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Pasión juvenil

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Miércoles 19 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: concierto 2027 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Henar Fernández Clavel (piano). Obras de Beethoven, Bach, Mendelssohn, Chaminade, Saint-Saëns, Albéniz, Turina, Falla, Granados y Lecuona.

Henar Fernández Clavel (Avilés 2006) es una joven de su generación, tal vez «rara avis» entre sus iguales de estudios obligatorios, pero que tiene un don especial para el piano, buen ejemplo de la cantera «del Orbón». Posee una musicalidad innata, personalidad, talento, ingenio, evidentemente muchas horas de estudio y buenos profesores. Gracias a «La Castalia» y el RIDEA ha ofrecido este concierto en la Filarmónica de Oviedo que siempre se ha caracterizado por apoyar las promesas asturianas desde su fundación, y en esta nueva época busca igualmente ir renovando un público necesario para mantener ese escaparate que supone la llamada «música de cámara», antesala pedagógica para dar el salto a las grandes salas de conciertos y teatros de ópera que Oviedo tiene como mejor tarjeta de visita.

Henar Fernández Clavel, a punto de cumplir 16 años en abril, es desparpajo en estado puro, comunicadora que llega al público sin complejos aunque no deba olvidarse del necesario rigor en el estudio de las partituras, la técnica (que nunca termina para poder darlo todo) al servicio de la música.

La pianista avilesina es un torbellino emocional que se aprecia incluso al salir a escena y sentarse al piano, con una madurez poco habitual para su corta edad e incluso con tics de muchos  grandes de las 88 teclas. Pero ese ímpetu puede impedirle el necesario reposo para afrontar las páginas que nos trajo al Filarmónica, obras de estudio y trabajo en el conservatorio que van más allá de los exámenes. Es envidiable el empuje juvenil efervescente y explosivo, demasiado acelerado por momentos que impiden un fraseo más limpio, obligándola a meterse en «demasiados charcos» (cierto es que de los errores también se aprende y ayudan a superarse).

Obras de enjundia ya desde el primer movimiento de la sonata Patética de Beethoven, más «apasionada» a la que eché de menos el siguiente movimiento que frenase un poco sus revoluciones (como en los vinilos de mi época), o esa Fantasía bachiana que deberá tomarse como entrenamiento diario o desayuno musical, mejor a mitad de velocidad para ir «desengrasando dedos» y acelerar un poco cada semana. Las palabras de la romanza de Mendelssohn las puso con la pasión que envolvió todo el concierto, pero los «arabescos» de Cécile Chaminade también requieren respirar hondo. Henar seguramente conoce los «trucos» para alcanzar su deseado virtuosismo más allá del impacto para el gran público, y el dibujo es la base de la pintura. Sus profesores la guiarán por el buen camino y está en él. Totalmente de acuerdo con su versión del Allegro appassionato (Saint-Saëns), fogosa y digna de virtuosos, al que nuevamente pediría rigor y exactitud pese a la dificultad extrema, limpieza en las notas aunque suponga menos carga emotiva y más trabajo duro, cabeza y corazón en la proporción ideal que los años aún desequilibran hacia el segundo.

Tras el merecido y necesario descanso, la parte de música española estuvo bien enfocada y el poso lo darán los años que seguro la llevarán a afrontar estas partituras de forma precisa y clara, porque sentido musical y talento le sobra a la avilesina, con detalles dignos de una intérprete con larga trayectoria que van descubriendo más allá de nuestra tierra. La «orgía» pianística de Turina bañó incluso la propina totalmente «fogosa» de Falla, de agradecer la entrega en cada obra, «añorando» unos tempi más llevaderos en pos del rigor y aplaudiendo el valor de enfrentarse al público. El exceso de velocidad no suele ser buen compañeros de viaje y provoca demasiados accidentes, pero los años la harán más prudente y segura.

Agradeció a todos tras el «aperitivo» beethoveniano el apoyo y oportunidad de «presentarse en sociedad» (especialmente a Begoña G. Tamargo, luchadora y defensora como pocos) sin olvidarse de sus profesores, incluso en el campo del acompañamiento que hoy en día presenta oportunidades de trabajo siempre necesario en el difícil mundo de la música, y especialmente en el de los pianistas. Espero que Henar no se acomode y regocije en exceso con los siempre merecidos premios, pues el día a día no perdona y siempre se encontrará entre el público con «repugnantes exigentes» como el que suscribe (con todo el respeto y cariño hacia mi admirada joven pianista).

Mucho ánimo para Henar Fernández Clavel en una carrera que ya ha comenzado con pasión y entrega, del que desconocemos el destino final, siempre con la esperanza de seguir escuchándola y verla crecer en todos los aspectos.

El mágico tránsito de Perianes

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Viernes 14 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA: Perianes Integral. OSPA, Javier Perianes (piano y dirección), Obras de Mozart y Beethoven.

Día para el recuerdo con ausencias muy presentes como la de mi querido Alfonso Ordieres a quien se le dedicaron los dos conciertos, el tránsito vital que nunca deseamos pero forma parte de nuestra existencia, y la música siempre resulta la mejor poción mágica para aliviar dolores, un sentido pésame para toda su familia desde el propio tránsito del maestro y amigo.

Mágico tránsito el de este concierto especial con Javier Perianes compartiendo dos páginas inmortales para piano con orquesta, el vigésimo de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y el primero de Ludwig van Beethoven (1770-1827), ejerciendo de auténtico maestro y hechicero, conviviendo y compartiendo con todos los músicos sobre el escenario, escuchándose, disfrutando de la mejor música concertada donde quien dirige es el latido común de cada instrumentista en una interpretación llena de emoción, dolor, esperanza, pasión y vitalidad.

Impresionante homenaje lleno de historia, lección para comprobar la transición de dos genios, un Mozart premonitorio del romanticismo junto al Beethoven clásico que dará el paso adelante sin sobresaltos, su homenaje y admiración por el genio de Salzburgo junto al personal heroísmo por romper moldes. Así entendió Perianes los dos conciertos elegidos formando un bloque común que brilló e hizo brillar dos páginas únicas, complicidad desde un piano plenamente ensamblado en dinámicas y agógicas, esta vez con Alexis Aguado como concertino invitado, un puesto que sigue clamando titularidad (de la batuta esperada mejor ni hablamos) y transformación «digital» como aquel programa de edición fotográfica donde el paso de hombre a lobo era sutil y sin sustos, lleno de arte visual, esta vez Mozart y Beethoven arte musical con una «aplicación desde Nerva al mundo»

El Concierto para piano y orquesta nº20 en re menor, K. 466, como bien apunta en las notas al programa mi tocayo Pablo Gallego, «…el hecho de que todas las ideas musicales felices contengan tristeza, y todas las tristes aporten una medida de esperanza, como señala Richard Westerberg, “es donde reside la clave de la humanidad de Mozart, que ha resonado en músicos experimentados y noveles por igual a través de los tiempos”, y la elección de este «cinematográfico concierto» no pudo ser más acertada para el primero de abono que esperemos nos deje (con)vivir sin perder tanto ganado, incluyendo la música en vivo. Exactitud en los tempi con encaje en el dramatismo propio sin buscar referencias operísticas y marcando distancias de protagonismo entre una orquesta rica en matices junto al piano cristalino y entregado del maestro onubense  (I. Allegro). La paz y el sosiego llegaría en el movimiento central (II. Romanza) que Peter Shaffer inmortalizaría en su Amadeus, mi particular Sorolla del piano iluminando ese remanso único, en primera persona para compartirlo entre todos en feliz y bien entendido diálogo. Y esa furia contenida del último tiempo (III. Rondo: Allegro assai), siempre las cadencias de Perianes como recordatorios anímicos y avisos libertarios. La magia de Mozart conseguida en este concertar auténtico para disfrute de todos los públicos.

Sin descanso, sin perder ese tránsito vital en el tiempo, Beethoven y su Concierto para piano y orquesta nº1 en do mayor, op.15, imaginando al compositor en el piano como también hiciese su admirado Mozart, dos mundos en un mismo universo, el torrente del segundo y el tormento del primero para unir orquesta y piano en pos de una libertad sin luchas fratricidas. Inicio con tributo clásico  (I. Allegro con brio) en escritura e interpretación, disfrutando de una OSPA entregada al compañero pianista, repeticiones llenas de matices y unos balances perfectos en la «acústica pandémica» que ha supuesto quitar la pantalla del fondo. De nuevo el remanso del movimiento central (II. Largo) con el clarinete de Andreas Weisgerber completando  una sonoridad delicada y una concertación perfecta y sin fisuras.  Qué mejor título para el cierre, la forma y el fondo (Rondo: Allegro scherzando), rápido y bromista, parecidos de los dos genios y visiones distintas, un regalo pianístico bien secundado por la orquesta, cadencias impolutas y sensuales más ese empuje de danza que cerraría un tránsito mágico en las manos y el arte de Javier Perianes cuyas visitas a nuestra tierra las contabilizo en emociones a flor de piel.

El regreso del triunfador

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Miércoles 12 de enero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, concierto 1643: Ciclo Jóvenes Intérpretes «Fundación Alvargonzález»: Martín García (piano). Obras de Mozart, Liszt y Chopin.

Buen comienzo de mi nuevo año musical escuchando en solitario al gijonés Martín García (1996) que volvía después de 10 años a su tierra tras los últimos premios de los que hablaba en la entrevista para Mi Gijón, aunque recuerdo su concierto con la OSPA hace 9 meses donde no me resultó que estuviese cómodo aunque tenga a Mozart desde sus inicios. En este regreso el programa lo ocuparon tres grandes, bien comentados en las notas al programa de Ramón G. Avello, volviendo a felicitar a la Filarmónica de Gijón por el esfuerzo de edición que siempre es de agradecer, que podría resumir como el del entregado Martín García afrontando un Mozart jovial, un Liszt explosivo y especialmente «su» Chopin casi sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo, que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas.

La Sonata nº 14 en do menor, K. 457 (Mozart) sonó plenamente a Beethoven, especialmente el Adagio central que recuerda el homónimo de la Patética, y así lo interpretó el galardonado pianista gijonés, pulcro pero estilísticamente más cercano al sordo genial que al prodigio de Salzburgo que, como bien recordó al inicio la presentación de David Roldán, no fue para el piano donde más compuso, aunque siempre está bien comenzar un concierto con una sonata mozartiana, especialmente para los muchos estudiantes de piano que estuvieron atentos a cada movimiento.

El siempre explosivo y casi torturado Liszt demuestra la necesaria y exigente técnica de los virtuosos sin perder de vista todo lo que sus obras esconden, obligada entrega, la misma de Martín, seleccionando tres obras muy distintas pero igual de difíciles, cortando los aplausos tras la sonata con ganas de entrar a fondo con lo más duro y «peligroso»: los «Funérailles» de las Harmonies Poétiques et Religieuses III, S. 173, séptima de la colección de emociones y contrastes, bien entendidos por el gijonés emigrado a Madrid hace años, precisamente para continuar su formación, «Les jeux d’eaux à la Villa d’Este« de los Annés de pèlegrinage III, S 163/4, predecesor o inspirador de Debussy que sonó etéreo por momentos obviando el trasfondo religioso de esta época del abate, para terminar con el Valse-Impromtu S. 213 que serviría de aperitivo al monográfico del polaco, su mejor carta de presentación que convenció al jurado y público del último Concurso Chopin en Varsovia.

Palabras mayores la selección de Chopin para la segunda parte donde hasta el piano pareció otro por la calidad del sonido, la calidez y riqueza de matices demostrada, el «rubato» siempre justo sin  amaneramientos, unos pedales más certeros que en Liszt, pero especialmente la entrega y limpieza (de)mostrada por Martín García en un compositor al que le tiene «tomada la medida», sin olvidarnos de los excelentes maestros a lo largo de su cuarto de siglo de carrera exigente y sacrificada que sigue reflejando en su biografía. Las tres Mazurcas op. 50 pletóricas y de contagiosa vivacidad, tres Preludios op. 28 (los números 17, 19 y 23) casi «premonitorios» al enlazarse con la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 que afrontó con la madurez de un intérprete joven además de veterano, entregado, disfrutando de la individualidad en cada movimiento pero dándole esa unidad estilística que sólo unos pocos intérpretes alcanzan tras una vida «en blanco y negro».

Y sabedor que al polaco le tiene bien interiorizado, Martín García nos regaló la propina brillante del Valse op. 34 No. 3 en fa mayor, vértigo a dos manos sin perder el carácter nada bailable pero contagioso para disfrute de la llamada música de salón que encandilaba a los públicos como este miércoles hizo  en el teatro de su Gijón natal.

Quedaban dos regalos más, el guiño para los aspirantes a seguir los pasos de Martín, y nada menos que con Bach, el único, primero el conocido Preludio en do mayor BWV 846 de «El Clave Bien Temperado» que no falta en los estudios del instrumento que el Kantor ni conoció pero que interpretado como hizo el maestro García, resultó más cercano en el tiempo de lo que es porque «Mein Got» es eterno, y finalmente el Preludio y Fuga en re mayor BWV 850, que pareció corroborar el refrán de «no hay quinto malo», impactando el primero por su velocidad para deleitarse con la fuga perfectamente delineada. A fin de cuentas el «padre de todas las músicas» es necesario para todos los músicos y todos los públicos. Martín García conectó en casi dos horas de buen repertorio, donde su técnica sigue impactando y los años terminarán redondeando sus interpretaciones más allá de su (nuestro) amado Chopin.

Choni sin etiquetas

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Miércoles 15 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, concierto 1641: Dmytro Choni (piano). Obras de Debussy, Brahms, Scriabin, Schumann y Rachmaninov.

Volvía en este 2021 a Asturias el joven pianista ucraniano Dmytro Choni, esta vez a Gijón dentro de su temporada de conciertos, en solitario y con público joven, la necesaria renovación, procedente muchos del Conservatorio local que verán en este virtuoso un espejo donde mirarse.

Y no decepcionó en absoluto el último ganador del prestigioso concurso de Santander afrontando un programa variado, sin entrar en épocas, cronologías o estilos puesto que las obras elegidas abarcaron un amplio espectro donde primó la técnica impecable de este prodigio unido a personal interpretación de todas ellas con mayor o menor entrega pero irreprochable su ejecución llena de guiños que presagian la amplia carrera que tiene por delante.

Tras las personales presentaciones de David Roldán al inicio de cada parte, completando un excelente programa de mano con notas de la vicepresidenta de la sociedad Mar Fernández, Chony comenzó su recital con un Debussy abocetado, delicado, de sonoridades ricas antes de las dos rapsodias de Brahms, personalmente lo más acertado por la elección de unos tempi ajustados para poder disfrutar de la rica escritura del alemán unido a unos rubati bien entendidos, siempre con la fidelidad a la partitura desde un enfoque intimista en busca de sonidos amplios de matices, ataques y fraseos muy cercanos. Cerraría Scriabin esa primera parte con su Sonata para piano nº4 en fa sostenido mayor, op. 30, intensa en todos los ámbitos donde parece que la genética musical soviética solo puede ser entendida por pianistas de su entorno o incluso escuela. Está claro que pese a la juventud del ucraniano hay un gran poso y trabajo previo de cada página, y la sonata del ruso es un ejemplo claro de cómo afrontar un repertorio que comienza a ser reconocido e interpretado en este siglo nuestro.

La segunda parte mantuvo el nivel de limpieza y personal acercamiento a dos obras muy distintas pero con igual exigencia interpretativa, primero la Novellette de Schumann que nos trajo un enfoque jovial antes de la Sonata nº2 de Rachmaninov en un alarde de virtuosismo que sin ser lo mejor del compositor ruso, volvió a demostrar la «genética casi necesaria» para afrontar páginas de semejante complejidad. De hecho su volumen creció notablemente y hasta pudimos disfrutar de algún que otro «arrebato» que redondearía un concierto muy personal además de exigente amén de muy trabajado.

Las propinas siguieron la línea de conjugar una técnica apabullante con el sentimiento y madurez de un Chony ya encumbrado que como todo intérprete optó por el artificio en dos obras para su lucimiento: la conocida Soirée de Vienne de Alfred Grünfeld que ya nos regalase en Oviedo, casi aperitivo del más famoso concierto vienés del año, y repitiendo igualmente Rachmaninov, la tercera de sus Daisies, op. 38, nueva demostración de un repertorio bien asentado que esperamos siga creciendo en paralelo al intérprete ucraniano. Alegrías pianísticas sin etiquetas en una temporada donde las 88 teclas estarán muy presentes esperando seguir contándolas desde aquí.

Ángeles y demonios al piano

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Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano: Benjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Crítica para La Nueva España del jueves 25, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Había una vez un alemán, un húngaro y un polaco encerrados en una lámpara con forma de piano a los que un joven genio británico sacó a la luz frotando las teclas con el forro de su chaqueta haciendo magia para que en una misma tarde fría y lluviosa, pasásemos del cielo al infierno con la dosis suficiente para hechizarnos en plena pandemia de virus sin nacionalidad, junto a toses, móviles y paraguas caídos muy nuestros.
Benjamin Grosvenor (1992) volvía después de cinco años al auditorio ovetense, esta vez en solitario, con un programa comprometido y bien planeado que ha llevado en su mini gira española (Las Palmas, Barcelona y Oviedo, parada obligada en la capital del piano que escribía ayer en estas mismas páginas): primero los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms, un aperitivo delicado donde el dolor emerge al final tras un ambiente íntimo creado desde la pureza y limpieza de sonido, sumada al poso que van dando los años.
Preparación necesaria para la impresionante Sonata en si menor, S. 178 de Franz Liszt, ángeles caídos remontando el vuelo desde una visión pianística que ha llevado al disco pero el directo hace siempre único e irrepetible. Cima compositiva del virtuoso abate magiar, cinco movimientos en continuidad demostrando que el intérprete británico tiene perfectamente interiorizada la fuerza que Liszt vuelca en esta sonata tan especial, auténtico éxtasis sonoro que alterna solemnidades celestiales y agitaciones demoníacas, luz cegadora y fuego extremo en un “Fausostenido” (si se me permite la licencia del fa# con el invocado Fausto), entrega tan explosiva que hubo de “extinguirse” al descanso, siempre necesario tanto para el Steinway© como para el intérprete tras el esfuerzo de este pianista menudo -en apariencia- tornado a “menudo pianista” en su regreso a nuestra tierra.
Misma pócima mágica para la segunda parte: Liszt y una «Berceuse quasi ChopiNana» (última licencia por hoy), pasional en entrega y lírica de visión global, antes de atacar la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 del otro mago del piano romántico, Chopin tras Liszt. Una nueva visión de ángeles y demonios sin necesidad de mayores argumentos, que en las manos de Grosvenor fueron capaces de volar cual ángel caído redimido y regresar al Olimpo de Orfeo, reescribir una historia llena de colores pintados sobre el blanco y negro del teclado. Verdadera sonata cuatripartita reflejando la inquietud interior, el debate entre lo contundente y lo delicado, mano de hierro en guante de seda bien entendido, contrapuntos relucientes y derroche expresivo de un piano decimonónico con la visión del siglo XXI, una nueva aproximación del británico fascinado con poner juntos al polaco y al húngaro en un mismo programa, como comentaba en la entrevista para este periódico publicada el mismo día del concierto.
Repertorio imprescindible y de siempre por pianistas de hoy para llegar a un público joven de mañana, que debe conocer estas composiciones maravillosas llenas de sorpresas por descubrir. Y de regalo casi una tercera parte con igual receta, pero latina y del siglo pasado, obras que Benjamin Grosvenor transita habitualmente junto a los españoles: dos de las tres Danzas argentinas op. 2 del porteño Alberto Ginastera planteadas nuevamente como binomio, sensual y brillante, femenino y masculino en tiempos de indefiniciones, primero la Danza de la moza donosa y después la Danza del gaucho matrero. Si la primera vez auguraba a este Grosvenor del 92 un buen vino, la segunda degustamos ya un reserva que seguirá madurando en barrica de piano.

Oviedo capital del piano

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Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano: Benjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Reseña para La Nueva España del miércoles 24, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Tras Las Palmas y Barcelona, última y obligada parada en Oviedo de la gira que el pianista británico Benjamin Grosvenor ha realizado con un mismo programa plenamente romántico, que hubiera hecho las delicias del recordado Luis G. Iberni, “alma mater” de esta capitalidad ovetense para las 88 teclas desde hace 30 años.
Concierto con delicadezas como los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms y la Berceuse de Liszt junto a dos de las más potentes sonatas para piano del siglo XIX: la tercera de Chopin y especialmente la Sonata en si menor de Liszt, repertorio al alcance de muy pocas manos, ahora en las de Grosvenor que volvía tras su visita hace ya cinco años con la Oviedo Filarmonía y N. Stutzmann.
Entonces me pareció un intérprete prometedor con el primer concierto de Brahms, comentando que el tiempo acabaría, convirtiendo como los buenos vinos, en un gran reserva.
Confirmación ovetense del aclamado pianista británico, ya figura mundial, Brahms delicado e íntimo antes del endiablado Liszt capaz de quemar el cielo y congelar el infierno, impactante interpretación que requirió reajustar el piano para volver con la pócima mágica: la “nana” engañosa del abate e incendiarlo con un Chopin fastuoso.
Sigue la pandemia, toses, paraguas y móviles que merecen castigo eterno en el Averno, solo absueltos por el Grosvenor “angelicalmente” poseído para danzar como malditos con el gaucho Ginastera en pareja: moza donosa con furioso matrero.
P. Siana

Futuro románticamente joven

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Jueves 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Alexandra Dovgan (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de: G. Ordás, Chopin y Schumann.

Crítica para La Nueva España del sábado 20, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
El romanticismo trasciende el calificativo y hasta el periodo histórico al que se circunscribe. Este jueves pudimos disfrutar de un concierto romántico lleno de juventud en el siglo XXI.
Primero un nuevo estreno de Gabriel Ordás (1999) para la Oviedo Filarmonía, último del Proyecto Beethoven, con un preludio y fuga sinfónico de título muy actual (Hip-Hop Fugue!) pero escrito con un lenguaje cargado de la madurez académica que el compositor ovetense tiene tras años de trabajo y experiencia en su aún corta pero ya extensa carrera, obra con sello propio de orquestación muy rica, inspiración en el genio de Bonn que sigue siendo referente para los compositores actuales, partitura rica y bien defendida por Lucas Macías que está en su “momento dulce” al frente de la orquesta de la capital sacando sonoridades compactas.
La pianista Alexandra Dovgan (2007) es un prodigio que no tiene nada de niña, pues su interpretación del Concierto para piano nº 2 de Chopin fue para cerrar los ojos y escuchar cada movimiento lleno de delicadeza, honestidad, fidelidad a la partitura y perfectamente concertada por el director titular, página maestra digna de una intérprete con más años de los vividos. Su personalidad y madurez son dignas de elogio y admiración, la grandeza musical permite estos regalos, como lo fue igualmente la Mazurca op. 17, nº 4 en La m. del compositor polaco, donde la rusa ha demostrado que se puede aportar genialidad a su edad, el mismo idioma para ambas obras donde el protagonismo del piano en sus jornadas fue absoluto.
El repertorio sinfónico del siglo XIX sigue vigente y necesario no ya para el público en general sino para toda orquesta, prueba de fuego en cada atril, así como exigente para los directores que afrontan obras muy conocidas donde aportar algo nuevo siempre es difícil. La Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 de R. Schumann, “Renana”, resultó ideal para examinar el estado de la OFil que no defraudó en ninguno de los cinco movimientos, interiorizada por el maestro Macías que además de la claridad en el gesto, fue dotando de color y vitalidad esta sinfonía compuesta en Düsseldorf donde los aires populares flotan tanto en el aire como en la propia partitura. Cada sección tuvo sus momentos de gloria, destacando especialmente los metales bien empastados cual órgano catedralicio en Colonia (donde parece haberse inspirado el compositor alemán), y sonoridad global muy trabajada desde el podio, echando de menos un mayor peso de las cuerdas graves que siguen necesitando más efectivos, aunque el control de las dinámicas por parte del director onubense ayuda a subsanar carencias.
Concierto lleno de una juventud muy madura, romanticismo como forma de entender la música y optimismo, siempre moderado en tiempos de pandemia, al comprobar que el público del auditorio sigue fiel, Oviedo recupera los aforos totales, completando una oferta musical rica y única en “La Viena del norte español”, con función de ópera en el Campoamor a la misma hora, lo que nos hace presumir a los melómanos de capitalidad cultural, siempre hambrientos del directo aunque mantengamos la mascarilla.

P. D.: También el diario El Comercio entrevistaba a Gabriel Ordás:

Jóvenes sobradamente preparados

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Jueves 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Alexandra Dovgan (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de: G. Ordás, F. Chopin y R. Schumann.

Reseña para La Nueva España del viernes 19, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Hace unos cuantos años un anuncio televisivo hablaba de los JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados), y este jueves no sólo teníamos con 13 años a la prodigiosa pianista rusa Alexandra Dovgan (2007), también un nuevo estreno del ovetense Gabriel Ordás (1999), Hip-Hop Fugue! que cierra los encargos del “Proyecto Beethoven” de la propia Oviedo Filarmonía (OFil) que la Pandemia ha pospuesto pero al fin pudimos disfrutar, bajo la dirección de Lucas Macías Navarro (1978), todos preparados y fiel reflejo de los tiempos actuales.
Concierto de estas pujantes generaciones que vienen apretando desde la excelencia, la visión “beethoveniana” de un Ordás dominador de la composición académica (nada menos que un preludio y fuga orquestal) con mucho trabajo previo en un músico de su tiempo; el Concierto nº 2 de Chopin con una Dovgan impactante en lo técnico y adulta en la interpretación, y el titular de la OFil, todo un acierto su fichaje para corroborar el excelente momento de la formación ovetense que sigue camaleónica afrontando tanto repertorio actual como el necesario para continuar formando intérpretes y auditorios, como el Chopin siempre agradecido en estas jornadas de piano, para finalizar con “La Renana” de Schumann, la tercera sinfonía del romántico alemán paradigma del artista completo que compartía programa con los de ahora.
P. Siana
P.D.: La crítica queda para mañana.

Las Variaciones Buchbinder

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Martes 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Rudolf Buchbinder (piano): THE DIABELLI PROJECT.

Crítica para La Nueva España del jueves 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Regresaba al auditorio, tras casi ocho años de su Gershwin en estas jornadas que llevan el nombre de Iberni, el pianista austríaco Rudolf Buchbinder (Chequia, 01 diciembre 1946), una de las leyendas vivas que se presentaba con su personal “Proyecto Diabelli 2020”, obras inspiradas en el Vals en do mayor de Anton Diabelli (1781-1858) con un amplio y original programa de partituras encargadas hace doscientos años por el propio Diabelli (de las 51 una selección de 8), las irrepetibles e impresionantes variaciones de Beethoven, verdadera exploración de nuevos lenguajes y recursos del piano, junto a los encargos del propio Buchbinder a compositores actuales para este original proyecto como Auerbach, Dean, Hosokawa, Jost, Lubman, Manoury, Richter, Shchedrin, Staud, Dun y Widmann. Nueva experiencia pianística con partituras estrenadas recientemente en el Auditorio Nacional de Madrid, arrancando gira precisamente en Oviedo (La Viena del Norte español) prosiguiendo por Barcelona, Hannover y Frankfurt, para colocar de nuevo la capital del Principado en el circuito internacional de los grandes intérpretes.
El vals de Diabelli serviría para unir dos siglos pianísticos y afrontar un nuevo reto en las manos del maestro Buchbinder, once visiones desde nuestro tiempo, estados anímicos variados, lenguajes rompedores y neorrománticos, distintos idiomas perfectamente entendibles al piano, sonoridades muy cuidadas que el intérprete vienés desgranó con su estilo único de limpieza y elegancia, contención y respeto por lo escrito, espontaneidad y autenticidad, más todo el mimo en la búsqueda de un piano actual por el que doscientos años no son nada pues siguen descubriendo el infinito musical de las 88 teclas. Destacable cómo organizó las obras actuales, auténticas “Nuevas variaciones” engarzando estas perlas cultivadas en un collar multicolor, piezas únicas que toman sentido desde la global interpretación de un “Rudi” juvenil y “diabélico” destinatario de varias; no faltaría el cierre cual “coda” con guiño al Año Nuevo en la página del alemán Jörg Widmann (1973) que cerraba estas Variaciones Diabelli del XXI.
Misma entrega y magistral interpretación de la selección realizada por el pianista austríaco del proyecto Vaterländischer Künstlerverein (1824) de Diabelli, donde los virtuosos del momento volcaron su talento y Buchbinder no defraudó. Dos mundos y visiones complementarias, el modelo inicial eligiendo siete más la coda donde destacarían el Liszt joven, la coda vertiginosa de Czerny y especialmente el Schubert que volvería a sonar de propina, compositores heterogéneos, pianistas pedagogos e intérpretes decimonónicos que siguen vivos en nuestros días.
Mención aparte el adelantado a su tiempo, el profético Beethoven reinando en la segunda parte y del que Rudolf Buchbinder sigue siendo referente. Las treinta y tres variaciones del ligero vals “diabélico” con igual espíritu que las iniciales, desgranando cada una de ellas como piezas independientes que fueron uniéndose con los años, exprimiendo los tiempos, vertiginosamente limpios, cálidamente lentos, catálogo compositivo y vital del sordo genial afincado en Viena, el mismo que revisa a Diabelli y Mozart, al “dios Bach” junto a los obligados Clementi y Czerny, pero sobre todo el microcosmos que solo Buchbinder a sus años puede unificar en el universo del piano.
Delicadeza y magisterio en el cuarto Impromptu D899, op. 90 en la bemol mayor de Schubert, propina que será otra galaxia por explorar. Para Buchbiner sólo hay dos músicas: la buena y la mala, pero en sus manos sólo existe la primera opción.

Regalos de cumpleaños para La Castalia

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Lunes 1 de noviembre, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo: XX Curso «La Voz en la Música de Cámara». Concierto de Clausura. Entrada libre.

Veinte años lleva la Asociación Cultural «La Castalia» apostando por el talento musical desde Asturias con las incombustibles Begoña G. Tamargo y Ana Cristina Tolívar formando músicos y dándoles la oportunidad de mostrarse a un público que ya desde «La Castalia» original del siglo XIX, la de Víctor Sáenz, ha hecho de la capital del Principado verdadera cuna de aficionados a la lírica y melómanos en general. Y La Castalia del XXI como bien recordaba al inicio del concierto la profesora de canto, con la misma decisión de entonces, con altibajos en los apoyos pero decidida en promover la formación y el inicio de carreras profesionales, homenajeaba en este concierto a la que fuese directora de la Obra Social y Cultural de la extinta Caja de Ahorros de Asturias, entre los años 1995 y 2005, Regina Rubio.

Importante agradecer el apoyo en los inicios de entidades que los tiempos han deslocalizado y perdido uno de los objetivos principales como era el apoyo a la cultura de nuestra tierra. Ya no tenemos Caja, ni Ahorros, ni en Asturias, por lo tanto, gracias en el recuerdo por el trabajo de Regina que entendió desde su responsabilidad que esta Castalia debería tener el respaldo de una entidad financiera que, como tantas otras, han llevado su capitalidad a otras autonomías para medrar de políticos en consejos de administración.

Me sigue asombrando la cantera, y hasta escuela propia, que nuestra Asturias ofrece, y nada mejor que comenzar noviembre descubriendo figuras en ciernes, aplaudiendo la progresión de voces que he visto «nacer al público», el trabajo nunca valorado por el tiempo que conlleva, el apoyo de un profesorado plenamente volcado a esta labor pedagógica a menudo ingrata pero necesaria, y esta vez añadir el regalo de poder escuchar ¡cuatro estrenos! en el Principado de compositores actuales, con lenguaje propio, conocedores de la voz y sus recursos, que las intérpretes han estudiado en tiempo récord para compartir con todos estas alegrías de «los primeros 20 años» de La Castalia del XXI.

Cuatro compositores con Juan Durán (1960) y los presentes Miguel Brotóns (1965), Guillermo Martínez (1983) y Raquel Rodríguez (1980) en distintas combinaciones, el Tríptico rosaliano con María Heres y Henar F. Clavel, del vigués, Ferrol, 1916, Impromptu fantasía para soprano y piano, de un alicantino afincado en Galicia inspirado por la poesía del ferrolano Ricardo Carballo Calero con Beatriz Vázquez y el maestro Mario Álvarez Blanco,  Pprincipio è Maggio del prolífico venezolano adoptado y «escolano de oro» en la voz de Janeth Zúñiga y la profesora Tomchuk, más Yllayah de la carbayona con la voz de la mezzo Andrea Rey y un trío instrumental con Jesús Méndez (violín), Paula Lebón (chelo) y nuevamente Yelyzaveta (piano), cuatro regalos en cuatro interpretaciones y cuatro estilos que conviven y las voces recrean, música que necesita ser cantada para vivir. Enhorabuena.

De las voces felicitar de nuevo a la mezzo María Heres que apostó por la canción italiana antes del tríptico de Durán o el dúo de Guastavino Pueblito, mi pueblo con su homónima de tesitura Andrea Rey, en clara progresión, y a la chihuahuense Janeth Zúñiga que sigue ampliando repertorio, bien enfocada hoy con Deux ancolies (Lili Boulanger) más el estreno de Guillermo que le va perfecto a su color y tesitura.

Siempre sorprendente el desparpajo del joven violinista Marcelo Re con dos obras de Kreisler y Beethoven bien arropado por el «piano orquestal» de Tomchuk que vuelve a demostrar cómo la cuerda asturiana que trajeron «Los Virtuosos» ha florecido,  y desigual la joven avilesina Henar F. Clavel, buen fichaje en el mal llamado piano acompañante que tiene relevo generacional aunque algo precipitada en sus Albéniz y Falla, ímpetu juvenil que apunta maneras interpretativas pero deberá ser más cuidadosa al afrontar obras tan conocidas como comprometidas.

Final vocal con el piano de Mario con las famosas Mañanitas de «Don Gil de Alcalá», algo descompensadas pero siempre agradecidas para el gran público.

Apostar por repertorios nuevos, por compositores de ahora, sin olvidar la base necesaria de los llamados «clásicos», apoyar a músicos que se forman en nuestra tierra y brindarles la oportunidad del concierto son objetivos de «La Castalia» desde sus inicios. Su claustro de profesores conoce de primera mano lo que supone una carrera interminable de sacrificios, penurias y también alegrías como la de este inicio de noviembre, con un público que sigue siendo fiel y acudiendo a cada cita, sea en el RIDEA, en el Bellas Artes o en el Auditorio. En marzo se esperan novedades para celebrar por todo lo alto el vigésimo aniversario, tal como avanzó Begoña García-Tamargo, y poder actuar con una orquesta será otro escalón y premio para unas voces que seguirán formándose toda la vida.

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