpretación (…) fue gobernada con gran instinto dramático por Iván Fischer, que construyó con fluidez un discurso intenso, contrastado y fluido, con un clímax de gran carga dramática y un tramo final realmente emocionante. Tuvo a su disposición el lujo de la orquesta húngara, que lució con esplendor sus muchas virtudes. Estupenda y bien ajustada cuerda, preciosa sonoridad de la madera (maravilloso el clarinete bajo en el tramo inicial) y unos metales de una seguridad, redondez y poderío extraordinarios. Y, como es característico en él, sacó el mejor partido de tan distinguidos mimbres. Extraordinario. Hay que coincidir nuevamente con Reverter cuando señala, con su experto conocimiento de la cosa vocal, las exigentes características que han de poseer los cantantes encargados de los dos papeles para conseguir una interpretación de garantías. Para Brunhilde, en efecto, se reclama “una soprano dramática auténtica; puede que una de las más amplias de la literatura junto a la posterior Elektra de Strauss” (…) La veterana sueca Ingela Brimberg (Estocolmo, 1964) tiene la tesitura (más que muy exigente, como destaca Reverter). La voz tiene buena presencia, y aunque el vibrato empieza a rozar cierto exceso de amplitud, conoce al dedillo el papel (…) cantó de memoria su parte, al contrario que Müller-Brachmann) y lo tiene bien dominado en lo dramático. No fue la suya una Brunhilda inolvidable, pero sí muy notable en el carácter y la intención dramática. Nuevamente hay que hacerse eco de la atinada afirmación de Reverter en el caso del dios. Wotan es un “reto auténtico para un cantante poderoso, un bajo-barítono o barítono heroico, un Heldenbariton, capaz de tronar y de plegarse al lirismo más absoluto en este incomparable cierre”  (…) Müller-Brachmann tiene una voz noble, que se mueve con más soltura en centro y grave que en el agudo, donde evidenció alguna tirantez (…) y eso, en momentos como esa amenaza final a plena voz (frente a toda la potente orquesta wagneriana, cierto es), se nota. Más entonado en los momentos de más fina expresión que en aquellos donde se pide una imponente presencia que no alcanza. Cumplidor, sin duda, aunque tampoco un Wotan que deja huella. Con todo, la música es tan sobrecogedora y emocionante que, cuando se sirve con un plausible nivel de prestación vocal (como así fue) y con excelencia orquestal (como también ocurrió), el éxito está asegurado».

Ingela Brimberg fue una verdadera Valquiria, poderosa, dominadora del rol de Brünnhilda que lleva años cantándolo y la expresión de lo que se espera de una soprano wagneriana que los años no han hecho perder su volumen ni dramatismo. Y del bajo-barítono Müller-Brachmann, más segundo que primero, me quedo con su color, redondo, de buena proyección, deleitándonos en las pocas intervenciones “a capella” o con el “tanque” apuntando a la retaguardia antes de volver a cargar la munición en un Wotan más humano que dios, más preocupado de la partitura que de avivar el fuego.

Un éxito con el público en pie lanzando bravos al dúo y sobre todo a este «Festival Fischer» de quien hubiésemos deseado una cabalgata de propina, pero tras la dura batalla desde el Rhin hasta el castillo del Walhalla estas huestes germano-magiares bien se merecían “el descanso del guerrero”.

En Granada también lo contaremos, si nada lo impide…

PROGRAMA

Robert Schumann (1810-1856)

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 («Renana»):

I. Lebhaft

II. Scherzo: Sehr mäßig

III. Nicht schnell
IV. Feierlich

V. Lebhaft

Richard Wagner (1813-1883)

Escena final de Die Walküre (La Valquiria), www 86b (Acto III, escena 3- «Despedida de Wotan»

y «Fuego mágico»).

El arte de escuchar

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Abono 14 «Sublime ambición», Cuarteto Quiroga y OSPA. Obras de Beethoven, Haydn y Mozart.

En la Festividad de Santa Rita, llamada abogada de los casos imposibles y patrona de las causas difíciles, el antepenúltimo abono de la OSPA (encomendándonos a ella para que la próxima temporada acuda más público), nos devolvía un concierto con «los clásicos» que no pueden faltar en cada curso, y sin director pero con el Cuarteto Quiroga, repetíendo la experiencia de hace un año con los mismos compositores y tres obras que la doctora Mª Encina Cortizo presenta en las notas al programa como «Sublime ambición».

Los encuentros previos a las 19:15 horas en la Sala de conferencias nº 1 sí está siendo un éxito porque la transmisión oral («el boca a boca») sí funciona y siempre aprendemos de las interioridades tanto de los invitados como de las obras que posteriormente escuchamos. Moderados por Fernando Zorita acudieron todos los componentes de «El Quiroga» (el asturiano Aitor Hevia, el gallego Cibrán Sierra, el valenciano Josep Puchades y la madrileña Helena Poggio) que no solo compartieron cómo coordinar sus carreras como solistas o profesores con el cuarteto, los nuevos proyectos, la toma de decisiones siempre democráticas (en las orquestas parece imposible porque quien manda es la batuta), con lo que tiene de enriquecimiento, o la simpática  comparación que Sierra hizo de qué es un cuarteto: el chelo es la botella, sin ella no hay nada; el primer violín es la etiqueta y el diseño, pero el auténtico vino son el segundo y la viola, con todo el humor y reflexión sobre los buenos compositores que se diferencian no por las melodías sino por su desarrollo, recordando la frase de Brahms «No es difícil componer, pero es maravillosamente difícil dejar que las notas superfluas caigan bajo la mesa. . . Hay tantas melodías volando que hay que tener cuidado de no pisarlas».

Sobre tener a la orquesta sin director es algo necesario, enriquecedor e incluso habitual cuando hay un solista que también «conduce» desde el piano o el violín. En estos casos siempre destaco la dificultad que ello conlleva y precisamente durante el encuentro previo al abono 12 de esta temporada, la violinista y directora Antje Weithaas nos comentaba, junto al gerente Oriol Roch, que «exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse», pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado. No es imposible cuando el Cuarteto Quiroga, con quien la OSPA lleva años de colaboración (especialmente con Aitor Hevia de concertino invitado), sabe «hacer equipo», compartir experiencias para hacer que una formación esta vez sin superar los 50 músicos (como era en los tiempos clásicos y muy alejadas de nuestras cercanas grabaciones de los Karajan o Kleiber, por citar dos referentes de mi juventud) suene camerística. Aprender a escucharse, mantener la atención a los detalles, incluso desde la «distancia» de los cuatro atriles que comandaron toda la cuerda, pero especialmente en este programa ¡valorar los silencios! que son tan importantes en los tres compositores: expresión y dramatización que obliga a mantener la pulsación interior en todos los miembros de la orquesta mientras el sonido aún está flotando en el aire antes de atacar el siguiente compás.

El arte del silencio realzando la expresividad aparece ya en Coriolano: obertura, op. 62 (1807) del genio de Bonn con una plantilla de 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (12-10-8-6-4).

Con Hevia marcando, fraseando y contagiando el tempo escrito por Beethoven como Allegro con brio, comunicando y ejerciendo el mando otorgado, parecía difícil encontrar los balances perfectos entre cuerda, viento y timbales -de cobre-, pero una vez que la sincronización en el latir musical se alcanzó (que costó algunos compases), esta página llena de tragedia de un Beethoven con 37 años ya romántico, sacó de la OSPA esa mezcla de aire heroico y lírico, con un empaste ideal desde la plantilla idónea donde el Cuarteto Quiroga ocupó los atriles principales de la cuerda, algunos coprincipales hoy principales -también varias «caras nuevas»- pero todos manteniendo calidad, profesionalidad en este compartir la escucha ¡y los silencios!.

En la Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78 de «papá Haydn», que la doctora Cortizo cuenta «es una de las tres (76, 77 y 78) que Haydn escribe en 1782, todavía en Esterházy, con 50 años, para una visita a Londres que finalmente se retrasará una década. En una carta al editor francés Boyer, Haydn las define como «hermosas, magníficas y no muy largas […] muy fáciles y sin demasiado concertante». Mientras que las sinfonías 76 y 77 presentan un carácter galante, ésta explora la sensibilidad Sturm und Drang en los movimientos extremos», pasaría al concertino Sierra, y con una plantilla más reducida (flauta, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas y la cuerda), de nuevo la exigencia, la atención y el respeto a los silencios escritos en este romanticismo que ya es «la tormenta y el ímpetu» (traducción del  Sturm und Drang), dinámicas bien marcadas, los balances con la gestualidad habitual del violinista orensano, retorciéndose o levantándose de la silla y blandiendo el arco para subrayar o recordar las entradas del viento.

Todos latiendo con el mismo pulso, desde el Vivace inicial (contrastes ideales del oboe con el tutti) al bello Adagio siguiente, una esfuerzo equiparable al de los deportistas de élite por los cambios de ritmo que encajaron todos a la perfección. Y subiendo «revoluciones» el expresivo Menuetto: Allegretto perfectamente sincronizado en fraseos, intervenciones solistas, aires y planos sonoros antes del valiente Presto final, un rondó lleno de pasión e interpretación no ya académica sino la demostración de una OSPA convencida, madura, respetuosa con la partitura bien entendida por «El Quiroga» compartida con la formación asturiana.

Y volvía «al frente» Hevia para Mozart y la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543, nuevo reto conjunto en una obra de la llamada trilogía final escrita entre junio y agosto de 1788, con 32 años y con la controversia del motivo de la composición, aunque a diferencia de Haydn o Beethoven, la escritura fluye tan espontánea y natural como solo el prodigio de Salzburgo era capaz. Así la entendieron todos ellos con una plantilla conformada por flauta, 2 clarinetes, 2 fagots, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (destacando la tarima que refuerza los graves en los cuatro contrabajos). La sonoridad resultó perfecta, equilibrada en todas las secciones, aún más exigente que en Haydn, pues la engañosa facilidad mozartiana pide atención continua y el mínimo despiste, más aún sin director, puede dar lugar a entradas en falso. Pero los cuatro movimientos (I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro) fluyeron con la naturalidad de unos músicos que disfrutan con estos repertorios, la riqueza de nuestra orquesta que a lo largo de esta temporada, que va llegando a su fin, han transitado estilos, compositores, épocas y batutas muy distintas. Arranque con los timbales mandando a una cuerda aterciopelada e incisiva, flauta clara -como toda la madera-, metales empastados (dos trompas perfectas y abriendo sonido cuando debían) seguido por el Allegro luminoso, valiente y equilibrado; el Andante con moto sereno, aún más complicado hacer latir con menos pulsaciones pero logrado sin aparente esfuerzo colectivo, verdadero disfrute de la madera y sus diálogos en pasajes cual ópera sinfónica; «marcando el paso» el Menuetto, incisivo, contrastado, fraseos y acentos claros; y el Finale valiente de metrónomo, equilibrados los balances marcados desde el puesto de concertino pero plenamente asimilados, alegría contagiosa con el Cuarteto Quiroga contagiando su espíritu de unidad y calidad donde poder disfrutar de intervenciones plenas de gusto, personales pero compartidas.

PROGRAMA

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Coriolano: obertura, op. 62

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)
Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78:

I. Vivace / II. Adagio / III. Menuetto: Allegretto / IV. Presto

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)
Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543:

I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro

Colores sugerentes

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Viernes 8 de mayo, 20:00 h. Oviedo, Auditorio Príncipe Felipe: OSPA, 𝐀𝐛𝐨𝐧𝐨 𝟏𝟑: 𝑂𝑟𝑔𝑖́𝑎 𝑑𝑒 𝑖𝑚𝑎́𝑔𝑒𝑛𝑒𝑠. Adèle Charvet (mezzo), Nuno Coelho (director). Obras de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 y 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚.

Encuentro previo a las 19:15 con Nuno Coelho
(Reseña para LNE del sábado 9, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

La OSPA presentaba en el decimotercero de abono un programa sugerente de música francesa y española con aires comunes desde la vecindad y biografías de los compositores elegidos.

Comenzaba el concierto con el poco escuchado 𝑃𝑜𝑒𝑚𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑦 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑎𝑟 de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, el amor y el mar con un interludio donde volver a constatar el excelente estado de la OSPA, con Aitor Hevia de nuevo concertino invitado, el titular portugués y la mezzo francesa 𝐀𝐝𝐞̀𝐥𝐞 𝐂𝐡𝐚𝐫𝐯𝐞𝐭, plena, expresiva, delicada, en esta maravilla sinfónico vocal que emocionó a un auditorio que sigue sin la asistencia que la calidad de los conciertos se merece.

La segunda parte con una reforzada OSPA con alumnado del CONSMUPA nos trajo la España parisina de Debussy más la sentida en la distancia del sevillano Turina.

𝐼𝑏𝑒́𝑟𝑖𝑎 de 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 es nuestra piel de toro, la orquestación impresionante del francés con la inspiración y color hispano, verdadero caleidoscopio instrumental para disfrutar con cada sección de la OSPA y Coelho dibujando toda la paleta parisina. Si el segundo “cuadro” trajo perfumes nocturnos, la mañana festiva resultó un derroche sinfónico.

Para  cerrar, todo el empuje orquestal desde el piano que son las enérgicas 𝐷𝑎𝑛𝑧𝑎𝑠 𝑓𝑎𝑛𝑡𝑎́𝑠𝑡𝑖𝑐𝑎𝑠 de 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚. Ritmo que nos transporta con aires festivos, nostalgia y energía en tres momentos de evanescencias y toda una gama tímbrica: jota aragonesa, zambra andaluza  y la “Orgía” casi zapateado que siempre asociaré a la publicidad de un conocido brandy. Pasión y exuberancia en este abono 13 que volvió a abrir la puerta grande a una OSPA pletórica y colorista.

PROGRAMA:

ERNEST CHAUSSON (1855 – 1899)
Poème de l’amour et de la mer, op. 19:
I. La fleur des eaux
II. Interludio
III. La mort de l’amour

CLAUDE DEBUSSY (1862 – 1918)

Imágenes para orquesta: Iberia:

I. Par les rues et par les chemins – II. Les parfums de la nuit – III. Le matin d’un jour de fête

JOAQUIN TURINA (1882 – 1949)

Danzas fantásticas, op. 22:

I. Exaltación
II. Ensueño
III. Orgía

NOTAS AL PROGRAMA de Julia María Martínez-Lombó Testa:

Noche impagable

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Larga noche”, abono 12 OSPA, Antje Weithaas (violín y directora), Obras de Haydn, K. A. Hartman y Mozart.

Concierto duodécimo de abono de una OSPA casi camerística en «disposición vienesa» que nos traía a la violinista y directora alemana Antje Weithaas (Guben, 1966) con un programa que «pone las pilas» a toda orquesta, y más cuando se dirige como concertino en el caso de las sinfonías clásicas, lo que exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse, pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado, más el concierto solista donde la violinista logró «concertar», poner de acuerdo y alcanzar un nivel altísimo.

El encuentro previo a las 19:15 horas con Oriol Roch nos ayudó a entender este programa titulado «Larga noche» que se hizo corta, así como el «maridaje» con su violín «Peter Greiner» de 2001 (un violinista y luthier alemán afincado entre Zurich y Londres) que sonó siempre claro, preciso y de tímbrica redonda en todo su rango.

Como curiosidad personal añadir que Weithaas mantiene una estrecha colaboración artística con el pianista Dénes Várjon a quien escuchamos hace unos días en este mismo auditorio, con las sonatas para violín de Beethoven premiadas con el «Jahrespreis der Deutschen Schallplattenkritik» en 2024.

Las notas al programa de mi admirado Eduardo Chávarri Alonso analizan las tres obras, e iré intercalándolas en mis comentarios, entrecomilladas y en el color habitual de mis citas en el blog.

Haydn y Mozart son verdaderas «trampas» en cualquier concierto, por la engañosa sencillez, y más en el caso de dos sinfonías tan populares que todo melómano atesora con grabaciones de referencia. Si además, como apuntaba al inicio, se dirige desde la silla de concertino, el reto se hace mayor y Antje Weithaas nos lo dejó claro en el encuentro previo. Con una plantilla apropiada, adecuada y equilibrada para ambas sinfonías (violines enfrentados, cellos en el centro, contrabajos detrás de los primeros, viento en la ubicación habitual y timbales -de cobre- a la derecha en la que abría programa), la sonoridad fue perfecta tanto en la 95 de Haydn como en la 40 de Mozart.

«La Sinfonía en do menor Hob. I:95, compuesta por Haydn en su primer viaje a Londres (1791-92), es la única de las londinenses en tonalidad menor y sin introducción lenta». La profesora Weithaas con Daniel Jaime de ayudante, nos enseñó cómo se «lleva» a la OSPA desde el puesto de concertino. «El primer movimiento contrapone unísonos apasionados y pasajes más íntimos», y esos unísonos fueron perfectamente ejecutados así como los matices, sin necesidad de marcarlos porque la propia música invitaba a escucharse por parte de toda la orquesta. «El Andante cantabile presenta un tema lírico con tres variaciones, la segunda marcada por contrastes dinámicos y modulaciones» de nuevo obligaba a la formación a un entendimiento y colaboración para que las muchas y variadas dinámicas de este segundo movimiento se ejecutasen, escuchándose todos, y se logró con un sentido y sonido unitario al más ajustado Sturm und Drang, como «el padre de la sinfonía» dejó para las generaciones posteriores. «El Minueto alterna secciones contrastantes de un carácter más tenso, y el Trío, en do mayor, permite lucirse al violonchelista principal». La cuerda asturiana sigue manteniendo un color propio, yo lo llamo «cantábrico»,y cercano a las formaciones británicas, algo que se alcanza tras más de tres décadas de «hacer música» juntos. Contar con Maximilian von Pfeil es un lujo como pudimos comprobar en el segundo movimiento y especialmente en este Menuet que me recordó al Haydn de su concierto para chelo. «El Finale, con brillante contrapunto, cierra enérgicamente la sinfonía, regresando a la tonalidad menor inicial» y literalmente resultó brillante y enérgico con todas las secciones perfectamente empastadas, los balances adecuados y una atención total a la Maestra Weithaas.

Si Haydn resultó una prueba superada con creces, aún quedaba escuchar cómo afrontarían en la segunda parte «La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550, de Mozart, compuesta en 1788, destaca por su intensidad emocional y su estructura innovadora». Misma plantilla aunque sin timbales ni trompetas pero con el par de clarinetes, nuevamente la orquesta camerística, debiendo afrontar sin ambajes cuatro movimientos a cual más exigente para todos, pues no hay forma de «escapar» de una escritura tan perfecta como la del genio de Salzburgo, donde los detalles conforman el toque de calidad. «El primer movimiento, Molto allegro, presenta un tema rítmico que ha trascendido al acervo popular, siendo una de las piezas más conocidas del compositor». Con el tempo giusto y sin complejos, Weithaas llevó a la OSPA por una música que, no por conocida, siempre pide y exige sumar, aportar por parte de cada sección. El equilibrio se logró de principio a fin: «El segundo movimiento, Andante, ofrece una melodía lírica en mi bemol mayor, proporcionando un contraste sereno al carácter dramático del primero». La madera sigue en su madurez y conjunción, con una línea de empaste que el propio Mozart trabajó con todos esos instrumentos en distintas combinaciones, las dos trompas manteniendo el nivel de los últimos conciertos, más una cuerda aterciopelada, matizada, unida y donde hasta los arcos marcan una coreografía digna de destacar. «El tercer movimiento, Menuetto, mantiene la tonalidad menor y presenta un carácter elegante que contrasta con el Trío en sol mayor«, y si hay que definir su interpretación es precisamente por la elegancia de todas las secciones antes de atacar «El cuarto movimiento, Allegro assai, retoma la intensidad inicial con un desarrollo contrapuntístico y una conclusión enérgica». Valiente en el tempo, pues los retos hay que afrontarlos, bien delineados los contrapuntos por parte de toda la orquesta, y sobre todo la energía que Antje Weithaas transmitió desde su silla.

Dos clásicos exigentes donde las «trampas» que escondían las respectivas sinfonías no hicieron caer a una  madura OSPA que pese a su veteranía y excelentes conciertos en esta temporada, aún no recupera público, pero esto daría para un análisis específico que va más allá de esta reseña…

Y entre los clásicos, Antje Weithaas nos brindaría como solista el “Concierto fúnebre” del muniqués Karl Amadeus Hartmann (1905-1963). «Compositor alemán, eligió permanecer en Múnich durante el nazismo, rechazando el exilio y defendiendo valores democráticos en silencio. En 1939 compuso su Concierto fúnebre como respuesta a la anexión nazi de los Sudetes. Estrenado en Suiza en 1940, fue revisado en 1959, cuando recibió su título definitivo». La profesora alemana ya nos advirtió en el encuentro previo que no nos dejáramos llevar por el calificativo de este concierto de Hartmann, porque la música que su compatriota escribe tiene momentos inspirados en corales, canciones populares y hasta ciertas referencias a Shostakovich, y no nos mintió. Con la orquesta solo de cuerda, ya con Daniel Jaime de concertino y Pablo de la Carrera de ayudante, nos brindaron un concierto intenso, difícil para todos, pero emocionante. «La obra tiene cuatro movimientos enlazados sin pausa y basados en corales. Se inicia con el canto husita “Vosotros, guerreros de Dios”, en homenaje al pueblo checoslovaco, seguido de un Adagio de intensa expresividad». El «Stefan-Peter Greiner» sonó pletórico, arrullado y acunado por una orquesta tan ensamblada que sonaba como un «gran cuarteto», escuchándose todo, desde los armónicos hasta esa feliz conjunción coral rica y plena donde la cuerda canta sin palabras. «El tercer movimiento, un frenético scherzo, combina virtuosismo y ostinati hasta un clímax a modo de danza macabra». Si se puede hablar de una prodigiosa cadenza, Antje Weithaas fue la solista capaz de epatar no ya por una técnica asombrosa y una sonoridad rotunda, además de sentida, sino por una concertación y compenetración que resultó el mejor premio para este esfuerzo compartido. «El final, Choral, introduce una canción rusa y concluye con una coda sombría y disonante», aunque las sombras resultasen luminosas y todo un descubrimiento, por quien suscribe, de esta obra de nuestro tiempo.

Otra tarde-noche impagable por el trabajo realizado a cargo de Antje Weithaas con quien la OSPA sigue dando alegrías y la satisfacción de continuar aprendiendo y creciendo con invitadas que huyen de protagonismos, sintiéndose una más de la orquesta desde la cercanía que hace grande a todos.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)

Sinfonía nº 95 en do menor, Hob. I:95:

I. Allegro moderato
II. Andante

III. Menuet

IV. Vivace

KARL AMADEUS HARTMANN (1905-1963)

“Concierto fúnebre”:

I. Introducción. Largo
II. Adagio
III. Allegro di molto
IV. Choral. Langsamer Marsch

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto

IV. Allegro assai

Germinó y sigue creciendo…

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Oviedo 5 de abril, 18:30 horas. Auditorio de Oviedo, Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN), Juan Floristán (piano), Óliver Díaz (director). Obras de Copland, Rachmaninov y Dvořák.

Este Domingo de Resurrección a una hora poco habitual y con no demasiada publicidad, aunque el público fiel no falla, llegaba a la capital ovetense desde nuestra vecina Cantabria la JOSCAN en el «Encuentro de Primavera 2026«, agradeciendo además que su primera salida haya sido a nuestra tierra tras el concierto en la mañana anterior en Comillas, con muchos asturianos tanto en las responsabilidades de la Consejería de Educación, Formación Profesional y Universidades del Gobierno de Cantabria, como en la propia formación de los jóvenes músicos y al frente de la dirección artística y musical el carbayón Óliver Díaz, quien traía a un pianista amigo, al que sigo desde su «descubrimiento» en 2015 (XVIII Paloma O’Shea Santander International Piano Competition) donde se alzaría con el primer premio precisamente con el mismo concierto que interpretaría en este encuentro primaveral, todo un acontecimiento al que no podíamos faltar.

En su presentación figura que la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN) es un proyecto pedagógico de marcado carácter artístico, cuyo objetivo es contribuir, de forma muy significativa, a la educación musical y preparación profesional de los jóvenes músicos cántabros y de toda la sociedad a través de sus actividades artísticas. Como proyecto educativo, se pretende tender puentes entre las enseñanzas musicales de los conservatorios de esa comunidad, las enseñanzas musicales superiores y el entorno profesional de la orquesta. Desde sus comienzos en 2011, bajo la dirección artística de Emilio Otero, la JOSCAN ha contado en sus diferentes etapas con prestigiosos directores: el cántabro Jaime Martín, junto a maestros como José Luís Temes, Enrique García Asensio, Vladimir Stoupel, Andrés Juncos, la murciana Virginia Martínez o el mexicano Iván López Reynoso. Desde entonces han dado 10 conciertos, siendo estos del «Encuentro de Primavera 2026» el sexto de esta temporada tras un paréntesis de cinco años felizmente recuperado y necesario en el actual panorama sinfónico nacional. Se plantaron semillas en todos los terrenos que dependiendo del interés, buen abono, barbechos, y tiempo, han germinado e incluso creciendo como es el caso. Se podría escribir mucho de tantos excesos que marchitaron los buenos frutos, la escasa inversión o una mala «comercialización» de un producto que incluso hemos exportado a medio Europa, más allá del viento. Así que solo queda aplaudir esfuerzos como este de Cantabria, pleno además de cantidad y calidad musical, que no solo son cantera para el futuro sino una realidad digna de comentar.

Tras una intensa semana de preparación en las instalaciones del Centro de Programas Educativos de Viérnoles (Torrelavega), Óliver Díaz presentaba un ambicioso repertorio donde comprobar el nivel alcanzado por una amplia plantilla de músicos que lo dieron todo con la frescura de la edad, las ganas de aprender, la entrega y el talento más los vínculos que se crean en esta «pequeña sociedad» que es una orquesta, como así la definió el director asturiano en la breve presentación tras la Fanfarria para el hombre común («Fanfare for the Common Man») de Aaron Copland (1900-1990), breve pero impactante obra que rinde homenaje a la figura del ciudadano corriente mediante una potente llamada de metales y percusión cargada de simbolismo y solemnidad, compuesta en 1942 para la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, tras tantos encargos que se hicieron  por el «fervor patriótico» tras la entrada de EEUU en la SGM.

Abrir el concierto con los metales y percusión de la JOSCAN ya suponía una primera prueba de fuego y esta popular composición (de la que bebería tanto el «olímpico» John Williams como algunas notas que tomarían prestadas Queen para «We Will Rock You») no podía ser mejor carta de presentación.

Cada concierto de Juan Floristán (Juan Luis Pérez Floristán, Sevilla 1993), alumno entre otros de la gran Leonskaja, es siempre un acontecimiento único aunque interprete una obra tantas veces a lo largo de su ya larga trayectoria como el Concierto para piano n° 2, Op. 18 de Sergei Rachmaninov, pues los años dan no solo poso y experiencia, también complicidades con la orquesta de turno, con la que sentir ese ambiente camerístico que el ruso crea entre un tejido orquestal que manejaba como pocos en toda su amplia producción. El sevillano, un comunicador de talla internacional como ya asombró a quienes no le conocían en el programa «La Revuelta» con David Broncano hace un año, también quiso aportar antes de comenzar algunas pinceladas de esta famosa partitura más allá del cine o las connotaciones personales del compositor, que evidentemente ayudan a comprender mejor este «segundo» que nunca cansa escuchar. Tras Santander lo interpretaría en este mismo auditorio hace nueve años con Oviedo Filarmonía y ya entonces marcaba desde su personalidad unos tiempos tranquilos, sosegados pese a su juventud así como un perfecto entendimiento con el podio de Kerem Hasan. Más recientemente en Granada (20 de junio de 2024) lo escuchaba interpretarlo con la orquesta de la capital nazarí dirigida por la noruega Tabita Berglund, y donde destacaba que «El sevillano ha madurado y su interpretación resultó en cierto modo rocosa como las piedras del Carlos V, dura y muy contrastada, mandando y mostrando buen entendimiento con la directora noruega atenta al solista» pese a una OCG que estuvo descompensada y hasta gélida. Pero este primer domingo de abril Juan Floristán y Óliver Díaz encontraron en la JOSCAN la herramienta ideal donde volcar una interpretación a la altura de lo escrito. La plantilla, que dejo al final de la entrada, estuvo equilibrada en todas las secciones, con una cuerda que se puede calcular a partir de los seis contrabajos, una madera excepcional, una percusión siempre certera, y sobre todo los metales que presentaron sus credenciales en la fanfarria inicial.

Para quienes conocen a fondo «El segundo de Rach» (compuesto y estrenado entre 1900-1901), es difícil para todos, no ya las partes del piano donde debe dialogar, marcar los muchos cambios de compás y ritmo, encajar cada cadencia con el «tempi» global o ese carácter de último romántico que alterna melancolía, lirismo y dedos virtuosos, hasta sobreponerse con la necesaria fortaleza al empuje orquestal. Para toda formación sinfónica no hay sección que escape a sus respectivos solos y fraseos con el solista, el equilibrio entre lo íntimo y contemplativo con el «poderío» triunfal y expansivo de cada tutti, también muy atentos a la agógica y la plena concentración en la batuta, que debe conducir y concertar, algo que Díaz hace como pocos directores actuales. El entendimiento entre solista, orquesta y director funcionó desde el arranque en solitario del Moderato inicial hasta el último Allegro scherzando. Reconforta escuchar una orquesta bien empastada, con una cuerda sedosa capitaneada por Stefany Andreina Belandria, unos cellos mayoritariamente femeninos y maravillosos en sus fraseos, una madera donde flautas, oboes o clarinetes suenan «a gloria bendita» y sobre todo unos metales «orgánicos» capaces de dinámicas extremas sin perder homogeneidad, musicalidad, buen gusto y protagonismo en su sitio. Y sumemos el piano de Floristán, escuchando, compartiendo, sacando el color y sabor nunca edulcorado, adecuado para cada uno de sus pasajes. Protagonista y compañero sabiendo mandar sin imposiciones, incluso en los rubati, a unos jóvenes que dieron lo mejor de ellos tras un duro trabajo que tuvo la recompensa del aplauso unánime y prolongado.

Tras tanto esfuerzo, tensión y «notas» llegaría tras el verde y duro norte Cantábrico más el sevillano sur florido, el remanso finlandés de Le sapin (El abeto) de Sibelius (la última de sus Cinco piezas para piano, op. 75), donde Juan Floristán nos transportó a la naturaleza pianística de otro gran orquestador donde el piano es el contrapeso necesario para todos, esplendor sonoro lleno de intimismo y melancolía esculpiendo las 88 teclas con maestría y emotividad.

Para toda orquesta sinfónica afrontar la música de Antonín Dvořák (1841-1904) es siempre la piedra de toque de sus músicos y una herramienta donde ponerla a punto con la batuta correspondiente, más que un ejercicio necesario un peldaño en el crecimiento. De la conocidísima «Sinfonía del Nuevo Mundo» vamos bien servidos esta temporada y además con orquestas tanto jovenes como profesionales, que han puesto en los atriles la novena del checo. Así en Gijón las navidades pasadas fue una de las obras elegidas para el debut en su Sociedad Filarmónica de la recién creada Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la batuta de Pedro Ordieres, donde además participé en las notas al programa para comentar esta página «americana» (más breve Óliver antes de comenzarla), y el 23 de enero fue otro regalo de la OSPA, dos interpretaciones recientes para esta sinfonía que no puede ni debe faltar en el archivo ni en los atriles.

Óliver Díaz supo transmitir a la JOSCAN toda la inspiración que el compositor checo encontró en aquellos años neoyorquinos donde combinar el lenguaje romántico europeo y los ritmos afroamericanos sumados al folklore indígena, «realmente multirracial en sus bases» como la definió Bernstein. Sinfonía en cuatro movimientos con todos los recursos del ritmo, el contrapunto y el color orquestal modernos que nos dejaron una interpretación valiente en los tempi elegidos por el asturiano, segura en cada cambio de aire, dejando a los solistas marcar su pulso, manejando los balances con mano firme, sacando en cada sección lo mejor de sus primeros atriles, de nuevo con una cuerda rica en matices y una concepción brillante sin exageraciones ni desmanes en los volúmenes. Las reconocibles melodías de esta «Novena de Dvořák» irían dibujándose claras, presentes, sinfonismo en estado puro con todas las emociones y lenguajes utilizados por el checo que dejó la semilla para una música que se germinaría, crecería y se haría adulta en el «nuevo mundo» como hoy abría y demostraba Copland.

La JOSCAN ya germinó, crece correctamente y ya da sus primeros frutos, bien regada por Óliver Díaz hoy acompañado por Juan Floristán, dejándonos una excelente «resurrección sinfónica juvenil» en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, la mejor presentación en este coliseo por donde ha pasado lo más granado de la música de mi tiempo.

 

PROGRAMA:

Angustia y Enigma

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Viernes 27 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono 11 «Enigma»: Lidya Teuscher (soprano), Marta Infante (mezzo), Gavan Ring (tenor), Jan Antem (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Matthew Halls (director). Obras de Haydn y Elgar.

Viernes de dolor para cerrar marzo y abrir una Semana Santa donde la música no puede faltarnos, y un programa donde se mezclaban angustia y enigma. Los encuentros previos a las 19:15 horas van congregando  más aficionados que no queremos perder los detalles que no están en las notas al programa y enriquecen la escucha posterior. Y esta vez el británico Matthew Halls, actual director de la orquesta finlandesa Tampere Filharmonia acercaría no ya las dos obras con sus autores sino la forma de enfrentarse a las orquestas donde le invitan.

Es cierto que en la actualidad encontramos muchas batutas titulares al frente de varias orquestas, una exigencia tanto para las formaciones como para los directores, y aunque el maestro Halls suele estar invitado por muchas, comentaba que su esposa le agradecía ser solamente titular en Tampere (Finlandia), caracteres nórdicos totalmente opuestos a los españoles, pero que como buen británico está «en medio» para sacar en cada momento lo mejor de cada partitura, pues su objetivo no es el de que haya una «marca orquestal» (algo que con la globalidad se ha perdido) sino que los músicos interpreten las obras según el estilo de los compositores, como así lo demostraría con Haydn y Elgar.

No conocer la historia puede condenarnos a repetirla, y escuchar el origen de la Missa in Angustiis (“Nelson Mass”) de Haydn es trazar paralelismos entre aquellos tiempos convulsos del Imperio Austro-húngaro: Napoleón intentando conquistar Egipto y el inglés Nelson en defensa de los intereses del Imperio Británico, las tropas napoleónicas cruzando los Alpes amenazando Viena por vez primera, con la ciudad festejando la aplastante victoria del entonces contraalmirante británico Horatio Nelson en la Batalla del Nilo. Tiempos angustiosos que dan lugar a obras maestras. Las notas al programa de Álvaro Flores Coleto completan la historia de esta misa, que como curiosidad más que confirmación, el propio Horatio Nelson escuchó el estreno tras visitar al príncipe Esterházy pidiendo quedarse con la copia firmada por Haydn, un militar que leía música y la leía en sus momentos de relax.

Franz Joseph Haydn (1732 – 1809) se encontraba en Viena en 1795 tras su triunfante periplo londinense, pero el trabajo y los viajes ya le pesaban, y a sus 63 años regresa a su ciudad, donde Nicolás II -sucesor de los Esterházy- quería rehabilitar el antiguo esplendor de la capilla musical familiar, para situar de nuevo a «papá Haydn». Aceptado el cargo llegaron los encargos de una serie de misas para celebrar anualmente el onomástico de María Josefa Hermenegilda de Liechtenstein, esposa del príncipe. Guardo muchas versiones de estas joyas y aquí está el origen de la Missa in angustiis (estrenada en septiembre de 1798) con la que alcanzaría altas cotas de depuración del género.

Con una plantilla tanto coral como orquestal más «romántica» que históricamente informada, en la línea de la que he estado escuchando en casa se abría este undécimo abono con un cuarteto solista algo desigual:

La soprano alemana Lidya Teuscher (sustituyendo a Lucy Crowe que canceló por enfermedad, de nuevo agradeciendo la prontitud en encontrar sustituta) fue lo mejor de esta misa ya desde el Kyrie inicial, luciendo una proyección y volumen excelentes, una línea de canto expresiva, un empaste en los concertantes y una dicción clara. En el rápido «Quoniam tu solus sanctus» del Gloria con el coro su voz fluía limpia y amplia, incluso en el Amen con el resto del cuarteto solista. Bellísimo el «Et incarnatus» del Credo, con una orquesta mimando tanto el tempo Largo como un coro bien matizado donde Matthew Halls llevó con sus manos la expresividad de todos.

Las partes de mezzo no son muy «agradecidas» en esta misa, y la ilerdense Marta Infante empastó muy bien pero en esta «versión poderosa» el empuje sonoro no permitió apreciar su  hermoso color, con un volumen que quedó demasiado tapado. Al menos en el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi» disfrutamos el arranque y buen empaste con la soprano alemana.

El tenor irlandés Gavan Ring posee la voz deseada en estas obras sinfónico-corales, aunque forzando una presencia no siempre protagonista, pero al menos el color resultó ideal sobre todo con el joven barítono catalán Jan Antem (1998), que los años acabarán dándole más cuerpo, proyección y volumen, pues musicalidad la tiene y en su solo inicial del «Qui tollis peccata mundi» así lo demostró, bien mimado por Halls siempre atento a los matices y tempi (sin poder disfrutar un sonido más presente del órgano) con soprano y coro.

El Coro de la FPA que dirige hace año mi querido compañero Pepu, llevaba tiempo sin escucharle, y en estos repertorios luce por cantidad y calidad. No tengo a mano cuándo cantaron otra vez esta «Misa Nelson» (la culpable de mis adquisiciones discográficas como la que puse arriba), supongo que a finales de los años 80, pero el tiempo acaba dando peso y poso a todos. Sin contar el número, pienso que entorno a 70 voces (con reparto 40-30 entre blancas y graves), volvió a mostrar lo mejor de sus cuerdas, especialmente las sopranos que en los difíciles agudos nunca sonaron  forzadas aunque el balance sea a su favor. Muy matizado en los pianos (impecable el inicio en Adagio del «Benedictus qui venit»), equilibrado en dinámicas con los solistas, vocalidad precisa en los pasajes fugados («Credo in unum Deum»), entradas seguras incluso en los diferentes cambios de tempi o compás (desde el Amen del Vivace en el Credo al inicio del Sanctus), y con el volumen necesario y ajustado en los tutti, de nuevo con las manos maestras de Halls que le llevaron, junto a la OSPA, por esos momentos donde Haydn conjuga espiritualidad, tristeza, recogimiento, alegría y orgullo patrio.

Centrándome en la orquesta asturiana, con una plantilla «engordada» e inmensa para esta misa clásica, la cuerda (hoy de nuevo comandada por Pablo Suárez como concertino invitado) sonó aterciopelada en su momento, intensa y clara en los allegri, el inicio del «Osanna in excelsis» en el Benedictus, llevando a soprano y coro en volandas, maderas devolviéndonos los primeros atriles habituales, metales «orgánicos» por tímbrica y presencia, más los timbales clásicos de cobre, pero una lástima el órgano eléctrico que no se escuchó en ningún momento (tampoco en Elgar). Si como nos avanzaba el director británico que buscaba el estilo, pese a esta versión tan habitual en mis jóvenes años 80, al menos con estos mimbres se tejió una interpretación notable donde la sonoridad pletórica primó sobre una que hubiésemos preferido con la mitad de efectivos, más cercana tanto al Clasicismo como al espíritu de esta «Misa Nelson«.

Hace años que comento lo bien que le sientan a la OSPA los directores británicos que logran esa sonoridad que se está perdiendo. Cuando Radio Clásica grababa los conciertos para emitirlos posteriormente, tenía el humor de escucharlos en la entonces primera TDT, grabarlos en el ordenador para después pasarlos y guardarlos en CD. Buscando al llegar a casa me encontré con dos magníficas batutas allá por 2009: Adrian Leaper (con la obertura Cocaigne ¡de Elgar!) y Howard Griffiths (Mendelssohn, Schumann, Bach y la «Sinfonía Inglesa» de Dvorak). Estaba claro que con Matthew Halls volvería ese sonido «british» que la OSPA atesora y sólo unos pocos saben sacar a flote. Si el inglés en el encuentro previo nos ubicó perfectamente a su compatriota Elgar desde su modestia y poca popularidad, el «Enigma» quedó resuelto desde el Andante y cada uno de las catorce «variaciones» fueron descifrándose casi como la propia máquina que tanto ayudó en la Segunda Guerra Mundial a derrotar el nazismo, un enlace histórico de angustias con final feliz que todos esperamos discurran igual de satisfactorias en estos tiempos que no queremos ni debemos repetir.

Si puedo buscar calificativos a ese touch of class sinfónico con el que tantos hemos crecido, el sonido es una mezcla de aterciopelado, sedoso, brillante y «nebuloso», de líneas bien definidas en cada sección con unas dinámicas amplias, «pomposo» por momentos casi ceremoniales, y con un equilibrio (lo llamo balance) donde el primer plano protagonista no quede opacado por una globalidad que debe cuidar cada matiz, unido a una expresividad que solo se encuentra con el sonido correcto que el compositor busca. Elgar con sus Variaciones Enigma, op. 36 es perfecto para poder encontrar todo ello, por cercanía climatológica o de paisaje, tal vez con el trasfondo estudiantil inglés de muchos músicos de la OSPA, y aunque parte del público se fuese al descanso (nunca no lo entenderé) o incluso un teléfono volviese a sonar en el peor momento (se cumple la «Ley de Murphy» con penitencia exigida al usuario para que esta Semana Santa escuche completa la Tetralogía wagneriana ¡más el Parsifal!), este Enigma sacó lo mejor de nuestra orquesta, casi 35 años de viaje, hoy caminando de las manos de un Matthew Halls, gestos claros, amplios, cercanos, esculpiendo sonido y tiempo, dejando disfrutar de los primeros atriles (bravos von Pfeil, Alamá y el «recuperado» Andreas), pausas tan expresivas como la propia música de Elgar, o perlas engarzadas con primor del «W.N. Allegretto» (variación VIII) con el IX. Nimrod que siempre me conmueve. Brillantes todos y broncíneos los metales con ese «E.D.U.» final que sigue sonando esperanzador, británico y dejándonos otro «Viernes de Dolor» pleno de emociones.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809)

Missa in Angustiis (“Nelson Mass”), Hob. XXII:11:

I. Kyrie

II. Gloria

III. Credo

IV. Sanctus

V. Benedictus

VI. Agnus Dei

EDWARD ELGAR (1857 – 1934)

Variaciones Enigma, op. 36

Enigma: Andante

Variaciones:
I. «C.A.E.» L’istesso tempo

II. «H.D.S.- P.» Allegro

III. «R.B.T.» Allegretto

IV. «W.M.B.» Allegro di molto

V. «R.P.A.» Moderato

VI. «Ysobel» Andantino

VII. «Troyte» Presto

VIII. «W.N.» Allegretto

IX. «Nimrod» Moderato

X. «Dorabella – Intermezzo» Allegretto

XI. «G.R.S.» Allegro di molto

XII. «B.G.N.» Andante

XIII. «*** – Romanza» Moderato

XIV. «E.D.U.» – Finale

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