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Relatos casi cinematográficos

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Viernes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 2 OSPA, Haochen Zhang (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Marcos Fernández, Rachmaninov y R. Strauss.

En apenas veinticuatro horas de nuevo un concierto de piano con otra joven promesa y una delicatessen en la vuelta de nuestra OSPA con su titular tras el paso operístico mozartiano del Campoamor en un programa titulado «Relatos I» junto a un estreno absoluto, y cuyas notas al programa de Daniel Moro Vallina dejo enlazadas arriba en los autores.

El barcelonés Marcos Fernández Barrero (1984) es compositor residente de la empresa cultural Cre.Art Project, y varias de sus obras ya han sonado en el auditorio de la capital asturiana, algunas todavía en nuestro recuerdo como sus Resonancias que ganaron el premio de composición de la OSPA hace tres años o Reflejos (2014). Esta vez su composición Eclipse (2016) la escribió precisamente en Oviedo y después la orquestaría, siendo el estreno absoluto este último viernes de noviembre. Obra breve e intensa, llena de un ritmo vital muy marcado es un crescendo dinámico que explora todas las secciones orquestales (incluyendo el piano), especialmente los metales, con un lenguaje muy norteamericano que me recordó a Copland en cuanto a unas melodías muy cinematográficas dominando el siempre difícil oficio de componer y con un Milanov que sigue apostando por música de nuestro tiempo. Una obertura fácil de escuchar y de hechura muy académica que resultó del agrado de todos, ideal para esta primera entrega de «relatos». El compositor, presente en la sala, fue muy ovacionado.

De las nuevas generaciones de pianistas hay muchos y buenos solistas que sin tener el poder mediático de otros, demuestran su buen trabajo en una globalización que alcanza también las escuelas, aunque finalmente lo que diferencia a unos de otros resultará su personalidad. Si el ayer era el primero de Brahms con un británico, esta vez el poco escuchado cuarto de Rachmaninov con un chino, dos obras muy distintas y dos formas de afrontarlas. Haochen Zhang apostó por un equilibrio sonoro con la orquesta, casi fundiéndose con ella para emerger en los lugares marcados en la partitura, sin necesidad de una concertación muy rigurosa ni la búsqueda de balances por parte de Milanov. Y es que el Concierto para piano nº 4 en sol menor, op. 40 (1926, revisión de 1941) no pudo alcanzar la fama del segundo ni el virtuosismo del tercero. Desde el inicio atípico parece retomar elementos ya utilizados en los anteriores aunque siga siendo de una orquestación increíble e irrepetible. Así el Allegro vivace parece arrancar por sorpresa y la intervención del solista apenas flota por encima de la masa sonora de Sergei. Por lo menos el Largo, inspirado en la canción popular inglesa «Three blind mice» da protagonismo a un piano sugerente de armonización bellísima al igual que en la orquesta, antes del Allegro vivace final que supone un paso adelante en el lenguaje del compositor de Oneg fallecido en Beverly Hills en 1943, más cercano a sus contemporáneos, especialmente Prokofiev, pero también bebiendo del ambiente «made in USA» que la revisión de este cuarto refleja, piano y orquesta en diálogo claro bien entendido por todos, con más pasión del conjunto que del solista en un final que busca una apoteosis sonora no del todo alcanzada pero muy buscada por todos. La referencia cinematográfica de la partitura nada menos que el «biopic» del pianista David Helfgott en Shine (1996).

La propina parecía flotar en el ambiente desde el jueves, de nuevo Brahms y la segunda (en la mayor) de las Klavierstucke op. 118, el piano contenido de Zhang con una técnica limpia de sonoridades interiorizadas y un discurso reposado cual una puesta de sol otoñal, muy interesante, aún más que en el no siempre agradecido «cuarto del ruso».

Richard Strauss parece ser uno de los compositores preferidos de Milanov, pues ya ha dirigido con la OSPA varias de sus grandes obras sinfónicas, pero la Suite orquestal de El burgués gentilhombre, op. 60 (1918) es una verdadera delicadeza poco transitada en las salas de conciertos, con una plantilla de treinta y seis músicos que eleven la partitura a sus cotas máximas. Y los elegidos cumplieron con creces sus intervenciones en los nueve números de esta joya con reminiscencias de Lully en un ambiente berlinés trasladado a Oviedo con el búlgaro Milanov dejando fluir un acento francés casi camerístico. Protagonismos variados de piano (este viernes Omar Navarro) nada más comenzar, la siempre omnipresente arpa (Miriam del Río), una amplia percusión además de los timbales, variados solos de los primeros atriles (hoy el inspirado Vasilliev en el quinto número con Marta Menghini de ayudante de concertino), se me hace difícil destacar alguno por la calidad de todos ellos. Citar al menos la madera donde brillaron las flautas del Minueto y especialmente El maestro de esgrima con la trompeta de Maarten Van Weverwijck y el trombón bajo de Sylvain Orsettig, sintiendo la Francia de su compatriota Molière, bien contestado por un piano brillante, que fueron tejiendo las escenas como una banda sonora para Monsieur Jordain, el Strauss alemán dominador de la escena, del teatro musical desde la Grecia clásica hasta el Berlín moderno. Esta suite alcanzó con la orquesta asturiana un punto álgido que espero volver a escuchar cuando Radio Nacional de España a través de Radio Clásica lo emita (hay que estar atento porque no hay cronología para ello), digna interpretación de una obra enorme con unos mimbres ideales. Excelente sabor de boca cerrando con ese juguete que es el Vorspiel y La cena final con la orquesta festejando en todo su esplendor dinámico y agógico además de humorístico este Richard Strauss que por fin sonó convincente con Milanov al frente. Creo que nunca salió cuatro veces a saludar desde su llegada a Oviedo, y el público entendió además de disfrutar esta «delicatessen» bien cocinada y mejor servida.

El Brahms de Stutzmann

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Jueves 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Benjamin Grosvenor (piano), Oviedo Filarmonía (OFil), Nathalie Stutzmann (directora). Obras de Brahms.

Es difícil aportar algo a dos obras tan grabadas y escuchadas como las de este jueves brahmsiano, pero un pianista de talento que dará mucho que hablar, ampliando la nómina de grandes en esta temporada, más una contralto y directora con las ideas muy claras más allá del barroco en el que se ha dado a conocer, sacaron lo mejor de una OFil que cuando hay «mando en plaza» da lo mejor de ella. Lástima que la plantilla en la cuerda grave sea un poco corta porque el resultado global resultó notable en las dos partituras.

El Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, op. 15 resulta complicado para todos, un solista que debe equilibrar sus apariciones en volúmenes y presencia, una concertación ajustada muy pendiente de cada detalle, más una orquesta de dinámicas amplias. Así resultó una interpretación que mantuvo un lenguaje y líneas muy homogéneas para este Brahms de Nathalie Stutzmann donde Benjamin Grosvenor se mostró inmaculado, limpio, presente en sus cadencias, empastado en el conjunto y puede que aún en plena «crianza» aunque llegará a «reserva». El entendimiento con el podio resultó perfecto, con un juego de agógica que resultó el sello de la velada, buscando la máxima expresividad romántica desde los extremos. El Maestoso resultó chocante de entrada por cierta lentitud, respondida por la primera aparición del piano, la mano izquierda cual masa orquestal mientras la derecha dibuja un lirismo exquisito, pero que fue creciendo en intención y emoción por parte de todos, aunque el verdadero refinamiento se alcanzó en el Adagio donde las manos de la directora francesa hicieron cantar a la formación ovetense casi cual «boca cerrada» arrullando un pianismo cristalino donde el empaste tímbrico se alcanzó por la búsqueda de una sonoridad ideal por parte de solista y orquesta, tan solo carente de una profundidad que los años, como al vino, aportarán a este joven talento británico. El Rondo. Allegro ma non troppo pareció ceñirse al tempo sin calificativos, realmente rápido y vibrante aunque en el desarrollo fue conteniéndose para paladear un conjunto donde las dinámicas resultaron bien tratadas sin dar nunca el máximo, dosificadas en pos del romanticismo intrínseco a un Brahms dominador de la orquestación tanto como del piano y su papel en este concierto, como bien comenta en las notas al programa Iván J. Román Busto.

La propina del joven pianista (podría ser de Abram Chasins) nos dejó la misma sensación que con la orquesta, sonido limpio de técnica apabullante y nada aparatosa, elegancia y fraseo contenido en matices pero un buen sabor en boca (y oído) a pesar de las toses siempre inoportunas.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 tras lo mostrado en la primera parte ahondaría en las mismas líneas de una Stutzmann que apuesta por extremos en los tiempos, forzando sin problemas al igual que en las dinámicas buscando un éxtasis parece no llegar nunca, conteniendo emociones al dibujar cada melodía cantabile que los solistas y secciones de la OFil entendieron a la perfección. El arranque Un poco sostenuto parecía casi fúnebre pero fue levantando vuelo con el Allegro – Meno Allegro que resultó luminoso. De nuevo el Andante sostenuto pareció entenderlo Stutzmann como un movimiento coral donde las secciones iban sacando a flote las bien delineadas melodías del hamburgués, con unos «rubati» ajustados aunque suficientes en tensión. Un poco Allegretto e grazioso como una ventana abierta a la esperanza, gesto claro en el podio y respuesta inmediata por parte de los músicos, calentando motores para un final que parece resumir toda la genialidad sinfónica de Brahms en un movimiento de recovecos y cambios de aire (Adagio – Più Andante – Allegro no troppo, ma con brio – Più Allegro), luces y sombras, presencias alternas de las distintas secciones donde los violines sonaron esta tarde presentes y aterciopelados, bien toda la cuerda salvo lo apuntado de necesitar al menos un contrabajo y un par de cellos más que pudiesen equilibrar una tímbrica presente, empastada y poderosa, con unos timbales que dan seguridad y empaque a todo el conjunto donde la madera suele estar bien y los metales sonaron orgánicos en esta orquesta coral como Stutzmann entendió esta Primera de Brahms en un crecimiento global que tiene un cénit único en tensión y emoción, romanticismo en estado puro.

Largamente aplaudida por músicos y publico la directora francesa ha demostrado que encasillarse en ciertos repertorios no suele hacer justicia, y su autoridad en la batuta ha sido corroborada con este Brahms ovetense.

Heterodoxia suiza

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Sábado, 19 de noviembre, 20:00 h. Conciertos del Auditorio, Oviedo: OCL (Orquesta de Cámara de Lausanne), Renaud Capuçon (violín), Joshua Weilerstein (director). Obras de F. J. Haydn, L. Bernstein, Ligeti y R. Schumann.

Entendiendo el adjetivo heterodoxo como «disconforme con hábitos o prácticas generalmente admitidos«, el concierto de la Orquesta de Cámara de Lausanne en esta gira europea que recalaba en la capital asturiana dentro de su ciclo, así resultó por autores y obras que compartieron programa, algo habitual en los suizos, por un lado mostrando una versatilidad a prueba de estilos y épocas pero sobremanera teniendo al frente a un joven director preparado y plenamente convencido de hacer sonar compositores vivos (o más cercanos que los llamados «clásicos») en una labor pedagógica necesaria a pesar del disgusto para cierta audiencia constreñida por cierta comodidad auditiva que parece negarse el esfuerzo por catar sabores distintos o al menos de leerse las notas al programa (esta vez a cargo de la asturiana Lorena Jiménez) y no preguntarse qué sucedía en el último movimiento de «la 60 de Haydn«, como subrayando el sobrenombre de la misma.

Porque fue F. J. Haydn y su Sinfonía nº 60 en do mayor, Hob. I/60, «El distraído» la encargada de abrir boca en una plantilla ideal para esta obra que gozó de más fama que la actual, bien llevada por un Weilerstein con las ideas claras en cuanto a planos y dinámicas que los músicos suizos interpretaron a la perfección, detalles como colocar el fagot al lado de los cellos buscando color y dinámicas plenamente clásicas así como el empleo de los timbales «antiguos» (sin pedales) detrás de ellos, si bien las trompetas fueron de pistones (un detalle más visual que acústico) flanqueando con las dos trompas (sabor hispano) a los oboes. El gesto del director en el Prestissimo buscó la complicidad de un público no instruido previamente con toda la carga de humor habitual en «Papá Haydn«.

Cercano en el tiempo y popular aunque no siempre (re)conocido genio de la dirección, composición e intérprete de piano al menos singular, L. Bernstein (1918-1990) compuso su Serenata para violín y orquesta sobre «El Banquete» de Platón (1954) por encargo de la Fundación Koussevitzky (también para el Ligeti de la segunda parte) al músico norteamericano,
dedicada a la memoria de Serge
y Natalie Koussevitzky que contó con el violinista Renaud Capuçon, de nuevo en Oviedo, como solista de esta inusual y original composición para orquesta de cuerda, percusión y solista llena de novedades para su momento que hoy resultan tan «normales» como el Haydn anterior, cinco movimientos verdaderos cantos al amor platónico, verdadero simposio, placer y dolor, intimismo y voluptuosidad hechos música, diálogos complementados donde el Guarneri del Gesù “Panette”(1737) que perteneciese a IsaacStern (el mismo que estrenase esta obra y comprado para Capuçon por la Banca Svizzera Italiana), transitó por todos los estados anímicos, sonoridades y buen gusto desde sus primeras notas solo, esfuerzo y ejercicio interior más que extroversión y sin efectismos aparentes en una lección del maestro bien asumida por su alumno francés desde un perfecto entendimiento con Weilerstein y la OCL, contando con amplia percusión, reforzada para esta obra, funcionando como un reloj suizo, más unos solistas de primera en toda la cuerda (más el arpa), especialmente el diálogo con la chelista inglesa Catherine Marie Tunnell. Siempre de agradecer volver a escuchar a Bernstein en estas obras poco transitadas y tan vigentes como entonces, con la «firma» de Lenny en muchos pasajes más allá del jazz o las músicas judías.

Programar a G. Ligeti (1923-2006) sigue siendo un reto y más sus Ramificaciones para orquesta de cuerda (1968 por la exigencia técnica a una cuerda específica que debe tocar «desafinada» por exigencias del autor. Weilerstein se encargó de avisarnos antes de escucharla leyendo en perfecto español y haciendo gala de su «química con el público» que no intentásemos escuchar la música sino pensarla como un cuadro de Pollock, casi una sinestesia porque Ligeti siempre supone imágenes, personales o ajenas aunque el paralelismo pictórico y cinematográfico resulte más cercano a muchos, si bien Pollock tampoco convenza a quienes no les gusta Ligeti (quien siempre declaró «enemigo de las ideologías en el arte»). Lo dicho de abrir la mente y el oído. La OCL y Weilerstein volvieron a demostrar su calidad y simbiosis para esta partitura complicada que resultó necesaria y complementaria de un concierto «clásicamente heterodoxo» como en principio pensé titularlo.

Y es que cerrando el círculo estaría R. Schumann y su Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor op. 97, «Renana» con la orquesta realmente al completo (todos los refuerzos traídos para la ocasión), que nos dejaron una interpretación profunda, limpia, de tiempos bien resueltos, equilibrios a pesar del despliegue de metales con líneas melódicas siempre claras destacando la rotundidad emocional por el empaste alcanzado entre todas las secciones del Nicht schnell y la ligereza brillante del Lebhaft, sonido impoluto, equilibrado (bravo por el cuarteto de trompas con tres españoles), vivo pero sin excesos, paladeando timbres y dinámicas en una versión de ideas precisas que se transmitieron sin dudas desde el podio a la formación suiza en esta última sinfonía (aunque lleve el número tres) del romántico alemán cerrando la forma con la que el padre de la misma abría velada plenamente heterodoxa.

La propina ese Boccherini cinematográfico de la música nocturna de Madrid «traducida» por Weilerstein (a quien se lo rifan muchas orquestas mundiales) como de Oviedo, dejándonos nuevamente a esa cuerda camerística y virtuosa con protagonismo para los «segundos» y un tiempo vivo que permitió a los cellos sonar como uno pese al aire elegido. Tendremos que seguir a este premiado del Concurso Malko en 2009 porque los daneses siempre han tenido buen ojo (quizá oído) para los directores prometedores. Sobre la visión cultural de los regidores mejor no hago leña del árbol caído (espero álguien vea las consecuencias) pero ni conocen la historia ni se preocupan en estudiarla, aunque tampoco calculan la inversión (que no gasto) en publicidad que supone este Oviedo musical, amén del beneficio económico en muchas áreas (la propia donde debemos sumar todo lo referido al ocio como restauración, alojamientos, pequeño comercio, transporte, etc.) porque no suelen ser habituales de los conciertos, las óperas o las galas con entrada gratuita…

La grandiosa sencillez de Volodos

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Sábado 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos. Obras de Schumann, Brahms y Schubert.
Cada recital de Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es un placer para el oído y una lección de sencillez aunque el programa sea técnicamente endiablado además de profundo. El pianista ruso es un músico completo y haber estudiado también canto parece dotarle de un lirismo único que para los compositores y obras que trajo a Oviedo para inaugurar la temporada de plata de las Jornadas de Piano, resultó verdadera poesía musical o música poética permitiendo jugar con ese lirismo exento de palabras desde la pureza interior. El plantel de pianistas para estas jornadas que comenzaron en el Campoamor hace ya 25 años de la mano de nuestro añorado Luis G. Iberni es de primera, por lo que Arcadi Volodos tenía que volver a Oviedo y resultó el perfecto anfitrión.

Gestualidad contenida, humildad, sencillez hasta en el asiento, una silla austera casi como él mismo, que le frena cualquier ampulosidad, solamente algún giro de cabeza, un echarse hacia atrás para saborear cada pasaje, el pie izquierdo desplazado como en los conductores en tramos de autopista sin tráfico, pero siempre claro y rotundo, inmenso, íntimo, poderoso, grandioso y sobre todo plenamente romántico sin tics, con sonoridadades extremas graduando los volúmenes como nadie.
Las Papillons, op. 2 (R. Schumann) sonaron como doce microrrelatos (más la introducción), cada vals con identidad propia y tiempos variados sin perder ningún detalle, el balance entre manos y unos pedales expresivos pero también tímbricos, las dos Polonaise de clarividencia y premonición chopiniana por el pianismo de salón en que convirtió la pantalla acústica nuestro auditorio, incluso la luz tenue sumándose al intimismo, y de ese juego de mariposas de todos los colores y movimientos, carnavales literarios en el subsconsciente pero especialmente el Finale con las seis campanadas limpias mientras flotaban acordes y melodías que en el piano de Volodos hicieron de este joven Schumann un primer capítulo romántico (Daniel Moro Vallina en sus notas al programa titulaba «Tres generaciones del piano romántico»).

Con la misma pasión y aún más fuerza las 8 Kavierstücke, op. 76 de Brahms volvía la música sin palabras, el lied pleno de melodismo en cada capriccio e intermezzo, desgarradores y benevolentes, claros como un día de otoño, agitación y calma, claroscuros musicales que Volodos plantea con esa engañosa sencillez con que viste cada nota, cada acorde, cada frase, con unos desarrollos evocadores del «inalcanzable» Beethoven de Brahms y referencias al romanticismo vienés que tanto admiraría, pero con el lenguaje propio del hamburgués que este ruso grande en todos los sentidos, lleva a cotas inimanigables de belleza global. Con un respeto total a la partitura, las indicaciones de aire son el guión para plasmar su acercamiento a cada pieza y dotarlo de la unidad estética desde la diferencia en los caracteres, piezas habitualmente sueltas que por fin escuchamos juntas en una lección de música desde el piano cercano del ruso.

Y si con el joven Schumann más el maduro Brahms, ambos compositores para todas las formas de cámara o sinfónicas que parecían volcar su inspiración en el piano, tendría que ser el prolífico (pese a su prematura muerte) Schubert quien cerrase este trío romántico con su Sonata para piano nº 20 en la mayor, D. 959, el vienés siempre por descubrir, su idolatrado Beethoven o preparando el terreno a Chopin, ambos siempre presente en estas generaciones que hicieron del piano el instrumento romántico por excelencia, completa interpretación de un Volodos que domina este repertorio con el magisterio de la escuela rusa, la madurez del trabajo y la sencillez incluso en los pasajes más virtuosísticos. Cada uno de los cuatro movimientos sonaron increíbles, trabajando incluso el silencio como solo los grandes son capaces, un Allegro de clasicismo sonoro y pasión romántica, ligero y limpio pero también enérgico, un Andantino donde la emoción se conjuga a partir de un minimalismo que va tomando fuerza, recuerdo beethoviano del segundo movimiento de La Séptima desde el piano casi como un pianoforte por la búsqueda de sonoridades, igualmente de su «doncella muerta«, con un paso tranquilo nunca cansino gracias a esa pulsión única de Volodos antes del Scherzo, humor y alegría, la «broma» musical que incorporara el genio de Bonn a la forma y se quedaría con nosotros para siempre, también los constrastes extremos entre delicadeza y fuerza, pura inocencia con golpes de efecto, para finalizar con un Rondo. Allegretto. Presto rematando en este último movimiento una interpretación fabulosa, tres en uno por el catálogo de técnica al servicio de la música, limpieza siempre presente con un balance sonoro capaz de escuchar todo en el plano exacto con pedales siempre en su sitio, la claridad y hondura de los temas (casi «trucha» en el rondó), los cruces de manos para ampliar los contrastes melódicos y dinámicos, jugando con un rubato nunca exagerado que enriquece el discurso, y la explosión final virtuosa, poderosa pero siempre cristalina. Inenarrable Volodos romántico.

Además de la sencillez, innata en el ruso que nos ha «recuperado» un Mompou de referencia, no puedo dejar otros calificativos como agradecido y siempre espléndido porque tras el recital todavía nos dejó cuatro propinas. Primero el Minuet D. 600 de Schubert porque ya flotaba en el aire, delicadeza y sencillez en uno de sus regalos preferidos, después su inseparable Rachmaninov en una transcripción propia de la canción Zde’s khorosho, siguiendo esa música pura despojada del texto, para continuar con la Malagueña de Lecuona en versión propia del ruso que siempre hace las delicias del público (alguno me preguntaba por las elecciones más o menos conocidas de las obras y propinas en los conciertos) para finalizar con el «Siciliano» del Concierto en re menor, BWV 596 de Bach a partir del op. 3 nº 11 de Vivaldi, otra de sus propinas habituales, quintaesencia del sonido donde mucho es poco y con poco es posible la grandeza en manos de Volodos. Inolvidable.

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

Beethoven siempre llena

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Miércoles 19 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, Ensayo General XXV Concierto Premios Princesa de Asturias: Sonja Gornik (soprano), Olesya Petrova (mezzo), Daniel Kirch (tenor), Alexey Dedov (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), OSPA, Rossen Milanov (director). Sinfonía nº 9 en re menor, opus 125 «Coral» (Beethoven). Entrada con invitación.

Octubre en Oviedo es sinónimo de los Premios de la FPA y pese a la merma en la oferta musical que siempre va unido a ellos, no falta nunca este concierto que abre las puertas a todo el público en el ensayo general con todo lo que supone: agotadas las entradas con un lleno total en el auditorio para una obra que todos tenemos interiorizada aunque todavía existan personas que acuden por primera vez a estos espectáculos gratuitos (cuesten lo que cueste) lo que se nota en los aplausos entre movimientos o incluso interrumpiendo el conocido último movimiento donde aparecen coro y solistas. Pero todo sea por Beethoven y su Novena.
De este ensayo general donde se incluye el Himno Nacional para abrir y el homónimo de Asturias para cerrar debo comentar que duró 70 minutos, por lo que los «entendidos en la materia» pueden calcular los tempi elegido para la última sinfonía del genio de Bonn.

El maestro Milanov apuesta a menudo por aires extremos, lo que no siempre nos permite disfrutar al cien por cien páginas con mucha sustancia como esta Novena. El Allegro ma non troppo, un poco maestoso resultó más rápido que majestuoso aunque ya apuntó claramente el trabajo del sonido con unos cellos y contrabajos que me encantaron en cuanto a densidad y presencia, además de un equilibrio en todas las secciones que daban el paso al frente al mínimo gesto del búlgaro, nuevamente preciso y «yendo al grano», haciéndose entender sin dudas.
El Scherzo: Molto vivace- Presto sirvió para corroborar el excelente estado de la orquesta de los asturianos (con mi querida María Ovín de ayuda de concertino), realmente vertiginosa ejecución y trabajo de cada sección según el protagonismo de la partitura, una joya colocando este movimiento en segundo lugar.

Personalmente el Adagio molto e cantábile es de una belleza equiparable al segundo del «Emperador» donde la cuerda sonó aterciopelada y verdaderamente cantable, aunque tan «molto» que por momentos se cayó en tensión y emoción, lo que no impidió volver a degustar los primeros atriles pero y sobre todo ese sonido compacto de la formación capitaneada por Milanov en una temporada que promete.
El «esperado» Presto – Allegro assai nos trajo un cuarteto solista de perfecta pronunciación alemana para el texto de Schiller donde la mezzo de San Petersburgo repetía en este escenario aunque con una obra de exigencia e intensidad máxima pese al escaso tiempo de intervención. A favor de las cuatro voces su excelente empaste en cuanto a color, evidentemente con el paisano de la mezzo Alexey Dedov algo más protagonista y de color homogéneo además de buena proyección, bien en sus apariciones conjuntas pero devorados, sobre todo el tenor Daniel Kirch, por ese «tsumani» coral. En un ensayo general no suelen darlo todo y el jueves necesitará que su voz llegue al inmenso auditorio, más todavía con la sala polivalente abierta que influye en la percepción global, lo mismo que la soprano Sonja Gornik, de color algo metálico que le permite «sobresalir» en este maremágnum coral.
El Coro de la FPA se mostró poderoso y suficiente (aunque siempre vienen bien más voces graves) en presencia y calidad, solventes con un trabajo serio aunque el tempo tan rápido nos privase de más dicción (no sólo consonantes tiene el idioma de Goethe) y musicalidad, además de ligeras inseguridades en entradas que seguro serán corregidas en el concierto de mañana. Está claro que el «Coro de la Fundación» puede afrontar estas grandes partituras sin problemas, con dinámicas amplias donde los «súbito» fueron lo más destacado, así como unas voces blancas en registros extremos poderosas y claras de emisión sin excesos. Un aplauso para el coro que dirige el poleso García Miranda capaz de preparar esta formación para cualquier estilo e interpretación, dúctiles y verdaderos profesionales en un mundo amateur pero con una enorme experiencia.

La OSPA volvió a brillar en cada sección, con Milanov mimando el colorido al detalle (baquetas de timbales, flautas de madera o trompetas de llave por citar algunos), pero con una velocidad  excesiva que no empañó la calidad global, trabajando especialmente el fraseo en las cuerdas graves bien contestadas por violas y violines que dieron un resultado conjunto notable, además de la siempre segura madera y unos metales cada vez más compenetrados. Este jueves augura un concierto excelente y así lo deseo de todo corazón.

Redención final

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Viernes 14 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 1 OSPA, Natasha Paremsky (piano), Rossen Milanov (director). Rusia esencial I, obras de Consuelo Díez y Tchaikovsky.
Tras abrir puertas y el paso por el foso operístico comenzaba la temporada oficial de abono de la orquesta asturiana con si titular en un concierto que continuaba basado en un «esencial ruso» como Chaikovski más la casi obligada presencia contemporánea, esta vez española con la madrileña Consuelo Díez (1958), presente en la sala, y una pianista rusa de nacimiento pero totalmente norteamericana y con la que Milanov ya ha trabajado en los Estados Unidos.

Como viene siendo habitual, el sabor de este primero de abono me ha dejado luces y sombras. Pasión Cautiva (1997-2001) no me aporta nada nuevo a nivel compositivo, inspiración cervantina en tres movimientos explicados en las notas al programa incluidas de Juan Manuel Viana en la revista nº 15 de la OSPA (y links al principio con los autores), aunque reconozca que no haya afán descriptivo (cada uno puede pones sus imágenes) y mucho trabajo previo por «las proporciones y relaciones numéricas elaboradas a partir de datos y cifras significativas en la vida del autor de El Quijote«, obra por otra parte ahondando en texturas y ritmos que son tendencia en muchos de los compositores de mi generación y que la orquesta asume sin mayores dificultades, con una percusión siempre acertada. El problema pienso que se encuentra en la gestualidad del maestro titular, poco clara demasiadas veces que si le intentamos seguir no concuerda lo visto con lo escuchado, demasiada amplitud y poca precisión que se contagia a la orquesta, lo que tendría consecuencias nefastas en la siguiente obra, ya conocida y esencial.

concertar –verbo transitivo-

1.Acordar [dos o más personas] algo que se va a hacer.
«concertar una cita; concertar la paz entre dos naciones; los reyes concertaron el casamiento de sus hijos»
2.
Hacer que dos o más cosas armonicen o actúen de forma conjunta.
«solo si concertamos nuestros ideales conseguiremos la paz»
3.
GRAMHacer que una palabra variable de la oración concuerde con otra palabra.
«concertar el nombre con el adjetivo»
4.
verbo intransitivoArmonizar o actuar [una persona o cosa] de forma conjunta a otra u otras.
«casi todas sus determinaciones concertaban con el estado de la naturaleza»
5.
GRAMTener concordancia las palabras variables de una oración.
«en español el adjetivo concierta en género y número con el nombre»
6.
verbo pronominal(concertarse)

Ponerse de acuerdo [una persona] con otra para hacer algo.

«el que induzca a una potencia extranjera a declarar la guerra o se concierte con ella para el mismo fin, será castigado con pena de reclusión mayor»

El cierre de la temporada anterior me pareció nefasto por la incapacidad en concertar el primero de Brahms y otro tanto ha sucedido con este de Chaikovski, con una Paremsky que intentó mandar, luchó en encajar y terminó divergiendo en una interpretación que no pasará a mi memoria particular. El Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23 (1874-1875) requiere pactos previos y una lectura clara para alcanzar cotas de calidad, pero el entendimiento mutuo es obligado además de la escucha atenta. En la entrevista para OSPATV la pianista confesaba su dedicación profesional desde esta obra en su escucha infantil rusa, sueño hecho realidad con la pasión que obliga a darlo todo en este concierto inmenso que domina pero no transmitió, un sonido no siempre claro desde el empleo de unos pedales que no ayudaron a la limpieza pero sí con la fuerza capaz de luchar con la masa orquestal a la que se impuso en más de una ocasión. La dirección no ayudó en la precisión obligada, necesidad de marcar con claridad en la derecha y templar con la izquierda que no se mantiene, máximo con los endiablados cambios de tiempo no siempre interiorizados por todos. La frescura y pasión de la pianista puede rebosar hasta el punto de hacer muy difícil la concertación, pero no ya en los movimientos extremos, el Allegro de inicio algo precipitado para mi gusto o el «con fuoco» que pareció «quemarse», sino en el central Andantino semplice reposado antes del Prestissimo, puesto más que nunca es obligado anticiparse en el gesto para que todo encaje, concierto de concertar y no desconcierto, esfuerzo casi sobrehumano en escritura e interpretación, totalmente virtuosa además de rica en su gama dinámica y un espectáculo sin el premio del disfrute del que suscribe, porque ya sabemos que no hay dos días iguales para una misma obra e intérpretes, magia única indescriptible. Sonoridades pianísticas eclipsando las orquestales con las que debe compartir sin eclipsar.

La Mazurka nº 40 en fa menor, op. 63 nº 2 (Chopin) que nos regaló no supuso cambios en mi opinión sobre esta intérprete pasional, virtuosa aunque algo desenfrenada y ahora contenida, más clara en el lento y bello discurso del polaco, una de las muchas jóvenes pianistas que buscan y encuentran un hueco en las salas de concierto para una carrera que tiene mucho camino por delante.

Menos mal que la Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 «Patética» (1893) del ruso si alcanzó la esencia buscada, por fin «mi» Milanov esperado, dominador de memoria de una partitura donde el gesto fue claro y preciso y encontró la respuesta esperada de su orquesta para una interpretación de extremos en los tempi, exigente en sonoridades y verdaderamente rusa para una plantilla ajustada que lo dio todo, patetismo de padecimiento por parte de todos hecho obra de arte. Impecables los solistas, seguros Sirva como anécdota la ruptura de una cuerda del ayudante de concertino este viernes (tuvo tiempo de cambiarla) como ejemplo de la fuerza exigida a toda la familia, menos numerosa de la deseada para esta sexta que es un testamento en sí del atormentado Chaikovski, levantando ¡como siempre! los aplausos al finalizar el Allegro molto vivace (la tensión acumulada no entiende de buenas costumbres) antes de la despedida angustiosamente bella del Finale: Adagio lamentoso. Ojalá que el concierto de piano hubiese tenido la misma implicación y exactitud para habernos brindado «otro primero», y aunque haya momentos donde los brazos del maestro nadan en una emotividad ya implícita que provocan desajustes o inseguridades en las entradas, el pulso se mantuvo marcial en la batuta y el terciopelo de la izquierda fue consolidando una más que digna «sexta» esencial que fue asentándose a lo largo de los cuatro movimientos.

El jueves afrontarán «la Novena de Beethoven» con el Coro de la Fundación y cuatro solistas de «esencia rusa» por descubrir en el Concierto Extraordinario presidido por SS.MM., cita anual ya consolidada y con ensayo abierto al público el miércoles 19 a las 20:30 horas tras recoger invitaciones (habrá 1.650 disponibles) que seguro llenarán el Auditorio, esperando lo mejor, como siempre, de nuestra mejor embajadora, la OSPA de todos los asturianos.

Explorando pasiones

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Jueves 13 de octubre, 19:45 horas. Sociedad  Filarmónica de Oviedo, Teatro Filarmónica, concierto inauguración de la Temporada 2016-17, concierto 12 del año y 1.944 de la Sociedad en su año 110. Juan Barahona (piano). Obras de Bach, Schumann, Albéniz y Prokofiev.
Es un placer comprobar el crecimiento de los artistas desde sus inicios, ver la progresión basada en el duro trabajo y la búsqueda de la perfección pero también de un lenguaje propio que puede llevar toda una vida. Juan Barahona es músico de nacimiento y luchador incansable que ha decidido tomar el camino difícil. El programa que trajo en su vuelta a la centenaria sociedad carbayona era exigente, algo habitual siempre, con retos por tratarse de cuatro compositores y épocas tan distintas en su enfoque como en su interpretación, ordenados cronológicamente.

Abrir concierto con J. S. Bach y su Concierto Italiano en Fa Mayor BWV 971 es comenzar en lo alto, máxime cuando al pianista le «fusilaron» los periodistas gráficos con flashes pareciendo olvidar lo importante que es la concentración para los músicos, y teniendo que pedir por favor no continuaran en esa línea nada más finalizar el Primer Movimiento (sin indicación de tempo) que fue mucho más que un calentamiento de dedos. Ya retomado el hálito perdido el Andante le sirvió para reencontrarse con el intimismo cálido del kantor, limpio y claro en fraseos y sonido con ese toque romántico al que lleva esa pasión contenida, sonido de clave en el piano con cada nota exacta, esculpida y cantabile, totalmente contrapuesta al Presto brillante, virtuoso por vertiginoso y con todo el empuje vital de una juventud madura basada en el estudio del sonido. Impecable el respeto a la partitura desde un piano de hoy en día y confirmación de muchos calificativos que ya hice en su tiempo como «pintor y escultor de sonidos».

Las «Escenas del bosque» (Waldszenen Op. 82) de Schumann son nueve cuadros románticos donde la búsqueda de un sonido propio se hace más clara, con una técnica asombrosa llena de ricos matices, un pedal siempre en su sitio y unos climas bellos además de diferenciados, paisajes que exploran las cuatro estaciones árbol por árbol hasta completar un bosque global en intención con el mínimo apoyo de una partitura recostada en el arpa para no olvidarse ningún color. Tras la Entritt casi marcial, «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer) límpido y vibrante, ágil además de claro antes de las «Flores solitarias» (Einsame Blumen) delicadas, cantarinas antes de las sombras de un «Lugar embrujado» (Verrufene Stelle) sacando graves inquietantes cual ocres otoñales con rayos de sol que no calientan pero dan brillos, antes de encontrar un claro de «Paisaje amigable» (Freundliche), buen tempo sin perder el paso ni el aire y descansar en el plácido «Albergue» (Herbergue), melódicas manos que alternan protagonismo sin perder presencia. Después vendrían «El pájaro profeta» (Vogel as Prophet), tintas impresionistas, perlas y silencios, ligados de un trazo ejecutado cual acuarela por la inmediatez y frescura, la triunfal «Canción de caza» (Jaglied), martilleando el paso cual orquesta en blanco y negro con toques de trompa y la alegría de un buen día antes de la «Despedida» (Abschlied) cual canción sin palabras, nocturno elegíaco, claroscuros ligados a sonidos envolventes para un Schumann con el que Juan Barahona se siente cómodo y entregado.

Avanzando en el tiempo y también en la exploración desde el trabajo, si Schumann parece tener en Bach el referente, sus «apuntes impresionistas» nos llevarán a nuestro Albéniz con una página digna de estar en Iberia como es La Vega (h. 1887), del acento alemán al francés de un español universal como la idea de una Suite «Alhambra», toda la dificultad técnica y expresiva en apenas un cuarto de hora capaz de desatar pasiones diversas, ataques con fuerzas extremas y contornos difuminados, la masa sonora cual paleta que se fundirá en nuestro oído desde esa forma tan peculiar de Barahona por esculpir cada nota. Unamos al trabajo diario el tiempo que siempre da reposo y madurez en la visión de esta partitura para volver a asombrarnos.

Y el salto a la Rusia de S. Prokofiev parecía culminar este viaje idiomático explorando el mapa pianístico que Juan Barahona sigue trazando, nuevos acentos para una endiablada Sonata nº 6 en La Mayor Op. 82, arrebatadora y tormentosa, aterrradoramente voluptuosa y rítmica, cuatro movimientos que pasan por todos los estados de ánimo, tumultuosa interior y exteriormente. El Allegro moderato tiene el sello inconfundible del ruso, salto del impresionismo a los coqueteos atonales disfrazados de melodías que deben salir a flote cual cubismo en el piano, ritmos de ballets sinfónicos reducidos a la geometría colorista; el Allegretto buscando graves limpios sobre los que danzar sin perder el equilibrio; el Tempo di Valzer Lentissimo un oscuro objeto de deseo con profundidades cinematográficas donde el aire se corta antes del espectacular Vivace, virtuosismo en todo el teclado, pulsión desaforada, guiños de sarcasmo y dibujos sueltos de trazo, bocetos sinfónicos desde la soledad angustiosa que estalla en fuegos fatuos convertidos en artificio por un Barahona dominador y enamorado de esta satánica sonata, trabajando un acento ruso que tiene interiorizado.

Había que cruzar el charco desde Europa hasta la Argentina cosmopolita de Ginastera y disfrutar la Danza de la Moza Donosa (segunda de las «Tres Danzas Argentinas»), herencias y fusión con el folklore, mestizaje bien entendido por un Juan Barahona más íntimo y recuperado del demonio ruso. Toda una tarde llena de búsquedas sonoras y pasiones por explorar, calentando motores rusos para volver con la OSPA en abril y de nuevo Prokofiev, esta vez el segundo de piano.

Dudoso Fausto proyectado

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Martes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de Cultura de Mieres, proyección en vivo desde el Teatro Campoamor de Oviedo, LXIX Temporada de Ópera: Fausto (Gounod), segunda función.

Volvía la ópera transmitida en directo desde el coliseo ovetense aunque con un título de esos que no enganchan demasiado al público en general, y que en Mieres congregó a unas 40 personas, muchas de las cuales se fueron al descanso, perdiéndose lo mejor que siempre está por venir.

Quiero insistir en este tipo de iniciativas pero con varias reservas. Primero que la iluminación para el teatro no es la mejor para la pantalla (donde hubo auténticos fogonazos), lo que sumado a una pésima realización no es equiparable a las proyecciones profesionales donde se cuida todo para después comercializarlo. Puedo entender la precariedad de medios como tener solo tres cámaras pero son imperdonables los cambios sin sentido en ellas olvidando quién está cantando, zoom no siempre adecuado y no digamos  los enésimos saltos de eje además de enfocar las espaldas de los cantantes o cortarles directamente. Hay profesionales en Asturias capaces de una realización más cuidada y no dejar esta «promoción» en manos equivocadas, al menos para una ópera (y ya viene de tiempo). Lamentar también la pantalla en negro durante los cambios de decorado. Felicitar los subtítulos aunque con ligeros despistes.

La toma de audio fue buena aunque sin olvidar que los micrófonos están sobre el escenario, recogiendo todo tipo de sonidos, y para el espectador no muy ducho en el tema puede parecer que los cantantes siempre suenan más que la orquesta, en segundo plano pero no tanto, totalmente distinto del irrepetible directo en el teatro.
De esta historia de Goethe bastante conocida por el tema de vender el alma al diablo con el protagonista que da título a la obra, Faust, dudando de todo y queriendo alcanzar la juventud y todo lo que conlleva en una autodestrucción con final no exento de moralina como la pérdida de valores, siempre vigente, de tristes finales en los amores y sobre todo cómo todo está corrupto, daría para puestas en escena de lo más variadas si tenemos en cuenta ese «mensaje», pero esta vez Curro Carreres pienso que no acertó o se quedó a medias, algo bastante compartido por muchos de los que acudieron e incluso patearon la primera función dominical, aunque pueda servir curiosamente de publicidad por esa teoría de que lo viral pone de moda algo que podría pasar desapercibido.

Si algunas escenografías intentan actualizar acciones (algo que yo no entiendo en muchos títulos) parecen no molestar o «chirriar» aunque siempre queda cerrar los ojos y quedarnos con la música, privándonos de la propia esencia operística, esta vez no convenció, de nuevo olvidando que la acción debe cantarse pero nunca obligando a un esfuerzo extra como poner de espaldas a cantantes y coro, incluso con baile aumentando el ejercicio físico para una buena emisión, incluso sentado en una silla de ruedas que debe moverse mientras se canta.
Mucho ambiente de moda con un Satán Lagerfeld de raza negra y pinchadiscos de un vals nada discotequero ni de pasarela, o de una mal llamada orgía de un Baco con rayos de niño Jesús (cosas peores hemos visto), un pase de modelos del avilesino Alberto Valcárcel que no encajaba con los «esperados» soldados, matronas y estudiantes borrachos, y no digamos el abuso de los teléfonos móviles sacando selfies que con ser un reflejo de la sociedad actual, también cansan, haciendo de la primera parte un gran bostezo.

Tras el descanso todo resultó algo más atemporal y llevadero, apenas unos neones y poco más (para un Guantánamo aún abierto), unido a una parte vocal que fue también mejorando aunque no consiguió llegar a convencerme del todo, puede que por estar con la mente recordando al reciente y sorpresivo fallecimiento del joven David López Linares, amigo de la música en las redes sociales cuyo espíritu espero permanezca disfrutando de la luz eterna y renacido como en el final de la ópera.

Entrando en lo estrictamente musical, de todo el reparto me quedo en primer lugar con Borja Quiza entregado desde el principio, cantando «dentro del servicio» (velado) o en una silla de ruedas demostrando poderío físico, escénico y vocal, atravesando un momento artístico de primera, papel romántico y la conocida aria Avant de quitter ces lieux perfecta.

Bien el Mefistófeles de Mark S. Doss con una presencia ideal para su papel bien cantado, convincente y verdadero diablo vestido de Lagerfeld. Tiene buen timbre el tenor rumano Stefan Pop aunque pienso que puede ganar enteros y seguridad en los agudos, con un dúo de amor sin pasión y poco encajado con la soprano (pendiente del monitor más que del tenor), especialmente el final. Habrá que seguir su progresión.

Maite Alberola debutaba esta Margarita que solventó de menos a más, más cantada que sentida, faltando el dominio que dan las funciones, con un «aria de las joyas» más de bisutería que piedras preciosas (con Siebel y Marthe en escena aunque luego se asombra del baúl con el que ya ha estado jugando) pero excelente y dramática en su aria final aunque algo insegura en el trío previo a la bajada del telón.

La ovetense María José Suárez es otra de las voces que aseguran calidad y oficio sobre las tablas, una Marthe contundente ideal para su color, empastando y apoyando siempre en escena. Desigual Lidia Vinyes Curtis que se limitó a hacer elegante una partitura a la que puede sacarle mucho más juego; finalmente correcto Pablo Ruiz. Finalizar apuntando lo difícil que puede resultar cantar en francés y evitar nasalizar.

El coro que dirige Elena Mitrevska también sufrió lo suyo, tanto las voces blancas fuera y dentro de escena, como las graves, algo retrasadas con respecto a la orquesta, en cierto modo pesantes aunque se vinieron arriba en el famoso coro de soldados. Supongo que faltó más tiempo para preparar este título tras el duro Mazepa que bordaron, pero su juventud y profesionalidad les permiten afrontar estos compromisos aunque no haya sido de los inolvidables.

Finalmente la Oviedo Filarmonía en foso pareció estar demasiado comedida (recuerdo los micrófonos enfocados al escenario) y casi adormecida, con un Albiach limitándose a concertar pero sin sacar sonoridades más románticas de las que quisiera incluso en las oberturas, por momentos frenando tiempos que restaron brillantez al conjunto. Está bien mimar las voces pero sin menoscabo de una instrumentación que en vez de engrandecer se limitó a subrayar.

Quedan tres funciones incluyendo el «viernes joven» con segundo reparto de este Fausto que volvía a Oviedo desde hace muchos años, y devolvía a los pueblos la posibilidad de vivirlo gratis desde casa, porque realmente parece que la ópera está de moda.

Faust: Stefan Pop
Méphistophélès: Mark S. Doss
Valentin: Borja Quiza
Wagner: Pablo Ruiz
Marguerite: Maite Alberola
Dirección musical: Álvaro Albiach
Dirección de escena: Curro Carreres – Diseño de escenografía: Italo Grassi – Diseño de vestuario: Alberto Valcárcel – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo
Nueva producción de la Ópera de Oviedo en coproducción con la Ópera de Tenerife

Dorada noche blanca

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Viernes 7 de octubre, 20:30 horas. Noche Blanca 2016, Oviedo: Iglesia Santa María la Real de La Corte. Coro «El León de Oro», Marco A. García de Paz (director): «Intimate & Brilliant. El lenguaje eterno del alma», obras de Nicolas Gombert, Orlando di Lasso, Dominique Phinot, Manuel Cardoso, T. L. de Victoria, Cristóbal de Morales y G. Palestrina.

Como «leónigan» confeso tenía muchas ganas de volver a escuchar al mejor coro español de los últimos años (no me ciega la pasión), juvenilmente maduro y con una cantera o banquillo que le permite mantener sus cualidades primigenias siempre agrandadas con el duro trabajo para seguir creciendo en busca de la perfección. Hace tiempo comenté que hay un antes y un después de Peter Philips, sobre todo en el repertorio renacentista que ha enamorado a los ingleses, algo como vender nuestro queso asturiano en Suiza o Francia, porque este repertorio tiene mucha hondura además de dificultad enorme solamente al alcance de muy pocos, y nuestro coro gozoniego puede afrontarlo con la calidad británica sumándole la pasión española, tal vez la fórmula del triunfo.

Los motetes que conformaban el largo concierto (alcanzó el aforo completo y cola previa), exigen claridad en la dicción del texto latino y religioso, subrayándolo, engrandeciéndolo, no ya en las partes homofónicas sino, y especialmente, en los contrapuntos que además obligan a un color homogéneo en todas las voces, independientemente de cantar a 4, 5, 6 voces… a doble coro o en formación de cámara. El León de Oro tiene capacidad, técnica, empaste y todas las virtudes corales que son su sello propio. Sumemos el exigente y casi diabólico tactus que supone un entendimiento total con el director para alcanzar estas cotas de virtuosismo vocal por lo que no es de extrañar que P. Philips quisiera volver a trabajar con este coro un programa que repasa estilos y escuelas para llevarlo al disco el pasado mes de septiembre (que probablemente se edite en un Reino Unido en pleno «Brexit», otro hito del LDO equiparable al comentado de nuestros quesos), diez obras que el coro fundado en Luanco ha trabajado con tanta perfección que hasta el oro quedó «niquelado». El título del concierto (y del disco) expresa muy bien las dos partes, con algunas obras que ya tienen en su repertorio hace tiempo pero que con los años han adquirido el poso interpretativo tan característico de «los leones».

El Intimate lo conformaron cinco motetes luctuosos y lamentaciones de Semana Santa, hondos, expresivos y reflexivos, obras a seis voces como las del gran Orlando di Lasso al que tienen «pillado» hasta el mínimo detalle recreándose en los matices hasta el grado sumo, o el «descubrimiento» del franco-flamenco Phinot con un doble coro que volvió a demostrar la versatilidad de una formación que suena increíble en cualquier combinación y número, siempre buscando el equilibrio sonoro perfectamente reflejado en la acústica de «La Corte«. Me gustó también escuchar al portugués Cardoso porque completaba este repaso de escuelas que bebiendo de la misma forma y texto son capaces de crear obras distintas en su expresión que el LDO transmite con generosidad y magisterio, máxime en una obra a seis pletórica de luminosidad vocal.

Un breve descanso para Brilliant con nuestro «siglo de oro de la polifonía» con Lasso y Palestrina pareciendo pugnar por componer himnos marianos que las luces «ad hoc» del templo de la Plaza de Feijóo reforzaron iluminando la imagen de Nuestra Señora en la Festividad de la Virgen del Rosario, motetes cual vidrieras vocales por los contrastes perfectamente cantados en combinaciones variadas, sin cambios de color que el directo disipó cualquier duda de montaje en estudio cuando llegue el disco, juegos panorámicos de homogeneidad en emisión y empaste pero también en intención y emociones. Si los italianos juegan con el virtuosismo polifónico, Morales y Victoria resultan no ya tridentinos por obligación sino escurialienses férreos capaces de alturas y brillo propio a doble coro, fortaleza en los graves frente a la luz de las voces blancas.

Bisar el «aleluya» del Regina Coeli resultó el colofón ideal de un concierto hondo, exigente, para paladear en cada obra, confirmando que este «león» no solo ruge sino que es capaz de poner el oro a esta primera noche blanca. El sábado en el Museo de Bellas Artes, Aurum, la cantera femenina con Elena Rosso volverán a corroborar el refulgente momento vocal con un futuro asegurado a largo plazo en la gran noche cultural ovetense.

Programa:
«Intimate»
Media vita (Gombert)
Media vita (Lasso)
Lamentations (D. Phinot)
Lamentations (Cardoso)
«Brilliant»
Regina coeli (Victoria)
Regina caeli (Morales)
Regina caeli (Lasso)
Laudate pueri (Palestrina)

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