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Despedida mahleriana

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Jueves 2 de julio, 22:00 h75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquesta Nacional de España (ONE),  David Afkham (director). Gustav Mahler: Sinfonía nº 9. Fotos ©Festival de Granada – J. M. Grimaldi, y propias.

Hay conciertos que terminan cuando llega el aplauso. Otros, muy pocos, continúan mucho tiempo después, cuando el silencio sigue resonando dentro de uno. Así fue esta Novena de Mahler en el Palacio de Carlos V, una de esas noches en las que la música parece detener el tiempo para obligarnos a escuchar algo más profundo que los sonidos.

La Novena es una despedida, aunque quizá no de la muerte, como tantas veces se ha repetido, sino de una manera de entender la vida. Mahler la escribió entre 1909 y 1910, después de haber conocido el dolor más absoluto con la pérdida de su hija Maria Anna y la enfermedad que acabaría llevándoselo apenas dos años después. Sin embargo, reducir esta partitura a un testamento sería injusto. Como él mismo confesaba a Bruno Walter, nunca había sentido con tanta intensidad el deseo de vivir. Y precisamente ahí reside su grandeza: la Novena no enfrenta vida y muerte como enemigos, sino como dos realidades inseparables.

También para David Afkham la obra tenía un significado especial. Era su despedida de la Orquesta Nacional de España tras doce años como director titular, una etapa que ha consolidado definitivamente el sonido de la formación y en la que Mahler ha ocupado un lugar central. Granada acogía el último concierto español antes de viajar a los Proms londinenses, y el simbolismo del programa no podía resultar más elocuente.

Desde los primeros compases quedó claro que Afkham no buscaba una lectura efectista. El célebre comienzo, con ese pulso irregular sobre el que Leonard Bernstein quiso ver el corazón enfermo de Mahler, apareció contenido, respirado, casi suspendido. Más que anunciar la tragedia, parecía preguntarse por ella. La cuerda encontró enseguida ese color cálido y transparente que ha caracterizado tantas veces a la ONE bajo su dirección, dejando respirar una arquitectura inmensa donde cada transición parecía inevitable. La acústica del Palacio no es la de un auditorio, pero las voces intermedias (violas y segundos violines) brillaron y los metales conservaron la claridad en todas sus intervenciones sin imponerse. Resultó admirable comprobar cómo una obra de semejante complejidad, y de aquí las pocas veces que se programa, nunca perdió el sentido del discurso. La Novena exige al director construir un edificio gigantesco sin que el oyente perciba el esfuerzo de los andamios. Afkham volvió a demostrar esa rara capacidad para manejar los grandes arcos sin perder el detalle, haciendo que los múltiples planos sonoros convivieran con absoluta naturalidad.

La ONE respondió con un nivel extraordinario. Da gusto comprobar cómo ha madurado durante estos años, y mis recuerdos se remontan a 1977 en Gijón y su I Festival de Otoño con Frübeck de Burgos. La cuerda volvió a ser el gran pilar de la interpretación, especialmente unos magníficos segundos violines y unas violas fundamentales en una partitura donde Mahler les confía buena parte del peso expresivo. El concertino Miguel Colom volvió a ejercer ese liderazgo discreto que tanto beneficia al conjunto, mientras las maderas dibujaban con exquisita delicadeza cada uno de sus innumerables solos. Los metales, tan comprometidos en esta sinfonía, brillaron con autoridad sin perder nunca el equilibrio con el resto de la orquesta.

El segundo movimiento, ese ländler deformado donde Mahler parece despedirse con ironía del mundo campesino de su infancia, evitó cualquier caricatura. Afkham encontró el difícil equilibrio entre rusticidad y elegancia, permitiendo que la danza sonara al mismo tiempo entrañable y perturbadora. La sonrisa nunca termina de ser completamente feliz en Mahler.

Más incisivo apareció el Rondo-Burleske, verdadero laboratorio contrapuntístico donde el sarcasmo alcanza una violencia casi expresionista. La precisión de la ONE permitió que toda esa escritura endiablada sonara con una claridad admirable. Bajo la aparente agresividad seguía latiendo ese trasfondo de melancolía que anticipa ya el adiós definitivo. Pero todo conduce inevitablemente al último movimiento.

Pocas páginas existen en la historia de la música capaces de detener el tiempo como este Adagio final. No es una conclusión, es una desaparición progresiva. Mahler no termina la obra, la deja extinguirse lentamente, como una respiración que se va apagando hasta confundirse con el silencio. Afkham supo dosificar admirablemente esa larguísima despedida, manteniendo la tensión incluso cuando la dinámica descendía hasta un pianísimo casi irreal. La cuerda respondió con una concentración sobrecogedora, sosteniendo el sonido en ese delicadísimo límite donde todo parece a punto de quebrarse y, precisamente por eso, adquiere una intensidad emocional casi insoportable. Tras doce años con su titular, casi puedo decir que se ha conseguido un «sonido Afkham”, con una cuerda muy trabajada, arpas presentes, maderas de enorme personalidad, metales «broncíneos», percusión precisa y un equilibrio muy natural entre los planos.

Entonces llegó el verdadero final. No fueron las últimas notas. Fue el silencio. Ese silencio que Mahler escribe sin escribirlo, ese instante en que nadie debería sentirse con derecho a romper lo que la música acaba de dejar suspendido en el aire. Durante veinte segundos, el Palacio de Carlos V permaneció inmóvil, como si cientos de personas respirásemos al mismo ritmo, porque en Mahler ese silencio forma parte de la obra.

Después llegaron las ovaciones, largas, emocionadas, inevitables. Emoción de una despedida donde hubo complicidad entre director y orquesta (miradas, sonrisas, abrazos finales…), y que el público que agotó las entradas en esta noche palaciega, también percibió.

El partido del mundial de fútbol donde España vencía 3-0 a Austria en Los Ángeles, era un resultado casi metafórico, porque Mahler sucumbía ante una ONE comandada por Afkham.

Uno abandona el concierto con la sensación de haber asistido no solo a una extraordinaria interpretación de la Novena sino también a la despedida de un ciclo. Afkham deja una orquesta en un momento de evidente madurez artística y con una identidad sonora reconocible. No es poco legado.

Mi querido Arturo Reverter recordaba en las notas al programa una hermosa frase de Carlo Maria Giulini: «La Novena supone el triunfo del espíritu del hombre». Quizá esa sea la mejor definición posible. Mahler no vence a la muerte, vence al miedo de mirarla de frente. Y convierte ese último suspiro en una de las páginas más hermosas jamás escritas. En una noche granadina de verano, bajo las piedras renacentistas del Palacio de Carlos V, volvió a demostrarse que la gran música posee una extraña capacidad: recordarnos que toda despedida, mientras alguien siga escuchándola, nunca llega a ser del todo definitiva.

PROGRAMA:

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 9 en re mayor (1909-10):

I. Andante comodo

II. Im Tempo eines gemächlichen Ländlers.

Etwas täppisch und sehr derb

(En el tempo de un Ländler tranquilo. Algo torpe y muy tosco)

III. Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig (Muy desafiante)

IV. Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend (Muy lento y contenido)

Estaciones danzantes

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Martes 30 junio, 22:30 h75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Malandain Ballet Biarritz, Thierry Malandain (director artístico), Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director musical): Les Saisons. Música de Vivaldi y Giovanni Antonio Guido. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Mi primer Festival de Granada fue un 7 de julio de 2011 en el Auditorio Manuel de Falla con “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi a cargo de Forma Antiqva y con Aitor Hevia (del Cuarteto Quiroga como solista), y que grabarían al día siguiente para el sello alemán Winter&Winter. Y este último día de junio en el Generalife volvía Aarón Zapico al frente de la Academia Barroca del Festival, dentro de la séptima edición de los Cursos Manuel de Falla donde jóvenes instrumentistas prepararon estas estaciones de Vivaldi y G. A. Guido, con Jorge Jiménez de violín solista, para poner música en vivo desde el foso al Malandain Ballet Biarritz.

Siempre he defendido que el ballet debe tener la música en vivo, y en este caso así fue pero amplificada desde una ecualización no preparada para la música barroca, pues los balances que el director asturiano marcaba en el foso no tenían la misma respuesta en la megafonía. Y otro tanto con el violín solista de Jorge Jiménez donde las cuerdas de tripa no tienen igual tímbrica que las actuales.

Pese a todo es un placer volver a escuchar “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi quince años después con el poso y el aprendizaje que da el estudio en profundidad por parte del maestro asturiano, con los jóvenes instrumentistas siguiendo todas las indicaciones “marca Zapico” que sigue dando a esta popular partitura su particular interpretación y visión, con un juego de contrastes y tempi que además tenían la respuesta del ballet francés con coreografías diferenciadas entre “El cura pelirrojillo” veneciano y su continuador algo más «afrancesado» Giovanni Antonio Guido.

La de Thierry Malandain para Vivaldi contó con casi todo el cuerpo de baile y la pareja de Giuditta Banchetti y Hugo Layerelenco, todos de negro con el fondo de los cipreses y la iluminación acorde con cada estación pero sin literalidad, buscando el colorido que me hace rememorar la serie del artista alicantino Eusebio Sempere, entendiendo al grupo como bloque compacto sin líderes y con pocas intervenciones solistas.

En cambio para Guido optó por ir combinando los primeros tiempos con una o dos parejas (Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Laurine Viel y Alejandro Sánchez Bretones) de levita y “polisón” sobre el negro con el fondo en los mismos tonos para las primeras partes, y la suma de los “desnudos” en las segundas secciones, desde Hugo Layer  con la “hoja de otoño negra”, más simbólica que descriptiva, al que irían apareciendo posteriormente duetos, tríos y cuartetos, plásticamente muy bellos, casi transposición del otro Guido, Reni y su “Hipomenes y Atlanta” antes del número final con toda la compañía, lo que el coreógrafo llama “musicalidad de los cuerpos”.

Si la búsqueda del color en la iluminación y los contrastes de coreografías y vestuario entre Vivaldi y Guido marcaron la danza, el foso aportó la sonoridad barroca contrastada con unos silencios que en el primero me recordaban las estatuas de Giacometti de “El hombre que camina” o las de Dülken (ciudad alemana en la Renania del Norte-Westfalia) donde hay un sanatorio para enfermos mentales (que en mi tierra llamaríamos “La Cadellada”) e incluso un «Molino de los locos», mientras para el segundo lo visual parecía se guiarse por la auditivo.

Personalmente me gustó más la coreografía para Vivaldi por los movimientos ocupando todo el espacio, la gestualidad que Malandain entiende como “danza neoclásica contemporánea”, figuras muy plásticas y la mejor adecuación a la música en vivo que la de Guido pese a la alternancia.

Recordar que Granada también es festival internacional de danza, y en esta 75 edición estamos asistiendo a distintos estilos, escuelas y enfoques, aunque espero especialmente al Béjart Ballet de Lausanne el próximo viernes 3 de julio, para poder contarlo desde aquí.

PROGRAMA:

Les Saisons

Coreografía: Thierry Malandain

Música: Antonio Vivaldi y Giovanni Antonio Guido

Violín solista: Jorge Jiménez

Decorados y vestuario: Jorge Gallardo

Diseño de iluminación: François Menou

Diseño de vestuario: Véronique Murat, Charlotte Margnoux,

con la ayuda de Anaïs Abel

Realización de decorados: Frédéric Vadé

Realización de accesorios: Annie Onchalo

Ayudantes de decorado y atrezo: Nicolas Rochais, Gorka Arpajou,

Félix Vermandé, Raphaël Jeanneret, Christof t’Siolle, Txomin LabordePeyre,

Maruschka Miramon, Karine Prins, Sandrine Mestas Gleizes, Fanny Sudres,

Fantine Goulot

Maestros de ballet: Richard Coudray, Giuseppe Chiavaro, Frederik Deberdt

Ballet para 22 bailarines

Duración: 60 minutos sin descanso

Estrenado el 25 de noviembre de 2023 en el Palais des Festivals de Cannes (Francia)

ELENCO LES SAISONS

Primavera – Antonio Vivaldi

Giuditta Banchetti y Hugo Layer

Noé Ballot, Julie Bruneau, Elisabeth Callebaut, Raphaël Canet, Mickaël Conte, Irma Hoffren, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Neil Ronsin, Yui Uwaha, Patricia Velázquez, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Léo Wanner.

Primavera – Giovanni Guido

Le temps vole, Chaque saison s’enfuit

Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Laurine Viel, Alejandro Sánchez Bretones

Danse des bergers

Hugo Layer

Verano – Antonio Vivaldi

Patricia Velazquez y Noé Ballot

Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Elisabeth Callebaut, Raphaël Canet, Clémence Chevillotte, Mickaël Conte, Loan Frantz, Irma Hoffren, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Neil Ronsin, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Verano – Giovanni Guido

L’air s’enflamme, Zéphire disparaît, Chant des coucous

Allegra Vianello y Léo Wanner

Vole à notre secours O ! Cérès adorable

Patricia Velázquez y Hugo Layer

Otoño – Antonio Vivaldi

Irma Hoffren y Raphaël Canet

Noé Ballot, Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Elisabeth Callebaut, Clémence Chevillotte, Mickaël Conte, Loan Frantz, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Claire Lonchampt, Timothée Mahut, Neil Ronsin, Julen Rodríguez Flores, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Patricia Velazquez, Chelsey Van Belle, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Otoño – Giovanni Guido

Célébrons le retour de l’Automne

Yui Uwaha, Guillaume Lillo, Julen Rodríguez, Chelsey Van Belle

Allegro

Patricia Velázquez, Raphaël Canet, Hugo Layer

Invierno – Antonio Vivaldi

Claire Lonchampt y Mickaël Conte

Noé Ballot, Julie Bruneau, Giuditta Banchetti, Raphaël Canet, Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Irma Hoffren, Hugo Layer, Guillaume Lillo, Timothée Mahut, Julen Rodríguez Flores, Alejandro Sánchez Bretones, Yui Uwaha, Chelsey Van Belle, Patricia Velázquez, Allegra Vianello, Laurine Viel, Léo Wanner

Invierno – Giovanni Guido

La saison des frimas

Julie Bruneau, Clémence Chevillotte, Loan Frantz, Léo Wanner

Le cruel Aquilon nous déclare la guerre

Claire Lonchampt, Patricia Velázquez, Raphaël Canet, Hugo Layer

Laissons gronder les vents

Todos los bailarines.

ACADEMIA BARROCA DEL FESTIVAL DE GRANADA

Director musical: Aarón Zapico

Violines: Orión Arroyo Pérez, María Beltrán Peralta, Mª de los Ángeles Cáceres Márquez, Miguel Calleja Rodriguez, Natalia Cid Iriarte, Fernando Cornejo Ortega, Alfredo Jaime Doblado, Claudia Montoya Salinas, Abraham Parra Amante, Mercedes Rodríguez Pérez, Juan Utrera Moreno

Concertino: Jorge Jiménez

Violas: Nadia Carmona Carrasco, Jesús Segura Torres

Violonchelos: Sara Ortega López, Alba Villar Cairó

Cuerda pulsada: Rafael Arjona Ruz, Álex Pernas Muñoz

Contrabajo: Rubén Castañeda Hernández

Clave: Iraia Otaduy Ortega

Coproductor principal: Château de Versailles Spectacles / Opéra Royal de Versailles / Orchestre de l’Opéra Royal de Versailles

Coproducción: Festival de Danse de Cannes – Côte d’Azur (Francia) / Teatro Victoria Eugenia – Ballet T – Donostia-San Sebastián / Opéra de Saint-Etienne / Theater Bonn (Alemania) / Teatro la Fenice, Venecia (Italia) / CCN Malandain Ballet Biarritz

Juvenil Muti

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Domingo 28 junio, 22:00 h75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, Riccardo Muti, director. Obras de Verdi, Falla y Ravel. Fotos © Festival de Granada – Fermín Rodríguez, y propias.

Quienes nos dedicamos a la docencia sabemos que el contacto con la gente joven nos mantiene activos y en cierto modo “vampirizamos” su ímpetu, energía y ganas de vivir, intentando devolverles al menos un poco de lo que acumulamos en la mochila de la vida.

Y en la noche granadina volvía una orquesta joven como la “Luigi Cherubini” con su maestro Muti, que además nunca había actuado en el Festival en su ya larga historia. La expectación era inmensa y con espectadores, aficionados, visitantes y críticos de casi todos los medios nacionales, el concierto era probablemente el más esperado en el aniversario de Falla y los 75 años de un festival que deberá plantearse su futuro ante lo que llevamos en esta edición.

La web del Festival presentaba este concierto como Juventud y tradición:

La Orchestra Giovanile Luigi Cherubini comparece por primera vez en el Festival bajo la dirección de Riccardo Muti, figura capital de la tradición sinfónica y operística italiana y mentor del conjunto desde su fundación en 2004. El programa trama justamente ópera y música sinfónica: primero, Verdi, con la obertura de Nabucco y los bailables de I vespri siciliani, síntesis de teatro, energía rítmica y escritura instrumental de madurez; después Falla, con una de las suites sacadas de El sombrero de tres picos, obra capital en el 150 aniversario de su nacimiento; y finalmente, Ravel, cuyo Boléro cierra el concierto con uno de los experimentos más radicales y reconocibles de la orquestación moderna

De Don Riccardo con toda su famiglia no contaré nada que los melómanos no sepan, tan solo recordar la clase que nos dio en Oviedo antes del “Falstaff” de 2015, donde el napolitano sentó cátedra sobre Verdi, que tampoco faltaría en esta noche dominical.

Y abría Verdi con la Sinfonia, de Nabucco, con una gran orquesta disciplinada pero más preocupada de tocar lo escrito que de disfrutar. Atenta al maestro que marcaba todo, con su peculiar estilo donde para las dinámicas sigue agachándose, rebosando la misma energía que le transmitía esta juventud por él reclutada. Para cerrar la primera parte y tras unas palabras explicando lo difícil de los bailables que son más sinfónicos que operísticos en I vespri siciliani, estas cuatro estaciones tan napolitanas como la pizza, reflejan el paso de la vida, los músicos fueron primaverales pero el maestro aún permanece en el verano porque el otoño lo dibujó desde el poso de los años, y el invierno abría para intentar refrescar otro día palaciego donde el calor hace difícil incluso dormir.

Si Muti entiende Verdi como pocos, para la segunda parte tan nuestra, el napolitano pareció sacar a flote la herencia española de aquel reino bajo la corona aragonesa. Para el homenaje a Falla eligió la segunda suite del «tricornio», con la danza siempre protagonista, que incluso pareció más bailable viendo cómo fue llevándola desde el podio, con una orquesta donde todas las secciones y primeros atriles tuvieron su protagonismo con mayor o menor acierto, siempre disculpable por la juventud y la tensión a la que seguro estuvieron sometidos. Faltó más musicalidad de principio a fin para la magia nazarí del gaditano, escuchando la “sintonía del festival” sin anunciar los tiempos, y la Jota donde recordar las castañuelas de una Lucero Tena presente, a quien los «querubines» probablemente no conozcan pero el joven Riccardo sí, y me consta la cercanía de estas dos figuras compartiendo estos días en Granada y la Alhambra que sigue hechizando incluso sin música.

Cada vez que veo programarse el famoso Boléro de Ravel me vienen a la memoria dos películas totalmente diferentes: “El bolero de Raquel” de Cantinflas (bolero mexicano es limpiabotas), y  “10, la mujer perfecta” donde Bo Derek nos enamoró a todos incluyendo y al genial Dudley Moore que conseguía lo añorado por todos.

Ravel realiza en su partitura mucho más que un ejercicio de orquestación con la inspiración en la danza española, y es una prueba como examen final para toda formación, que la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini superó tras el deficiente Falla, y Muti les fue indicando desde el inmenso crescendo, el inicial casi susurrado donde apenas escuchamos la obsesiva caja “ad Infinitum”, hasta la explosión final, dejando que los solistas se luciesen en do mayor hasta el cambio y estruendoso mi mayor, en todos los sentidos.

Éxito de antemano por el programa y corroborado en el concierto (mi nota final: suficiente), con Muti triunfador y protagonista en este último domingo de junio, que nos mantiene a todos jóvenes y esta reseña ha quedado para la mañana del lunes. Las tertulias y encuentros posteriores son parte necesaria de mi estancia granadina, sigo con espíritu adolescente pero el cuerpo no miente y los años van pesando.

PROGRAMA

I

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Sinfonia, de Nabucco (1841)

Le quattro stagioni, bailables de I vespri siciliani (1855)

L´inverno

La primavera

L´estate

L´autunno

II

Manuel de Falla (1876-1946)

El sombrero de tres picos (suite nº 2) (1919-21)*

Danza de los vecinos (Seguidillas)

Danza del molinero (Farruca)

Danza final (Jota)

Maurice Ravel (1875-1937)

Boléro (1928)

* En conmemoración del 150 aniversario de Manuel de Falla

Con la colaboración de la Embajada de Italia en España

Num3ros danzantes

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Sábado 27 junio, 22:30 h75 Festival de Granada, Danza. Teatro del Generalife: Compañía Nacional de Danza (CND), Muriel Romero (directora): NumEros. Músicas de Chaikovski, Ravel, Peven Everett y Lion Babe. Fotos © Festival de Granada – Álex Cámara.

Nueva noche en el Generalife con la CND y un programa de título curioso: NúmEros, que la directora Muriel Romero explica en las notas al programa:

El título de este programa, NumEros, es un portmanteau, una combinación de dos términos, numen y eros, en cierto sentido opuestos pero que conforman dos elementos centrales en la creación en danza: Eros como impulso vital encarnado, impulso creativo, fuerza deseante que se manifiesta en y a través del cuerpo; y Numen como presencia intangible, inspiración poética o espiritualidad inmanente que trasciende la voluntad del artista. Cuando se encuentran, nace NumEros, que evoca el Número como principio de orden, patrón subyacente, lógica que da forma al movimiento. En este sentido, NumEros propone una articulación entre estas tres dimensiones fundamentales del pensamiento y la experiencia creadora en la danza.

Personalmente me encanta la numerología y todo el simbolismo que conlleva, de ahí jugar en mi propio título utilizando el número 3 como si de una «E» reflejada se tratase, y tres fueron las coreografías que eligió la compañía: una clásica de Georges Balanchine con protagonismo femenino de tutú y punteras para la Serenade de Tchaikovsky; otra de William Forsythe titulada Echoes from a Restless Soul con el “Gaspard de la nuit” de Ravel interpretado en vivo por el pianista Gustavo Díaz-Jerez que personalmente fue la que más me gustó, con toda la compañía, más la última de Jacopo Godani, Playlist (Track 1, 2) con música de Peven Everett (Surely Shorty) y Lion Babe (Impossible, Jax Jones remix) solamente con la parte masculina de la compañía.

Los tres coreógrafos trabajan con lo numérico y las geometrías, que bien explica  Muriel Romero: «los intérpretes trabajan a partir de sistemas numéricos –proporciones, repeticiones, permutaciones, secuencias– no solo como meros esquemas compositivos, sino como territorios vividos desde el cuerpo. El cuerpo, en este contexto, no se limita a ejecutar formas: las encarna, las perturba, las transforma. Así, la danza deviene un proceso en el que la precisión numérica se encuentra con el exceso del deseo, y la abstracción formal con la potencia afectiva del gesto». La Serenade es pura tradición y las bailarinas tanto en grupos como con las primeras figuras (Kayoko Everhart y Giada Ross), ejecutaron todos los pasos más la aparición del único bailarín solista (Alessandro Riga). Iluminación sencilla con los mismos tonos azules del vestuario y el único decorado de los centenarios cipreses del Generalife, más un sonido grabado no ecualizado para la música del ruso.

Tras una pausa, supongo que para colocar el piano a la izquierda del escenario, que de nuevo la sonorización no ayudó (tardando en entrar y con unos graves más electrónicos que acústicos) llegaría el “Gaspard de la nuit” (Ravel) de un Gustavo Díaz-Jerez impecable en la interpretación, con la dificultad de montar una coreografía con esta página nada «danzable» del vasco-francés, pero que William Forsythe concibe con técnica clásica pero movimientos más contemporáneos, nuevamente pasando de la “arquitectura en movimiento” de un Balanchine a la utilización del cuerpo en trayectorias geométricas, que me recordaron las esculturas de Rodin o Giacometti, e incluso algún cuadro de Picasso, tanto por el vestuario como por el “movimiento congelado” potenciado por una luz blanquecina donde tensión-distensión fueron combinándose con todas las permutaciones numéricas de los distintos grupos de la compañía y las primeras figuras, conjuntos disjuntos con los silencios de Ravel logrando momentos de plasticidad muy bellos.

Nueva parada técnica para retirar el piano y el último número solo con los bailarines y una música electrónica donde los tremendos graves retumbaron en toda la Alhambra y las membranas de los altavoces parecía fuesen a saltar o empujarnos como en el inicio de “Regreso al futuro”. Vestuario poco visual en azul y granate, movimientos nuevamente clásicos coreografiados por Godani, que no se correspondían con la música, más escenas de chicos universitarios delicados (nada de Jerome Robbins con los Jets y los Sharks), trazando líneas y combinando grupos pero chocando los pasos con una música vital, tal vez buscando ese contraste o descontextualización, que Muriel Romero describe como premisas llevadas «al extremo físico y visual, construyendo composiciones donde la precisión matemática convive con una intensidad visceral, casi animal».

Volviendo al título del programa, Eros el deseo vital, y corporal, Numen lo numérico, y el encuentro de ambos, intangible y ordenado, que matemáticamente tiende a infinito desde la danza creadora y organizada en tres puntos sin ser un triángulo, más bien líneas divergentes aunque del mismo grosor y color.

La India llega a Granada

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Viernes 26 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Danza, en el marco el Año Dual España-India. Palacio de Carlos V:  El sueño del sitar, Un homenaje a Ravi Shankar. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Mónica de la Fuente (dramaturgia, coreógrafa y bailarina de danza contemporánea de la India), Ignacio García (dramaturgia, dirección de escena), David Murphy (dirección musical), Sukanya Shankar (asesora musical), Ensamble de músicos de la India, Elenco de danza Bharatanatyam, Bailarines de España (Lucía Campillo, coreógrafa y bailarina de danza española, José Manuel Benítez -cedido por el Ballet Nacional de España- bailarín de danza española). Fotos © Festival de Granada | Fermín Rodríguez, y propias.

Si la noche anterior hicimos un viaje en el tiempo hasta las Zambras Moriscas, en este viernes con partido Uruguay-España (ganamos 1-0 y clasificados primeros de grupo para la siguiente fase) había otro viaje hasta la India en un homenaje a Ravi Shankar donde se unían músicas donde las improvisaciones alargaron el evento hasta la medianoche.

La narración que intentaba hacer un relato casi didáctico, con unos textos muy “filosóficos” sobre el Cosmos y el propio hinduismo, no se escuchaba todo lo clara que hubiésemos deseado, y el Ensamble de músicos de la India estuvo amplificado, siendo quienes abrirían la velada, más un bailarín del elenco de danza Bharatanatyam en la galería del primer piso.

En el 150 aniversario de Falla arrancaron con una visión “original” por la instrumentación antes de que la OCG con la dirección de David Murphy prosiguieran El círculo mágico y la Danza ritual del fuego, (de “El amor brujo”) contrapuesta a la hindú.

La orquesta granadina fue combinando y alternando con los músicos de la India la suite titulada “El sueño del sitar. Un homenaje a Ravi Shankar”, con el estreno mundial de la Dance Suite de la ópera Sukanya del homenajeado, intercalada con otras músicas de Ravi Shankar donde los músicos hindúes fueron los protagonistas.

Las coreografías también alternaron las flamencas con las bailarinas de Bharatanatyam, coloristas, tradicionales, y que las fotografías de Ferminius reflejan mejor que mis palabras, circulando tanto delante del escenario como en el primer piso, momentos de plasticidad y musicalidad tanto en nuestras castañuelas como en los cascabeles de los tobillos orientales (como en las primeras zambras moriscas de la noche anterior).

Las notas al programa de Enrique Cámara de Landa además de comentar parte de la biografía de Ravi Shankar y David Murphy, analiza las obras que escuchamos, nos explica los instrumentos utilizados, y presenta conceptos tanto musicales como de la tradición religiosa hindú, muy interesante para la mejor comprensión de un concierto que nos traía “diálogos y convergencias” desde la India hasta el Palacio de Carlos V.

Más allá de las sensaciones que pueden llegarnos escuchando las músicas de la India, la parte sinfónica podríamos considerarla más banda sonora que sinfónica, y lo original es precisamente la combinación tímbrica entre los instrumentos occidentales con los orientales. El virtuosismo de Shubhendra Rao en el sitar quedó más que plasmado, junto a Saskia Rao-de Haas en el violonchelo indio que hizo por momentos de nota pedal, en una “tándem” con buen entendimiento. Y la parte del viento con Hrishikesh Mazumdar en la flauta bansuri, de tímbrica por momentos electrónica por su sonoridad y amplificación junto al shehnai (un aerófono de doble lengüeta) de Ashwini Shankar, que también se ubicaría al inicio en la galería del primer piso. Todos ellos lograron esa sonoridad que asociamos a la India, amén de una percusión que trasciende lo musical para contagiar vitalidad tras los momentos trascendentes.

Los bailes ayudaron a llevar mejor la noche palaciega, especialmente las bailarinas, y las flamencas, que compartían coreografías y contrastes en blanco y negro (hubo un cambio al rojo), también con descripciones gestuales a la narración, más el contraste masculino de dos formas de entender la danza.

El público disfrutó sobre todo de los momentos “Bollywood”, mientras las bailarinas esparcían pétalos y el ensamble parecía entrar en calor con unas improvisaciones que no sabíamos cuánto durarían en Prabhuji – canticos de la India y el Finale – Danza Suite. De la OCG el maestro Murphy, sentado en la tarima cuando sonaban las distintas ragas, marcó claramente los muchos cambios rítmicos y planos con desigual respuesta en algunas secciones desbalanceadas. Me quedo con una de las partes líricas con un piano excelente arropado por la cuerda.

Impresiones a vuela pluma de un homenaje donde el sitar fue protagonista, usado en la coreografía, personificado en la narración y un placer escucharlo en manos de Shubhendra Rao, heredero de Ravi Shankar que tanto ha influido en la música occidental desde la globalización que la música ha ejercido desde sus inicios. Una noche colorida incluso por parte del público en el Año Dual España-India.

INTÉRPRETES:

Orquesta Ciudad de Granada

Ignacio García y Mónica de la Fuente, dramaturgia

Ignacio García, dirección de escena

David Murphy, dirección musical

Sukanya Shankar, asesora musical

Ensamble de músicos de la India

Shubhendra Rao, solista de sitar y líder del ensamble

Saskia Rao-de Haas, violonchelo indio

Ashwini Shankar, shehnai

Hrishikesh Mazumdar, flauta bansuri

Vishwesh Swaminadhan, canto

Madan Mohan, violín

Jayachandra Rao, mridangam

Giridhar Udupa, ghatam

Debjit Patitundi, tabla

Sannidhi Vaidyanathan, mridangam

Elenco de danza Bharatanatyam

Coreografía: Rama Vaidyanathan

Cuerpo de baile: Rama Vaidyanathan, Shubhamani Chandrashekar, Reshika Sivakumar, Vaishnavi Dhore, Nilava Sen

Bailarines de España

Lucía Campillo, coreógrafa y bailarina de danza española

José Manuel Benítez (cedido por el Ballet Nacional de España), bailarín de danza española

Mónica de la Fuente, coreógrafa y bailarina de danza contemporánea de la India

Narración escénica

Lucía Campillo

Mónica de la Fuente

PROGRAMA:

Prólogo

Manuel de Falla (1876-1946):

Introducción, El círculo mágico y Danza ritual del fuego, de El amor brujo (1915)

El sueño del sitar*. Un homenaje a Ravi Shankar:

Ravi Shankar (1920-2012):

Swagatam

Sapney Mein – Raga Yaman Manj

Overture – Dance Suite

Tarana – Dance Suite

Holi – Ghanashyam

Raga Yaman Kalyan (extracto), del Concierto para sitar nº 2

Tilak Kamod – Dance Suite

Raga Mishra Pilu

Raga Adana, del Concierto para sitar nº 1

Raga Tilak Shyam

Prabhuji – canticos de la India

Finale – Danza Suite

* Estreno mundial de la Dance Suite de la ópera Sukanya de Ravi Shankar, intercalada con otras músicas de Ravi Shankar

Seis voces y seis cuerdas

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Martes 23 junio, 22:30 h. 75 Festival de Granada, Flamenco. Teatro del GeneralifeYerai Cortés. Fotos Álex Cámara y propias.

Mi noche de San Juan “mierense” la celebré en Granada y la disfruté con un espectáculo original, flamenco, actual, sencillo y lleno de calidad con la guitarra de Yerai Cortés y seis mujeres aún sin nombre artístico aunque parece que las hemos bautizado como “Las Coralitas” porque sin ellas nada hubiera sido igual. Con una inicio desconcertante donde el alicantino salía leyendo el periódico y con unas voces procesadas que resultaron directas, comenzaba un espectáculo único.

La web del Festival presentaba así esta noche flamenca:

Yerai Cortés (Alicante, 1995) es uno de los guitarristas más relevantes de la actualidad y una figura clave del flamenco contemporáneo. Criado en una familia vinculada al arte jondo, comenzó su trayectoria en los principales tablaos de Madrid, desarrollando un estilo propio marcado por el virtuosismo y una narrativa muy personal. Con una propuesta artística elegante y gran carga emocional, su guitarra conecta con un amplio público, desde el más tradicional hasta las nuevas generaciones. En 2024 protagonizó el documental La guitarra flamenca de Yerai Cortés, dirigido por C. Tangana (Antón Álvarez). La película obtuvo dos Premios Goya, el de Mejor Película Documental y Mejor Canción Original por Los Almendros, compuesta por el propio el propio director, Cortés, y La Tania. Fue nominado a los Latin Grammy 2025 en la categoría «Mejor Nuevo Artista», un reconocimiento que consolidó su presencia en el panorama musical internacional. En directo ofrece un formato que combina guitarra, coro a seis voces y palmas, con el que ha actuado en escenarios tan diversos como el Montreux Jazz Festival o el auditorio de Radio France en París, además de agotar entradas en todas sus fechas.

El alicantino curtido en acompañar espectáculos de baile y cantaores, tenía la oportunidad de presentarse en solitario con “seis soles”, más sus seis cuerdas con las que ir desgranando temas propios, bulerías, tarantas y hasta valses, con una sonorización exquisita donde los efectos electrónicos estaban tan bien encajados que no distinguíamos el vivo y lo grabado, con las seis chicas todas ellas una fiesta compartida.

Luces sencillas pero por momentos impactantes, destellos de flashes blancos o rojos, efectos de humo, coincidiendo con la tensión y la “furia” o la penumbra. Sus voces sonaron como una, con quejío y pellizco, rememorando el arte de Algeciras aunque desconozca su procedencia, palmas tanto virtuosas de toque preciso como sordas empujando y encajando con la guitarra de Yerai, y un zapateado tan sincronizado que daba ritmo de cajón desde una tarima amplificada con exquisitez.

El programa de mano se limitaba a plasmar las siguientes notas:

Yerai Cortés se consolida como una de las figuras más importantes del flamenco actual. Combina una sensibilidad poco común con una visión artística que trasciende etiquetas. En su música conviven la raíz popular y una mirada contemporánea, que dan forma a un discurso propio, sólido y abierto al riesgo.

Tras el reconocimiento internacional obtenido con su debut, el guitarrista presenta “POPULAR”, un segundo trabajo que amplía su universo creativo y reafirma su personalidad artística. Más allá del virtuosismo, Yerai apuesta por la emoción, el detalle y la construcción de atmósferas que invitan a una escucha atenta.

Su propuesta adquiere una dimensión especial en directo. Sobre el escenario, se rodea de seis mujeres que aportan voz y percusión corporal. Este formato genera una experiencia inmersiva, marcada por el pulso colectivo y la intensidad interpretativa. La interacción entre los elementos crea una tensión que evoluciona a lo largo del espectáculo.

El concierto no se plantea como una simple sucesión de temas. Funciona como un recorrido continuo, con transiciones fluidas y momentos de gran carga expresiva. La sobriedad escénica y el cuidado de la iluminación refuerzan un enfoque centrado en lo esencial, donde cada gesto y cada sonido adquieren protagonismo.

Con esta nueva gira, Yerai Cortés presenta su proyecto en los escenarios y festivales más emblemáticos de Europa. Su propuesta encuentra en el directo su espacio natural.

Todo lo anterior se queda corto, como los 90 minutos de fiesta. El clima creado en el Generalife, a tope con público de todas las edades y gustos, fue cual montaña rusa de puro arte. La guitarra jonda, sentida, explosiva y mágica, más la coreografía de unas chicas “manga” de negro (tutú, minifalda y medias colegiales) moviéndose por el escenario entre un bosque de pies de micrófono, que iban cambiando de posición, con los jaleos espontáneos y sinceros de “¡agua!” o “¡aire!” porque el fuego lo ponían las seis cuerdas junto a las seis corales de oro molido. El “Yeri” cambiando de ubicaciones, sentado, a la izquierda, susurrando algunas melodías «corales», con el pie sobre la silla, centrado, adelantado, recogido, acompañando y compartiendo protagonismo, enriqueciendo unos cantos con letras actuales y naturales como el vals que decía “en los puertos italianos y en los cafés parisinos”… y viva los alicantinos, con el Castillo de Santa Bárbara igualmente celebrando la noche más corta del año (con sus “Fogueres”) en esta fiesta flamenca, moderna, juvenil, distinta, “la fuerza la sacaría de donde la saca nadie”

Si Yerai “tiene cinco en la izquierda” primorosos, limpios, “la derecha otros cinco que valen por veinte”, como cantaban, de bordones rotundos y melódicos siempre perfectamente compenetrados con sus seis perlas, fusión bien entendida con mucha compenetración desde este maravilloso espectáculo de una docena de luces con media docena de cuerdas y otra de voces.

La Noche de San Juan con calor natural y fuego musical, «canela en rama» desde Alicante hasta Granada con mi mente en Mieres pero el cuerpo flamenco.

Cuartetos para centenarios

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Lunes 22 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Música de cámara. Patio de los Arrayanes: Cuarteto Quiroga. Obras de Arriaga y Kurtág. En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

El Cuarteto Quiroga proponía un diálogo entre dos figuras separadas por dos siglos, pero unidas por la radicalidad de su escritura y la intensidad. El bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga, fallecido con diecinueve años, y a quien se la apodado “el Mozart español”, dejó pese a su breve trayectoria una obra madura, en la que sus tres cuartetos de cuerda ocupan un lugar central por su equilibrio formal, claridad expresiva y dominio del lenguaje clásico (y el Quiroga los ha grabado en septiembre de 2005 en la neerlandesa iglesia WedtVest90 de Schiedam, que están presentando este año del bicentenario). Por otro el compositor húngaro, nacido en Rumanía, György Kurtág, que ha cumplido cien años este pasado febrero, representa una de las figuras más singulares del último siglo con exploraciones más concentradas y de carácter aforístico, junto a una expresividad diría que especial. Como dice la web del Festival “El programa subraya así una curiosa relación entre juventud truncada y longevidad creadora, con el cuarteto de cuerda como vehículo privilegiado para la introspección y la experimentación”.

Alternar las miniaturas de Kurtág con los tres cuartetos de Arriaga no pareció encajar mucho, y el público estuvo algo «perdido» con el húngaro, pero estaba claro que el punto fuerte era el bilbaíno.

Las notas al programa de Luis Gago las titula Los dos extremos:

«(…) Escuchar la música de ambos en el concierto de esta noche tiene, por tanto, el atractivo del contraste entre dos maneras casi antagónicas de abordar la creación musical: la eclosión de talento casi incomprensible en un adolescente Arriaga versus la larga lucha por encontrar una voz propia de Kurtág, que publicó su op. 1, precisamente un cuarteto de cuerda, a los treinta y tres años. La conjunción de un genio precoz y una muerte temprana suelen ser los mejores aliados de la leyenda (…). El editor y musicólogo Alfred Schlee es homenajeado en su nonagésimo cumpleaños y recordado tras su muerte en Aus der Ferne III y V, esta última «música angustiada con grandes dosis de sul ponticello. Y luego, muy suavemente, algo se eleva», nos dice su autor. Conmueve observar las tres páginas y media en las que, con una escritura temblorosa, Kurtág entonó un planto fúnebre por László Dobszay, una persona cercanísima al compositor durante décadas, fechadas en Saint-André-de-Cubzac el 26 de agosto de 2011 (…) . En palabras de Cibrán Sierra, «un epitafio turbador que nos enfrenta al sobrecogedor abismo de la nada, donde el átomo se funde con la materia oscura y el sonido parece desintegrarse en el fatal agujero negro del silencio». Calando e perdendosi, escribe Kurtág casi al final de esta música rica en armónicos, en acordes de séptima y novena, tocada con sordinas de metal, con los sonidos reducidos a ascuas: «serán ceniza, mas tendrá sentido».

Sin entrar a fondo en la biografía de Arriaga citar la curiosidad de su fecha de nacimiento: un 27 de enero de 1806 (exactamente el día en que Mozart habría celebrado su quincuagésimo cumpleaños). De las únicas obras que se publicaron en vida del compositor vasco están los tres cuartetos de cuerda, que vieron la luz en París en 1824. De ellos, Cibrán Sierra escribe en el libreto del CD: «El dramatismo oscuro del inicio del primer cuarteto, en la sombría tierra sonora de re menor, convive con la deliciosa naïvité de las variaciones del segundo cuarteto, o con la increíble imaginación sonora del Andante del tercer cuarteto, que preludia usos instrumentales inauditos en la época». Del Quiroga podría repetir sus cualidades que reflejo en cada concierto al que he asistido, y son muchos, pero los tres cuartetos de Arriaga son también un referente en vivo, con la peculiar acústica del Patio de los Arrayanes. Ahondando en la descripción, “el Primer Cuarteto, en re menor, transmite la cara más sombría, dramática y retóricamente intensa de Arriaga, con una seriedad expresiva verdaderamente sorprendente en un compositor tan joven. El Segundo, en la mayor, tiene una luminosidad más extrovertida y una brillantez casi concertante, con momentos de un encanto y una elegancia irresistibles. Y el Tercero, en mi bemol mayor, es el más libre y audaz en términos de invención, color y juego formal: su Andante se convierte en pura imaginación sonora, y su final, una explosión de inteligencia y energía”.

La composición de un cuarteto de cuerda supone todo un complejo proceso que en Haydn, Beethoven o Schubert llevó años, mientras que en Arriaga asombra por su precocidad, celeridad y calidad, tres páginas amables del más puro clasicismo pero con sello propio. Retomando el libreto de la grabación del Cuarteto Quiroga, quiero destacar el análisis:

«Resulta admirable cómo se divierte con frases irregulares, cómo roza el cubismo en sus Scherzi, jugando al trilero con el oyente, en un ejercicio de ingenio parangonable a algunos de los más arriesgados experimentos haydnianos de Eszterháza. Es fascinante el arrojo instrumental, como ese brillante y operístico comienzo del segundo cuarteto, o el audaz tejido contrapuntístico con el que va urdiendo, de manera nada ostentosa, pero llena de pícara creatividad, los desarrollos del Finale del cuarteto en mi bemol. Sorprende ver a un joven firmar páginas donde los silencios ocupan espacios retóricos de tanta profundidad expresiva, un adolescente que no se esconde ante la oscuridad y que maneja con sobriedad las texturas más dramáticas; da gusto observar cómo es capaz de desarrollar el trabajo temático, explotar la diversidad de las cadencias, con sus múltiples encrucijadas narrativas, y cómo, a pesar de todo, nunca suena pretencioso, como les pasa a tantos, y no cae en el habitual pecado de la pedantería o la hipertrofia petulante. En sus cuartetos, Arriaga suena atrevido, con agallas y descaro; fresco y joven, pero inteligente, refinado y elegante».

Si Kurtág es lo actual, con sus aristas y particular entendimiento de estos “regalos cuartetísticos”, exigentes para poder extraer tanta profundidad en tan cortas duraciones, y el Cuarteto Quiroga los interpretó de forma magistral, desde matices íntimos, casi imperceptibles, a la fuerza arrolladora, Arriaga es frescura, con una escritura madura que saca de cada instrumento su protagonismo: diálogos deliciosos de los violines, el chelo sustentando la arquitectura sin perder los pasajes melódicos y un tratamiento de la viola que le da el color y el brillo que el Quiroga demostró con una interpretación perfecta a la que ni el calor, ni las toses, ni los cuchicheos a mi alrededor, lograron opacar.

Como decía George Steiner, un clásico lo es porque nos lee a nosotros tanto como nosotros a él, y así entendió el Cuarteto Quiroga al genio bilbaíno, al que llevan interpretando desde sus inicios, esta vez emparejado con el húngaro simplemente por efemérides.

PROGRAMA

I

György Kurtág (1926)

Aus der Ferne III (1991).

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Cuarteto de cuerda nº 1 en re menor (1823).

György Kurtág

Aus der Ferne V (1999).

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 2 en la mayor (1823).

György Kurtág

Secreta: funeral music.
in memoriam László Dobszay (2011).

II

Juan Crisóstomo de Arriaga

Cuarteto de cuerda nº 3 en mi bemol mayor (1823).

En conmemoración del bicentenario de la muerte de J. C. Arriaga y el centenario del nacimiento de G. Kurtág.

@Lucía Rivera – Festival de Granada

P. D. Las fotos fueron compartidas el martes 23 a las 11:39 horas, utilizo esta última, ya subida la entrada de madrugada y actualizada a mediodía.

Fuego valenciano en Granada

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Sábado 20 junio, 22:00 h. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos. Palacio de Carlos V: Orquestra de la Comunitat Valenciana (OCV), Marianne Crebassa (mezzo), Gustavo Gimeno (director). Obras de Ravel, Falla, Berio, Stravinsky. Fotos de Álex Cámara y propias.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana llegaba al Festival de Granada con el mismo programa ofrecido dos días antes en Valencia junto a Gustavo Gimeno, director invitado habitual de las principales orquestas internacionales. El escenario incomparable del Palacio de Carlos V y una noche de calor ya veraniego sirvieron de marco para un concierto dominado por el fuego en todas sus acepciones: el color orquestal, la intensidad expresiva y, finalmente, la célebre danza «falliana» que cerró la velada.

La primera parte se abrió con la Rapsodie espagnole de Maurice Ravel, obra escrita entre 1907 y 1908 que constituye una de las más refinadas evocaciones de España realizadas desde fuera de nuestras fronteras. Gimeno apostó por una lectura de líneas claras y gran precisión, construida desde el equilibrio de planos y una atención minuciosa al detalle tímbrico. Fue un Ravel limpio y transparente, de sonoridades cuidadosamente perfiladas, en el que destacó especialmente la intervención del corno inglés (Ana Rivera) en la Malagueña, uno de los momentos más inspirados de la interpretación.

La llegada de Marianne Crebassa elevó aún más el interés de la velada. La mezzosoprano francesa confirmó una vez más su extraordinaria afinidad con la música española en las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla. Su impecable dicción, particularmente en la articulación de las consonantes, y un fraseo siempre elegante permitieron disfrutar de unas versiones alejadas de cualquier exceso expresivo. Crebassa optó por la naturalidad y la musicalidad, dejando que la belleza de estas canciones emergiera desde su aparente sencillez.

La versión interpretada fue la orquestación realizada por Luciano Berio, de mayor complejidad y densidad sonora que la más «conocida» de Ernesto Halffter. La escritura del compositor italiano amplía considerablemente el papel de metales y maderas sin traicionar la esencia de la parte pianística original. Gimeno supo encontrar el equilibrio entre la riqueza orquestal y la línea vocal, exigiendo una precisión admirable a los músicos valencianos. Aunque no todas las canciones alcanzaron idéntico nivel de inspiración, resultó difícil no dejarse conmover por una emotiva Asturiana que, por unos minutos, me devolvió a mi tierra. Pese a las prolongadas ovaciones que obligaron a la cantante a salir varias veces a saludar, finalmente no hubo propina.

La segunda parte estuvo dedicada íntegramente a El pájaro de fuego de Igor Stravinsky en su versión completa de ballet, una opción poco frecuente en las salas de concierto. La ausencia de la dimensión escénica hace que la obra pueda resultar extensa para parte del público, pero permitió comprobar el extraordinario momento artístico que atraviesa la formación valenciana.

De nuevo aparecieron las señas de identidad de la noche: precisión, claridad y disciplina orquestal. Aunque el estilo gestual de Gimeno no termina de convencerme. Su dirección resulta a menudo muy amplia sin coincidir con las dinámicas, y físicamente intensa, con una mano izquierda que, cuando no pasaba las páginas (y eran muchas), frecuentemente duplica el trabajo de la derecha o puede resultar agresiva visualmente para las entradas en ff, pero debo reconocerle una capacidad indiscutible para mantener la tensión narrativa y extraer el máximo rendimiento de la orquesta. En Stravinsky encontró además un terreno especialmente propicio para desplegar esa energía.

Hubo espacio para la magia. Uno de los momentos más reveladores llegó en el final de la obra, cuando el director dejó caer simplemente los brazos para señalar el piano subito, obteniendo una reacción instantánea de los músicos antes del crescendo final. Fue un gesto sencillo pero enormemente eficaz.

La orquesta desplegó una impresionante paleta de colores. La cuerda brilló con especial intensidad y las numerosas intervenciones solistas fueron resueltas con gran calidad. Merecen mencionarse al menos a Bernardo Cifres en la trompa y Gjorgi Dimcevski como concertino, sin olvidar el delicado trabajo de la celesta, instrumento fundamental tanto en Ravel como en Stravinsky.

Y cuando parecía que la temperatura ya no podía subir más, llegó la propina. La célebre Danza ritual del fuego de Falla puso el broche definitivo a una velada de enorme nivel musical. Los valencianos la ejecutaron con brillantez y contundencia, añadiendo la última chispa a una noche que, entre el calor granadino y la intensidad del programa, tuvo mucho de celebración alrededor de una hoguera de San Juan.

P.D.: Me encantó saludar a mi querido Don Ignacio a quien he visto crecer como violinista, resultando una verdadera alegría este encuentro sorpresa en Granada.

Un clásico

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Viernes 19 junio, 22:30 horas. 75 Festival de Granada, Teatro del Generalife: Danza. Ballet Nacional de Letonia – Aivars Leimanis, director artístico. Giselle. Ballet en dos actos. Música: Adolphe Adam– Libreto: Théophile Gautier y Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges– Coreografía original: Jean Coralli, Jules Perrot y Marius Petipa – Puesta en escena: Aivars Leimanis. Diseño de escenografía y vestuario: Ināra Gauja. Diseño de iluminación: Kārlis Kaupužs. Supervisora de Ballet: Dace Lapiṇa. Estrenado por el propio Ballet Nacional de Letonia el 10 de marzo de 2006. Fotos de Alex Camara y propias.

La web del Festival, tomando parte de las notas al programa de Cristina Marinero, presentaba la Giselle desde Letonia como El gran ballet romántico del s. XIX sigue emocionando en el XXI. Y es el ballet perfecto, «por eso sigue vivo en los escenarios de todo el mundo cuando celebra ahora nada menos que 185 años desde su estreno en la Ópera de París. Giselle es tierra y cielo, cuerpo y espíritu, luz y oscuridad. Es el gran ballet romántico y su historia de amor, traición, clases sociales y muchachas convertidas en espíritus fantasmales sigue conmoviendo cuando su puesta en escena e interpretación son de calidad».

El Ballet Nacional de Letonia, heredero de los ballet rusos que han escrito parte de la historia de la danza, mantiene con mimo una producción de hace veinte años con una coreografía maestra, creada por los genios Jean Coralli y Jules Perrot en París, sobre la música de Adolphe Adam, y recuperada por Marius Petipa en San Petersburgo. Probablemente se note el paso del tiempo, como en todo, pero no se puede negar el tributo a la propia historia del ballet.

Aivars Leimanis, director de la compañía letona, se ha encargado de la puesta en escena de esta obra de arte que todos recuerdan por el segundo acto, donde las vengativas willis vestidas con largos tutús blancos hacen bailar a los hombres hasta desfallecer entre la niebla del bosque. La producción que vimos esta noche de viernes en el Generalife es exquisita precisamente por mantener lo “clásico”, algo que debemos destacar porque la tradición debe seguir viva, manteniéndola tras casi dos siglos, aunque la música del compositor francés no tiene la monumentalidad de un Tchaikovski.

La historia de Giselle es conocida por lo conmovedora, y  a nivel coreográfico supone todo un reto para las parejas solistas, sobre todo la protagonista (Yuliya Brauer) con verdaderos retos técnicos, resueltos con belleza y plasticidad por la bailarina principal. El primer acto resultó luminoso, con un vestuario colorido y un decorado sencillo pero suficiente, más una iluminación no siempre atenta a la acción. Giselle se lució tanto en sus muchos números en solitario como en los dúos con el Príncipe Albrecht (Amir Dodarkhojayev), y otro tanto en los números corales, con excelentes movimientos en escena.

No estuvieron a la zaga los solistas Aleksandrs Osadčijs (Hilarion, el guardabosque) y Paula Lieldidža-Kolbina (Myrtha, la reina de las wilis) siendo aplaudidos en sus apariciones, aunque en cierto modo buscándolo con las reverencias danzantes por parte de ambos.

Destacar todo el cuerpo de baile, especialmente las bailarinas, por momentos hasta 20 en escena, con cuadros que siguen siendo inspiradores lienzos del ballet clásico, sobre todo el segundo acto donde iluminaron el bosque con su presencia.

En las notas al programa Marinero nos cuenta el origen de Giselle:

«Fue en 1841 cuando se presentó en el teatro entonces sito en la Rue Le Peletier, con libreto del afamado escritor Théophile Gautier, basado en el poema de Victor Hugo, Fantômes, y en las leyendas recogidas por el alemán Heinrich Heine sobre las danzantes nocturnas o willis. El primero relataba el trance de una muchacha española que bailaba sin parar, hasta morir; el segundo escribía sobre los espíritus de las jóvenes engañadas y fallecidas antes de su boda, que surgen de sus tumbas de noche en sus trajes de novia para vengarse de los hombres que las han traicionado.

Gautier trabajó sobre estas dos ideas centrales con el libretista Vernoy de Saint-Georges para elaborar un guion dividido en dos actos. El primero, terrenal y luminoso, sobre la trama de Victor Hugo, se desarrolla en la aldea de la protagonista, enamorada del apuesto Albrecht, quien resulta ser un noble ya prometido, lo que la enajena, bailando hasta morir. El segundo acto, etéreo y oscuro, recoge las ideas de Heine y Giselle se ha convertido ya en una willi a las órdenes de la malvada Myrtha, quien las dirige para acorralar a los hombres que les han engañado y obligarles a danzar incesantemente hasta su final.

Con diseños originales del entonces afamado Cicéri, en nómina en la Ópera de París, y celebrado por sus escenografías para el primer ballet romántico, La sílfide (1832) y, un año antes, para la ópera Roberto el diablo, de Meyerbeer, la composición de Giselle se encargó al músico Adolphe Adam y su coreografía a los dos maestros de danza de la Ópera, Jean Coralli y Jules Perrot».

Como el resto de compañías de ballet clásico del mundo, el Ballet Nacional de Letonia (con sesenta bailarines) también parte de la producción de Petipa en San Petersburgo a finales del XIX, recuperación que supuso un nuevo impulso para este magno título, y en 2022 celebrarían su 100º aniversario, una compañía de fuertes lazos con la tradición del ballet ruso. Así, Letonia en 1939 fue ocupada por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, después por la Alemania nazi, pasando a integrarse a la URSS tras el final de la II Guerra Mundial y hasta su nueva independencia en 1991, siempre inquebrantables defendiendo este arte centenario junto a su orquesta.

Aivars Leimanis, solista de la compañía de 1976 a 1996, es su director desde 1993 y quien firma la puesta en escena de esta historia de traición y perdón, de amor incondicional. Comenzó su formación en la escuela nacional de Riga, donde también fueron alumnos los astros del Mariinsky y el Bolshoi, Mikhail Baryshnikov y Alexandr Godunov, antes de que desertaran de la URSS a EEUU para brillar en Nueva York desde los años 70, manteniendo en cartel los grandes ballets de la tradición rusa como El cascanueces, El lago de los cisnes o esta Giselle, con un primer acto muy coral y un segundo algo más lúgubre pero donde poder apreciar el excelente trabajo en conjunto de todo el cuerpo de baile. Insisto en destaca especialmente a las bailarinas, bien coordinadas y con momentos de plasticidad total siempre buscando las simetrías y manteniendo la esencia clásica.

Cuando se trata de ballet echo de menos la orquesta en vivo (como así fue hace 13 años en Sevilla con esta misma compañía y ballet) en vez de la música grabada, que reconozco ayuda a toda la compañía a encajar a la perfección música y baile, más aún en esta Giselle donde la parte mímica es tan importante como el propio baile, aunque es una forma de abaratar costes y además el Teatro del Generalife no tiene un foso para poder dar un espectáculo completo. Con todo resultó un. éxito para un público que llenó el aforo en esta noche granadina.

ELENCO:

Giselle: Yuliya Brauer

Príncipe Albrecht: Amir Dodarkhojayev

Hilarion, el guardabosque: Aleksandrs Osadcijs

Myrtha, la reina de las wilis: Paula Lieldidža-Kolbina

Berthe, madre de Giselle: Dace Lapina

Wilfred, escudero de Albrecht: Antons Freimans

Bathilde, prometida de Albrecht: Marianna Ŝmidta

Duque, padre de Bathilde: Ringolds Žigis

Boda pas de deux: Annija Kopštale, Aeden William Conefrey

Dos willis: Emma Laguna, Laine Paike

Campesinas/os, nobles, soldados, willis y Vals: cuerpo de baile del Ballet Nacional de Letonia

De Asturias al cielo

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Jueves 18 de junio, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, XXXIII Festival de Teatro Lírico Español: “Maharajá”. Zarzuela compuesta entre 2016 y 2017 por encargo de la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo en el marco de los actos conmemorativos del 125 aniversario del Teatro Campoamor de Oviedo. Música de Guillermo Martínez y libreto de Maxi Rodríguez. Estrenada el 15 de junio de 2017 en el Teatro Campoamor de Oviedo. Producción del Teatro Campoamor (2017).

Desde Granada recibo la reseña de Asunción Tejedor, un punto de vista de aficionada, apreciable precisamente por la frescura y rapidez de sus impresiones al finalizar la representación este jueves en Oviedo, que quiero compartir desde este blog, con los añadidos de mis enlaces siempre enriquecedores.

Entre los aspectos más destacados de esta nueva representación de Maharajá sobresale el excelente nivel del reparto principal. Vanesa (Beatriz Díaz) brilló tanto por la calidad vocal como por su presencia escénica, mientras que Mishka (David Menéndez) aportó solidez y carisma a un personaje fundamental en el desarrollo de la trama. Igualmente notable resultó la interpretación de Velino (Juan Noval-Moro), convincente tanto en el plano vocal como teatral.

Especial mención merece Ana (Serena Pérez), uno de los personajes más divertidos y agradecidos de la obra. Su interpretación estuvo llena de frescura, naturalidad y sentido del humor, contribuyendo de manera decisiva al tono desenfadado de la zarzuela. No obstante, en algunos momentos su emisión resultó algo contenida y ciertas frases cantadas llegaron con menor claridad a la sala, lo que dificultó apreciar plenamente algunos detalles de su intervención.

El componente cómico funcionó especialmente bien gracias al trabajo conjunto de todos los intérpretes, que supieron mantener un ritmo escénico ágil y eficaz. Los personajes secundarios aportaron dinamismo y contribuyeron a crear una atmósfera cercana y entretenida para el público.

Como aspecto mejorable, los diálogos hablados no siempre se percibieron con la nitidez deseable. En varios pasajes la dicción o la proyección dificultaron la comprensión completa del texto, algo especialmente relevante en una obra donde el libreto y el humor tienen un peso importante en la comunicación con el espectador.

En conjunto, una representación muy disfrutable, sostenida por un elenco comprometido y por varias interpretaciones de gran nivel, que permitieron apreciar plenamente el atractivo de esta zarzuela contemporánea.

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