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Solidaridad con voces de lujo

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Sábado 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Gala lírica de ópera y zarzuela a beneficio de «Kiva Mirando a India«. Beatriz Díaz (soprano), Jessica Pratt (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Alejandro Roy (tenor), Oviedo Filarmonía, Julio César Picos (director). Obras de Verdi, Donizetti, Giordano, Cilea, Giménez, Moreno Torroba, Penella. Entrada: 23 €.

Cuarteto vocal de lujo para una gala solidaria donde también estuvo muy presente París, encabezada por el barítono onubense afincado en Madrid, que lidera la asociación «Kiva Mirando a India» dedicada a escolarizar niños en Belagola (estado de Karnataka) y con pase previo de un vídeo donde aparece parte de este proyecto.

Verdi es el gran renovador de la ópera y ocupó gran parte de esta velada solidaria, primero La traviata desde la obertura que sonó ideal con la Oviedo Filarmonía hoy dirigida por un conocedor del género como el maestro gijonés Picos, pasando por el «Sempre libera» de la soprano inglesa afincada en Australia Jessica Pratt pletórica en volumen y agilidades aunque una Violeta algo fría en este inicio, contestada fuera de escena por un Alfredo que sabíamos era el asturiano Alejandro Roy, antes del Giorgio Germont hoy en día sinónimo de Juan Jesús Rodríguez, impresionante en todos los aspectos ese «Di Provenza», y en un momento álgido que esperemos mantenga, antes de la llegada de nuestra Beatriz Díaz encarnando la Violeta enferma (avisaron de su catarro pero nadie lo diría) en el dúo «Madamigella Valery» con el «suegro», ideal de contrastes, musicalidad y juego de roles, bastón, carta y silla incluidos que nos metieron de lleno en la escena con un rol que la asturiana debutaba con sobresaliente. La otra ópera elegida nada menos que Otello donde Alejandro Roy cantó el «Dio mi potevi» asombrando en toda la gama vocal y dramática bien arropado por la orquesta, un tenor capaz de afrontar todo el amplio registro sin perder proyección, totalmente imbuido del personaje, continuando con el dúo «Talor vedeste in mano» que el Yago del andaluz mejoró al del Campoamor, par de voces empastadas y pletóricas en estos momentos de sus carreras, lamentando no tener más en Asturias a un elenco de casa que debe triunfar fuera. Como premonitorio de ésto la obertura de La forza del destino que abría la segunda parte y nos despedía de Verdi con la orquesta de la capital experta en foso y dominadora de este repertorio al igual que su director, algo mermada en efectivos pero compensado por la entrega de sus integrantes.
Si «Traviata» forma parte de mi mochila operística, puede que el grueso de ella sea Lucia di Lammermoor de Donizetti, tanto en vivo como en grabaciones, y Jessica Pratt no defraudó ni en «Regnaba nel silenzio» con todas las endiabladas agilidades, matices, registros extremos y toda la pirotecnia desplegada en la partitura, como tampoco en el dúo «Apressati Lucia… Sofriva nel pianto» que Enrico Juan Jesús Rodríguez completó y equilibró en emociones musicales, nuevamente rotundo y convincente.

Llegarían las arias de los asturianos, Alejandro Roy con «Colpito qui m’avete» de Andrea Chenier (Giordano) defendido con pasión y dominio escénico para un rol que le va como anillo al dedo, y Beatriz Díaz en «Ecco: respiro appena… Io son l’umile ancella…» de Adriana Lecouvreur (Cilea) verdaderamente increíble, sentido, con esa línea de canto tan bien dibujada, matices increíbles sin perder proyección pese a una orquesta detrás y no en el foso, pero especialmente un color inimitable y personal que delinea cada personaje de forma magistral.

La lírica aúna ópera y zarzuela porque exigentes son ambas e incluso más la española despojada de complejos cuando tiene calidad e intérpretes. El conocido intermedio de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) hizo de puente para disfrutar nuevamente de la OFil, cómoda en el repertorio y aire elegido por Picos, cuadro bailable que preparaba dos joyas, la romanza de Vidal «Luché la fe por el triunfo» de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) que Juan Jesús Rodríguez canta como nadie, y hay grandes intérpretes a lo largo de la historia,

más el dúo asturiano de El Gato Montés (Penella), Roy y Díaz como Rafaelillo y Soleá arrancando el «ooole» del respetable del pasodoble más universal «Torero quiero ser», y enamorando como la primera vez, pareja perfecta e idónea de tenor-soprano, ambos de casa, calidad más que contrastada, química y física musicales levantando al público que premió con merecidísimos aplausos este cierre de velada con dos asturianos universales a los que apenas podemos disfrutar en su tierra (de hecho Beatriz Díaz parte este domingo a Taiwán para el Carmina Burana de La Fura dels Baus).

Aún quedaban dos propinas de lujo, el dúo del barítono de Cartaya y la soprano de Bóo en La del manojo de rosas (Pablo Sorozábal) «hace tiempo que vengo al taller» renombrando la zarzuela en ópera española por todo lo que disfrutamos, y un aria en solitario de la británica, nada menos que «O luce di quest’anima» de Linda di Chamounix (Donizetti) en la línea de las grandes voces belcantistas, bien acompañada por una OFil siempre presente (por momentos demasiado) con Julio César Picos al frente cerrando un concierto de vértigo por la dificultad en concertar tantas y difíciles partituras en un esfuerzo digno de grandes batutas.

P. D.: Reseña en LNE del domingo 15.

Mozart nun tris

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Martes 3 de noviembre, 11:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Producciones Nun Tris: Los amorinos de Bastián y Bastiana (Mozart). Vanessa del Riego (soprano), Cristóbal Blanco (tenor), Antón Caamaño (bajo), Mario Álvarez Blanco (piano). Supervisión musical: Elena Pérez Herrero; escenografía: Pablo Maojo; ayudante de dirección: Inma Rodríguez. Dirección escénica y versión en asturianu: Antón Caamaño.

Esta mañana de noviembre nos fuimos con el alumnado del IES «El Batán» a escuchar una ópera de Mozart traducida al asturiano, dentro de la «Axenda Didáctica escolar» que patrocina la Consejería de Educación y Cultura desde hace seis años, a través de la Dirección Xeneral de Política Llingüística, aunando en nuestro caso los Departamentos Didácticos de «Llingua asturiana» y «Música«, una actividad muy útil desde todas las áreas que acoge proyectos de lo más variado, decantándonos nosotros por esta dualidad que toca el folk como en otros años,

pero también la «ópera de cámara», pues eso es Bastien und Bastianne, K. 50/46b, un singspiele que no llega a la hora de duración pero no en alemán sino en nuestra lengua autóctona, ya rodada y con artistas de la tierra, en un montaje sencillo, ocurrente, en época trasladada al siglo XIX de la emigración asturiana como «una crítica a los valores de las ciudades, a las que se la identifica con la vanidad, y una apuesta por la sencillez, simbolizada en el mundo rural» (el mismo de gran parte de nuestro alumnado) y con tres personajes siempre actuales desde cualquier óptica, partiendo de elementos tradicionales que evolucionan al paisaje urbano.

Difícil es cantar por la mañana, aún más tener al alumnado atento, pero resultó todo un éxito esta adaptación muy trabajada no ya por la traducción del alemán al asturiano, primera ópera representada en nuestro idioma, a cargo del director escénico y bajo para la ocasión Antón Caamaño, con la supervisión de la mierense Elena Pérez Herrero, que conoce a la perfección obra e intérpretes desde su condición de cantante y profesora de canto.

Con el piano (eléctrico) de Mario Álvarez Blanco, curtido en repertorios operísticos (es maestro repetidor de la Ópera de Oviedo desde hace años), el propio actor profesional Antón Caamaño como Colás más la soprano Vanessa del Riego en Bastiana y el tenor Cristóbal Blanco como Bastián, ambos también componentes del Coro de la Ópera de Oviedo, ayudados por sobretítulos y una iluminación suficiente, siempre ayudados por el personal técnico de la Casa de la Cultura de Mieres, nos hicieron disfrutar de esta joya compuesta por el prodigio de Mozart con 12 años, música a borbotones con el sello inconfundible del genio de Salzburgo y la engañosa facilidad de una partitura exigente para todos, trío cantante y pianista que debe «reducir la orquesta», donde el alumnado pudo escuchar arias, dúos y el trío final junto a los simpáticos diálogos y enredos que algunos creyeron reales como la vida misma en el coloquio entablado al finalizar la representación.

Mi más cordiales felicitaciones al pianista que hubo de tocar a oscuras en muchos momentos, a una Vanessa acatarrada que luchó como los grandes para no cancelar representación, a Cristóbal que se preparó el papel en tiempo récord (al encontrarse el avilesino Pablo Romero en Londres) y por supuesto al mago Antón, verdadero triunfador entre el público por su trabajo antes, durante y después de esos amoríos que enamoraron a todos. Esta agenda nos viene muy bien a todos en nuestro arduo trabajo, esperando sigan apostando los dirigentes por ella. No olviden que es invertir en futuro.

Se libraron de la horca

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Miércoles 14 de octubre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera. Verdi: Nabucco. 3ª función. Entrada última hora: 15 €. Fotos ©facebook Opera Oviedo.
Casi lleno para la tercera, que fue la vencida pero por lo mala que resultó con pocas excepciones, y es que este Nabucco verdiano tiene mucho que cantar, el trío protagonista tiene momentos solos donde la desnudez orquestal deja las voces tan expuestas que podemos comprobar virtudes (pocas) y defectos (muchos), el coro se erige en coprotagonista exigiendo a todas las cuerdas un esfuerzo casi sobrehumano.

Lo mejor de la velada, además del éxito de público, algo a anotar a lo largo de todas las funciones, la Oviedo Filarmonía con el maestro Gianluca Marcianó al frente, una señora orquesta de foso con una dirección que la hizo sonar plenamente italiana, limpia, con intervenciones solistas excepcionales (cello, flauta, oboe…), plena donde debía y acompañante de seda en los momentos vocales, tanto en arias como dúos, concertantes y coros, el segundo pilar donde se asentó y salvó de la horca este título.

Las voces que dirige Patxi Aizpiri son el seguro escénico siempre, con algo de cansancio en las voces masculinas que tuvieron algo de «aire» en los agudos y algo detrás de la orquesta en el segundo acto aunque seguros siempre, incluso fuera de escena (a pesar de la dificultad añadida), con algún pasaje calante rápidamente corregido. El esperado Va pensiero se quedó sólo en aseado pese al mimo con el que el director italiano llevó a la orquesta y el tempo, de hecho fue muy aplaudido pero no lo bisaron como en la segunda, dejando el momento «a capella» como lo mejor de la noche tras la travesía anterior. Un notable para este Coro de la Ópera de Oviedo.

Del elenco protagonista el Nabucco del barítono búlgaro Vladimir Stoyanov irrumpió algo pobre de presencia vocal y casi nos adormece, pero en la segunda parte logró transmitir algo de emoción, musicalidad y elegancia pese a la desigualdad de color en un grave algo forzado. La Abigaille de la soprano rusa Ekaterina Metlova resultó lo mejor, por no decir lo menos malo, del reparto, ya recuperada de su amigdalitis, con una técnica capaz de escucharla siempre en primer plano pero cuya maldad no debe ir pareja a la frialdad, lástima porque es una de las figuras que parece están llamadas a triunfar, pero faltó entrega, puede que contagiada de sus compañeros. No cuidó los finales de frase teniendo «fiato» suficiente, lo que hubiera mejorado la percepción global de su actuación.

La mezzo Alessandra Volpe cumplió como Fenena y mantuvo el tipo en los concertantes, color bien equilibrado con su «hermana», sobrada en el agudo y un grave claro sin perder color, una grata sorpresa.
Los problemas vinieron con el Zaccaria de Mikhail Ryssov, carente de registro grave verdadero, forzándolo y empañando una línea melódica bella pero con sensación de tensión en los agudos en una tesitura algo forzada. Solo al final y dominando el medio (que es lo que le quedaba) se salvó de la horca al darle una impronta de emoción y buen hacer. La Anna de Sara Rossini siempre en números conjuntos, quedó a menudo tapada en sus intervenciones por sus compañeros, y el Abdallo del tenor avilesino Jorge Rodríguez Norton breve y justo de presencia.

Trabajo me costó reconocer al ovetense y querido Miguel Ángel Zapater como el Gran Sacerdote de Baal, voz opaca y sin potencia, puede que por algún problema de salud pues conozco su trayectoria y no es lo habitual en él, carente de la rotundez a la que nos tiene acostumbrados su voz de bajo, esta vez debajo del resto y por momentos imperceptible.
El desastre lo trajo un Ismaele que no enamoró a Abigaille, pues el toledano Sergio Escobar, posee un color poco agradecido y técnica escasa que intenta suplir los agudos forzando en extremo lo que le llevó al gallo no deseado, así como problemas de afinación. Sus intervenciones siempre dieron sensación de inseguridad y desasosiego para quien suscribe. La soga pendía pero esta vez hubo milagro, aunque le paso a la nómina de los bautizados como «tenorinos», algo imperdonable cuando tenemos en esta cuerda y con menos renombre voces capaces de afrontar este rol con más solvencia.

La producción de cinco teatros donde además del Campoamor y el Jovellanos gijonés está el Baluarte pamplonés, el Principal de Palma y el St. Gallen suizo, resultó más que aceptable. Positiva la escenografía de Emilio Sagi porque nunca chirría ni molesta la acción, espejos rojos, «telón» cual arpa o barrotes, grandes estructuras y guiños históricos en las estelas o escultura inicial, y colocando las voces donde mejor pueden cantar, apoyado por el vestuario de Pepa Ojanguren, sin excesos y con detalles elegantes como el rojo de Abigaille o las túnicas más el diseño de Luis Antonio Suárez. Impecable y parte importantísima la iluminación de Eduardo Bravo al que el pongo su apellido de calificativo.

Los figurantes bien aunque no tenían grandes exigencias y cumplieron.
El viernes habrá otro reparto antes llamado joven, que seguro mejorará esta tercera, aunque arranca mi temporada oficial con la OSPA, pues este miércoles no fue el mejor día y pensé que cambiaría el argumento final pasando por la soga casi todos y sin intervención divina por ninguna parte.

Estrenos cercanos

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Sábado 10 de octubre, 20:00 horas. Teatro Municipal Bergidum, Ponferrada. Ciclo romántico: «Cantando a Gil y Carrasco». Patricia Rodríguez Rico (soprano) y Manuel Alejandre Prada (piano). Obras de Alejandre, Schubert, Lortzing, Rossini, Lehár, Arrieta y Giménez. Entrada: 7,50 €.

Llevaba tiempo sin escuchar a la soprano ferrolana, muy solicitada para estrenos gracias a su poderío vocal basado en un trabajo meticuloso y versatilidad, la misma que le trajo hasta la capital de El Bierzo para regalarnos el «Tributo a Gil y Carrasco» opus 64, en homenaje al bicentario de su nacimiento, siete lieder sobre poemas de Enrique Gil y Carrasco del compositor local y pianista Manuel Alejandre Prada. No es accesorio titular esta obra de «lied» puesto que el diálogo y protagonismo de piano y voz marcan esta obra de dificultades extremas para el registro de soprano, con poemas no excesivamente musicales a los que Alejandre intenta sacar más la expresión que la lírica propiamente dicha.

Siete poemas distintos con el sello del músico berciano donde aparecen colores y atmósferas grises, duras, llevadas al discurso melódico en saltos de octavas realmente abismales, medios tonos generadores de indecisión tonal como en El Sil, agudos altísimos en pianísimo o graves profundos sin poder perderse nunca la inteligibilidad de unos textos difíciles caso de Niebla. La soprano gallega hubo de pasar por todos los registros defendiendo una partitura realmente agotadora con detalles de lirismo como en La mariposa o Una gota de rocío que cerraba este ciclo con un pianismo igualmente vertiginoso de arpegios alternando con reposos casi litúrgicos de Campana de una oración sin caer en descriptivismos literales pero sí buscando esa ambientación romántica deudora de muchos compositores volcados en poner música a textos. Obra la de Alejandre que seguramente habrá de «readaptar» al terreno vocal para voces graves o incluso para una mezzo de amplia tesitura en el agudo pueden lograr un color más adaptado a la buena idea del pianista y compositor local.

La segunda parte tras el esfuerzo de la primera, dejó la voz preparada para los dos lieder de Franz Schubert, An die Musik D. 547 y la conocidísima serenata póstuma Stänchen, D. 957 nº 4 con el piano coprotagonizando estas bellísimas perlas románticas de salón, o las arias de opereta vienesa que tan bien le van a Patricia R. Rico como las de Zar und Zimmerman de Lortzing o la balada de Vilja de La Viuda Alegre (Franz Lehár) en el mejor estilo desenfadado y lleno de melodismo que nos imaginaba a la soprano con guantes largos y trajes negros de encaje sin copa de champán pero el mismo aire pícaro de ambas.

No podía faltar entre lo germano nuestro querido bufo Rossini, del que Non si da follia maggiore de «El turco en Italia» volvió a corroborar el dominio técnico de Patricia para unas arias exigentes como las del italiano con un piano reduciendo la orquesta solo en tímbrica porque así trabajó Manuel su siempre impecable y certero acompañamiento.

Y en un recital lírico lo español nada menos que con dos grandes como Arrieta y Pensar en él de «Marina«, género grande compartiendo programa con alemanes e italianos en esta romanza operística de agilidades y hondura interpretativa para rematar con Me llaman la primorosa de «El barbero de Sevilla» de Gerónimo Giménez, la voz que ha ido ganando registro grave y mantiene los agudos de flauta tan característicos de Patricia Rodríguez Rico, no mero juego pirotécnico sino gusto vocal por cualquier página que afronte.

El recital sabatino resultó muy exigente y se volcó en cada partitura, incluyendo una propina de lujo como el conocido O mio babbino caro de «Gianni Schicchi» (Puccini) que gallega y leonés entendieron a uno para comunicar la emoción final a un público que no llenó el coliseo ponferradino pero disfrutaron del estreno y aún más con estos clásicos románticos.
Los medios locales reflejaron el evento y los presentes esperamos volver a escuchar aunque sea grabado, pues siempre reconforta el interés de las jóvenes generaciones de compositores españoles por nuestro patrimonio literario llevándolo al perfecto maridaje con la música como forma de difusión y conocimiento, aunque el novelista de Villafranca del Bierzo fallecido joven -casi obligatorio en su época- Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) tenga su sitio en la historia de la literatura en este año romántico.

Codalario suma y sigue acertando

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Sábado 3 de octubre, 19:00 horas. Salón de Actos del COAM, Madrid. Premios Codalario de la música 2015. Entrada por invitación.

Codalario, mucho más que un portal web o una revista digital, volvía a la capital de España para presentar su Anuario 2015, ya a la venta por 10 €, mejorando aún los anteriores en cantidad y calidad (convirtiendo esta publicación en una, sino la mejor editada del mundo musical), además de entregar unos premios que ya van por su tercera edición, una «Musa inconclusa» del pintor y escultor Sergio Portela Campos, que están asentándose como referente del panorama musical más allá de nuestras fronteras y que son una ceremonia de reconocimiento a los valores musicales así como el encuentro de distintas figuras y melómanos.

Larga la lista de verdaderas autoridades en los distintos campos del saber y artistas españoles a los que admiro (algunos como Joaquín Achúcarro, premiado en la anterior edición, o el director Enrique García Asensio) y sigo desde hace años (Mª José Montiel, Luis Cansino, Svetla Krasteva, Miguel Borrallo, Cecilia Lavilla, Aurelio Viribay, Cristina Faus o Sonia de Munck por citar algunos), convirtiéndose muchas en amistades imperecederas precisamente por compartir la misma pasión.

Sonaba de fondo una grabación de Teresa Berganza y sus Canciones españolas mientras tomábamos asiento en un salón lleno antes del discurso inicial del Aurelio M. Seco, director de la publicación y docente donde no faltaron críticas ni elogios («¿Para cuándo un apoyo decidido, sistemático y estable al mundo de la música?»), sin olvidar a todo el equipo de Codalario o un repaso a los premiados de este año.

El redactor jefe Gonzalo Lahoz hizo de maestro de ceremonias con cercanía, emoción, pasión juvenil pero madura, glosando con cariño a cada premiado, todos presentes en la sala y absortos con las palabras espontáneas del madrileño, porque la palabra también puede ayudar a la música. Y con distintos vídeos fueron subiendo al estrado los premiados leyendo las notas del jurado:

Ruth Iniesta, artista revelación, una joven soprano con larga trayectoria en el musical pero que la zarzuela recuperó para la lírica dando pasos seguros en la ópera, revelación para quienes no la hayan escuchado, ganadora del «Jacinto Guerrero» a la mejor intérprete de música española, y ya para todos «La Iniesta» que decía Gonzalo.

Recién llegado de Aalborg el pianista onubense Javier Perianes galardonado con el premio al mejor artista, al que sigo hace años y admiro por su carrera al margen de lo comercial, que toca lo que le gusta como nadie, que sigue fiel a sus maestros Ana Guijarro o Josep Colom y del que otro maestro como Francisco Jaime Pantín hace una semblanza en el Anuario como sólo él podría. La sencillez hecha arte quiso agradecer el apoyo de su familia, dedicándole especialmente a sus padres (uno vivo y la otra fallecida) todo su excelente quehacer desde su pequeño pueblo de Nerva hasta los mejores teatros del mundo, en solitario o buscado por los grandes directores y orquestas para seguir haciendo historia.

En el caso de José Luis Temes no se premiaba al director sino al autor del mejor producto editorial por el libro El siglo de la zarzuela (de 1850 a 1950) publicado por Siruela dedicado a un género algo denostado por nosotros olvidando que Chile importaba en tres semanas toda la producción de «El Juramento» de Gaztambide desde Madrid con todo lo que suponía, poniendo el acento de un conocedor objetivo de este fenómeno culturalmás trascendental de España.

Decir Alfonso Aijón es lo mismo que Ibermúsica, premio a la mejor entidad que como él mismo decía, casi resulta póstumo tras las dificultades pasadas pero que no restan este homenaje más que merecido para quien desde la iniciativa privada ha traído a España lo mejor del panorama mundial, y quien en sus palabras pidió «un premio para el ministro de Cultura «que se ocupe de una vez de la música».

El momento más esperado y emotivo fue el «Premio homenaje a toda una carrera» para la irrepetible y única Teresa Berganza, emocionada al ver en el vídeo tantos amigos que ya no están, coqueta al decir que los surcos de la cara que aparecen en las geniales fotografías del Anuario podrían haberlos retocado, y especialmente la conversación telefónica con Mirella Freni, haciéndonos partícipes de un diálogo de hermanas, bromeando, preguntando por las familias, íntimo y compartido, grandes figuras de la historia a las que he tenido la suerte de escuchar en vivo varias veces, cercanía de las estrellas que nada tienen de divas pese a ser leyendas vivas.

En compañía de los suyos disfrutó y nos hizo disfrutar de este homenaje a la mezzo madrileña más universal, capaz de cantar como nadie a los españoles, de descubrirnos a Mahler, de hacer una Carmen «interiorizada» y sobre todo el mejor Cherubino de Mozart, con el que se abría la entrega de otra «Musa inconclusa», porque continúa su magisterio. La esperamos pronto en Oviedo.

Regalo musical el de Ruth Iniesta acompañada al piano Steinway por un discreto Miguel Huertas en este recinto de hormigón algo duro de acústica, lo que no dio todo el colorido habitual de la soprano zaragozana que comenzó brava y algo metálica en los sobreagudos con Suis-je gentille ainsi? de «Manon» (Massenet), algunas prisas por parte del público en aplaudir tras cada silencio del aria, sentida de principio a fin, y un piano que debe reducir la orquesta como dificultad añadida, suficiente para entrar en calor antes del aria Quel guardo il cavaliere de «Don Pasquale» (Donizzetti), Norina que debutará en breve con Carlos Chausson en el Gayarre de Pamplona que le va muy bien a su registro, buena coloratura y perfecta dicción italiana.

Había que cerrar este minirrecital con algo tan nuestro y de la propia soprano como la polonesa Me llaman la primorosa de «El barbero de Sevilla» (G. Giménez), una romanza cantada con gracia y frescura en un género donde «La Iniesta» se siente más que cómoda.

Un vino español acompañado de cecina leonesa y queso sirvieron de colofón para charlas entre amigos, conocidos y admiradores así como fotos varias que inmortalizaron una verdadera fiesta de la música gracias a Codalario y su equipo. Ya estamos esperando la edición 2016 que volverá a ocupar preferentemente mi agenda para Madrid.

Ciclogénesis wagneriana

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Miércoles 16 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo. LXVIII Temporada de Ópera: Wagner: Die Walküre (La Walkiria), tercera función. Entrada última hora: 15 €. © foto-alfonso en la web «Ópera de Oviedo«, y escaneadas.

En plena vorágine climática y de inicio de curso, al que dedicaré otra entrada, arrancaba esta nueva temporada de ópera en la capital asturiana con un equilibrio total capaz de asombrar incluso con casi cinco horas, conociendo el timing que las óperas de «La Tetralogía» tienen.

No hay un momento de respiro para nadie en una obra llena de brutales contrastes en todos y cada uno de los elementos de esta «obra de arte total» que concibió el músico de Leipzig, y la tensión mantenida supuso un esfuerzo titánico para todos, alcanzando momentos sublimes.

Quiero comenzar por la dirección musical de Guillermo García Calvo que de nuevo demostró con creces su dominio wagneriano tras su debut con Tristán asombrando como entonces y volviendo a conseguir una química con la OSPA que se notó desde el inicio de la obra, sacando lo mejor de todos los músicos para una plantilla reducida en número pero completa en calidades, intervenciones solistas acertadas cargadas de la emoción bien planteada desde la batuta del madrileño, sonoridad plenamente germana con un equilibrio impensable a la vista pero contundente al escucharlo, esa ciclogénesis de dinámicas que son las verdaderas protagonistas, la música pura con pianísimos capaces de cortar la respiración y fortísimos pletóricos, precisos, redondos, cada leitmotiv bien dibujado para alcanzar un color acorde con la escena. Bravísima la formación asturiana que este curso cumple sus bodas de plata en su mejor momento, madurez y entrega cuando la dirigen autoridades que con el dominio transmiten seguridad y confianza a todos sus componentes.

El reparto vocal estaba encabezado por Stuart Skelton que esta vez no falló y fue el tenor esperado para Siegmund, timbre apropiado, dinámicas también ciclogenéticas, poderío escénico y una verdadera lección de canto wagneriano. El Hundig de Liang Li fue el esperado de un bajo, registro rotundo con volúmenes que no se oscurecieron en parte por el mimo con el que el maestro García Calvo trata a todas las voces, exigiendo la presencia idónea en cada momento. Un poco decepcionado por Tómas Tómasson con un Wotan algo desigual, supongo que arrastrando el catarro (lógico ante un tiempo climatológico realmente de locos) desde la primera función, lo que llevó a cambios de color en una voz (más barítono que bajo) demasiado incómodos para dotar a su personaje de identidad propia, aunque lo suplió con el dominio de la partitura y con momentos íntimos, casi hablados, proyectando su voz hasta «mi anfiteatro». Trío masculino equilibrado que ya es un triunfo.

Pero las féminas son aquí el punto diferenciador, desde la Sieglinde de Nicola Beller Carbone dándolo todo sin dejarse ni un matiz (todavía recordada su Pepita Jiménez), hasta la Brünnhilde de Elisabete Matos que sigue siendo una voz en ascenso, brutal para este rol creciendo a lo largo de los tres actos convenciendo en dramatismo y línea de canto. La Fricka de la mezzo Michelle Breedt no desentonó con sus compañeras aunque tampoco su personaje resulta «agradecido» en la partitura, pero los colores quedaron bien diferenciados. Mención especial a las walkirias con acento español, voces de primera para el acto final que dibujaron un verdadero coro guerrero de empaste perfecto, agudos delirantes y necesarios, ocho guerreras con nombres y apellidos conocidos: Isabella Gaudí, Raquel Lojendio, Sandra Ferrández, María Luisa Corbacho, Maribel Ortega, Marina Pardo, Anna Alàs i Jovè y Marina Pinchuk, todo un lujo que ayudó a un reparto escénico redondo, unido a una dirección de escena que ayuda colocando los cantantes para la mejor proyección posible de su voz, en alto como la pasarela dentro del escenario, delante de la propia caja escénica, sentados sobre el foso e incluso en la esquina derecha frente a una de las bolsas, hasta las voces «fuera de cuadro» sonaron equilibradas, importantísimo a la vista de muchas barbaridades actuales.

Enlazo la dirección escénica con toda la escenografía, lograda con el ya casi habitual «Video Mapping» que dejó cuadros elegantes como la bajada de la espada Nothung, sombras muy logradas con luces resaltando la explosión y el dolor en perfecta sincronía con la música, sumando el elemento de las fichas de dominó que pudo resultar algo reiterativo aunque efectivo, incluso en el ruido, y un vestuario más que suficiente y de colores buscados e identificables para cada personaje cual «leit motiv» de ropaje.

Mención aparte los figurantes infantiles, personalmente un toque genial, la mitología de jugar con el tiempo, duplicar los protagonistas, verdaderos actores desde los protagonistas hasta las «miniwalkirias», siendo muy emotivo el beso de Wotan a la niña Brünnhilde para despojarla de su divinidad mientras la adulta con la corte de hermanas guerreras niñas compone una escultura yacente, caso, lanza y escudo bien colocados, y esa despedida infantil colocando el atrezzo con mimo, rigor y verdadera profesionalidad con dotes actorales dignos de mención.

Aún queda la cuarta función del sábado 19, coincidiendo con otra cabalgata, la del «Día de América en Asturias», que supongo rematará este título tan esperado para intentar completar la tetralogía con repartos equilibrados pese a la dificultad de acertar, una orquesta capaz de ella, ninguna mejor que la OSPA, y maestros como Guillermo García Calvo que saben trabajar meticulosamente todos los detalles para lograr representaciones de calidad y emoción como esta Valquiria que abre el festival escénico «El anillo del Nibelungo».


Ficha técnica
(más detallada en el programa de mano incluido en esta entrada)
Siegmund: Stuart Skelton Hunding: Liang Li Wotan: Tómas Tómasson
Sieglinde: Nicola Beller Carbone Brünnhilde: Elisabete Matos Fricka: Michelle Breedt
 Gerhilde: Isabella Gaudí
Ortlinde: Raquel Lojendio
Waltraute: Sandra Ferrández
Schwertleite: María Luisa Corbacho
Helmwige: Maribel Ortega
Siegrune: Marina Pardo
Grimgerde: Anna Alàs i Jové
Rossweisse: Marina Pinchuk
Dirección musical: Guillermo García Calvo
Dirección de escena, escenografía y vestuario: Michal Znaniecki
Video Mapping: MOOV
Diseño de iluminación: Bogumil Palewicz
Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

El Falstaff «de Muti»

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Viernes 31 de julio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Falstaff (de Giuseppe Verdi), comedia lírica en tres actos con libreto de Arrigo Boito, basado en Las alegres comadres de Windsor y el drama Enrique IV de W. Shakespeare. Entrada delantera principal: 77,50 €.

Primera de las dos representaciones de la última ópera verdiana con Riccardo Muti (74 años cumplidos en la capital asturiana) encabezando toda la producción, únicas en España tras el debut en Rávena, que trajeron a Oviedo multitud de aficionados llegados de todas partes y donde no faltaron críticos nacionales, gestores internacionales, cantantes de ópera en activo, directores de orquesta y melómanos universales para un espectáculo donde el protagonista fue el director italiano y la propia partitura defendida como si Muti tuviese hilo directo con Verdi.

Al frente de su Orchestra Giovanile Luigi Cherubini y con puesta es escena de su esposa Cristina Mazzaavillani, a base de proyecciones (genial el guiño a la casa de Verdi en Busseto como hostería «La Jarretera» del último acto) y Ezio Antonelli, más las luces de que dieron mucho juego así como el vestuario de Alessandro Lai realmente elegante y en su época, tratado todo el conjunto desde el respeto y conocimiento de las voces sobre las tablas, el maestro Muti trajo un elenco joven que aún tiene mucho recorrido y donde pudimos apreciar esos detalles del napolitano que marcan la diferencia, aunque lo que nos impresionó especialmente fue la forma de llevar toda la representación, fiel a sus principios de fidelidad al texto, mimando la línea de canto, sacando del foso todas las sonoridades en el plano exacto, los tiempos vivos, los silencios realmente dramáticos y la puesta en práctica de lo que nos contó por la mañana en una lección global del Falstaff de Verdi.

Encontrar ocho (ya no digo las diez) voces equilibradas para este testamento operístico no es tarea fácil nunca, y todos lo intentaron con la tensión añadida de estar dirigidos por Muti y colmar aspiraciones y expectativas, muy empastados y equilibrados en conjunto que no tuvieron la contrapartida individual o en los dúos y tríos. Fueron mejorando en cada acto y hubo problemas puntuales de afinación o equilibrio de planos, sobre todo en alguno de los concertantes, y aunque dejo la ficha al final, quiero destacar:

El Falstaff de Kiril Manolov está bien trabajado debiendo llevando todo el peso protagonista, con presencia escénica y vocal incluso en los «falsetes», color homogéneo, gusto y musicalidad con altibajos pero convincente. Personalmente el más «completo» del reparto resultó Federico Longhi como Ford, notándosele seguro en cada aparición. Bien el Pistola de Graziano Dallavalle y algo «corto» el Fenton del tenor Matthias Stier poseedor de un timbre bello para este rol, creciendo a lo largo de la obra. Cumplió Matteo Falcier como Bardolfo.

De las féminas la «triunfadora» fue la mezzo Isabel de Paoli como Mrs. Quickly aunque de color desigual, grave realmente potente y totalmente distinto al potente agudo pero convincente en su papel; la Alice de Eleonora Buratto arrancó bien, tuvo una «recaída» en el segundo acto y acabó siendo creíble en la conclusión, algo parecido a la Meg de Anna Malavasi pero con menos protagonismo individual, lo contrario a la Nannetta de Damiana Mizzi que no colmó mi esperanza puesta en ese rol, auténtica «pera en dulce» para degustar, destemplada aunque con pianos prometedores por emisión y fiato pero desafinados, salvando el dúo con Fenton, y esperando días mejores porque cualidades tiene.

El Coro del Teatro Municipal de Piacenza que dirige el maestro Corrado Casati cumplió con creces en el último acto, con número suficiente para las exigencias de volúmenes que el maestro Muti pide desde el podio.

Finalmente una orquesta joven y preparada, muy trabajada por el napolitano, empastada, equilibrada, con solistas seguros de sonido limpio, plegada siempre a la dirección impecable de Muti y fiel reflejo de cómo debe sonar el foso sin excesos dinámicos salvo los escritos en una amplísima gama que permite disfrutar las voces, siendo ellas las responsables finales con todo lo que conlleva.

El público, casi lleno el teatro, disfrutó con el espectáculo, «todo el mundo es burla» bien entendida, vital, dinámica, pasiones y críticas desde la genialidad italiana inspirada en un Shakespeare que Verdi entendió como nadie y Muti traduce a la quintaesencia. Seguro que la función sabatina mejorará la primera, porque la exigencia está en el trabajo diario y todos los intérpretes lo saben.

Ficha técnica:
Sir John Falstaff: Kiril Manolov – Ford: Federico Longhi – Fenton: Matthias Stier – Dr. Cajus: Giorgio Trucco – Bardolfo: Matteo Falcier – Pistola: Graziano Dallavalle  – Mrs. Alice Ford: Eleonora Buratto – Nannetta: Damiana Mizzi – Mrs. Quickly: Isabel De Paoli – Mrs. Meg Page: Anna Malavasi – L’oste della Giarrettiera: Ivan Merlo – Robin paggio di Falstaff: Michael D’Adamio.
Bailarines del Teatro Alighieri.
Dirección musical: Riccardo Muti.
Dirección escénica
y diseño de escenografía: Cristina Mazzavillani Muti.
Diseño de luces: Vincent Longuemare – Escenografía: Ezio Antonelli – Vestuario: Alessandro Lai – Diseño visual: Davide Broccoli.
Orchestra Giovanile Luigi Cherubini –  Coro del Teatro Municipal de Piacenza (Maestro del coro: Corrado Casati)
Producción del Festival de Ravena para la EXPO 2015,
en colaboración con la Regione Emilia-Romagna.

Muti: una lección de vida

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El Faltstaff de Verdi en Oviedo con el maestro Riccardo Muti es historia desde el momento de su programación, noticia en todos los medios de comunicación y todo un acontecimiento nacional para los melómanos en general y operófilos en particular, siendo cita ineludible a pesar de las fechas en este tránsito de mes con luna llena, inicio, final o continuidad vacacional.

La Asociación de Directores de Orquesta Españoles (AESDO) que presiden Cristóbal Soler y Óliver Díaz lograron organizar el mismo día de la primera representación verdiana un homenaje  y encuentro con el gran Muti en el Salón de Té del Teatro Campoamor, con el apoyo del Ayuntamiento de Oviedo, Cosme Marina y la representante del director napolitano) que resultó toda una lección no ya de música y de Verdi, que lo fue, sino de vida y pasión mediterránea a cargo del maestro napolitano, una hora para haber grabado cada palabra, cada gesto, desde la cercanía de los GRANDES y la sabiduría de quien conoce y defiende como nadie las óperas de su compatriota.

Difícil reflejar la emoción en el ambiente, la escucha casi religiosa de los presentes, la humanidad del Maestro, con mayúsculas, despojado de la batuta e imbuido de la vida más allá de los pentgramas, ese Don Riccardo que puede decir sin equivocarse que «el director no debe crear« (en entrevista de Rubén Amón para el diario El Mundo, hoy también presente en Oviedo junto a muchos críticos, empresarios y dirigentes musicales).

En un italiano comprensible, con algunas palabras en español, no importa el idioma cuando todo es tan vivido, fue llenando de anécdotas e historias donde se mezclaban con naturalidad pinceladas históricas que ayudaron a entender más a Verdi, la importancia de Vincenzo Lavigna, alumno de Paisiello y lo que supuso la escuela napolitana, el sur frente al norte, el Milán perteneciente al imperio austrohúngaro donde Mozart era «ciudadano» frente al Verdi «extranjero» rechazado como alumno de piano en su Conservatorio, el compositor romántico de escuela clásica, el escritos de todas su óperas para el público excepto la última Falstaff  para él mismo como auténtico testamento.

Volvió a recordarnos Muti la «escritura mozartiana» de Verdi, conocedor y estudioso de los cuartetos del genio de Salzburgo, de los de Haydn y también de Beethoven como referentes siempre al lado de la mesa de trabajo en Roncole, y el Falstaff como la ópera más difícil de todas que inspira y acerca a Debussy o Stravinski por una modernidad increíble que requiere un control absoluto de la verticalidad de la música, el texto como protagonista en esta «ópera de cámara» ligera y profunda.

No faltó el sentido del humor del Maestro criticando el poder visual, la imagen, olvidando que lo importante es la música, y hacer referencia a muchos colegas de gesto grandilocuente en esta moda de la imagen que encandilan al público, cuando precisamente es la letra con la música exacta la protagonista que apenas requiere un gesto mínimo, o cómo en los teatros los espectadores miran los sobretítulos olvidándose de la escena, exigiendo que todos conozcan el argumento con antelación… No podía olvidar a Mahler, admirador de las partituras de Verdi por su clasicismo, no solo el ritmo sino la expresión, cada nota con su emoción, sin renunciar al común Mediterráneo, los orígenes griego y romano de nuestra cultura frente a los «tedescos«, por lo que «Grecia debe estar en Europa» sin falta de ser economista ni político.

Bromeó incluso con Rigoletto y la famosa aria La donna è mobile, criticada como «vulgar» pero no estúpida, una canción del pueblo que está ahí por el momento y el personaje, algo que no debemos olvidar. Y lo mal que trató la vida al de Busseto, los críticos de Londres o París afirmando estar ante la peor ópera de su vida, el buscado enfrentamiento del público prefiriendo la «intelectualidad» a Wagner antes que a Verdi con todo el sufrimiento causado que le tuvo veinte años en silencio…

De los intérpretes, casi como avisando de la función que vendría, les pide a todos que tengan «el diablo en el cuerpo«, esa pasión y sentir de nuestra cultura, que no es ni circo ni inferior a las otras «del norte», Nápoles también como herencia española, saber escuchar y vivir frente a la exigencia, porque Verdi no juzga, habla y reconforta, Beethoven exige… algo que podemos compartir todos los presentes.

Tampoco faltó el enfoque espiritual de Verdi, creyente en un dios no solo católico, judío, más bien la energía o fuerza superior, cómo sino podría haber compuesto su Requiem, y por supuesto la rúbrica musical del acorde de do mayor, acorde de paz y de luz que tantos otros compositores utilizarán con este sentido. La vida no se puede entender sin el amor, y aparece en todas las óperas del compositor parejo a su edad, todos los personajes (masculinos, femeninos, coros) son el propio Giuseppe, autobiográficos, citando La Traviata como la experiencia propia de la negativa a sus segundas nupcias con Giuseppina Strepponi como ejemplo, y por supuesto este Falstaff donde «todo es burla» cerrando ese círculo vital y amoroso.

Un placer escucharle tararear muchas citas al hilo del relato, siempre sentido y compartido. Nos supo a poco y aún hubo tiempo para más emociones, como el programa de su debut como alumno-director allá por 1966 que le trajo su compañero de estudios Vicenzo Menghini, fagot de la orquesta de La Scala -como también su padre-, afincado en Deva (Gijón) hace años, departiendo largo y tendido sobre las vivencias de entonces, de Antonino Votto, a su vez discípulo de Toscanini, que rejuvenecieron ambos tras su anterior encuentro en 2011.

Las fotos con todos los presentes, la cordialidad y amabilidad tras una lección que continuó casi hasta la hora de comer a las puertas del teatro, con las caras de sorpresa de transeúntes y visitantes (como «Pauline Viardot» espectadora de excepción) sabiendo que a las 20:00 horas de este viernes 31 de julio se levantaría el telón del Campoamor…

Pero esta es otra historia…

Gracias a la AESDO por hacernos partícipes de algo tan especial.

Músicas en verano, toma uno

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Finalizada la temporada ordinaria, entendiendo como tal la coincidente con mi curso escolar, el verano también tiene su hueco musical en mis vacaciones, siendo habitual lecturas variadas a las que dedicaré alguna entrada, escuchar Radio Clásica (ahí está Bayreuth o los PROMS siempre completados por unos comentarios del magnífico José Luis Pérez de Arteaga que continúa asombrándome cada vez que le escucho), pero donde tampoco faltan otras retransmisiones «on line» o en streaming, así como una agenda veraniega de ciclos que llenan muchos festivales, algunos también gracias a Internet en la pantalla del ordenador con sonido conectado a la cadena de música, y por culpa de la dichosa crisis, recortes, sueldo congelado hace años pese a los calores, pérdida de poder adquisitivo y demás «robos consentidos», también tengo recitales y conciertos cercanos, donde el Falstaff de Verdi que dirigirá Muti en Oviedo me recortó parte del presupuesto estival, pero no podía faltar a esta cita única en España desde casa, que contaremos con detalle como es costumbre, incluso algunos más desde las páginas del diario La Nueva España.

Quiero comenzar recordando el Gianni Schicchi con escenografía de Woody Allen (que estuvo de turismo por Asturias despreocupado de la capital) desde el Teatro Real en «El Palco de La2″ el pasado día 12 de julio que también pude seguir en la propia web de RTVE (de donde son las capturas de pantalla), precedido de unos fragmentos -ni siquiera completo– del llamado «concierto» (!) de Plácido Domingo que parece pegó la espantá como protagonista, intentando complacer a los que pagaron su entrada con este «formato«, supongo que sin hacerles mucha gracia ni tampoco a los compañeros de reparto que tuvieron más trabajo del previsto.

Olvidando críticas que siempre son muy distintas del auténtico e inigualable directo, me hubiera gustado que hubiesen retransmitido también las Goyescas de Granados que completaban el programa doble, en un encaje de función algo difícil de entender. Mi apuesta hubiese sido Il trittico pucciniano al completo, como debería ser «lo habitual».

En el reparto estuvieron una convincente Maite Alberola como Lauretta, y el «sustituto» Lucio Gallo, más que correcto en el papel protagonista aunque me hubiese encantado tener a Luis Cansino de suplente porque está en un momento vocal excelente (el actoral lleva tiempo), como demostró en su impecable Marco. También la mezzo asturiana María José Suárez encarnó con seguridad y convencimiento a La Ciesca, para entender lo importante de un reparto equilibrado que augure un resultado total más que aceptable (también quiero citar al tenor barcelonés Albert Casals como Rinuccio o a la mezzo Elena Zilio en el papel de Zita), y una puesta en escena algo oscura (al menos en pantalla) con la dirección de Giuliano Carella al frente de una OSM titular del teatro que sonó siempre en su sitio, aunque hubiese cortes en la retransmisión y una toma de sonido no todo lo buena que cabría esperar del ente público que todos pagamos con nuestros impuestos.

Totalmente distinta la siempre irrepetible Traviata verdiana desde el Liceu retransmitida al aire libre en varios lugares de Cataluña y en el Canal 33 de la televisión autonómica catalana la noche del 18 de julio, con interacción en Twitter© (#Traviata33 y #liceualafresca) realmente interesante como encuentro de melómanos de todo el mundo con escenografía conocida de McVicar también algo oscura aunque la luz de la partitura y la entrega de todo el reparto fue digna de recordarse.

La conexión estuvo precedida del «introito» a cargo de Ramón Gener que tras su catalana «Òpera en texans» ha dado el salto nacional (con perdón) con «This is Opera».

Con todo mi arsenal tecmológico desplegado (ordenador, tableta y móvil) pude disfrutar escuchando, capturando pantallas y realizando comentarios desde la comodidad de casa, destacando la Violeta de la soprano rumana Anita Hartig, enamorándonos a todos por entrega y carisma, el Alfredo del tenor jerezano Ismael Jordi creciéndose en cada intervención, con un color vocal realmente hermoso, y un Giorgio Germont poderoso de Gabriele Viviani que sin ser Leo Nucci («el barítono«), a los que también escuchamos en Oviedo, completó un trío protagonista equilibrado, creíble, sin sobreactuaciones.

Como siempre los mal llamados secundarios lograron una representación para recordar, con el Gastone asturiano Jorge Rodríguez-Norton entre ellos.

Evelino Pidò fue el responsable musical al frente de la orquesta y coros del Liceu que completaron La Traviata de realización impresionante para alcanzar un éxito que llegó a millones de espectadores gracias a estas iniciativas que deberían convencer a los ignorantes recalcitrantes, algunos metidos en política, que la ópera es accesible a todos los públicos y no es el espectáculo de élite que algunos quieren seguir manteniendo para un alejamiento de la realidad en busca de populismos y prioridades mal entendidas. No hablaremos de las subvenciones para la cultura, que es un derecho, ni todo el empleo que genera la música en todos los países, auténtica inversión y motor de una sociedad que se ha sacrificado para tener algo irrenunciable, como otros logros que con la disculpa del momento intentan quitarnos.

De la pasión por la música y más por la ópera hay que dar la bienvenida a un nuevo blog, El palco número 18 que curiosamente arranca con La Traviata de Verdi, como no podría ser menos, a cargo de otra apasionada que firma «Pauline Viardot«, con quien seguimos tuiteando después de «la fresca». Sólo tenemos esta vida y debemos vivirla en plenitud y apasionadamente, porque de lo contrario sólo nos quedará ignominia, un erial oscuro y  arrasado sobre el que no volveremos a poder construir absolutamente nada.

Defender la música es apostar por el futuro. Disfrutarla ya es otra cosa que requiere educación, tiempo, y sobre todo querer. Desde aquí continuaremos…

Abriendo armarios y cerrando temporada

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Lunes 29 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Zarzuela XXII Festival de Teatro Lírico Español, último título: Pepita Jiménez, música de Isaac Albéniz, libreto de Francis Money-Coutts basado en la novela de Juan Valera. FOTOS © Facebook y Programa de mano más ©pablosiana. Entrada principal: 27 €.

Cerramos mes, curso y temporada con este drama lírico de Albéniz con textos en inglés y dos actos sin descanso, publicado por la editorial Tritó en revisión de Borja Mariño (sobre la segunda versión de la obra estrenada en Praga en 1896) que obtuvo el Premio Lírico Teatro Campoamor 2013 a la mejor nueva producción de ópera española o zarzuela (coproducción del Teatro Argentino de La Plata y Teatros del Canal) y mejor dirección escénica a cargo de Calixto Bieito.

Impresionante partitura de una belleza sobrecogedora con la música como protagonista más allá de la propia acción cantada que Bieito traslada a una época más cercana con todos los «estereotipos» de una dictadura franquista llena de represión, clero, sexo y erotismo que organizados en una escena con armarios que se abren y cierran más una iluminación muy trabajada a cargo de Miguel Ángel Camacho, llena de momentos plásticos realmente conseguidos sin rasgarse vestiduras por unos pechos desnudos, unos tocamientos de un cura hacia un monaguillo e incluso una pedofilia callada y consentida por todos como auténtica crítica social a unos tiempos de cinismo, miedo. represión y poderes fácticos.

Mencionar igualmente para bien a Rebeca Ringst en el diseño escenográfico e Ingo Krügler en el vestuario. Excelentes las dos páginas escritas por la dramaturga de la función Bettina Auer desgranando esta puesta en escena, ¡Abrimos los armarios!, explicando las posibles dudas ante un planteamiento valiente y nada rompedor, capaz de llenar y completar silencios escénicos con el subrayado de una música inimitable y pionera en su tiempo, ópera española o zarzuela más allá de etiquetas, auténtico drama lírico.

La música de Albéniz siempre protagonista con la Oviedo Filarmonía pletórica en foso, compacta, musicalidad y empaste en cada intervención con Marzio Conti al frente llevando todo el peso arriba y abajo, tanto en las partes instrumentales como concertando y mimando el acompañamiento a unas voces no siempre sobradas en volumen para una partitura exigente y complicada, erigiéndose en el factotum global de este drama donde la Pepita de Nicola Beller Carbone dejó presencia física y vocal suficiente, pianísimos y gusto para esta protagonista con mucho que cantar en cualquier posición, una soprano a la que tendremos que seguir de cerca su trayectoria. Y de nuevo Marina Rodríguez Cusí puso el contrapeso y calidad en su Antoñona, un placer volver a verla y escucharla porque cada papel lo hace suyo y convincente.

Por fin pude escuchar a Gustavo Peña escénicamente y me gustó como Don Luis, lidiando un protagonista que debe pasar por distintos estados anímicos sin perder del todo la compostura, afinación ni el volumen en una partitura endiablada para todas las voces donde las melodías son mucho más que arias o romanzas auténticos catálogos de recovecos expresivos para un Albéniz que busca y encuentra un estilo propio aunque falto de esos protagonismos vocales de la ópera o la zarzuela «al uso», porque la escena que discurre en un solo día se hace algo lenta y las intervenciones no parecen terminar nunca.

El resto del reparto cumplió sin más a partir de esta opinión mía, con mayor protagonismo del Don Pedro Vargas que interpretó Federico Gallar más cómodo en los agudos que en medios y graves.

Mención especial para el Coro Infantil y Juvenil de la Escuela de Música Divertimento que dirige Iván José Román Busto, afinados y claros de emisión incluso en el difícil cuadro a capella y escénicamente auténticos profesionales.

De la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» con Rubén Díez Fernández al frente sólo elogios al consolidarse como una formación joven y segura, sinónimo de éxito independientemente del número o escena exigidos, esta vez en las alturas en todos los sentidos.

Mi enhorabuena por la apuesta de títulos como Los Diamantes de la corona o esta Pepita Jiménez que van más allá de la zarzuela en una oferta lírica amplia y complementaria de la Temporada de Ópera, dos señas de identidad de Oviedo y Asturias que tendrán de «regalo veraniego» el Falstaff de Muti único en España para cerrar julio y abrir agosto. También lo contaremos pues hay cambios políticos de calado y muchos interrogantes sobre las prioridades económicas pero no deben olvidarse que la cultura en general y la música en particular también es inversión, no solo gasto. La educación es el otro pilar básico y alternar títulos de siempre con novedades genera nuevos públicos, los del mañana que ya es hoy. Vigilaremos de cerca y exigiremos como contribuyentes además de melómanos. Hoy toca abrir armarios y cerrar temporada.

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