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Dos almas y un solo latido

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Gautier Capuçon (chelo), Gabriela Montero (piano). Obras de Schumann, Mendelssohn y Rachmaninov.

Los conciertos de mi querida Gabriela Montero son siempre únicos, irrepetibles, con la emoción a flor de piel, sea sola, con orquesta o esta vez de nuevo en Oviedo compartiendo escena nada menos que con el gran cellista francés Gautier Capuçon, siempre acertado en la elección de sus pianistas (Argerich o Yuja Wang entre las algunas), la reunión de dos talentos, dos almas, dos músicos enormes haciendo música juntos y latiendo como un solo corazón. Giras muy largas con distintos programas y con «jet lag» pero suficientemente preparados para comenzar un viaje a dúo desde Oviedo a Las Palmas pasando por Bilbao en un programa romántico que fue de menos a más en intención, emoción, entendimiento y buen hacer entre dos viejos conocidos.

Primera parte con Leipzig como punto de unión, la Fantasiestücke para violonchelo y piano, op. 73 de Robert Schumann (1810-1856) originalmente para clarinete pero que el cello de Capuçon transporta al lirismo puro, algo corto en sonido, echando de menos una tarima que hiciese de caja de resonancia, y el piano con la tapa abierta para comprobar todos los matices que Montero es capaz de sacar. Tres movimientos cuyos títulos expresan lo que pudimos escuchar: I. Zart und mit Ausdruck (Dulce y con expresión), arranque tenebroso y camerístico, dinámicas ajustadas, melodías y contracantos claros; II. Lebhaft, leicht (Animado, ligero), cristalino en ambos, de la melancolía inicial al optismo, energías bien encauzadas; y el III. Rasch und mit Feuer (Rápidamente y con fuego), apasionado, frenético en ambos, «virtuosismo mutuo… que finaliza de modo épico» como bien escribe Mirta Marcela González en las notas al programa (enlazadas arriba en los autores). Así lo entendía Schumann, su enamorada Clara y los grandes románticos para quienes los términos italianos les quedaban cortos para intentar explicar no ya la intención sino la entrega exigida. Maravilloso entendimiento de dos músicos tan distintos tocando como un solo ente, con muchos años compartiendo escenarios por todo el mundo.

A Félix Mendelsshon-Bartoldy (1809-1847) le debemos el rescate de «Mein Gott Bach», y hay mucho del «kantor» en la Sonata nº 2 para violonchelo y piano en re mayor, op. 58, cuatro escenas más que tiempos, donde los intérpretes dialogan, participan, comparten protagonismo, sin olvidar que todos los compositores elegidos para esta clausura de las jornadas de piano fueron grandes pianistas. Se nota en la escritura predominante aunque el violonchelo canta en todos ellos convirtiendo esta sonata casi en lieder similares a las «Romanzas sin palabras» o incluso corales luteranos donde el teclado quiere evocar al órgano, cuatro movimientos cual relatos llenos de claroscuros sobre los que triunfa siempre la luz. De nuevo admirable el entendimiento en los aires elegidos, en la intención: el I. Allegro assai vivace pletórico, atacado con valentía y con matices increíbles, de los que hacen cortar el silencio, seguido de un técnico y contenido II. Allegretto scherzando, bachiano con juegos de pizzicatos «orgánicos» contestados por el piano; el III. Adagio emocionante por la profundidad en ambos virtuosos, los graves del chelo que vibran como pocos instrumentos mientras el piano suelta destellos y perlas; para terminar el brillante IV. Molto allegro e vivace, perfectamente encajado entre dos solistas que se unen para engrandecer la llamada música de cámara, un dúo como unidad. Impresionante el respeto por el sonido, los finales ajustados en duraciones que quedan flotando en el ambiente derrochando pasión por la música.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) no debe faltar en ninguno de los dos músicos porque hay simbiosis interpretativa y amor por unas páginas que tienen mucho de bocetos orquestales. La Sonata para violonchelo y piano en sol menor, op. 19 (1901) es contemporánea del archiconocido segundo concierto para piano y tiene la firma inconfundible del ruso con motivos reconocibles tanto en el piano como en el chelo, lo que se tradujo en una entrega emocional en los cuatro movimientos, un sonido muy cuidado por parte de los dos solistas, la continuidad romántica de la primera parte elevada al altar romántico que nunca debe faltar. El chelo comenzando solo, susurrando el piano en el I. Lento. Allegro moderato, atacando esas melodías sinfónicas dialogadas, individualidades bien entendidas; profundo el II. Allegro scherzando, acoplado al detalle con un «tempo» vertiginoso y limpio, el virtuosismo del ruso para unas melodías únicas desde el chelo de Capuçon y el piano de Montero; momento álgido de emociones el III. Andante, protagonismos alternados con el violonchelo sinfónico y el piano solístico en conjunción envidiable, la grandiosidad de una partitura que toma vida en cada nota con dos músicos entregados antes del IV. Allegro mosso, en la línea del tercer concierto de piano por la potencia sonora en ambos, Gabriela apoteósica, Gautier inconmensurable, despliegue de matices, rubatos encajados, tímbricas redondeadas, vuelos de paloma cantados al cello, cielo azul del piano, poesía musical de dos almas latiendo con un solo corazón. No se puede pedir más en una interpretación cálida, entregada y cercana del mejor Rachmaninov.

Público en pie jaleando una interpretación magistral del ruso de quien nos regalaron su Vocalise en arreglo propio de ambos en otra muestra de Música con mayúsculas, el Sergei que enamora, que no pasa de moda, entendido por los dos intérpretes de altura con una obra intensa y corta. Aún nos dejarían otra personalísima visión del tema más conocido (nº18)  de las Variaciones sobre un tema de Paganini, la reducción orquestal a dúo capaz de convertir lo pequeño en grande, bocetos tan artísticos como el original cuando se interpretan como Capuçon y Montero en un encuentro para el recuerdo.

Todavía hubo tiempo para firmar discos, programas, fotos con compatriotas, invitaciones a queso venezolano y alguna que otra confidencia entre amigos, a pesar del madrugón que les esperaba. Siempre quedamos con ganas de más

Resurrección vocal

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: La Castalia, Concierto de clausura, curso de Repertorio Vocal. Manuel Burgueras (piano), Begoña García-Tamargo (directora artística y profesora de canto).

No hay vacaciones para la formación y La Castalia volvió a reunir jóvenes talentos que dentro de nada, como recordaba en las pasadas Jornadas Culturales del Conservatorio de Oviedo, podremos presumir de haberlos visto comenzar en el siempre difícil mundo de la lírica y además en nuestra tierra. Valores en alza a los que sigo desde sus primeros pasos y descubrimientos que habremos de seguir muy de cerca.

Quiero dar las gracias al esfuerzo no ya de estas voces sino de La Castalia con el tándem indestructible que forman Burgueras y García-Tamargo para continuar apoyando estos cursos tan necesarios para el canto, la siempre complicada tarea de encontrar el repertorio adecuado a cada alumno, distintos caracteres, cualidades, colores, valores, y este Domingo de Resurrección volvieron a dar en el clavo, incluso con los invitados y habituales colaboradores. Ligeros cambios en el programa que iré comentando a continuación.

La Escuela de Música Divertimento de Oviedo lleva décadas trabajando en la formación musical de los jóvenes y no han olvidado los coros que siguen triunfado allá donde actúan, comenzando por el coro infantil que participa en la escena ovetense, caso de la última Carmen (Bizet) y el conocido Choeur des gamins con puesta en escena y la dirección de Cristina Langa más el piano de Marcos Suárez. Maravilloso grupo afinado, simpático, profesionalidad increíble que hizo las delicias del público que casi llena la sala de cámara.

A continuación tomaron el relevo las chicas del Coro Arsis con la Habanera divina de M. Massotti Littel y el difícil Bring me Little water, Silvy «a capella» incluyendo la percusión corporal rítmicamente complicada pero solventada nuevamente con calidades indescriptibles para unas jóvenes para quienes la música forma parte de su vida, ocio y educación siempre de la mano. Bravo por ellas.

Llegó el turno solista con voces conocidas y el piano del maestro Burgueras, responsable de que todas dieran lo mejor en cada partitura, primero la soprano Almudena Sanz con tres obras donde fue ganando confianza para una voz natural que va ganando color en cada curso: la conocida canción de cuna de Brahms (Wiegenlied), la Canción de las dos noches de Antón García Abril y otro estreno del joven Ignacio Fernández, Namárië quien vuelve a regalar a La Castalia una página de bella melodía y piano bien escrita, lenta y romántica para la voz de Almudena.

Se presentaba el tenor Adrián Ribeiro que comienza el grado superior de canto, una voz que diríamos con cuerpo en busca del repertorio apropiado. Con el barroco aún le cuestan las difíciles agilidades, caso del Vittoria, vittoria de G. Carissimi, pero en cuanto gane en matices será un tenor prometedor que con Tosti demostró bravura, potencia sobrada que irá domando, afinado y homogéneo de color Malia y L’ultima canzone dieron muestras de estas cualidades.

Conocida la soprano Canela García que va asegurando la afinación y ganando en confianza y escena,  algo rígida en el Jerusalem del «Paulus» (Mendelssohn) pero con Turina y El Fantasma le vino mucho mejor por carácter y graves con cuerpo más color homogéneo, rematando con Lágrimas mías de «El anillo de hierro» (M. Marqués), excelentes y encontrando el repertorio ideal a una voz con sello propio que mejora en cada curso.

La jovencísima soprano Janeth Zúñiga nos asombró con Mozart, primero Das Veilchen y a continuación Ruhe sanf, mein joldes Leben de «Zaide«, su voz crece y la mejoría es increíble, cual flauta limpia y afinación segura para el “traidor y engañoso” Mozart, con un semblante que ayuda y una promesa segura con un repertorio que le ayuda a ampliar registros. De Kirke Mechem y su Fair Robin I Love de «Tartufo«, un vals que supuso otro acierto en la elección de repertorio redondeó una más que digna actuación.

El tenor Adrián Begega es también de los conocidos y habituales en estos cursos, con un timbre bello, de amplios matices y que se encuentra cómodo con los franceses, un repertorio bueno para su voz como demostró con las dos páginas de Fauré En Sourdine y Aurore más H. Duparc y Phidylé. Me agrada comprobar la evolución y que vaya encontrando su camino.

La mezzo María Heres es apuesta segura, impecable en cualquier obra por una voz que transmite todo lo que canta aunque el barroco parece pensado para ella y dominando idiomas. Tras comenzar con Les Berceaux de Fauré pasó al inglés Take, o take those lips away de R. Quilter para terminar su actuación con la bellísima Cantata Profana (Adagio-Lento-Allegro) «piango, gemo  sospiro» de Vivaldi en el arreglo que Félix Lavilla dedicase a Victoria de los Ángeles, buenos espejos donde mirarse tanto la cantante asturiana como el pianismo del maestro Burgueras, un dúo de altura para este concierto.

Solo uno de los dúos previstos de Le Nozze di Figaro (Mozart) con el compositor Ignacio Fernández al piano: el recitativo Tutto ancor non ho perso y el «duettino» Via resti servita, madama brillante a cargo de Almudena Sanz como Sussana y Canela García Marcellina, dos sopranos diferentes que empastan bien además de empatizar pese a afinación mejorable en la primera, pero bien elegido para ambas aumentando repertorio operístico en el siempre «traicionero Mozart» que vocalmente resulta ideal en estos años iniciales.

El trío formado por Gabriel Ordás (violín), Jorge Diego Fernández (viola) y Santiago Ruiz de la Peña (violonchelo) pusieron el broche de oro con el Trío para cuerdas de Jean Françaix, cuatro movimientos de encajes complicados con los que demostraron el buen trabajo y tiempo dedicado a formar un «ente único» como es el trío, la música de cámara que tanto ayuda en la captación de formaciones y públicos para una partitura exigente que interpretaron con madurez, buen sonido, entendimiento entre ellos y «chapeau» por ellos. Un buen Domingo de Resurrección musical gracias a La Castalia.

El París de Perianes

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Jueves 28 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»Javier Perianes (piano). Obras de ChopinDebussy y Falla.

Crítica para La Nueva España del sábado 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Un Auditorio con demasiadas butacas vacías esperaba la nueva visita del pianista de Nerva (Huelva) a Oviedo que se presentaba en solitario con tres de sus autores de cabecera, recién grabados en el primer centenario de Debussy para el sello Harmonia Mundi y presentado en Madrid el pasado diciembre, todos unidos por un París internacional y aglutinador de tendencias como el propio Javier Perianes (1978) en plena madurez artística y vital.Chopin es el romanticismo de salón, rompedor pero íntimo, como los dos Nocturnos opus 48 elegidos para abrir el concierto, los números 1 y 2 discontinuados por los estertores maleducados que me recordaron la tisis del polaco. Claroscuros parecidos a un Turner (el pintor preferido de Debussy) que prepararía todavía más una paleta de recursos pianísticos para la Sonata nº 3 en si menor op. 58, cuatro movimientos donde el “Scherzo. Molto vivace” precede al “Largo” que nos hace intuir las sombras coloreadas posteriores de sonido cristalino, y el “Finale. Presto, non tanto” verdadera explosión de color, pinceladas carnosas, casi pre-impresionistas en las manos del onubense levantando el vuelo con toda la delicadeza y fuerza posibles. Al descanso el afinador retocaría lo justo el Steinway© cual caballete sonoro para los siguientes cuadros musicales.

Debussy admiraba a Chopin y con sus tres Estampas viajará con su imaginación desde un piano que se negaba a llamar impresionista, pues lo evanescente ya lo intuimos en la sonata del polaco bien leída por Perianes. Pero el color armónico y el dibujo de pedal en el francés superará paralelismos pictóricos, “mezcla de ingrávido y preciso” en palabras del propio pianista, perfecta definición para esta música que casi transmite olor y color. Las Pagodas nos transportan a los nenúfares de Monet con música de gamelán, mientras La tarde en Granada y los Jardines bajo la lluvia tienen la luz de Regoyos y el olor a azar, rasgueos de guitarra de la España inspiradora de tanto arte, la Expo parisina de 1889 con postales de una Alhambra que Debussy nunca conoció pero el onubense ofició de guía musical perfecto desde una confesa fascinación por el autor (nos quedan grabados los Preludios).
El verdadero sabor hispano desde la capital francesa, que no abandonamos, lo pondría Falla, del que Perianes hereda la luz atlántica en la corta distancia de Cádiz a Huelva, su cosmopolitismo y la continua búsqueda del color, aquí aliñado con olor a jerez y manzanilla pintados por este Sorolla del piano. Las Cuatro piezas españolas son cual recuerdo de la patria lejana retratando paisajes y paisanajes: “Aragonesa” recia de jota para escuchar, “Cubana” habanera gaditana mecida en una hamaca del malecón, “Montañesa” que se menea resalada entre Cantabria y Asturias antes de la última “Andaluza” que solamente Don Javier puede transmitirnos como Don Manuel, músicas universales que beben aires parisinos pero evocan la patria chica.

Y la explosión del baile llegaría con El sombrero de tres picos y las tres danzas españolas por andaluzas, el todo por la parte, sinfonismo grandiosamente reducido al piano que las manos de Perianes convierten en un arco iris tímbrico, empuje rítmico con barniz de guitarra y flamenco, bailaoras gitanas de Romero de Torres en la “Danza de los vecinos”, seguidillas con prisa en el aplauso que no hizo perder el paso para la farruca del molinero y el fandango de la molinera, fuerza hidráulica atlántica de empuje ruso en el París con decorados y figurines de Picasso, otro andaluz universal que cayó rendido a los aires del Sena y el Barrio Latino.

El público premió con numerosos aplausos el triunvirato elegido y Javier Perianes nos devolvió nuevamente a los tres, primero La catedral sumergida de Debussy (del primer libro de los Preludios), un Monet musical con campanadas embrujadas, AGUA antes de La danza del FUEGO de Falla, segundo elemento natural de pasión gitana y sangre agarena, respirando el AIRE del Nocturno nº 20 en do sostenido menor chopiniano, retornando al punto de partida de un viaje musical muy pictórico desde la capital francesa, donde Perianes fue el mago del piano capaz de unificarlo todo desde las páginas de estos tres grandes, lienzo siempre nuevo aunque lo pinte cada día y aparezcan siempre detalles con luces nuevas cual Antonio López, españoles, artistas únicos e irrepetibles.

Perianes inspiración parisina

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Jueves 28 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). Obras de Chopin, Debussy y Falla.

Reseña para La Nueva España del viernes 29, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Nueva visita del onubense Javier Perianes a Oviedo, esta vez en solitario y con menos público del merecido, dentro de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” trayendo parte del programa que ha grabado recientemente para el sello Harmonia Mundi cerrando el centenario de Debussy junto a Chopin y Falla, tres mundos evocadores en homenajes musicales encadenados.
Chopin con dos Nocturnos op 48 (1 y 2 con breve intermedio tísico) más la poderosa Sonata nº 3 en Si m op. 58 fueron pinceladas finas, de dibujo impecable y atmósferas románticas para la primera parte donde las sombras ya se coloreaban preparando lo que vendría después tras ajustar el piano por el tormentoso finale.

Las tres Estampas debussyanas y viajeras nos trajeron aromas chinos y granadinos únicos, “sonidos y perfumes” que Perianes destila con luz propia sin perder la nebulosa ni la admiración chopiniana del compositor francés.
Y admiración por Debussy la de Falla en el Paris donde añora España, las Cuatro Piezas casi geográficas de carácter y ritmo, Cubana casi gaditana o Montañesa resalada medio asturiana, Sorolla musical que Perianes pinta como nadie para terminar tocado con El Sombrero de Tres Picos bailando las tres danzas, vecinos interrumpiendo insolentes la Molinera y Molinero batidos por el Atlántico onubense en el piano sinfónico de nuestro intérprete más internacional.
Espléndido con propinas catedralicia (Debussy), fuego (Falla) y nocturno (Chopin), siempre parisinos en manos de Perianes.

Batallas musicales a lo grande

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Jueves 7 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano “Luis G. Iberni”. Daniil Trifonov (piano), Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Rachmaninov y R. Strauss.

Llegaba la División Acorazada del Mariinsky con el general Gergiev al mando para una guerra sinfónica de tres batallas donde cada sección orquestal fueron como las armas del ejército: infantería de una cuerda con un sargento concertino mandando y luciendo galones, caballería de la madera siempre atinada, ingenieros de percusiones variadas y la artillería pesada del metal que fueron tomando posiciones desde el inicio.

Aún con las últimas notas del Debussy de acento ruso en las manos de San Sokolov flotando en el ambiente, el Preludio a la siesta de un fauno desplegaría el primer batallón ruso con muestras de dar mucha batalla y nada de dormirse. Casi podíamos imaginar a los legendarios Nijinski o Nureyev danzando con esta compañía mientras disfrutábamos de la flautista solista Maria Fedotova o del arpa cristalina de Gulnara Galbova en un ambiente de clara nebulosa donde el general Gergiev de gesto inimitable y mínimo palillo de bastón de mando sacaba de sus huestes todo lo mejor, esa especie de «parkinson» en ambas manos donde podíamos contemplar el certero vibrato de una infantería sedosa y la caballería atinada sin errar ningún disparo, llevando esta primera batalla al triunfo sin resistencia.

El coronel Trifonov, bien conocido en Oviedo, es en cierto modo ahijado del general, con él nos ha dejado conciertos y grabaciones estelares, y el Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, op. 1 (Rachmaninov) requiere de tensión, pasión y precisión. La artillería no se contuvo en ningún momento exigiendo del piano fuerza hercúlea para alcanzar los volúmenes necesarios sin perderse ni un disparo. Trifonov se volcó literalmente desde el Vivace inicial, sin tregua apenas en el Andante cantabile para tomar aire bien arropado por el batallón Mariinsky, soltando todo el fuego que le quedaba en el Allegro vivace, piano sinfónico, orquesta pianística bajo el mando Gergiev, concertación y concentración de todo el ejército en cada arma, ayudándose al escucharse para unos momentos explosivos dejando el campo despejado para esta victoria de la música con el tándem Trifonov-Gergiev al fin juntos en las Jornadas de Piano ovetenses.

En solitario y disfrutándole todos un arreglo del propio pianista sobre Las campanas plateadas de Ravel y Rachmaninov del que Trifonov aún tuvo resuello para asombrar en toda la gama dinámica de un piano malherido tras esta escaramuza virtuosa con vítores.

Con toda la división acorazada el heróico general al frente para Una vida de Héroe, op. 40 (R. Strauss), seis episodios de este poema sinfónico casi épico para disfrutar de los mejores tiradores, caballería de combate mecanizada, infantería con el concertino certeramente brillante al que el general dejaba jugar, la artillería orgánica mientras pasábamos de los adversarios a la compañera y el fragor de la batalla, desplegando cada flanco poderoso de ataque, vibrante y brillante, fortísimos globales sin perdernos detalle de todo el arsenal. La paz llegaría como la retirada del mundo y una auténtica consumación de estos héroes rusos que siguen ganando batallas en una guerra de nueve días por España.

Las salvas de honor tenían que ser como en 2013 con Wagner y su preludio del tercer acto de Lohengrin, artillería de largo alcance blindada por una infantería de lujo a buen paso, ligero y efectista cual desfile de honor para los vencedores. Tardes de historia sinfónica rusa con intérpretes de fama mundial arrancando en Oviedo esta gira de nueve días intensos.

Liturgia Sokolov

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Sábado 2 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov. Obras de Beethoven y Brahms.

Crítica para La Nueva España del lunes 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Cada visita del pianista Grigory Sokolov (San Petersburgo, 1950) a España es un espectáculo casi místico con una liturgia conocida: temperatura adecuada, luz casi íntima, Steinway© con afinador incluido que al descanso vuelve a escena para retocar un instrumento que en manos del ruso alcanza sonoridades de otro mundo, más un programa donde las propinas son realmente la tercera parte, nunca improvisadas porque no hay nada al azar. Sabido de antemano antes de acudir al templo, merecen mayor penitencia quienes reinciden en el pecado de marchar antes de tiempo pues no hay propósito de enmienda; es verdadero sacrilegio toser inadecuadamente con ánimo de regocijo; y excomunión directa para los móviles demoníacos. El ritual no puede romperse aunque el ruso parezca ajeno a todo desde su púlpito instrumental, y los acólitos no soportamos las ofensas.
Sokolov es cual evangelista que bebe del antiguo testamento pianístico e interpreta literalmente desde el nuevo, con Oviedo parada obligada de sus giras (2011, 2014, 2017), en esta ocasión incluyendo dos de las tres B musicales de von Büllow: Beethoven y Brahms, románticos primero y último, dejando a Bach todopoderoso en el primer paraíso terrenal que entraría en mi particular santoral el 9 de abril de 2011.

Comenzar con la Sonata nº 3 en do mayor, op. 2 supone redescubrir al Beethoven que parte del Clasicismo haydiniano en su Allegro inicial, técnicamente siempre perfecto al servicio de la historia musical interpretativa, con fraseos impolutos, virginales, pureza de pedales, intensidades únicas en cada dedo con matices que en el Adagio presentan ya el primer romántico de claroscuros, profético en las manos de Sokolov, el Scherzo sustituyendo al minueto mozartiano ya plenamente sinfónico, y el último Allegro assai “imperial”, ligero de trinos barrocos, orquestales por momentos, con melodías inspiradoras para Schumann, Mendelssohn o Brahms, un testamento para todos los románticos.
Las Once bagatelas, op. 119 juegan con tonalidades y modos, aires del andante al vivace, estilos y épocas que al reunirse vuelven a tomar sentido de globalidad y premonición, música de un autor del que Sokolov se erige como gran mentor desde el siglo pasado. Emparejadas se complementan cual piedras preciosas en pendientes, sumando elementos se transforman en pulseras o collares, y todas juntas construyen esta corona real, bien engarzadas por este orfebre las once lecturas “futuristas”, más de lo que supondríamos al escucharlas por San Sokolov, miniaturas inmensas dotadas de unidad místicamente interiorizada que van creciendo, impactando e iluminando músicas aún por escribir en 1823 cuando se publicaron: juvenil A l’Allemande que nos recordó nuestro Antón Pirulero, chopiniano Vivace moderato de la nueve y carnavalescamente breve el Allegramente schumaniano por citar solo tres diamantes.

Brahms admiró y bebió de Beethoven, el último pianismo del hamburgués coincide en número opus con el maestro de Bonn. Sokolov unió las 118 y 119 Klavierstücke, diez piezas (seis y cuatro) dotadas de una madurez tanto escrita como interpretativa, donde los silencios brillan con la levedad deseada, cada nota responde fiel al pentagrama llenando el auditorio, las tonalidades adquieren brillos inenarrables y todo fluye mágico con equívoca apariencia de sencillez, monodia cumbre casi susurrada, verbo hecho arte mayúsculo, “rubato” imperceptible del fraseo y la buscada sonoridad casi enfermiza del ruso, sacando infinitas dinámicas independientes en cada gesto sin perder los legatos de ataques variopintos según la necesidad expresiva, ora ingrávida, ora refulgente y vigorosa. Cada pieza es única, reunidas las diez todo un nuevo testamento interpretativo de este evangelista del piano que siempre asombra descubriendo no ya el Intermezzo forma sino firma de un reverenciado Brahms.

Tercera parte de propinas, las seis “previstas” donde lo apuntado en los dos “B” toma forma independiente y profecías cumplidas: el Impromptu op. 90 nº 4 de Schubert más la Melodía húngara D 817, alternando con su esperado Rameau de trinos imposibles, piezas para clavecín de Los Salvajes La llamada de los pájaros antes del vals nº 2 de su compatriota A. Griboyédov para darnos la bendición apostólica con el mejor Debussy íntimo, casi místico del preludio Pasos sobre la nieve, el último legado del que Sokolov volvió a evangelizar caminando sobre la penumbra de un marzo ya primaveral.

Molinera cantábrica

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Lunes 21 de enero, 20:00 horas. Santander, Centro Botín (auditorio), «Música Clásica«: Pablo García López (tenor), Simon Lepper (piano). F. Schubert (1797-1828), poemas de W. Müller (1794-1827): Die schöne Müllerin (La bella molinera), D. 795. Entrada: 10 €.

Algunos museos cierran los lunes pero cuando se amplía la oferta como es el caso del Centro Botín en un terreno ganado para la ciudad, su auditorio abre al público con distintos conciertos de música clásica, siendo mi querido tenor cordobés Pablo García López quien ha tenido el honor de inaugurar este 2019 nada menos que con una sesión familiar la mañana del domingo y este lunes los veinte poemas de Müller que Schubert convierte en veinte «lieder» para compartir el protagonismo con el pianista inglés Simon Lepper en una impresionante velada con un público muy educado que por la poca luz apenas pudo ir leyendo los textos y su traducción al español a medida que la música fluía con el Cantábrico de natural telón de fondo, auditorio de acústica perfecta pese a la cristalera equilibrada con madera (el concierto se grabó para Radio Clásica) y un Steinway algo «duro» en la pulsación, supongo que por estar todavía «rodándose».

La mejor prueba de fuego para un cantante lírico son las canciones (todas: francesas, inglesas y españolas que aún no alcanzan el reconocimiento internacional), en especial las románticas y particularmente el mundo del lied alemán (Beeethoven, Schubert, Schumann, Wolf…) por su dificultad en el idioma unido a unas exigencias igualmente altísimas en el piano, nunca acompañante sino coprotagonista con la voz, indivisibles artísticamente. Microrrelatos que piden una implicación total sin descanso en los intérpretes, una prueba de fondo de una hora larga llena de intensidad dramática que marca el grado de preparación del dúo, en este caso tenor y piano.

El ciclo de La bella molinera (1823) resulta ideal para una voz joven que va ganando en los graves y con el desparpajo que dan los años, textos que el piano completa creando el ambiente, la tensión o el embeleso. Pablo García López cual «Der Wanderer» (caminante) arranca su Das Wandern (camino) al paso, sin prisas, hacia la molinera en un alemán perfecto, ademán cuidadamente descuidado, timbre adecuado y dominador de la escena contagiando al público este inicio de viaje casi susurrado, acunado por Simon Lepper. Los barcos surcando la bahía ponían el decorado natural como la voz del tenor que supo siembre Wohin? (a dónde) le iba a llevar este crucero vital, aligerando el paso pero con la mano izquierda en el bolso, bien asentado, proyectando y  jugando con el piano en las dinámicas. Un alto (Halt) solo literario porque la pausa no existe, oye el molino y el arroyo, escuchamos el piano pintando ese paisaje que se canta, mojado como el mar del fondo al que le damos las gracias (Danksagung an den Bach), doble intención de intérpretes y público aunque única dirección de lirismo. Caminos tortuosos de cuestas empinadas con el único bastón del piano, poderoso siempre abierto, bordeando con un fluir limpio ese río de la vida, otra etapa que habla de cesar el trabajo (Am Feierabend) aunque aumenta en los dos intérpretes, intercambio de esfuerzos, contrastes dinámicos del susurro a la fuerza pese a cantar unos «brazos débiles», para hacernos cómplices de una curiosidad (Der Neugierige) ingenua, cantada desde el amor a Mozart y a Schubert, el terreno natural donde caminar nuestro cordobés de la mano del excelente pianista inglés.

Contemplábamos felices este espectáculo poético-musical creciendo en emoción e intensidades, riqueza de matices y gusto, dramatización lógica para quien lleva mucha ópera en su todavía joven pero madura trayectoria de repertorio bien elegido con estos «premios» que nos regala. No hay impaciencia (Ungeduld) sino brisa fresca en piano y voz, primera cima de este viaje, musicalidad del alemán perfectamente encajado con el percutir rápido del piano, disfrutando una interpretación de calidad, entrega sin reparos, el rubor en las mejillas del enamorado confeso, y el relajado saludo matutino (Morgengruß) tras las emociones anteriores. Los pianissimi del tenor cordobés son únicos, reconocibles, mimados desde el piano inglés siempre sabio, dando el paso adelante en la escritura precisa de Schubert siguiendo el discurso romántico de tensión y calma necesaria dentro de la unidad global bien planteada para dosificar fuerzas sin perdernos nada por el camino.
Río para dar vida a las flores del molinero (Des Müllers Blumen), ternario cual vals vienés por «rubato» en su interpretación, piano sin palabras que pone Müller para cantarse antes de la emocional lluvia de lágrimas (Tränenregen) literal por el goteo de tiempo medio sin disgustos, melodía doblada en voz y mano derecha, con la izquierda vistiendo la declaración y tristeza de perder el reflejo de la amada ante la amenazante tormenta para cantar creyéndose suya a la molinera, Mein, convencimiento del caminante, tenor convincente volcado en una interpretación que seguiría «in crescendo».

Pause para recordar el laúd colgado por la tristeza y la cinta verde que le adornaba (Mit dem grünen Lautenbande), color esperanza donde la juventud se levanta rauda del tropiezo amoroso y el piano se convierte en cordófono trovadoresco para la musicalidad del alemán cantado, soltando lastre sin perder compostura. Nuevas cotas del camino emocional, desánimo sin desfallecimiento antes del desencuentro con el cazador (Der Jäger), el rival y ladrón de amor platónico, fluir de emociones evocando siempre al río amigo, musicalidad innata en los dos intérpretes, romanticismo cercano a Mendelssohn, las veladas en los salones vieneses de poesía y música con el propio Franz, Schubertiadas evocadas en el decimocuarto número nuevamente dramatizado en un constante crecimiento a lo largo de la velada por el tenor y el painista, cordobés e inglés, con celos y orgullo (Eifersucht und Stolz), el arroyo leal, veloz y furioso, agitado, que en un triste meandro cantará los colores favorito (Die liebe Farbe) y odiado (Die böse Farbe), ecos fúnebres del admirado Beethoven, paleta cromática emocional de timbre uniforme en todos los registros, tanto vocal como pianístico (el «ostinato» reposado que mantiene el pulso), lentamente delicado el favorito, pasionalmente expresado el odiado, trompas del muchacho mülleriano en el piano, elevando la voz y preparando los tres poemas finales.

«Flores secas» (Trockne Blumen), pictóricamente plenas de claroscuros, notas largas del piano para la melodía casi agónica, «El molinero y el arroyo» (Der Müller und der Bach) como dos mundos en uno, contraposición terrenal y espiritual con la realidad mandando, música pura donde la palabra embellece, cambios de paso en el caminante, dudas existenciales cantando siempre el regato amigo hasta abocarse a lo terrible convencido, descanso feliz y reposo tranquilo, «Canción de cuna del arroyo» (Des Baches Wiegenlied) cual imagen de la Ofelia prerrafaelita de John Everett Millais por un ahogamiento luminoso y orlado floral, despedida de un peregrinaje intenso compartido entre tenor y pianista largamente ovacionados por un público entregado.
Feliz de poder comprobar el crecimiento personal y artístico de mi «ahijado cordobés» al que los lieder y canciones le abrirán aún más puertas.

Carta a SS. MM.

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Muy señores nuestros, si ustedes me permiten este correcto trato epistolario:
Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) tras los pasados «Años Mahler» sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía «De los Mil» con todas nuestras orquestas (OSPAOvFil, la Filarmónica de Asturias, la Universitaria ya renacida, la OCAS, nuestros coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y peques, igual que el de la Fundación Príncipe y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera en mi querida Asturias donde elegir: Beatriz DíazElena Pérez HerreroAna Nebot, Mª José SuárezLola Casariego, Alejandro RoyDavid MenéndezMiguel Ángel ZapaterJuan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa).
Mantengo mi ilusión de tener a Pablo González como director de un acontecimiento que me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… incluso que mi tocayu lo llevase a Barcelona en sus años como titular y seguro repetirá ahora desde la OCRTVE.
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo los hermanos Zapico, que en 2018 siguieron «a tope» y haciendo historia siempre volando desde casa,, celebrando 20 años y  nuevo disco Concerto Zapico 2 a pesar de su obligada mudanza de la capital).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid), sin olvidarme de Judith JáureguiDiego Fernández Magdaleno.
Mantengo ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, no sé si por fin la zarzuela marinera, ya que de Jorge Muñiz ya llegó su Fuenteovejuna al Campoamor, y del siempre «redescubierto» Guillermo Martínez o de Gabriel Ordás me consta que este 2019 seguirán inspirados y en su línea de estrenos.
Por no perder la esperanza pido para los llamados «gestores culturales» que se olviden de su otra crisis, la intelectual que parece contagiosa como la gripe, y den mucho más trabajo a los de casa, no por patriotismos sino por calidad contrastada, incluso cambiar alguna vez de agencia de contratación… y sobre todo ¡no más recortes ni cierres!.
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis jóvenes violinistas favoritos (Ignacio Rodríguez, y María Ovín aún en la OSPA) que van creciendo, para traerles mucho éxito en sus trabajos fuera o en casa, aunque yo me sumo a esos mismos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado…
Para mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan en 2019 y más. Además de darles las gracias de nuevo por Luca y por su vuelta con triunfo a la ópera ovetense, espero le llegue pronto esa Mimí, a ser posible en el Teatro Real de Madrid aunque en Italia saben que es muy querida y Londres, Nueva York o Viena aún no se hayan enterado… pero Vds. lo saben por ser Magos.
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi mamá dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela porque suprimir la gala de los Premios Líricos Campoamor sin encontrar relevo sigue enfadándome. A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos que tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción desaparezca de nuestra cotidianidad y que las crisis, ya en plural, pasen hoja definitivamente y se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde «recortes» o «supresión» se escuche menos que «Cataluña» ¡lo qué ya es decir!, para este año 2019 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar «duros de oreja» (supongo que con el 155, tripartitos de tonada y demás «ocurrencies de oficalidá» no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone ni siquiera la vox).
A propósito, si pudieran dejarnos la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales, ni siquiera que algún día en «esta España nuestra» que cantaba la recordada Cecilia (no la Santa sino la Evangelina) se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia e independentismos que intentan reescribir la historia a base de tantos eufemismos que hasta a la mentira la llaman posverdad.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan sin entrar en cabalgatas municipales de las que mejor no opinar) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Pablito, 12 años.

 

Viva Puccini con Beatriz Díaz

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Miércoles 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Gala Lírica Asturiana, Sociedad Filarmónica de Gijón. Beatriz Díaz (soprano), Alejandro Roy (tenor), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de Verdi, Cilea, Ponchielli, Catalani y Puccini. Entrada 26 €.

Llevo años diciendo y escribiendo que la soprano para la que Puccini escribió es la asturiana Beatriz Díaz, y este miércoles junto al tenor Alejandro Roy quedó más que corroborado, ampliando además roles que los años colocan en su sitio exacto, sabia elección de repertorio que nos dará muchas alegrías.

No hubo lleno en el Jovellanos gijonés aunque la gala operística se lo merecía, con un Juan Antonio Álvarez Parejo en el siempre difícil papel de «pianista-orquesta», partituras imposibles de tocar por sus reducciones complejas que solo los años de experiencia logran hacer creíbles desde su magisterio repertorista, como ya demostrase en la última Suor Angelica gallega, una segunda juventud desde la madurez.

Y aunque Puccini sigue siendo tan protagonista como nuestra pareja lírica asturiana, eligieron Verdi y su Otello para abrir boca, exigente, de claroscuros instrumentales para ir descubriendo una Desdémona allerana inédita que empastó a la perfección con «el moro de Gijón» en Già nella notte. Continuarían cada uno con arias habituales de sus repertorio, Io son l’umile ancella (Cilea, Adriana Lecouvreur) para disfrutar de «La Díaz» en estado puro, y Cielo e mar (Ponchielli, La Gioconda) con un Roy en su línea habitual de tenor «dramático» por fuerza en la emisión y color vocal, cariñosamente un «auténtico animal».

El maestro Parejo tuvo su protagonismo con un arreglo de John Gribben del famoso «Intermezzo» de Manon Lescaut (Puccini), la belleza de una partitura orquestal igualmente válida al piano cuando se logra el color preciso y bebiendo en las fuentes originales del italiano.

Hasta el merecido descanso el Jovellanos de Gijón sería la Nagasaki de Madama Butterfly (Puccini) con la bomba de Boo y el Pinkerton embaucador, Un bel di vedremo que nos pondría la piel de gallina con Butterfly Díaz de salón, por cercanía capaz de susurrarnos y explotar emociones desde una voz única con la orquesta en blanco y negro del piano, contestado con Addio fiorito occhi de Pinkerton Roy, muy sentido y condensando la fuerza del personaje en este aria de apenas minuto y medio antes del amoroso dúo Bimba dagli occhi que realmente enamoró al respetable, caracteres vocales bien definidos, la inocente Cio-Cio San y el marino conquistador con amores en cada puerto, en un momento irrepetible de estos asturianos universales.

Si la primera parte rebosó emoción por Puccini, la segunda rompería moldes con pinceladas increíbles en sedas líricas como Ebben, ne andrò lontana (Catalani, La Wally) a cargo de «la sopranísima» que emociona de principio a fin en este aria de aire «pucciniano», o el Vesti la giubba (Leoncavallo, Pagliacci) de Canio Roy cual anillo al dedo de nuestro tenor que está igualmente en un momento perfecto para el verismo desde su Curro Vargas que sólo él puede cantar en estos momentos.

Puccini nos devolvió al paraíso melódico que sólo el de Lucca entendió como nadie, primero la «debutante» Tosca nos cantó a dúo con Mario (quien regaló fuera de programa el «Adiós a la vida«) actuando en igualdad de condiciones escénicas y vocales, muchas ganas de poder recrearlo encima de las tablas con orquesta, transformando después a Cavaradossi en el Dick Johnson de La fanciulla del West que la «orquesta Parejo» vistió realmente de vaqueros el aria Ch’ella mi creda. Su intermedio de esta segunda sería la Fantasía brillante sobre Carmen en arreglo de Wilhelm Kuhe, ópera que los dos asturianos tienen en repertorio pero donde Bizet permitió que Puccini le eclipsase por tierra, mar y aire.

Para el final la Liù allerana con Tu che di gel del Turandot, lágrimas musicales que espesan con los años pero vuelan igual de alto en esta cantante que adora a Giacomo, antes de La Bohème y el famoso dúo de Mimì y Rodolfo, O soave fanciulla, el papel que espero ver en vida completo de esta «Musseta con alma de Mimì» que Beatriz Díaz bordó con Alejandro Roy, dos voces asturianas por el mundo y que la «sopranísima» personifica como nadie.

Puccini también regalo de lujo como no podía ser menos, el citado E lucevan le stelle (Mario Cavaradossi de Tosca), y O mio babbino caro (Lauretta de Gianni Schichi) que pusiese el Colón bonaerense a los pies de esta grande y el Jovellanos nos la trajo de vuelta a casa junto al tenor gijonés, dúo de artistas astures profetas también en su tierra.

Crecer y seguir apoyando

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Domingo 9 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: La Castalia, Concierto de Clausura XVII curso «La voz en la música de cámara», homenaje al RIDEA. Entrada libre.

Ya van diecisiete cursos organizados por «La Castalia» centrados en la voz y la música de cámara con un profesorado de reconocido prestigio y un alumnado conocido que además de seguir formándose protagonizaron todos un estreno absoluto que llenó el Teatro Filarmónica porque el RIDEA no hubiera sido suficiente y además el merecido homenaje de «La Castalia» por el apoyo incondicional en tiempos de crisis varias merecía el mejor de los marcos posibles y el de la vecina calle Mendizábal reunía todas las condiciones.

Begoña García-Tamargo abrió el acto con la gratitud a los colaboradores y una excelente y amplia semblanza de la institución homenajeada, así como la entrega a Ramón Rodríguez Álvarez, actual presidente del RIDEA, de una placa conmemorativa y unas breves palabras de agradecimiento.

Dejo imágenes del programa y cartel de la ópera de cámara así como alguna fotografía mía sin entrar muy a fondo en detalles. Cierto que los dúos elegidos de Haydn, Schumann, Mendelssohn o el hermosisimo La Nuit de E. Chausson buscaron el empaste y continuar trabajando repertorios e idiomas donde estas voces se van encontrando más cómodas, todas ellas conocidas por el que suscribe y contemplando una evolución no siempre igual, alguna diría incluso que en retroceso, puede que por nerviosismo ante el imponente aspecto teatral (es preocupante la desafinación total sin escuchar el piano de referencia), incluso con distintos pianistas que aportan nuevos enfoques al trabajo como Ignacio Fernández o Juan Urdániz además de los profesores de estos cursos Sergey Bezrodny o Manuel Burgueras, con incorporaciones de nuevo repertorio español actual comenzando con el turolense Antón García Abril (1933) y sus Canciones asturianas, con Urdániz al piano acompañando las tres elegidas, Tengo de subir al puertu y la añada Dúermete neñu de la mezzo María Heres realmente cómoda en ellas, y Hasta los naranjales han florecido de la soprano Canela García.

El asturiano Jorge Muñiz (1974) y su ópera Fuenteovejuna fue la que abrió la temporada de ópera ovetense y de él pudimos escuchar en este concierto el estreno en España de su Oda a Covadonga (2005) con texto de Claudio Sánchez Albornoz en la voz del tenor Adrián Begega y el piano del maestro Burgueras, un homenaje a los tres centenarios de Covadonga.

El gallego Juan Durán (1960) no solo arregló Lela de su paisano Rosendo Mato Hermida (1914-1994) y letra de Castelao cantado por el tenor Vladimir López y Urdániz al piano sino el compositor de Tríptico de Amor y Ausencia con texto de Gabriela Mistral, cuya Ausencia estrenaban en Asturias la mezzo María Heres y el pianista Manuel Burgueras deleitando a un público entregado con esta belleza de música cercana geográfica y anímicamente.

Siempre se ha dicho que el violonchelo es lo más parecido a a voz humana, y antes de sumarse al trío instrumental para Doña Esquina, Santiago Ruiz de la Peña nos dejó la difícil Polonesa Concertante (David Popper, 1843-1913) de armónicos casi imposibles, con el virtuoso Bezrodny al piano, poniendo el punto y seguido antes del esperado estreno absoluto del ovetense Gabriel Ordás (1999), quien tomaría el violín y la dirección de una ópera de cámara sobre el entremés homónimo de Agustín Moreto y Cavana que disfrutamos en versión concierto y a no más tardar estoy convencido tendrá su puesta de largo porque resulta actual, moderna y accesible, en la línea de este músico integral con el que «La Castalia» encontró un filón al ser destinataria de algunas composiciones de un talento que sigue sorprendiendo con cada obra.

Cinco personajes para las voces que fueron «calentando» con Urdániz al piano, Ruiz de la Peña al cello y el propio Ordás tocando el violín y dirigiendo, corroborando lo escuchado previamente en calidades y registros para un elenco vocal donde nuestra mezzo Doña Esquina fue la protagonista total e incontestable de una partitura fresca, que respeta las voces, con ritmo, salero, aires del mejor musical de Broadway (a fin de cuentas también ópera de nuestro tiempo) recordando al genio Bernstein, y un argumento dieciochesco que parece tan actual como la música del propio Gabriel.

Mi más sincera enhorabuena a «La Castalia» por seguir creciendo, apoyando lo nuestro y formando contra viento y marea a una generación que no lo tiene fácil en estos tiempos.

Recortes de la prensa asturiana del lunes 10 en El Comercio y La Nueva España:

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