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Dudoso Fausto proyectado

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Martes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de Cultura de Mieres, proyección en vivo desde el Teatro Campoamor de Oviedo, LXIX Temporada de Ópera: Fausto (Gounod), segunda función.

Volvía la ópera transmitida en directo desde el coliseo ovetense aunque con un título de esos que no enganchan demasiado al público en general, y que en Mieres congregó a unas 40 personas, muchas de las cuales se fueron al descanso, perdiéndose lo mejor que siempre está por venir.

Quiero insistir en este tipo de iniciativas pero con varias reservas. Primero que la iluminación para el teatro no es la mejor para la pantalla (donde hubo auténticos fogonazos), lo que sumado a una pésima realización no es equiparable a las proyecciones profesionales donde se cuida todo para después comercializarlo. Puedo entender la precariedad de medios como tener solo tres cámaras pero son imperdonables los cambios sin sentido en ellas olvidando quién está cantando, zoom no siempre adecuado y no digamos  los enésimos saltos de eje además de enfocar las espaldas de los cantantes o cortarles directamente. Hay profesionales en Asturias capaces de una realización más cuidada y no dejar esta «promoción» en manos equivocadas, al menos para una ópera (y ya viene de tiempo). Lamentar también la pantalla en negro durante los cambios de decorado. Felicitar los subtítulos aunque con ligeros despistes.

La toma de audio fue buena aunque sin olvidar que los micrófonos están sobre el escenario, recogiendo todo tipo de sonidos, y para el espectador no muy ducho en el tema puede parecer que los cantantes siempre suenan más que la orquesta, en segundo plano pero no tanto, totalmente distinto del irrepetible directo en el teatro.
De esta historia de Goethe bastante conocida por el tema de vender el alma al diablo con el protagonista que da título a la obra, Faust, dudando de todo y queriendo alcanzar la juventud y todo lo que conlleva en una autodestrucción con final no exento de moralina como la pérdida de valores, siempre vigente, de tristes finales en los amores y sobre todo cómo todo está corrupto, daría para puestas en escena de lo más variadas si tenemos en cuenta ese «mensaje», pero esta vez Curro Carreres pienso que no acertó o se quedó a medias, algo bastante compartido por muchos de los que acudieron e incluso patearon la primera función dominical, aunque pueda servir curiosamente de publicidad por esa teoría de que lo viral pone de moda algo que podría pasar desapercibido.

Si algunas escenografías intentan actualizar acciones (algo que yo no entiendo en muchos títulos) parecen no molestar o «chirriar» aunque siempre queda cerrar los ojos y quedarnos con la música, privándonos de la propia esencia operística, esta vez no convenció, de nuevo olvidando que la acción debe cantarse pero nunca obligando a un esfuerzo extra como poner de espaldas a cantantes y coro, incluso con baile aumentando el ejercicio físico para una buena emisión, incluso sentado en una silla de ruedas que debe moverse mientras se canta.
Mucho ambiente de moda con un Satán Lagerfeld de raza negra y pinchadiscos de un vals nada discotequero ni de pasarela, o de una mal llamada orgía de un Baco con rayos de niño Jesús (cosas peores hemos visto), un pase de modelos del avilesino Alberto Valcárcel que no encajaba con los «esperados» soldados, matronas y estudiantes borrachos, y no digamos el abuso de los teléfonos móviles sacando selfies que con ser un reflejo de la sociedad actual, también cansan, haciendo de la primera parte un gran bostezo.

Tras el descanso todo resultó algo más atemporal y llevadero, apenas unos neones y poco más (para un Guantánamo aún abierto), unido a una parte vocal que fue también mejorando aunque no consiguió llegar a convencerme del todo, puede que por estar con la mente recordando al reciente y sorpresivo fallecimiento del joven David López Linares, amigo de la música en las redes sociales cuyo espíritu espero permanezca disfrutando de la luz eterna y renacido como en el final de la ópera.

Entrando en lo estrictamente musical, de todo el reparto me quedo en primer lugar con Borja Quiza entregado desde el principio, cantando «dentro del servicio» (velado) o en una silla de ruedas demostrando poderío físico, escénico y vocal, atravesando un momento artístico de primera, papel romántico y la conocida aria Avant de quitter ces lieux perfecta.

Bien el Mefistófeles de Mark S. Doss con una presencia ideal para su papel bien cantado, convincente y verdadero diablo vestido de Lagerfeld. Tiene buen timbre el tenor rumano Stefan Pop aunque pienso que puede ganar enteros y seguridad en los agudos, con un dúo de amor sin pasión y poco encajado con la soprano (pendiente del monitor más que del tenor), especialmente el final. Habrá que seguir su progresión.

Maite Alberola debutaba esta Margarita que solventó de menos a más, más cantada que sentida, faltando el dominio que dan las funciones, con un «aria de las joyas» más de bisutería que piedras preciosas (con Siebel y Marthe en escena aunque luego se asombra del baúl con el que ya ha estado jugando) pero excelente y dramática en su aria final aunque algo insegura en el trío previo a la bajada del telón.

La ovetense María José Suárez es otra de las voces que aseguran calidad y oficio sobre las tablas, una Marthe contundente ideal para su color, empastando y apoyando siempre en escena. Desigual Lidia Vinyes Curtis que se limitó a hacer elegante una partitura a la que puede sacarle mucho más juego; finalmente correcto Pablo Ruiz. Finalizar apuntando lo difícil que puede resultar cantar en francés y evitar nasalizar.

El coro que dirige Elena Mitrevska también sufrió lo suyo, tanto las voces blancas fuera y dentro de escena, como las graves, algo retrasadas con respecto a la orquesta, en cierto modo pesantes aunque se vinieron arriba en el famoso coro de soldados. Supongo que faltó más tiempo para preparar este título tras el duro Mazepa que bordaron, pero su juventud y profesionalidad les permiten afrontar estos compromisos aunque no haya sido de los inolvidables.

Finalmente la Oviedo Filarmonía en foso pareció estar demasiado comedida (recuerdo los micrófonos enfocados al escenario) y casi adormecida, con un Albiach limitándose a concertar pero sin sacar sonoridades más románticas de las que quisiera incluso en las oberturas, por momentos frenando tiempos que restaron brillantez al conjunto. Está bien mimar las voces pero sin menoscabo de una instrumentación que en vez de engrandecer se limitó a subrayar.

Quedan tres funciones incluyendo el «viernes joven» con segundo reparto de este Fausto que volvía a Oviedo desde hace muchos años, y devolvía a los pueblos la posibilidad de vivirlo gratis desde casa, porque realmente parece que la ópera está de moda.

Faust: Stefan Pop
Méphistophélès: Mark S. Doss
Valentin: Borja Quiza
Wagner: Pablo Ruiz
Marguerite: Maite Alberola
Dirección musical: Álvaro Albiach
Dirección de escena: Curro Carreres – Diseño de escenografía: Italo Grassi – Diseño de vestuario: Alberto Valcárcel – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo
Nueva producción de la Ópera de Oviedo en coproducción con la Ópera de Tenerife

Arriba el telón

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Domingo 18 de septiembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXIX Temporada de Ópera: Tchaikovsky: Mazepa. Estreno en España. Cuarta y última función. Precio: 15 € (última hora).

Se levanta mi particular telón musical de la temporada y nada menos que con una ópera nunca antes representada en España como esta de Tchaikovsky con libreto suyo y de Viktor Burenin basado en el poema Poltava de Pushkin, cuya música de sello propio inundó el coliseo carbayón con una excelente entrada sabatina y público llegado de distintos puntos (había muchos bilbaínos) que pienso disfrutó tanto como yo gracias a una OSPA con su titular Milanov al frente y un reparto ideal para un título exigente donde brilló sobre todo el coro que ahora dirige la macedonia Elena Mitrevska. De la escenografía de Tatjana Gürbaca y Klaus Grünberg producida por la Opera Vlaanderen no fue de las que chirrían y soportó sin problemas una obra que crece a lo largo de las casi tres horas, con momentos bellos en arias endiabladas, dúos casi instrumentales y conjuntos variados para un drama lleno de tensión, violencia y también lirismo en voces y foso con la firma rusa que alcanzó un resultado global notable.

FICHA:

Mazepa: Vladislav Sulimsky; Kochubei: Vitalij Kowaljovn; Andrei: Viktor Antipenko; Orlik: Mikhail Timoshenko; Liubov: Elena Bocharova; Maria: Dinara Alieva; Iskra: Vicent Romero; Un cosaco borracho: Francisco Vas.
OSPA, dirección musical: Rossen Milanov; Coro de la Ópera de Oviedo, dirección:

Elena Mitrevska.

Del elenco vocal masculino me gustó el completo Kochubei del bajo Kowaljovn así como el Mazepa protagonista del barítono Sulimsky, típicas voces rusas con empaque en el grave y agudos solventes, sin problemas de volumen ni equilibrio con el foso, un poco menos el Andrei del tenor Antipenko que en su paso anterior como Pinkerton no me convenció, sigue adoleciendo de unos agudos con un vibrato poco agradecido y tenso, pero sobrado en potencia, color agradecido e idóneo para un rol mejor que le va mejor que el pucciniano, además de ser todos unos excelentes actores. No desmerecieron el aragonés Francisco Vas en su breve pero convincente aparición, así como el Iskra del valenciano Vicent Romero.

Bien la Maria de Dinara Alieva que como la propia obra, fue creciendo a lo largo de la representación, voz de registro amplio y homogéneo que recreó un personaje que pasa del amor a la locura tras su azaroso periplo vital, dúo realmente bello con «su» Mazepa y desgarrador escena con su madre Liubov a cargo de una convincente Bocharova, una mezzo a la que le «pierde» su falta de homogeneidad en los registros que desfigura totalmente su color vocal, buscando una proyección que sí consigue para dibujar de esta forma el dramatismo de su personaje. Las melodías de Tchaikovsky son complicadas y las voces son casi tratadas instrumentalmente, por lo que tics que en otros estilos serían imperdonables, aquí resultan válidas.
El coro tiene un papel muy importante y no defraudó, bien las voces blancas ya desde el inicio de las muchachas, perfectos todos con los jóvenes judokas (a cambio de la danza de cosacos) pero sobremanera impresionante en la escena final de la muchedumbre acallando al borracho en el segundo acto, alcanzando un clímax merced a una dinámica amplia pasando del pianísimo claro y presente hasta el fuerte homogéneo, con unas voces jóvenes, empastadas, afinadas, técnicamente perfectas y que seguirán dando muchas alegrías en el Campoamor.

La OSPA es sinónimo de solvencia y calidad tras años donde su presencia en el foso es indispensable en títulos como este, porque Tchaikovsky suena ideal en las oberturas pero igualmente con las voces, solistas arriba y abajo tan bien escritos que la música domina todo. Milanov dominó la ópera de principio a fin, estuvo atento al detalle manteniendo los planos de todos, exprimiendo todas las secciones sin excesos, con unos metales seguros, poderosos cuando dibujaban la batalla pero cálidos en compañía de las voces, incluso la percusión estuvo siempre en su sitio, por lo que fluyó todo sin problemas y anotándose todos una ópera equilibrada y notable.

Finalmente la escena que siempre parece buscar polémicas, no molesta, podremos criticar «incluso» los distintos acentos ucraniano, ruso, bielorruso, aragonés o asturiano para cantar los textos, pero el dilema están en el propio argumento y los puntos de vista además de personales son discutibles o coincidentes. Personalmente choca cambiar cosacos por judokas, sables por pistolas e incluso ejecutar con la comida, metáfora algo chocante en un salón aristocrático donde los manteles y su encaje de bolillos sirvió de telón después destruido tras la barbarie, puede que lo más conseguido, pero no resulta costosa: taburetes de baño blancos como las mesas, el juego de musgo y cristal para el río convertido después en ceniza. Creo que sale barata la producción belga, poco usada al no ser título muy programado y apuesta de la ópera carbayona por seguir con obras nuevas, tirón para atraer públicos que parece estar funcionando. Quedó algo pobre el vestuario con el toque «sesentero» de las damas con «guantes gilda» que aportó un glamour igualmente abocado a la destrucción y la iluminación ayudó a mantener ese ambiente de claroscuro que solo la música hizo brillar, Tchaikovski siempre.

Quedan otros cuatro títulos hasta el mes de febrero, pero esta temporada ya subió el telón que permanecerá muchos meses, con las bajadas puntuales de cada función y concierto, levantándose esperanzador siempre. Por lo menos arrancamos contentos y optimistas, abonos bien pagados el Auditorio y colas de última hora para conseguir precios de ganga que alivian el bolsillo.

Balances y avances

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Ya finalizando julio, donde todavía queda mucha música, y antes de «cerrar» por vacaciones, me gustaría hacer un balance rápido de la temporada que finaliza, siempre muy rica en Oviedo donde somos privilegiados de contar con una oferta de primera en cuanto a cantidad y calidad.
Quiero comenzar comentando la celebración de las Bodas de Plata de «nuestra» OSPA, aunque sus orígenes, como así se recordó en el último concierto, sean republicanos y todavía haya algunos maestros vivos de unos orígenes que han mantenido una orquesta histórica en nuestro Principado. Como viene siendo «norma» se ha optado, como la mayoría de orquestas españolas,  por una programación que aúna repertorios «imprescindibles» para público y músicos, con obras menos habituales donde no faltaron los estrenos. Igual que en botica o en grandes almacenes, hubo de todo, si bien lo nuevo al carecer de referencias en nuestro recuerdo o memoria auditiva, hace más difícil juzgar las interpretaciones. Me preocupa la poca asistencia en el auditorio incluso de abonados habituales, desconociendo las razones, aunque pueda intuirlas.

El titular, que tampoco dirigió muchos programas, ha ido desencantándonos a muchos y de algunos desaguisados mejor no hablar porque ya está reflejado en su momento. Me quedo con la apuesta que ha supuesto Link Up, cuatro años y preparando el quinto, en cuanto a movilizar a más de veinte mil escolares asturianos para hacer música juntos, labor didáctica y de futuro que no podemos perder si deseamos un siglo XXI con nuevo público que entienda y disfrute de la música en general y la sinfónica en particular. De los 16 conciertos de abono en la capital, parece haberse aparcado la idea gastronómica y pediría más publicidad para las conferencias en colaboración con la Universidad de Oviedo por lo que suponen de acercamiento al concierto posterior, mucho más que las notas al programa (este curso se han recuperado las revistas que siguen siendo necesarias aunque los costes aumenten el siempre ajustado presupuesto). Se ha mantenido al maestro Lockington de principal director invitado así como otras batutas conocidas con resultados desiguales, a los que sumar una larga lista de solistas invitados donde no han faltado los primeros atriles de la OSPA, apostando por los de casa que no desmerecen nunca. No quiero olvidarme de la aportación a la temporada de ópera que pese a privarnos como abonados de una continuidad en la temporada, es la «financiación asturiana» a la segunda temporada más antigua de España y pone el nivel alto en un foso compartido con la OFil.

Del ciclo Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» globalmente todo un éxito en cantidad y calidad, 19 conciertos más el de Lang Lang fuera de abono, apostando sobre seguro con figuras que aseguran llenos frente a otros que «equilibran» una oferta que supone no ya un atractivo cultural de primera sino enriquecer nuestro «Paraíso Natural» y generar un tejido económico que aún debe explorarse más a fondo. La Oviedo Filarmonía, además de su participación en las temporadas de ópera y zarzuela, supone el ropaje ideal para cantantes y solistas que van conociendo la madurez y flexibilidad de una orquesta originariamente «de foso» pero creciendo con los años, aunque nuevamente la titularidad parezca distanciarse de lo que cualquier melómano desea para una orquesta como la ovetense.

Tanto la temporada de ópera como la de zarzuela han ido ganando públicos jóvenes, espantando a los «conservadores» que desean figuras mundiales, con las que no podría mantenerse el actual nivel, apostando también por repartos «noveles» que también sirven de aprendizaje con las voces principales aunque siempre echamos de menos algunas, siendo algo preocupante constatar cierta continuidad en algunos de los elegidos que no van parejos a la «calidad» esperada, echando de menos otras que parecen olvidadas para las temporadas carbayonas cuando no desaparecidas, mientras algunas hacen dobletes en el Campoamor.

De los gestores supongo que daría para mucho, algo como con el fútbol y el seleccionador, pero intuyo que cierta «comodidad» da la impresión de evitar buscar, optando por castings cerrados donde hay de todo. Como subida al carro que en cambio ha resultado muy positiva, en este caso con el CNDM el ciclo «Primavera Barroca» plenamente asentado y con público fiel además del joven al que esta música parece llegarle mejor que la sinfónica, con un avance para 2017 que promete mantener alto el listón, sin dejarme en el tintero el Ciclo de Música Sacra «Maestro De La Roza» que llena Noviembre de músicas e intérpretes singulares y este otoño llegará a su décima edición, todo un hito que demuestra el trabajo bien hecho con mucho amor por la música a pesar del poco dinero con que cuentan, pero el público se ha volcado y «algo tendrá el agua cuando la bendicen«.

De la Temporada 2016-17 ya conocemos fechas, intérpretes y autores, comenzando por la OSPA (que estará en el FIS el próximo 1 de agosto), arrancando el 14 de octubre con 15 conciertos de abono que traerán nuevas batutas además de las conocidas como Bayl, Rasilainen, Rubén Gimeno, J. R. Encinar, Víctor Pablo Pérez que es casi de casa, junto a Oliver Díaz o Pablo González (que estrena la figura de colaborador artístico) y solistas de casa como Andreas Weisgerber, Maximilian von Pfeil o Juan Barahona, además de Leticia Moreno, Jesús Reina o Ning Feng, más los «aportados» por directores que trabajan con otras formaciones y nos «descubren» figuras que triunfan en otros escenarios, también al otro lado del charco, nuevamente con repertorios equilibrando novedades y tradición, destacando los compositores españoles Jesús Torres, Marcos Fernández y Consuelo Díez junto a Mason Bates en contraposición a la interpretación de la novena sinfonía del avilesino Ramón de Garay (1761-1823), un clásico que en La Villa del Adelantado llevan años recuperando.

Mención especial para los 20 Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que harán volver a Oviedo los grandes Sokolov, Volodos, Pogorelich además del «debut» de Martha Arguerich en la capital junto al último triunfador de Santander, Juan Pérez Floristán, además de «las mezzos divas» Bartoli y Di Donato, también conocidas en Oviedo, sin perder de vista los «fichajes» de Bryan Terfel y Piotr Beczala con la OFil, así como Nathalie Stutzman en la batuta… porque 125 años del Campoamor no podían olvidarse de las figuras actuales aunque sean en recital, sin olvidarnos de formaciones y solistas de primera (Akademie für Alte Musik de Berlín, Orfeus Chamber Orchestra con Alisa Weilerstein, Renaud Capuçón o el nuevo espectáculo de Daniel Hope, así como el Cuarteto Brodsky con la Sinfónica de Guanajuato) que traerán a Oviedo melómanos llegados de todas partes.

Y es que la temporada del coliseo carbayón sigue su línea, ópera y zarzuela con las dos orquestas en foso y dos coros solventes como el propio de la ópera (con Elena Mitrevska de nueva directora) más la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo». Aún no conozco el próximo festival lírico, recién finalizado el actual pero sí la LIXX Temporada, con un estreno nacional, Mazepa de Tchaikovsky combinado con los «imperdibles» Mozart, Verdi, Bellini y Gounod, volviendo a los viernes jóvenes donde los repartos de «cover» siempre preparados para cubrir bajas inesperadas, tienen su protagonismo. Los años anteriores he intentado no perdérmelos por el aire fresco y calidad que los «primeros repartos» no siempre tuvieron. Gijón se ha sumado a la oferta y esperemos continúen las entradas de última hora ¡a 15€! y las proyecciones en pantalla gigante que están llevando la lírica a lugares y públicos que probando seguro repiten en vivo, algo constatable por quien suscribe.

También haremos escapadas puntuales como a la vecina y cercana León donde el órgano Klais de «la Pulchra» seguirá sonando muchos jueves antes del sabatino vermut madrileño, además de conciertos gratuitos donde el pago es el peaje del Huerna y la cola obligada, pero están a poco más de una hora, así como la fiesta del Euskalduna bilbaino. Continuaré jugando todas las semanas a la Primitiva porque mi ilusión es viajar con la disculpa de la música, aunque con ella podamos hacerlo sin movernos de casa.

Seguimos con gobierno en funciones y hay dudas sobre la magnitud de los «obligados» recortes donde la cultura seguida o unida a la educación parecen estar en primera línea de fuego, así que viendo el curso que se avecina, toquemos madera y digamos aquello de «que me quede como estoy». Mientras tanto, a disfrutar de agosto y hasta la próxima…

Ascenso de la viola de Gestido

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Jueves 21 de julio, 20:00 horas. Oviedo, Claustro del Museo Arqueológico: Festival de Verano: Cristina Gestido (viola), Gala Pérez (violín), Ana Nebot (soprano), Luis Parés (piano). Obras de Mozart, Weber, Brahms y Piazzolla. Entrada libre.

En una reciente entrevista para el diario El Mundo, la navarra Isabel Villanueva decía que «a la viola le falta un Paganini o un Paco de Lucía» reivindicando su instrumento y citando referentes del violín o la guitarra flamenca. Cristina Gestido (Oviedo, 1983) toca la viola, un instrumento maduro que parece un violín grande, curiosamente el más humano (aunque «su hermano chelo» se haya apoderado de esa expresión) pero también la guitarra eléctrica además de una reconocida cantautora, siendo más famosa para algunos como la única española en la orquesta que acompañó a Sting o en su vertiente «rockera» en vez de un larguísimo currículo donde Londres sigue siendo su ciudad habitual desde hace más de una década tras un breve paso por nuestra OSPA. Seguimos exportando talento aunque el «Brexit» hará perder mucho capital humano de calidad.

La propia Gestido reconocía hace poco en el digital La Voz de Asturias: «me salgo un poco de la norma de la clásica y un poco de la del rock«, aunque en este nuevo concierto del festival del estío carbayón optó por la primera, rodeándose de amistades para abordar un programa variado y espléndido en el doble sentido de compartir, la escena y la excelencia por las interpretaciones, siendo la anfitriona en esta visita a casa para reencontrarse con compañeros y lugares que la música hace comunes y duraderos.

La violinista Gala Pérez Iñesta (Burgos, 1982) titulada en Oviedo y tan internacional como Gestido, es otra buscadora de nuevos caminos con el Trío Pérez Iñesta, fundado allá por 2002 en Palma de Mallorca y desde 2012 cuarteto con el chelista leonés Luis Zorita, otro músico emigrante e igualmente ligado a Asturias. Y es que la burgalesa no podía faltar a este encuentro con nada mejor que Mozart para hablar un mismo idioma: el Dúo para violín y viola en sol mayor nº1, K. 423, mano a mano puramente vienés de «dos hermanas» que en los tres movimientos (Allegro, Adagio, Rondó: Allegro) parecían comentar historias y experiencias con total naturalidad, sin quitarse la palabra, alternando protagonismo en un diálogo sin más disculpa que la propia música, enorme y exclusiva del austriaco universal, mínimo esfuerzo aparente y máxima entrega de dos amigas, la aguda y la grave como una sola en momentos indescriptibles y sin más compañía.

Ovetense que ejerce de ello, luchadora y con música en vena como la propia capital asturiana, la soprano Ana Nebot compagina docencia y escena, trabajo permanente, viajera con parada «obligada» en París antes de volver a la tierrina, pero sobre todo puro amor por la ópera, a la que pone la sinceridad que dice le falta, desde el programa de la televisión autonómica «Manos a la ópera» traído este jueves en formato reducido y en vivo con el piano de Luis Parés, un ítalo venezolano también de paso por Londres, solvente, seguro, muy reclamado como acompañante y con la propia Gestido a la viola, para contar y cantar Einst träume meiner sel’gen Base, el aria de Ágata perteneciente a «El cazador furtivo» (considerada la primera ópera romántica) de Carl Maria von Weber, registro y color ideal para nuestra cantante en un alemán perfecto, con detalles como girarse para las dos alas del claustro y así escucharla sin cortapisas, escena y voz arropada por dos compañeros en segundo plano enriqueciendo esta aria bellísima que corrobora un momento vocal de madurez donde la elección del repertorio es tan importante o más que la técnica.

Tras estas amigas invitadas, volvería la Gestido protagonista con Parés, la violista para disfrutar casi nueve años después, el sonido maduro y la interpretación viajera que deja poso como la propia vida, primero Brahms y su Sonata para viola y piano en fa menor nº 1 op. 120, página inicialmente compuesta para clarinete pero que con el arco alcanza el color vocal y la tensión en sus cuatro movimientos (1. Allegro appassionato / 2. Andante un poco adagio / 3. Allegretto grazioso / 4. Vivace), romanticismo en los dos instrumentos con el piano tan del hamburgués, casi de lied en esta sonata donde la indicación de los aires sirve de calificativo para lo escuchado, casi cantado en arco, fraseo, presencia e incluso silencio: apasionado, andando lento y tranquilo, gracioso y vivaz, mientras Irene, mi sobrina de nueve años, se enamoraba de esta música que llenaba el claustro que seguía embutida en la lectura (me lo comentaría nada más terminar, con charco de baba por parte de su tío que la traía otro verano más a disfrutar en la capital).

Los habituales del blog conocen mi debilidad por Don Astor Pantaleón, y en 2009 escribía también de Le grand Tango con estos mismos intérpretes en un concierto casi privado celebrado en el defenestrado Centro Cultural CajAstur de Mieres: «totalmente volcados con la obra, el piano consiguió imprimir no sólo el tempo porteño o la dinámica del bandoneón sino convertir el teclado en una orquestina rioplatense tan protagonista como la viola, ya sin ataduras de papel (facilitando la interpretación, de memoria) cantabile y arrastrá si se me permite la expresión, que el tango reinventado por el gran Piazzolla destila en cada nota y que ha dado geniales versiones más con cello que esta de hoy con viola, aunque no por ello menos agradecida ni fantástica, al menos para un servidor que no pudo sino soltar un merecidísimo ¡Bravo! nada más concluirla.
Todo un privilegio asistir a esta sesión casi familiar con un dúo que demostró no sólo profesionalidad sino compenetración y pinceladas de maestría
«. El tiempo nos ha dado hondura, perspectiva y más carga en la mochila del recuerdo, dejando todo lo escrito como entonces pero debiendo añadir que como un tango bien bailado no levanta los pies de la tarima, casi deslizando las suelas sobre ella como el arco de la viola, el hombre guía con maestría el contoneo sensual de la mujer, piano masculino y viola femenina, duelo, suelo y vuelo pero sin despegarse, ascenso sin aire, solo el porteño de mi recordado barrio de La Boca con la banda sonora en vivo de dos artistas.

Bertolt Brecht con Kurt Weill escribieron la ópera en tres actos «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny«, pero antes trabajaron varios números, el Mahagonny-Songspiel también conocido como Das kleine Mahagonny (El pequeño Mahagonny), obra de concierto para voces y pequeña orquesta donde aparece la «Canción de Alabama«, un verdadero regalo de Gestido y sus amistades, cabaret alemán en el trazado gótico del claustro, estilos de entonces y de ahora como rag-time, jazz y contrapunto formal, canción en el común inglés (Alabama Song) dentro del texto alemán de la ópera, y que ha sido interpretada por diversos artistas como The Doors, David Bowie o Marilyn Manson. Porque Cristina también conoce versiones y épocas, escenarios y estilos atemporales donde el vestido arropa el mismo cuerpo haciéndolo parecer distinto, y así con Gala poder tocar como en Mozart y hacer los coros a una Ana nuevamente acertada, pletórica y en su salsa, con Luis de pianista irremplazable, omnipresente sin molestar jamás, que acabó de envolver este presente de Gestido recorriendo el mundo del que todos fuimos partícipes, sin caídas en la ciudad imaginaria de Vetusta, esta vez final con el ascenso de la viola.
Personalmente me despido por vacaciones aunque queda festival por delante, especialmente el martes 2 de agosto donde estarán mis queridos y admirados amigos Lola Casariego y Aurelio Viribay a los que mandaré como es habitual «MUCHO CUCHO» y un abrazo en la distancia, con un programa hermosísimo que no deben perderse los buenos aficionados.

Devia siempre diva

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Sábado 14 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Mariella Devia (soprano), Albert Casals (tenor), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Donizetti, Bizet, Gounod, Massenet, Rossini y Bellini.

Se dice que las mujeres no tienen edad y las divas son eternas. La soprano de la Liguria Mariella Devia, a quien algunas fuentes indican nacida un 12 de abril de 1948, es atemporal. Pocas voces pueden seguir cantando tantos años sin perder nada de sus características (en esto la comparo al irrepetible Alfredo Kraus con quien compartió muchos títulos), una de las reinas del bel canto que volvía tras décadas a Oviedo concitando la misma expectación y llenando un auditorio con público llegado de todas partes. Recital con sus mejores páginas, una orquesta que ha mamado mucho foso lírico y los años van dotando de entendimiento bien asentado, con un Conti siempre atento a su compatriota, más un tenor ya conocido, Albert Casals, que en la capital asturiana hiciese entre otros su Edgardo junto a un concierto extraordinario con la OSPA y los coros de la FPA, de voz valiente, poderosa, habitual de estos repertorios, de timbre propio y característico aunque me siga transmitiendo cierta tensión en los agudos, por otra parte sobrados aunque mejorables en dinámicas, pero buen «partenaire» para La Señora Devia, que este sábado fue la verdadera protagonista.

Las oberturas elegidas para completar el recital, siempre muy subjetivas con algunas de autores que luego escucharíamos arias y dúos, fueron bien llevadas por un Conti con oficio al frente de su OFil, plantilla apta para la ocasión con algunos jóvenes aprendiendo el duro oficio de músico en orquesta, aunque solo tres contrabajos que, como suele pasar demasiadas veces al no reforzarse, deben compensar volúmenes y conseguir el siempre necesario sustento en los graves.
Aseadas las oberturas de Donizetti (La hija del regimiento y sobre todo Roberto Devereux con el himno británico bien delineado, finalizando la segunda parte), decidido Rossini (Tancredi) siempre con marca propia que permite disfrutar a los músicos y público, jugoso además de en su punto, como las recetas del cisne de Pésaro.

Las arias francesas mayormente en la primera parte fueron sacando a escena a «La Devia«, sacerdotisa Leila de «Los pescadores de perlas» (Bizet) con una orquesta siempre en segundo plano incluyendo unas trompas aterciopeladas en su Comme autrefois, Manon de Massenet con Adieu, notre petite table, y sobre todo una magistral Julieta sin Romeo (Albert sin Julieta cantó anteriormente su aria Ah! lève-toi soleil) donde el Je veux vivre de Gounod mostró el magisterio de la italiana en técnica, emisión, dulzura, control del fiato, matices y todo lo que queramos añadir, antes del esperado dúo Lucia, perdona -de la escena quinta del primer acto- con un buen Edgardo Casals, potente, nada contenido y convencido para una ¿despistada? Lucía di Devia calando medio tono una frase completa avanzado el dúo, con cierto asombro incluso de Conti y la orquesta intentando reconducirla a la corrección desde unos pianissimi mayores de lo esperado, aunque remontase en el siguiente Da Capo. Buen empaste de ambas voces, el dúo claro y dibujado hasta en las respiraciones, más un excelente acompañamiento orquestal rico en matices y cambios de tempo, con especiales y destacadas intervenciones de arpa, flauta y fagot que recogieron los múltiples aplausos del respetable.

El descanso vino bien para volver con los platos fuertes, Donizetti y Bellini, Al dolce guidami («Anna Bolena») pletórico en cada pasaje, agilidades, coloratura, limpieza, emisión, fluyendo una voz inigualable por encima de una orquesta y director plegados a la diva, pero sobre todo la irrepetible, magistral, emocionante «Norma» con Casta diva cantada casi al completo (pese a los «esperados» aplausos rompiendo todo el aria) que Devia cantó con el poso de los años cual Gran Reserva, totalmente metida en el rol, sintiéndolo y transmitiéndolo, respigándome como pocas veces en señal inequívoca de estar escuchando historia viva de la ópera y saboreando un caldo al alcance de pocos paladares.

La parte bufa de Donizetti vino de «L’elisir d’amore«, la conocida aria Una furtiva lagrima que Albert Casals interpretó un Nemorino más valiente que tímido, precisamente por lo antes apuntado del agudo, y el dúo Una parola, o Adina donde La Devia demostró la capacidad emocional para pasar de la tragedia al drama en tan poco tiempo, generosa y simpática, atemporal jovencita enamorando a todos.

Dos propinas bien distintas: «La tabernera del puerto» de Sorozábal para Leandro Casals No puede ser bravío más que sentido, y Mussetta Devia con el bellísimo vals Quando men vo que Puccini escribió en contraposición a Mimì de «La Bohème«, donde el maestro Conti llevó a la OFil totalmente de la mano al servicio de «La Diva Devia» que no pudo acabar mejor esta lección de belleza al canto.

Kožená con Cetra, todo un espectáculo

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Lunes 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Magdalena Kožená (mezzo), La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Obras de: M. Ucellini, Monteverdi, Merula, Marko Ivanović, Castello, Berio y Marini.

Las grandes voces femeninas pierden su nombre para añadir el artículo al apellido dando ese toque de inimitable y única con el que todos las conocemos. A Oviedo llegaba “La Kožená”, una mezzo nacida en Brno (1973) que enamora desde la primera vez que la oyes cantar, por su voz cálida, pasional, llena de matices infinitos, dicción perfecta, emisión ideal pero sobre todo una presencia y escena capaces de introducirnos en ella e imaginarnos todo el entorno sólo escuchándola, la magia que siempre alcanza esta mujer hoy de rojo en la primera parte, que siente y nos hace sentir a Claudio Monteverdi (1567-1643) como pocas.
Pero el verdadero ropaje no lo pusieron Daniela Flejšarová ni Kateřina Štefková, que también, sino el maestro italiano Andrea Marcon, verdadero modisto o diseñador de la música tanto instrumental como acompañante vocal, cortada a medida por sus alumnos de La Cetra de Basilea, ocho músicos perfectamente ensamblados y sin tacha, desde una interpretación historicista que hoy consideramos «normal» gracias entre otros a nuestro recién llorado Harnoncourt: un par de violines, una viola que alternó con la flauta dulce piccolo, y un continuo donde además de la viola de gamba y el violón, teníamos un laúd alternando con la guitarra barroca, solo en la primera parte, más una tiorba y un segundo clave complemento del maestro. Obras del barroco temprano alrededor del verdadero eje monteverdiano con algún guiño asombroso como era de esperar en un espectáculo único.

Ellos fueron los encargados de entrar a escena con el Aria Quinta sopra la Bergamasca a tre, de «Sonate,
arie e correnti, op. 3» (1642) de Marco Ucellini (1603-1680) antes de la aparición de una Ottavia de rojo pasión y zapato plateado con altura de vértigo, «L’incoronazaione di Poppea» con el aria Disprezzata Regina que “La Kožená” transmitió desde el desgarro de la abandonada emperatriz, un lujo que iría en aumento en el Addio Roma! Addio Patria! Amici Addio! del tercer acto, con un puente instrumental de Tarquinio Merula (1595-1665) encajado a la perfección, la Sonata XXIV, Ballo detto Pollicio de «Canzoni overo sonate conertante per chiesa e camera, op. 12» (1637), esa despedida trágica, con la voz entrecortada sabedora de la muerte, registro dramático desde la grandeza escénica.

Y es que “La Kožená” es capaz de cantar Monteverdi vestida de rojo puro barroco y (re)vestirlo como si su compatriota Marko Ivanović (1976) diseñase manteniendo el taller y la tela, darle la vuelta sin perder ni un ápice desde otra hechura y parecer otro. Arianna has a problem es un encargo de la propia mezzo precisamentre para este programa, un nuevo personaje femenino de abandonada, la Ariadna partiendo del doloroso Lasciatemi morire (con texto de Ottavio Rinuccini) en el que el director de escena -en la segunda parte- Ondřej Havelka inserta sus propios textos, haciendo interactuar a la protagonista con el público, acusándole de no comprenderla en su tragedia por el traidor Teseo, bajando a las butacas, sacando la escena a la escena como el genial Woody Allen en «La rosa púrpura del Cairo» (1985), fractura de tiempo y espacio, el paso del blanco y negro al color, atravesar la pantalla para convivir, o revivir la vida con los fieles seguidores, actual con la duda de volver, sentir y sufrir en uno u otro lado de la (ir)realidad.
Tras el guiño, vuelta de los jóvenes intérpretes a los barrocos jóvenes, eternamente actuales, en el tercer número instrumental, de Dario Castello (1590-1658) y su Sonata XV a quattro de «Sonate concertate in stil
moderno, libro secondo» (1629), moderno entonces, asimilado ahora y con la misma frescura «cetrina».

Solo una diva es capaz de organizar un programa donde los músicos se sientan entre el público y en solitario «marcarse» Sequenza III, para voz femenina, con poema de Markus Kutter (1966), como si fuesen igual 50 que 500 años, porque Luciano Berio (1925-2003) sigue sonando vanguardista y rompedor, más dentro de un quasi monográfico Monteverdi que “La Kožená” interpretó de forma magistral, precisamente ubicado como cierre carnal, impactante y manteniendo expectante a todo el auditorio, provocando, asombrando, jugando con todo en una camaleónica versión donde su voz no perdió compostura ni brillo, cómplice el tiorbista Daniele Caminiti, portazo y susto incluido, en un alarde de dramaturgia. Merece la pena leerse las notas al programa de María Sanhuesa «Mujeres fuertes: mujeres solas» relatando los distintos abandonos tan estructurados como el propio programa, como solo una mujer puede entender y explicar.

Dramaturga y taumaturga se volvió Magdalena Kožená en la segunda parte. Se reorganiza la escena con «La Cetra» a la derecha casi en penumbra, atriles con leds, y una tarima donde solo vemos dos galeas o cascos con penachos diferenciados, como los dos personajes. Suena Biagio Marini (1594-1663) cual obertura en su Passacaglio a quattro de «Per ogni sorte di strumento
musicale diversi generi di sonate, da chiesa, e da camera
op. 22» (1629), muy bien traído antes de la aparición de la checa vestida de romano para representar tres personajes en uno, Il combattimento di Tancredi e Clorinda de «Madrigali
guerrieri ed amorosi…» Libro octavo (1638) del genial Monteverdi, no ya madrigales como hasta entonces sino teatralizarlos realmente, dramatizarlos y crear una mezcla de oratorio y ópera, aparecen dos espadas, del cruzado Tancredi a la amazona Clorinda que piensa guerrero, y el propio narrador, el engaño de la travestida para medirse ambos en armas, canto increíble, diferenciado, natural, con una gama de matices desde una técnica asombrosa, de emisión dulce y clara, todo con una arrolladora personalidad de la checa, el ímpetu de Tancredi siguiendo a Clorinda, la noche y la evocación, fama y gloria resplandecientes, el acero destellando y el pie firme, las ofensas empujando la venganza, fiereza, embestidas… y así la narración que nos convence de los dos personajes moviéndose con las luces mínimas de Lukáš Pondělíček, las candelas creando sombras y tensiones, la sangre cinta roja manando de la dorada ócrea sobre la blanca túnica, la luz que emana de una «cetra» convertida en regio cetro, reina despreciada y abandonada del principio transmutada triplemente en sí misma, narrando y sintiendo por dos. Arrolladora “La Kožená”, convenciéndonos de esta locura desde su propio convencimiento, haciéndonos ver lo invisible, el casco en copa cual grial, el arroyo murmurante, la mano temblorosa, juego de roles y voces como solo ella sabe y puede, el aplomo y dominio escénico desde la madurez vocal y vital. Marcon el maestro, el especialista, el músico completo, discreto desde la sabiduría, dejando fluir la música de sus alumnos vistiendo la voz para ese final que abre el Cielo, curiosamente apagándose voz, luz y música. Casi tres cuartos de hora en este triduo mitológico, la magia del tres como eje perfecto.

Adelantar la caja acústica para el espectáculo fue todo un acierto ayudando no ya la propia sonoridad del «consort» con la mezzo sino por la cercanía ideal, más si cabe para esta escenificación que en un espacio más reducido aún nos hubiese conmovido hasta límites insospechados.
Un auténtico placer Magdalena Kožená, una voz de las que escasean hoy en día y una artista integral, con una propina que no podía ser más que de Monteverdi, Sì dolce é ‘l tormento, totalmente dulce y nada tormentoso, porque el «padre de la ópera» experimentó en los madrigales todo el poder expresivo de la palabra con la música a su servicio, «La Cetra» primorosa desde la cuerda pulsada a la frotada y percutida, puente renacentista al barroco que sigue tendido y manteniendo cada vez más actual este periodo de nuestra historia.

Equilibrio entre emociones

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Martes 2 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera: La Bohème (Puccini), segunda función. Entrada último minuto: 15 €. Fotos ©ÓperaOviedo.
Cierro temporada de ópera ovetense con el título más representado en la capital y al que más veces he asistido, ojeando el historial desde mi primera allá por 1972 habré faltado un par y mi recuerdo especial para la de 1975 con Mirella Freni y Jaime Aragall, guardando una foto dedicada de la italiana (que dejo abajo) y mi admiración total hacia la voz de tenor más bella de la lírica mundial tras haberla vivido entre bastidores donde me llevó un profesor de la entonces Orquesta «Muñiz Toca» reforzada con la de Bilbao, con quien compartíamos repartos de Arturo Barosi. La de 1978 con Jeannette Pilou tampoco estuvo mal pero triunfó como «otra» Lucía. Y de la 1990 ya abonado a la segunda función donde Luis Lima «cascó» siendo sustituido por un Antonio Ordoñez al que conocí en nuestros años de tunos. Mi última Bohème en Las Palmas me hizo pensar lo bien que hubiera estado nuestra Beatriz Díaz en este reparto ovetense en un papel que canta como nadie hoy en día.

Esta última -de momento- traía de nuevo la producción de Emilio Sagi y Julio Galán con una leve actualización de época y vestuario (de Pepa Ojanguren) pero igualmente bella, especialmente el segundo acto que puede resumir lo que fue esta función: emociones de menos a más con un elenco equilibrado donde sin brillar especialmente nadie, lograron un resultado más que aseado.

El «cuarteto» protagonista lo encabezaba Erika Grimaldi como Mimì, solvente aunque algo brusca en finales de frase puntuales, pero de color ideal en todo el registro, incluso con grave ancho y presente, y dando un perfil más alejado de la inocencia o ternura pero cercano a la mujer de los años 70 que comenzó a mandar y ejercer. Sus intervenciones tuvieron detalles relevantes, impresionándome el dúo del tercer acto con Marcello por dramatismo. Lástima que el color de Musetta fuese «similar» y perdiésemos la riqueza de un Puccini que escribe como nadie para la voz femenina, y las arias de Mimì son un catálogo de emociones que esta vez no llegaron a ponerme la piel de gallina.
El Rodolfo de Giorgio Berrugi me pareció adecuado, de agudos desiguales tirando por momentos a metálico en los fuertes y echando de menos mayor gama dinámica, con unos piani exigentes que no escuchamos, pero convenció y creció a lo largo de la obra, especialmente tras el descanso.
Carmen Romeu afrontó una Musetta algo exagerada de volúmenes como buscando redondear el perfil del personaje visto desde la «óptica Sagi», lo que le valió algún que otro desliz en el agudo de su aria Quando me’n vo’  del segundo acto, así como un color demasiado parecido a Mimì. Al menos su cuarto acto contenido por argumento y voz sirvió para equilibrar su aparición. Damiano Salerno completó como Marcello el cuarto protagonista de este drama, con presencia y elegancia en su línea de canto, más amplia en expresión que sus tres compañeros.

Para encontrar ese equilibrio ayudaron y bien el Schaunard de Manel Esteve, un convincente y poderoso Andrea Mastroni como Colline (lástima el aria del último acto algo desafinada) y Miguel Sola en un Benoit y Alcindoro sobrio. No desmerecieron Pedro José González (Parpignol), José Lauro Ranilla y Javier Ruiz (sargento y aduanero) así como Gonzalo Quirós (vendedor), papeles breves pero necesariamente seguros para mantener el nivel global.

Destacable el coro de niños de la Escuela de Música Divertimento (que dirige Ana María Peinado) por escena y canto, presentes, seguros, disciplinados y verdadero color en un segundo acto realmente complejo por el movimiento tanto figurante como musical. Otro tanto del Coro de la Ópera dirigido aún por Enrique Rueda, un título que muchos de sus componentes ya han cantado y les da seguridad total incluso fuera de escena, y mejor las voces blancas que las graves. No hubo que lamentar ningún desequilibrio, lo que en este título «bohemio» siempre se agradece, esperando la nueva etapa con Elena Mitresvska. El amplio cuadro de figurantes ayudaron a redondear un impresionante segundo acto que fue el punto álgido de esta ópera.

Por fin puedo aplaudir el trabajo global del maestro Marzio Conti, titular al frente de una Oviedo Filarmonía que sacó de la partitura de Puccini toda la amplísima gama tímbrica y dinámica, sin caer en los denostados contrastes mal entendidos de pianos-lentos frente a fuertes-rápidos. Verdadero creador de ambientes, la orquesta sonó donde debía en todas sus secciones (impecable el arpa), con unos pianísimos de cortar el aire y unos fuertes sin estridencias, con un Conti atento a las voces que mimó en todas las intervenciones y ayudó a esta Bohème equilibrada y emocionante como siempre es de esperar, notando un trabajo minucioso.

Ya tenemos el avance de la próxima temporada de la que habrá mucho que hablar y escribir. Me quedo con ganas de escuchar el segundo reparto que me coincide el viernes con la OSPA, pero aplaudo mantener estos «viernes de ópera» para dar la oportunidad de que los cover salgan a escena tras haber trabajado tanto como sus compañeros, y siempre ahí para subsanar bajas de última hora tan tristemente frecuentes en muchos escenarios, así como la proyección de la última función que resonará en Oviedo y otros puntos de Asturias, llevando la ópera a todos los públicos.

Me conformaré con escuchar los comentarios y leer las críticas, aunque Bohème nunca defrauda.

Amores desgarrados

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. Donizetti – M. Salvi). Segunda función. Entrada última hora: 15 €. Fotos: ©Ópera de Oviedo salvo las indicadas como ©pablosiana.

Tras esperar 128 años este martes tocaba volver a la segunda representación de esta ópera de Donizetti que mantiene mi opinión del «reestreno» con las matizaciones y el tiempo de poder reposar todo lo escuchado, con la magia de un espectáculo irrepetible siempre, exigente cada día, redescubriendo detalles como toda segunda lectura, esta vez desde principal, cortada la visión superior del escenario pero con monitores por si se querían seguir igualmente los sobretítulos, aunque la dicción en italiano por parte del reparto hacía fácil seguirla.

Esta vez pude paladear más a Donizetti que a su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro aunque se aprecian los «añadidos», especialmente en la línea de canto y en la orquestación, algo más «académica» y menos rica que la autógrafa, pero volvió a sonar belcanto con un reparto ya rodado tras la función del domingo.
La obra tiene momentos hermosos con otros donde decae un poco, sobre todo los recitativos antes de las arias escritas para todos y cada uno aunque ninguna «especial» para la soprano en el sentido donizzetiano, por otra parte con un protagonismo exigente y duro, más dúos o tríos combinando las voces del «quinteto» con Daniele el maestro cervecero, sumando unos concertantes donde los cantantes solistas mantuvieron casi todos la presencia dentro de la sonoridad por momentos majestuosa.

El Coro de la Ópera estuvo algo retrasado por momentos y puede que mermado en efectivos, especialmente masculinos, para una obra donde su coprotagonismo es claro. En el primer acto puede que la colocación no favoreciese un mayor volumen, al igual que en la salida desde atrás en «pianísimo» no necesario porque al acercarse ya se produce el efecto deseado de «crescendo». Hay mucho que cantar pero volvió a mantener el tipo, especialmente los cantos fuera de escena e incluso las intervervenciones  «a capella» que con algún despiste puntual de afinación, también arroparon a los solistas, completando una segunda función más que digna pese al poco tiempo con el que Enrique Rueda ha estado trabajando. Supongo que la inestabilidad e incertidumbre no es compatible con la confianza al cantar.
La OFil volvió a sonar bien en el foso, normalmente contenida en volúmenes desde la dirección de Roberto Tolomelli, siempre pendiente del escenario, con mínimos «desajustes» en el cuarteto de trompas tan característico de Donizetti o el dúo de viola «destemplada» con Amelia d’Egmont, puntuales desvíos para un trazo de línea fina, cuidando tiempos aunque los acelerando arrastrasen por momentos al coro o al propio Duque en su solo del tercer acto.

De todo el elenco prima el trío protagonista formado por Amelia, Marcel y el Duque de Alba, sin olvidar al citado Daniele, y con menos intervenciones pero exigentes como al resto, Sandoval y Carlo, incluso el tabernero de Ricardo Domínguez, uno de componentes del coro, en una trama donde podemos comprender la evolución de los personajes, siempre con el amor en sus multiples variantes y enfoques, con los malos no del todo y los buenos tampoco… La música empuja el destino de cada uno de ellos y el de Bérgamo supo escribir para las voces como pocos, de ahí la vigencia de esta obra aparcada tanto tiempo puede que sumando complejidades para cantantes y desigual escritura no solo del alumno.

José Bros volvió a triunfar con este Marcel de Brujas, pletórico, entregado, cantando como en él es habitual a pesar de ciertos «tics nasalizantes» que acaban siendo seña de identidad, de nuevo con un papel muy adecuado a su voz, gustándome mucho el dúo del segundo acto con Amelia añadiendo la dificultad de cantarlo tumbados y revolcándose como dos enamorados, más incluso que en la conocida aria Angelo casto e bel del último acto, aplaudida igual que el domingo aunque personalmente me gustase más el primer día. Igualmente acertado el dúo con El Duque del primer acto, jugando ambos con los dos planos en escena, y nuevo triunfo del tenor catalán, muy querido en Oviedo desde hace muchos años por su entrega total, arriesgando también con papeles como este nuevo donizzetiano.

La jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984) demostró de nuevo la proyección que le espera aunque me encandiló un poco menos que el domingo. Amelia d’Egmont tiene muchas dificultades no ya por su evolución de enamorada a desengañada, que no logró del todo en cuanto a color, sino por unos graves que requieren volumen y uniformidad tímbrica, algo que una soprano lírica no alcanza en sus inicios como los de esta debutante soprano, papel exigente en los concertantes donde sí brilló por encima de sus compañeros, pese a un ligerísimo «calado» en el potente final, empastes difíciles como el dúo con Danielle del segundo acto y el comentado dúo de amor con Marcel, lo mejor de esta segunda función. El aria del tercer acto no tiene el poderío hipnótico de otras heroínas del propio Donizetti, puede que temiendo un «belcanto» demasiado preciosista, pero «la Katzarava» lo defendió con seguridad, arrancando el merecido aplauso tras finalizarla. Tomemos nota por lo apuntado de la primera, color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo excelente presencia escénica.

El Duque de Alba del barítono Ángel Ódena sigue sin convencerme, pletórico de potencia y mejorando en cada acto abusa de un vibrato que afea la emisión, sigue siendo expresivo pero incluso en los momentos más «íntimos» como el dúo con Marcel mantiene este recurso, por otra parte personal, volviendo a reconocerle un papel grande en escena y defendido con profesionalidad en cada aparición, especialmente en el tercer acto y el desenlace del cuarto, despidiéndose de los belgas casi a grito pelado más allá del desgarro.

Mejor el bajo asturiano Miguel Ángel Zapater que dibuja un Daniele templado, capaz de transmitir heroicidad en su primera aparición del acto inicial, complicidad con Amelia en el segundo y decisión en el conjunto final donde su color brilló en el agudo, más cercano a un barítono, sin desmerecer unos graves que Donizetti no exagera nunca.

El Sandoval del barítono Felipe Bou mantuvo el nivel global aunque en el trío con Marcel y el Duque perdiésemos su presencia, solo recuperada en el silencio orquestal. Bien el Carlo del tenor Josep Fadó, breves intervenciones pero seguras en un «secundario» que no puede perder el equilibrio necesario dentro de un reparto de calidad diríamos que completamente hispano.

Dejo para el final la producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una dirección de escena muy lograda de Carlos Wagner, la escenografía de Alfons Flores, el vestuario de A. F. Vandevorst o la iluminación, tétrica por argumento pero con los toques apropiados para realzar de Fabrice Kebour, todo con lo que en esta segunda función pude recrearme.
Desde la obertura con telón bajado y vídeo premonitorio de una Virgen que se hará pedazos, la misma sobre la que se postrará el Duque en el tercer acto, al lado de una mesa de billar, los soldados gigantes que se irán cambiando de posición en el resto (solo «ausentes» en el segundo acto de la cervecería) para con las luces adquirir transparencia o poderío, opresión frente a revolución, sombra omnipresente y especialmente los dos planos en escena que sirven para diferenciar vencedores y vencidos, también calle sobre el sótano de la fábrica donde se ocultan los insurgentes, y hasta pasarela al barco que llevará al Duque a Portugal.

Detalles como los cadáveres que llenan la primera escena, cubriéndolos con sábanas blancas, entre ellos Egmont, sábanas que en el tercer acto se vuelven vendas, las sombras con los ahorcados en la plaza de Bruselas proyectadas sobre el trío gigantesco dando sombra al trío masculino, los aviones sobrevolando, las cruces del último acto con las velas bien ubicadas, la aparición cual trono de semana santa del Duque antes de dar el relevo de mando generacional, y ese final de belgas decapitados puede que por Magritte antes de la oscuridad total, todo para una ambientación fuera de época que no molesta en ninguno de los cuatro actos, sumando un vestuario que me gustó por ese aire de «novecento» para el pueblo, los soldados algo más peliculeros, aunque sin entender el luto blanco de la heroína, con pantalón y calzas del siglo de oro, descalza con vestido túnica para el dúo amoroso. Me encantó el segundo acto por el juego que da la cebada, malta o lúpulo de la cervecería, brindis de ambrosía belga donde los españoles beben sin pagar, casi playa donde el castillo de arena es tumba y posterior cama de regocijo, y montaña para esconder unas armas que son necesarias para toda invasión.

Las críticas de la primera función las dejo al final, dando la razón a Aurelio M. Seco (en su Web) en cuanto a estrenar obras de autores españoles en vez de recuperar este Donizetti inacabado que dormía en el limbo de los justos de nuestra historia lírica, pero reconozcamos que poder disfrutarla en vivo precisamente en Oviedo, con ser una apuesta arriesgada, nos permitirá poder contar la experiencia. Cinco títulos para todos los gustos es como elegir el once ideal de la selección porque todos llevamos un entrenador dentro, pero al final lo que queremos es ver ganar y sobre todo que den buen espectáculo, y hasta ahora estamos en los puestos punteros, a pesar de todo lo que llevamos pasado. El futuro está por escribirse…

Un buen Duque de Alba

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Domingo 13 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. Donizetti – M. Salvi). 19:00 horas. Primera función. Entrada: 15 €.

Tras 128 años volvía esta ópera de Donizetti con todo el esplendor de su lenguaje bien entendido por su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro para seguir sonando a puro belcanto con un reparto más que digno donde brilló la jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984), el Coro de la Ópera manteniendo su excelente nivel con Enrique Rueda sustituyendo de manera provisional al defenestrado Patxi Aizpiri, y una producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una puesta en escena de Carlos Wagner que no molesta nunca en los cuatro actos, con momentos logrados, un vestuario excelente aunque sin aportar más que un intento de actualizar algo que es historia de España, y una buena dirección de Roberto Tolomelli al frente de una OFil siempre competente en el foso.

De la obra comentar que es Donizetti en estado puro con todo el drama hecho música lleno de arias hermosas para el trío protagonista, dúos, concertantes y un peso del coro tanto en escena como fuera de ella que en algún momento quedó corto exigiéndoles más volumen del necesario para compensar, pero siempre con acierto. Instrumentaciones que recuerdan su Lucía -hoy su onomástica- o Roberto, y un cuidado en la escritura vocal donde cada papel tiene su protagonismo escénico, por algo se le considera al de Bérgamo como el padre de la ópera romántica.
Amelia d’Egmont es una típica heroína operística con muchas dificultades para una soprano lírica porque requiere un buen registro grave además de todo el agudo belcantístico, y la debutante soprano mejicana Katzarava resultó perfecta para el rol, de color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo un presencia escénica que eclipsó al resto del reparto. Habrá que seguir a «la Katzarava» desde ahora porque tiene mucha carrera por delante.

De sus compañeros, José Bros nos dejó un buen Marcel de Brujas, papel muy válido para su voz, más allá de la conocida aria Angelo casto e bel, aunque el color tienda a nasalizar por momentos para mejorar la emisión, lo que no quita un resultado global más que aceptable, bien en los dúos y concertantes, entregado al personaje con todo el dramatismo que tan bien sabe transmitir el tenor catalán, muy querido en Oviedo. El barítono Ángel Ódena está en un momento pletórico y mejorando con el tiempo aunque no me gusta su vibrato más allá de lo expresivo, pero reconozco que El duque de Alba es un papel grande en escena y lo defendió con solvencia, caracterizado para la ocasión como un actor de película.
Cumplieron mejor que en anteriores títulos el barítono Felipe Bou como Sandoval y el bajo Miguel Ángel Zapater como Daniele, aunque siga echando en falta la redondez de antaño. Bien las breves intervenciones del Carlo de Josep Fadó y el tabernero de Ricardo Domínguez.
La OFil sonó bien desde la obertura, bien controlada por un Tolomelli con quien los cantantes no tuvieron problemas ni por velocidad ni por dinámica.

Intentaré repetir el martes este cuarto título de la temporada, porque la obra bien lo merece y la música siempre triunfa, más con un reparto equilibrado para lo exigente de este Duque de Alba, independientemente de las licencias del argumento, a los españoles nunca nos dio miedo…

Bodas sin resaca

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Martes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, LXVIII Temporada Ópera: Le Nozze di Figaro, KV. 492 (Mozart), Segunda función. Entrada Principal: 106 € + 1€ gestión.
En el meridiano de la temporada de ópera asturiana llegaba el no siempre habitual Mozart al coliseo carbayón con un reparto mayoritariamente español, hoy en día en línea con el mundial, para unas «Bodas» siempre llenas de vitalidad y humor e incluso sátira donde no falta la crítica aplicable a cualquier tiempo, burlas y engaños, lucha de clases e incluso ruptura de moldes a lo largo de arias y dúos conocidos y reconocibles, concertantes llenos de magia, maravillas de la escritura vocal que son siempre un placer escuchar en vivo.

La producción de la Opera Vlaanderen por la que no pasan los años, es agradable y resultona en los cuatro actos discurriendo en una especie de invernadero con trabajada y cuidada perspectiva que va destruyéndose según avanza esta jornada de locura, con la nobleza que se acerca al fondo engrandeciéndose cual Alicia en el país de las maravillas en un inteligente guiño escénico por parte de Guy Joosten, con iluminación cuidada (Jan Vereecken) y un vestuario en tonos pasteles para los ricos contrapuesto al negro e incluso el azul mahón para la clase trabajadora diseñado por Karin Seydtle. El primer acto de una sensación de pobreza unida a suciedad con los colchones manchados y la ropa tendida, para ir convirtiéndose en estancia palaciega, biombo y muebles bien elegidos, estancias venidas a menos como la propia nobleza, hasta el bosque final con aire catastrófico como de día después…

En el foso la OSPA de nuevo con Benjamin Bayl, al clave y dirección, imprimiéndole a toda la ópera un aire ligero, por momentos vertiginoso (personalmente me gusta más reposado), difícil de seguir para algunos cantantes, desde la deliciosa obertura que marcó la tendencia general: una orquesta cercana a la escena, delicada por momentos cual «guitarrino» y enérgica sin apoderar cuando así lo requiere la partitura, cuerda algo «seca» buscando más un preclasicismo seguidor del barroco a la moda que presencia tímbrica revolucionaria, puesta por una madera verdaderamente delicada y camerística, metales discretos y acertados en volumen, más una percusión siempre ajustada. Los recitativos, casi hablados, tuvieron el continuo del maestro australiano a veces reforzado por un cello preciosista amoldado al clave.

Sin descanso visual ni auditivo, la acción es trepidante toda la obra, apenas hay respiro o arias estáticas, abundante figuración además del Coro de la ópera, siempre afinado y seguro, más exigencias que por momentos parecieron pedir a todos, cantantes incluidos, un extra de estado físico además del propio y necesario de cantar bien.

Del elenco iré destacando en orden de calidad y gusto siempre personal: el Conde asturiano David Menéndez, al que he visto crecer desde sus inicios, hoy en día en un momento ideal (lleva con nosotros desde finales de octubre) con pleno dominio escénico y vocal, convincente, lleno de gusto y un acierto tenerlo como Almaviva mozartiano. La guipuzcoana Ainhoa Garmendia fue una Susana protagonista en todo momento, por papel y presencia, segura y brillante, asentada en los mejores elencos que no defraudó en ningún acto. Cherubino es el caramelo de toda mezzo y la rumana Roxana Constantinescu unió su juventud vocal con la exigencia del papel adolescente juguetón no exento de momentos deliciosos (Voi che sapete) además de cómicos, cautivando al respetable. La Condesa Amanda Majeski (sustituyendo a la inicialmente prevista Ainhoa Arteta) no desentonó aunque el papel pareció contagiarle cierta frialdad, pero solvente y segura en todas sus intervenciones (el aria Porgi amor emocionante y empastada el dúo de la canzonetta). Las mal llamadas voces secundarias, más por lo breve que por las dificultades siempre olvidadas tras la aparente sencillez del genio de Salzburgo, son necesariamente delicadas por lo exigentes, buscando una uniformidad de calidad para todo el reparto, destacando especialmente tres cantantes de grandísima comicidad, muy inspirados en esta función: la Marcellina de la soprano catalana Begoña Alberdi, con amplio registro lírico y escénico, el Don Curzio del cordobés Pablo García-López, un tenor mozartiano en pleno crecimiento, y el Antonio del bajo-barítono Ricardo Seguel, de jardinero casi histriónico y contagioso intentando entrar por la puerta con macetas y regadera, así como la breve Barbarina cantada por la soprano canaria Elisandra Melián realmente deliciosa (L’ho perduta), completando un elenco español más que digno.

Un escalón por detrás, aunque dentro de una media más que decente de voces españolas, el Fígaro protagonista del barcelonés Joan Martín-Royo, poco volumen para un barítono trabajador pero poco convincente en cuerpo, color delgado con mucho que cantar y por ello algo desigual, compensado con una escena muy estudiada y aprendida. Algo parecido me sucedió con el Basilio del tenor donostiarra Jon Plazaola, pareja con el cordobés en un claro recuerdo de «Hernández y Fernández«, algo corto de emisión que en los concertantes tampoco lució, y el Bartolo del bajo catalán Felipe Bou, quien no parece atravesar buena racha, al menos en las veces que le he escuchado, perdiendo aquella prestancia de color y profundidad que me maravillaba en sus inicios.

Como balance me hubiese gustado mayor diferenciación de colores en las voces iguales, pues así las entendía Mozart, pues «confrontar» sopranos o tenores puede llevar a la conclusión de igualarlas tanto en timbre buscando homogeneidad, más que empaste, que perdamos el carácter dramático en el amplio sentido de la palabra, poder diferenciar vocalmente dos clases sociales o dos formas de entender la vida y a fin de cuentas el propio canto. Es la parte complicada de un elenco que en líneas generales resultó bastante equilibrado, junto con el coro. Hubo muchos más detalles a destacar como montar a la vista el tercer acto, los dos telones dibujados uno con la perspectiva y el otro con las puertas, colocando las voces en el borde, y una acústica con la caja del decorado tan buena que incluso colocando los cantantes de espaldas al público (una idea genial de meternos en la escena) proyectaba su voz sin perder calidad ni volumen, por otra parte no siempre adecuado a pesar del mimo orquestal con el que el Maestro Bayl llevó en volandas a todos los músicos con buen entendimiento mutuo como en él es habitual.

Ficha:
El Conde de Almaviva: David Menéndez; La Condesa de Almaviva: Amanda Majeski; Susanna: Ainhoa Garmendia; Figaro: Joan Martín-Royo; Cherubino: Roxana Constantinescu; Marcellina: Begoña Alberdi;  Doctor Bartolo: Felipe Bou; Don Basilio: Jon Plazaola; Don Curzio: Pablo García- López; Barbarina: Elisandra Melián; Antonio: Ricardo Seguel.
Dirección musical: Benjamin Bayl;  Dirección de escena y diseño de vestuario: Guy Joosten; Diseño de escenografía: Johannes Leiacker; Diseño de iluminación: Jan Vereecken; Dirección del coro: Patxi Aizpiri;  Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias;
Coro de la Ópera de Oviedo.

Mozart es imposible que defraude, y estas bodas no dejaron resaca a pesar del ajetreo, así que no está mal seguir contando con él en la ópera ovetense, porque repertorio tiene para seguir disfrutando de su magia. Las localidades de última hora a 15 € están llenando los pocos huecos que quedan para algunas representaciones, todo un acierto en línea con las grandes temporadas.
De las charlas previas a cargo de Patxi Poncela otro positivo en el haber de la Asociación y Fundación Ópera de Oviedo, veinte minutos agradables de compartir humor y conocimiento como debe ser en un comunicador nato caso del gijonés. Y a seguir sumando con los libretos a un precio de 5 € con altísima calidad en todos los aspectos para ir completando una bibliografía que el tiempo convertirá en radiografía de esta señera temporada lírica española.
Por delante esperan El Duque de Alba (Donizetti) y La Bohème (Puccini), un estreno junto a un imprescindible en una programación donde se aúnan riesgo y continuidad ganando público (continuarán también las proyecciones en distintas localidades asturianas este jueves 19) que encuentra en la ópera el espectáculo total más allá de figuras puntuales, con un directo siempre irrepetible, esperando sigan contando con tantas voces españolas que no defraudan y triunfan fuera.

P. D.: Críticas de la primera función en el blog «Tribulaciones» de Aurelio Seco y «OperaWorld» de Alejandro G. Villalibre.

Distintos reportajes en la prensa regional:

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