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Últimas palabras de Aarón Zapico en Granada

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Domingo, 14 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, Cantar y tañer / #TrípticoHaydn: Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director). Obras de Haydn y Sánchez-Verdú. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

(Reseña para para LNE del martes 16, con los añadidos de las fotos mías y de ©Fermín Rodríguez más los links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite, aunque en el blog está la «crítica larga» la tarde tras el concierto).

La septuagésima tercera edición del festival granadino llegaba su último día con un programa doble donde la sesión matinal estuvo a cargo del asturiano Aarón Zapico que ha estado al frente estos cinco años de la Academia Barroca del Festival de Granada.

Con un templo abarrotado hasta en el crucero y antes de comenzar el concierto, el maestro Zapico agradeció al director del festival Antonio Moral su apuesta por esta academia y formatos nuevos, que a la vista del éxito han sido un acierto. Y tras las palabras habladas llegarían las musicales con Haydn y sus “Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze, HOB.XX:1” (Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, 1787) incardinadas con “SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre “Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn”, 2018) del compositor residente en esta edición el algecireño José María Sánchez-Verdú que suponía el estreno en España.

Por tercera vez en el festival volvían a sonar en el mismo espacio Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz tras las anteriores versiones del Cuarteto Quiroga (23 de junio) y el teclado de Yago Mahúgo (6 de julio), al fin la verdadera y primigenia escritura de Haydn (publicada por Artaria a mediados de 1787), quedando solamente por escucharse en Granada la versión en forma de oratorio, pero rindiendo tributo a la Viena como eje de este festival.

Aarón Zapico junto al narrador y periodista radiofónico Enrique Árbol (al que llaman “la voz de Granada”) haría una lectura con una versión arriesgada al alternar el original de Haydn con los estudios de Sánchez-Verdú, no siempre en el orden esperado de original y recreación, pero dejando siempre el elemento sorpresa de las sonoridades que el compositor gaditano saca como buen orquestador que es, de una orquesta joven que rindió con plena entrega y calidad a la maestría del director asturiano, capaz de aglutinar dos obras en una con total naturalidad, esmero en los contrastes, manejo de unas dinámicas donde los silencios son tan importantes como el sonido, aprovechando la reverberación de la iglesia monacal para dejarnos unas últimas palabras de Aaron Zapico en Granada que son parte de la propia historia del Festival.

Si la obra original tiene muchas dificultades, unir esta serie tan heterogénea en los “tempi” manteniendo el bloque sonoro, supuso un verdadero reto interpretativo donde la palabra se sumó a un verdadero espectáculo escuchado con un respetuoso silencio, contagiados de una mística más que poética musical. De los jóvenes músicos excelentes las maderas (oboe, flauta y fagot), bien empastadas las trompas, una cuerda homogénea con solos del concertino de calado maduro, y “El terremoto” final con trompetas y timbales para expirar y respirar.

Las (pen)últimas palabras granadinas

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Domingo, 14 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, Cantar y tañer / #TrípticoHaydn: Academia Barroca del Festival de Granada, Aarón Zapico (director). Obras de Haydn y Sánchez-Verdú. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

Llegaba a mi último día de la septuagésima tercera edición del festival granadino con sesión matinal con mi querido Aarón Zapico que ha estado al frente estos cinco años de la Academia Barroca del Festival de Granada y además inauguró el del pasado año con un Retablo que forma parte de la historia de Falla en Granada.
Antes del concierto, el maestro Zapico agradecería a Antonio Moral (director del festival que finaliza mandato el próximo 31 de julio) su personal apuesta por esta Academia Barroca, lo que supone para estos jóvenes músicos y estos formatos nuevos que abren no solo carrera profesional sino nuevos públicos, un acierto porque el éxito saltó a la vista en este nuevo ciclo.
Tras la palabra hablada llegaría la musical de Haydn y Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, («Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze», HOB.XX:1) compuesta en 1787 e incardinada con “SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre “Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn”, 2018) del algecireño José María Sánchez-Verdú (1968), compositor residente en esta edición y que suponía el estreno en España. De la obra del gaditano que además la compone para una «orquesta histórica», me remito a las notas al programa de Bernardo García-Bernalt que dejo al final de esta entrada, añadiendo que tanto en estos «estudios» como con la adaptación de los lieder de Schubert volvió a demostrarnos el respeto por la obra que le sirve de inspiración, sin perder sus propias señas de identidad y profundo conocimiento de la instrumentación.
En esta edición sonarían por tercera vez en San Jerónimo estas «últimas palabras» tras las anteriores a cargo del Cuarteto Quiroga (23 de junio) verdaderamente memorables, o el fortepiano de Yago Mahúgo (6 de julio), por fin la verdadera y primera escritura de Haydn publicada por Artaria a mediados de 1787), quedando en el tintero poder escuchar en Granada la versión en forma de oratorio, pero rindiendo tributo a la Viena como eje de este festival, un «Tríptico Haydn» muy interesante.
Contando con el narrador y periodista radiofónico de la SER Enrique Árbol (al que llaman “la voz de Granada”), quien interpretaría con vehemencia los pasajes bíblicos preparados para esta «mixtura» atemporal, la versión de Aarón Zapico resultó una lectura arriesgada al alternar Haydn y Sánchez Verdú en las siete sonatas no siempre en ese orden, dejando siempre el elemento sorpresa por las propias sonoridades que el compositor gaditano saca como buen orquestador que es, que no estaban indicadas en el programa y con parte del público «despistado» aunque los espectáculos gratuitos siempre atraen neófitos en la materia de oído poco cultivado.
La joven orquesta rindió con plena entrega y calidad a la maestría del director asturiano, capaz de aglutinar las dos obras en una con naturalidad, mucho esmero en los contrastes, manejando unas dinámicas y tempi extremos «marca de la casa», donde los silencios son tan importantes como el sonido y deben remarcarse, aprovechando la reverberación de dos segundos que tiene esta iglesia monacal granadina para dejarnos unas “últimas palabras de Aaron Zapico en Granada”, ya formando parte de la propia historia del Festival.
Si la obra original, analizada en las notas al programa, presenta muchas dificultades, unir esta serie tan heterogénea en los aires manteniendo el bloque sonoro, supuso un verdadero reto interpretativo donde la verdadera palabra interpretada por Árbol se sumaría al auténtico espectáculo escuchado con un respetuoso silencio «como en misa», contagiados todos los fieles de esta mística musical.
De los jóvenes músicos de esta orquesta, Academia Barroca del Festival de Granada, cuya plantilla también incluyo en esta entrada, destacar las excelentes maderas y solistas (Vicent Giménez Pons al oboe, Clara Burgos Valenciano en la flauta y el fagot de Javier Caruda Ortiz), bien empastadas las trompas, una cuerda homogénea con solos del concertino Alfredo Jaime Doblado de calado maduro, más “El terremoto” final donde trompetas y timbales nos hicieron expirar y respirar, con un maestro de ceremonias verdadero artífice de este «milagro haydniniano» en San Jerónimo.
Componentes de la orquesta:
Notas al programa de Bernardo García-Bernalt:

Sieben-Sheba: Metaexégesis
Facilitada por la revolución en los procesos de producción y consumo de la música que se vivió en las últimas décadas del siglo XVIII, la obra de Joseph Haydn, paradigma de lo que podría considerarse en su época un estilo compositivo transnacional, tuvo una extraordinaria recepción en España ya desde 1770. Quizá el mayor éxito lo alcanzó con sus Siete últimas palabras de Cristo en la cruz, compuesta alrededor de 1786 por encargo del Marqués de Valde-Íñigo y destinada al ejercicio devocional de Las tres horas que se celebraba el Viernes Santo en el oratorio gaditano de La Santa Cueva. Se le solicitaron siete adagios instrumentales inspirados en cada una de las palabras que, según los evangelios, Cristo dijo desde la cruz, para que fueran alternando con prédicas sobre cada una de ellas. Tras una introducción, la música debía ir expresando las emociones correspondientes a cada palabra, invitando a la meditación, y concluiría con una representación musical del terremoto que siguió a la muerte de Cristo. La versión original –la que hoy se escuchará– fue publicada por Artaria a mediados de 1787, junto a una adaptación para cuarteto y otra para piano (años más tarde se estrenaría también una versión en forma de oratorio).
La dificultad que suponía escribir una serie tan homogénea en los tempi y en la forma sin que resultara monótona fue superada por Haydn con la adopción de un plan tonal global sorprendente, la exploración de diversas variaciones de la forma sonata o el empleo de una paleta de texturas que van desde una ligereza casi quebradiza hasta apabullantes sonoridades masivas. El resultado es una obra híbrida, con elementos de sinfonía característica y de oratorio sin palabras, que expresa la situación anímica de Cristo en su agonía a través de cada una de las palabras que pronuncia. Cada breve texto inspira y articula una frase que los violines primeros exponen al inicio (algo que el oyente solo puede percibir de modo subliminal), motivo que sirve como idea principal, generadora de todo el movimiento. Charles Burney constata lo dicho: «Los temas son tan apasionados y llenos de dolor y tristeza que, aunque todos los movimientos fluyen de modo similar, los motivos, tonalidades y efectos son tan nuevos y diferentes que un verdadero amante de la música no sentirá fatiga alguna ni deseará temas más ligeros para estimular su atención» (A General History of Music, Londres 1789).
Hoy, la exegética obra de Haydn es, a su vez, objeto de otra exégesis musical propuesta por José María Sánchez-Verdú. Su obra SHEBA, que se estrena en España en este concierto, deriva también de un singular encargo realizado en 2018 por el Festival Haydn de los Conciertos del Castillo de Brühl. Escrita para una orquesta historicista de plantilla similar a la que exige Die sieben letzten Worte, consta de siete breves estudios orquestales, susceptibles de insertarse tras cada una de las sonatas, que, de algún modo, dialogan con ellas, las interpretan, comentan o interpelan, planteando una resignificación de la propia retórica de los afectos. La obra de Sánchez-Verdú es una fascinante propuesta de nuevas sonoridades a partir de la exploración de las peculiaridades tímbricas de los instrumentos de época o de la distribución espacial de la orquesta, entre otros elementos: «los registros, los colores tonales y las características
de orquestación de Haydn se deforman como en una especie de anamorfosis del material musical», según el autor. Die sieben Worte y SHEBA, se comunican también mediante rasgos, gestos, recuerdos e impulsos que, como afirma Andreas Speering, «permiten apreciar y experimentar tanto la sorprendente modernidad de Haydn como la profunda sensibilidad histórica de Sánchez-Verdú».

PROGRAMA
Joseph Haydn (1732-1809):
Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze, HOB.XX:1 (Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, 1787):
L´introduzione
Sonata I «Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt»
Sonata II «Hodie mecum eris in Paradiso»
Sonata III «Mulier ecce filius tuus»
Sonata IV «Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me»
Sonata V «Sitio»
Sonata VI «Consummatum est»
Sonata VII «In manus tuas Domine, commendo spiritum meum»
Il terremoto
José María Sánchez-Verdú (1968):
SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn) (2018) (estreno en España)

Matinal de schubertíada granadina

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Sábado 13 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Crucero del Hospital Real: Música de cámara | #Schubert esencial. Cosmos Quartet, Katja Maderer (soprano). Obras de Schubert y Sánchez-Verdú. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Penúltima matinal con música de cámara dedicada a Schubert con el Cosmos Quartet y la soprano de Passau Katja Maderer en vez de la inicialmente prevista Katharina Konradi, con una primera parte muy interesante por los arreglos para cuarteto de cuerda de varios lieder de Schubert a cargo de  José María Sánchez-Verdú (1968) y Aribert Reimann (1936-2024) en una interpretación que contó con las traducciones de los poemas proyectadas en los sobretítulos.

El cuarteto catalán lleva diez años juntos y se nota por su complicidad, trabajo profundo de las obras, matices extremos y un sonido cohesionado donde todos saben sus dinámicas y encajan escrupulosamente lo escrito. Los arreglos de los lieder resultaron un plus para los originales, pues la tímbrica es idónea y por momentos, de no ser por los textos, casi podríamos hablar de música litúrgica, que en la voz de Katja Maderer en su lengua natal, engrandeció aún más unos poemas hermosos donde tanto Reimann como Sánchez-Verdú no solo respetan el original, lo miman y hacen crecer, siendo muy aplaudidos por un público variopinto.

Voz bien timbrada la de la soprano alemana, de emisión perfecta y una interpretación bien dramatizada por la expresión tanto musical como facial, bien arropada por «El Cosmos» en seis canciones de la que Luis Gago en su notas al programa tituladas «Canciones sin piano» las desgrana con estas palabras:

Para que la naturaleza te sirva de inspiración hay que embeberse de ella. Es imprescindible renunciar a las comodidades domésticas, echar a andar y detenerte a contemplar cuanto te rodea, una escena familiar en muchos de los cuadros de Caspar David Friedrich, tan recordado este año en el que se conmemora el 250º aniversario de su nacimiento. Los escritores románticos expresaron como pocos las virtudes y los sinsabores que lleva aparejados ese nomadismo constante, esa sensación de extrañamiento en todas partes que te impele a vagar sin rumbo con la sola compañía de arroyos, bosques, árboles, montañas, valles, nubes o, por supuesto, la luna, su más fiel compañera. Goethe presagió ese trasiego poético constante de aquellos Wanderer o errabundos que encontrarían en el caminante de Winterreise de Schubert a su máxima encarnación musical. Por eso no podía faltar en la trilogía de José María Sánchez-Verdú uno de los poemas mayores en lengua alemana: la segunda de las canciones nocturnas que escribió Goethe en cuanto Wanderer él mismo, ocho versos escritos el 6 de septiembre de 1780 en una modesta cabaña situada en la cima del Gickelhahn, la más alta de las colinas en torno a Ilmenau, que Goethe visitó por última vez pocos meses antes de su muerte, el 27 de agosto de 1831. La escribió en una de sus paredes de madera, como si quisiera que perviviera apegada a la naturaleza que la inspiró. El compositor andaluz completa su trilogía con el prodigio poético y musical de Gretchen am Spinnrade, en la que un Schubert adolescente se adentra en la mente perturbada de otra adolescente (la Margarita seducida por Fausto cuya mente gira vertiginosamente al compás de la rueca), y con An den Mond, un poema en el que Goethe defiende «apartarse del mundo» y «vagar en medio de la noche»: sólo así es posible ver con claridad y (re-)encontrarse uno mismo. La luna fue la mayor confidente de los errabundos románticos y es ella la que, desde su atalaya, nos muestra el camino. En sus arreglos para voz y cuarteto de cuerda, Sánchez-Verdú sigue la estela de Aribert Reimann, fallecido hace pocos meses, que practicó este mismo arte de manera pionera con Lieder no sólo de Schubert, sino también de Mendelssohn, Schumann, Liszt o Brahms.

 

En Mignon escuchamos tres canciones cantadas por el personaje homónimo de Wilhelm Meister, una novela formativa en cuyo libro segundo el protagonista encuentra a esta muchacha andrógina en una compañía de circo ambulante. Tan perfectos son sus versos que, al igual que los del Wandrers Nachtlied, atrajeron a todos los grandes liederistas del siglo XIX, Schumann y Wolf incluidos. Reimann, además de compositor, fue un excelente acompañante de cantantes (como Dietrich Fischer-Dieskau y Brigitte Fassbaender: ahí es nada), lo que convierte sus instrumentaciones en auténticos actos interpretativos (en el sentido también de hermenéuticos) del más alto nivel.

Me encantó el calado expresivo de los dos primeros poemas de Goethe pero sobremanera Margarita en la rueca donde el cuarteto de cuerda consigue ese efecto tan complicado en el piano original, demostrando el hondo conocimiento que el músico algecireño (de alma granadina) tiene de la formación, como he venido comprobando a lo largo de este Festival donde es compositor residente. Y del «modelo» a seguir que fue el recientemente fallecido Aribert Reimann, su Mignon nos dejó el feliz encuentro de la soprano alemana y el Cosmos Quartet con una fórmula que está llamada a triunfar en este mundo de la llamada música de cámara que sigue transportándonos a los salones de la Viena imperial.

La segunda parte, como también escribe Luis Gago, estuvo dedicada al Cuarteto «Rosamunde», disfrutando del espíritu schubertiano lleno de amarga alegría, de contradicciones y búsqueda de respuestas para este caminante al que la vida no le sonrió. Sobre su muerte o no por sífilis ya lo comenté a raíz de los encuentros con el doctor Rafael Ortega-Basagoiti, un poco más de luces y sombras para la biografía del malogrado Franz:

 

Para dar también voz en solitario al Cuarteto Cosmos, el concierto se cierra con una obra de Schubert coetánea de Die schöne Müllerin –otro ciclo de canciones protagonizado por un errabundo que acabará quitándose la vida– y del contagio de sífilis del compositor. El Cuarteto D 804 se abre como un Lied con dos compases de pura introducción figurativa que preparan la entrada de la melodía principal, confiada al primer violín, todo ello en un aura de privacidad y de reclusión que poco o nada tienen que ver con el modo en que solían iniciarse los cuartetos desde el Clasicismo. Esta introversión inicial se refuerza con la elección de una música propia –la escrita para el entreacto posterior al Acto III de Rosamunde– como motivo conductor del Andante en do mayor, otra melodía apacible en el característico ritmo dactílico del composito

De regalo sólo podía sonar Schubert con un excelente Scherzo (Prestissimo) del Cuarteto en mi bemol mayor, D 87 op. 125, presentado por Bernart Prat, para poner la alegría final y el buen humor bromístico (con esos rebuznos tan musicales) de esta matinal schubertíada granadina.

PROGRAMA:

 -I-

Franz Schubert (1797-1828) / José María Sánchez-Verdú (1968):

Wandrers Nachtlied, D 768 (Canción nocturna del caminante)

An den Mond, D 259 (A la luna)

Gretchen am Spinnrade, D 118 (Margarita en la rueca)

Textos de Johann Wolfgang von Goethe

(arreglos para soprano y cuarteto de cuerdas, 2024)*

* Estreno absoluto, encargo del Festival de Granada y la Schubertíada Vilabertrán

Franz Schubert / Aribert Reimann (1936-2024):

«Mignon» (transcr. 1995):

Nur wer die Sehnsucht kennt (Sólo quien conoce el anhelo)

Heiß mich nicht reden (No me hagas hablar)

So laßt mich scheinen (Dejadme hasta serlo parecer un ángel)

-II-

Franz Schubert:
Cuarteto nº 13 en la menor «Rosamunde», D 804 (1824)

Allegro ma non troppo / Andante / Menuetto. Allegretto – Trio / Allegro moderato

Cosmos Quartet:

Helena Satué, violín – Bernat Prat, violín – Lara Fernández, viola – Oriol Prat, violonchelo

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Katja Maderer, soprano

Cine de verano con una noche de terror

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Jueves 11 de julio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Colegio Mayor Santa Cruz la Real / Clásicos del Cine | Festival Joven:
«Nosferatu».
Orquesta Ciudad de Granada (OCG), voces femeninas del Coro de la OCG (Héctor Eliel Márquez, director), Ander Tellería (acordeón), José María Sánchez-Verdú (director y compositor). Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez).

A lo largo de esta edición del Festival de Granada donde José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968) es el compositor residente, estoy ahondando no ya en su producción sino en comprender su versatilidad para todo tipo de formaciones con un dominio de las tímbricas que buscan crear una poética «del extrañamiento y lo desconocido» en sus propias palabras recogidas en Platea Magazine.
En un «cine de verano» dentro de mi segunda casa granadina, con un trabajo enorme de infraestructura que puedo comprobar in situ, llegaba una noche de terror que pude disfrutar hace ya once años en Oviedo: este Nosferatu «resucitado» con banda sonora en vivo, y ahora siendo el compositor también director con las formaciones locales y el acordeonista Ander Tellería que sustituyó al anunciado y tristemente «lesionado» Iñaki Alberdi.
Sin entrar en la maravillosa película de Murnau, en su momento la música de Sánchez-Verdú ya me pareció de lo más apropiada como banda sonora, y al final de esta entrada dejaré las notas del propio compositor. Escribía hace 11 años que el compositor algecireño reinterpreta desde un lenguaje actual el propio expresionismo de la cinta alemana para lograr auténticos momentos cumbre muy exigentes para los músicos de una orquesta madura (incluyendo el acordeón) que si además el director es el propio compositor, la conoce como nadie.
Con un trabajo meticuloso y un encaje perfecto en todas las secuencias, destacando toda la percusión con un arsenal de instrumentos donde no faltó el eolífono (o máquina de viento), la perfección de relojero para las 12 campanas de carillón, o una caja avisando de la peste que tal parecía salir de la gran pantalla, alternando con bombo, marimbas y demás percusión, merecedores de todo el reconocimiento por el buen trabajo realizado.
La OCG se ciñó a todas las indicaciones del maestro con perfección y exactitud de «escaleta» en una partitura muy difícil -que como curiosidad incluyo la primera página de la partitura que utilizó mi querido Nacho de Paz (1974) en Oviedo- para comprobar la complejidad en la escritura de Sánchez-Verdú, con intervenciones destacadas de los diferentes solistas asociadas a los personajes, disfrutando del trompeta y sin olvidarme de las voces blancas del coro que dirige Héctor Eliel Márquez, situadas detrás de los violines primeros y que funcionaron como instrumentos de viento ensamblados con la orquesta o en breves momentos «a capella» creando una atmósfera sonora con la misma inquietud o misterio de las escenas cinematográficas, igualmente exigente vocalmente y bien resuelto por las mujeres del Coro de la OCG.
Tras varios conciertos con la música del compositor tengo claro que su música es de nuestro tiempo e incluso para una película de 102 años subtitulada «Una sinfonía del horror» mantiene la esencia expresionista con un lenguaje propio que sirve para ponerle imágenes a toda su producción, aunque puede que este Nosferatu no aguantase una interpretación tan larga sin las imágenes, pero con Murnau seguro que esta partitura del abogado y compositor gaditano será atemporal como la propia película, con unos personajes donde la música es más necesaria que los rótulos (en alemán subtitulados al inglés).
Una buena sesión nocturna para seguir disfrutando de un Festival que no se ha olvidado del cine, esta vez auténticamente de verano.
Notas al programa del propio compositor Sánchez-Verdú con las excelentes fotografias de @ferminius
«Mi obra musical sobre la película Nosferatu. Eine Symphonie des Grauens (1922) de F. W. Murnau fue encargo del Teatro de la Zarzuela y la Orquesta de la Comunidad de Madrid en 2002. Se estrenó en 2003 en este teatro con la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid bajo la dirección musical de José Ramón Encinar. Posteriormente ha sido presentada en numerosas ciudades del mundo como Sevilla, Potsdam, Wuppertal, Berlín, Salzburgo, Ciudad de México, Montevideo, Buenos Aires, etc. Es un proyecto
muy especial y complejo que me permitió, sin renunciar a mi propia música, vincular la imagen y el sonido en una dramaturgia muy particular.
De la música original que Hans Erdmann (1882-1942) había compuesto para este filme sólo se han conservado unos veinte minutos. Ni siquiera la sincronía con las secuencias se conoce en su totalidad. Pese a las varias reconstrucciones que se habían hecho hasta entonces de la música original creí muy interesante componer una nueva banda sonora (para orquesta y coro femenino) que se adaptara a la dramaturgia del film en sus 92 minutos. Algunas de las restauraciones de la música original realizadas –partiendo de la base de que esta música se hacía en vivo y con frecuencia con piezas de repertorio de la época– pierden su fuerza al reiterar continuamente materiales musicales (los de Erdmann) en situaciones dramáticas que a lo largo de la película evolucionan radicalmente. Esa falta de evolución dramática de la música y contraria a la película de Murnau me parecía un gran problema. Mi partitura fue una propuesta personal de crear un mundo sonoro que abriera el filme, sin molestar, hacia una cierta intemporalidad, toda vez que la música subraya básicamente la dramaturgia psicológica de los personajes a lo largo del viaje que traza Murnau junto a determinados momentos en que la energía visual necesita también una cierta correspondencia sonora. La música de Nosferatu se desarrolla paralelamente a la dramaturgia del filme, creando un sutil mundo musical y un fondo de paisajes sonoros. En varios momentos funciona como un estrato superior creado sobre los escasos fragmentos conservados de la música original de Erdmann (como hipotexto), casi como un palimpsesto. Así, la casi perdida música original perdura como a través de un velo en una música que pretende destacar sobre todo la evolución psicológica de los personajes sin restar en ningún momento protagonismo e intensidad a esta obra maestra de Murnau.
La música va unida como un guante a una mano en relación con todas las secuencias de la película. Los diferentes tintados en colores del filme (en la gran restauración hecha por Luciano Berriatua para la Fundación Murnau) tienen su plasmación en la música atendiendo a un desarrollo muy grande de la sinestesia a través de la vinculación de las notas musicales y los colores. Los tintados del negativo realizados
por Murnau van unidos íntimamente a notas musicales, texturas y sus timbres. Un ejemplo: para mí el negro de la noche no puede pasar más que por la altura absoluta del Do y mínimas desviaciones microinterválicas; la luz del ocaso solo puede girar en torno a la nota Sol en la cuerda con reminiscencias en rosas, ocres y blancos de las notas Re o Fa; el color del mar en calma, azul, solo puede estar en el Mi y sus varios matices. No de otra forma es mi percepción sinestésica. Incluso algunos elementos se van consolidando durante el film hasta convertirse en símbolos: la nota Fa pasa a ser la obstinada manera de representar la muerte, la llegada de la peste a la ciudad de Wisborg. Naturalmente todas estas implicaciones de las que no me podría escapar son muy distintas en la percepción de cada persona. Podría decir que he tratado de trazar imágenes sonoras para las imágenes visuales en movimiento creadas por Murnau, sabiendo que él, a su vez, se inspiró y recreó en imágenes plásticas (estáticas) de obras de grandes pintores románticos alemanes (Tischbein, Carus, Von Schwind o Friedrich muy especialmente). El proceso de trasladar aspectos de lo visual a lo sonoro es, sin embargo, uno de los pasos más subjetivos que se pueden dar en el campo de la interrelación entre las distintas disciplinas artísticas.
Por último, señalaré que algunos de los instrumentos y voces de esta partitura van unidos íntimamente a determinados personajes o a fenómenos como la naturaleza, el mal, la peste, etc. El personaje de Nosferatu va unido intrínsecamente al acordeón; su asistente, Knock, al fagot. Hutter, el protagonista, se desplaza junto al violoncello, y su amada Ellen se vincula al lánguido lamento del oboe. Las fuerzas de la naturaleza encuentran en las voces del coro femenino su mundo sonoro, así como la fuerza del destino de los personajes en el filme. Todo ello se desarrolla de manera muy sutil y creando múltiples capas de percepción que van destilándose y
expandiéndose a lo largo de toda la película»
.
PROGRAMA
Nosferatu. Eine Symphonie des Grauens (Nosferatu. Una sinfonía del horror, 1922)
Película de Friedrich Wilhelm Murnau (1888-1931)
Música de José María Sánchez-Verdú (1968)

ASOMBRO SOnoro

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Martes 9 de julio, 20:00 horas. 73º Festival de Granada, Teatro CajaGranada | Música de cámara:
SIGMA Project, Iñaki Alberdi (acordeón), Francisco Javier Larreina, espacio escénico. Obra de José María Sánchez-Verdú; Estreno escénico.  Fotos de ©Fermín Rodríguez.

En esta septuagésimo tercera edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada estoy descubriendo poco a poco el particular universo sonoro y camerístico del compositor residente de esta edición, el algecireño José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968), del que Alberto González Lapuente (1961) ya le describía en el diario ABC (marzo de 2009) así: «en todo el universo compositivo español no habrá un compositor más radical en el estilo y (…) más dispuesto a tender puentes con el ayer (…) La recalcitrante voluntad del compositor le lleva, una y otra vez a rebuscar en la materia sonora adentrándose en el sonido y en la materia acústica de los propios instrumentos» y el tiempo está corroborando este vaticinio del crítico madrileño. Si con la cuerda esta búsqueda ya me sorprendía, en el caso de los saxofonistas valencianos de SIGMA Project junto al acordeonista guipuzcoano Iñaki Alberdi Alzaga (Irún, 1973) en este día 24º de mi festival solo puedo calificarlo de asombroso o jugando con las palabras, como el algecireño con el sonido, «ASOMBRO SOnoro».

Del ciclo KHÔRA que se fue «construyendo» entre 2012 y 2019, dejaré más adelante las propias notas del compositor gaditano, pero quiero resaltar este estreno escénico que logró aún mayor impacto sonoro en un espacio como el del Teatro de la Fundación CajaGranada (que lleva de nombre del Isidoro Máiquez  (actor cartagenero afincado en Granada de finales del siglo XVIII a principios del XIX) pues el escenógrafo Francisco Javier Larreina, pese a las propias limitaciones de un «teatro» muy especial pero aún creciendo y necesitando todavía más recursos, logró ayudar a vestir, revestir y (re)construir un edificio sonoro ya de por sí en una cuarta dimensión espacio-temporal que de haberse escuchado estático en otro recinto, el resultado final no hubiese sido tan espectacular.

Mientras parte del público estaba más pendiente de la semifinal de la Eurocopa 2024 entre España y Francia (ya somos subcampeones), incluso marchando en torno a las 21 horas, yo apenas pensaba palabras que me iba sugiriendo la escucha, luces y movimiento de un quinteto ya de por sí «rompedor» en su composición.

Palabras que brotaban casi como los sonidos de los distintos saxos, solos, emparejados, cambiando de posición, permutándose, moviéndose con un vestuario blanco y pies descalzos buscando aún mayor pureza para no interferir en una construcción temporal como es el directo: espasmos sonoros, edificando sonidos, ecos de risas y diálogos inconexos donde los saxofones imitaban murmullos, gemidos, piar de pájaros, canto de grullas y aleteo de unos extraños «cuervos blancos», gritos, quejidos, la naturaleza en estado hipersónico, recuerdos de la madre Gea o Gaia, del siempre recordado Antón García Abril para la mítica serie «El hombre y la tierra», con aerófonos capaces de todo lo que Sánchez-Verdú ha escrito para esta formación: percusión, efectos especiales y hasta ladridos o aullidos, sumando dextrógiros y levógiros en primer plano y enfrentando los dos saxos bajos para envolvernos literalmente, verdadera polifonía saxofónica de voces iguales y aires atonales, casi salvajes.

Increíble la aparición del acordeón, contemporáneo en conjunto pero descontextualizado al utilizarlo en una posición increíble de tocar, asi inimaginable que sólo Alberdi (totalmente de negro pero iluminado en el amplio sentido del adjetivo) puede hacerlo: tumbado y al revés, el fuelle también visual, manos opuestas en las botoneras, equilibrio por posición entre los sopranos que también insuflarían a un megáfono el aire vital junto a los tenores con el tudel acodado y doble lengüeta de fagot («saxos egipcios») de la Khôra V en un quinteto final efectista cual tren de vapor tomando velocidad, la industrialización sin olvidarse un lenguaje del mundo actual, el bajo  casi hundido el fondo acercándose al primer plano antes del efecto «goteo» final con solo los dos saxos sopranos y las luces apagándose. Eran las 21:22 horas y los nueve episodios alcanzaban un clímax de silencio tras este catálogo sonoro aerófono.

La estructura de KHÔRA es la siguiente:
Khôra I (2 saxos sopranos y 2 saxos bajos)
Horos I (2 saxos sopranos)
Khôra II (2 saxos sopranos y 2 saxos bajos)
Transitus (1 saxo bajo)
Khôra III (2 saxos sopranos, 2 saxos bajos y acordeón)
Horos II (acordeón)
Khôra IV (2 saxos sopranos y 1 saxo tenor)

Transitus II (2 saxos sopranos, 1 saxo tenor y 1 saxo bajo)
Khôra V (2 saxos sopranos, 2 saxos “egipcios” y acordeón)
Y aquí las notas al programa del propio José María Sánchez-Verdú:

El ciclo KHÔRA, para cuarteto de saxofones y acordeón microtonal, está conformado
por nueve piezas. El espacio y su percepción, junto al sonido, son los ejes vertebradores
de todo el proyecto.
Cada una de las partes del ciclo presenta una articulación y percepción distinta del espacio y además prevé una disposición instrumental diferente, creando un campo de interacciones muy contrastado, casi de tipo instalativo, como una cartografía sonora, como una escultura de la memoria del espacio y el sonido. El ciclo ofrece un mundo de escrituras abstractas que ocupan espacios ambiguos y en transición, como contenedores de un pensamiento no aprehensible, de un universo de reflexión y cuestionamiento. El término khôra nace de Platón (Timeo) y es replanteado musicalmente a partir también de la relectura que hizo de este concepto en el siglo XX el filósofo Jacques Derrida (Khôra).
El espacio y la música se despliegan conjuntamente, como una arquitectura abstracta que articula nuestra percepción y la memoria de su forma. El oyente experimenta diversas perspectivas del espacio en relación al elemento musical: se superponen espacios distintos; se crean perspectivas acústicas y visuales extremas que te sitúan en los límites de la percepción del sonido y sus relieves; el silencio y las fuentes sonoras crean diversos campos acústicos; se articulan desplazamientos y movimientos coreográficos de los saxofones como itinerarios de un peregrinaje, etc. Todo ello dota al espacio de un valor primigenio y focaliza la memoria y la escritura de los espacios como temática de todo el proyecto.

«El Timeo nombra khôra (localidad, lugar, espaciamiento, emplazamiento) a esa “cosa” que no es nada de aquello a lo cual, sin embargo, parece “dar lugar”, sin dar jamás nada, empero: ni los paradigmas ideales de las cosas ni las copias que un demiurgo insistente inscribe en ella. […]» (Derrida, Khôra). El concepto platónico de khôra nos sitúa en el campo del espacio, y nos enfrenta al mundo dual del logos y del mito. Khôra es, en este sentido, una suerte de “nodriza”, de “matriz”, y ocupa un lugar que no puede definirse más que ambiguamente. El mito y la escritura forman parte de esta reflexión: «La memoria viva debe exiliarse en los vestigios escritos de otro lugar […]» (Derrida, Khôra). Ernst Bloch habló sobre un sonido que no llena el espacio, sino que lo crea. Los instrumentistas de KHÔRA van creando espacios a través del tiempo.

Ramón Andrés, en el texto que escribió para la grabación de esta obra en el sello austríaco KAIROS, señaló que:

La música que propone KHÔRA es una deslumbrante muestra de ese algo que «se convierte permanentemente en otra cosa», de ese punto imposible de situar, pero que se abre al espacio, a eso que en términos heideggerianos se diría «apertura al mundo», pero de un mundo que emerge gracias a la articulación de un lenguaje, aquí musical, que funda un lugar. De ahí que sea lícito hablar en KHÔRA de sonido y epifanía. Nada en esta partitura se sujeta a la afirmación. Cambio dentro del cambio, no tiene un centro, porque ella deviene en el gran círculo. […] El tiempo, en la música de KHÔRA, es un desplazado más, una metáfora de la duración. Entre otras razones porque esta página se halla rehilada de numerosos microtiempos que fluyen en trayectorias distintas, a veces opuestas, en instantes que apenas llegan a cristalizar, en pequeñas cronologías inversas, que hacen, efectivamente, que todo sonido comporte una especie de epifanía, una incesante creación, ahora, en este caso, como nacimiento de un espacio.

KHÔRA es, en definitiva, un viaje en el tiempo y en el espacio por territorios abstractos levantado sobre raíces profundas (no visibles) de reflexión filosófica que, sin embargo, no enmascaran un mundo sonoro hecho para sentir y percibir con nuestros sentidos.

José María Sánchez-Verdú

SIGMA Project son

Andrés Gomis, Ángel Soria, Alberto Chaves y Josetxo Silguero (saxofones).

PROGRAMA

José María Sánchez-Verdú (1968):

KHÔRA (ciclo para cuarteto de saxofones y acordeón microtonal) (2012-19)

Estreno absoluto de la versión escénica

Mariza, saudade granadina

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Domingo 7 de julio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Teatro del Generalife | Noche de fado: MARIZA (voz), Luis Guerreiro (guitarra portuguesa), Phelipe Ferreira (guitarra), Adriano Alves (bajo), João Freitas (percusión), João Frade (acordeón): Amor. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Para un «omnívoro musical» como el que suscribe, el Festival de Granada siempre pone difícil la elección del espectáculo al que acudir, perdiéndome muchos ballets o conciertos de jazz, flamenco… pero esta noche de San Fermín el fado de Mariza me llamó desde que la vi anunciada. En mi infancia escuchaba en casa a la irrepetible Amalia Rodrigues porque a mi mamá le encantaba, años después pude llevarla con mi padre a Lisboa donde disfrutamos todos escuchando a Elsa Laboreiro, y de mis años jóvenes Dulce Pontes o Teresa Salgueiro (primero con Madredeus) no han faltado en mi discoteca (la última de la colección Henriqueta Baptista) o noches donde disfrutar estas voces en vivo, sin olvidarme de Joana Amendoeira.

La actual Reina del Fado llegaba a Granada desde Badajoz con sus cinco músicos en una gran gira no solo por España y Portugal, pues la cantante tiene un público fiel repartido por todo el mundo y en el teatro se notó la procedencia diversa, con varias canciones de su último trabajo sin olvidar un repertorio que crece con los años.

Mariza nunca defrauda, comenzó con su homenaje a Doña Amalia (Estranha forma de vida), no solo estrenó algún tema no grabado, conversó en «portuñol», bajó a la arena con un momento de «intimidade» para reflexionar lo que supuso para tantos el Covid, la saudade siempre presente, hablarnos del AMOR, de su último trabajo, también del Desamor, amor por la vida, los hijos, la familia, los amigos, hasta nos hizo caer una Lágrima, cantar en castellano sus Pequeñas verdades interpretadas con su teatralización o Meu fado meu, de poner la carne de gallina, suyo pero de todos junto a un quinteto de grandes músicos enamorando a una audiencia a la que incluso regaló momentos sin micrófono porque su voz es potente e íntima, con giros que beben del pueblo como el flamenco o la asturianada, bendita tierra hermana portuguesa.

Reflexionamos con ella sobre las mentiras de Google («mi padre no es chino»), de su hijo de 13 años hoy camino de su Mozambique natal para encontrarse con sus bisabuelos y abuelos mientras ella se desnudaba emocionalmente con todos nosotros. Nos contó su llegada a Lisboa con 3 años, de su origen africano, mestizaje de la antigua colonia portuguesa con su padre militar que abriría una taberna de barrio en Mouraria (cuna del fado) donde se sentían «forasteiros». Aquellos fados no profesionales que cantaban alló y ella mamó desde entonces con su estilo propio «nada purista», su vida en Brasil cantando de todo (este bagaje la hizo grande) y en todo: bodas, fiesas, divorcios (también son alegría para muchos como ella) antes de los años 90 donde su especial forma de cantar acabaría devolviéndola -para bien de todos- a este Fado tan suyo que no olvida las raíces sino que las hace suyas y actuales, curiosamente grabando y produciendo su último trabajo en Brasil, volviendo la vista atrás hace 25 años que parecen no hayan pasado.

Puesta en escena sobria con luces mínimas, una sonorización perfecta y sus músicos: casi «unplugged» porque primó lo acústico bien amplificado -pues el bajo de seis cuerdas de Adriano Alves mantuvo el sustento sin molestar- con todos sonando en total entendimiento con Mariza que habla con las manos y canta con el alma. La percusión de Freitas auténticas pinceladas en los temas lentos y motor de buen caballaje en los movidos (el final levantó al público), el acordeón de Frade una verdadera delicia de gusto, registros y virtuosismo, como la guitarra portuguesa de Guerreiro junto a Ferreira, cómplice del momento «intimidade», delicado y conocedor hasta de las respiraciones o calderones de la portuguesa.

Hora y media para seguir disfrutando de la magia granadina, de la variedad musical, del olor nocturno y de artistas (de verdad y en el amplio sentido de la palabra) como la portuguesa, un ejemplo sin divismos, cercana, espontánea, agradecida y espléndida.

NOTAS AL PROGRAMA:

Amor

«En los últimos 20 años, Mariza ha pasado de ser un fenómeno local, conocida solo entre un reducido grupo de admiradores en Lisboa, a ser una de las estrellas más aclamadas del circuito musical internacional. Todo comenzó con su primer CD, Fado em Mim, publicado en 2001, que muy rápidamente la llevó a numerosas presentaciones internacionales de gran éxito: Festival de verano de Québec (en el cual recibió el Primer Premio del evento a la actuación más destacada), Central Park de Nueva York, Hollywood Bowl, Royal Festival Hall, Womad Festival, y últimamente, le supuso ganar el premio de BBC Radio 3 como Mejor Artista Europea en el área de músicas del mundo. Fado em Mim fue un excitante primer álbum, mostrando a Mariza como una joven cantante con una voz rica, vibrante y una fuerte personalidad artística. Su interpretación de éxitos del repertorio de la gran diva del Fado Amália Rodrigues era tan personal que pronto se desechó cualquier insinuación de mera imitación. Así, Ó Gente da minha Terra del joven compositor Tiago Machado se convirtió enseguida en un éxito de la propia Mariza.

Actualmente, la carrera de Mariza continúa con incluso más éxito que antes, con numerosos discos multiplatino publicados, y actuaciones en algunos de los más importantes escenarios del mundo: Paris Olympia, Ópera de Frankfurt, London Royal Festival Hall, Amsterdam Le Carré, Palau de la Música de Barcelona, Sydney Opera House, New York Carnegie Hall, Kennedy Center de Washington DC, Los Ángeles Walt Disney Concert Hall –en este último caso con un diseño de escenario especialmente pensado para ella por nada menos que uno de los más prestigiosos arquitectos del mundo, Frank Gehry–. Ninguna artista portuguesa desde Amália Rodrigues ha experimentado una carrera internacional de semejante éxito, acumulando triunfo sobre triunfo en los más prestigiosos escenarios internacionales, cosechando elogios de los más exigentes críticos, e incontables premios y distinciones.

Como viene siendo habitual, sus compañeros de conciertos son simplemente los mejores: Jacques Morelenbaum y John Mauceri, José Merced y Miguel Poveda, Gilberto Gil e Ivan Lins, Lenny Kravitz y Sting, Cesária Évora y Tito Paris, Carlos do Carmo y Rui Veloso… Su repertorio, firmemente enraizado en el fado clásico y contemporáneo, se ha ampliado para incluir mornas de Cabo Verde, clásicos brasileños y españoles, y otros temas que ella atesora en su corazón. Mariza hace tiempo que trascendió el ser un mero episodio en la escena musical, listo para ser reemplazado con rapidez por cualquier otro fenómeno de cualquier rincón de la industria discográfica. Ha demostrado ser una gran artista, original e inmensamente dotada, de la cual aún hay mucho que esperar en el futuro. La joven de Mozambique, criada en el famoso barrio lisboeta de Mouraria, ha dominado las raíces de su cultura musical y se ha convertido en una artista universal capaz de abrirse al mundo sin
perder su identidad portuguesa. Audiencias portuguesas y de todo el mundo son las primeras en conocer su triunfo y retribuirle con un inmenso amor y gratitud. Sus numerosos premios en su Portugal natal y en toda Europa incluyen el Premio de Radio BBC 3 a la mejor Artista Musical Europea en tres ocasiones, y múltiples nominaciones para los Latin Grammy. Mariza ha celebrado el vigésimo aniversario de su carrera y el centenario de la Reina del Fado, Amália Rodrigues, con Mariza canta Amália, su primer álbum de clásicos, publicado en los Estados Unidos el 29 de enero de 2021, por Nonesuch/Warner Bros. Records.

Mariza y Rodrigues tienen mucho en común, aparte de su origen. Con sus residencias en escenarios legendarios como el Paris Olympia o el Carnegie Hall, Mariza puso al público a sus pies, como Rodrigues había hecho en los años 50 y 60 del pasado siglo. Por medio de sus aclamadas grabaciones y de colaboraciones inesperadas, Mariza llevó al fado más allá de lo que podía ser, como Rodrigues había hecho en los años 60 y 70. Mariza se convirtió en la más aplaudida embajadora de la música portuguesa en el siglo XXI, al igual que Rodrigues lo había sido en el siglo XX. La gira mundial de Mariza para celebrar sus 20 años de artista discográfica, incluyendo un tour norteamericano, se programó para la temporada 2020/2021, pero tuvo que posponerse por la pandemia. La gira por Norteamérica comenzó pues en enero de 2022, con una actuación exclusiva en el Kennedy Center, en Washington DC. Este concierto formaba parte de las Voices Series del Kennedy Center, comisariado por la célebre soprano americana Renée Fleming y que presenta a los más grandes vocalistas del mundo. Renée Fleming dijo sobre Mariza: «Para mí, cantar es la forma más directa de la expresión artística, y el fado podría ser el estilo para cantar más abierto emocionalmente que me he encontrado. Nunca olvidaré cuando la oí por primera vez en Lisboa. Fue directa a mi corazón, y volví cada noche para escuchar más. El sonido vibrante y la presencia de Mariza la han consagrado como la mejor intérprete de fado de la actualidad, y una gran estrella internacional»

 

De la noche al día

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Domingo 7 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla / Música de cámara | Festival Joven: Liber-Quartet. Obras de Bartók y Stravinsky. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

 

Me confieso muy refranero y a menudo utilizo expresiones populares, así que titular esta entrada para la sesión matutina de mi vigésimo segundo día de Festival De la noche al día no se refiere a la que dice ‘La noche para pensar y el día para obrar‘ ni tampoco que ‘De noche todos los gatos son pardos‘ (pues en La Alhambra los hay variados), sino a la frase hecha para expresar lo diametralmente opuesto más el propio lapso por el contraste vivido ayer de La Consagración de Dutoit con los suizos ayer y esta matinal del Liber-Quartet.

Liber-Quartet son:

Carlos Apellániz, piano – Alberto Rosado, piano – Javier Eguillor, timbales – Raúl Benavent, percusión

En la Web de este evento nos lo describe muy bien titulando «El corazón de la música»:

«Si el latido del corazón marca la vida, el pulso de los hombres, el ritmo es el latido de la música, y la percusión su forma de expresión más natural. A ahondar en ese latido lleva más de una década dedicado el conjunto Liber-Quartet, que forman dos pianistas y dos percusionistas bien conocidos de la música valenciana. Conviene recordar que el piano es en realidad otro instrumento de percusión, así que como cuarteto de percusión se presentan en Granada para un programa formidable: la Sonata que Bartók escribió en los últimos años de su vida puede casi considerarse un cuarteto en la línea de los que dedicó a la cuerda, ciclo esencial del género. Después, el Liber aporta repertorio, al ampliar la versión que el propio Stravinsky hizo para dos pianos de su Consagración de la primavera, obra clave en la modernidad musical del pasado siglo».

Los cuatro músicos valencianos, cada uno de ellos unos solistas increíbles, afrontaron este programa doble de forma espectacular pues también verles en acción es todo un espectáculo, con dos pianos verdaderamente sinfónicos junto a dos percusionistas que dominan sus sets con precisión, gusto y llevando el peso rítmico aunque en este cuarteto » funcionan como verdadera unidad digna de los de cuerda.

Las notas al programa del gran Martín Llade, Renacer y rito, desmenuza las dos obras que fueron impresionantes por todo: entendimiento, entrega, vitalidad, dominio… más la acústica del auditorio granadino que es especial, con una buenísima entrada donde alegra ver a público joven además de los incondicionales, de nuevo como si fuesen escritas tras el concierto, pues podría decir que se ciñen «al pie de la letra»:

«Se ha dicho del compositor húngaro Béla Bartók, especialmente a partir de sus conciertos para piano, que empleaba el piano como si de un instrumento de percusión se tratara. Pues, bien la idea de confrontar el teclado con la percusión le preocupaba de manera especial, pues para él, el primero no compensaba del todo la «hiriente» sonoridad de la segunda. Pero halló un modo de encontrar una suerte de equilibro entre ambas mediante la introducción de un segundo piano. Un encargo de la Sociedad Internacional para la Nueva Música de Basilea con motivo de sus diez años de existencia le dio pie a la escritura de la Sonata para dos pianos y percusión.

Bartók, que se mostró detallista hasta el extremo en las indicaciones en la partitura para los percusionistas (por ejemplo, en el empleo de baquetas duras o blandas), decidió utilizar los timbales, el bombo, las cajas, los platillos, el tam-tam, el triángulo y el xilófono. La sonata fue estrenada en Basilea en 1938, y en 1940, Bartók la adaptaría como Concierto para dos pianos, percusión y orquesta, interesante, aunque algo menos audaz, al disponer de unos recursos que la forma camerística revelaba como innecesarios.

El extenso movimiento introductorio arranca con una sección lenta, concebida para mostrar el potencial percutivo de los pianos, a la que le sucede un explosivo Allegro molto, estructurado en forma sonata. El segundo movimiento es un magnífico ejemplo de la denominada “música nocturna” tan cerca a su autor, y en él solicita que los platillos estén suspendidos. La obra concluye con un gozoso Allegro non troppo a mayor gloria del xilófono, y la partitura se desvanece con serenidad, con los ecos de la caja y los platillos suspendidos en el aire, en un “diminuendo” resultante de que estos últimos se rocen, en lugar de chocarse».

Los Liber mostraron y demostraron la grandeza de esta sonata que resultó casi un concierto sinfónico «reducido» a sus cuatro músicos, pero engrandecido por la riqueza tímbrica de los dos pianos (inmensos) y una percusión más allá de mebranófonos o idiófonos variados (cómo suena ese xilófono), pues el empaste y afinación de todos hacían de este Bartók un monumento sonoro plenamente actual pese a estar escrito en 1937. Control absoluto de duraciones, matices, tempi y protagonismo compartido.

Prosigue Llade su disección:

«La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, para los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, se estrenó en el Teatro Chatelet de París, en 1913, entre puñetazos y aplausos de un público profundamente dividido respecto al valor de sus innovaciones. La idea era recrear un rito antiguo de los antiguos escitas, en el que se quemaba viva a una doncella para cumplir con la ceremonia indicada en el título. La presente versión del Liber-Quartet se rige estrictamente a lo plasmado por Stravinsky en partitura sinfónica (téngase en cuenta que el compositor realizó un arreglo para dos pianos, a fin de interpretarlo en los ensayos). Mientras que los pianistas Carlos Apellániz y Alberto Rosado asumen las partes interpretadas por la cuerda y los vientos, Javier Eguillor se ocupa aquí de todos los timbales (si bien en el original hay dos timbaleros, en su caso él asume ambos cometidos) y Raúl Benavent, de forma análoga, asume toda la parte de la percusión, que también es interpretada por varios percusionistas cuando se hace la partitura primigenia. De ahí que este último cuente para su interpretación con un set con distintos instrumentos, en el que llega a compaginar el bombo con el tam-tam, junto con un güiro presente en un célebre pasaje de la obra. A ello hay que sumar crótalos, panderetas, etc., hasta todos los instrumentos de percusión de la orquesta. Aunque a priori una proeza así parece imposible, Eguillor explica que estratégicamente es realizable, por ejemplo, con dos baquetas en cada mano, percutiendo a la vez en varios timbales. «Al final, concentrar en dos personas lo que es habitual ver hacer a cinco músicos le confiere una energía distinta y muy especial a la obra» precisa. Esta versión única, y completamente distinta a las reducciones que se han hecho hasta la fecha, es una primicia que se presenta en el Festival de Granada, que conserva el carácter primitivo, rítmico y brutal del ballet original, sin perder de vista que es una música concebida para ser bailada».

Si la noche anterior el poderío sinfónico de la Orchestre de la Suisse Romande con Dutoit fue  de lo mejor hasta el momento, escuchar esta transcripción de los valencianos resultó inspiradora, cercana, explosiva, matizada, con mucho peso de Apellániz y Rosado pero igual de exigente con Eguillor y Benavent. Ritmos difíciles de encajar pero con entradas perfectas, consiguiendo un colorido propio para «recrear» las secciones sinfónicas, todo un «chute de adrenalina» que nos da esperanza en estos proyectos que en los años con Antonio Moral al frente siempre han tenido su hueco en el Festival, y en este último poniendo el listón muy alto para un Paolo Pinamonti al que todos le deseamos lo mejor.

Bartók y Stravinsky fueron espectaculares, pero la «Brasileira» del Scaramouche de Darius Milhaud en esta nueva recreación por el cuarteto valenciano aún nos contagió los ritmos caribeños de este francés enamorado de Brasil, de su folklore y ritmos, música de ida y vuelta, antillana y universal, otra inyección de alegría para cerrar esta mañana espectacular con los Liber-Quartet que me «enlazaron con La Argerich palaciega, nocturna y sabatina», derroche de energía, vitalidad y plenamente entregados: de la noche mágica al día luminoso.

PROGRAMA

Béla Bartók (1881-1945):

Sonata para dos pianos y percusión, Sz. 110 (1937):

Assai lento – Allegro molto

Lento, ma non troppo

Allegro non troppo

Igor Stravinsky (1882-1971):

La consagración de la primavera (transcr. de Liber-Quartet para dos pianos y percusión)

Granada de danzas y sortilegios

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Sábado 6 de julio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V, Conciertos de Palacio:
Orchestre de la Suisse Romande, Martha Argerich (piano), Charles Dutoit (director). Obras de Falla, Schumann y Stravinsky. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Mi vigésimoprimera noche de música en Granada será única y probablemente el mejor concierto de todo el Festival cuando aún queda por delante una semana. Y es que todo se conjugó para sortilegios y danzas, magia nazarí que la Web de este concierto titula La sombra de Diáguilev: «Ya pasaron por el Festival de 2022, y la genial pianista argentina Martha Argerich y el gran director suizo Charles Dutoit vuelven a cruzar sus caminos en Granada, esta vez con la Orchestre de la Suisse Romande, que debuta en la muestra. Será con uno de los grandes conciertos de repertorio del siglo XIX, el de Schumann, en el que Argerich lleva décadas dejando muestras de una maestría casi insuperable. Dutoit abrirá programa con una de las suites extraídas del ballet El sombrero de tres picos de Falla, obra que el maestro gaditano adaptó de su pantomima El corregidor y la molinera para los Ballets rusos de Diáguilev y cuya presentación en Londres en 1919 supuso uno de los mayores éxitos de su carrera. Años antes, en 1913 y en París, Stravinsky revolucionó el mes de mayo con su audaz y excitante Consagración de la primavera, otro ballet escrito para Diáguilev».

La leyenda viva del piano Martha Argerich (Buenos Aires, 1941) con el gran director suizo Charles Dutoit (Lausana, 1936) y la centenaria Orchestre de la Suisse Romande que debutaba en esta edición, con un programa donde el Palacio de Carlos V pareció embrujarnos y sus piedras devolvernos tantas vivencias musicales ante un lleno de los que se esperan ante unos protagonistas históricos.

La orquesta y director suizos abrían un concierto nada menos que con Falla y la suite nº 2 de El sombrero de tres picos, primera gran impresión ante una formación poderosa capitaneada por el concertino rumano Bogdan Zvoristeanu, todas las secciones equilibradas y con Dutoit al frente también ilusionada, feliz, dejándonos una interpretación de altura, pues el maestro suizo sigue enamorado de nuestra música y la hace entender sin folklorismos, música universal más que española, con una sonoridad amplia donde poder lucirse cada solista. Si la madera es excelente, los metales no se quedan atrás, la percusión ajustadísima y sobre todo una cuerda redonda y rotunda de agudos a graves.

Tras el trasiego obligado para colocar el piano, cámaras y micrófonos (al ser un concierto televisado y radiado en vivo) aparecía la muy esperada y aplaudida a rabiar intérprete argentina, un tándem con Dutoit que sus años en común han hecho especial para el entendimiento total que mostraron en el Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 54 de Schumann. Por «La Argerich» no pasan los años y su madurez interpretativa sigue dejándonos boquiabiertos (orejabiertos si se me permite), pues es ella quien domina, quien elige el aire aunque Dutoit lo conozca y comparta, a quien escucha la orquesta para contestarse. contentarse y encontrar el balance perfecto donde seguir disfrutando de su limpieza y hondura. Si en el Allegro affettuoso ya comprobamos el estado de forma con una cadenza para guardarla de principio a  fin encajado por todos, en el Intermezzo Argerich «amarró» el tempo por el que Dutoit se había decantado con sus suizos, y el Allegro vivace final derrochó juventud, frescura, ímpetu por parte de todos, con un Dutoit perfecto concertador, una orquesta entregada y Martha resplandeciente. impulso juvenil, nervio y virtuosismo de siempre, verdadera «fuerza de la naturaleza que siempre ha encontrado en el piano apasionado y romántico de Schumann su mejor aliado» como escribe Justo Romero en las notas al programa tituladas Una fuerza de la naturaleza.

Apoteosis en el público y los músicos, varias salidas y un regalo también de ‘Escenas de niños‘ Op. 15 De extraños países y personas de Schumann de verdadero ensueño que merecía haber escuchado un pianista en este mismo festival.

Nueva locura entre el público, salidas varias mientras los técnicos iban cerrando la tapa del piano tomándolo como una indirecta muy directa, pero faltaba la entrega de la Medalla del Festival presentada por Antonio Moral finalizando mandato, junto a los enviados de todas las entidades políticas y universitarias que tuvieron a bien asistir. Palabras del director que todos pudimos corroborar de merecimiento, agradecimiento, piropos y buenos deseos en este caso compartidos con orquesta y director.

Tras el descanso la Suisse Romande sacó toda la «artillería» para danzar bajo el mando del «Mariscal Dutoit» en una impresionante Consagración de Stravinsky enlazando con Falla y el siempre recordado Diáguilev. Justo Romero escribe: «Apenas un quinquenio separa el nacimiento de dos ballets capitales del repertorio sinfónico. Ambos surgidos y estrenados bajo el impulso de aquel promotor clarividente que fue Serguéi Diáguilev. Si Stravinsky genera una revolución cuando da a conocer La consagración de la primavera en París, en el Teatro de los Campos Elíseos, el 29 de mayo de 1913, Manuel de Falla, desde unos presupuestos rotundamente distintos –pero no menos novedosos– y también con los Ballets rusos de Diáguilev, cristaliza en El sombrero de tres picos, estrenado seis años después, en julio de 1919, en el Teatro Alhambra de Londres, su ideal del “folclore imaginario”, de una música tan radicalmente nueva como arraigada en la más honda sustancia de la cultura popular y universal». En palabras de Falla  «El carácter de una música verdaderamente nacional no se encuentra solamente en la canción popular y en el instinto de las épocas primitivas, sino también en el genio y en las obras maestras de las grandes épocas del arte». Los dos compositores que beben de sus raíces y culturas para abrir un universo nuevo con un lenguaje propio, siendo además grandes orquestadores.

El Stravinsky de esta noche fue mágico con el Maestro Dutoit controlando cada número, cada cambio de compás, jugando con los contrastes, balanceando cada sección al punto exacto de presencia, dejando a los solistas lucirse pero atando en corto. Romero habla de «Fuerzas de la naturaleza que asoman en las descarnadas asperezas de La consagración, y que en absoluto son ajenas a la exaltación palpitante de la farruca, de la seguidilla o de la jota que vuelca Falla en El sombrero». Imposible destacar a los solistas porque el nivel tan alto en cada uno de ellos hace difícil citarlos y la orquesta suiza funcionó como un reloj con estas músicas de ballet que crecen más allá para dejarnos una interpretación para el recuerdo con la orquesta que fundase Ernest Ansermet hoy con su alumno Dutoit, ambos referentes de la música de Stravinsky.

PROGRAMA

-I-

Manuel de Falla (1876-1946):

El sombrero de tres picos (suite nº 2) (1919-21):

Danza de los vecinos (Seguidillas) – Danza del molinero (Farruca) – Danza final (Jota)

Robert Schumann (1810-1856):

Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 54 (1845):

Allegro affettuoso – Intermezzo – Allegro vivace

-II-

Igor Stravinsky (1882-1971):

Le Sacre du printemps (La consagración de la primavera, 1910-13. Rev. 1947)

Primera parte: L’adoration de la terre (La adoración de la tierra)

1. Introduction (Introducción)

2. Augures printaniers. Danses des adolescentes
(Augurios primaverales. Danza de las adolescentes)

3. Jeu du rapt (Juego del rapto)

4. Rondes printanières (Rondas primaverales)

5. Jeu des cités rivales (Juego de las tribus rivales)

6. Cortège du Sage (Cortejo del sabio)

7. L’adoration de la terre. Le Sage (La adoración de la tierra. El sabio)

8. Danse de la terre (Danza de la tierra)

Segunda parte: Le sacrifice (El sacrificio)

1. Introduction (Introducción)

2. Cercles mystérieux des adolescentes (Círculos misteriosos de las adolescentes)

3. Glorification de l’élue (Glorificación de la elegida)

4. Evocation des ancêtres (Evocación de los antepasados)

5. Action rituelle des ancêtres (Acción ritual de los antepasados)

6. Danse sacrale. L’élue (Danza sagrada. La elegida)

Siempre la Granada de Lorca

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Martes 2 de julio, 20:00 horas. 73º Festival de Granada, Centro Federico García Lorca | Música de cámara / #Universo Lorca: Ana María Valderrama (violín), David Kadouch (piano). Lorca: in memoriam. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

El dúo de violín y piano formado por la madrileña Ana María Valderrama y el francés David Kadouch presentaban parte de su último disco «Lorquiana» en el mejor sitio para ello como es el Centro Federico García Lorca, una tarde que congregó a un público entregado para disfrutar de la música que siempre une a Lorca con su Granada, con Valderrama recitando el poema «Fábula y rueda de tres amigos» de Poeta en Nueva York, preámbulo de su muerte y perfecta introducción a un interesante recital.

La web de este concierto titulaba el evento como «A Lorca en un violín», primero de los recitales del «Universo Lorca», parte de un trabajo discográfico IBS Classical con obras muy vinculadas al poeta granadino, y que la doctora granadina Torres Clemente en sus notas al programa (cedidas por la Fundación Juan March) nombra como Lorca: in memoriam, de donde iré citando fragmentos, y es que Granada respira Lorca por todas partes y su muerte lo volvió en eterno: «Desde aquella funesta madrugada de agosto de 1936 en que Federico García Lorca fue asesinado, el mundo no ha cesado de llorar su pérdida. Las muestras de dolor y las condenas por su muerte han inspirado cientos de poemas que denuncian la sinrazón desde diferentes latitudes. Ahí quedan los versos de Antonio Machado («…Que fue en Granada el crimen / sabed –¡pobre Granada!–, en su Granada»), o el planto de Rafael Alberti («No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba»), como ejemplos de tantos homenajes in memoriam que, contradictoriamente, han contribuido a mantener muy vivo su recuerdo. También los músicos, tan próximos al poeta, le han dedicado infinidad de elegías, firmadas desde cualquier rincón del planeta y renovadas sistemáticamente. Tal legado evidencia un hecho: Lorca ha trascendido por su genialidad artística, desde luego, pero también como símbolo de libertad y resistencia».

El programa, como el disco, comenzaba con  la Sonata que Poulenc le dedicó (póstumamente) a Lorca en 1943. El compositor francés tuvo dificultades para rendir homenaje a García Lorca por considerar que su música no estaba a la altura del agasajado, y aunque no quedó contento con el resultado, logró honrar su memoria con esta Sonata para violín y piano, que compuso durante la Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada, por lo que «Escribir sobre el poeta español fusilado por los fascistas era una forma clara de expresar su oposición a los regímenes totalitarios. Implícitamente, además, los estudiosos han querido ver en esta sonata una denuncia por el clima de homofobia que sufrieron tanto Poulenc como Lorca, ambos pioneros en la asunción pública de su homosexualidad». El dúo Valderrama-Kadouch afrontaron la sonata con ímpetu, puede que el piano demasiado presente al que no hubiera venido mal bajar la tapa acústica, pero los tres movimientos (Allegro con fuoco – Intermezzo. Très lent et calme – Presto tragico) fueron «in crescendo» en entrega y pasión (incluso el público aplaudió el «fuego» del primero, quiero pensar que por la emoción transmitida…) en una obra ecléctica en estilos o referencias, casi un poema sinfónico donde ir escuchando una tragedia conocida pero también donde el Intermezzo está encabezado con los primeros versos de «Las seis cuerdas de la guitarra» -del Poema del cante jondo– y con guiños a Falla, Albéniz, el flamenco y hasta un canto fúnebre muy cromático, característico de la obra coral del propio Poulenc.

Ana María Valderrama haría de presentadora de la siguiente obra, el arreglo que Fritz Kreisler haría de la conocida Danza de La vida breve de Falla, obra que todo violinista suele incluir en su repertorio y que esta vez guardaba relación con esta «Lorquiana» hispano-francesa. De nuevo un piano muy fuerte pero bien encajado con un violín al que faltó presencia pero derrochó musicalidad.

Lo original de esta propuesta sería la Sonata en do mayor del venezolano radicado en París Reynaldo Hahn, más conocido por sus canciones, que escribió en 1926 esta obra en tres movimientos en cierto modo con recuerdos a la música de Fauré. Escribe la doctora Torres Clemente que «A primera vista, pudiera parecer que entre García Lorca y Reynaldo Hahn no hubo nada en común, pero lo cierto es que son muchas las circunstancias que los unen. Ambos sintieron esas vocaciones cruzadas: si el primero se declaró fiel admirador de la música, el segundo aseguró emocionarse exclusivamente en el teatro, por mediación de las palabras: «Una frase musical me encanta y me deleita, pero nunca me conmueve», escribió al pianista Édouard Rissler. Ambos compartieron también su facilidad de palabra, su simpatía personal y su espíritu centelleante, lo que hizo de ellos excelentes oradores; y ambos exteriorizaron su homosexualidad en un momento en que esta condición continuaba reprimiéndose con violencia, al tiempo que se intentaba ensalzar con dignidad (…). Su lenguaje lírico mantiene anclajes con el Romanticismo, y en particular con la conocida sonata de César Franck; pero el elogio al motor de un automóvil que plantea en el movimiento central de la obra –subtitulado «12 CV; 8 cilindros; 5.000 revoluciones»– lo conecta con las vanguardias, que vieron en la máquina una metáfora de la modernización». Presentada por David Kadouch quien incluso describió cada movimiento, donde el motor Veloce levantó aplausos al finalizar, e incluso comparar el último Modéré, très a l’aise au gré l’interprète con un soñado encuentro entre Mozart y Edith Piaf que supone una visión personal de esta sonata muy efectista para los dos intérpretes.

Personalmente lo que me encantó fue el final con una selección de las Canciones populares españolas  recogidas y armonizadas por el propio García Lorca en una excelente transcripción para este dúo a cargo de Alberto Martín (1980), encargo de los propios intérpretes, que está en el disco aunque el directo siempre es único. Con unos interludios bellísimos, un piano actual rítmico, de armonías contemporáneas con todo el respeto y reconocimiento de esas canciones, que algunos tarareaban por lo bajo, sería el violín la voz cantante igualmente rica en la técnica, la expresividad y notándose que trabajar para grabarlo supone un plus de entendimiento y maduración de un proyecto que en la Granada de Lorca tenía el mejor escenario (mi admiración por el guitarrista, compositor y arreglista, presente en la sala). Para quienes pueden escuchar el disco disfrutarán como yo de estas seis canciones, de las que difícil elegir pero una sentida Nana de Sevilla, el impactante Zorongo, o Los cuatro muleros muy actuales en el lenguaje de Martín que levantaron al público del «Centro Lorca» incorporándose al final un cajón que fusiona con el flamenco lo popular y lo «clásico» en una visión de nuestros días.

La propina, también incluida en el disco, Verlaine último de los «Tres retratos» que la argentina Alicia Terzian (Córdoba -Argentina- 1934) escribió en su «Libro de Canciones de Lorca». Si el francés no necesita palabras, Lorca las inspira y el dúo Valderrama-Kadouch las destiló de nuevo al pentagrama en esta presentación de su reciente trabajo discográfico.

PROGRAMA

Francis Poulenc (1899-1963):

Sonata para violín y piano, FP 119 (Dedicada a Lorca. 1943, rev. 1949):

Allegro con fuoco – Intermezzo. Très lent et calme – Presto tragico

Manuel de Falla (1876-1946) / Fritz Kreisler (1875-1962):

Danza española nº 1, de La vida breve (arreglo para violín y piano de Fritz Kreisler, 1926)

Reynaldo Hahn (1874-1947):

Sonata para violín y piano en do mayor (1926):

Sans lenteur, tendrement – Veloce – Modéré, très a l’aise au gré l’interprète

Federico García Lorca (1898-1936) / Alberto Martín (1980):

Selección de canciones (arreglo para violín y piano, 2022):

Nana de Sevilla

Los reyes de la baraja

Zorongo

Las tres hojas

Las morillas de Jaén

Los cuatro muleros

París en V(i)ena

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Domingo 30 de junio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V | Conciertos de Palacio: Orchestre de Paris, Klaus Mäkelä (director). Obras de Stravinsky, Debussy y Mozart. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Segundo concierto de la orquesta parisina con Klaus Mäkelä, verdadero triunfador en Granada que volvió a llenar el Palacio en un programa donde la Viena protagonista de esta edición se trasladó esta vez al París de los ballets rusos, sin dejarse la referencia mozartiana para cerrar otra noche mágica con el director finlandés que pronto tendrá una formación a su altura para seguir demostrando unas cualidades innatas.

Si el día antes comentaba la gestualidad de Mäkelä, con el programa tan danzante que cerraba junio, casi podría decir que bailó y hasta coreografió en el podio TODO lo escrito en unas partituras que apenas roza sus páginas con su mano izquierda para pasarlas porque las conoce al detalle siendo como una «chuleta» que parece darle la seguridad de ojear y hojear aunque no las necesite.
Y la «danza finlandesa» comenzaría con la Petruchka sinfónica de Stravinsky, un reto para cualquier orquesta por su muestrario rítmico, dinámico, puro vigor y dolor que Mäkelä fue expresando con su estilo no siempre «académico» pero totalmente efectivo y más con «su» orquesta, de nuevo con Obiso de concertino invitado y el piano de Jean Baptiste Doulcet, que respondieron ante el mando absoluto desde el podio. Una interpretación de altura que no siempre sonaría como quisiéramos aunque la sensación global de la orquesta sea poderosa pero con carencias en cuanto a afinación, limpieza o balances, si bien la acústica del Palacio ya sabemos que no es siempre la ideal. Con todo Mäkelä «saca petróleo» de los parisinos, con unas maderas de calidad, para una «Polichinela» poliédrica, luminosa, alegre, matizada y sobre todo puro ritmo sinfónico. Dejo parte de las notas al programa de Justo Romero sobre esta obra:

«El estreno de Petrushka, el 13 de junio de 1911, en el Teatro Châtelet, supuso la consolidación de Stravinsky como puntal avanzado de la música de su tiempo (…) la renovadora fuerza musical, refinada y popular a un tiempo, del nuevo ballet quebró los esquemas establecidos (…) Tras Petrushka, la música comenzó a aprender otro lenguaje, racional e intuitivo, emotivo y lógico (…) El compositor expuso a Diáguilev la posibilidad de crear un ballet con esa temática, algo que aceptó encantado. Pero cuando poco después volvieron a verse, Diáguilev, que iba acompañado de su amiguísimo, primer bailarín y amante Vaslav Nijinski (quien encarnaría a Petrushka en el estreno; también al Fauno de Debussy), se encontró con que Stravinsky andaba trabajando en una especie de Konzertstücke (piezas de concierto) para piano y orquesta (…) Stravinsky cuenta en sus memorias el origen de esta obra para piano y orquesta: «Percibí claramente la imagen de un muñeco, que de repente adquiría vida, exasperando la paciencia de la orquesta con diabólicas cascadas y arpegios. En respuesta, la orquesta le respondía con estremecedoras llamadas de trompeta. Se producía después un tumulto, que alcanzaba un clímax y, finalmente, se cerraba con el triste y quejumbroso colapso del pobre muñeco». El clarividente Diáguilev entendió que esa música brindaba posibilidades coreográficas, por lo que persuadió al compositor para que la adecuara para un ballet (…) Stravinsky refiere: «Necesitaba un nombre para mi monigote, pero no podía hallarlo. Paseando cierto día junto al lago Constanza, di de repente un salto y comprendí inmediatamente que acababa de encontrar el tan buscado nombre. Mi protagonista solo podía ser la pobre, fea, sentimental y desequilibrada figura que en Francia denominan Pierrot, en Alemania Kasperle y en Rusia Petrushka». ¡Y “polichinela” en español! Más o menos…».

Descanso para tomar fuerzas y el mejor francés para una noche parisina en Granada, Debussy y su Preludio a la siesta de un fauno, con una flauta protagonista a la que Mäkelä «cedió» marcar dinámicas y fraseo antes de armar una interpretación tan personal como su forma de dirigir. Me sigue asombrando su mano izquierda que pasa del exigente puño cerrado a mecer los diseños o levantar los dedos indicando los compases en las distintas secciones. De la batuta habría que hacer otro estudio pues pasa de pincel a estilete, su forma de agarrarla cual Harry Potter la hace parecer metálica o blanda como una goma, tal es el poder hipnótico del finlandés, aunque lo que más llame la atención sea cómo se encoge y agacha para casi sentarse a la altura de la cuerda, imprimiendo ese carácter «multiusos» desde su extrema delgadez y estatura a sus músicos parisinos.

Y como reválida directorial nada mejor que el Clasicismo, pues hasta ese momento las obras escuchadas eran efectistas por plantilla y escritura más contemporánea, así que reducir la masa sinfónica para «cerrar París» era construir la lógica del programa, y la Sinfonía nº 31 en re mayor de Mozart con Mäkelä sin batuta arrancó poderosa, casi operística, desde una cuerda grave que asienta la arquitectura, la madera mejor que los metales y unos timbales bien templados con el sonido adecuado de las baquetas duras. El genio de Salzburgo siempre exigente para unos violines ensamblados pero no siempre claros en los pasajes rápidos, de vibrato acertado aunque nuevamente el finlandés primó las dinámicas a dos manos. Pero donde aparece el carácter «mäkeliäno» es en los tiempos lentos, y con el Andante (versión alternativa del propio Mozart) pareció un aria cantada por la madera salpicada por unas trompas algo más templadas, y el mecer de la cuerda, todo expresado a dos manos con el lirismo del mejor Mozart. Sin casi respirar atacarían el Allegro final vertiginoso con el ímpetu finlandés y las carencias orquestales que no se notaron tanto con la plantilla «camerística» (salvo en la articulación poco clara ya mencionada). Como si el maestro Mäkelä quisiera regañar a sus músicos «mandó repetir» (bis de regalo) este movimiento tras el éxito de un público enfervorizado y varias salidas del finlandés.

El mejor resumen lo (d)escribe Don Justo: «La Sinfonía París es la primera que escribe tras cuatro años de parón sinfónico. La influencia francesa no es baladí, tanto en los golpes de arco, “alla francesa”, como en el empleo, por primera vez, del clarinete. Debussy, quintaesencia del impresionismo y de la mejor música francesa, difumina en París la aérea vaporosidad del Preludio a la siesta de un fauno, mientras Stravinsky escribe en la capital gala, de la mano de su paisano Serguéi Diáguilev y sus famosos Ballets rusos, la magistral Petrushka. París, ciudad abierta. Entonces, hoy y siempre. Toujours!»

El «Santo Klaus» finlandés ha demostrado en Granada cómo crece de rápido, su excelente trabajo con todo lo que nos trajo como titular, esperando verle con orquestas de más enjundia porque seguramente encontrará la respuesta exacta a todo lo que lleva interiorizado y transmite a los músicos o el público a los que se ha ganado allá donde va. Si no nos lo pierden intereses comerciales o de marketing, dejar que Mäkelä siga por el buen camino y eligiendo su repertorio, como los buenos cantantes, porque está  ya encarrilado.

PROGRAMA

-I-

Igor Stravinsky (1882-1971):

Petruchka (Ballet, versión 1947):

 I Fête populaire de la Semaine Grasse (Fiesta popular de la semana de carnaval)

Les foules (El gentío)

La baraque du charlatan (La barraca del charlatán)

Danse russe (Danza rusa)

II Chez Petrouchka (La estancia de Petrushka)

III Chez le maure (Estancia del moro)

Danse de la ballerine (Danza de la bailarina)

Valse – La ballerine et le maure (Vals – La bailarina y el moro)

IV Fête populaire de la Semaine Grasse (Fiesta popular de la semana de carnaval)

Danse des nourrices (Danza de las nodrizas)

Le paysan et l’ours (El campesino y el oso)

Danse des Tziganes (Danza de las gitanas)

Danse des cochers et des palefreniers (Danza de los cocheros y los palafreneros)

Les Déguisés (Mascarada)

Conclusion – La Mort de Petrouchka (Conclusión – La muerte de Petrushka)

Piano solista: Jean Baptiste Doulcet

-II-

Claude Debussy (1826-1918):

Prélude à l’après-midi d’un faune, L. 86 (Preludio a la siesta de un fauno) (1891-94)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 31 en re mayor «París», K 297 (300 a) (1778):

Allegro assai – Andantino – Allegro

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