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Blando susurro navideño

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Sábado 19 de diciembre, 19:00 horas. XXIII Festival de Música Antigua de Gijón, Centro de Cultura Antiguo Instituto: La Galanía, El blando susurro. Música sacra española e italiana del siglo XVII. Entrada: 3€ (agotadas en pocas horas).

Era en verano cuando el festival gijonés debería haberse celebrado, pero todos conocemos las causas de suspensiones y aplazamientos, recuperando por fin los conciertos en el Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón con aforo reducido, medidas de seguridad y muchas ganas de disfrutar la música en vivo, público ansioso de barroco y renacimiento, el referente de estos repertorios desde hace ¡23 años! que «La Covid 19» no ha podido con él, transmitiéndose igualmente en «streaming» por el canal en YouTube© del Taller de Músicos que inaugurase mi siempre recordado René.

Tras la presentación de Eduardo G. Salueña y los agradecimientos a la Asociación Música Antigua, al Taller de Músicos, a la Fundación Municipal de Cultura y Universidad Popular que dirige Miguel Barrero y por supuesto al Ayuntamiento de Gijón representado por su alcaldesa Ana González como una melómana más disfrutando del recital, llegaba la pamplonica Raquel Andueza con La Galanía a la capital de la Costa Verde, tras disfrutarlos en Jaén (desde casa) con el Festival de Música en Segura, cambiando El baile perdido veraniego por unas nanas al Niño muy navideñas, recuperadas desde su escritura tras la ardua labor de investigación y actualización de las mismas, junto a piezas instrumentales de la misma época que demostraron no ya la calidad de los componentes (que dejo detallados al final), todos ellos de largo recorrido y experiencia en estos repertorios,  sino el acierto en la tímbrica buscada, arropando cálidos y ajustados ese canto natural, espontáneo, felizmente recuperado sin perder ni un ápice el color característico de la soprano navarra.

Como bien indicaban las notas al programa (disponibles en la web), «En el programa hemos intercalado la canción de cuna italiana, solos al nacimiento y al santísimo sacramento en castellano y la música instrumental, generalmente basada en bailes que también fueron cantados en su día«. En estas «especiales» nanas cantadas en italiano y español, Raquel Andueza articula como pocas haciendo del propio texto melodía pura, los octosílabos en ritmo ternario son delicatessen, voz revestida con acompañamientos cercanos, detallistas, bien con el arpa de dos órdenes o la tiorba, intervenciones virtuosas del violín y el siempre discreto pero necesario toque de la percusión, que nunca rompieron ese clima íntimo de las canciones de cuna al bambín Giesù o las jácaras finales tan españolas.

Comienzo con cinco preciosas canciones de cuna, arrulladas, resucitadas de las bibliotecas italianas y las españolas, de ricos textos siempre metafóricos con los «descansos» de la chacona, la folía o la pavana, bien engarzadas entre las nanas, todas con la misma musicalidad íntima junto al gozo «moreno y gitano».

Ambiente cálido, silencios respetuosos, aplausos sin prisa, dejando las notas finales en el aire. Disfrutando de la voz de Raquel Andueza con Jesús Fernández Baena compartiendo salón y susurrando, o el aria de bajo Dormi, o ninno (de Cristoforo Caresana) transportada para ella de belleza y delicadeza máxima con el excelso sonido de La Galanía.

La Galanía, esta vez sin guitarra barroca, volvió a coprotagonizar el recital con momentos de lucimiento de sus cuatro instrumentistas, especialmente el arpa de Vilas y el violín de Prieto, las cuerdas bien complementadas comandadas por Jesús más la percusión imprescindible de Mayoral, detallista hasta en las campanillas, todos manteniendo la línea argumental de estas músicas del XVII tan frescas y cercanas mimando la voz inimitable de la navarra, cerrando la velada a ritmo de jácara, el gran Sebastián Durón de Vaya pues, rompiendo el ayre, villancico navideño atemporal, inteligente y letra «ad hoc» para concluir: No chisten, callen, silencio, atención, aplauso…

Y no podía faltar la propina esperada y encontrada del «picantón guineano» A la zambarambé, verano recuperado de baile tras un blando susurro.

La Galanía:

Raquel Andueza, voz – Pablo Prieto, violín – David Mayoral, percusión – Manuel Vilas, arpa de dos órdenes – Jesús Fernández Baena, tiorba.

Butterfly vive

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Viernes 18 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXXIII Temporada de Ópera de Oviedo. Madama Butterfly (Puccini).

Una noche para el recuerdo y la historia del templo operístico ovetense que cayó rendido ante la Butterfy de la asturiana Beatriz Díaz, la soprano que ha hecho suya a la gran Cio-Cio-San totalmente sublime, creciendo como su propio personaje y en un momento cumbre en su vocalidad.

Puccini es el compositor de las mujeres protagonistas, de las heroínas, y este rol no pudo encontrar mejor voz, mejor actriz y mayor entrega, sacrificio y trabajo que el de nuestra soprano, una cantante que ha luchado como el propio personaje, contra todo, con la esperanza de este debut que encumbra o hunde a quien lo escenifica. La evolución a lo largo de esta ópera, la transición de la joven Madama Butterfly a la madre adulta que se inmola como acto de amor y lealtad se reflejó de principio a fin, una evolución cantada y sentida que conmovió a un público entregado, respetuoso, en silencio, acongojado con el drama sobre el escenario tan bellamente escrito por el músico de Lucca. Beatriz Díaz es la soprano de Puccini y lo lleva demostrando hace muchos años, eligiendo el momento de cada personaje con la madurez de una carrera bien armada que con esta Butterfly ha vuelto a afianzarlo para quien quiera escucharla. Las lágrimas del público saltan cuando hay todo lo necesario para conmover y «La Díaz» volvió a hacerlo en una noche muy especial.

Espero no tengan que buscar sopranos de grandes titulares y buen marketing pero pequeña y corta implicación, de renombre y expectativas no siempre cumplidas, las tenemos en casa pero triunfando fuera. Tomemos nota este lujo para la ópera de Oviedo con este reparto de función única plenamente preparado para afrontar cualquier sustitución que en estas circunstancias tan especiales ha obligado a un esfuerzo titánico por mantener los títulos con todos los cambios imprevistos y la incertidumbre que no es buena consejera. La Butterfly del «Viernes de ópera» ha sido el mejor regalo navideño, único e irrepetible que unos pocos privilegiados hemos podido disfrutar, todo un homenaje a Puccini en la voz de Beatriz Díaz.

Imposible plasmar todo lo vivido y sentido, así que desde aquí solo me queda presumir de atesorarlo en mi memoria musical y afectiva, compartir tanto con tan poco como esta reseña aún con ese nudo en la garganta y la satisfacción de decir la consabida frase «¡Yo estuve ahí!».

Madama Butterfly cautiva desde el inicio, la Oviedo Filarmonía casi camerística y colocando parte de los efectivos en las bolsas laterales, con Óliver Díaz al frente siempre en ascenso y dominador de foso y escena. Asumieron todos el reto de pasar de Beethoven a Puccini con una profesionalidad encomiable, ilusión y muchas ganas de público con quien compartir. De hecho todo el equipo de la ópera está realizando un esfuerzo titánico para mantener viva esta llama lírica que amén de no defraudar ha puesto a la cultura segura como un ejemplo a seguir cuando las cosas se hacen bien y las autoridades lo permiten.

La escenografía de Joan Anton Rechi ayudó a crear el ambiente ideal para esta «tragedia japonesa» en el Nagasaki nuclear, sin perdernos nada de la esencia, con elegancia y subrayando un libreto que la música eleva al Nirvana dramático. La acción preparada y las voces del reparto mostrando sus credenciales, un Goro (Moisés Marín) convincente y el Pinkerton (Fabián Lara) que ya prometía una noche para el recuerdo. Suzuki (Nozomi Kato) en su papel y además japonesa, sería el vértice para dibujar el triángulo protagonista perfecto, si bien Sharpless (César Méndez Silvagnoli) apuntaba maneras y buen color pero su emisión corta oscureció un fulgor y elegancia vocal de todo el elenco.

La aparición del cortejo femenino con las mascarillas arropando a Cio-Cio-San elevó el nivel al primer escalón emocional y visual, elegancia total. Un gusto en el canto y los pianissimi de Butterfly perfectamente proyectados con la técnica necesaria y la calidad demostrada. El maestro Díaz tejiendo un sedoso shiromuku orquestal con igual pulcritud que el shironuri (el maquillaje blanco de las geishas), blancos refulgentes que la iluminación de Alberto Rodríguez subrayaría a lo largo del drama. Todo un crescendo de calidades, belleza contenida que iría desbordándose durante toda la función, la gestualidad, los diálogos, el coro (delicadísimo a bocca chiusa), el encuentro entre Pinkerton y Butterfly, dos voces para una misma emoción, la irrupción del El Bonzo (Fernando Latorre), acción trepidante sin tumultos, musicalidad a raudales.

Y la pareja enamorada y entregada, el único momento donde ambos interactúan porque Puccini escribe las emociones por separado. Lara Pinkerton convincente, poderoso, entregado, Díaz Butterfly arrebatadora con el esperado Un bel di vedremo que puso en pie al Campoamor porque no se puede hacer mejor, desde la «voz delgada cual hilo de humo» acompañada desde lejos (hay que leer a Stefano Russomano en el libreto) y la gradual ampliación sonora poniendo otro escalón en una cima de alturas musicales y sentimentales.

El efecto de la plataforma giratoria da la elipsis temporal, la orquesta de una sutileza deseada, Cio-Cio-San esperando tres años que cante el petirrojo, Suzuki desgarradoramente perfecta en su personaje, devoción, entrega y amor hecho canto con un impactante final de acto en todos los sentidos (que no quiero desvelar).

Devastadora escena entre escombros, ambiente incómodo y perturbador, la esperanza que nunca se pierde ni siquiera en los peores momentos, la aparición en escena del hijo (Rodrigo Méndez De la Fuente / Celia Gómez Arias) apabullante por su actuación madura, creíble, espontánea, engrandeciendo un acto lleno de dolor, espera y esperanza desde la atalaya con bandera americana hecha jirones, la actualidad que llega al corazón y siempre ¡LA VOZ! cual bálsamo emocional. Beatriz Díaz grande, evolución del personaje y de la cantante, poderosos graves, medios implacables e impecables, agudos sobrecogedores y sobre todo sus pianísimos que brillan y se escuchan en todos los rincones del teatro. La entrega de los sentimientos en cada nota, lágrimas no siempre contenidas en el público, flores invernales «sembrando otoño», Suzuki y Cio-Cio-San, dolor y amor, dualidad vital, final esperado, desesperado y deseado aunque de todos conocido. Goro, Pinkerton, Kate, las distancias infranqueables, el sacrificio y la muerte que trasciende para elevar triunfal esta Butterfly más viva que nunca.

Bocetos de Iberia

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Luis Fernando Pérez (piano), Suite «Iberia» (Albéniz). Entrada butaca: 8 €.

El público necesita de la música en vivo como el aire que respira, aunque sea a través de una mascarilla, y la vuelta a ella nos resucita y reconforta un poco. También regresaron las Jornadas de Piano al auditorio con el madrileño Luis Fernando Pérez afrontando esa maratón del piano que es «la Iberia de Albéniz«. Casi dos horas y en el orden original del compositor campodroní para los cuatro cuadernos con una mínima pausa a la mitad y sin movernos de la butaca.

Es difícil aportar novedades, visiones, interpretaciones diferentes a esta biblia pianística también descrita por Enrique Franco como «el gran poema de la música española«, magna obra donde la docena de escenas pueden ser leídas o diría que pintadas en diferentes estilos y materiales: óleo, pastel, acuarela, plumilla, tinta china de colores, porqué no carboncillo, sanguina y hasta técnicas mixtas, puntos de vista del mismo paisaje con diferentes ópticas pero siempre reconociendo el objeto, el tema, el mensaje.

Personalmente no creo haber entendido «la Iberia de Luis Fernando Pérez«, un pianista al que admiro hace tiempo, sigo y aplaudo por el valor además de honestidad al regalarnos esta Iberia ovetense, por otra parte muy trabajada como atestiguan sus grabaciones y la edición digitalizada de la misma, pero desconozco si ha tenido una mala tarde o simplemente su acercamiento a las obras está muy alejado de mis referentes en vivo (de los vinilos y compactos daría para otra entrada).

Comprendo y hasta comparto que Iberia supone toda una vida y cada interpretación es siempre diferente, pues evoluciona y crece con el pianista, descubriendo nuevos detalles, sonoridades, pedales, articulaciones, discurso narrativo y todo lo que queramos añadir, mas en mi caso este concierto fueron doce apuntes o si se prefiere bocetos. Agrupando mis propias impresiones por los cuatro cuadernos paso a intentar describirlas:

I. Evocación – El Puerto – El Corpus en Sevilla. Flojo arranque, frío con «notas perdidas», pinceladas sin rumbo, no buscando nada concreto salvo el pedal uniendo los 3 paisajes, más bocetos que acuarelas de confusión sonora y fraseos personales que no me placen, con un Corpus extrañamente fraseado, sumando dinámicas bruscas y un rubato exagerado para mi gusto aunque le encuentre «unidad».

II. Rondeña – Almería – Triana. Algo más centrado y concentrado en el trazo pero igual de confuso o difuso por momentos, con una agógica, una concepción del tempo con los silencios algo extraña desde el inicio del cuaderno. Desenfoques sonoros puede que buscados pero esa Almería desdibujada me llevó más al Cabo de Gata que a la Alcazaba, reflejos del Mediterráneo… incluso Triana sin Guadalquivir pareció un aguafuerte o incluso una plumilla con muchos grises que no son color sino dolor, borrones ágiles buscando un foco de atención que me despistó de la esencia.

III. El Albaicín – El Polo – Lavapiés. La pausa no cambió mi perspectiva, las mismas sensaciones con unos caminos tortuosos donde el esfuerzo prima sobre el remanso, desenfoques y contrastes tan brutales que no me dejan delinear las formas. Trazo abrupto y sin finalizar, agilidades entrecortadas como un Lavapiés a trompicones cual camino empedrado además de empinado y líneas discontinuas que parecen traducir las pausas.

IV. Málaga – Jerez – Eritaña. Mismos gestos, ondulaciones sin punto de fuga, curvas sin horizonte y fatiga transmitida sin apenas bocanadas de aire, sobresaltos y decepción. Sensación de meterme en un callejón sin salida, bocetos sin terminar, aroma de manzanilla sin sabor en boca o firma ilegible.

Aplausos merecidos por el esfuerzo pero sinsabores personales que tras el titánico desgaste el madrileño aún nos regaló dos propinas: una «inédita» Yolanda popular de Colombia recordando a su amiga y colega Blanca Uribe, y una «Seguidilla murciana».

El norte cálido y musical

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Viernes 11 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Seronda VI: Ellinor D’Melon (violín), OSPA, Jaime Martín (director). Obras de Chaikovski y Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Retomamos la «anormalidad» tras otro cierre imprevisto, y la vuelta al auditorio con aforo reducido más todas las medidas de prevención e higiene en estos tiempos que lo han cambiado todo menos las ganas de música en vivo. Un poco hartos de la incertidumbre, del vivir al día pero también de conciertos en streaming que nos ayudan a «conectar sin desconectar» y mantener una esperanza que nunca se pierde.

Mis sinceras felicitaciones y gratitud a la OSPA por el esfuerzo en mantenernos con hambre de directo, y tras la pasada semana donde la pantalla seguía delante de nuestros ojos con un programa impresionante (Concierto de piano de Gershwin con la francesa Lise de la Salle y la Séptima del «Beethoven 250») volvía el maestro santanderino al frente de la formación asturiana con otro programa para disfrutar, músicas de la gélida Rusia, Tchaikovsky y Sibelius (desde el Gran Ducado de Finlandia dependiente del Imperio Ruso por entonces) escritas lejos del mundanal bullicio que nos dejaron la calidez de unas obras para un público fiel y expectante por volver a la butaca «de verdad», a paladear el sonido analógico y real que la era digital no conseguirá nunca.

Se presentaba la joven violinista jamaicana de origen cubano Ellinor D’Melon (2000) nada menos que con el Concierto para violín op. 35 (1878) de Tchaikovsky donde primó el virtuosismo del sonido desde una técnica depurada, la música sentida y detallada de rubato plenamente romántico y contenido perfectamente entendido por Martín -que ya la ha dirigido en Gävle (Suecia) y Barcelona precisamente con este concierto– con una OSPA atenta, escuchándose, conectando, disfrutando, como si el público enviase esa sensación de confort cercano.

Tiempo ajustado sin excesos en el Allegro Moderato inicial con una orquesta rotunda y delicada arropándola, una cadenza de seda con ese sonido único del Guadagnini de 1743 (amablemente prestado por un donante anónimo de Londres) y de una agógica impactante antes de la entrada orquestal encajada con la maestría del buen concertador que es el director santanderino, ese movimiento «redondo» del ruso de orquestación brillante; segundo movimiento Canzonetta andante para seguir apostando por el terciopelo, sonidos contagiosos de texturas cuidadas tanto en la violinista como en los primeros atriles sinfónicos, maderas empastadas creando atmósferas cálidas y juegos delicados dialogados con sentimiento sonoro de la jamaicana envuelta en el halo de la cuerda hoy comandada por la concertino invitada Elena Rey, todo bien sacado a la luz con el gesto claro de Jaime Martín, esos aires quasi zíngaros y vitalistas de un tejedor detallista que no deja nada al azar permitiendo disfrutar a todos, sonsacando unos graves necesarios antes del vibrante Allegro vivacissimo final, más complicidades y ajustes perfectamente encajados, el ritmo contagioso con el balance siempre ideal entre solista y orquesta, el sonido que todo lo envuelve, el juego musical y virtuoso donde la interpretación toma sentido en este único concierto de violín de Tchaikovsky que Ellinor entiende con personalidad y Martín ayudó a redondear con la calidad que no se ha perdido. Bravo.

Y sin apenas descanso llegaría Sibelius, porque «no hay quinta mala» como digo siempre, la sinfonía estrenada hace ahora 105 años, y que menos alegrías dio al finlandés, llegando a rehacerla hasta tres veces sin renunciar a ninguna de ellas, pero al que, como a Mahler, le llegó su tiempo. La Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 resulta compleja en su concepción e interpretación. Tres movimientos que exigen de la orquesta un empaste especial y unas dinámicas exigentes para no desencajar nada, una cuerda tersa de sonido intenso, unos metales orgánicos en cuanto a presencia y homogeneidad, la madera creando un color único sin perder presencias solistas, más unos timbales que deben dominar sin atronar. Todo funcionó a la perfección nuevamente con el buen hacer del maestro Martín, mano derecha clara y precisa, mano izquierda atenta y rigurosa, gestualidad global para las dinámicas pese a que la mascarilla prive de mejor comunicación pero que el trabajo continuado logra sobrepasar.

El compositor nórdico no contempla su obra como un simple desafío técnico sino como un proceso de sensaciones e intuiciones. El primer movimiento, Tempo molto moderato – Allegro
moderato – Presto
, un ente propio dentro de la globalidad, de nuevo la búsqueda del sonido cálido contrastado con esa inestabilidad emocional que la partitura refleja, el paisaje gélido y tensiones que fluyen cual viento del norte, empujado por esos golpes percusivos que animan el ritmo cardiaco antes del concluyente final. Tras la tormenta llega la calma, el Andante mosso, quasi allegretto para disfrutar con todo el viento, especialmente la flauta  acunada por los violines en pizzicati, el reposo como de lago congelado en un día nítido, luminoso, el equilibrio bien balanceado desde el podio, dibujos en el aire para este movimiento plácido que en su final comienza a inquietarnos, agógica y dinámica perfectamente equilibradas antes de desembocar tras la modulación en el  Allegro molto – Misterioso, cuerda ágil y limpia, impetuosamente rítmica mientras el resto envuelve de «misterio» un relato sinfónico magistral con ese final único y genial: seis acordes separados por los silencios que resonaron en la gran sala del auditorio ovetense huérfano y entregado.

El propio Sibelius escribiría el 26 de enero siguiente: «una vez más trabajando en la Sinfonía 5. Batallando con Dios. Quiero darle a mi sinfonía una forma diferente, más humana. Más terrenal, más vibrante — el problema es que yo mismo he cambiado mientras trabajaba en ella«. Todos hemos cambiado, más humanos y terrenales pero también hemos vibrado con esta quinta donde Jaime Martín y la OSPA lograron de nuevo el milagro único de la música en directo, sensaciones compartidas, gratitud mutua y esperanza en esta «anormalidad» con la que tendremos que convivir. De nuevo el público sigue dando ejemplo y demostrando que la cultura es segura.

Caprichos y lamentos de clarinete

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El clarinetista Maximiliano Martín, solista de la Scottish Chamber Orchestra, está a punto de sacar al mercado su grabación para el sello Delphian con la Orquesta Sinfónica de Tenerife bajo la dirección de Lucas Macías Navarro con el sugerente título de Caprices and Laments, plasmación en tres obras de la versatilidad de un instrumento capaz de sorprender por sus sonidos evocadores y con unos compositores que no me son extraños.
Todavía recuerdo el concierto que ofreciese el pasado y a la vez lejano 7 de febrero de este año con la OSPA dirigida por Pablo González, donde pudimos disfrutar del danés Nielsen y su concierto para clarinete, que está en este disco, así como la propina de un MacMillan a descubrir, presente igualmente en la grabación que paso a comentar.
Los compañeros de viaje esta vez son la orquesta tinerfeña dirigida por nuestro conocido Lucas Macías, titular de la OFil (y de la OCG), que mantienen una calidad homogénea en cada pista y obra, disco grabado los días 21-24 de enero poco antes de su visita al auditorio ovetense donde compartió música con muchos compañeros de estudios londinenses.
La obra que abre el compacto es el sugestivo Concierto para clarinete y orquesta de arpa con arpa y piano (1947-48) de Aaron Copland (1900-1990). De él en la web tanto del sello Delphian como del clarinetista canario y en la contaportada, describen en inglés libremente traducido por mí: «Dos décadas después, el concierto de Aaron Copland para el mismo instrumento de manera similar, une los contrastes estilísticos y expresivos: compuesta con la experiencia de Benny Goodman en el cruce de géneros en mente, trae una veta de tristeza lírica junto con el brío de los modismos populares de mediados de siglo en Estados Unidos y Brasil«. Sonoridades de lamento, ensoñaciones de la América profunda con el clarinete protagonista absoluto, respondiendo al pie de la letra a las indicaciones del propio compositor que ya presenta un estilo propio e inimitable: un primer movimiento «lento y expresivo», una «cadencia libre» para explorar toda la tesitura del instrumento con la amplia gama dinámica de una cuerda aterciopelada más los contrastes del arpa y piano subrayando un ritmo de película documental, quién sabe si por los Apalaches del propio Copland, y el último «bastante rápido» que completa un concierto colorido, juguetón y, como todo el disco, caprichoso con música que podríamos calificar de incidental y vitalista, con un acople, empaste y homogeneidad ideal en todos los intérpretes: solista, orquesta y director en aras de la belleza máxima. Por supuesto excelente la toma de sonido que en el equipo de casa, sin restricciones de volumen, coloca a los músicos frente a mí. Han mejorado las plataformas digitales en cuanto a la calidad del sonido, aunque me quedo siempre con mi cadena Technics y los CDs que cada vez ocupan más paredes, pero son mi tesoro y particular «bodega musical».
El compositor de Odense está en alza más allá de unas sinfonías que merecen escucharse más a menudo, y de las que Pablo González se ha declarado ferviente admirador. En la web del propio Maximiliano Martín dice de esta obra que «La benevolente sombra de Mozart se encuentra con una tensión de turbulencia emocional en el inolvidable, a veces inescrutable Concierto para clarinete de Carl Nielsen, su última obra orquestal importante, completada tres años antes de su muerte en 1931″. Personalmente este Concierto para clarinete y orquesta (1928) es tan primoroso como el del genio de Salzburgo (que el propio Martín ha grabado con los escoceses). Si en Oviedo yo escribía que el tinerfeño Maxi «hizo cantar desde un virtuosismo endiablado su instrumento«, la peculiar plantilla orquestal con cuerda “menguada” (más dos fagots, dos trompas y la caja tan solista como el clarinete), donde concertar sin perder nada de lo escrito es una tarea al alcance de pocos directores, el «equipo tinerfeño» con el onubense Lucas Macías al mando, lo consiguen nuevamente. Partitura con destinatario propio que Martín explicaba en OSPATV, así como las notas al programa de Marina Carnicero García para el sexto de abono, posee un lenguaje musical muy danés por la inspiración en su folklore, pero innovando en todo desde una complejidad técnica que exprime al máximo todos los recursos del clarinete junto a una orquestación rica y sugerente que reviste al solista de solemnidad e intimismo sin perder esa «línea argumental» tan nórdica junto a cierto carácter vocal como no podía ser menos en un instrumento de viento.
Además de mi confesado amor por los escandinavos llamados los latinos del norte, el concierto de Carl Nielsen (1865-1931) es un dechado de perfección instrumental con un clima sonoro especial. Jugando con el ambiguo significado de «es la caña”, realmente así lo puedo entender en jerga juvenil, pues pergeñar todo él en un solo movimiento es ya un acierto unificador, con juegos de tiempos contrastados y rítmicamente complicados de concertar, con diálogos entre orquesta y solista equilibrados, y la caja que también quiere cantar y contestar el carácter del destinatario, Aage Oxenvad, quien lo estrenó en Copenhague el 11 de octubre de 1928. Gruñón y endiosado al que su compatriota parece que quiso poner a prueba con este concierto. Nuevamente el maestro Martín eleva al culmen esta primorosa partitura con la sabia combinación de técnica y musicalidad, el canto del clarinete explorando los registros extremos, las dinámicas imposibles capaces de cortarnos la respiración, solos levantando el vuelo cual «lamentos caprichosos» y la orquesta revistiendo de belleza esta imagen de mi aññorada Dinamarca que suena totalmente actual casi cien años después. Una satisfacción tenerla en disco para disfrutarla cuantas veces quiera y viajar sin movernos del sillón plácido y confortable con diseño nórdico.
El compositor y director de orquesta escocés  Sir James MacMillan (1959) con su Tuireadh (1991) redondea estos tres conciertos donde el clarinete cubre una amplia gama de emociones humanas y hasta divinas. Obra originalmente para Cuarteto de Cuerda y clarinete, arreglada en 1995 para la versión orquestal, en las fuentes citadas lo describen así: «El Tuireadh de James MacMillan (…) es una efusión resuelta de dolor, que eleva los instrumentos a una calidad de expresión casi vocal en un lamento por las víctimas del incendio de la plataforma petrolera Piper Alpha«. Esta partitura es el verdadero «lamento»  cantado tras los «caprichos» americanos y daneses, la denuncia musical con un lenguaje actual concebido para un clarinete suplicante, enfadado, dolido, compartido y contestado por una orquesta que subraya, reprocha, gime, grita y llora. Imágenes dramáticas que la música completa con una instrumentación de tímbricas y texturas evocadoras de tragedias diarias a las que no somos ajenos en estos tiempos convulsos. Interesante composición esta página de MacMillan que crece del cuarteto de cuerdas a la orquesta, explorando cada sección desde amplias dinámicas que no ocultan nunca el protagonismo del clarinete solista en un idioma de nuestro tiempo comprensible por todos. Recomiendo conocer la amplia trayectoria de este interesante compositor británico con un lenguaje musical inundado de influencias no ya de «su herencia escocesa, fe católica, conciencia social y una estrecha conexión con la música folclórica celta, mezclada con influencias de la música del Lejano Oriente, Escandinavia y Europa del Este«, perfecto compañero de viaje de los otros dos conciertos a los que complementa como anillo al dedo desde esta visión evolutiva y cercana de una forma clásica por la que transita la grabación, historia viva como los sentimientos comunes.
Bravo por estos músicos de mi generación a los que debemos escuchar más, y mis felicitaciones al maestro Martín por este disco de aires isleños junto a la gratitud de poder escucharlo con detenimiento y verdadero deleite, viajes emocionales de Siana a Edimburgo, minería mierense hermanada con Glasgow siempre con «la música por montera» que reza mi blog, además de la musicoterapia necesaria, siempre jugando con caprichos y lamentos que nos hacen más llevaderos nuestros quehaceres diarios.

Córdoba mediterránea

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Llevo días disfrutando en Spotify desde el ordenador y posteriormente en soporte CD aún puesto en la cadena, del recientemente publicado Rutas a cargo del tenor cordobés Pablo García-López y el pianista vitoriano Aurelio Viribay, perfecta fusión de una voz que tiene personalidad en esta canción de concierto y el máximo conocedor de un repertorio que domina desde hace muchos años. Como escribe «el mi fíu adoptivo» desde su primer viaje a Mieres en sus años de estudiante, «Emprendo este nuevo viaje y me gustaría que me acompañaras… quiero reivindicar nuestra música con la figura de estos compositores que se han apoyado en la palabra de grandes poetas«.

Acertada selección de 21 canciones que nos llevan a un viaje desde el Mediterráneo barcelonés de Eduard Toldrá (1895-1962) y alicantino de Óscar Esplá (1886-1976) a la Córdoba de Joaquín Reyes Cabrera (1914-2005) y Ramón Medina Hidalgo (1920-2012), reivindicación necesaria para estas «rutas» que habitualmente hemos escuchado por las grandes voces femeninas españolas y que el tenor andaluz le da esta visión masculina sobre unos textos a los que la música eleva al paraíso, rebautizando el Guadalquivir cual mar personal, siempre con el magisterio del doctor afincado en Madrid (conocedor del dicho de Rubinstein que Todas las palabras se esconden tras las teclas de un piano).

Toldrá y sus Seis canciones han sido grabadas por dúos de referencia que con García-López y Viribay resplanceden desde una línea de canto limpia, sentida y el subrayado pianístico impecable, nuestro lied equiparable al europeo que ambos intérpretes han transitado. «Cantarcillo» de concierto para disfrutar de Garcilaso, Quevedo o Lope, «Después que te conocí» todas las canciones son bellas, frescas y nada les sobra, la simbiosis texto-música equilibrada en todos los planos, fluidez verbal e instrumental.

Esplá nos transporta hacia el sur mediterráneo con textos atlánticos de Alberti, las Canciones playeras que explican las «Rutas«, por aquí y por allá de luz sorolliana en el piano dibujada con voz propia masculina, pregones de poesía pura, pescadores de músicas andaluzas universales que siguen viajando por el mundo. Nuestra Lírica española nuevamente única, aquí «Castellana» y «Mediterránea«, de la orquesta al piano grande de por sí, unido a la voz lírica pura que canta a nuestra tierra con una música para guardar y disfrutar siempre.

Siendo la patria chica del tenor no podía faltar la Córdoba soñada, los claroscuros de Romero de Torres con poesías de Lorca y también de Machado, viajeros triunfadores a los que Joaquín Reyes musica desde una continuidad bien traída a tierra de Califato, el magisterio destinado a engrandecer un repertorio no siempre presente en los programas pero que Pablo y Aurelio han traído para quedarse, los años 70 y 80 tan fructíferos para la creación desde los encuentros poético-musicales en la nueva Medina Azahara del Conservatorio que hoy lleva el nombre del recordado y grande Rafael Orozco. Las seis Canciones para niños del jienense y cordobés Reyes aquí grabadas reflejan no ya el dominio del piano que el compositor e intérprete cordobés mantuvo en su larga trayectoria sino el interés por revitalizar la canción de concierto, el Lorca puro de la Cancioncilla sevillana que desprende romero musical en la voz del cordobés y esa «guitarra en blanco y negro» del vasco, pero también el Caballito soñado de Machado, compenetración perfecta de voz y música, tenor y piano en protagonismo y aprendizaje compartido a lo largo de los años, que recuperan estas seis joyas de la literatura liederística hispana con visión europea desde la creación unida a la ilusión.

Cierra el disco Ramón Medina, otro docente y compositor cordobés con herencia musical directa, de quien han elegido poetas igualmente cordobeses, Se peinaba la niña de Pablo García Baena (1923-2018), poesía sensual perdurable y romántica destinada a ser cantada, y La adelfa de Carlos Clementson (1944) enmarcado en el Grupo Cántico, ya indicativo de su línea entre los llamados «novísimos«, como nuevas estas canciones que mantienen la esperanza de poder escucharlas en vivo aunque siempre nos quedará este testimonio para atesorar.

Excelente esta grabación del mes de junio realizada en Estudio Uno de Colmenar, con Pablo Pulido de ingeniero y producción de Miguel Jaubert, perfecta toma de sonido, cercana, directa, piano y voz en el balance ideal de amplias dinámicas registradas al detalle, como los textos del cordobés Juan Miguel Moreno Calderón, las fotos de Javier Salas y todo el CD diseñado por Fortissimo Media, distribuido por La Cúpula Music. Gracias a Pablo y Aurelio por este regalo que acompañará mis grandes grabaciones españolas, para presumir de ellas.

Alexandra Dovgan aplaza su concierto en Oviedo

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La joven pianista Alexandra Dovgan (2007) se ha visto obligada a aplazar su recital de debut en las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, previsto para el próximo lunes 2 de noviembre, debido a una enfermedad sobrevenida que le impide viajar a Oviedo y tampoco podrá realizar el resto de los conciertos previstos en su gira española la semana que viene, según informa la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y la prensa regional.

Dovgan mantiene su compromiso con las Jornadas y próximamente nos comunicarán la nueva fecha prevista para el recital. Serán válidas las mismas localidades para la nueva fecha del concierto y se nos informará la semana entrante del procedimiento de devolución del importe de las mismas para quien no pueda asistir en la fecha alternativa.

Foto: Festival de Salzburgo

Personalmente esperaré al cambio de fecha, primero porque estos artistas son el futuro que ya está aquí y debemos disfrutarlos ahora para que con el paso del tiempo presumamos diciendo «Yo la escuché en Oviedo», y segundo mostrando el apoyo a la cultura y a la música en vivo porque sigue siendo segura en estos tiempos convulsos e inciertos.

Lo antiguo es contemporáneo

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Domingo 25 de octubre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO). Proyección de La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Theodor Dreyer. Música en vivo: Forma Antiqva. Entrada gratuita con invitación.

Crítica para La Nueva España del martes 27 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos de internet y propias más tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

El cine mudo siempre tuvo banda sonora en vivo, incluso con partituras escritas ad hoc, dependiendo de la formación que pusiese la música. Hace unos años, en 1987, el grupo catalán Pegasus, un cuarteto de grandes intérpretes (Arisa, Escoté, Kiftlus y Sunyer), hizo lo propio para la película Berlín, sinfonía de una gran ciudad (1927) de Walter Ruttmann, con una banda sonora original en clave de jazz-fussion interpretada en directo (que retomarían hace nueve años), como harían también pianistas, grupos de cámara y orquestas sinfónicas que en Asturias hemos podido disfrutar varias veces. Este ciclo recupera una serie de películas agrupadas con el título “Cine Conciertos”, manteniendo la música en vivo desde distintas e interesantes propuestas instrumentales.

Todos sabemos que el barroco y el jazz tienen muchas cosas en común, por lo que este nuevo proyecto de Forma Antiqva para la película francesa elegida no podía sorprenderme, de nuevo con ideas sugerentes y llenos de buena música del barroco con un cuarteto para la ocasión: flauta (Guillermo Peñalver), violín (Jorge Jiménez), tiorba (Pablo Zapico) y clave (Aarón Zapico). En las obras elegidas por los asturianos no se busca recrear la época de Juana de Arco ni tampoco la de la propia película, sino enriquecer las imágenes y subrayarlas, el complemento perfecto y lógico más allá del estilo. La acción dramática que es representación, a fin de cuentas, con toda la expresividad tanto fotográfica como narrativa, fusión mágica de los temas de Forma Antiqva con las imágenes de Dreyer que muestra la atemporalidad universal del cine y de la música. La Pasión de Juana de Arco es una de las más grandes muestras del poder expresivo del rostro humano y la música barroca de los sentimientos. Si Dreyer consigue con la concatenación de primeros planos transmitir las sensaciones que sentía la protagonista y conmover sin dar nada más a que agarrarnos, la música da ese plus. Cada personaje impresiona por su gestualidad, la fuerza expresiva está cuidada al detalle, por lo que la película tiene una pureza especial que las obras musicales elegidas y su colocación en el discurso narrativo ayudan a redondear la fuerza de la imagen.

No era necesario llenarlo todo de música, los silencios también son dramáticos y los primeros planos de Juana (Maria Falconetti) conmovedores, puro arte cinematográfico e interpretativo unido a una dirección mágica. Bien elegidas y colocadas las intervenciones instrumentales en solitario de cada uno de los cuatro integrantes de Forma Antiqva junto a escenas donde los gritos son silenciosos, agrandando el dolor. Dúos de tiorba y flauta subrayando la injusticia, tutti indiferentemente menores o mayores que son pura teoría de los afectos musicales, narrativa visual y musical con un trasfondo religioso sin caer en él.

A lo largo de hora y media larga, un auditorio con muy buena entrada, pese a todas las circunstancias actuales, pudo disfrutar de las imágenes poderosas, diríamos que barrocas por los claroscuros, y la fuerza afectiva enriquecida por la música. La Francia e Inglaterra del XVII con su banda sonora fueron pinceladas y nunca brochazos, podrían haber sido alemanas, pero la opción geográfica estuvo bien resuelta: las líneas bien trazadas con la música de Locke, Lawes, Gibbons o Henry Purcell dentro de los británicos, al lado de los Lully, Couperin o Froberger entre otros, el repertorio donde transitan habitualmente los asturianos se fue adaptando a cada fotograma, a cada escena, como si de una representación teatral se tratase. Ahí se percibe el análisis exhaustivo de cada imagen “exprimida hasta la raíz de su afecto o emoción” como el propio Aarón Zapico, director de la formación, explica en las notas sobre este nuevo proyecto. Obertura instrumental sin imágenes, intervenciones en combinaciones matemáticamente calculadas, dúos, cuarteto, tríos y solos, fugas ejecutadas con primor, silencios sobrecogedores y un final de película.

El cine sin música no sería séptimo arte, unión perfecta de imagen y sonido, fotografías en blanco y negro coloreadas con la música en acción, cine y más cine, “que todo en la vida es cine y los sueños cine son” como cantaba Luis Eduardo Aute en 1984. Lo actual no es antiguo, lo antiguo es contemporáneo.

La música une los mundos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, inauguración de la temporada Los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Ingela Brimberg (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Jorge Muñiz, Richard Strauss y Antonín Dvořák. Entrada butaca: 18€.

Con la capital del Principado «cerrada por alerta» ante el Covid me temía que este sábado perdería el concierto inaugural de una temporada anormal donde cada día nos depara una sorpresa, pero finalmente pude escaparme desde mi aldea hasta Oviedo para seguir disfrutando de la música en vivo con un programa que conjugaba dos mundos en uno, cronológicamente inversos y misteriosamente unidos.

El llamado Proyecto Beethoven es un homenaje al genio universal de Ludwig van Beethoven a través del estreno absoluto de cinco obras de nueva creación, encargadas por la Oviedo Filarmonía e inspiradas en la vida y obra del compositor alemán que hoy comenzaba con Heiligenstadt del asturiano Jorge Muñiz (1974), más que el testamento del genio de Bonn como referencia, me quedo con esa «ciudad de los santos» de la Viena imperial, como mezclando ambientes, uno atonal y misterioso frente al melódico en ritmo ternario, la vida urbana vivida desde el otro lado del océano sin ninguna referencia musical beethoveniana pero con mucho oficio orquestal, el anonimato de las grandes ciudades americanas y el bullicio de las pequeñas europeas.

Escrita para una plantilla no muy grande y sin excesos de percusión (solo los timbales y pequeña percusión indeterminada), Lucas Macías llevó este estreno manejando una nave sinfónica con firmeza, acierto y poniendo a la formación ovetense en un punto ideal para continuar creciendo al afrontar repertorios tan variados desde la versatilidad que supone ser la orquesta local. Partitura agradable de escuchar a la que se puede sacar mucho juego por su escritura, inspiración y lenguaje netamente americano de un músico sin fronteras como nuestro Jorge Muñiz.

Las Cuatro últimas canciones, TrV 296 (Vier letzte Lieder, en alemán) para soprano y orquesta, fue la última obra de Richard Strauss, quien las compuso en 1948 con 84 años de edad y sin poder escucharlas representadas. Estrenadas en Londres el 22 de mayo de 1950, unos meses después de su fallecimiento, y consideradas como el último capítulo en la literatura lírica postromántica, Strauss no pensó escribirlas como ciclo, utilizando el texto de tres poemas de Herman Hesse y un cuarto poema de Joseph von Eichendorff, el primero al que puso música. Un acierto proyectar el texto y la traducción en el luminoso sobre la tarima que no obliga a perder la visión del escenario. Poemas sobre la muerte cercana y serena aceptación del destino, un tema recurrente pero unido a la propia vida, las dos caras de una misma moneda pues siempre van de la mano. El título creado por el editor Ernst Roth, determinó también el orden en que debían ser interpretadas.

La soprano sueca Ingela Brimberg en su CV destaca «sus atractivas representaciones de las heroínas dramáticas de la ópera. Brimberg cantó su primera Brünnhilde en la Tetralogía del anillo, de Richard Wagner, del Theatre an der Wien en la temporada 2017/18, después de haber impresionado como Senta en Der fliegende Hollander, Elsa en Lohengrin y con las heroínas de Strauss, Elektra y Salome, en varias de las principales casas de ópera europeas«. Y puedo asegurar que no defraudó en ninguna de las cuatro canciones del Richard Strauss pleno en todo, con una orquesta sin contención ni invasión, bien concertada por el maestro onubense, el alemán nada áspero de Hesse cantado por la sueca de dicción nórdica. «Primavera» (Frühling) de seda con trompas aterciopeladas y contención vocal sin recato. «Septiembre» sentido, brillantemente otoñal para un color de voz ideal y proyección suficiente sin restar nada la orquesta, compartiendo belleza con Mijlin. «Al irme a dormir» (Beim Schlafengehen) acunados nuevamente por el violín solo del concertino ruso hasta la muerte final, «En el ocaso» (Im Abendrot) que en la lengua de Goethe suena sensual, cada consonante musical, sílabas con los adornos imprescindibles de una soprano entregada y cómoda en cada lied, la cuerda compacta y el dúo de flautas etéreo, con una orquesta convincente hasta el silencio final, sin prisas, escuchando caer esa hoja simbólica sujeta hasta el último aliento de un auditorio donde las toses han desaparecido. Impecable «la Brimberg» y a su altura la Oviedo Filarmonía que con su titular transita hacia la excelencia.

Para cerrar nada menos que la Sinfonía nº 8 en Sol Mayor, op. 88 de Anton Dvořák, que pierdo la cuenta de veces escuchada en directo y no digamos en vinilo, casetes y cedés de toda la vida a la que siempre vuelvo porque mantiene en mí un estado de esperanza. Escrita en el verano de 1889, y destacada por su tierna inspiración nacida de la música tradicional bohemia que el compositor tanto amó. Estrenada en Praga el 2 de febrero de 1890 bajo la dirección del propio autor, los cuatro movimientos son un ascenso emocional además de la prueba de fuego para toda gran orquesta.

El Dvořák de Macías me aportó frescura a esta Octava que ha dejado interpretaciones históricas. Dirigiendo de memoria inspira confianza en sus músicos, no pierde la vista ni el detalle, impetuoso y tierno en el Allegro con brio inicial marcado con la compostura habitual del director andaluz, gestualidad precisa y perfecto entendimiento mutuo desde el primer ataque y la intervención motívica de la flauta solista antes del desgarro siguiente en todas las secciones, con un metal orgánico, afinado, nunca estridente y bien sujeto desde la batuta, al igual que una madera bien templada. El Adagio sonó limpio y claro además de elegante, sincero, con la agógica elástica que permite frasear y matizar, ese tema bohemio de clarinetes y flautas revestido de una cuerda presente, esas escalas descendentes que contestan la segunda melodía de la que emergen nuevamente el concertino y la flauta, más el metal brillando sin deslumbrar en los ataques permitiendo que los silencios resonasen en esta acústica de la «nueva anormalidad» que llevo varios conciertos destacando. Allegretto grazioso – Molto vivace cautivador, dejando fluir la música sin complejos, aire vienés marcado desde el podio lo necesario, dejando escucharse a todos, bien balanceado de contrastes y tempo antes del último ataque del Allegro, ma non troppo, majestuoso en su entrada de metales y la pausa conmovedora antes de la aparición en violas y cellos de esa melodía que me recuerda siempre la romanza “Junto al puente de la peña” de La Canción del Olvido del maestro Serrano, moldeada en diversos tiempos e instrumentos, con una cuerda sedosa y presente junto a un viento espectacular y acertado, la evolución acelerada antes del estallido de color en las trompas y una sonoridad orquestal totalmente cuidada, especialmente en la «marcha oriental» contenida para contrastarla con el motivo principal de este último movimiento que concluye espectacular, con un Lucas Macías dominador que cada vez confirma el acierto en su fichaje. Si nada lo impide disfrutaremos de un crecimiento a lo largo de una temporada que vuelve a prometer pese a las incertidumbres.

No nos olvidemos de Beethoven

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Viernes 23 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: SERONDA III, OSPA, Jesús Reina (violín), Josep Caballé Domenech (director). Obras de Beethoven y Brahms. Butaca de anfiteatro: 10€.

Cada día es un triunfo y para los conciertos una batalla ganada cumpliendo estrictamente con todas las normas. El tercero de este «no abono otoñal» con entradas sueltas porque no se sabe qué pasará mañana, ya comenzó con bajas obligadas por el Covid, primero el maestro Ion Marin y después la violinista Esther Yoo, pero raudos gestores y agencias encontrarían nueva batuta y solista para un programa que se mantuvo con dos de las llamadas tres Bs (Bach, Beethoven y Brahms) porque no debemos olvidarnos que este aciago 2020 celebramos los 250 años del maestro de Bonn, «el sordo genial», y el repertorio clásico no puede ni debe faltar en estos reencuentros sinfónicos que son verdaderos oasis de placer en tiempos convulsos, soportando todas las restricciones que nos pongan pero manteniendo esta terapia que para muchos no es solo necesaria sino obligada.

Como recuerda la propia orquesta,»Caballé Domenech tenía previsto dirigir a la OSPA en el último concierto de abono de la temporada 19/20, pero la pandemia global causada por la COVID-19 hizo que la orquesta tuviera que cancelar toda la temporada y conciertos extraordinarios desde marzo a junio». Y como violín solista Jesús Reina (al que deberíamos nombrar «asturiano del mes» por muchas razones, y aprovechando su presencia en nuestra tierra desde el homenaje a Williams pasando por las sociedades filarmónicas ovetense y gijonesa, aunque no pude escucharle en ninguno, con este Beethoven me resarcía y volvería a deleitarnos con su magisterio. Si Esther Yoo «es una joven violinista estadounidense-coreana aclamada por su «tono oscuro y aristocrático» (Gramophone Magazine) y por «su elegancia equilibrada» (The Herald) como también reza en su agencia, Jesús Reina es un joven español descrito como un violinista con un “bello sonido caracterizado por una verdadera musicalidad, temperamento y carisma” (El País) en la propia. Ya va siendo hora que reconozcamos el talento de casa, no hace falta buscar fuera y en estos tiempos más que nunca debemos apoyar a nuestros músicos.

Al menos la OSPA suma y sigue y «el sordo genial» (con permiso de Goya y su otra Quinta) escribió este Concierto para violín en re mayor, op. 61 que colmó las expectativas de todos. El sonido de Reina es claro, nítido, penetrante, lleno de matices y haciéndose escuchar por todos, respeto y admiración repartidas, con buena comunicación y entendimiento con el maestro Caballé. Esta página de Beethoven ya marca un idioma propio, personal y único en su construcción donde el violín podría ser sustituido por el piano o el cello manteniendo esa sonoridad sinfónica, pero sólo nos legó esta joya. Los tres movimientos mantienen una unidad melódica que apreciamos en las cadencias, y personalmente la del primer movimiento me pareció interesantísima (desconozco la autoría) por virtuosa, ceñida a los temas y con un magisterio del violinista malagueño que nos dejó saborear cada nota con él. Si Allegro non troppo sonó en conjunto potente y equilibrado, el Larghetto (como casi todos los movimientos lentos) resultó cautivador, saboreando esta redescubierta acústica distinta del auditorio donde cada detalle es irrepetible, y no digamos el brillante Rondo: Allegro donde el juego dialogante entre la excelencia del fagot valenciano y el violín «regente» además de bellísimo demostró un encaje perfecto y unas dinámicas grandes, el empuje vital y alegre, pastoral y casi de «romería clásica» con el idioma inigualable de Beethoven, la calidez de Reina y una batuta atenta que nos brindaron este concierto para violín único en el amplio sentido de la palabra.

Merecidos aplausos y sorpresa saliendo de nuevo Jesús Reina con unas variaciones sobre la popular canción gitana rusa Dos guitarras que sorprendió por todo, especialmente por un uso mágico del pizzicato evocando balalaikas o mandolinas virtuosísticas, juegos de arco y dedos vertiginosos que impresionaron a un auditorio hambriento de la música viva, en directo, irrepetible.Y como si leyese mi mente, en este concierto sólo faltaba la B del «Dios Bach» del que Reina nos regaló la «Chacona» de la Partita nº2 en re menor, BWV 1004, perfecta de principio a fin, sonido, ejecución y entrega. Aquí podría haber terminado el concierto en todo lo alto aunque quedase la tercera B.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 de Brahms es perfecta compañera de viaje en un concierto con «el ídolo de Bonn» y es frecuente programarlas emparejadas (aún recuerdo las dos primeras de mi tocayo en Barcelona), pero la plantilla aumenta, las exigencias también y esta cuarta pide mucho para redondear y alcanzar el nivel esperado. Caballé hizo un trabajo esdrújulo de dinámicas y agógicas, con el rubato bien entendido como extra de expresividad junto a silencios para degustar en una OSPA (hoy con el bilbaino Xabier de Felipe de concertino invitado) que enseña músculo en este repertorio para lucimiento de cada sección. Pero aparecieron «agujetas» y faltó serenidad, mano izquierda y contención en las secciones que se lucieron por cuenta propia. Si el Allegro non troppo olvidó el calificativo aunque puso toda la carne en el asador, al menos en el Andante moderato sí se mantuvo cierta moderación. Pero llegado el Allegro giocoso el sonido resultó “atropellado” en vez de jocoso, desequilibrado por un balance demasiado homogéneo en los ff  y más brillante (que no delicado de presencia) en los pp, como volvió a suceder en el Allegro energico e passionato pese al esfuerzo de unos contrabajos descompensados en número y volumen. Puede ser que las versiones de bolsillo en el atril sean demasiado pequeñas a la vista aunque útiles como recordatorio, pero esta «cuarta» quedó desmerecida, el hamburgués no llenó y ¨C50C volvió a triunfar.

Mientras tanto, a esperar que esta Seronda astur no se pare porque las noticias son poco halagüeñas y seguramente la música en vivo vuelva a ser la gran perjudicada. Seguiremos apoyando nuestra OSPA y defender a Oviedo como la Viena del norte español, recordando que la cultura es segura.

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