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La excelencia de sumar piano y cuarteto

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Jueves 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni. David Kadouch (piano), Cuarteto Quiroga. José Ramón Hevia, in memoriam. Obras de: F. Chopin, Clara Schumann, A. Ginastera y R. Schumann.

Buen arranque de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con el francés David Kadouch (Niza, 1985) al que se sumaría el Cuarteto Quiroga (2003) en plena mayoría de edad para rendir el merecido homenaje a su «inspirador» y apoyo constante, mi querido José Ramón Hevia, siempre en nuestra memoria, padre de Aitor y David, que este jueves se hubiera «quitado el sombrero» orgulloso de este concierto en nuestro auditorio, el mismo que va retomando la (a)normalidad de toses, móviles, objetos caídos, aforos ampliados, programas de mano en papel, descansos y mascarillas varias.
Nada mejor que comenzar escuchando a Frédéric Chopin (1810-1849) y sus tres Nocturnos op. 9, que Kadouch afrontó desde la elegancia e intimidad del primero, la delicadeza nostálgica del famoso segundo y la auténtica explosión romántica del tercero, tres planetas sonoros en un mismo universo que fueron acercándose en ese firmamento pianístico que sigue siendo necesario tanto en las filarmónicas como en los grandes auditorios.
Y reivindicando el papel de las mujeres compositoras, buena idea incluir a Clara Schumann, o mejor Clara Wieck (1819-1896) con el apellido real, quien en sus Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 20 no solo domina la obra de su esposo sino que la reelabora como excelente intérprete que fue, con un Kadouch esculpiendo el sonido claro, la digitación limpia y los pedales certeros en unas variaciones que fueron las estrellas del cielo pianístico.
Reubicando el escenario llegaría a continuación el Cuarteto Quiroga (Premio Nacional de Música 2018) con el gran Alberto Ginastera (1916-1983)  y su Cuarteto de cuerda nº 1, op. 20 (1948) demostrando de nuevo la excelencia interpretativa en este repertorio (grabado en su CD Terra) que saca a relucir tanto los recursos de cada instrumento como la necesaria compenetración de sus miembros afrontando esta maravilla del compositor argentino. Es maravilloso comprobar el sonido cuidado, la sonoridad única, el ímpetu y entrega en cada uno de los cuatro movimientos (I. Allegro violento ed agitato II. Vivacissimo
III. Calmo e poetico
IV. Allegramente rustico
) donde todo está encajado al milímetro, pulsión única pese a las dificultades que conlleva por los cambios de compás, ritmos enloquecidos y dinámicas asombrosas que «el Quiroga» lleva a la excelencia. Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras) de este cuarteto del compositor porteño, «encontramos el espíritu estilizado -un factor folklórico subyacente- que habíamos anotado…» entendido a la perfección por estos cuatro intérpretes únicos (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) que siguen ampliando horizontes en un repertorio ideal.
Y sumar el piano al cuarteto no resulta cinco sino UNO, inmenso, «experimento camerístico» de visión sinfónica como es el Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44 de Robert Schumann (1810-1856). Importante para el Cuarteto Quiroga encontrar pianistas que respiren como ellos, enriqueciendo sonoridades, latido único en esta formación donde la calidad se da por supuesta y la musicalidad es el toque de distinción. David Kadouch encajó a la perfección con el espíritu interpretativo de este Schumann que homenajea a Beethoven, a Schubert e incluso a Mozart, tal y como disecciona Reverter el quinteto para piano y cuerda. Cuatro movimientos (I. Allegro brillante II. In modo d’una marcia. Un poco largamente III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro ma non troppo ) que exploran formas y fondos, momentos líricos y concertísticos de protagonismos compartidos, conjunción y ejecución a cinco sonando en total y certera unidad, con balances cuidadísimos, fraseos impecables y entrega apasionada.
De regalo no podía faltar el Shostakovich al que José Ramón Hevia admiraba y hasta compartía carácter socarrón e incluso humorístico, músicos de largo alcance, dedicación y bonhomía, como recordaba Cibrián Serra en la dedicatoria previa. El irrepetible ruso que tanto Kadouch como «los Quiroga» tienen en sus atriles individuales, esta tarde aunados en feliz encuentro para el Scherzo de su Quinteto en sol menor, op. 57, resposado y repasado,  pero especialmente dedicado y delicado.

Sueños de amor, cariño y pasión

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Miércoles 27 de octubre, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos. Concierto 1639 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Los históricos de la Filarmónica: Vázquez del Fresno». Cantarinos pa que suañes. Beatriz Díaz (soprano), Luis Vázquez del Fresno (piano y compositor).

Los homenajes deben hacerse siempre en vida, y a ser posible en la tierra natal. La centenaria sociedad gijonesa rendía este último miércoles de octubre el merecido a Luis Vázquez del Fresno (Gijón, 1948) uno de sus socios que además debutó en ella como pianista hace 50 años, apoyado desde los inicios, disfrutando como espectador, triunfando como intérprete y haciéndonos disfrutar a sus fieles seguidores, que con los años terminamos siendo amigos.

La ventaja de cumplir años me permite poder compartir la trayectoria de este músico integral al que admiré en los conciertos que daba en Mieres, entonces también con Filarmónica local, donde como estudiante de piano le admiraba y pude escuchar el estreno de sus Audiogramas (de los que hoy nos regaló  el intermedio segundo) dedicado a su malogrado paisano y compañero Jesús González Alonso, a quien recordaré toda mi vida tras escucharle ganar el Concurso «Casa Viena» del antiguo conservatorio en la calle Rosal de Oviedo durante de mis vacaciones mateínas, y posteriormente también en mi Mieres de Luis Fernández Cabeza, presidente de una Filarmónica a la que aún no se le ha escrito su historia.

Al menos a Luis sus paisanos han dedicado el mejor homenaje posible en su doble faceta de intérprete y compositor, comenzando con su juvenil Yerba, op. 12 sobre temas populares asturianos, diez acuarelas vigentes por frescura, paisanaje desde el ímpetu virtuoso del Vázquez del Fresno enamorado de Debussy y la escuela francesa con los guiños humorísticos y socarrones entre cada número, el amor del Cantábrico  y la historia musical además de genética de sus tíos abuelos Saturnino del Fresno y Baldomero Fernández,  el respeto por el maestro Enrique Truán, el cariño demostrado hacia los destinatarios de todas sus obras y el amor por la vida que en su caso ha estado escrita siempre en los pentagramas. Un placer volver a escuchar la yerba asturiana desde la óptica de Luis Vázquez del Fresno, 50 años que son un soplo en una larga historia.

El segundo regalo fueron los Cantarinos pa que suañes al completo y encontrando al fin la voz ideal y única, destinataria in mente que la tierra y el destino pusieron en su camino, también en el mío, la soprano Beatriz Díaz que solo ella puede recrear e interpretar como la concibió el compositor, también pianista, el «lied asturiano» que da al piano el mismo protagonismo y a la voz la pureza lírica junto a la raíz autóctona de la tonada. Si en el Avilés «pre-pandemia» los trece poemas de Chemag (José María González Fernández) supusieron un hito, volver a escucharlos en Gijón resultaron el auténtico homenaje para todos. Cantarinos llenos de amor y dolor, de tristeza y melancolía, de sentimiento y esperanza, pero sobre todo de pasión. Cada poema, todos lujosamente encuadernados por «El Sastre de los Libros» para esta ocasión especial, los textos originales y traducidos con el respeto por el buen gusto y el merecido hacia un histórico de la propia Sociedad Filarmónica de Gijón, emanaban la propia lírica que Vázquez del Fresno volcaría en cada página. La voz de Beatriz Díaz engrandecía cada página, microrrelatos cargados del sentimiento preciso con una gama de matices aún mayor que la paleta del mejor pintor musical, pianísimos de cortar la respiración, los momentos de tonada propia cantados con el saber de una estrella operística que también lleva lo asturiano en sus genes, los melismas tan barrocos y belcantísticos que el piano apoya cual gaita de tecla, finales a elegir dependiendo del texto, susurrados o potentes, con entrega hasta la extenuación organizándolos de cuatro en cuatro, alegrías y tristezas, cadeninas y ñubes, auténticos xuguetes de la allerana con el beneplácito total del gijonés, compositor y pianista.

El cierre Marineru que une la mina y el mar, de Bóo a Xixón por autopista musical, retomando la melodía de los primeros Cantarinos pa que suañes cantados y saboreados, no sería aún colofón sino mi deseo de poder llevarlos al disco para herencia de nuevos melómanos e historia musical viva de nuestra tierra.

Si el segundo Audiograma me hizo desandar cincuenta años y desempolvar los programas de entonces, todos a buen recaudo, el estreno de Otoño con Beatriz Díaz resultó la tarta final, poesía de vida, metáfora de hojas caídas y sienes plateadas, el lenguaje propio de Luis Vázquez del Fresno que nuestra soprano universal hizo verbo lírico.

Una tarde con muchas historias, sueños cumplidos, poesía y música en perfecta comunión, amores fraternales y platónicos, elegías con recuerdos, pasión por la vida, amistades que perduran en el tiempo echando raíces que engrosan cada capítulo de un libro aún sin final.

Gracias Luis por tu música, tu amistad y por darnos tantas alegrías a quienes tenemos la suerte de compartirlas contigo. Felicidades por estas Bodas de Oro a las que todavía le quedan muchos años más de fértil creación, esperando seguir contándolos.

Precisión y emoción

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Sábado 4 de septiembre, 20:00 horas. Iglesia de Santamaría, Monasterio de Valdediós. Círculo Cultural de Valdediós: Atardeceres musicales 2021, «El flujo de la identidad«. Quinto concierto: Metamorfosis. Alissa Margulis (violín), Adolfo Gutiérrez Arenas (violoncello), Josu de Solaun (piano). Obras de Schumann, Liszt, Prokofiev y Brahms.

Última escapada a Valdediós en este verano y vuelta al círculo virtuoso de un Adolfo Gutiérrez Arenas siempre unido a este ciclo que siempre supuso iniciar nuevos proyectos como él mismo escribía en las notas al programa, y puedo decir que esta clausura, quinto concierto de memamorfosis con sus Atardeceres, será el arranque de un trío que hará historia al unirse con el cellista «asturiano» (aunque nacido en Munich) nada menos que la violinista alemana de origen ruso Alissa Margulis y el pianista Josu de Solaun, valenciano universal y cosmopolita. Tres vidas viajeras para un estreno que dibuja el triángulo como la perfección mínima, tres partes iguales y estables, equilibrio también emocional e interpretativo de auténtica altura que bien podríamos bautizar en este Monasterio como «Trío Valdediós».

Y si el triángulo tiene una línea básica, no cabe duda que De Solaun desempeñó a la perfección ese sustento, pues no solo interpretaría un Liszt impactante sino que también brilló en los dos dúos antes de rematar con el trío de Brahms en un concierto de 99 minutos (alguno más rozando la hora y tres cuartos), tres veces 33 por la perfección del 3, la matemática precisión en la ejecución de todos ellos y la emoción que se respiró de principio a fin con un público asombrado y en silencio sepulcral, búsqueda de la perfección conjunta solo al alcance de tres grandes solistas que deciden latir como unidad en la visión musical de cada partitura, trabajada desde la individualidad pero vivida en el conjunto geométrico perfecto de las tres líneas tras trazar líneas paralelas y ascender al mágico o místico número tres.

El programa ofrecido en la iglesia del Monasterio de Valdediós estuvo a la altura de los grandes, primero Robert Schumann (1810-1856) y sus «5 piezas en estilo popular» Op. 102 para Adolfo y Josu, sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma.

Josu de Solaun es un auténtico virtuoso que está asombrando allá donde va y que sigo cuanto puedo, y si tenía anotada en principio la Sonata 4 de Scriabin para este concierto, el cambio y elección de Franz Lizst (1811-1886) y su «Primer Vals de Mefisto» puedo calificarla de mágica además de histórica, increíble, la evocación diabólica en esta iglesia cual hechizo pianístico único, esa Der Tanz in der Dorfschenke’ (El baile en la taberna del pueblo) sinfónica al piano de auténtica melopea, fuerza y pasión, ebrios de música que el valenciano derrocha en cada trago, en cada compás. Vigor preciso y precioso, una boda compartida  por un público boquiabierto cual Fausto y el rapto embriagador para una huída mefistofélica donde nos raptó a todos para llevarnos a la siguiente borrachera emocional.

Si el virtuosismo es seña identitaria romántica, los rusos supieron completar el calor del fuego con el colorido tímbrico jugando con melodías y armonías reconocibles como pocas. Así entendieron Alissa Margulis y Josu de Solaun la  Sonata N° 2 de Serguéi Prokoviev (1891-1953), un violín de amplias dinámicas equilibrado y compartido por el piano, entregados anímicamente en dibujar líneas claras y pinceladas de amplísima paleta. Desde el Moderato pudimos captar un lienzo sonoro limpio, fresco, preparándonos para el riquísimo segundo movimiento, Presto-Poco piu mosso del tempo I, vertiginosos pasajes intercambiándose y entrecruzando las líneas para engrosar un sonido aterciopelado y potente; aparente respiro, corto, sin perder complicidad en el Andante y un apasionante y cromático Allegro con brío-Poco mosso – tempo I- Poco meno mosso – Allegro brío, explosión de color musical, apabullante encaje entre ambos intérpretes, grandeza comprobada en la exactitud del trazo sin dudas, el lienzo que va tomando forma conjunta para alcanzar la belleza final de un violín con personalidad junto a un piano dúctil.

Líneas paralelas, línea recta y al final las tres líneas formando el triángulo, el último romántico Johannes Brahms (1833-1897) y una obra que le ocuparía 36 años, compleja como él mismo y donde la madurez consigue la visión buscada. Margulis, G. Arenas y De Solaun en su amplio bagaje uniendo fuerzas para el  Trío Op. 8,  lirismo a raudales en cada uno, sonidos muy trabajados para unirlos en texturas inimaginables, el piano casi sinfónico abrazando los arcos con registros intercambiables, graves de violín y agudos del cello ampliando gamas tan bien ensambladas por parte de los tres músicos que hacen aún más grande este trío maestro, cuatro movimientos que discurren como la propia vida, melodías brahmsianas inconfundibles  en el Allegro con brío, el asentamiento indudable del Scherzo intachable desde su génesis, la belleza madura y hasta mística con un cello cantando corpóreo cual voz humana del Adagio, diálogos cruzados en conversación a tres y la explosión juvenil del Allegro, así lo entendieron estos jóvenes maduros latiendo juntos, el impulso vital lleno de color y esperanza, la confirmación de la obra bien construida y mejor ejecutada, la historia de unos pentagramas precisos que sólo la interpretación consigue emocionar.

Bravo por este Trío Valdediós al que deseo larga vida y colofón perfecto para este ciclo ya consolidado al que la pandemia solo ha restado público por las medidas de prevención, pero ha llenado de esperanza y emoción estos atardeceres «en un lugar único por belleza e historia» como bien (d)escribe Adolfo Gutiérrez Arenas su hogar desde hace muchos años. Gracias.

Primavera con brocha rusa

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Viernes 11 de junio, 19:00 horas.  Auditorio de Oviedo: Primavera VI, OSPA, Simon Trpceski (piano), Paolo Bortolameolli (director). Obras de Shostakovich y Chaikovski. Entrada butaca: 15 €.

El sexto concierto de primavera del abono OSPA puso broche final a a otra temporada difícil por todo lo que ya sabemos y sufrimos del «bicho», sin director titular ni concertino (esta vez volvía al primer atril Benjamin Ziervogel) en un programa ruso que traía al director chileno Paolo Bortolameolli, que en la prensa recordaba a su paisano, nuestro siempre recordado Max Valdés, más al excelente pianista macedonio Simon Trpceski con su equipaje perdido por Bilbao aunque lo menos importante sería la anécdota compartida con los asistentes, público fiel que volvió a arropar a la formación asturiana pese a la actuación de Javier Camarena con la Oviedo Filarmonía y Lucas Macías en el Campoamor, aforo completo y vendido hace meses.

Sobre la organización de los programas pienso que va siendo hora de cambiar una costumbre decimonónica que en este caso nos hubiera dejado un orden cronológico ideal para comprender la evolución de la música rusa además de poder contar con una orquesta más «entonada», con mayor empaste y mejor entendimiento y un Bortolameolli que optó más por la brocha que por el broche deseado cerrando con dos obras inmensas esta temporada 20-21.

Un placer escuchar siempre a Dmitri Shostakovich (1906-1975) pues su dominio compositivo saca siempre a relucir un colorido propio que hace brillar sus interpretaciones. Su Concierto para piano nº 2 en fa mayor, op. 102 es una de sus joyas ( utilizada en la película Fantasía 2000), Trpceski entregado desde el inicio (I. Allegro) pero con poca exactitud en la orquesta, muy atropellada e imprecisa para encajar con el solista, además de unas dinámicas que por momentos taparon el papel de un piano que no sólo es rítmico sino percusivo, titánico a menudo. Evidentemente los volúmenes y el «tempo» del II. Andante nos permitieron disfrutar de una atmósfera más sutil, pinceladas románticas que no pasan de moda, la cuerda sedosa que viste al «piano ruso» sin clichés, evocaciones al compatriota Rachmaninov emigrado a EEUU pero universal además de cinematográfico. El ataque del  III. Allegro volvió a descompensar dinámicas y rítmicas a pesar de la lucha titánica del macedonio con unas secciones instrumentales siempre con una calidad que no apreciamos cuando la batuta apunta donde no debe. A la vista de los resultados la interpretación dejó en bisutería esta joya orquestal con un pianista de oro.

Para desquitarse del anterior Shostakóvich, Trpceski nos preparó como regalo el Allegro con brio del “Trío para piano nº 2 en mi menor, op. 67” junto al principal de chelos Maximilian von Pfeil y el citado concertino invitado Benjamin Ziervogel, tres grandes músicos que pudimos por fin disfrutar con la calidad y entrega esperadas así como por el feliz entendimiento que sólo el más universal de los lenguajes posee.

Hay sinfonías impactantes, históricas, emocionales, grandiosas, ideales para dejar por todo lo alto a las orquestas con todos sus primeros atriles luciéndose y examinando el trabajo del director. Las tres últimas sinfonías de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893) creo que no han faltado en ninguno de los 30 años de la OSPA y la madurez exigida para la  Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 de nuevo examina a los intérpretes. La Cuarta es una de mis preferidas y exigentes en su preparación, con mucho que dibujar, perfilar, sacar a flote, equilibrar, buscar los balances perfectos, encajar los intrincados cambios de compás y tempi justos que marquen diferencias entre una versión aseada y una entregada.

Está claro que Bortolameolli conoce la sinfonía al detalle, pero la orquesta asturiana no tiene la plantilla «angelina» y hay que controlar cuidadosamente los planos sonoros. Los músicos tocaron lo escrito sin pegas pero los matices deben controlarse. Una pena que entre lo deseado y lo real haya un abismo. Los «bronces» que llamaba Valdés, estuvieron perfectos, empastados, atentos, las maderas siempre acertadas y empastadas, la percusión dominando pasiones y pulsiones, más una cuerda bien engrasada pero de nuevo la brocha impidinedo disfrutar la globalidad del dibujo, la dirección debería haber ejercido de técnico de sonido para jugar con cada «fader» y equilibrar volúmenes. La frecuencia del flautín pide bajar del forte al piano, la cuerda no da para más volumen si los metales tocan las dos efes escritas. A lo largo de los cuatro movimientos (I. Andante sostenuto II. Andantino in modo di canzona III. Scherzo: Pizzicato ostinato IV. Finale: Allegro con fuoco) estos desajustes fluctuaron pese a la calidad de toda la orquesta, el arranque poco marcial, y donde destacaría los impresionantes silencios que inundan el auditorio (de acústica «nueva») y el tercer movimiento donde sí se logró el balance y encaje perfecto, con ese fuego final que quemó deseos cual hoguera de San Juan adelantada.

Si La Cuarta hubiese abierto la tarde primaveral, los músicos se habrían entendido mejor con Bortolameolli y éste con la orquesta, ya todos en el punto ideal de dedos o labios para afrontar un Shostakovich que seguro hubiese pintado más limpio y delineado, encajado broche ruso que no brocha rusa de trazo grueso. El curso académico y musical está terminando, el cansancio emocional se nos nota a todos pero la esperanza no la perdemos aunque los dirigentes (de todo tipo) sigan sin cumplir las expectativas. Los peores tiempos necesitan de los mejores porque el futuro está en sus manos. Es su hora, pues lo demás ya hemos cumplido.

Balance irregular en estos 30 años de OSPA, temporada de aniversario con pocas luces y muchas sombras para «La música en tiempos del Covid» más parecida un título de García Márquez que a la triste realidad presente. Al menos apliquemos la musicoterapia y el convencimiento de que «La Cultura es Segura» además de necesaria.

Así tenéis que amarla

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Lunes 7 de junio, 19:00 horas. Club de Prensa LNE Oviedo. Presentación del libro «Purita de la Riva, Pianista» (Fernando Agüeria Cueva).

Aforo completo para un acto más allá de la presentación de una biografía que como bien dijo Cosme Marina, presentador del acto, dejó fuera por las restricciones a una legión de fans que Purita de la Riva (2 de febrero de 1933) tiene en su Oviedo del alma.

«La MÚSICA, así con mayúsculas… Sólo tenéis que amarla» y Purita es así, única, luchadora, leyenda viva con calle propia y referente de La Viena del Norte español como he bautizado a un Oviedo que sin la pianista local (porque ella quiso) no sería lo mismo. Bien lo subrayó Cosme al hablar de una tradición musical que se fraguó con los años y donde Purita de la Riva representa y personifica parte de esta historia.

El libro de Fernando Agüeria Cueva (1962), actual director del CONSMUPA, no solo hace una biografía detallada de nuestra querida Purita sino todo un viaje personal que comenzaría en el Carreño avilesino recién salido de la Escolanía de Covadonga, donde escucharía a la insigne intérprete en un salón del que guardo muchos y buenos recuerdos, con la que compartiría docencia, aparcaría su coche en la calle que lleva su nombre (título del libro tomado de la placa) allá en los tiempos corales de Agüeria, y ahora biógrafo que repasa no ya una trayectoria aún viva, también la historia del Oviedo de Purita, sus conciertos en la Sociedad Filarmónica Ovetense donde comparte el récord con Achúcarro (también histórico y longevo pianista aún en plena forma) de ser la más programada, el repaso a las numerosísimas obras en su repertorio, solista, camerística, orquestal con Muñiz Toca o Vicente Santimoteo (también querido y recordado para su emocionado nieto Faustino Reguero presente en la sala). Músicos y pianistas que marcarían sus inicios, Saturnino del Fresno o José Cubiles, críticos como el recordado Juan Estrada Rodríguez Florestán e incluso Enrique Franco, también tribunal en las oposiciones de Purita, historias de aquel Conservatorio de la calle Rosal, las primeras relaciones con la Universidad y el posterior paso a la Diputación Provincial, las duras pruebas, hasta ocho a superar para obtener su plaza, el machismo imperante en los duros años 50 y 60, votada por mayoría por el clasutro como directora pero siendo nombrado Miguel Gomis, los enchufes, favores, sinsabores y malestares que Purita prefería no sacar a la luz aunque es de justicia que se sepan porque ella sí ha pasado a la historia. Todavía con mando en plaza, lúcida y simpática como siempre, ya recriminaba en la mesa a Fernando que no leyese y nos dejase a nosotros redescubrir una trayectoria que al fin tiene biografía en vida y por muchos años, aguantando achaques, pandemias, caídas y todo lo que le echen, mujeres duras de las que ya (casi) no quedan.

Un libro para recrearse, en mi caso con tantos nombres y lugares comunes, Adolfo Casaprima entre ellos como historiador de la centenaria Filarmónica Ovetense que acogió siempre a nuestra pianista de referencia, lo que supuso en Asturias la enseñanza del piano donde los hombres éramos minoría, pues no eran tiempos para el arte y la música resultaría casi decorativa para los obligados Servicios Sociales (la Mili, como el coñac Soberano, era cosa de hombres), tantos alumnos y alumnas que pasaron por el piano de LA MAESTRA, también con testimonios recogidos en el libro de Fernando Agüeria.

Imposible contar una vida dedicada a la música, sus clases y conciertos, las reseñas de prensa, la trayectoria de una mujer creyente y devota del Sagrado Corazón al que agradece estar viva tras recordar aquél triste octubre del 34 en Oviedo, querida y admirada por todos, con la poesía como pasión escondida que no faltó como segunda propina tras interpretarnos al piano la armonización de Anselmo González del Valle de la canción asturiana «No la puedo olvidar«. A Purita de la Riva tampoco, y los dos regalos eran lo que esperábamos todos: el piano que sigue siendo vital, y la rapsoda de memoria prodigiosa capaz de emocionarnos igualmente. Larga vida a Purita, genio y figura.

Asturias madre musical

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Domingo 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta, Mieres: cierre de la 42 Selmana de les lletres asturianes. «Canciones asturianas» (Antón García Abril). Cristina Gestido (viola), Mario Bernardo (piano). Entrada libre con invitación.

El pasado mes de septiembre acudía a Oviedo para disfrutar de Mario Bernardo con Joaquín Pixán, la voz de «Madre Asturias» por vez primera con los arreglos que Cristina Gestido hizo de alguno de los temas que el siempre recordado Antón García Abril (19 mayo 1933 – 27 marzo 2021) compusiese inspirados en un folklore tan rico como el de nuestra tierra y que Torner recogiese hace más de 100 años.
Buena idea homenajear al turolense completando estos arreglos para viola y piano que unen lo mejor de las dos versiones que el propio García Abril hiciese primero con orquesta (1982) y más tarde con piano (2007), la perfecta simbiosis tímbrica donde el canto de la viola transcurre paralelo al piano, complementándose cual lied  instrumental que gana enteros por la riqueza que supone la cuerda en su amplia tesitura. Tras un vídeo inicial con imágenes de los intérpretes tocando les Vaqueires, cada una de las canciones vendría precedida con una proyección de Ezequiel Esteban incluyendo bellísimas imágenes con la letra correspondiente que el llangreanu León Delestal pusiese a cada una de las obras.
Planificada sucesión de doce temas para disfrutar de esa lograda «recreación musical de Asturias«. las melodías reconocibles vestidas de gala, arreglos muy conseguidos donde el piano se vuelve orquesta, la viola lo complementa, las teclas acompañan esa cuerda vocal. No te pares a mío puerta que con el tenor cangués es lírica pura y la viola de Gestido sublima tímbricamente. Y qué decir de Tengo de subir al puertu, la tonada sinfonica de oboes y cuerdas reducidos al dúo que se entiende en sentimiento y musicalidad. Rítmico y poético el Hasta los naranxales, el piano saltarín con la viola, poesía de «A los campos del rey vas Irene«. Ternura descrita musicalmente en la introducción de Ella lloraba por mi, cantada y después retomada por la viola, la conocida «Cuando salí de Cabrales» donde piano y viola dan con la tecla sentida pero no sensiblera, un arreglo que permite disfrutar melodía y armonización ensamblados tímbricamente enriqueciendo la versión original.
La canción dialogada Ayer vite na fonte alcanza en el arreglo e interpretación del dúo Gestido-Bernardo el cenit al ganar color y extensión, hombre y mujer jugando con las octavas y el fraseo que nos recrea un texto popular siempre reconocible sin más. Contraste con un piano movido, rítmico y rico en un acompañamiento para Yo nun soi marineru que la viola retoma jugando con el arco y haciendo que lo imposible para el canto se torne música pura. El cantu‘l gallu, nuestro urogallo colorido en lo sinfónico y cristalino con piano, que la cuerda entona única y hasta dolorosa por la historia contada.
Nun llores, nina, neña o rapaza que son sinónimos en nuestra lengua vernácula (aún dialecto para muchos) la música acallando disputas, el piano de salón con la viola sentida, contrastando con el siguiente popular «Sal a bailar buena moza» convertido en Una estrella se perdió, virtuosismo en las teclas, «saltarello astur» en las cuerdas, caprichoso entendimiento del piropo, modulaciones celestiales que instrumentalmente nunca resultan tirantes sino titanes, recuerdos de la canción española de concierto que Falla, Granados o Turina entre los grandes entendieron como pocos y que García Abril evoca con su magisterio sinfónico y camerístico. El mismo que para nuestra canción de cuna, la «añada» asturiana siempre íntima, sosegada, Duérmite neñu, el «agora non«, sin dobles sentidos ni lenguaje cifrado para el amante a la espera, con esa melodía poniendo la carne de gallina, el paso al piano de la nana cantada a dos y por dos.
Nuestro Naranjo colorido entendido por un turolense amante de un paisaje casi común, El picu Urriellu de Bulnes, piano extenso como nuestros Picos de Europa, con «los nombres grabados de los que llegan arriba», Gestido y Bernardo, una escalada instrumental, arriba amigos porque la hazaña de despojar la letra para engrandecerla es todo un hito.
Y cerrar el ciclo con algo tan nuestro como «les» Vaqueires, de la braña al salón sin trampa ni cartón el endiablado ritmo contagioso, el piano que no es «gaita de tecla» sino sustento de una melodía donde la interjección surge en la viola, la alegría de comprobar que estas «canciones asturinas» (como figuraba en la pantalla) pueden compartir la misma grandeza que las versiones de Falla desde nuestro folklore elevado a la máxima categoría de la música de cámara (excelente el trabajo en los arreglos de la propia Cristina Gestido), siempre escuela de intérpretes y público, el acercamiento obligado al mundo sinfónico desde la proximidad del salón.
La «cultura es segura» y con ganas de más bisarían Yo nun soi marineru, ninguno de los presentes, aunque el propio Delestal escribió «La mina y el mar«, siempre unidos como este otro tándem, «La viola y piano», Cristina y Mario más allá del folklore, Gestido y Bernardo. Un cierra para un mes de letras asturianas donde la música llega más allá.

Cruzando mares y océanos

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Viernes 21 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera IV: OSPA, Noelia Fernández Rodiles (piano), Pablo Rus Broseta (director). Obras de J. Orbón y J. Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Si Pedro Menéndez fue “El Adelantado de la Florida” y así se conoce Avilés como La Villa del Adelantado, no cabe duda que a Julián Orbón (Avilés, 1925 – Miami, 1991), de quien hoy se cumplían 30 años de su fallecimiento, le podemos considerar el sucesor del marino, surcando mares y océanos con su música, calificado como «el músico de las dos orillas«, siendo tristemente más conocido fuera de su propia tierra aunque el Conservatorio de su villa natal, gracias a Jose Mª Martínez, lleve su nombre y donde probablemente la entonces joven estudiante Noelia escuchó su nombre por primera vez, siendo ahora en plena madurez una de sus valedoras.

Hace dos años Noelia Rodiles escribía sobre Julián Orbón en Platea Magazine como “El gran desconocido de la música española”, por lo que debemos estar eternamente agradecidos que nos trajese de vuelta la Partita nº 4: Movimiento sinfónico para piano y orquesta, todo un hallazgo que nos muestra tanto la calidad musical del compositor asturiano como el de esta pianista que junto al valenciano Pablo Rus y nuestra OSPA (nacida el mismo año de la muerte del compositor avilesino) nos interpretaron este tesoro estrenado al fin en su casa.

Del compositor y su obra escribe Jonathan Mallada las notas al programa (enlazadas al principio en los compositores), por lo que sin ninguna escucha previa me limitaré a reflejar mis primeras impresiones. Orbón surcaría el Atlántico y los mares caribeños en una singladura que le permitió no ya observar nuestro patrimonio musical con la óptica siempre necesaria de la distancia, sino enriquecerse con las músicas “de ida y vuelta” para terminar de formarse en la tierra de las oportunidades sin olvidarse nunca de un país, que no era el soñado, con a tanta historia atesorada.
Saber que elige el nombre de partita como sinónimo de las maravillosas obras de nuestro siglo de oro musical, que además fuese un estudioso del Gregoriano, que se le considerase un compositor “neo-renacentista” y que esta cuarta partita resultase su única obra sinfónica con piano a partir del O Magnum Mysterium de Victoria, creo que marca todo el trasfondo de esta partitura de 1985 revisada hasta su estreno (por el inconformismo necesario de los grandes compositores) donde encontramos toda su herencia, sus fuentes de inspiración, su oficio y también sus modelos. Además del uso modal más rico que el tonal, con una orquestación impresionante donde «los bronces» (que decía Max Valdés) juegan un papel casi organístico, y la utilización del piano casi como un instrumento más, al escucharlo muy embebido con la orquesta, y con unos pedales graves perfectamente ensamblados con la tímbrica sinfónica, Noelia Rodiles brindó igualmente pasajes cercanos al Falla más hispano, a fin de cuentas las mismas fuentes, pasando por momentos del virtuosismo pianístico americano donde Rachmaninov y Gershwin triunfaban en la gran manzana y el maestro Copland buscaba un idioma instrumental propio. Orbón y Rodiles con el mismo rumbo en esta travesía que atracaba de vuelta a su tierra tras un viaje demasiado largo para esta música de alma avilesina, bien capitaneada por Rus en este transatlántico OSPA.

Los Hermanos Orbón son recordados en su villa y qué mejor propina que la Rapsodia asturiana (1933) del patriarca Benjamín Orbón para completar la dinastía, dos mundos musicales, el universal y sinfónico del hijo y el folklore pianístico del padre elevado a la música de cámara desde la soñada Cuba con ansia de grandes salas, además por su paisana Noelia Fernández Rodiles sintiendo e interpretando los temas de «la tierrina» desde esa forma virtuosística por excelencia, las enseñanzas en casa, los genes viajeros de la rapsodia que en sus manos sonó con más fuerza que nunca, brillante, cercana y emotiva para una pianista en un momento de plenitud.

Tras el crucero atlántico y caribeño volveríamos a embarcarnos musicalmente por el Báltico de Jean Sibelius (1865-1957), rememorando mi último viaje veraniego por el golfo de Finlandia, el compositor al que la OSPA le tiene tomado el pulso hace años. Su Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 de la que he perdido la cuenta de sus interpretaciones en el auditorio ovetense, sigue siendo una banda sonora en mi vida y curiosamente la iba escuchando tanto en el trayecto de Estocolmo a Helsinki como en posterior el paseo hasta el parque que lleva su nombre, donde se agolpaban los turistas que no me encontraría en la Academia.

Del Sibelius con la OSPA, a la que volvía de concertino invitado el austriaco Benjamin Ziervogel, tengo luces y sombras en las distintas interpretaciones que llevan en su treintena de años, pero está claro que «la segunda» siempre ha brillado como el mar al anochecer, con una plantilla ideal para esta sinfonía que Rus supo entender y conducir a buen puerto.

Buena velocidad de crucero para el I. Allegretto, los metales inspirados con viento de popa, cuerda a toda máquina y bien engrasada, con la brisa de la madera; un II. Andante, ma rubato que bajó los nudos para recrearse en las pequeñas islas antes de la primera escala, tal vez con un poco más de cuerda que redondease la sonoridad buscada pero bien entendido ese «rubato» bien escorado por unos violines claros como la espuma del mar, el viraje orgánico de los metales en sintonía y hasta los timbales redoblando como los motores; la siguiente escala del III. Vivacissimo nos acercaría con viento a favor al siempre luminoso Tallín aún soviético de sabor en la cuaderno de bitácora de un Pablo Rus almirante desde el puente de mando conocedor de lo traicionero del trayecto pero sabiendo alcanzar la velocidad exacta para no perder nunca el rumbo ni el equilibrio, balances instrumentales con el canto de un oboe único, plateado anochecer contestado por un chelo de amanecer estonio y sonoridades perfectas antes de desembarcar en San Petersburgo con el IV. Finale: Allegro moderato, Tchaikovsky inspirador al que Sibelius rinde culto y la OSPA tiene en su hoja de ruta.

Un crucero sinfónico con lo mejor de esta singladura musical y universal, de Avilés a Cuba y la Florida saltando hasta el Báltico, contrastes climáticos y lumínicos pero siempre con la belleza de un mar (masculino o femenino) siempre evocador cuando el barco tiene además de un capitán valenciano con mando en el puente, un buen contramaestre austríaco, mejores oficiales de máquinas internacionales, y una tripulación curtida que ha surcado casi todos los mares sinfónicos.

No hay dos sin tres

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Sábado 1 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Joshua Bell (violín), Steven Isserlis (chelo), Alessio Bax (piano). Obras de Mozart, Shostakóvich y Mendelssohn. Entrada butaca: 28 €.

En tiempos de adversidades si es difícil programar conciertos, todavía más mantenerlos o adaptarse sobre la marcha cuando se tienen unos recitales bien armados y del trío se debe marchar nada menos que el pianista, verdadero reclamo de estas jornadas de piano ovetenses donde esta misma semana nos enterábamos de la cancelación por graves motivos familiares de Evgeny Kissin, al que le deseamos lo mejor del mundo esperando su regreso a «La Viena del Norte» español.

Pero los intérpretes no se rinden, los grandes aún menos, y las ganas de público les espolean para continuar con sus compromisos. Bell e Isserlis son maestros en el violín y el chelo, así que no creo les fuese difícil contactar de nuevo con el italiano Alessio Bax (Bari, 1977), personalmente un redescubrimiento en vivo unos años después para este último recital dedicado al piano como le gustaba al siempre recordado Iberni, y preparar otro concierto distinto además de muy completo que nos permitió disfrutar de los primeros por separado, más un trío que no defraudaría los tres previstos a la vista de cómo transcurrió este primero de mayo muy «currado», con estos verdaderos trabajadores del pentagrama y magos de la música.

Perdimos dos tríos y ganamos dos mundos a dúo, con un impecable Bax al piano que parece llevar toda la vida con Joshua Bell, viendo cómo se enfrentaron a la Sonata para violín y piano nº 32 en si bemol mayor, KV 454  de Mozart, académica y vibrante, perfectamente entendida por ambos intérpretes solistas unidos de nuevo para disfrutar juntos desde el inicial Largo – Allegro, el genio de Salzburgo lleno de guiños y sorpresas, con diálogos juguetones y chispeantes, la reflexión dramática del Andante que hizo cantar el violín cual lied prerromántico por el papel pianístico compartido, y el explosivo Allegretto final del mejor clasicismo mozartiano en una visión camerística de primer orden que siempre nos sabe a poco.

Lo mejor aún estaba por llegar: la Sonata para chelo y piano en re menor, op. 40 de Shostakovich con un Steven Isserlis pletórico y un impactante Bax, el ruso siempre bien entendido por el solista londinense, sonata que conjuga el mundo convulso de antaño con tantos paralelismos de la actualidad, el contrapunto al inicial Mozart luminoso y reflexivo frente a la oscuridad esperanzadora donde no falta el humor como mejor arma contra el dolor. El ímpetu del cello contestado por el piano apabullante, el sonido humano de la cuerda dolorosa revestido de majestuosidad por unas teclas percusivas y perfectas, encaje ideal de intenciones y sentimientos. No se puede entender ni pueden entenderse mejor dos músicos de altura para esta inmensa sonata del ruso.

Y no hay dos sin tres, tras los dúos llegó el esperado trío mágico, no del ruso sino del alemán que «resucitó a Bach» y entendió la música camerística como pocos, bebiendo del clasicismo y dando el paso siguiente para lograr que el entendimiento en formato reducido fuese cual orquesta cercana, así parece concebir Mendelssohn este Trío para violín, violonchelo y piano nº 1 en re menor, op. 49, trabajado en un confinamiento que ayudó a desempolvar partituras por parte de Isserlis y Bell para comprender la música compartida, disfrutar de la escritura clara del alemán junto al espíritu conjunto de las sonoridades a trío.

Cuatro movimientos entendidos tanto en su propia individualidad e identidad como en el conjunto de la sonta a trío: Molto allegro ed agitato, emocional, Andante con moto tranquillo, paladeando la tímbrica, Scherzo: Leggiero e vivace subiendo enteros además de entrega, y Finale: Allegro assai appassionato, cierre perfectamente encajado de esta forma bien construida y ejecutada de manera pletórico. Si el dúo de cuerda fue cómplice en intenciones y fraseos, el piano encajó a la perfección del mismo idioma, limpio y claro, cristalino e impoluto compartiendo protagonismo, trabajo conjunto con el único lenguaje universal que vuelve a confirmarse en la interpretación de estos tres grandes músicos, individualidades enormes que se tornan inmensas cuando se juntan para hacernos disfrutar del género camerístico, verdadera escuela para melómanos y tan necesaria en la eterna formación de todos los genios.

Gracias por el trabajo insensible al desaliento que podría traer la pandemia pero que el hambre de la música en vivo palía con creces, volviendo a colocar Oviedo como capitalidad musical y seguir demostrando que «La Cultura Es Segura».

Disfrutar la madurez

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Sábado 10 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Dmytro Choni (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de López Estelche, Rachmaninov y Brahms. Entrada butaca: 12 €.

Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.

Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el «Proyecto Beethoven» ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original «excusa» del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien «armada» y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.

Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad.  Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la «laguna» que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.

Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienne op. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924),  la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido «murciélago» straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.

Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.

Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.

Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.

Despedidas y bienvenidas

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Viernes 19 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Iviernu V»: OSPA, Javier Perianes (piano), Perry So (director). Obras de Beethoven y Tchaikovsky. Entrada butaca: 15 €.

Concierto de despedida a un inverno que no quiere irse, a Antón García Abril que entendió nuestra Madre Asturias como pocos tanto orquestal como pianísticamente, pero igualmente de bienvenida como al director Perry So, siempre un lujo cada visita suya (y van muchas), o al pianista Javier Perianes, sustituyendo a última hora a Lugansky y cambiándonos a Medtner por Beethoven al que en 2020 no pudimos disfrutar como se merecía, con la gratitud por el compromiso y entrega del onubense para con esta tierra que le acoge como su segunda casa. Bienvenidas sean estas despedidas que nunca son tales, un hasta siempre porque la música mantiene y nos mantiene vivos.

Bienvenida igualmente al concertino invitado Benjamin Ziervogel, repetiendo en el primer atril de la OSPA en una velada que ha vuelto a demostrar la necesidad de cubrir urgentemente esas vacantes, y no hay que buscar lo que ya se tiene, pues la muestra más clara ha sido el éxito de público (entradas agotadas), un programa apetitoso y el triunfo de un maravilloSO director que hace sonar a la orquesta sintiéndola como propia y los aficionados como nuestro.

El Concierto para piano y orquesta no 3 en do menor, op. 37 de Ludwig Van Beethoven
(1770 – 1827) como bien escribe en las notas Ramón Avello, «una música vigorosa en el primer movimiento, ensoñadora en el segundo, abiertamente alegre en el final» que Perianes y So entendieron al pie de la letra con una compenetración excelente, una energía desbordante, un sonido de ensueño y la alegría contagiosa desde una interpretación donde la OSPA sonó como siempre quisiéramos, convencida, entregada, atenta, minuciosa, de respuesta instantánea y disfrutando entre todos de esta partitura.

Impresionante el I. Allegro con brio que mostró la calidad habitual de una madera perfecta, unos metales templados, una percusión convincente y una cuerda claramente densa por presente, preparando la entrada del piano de Perianes, límpido, transparente, en diálogo con la formación y precisión al detalle. Ese aire clásico y mozartiano es ideal para todos, así lo entendieron, planos transparentes desde una concertación impecable y una cadenza «made in Nerva» con un final de movimiento poderosamente exacto. Del II. Largo casi una sonata del sordo poético en su inicio, la soledad sonora de un piano ensoñador, íntimo, delicado en todos los recursos utilizados, con la orquesta meciendo esa poesía que llegará a imperial en el quinto concierto, cantando en unas maderas cercanas y pastoriles, con el piano cristalino y lleno de emoción, cadencia incluida, sentida y consentida por una batuta sedosa como los pizzicatti de la cuerda, y guiando a la orquesta hacia el luminoso III. Rondo: Allegro, marcando el ritmo felizmente seguido y traducido por cada uno, dinámicas potentes, impulso vital, alegría musical, virtuosismo pianístico entendido con honestidad y madurez desde el podio y el tutti, final de exactitud y pulcritud para un tercero de altura donde como dice el dicho, «la esencia fina en frasco pequeño» y los bienvenidos son grandes en la música que interpretan.

Alguna vez he llamado a Javier Perianes como «El Sorolla del piano» por su sonido puro, perfilando los detalles sin perder la globalidad y complejidad sonora del instrumento, y volvió a demostrarlo con su Granados detallista, luminosamente mediterráneo, de las Quejas o La maja y el ruiseñor,  las «Goyescas» que el onubense pinta como nadie y nos regaló en este día de San José.

De la Sinfonía no 6 en si menor, op. 74, «Patética» de Piotr Ilich Chaikovski (1840 – 1893) aclara Pablo Gallego en sus notas que «la palabra rusa patetícheskaya equivale a “apasionada” o “emotiva”. Un punto de vista radical- mente distinto a nuestro concepto de patetismo»,  testamento y despedida de un genio que en esta sexta volcará lo mejor de sí mismo para la eternidad. Sinfonía compleja, apasionada y apasionante que exige un esfuerzo titánico para todos. Perry So maneja los tiempos sin excesos pero exigiendo a la orquesta una sonoridad prístina desde un gesto claro, una batuta mágica que igual blande cual estilete o la convierte en pincel ágil, más una izquierda detallista, atenta a todos y todo que transmite no solo la necesaria seguridad en los músicos sino las ideas claras de lo que esta partitura esconde. Ya impresionó su I. Adagio – Allegro non troppo, el «templo del sinfonismo» con ese inicio de fagot y cuerdas graves lleno de esa oscura luminosidad y la transición de aire marcada con precisión y equilibrados balances, la necesaria exactitud sacando a relucir cada sección cual encaje de bolillos, metales potentes manteniendo la presencia en el resto, un trabajo tímbrico al que la orquesta respondió, reluciendo en esas melodías únicas del ruso donde la cuerda es puro terciopelo pero la explosión sinfónica no puede ni debe contenerse, tormenta y marejada que llega tranquila a la orilla. Qué difícil ver el II. Allegro con grazia marcando tan claro y preciso ese 5/4 de este lied donde tantos naufragan del que Perry So emergió con autoridad y mando bien respondido por una orquesta que necesita mano dura para no claudicar, como así demostraron los profesores, concertino cómplice necesario, gráciles, todos a uno remando en la dirección correcta, la emotividad rusa que no patetismo antes del III. Allegro molto vivace vigoroso, auténtica marcha sinfónica en sol mayor que ocupa el lugar tradicional Scherzo en una rebelión interior capaz de prever un final que no lo es, siempre aplaudido anecdóticamente por su fuerza que tanto orquesta como director transmitieron, jugetón, líneas precisas, dinámicas vertiginosas, pulsión con pasión, ímpetu y empuje vital antes del angustioso y rompedor IV. Finale: Adagio lamentoso, verdadero requiem del compositor (con un «Tuba mirum» de trombones y tuba único) poniéndonos un nudo en la garganta más un silencio respetuoso después del último compás, extraña y felizmente largo, enorme y contenido, tras el que todos respiramos aliviados, mascarilla incluida, sabiendo que esta despedida de la vida nunca fue tan esperanzadora.

Bienvenida la música en tiempos difíciles, extraños y hasta dolorosos donde bálsamos como esta despedida invernal augura una primavera de color y deseos positivos, optimismo del maestro Perry So al que nunca agradeceré lo suficiente tantos y buenos conciertos, porque nunca defrauda.

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