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Planeta Sokolov

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Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, Rameau o Debussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
–Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
–Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febrero; Andrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

Mahler ayer y hoy

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Viernes 10 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7 OSPA, Barry Douglas (piano), Rossen Milanov (director). «El mundo de ayer I», obras de Tchaikovsky y Mahler (enlazando las notas al programa de Samuel Maillo de Pablo).
En el breve espacio de tiempo de quince días se nos han ido dos estudiosos de Mahler: La Grange y Pérez de Arteaga, a quienes se dedicó por megafonía la segunda parte de este séptimo de abono y que por caprichos del destino están enmarcando desde este blog dos interpretaciones del bohemio: la Primera y la Quinta en el mismo auditorio aunque con formaciones y directores bien distintos.
Jugando con el idioma de Goethe y Schiller, «Der Maler» el pintor frente al Mahler genio universal era mi primera intención de título para este comentario, pero parafraseando el del programa elegido, de nuevo acude a mi recuerdo el tiempo que no había llegado para su música y el futuro ya hecho presente, el compositor más grabado y más programado, sonando su música en algún punto del planeta cada día, amén de una escucha puede que obsesiva por parte de los acérrimos, superando modas puntuales.

Probablemente la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor sea una tentación irresistible para cualquier batuta, consagrada o emergente, y una prueba de fuego en sinfónicas de todas las categorías, habiendo sido ejecutada por nuestra OSPA en diferentes momentos de su dilatada historia, volviendo a interpretarla el próximo mes dentro del festival Musika-Música en el Euskalduna bilbaino aunque con Perry So al frente (también dirigirá los Kindertotenlieder). Sirvieron por lo tanto Gijón y Oviedo para rodarla y examinar el estado de los músicos que alcanzaron el sobresaliente en todas sus secciones y solistas, aunque globalmente se tendiese al trazo grueso típico en «Der Maler» que al trabajo de capas y colores de Mahler.

La gestualidad de Milanov solamente debe entenderse a base de los años con la OSPA que le conoce bien, porque observándolo desde mi posición de abonado no coincide la mayor parte de las veces con la respuesta orquestal. La Trauermarsch (Marcha fúnebre) perfectamente marcada por una trompeta de excelencia como la de van Weverwijk resultó demasiado pesante pese a cierta sobreactuación desde el podio, ampulosidad más expresiva que dinámica, puesto que los diferentes planos esperados no se apreciaron hasta bien avanzada la sinfonía. Me resulta chocante que a menor movimiento de brazos la respuesta resulte apropiada, adecuada y equilibrada por parte de los músicos, pues el Stürmisch bewegt, mit grösser Vehemenz sonó más «atormentado» que «vehemente» en la traducción del segundo movimiento, visualmente brochazos cuando el lienzo debería dibujar líneas bien definidas y donde más que pincel era la espátula cargando el color preciso en cantidad y calidad. Traduciendo o trasvasando la partitura al aire y casi sinestésico, la sonoridad se me quedaba algo corta en una cuerda falta de refuerzos y obligada a un mayor esfuerzo para el necesario equilibrio de volúmenes, pues el resto de la plantilla está marcada «en origen», algo que quedó olvidado en el famosísimo Adagietto. Sehr langsam que salió etéreo más que corpóreo ante la calidad habitual de toda la cuerda, arpa incluida. El Scherzo anterior sonó contenido en el aire, algo carente de rubato, pero resultó sobremanera «vigoroso» con unos metales manteniendo el «estado de gracia» de hace varios conciertos, especial mención a los solos de Morató bien secundados por Brandhofer en el trombón o Möen en la tuba, mientras el Rondó-Finale. Allegro volvió a sacar a la luz esa desconexión entre vista y oido desde mi posición, cerrando los ojos y echando de menos más claridad y algo de contención pese a la lógica que parece pedir el calor broncíneo que provoca la explosión sonora tan mahleriana. Abusando del paralelismo gastronómico creo que esta quinta pecó de sal gorda en vez de optar por delicadezas como la sal del vino con el que Mahler brindaba, pero la magnitud de esta sinfonía transciende sabores y colores.

La primera parte ofreció la «rareza«, por lo poco habitual que resulta escucharla en vivo, de la Fantasía para piano, op. 56 (Tchaikovski) que el pianista irlandés Barry Douglas (que volvía a Oviedo pero como solista) defendió con solvencia y vigor, virtuosismo y delicadeza en una obra que parece el catálogo de lo que el genio ruso era capaz de escribir, melodías sinfónicas y bailables pero igualmente solos de piano llenos de matices, cascada de notas donde la melodía emerge siempre, y ese dúo con el chelo de Von Pfeil (casi preparatorio del siguiente abono donde nuevamente Mahler con su inconclusa Décima llenará de gozo a tantos seguidores de ayer y hoy) para mantener vivo en el recuerdo por complicidad musical y el placer de escuchar a Douglas, ver cómo se amoldaba sin problemas a una orquesta amiga (merece la pena escuchar la entrevista en OSPATV), coprotagonista, compañera, dialogante en el mismo idioma del compositor ruso, sonido claro pese a que el Steinway© necesite algún ajuste en su mecanismo (las tres notas agudas suenan a tabla), encajes perfectos y una forma de cantar delicada, delineada siguiendo con el símil pictórico, casi acuarela de trazo rápido que no admite corrección y no la necesitó, conocedor igualmente de la dirección orquestal que pareció hacer suya, nada de confrontar sino de sumar aportando maestría. El regalo ofrecido solo podía ser Tchaikovsky y su delicadísimo «Octubre«, décimo número de Las estaciones, op. 37a que confirmó el poso que los años dan a un intérprete completo como el irlandés, melodía «dolorosa y muy cantable», estado puro aflorando del tejido pianístico.

La web de Carmen Yepes

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Mis seguidores del blog conocen muchas de mis «debilidades» y la pianista asturiana Carmen Yepes es una de ellas, quien por fin tiene una buena página web para darse a conocer en las redes, lo que en estos tiempos es más importante que los representantes y los propios «contratadores», normalmente poco buscadores de talentos y más bien acomodados (me gusta decir adocenados) con algunas agencias que parecen aligerarles su trabajo…
Afincada hace años en Madrid, compagina la docencia con sus conciertos, algo que en nuestra tierra es imposible a la vista de una legislación autonómica tan absurda que impide desarrollar ambas actividades expulsando del sistema a unos profesores que precisamente atraen alumnado de toda España por su principal faceta que es la de hacer música. Del CONSMUPA y la convocatoria de nuevas plazas de catedrático mejor no hablamos porque daría para mucho (dejo algunos enlaces por aquí), y es que los políticos parecen no querer dejarse asesorar por los que realmente conocen el tema, algo nada nuevo y así nos va a todos los docentes…

En su web, que se actualiza regularmente, podemos disfrutar de varias grabaciones de audio realmente memorables, de las que presumo haber asistido, así como algunos vídeos, pero puedo asegurar a quien todavía no la haya escuchado que en vivo es aún mejor.
Trabajadora desde siempre, su repertorio (también disponible en la página) es apabullante, variado en épocas y estilos que sigue creciendo. Con un sonido cuidado al detalle y una personalidad que coge quilates entrando ya en su plena madurez, como solista puede alcanzar momentos sublimes y con orquesta, incluso banda sinfónica, es poseedora de una fuerza que le proporciona una gama dinámica amplísima en todo repertorio. Evidentemente por su larga trayectoria docente es una pianista de lujo para la música de cámara más allá del mal llamado «pianista acompañante», pues su musicalidad innata desde sus inicios es versátil dependiendo del instrumento o grupo con quien comparta velada, además de una seguridad y aplomo que agradecen los músicos que cuentan con ella.

Aunque hace tiempo que no actúa en su tierra natal, pero seguimos esperando escucharla en nuestras Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», en algunos conciertos de las distintas filarmónicas (cada vez con menos presupuesto y sobreviviendo a duras penas) o los variados ciclos veraniegos, porque Yepes es la gran representante de una generación de intérpretes que no paran y donde Francisco Jaime Pantín sigue siendo un referente docente para todos ellos.

Carmen Yepes, siempre en permanente formación como excelente profesional, está realizando su tesis doctoral… pero mejor visitar y navegar por su página web para descubrir música desde lo profundo compartida al fin en internet, el mundo sin fronteras donde la globalización no la puede parar nadie.

Creciendo con Beethoven

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Viernes 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 «Orígenes II», OSPA, Leon McCawley (piano), Manuel López-Gómez (director). Obras de Beethoven.
Más de cincuenta años creciendo con la música de Beethoven y nunca me ha fallado, desde las sonatas pianísticas, solas o con violín, los cuartetos, los conciertos para piano donde el «Emperador» sigue reinando pero sobre todo sus sinfonías que he ido ampliando en todos los formatos disponibles (a excepción del Blu Ray tras el fiasco del Laser Disc). Crecimiento vital y formación perpetua para intérpretes de todo tipo, sin olvidar a melómanos empedernidos e igualmente aficionados recién llegados. Con los años vamos descubriendo nuevos detalles, madurando, probando versiones de todo tipo, desde Karajan y su berlineses en vinilo (o cassete) antes de sus posteriores grabaciones, pasando por Bernstein hasta la integral de Harnoncourt en CD por citar tres de mis referentes en las nueve sinfonías al completo, pugnando por «tener que elegir»  una cuando todas las impares se imponen (aunque La Cuarta de Solti daría para una entrada propia), imprescindibles y dependiendo del momento emotivo.
Este frío viernes de enero retomaba mi «normalidad» con un monográfico del sordo genial donde un joven director venezolano de la misma cantera que otros más mediáticos (del que fue asistente), famosos o conocidos se ponía al frente de una OSPA reforzada en la cuerda por ocho jóvenes alumnos del CONSMUPA para interpretar «La séptima» como plato fuerte, un Coriolano para abrir boca y «el tercero de piano» con un inglés que regalaría a Rachmaninov tras una limpia ejecución a la que le faltó el ímpetu juvenil que brilló y dio calor. Beethoven para crecer y seguir manteniendo el espíritu juvenil, casi vampirismo musical de aficionado transmitido desde un escenario que rebosaba ganas e ilusión recompensado por un público agradecido que volvió a llenar unas butacas preocupantemente vacías en el ya fenecido 2016.

Entrando en detalle quiero comenzar por el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37 (1800-1803) con Leon McCawley de solista (las notas al programa de Ramón Avello están enlazadas en el título de cada obra). De entrada la orquesta quedó «menguada» para ajustar sonoridades en esta pugna dinámica entre unos y otro, con un Manuel López-Gómez atento al detalle, buen concertador y controlando de principio a fin estilo, dinámicas y tempo que pareció contar con una pulsación algo distinta del británico, siempre un instante adelantado en el Allegro con brio plenamente mozartiano, con algún sobresalto en un pedal que pareció buscar precisamente la bruma que se iría disipando a lo largo de los dos movimientos siguientes y tras unos solos donde pudo recrearse. El bellísimo Largo resultó pulcro desde ese solo inicial, con un trabajo sonoro en las notas sueltas cinceladas con una independencia inusitada y una orquesta etérea vistiendo el cristalino devenir pianístico, la transición del Clasicismo al Romanticismo que Beethoven parece conjugar en este tercero estallando en el Rondó: Allegro de firma propia, perfectamente encajado y dialogado, equilibrios sonoros y entendimiento de todos los intérpretes, en un concierto que fue de menos a más aunque no llegó a emocionarme. Se hizo algo de rogar McCawley antes de regalarnos «un Rachmaninov» donde pudo demostrar su sonido y técnica limpia en uno de los últimos románticos del siglo XX.

Pero el Beethoven sinfónico resultó lo mejor porque parece que el dicho «no hay quinto malo» también se aplicó en este abono que sigue rindiendo culto a los orígenes. Coriolano, obertura, op. 62 (1807) presentó una plantilla ideal de cuerda, con los jóvenes refuerzos y algunos que «descansaron» en este programa (aunque también hay maestros que se van  jubilando dejando paso a la savia nueva) dando un paso al frente los principales como solistas» para conseguir esa sonoridad completa y una «disposición vienesa» más apropiada que nunca con los contrabajos detrás de los violines primeros, trompas (hoy excelentes) y trompetas (de llave) a pares flanqueando a clarinetes y fagotes, traverso de madera con los oboes más los timbales atrás a la derecha. El trabajo de Manuel López-Gómez (entrevistado en OSPATV) se notó desde el arranque, gesto claro, preciso, pulsión sin decaer en un Allegro con brio literal, explorador del sonido en todos y cada uno de los detalles y secciones con la ventaja de una partitura memorizada que le permitió volcar todo esfuerzo en la interpretación sin perderse ni una nota, ni una entrada, ni un matiz, incluso los silencios resultaron musicales. Ímpetu juvenil y dramatismo (en esa tonalidad tan «intrigante» como do menor) transmitido por una OSPA entregada.

Si la obertura puso las cartas boca arriba de los recursos e ingredientes perfectos, era de esperar que la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812) resultase modélica por estilo, color, tiempos ajustados a la propia partitura, de la que afloraron notas a menudo oscurecidas pero que el equilibrio dinámico permitió degustar y disfrutar nuevamente desde la total concentración del director venezolano. Luminoso Poco sostenuto – Vivace con pulsión y matices amplios, protagonismos compartidos, tímbricas deslumbrantes y esa rotundidad de los graves más presentes que nunca (por ubicación, cantidad y calidad) con la limpieza de cada nota en el tiempo más movido. Emocionante el Allegretto, romanticismo sinfónico sin edulcorar, una cuerda que sonó y protagonizó uno de los momentos cumbres de la noche, violas, segundos, cellos y contrabajos hasta los primeros en un crescendo que desemboca en un tutti desgarrador sin perder nunca presencia los dos temas. Y unir el Presto con el Allegro con brio ayudó a una coherencia interpretativa por parte del maestro López-Gómez que fue secundada en todo momento por una OSPA madura, confiada, entregada, dejándonos una expléndida séptima, coloridamente cristalina y sin concesiones a la galería, el empuje que no decae, empuje jovial y juvenil, plenitud orquestal que transmite esta joya sinfónica, musicoterapia que sube los ánimos de intérpretes y el público, y así lo entendió el respetable que disfrutó agradeciendo con largos aplausos obligando al venezolano a salir varias veces.

Esperamos repita visita y tomemos nota de esta batuta porque está llamada a una larga carrera de éxitos.

Carta a SS. MM.

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Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) tras los pasados «Años Mahler» sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía «De los Mil»
con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, la Filarmónica de Asturias, la Universitaria, la OCAS, nuestros coros («El León de Oro», grandes, chicas y peques, igual que el de la Fundación Príncipe y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera (Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Mª José Suárez, Lola Casariego, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro…) en mi querida Asturias.
Mantengo mi ilusión en tener a Pablo González (que será padre en este 2017) como director de un acontecimiento que me copió Dudamel, al que le perdono todo… incluso que mi tocayu quisiese llevarlo hasta Barcelona…
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo los hermanos Zapico, que en el recién acabado 2016 siguieron «a tope» y haciendo historia siempre desde casa con nuevo disco).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid) o Diego Fernández Magdaleno. Mantengo ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, Jorge Méndez y del siempre «redescubierto» Guillermo Martínez, esperanzado de que los llamados gestores culturales se olviden de esta crisis que parece no acabar, y les den mucho trabajo… ¡No más recortes por favor!,
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis violinista favoritos Ignacio Rodríguez y María Ovín (hoy en la OSPA), para traerles mucho éxito en suss estudios fuera de Asturias y trabajo en casa, aunque yo me sumo a esos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado.
De mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan y más, sé que Vds. lo saben por ser Magos, aunque 2016 haya sido bueno en lo personal con un Luca que apunta maneras musicales…
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mis papás dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela, aunque suprimir la gala de los Premios Líricos Campoamor no me haya gustado mucho…
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos amigos músicos que tengo repartidos por el mundo (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción vaya apareciendo menos en nuestra cotidianidad y que la crisis se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde «tijeretazo» se escuche menos que «hoja de ruta» ¡lo qué ya es decir!, para este año 17 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar «duros de oreja» (supongo que con los recortes sanitarios no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone). A propósito, si pudieran parar definitivamente la Ley Wert donde la música en la educación es algo ínfimo y optativo, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales.
Gracias a Los Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Pablito, 12 años.

Relatos casi cinematográficos

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Viernes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 2 OSPA, Haochen Zhang (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Marcos Fernández, Rachmaninov y R. Strauss.

En apenas veinticuatro horas de nuevo un concierto de piano con otra joven promesa y una delicatessen en la vuelta de nuestra OSPA con su titular tras el paso operístico mozartiano del Campoamor en un programa titulado «Relatos I» junto a un estreno absoluto, y cuyas notas al programa de Daniel Moro Vallina dejo enlazadas arriba en los autores.

El barcelonés Marcos Fernández Barrero (1984) es compositor residente de la empresa cultural Cre.Art Project, y varias de sus obras ya han sonado en el auditorio de la capital asturiana, algunas todavía en nuestro recuerdo como sus Resonancias que ganaron el premio de composición de la OSPA hace tres años o Reflejos (2014). Esta vez su composición Eclipse (2016) la escribió precisamente en Oviedo y después la orquestaría, siendo el estreno absoluto este último viernes de noviembre. Obra breve e intensa, llena de un ritmo vital muy marcado es un crescendo dinámico que explora todas las secciones orquestales (incluyendo el piano), especialmente los metales, con un lenguaje muy norteamericano que me recordó a Copland en cuanto a unas melodías muy cinematográficas dominando el siempre difícil oficio de componer y con un Milanov que sigue apostando por música de nuestro tiempo. Una obertura fácil de escuchar y de hechura muy académica que resultó del agrado de todos, ideal para esta primera entrega de «relatos». El compositor, presente en la sala, fue muy ovacionado.

De las nuevas generaciones de pianistas hay muchos y buenos solistas que sin tener el poder mediático de otros, demuestran su buen trabajo en una globalización que alcanza también las escuelas, aunque finalmente lo que diferencia a unos de otros resultará su personalidad. Si el ayer era el primero de Brahms con un británico, esta vez el poco escuchado cuarto de Rachmaninov con un chino, dos obras muy distintas y dos formas de afrontarlas. Haochen Zhang apostó por un equilibrio sonoro con la orquesta, casi fundiéndose con ella para emerger en los lugares marcados en la partitura, sin necesidad de una concertación muy rigurosa ni la búsqueda de balances por parte de Milanov. Y es que el Concierto para piano nº 4 en sol menor, op. 40 (1926, revisión de 1941) no pudo alcanzar la fama del segundo ni el virtuosismo del tercero. Desde el inicio atípico parece retomar elementos ya utilizados en los anteriores aunque siga siendo de una orquestación increíble e irrepetible. Así el Allegro vivace parece arrancar por sorpresa y la intervención del solista apenas flota por encima de la masa sonora de Sergei. Por lo menos el Largo, inspirado en la canción popular inglesa «Three blind mice» da protagonismo a un piano sugerente de armonización bellísima al igual que en la orquesta, antes del Allegro vivace final que supone un paso adelante en el lenguaje del compositor de Oneg fallecido en Beverly Hills en 1943, más cercano a sus contemporáneos, especialmente Prokofiev, pero también bebiendo del ambiente «made in USA» que la revisión de este cuarto refleja, piano y orquesta en diálogo claro bien entendido por todos, con más pasión del conjunto que del solista en un final que busca una apoteosis sonora no del todo alcanzada pero muy buscada por todos. La referencia cinematográfica de la partitura nada menos que el «biopic» del pianista David Helfgott en Shine (1996).

La propina parecía flotar en el ambiente desde el jueves, de nuevo Brahms y la segunda (en la mayor) de las Klavierstucke op. 118, el piano contenido de Zhang con una técnica limpia de sonoridades interiorizadas y un discurso reposado cual una puesta de sol otoñal, muy interesante, aún más que en el no siempre agradecido «cuarto del ruso».

Richard Strauss parece ser uno de los compositores preferidos de Milanov, pues ya ha dirigido con la OSPA varias de sus grandes obras sinfónicas, pero la Suite orquestal de El burgués gentilhombre, op. 60 (1918) es una verdadera delicadeza poco transitada en las salas de conciertos, con una plantilla de treinta y seis músicos que eleven la partitura a sus cotas máximas. Y los elegidos cumplieron con creces sus intervenciones en los nueve números de esta joya con reminiscencias de Lully en un ambiente berlinés trasladado a Oviedo con el búlgaro Milanov dejando fluir un acento francés casi camerístico. Protagonismos variados de piano (este viernes Omar Navarro) nada más comenzar, la siempre omnipresente arpa (Miriam del Río), una amplia percusión además de los timbales, variados solos de los primeros atriles (hoy el inspirado Vasilliev en el quinto número con Marta Menghini de ayudante de concertino), se me hace difícil destacar alguno por la calidad de todos ellos. Citar al menos la madera donde brillaron las flautas del Minueto y especialmente El maestro de esgrima con la trompeta de Maarten Van Weverwijck y el trombón bajo de Sylvain Orsettig, sintiendo la Francia de su compatriota Molière, bien contestado por un piano brillante, que fueron tejiendo las escenas como una banda sonora para Monsieur Jordain, el Strauss alemán dominador de la escena, del teatro musical desde la Grecia clásica hasta el Berlín moderno. Esta suite alcanzó con la orquesta asturiana un punto álgido que espero volver a escuchar cuando Radio Nacional de España a través de Radio Clásica lo emita (hay que estar atento porque no hay cronología para ello), digna interpretación de una obra enorme con unos mimbres ideales. Excelente sabor de boca cerrando con ese juguete que es el Vorspiel y La cena final con la orquesta festejando en todo su esplendor dinámico y agógico además de humorístico este Richard Strauss que por fin sonó convincente con Milanov al frente. Creo que nunca salió cuatro veces a saludar desde su llegada a Oviedo, y el público entendió además de disfrutar esta «delicatessen» bien cocinada y mejor servida.

El Brahms de Stutzmann

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Jueves 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Benjamin Grosvenor (piano), Oviedo Filarmonía (OFil), Nathalie Stutzmann (directora). Obras de Brahms.

Es difícil aportar algo a dos obras tan grabadas y escuchadas como las de este jueves brahmsiano, pero un pianista de talento que dará mucho que hablar, ampliando la nómina de grandes en esta temporada, más una contralto y directora con las ideas muy claras más allá del barroco en el que se ha dado a conocer, sacaron lo mejor de una OFil que cuando hay «mando en plaza» da lo mejor de ella. Lástima que la plantilla en la cuerda grave sea un poco corta porque el resultado global resultó notable en las dos partituras.

El Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, op. 15 resulta complicado para todos, un solista que debe equilibrar sus apariciones en volúmenes y presencia, una concertación ajustada muy pendiente de cada detalle, más una orquesta de dinámicas amplias. Así resultó una interpretación que mantuvo un lenguaje y líneas muy homogéneas para este Brahms de Nathalie Stutzmann donde Benjamin Grosvenor se mostró inmaculado, limpio, presente en sus cadencias, empastado en el conjunto y puede que aún en plena «crianza» aunque llegará a «reserva». El entendimiento con el podio resultó perfecto, con un juego de agógica que resultó el sello de la velada, buscando la máxima expresividad romántica desde los extremos. El Maestoso resultó chocante de entrada por cierta lentitud, respondida por la primera aparición del piano, la mano izquierda cual masa orquestal mientras la derecha dibuja un lirismo exquisito, pero que fue creciendo en intención y emoción por parte de todos, aunque el verdadero refinamiento se alcanzó en el Adagio donde las manos de la directora francesa hicieron cantar a la formación ovetense casi cual «boca cerrada» arrullando un pianismo cristalino donde el empaste tímbrico se alcanzó por la búsqueda de una sonoridad ideal por parte de solista y orquesta, tan solo carente de una profundidad que los años, como al vino, aportarán a este joven talento británico. El Rondo. Allegro ma non troppo pareció ceñirse al tempo sin calificativos, realmente rápido y vibrante aunque en el desarrollo fue conteniéndose para paladear un conjunto donde las dinámicas resultaron bien tratadas sin dar nunca el máximo, dosificadas en pos del romanticismo intrínseco a un Brahms dominador de la orquestación tanto como del piano y su papel en este concierto, como bien comenta en las notas al programa Iván J. Román Busto.

La propina del joven pianista (podría ser de Abram Chasins) nos dejó la misma sensación que con la orquesta, sonido limpio de técnica apabullante y nada aparatosa, elegancia y fraseo contenido en matices pero un buen sabor en boca (y oído) a pesar de las toses siempre inoportunas.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 tras lo mostrado en la primera parte ahondaría en las mismas líneas de una Stutzmann que apuesta por extremos en los tiempos, forzando sin problemas al igual que en las dinámicas buscando un éxtasis parece no llegar nunca, conteniendo emociones al dibujar cada melodía cantabile que los solistas y secciones de la OFil entendieron a la perfección. El arranque Un poco sostenuto parecía casi fúnebre pero fue levantando vuelo con el Allegro – Meno Allegro que resultó luminoso. De nuevo el Andante sostenuto pareció entenderlo Stutzmann como un movimiento coral donde las secciones iban sacando a flote las bien delineadas melodías del hamburgués, con unos «rubati» ajustados aunque suficientes en tensión. Un poco Allegretto e grazioso como una ventana abierta a la esperanza, gesto claro en el podio y respuesta inmediata por parte de los músicos, calentando motores para un final que parece resumir toda la genialidad sinfónica de Brahms en un movimiento de recovecos y cambios de aire (Adagio – Più Andante – Allegro no troppo, ma con brio – Più Allegro), luces y sombras, presencias alternas de las distintas secciones donde los violines sonaron esta tarde presentes y aterciopelados, bien toda la cuerda salvo lo apuntado de necesitar al menos un contrabajo y un par de cellos más que pudiesen equilibrar una tímbrica presente, empastada y poderosa, con unos timbales que dan seguridad y empaque a todo el conjunto donde la madera suele estar bien y los metales sonaron orgánicos en esta orquesta coral como Stutzmann entendió esta Primera de Brahms en un crecimiento global que tiene un cénit único en tensión y emoción, romanticismo en estado puro.

Largamente aplaudida por músicos y publico la directora francesa ha demostrado que encasillarse en ciertos repertorios no suele hacer justicia, y su autoridad en la batuta ha sido corroborada con este Brahms ovetense.

La grandiosa sencillez de Volodos

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Sábado 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos. Obras de Schumann, Brahms y Schubert.
Cada recital de Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es un placer para el oído y una lección de sencillez aunque el programa sea técnicamente endiablado además de profundo. El pianista ruso es un músico completo y haber estudiado también canto parece dotarle de un lirismo único que para los compositores y obras que trajo a Oviedo para inaugurar la temporada de plata de las Jornadas de Piano, resultó verdadera poesía musical o música poética permitiendo jugar con ese lirismo exento de palabras desde la pureza interior. El plantel de pianistas para estas jornadas que comenzaron en el Campoamor hace ya 25 años de la mano de nuestro añorado Luis G. Iberni es de primera, por lo que Arcadi Volodos tenía que volver a Oviedo y resultó el perfecto anfitrión.

Gestualidad contenida, humildad, sencillez hasta en el asiento, una silla austera casi como él mismo, que le frena cualquier ampulosidad, solamente algún giro de cabeza, un echarse hacia atrás para saborear cada pasaje, el pie izquierdo desplazado como en los conductores en tramos de autopista sin tráfico, pero siempre claro y rotundo, inmenso, íntimo, poderoso, grandioso y sobre todo plenamente romántico sin tics, con sonoridadades extremas graduando los volúmenes como nadie.
Las Papillons, op. 2 (R. Schumann) sonaron como doce microrrelatos (más la introducción), cada vals con identidad propia y tiempos variados sin perder ningún detalle, el balance entre manos y unos pedales expresivos pero también tímbricos, las dos Polonaise de clarividencia y premonición chopiniana por el pianismo de salón en que convirtió la pantalla acústica nuestro auditorio, incluso la luz tenue sumándose al intimismo, y de ese juego de mariposas de todos los colores y movimientos, carnavales literarios en el subsconsciente pero especialmente el Finale con las seis campanadas limpias mientras flotaban acordes y melodías que en el piano de Volodos hicieron de este joven Schumann un primer capítulo romántico (Daniel Moro Vallina en sus notas al programa titulaba «Tres generaciones del piano romántico»).

Con la misma pasión y aún más fuerza las 8 Kavierstücke, op. 76 de Brahms volvía la música sin palabras, el lied pleno de melodismo en cada capriccio e intermezzo, desgarradores y benevolentes, claros como un día de otoño, agitación y calma, claroscuros musicales que Volodos plantea con esa engañosa sencillez con que viste cada nota, cada acorde, cada frase, con unos desarrollos evocadores del «inalcanzable» Beethoven de Brahms y referencias al romanticismo vienés que tanto admiraría, pero con el lenguaje propio del hamburgués que este ruso grande en todos los sentidos, lleva a cotas inimanigables de belleza global. Con un respeto total a la partitura, las indicaciones de aire son el guión para plasmar su acercamiento a cada pieza y dotarlo de la unidad estética desde la diferencia en los caracteres, piezas habitualmente sueltas que por fin escuchamos juntas en una lección de música desde el piano cercano del ruso.

Y si con el joven Schumann más el maduro Brahms, ambos compositores para todas las formas de cámara o sinfónicas que parecían volcar su inspiración en el piano, tendría que ser el prolífico (pese a su prematura muerte) Schubert quien cerrase este trío romántico con su Sonata para piano nº 20 en la mayor, D. 959, el vienés siempre por descubrir, su idolatrado Beethoven o preparando el terreno a Chopin, ambos siempre presente en estas generaciones que hicieron del piano el instrumento romántico por excelencia, completa interpretación de un Volodos que domina este repertorio con el magisterio de la escuela rusa, la madurez del trabajo y la sencillez incluso en los pasajes más virtuosísticos. Cada uno de los cuatro movimientos sonaron increíbles, trabajando incluso el silencio como solo los grandes son capaces, un Allegro de clasicismo sonoro y pasión romántica, ligero y limpio pero también enérgico, un Andantino donde la emoción se conjuga a partir de un minimalismo que va tomando fuerza, recuerdo beethoviano del segundo movimiento de La Séptima desde el piano casi como un pianoforte por la búsqueda de sonoridades, igualmente de su «doncella muerta«, con un paso tranquilo nunca cansino gracias a esa pulsión única de Volodos antes del Scherzo, humor y alegría, la «broma» musical que incorporara el genio de Bonn a la forma y se quedaría con nosotros para siempre, también los constrastes extremos entre delicadeza y fuerza, pura inocencia con golpes de efecto, para finalizar con un Rondo. Allegretto. Presto rematando en este último movimiento una interpretación fabulosa, tres en uno por el catálogo de técnica al servicio de la música, limpieza siempre presente con un balance sonoro capaz de escuchar todo en el plano exacto con pedales siempre en su sitio, la claridad y hondura de los temas (casi «trucha» en el rondó), los cruces de manos para ampliar los contrastes melódicos y dinámicos, jugando con un rubato nunca exagerado que enriquece el discurso, y la explosión final virtuosa, poderosa pero siempre cristalina. Inenarrable Volodos romántico.

Además de la sencillez, innata en el ruso que nos ha «recuperado» un Mompou de referencia, no puedo dejar otros calificativos como agradecido y siempre espléndido porque tras el recital todavía nos dejó cuatro propinas. Primero el Minuet D. 600 de Schubert porque ya flotaba en el aire, delicadeza y sencillez en uno de sus regalos preferidos, después su inseparable Rachmaninov en una transcripción propia de la canción Zde’s khorosho, siguiendo esa música pura despojada del texto, para continuar con la Malagueña de Lecuona en versión propia del ruso que siempre hace las delicias del público (alguno me preguntaba por las elecciones más o menos conocidas de las obras y propinas en los conciertos) para finalizar con el «Siciliano» del Concierto en re menor, BWV 596 de Bach a partir del op. 3 nº 11 de Vivaldi, otra de sus propinas habituales, quintaesencia del sonido donde mucho es poco y con poco es posible la grandeza en manos de Volodos. Inolvidable.

Música entre amigos

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Viernes 28 de octubre, 20:00 horas. Málaga, Teatro Cervantes: Programa 3 OFM (Orquesta Filarmónica de Málaga), Gabriela Montero (piano), Manuel Hernández-Silva (director). Obras de T. Marco y P. I. Tchaikovsky.
Había que cruzar España para no perderse un concierto en el que volvían a reencontrarse dos amigos venezolanos en mi segunda casa en el segundo día del tercer programa de la OFM con su titular al frente.

Para comenzar la Sinfonía nº 10… «Infinita» del madrileño Tomás Marco (1942) que estrenase en el Festival de Santander el 14 de agosto de 2012 con todas las evocaciones cántabras que vienen más de los títulos de los movimientos aunque resulten de lo más evocadores, al menos para un oyente asturiano, trabajadas con un material sonoro modelado por Marco como pocos de sus contemporáneos, y que desde mi perspectiva suenan cercanos: el 1 Reverso de la marea inquietante presenta registros extremos y matices amplios con un ritmo de los parches en glisandi unido al de todas las secciones. 2 Mar y monte me resultó profundo y grave en tesituras incluida el arpa junto a unos timbales poderosos, el contraste de color y hasta de olor, totalmente distinto del 3 Rincón de poetas, mortecino y celeste por los toques de arpa y fagot más un solo de viola hermoso a cargo de Evdokia Erchova, o ese dúo de flautas mitológicas en ambientes lúgubres, los dos movimientos que en cierto modo vuelven al ciclo vital y paisajístico, 4 Cumbre y valle, 5 Colores de la caverna, vigor majestuoso de tempestades con origen marino y perlas de espuma salpicando en los cellos, más evocador que los dos primeros cual vistas marinas desde las alturas con canto de los bronces como sirenas, las literales del faro de Ajo cuando hay niebla, contrabajo y glisandos varios de esa incertidumbre inestable en continuo juego de dinámicas sin opulencia, timbres etéreos con sordina disipada en un solo de trompa de Cayetano Granados antes de los nuevos embites del hombre primitivo en Altamira, solo de fagot (a cargo de Alberto Reig) y calma cortada por armónicos preparando un final in crescendo tras un enorme trabajo de dirección e interpretación a cargo de la orquesta malagueña que alcanzó momentos de total entendimiento con su titular Hernández-Silva que demuestra nuevamente su talento y profesionalidad en todos los repertorios, sacando de sus músicos lo mejor. Unir magisterio y rigor al trabajo continuado marca la trayectoria ascendente de director y orquesta que solo con tiempo se alcanza, y el venezolano deja huella por donde pasa. El propio Tomás Marco, presente los dos días, compartió aplausos para una «infinita» sinfonía que cambió el Cantábrico por el Mediterráneo de manos de un caribeño con espíritu asturiano.

La esperada segunda parte me devolvía el Concierto nº1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 (Tchaikovsky), totalmente distinto al reciente de Oviedo, con una Gabriela Montero lesionada en el dedo anular de su mano derecha por un percance doméstico que a punto estuvo de cancelar, incluso con el sobreesfuerzo del día anterior podría hacerme pensar que mermaría la parte técnica, cosa que no ocurrió, máxime cuando su musicalidad es superlativa y el entendimiento alcanzado con su amigo compatriota fue sobresaliente. Concierto exigente para todos, el Andante non troppo e molto maestoso-Allegro con spirito marcó la pauta a seguir, la fortaleza física y sonora de la pianista, el equilibrio orquestal y el encaje ideal de la batuta con la solista para una página conocida que utiliza un motivo popular ucraniano más el segundo romántico en plenitud de pasiones e «inquietante ansiedad» que escribe José Antonio Cantón en las notas al programa. Tras ese volcán sonoro y cristalino donde pudimos disfrutar de todos los detalles, el Andantino semplice-Allegro vivace assai central fue un remanso remando todos en las mismas emociones, la flauta de Jorge Francés dialogando con un piano rivalizando en lirismo y el alegre aire de vals que Hernández-Silva entiende como vienés de espíritu, contagiado a su formación que fue perfecta pareja de baile venezolana, sin pisotones, encajado al detalle para llegar al verdadero «fuego» final, el Allegro con fuoco que comienza vertiginoso y saltarín, nueva danza de entendimiento único para alcanzar lo sublime, la batuta siempre atenta al piano, protagonismos en diálogos sin quitarse la palabra, completándose para engrandecer ese derroche de emociones con un virtuosismo hondo que puso la carne de gallina a mis compañeras de palco.

Mas toda aparición de Gabriela Montero lleva incluida la felizmente recuperada técnica de la improvisación que siempre asombra allá donde actúa, algo que para «la Divina Emperatriz» (como la rebauticé tras escucharla hace tres años en Barcelona) forma parte de su propia historia desde los juegos infantiles en su amada Venezuela, dañada y más querida aún, con distintas peticiones por parte del público, bandera tricolor incluida, decantándose por ese Alma Llanera de la querida tierra natal de estos amigos reunidos en Málaga, pero con las referencias al recién finalizado primero de Tchaikovsky, reencontrándose con Mozart tras un apunte llegado de lo alto del coliseo, con variaciones y modulaciones en tono menor, ritmos de habanera marina y llanera recorriendo un océano de musicalidad y dolor, físico e interior, para regalarnos diez minutos para el recuerdo y la alegría de este encuentro entre amigos que continuaría tras el concierto, porque los kilómetros no son distancia para unir pasiones.

P. D.: Compartí palco con mi esposa Asun, mi cuñada Olvido e Irene que acudía por vez primera a un concierto. No podía ser mejor bautismo musical para mi sobrina de nueve años.
Antes del concierto y durante el descanso con Alejandro Fernández (crítico de Codalario y de La Opinión de Málaga, entre otras publicaciones) pudimos ponernos voz y conversación.
Especialmente emotivo resultó conocer a Pilar Pino, una zamorana compañera de profesión en Fuengirola, y a su hijo Roque Casabona, joven pianista que tampoco podía faltar a este concierto que nos reunió por unas horas fuera de las redes sociales continuando una amistad de años con la pasión musical como motor vital de nuestras vidas.

Explorando pasiones

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Jueves 13 de octubre, 19:45 horas. Sociedad  Filarmónica de Oviedo, Teatro Filarmónica, concierto inauguración de la Temporada 2016-17, concierto 12 del año y 1.944 de la Sociedad en su año 110. Juan Barahona (piano). Obras de Bach, Schumann, Albéniz y Prokofiev.
Es un placer comprobar el crecimiento de los artistas desde sus inicios, ver la progresión basada en el duro trabajo y la búsqueda de la perfección pero también de un lenguaje propio que puede llevar toda una vida. Juan Barahona es músico de nacimiento y luchador incansable que ha decidido tomar el camino difícil. El programa que trajo en su vuelta a la centenaria sociedad carbayona era exigente, algo habitual siempre, con retos por tratarse de cuatro compositores y épocas tan distintas en su enfoque como en su interpretación, ordenados cronológicamente.

Abrir concierto con J. S. Bach y su Concierto Italiano en Fa Mayor BWV 971 es comenzar en lo alto, máxime cuando al pianista le «fusilaron» los periodistas gráficos con flashes pareciendo olvidar lo importante que es la concentración para los músicos, y teniendo que pedir por favor no continuaran en esa línea nada más finalizar el Primer Movimiento (sin indicación de tempo) que fue mucho más que un calentamiento de dedos. Ya retomado el hálito perdido el Andante le sirvió para reencontrarse con el intimismo cálido del kantor, limpio y claro en fraseos y sonido con ese toque romántico al que lleva esa pasión contenida, sonido de clave en el piano con cada nota exacta, esculpida y cantabile, totalmente contrapuesta al Presto brillante, virtuoso por vertiginoso y con todo el empuje vital de una juventud madura basada en el estudio del sonido. Impecable el respeto a la partitura desde un piano de hoy en día y confirmación de muchos calificativos que ya hice en su tiempo como «pintor y escultor de sonidos».

Las «Escenas del bosque» (Waldszenen Op. 82) de Schumann son nueve cuadros románticos donde la búsqueda de un sonido propio se hace más clara, con una técnica asombrosa llena de ricos matices, un pedal siempre en su sitio y unos climas bellos además de diferenciados, paisajes que exploran las cuatro estaciones árbol por árbol hasta completar un bosque global en intención con el mínimo apoyo de una partitura recostada en el arpa para no olvidarse ningún color. Tras la Entritt casi marcial, «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer) límpido y vibrante, ágil además de claro antes de las «Flores solitarias» (Einsame Blumen) delicadas, cantarinas antes de las sombras de un «Lugar embrujado» (Verrufene Stelle) sacando graves inquietantes cual ocres otoñales con rayos de sol que no calientan pero dan brillos, antes de encontrar un claro de «Paisaje amigable» (Freundliche), buen tempo sin perder el paso ni el aire y descansar en el plácido «Albergue» (Herbergue), melódicas manos que alternan protagonismo sin perder presencia. Después vendrían «El pájaro profeta» (Vogel as Prophet), tintas impresionistas, perlas y silencios, ligados de un trazo ejecutado cual acuarela por la inmediatez y frescura, la triunfal «Canción de caza» (Jaglied), martilleando el paso cual orquesta en blanco y negro con toques de trompa y la alegría de un buen día antes de la «Despedida» (Abschlied) cual canción sin palabras, nocturno elegíaco, claroscuros ligados a sonidos envolventes para un Schumann con el que Juan Barahona se siente cómodo y entregado.

Avanzando en el tiempo y también en la exploración desde el trabajo, si Schumann parece tener en Bach el referente, sus «apuntes impresionistas» nos llevarán a nuestro Albéniz con una página digna de estar en Iberia como es La Vega (h. 1887), del acento alemán al francés de un español universal como la idea de una Suite «Alhambra», toda la dificultad técnica y expresiva en apenas un cuarto de hora capaz de desatar pasiones diversas, ataques con fuerzas extremas y contornos difuminados, la masa sonora cual paleta que se fundirá en nuestro oído desde esa forma tan peculiar de Barahona por esculpir cada nota. Unamos al trabajo diario el tiempo que siempre da reposo y madurez en la visión de esta partitura para volver a asombrarnos.

Y el salto a la Rusia de S. Prokofiev parecía culminar este viaje idiomático explorando el mapa pianístico que Juan Barahona sigue trazando, nuevos acentos para una endiablada Sonata nº 6 en La Mayor Op. 82, arrebatadora y tormentosa, aterrradoramente voluptuosa y rítmica, cuatro movimientos que pasan por todos los estados de ánimo, tumultuosa interior y exteriormente. El Allegro moderato tiene el sello inconfundible del ruso, salto del impresionismo a los coqueteos atonales disfrazados de melodías que deben salir a flote cual cubismo en el piano, ritmos de ballets sinfónicos reducidos a la geometría colorista; el Allegretto buscando graves limpios sobre los que danzar sin perder el equilibrio; el Tempo di Valzer Lentissimo un oscuro objeto de deseo con profundidades cinematográficas donde el aire se corta antes del espectacular Vivace, virtuosismo en todo el teclado, pulsión desaforada, guiños de sarcasmo y dibujos sueltos de trazo, bocetos sinfónicos desde la soledad angustiosa que estalla en fuegos fatuos convertidos en artificio por un Barahona dominador y enamorado de esta satánica sonata, trabajando un acento ruso que tiene interiorizado.

Había que cruzar el charco desde Europa hasta la Argentina cosmopolita de Ginastera y disfrutar la Danza de la Moza Donosa (segunda de las «Tres Danzas Argentinas»), herencias y fusión con el folklore, mestizaje bien entendido por un Juan Barahona más íntimo y recuperado del demonio ruso. Toda una tarde llena de búsquedas sonoras y pasiones por explorar, calentando motores rusos para volver con la OSPA en abril y de nuevo Prokofiev, esta vez el segundo de piano.

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