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Un órgano imperial

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Domingo 20 junio, 12:30 h. 75 Festival de Granada, Conciertos matinales. Catedral de Granada, Ciclo inaugural de conciertos “Armonías del viento”: El  Órgano del la Epístola de la Catedral restaurado: Olivier Latry (órgano). Obras de Susanne van Soldt, Sweelinck, José Jiménez, Pablo Bruna, J. Cabanilles, Dandrieu y Balbastre. Fotos de Álex Cámara y propias.

El organista de la S. I. Catedral de Notre-Dame de París llegaba a la catedral granadina, que cumple 500 años, para un único concierto en una de las dos joyas barrocas:  el órgano de la epístola, recientemente restaurado por Joaquín Lois, y con un programa perfectamente escogido para un viaje imperial de Flandes a España y final en Francia, organizado cronológicamente para testar las incontables combinaciones tímbricas que este «nuevo» instrumento atesora, comportándose como un verdadero ejército sonoro ante una catedral al completo, siendo además grabado por Radio Clásica para su posterior emisión así como para la UER y así disfrutarlo de nuevo.

Los órganos catedralicios (uno barroco y el otro romántico tas distintas intervenciones en ellos) son dos de los grandes instrumentos construidos en el siglo XVIII y uno de los más emblemáticos del llamado Barroco Ibérico, siendo el conjunto de los muebles de una belleza impactante. Ciñéndonos al de la epístola (a mano derecha) se trata de un instrumento construido en 1744-45 por el malagueño Leonardo Fernández Dávila, con más de 3.400 tubos, tres teclados manuales (de 49 notas) y un teclado de contras cromático de 13 notas y dos timbales, con 72 medios registros repartidos en bajos y tiples y en los tres teclados. Lleva 33 registros en la mano izquierda y 39 en la derecha. También Contras de 26 y de 13, y un temblante. Remito a la descripción de este órgano y todo el proceso de restauración a la propia Web de Joaquín Lois, otro trabajo minucioso y de consulta obligada para los amantes del órgano, especialmente los de nuestro patrimonio no siempre conservado ni valorado.

Las notas al programa de Pablo Cepeda nos adentran en este “mapa musical” e iré incorporándolas en mis comentarios. Olivier Latry arrancó con Seis danzas del Manuscrito de Susanne van Soldt (1599) donde fue eligiendo registros distintos para cada una de ellas, un regalo de aires y ritmos, casi probando los sonidos del renacido órgano (incluyendo el de gaita), con unas ornamentaciones exquisitas y jugando con los teclados para recrear esos ambientes populares y domésticos de la flamenca refugiada en Londres, y cuyo manuscrito está considerado como la fuente más antigua de la musica de teclado neerlandesa.

Sin interrupciones proseguía este viaje con Jan Pieterszoon Sweelinck, conocido como «El Orfeo de Ámsterdam», organista de la Oude Kerk donde recibió alumnos de toda Europa, entre ellos Scheidt, Praetorius o Scheidemann. Sus seis variaciones sobre Mein junges Leben hat ein End’ («Mi joven vida tiene un final»), siguieron mostrando los distintos registros del órgano de la epístola en cada variación, donde independientemente del procedimiento imitativo o el ritmo, Latry mantuvo presente la línea melódica, y todo el mecanismo de los tiradores funcionaron perfectamente engrasados, con la ayuda de dos organistas de las que desconozco sus nombres (supongo que una de ellas sería la titular Concepción Fernández Vivas) pero que fueron parte esencial de todo el concierto.

Tras los primeros tímidos aplausos, casi son miedo de no romper la sonoridad que siempre queda en el aire y con una reverberación algo seca pero suficiente para los bancos, llegaría una de las obras más esperadas por lo que supone la llamada Batalla, que es todo un despliegue donde poner a prueba la trompetería tan habitual entonces. Cepeda en las notas al programa comenta como “guiño final: esa trompetería en batalla que nos sobrevuela la inventó en 1659 Fray José de Echevarría y acabaría conquistando órganos de medio mundo. Entre ellos, el de Notre-Dame que Latry custodia desde hace cuatro décadas”.

El órgano de la epístola tiene registros tan sonoros como la Trompeta Real, la Trompeta Universal, la Trompeta de Batalla o el Clarín Imperial del órgano mayor, que fueron recreando esa contienda sonora, aquí la compuesta por el tudelano Jusepe Xuménez o José Jiménez, organista durante más de 30 años de El Pilar de Zaragoza. Su Batalla del sexto tono nos adentraba en la escuela ibérica que Latry incorporó a este concierto cual mapa organístico. Otro tanto con Pablo Bruna, conocido como “El ciego de Daroca”. Habría que investigar sobre nuestros músicos con discapacidad visual, caso de los organistas Cabezón, Francisco Salinas o el propio organista darocense al que Felipe IV o Carlos II solían escuchar al pasar por esa villa zaragozana. Su Tiento sobre la letanía de la Virgen hace prodigio musical de la reiteración con un motivo que retorna, transfigurado a cada paso, y Latry volvió a acertar en la registración tanto de la cadereta interior (en eco) como en la exterior y el órgano mayor, así como una ornamentación primorosa siempre resaltando la melodía.

El último exponente hispano y manteniendo la forma del Tiento (nuestra particular Fantasía para  instrumentos solistas), sería el algemeginense Juan Cabanilles, organista de la Catedral de Valencia nombrado a los 22 años, y donde permanecería 46 años. Su música llevó al límite los recursos del órgano ibérico con un extenso desarrollo imitativo y una exigencia técnica a la altura de su virtuosismo, y el maestro francés fue el mejor exponente con el Tiento por Alamire. Cada elección de registros suponía descubrir sonidos maravillosos desde la epístola, con efectos envolventes en la catedral, que supongo son muy distintos desde la consola del propio intérprete.

Y como buen francés vendrían la última parada de este viaje con el retorno al país de Latry: dos compositores del XVIII para seguir asombrándonos de las posibilidades del restaurado órgano catedralicio:

Jean-François Dandrieu, organista de la Capilla Real desde 1721, cultivó las variaciones del noël o villancico, y Joseph est bien marié pertenece a ese género que causaba sensación en la Francia barrroca, y sorpresas por los sonidos elegidos donde no faltaría el registro de pajaritos. Delicada obra donde ir combinando registros agudos de un intimismo penetrante.

Poe último Claude-Bénigne Balbastre, antecesor de Latry en Notre-Dame y primer organista titular del Concert spirituel (pionera serie de conciertos públicos parisinos, fundada en 1725). Si el primero cultivó el gusto galante en vísperas de la Revolución, el segundo cerró el concierto con dos páginas del Livre contenant des pièces de différent genre (Manuscrito de Dijon, 1749), primero su Air, delicioso, casi bachiano, y el potente Concerto, con cuatro movimientos (aplaudidos independientemente, que supongo editarán en Radio Clásica): Prélude, Allegro, Gavotte y Allegro, todo un caleidoscopio sonoro por los registros donde no faltó la trompetería y un tutti que puso fin a un camino matinal que nos dejó con ganas de muchos más conciertos en el Festival de Granada como en años anteriores.

Al menos la propia Catedral de Granada mantendrá vivo este instrumento que debe respirar y mantenerse en la forma que demostró tras la extraordinaria restauración de Joaquín Lois.

Y a la noche subiremos a Palacio, pero ya lo contaré de madrugada o en la mañana dominical…

Un clásico

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Viernes 19 junio, 22:30 horas. 75 Festival de Granada, Teatro del Generalife: Danza. Ballet Nacional de Letonia – Aivars Leimanis, director artístico. Giselle. Ballet en dos actos. Música: Adolphe Adam– Libreto: Théophile Gautier y Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges– Coreografía original: Jean Coralli, Jules Perrot y Marius Petipa – Puesta en escena: Aivars Leimanis. Diseño de escenografía y vestuario: Ināra Gauja. Diseño de iluminación: Kārlis Kaupužs. Supervisora de Ballet: Dace Lapiṇa. Estrenado por el propio Ballet Nacional de Letonia el 10 de marzo de 2006. Fotos de Alex Camara y propias.

La web del Festival, tomando parte de las notas al programa de Cristina Marinero, presentaba la Giselle desde Letonia como El gran ballet romántico del s. XIX sigue emocionando en el XXI. Y es el ballet perfecto, «por eso sigue vivo en los escenarios de todo el mundo cuando celebra ahora nada menos que 185 años desde su estreno en la Ópera de París. Giselle es tierra y cielo, cuerpo y espíritu, luz y oscuridad. Es el gran ballet romántico y su historia de amor, traición, clases sociales y muchachas convertidas en espíritus fantasmales sigue conmoviendo cuando su puesta en escena e interpretación son de calidad».

El Ballet Nacional de Letonia, heredero de los ballet rusos que han escrito parte de la historia de la danza, mantiene con mimo una producción de hace veinte años con una coreografía maestra, creada por los genios Jean Coralli y Jules Perrot en París, sobre la música de Adolphe Adam, y recuperada por Marius Petipa en San Petersburgo. Probablemente se note el paso del tiempo, como en todo, pero no se puede negar el tributo a la propia historia del ballet.

Aivars Leimanis, director de la compañía letona, se ha encargado de la puesta en escena de esta obra de arte que todos recuerdan por el segundo acto, donde las vengativas willis vestidas con largos tutús blancos hacen bailar a los hombres hasta desfallecer entre la niebla del bosque. La producción que vimos esta noche de viernes en el Generalife es exquisita precisamente por mantener lo “clásico”, algo que debemos destacar porque la tradición debe seguir viva, manteniéndola tras casi dos siglos, aunque la música del compositor francés no tiene la monumentalidad de un Tchaikovski.

La historia de Giselle es conocida por lo conmovedora, y  a nivel coreográfico supone todo un reto para las parejas solistas, sobre todo la protagonista (Yuliya Brauer) con verdaderos retos técnicos, resueltos con belleza y plasticidad por la bailarina principal. El primer acto resultó luminoso, con un vestuario colorido y un decorado sencillo pero suficiente, más una iluminación no siempre atenta a la acción. Giselle se lució tanto en sus muchos números en solitario como en los dúos con el Príncipe Albrecht (Amir Dodarkhojayev), y otro tanto en los números corales, con excelentes movimientos en escena.

No estuvieron a la zaga los solistas Aleksandrs Osadčijs (Hilarion, el guardabosque) y Paula Lieldidža-Kolbina (Myrtha, la reina de las wilis) siendo aplaudidos en sus apariciones, aunque en cierto modo buscándolo con las reverencias danzantes por parte de ambos.

Destacar todo el cuerpo de baile, especialmente las bailarinas, por momentos hasta 20 en escena, con cuadros que siguen siendo inspiradores lienzos del ballet clásico, sobre todo el segundo acto donde iluminaron el bosque con su presencia.

En las notas al programa Marinero nos cuenta el origen de Giselle:

«Fue en 1841 cuando se presentó en el teatro entonces sito en la Rue Le Peletier, con libreto del afamado escritor Théophile Gautier, basado en el poema de Victor Hugo, Fantômes, y en las leyendas recogidas por el alemán Heinrich Heine sobre las danzantes nocturnas o willis. El primero relataba el trance de una muchacha española que bailaba sin parar, hasta morir; el segundo escribía sobre los espíritus de las jóvenes engañadas y fallecidas antes de su boda, que surgen de sus tumbas de noche en sus trajes de novia para vengarse de los hombres que las han traicionado.

Gautier trabajó sobre estas dos ideas centrales con el libretista Vernoy de Saint-Georges para elaborar un guion dividido en dos actos. El primero, terrenal y luminoso, sobre la trama de Victor Hugo, se desarrolla en la aldea de la protagonista, enamorada del apuesto Albrecht, quien resulta ser un noble ya prometido, lo que la enajena, bailando hasta morir. El segundo acto, etéreo y oscuro, recoge las ideas de Heine y Giselle se ha convertido ya en una willi a las órdenes de la malvada Myrtha, quien las dirige para acorralar a los hombres que les han engañado y obligarles a danzar incesantemente hasta su final.

Con diseños originales del entonces afamado Cicéri, en nómina en la Ópera de París, y celebrado por sus escenografías para el primer ballet romántico, La sílfide (1832) y, un año antes, para la ópera Roberto el diablo, de Meyerbeer, la composición de Giselle se encargó al músico Adolphe Adam y su coreografía a los dos maestros de danza de la Ópera, Jean Coralli y Jules Perrot».

Como el resto de compañías de ballet clásico del mundo, el Ballet Nacional de Letonia (con sesenta bailarines) también parte de la producción de Petipa en San Petersburgo a finales del XIX, recuperación que supuso un nuevo impulso para este magno título, y en 2022 celebrarían su 100º aniversario, una compañía de fuertes lazos con la tradición del ballet ruso. Así, Letonia en 1939 fue ocupada por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, después por la Alemania nazi, pasando a integrarse a la URSS tras el final de la II Guerra Mundial y hasta su nueva independencia en 1991, siempre inquebrantables defendiendo este arte centenario junto a su orquesta.

Aivars Leimanis, solista de la compañía de 1976 a 1996, es su director desde 1993 y quien firma la puesta en escena de esta historia de traición y perdón, de amor incondicional. Comenzó su formación en la escuela nacional de Riga, donde también fueron alumnos los astros del Mariinsky y el Bolshoi, Mikhail Baryshnikov y Alexandr Godunov, antes de que desertaran de la URSS a EEUU para brillar en Nueva York desde los años 70, manteniendo en cartel los grandes ballets de la tradición rusa como El cascanueces, El lago de los cisnes o esta Giselle, con un primer acto muy coral y un segundo algo más lúgubre pero donde poder apreciar el excelente trabajo en conjunto de todo el cuerpo de baile. Insisto en destaca especialmente a las bailarinas, bien coordinadas y con momentos de plasticidad total siempre buscando las simetrías y manteniendo la esencia clásica.

Cuando se trata de ballet echo de menos la orquesta en vivo (como así fue hace 13 años en Sevilla con esta misma compañía y ballet) en vez de la música grabada, que reconozco ayuda a toda la compañía a encajar a la perfección música y baile, más aún en esta Giselle donde la parte mímica es tan importante como el propio baile, aunque es una forma de abaratar costes y además el Teatro del Generalife no tiene un foso para poder dar un espectáculo completo. Con todo resultó un. éxito para un público que llenó el aforo en esta noche granadina.

ELENCO:

Giselle: Yuliya Brauer

Príncipe Albrecht: Amir Dodarkhojayev

Hilarion, el guardabosque: Aleksandrs Osadcijs

Myrtha, la reina de las wilis: Paula Lieldidža-Kolbina

Berthe, madre de Giselle: Dace Lapina

Wilfred, escudero de Albrecht: Antons Freimans

Bathilde, prometida de Albrecht: Marianna Ŝmidta

Duque, padre de Bathilde: Ringolds Žigis

Boda pas de deux: Annija Kopštale, Aeden William Conefrey

Dos willis: Emma Laguna, Laine Paike

Campesinas/os, nobles, soldados, willis y Vals: cuerpo de baile del Ballet Nacional de Letonia