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Introspección aristócrata

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Jornadas de Piano Luis G. Iberni«. Leif Ove Andsnes (piano). Obras de Beethoven, Bartok, Liszt y Chopin.

Volvía la esencia del piano solo en las manos de un grandísimo intérprete como el noruego Andsnes que eligió un programa nada populista y desde una visión totalmente personal de un repertorio que domina desde la limpieza de líneas, ciñéndose a la partitura que es la auténtica protagonista, emanando la emoción interior y el pianista mero transmisor.

El público comentaba que resultó frío y no solamente por nórdico, pero pienso que la respuesta está precisamente en las obras seleccionadas.

Beethoven ocupó la primera parte con un Bartók intercalado. Las sonatas elegidas no resultan las conocidas pero en estas pudimos apreciar la evolución del lenguaje del sordo genial con una visión «apolínea» que decía uno de mis vecinos de localidad. La Sonata para piano nº 22 en FA M, Op. 54 de 1804, con solo dos movimientos y calificada como «misteriosa» pero también como «un valle entre altos picachos» en referencia a las sonatas «Waldstein» y «Appassionata» que la flanquean, recoge emociones bien contrastantes con recursos técnicos variados no ya en el desarrollo motívico sino en un viaje tonal, aún mayor en la Op. 101 posterior, desde la sombra concentrada utilizando todos los registros de un piano (alquilado para la ocasión) que con la caja acústica cercana y la especial del auditorio carbayón, dejaron flotando delicias sonoras. La Sonata nº 28 en LA M, Op. 101 de 1816 es el inicio de sus últimas composiciones para el piano donde conviven las citadas emociones llevadas al pentagrama con todo detalle, incluso con indicaciones claras de tiempo «rápido, pero no mucho y con determinación» (las recogen las notas al programa de José Antonio Cantón) y dedicada a la baronesa Dorothea von Ertmann. En ambas sonatas Andsnes optó por la visión fiel desde el estudio interior y concienzudo de la obra, intérprete como cauce de la música más que versión personal, aunque este camino merece un respeto profundo.

Incrustar la Suite para piano, Op. 14 Sz. 62 BB70 de Bartók entre las dos sonatas beethovenianas puede resultar chocante pero visto en conjunto parece tener la lógica de la propia interpretación, rigor y respeto desde la técnica o virtuosismo hecho normal, curiosamente lo que parece alejarlo del público en general. Como una sonatina compuesta a principios de 1916, esta suite presenta influencias varias donde quién sabe si también estará el propio Beethoven en tanto que parece elevarlo desde el Romanticismo al siglo XX con una técnica potente que remarca los cuatro números, destacando un Scherzo claro y sin prisas pese a la complejidad o el Sostenuto final que devuelve la «…tranquilidad vacilante, casi melancólica…« (que escribe Cantón) en un discurso siempre romántico del intérprete noruego.

Franz Liszt y sobre todo Frederic Chopin llenarían la segunda parte más las dos propinas. Tampoco eligió obras populares sino las que parecen encajar en el estilo interpretativo de Andsnes tan introspectivo. De las diez Harmonies Poétiques et Religieuses («Armonías poéticas y religiosas») S. 173 de Liszt optó el noruego por la nº 4 «Pensamientos de los muertos», otro tributo húngaro de la velada cargado del romanticismo global, esta vez meditación «De Profundis» como homenaje a los seres queridos desde la resignación. Y otra dedicatoria aristócrata para la Princesa Carolyne Sayn-Wittgenstein (obvio comentar del apellido). La complejidad que encierra esta obra resultó idónea para una interpretación cargada de sombras claramente dibujadas, conocedor de profundidades desde la hondura musical y poética.

Finalmente el polaco Chopin, el piano romántico por excelencia, el adorado y siempre difícil estilo que toda su producción esconde, esta vez el Nocturno Op. 48 nº 1 en Do m., dedicado a su alumna Laure Duperré en tono menor e inicio sereno que irá creciendo en exigencias técnicas que Leif Ove Andsnes supera sin problemas con una perfección impactante llena de gamas dinámicas amplísimas que el piano devuelve una a una. Dedicada a la baronesa Charlotte de Rotschild, La Balada nº 4, Op. 52 en Fa m. encierra todo un ideario musical desde las texturas o contrapuntos hasta un pre-impresionismo que emana de los dedos del noruego delineado, exacto, detallado y cuidadoso al máximo, enlazando sin aplausos (hubo connato y móvil de turno) con el anterior «sentido nocturnal» para buscar esa unidad chopiniana e incluso romántica que en la balada alcanza auténtico clímax emocional y vigor interpretativo.

Si lo escuchado resultó frío o duro para algunos, la elección de dos Valses del polaco pareció acallar comentarios más por lo conocidos que por la propia interpretación, curiosa y lógicamente en la misma línea de todo el concierto: total respeto a la partitura con una técnica apabullantemente sobria que hacen que lo difícil parezca fácil. Es el rasgo de los grandes… Como si los destinatarios de las obras contagiesen esa aristocracia lejana, totalmente distinta de la actual, al propio Andsnes desde hoy le podemos dar el título «Barón del piano».

Delicada rotundidad

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 9: OSPA, Alexander Melnikov (piano), Pablo González (director). Obras de Beethoven y Schumann.

Volvía mi tocayo a casa y su presencia al frente de la OSPA parece inhalar nuevos vientos independientemente de las obras que dirija pues consigue de nuestra formación colores siempre nuevos así como una simbiósis que sólo unos pocos logran de los músicos.

Dos autores que nunca pueden faltar en las programaciones para solaz de melómanos y forjando el necesario «corpus» de futuros públicos que con esfuerzo se van ganando en la capital del Principado, Gijón o Avilés, como sedes de los distintos abonos.

La primera parte Beethoven abriendo con Egmont, obertura, Op. 84 (1809-1810) que no por trabajada nos deja indiferentes. Visión clara en su discurso melódico atendiendo cada detalle de ritmo, dinámicas y colorido orquestal con los silencios subrayando la trama y tiempos bien diferenciados para una formación madura que acepta sin discusión interpretaciones rigurosas como la que ofreció el director ovetense. Si la cuerda debe sonar aterciopelada o los vientos arriesgados, así responden, y todos apostaron por el vigor de esta obertura que como escribe Tania Perón Pérez en las notas al programa del número 2 de la revista trimestral (este viernes se repartí el tercero), «esta obra es un claro ejemplo en el que la historia se convierte en leyenda, la leyenda en drama, el drama en música y la música en historia». Maravilloso juego de palabras para la versión que Beethoven hace del drama de Goethe.

El Concierto para piano nº 2 en SIb M, Op 19 (1795) no es de los más escuchados en directo, pero tras la vivencia con el pianista ruso Melnikov, la concertación de González y la respuesta perfecta de la OSPA tendré que estar muy atento a su emisión por Radio Clásica para grabarla y guardarla como referente absoluto. Si hace un par de años con R. Gamba (también en el 9 de abono) titulaba «Y qué pianista» con el nº 2 de Prokofiev, el primer calificativo que me vino esta vez a la cabeza fue «rotundo», porque cada uno de los tres movimientos fue impactante en todo. El sonido del piano empastó como nunca con el de esa formación orquestal un tanto peculiar del alemán, la nitidez expositiva del solista fue prístina tanto en los concertantes como en los solos desde una escritura clásica que consigue una densidad casi inigualable. Los contrabajos sonaron redondos y potentes sin excesos, la madera se convirtió en una extensión, sino ampliación tímbrica, de una piano potente y delicado, más los metales, sobre todo las trompas, completaron unas texturas inverosímiles. Puedo decir que hubo magia sonora y volviendo a Melnikov (merece la pena escucharle en la entrevista previa en YouTube©) su fraseo e implicación desde el Allegro con brio resultaron perfectos por el entendimiento con la orquesta sabiamente llevada por Don Pablo, usando aquí la batuta para mayor claridad visual de todos que supuso una paleta amplísima de dinámicas y tempi prodigiosos. Pero lo que me impactó fue el Adagio, en la tonalidad de MIbM que siempre he mantenido como perfecta para el protagonismo melódico de las 88 teclas, lirismo equiparable a su homónimo del «Emperador» con la frescura juvenil sin complejos del primer concierto que luego resultaría segundo, simbiosis de resonancias en las cuerdas del piano ensambladas con un único color orquestal que crearon ambientes indescriptibles. Si la cadenza del primer movimiento sonó impactante, todo el segundo pareció paradisíaco. Ante este discurso y entendimiento de un diálogo obvio que Pablo González supo moderar como nadie, el Rondó: Molto allegro transmitió desde el virtuosismo intrínseco el futuro genio compositivo que vendría después, nuevo empuje de vigor y limpieza solística arropada por una orquesta unida y sin flecos capaz de lograr una versión de referencia.

El sonido y técnica de Alexander Melnikov lo disfrutamos en su propina, cristalina, sentida y nuevamente rotunda: me pareció entender y recordar desde casa Brahms el «Intermezzo» de su Fantasía Op. 116. El descanso me sirvió para seguir paladeando un pianismo cercano.

La Sinfonía nº 4 en Re m, Op. 120 (Schumann) ya va siendo hora de quitarle el «sambenito», incluso de Mahler, de lo poco orquestador que era Robert en esta revisión de 1851. El titular de la OBC ya comentaba con Fernando Zorita en YouTube la obra, pero su interpretación resultó todavía más clara y contundente superando los balances o densidades camerísticas que bien apunta el director ovetense. Logrando la continuidad de los cinco movimientos apenas interrumpidos por las «toses obligadas» algo menores de lo habitual, consiguió una interpretación no sólo equilibrada sino brillante y delicada. Todo un muestrario de buen gusto al que respondieron todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta, el primer y contrastante Ziemlich langsam – Lebhaft, la reposada y emocionante Romanze: Ziemlich langsam, el movido y contagioso Scherzo: Lebhaft, el nuevo contrate del Etwas zurückhaltend – Langsam, y el brioso Lebhaft final, donde el idioma alemán siempre exigente pero «tranquilo» (lento o aún mejor «Langsam») consiguió desde esa concepción la pluralidad de ideas musicales convergentes en un todo compacto y nuevamente rotundo, redondo, magistrales metales otrora fustigados, timbales delicados y presentes, maderas vigorosas y la buena cuerda que en perfecta conjunción dirigida sin batuta por Pablo González sonaron con personalidad propia, identificativa y diferenciadora para una «Cuarta» impactante, reposada, paladeada hasta el último fraseo y sin prisas en el aplauso.

La semana que viene darán otro «giro de tuerca», pero las bases están asentadas en este romántico, delicado y rotundo noveno de abono.

Lección pianística de Teresa Pérez en Mieres

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Jueves 18 de abril, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres: Teresa Pérez Hernández (piano). Obras de D. Scarlatti, Mozart y R. Schumann.

En este año que celebramos los 25 años de nuestro Conservatorio y Escuela Municipal de Música de Mieres, los conciertos no pueden faltar en esta fiesta, y por fin pudimos escuchar a la pianista tinerfeña Teresa Pérez, profesora del CONSMUPA que eligió un programa digno de una clase magistral repasando Barroco, Clasicismo y Romanticismo con tres autores muy diferentes que necesitan afrontar sus obras como sólo una artista de la talla de la canaria es capaz.

En un salón al completo, en parte por una buena campaña promocional en prensa, radio y redes sociales, y donde abundaba gente muy joven, alumnos que con estos conciertos toman ejemplo de los maestros, arrancaba la velada con Cinco Sonatas para clavicémbalo (catálogo Kikpatrick: K11, K1, K208, K209 y K201) de D. Scarlatti para «calentar dedos», su obra más representativa en una difícil selección de entre las más de 550 sonatas bipartitas, con un orden que sirvió para darnos una visión general como si de una obra única se tratase: lento (aunque en catálogo figura Allegro), rápido (Allegro), lento (Andante mi cantabille), rápido (Allegro) y muy rápido (Vivo). Con el regusto del clave original o incluso del pianoforte, pudimos paladear la riqueza melódica y exigencia técnica de las composiciones del napolitano español afincado y fallecido en Madrid, visión pianística sin historicismos pero respetuosa con el original en cuanto al mínimo uso del pedal y todas las ornamentaciones de un lenguaje de tecla que prepara el (Pre)Clasicismo de su seguidor más ilustre, el Padre Soler.

Y con Mozart llega el genio, la Sonata KV 330 en DO M. que bien puede servir en la clase para comentar lo engañoso de sus obras desde una aparente facilidad pero escondiendo multitud de trampas que la profesora supo evitar. Un Allegro moderato así entendido con fraseos claros y precisos, riqueza tímbrica y expresividad máxima donde los trinos siempre son deliciosos. El Andante cantabile volvió a ser fiel al tempo, un movimiento central lleno de lirismo, reposado y legible de inicio a fin para desembocar en ese Allegretto que Mozart pergeña como nadie, tonalidad sencilla pero con el calado que Mayte supo exprimir.

Tras un breve descanso aparecería el romanticismo pianístico en estado puro: el Carnaval Op. 9 (Scénes mignonnes sur Quatre notes) de Schumann. Otra lección desde el Préambule hasta la Marche des «Davisbündler» contre les Philistins, exigencia y virtuosismo máximo en cada una de las 20 piezas unidas por los títulos carnavalescos pero todo un muestrario técnico e interpretativo, expresivo a más no poder, ligados, picados, octavas, pianísimos y fortissimos, ataques de muñeca o brazo, tratamiento muy específico y diferenciado de los pedales, vamos que el alumnado, las familias y por supuesto los aficionados que disfrutamos con esta obra, particularmente Valse Noble, Papillons, Chopin o la marcha final.

Los aplausos merecidos «obligaron» a regalarnos del propio Schumann su Romanza nº 2, Op. 28 en Fa# M para seguir con la clase magistral tras el delirio de las carnestolendas llegó la madurez e introspección que transmitió desde el piano Teresa Pérez. Nueva y nutrida salva con tres salidas que dieron aún para rematar con Chopin y su Nocturno en Do# m. Op. 27 nº 1, el poso de la experiencia para degustar un reserva romántico.

Enhorabuena a mis compañeros y amigos de la EEM por el esfuerzo organizativo de estas Bodas de Plata, y en especial a la profesora Mª Teresa Pérez por traernos a Mieres su siempre apreciado magisterio pianístico.

El romanticismo de Carmen Yepes

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Miércoles 6 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 105 (Concierto 1.538): Carmen Yepes, piano. Obras de Schubert, Beethoven, Schumann y Chopin.

Nada más finalizar el concierto titulaba mi entrada rápida «Trabajadora y honesta» para referirme a la pianista asturiana que volvía a su tierra con otro programa duro, difícil, poco habitual en conjunto pero con el que se siente muy a gusto, y eso se nota al escucharla. Si su magisterio en el clasicismo está más que demostrado, el Romanticismo puro lo afronta con la serenidad y el poso de una carrera bien cimentada en el estudio riguroso fiel a la partitura pero entendiendo la interpretación como tal, no robar nada de lo escrito pero dándole el toque personal de la experiencia vital, ese «llenar la mochila» que no siempre va unido a la juventud sino a pasiones difíciles de medir. Decir que actualmente Carmen tiene ya un largo recorrido y madurez musical es entender las obras elegidas. A mis alumnos tal como nos explicaba a nosotros el catedrático de arte Carlos Cid Priego, intento definirles el romanticismo como «La huida» en todas sus expresiones, metafóricas y reales. En el caso del repertorio de este miércoles, la huida es interior y compartida con nosotros, un viaje espiritual desde las vísceras musicales a nuestro oído profundo, el que nos hace rememorar.

La tonalidad de Do menor marcó la primera parte como presentación anímica que pese a lo que nos contaron de ella, no siempre supone tristeza sino más bien hondura, y así comenzaba el Impromptu D. 899 en Do m. (Schubert), ese pianismo delicado, claro, bien fraseado, que dará paso a una emotividad desde sonoridades redondas en el perfectamente afinado y ajustado Steinway© del Jovellanos. Obra bien asimilada en su interpretación llena de pinceladas limpias y gama dinámica amplia.

La Sonata nº 32, Op. 11 en Do m. (Beethoven) daría para un tratado en sí misma, la última del genio de Bonn, desde el Maestoso inicial afrontado con todo lo escrtito: dobles puntillos, fusas en la izquierda, sforzandi… y aquí está la honestidad de la intérprete capaz de hacernos escucharlo todo. Tras esta carta de presentación en el inicio de esta peculiar sonata, con una fuerza vital impresionante, el Allegro con brio ed appassionato, optó Carmen Yepes por jugar literalmente con todas las indicaciones de la partitura (merecería la pena haberla ido siguiendo según la escuchaba), sin excesos en el tempi y prefiriendo los contrastes claroscuros en dinámica y velocidades, un volcán visual en el papel y pletórico en las manos de la pianista mierense nacida en Oviedo. Y el segundo movimiento, esa Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, literal en todo menos en lo de simple, testamento vital beethoveniano y lección de poso en Carmen, cambios perfectos de compás (¡qué difícil es captar un 6/16 o un 12/32!) bien marcados sin perfer ni un ápice la línea musical, ese infinito cantarín que finalizará con los trinos cristalinos como el registro agudo elegido por el compositor en nueva catarata hacia un abismo que no cae sino que eleva el vuelo en un pianissimo final. Impresionante interpretación para una obra más que exigente.

Otros dos grandes para la segunda parte empezando por esas cuatro piezas nocturnas muy apropiadas para una noche fría y lluviosa en la capital de la Costa Verde pero con un público cálido y ganado en la primera parte, Nachstücke Op. 23 (Schumann), contrastes anímicos desde el Mehr langsam, oft zurückhaltend, como unos pasos dubitativos lentos pero «sin frenarse», ataques precisos que irán reafirmando pasiones en Markirt und lebhaft, realmente «animado», brillante, saltarín, nuevas luces bien atacadas de sonoridad precisa y uso del pedal siempre ajustado. Mit großer Lebhaftigkeit supuso otra bocanada de aire fresco, ligereza, y Einfach, frugal, sencillo y simple solamente en el título, más que el último bocado de estos cuatro dulces musicales bien cocinados por Carmen Yepes.

Y entre los románticos por excelencia nada menos que Chopin y dos exponentes de obras de técnica exigente, virtuosa, llenas de lirismo, delicadeza, pero también fuerza y vigor con el toque íntimo siempre presente, la Balada Op. 23 en Sol m., todo un muestrario de sentimientos hechos música, dificultades técnicas sobradamente solventadas para afrontar y disfrutar una versión personal con gusto, rubati nada exagerados, volviendo a asombrarme la fuerza tanto física como interior que Carmen Yepes vuelca en este repertorio, capaz de unos contrastes tan bien adecuados a el repertorio del XIX, y para rematar con la Polonesa – Fantasía Op. 61 en LAb M., perfecto colofón como el de la primera parte, aquí testamento chopiniano en cuanto a reunir en esta obra todo su vagaje formal, auténtica fantasía más que polonesa para un recital pleno, intenso, con el que también disfrutarán en Málaga y Marbella, luz del sur donde siempre vuelve, ahora desde Madrid, tras su breve estancia en esa tierra que todavía la adora.

De regalo tras las duras emociones del concierto, la ingenuidad infantil de las «Escenas de niños» del genio catalán Mompou, Jeunes filles au jardín, un desfogue que resulta otra joya en la interpretación de mi admirada Carmen Yepes. Un lujo tenerla en Madrid donde ejerce la docencia desde 2010 sin olvidar su carrera profesional como gran intérprete. Espero poder escucharla pronto, y del concierto en el Auditori de Barcelona dirigida por Brotons (con quien ya colaboró en dos ocasiones) y concierto de Tchaikovski, sería cuestión de otra escapada…

Trabajadora y honesta

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El concierto de Carmen Yepes este miércoles en el Teatro Jovellanos para la Sociedad Filarmónica de Gijón fue como indico en el título, el de una intérprete trabajadora y honesta con la música. Programa de calado romántico con Schubert (Impromptu D899), Beethoven (Sonata 32), Schumann (Naschtücke) y Chopin (Balada Op. 23 nº 1 y Polonesa – Fantasía OP. 61) duro, exigente, dándolo todo con esa musicalidad que magnetiza a quien la escucha. Mompou y sus Jeunes filles au jardin fue el regalo fresco para tanta dureza hecha arte pianísitico. Desde casa y con tiempo, más…

Confluyendo emociones

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Martes 29 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, Año 107, Concierto 2 del año 2013 (1.884 de la Sociedad). Dúo Adolfo Gutiérrez Arenas (chelo), Judith Jáuregui (piano). Obras de Beethoven, Schumann, Bloch y Brahms.

Duelo de titanes eran las primeras palabras en mi twitter© al finalizar la primera parte donde Beethoven y su Sonata Op. 102 nº 1 abrían la velada y Bach dejaba su sitio al Adagio y Allegro Op. 70 de Schumann. Un poco más reposado desde el móvil titulaba «Solistas en dúo» alabando un encuentro de dos artistas que tienen química por separado, tanto el asturiano nacido en Munich con genética musical en sus venas, como la joven e internacional donostiarra, y que juntos suman uno en el siempre difícil mundo de la música de cámara donde además de conjugarlo con carreras en solitario o con orquesta, grabaciones más la agitada vida de estos artistas, poder reencontrarse en un programa como el ofrecido en la Filarmónica carbayona es siempre un placer.

La sonata de Beethoven resultó poderosa y cálida en ese lenguaje propio del alemán que encontró en el dúo reflejo estilístico y pasional. Por su parte el Schumann camerístico resume a la perfección sus obras sinfónicas que ambos intérpretes dominan y conocen, haciendo confluir ambas visiones en este dúo impagable por la versión ofrecida, romántica pero contenida, musicalidad a flor de piel y emoción en los dos movimientos.

Para la segunda parte una auténtica joya de engarce preciosista From Jewish Life (Bloch) que vuelve a recordar la humanidad del cello en su registro, capaz de remover la fibra sensible de todos por su cercanía a la voz, orando (Prayer), suplicando (Supplication) y cantando (Jewish song) con el subrayado delicado del piano y donde toda la tradición judía se hizo música en esta hermosísima partitura.

El cierre nada menos que la dura y siempre única Sonata Op. 38 (Brahms), exigente para ambos intérpretes capaces de diabluras técnicas sin perder una musicalidad innata en ambos, entendimiento hasta en las emociones de los tres tiempos, un Allegro no troppo bien trazado, Allegro quasi menuetto en diálogos sin palabras y ese Allegro final apoteósico cual espectáculo de fuegos artificiales.

Si la chispa encendió pasiones, el arreglo de la Meditation de la ópera «Thaïs» (Massenet) pondría el sosiego y remanso de un concierto donde este nuevo encuentro Judith – Adolfo colmó las espectativas de todos. Que este nuevo maridaje musical se mantenga muchos años ya que las carreras de ambos con sus respectivos instrumentos seguirán dándonos todavía más alegrías.

Como mosqueteros

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Lunes 3 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Nicholas Angelich (piano), Renaud Capuçon (violín), Daniel Müller-Schott (cello). Obras de Haydn, Brahms y Tchaikovsky.

En las jornadas de piano no podía faltar otro de los intérpretes grandes como el estadounidense Angelich que nos trajo a trío un lujo de concierto, demostrando cómo las figuras individuales cuando se unen para la esencia musical que es el género camerístico, pueden alcanzar cimas de excelencia, y este trío de mosqueteros al uso dejaron tres joyas muy dispares para esta formación.

Papá Haydn y su poco habitual Trío para piano, violín y violonchelo nº 39 «Zíngaro» en SOL M, Hob. XV/25 tiene tres movimientos bien perfilados sin seguir la «receta sonata» con más peso de la cuerda frotada pero perfectamente desarrollados en los protagonismos. La calidez de los tres intérpretes, en especial el cello de Müller-Schott que sigue impactándome por la sonoridad de su instrumento, nos dejaron un cuarto de hora de pura música de cámara bien entendida por el trío, con un Finale: Rondo al estilo zíngaro más escocés que gitano, recordándome la música folk británica que seguramente escuchó el compositor durante su estancia londinense, y probablemente donde compuso este trío como bien explica en las notas al programa la cellista y musicóloga santanderina Andrea Cabello Soldevilla.

Las notas de Brahms volvían a la sala como si hubiesen quedado flotando desde el sábado, y nada menos que con el Trío nº 1 en SIM, Op. 8, obra de juventud revisada casi cuarenta años después con toda la maestría del genio hamburgués, protagonismo compartido por unos músicos excelentes que fueron desgranando las bellas melodías del Allegro con brio. Tampoco tuvieron problema en afrontar el conocido y difícil Scherzo (Allegro molto) «meno molto» de lo esperado pero igual de exigente técnicamente (puede que la señorita que pasaba las hojas a Mr. Angelich no ayudase a una mayor concentración). Movimiento fresco llevado con ligereza y calidez en Capuçon, bien «contrapesado» por sus dos compañeros, desde el arranque solístico de Daniel y el poso de Nicholas. La emoción llegaba, como siempre en Brahms, con el Adagio resultando y resaltando hondura en los tres intérpretes, los arcos sonando como uno solo y el piano subyugante, para rematar «la faena» con el Allegro final, nueva muestra de entendimiento en la esencia camerística que tanto nos gusta a los que mamamos estas músicas en las sociedades filarmónicas.

Y la segunda parte el Trío para piano, violín y violonchelo ‘A la memoria de un gran artista’ en La m., Op. 50 (Tchaikovsky), también titulado «Patético» y dedicado al mentor y amigo pianista Nikolai Rubinstein muerto en 1881, dos amplios movimientos donde el piano lleva todo el peso de la obra, algo que Angelich asumió con alguna que otra dificultad, nuevamente poco ayudado al pasar hoja, algo excesivo en el uso del pedal, pero sin perder de vista el homenaje del trío a un pianista. Pezzo elegiaco: Moderato assai – Allegro giusto, la tragedia que acompaña al ruso hecha música para una formación nueva para él pero que consigue empastes casi sinfónicos desde el protagonismo del teclado y los arcos como toda la cuerda en sólo dos instrumentos. Y luego las Variaciones, piezas individualizadas agrupadas en dos bloques A) Tema con variazione: Andante con moto, todas de enorme virtuosismo para cada uno de los integrantes del trío, y B) Variazione finale e coda: Allegro risoluto e con fuoco – Andante con moto de comienzo pletórico, apasionado, romántico en estado puro o como escribe la cántabra «un juego de luces y sombras basado en la metamorfosis de un tema», luces del frío ruso y sombras de la marcha fúnebre final. Sombras y luces en estos tres mosqueteros que tocaron como el lema «Uno para todos y todos para uno», delicia camerística en un diciembre que acaba de comenzar.

No es cuento: Volo2 resultó Volo3

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Sábado 1 de diciembre de 2012, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos (piano), Oviedo Filarmonía, Michael Francis (director). Obras de Brahms y Mendelssohn.

La anterior visita en mayo de 2009 del gran Volodos me recordó a Shrek porque las apariencias engañan y el monstruo resultó ser encantador, sensible, dulce y tierno. Esta vez Fiona resultó una OvFi que tras el paso por el foso parece salir a flote engrandecida, y Burro, buen amigo en este cuento le correspondió nada menos que al inglés Michael Francis, una estrella en ascenso sin necesidad de doblarlo porque su acento británico era imprescindible para el programa de este primer día del último mes del año. Tres obras y tres patas suficientes para asegurar el equilibrio: orquesta, solista y director. De este cuento El Gato con Botas está independizado (¿el público?) y ocuparía otra película con Antonio Banderas poniendo voz hispana al personaje.

Brahms sería el protagonista de la primera parte, Obertura trágica, Op. 81 contrapuesta a la «académica», más enérgica que lacrimosa desde la primera nota. El maestro Francis se encargó de trazar las líneas claras de su visión, energía, tensión y dulzura, logrando sonoridades dignas de elogio en la orquesta carbayona, dinámicas extremas donde los pp eran sobrecogedores y capaces de acallar toses pese al frío invernal del exterior, que engrasarían la maquinaria para la obra y solista esperados. Lástima tener más cuerda en la plantilla porque la obra así lo exigía y sólo faltó el lógico volumen y «pegada» en los graves para redondear la perfección buscada por Mr. Francis. Ya indicaba Alejandro G. Villalibre en las notas al programa que esta obertura «no busca agradar tanto como epatar», aunque personalmente logró ambas cosas.

Sin caer en todos los calificativos que el ruso Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es capaz de verter en sus semblanzas biográficas, me quedo con «su virtuosismo junto con su sentido único y fraseo, color y poesía, le han convertido en el narrador ideal de las historias musicales románticas». Dominador de Rachmaninov o Liszt, «el segundo de Brahms» (Concierto para piano y orquesta nº 2 en SI b M., Op. 83) engrosa su larga lista de interpretaciones geniales, fácil de entender y hasta de acompañar como demostró el tándem OvFi-Francis. Un pianista capaz de sacar miles de matices a un instrumento mínimamente desajustado y sentado en una silla igual al resto como uno más a sumar en esta «sinfonía con piano», color orquestal desde las teclas como así lo escribió el de Hamburgo, misma paleta y agógica desde la batuta, concertación ajustada en cada uno de los cuatro movimientos, solista pendiente del concertino para «respirar» con sus arcos y un podio atento al teclado. Grandeza de Volodos para quien no hay retos técnicos una vez superados otros anteriores. Allegro non troppo así entendido por solista y director, empaste y complicidad con trompas y maderas, igual que el Allegro appasionato en la línea de bloque orquestal incluyendo el piano, hasta el reposo del Andante, con un Gabriel Ureña haciendo hablar el cello (pediremos a en navidades madera con más solera para redondear el «sabor en boca» que logra siempre el avilesino), protagonismo bien entendido y asimilado por Volodos (lo demostró en la propina). El rondó final del Allegretto grazioso volvió al cuento de «Shrek», simpático y sobrio, juguetón bien secundado por el buen amigo Francis en este «cuento Burro», capaz de aligerar toda la densidad del último movimiento redondeando una interpretación excelente en una «Fiona» enamorada y fiel de este «Relato a 3».

Y de regalo unas variaciones sobre Damunt de tus nomes les flors del gran Mompou, nuevo derroche dinámico e interpretativo lleno de emotividad (también la tiene en YouTube® hacia el minuto 4:23), agradeciendo el recuerdo a nuestra tierra española (o catalana sin Más) suficiente para recordar esta segunda visita al Auditorio.

No nos podemos quejar de Mendelssohn en Oviedo, pero la Sinfonía nº 3 «Escocesa» en La m., Op. 56 que nos dejó Michael Francis con una OvFi que resultó distinta y cercana, nacionalista y británica sentida desde el conocimiento de folclores que flotan como en la rememorada Escocia musicada por Donizetti para su Lucia di Lamermoor, esencia en el germanismo compositivo que no cae en tópicos, ayudado por una orquestación brillante de la que el director sacó todo lo mejor en cada sección. Si Brahms fue sobrecogedor y brillante, Mendelssohn devolvió toda la paleta romántica de texturas, agógicas (cambios de tempo), majestuosidad y empuje sin pausa desde la Introducción: Andante con moto – Allegro un poco agitato – Assai animato – Andante come I, neblina otoñal que nunca impidió perder la línea del horizonte, cuerdas muy trabajadas, maderas empastadas, metales sutiles, timbales aterciopelados siempre a punto para un Scherzo: Vivace non troppo, exigente para todos pero cumpliendo como buen ejército sonoro. Incluso el tránsito del Adagio cantabile al Finale guerriero no dejó tiempo a rupturas indeseadas por el «público enfermo» (toses entre movimientos indeseadas), más pendiente de la hora que de disfrutar una versión distinta a las últimas escuchadas en este auditorio ovetense, orquesta guerrera al mando de un buen general.

Si tras las «galeras» que parece suponer el foso para esta orquesta, nos la devuelven rejuvenecida a escena, bien venidas sean. Claro que la maestría en la dirección tuvo mucho que ver en este «Spa», y Volo2 resultó Volo3… no es cuento.

Vázquez del Fresno, hoy Debussy

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Este miércoles 28 de noviembre, Luis Vázquez del Fresno se «enfrentaba» a los Preludios de Debussy en la que ha sido su casa, el CONSMUPA, con la madurez de los años y el magisterio de quien lo ha ejercido siempre compaginándolo con su profesión, una integral de casi dos horas que solamente escuché en vivo nada menos que a Zimmerman en el Teatro Campoamor… ¡en el siglo pasado!.

No pude escaparme esta tarde a Oviedo para disfrutar con su arte en un autor que domina a la perfección y que ya me encandiló en mi época de estudiante cuando venía a tocar en Mieres a la Filarmónica dependiente del «Centro Cultural y Deportivo Mierense» presidido entonces por Luis Fdez. Cabeza, «el culturu» como le llamaban en nuestro pueblo, allá a principios de los 70, y recién llegado de París donde completó sus estudios.

Mi admiración fue creciendo en cada concierto y grabaciones como la realizada con Joaquín Pixán, de quien escribiré un día de estos. Atrás han quedado proyectos como el estreno de su ópera «La dama del alba» (2003) basada en la homónima de Alejandro Casona, que en versión concierto anunciaba la inauguración de un Niemeyer que sigue siendo noticia por su gestión en vez de la programación. Su carrera de intérprete ha estado jalonada de galardones y por su cátedra ovetense han pasado alumnos que tomaron a la perfección su relevo como Francisco Jaime Pantín o Roberto Méndez. Supongo que el «encierro con Debussy» haya sido en cierto modo un homenaje no ya al compositor francés sino a su dilatada trayectoria de la que espero aún queden muchos años por delante.

El periódico La Nueva España trae la entrevista de Javier Neira este miércoles, a propósito de su concierto, que no tiene desperdicio e incorporo a continuación (en la web está cortada y espero que pinchando en la imagen se pueda leer algo más), pues un artista nunca se jubila mientras su mente esté lúcida, y la del pianista y compositor gijonés sigue como hace 50 años, alumno de Purita de la Riva, otra referencia en el piano asturiano, y anteriormente de Enrique Truán, quien impartió clases a Amador Fernández Iglesias y al prematuramente fallecido Jesús González Alonso, compañeros de Luis y auténtica referencia en mi tierra que traspasaron fronteras.

De los titulares me quedo con dos frases: «En la sociedad asturiana siempre ha existido una tremenda falta de confianza en los artistas» y sobre la ópera que sigue sin estrenar «porque los políticos tienen un miedo enorme».

Siempre nos quedará seguir escuchándole en vivo, recreando o estrenando, vanguardia ya asumida pero que en mis años jóvenes nadie se atrevía a componer «Audiogramas» o «Tocata» para piano preparado en la senda de John Cage compartiendo programa precisamente con Debussy, entre otros.

Aunque el pelo se vuelva cano, el recuerdo juvenil perdura en mi memoria, con la grabadora de cassette portátil lista, la posterior escucha de sus conciertos una y otra vez, los consejos del maestro en el Bar Madrid con «El Culturu» de testigo cuando aún se utilizaba el Teatro Pombo, o la siguiente ubicación en la llamada «Casa de la Juventud» (el Polideportivo del barrio Oñón), cuyo salón de actos tantos eventos musicales acogió, y donde el viejo Blüthner se murió de pena y abandono:

P. D.: Crítica de Javier Neira en LNE del jueves 29.

El magisterio de Blechacz

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Jueves 22 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Rafal Blechacz. Obras de Bach, Beethoven, Debussy y Szymanowski.

No había mejor forma de celebrar Santa Cecilia que el concierto de piano de este jueves. Puedo presumir, ya que no tengo abuelas, de haber escuchado a pianistas que han hecho historia y de los que la van a hacer, y el polaco Rafal Blechacz es uno de ellos con total seguridad, ya la está haciendo. El responsable del ciclo le calificó del siguiente Zimerman, y no le falta razón. El sello amarillo con el que ha firmado en exclusiva tiene otros buenos colegas pero nada que ver con él.

Las obras elegidas para esta gira son una auténtica clase magistral de piano (en el Baluarte pamplonés quedaron boquiabiertos), casi 300 años de historia en cuatro autores, y si además tenemos las notas al programa del maestro Pantín entonces unimos teoría y práctica para redondear una tarde pianística excepcional.

La Partita nº 3 en La m, BWV 827 (Bach) resultó fresca, limpia, de ornamentaciones exquisitas, contrastes ajustados, pulcritud total y una ejecución fantástica en las siete danzas que forman un todo pese a sus diferencias, unidad expositiva e interpretativa, claridad en las voces, fraseos transparentes, magisterio barroco en un piano íntimo.

El Beethoven amado y menos conocido llegó con la Sonata nº 7 en RE M., Op. 10 nº 3, continuidad perfecta tras el kantor, arranque vigoroso del Presto, serenidad y madurez en el Largo e mesto, alegría en el Menuetto: Allegro, retomando el aire puro, y el Rondo: Allegro colofón de lujo donde la sobriedad no impidió disfrutar de sonoridades increíbles y nueva maestría interpretativa, conocida por las grabaciones pero donde el directo es irrepetible.

Tras la pausa nuevo paso adelante en el tiempo con dos autores igualmente recogidos en la discografía del polaco pero que el Steinway del Auditorio recreó para gozo pleno. La Suite Bergamasque (Debussy) fue un abanico de luz y color, matices únicos, ambiente sonoro plenamente impresionista lleno de delicadeza precisa y preciosa, con un Clair de lune plateada por llena y poderoso influjo en el público. Si la grabación es joya, del directo no tengo sustantivos ni calificativos para los cuatro números.

Szymanowski parece hacer confluir todo lo anterior desde la Polonia del siglo XX como cerrando la clase magistral de hora y media en los dedos de su compatriota. La Sonata nº 1 en Do m., Op. 8 nos mostró otra cara de un diamante gigantesco, llena de fuerza y nuevos brillos, luminosas dinámicas con brío (Allegro moderato) frente a tenebrosos pasajes resposados (Adagio), ave fénix del Tempo di minuetto y sentar cátedra en la doble fuga Finale que el profesor Francisco Jaime Pantín califica como «cóctel  explosivo…  en una sonata que, aunque aparentemente excesiva, mantiene una fuerte cohesión interna en virtud de un sistema de derivación temática en el que los elementos parecen relacionarse«, y así la interpretó Blechacz, exacerbado, luminoso, febril, visionario, académico y de complejidad intelectual volviendo a retomar a mi admirado Paco. Teoría y práctica en estado puro.

Chopin es el músico polaco por excelencia y ahora mismo Blechacz su mejor intérprete, ganador en 2005 de su concurso, y no podía marcharse sin regalarnos el Vals nº 3 en La m. Op. 34 nº 2 para rendirnos ante el piano romántico cual epílogo de la clase magistral. Y otro más, expléndido en todos los sentidos.

Rafal Blechacz cercano a la salida, firmando programas, discos, posando para los aficionados y agradeciendo nuestra presencia. Gratitud de un público más sano que de costumbre y menor del merecido, pero esto daría para mucho más.

Todo un Maestro de 27 años que ha irrumpido en la historia de los Grandes Intérpretes, y algunos piensan como yo que es el pianista del siglo XXI, y espero seguir disfrutándolo.

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