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Sturm und Drang: las apariencias engañan

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Lunes 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Christian Zacharias. Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

Una figura internacional para abrir las jornadas de este curso, pianista y director como dualidad única permitiendo afrontar un programa de la terna por excelencia (frente a la otra terna por indecencia: teléfonos, toses y paraguas), tres románticos con el piano como vehículo propio y tablero de diseño orquestal, colores esbozados en blanco y negro para alcanzar la paleta cromática de la gran formación. Zacharias nos dejó toda una lección de piano, excelencia desde la óptica de la reciprocidad tanto compositiva como interpretativa: la orquesta metida en el piano, y éste exportando a aquélla. Las obras elegidas, incluyendo la propina, tenían ese sello de la introspección, la lectura interior y compartida desde una engañosa sobriedad. Siempre comento lo malo de las apariencias: sencillez que esconde genialidades en los pentagramas y horas de trabajo con una técnica asombrosa al servicio de la música en los intérpretes, más en la soledad del piano. Nada al azar, todo milimetrado, dinámicas asombrosas sin el menor asomo de excesos para un romanticismo en estado puro.

La Sonata para piano nº 12 en LAbM, op. 26 (Beethoven), conocida por muchos estudiantes de piano y habitual solamente en grabaciones integrales, pero con esbozos de las grandes, lo que hizo el pianista alemán (nacido en la India en 1950) con la música de sus compatriotas y el enfoque de un gran director, sonata cual preludio de la plenitud romántica que se avecinaba y no un simple calentamiento sino un derroche de musicalidad orquestal en blanco y negro desde el Andante con variazioni claro, límpido, dinámicas increíbles desde un gesto adusto sin concesiones a la galería, igual que el Scherzo (Allegro molto), broma desde el humor germano del compositor hecho suyo por su intérprete. La Marcia funebre sulla morte d’un eroe sacaría del teclado toda el germen orquestal y emotivo, para acabar con el Allegro virtuoso y sobrio nuevamente, contención y teatralidad musical que sin apenas dilación abriría la puerta de este salón vienés en que Zacharias convirtió el auditorio ovetense (entre Zaragoza y Lisboa), con la caja escénica adaptada para la ocasión, pues los grandes pienso que agradecen un poco de «cercanía».

Seis momentos musicales D 780, Op 94 (Schubert), compañeros de viaje y destino, «Sturm und Drang», tormenta y pasión, ímpetu, pero juguetes delicados mucho más que entretenimientos u hojas de álbum tan de moda en la época. Así los entendió Zacharias, seis joyas contrastadas ejecutadas como nadie antes, interiorizadas, brillantes y melancólicas, perlas desgajadas corriendo por el suelo, recogidas con amor, vueltas al esbelto cuello hechas melodía propia. La aparente simplicidad, el gesto adusto, siguen engañando al dar una visión íntima, ida y vuelta del sinfonismo al cálido salón con el fuego vivo en la chimenea.

La terna se completaba con una de las cimas absolutas del catálogo pianístico de Schumann: Kreisleriana, op. 16, romanticismo alemán en estado puro, más pasión y tormenta pero tras los amplios ventanales, pocos grises y claridad otoñal que el pianista sintió como nadie haciéndonoslo llegar a todos los presentes. Dice Juan Manuel Viana en las notas al programa que es «una de las obras más atormentadas, enigmáticas y profundamente subjetivas de su autor», y así resultó el acercamiento del compatriota, genio alemán desde la subjetividad pero compartida, aclarando los enigmas y alcanzando la calma tras el temporal. Referencia interpretativa a partir de ahora.

El círculo debía cerrarse con Beethoven y su Sonata para piano nº 6 en FAM, Op. 10 nº2, tres movimientos que rompen la «norma» como no podía ser menos en el de Bonn, nueva bocanada de aire puro sin llegar al huracán, engañosa apariencia escrita y escuchada, con el Presto final suficiente para dejarnos más que satisfechos a pesar de la ráfaga que supuso.

Pero agradecido desde una seriedad con algunos tics, respondió con la Arabesque en DOM, Op. 18 de Schumann corroborando la total simbiósis con el de Leipzig, introspección compartida, filosofía germana como «nieve frita» que diría Gustavo Bueno, agnosticismo musical añadiría servidor, para una inicio de un ciclo que preside el piano y un intérprete que en Oviedo volvió a confirmar la sabiduría popular: las apariencias engañan.

Emociones al piano

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© Foto: Ricardo Solis para LNE

Viernes 27 de abril, 20:30 horas. Ciclo «Música Clásica», Sala Club del «Centro Cultural Internacional Avilés» (obra de Oscar Niemeyer): Carmen Yepes, piano. Obras de Haydn, Mozart y Schubert. Entrada: 5€ (6€ en Cajeros).

Siempre es motivo de alegría el reencuentro en su tierra con mi querida Carmen Yepes (Oviedo, 1979), quien sigue alternando docencia y conciertos, esta vez en la «caverna» del Niemeyer (del espacio elegido mejor no hablo) cerrando el ciclo de música clásica -que abriese Forma Antiqva el día de San José y por donde también pasó la mierense Penélope Aboli, otra alumna de Francisco Jaime Pantín– con un programa realmente exigente y bien armado como es la tónica de todas sus apariciones en solitario, demostrando nuevamente su capacidad de embelesarnos desde un rigor y honestidad hacia las obras interpretadas conjugado con su visión siempre clara y personal para un repertorio clásico y romántico en el que se desenvuelve como nadie.

Para «calentar» nada menos que el Andante con Variaciones en Fa m., Hob. XVII/6 (Haydn), un catálogo técnico donde Yepes no se limitó al despliegue virtuoso sino que desgranó todas las variaciones con la limpieza a la que nos tiene acostumbrados, un uso del pedal siempre en su sitio, y todos los contrastes y juegos melódicos de una obra muy exigente.

Mozart es siempre agradecido para el oyente y piedra angular en los programas de la pianista asturiana, habiendo participado el pasado mes de octubre dentro de la integral de las sonatas que la Fundación Juan March organizó (sin olvidar su grabación del Concierto de la «Coronación» para piano y orquesta K. 537 con la Filharmonie Hradec Králové con Frantisek Vajnar), eligiendo esta vez la Sonata nº 15 en FA M., KV. 533, mucho más que el paso del «menor» Haydn al «mayor» Mozart en el más puro estilo clásico. La presunta facilidad de la obra contrasta con la dificultad en lograr hacernos percibir lo importante sin renunciar al resto ¡que es mucho!, resaltar la plenitud emocional que esta sonata esconde con la que Carmen Yepes volvió a enamorar en cada uno de sus tres movimientos desde una lectura ajustada como siempre y volcada en sacar a flote todas y cada una de las notas: el Allegro brillante con el tiempo justo para saborear unos fraseos y articulaciones como perlas; un Andante sentido, escuchando la medida exacta de cada figura y de nuevo los pedales en el sitio exacto para subrayar esas emociones sentidas como propias; finalmente con el Rondo. Allegretto transmitirnos esa fuerza interior descomunal que brota cual volcán sonoro en este último movimiento, ligero, claro y arrebatador, «premonitorio» del Schubert posterior.

Preparados anímicamente llegaba el último Schubert de la Sonata Póstuma D. 959 en LA M., la evolución anterior, la admiración presente por Beethoven y la proyección quasi lisztiana, derroche técnico al servicio de una partitura exigente de principio a fin, capaz de pasar del lirismo enamoradizo al dolor romántico ante una vida que se esfumaba sin ver reconocido el esfuerzo. Ejecución completa y perfecta llena de sensaciones indescriptibles, honestidad hacia la obra sonando todo en un piano capaz de dinámicas increíbles y silencios majestuosamente sobrecogedores para un público respetuoso y rendido al pianismo de Carmen Yepes.

Comentaba tras el concierto lo bien que le ha venido trabajar el repertorio de danza para alcanzar una musicalidad exacta en ese «vals» del tercer tiempo, donde cerrando los ojos casi percibía una coreografía para la sonata póstuma del bueno de Franz. En el Allegro fue capaz de resaltar la expresividad y fuerza plenamente románticas, claridad expositiva con derroche dinámico; el Andantino delicadeza y homenaje subyacente a Beethoven, musicalidad desde el tempo elegido hasta los matices; para el Scherzo. Allegro vivace. Trio. Un poco piu lento desplegar la sabiduría y trabajo de años, un recorrido por lo más recóndito del espíritu schubertiano plasmado en el teclado, poso interpretativo con juguetones planos sonoros límpidos llenos de fuerza sin perder ligereza; aún quedaba el Rondo. Allegretto, hasta el último aliento de fuerza y contención, música a raudales y sonido muy trabajado para seguir compartiendo aún más emociones. Maravilla pianística de una «póstuma» para recordar.

Y si el esfuerzo resultó casi sobrehumano, todavía tuvo fuerzas para regalarnos el Impromptu Op. 90 nº 2 para reafirmar todo lo anterior y añadir a Schubert como otra referencia en su amplio repertorio: Música y emociones en el piano de una pletórica Carmen Yepes.

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