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Acento y talento asturiano

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Miércoles 26 de febrero, 20:15 horas. Sociedad Filarmónica Avilesina, Auditorio de la Casa Municipal de Cultura, Avilés: «Con acento asturiano«, Beatriz Díaz (soprano), Luis Vázquez del Fresno (piano). Obras de Luis Vázquez del Fresno (Gijón, 1948).

Es siempre un placer escuchar al maestro Vázquez del Fresno interpretar obras suyas, al que admiro desde mis tiempos de estudiante en Mieres donde visitaba la extinta Filarmónica local, y donde pude disfrutar del gran repertorio como de sus propias composiciones en unos años 70 inolvidables. Comenzar con Yerba, op. 12 (1977) para piano solo me remontó a los orígenes, la fusión e inspiración de nuestro folklore como en tantos grandes compositores de la historia. Ideada para Eladio de la Concha, presidente que fuera de la hermana Sociedad Filarmónica de Gijón, aparecen temas populares asturianos a partir del tema original «Orbayu».

Nuestro rico folclore va desgranándose con canciones reconocibles por todos que se elevan a la categoría de concierto: Dime paxarín…, Romería de San Andrés, La moza que a mí me quiera, Orbayu, Soy de Pravia, Soy de Mieres, Caminito de Avilés, La mió neña y esa vuelta al Orbayu, música cantábrica cual Mompou mediterráneo por ese acento francés que tanto pesa en Vázquez del Fresno, los enlaces entre los temas populares que les dota de esa unidad sin perder la esencia, recuerdos e inspiración de otros grandes asturianos (Torner, Saturino o Manuel del Fresno) que partiendo de lo tradicional lo recrean y elevan a atemporal.

Cantarinos pa que suañes utiliza los textos escritos por el allerano residente en Gijón José Mª González Fernández, Chemág, publicados por el Conseyu Rexonal d’Asturies en 1979 y reeditados en 1998 por Editora del Norte, el mismo año en que fueron grabados por el propio compositor al piano y la voz de la mierense Tina Gutiérrez, trece canciones que Beatriz Díaz interpreta como nadie por cercanía a la obra completa (letra y música) engrandeciendo la música asturiana digna de figurar en la historiad de nuestra «Lírica» que nada tiene que envidiar al Lied alemán o la Chanson francesa que tan bien conoce tanto el gijonés Vázquez del Fresno como la propia soprano allerana, que ya nos dejase una pequeña muestra hace ocho años, ahora en este tándem que hace única esta obra al completo con el compositor al piano, esperando lo lleven al disco para conservar un patrimonio de todos.

Y es que la voz de nuestra soprano es única para aunar la música del pianista y compositor, aunar la tonada asturiana y la canción de concierto desde el conocimiento, el buen gusto, el color que sigue único pero con más cuerpo en el grave, la musicalidad de unas partituras que respetan el texto y Beatriz Díaz representa, enamora, convence. Alguien del público decía que sabían a poco, tal era la entrega en cada estampa.

Agrupadas en tres bloques de cuatro, cuatro y cinco sumando el trece mágico, comenzaba esta joya con Cantarinos pa que suañes que titula el ciclo y ya nos guiaba por un discurrir único, la voz protagonista y el piano arropando siempre con unas armonías y modulaciones que elevaban los versos (de los que se nos entregó una copia bilingüe para poder seguirlas con verdadero deleite). La mió mamina, La cadenina y Al son d’una gaita vengo cerrarían esta primera entrega con melodías que parecen nuestras por giros, referencias al folklore y siempre la vocalidad presente y una vestimenta ilustrada al piano en un discurrir natural por parte de ambos intérpretes.

Jugando con los giros «ad libitum» típicos de la tonada donde el piano se convierte en «gaita de tecla», enlazando con momentos líricos dignos de Fauré, el segundo bloque con una acústica asistida en esta sala avilesina que permite saborear cada fin de canción: La xaronca namorá, la exigente Les abeyines con unos sobreagudos en pianístico que solamente «la Díaz» es capaz de cantar, delicadez una en Los carros de la mió aldega, fraseada en este asturiano nada artificioso que se mantiene fresco sin academicismos, para «concluir» con otra bellísima La ñube, canción íntima con la atmósfera asturiana, cantábrica y vestida de mediterráneo con unos pianísimos que ponen la carne de gallina.

Tercer y último bloque con inspiraciones directas, un Villancicu rítmico de recuerdos a «xiringüelu» de salón, la nana Añada d’una caparina de aire moderadamente lento dibujando el tema popular que en el piano reviste de ópera al evocarme la Liu pucciniana por modulaciones y sentimiento antes de La mollinera allegre, canto asturiano elevado a internacional, juegos modales de dificultades máximas para la voz aunque siempre mimada en escritura, acompañamiento e interpretación que el dúo Vázquez-Díaz sublimaban según se acercaba el final. El ambiente impresionista tan del gusto del compositor se percibiría en El xuguete en un juego de tensiones entre la fuerza y la caricia, el soldadito y el caballo de cartón rotos como el sentimiento en la pérdida del amigo emigrante, maravillosa dramatización de la soprano y convincente complemento pianístico con una escritura que va subiendo de tono en todos los sentidos para concluir con el Marineru de tierra y montaña, mina y mar que tanto ha inspirado a los músicos, rememoranzas de «Al pasar por el puertu» o «La mió neña«,  lágrimas vocales que emocionan, el piano gijonés y la voz allerana, para un broche de oro a estos «Cantarinos» donde el diminutivo es cariñoso y la música superlativa.

No podían faltar los regalos y más con Beatriz Díaz que prosigue su carrera operística, dos arias de quitar la respiración para un público entregado: Cilea y Io son l’umile ancella («Adriana Lecouvreur») rotundamente íntimo y cantado con total entrega, más el Puccini para el que la de Bóo está dotada como ninguna, ese Oh! mio babbino caro («Gianni Schicchi») siempre único y emocionante con Vázquez del Fresno mimando a la soprano en toda la velada. Un placer que se repetirá en la Filarmónica Gijonesa en mayo, sociedades centenarias que tanto han ayudado y siguen luchando por promover la música e intérpretes de la tierra, como esta pareja de asturianos que suma generaciones y talento.

Un grande de muerte

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Martes 25 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Hough (piano). Obras de Bach, Busoni, Chopin, Hough y Liszt.

Venía a Oviedo el gran pianista, compositor y escritor británico Stephen Hough (1961) sustituyendo al previsto Nelson Freire que no pudo hacer el concierto debido a la rotura de un brazo producida por una caída, y con el cambio pienso que salimos ganando tanto por la altura del intérprete como por el programa ofrecido, con el virtuosismo esperado de unos compositores que son el abecé de todo pianista, aunando en ellos la faceta interpretativa.
Muy interesante la entrevista ofrecida a La Nueva España donde explica esta dedicatoria musical a la muerte, «y tal vez se trata más de la fragilidad y la brevedad de la vida. Y eso debería estar lleno de felicidad y alegría. La muerte solo es mala porque tenemos que dejar ir algo hermoso… pero la vida se trata de dejar ir de muchas maneras. Y sobre aceptar la realidad«.

Podría haber titulado la entrada como las notas al programa de Iván J. Román Busto, «La muerte como inspiración» que parece sacada de la citada entrevista casi como preparación antes del concierto, porque había mucho del tránsito entre lo terrenal y lo eternal. «Saber que algo tiene un fin debería hacernos sostenerlo con gran ternura y amor mientras está con nosotros. La música es quizá la más temporal de las artes, es como un perfume en el aire. Se tocan las notas y luego mueren y solo nos quedan recuerdos. Pero eso es parte de lo que hace que un concierto sea tan especial. Recuerdos que compartimos con amigos y vecinos mientras duran«. Nos quedarán los recuerdos de un Stephen Hough rotundo, con un uso algo saturado del pedal pero desde una entrega total a cada obra, interioridad y curiosamente solo usando la partitura para su composición.

El padre de todas las músicas Bach revisado por Busoni, la Chacona, BWV 1004, esa recreación del mundo violinístico en el piano escrita por el Cantor de Leipzig tras la muerte de su primera esposa Mª Bárbara, la chacona convertida en lamento mientras suenan materiales del coral luterano que Hough delineó dentro e una visión plenamente romántica de esta obra.
Del propio Busoni escucharíamos la Berceuse elegiaque op. 42, la original al piano antes de orquestarla, emparentada con el Liszt de la segunda parte,  nuevamente con la muerte flotando en la música, esa «Canción de cuna de un hombre en el féretro de su madre», lenguaje elegíaco lleno de dramatismo que el piano traduce con la fuerza y el dolor, un «canto desquebrajado que da la espalda a sus presupuestos románticos de juventud» (Iván J. Román) aunque desde una interpretación poderosa e íntima, sin afectación y desde una búsqueda del sonido puro. No hubo aplausos tras finalizarla puede que por la impresionante lección del pianista británico que afrontaría la inmensidad romántica de Chopin y su Sonata No. 2 en Si bemol menor, Op. 35, cuatro movimientos donde destaca la famosa Marcha fúnebre del tercero aunque también podamos disfrutar de momentos que nos recuerdan a sus polonesas, valses o nocturnos, enlazados en esta sonata que aúna la solemnidad de la muerte con lo efímero de la vida, casi «De la brevedad de la vida» (Séneca) y «Del sentimiento trágico» (Unamuno), guiño literario al Hugh que escribió un Chopin rotundo y entregado, que exigió un retoque de afinación en el intermedio.

El Hough compositor además de interprete abriría la segunda parte con su Piano Sonata IV (Vida breve), nueva reflexión sobre lo transitorio y efímero de la vida, con una cita a la canción de Charles Trenet En Avril à Paris, ya utilizada por Weissenberg pero que en la visión de Hough está más cercana al Debussy pictórico que a la capital de la luz, cinco pequeñas células con la alegoría a la juventud que se marchitará pidiendo vivir cada momento sin pensar que puede ser el último, una filosofía vital que comparto.

Tras la sonata propia, el tributo a Liszt con tres obras inconmensurables y sin espacios para disfrutar de la total mortandad sin perecer en el intento: Funerailles. ese mundo religioso del Abate de las Harmonías poéticas y religiosas III, S 173, las iniciales campanas en la mano izquierda (aquí el pedal sí ayudó a la expresividad), cierto aire chopiniano de polonesa por el sacrificio heróico y feroz de los ejecutados en la Revolución Húngara de 1848, el horror y el honor, dos marchas contrapuestas, fúnebre, lacrimosa y la heróica, todo ese caudal sonoro de trasfondo religioso en la visión de un Hough virtuoso capaz de matices extremos (rotos por la tos y el papel de caramelo siempre inoportunos) que dejaban boquiabierto al respetable.
De los cuatro Mephisto-Walzer, comenzar por el «inconcluso y añadido» Vals Mefisto nº 4 (bagatela sin tonalidad) S 696, es como enlazar muerte y vida, el avance hacia la luz, la vuelta al piano tras la orquesta, el mundo sinfónico recreado por el virtuoso único que fue Franz Liszt fielmente reflejado por el pianista británico en una explosiva y contenida, tempestuosamente delicada, la redención de los excesos del pasado antes del nunca mejor dicho «diabólico» Vals Mefisto nº 1, S 514, «Der Tanz in der Dorfschenke» (El baile de la taberna del pueblo), alquimia pianística, redención de condena por el amor, el hombre enfrentado a su destino tras los excesos de su vida. Sensualidad y erotismo de esa bodega, el recuerdo del pasado propio hecho música con Hough perfecto narrador en una demostración de fuerza y virtuosismo para este Liszt inconmensurable.

Y como tras la tempestad llega la calma, nada mejor que esa oración, Ave María de Gounod sobre el Preludio 1 de Bach, el descanso del guerrero, la penitencia cumplida con la gratitud íntima de esta maravillosa partitura donde dada uno rezábamos en latín como abates melómanos.
Todavía nos regalaría un Jeux sur la plage de Mompou, de las cinco Escenas de niños como vuelta al inicio y la inocencia, la playa como destino o final, todo delicadeza y relajación llena de luz, noche lóbrega de carnaval, muere Don Carnal y llega Doña Cuaresma, pero siempre con la esperanza a pesar del «memento mori«.

En casa y de casa

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Viernes 14 de febrero, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica Ovetense: Ludis Duo. Obras de: J. C. Bach, Mozart, Schubert, Debussy y Ligeti. Concierto 4 del año 2020, 2.001 de la Sociedad.

Reseña para La Nueva España del sábado 15, escrita desde el teléfono móvil, y editada desde casa con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos mías y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La agrupación de piano a cuatro manos Ludis Dúo, formada por los pianistas ovetenses Andrés Martínez y Fernando Santirso se suman a una tradición que la centenaria sociedad filarmónica ha apoyado siempre, recordando a Achúcarro y su esposa Emma Jiménez o los más Mª Teresa Pérez y Francisco Jaime Pantín (Dúo Wanderer), profesor éste de ambos pianistas con cuatro manos y un solo alma, pues el entendimiento necesario necesita unificar sonido además de sentimientos.

Formados en nuestro Conservatorio siguen estudios en Holanda y Alemania pero uniéndose en estos conciertos que son una delicia para la música de cámara engrandecida con veinte dedos, pianistas de casa en una velada íntima casi de salón.
Uno de los hijos de Bach, Johann Christian (1735-1782), abrirá un Clasicismo que Mozart llevará a la cumbre, dos sonatas bipartitas del alemán (Opus 18, nº 5 y 6) y la K358 del austríaco, complementarias y bien ejecutadas por el Ludis Dúo con esa frescura no exenta de virtuosismo, especialmente el tercer movimiento Molto presto.

El recorrido histórico continuaría con el Rondó D951 del Schubert (1797-1828) maduro y romántico, arrebatador entendimiento de los “Ludis”,
el impresionismo de Debussy (Petit Suite L65) colorido, brillante e incluso danzado a pares en su Ballet, más el felizmente recuperado de nuestro tiempo, el húngaro György Ligeti (1923-2006) con su Sonatina que es como volver a la forma y firma inicial desde la actualidad de un dúo que fue creciendo a lo largo del programa. Regalo de otro Ligeti contemporáneo, permutándose roles en igual complicidad y calidad más el Bach de Kurtag para meditar musicalmente sobre la juventud, lo eterno y las oportunidades de esta Filarmónica. Excelente Ludis Dúo.

El Rey Camarena

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Martes 28 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Los Conciertos del Auditorio: Javier Camarena (tenor), Ángel Rodríguez (piano). Obras de Gounod, Lalo, Donizetti, Rossini, Flotow y Cilea.

Crítica para La Nueva España del jueves 30 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Javier Camarena sigue siendo “El Rey” como bien cantaba en la cuarta y última propina jaleado por un auditorio hasta la bandera que le sigue coronando como el mejor tenor actual. Con su habitual pianista cubano Ángel Rodríguez compartió un triunfo sonado ante el derroche artístico mostrado por ambos, la voz que gana cuerpo y asombra con sus “filados” (parece tener tres pulmones bromeaba un aficionado) y las diabólicas reducciones orquestales para el piano donde no faltaba ninguna nota ni matiz. Si en el recordado concierto de noviembre 2017 asombró, en este enero 2020 maravilló y cautivó antes de cantar, haciendo su presentación con ese semblante siempre risueño, afable y cercano que solo los grandes poseen, totalmente alejados del divismo.

El recital se organizó con una primera parte en la lengua de Víctor Hugo y la segunda en italiano, arias conocidas y otras menos transitadas de óperas puede que menores pero bien elegidas sus arias para lucimiento del xalapeño que en esta gira española de parada obligada en “La Viena del Norte”, tiene todas las entradas vendidas con antelación.

El «Fausto» de Gounod fue el primer “brindis” con Salut! Demeure chaste et pure antes de la poco escuchada Vainament, ma bien áimée de la ópera de Lalo “Le roi d’Ys” de alegre estribillo y estrofas delicadas, un aperitivo que de por sí resulta agradecido además de difícil.

El Donizetti de Camarena sigue siendo único, tanto en el aria de “Don Sebastián Rey de Portugal”, que como ópera puede no ser destacable pero en esta página recuerda todos los protagonistas que el tenor mexicano atesora en su repertorio, y donde el francés natural lo emite sin nasalizar en absoluto, con un total dominio técnico, proyección exquisita y limpieza total, matizado con tal riqueza que da gusto escucharle. Evidentemente no podía faltar su aria fetiche y casi “record Guinness” por las veces que lo ha bisado, “La hija del Regimiento” con la famosa aria A mis amigos, reales entre el público con el elenco de la Lucía del Campoamor entre ellos y “los nueve do” que resultaron once ante el derroche vocal del final a cargo del Rey Javier I de México y el príncipe “consorte” del piano dando el ropaje y entendimiento total en cada nota.

En italiano otra rareza de Donizetti y su ópera “Betly” (1836), el aria E fia ver, tu mia sarai…, sello inconfundible en su escritura, dominio absoluto en el canto y acompañamiento increíble, Camarena en estado puro cuyo Rossini inicial de “Ricciardo e Zoraide” resultó una lección de “canto bello” en una de las primeras óperas del Cisne de Pésaro, llena de los giros siguientes en sus arias de tenor como esta S’ella mè ognor fidele…, agilidades vertiginosas bien resueltas con la aparente facilidad del canto y piano venidos desde México.

El sentimiento en estado puro, la emoción de los “pianissimi” capaces de alcanzar el silencio respetuoso de un público entregado llegaría con dos arias donde el espíritu de Alfredo Kraus “El Tenor” pareció imbuir al xalapeño de timbre único, poderosamente delicado y entregado en las últimas del recital, M’appari…  (Von Flotow) de la poco representada “Martha” y El Lamento de Federico de «La arlesiana de Cilea«, joyas para tenor que Camarena bordó además de emocionar, rindiendo a un público que ha creado hasta un Club de Fans en “Facebook”.

Las propinas fueron casi una tercera parte para delirio de todos. Nuestra zarzuela a nivel estratosférico con Camarena y Rodríguez: «Los Gavilanes» de Guerrero con la romanza Flor roja, de poner la piel de gallina y cortar el aire, más No puede ser de «La Tabernera del Puerto» (Sorozábal), poderosamente íntima antes del fin de fiesta mexicano con aires de mariachi: el famoso huapango de la «Malagueña salerosa” nacionalizada asturiana (qué pena los arranques de aplausos) con un piano primoroso, derroche de agudos para pone en pie a todo el auditorio antes de acabar con la ranchera más conocida de José Alfredo Jiménez y coreada por el auditorio, porque Camarena sigue siendo “El Rey”.

Imágenes italianas

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Horizontes II», abono V OSPA, Benedetto Lupo (piano), Corrado Rovaris (director). Obras de Elgar y Nino Rota.

Con Italia tenemos esa cercanía del Mare Nostrum y su música la sentimos casi como nuestra. De ahí llegaban director, pianista y unas obras que Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa (enlazadas en los autores) desgranó en la conferencia previa poniendo imagen a unas partituras de por sí evocadoras y más aún cuando te las muestran e incluso analizan con detalle, máxime en la música de cine.

Evidentemente Sir Edward Elgar (1857-1934) no era italiano pero su obertura In The South «Alassio» op. 50 se inspira claramente en ese municipio italiano en el golfo de Génova donde pasó el invierno de 1903 que no fue lo que se dice benigno, pero suficientemente evocador de un imperio romano del que aún quedan vestigios, de las películas romanas que bien pudieran utilizarse como imágenes para esta música, así como de un mar capaz de pasar de ser una balsa a enfurecerse y bañar de grises un lienzo ideal. El maestro Corrado Rovaris volvía al frente de la OSPA (entrevistado en OSPA TV por Fernando Zorita) haciendo música de su tierra natal aunque en Oviedo le recuerdo básicamente en dirigiendo dos óperas: la excelente Peter Grimes de enero de 2012 y Ainadamar en diciembre de 2013 sin olvidarme tampoco de su anterior visita de marzo de 2015 con el cellista Asier Polo en un concierto donde mimó el sonido de nuestra formación. Conocedor por tanto de la orquesta, con la que se nota un feliz entendimiento, la página de Elgar sacó lo mejor de cada sección y lucimiento de los solistas a lo largo del concierto, incluso permitiéndose cambiar algunos primeros atriles. Energía inicial, con las trompas seguras, la cuerda aterciopelada y equilibrada, el viento madera en su línea habitual así como todos «los bronces» en estado de gracia, poderoso metal de evocaciones dignas de los Péplum. La viola de Alamá no solo rindió homenaje, como el propio autor, al Harold italiano de Berlioz sino que pareció imbuirse de Riquelme en el anterior concierto, dejándonos un solo bellísimo, de musicalidad máxima para poner imágenes a ese mar ambiguo y traicionero, bien contestado por la trompa solista de Rosado, dos valencianos de pura cepa con la cercanía mediterránea. Como bien describen las notas al programa esta partitura «profundizando en esa sensación de elegancia y nobleza que subyace a lo largo de toda la pieza«, elegancia de Rovaris y nobleza de una orquesta con solistas de primera.

Nino Rota (1911-1979) pasará a la historia como gran compositor de bandas sonoras pero su biografía nos muestra a un niño prodigio del piano y autor de páginas sinfónicas u operísticas de vanguardia, con una calidad que el cine parece haber confirmado, pues no me canso de repetir que son los compositores más populares del siglo XX precisamente por el séptimo arte. El Concierto Soirée para piano y orquesta (1961-1962) lo estrenó el propio Rota en el Teatro Olímpico de Vicenza (1963) y en él aparecen guiños llenos de citas musicales, de toques humorísticos y sobre todo su empeño de «hacer feliz a la gente«. Uno de sus alumnos fue Benedetto Lupo, quien ha grabado la integral para piano de su maestro, el solista ideal para este concierto (merece la pena la entrevista en OSPA TV), cinco movimientos no exentos de virtuosismo, de diálogos con la orquesta (algo más reducida) y exigente por los cambios de tempo, ritmo y dinámicas que Rovaris entendió desde su dirección clara, precisa y nunca ampulosa pero siempre efectiva. Imágenes que los propios títulos evocan, desde el Chopin del Valzer Fantasía inicial, el Ballo figurato con reminiscencias rusas incluso en la instrumentación, el romanticismo exiguo de la Romanza (que utilizará Rota en La Strada) donde el chelo de von Pfeil rivalizó en sonoridad con la viola o el corno inglés de esta primera parte, poniéndole personalmente al piano imágenes del mejor Rachmaninov tamizado también por Hollywood, final en la menor casi de fundido a negro con el paso último al mayor que Lupo devolvió al do natural en otra humorada «muy de Rota» antes de la afrancesada Quadriglia, piano emergiendo arriba y abajo con flautas más clarinetes coloreando este baile de salón que finaliza con el alegre y luminoso Can-Can para solaz de orquesta y batuta concertando a la perfección con Benedetto Lupo inspirado como todos.

El regalo del Preludio 13 de Rota recordaría el dominio melódico del maestro y beber de la fuente directamente para un Lupo poderoso y tierno, preludio cinematográfico de la segunda parte.

Las imágenes de La Strada (1954) seleccionadas por el doctor Chávarri para la conferencia nos recordaron al mejor Fellini y el genial tándem con Nino Rota cuya música conocemos a la perfección, casi siempre asociada al cine. El reparto con Giulietta Masina (Gelsomina), expresividad y delicadeza irrepetible, Anthony Quinn (Zampanò), todavía joven en el papel de forzudo tragafuegos y maltratador, y Richard Basehart (il Mato, payaso trapecista), mi almirante Nelson del submarino nuclear Seaview en la serie «Viaje al fondo del mar» de los años 60 con televisión en blanco y negro como la propia película de Fellini.
La belleza de esta banda sonora para la oscarizada como mejor película de habla no inglesa en 1956, donde hay amor, ensoñación y desengaño subrayados perfectamente por el compositor le llevaron en 1966 a escribir la Suite del ballet para orquesta a petición de La Scala de su Milán natal, partitura que Rovaris con la OSPA elevó al paraíso cinematográfico con imágenes propias. Lucimiento en cada intervención de los solistas desde el impetuoso inicio. Si la trompeta de Van Weverwijk pasaba del sonido circense al de jazz con total naturalidad, el trío de músicos que se encuentran con Gersomina, flauta, clarinete y tuba -en la película vemos un bombardino- caminan sobre el alambre sin red pero seguros en las alturas con toda la madera al encuentro de «il Mato». El swing lo marcaría Casanova a la batería secundada por unas trompetas espectaculares y el trombón de Brandhofer en su salsa, junto a los timbales de Prentice asegurando con precisión los tutti. Y la delicadeza de Massina recayó en el violín de Isabel Jiménez (que repetía de concertino invitada), contrastando con la tensión orquestal del maltratador Zampanò, el único momento donde el balance cayó hacia los «bronces» ocultando una cuerda (con piano, celesta y dos arpas) casi siempre presente y contundente. El «intermezzo» cede la melodía a la trompeta, nuevamente inspirada, antes del triste final nuevamente con el solo de violín doloroso y bello.
Rovaris diseñó una película sinfónica llena de claroscuros bien coloreados, sacando brillos y sedas, luciéndose y haciendo lucir a cada músico con los múltiples cambios de una partitura que hizo las delicias de todos. Parece perentorio ir cerrando el tema de contrataciones de un concertino titular así como de un director, al menos que sea un Maestro con mayúsculas como el de este abono («no hay quinto malo» dice el refrán), capaz de contagiar entusiasmo y confianza, conocedor de un amplio repertorio más allá del necesario «fondo de armario habitual» alternado con estrenos no siempre de calidad, para que todo funcione y podamos decir que la OSPA suena de cine.

En nombre de Bach y Schiff

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Domingo 12 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: András Schiff. Obras de J. S. Bach.

Las jornadas que llevan el nombre de Luis G. Iberni nos traen para empezar el año nuevo uno de los conciertos más esperados en Oviedo, nada menos que del pianista húngaro Sir András Schiff (Budapest, 21/12/1953), y con un monográfico dedicado al «Dios Bach» que además de toda una maratón interpretativa lo es todavía más su escucha para un público de aficionados, estudiantes, profesionales y acólitos del padre de todas las músicas: el Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971, la Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831, y las Variaciones Goldberg, BWV 988. Lástima que «no está hecha la miel para la boca del asno» y las peores previsiones de toses, estornudos y móviles se cumplieron enfadando al maestro al que no le dieron tregua pese a intentar el milagro de acallar y adoctrinar «en nombre de Dios Bach».

Quienes conocemos y seguimos la trayectoria del músico de origen húngaro sabemos su predilección por «el cantor de Leipzig» del que afirma «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el espíritu santo» y «puedo vivir sin escuchar a Rachmanínov, pero no sin Bach«. No cabe duda que Schiff es una referencia en la interpretación de las obras de Bach al piano y en Oviedo ha vuelto a demostrar su magisterio en este repertorio. En La Nueva España comentaba que «Bach es la cumbre de la música, siempre ha sido todo para mí. Es algo que no tiene explicación«, y clasifica la complejidad de su discurso musical en el que confluyen «elementos emocionales, intelectuales y espirituales en perfecta armonía«.
El Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971 fue la primera lección de este domingo invernal, disfrutar del paraíso con los pies en la tierra, con un mínimo uso de los pedales para poder disfrutar cada nota con su duración, fraseo, equilibrio entre las manos y despojar el halo de historicismo en pos de la belleza sonora del piano. Un Allegro desenfadado y claro, preciso además de brillante, con unos trinos limpios que son «marca de la casa», sin apenas tics en un intérprete que saca el sonido perfecto. El Andante reposado pero igualmente exteriorizado, buscando la pureza desde la aparente sencillez del «gran creador», recreándose en la unidad tímbrica capaz de evocar una orquesta de cámara, un intimísimo compartido que parecía obrar cual bálsamo terapéutico. Y el Presto una ráfaga de vida, auténticas perlas cultivadas con un balance dinámico desde el respeto a la partitura, las repeticiones contrastadas haciendo del barroco algo natural, espontáneo y sin artificios.

La Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831 otro collar engarzado con hilo de oro, desde la Ouverture casi orquestal, la grandeza musical desde el piano confirmando que esta escritura es germen de toda la música posterior. Cada una de las nueve danza posteriores mantuvieron su independencia global, unos ornamentos espectaculares que nunca ocultaban la melodía, los cambios de octava con la misma intensidad sonora e iguales contrastes, el tejido contrapuntístico elevado a la enésima potencia, matemáticas musicales dotadas de vida propia e interpretadas con una naturalidad digna de admiración. Danzas a pares complementándose para brillar por sí mismas, el piano cual guardián de orquesta escondida y sabiamente reflejada en la interpretación de András Schiff, sentida Sarabande y explosivas Bourrée más Gigue con una mano izquierda poderoso complemento de los agudos antes del último Echo nuevamente «orquestal» para cerrar una primera parte que cercana a la hora mantuvo de momento la salud de un público que casi llenaba el auditorio.

Pocas veces podremos escuchar las Variaciones Goldberg, BWV 988, una hora y cuarto de liturgia en las manos del pastor Schiff,  nunca iguales pero siempre emocionantes. El propio maestro las describe a la perfección: «Un aria inicial de una belleza exquisita en la que la voz más grave adquiere todo el protagonismo y de ella nacen las 30 variaciones«. Cada variación independiente y con carácter propio, algunas «contienen motivos de canciones populares alemanas, otras se emparentan con las danzas y otras son tremendamente virtuosísticas«. Si la descripción es clara, su interpretación aún más pues tras la exposición del tema inicial verdaderamente solemne, majestuosa, paladeada en cada nota, las variaciones fueron desgranándose únicas, vibrantes además de profundas, sonoridades prístinas, balances divinos. El silencio siempre importante pero roto por los maleducados que parecen multiplicarse, no llegó a enturbiar el arte de Schiff, el aria ideal antes de las variaciones con  «la sencillez es algo bueno, es profunda«, como dice Sir András, impresionante mantener la pulcritud temática con el ostinato de los graves en el volumen perfecto, los cruces de manos solo perceptibles al ojo pero nunca al oido, esas ornamentaciones cristalinas, el respeto por las figuras en su justa medida sin pedales, la técnica pura y sin trampas. Las variaciones rápidas son catarata luminosa, las lentas un soplo de vida además de remanso, luces desde todos los matices sin perder nunca un discurso ágil, claro, equilibrado y nunca ostentoso: «El virtuosismo aparece cuando el intérprete consigue dar un sentido a cada una de las notas de la partitura«.

Los intentos de separar las variaciones en bloques de diez solo sirvieron para el estruendo ofensivamente maleducado (y contagioso) que comenzó a traslucirse en un semblante de incomodidad, aunque la fuerza pienso que se mantuvo y hasta interiorizó para continuar la lección, pero el segundo silencio verdaderamente dramático y eterno acabó con la paciencia de muchos, especialmente la del propio Sir András Schiff al que ni siquiera dejaron finalizar con respeto el «reprise» o Aria da Capo que resuena cual amén tras una liturgia que como la católica los feligreses no soportan más allá de la hora ¡cuando el propio programa indicaba la duración aproximada de 76 minutos!. Los ritos deben respetarse bajo pena de pecado mortal.
Está visto que el gran Bach parece solamente para iniciados y educados, el apóstol Schiff se llevará una mala imagen de Oviedo a la que seguiré llamando «La Viena del Norte» español aunque su público diste años luz del austríaco y comience a ser preocupante en una sociedad donde los valores del propio «Kantor» siguen actuales, su escucha obligada desde el respeto por la palabra musical, una virtud que romperla condena al infierno del olvido.

Todo y poco Beethoven

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Viernes 20 de diciembre, 20:30 horas. Málaga, Teatro Cervantes, Programa 06 Navidad: “Todo Beethoven”: Juan Barahona (piano), Beatriz Díaz (soprano), Anna Bonitatibus (mezzosoprano), Johannes Chum (Tenor), Werner Van Mechelen (Bajo), Coro de Ópera de Málaga (director: Salvador Vázquez), Orquesta Filarmónica de Málaga, Virginia Martínez (directora).

Comenzar las vacaciones malagueñas con un «Todo Beethoven» donde había tantos conocidos y no solo de la «tierrina» es todo un regalo anticipado, más con un programa doble comenzando con el probablemente menos escuchado de los cinco conciertos del genio de Bonn, el Concierto para piano y orquesta Nº 2 en Si bemol mayor, Op.19 con mi querido pianista Juan Barahona al que sigo casi desde sus inicios, con la orquesta local esta vez dirigida por la murciana Virginia Martínez, a quien vi dirigir a la OSPA en Oviedo varias veces, y este programa doble (jueves y viernes) al frente de esta formación malagueña que ha ganado enteros en los últimos años bajo la titularidad de Manuel Hernández-Silva.
De todas formas la interpretación de Juan Barahona estuvo muy por encima de la orquesta, casi luchando «contra ella», aunque siempre encajase cada final de las cadencias a la perfección, pero no lo arropado que cabría esperar. El Allegro con brio lo marcó desde el piano con unos músicos «a remolque» mientras Barahona desgranaba con limpieza y buena pulsación estos aires aún clásicos. Lograda la sonoridad del Adagio
Rondo
con momentos de emotividad a cargo del solista y arriesgado el Molto Allegro donde nuevamente quien mandó en el tempo fue el pianista «asturiano» con una concertación atenta que no tuvo la respuesta deseada por parte de los músicos malagueños.
El mal sabor de boca nos lo quitó con la propina de las «Flores solitarias» (Escenas del bosque) de Schumann, intimísimo y delicadeza suprema capaz de acallar unas toses que no descansaron en todo el concierto.

La segunda parte nada menos que con la gran joya sinfónica de Beethoven, la Sinfonía Nº 9 en Re menor, Op. 125 “Coral”, incorporando en el último movimiento cuatro solistas y coro cantando la «Oda a la alegría» de Schiller, convertida en Himno Europeo. José Antonio Cantón dice de ella en las notas así programa que «… redime la música por su virtud más íntima, y la llena hacia el arte universal del futuro«. Toda una prueba de fuego para los intérpretes, cuatro movimientos de una inmensidad, intensidad y variedad que marcarán el resto de la historia musical ya que «después de la novena no es posible progreso alguno, puesto que sólo la puede seguir directamente la consumada obra de arte del porvenir«. Cuarteto solista de tres voces ya conocidas por quien suscribe: la asturiana Beatriz Díaz, volviendo al Cervantes, que este año está debutando con éxito a Beethoven, la italiana Anna Bonitatibus a quien la Primavera Barroca nos trajo a Oviedo hace siete años con un Rossini único y posteriormente una Agrippina mejorable, y el austriaco Johannes Chum tras su convincente Mime en el Sigfrido del Campoamor hace dos años, uniéndose el bajo belga Werner Van Mechelen.
Con el Coro de Ópera de Málaga que dirige Salvador Vázquez, y todos situados en el escenario, comenzaba titubeante y dubitativo el Allegro ma non troppo, un poco maestoso. No hubo química ni empaque en la formación malagueña, faltó la majestuosidad, cada sección parecía «ir a lo suyo» desde una madera sin cohesión hasta la cuerda sin tensión. Por momentos parecía que se remontaría el vuelo pero fueron espejismos, sin el cemento necesario para asegurar una construcción majestuosa que permaneció inestable. El Scherzo. Molto vivace – Presto volvió a mostrar las carencias de unidad a las que el gesto claro pero algo contenido de la directora murciana tampoco ayudó. Nuevas desconexiones y falta de implicación para un movimiento que pide tensión, contrastes sutiles y no a brochazos, sin delinear los motivos, manchas más que dibujos musicales. Y el bellísimo Adagio molto e cantabile, se fue cayendo, muriendo a medida que avanzaban los compases, sin ese «cantable» que reza el aire del tercer movimiento y una madera poco ligada, huérfana por momentos, deslavazada, nada entregada, un individualismo que solo conduce a lo vacuo y la inexpresividad.

El esperado final arrancó con la orquesta bajo una batuta de Virginia Martínez algo más «templada» pero como dice el refrán, «poco duró la alegría en casa del pobre». Cierta rigidez en la murciana con gesto demasiado frío, izquierda ausente por momentos y escasa por no decir nula respuesta de la orquesta.
Los distintos tiempos que van surgiendo en el último movimiento (Presto – Allegro assai; Allegro molto assai (Alla marcia); Andante maestoso – Adagio ma non troppo, ma divoto – Allegro energico, sempre ben marcato – Allegro ma non tanto – Prestissmo) fueron sucediéndose sin pasión sinfónica, sin energía ni musicalidad solo salvada por el cuarteto solista, desde la primera intervención del bajo-barítono Van Mehelen algo «tocado» por alguna afección pero poniendo toda la carne en el asador, dicción perfecta, fraseo correcto y entrega, al igual que el tenor Chum, de suficiente volumen y buen empaste con su compañero.
La pareja femenina se decantó a favor de la soprano asturiana, sobrada de registro y color homogéneo que por momentos tapó a la mezzo italiana, sin perder nunca la musicalidad de su breve pero exigente intervención, tanto en los dúos como en el conjunto donde el brillo, frescura y tesitura de Beatriz Díaz sobrevoló cual flautín sobre una masa sonora que no pudo con ella.
Todo con una orquesta que nunca bajó las dinámicas y mantuvo la falta de balance entre sus secciones, con unos timbales demasiado presentes en relación al resto y no siempre «a tempo». Si las partes solistas son cortas pero exigentes, para el coro es una verdadera maratón que se solventó con fuerza excesiva ante el desequilibrio con la orquesta, uniéndose una falta de legado en la línea melódica optando por marcarlo como los instrumentos y dejando un silabeo entrecortado que nos impidió saborear este último movimiento. Hubo momentos rozando el peligro en las sopranos, manteniéndose en la cuerda floja, mientras los graves aguantaron el tipo. Dentro de la mediocridad al menos los cuatro solistas cumplieron por encima del resto.

Tras el discurso político del alcalde Francisco de la Torre, melómano reconocido que volvió a prometer un auditorio para Málaga (espero verlo algún día), todos volvieron a escena para cantar con el público Noche de Paz, cuya partitura se incluía en el programa, aunque solamente se hiciese dos veces la primera estrofa). Casi las once de la noche para un concierto esperado donde mis conocidos no defraudaron ante la falta de química entre la orquesta y el resto.

Disfrutando a pares

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Sábado 30 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Lucas y Arthur Jussen (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Brahms y Poulenc.

No hay mejor manera de terminar noviembre y una semana musicalmente plena que a pares, con dos obras de Brahms, un concierto para dos pianos y dos hermanos, más dos compositores que en el tándem Oviedo Filarmonía y Lucas Macías resultaron redondos en todos los sentidos.

La orquesta ovetense está pletórica y su titular contagia una alegría a la formación, un «buen rollo» desde su elegancia en la dirección, entrega y dominio de las obras trabajadas que la comunicación entre músicos y público, de nuevo con una entrada satisfactoria, fluye. Memorizar a Brahms supone conocer las obras al detalle, transmitir conocimiento y seguridad a todas las secciones, confiar en un resultado óptimo que aún no ha tocado techo, y el maestro Macías Navarro seguirá dándonos muchas alegrías. Contar además con unos solistas simpáticos, en completa empatía que suma calidades como en el caso de los hermanos Jussen, siguen elevando el listón de estas jornadas de piano con la orquesta de casa, concertación exquisita y entrega total para dejarnos un concierto donde tampoco faltaron propinas a pares en un suma y sigue de excelencias.

Brahms de inicio y cierre marca diferencias, primero la Obertura trágica, op. 81 donde la sonoridad no tuvo pegas, las dinámicas suficientes para poder escuchar todo lo escrito con total limpieza, unos metales en estado de gracia, una madera delicadamente precisa, los timbales siempre mandando para transmitir decisión y especialmente la cuerda, creciendo en calidad por empaste, claridad, cuerpo en los graves, tersura y presencia que permite un balance de volúmenes muy cuidado, seguridad además de convencimiento con el podio, claro y elegante, auténtico mago de los contrastes separando con delicadeza cada plano de la masa orquestal que en el maestro de Hamburgo está cuidado al detalle. Como dicen las notas al programa de Juan Manuel Viana (enlazadas al inicio con los autores), «fogoso movimiento sinfónico en forma sonata de gran aliento dramático cuyo ímpetu rítmico, de acentos beethovenianos, cede solo en la sección intermedia, más lírica y reservada«, perfecta traducción de una escritura cuidadosa que es necesario desentrañar, y el titular de la OFil lo hizo hasta el más pequeño detalle.

Y no se puede pedir más de la Sinfonía núm. 1 en do menor, op. 68, cada movimiento creciendo en sentimiento, monumental, apasionada desde la introducción, toda la orquesta ganando en calidades, escuchando todo lo escrito con el balance ideal para disfrutar y paladear esta heredera del genio de Bonn en la creación de su primer admirador y calificada por Von Bülow como «la décima de Beethoven«. Tiempos bien contrastados, una agógica llevada con mimo por el maestro onubense contestada con rigor por sus músicos, intervenciones solistas llenas de talento, gama rica de matices con autoridad y respuesta inmediata, compenetración global para dejarnos una «primera de Brahms» que recordaré mucho tiempo, digna de formaciones de renombre que cerrando los ojos nadie diría que sonaba con nuestra orquesta y su titular. Gratitud total que también nos dejó de regalo, ojalá no se pierda esta buena costumbre, una orquesta reforzada para poner en todo lo alto este último sábado de noviembre.

Las figuras de la velada fueron los hermanos Jussen, Lucas y Arthur, en el Concierto para dos pianos y orquesta en re menor de F. Poulenc, con una orquesta ideal detrás y un concertador de primera como Lucas Macías Navarro. Entendimiento fraternal casi mágico, sonido potentemente delicado, entregado, virtuoso y compartiendo protagonismos, desde el Allegretto inicial misterioso a la par que melancólico, hasta el desenfadado Allegro molto siempre actual, pasando por esa maravilla de Larghetto de tintes mozartianos en una obra atemporal y casi centenaria donde los dos pianos redondean una tímbrica ideal. Química entre solistas, orquesta y podio que nos permitieron disfrutar de esta página difícil de escuchar en vivo con esta calidad.

Los hermanos Jussen, muy aplaudidos tras conectar desde su juventud y naturalidad, nos regalaron unas variaciones de Igor Roma de lo más personales, juguetonas y brillantes sobre la Sinfonía 40 de Mozart con final de «soldado americano» de Carosone, más cuatro manos delicadas y vigorosas verdaderos «juego de niños», Jeux d’enfants, op. 22 (Bizet) que redondearon un final de mes para el recuerdo.

De nuevo Liszt y más Beethoven

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Viernes 29 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA Abono 3, Beethoven 250: Denis Kozhukhin (piano), Garret Keast (director). Obras de Beethoven y Liszt.

A veces los programas de los conciertos presentan conexiones «inexplicables» y en menos de cinco días volvíamos a escuchar el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi bemol mayor, S. 124 de Liszt aunque hayan sido dos mundos casi irreconciliables y apostando por colocar el concierto único en la segunda parte en vez de mantener el orden casi secular de obertura, concierto solista y sinfonía.

La OSPA, este tercero de abono con Elena Rey de concertino, continúa sin director titular y esta vez el invitado fue el norteamericano  Garret Keast, entrevistado en OSPATV, que se mostró buen concertador, de gesto claro pero que no aportó nada nuevo a un programa donde Beethoven volvió a ser el «homenajeado» antes de conmemorar sus 250 años en 2.020.
Es de agradecer escuchar la poco habitual obertura de Las criaturas de Prometeo, op. 43, que pone a prueba a cualquier orquesta y así parecieron tomárselo, «calentando dedos» toda la cuerda en un inicio impetuoso e inseguro donde se vio claramente que el objetivo primordial estaba en cuidar las sonoridades. Buen balance en todas las secciones de la formación asturiana pero sin la garra esperada para un Beethoven al que se le supone esa carga emocional llena de contrastes en esta obra de 1801 aún clásica en factura pero ya con el sello del genio de Bonn y cercana a la sinfonía que cerraría el concierto.

Para la segunda parte nada menos que la Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, op. 55, “Eroica”, supongo que casi en la genética de toda formación sinfónica y abecedario casi biblia directorial de toda batuta, por lo que se hace complicado conseguir algún detalle diferenciador por parte de todos. De nuevo faltó «punch» a pesar de la claridad de todas las secciones de la OSPA que vuelven a brillar como en los mejores tiempos aunque pecasen de mayor entrega. Alejandro G. Villalibre en las notas al programa (enlazadas al principio en los autores) escribe del «primer movimiento desafiante, altivo y pretendidamente iconoclasta. Desde la decisión de orquestar utilizando tres trompas (lo canónico hubiese sido utilizar dos), hasta sus poderosos y extensos clímax, el autor establece las bases del denominado ‘segundo estilo’ en su producción». Cierto que Keast no acertó en su visión de esta Heróica, con un I. Allegro con brio que pareció caerse en intensidades y tempo, todo muy pulcro pero sin convencimiento ni nada de lo apuntado sobre esta maravilla sinfónica. Probablemente tocó el resorte adecuado para la II. Marcia funebre (Adagio assai) más centrada por parte de todos, jugando con un sonido redondeado y equilibrado, destacando los motivos, ayudado en parte por la disposición de violines enfrentados que logra unas dinámicas ricas por parte de toda la cuerda, presencias claras en las distintas intervenciones de los primeros atriles y ese ambiente donde lo fúnebre tiene motivos de esperanza divina. Irregular también el III. Scherzo (Allegro), falto de mayores claroscuros aunque todo en la línea de aseo y corrección del concierto, con el IV. Finale (Allegro molto–Poco andante–Presto) más entregado y marcado, puede que por el empuje de la propia partitura con esa orquestación o incluso parafraseando al doctor Villalibre con «un ciclón en las cuerdas» que se quedó en ventolera. La magnitud de «La Tercera» sobrepasa cualquier interpretación y es un placer escucharla siempre, pero debemos exigir siempre más pasión y entrega en un Beethoven al que esta temporada escucharemos sobremanera.

El Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi bemol mayor, S. 124 de Liszt nos trajo de nuevo a Oviedo al ruso enamorado de España Denis Kozhukhin (también en OSPATV en un castellano muy correcto) para volver a disfrutar de esta inconmensurable página concertística en su versión sinfónica al completo –la de Argerich y la Kremerata fue con el arreglo para orquesta de cuerda de Gilles Colliard– que no resistió la comparación con el domingo pasado a pesar de contar con todo el arsenal orquestal. Demasiado cercana en el tiempo aunque el maestro Keast concertó a la perfección con Kozhukhin quien apostó desde un virtuosismo esperado y nunca vacío (como él mismo comentaba en la entrevista para La Nueva España que dejo al final de esta entrada), por el vigor, la potencia y la sonoridad plena, desde ese arranque en octavas fuerte y expansivo, el Quasi adagio que nos dejó los mejores momentos de la velada, para ir ganando hasta el final en buen equilibrio con una orquesta centrada, atenta a los detalles desde el podio y disfrutando en primera fila cada intervención del ruso.
Los dos regalos de una Romanza sin palabras, «La canción del gondolero» op. 30 nº 6 (Mendelssohn) y una Primavera, Op. 43 nº 6 (Grieg) dejaron constancia del gran pianista que es Denis Kozhukhin con una riqueza de matices, un sonido limpio y una musicalidad aún mayor en estas propinas solo. Me hubiera gustado que el concierto hubiese acabado con él, pero organizar los programas también tiene opiniones para todos los gustos.

Eternamente joven Argerich

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Domingo 24 de noviembre, 19:00 h. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”:
Martha Argerich (piano), Mate Bekavac (clarinete), Kremerata Baltica. Obras de Bach, Busoni, Kremer, Weinberg y Liszt.
Reseña rápida para La Nueva España del lunes 25 desde el teléfono móvil, con los añadidos ya en casa de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Primera visita esta temporada de la eterna Argerich nombrada artista en residencia de estas jornadas, junto a los bálticos de Gidon Kremer, otro “habitual” en Oviedo, de gira española con parada obligada en “La Viena del Norte” español y una excelente entrada para un público algo acatarrado en los movimientos lentos y pianissimos en parte por un aire no acondicionado al gusto de todos.

El fundador de la formación nórdica aunque solo presente como instrumentador de la Chacona en re menor de Bach (a partir de Busoni) es capaz de seguir redescubriéndonos al kantor de Leipzig y más con una orquesta de cuerda poderosamente delicada, compacta y de amplísimas dinámicas comandada por el concertino Dzeraldas Bidva que “hace de Gidon” con igual maestría. Inicio grabado de clave y final de violín encajado por la Kremerata al milímetro.
Otro redescubrimiento del maestro letón es Miezyslaw Weinberg (1919 – 1996), cuya Sinfonía de cámara nº4, op. 153 en cuatro movimientos resulta una autobiografía oscura y dolorosa de este compositor que con el clarinete de Bekavac parece narrar cada etapa con esas reminiscencias de folklore “klezmer” como notas luminosas de esperanza incluyendo las pinceladas del triángulo en el Andantino – Adagissimo final con un excelente Mate Bekavac ejerciendo tanto de virtuoso como ensamblado tímbricamente en el sonido báltico.

La esperada Martha llenaría de más música una segunda parte con Bach siempre presente que en la interpretación de la porteña alcanza cotas sublimes. La Partita núm. 2 en do menor, BWV 826 para piano solo es un testamento vital tanto en lo escrito como en lo escuchado, magisterio de juvenil madurez con balances increíbles, limpieza expositiva y tiempos contrastados de hondura inexpresable en sus seis movimientos con ese Capriccio final pura medicina también para la propia tos de la argentina.
Y madurez juvenil, impetuosa, brillante, vibrante para Liszt y su Concierto para Piano nº1 en mi bemol mayor, S. 124 con la Kremerata casi sinfónica por sonoridades incluido el triángulo. Majestuosa Argerich mandando, valiente de principio a fin con un ímpetu sin perder calidad en nada, emocionando y empatizando con todos desde su eterna juventud pianística.

Propina bachiana para el padre de todas las músicas y esperando ya la próxima visita esta temporada.

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