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Muti: una lección de vida

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El Faltstaff de Verdi en Oviedo con el maestro Riccardo Muti es historia desde el momento de su programación, noticia en todos los medios de comunicación y todo un acontecimiento nacional para los melómanos en general y operófilos en particular, siendo cita ineludible a pesar de las fechas en este tránsito de mes con luna llena, inicio, final o continuidad vacacional.

La Asociación de Directores de Orquesta Españoles (AESDO) que presiden Cristóbal Soler y Óliver Díaz lograron organizar el mismo día de la primera representación verdiana un homenaje  y encuentro con el gran Muti en el Salón de Té del Teatro Campoamor, con el apoyo del Ayuntamiento de Oviedo, Cosme Marina y la representante del director napolitano) que resultó toda una lección no ya de música y de Verdi, que lo fue, sino de vida y pasión mediterránea a cargo del maestro napolitano, una hora para haber grabado cada palabra, cada gesto, desde la cercanía de los GRANDES y la sabiduría de quien conoce y defiende como nadie las óperas de su compatriota.

Difícil reflejar la emoción en el ambiente, la escucha casi religiosa de los presentes, la humanidad del Maestro, con mayúsculas, despojado de la batuta e imbuido de la vida más allá de los pentgramas, ese Don Riccardo que puede decir sin equivocarse que «el director no debe crear« (en entrevista de Rubén Amón para el diario El Mundo, hoy también presente en Oviedo junto a muchos críticos, empresarios y dirigentes musicales).

En un italiano comprensible, con algunas palabras en español, no importa el idioma cuando todo es tan vivido, fue llenando de anécdotas e historias donde se mezclaban con naturalidad pinceladas históricas que ayudaron a entender más a Verdi, la importancia de Vincenzo Lavigna, alumno de Paisiello y lo que supuso la escuela napolitana, el sur frente al norte, el Milán perteneciente al imperio austrohúngaro donde Mozart era «ciudadano» frente al Verdi «extranjero» rechazado como alumno de piano en su Conservatorio, el compositor romántico de escuela clásica, el escritos de todas su óperas para el público excepto la última Falstaff  para él mismo como auténtico testamento.

Volvió a recordarnos Muti la «escritura mozartiana» de Verdi, conocedor y estudioso de los cuartetos del genio de Salzburgo, de los de Haydn y también de Beethoven como referentes siempre al lado de la mesa de trabajo en Roncole, y el Falstaff como la ópera más difícil de todas que inspira y acerca a Debussy o Stravinski por una modernidad increíble que requiere un control absoluto de la verticalidad de la música, el texto como protagonista en esta «ópera de cámara» ligera y profunda.

No faltó el sentido del humor del Maestro criticando el poder visual, la imagen, olvidando que lo importante es la música, y hacer referencia a muchos colegas de gesto grandilocuente en esta moda de la imagen que encandilan al público, cuando precisamente es la letra con la música exacta la protagonista que apenas requiere un gesto mínimo, o cómo en los teatros los espectadores miran los sobretítulos olvidándose de la escena, exigiendo que todos conozcan el argumento con antelación… No podía olvidar a Mahler, admirador de las partituras de Verdi por su clasicismo, no solo el ritmo sino la expresión, cada nota con su emoción, sin renunciar al común Mediterráneo, los orígenes griego y romano de nuestra cultura frente a los «tedescos«, por lo que «Grecia debe estar en Europa» sin falta de ser economista ni político.

Bromeó incluso con Rigoletto y la famosa aria La donna è mobile, criticada como «vulgar» pero no estúpida, una canción del pueblo que está ahí por el momento y el personaje, algo que no debemos olvidar. Y lo mal que trató la vida al de Busseto, los críticos de Londres o París afirmando estar ante la peor ópera de su vida, el buscado enfrentamiento del público prefiriendo la «intelectualidad» a Wagner antes que a Verdi con todo el sufrimiento causado que le tuvo veinte años en silencio…

De los intérpretes, casi como avisando de la función que vendría, les pide a todos que tengan «el diablo en el cuerpo«, esa pasión y sentir de nuestra cultura, que no es ni circo ni inferior a las otras «del norte», Nápoles también como herencia española, saber escuchar y vivir frente a la exigencia, porque Verdi no juzga, habla y reconforta, Beethoven exige… algo que podemos compartir todos los presentes.

Tampoco faltó el enfoque espiritual de Verdi, creyente en un dios no solo católico, judío, más bien la energía o fuerza superior, cómo sino podría haber compuesto su Requiem, y por supuesto la rúbrica musical del acorde de do mayor, acorde de paz y de luz que tantos otros compositores utilizarán con este sentido. La vida no se puede entender sin el amor, y aparece en todas las óperas del compositor parejo a su edad, todos los personajes (masculinos, femeninos, coros) son el propio Giuseppe, autobiográficos, citando La Traviata como la experiencia propia de la negativa a sus segundas nupcias con Giuseppina Strepponi como ejemplo, y por supuesto este Falstaff donde «todo es burla» cerrando ese círculo vital y amoroso.

Un placer escucharle tararear muchas citas al hilo del relato, siempre sentido y compartido. Nos supo a poco y aún hubo tiempo para más emociones, como el programa de su debut como alumno-director allá por 1966 que le trajo su compañero de estudios Vicenzo Menghini, fagot de la orquesta de La Scala -como también su padre-, afincado en Deva (Gijón) hace años, departiendo largo y tendido sobre las vivencias de entonces, de Antonino Votto, a su vez discípulo de Toscanini, que rejuvenecieron ambos tras su anterior encuentro en 2011.

Las fotos con todos los presentes, la cordialidad y amabilidad tras una lección que continuó casi hasta la hora de comer a las puertas del teatro, con las caras de sorpresa de transeúntes y visitantes (como «Pauline Viardot» espectadora de excepción) sabiendo que a las 20:00 horas de este viernes 31 de julio se levantaría el telón del Campoamor…

Pero esta es otra historia…

Gracias a la AESDO por hacernos partícipes de algo tan especial.

Músicas en verano, toma uno

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Finalizada la temporada ordinaria, entendiendo como tal la coincidente con mi curso escolar, el verano también tiene su hueco musical en mis vacaciones, siendo habitual lecturas variadas a las que dedicaré alguna entrada, escuchar Radio Clásica (ahí está Bayreuth o los PROMS siempre completados por unos comentarios del magnífico José Luis Pérez de Arteaga que continúa asombrándome cada vez que le escucho), pero donde tampoco faltan otras retransmisiones «on line» o en streaming, así como una agenda veraniega de ciclos que llenan muchos festivales, algunos también gracias a Internet en la pantalla del ordenador con sonido conectado a la cadena de música, y por culpa de la dichosa crisis, recortes, sueldo congelado hace años pese a los calores, pérdida de poder adquisitivo y demás «robos consentidos», también tengo recitales y conciertos cercanos, donde el Falstaff de Verdi que dirigirá Muti en Oviedo me recortó parte del presupuesto estival, pero no podía faltar a esta cita única en España desde casa, que contaremos con detalle como es costumbre, incluso algunos más desde las páginas del diario La Nueva España.

Quiero comenzar recordando el Gianni Schicchi con escenografía de Woody Allen (que estuvo de turismo por Asturias despreocupado de la capital) desde el Teatro Real en «El Palco de La2″ el pasado día 12 de julio que también pude seguir en la propia web de RTVE (de donde son las capturas de pantalla), precedido de unos fragmentos -ni siquiera completo– del llamado «concierto» (!) de Plácido Domingo que parece pegó la espantá como protagonista, intentando complacer a los que pagaron su entrada con este «formato«, supongo que sin hacerles mucha gracia ni tampoco a los compañeros de reparto que tuvieron más trabajo del previsto.

Olvidando críticas que siempre son muy distintas del auténtico e inigualable directo, me hubiera gustado que hubiesen retransmitido también las Goyescas de Granados que completaban el programa doble, en un encaje de función algo difícil de entender. Mi apuesta hubiese sido Il trittico pucciniano al completo, como debería ser «lo habitual».

En el reparto estuvieron una convincente Maite Alberola como Lauretta, y el «sustituto» Lucio Gallo, más que correcto en el papel protagonista aunque me hubiese encantado tener a Luis Cansino de suplente porque está en un momento vocal excelente (el actoral lleva tiempo), como demostró en su impecable Marco. También la mezzo asturiana María José Suárez encarnó con seguridad y convencimiento a La Ciesca, para entender lo importante de un reparto equilibrado que augure un resultado total más que aceptable (también quiero citar al tenor barcelonés Albert Casals como Rinuccio o a la mezzo Elena Zilio en el papel de Zita), y una puesta en escena algo oscura (al menos en pantalla) con la dirección de Giuliano Carella al frente de una OSM titular del teatro que sonó siempre en su sitio, aunque hubiese cortes en la retransmisión y una toma de sonido no todo lo buena que cabría esperar del ente público que todos pagamos con nuestros impuestos.

Totalmente distinta la siempre irrepetible Traviata verdiana desde el Liceu retransmitida al aire libre en varios lugares de Cataluña y en el Canal 33 de la televisión autonómica catalana la noche del 18 de julio, con interacción en Twitter© (#Traviata33 y #liceualafresca) realmente interesante como encuentro de melómanos de todo el mundo con escenografía conocida de McVicar también algo oscura aunque la luz de la partitura y la entrega de todo el reparto fue digna de recordarse.

La conexión estuvo precedida del «introito» a cargo de Ramón Gener que tras su catalana «Òpera en texans» ha dado el salto nacional (con perdón) con «This is Opera».

Con todo mi arsenal tecmológico desplegado (ordenador, tableta y móvil) pude disfrutar escuchando, capturando pantallas y realizando comentarios desde la comodidad de casa, destacando la Violeta de la soprano rumana Anita Hartig, enamorándonos a todos por entrega y carisma, el Alfredo del tenor jerezano Ismael Jordi creciéndose en cada intervención, con un color vocal realmente hermoso, y un Giorgio Germont poderoso de Gabriele Viviani que sin ser Leo Nucci («el barítono«), a los que también escuchamos en Oviedo, completó un trío protagonista equilibrado, creíble, sin sobreactuaciones.

Como siempre los mal llamados secundarios lograron una representación para recordar, con el Gastone asturiano Jorge Rodríguez-Norton entre ellos.

Evelino Pidò fue el responsable musical al frente de la orquesta y coros del Liceu que completaron La Traviata de realización impresionante para alcanzar un éxito que llegó a millones de espectadores gracias a estas iniciativas que deberían convencer a los ignorantes recalcitrantes, algunos metidos en política, que la ópera es accesible a todos los públicos y no es el espectáculo de élite que algunos quieren seguir manteniendo para un alejamiento de la realidad en busca de populismos y prioridades mal entendidas. No hablaremos de las subvenciones para la cultura, que es un derecho, ni todo el empleo que genera la música en todos los países, auténtica inversión y motor de una sociedad que se ha sacrificado para tener algo irrenunciable, como otros logros que con la disculpa del momento intentan quitarnos.

De la pasión por la música y más por la ópera hay que dar la bienvenida a un nuevo blog, El palco número 18 que curiosamente arranca con La Traviata de Verdi, como no podría ser menos, a cargo de otra apasionada que firma «Pauline Viardot«, con quien seguimos tuiteando después de «la fresca». Sólo tenemos esta vida y debemos vivirla en plenitud y apasionadamente, porque de lo contrario sólo nos quedará ignominia, un erial oscuro y  arrasado sobre el que no volveremos a poder construir absolutamente nada.

Defender la música es apostar por el futuro. Disfrutarla ya es otra cosa que requiere educación, tiempo, y sobre todo querer. Desde aquí continuaremos…

Granito mierense en el estreno

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Domingo 21 de junio, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón. Concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica de Asturias (OFA), Antonio Ribera Soler (director). Obras de Beethoven, Schubert, Rossini, Verdi y Juan Carlos Casimiro. Entrada: 16 €.

Comienza el verano en el Día europeo de la música y nada menos que con el estreno de una nueva orquesta con epicentro en el Conservatorio de Música y Danza gijonés, siendo el profesor de clarinete y director Antonio Ribera Soler su primer titular, continuando una formación por y para jóvenes que no pueden seguir esperando más oportunidades, dando forma a un proyecto con distintos apoyos que para su bautizo quiso programar una muestra de su potencial: sinfonismo, ópera y música asturiana de compositores actuales, contando con invitados de distintas localidades que no podían faltar a esta puesta de largo.

Mi primera queja será para la acústica que no ayudó para apreciar al detalle los valores que atesora una formación que respira música por todas partes. Hace 42 años podía escuchar en este mismo teatro precisamente una «Quinta de Beethoven» con la Orquesta Nacional de Eespaña y el recordado maestro Frühbeck al frente en un concierto de los que se quedan grabados a fuego en mi memoria musical, en un recinto que presumía de tener una sonoridad única, tristemente perdida con una remodelación muy cómoda a la vista y traseros pero cargándose uno de los valores que atesoraba esta sala. No es posible que una masa sonora como la que Casimiro presenta en sus obras quede apagada, amortiguada y casi con sordina para unos tutti que deberían inundar y poner los pelos de punta. De los metales no digamos lo poco presentes que se escucharon no ya por estar en el mismo plano que el resto sino precisamente por unos materiales constructivos y una caja escénica que se comen literalmente el volumen. Lástima de trabajo que no obtuvo la misma respuesta arriba que abajo, aunque ya no tenga remedio. Esperemos otros entornos mejores para disfrutar con una orquesta cuyo ímpetu juvenil no llegó a las butacas como hubiésemos deseado todos.

Siempre aplaudiré proyectos como este local de la Asociación Cultural Gijón Sinfónica en colaboración con otros conservatorios y sociedades filarmónicas asturianas, esperando tenga más suerte y visión que otras formaciones desaparecidas o casi en extinción por políticas miopes o falta de apoyos varios (Orquesta Sinfónica de Gijón, JOSPA, Sabugo Filarmonía u Orquesta Clásica de Asturias por recordar las más cercanas), agradeciendo igualmente el esfuerzo por poner sobre la escena a cinco formaciones corales donde no faltó la aportación mierense con el Coro de la Escuela de Música de Mieres que dirige mi admirada Reyes Duarte incluso con dos mierenses más: Eduardo López Fernández de concertino en la recién nacida OFA y el «adoptado» Fulgencio Argüelles, autor de los textos de la Loa de Casimiro. Las palabras iniciales del promotor gijonés Aquiles G. Tuero, autopresentándose, o de Ángeles Miranda, presidenta de la AMPA del Conservatorio de Gijón, fueron los deseos y buenas intenciones que todos intentaremos apoyar como público, dejando para posteriores encuentros las opiniones musicales más exigentes.

Arrancar concierto con el «Allegro con brio» de la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67 de Beethoven ponía alto el listón para todos, ese inicio traicionero donde el director debe transmitir empuje y seguridad ante una todavía insegura y nerviosa orquesta. El «Allegro Moderato» de la Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759 «Incompleta» (Schubert) sería el escalón siguiente dentro del sinfonismo vienés con aires marineros, ya asentándose los músicos siempre llevados y casi «amarrados» de las manos (ambas) por el docente y maestro valenciano que siempre supo dar confianza a sus antiguos alumnos, respuestas convincentes a la vista que como ya apunté, no llegaron en igual medida al patio de butacas.

La obertura de Guillermo Tell (Rossini) permitió el lucimiento de Guillermo López Cañal al cello, bien secundado por Ignacio Alonso Canteli antes de un final donde percusión, maderas y metales no alcanzaron el volumen deseado pero intuyendo un esfuerzo enorme por parte de todas las secciones que siempre sonaron afinadas.

Tras el descanso volvería la ópera, esta vez de Verdi con la profundidad de La forza del destino cuya obertura resulta exigente para cualquier orquesta, y no digamos el conocidísimo «Ah, for’è lui… sempre libera» de La traviata con la soprano Inmaculada Laín a la que sí pudimos apreciar presente en volumen pero desafinada tras el silencio antes de la «cabaletta», agilidades no siempre claras y un timbre desigual buscando más las notas que una auténtica recreación de la Violeta. Pesan mucho las referencias de esta endiablada aria donde clarinete y oboe suplieron un Alfredo que yo cantaba mentalmente con la voz de Kraus… (incluso Pavarotti). Concertación correcta del maestro Ribera para una orquesta que nunca tapó a la soprano.

El final contaba con dos obras del madrileño con vínculos asturianos Juan Carlos Casimiro Pinto (1961) que pusieron sobre el escenario a la gaitera Andrea Joglar, al lado del arpa, la citada Inmaculada Laín (que participó en la grabación del CD «Asturias paraíso natural» del compositor) y a cinco formaciones corales: Coro de voces mixtas del Conservatorio de Gijón y Coral de Granda, ambas dirigidas por Policarpo Muñiz Santurio, Coro Más que Jazz con la directora Adriana Cristina García, la Coral Polifónica de Llanera con Carlos Esteban al frente y el ya citado coro mierense, en la Loa, para gaita, coro y orquesta más el Panegírico para gaita, coro y orquesta. De nuevo quedamos con ganas de apreciar ese poderío vocal e instrumental en unas partituras bien escritas, reconocibles sobre todo con las variaciones sobre nuestro Asturias patria querida con orquestación muy completa, incluso la propina del Sunday de Stephen Sondheim con letra en español adaptada al evento y redondeando una velada donde no faltó como regalo a cada asistente la litografía de Marcos Tamargo «El motivo del destino» con el texto que dejo a continuación.

Tendremos que seguir de cerca a la OFA y seguir asistiendo a sus conciertos, hay mimbres de calidad y la versatilidad en cualquier repertorio ha quedado demostrada a pesar del recinto. La juventud tiene la palabra y debemos defenderla de los ataques furibundos de unos dirigentes que no parecen apostar mucho por la cultura, menos aún por la música. Iniciativas privadas con apoyos públicos parecen ser el futuro a medio y largo plazo a la espera de un IVA cultural más europeo y una necesaria Ley del Mecenazgo que siempre se queda en proyecto incumplido. Para muchos de nosotros cada día es de la música pero este 21 de junio de 2015 va unido a este nacimiento de una criatura que tenemos que ver crecer sana y bien alimentada.

Requiem de fuerza

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Domingo 26 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Angela Meade (soprano), Marianne Cornetti (mezzo), Vittorio Grigolo (tenor), Carlo Malinverno (bajo), Orfeón Donostiarra (José Antonio Sainz Alfaro, director), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Verdi: Messa da Requiem.

Auténtica despliegue sonoro el derrochado durante este último domingo de abril por todos los músicos intervinientes en el «operístico» réquiem verdiano. Uniendo fuerzas con nuestros vecinos donostiarras más un cuarteto vocal poco conocido pero equilibrado, incluso en color vocal, Marzio Conti volvió a liderar un auténtico espectáculo con el que se siente realmente cómodo, y eso que la partitura del genio de Le Roncole está repleta de momentos íntimos, a capella para coro, para solistas, frente a los más impactantes, debiendo alternar ambos desde un difícil equilibrio.

Pablo Meléndez-Haddad en sus notas al programa comenta al final de las mismas que «tanto la parte orquestal como la vocal -sin olvidar la que recae en los solistas-, posee un tratamiento propio de la madurez del genio verdiano, que no escatima en efectos y deja la puerta abierta a la inventiva del director que relee la obra, ofreciendo posibilidades que van desde la extroversión más pura, teatral y manierista, hasta la introspección propia de una obra religiosa, carácter, este último, por el que optan pocas batutas, ya que esta misa se reclina más en la espiritualidad que en la religión«.

Y quedaba poner el punto medio aunque balanceado hacia la explosión. Porque por ello optó el titular de la Oviedo Filarmonía que algo reforzada pareció olvidarse de los graves, quedando extenuados los contrabajos ante la catarata sonora demostrada por sus compañeros en todas las secciones.

Del Donostiarra sólo caben felicitaciones, volviendo a demostrar su excelencia en toda la gama de matices, afinación y presencia. Los fortísimos siempre en su sitio (cada Dies Irae un placer) y presentes pese a una orquesta que nunca quitó «f» de la partitura para aminorar volúmenes (impactando en el Sanctus), y los pianísimos tan delicados y bien pronunciados que nadie pensaría estar ante 90 voces en la escena. La formación de Sáinz Alfaro tiene más que banquillo de repuesto para seguir liderando estos repertorios con el perfecto relevo generacional llevado como sólo ellos llevan haciendo durante muchos lustros. Por echar de menos algunos bajos más, que siguen escaseando en nuestros coros, incluso los norteños, todavía necesarios en número para estas grandes obras sinfónico corales.

De la orquesta en general bien, pese a detalles mejorables como una más escrupulosa afinación en la cuerda (los violonchelos sobre todo), dominada como Conti nos tiene acostumbrados, y aplausos para los refuerzos que necesarios para este Requiem no desentonaron con sus compañeros de atril.

El cuarteto solista ya prometía desde su primera intervención, pese a alguna indecisión puntual, aunque estuvo dominado por el tenor Vittorio Grigolo con un volumen y color realmente asombroso, puede que exagerado en detrimento de sus tres compañeros, con una musicalidad «manierista» dejándonos un Ingemisco bello. Sus contrastes dinámicos agradecidos y una media voz que no pierde uniformidad tímbrica, difícil en estos momentos, pidiendo paso entre los tenores italianos del momento, pienso que fue el triunfador de la noche.

Me encantó la mezzo Marianne Cornetti en todas sus intervenciones, voz bellísima, equilibrada, de graves claros, dicción perfecta, pero sobre todo por su línea de canto puramente verdiana, lirismo en cada solo y dúo, sin diluirse en los cuartetos manteniendo ese nivel de principio a fin.

La soprano Angela Meade tuvo que enfrentarse a la «ingratitud» de una versión tan poderosa que obligó a pequeños tics que pueden deslucir la visión global, con un «vibrato» algo exagerado por momentos aunque una potencia sin perder afinación para aplaudir y un fiato impresionante. Los «pianísimos» detallistas aunque en algún ataque cortados y abusando a veces de un portamento como buscando la nota correcta. El papel más difícil y exigente del cuarteto, hay que alabar su entrega con todos los pros y contras, agradecer el darlo todo con los riesgos asumidos y brillando con luz propia.

Ante los otros tres solistas, el bajo Carlo Malinverno no desentonó pero estuvo un escalón por debajo. Color hermoso en el medio y agudo, volumen algo corto, su canto como en el Tuba mirum o el Confutatis es ideal con menos presencia orquestal, algo que en esta partitura es imposible obviar. En los cuartetos empastó y ayudó a un color homogéneo pero creo que le queda grande para su edad, sabiendo que con los años ganará en empaque. No desentonó en un Requiem difícil de encontrar cuatro voces que no cojeen, primando el resultado global que antiguamente se calificaba como aseado y yo prefiero llamar honesto.

Retomando las notas de Pablo Meléndez-Haddad, «este testamento musical de un agnóstico es un canto al alma humana que ha sobrevivido intacto a más de un siglo de existencia«. Y aunque las toses son peores que en las misas de doce, no ya por la media de edad sino por la total falta de educación cívica, la genialidad operística de Verdi sigue presente incluso en una misa para su difunto amigo Manzoni alcanzando la grandeza y pasión en una ira de Dios musical a más no poder hasta liberarnos con la soprano arropada por coro y orquesta en un hilo de tensión hacia una luz cegadora, no sabemos si eterna, totalmente operística desde el recitativo.

Conti como pez en el agua volvió a anotarse un logro con un compatriota suyo. No será el mejor Requiem de Verdi que haya pasado por el auditorio ovetense pero marchamos con las pilas cargadas ante una inyección sonora que levanta los ánimos aunque la lluvia parezcan lágrimas que no nos abandonan.

Pocos celos sin pasión

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Otello (Verdi). LXVII Temporada de Ópera de Oviedo. Miércoles 17 de septiembre, 20:00 horas, Casa de la Cultura de Mieres, proyección en directo desde el Teatro Campoamor. Entrada libre. Sábado 20 de septiembre, 20:00 horas, Teatro Campoamor. Entrada última hora: 15 €. Producción de la Ópera de Oviedo. Reparto: Robert Dean Smith (Otello), Juan Jesús Rodríguez (Jago), Maria Luigia Borsi (Desdémona), Mireia Pintó (Emilia), Vicenç Esteve (Cassio), Manuel de Diego (Roderigo), Stefano Palatchi (Ludovico), Damián del Castillo (Montano / Un heraldo). Dirección de escena: Bruno Berger-Gorski. Escenografía y vestuario: Barbara Bloch. Iluminación: Alfonso Malanda. Asistente a la dirección musical: Julio César Picos. Asistente a la dirección de escena: Raúl Vázquez. Coro de la Ópera de Oviedo (director: Patxi Aizpiri). Orquesta Oviedo Filarmonía. Director musial: Yves Abel.

El comunicador Patxi Poncela nos contaba media hora antes de la última representación del primer título que debíamos seguir al nutricionista verdiano y haber comenzado por Rigoletto, pues este Otello, que parece debería haberse titulado Jago, realmente era duro de roer. Sumemos unas voces protagonistas desiguales, una escenografía cutre de cartón piedra y desconchados premonitorios de lo que vendría después, un vestuario pobre y una puesta en escena de las llamadas modernas que nada aportan al entendimiento de la obra por los no iniciados (a mí me servía con cerrar los ojos, aunque mi visión en anfiteatro me hacía perder la piscina – cuadrilátero – cama de arena) hacen imposible degustar un plato que requiere el equilibrio justo aderezado con el gusto durante la cocción y «emplatamiento».

Acudía el miércoles a la proyección en pantalla gigante (sigue suspendiendo la realización y el sonido que llegó por un sólo canal) dentro de la apuesta mierense por acercar la ópera al pueblo, con la ventaja de primeros planos imposibles en el teatro y comprobar la gestualidad de los protagonistas así como una idea global del reparto. Tristemente el directo de la cuarta y última representación fue como la Ley de Murphy donde «todo lo que puede empeorar, empeorará». Parecía el tonto que acudía todos los días a la película del oeste esperando que el vaquero no entrase en la cantina sabedor que todos los días le daban una paliza.

La propia ópera de Verdi como nos recordaba el radiofonista gijonés nada es lo que parece. La divina Callas insistía en que lo importante es el último acto porque es finamente el que recordamos y levanta todo lo anterior. En Oviedo abucheos y pitos para un Otello nada creíble en ningún aspecto: no es moro, las rastas en el cogote parecieron ubicarle su voz en dicha zona y la angustia cada vez que cantaba era contagiada al público temeroso que no llegase al agudo, siempre apretado, descolocado y gritado.

Dean Smith no tiene color ni sabor para este rol que tiene mucha enjundia (qué distinto de su Tristán o el concertístico Sigmund también en Oviedo), lástima que por momentos en la media voz parecía tomar el camino correcto, pero finalmente recogió la tempestad que no descampó hasta el final. Y del personaje irreconocible, arrodillado más de la cuenta, pintado a lo Braveheart, celos supuestos e incapaz de enamorar y mucho menos convertir a una piadosa mujer cristiana. Una pena no se hubiese suicidado antes y evitásemos la injusta muerte de Desdémona.

«La Borsi» al menos puso el gusto en el canto, la credibilidad de un personaje dificilísimo de crear y cantar, perdonándole incluso el quiebro en el final de la bellísima aria del sauce (el miércoles no lo tuvo) tras crear un ambiente en el teatro de los que permiten cortar el aire. Mi enhorabuena por la pasión y entrega que mantuvo la italiana.

Triunfó Jago, «el malo de la película» interpretado por un Juan Jesús Rodríguez poderoso pero que deberá cuidarse de papeles como éste que pueden mermar su futuro. Casi impecable en su línea de canto faltando gusto en el fraseo al apostar por una dramatización sólo de volúmenes en vez de crear un personaje que actoralmente dominó y venció al resto del elenco.

La Emilia de Mirela Pintó fue de menos a más, tapada literalmente en el cuarteto ubicándola atrás, mejor en el concertante del tercer acto y final en su punto. Ya tenía ganas de volver a escucharla en escena tras el concierto con la OSPA de hace cinco años.

Seguro y en su línea la breve intervención de Lodovico Palatchi, siendo capaz de escuchársele dentro de los truenos y relámpagos vocales. Más discreto el Cassio de Vicenç Esteve que a la vista del conjunto alcanzó el aprobado rapado.

Capítulo aparte merece el «coro de Aizpiri» comprometido de principio a fin, luchando contra los elementos, algo retrasado al inicio o fuera de escena (lógico) pero asentándose todos volviendo a demostrar una profesionalidad y entrega plausible. Era difícil no gritar ante la masa sonora verdiana siempre desbocada, pero consiguieron equilibrar parte del desastre.

La Oviedo Filarmonía afrontaba una partitura con mucho que tocar pero sin mando desde el podio, pues el Maestro Abel no logró amarrar los caballos, desbocados continuamente, olvidando que también había canto en escena (qué distinto del que dirigió a la OSPA hace dos años). Los músicos en foso se limitaron a cumplir órdenes y faltó la química así como degustar lo que es una concertación que en Verdi es siempre exigente, sobre todo en este Otello casi wagneriano con permiso del respetable.

Al menos no tuve que gastar mucho dinero y las entradas baratas funcionan porque daba gusto ver casi todo ocupado, lástima que muchos comiesen este Otello convencidos que estaba al punto. Este restaurante merece platos mejor cocinados y servidos como se debe.

Celebraciones con música, por supuesto

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Viernes 19 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Celebración Cruz Roja Española 150 Aniversario. OSPA, Coro de la Fundación P. de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), director: Óliver Díaz. Obras de Bizet, Verdi y Wagner. Entrada por invitación.

Día de fiesta en Oviedo este 19 de septiembre desde hace años conocido como el «Día de América en Asturias» y celebración en este 2014 con Cruz Roja de su 150 aniversario (diez menos en mi tierra) que convocó en el auditorio carbayón a socios, colaboradores, personal técnico y voluntarios para festejar un cumpleaños con conocidos coros de ópera a cargo de dos formaciones asturianas tan solidarias como la propia Cruz Roja, y el maestro Díaz al frente de ambas, haciendo que el lema de esta ONG «cada vez más cerca de las personas» lo extendiésemos a la música.

Primero el vídeo y los discursos habituales de estos eventos donde no se pierde el protocolo, con la presencia y presentación del conocido periodista asturiano Juan Ramón Lucas que fue dando paso a las intervenciones de Agustín Iglesias Caunedo, alcalde de la capital, Esther Díaz, consejera de Bienestar Social y exalcaldesa langreana, y Celia Fernández, presidenta de Cruz Roja de Asturias.

Público no habitual de conciertos pero que disfrutó con la selección musical operística como no podía ser menos en la capital lírica, que está estrenando su LXVII temporada precisamente con Verdi, emparejado con Wagner al igual que en sus aniversarios todavía recientes, aunque fue Bizet y la Suite nº 1 de Carmen la que abría concierto. Independientemente de los aplausos entre números, las conocidas melodías de esta ópera tan española fueron bien «cantadas» por una OSPA y los distintos solistas bien llevados por el asturiano Óliver Díaz, algo sobreactuado gestualmente pero que contagia a todos ímpetu y gusto por las páginas líricas. Con trazo grueso y pocas sutilezas fueron sonando las hermosísimas melodías de Bizet, falto de esa unidad puede que rota ante las interrupciones de un público no muy conocedor de las normas de cortesía habituales aunque mucho más educado mientras la música sonaba, sin toses ni ruidos no deseados.

Verdi salió más centrado y homogéneo, la obertura de Nabucco prepararía este título que resultaría protagonista de la noche, dando entrada al coro cantando el «Patria oppressa» del cuarto acto de Macbeth antes del archiconocido coro de esclavos «Va pensiero» que se bisaría con participación de todos, aunque desconozco la causa de no situarlo tras su obertura. Todavía quedaba otro famoso coro, el «Vedi le Fosche» de Il Trovatore, en ambos un coro afinado, seguro en volúmenes medios y fuertes pero nuevamente corto en los graves aunque menos por la propia escritura vocal de estos conocidos fragmentos verdianos. La orquesta también quedó algo descompensada en el equilibrio entre familias, unos cellos nunca presentes o unos metales con colores no siempre homogéneos. Con todo el coro y la fragua estuvieron bien forjados por Óliver Díaz antes del último Wagner.

Foto © Marta Barbón – OSPA

En la temporada musical asturiana que comienza con paso firme, el coro dirigido por José Esteban Gª Miranda será coprotagonista en marzo nada menos que con la Orquesta del Teatro Mariinski y Valeri Gergiev al frente precisamente con Wagner (primer acto de La Walkiria y segundo de Parsifal), por lo que Los maestros cantores de Nüremberg resultaron un aperitivo para ellos, la Obertura sacó lo mejor de nuestra OSPA entregada al maestro Díaz, y la joya del «Wach auf!… Ehrt Eure deutschen Meister» el mejor colofón para esta formación coral que logró en alemán la sutileza que faltó en italiano, concertación y equilibrio para una partitura enorme.

Difícil era un regalo final optando por repetir o bisar el ya comentado «Va pensiero» participativo, tarareado, con letras inventadas tipo «Va pa’ Siero, camín de Noreña…» o ceñido al papel en algunos coralistas y músicos que compartían emociones, conocedores del simbolismo de un número coral que en Italia sigue siendo himno vigente (también en un 150 aniversario) del que carecemos en España (tal vez buceando alguna zarzuela), aunque los tiempos vayan paralelos. Tras Wagner no habría más pero el poder de comunicación y persuasión de Óliver Díaz hicieron posible el guiño popular de celebrar ideales como los de la homenajeada Cruz Roja con música de ópera.

Aún me quedaba bajar hasta la Plaza de la Catedral a disfrutar con Vuelta Abajo y Los Sabandeños, pero es otro cantar, igualmente irrepetible… la razón de escribir antes de comer y no después de cenar, aunque ya sabe quien me lee, sigue y conoce el menú de este omnívoro musical.

Prensa del sábado 20:

 

Pimiento Verdi, tomate Wagner y vinagre Boadella

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Viernes 25 de julio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Festival de Verano. El pimiento Verdi de Albert Boadella. Segunda función. Entrada butaca: 21€ +1€ por compra on-line (todas las fotos de la web excepto programa escaneado y la indicada).

Aunque el bicentenario de Verdi y Wagner fuese en el 2013, como este espectáculo que ya se vió en Madrid por partida doble, el argumento sigue vigente sobre todo en un teatro como el nuestro que acoge la segunda temporada de ópera de España, coliseo habitualmente verdiano como ya he escrito alguna otra vez frente al wagneriano Gijón, algo que se notaba entre los asistentes, como Madrid frente a Barcelona, y curiosamente mientras Radio Clásica emitía en vivo desde Bayreuth un Tanhausser algo accidentado que pude escuchar al inicio y final durante el viaje motorizado desde mi aldea (también cantada) a la capital lírica astur.

Sin entrar en etiquetas, aunque sea puro teatro, está claro que el espectáculo de Boadella no se entiende en su complejidad sin conocer a fondo todo lo que sucede, que es mucho, sobre unas tablas donde los personajes son actores que cantan, porque cantantes que actúan se da por supuesto aunque no siempre sea así, y hasta el público que lo deseó formó parte de la clientela de la taberna restaurante de Sito, el barítono Luis Álvarez Sastre al que disfrutamos mucho más en el pasado Curro Vargas del mismo teatro y sigue siendo actoralmente irremplazable.

Del reparto en escena debo destacar al pianista Borja Mariño en el papel de Fidel, un pedazo de músico que acompañó el complejo montaje musical sin el que no habría nada, y al actor Jesús Agelet, Blas el camarero (realmente importante como si de El Guateque del gran Blake Edwards se tratase), habitual en las cocinas de Boadella desde hace años.

El duelo salpimentado por parejas soprano-tenor estuvo encarnado por María Rey-Joly y José Manuel Zapata (Leonor y Roberto) versus Elvia Sánchez y Antoni Comas (Brunilda y Sigfrido) en un juicio musical casi de judicatura y fiscalía aunque el público jurado se iba decantando hacia Verdi en parte por la caricatura wagneriana (incluida la grosería inicial de mal gusto escupiéndose las parejas en una poco lograda parodia canoril) que con el transcurrir del discurso, especialmente en la recta final donde mezclando los roles triunfó la farsa siendo todos ¡verdianos!, curioso viniendo de un catalán como Albert Boadella, si bien no necesitase veredicto porque el juicio resultó nulo desde el principio, argumentando subjetividad y engaño deliberado por parte de todos, sin culpables ni inocentes.

 

No se puede hablar de arias, dúos o coros verdianos ni wagnerianos -aunque los hubo y muchos, sobre todo el de esclavos de Nabucco– como de guiños a la zarzuela siempre por parte de Sito, que para eso es el dueño de «El Pimiento Verdi».

De Zapata sigue sin gustarme la parte lírica aunque llena escena y sus personajes son creíbles (impresionante la narración futbolística wagneriana), pero como cantante de ópera lo dejo para otros títulos (y espectáculos) que los elegidos por Manuel Coves, asesor musical que se entendió a la perfección con la dirección y dramaturgia de Boadella.

En cambio Antoni Comas pese a personificar «al malo» resultó mejor, completo incluso al piano o la guitarra, puede que como en todas las ficciones donde sabedores del final seguimos disfrutando con los mal llamados perdedores.

El duelo Verdi – Wagner, musical y humano, resulta por momentos hilarante y más hispano que Don Mendo sin venganza, con el pseudolenguaje ítalo o germano bien traído por autor y personajes, morcilleo más leonés que de Burgos.
Y con Elvia Sánchez pese a tener menos protagonismo que María Rey-Joly, sucedió otro tanto, buscado o rebotado, el emparejamiento está más que logrado, los «primeros actores» y los de «reparto» donde todos son excelentes con los mal llamados secundarios sin los que la trama nunca quedaría redonda, blanca o negra… Reconocer a las dobles parejas el esfuerzo vocal que supone cambiar bruscamente de Verdi a Wagner más allá de registros o idiomas, teniendo presente el perdón o ausencia de pena en este juicio que perdimos todos, sobre todo en el desenlace.

Boadella y su equipo han escenificado todos los tópicos de los bicentenarios compositores con humor y amor hacia la ópera donde no faltaron gotas de Rossini, Donizetti o Bellini en botella y chorro desigual para todos los paladares, decayendo siempre en el alemán frente al mejor interpretado italiano, puede que cercano y por ello exigiendo menos, fomentando unos odios que finalmente no son tales, ni siquiera de enfrentamiento futbolístico o gastronómico sino burla del propio drama, tragedia y comedia como dualidad inseparable.

La ensalada de pimiento también llevaba tomate, la cebolla opcional, sal y pimienta en la medida justa, el aceite español, aunque lo etiqueten italianos, y el vinagre catalán en cantidad siempre al gusto del chef, que no necesariamente del cliente, aunque pague, pero todos conocíamos la carta, el menú y el precio. En la taberna de Sito con la fiesta de Blas, pese al chuletón de Ávila, el Rioja mejor que la cerveza e incluso cava extremeño con toda la ironía catalana (para un brindis final esperado donde sólo bebe Blas que para eso es camarero y el resto saben imaginarlo), la ensalada actual admite lo que queramos echarle, incluso sin necesidad de lechuga, y los asturianos también tenemos buen diente. Personalmente satisfecho y con hueco para seguir degustando, que por algo mi amigo Mario Guada me llama «omnívoro».
©Foto Pablo Siana

Harding Scala al Nuevo Mundo

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Sábado 31 de mayo, 20:00 horas. Concierto extraordinario Fin de temporada, XV Años del Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Filarmonica della Scala, Daniel Harding (director). Obras de Rossini, Puccini, Mascagni, Leoncavallo, Verdi y Dvorak.

Con equívocos informativos varios como prensa y programación general anunciando Beethoven y Mahler con Essa Peka-Salonen en la dirección, la certeza estuvo en un excelente concierto para conmemorar quince años del «templo musical asturiano» y cerrar mes así como temporada del ciclo «Conciertos del Auditorio», nuevamente nuevo con figuras mundiales sobre el escenario, la orquesta del foso operístico milanés con el inglés Daniel Harding al frente In memoriam Claudio Abbado, curiosamente sin haber dirigido en vida ninguna de las óperas programadas como cuenta Carlos García de la Vega en las notas al programa, pero que seguramente las habría llevado en la línea escuchada este último sábado de mayo donde se alcanzo un deseado lleno en el auditorio carbayón. Harding ya dirigió en Oviedo hace cuatro años la Mahler Chamber Orchestra, fundada igualmente por Abbado, dejándome entonces un sabor agridulce, aunque esta vez pareció otro, puede que por las diferencias entre ambas formaciones y el repertorio elegido.

La orquesta filarmónica fundada con los músicos de la ópera de La Scala por Abbado en 1982 surge para «salir del foso» y abordar repertorios sinfónicos, aunque la crisis parece ir en dirección contraria y «reciclar» las sinfónicas para interpretar también óperas. Está claro que una gran orquesta funciona con cualquier repertorio, y más si al frente hay una batuta solvente, como sucedió con Harding (Oxford, 1975) veinte años desde su debut en Birmingham, y la Filarmonica della Scala.

La plantilla resultó ideal y su colocación vienesa perfecta para lograr un sonido de disco: contrabajos atrás a la izquierda, percusión al fondo y metales agrupados de centro a derecha incluyendo aquí las trompas, con solista ovetense (Jorge Monte de Fez) para quien no faltaron aplausos individuales. Impresionante la calidad alcanzada por esta orquesta donde hubo brillo, tensión, limpieza, presencia, gama dinámica amplísima, disciplina y todos los calificativos que queramos, plegados al gesto siempre exquisito de Harding, claro y preciso, marcándolo todo mientras dejaba a los músicos compartir ese disfrute musical, sobre todo en la primera parte que resultó como una promoción del producto deseado.

La música instrumental de las óperas habituales en la Scala milanesa ocupó la parte esperada por un público mayoritariamente lírico en este concierto, arrancando con el solo de cello inicial de la obertura de Guillermo Tell (Rossini) antes de alcanzar la parte más conocida, ciertamente algo fríos y todavía calentando, aunque los siguientes tres intermedios, pausados y tranquilos desde el podio, resultaron «in crescendo» de emociones y calidades: Puccini y el inicio del tercer acto de Manon Lescaut, segundo solo de cello, Cavalleria rusticana (Mascagni) descubriendo mismas raíces y dramatismo que en el de Lucca, culmen de intensidad emocional con Pagliacci (Leoncavallo), sonido convincente en cada sección y solistas convencidos, conocedores de un repertorio amoldado siempre a la dirección del momento, y Harding optó por la pulcritud confiando la sensibilidad a sus músicos. Para cerrar Verdi y la obertura de La forza del destino, obra habitual en conciertos precisamente por su carácter sinfónico de música pura pese a componerse como apertura de esta ópera de argumento español y que tantos directores de orquesta la han dejado grabada para disfrute de discófilos. Buen sabor de boca operístico para una formación que encima del escenario gana en sonoridades desde un trabajo con los altibajos habituales. Lástima que haya público con prisa para el aplauso sin esperar la bajada de brazos del director porque nos privaba al resto de seguir paladeando esos silencios sabrosos donde la música todavía está en el ambiente.

Foto Web

Totalmente distinta la segunda parte retomando el espíritu de Abbado para esta orquesta, el repertorio sinfónico con una de las cumbres del género, la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» (Dvorak) donde Daniel Harding disfrutó de una orquesta rendida a su excelencia en la dirección, logrando una interpretación perfecta, apolínea sin perder romanticismo alguno merced a una sonoridad precisa y preciosa: cuerda presente en todo momento independientemente del caudal sonoro de vientos, redondez en unos contrabajos ligeros en melodías y pesantes en pegada, solistas con timbre hermoso (especialmente las maderas con corno inglés, flauta y clarinete rivalizando en belleza), percusión acertada y metales en el punto justo donde el poderío nunca resultó arrebatador, optando el director británico por dinámicas extremas que exigen sacrificio en todos para no perder nunca el equilibrio. Cada movimiento contrastado resultó impecable, el Adagio – Allegro molto un micromundo de expresión e intensidades, el Largo de emotividad y belleza expositiva, el Molto vivace más allá de virtuosismos, que los hubo, sin perder ni una nota por el camino con un balance entre secciones perfecto, y ese final realmente fogoso, el Allegro con fuoco recordado por los de mi quinta y anteriores como sintonía del programa «Ustedes son formidables» con Alberto Oliveras al micrófono. Cuatro movimientos donde observar al maestro Harding resultó todo un espectáculo y una verdadera clase de dirección: elegante, claro, conocedor de la obra en todos los detalles que fue haciendo sonar en su punto exacto, siempre con la respuesta esperada de una orquesta que brilló más que con la primera parte operística.

Como si subscribiesen lo anteriormente apuntado, bisaron la obertura de Guillermo Tell, esta vez sin partitura (de eso hablaban maestro y viola solista) y sin el inicio de chelo, entrando en la archiconocida «carga». Se quitaron la espina inicial reafirmándose como una excelente orquesta sinfónica con un Harding ya en primera línea del escalafón directorial. Buen cierre esperando ver y disfrutar por lo menos otros quince aniversarios más.

Krem de la Kremer ata

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Domingo 1 de diciembre, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Kremerata Baltica, Gidon Kremer (director y violín). Obras de Vivaldi, Verdi, Weinberg y Beethoven.

Cuatro años ya desde la anterior visita de Kremer pero siempre un espectáculo de música, sonido en estado puro para una formación de cuerda (esta vez con percusionista) que es única en cuanto a calidad con potencia equivalente a una gran orquesta pero capaz de sonar como un cuarteto, con dinámicas amplísimas, convencimiento y dominio de las obras impactante.

El percusionista de la camerata Andrei Pushkarev con el vibráfono nos dejaba un arreglo suyo del Concierto nº 2 en sol menor, op. 8, RV 315 «El verano» de Las Cuatro estaciones (Vivaldi) que demuestra cómo la genialidad puede aportar novedades a obras inmortales. Si la cuerda es estratosférica, galáctica, con ataques impactantes o rubati impensables bajo la atenta dirección del concertino Dzeraldas Bidva, un solista capaz de lo que le pongan delante, las intervenciones del vibráfono con guiños al jazz como no podía ser menos en un instrumento que bebe de esta fuente, crearon ese ambiente cálido, de bochorno estival pero con la brisa del norte. Allegro ma non molto realmente indescriptible, Adagio pesante para disfrute del timbre envolvente de las placas, y Presto de auténtico virtuoso con cuatro baquetas que alcanzaban las notas imposibles del violín desde un empaste con la cuerda para soñar.

El Cuarteto de cuerda en mi menor (Verdi), obra de 1873, sonó camerístico total pese a tratarse de una versión orquestal, única obra instrumental del de Busseto y perfecto homenaje al bicentenario donde el genio lírico aparece en los cuatro «hermanos de cuerda frotada» tratados cual cuarteto operístico con recuerdos a las fugas del Requiem o Falstaff, anunciando Otello, sin olvidarme del Trovatore cual fuerza del destino musical capaz de hacer cantar la cuerda o el delicado cuarteto «bella hija del amor» de Rigoletto.

El Allegro en mi menor impecable, elegante y sensible con el primer tema «sotto voce» y unos graves potentes, avanzando el tema y desarrollo casi faraónicos con reminiscencias de Aida, con unos staccatti que llegaban a lo más hondo. El Andantino en do mayor y compás ternario de profundidad y elegancia, dulce como indica la partitura («dolcissimo, con eleganza). El Prestissimo también ternario y en mi menor lleno de luz y contrastes dinámicos admirables, trinos limpios en todas las cuerdas, arpegios celestiales en chelo y viola, el trío en la mayor belcantístico a no poder ser con el tenor en la concertino Giedre Dirvanauskaite que confirma ser el instrumento más parecido a nuestra voz, y una serenata capaz de recrear la guitarra. El Scherzo fuga es un «Allegro assai mosso» en el tono original auténtico «placer de escribir» que diría Tranchefort sobre este cuarteto verdiano, hoy orquestal, «alegría de vivir completamente latina» venida del norte de Europa con una formación donde cada músico es un solista y los concertinos dan el salto al frente en cualquier momento. Catálogo de colores en todas las intensidades y pureza de líneas en diálogos y conjuntos emocionantes hasta ese final creciendo al unísono en fortísimo orquestalmente puro, cadenas de trinos y la coda que cierra con luminosidad esta joya de Verdi. Como escribe Juan Manuel Viana en las notas al concierto, el compositor afirmaría que «no sé si mi cuarteto es bueno o malo, pero sé lo que es un cuarteto» y la Kremerata Baltica también.

M. Weinberg puso lo novedoso en el programa, excelente músico judío al que nazismo y estalinismo castigaron para una amplia producción que comienza a despertar en nuestros días, con influencias recíprocas de su amigo y confidente Shostakovich. De él escucharíamos dos obras, la Sinfonietta nº 2, op. 74 para orquesta de cuerda y timbales, éstos con el solista sumado a la formación, hermosísima obra en cuatro movimientos con ritmos bien claros subrayados por los parches en los extremos (Allegro y Andantino), más austeridad hecha música enorme en el Adagio antes de los ensueños nostálgicos en el Andantino final.

Aparecía Gidon Kremer (recién llegado de tocar con Marta Argerich) para contagiarnos su alegría musical en el pianístico Rondo a capriccio, op. 129 (Beethoven) en arreglo de Victor Kissine, auténtica broma desde una partitura desenfrenada que en la versión «Krem de la Krem» jugó con diálogos y concertantes llenos de sabor vienés.

El Concertino para violín y cuerdas, op. 42 de 1948, devolvía el protagonismo a la obra del ruso en una versión de «Kremer + ata» que estuvo plagada de melancolías, magisterio de madurez y nuevamente una sonoridad única a cargo de los músicos capaces de llenar la sala y hacerla callar en los momentos más delicos. Viana recuerda el «efusivo lirismo melódico» del húngaro Miklós Rózsa ya afincado en Hollywood, en parte por nuestra educación musical desde el cine que ha dado grandes partituras. El Allegretto cantabile pletórico, la Candeza. Lento-Adagio un auténtico disfrute y lección solística a cargo del virtuoso letón para enlazar sin pausa con el Allegro moderato poco rubato, efusividad, concentración, entendimiento y fortaleza desde la complicidad y buen hacer de todos ellos.

Aún quedó tiempo para regalarnos ese Oblivion de Piazzolla con el que Gidon Kremer logra siempre emocionarnos arropado por la delicadeza de sus cuerdas, las suyas y las de la Kremerata, para poner el brindis final con «una copita de ojén» de una marcha popular creo que arreglada por Peter Heidrich.

Para los despistados que llegaron al descanso por el horario dominical, una lástima que se perdieran la mitad, aunque en estos casos un poco siempre es mucho, y los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano están poniendo el listón altísimo.

Sin mano izquierda

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Viernes 8 de noviembre, 20:00 horas. OSPA, abono 2: «Una patria sin fronteras», Virginia Martínez (directora). Obras de Verdi, Wagner, Smetana y Dvorak.

En la variación está el gusto y así se presentaba el programa, sin faltar el homenaje a los bicentenarios, una «rareza» poco escuchada en vivo y una sinfonía potente que la OSPA ya ha interpretado en este mismo escenario. Volvía como directora invitada la murciana Virginia Martínez, trabajadora incansable que traía todas las obras memorizadas aunque con distinta respuesta por parte de los profesores, en una pugna donde todos perdimos.

Faltó más implicación por parte de ambas partes porque no es suficiente con el gesto claro si no hay respuesta, mayor precisión de la demostrada por todas las familias, sobre todo en la sinfonía que recordé dirigida por Mr. Griffiths como muchísimo más redonda y rotunda, más el siempre necesario plus de «tener mano izquierda» en el amplio sentido de la palabra. No hubo balances dinámicos adecuados, los tempi resultaron un tanto sosos, y sólo la belleza de las obras salió indemne, así como las intervenciones solistas que siempre son seguras aunque no necesariamente entregadas, tal vez contagiándose del repentino frío tras unos días de «veranillo».

La idea de abrir velada con la Obertura de Nabuco (Verdi) era buena de interpretarse con criterios musicales más claros, pero la orquesta me sonó a banda sinfónica hasta para el esbozado «Va pensiero» que aparece en este mal homenaje verdiano.

El Idilio de Sigfrido, Wwv 103 (Wagner) tiene todos los ingredientes para disfrutarse al contar con una cuerda sobresaliente desde hace años y la plantilla idónea para completar una página bellísima que se quedó en escarceo amoroso, nueva decepción para este segundo bicentenario.

La venganza de Šárka (Smetana) sirvió para enmendar la plana por todas las partes, el auténtico primer plato tras los sosos entremeses previos, obra poco escuchada pese a estar incluida en «Mi patria» por no programarse completa sino algún número suelto de los seis de que consta. La dirección de la maestra Martínez fue más convincente y guerrera, fogosa como el violento inicio, siguiendo el hilo literario previo que refleja muy bien mi colega Ramón Avello en las notas al programa. Tanto las distintas intervenciones solísticas como el tutti parecieron contagiarse del ardor y dar lo mejor de la sesión para una obra realmente hermosa.

El plato fuerte quedó fuera de punto, diría que crudo, demasiado «lineal» y falto de carisma, un tira y afloja para la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 (Dvořák) de la que esta orquesta nuestra nos ha dejado en el auditorio una interpretación a años luz de la dirigida por el maestro Griffiths, adorada por el que suscribe, grabada de la radio digital y subida al portal goear© para disfrutarla en su totalidad. El Allegro con brio no colmó las expectativas, masa sonora sin definir las líneas melódicas salvo las ya escritas en la partitura, el Adagio siempre conmovedor sólo degustado a medias por momentos que apenas se mantenían, el Allegreto grazioso un pequeño guiño cual sonrisa educada, y el Allegro, ma non troppo un poco más sentido como si atisbar el final del concierto diese un toque de viveza y chispa del que careció el resto de la sinfonía pero sin el regusto vienés del compás ternario. Desajustes inesperados en cambios de ritmo, indecisiones y hasta entradas a destiempo quedaron por el camino.

La directora murciana y la orquesta asturiana volvieron a darme la sensación de una relación imposible donde todos perdimos la posibilidad de un concierto variado pero sin gusto. La patria sin fronteras que debería ser la música se quedó en otro ideal. Lástima que el trabajo duro no tuviera la recompensa esperada, al menos por mi parte.

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