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Allegro MaestroSO

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Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 6 «El pasado recobrado»: Teo Gheorghiu (piano), Perry So (director), Claudio Abbado in memoriam. Obras de G. Gabrieli, Beethoven y Stravinsky.

Regresaba el alegre maestro Perry So al frente de la OSPA con un programa variado bien comentado por María Antonia Barnés Vigil tanto en las notas al programa (enlazadas en los autores) como en la interesante conferencia previa de la que tomaré su hilo argumental sobre los distintos diálogos y en memoria del director recién fallecido Abbado.

Como ya sucediese la temporada pasada, se introdujo en el programa música camerística, esta vez a cargo de «los bronces» propios para escuchar el efectista G. Gabrieli con dos canzone flanqueando una sonata, obras todas de 1597 (Sacra Symphonia), aunque puestos a innovar hubiese quedado genial haber colocado en los laterales del segundo piso los metales precisamente para disfrutarlo acústicamente en el auditorio cual San Marcos veneciano, y la profesora Barnés hablaba precisamente de «diálogo con la arquitectura» en el caso del compositor italiano. Mejor la Sonata pian’e forte a dos (trompeta, trompa, trombón y trombón bajo más tuba) sin herencia vocal y auténtica delicia de matices (de aquí surgen los términos «piano» y «forte» en cuanto a intensidades, un coro o ambos, entendiendo por tal las balconadas enfrentadas donde se ubicaban en Venecia) que la Canzon primi toni (dos, cuatro, dos) algo destemplada para arrancar, o la Canzon septimi toni nº 2 mejor empastada. Se agradece escuchar música barroca aunque no sea sinfónica sino camerística, si bien no creo que encaje en los conciertos de abono, dejando claro que no la considero menor ni una rebaja incluir a los músicos propios como solistas en la temporada.

El piano de Beethoven siempre es un placer, y de sus conciertos aún tenemos reciente el segundo nada menos que con «la Pires y los vieneses». Probablemente menos escuchado que el «Emperador» pero de preparación, experimentación y muchos puntos en común, el Concierto para piano nº 4 en sol mayor, op. 58 en las manos del joven Teo Gheorghiu resultó globalmente honrado, versión íntima y perfectamente concertada por el maestro So, atento a cada detalle (destacar la recolocación de los contrabajos detrás a la izquierda o la utilización de timbales antiguos), diálogo del director con todos, también el imprescindible entre solista y orquesta, escuchándose en una obra de «diálogo interior». Pese a ser obra nueva en el repertorio del actor y joven pianista suizo de sangre rumana, nacionalidad canadiense y sentimiento londinense, resultó convincente desde el inicio del Allegro moderato, marcando el tiempo a seguir, con claridad sonora y expositiva. Necesitará tiempo para profundizar pero lo apuntado dejó buenas sensaciones tanto en las cadencias como en el Rondo: Vivace impetuoso y contrastado con el Andante con moto donde el diálogo con las violas resultó conmovedor.

La Balada nº 3 en la bemol mayor, op. 47 de Chopin fue una generosa propina corroborando su trayectoria más que prometedora desde su infancia, aunque personalmente no subiese el escalón de emocionarme, algo siempre subjetivo pero nuevamente impecable y con ese ímpetu juvenil.

La segunda parte otro mundo que es el mismo, el nuestro: Stravinsky enamorado de la Venecia que arrancaba el concierto, con la Sinfonía en Do (1939-1940) compuesta entre Europa y Estados Unidos, recuerdos de Beethoven y Tchaikovsky, dos primeros movimientos casi vieneses y los otros dos realmente de slogan «genuino sabor americano», el diálogo con el pasado desde el conocimiento y maestría compositiva y el otro diálogo de director-orquesta que resultó lo mejor de este primer viernes de febrero.

Los cuatro movimientos clásicos desarrollados con maestría y complicidad, la que Perry So alcanza con la OSPA en cada visita, química en esta partitura que volvió a reencontrar lo mejor de nuestra formación sin recuperar excelencias anteriores pero manteniendo una esperanza que todos queremos cristalice en realidad permanente.

Juan Barahona: pasión y trabajo infatigable

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Miércoles 22 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 2 del año (Año 108, 1.901 de la sociedad): Juan Andrés Barahona (piano). Obras de Schubert y Beethoven.

Cuando la música se lleva en los genes y no hay rechazo, solamente puede haber pasión. Juan Andrés Barahona (1989), un pianista asturiano al que «nacieron» en París y ciudadano del mundo como buen músico, no sólo transmite pasión desde el piano (con orquesta de solista o en trío, pero también en solitario como este debut en la centenaria Filarmónica carbayona por la que han pasado enormes talentos a los que se suma ahora Juan) sino que detrás hay todo un ímprobo trabajo, sólo posible precisamente desde la búsqueda de la perfección.

De sólida formación desde sus inicios, siempre destacando por su infatigable deseo de mejorar, continúa sus estudios en el londinense «Royal College of Music«, agradeciéndole esta escapada a casa para ofrecer dos recitales con un programa cargado de dificultad e interpretado desde una madura juventud, aunque en Oviedo el viejo «Steinway» no respondió como el intérprete se merecía, comprendiendo a las figuras que exigen un modelo concreto o incluso viajando con su propio piano. Si el pedal izquierdo cambiaba no ya la dinámica sino el timbre, el central no siempre enganchaba la nota deseada y el derecho no volvía del todo a la posición inicial al soltarlo, el desequilibrio entre los registros graves y agudos resultó un «hándicap» más con el que Juan Barahona tuvo que luchar, saliendo indemne aunque seguramente algo disgustado precisamente por su anhelo de perfección truncado por el propio instrumento que tanto ama, que esta vez no le respondió en un programa que representa «el mayor grado de refinamiento y madurez» de los dos compositores enterrados en Viena.

Los Cuatro impromptus D. 935 de Schubert son, como comentaba en la entrevista de Javier Neira para el periódico LNE esta misma semana (que dejo a continuación), para interpretar hablando desde el corazón, joyas para degustar individualmente -conocidos los centrales en la bemol mayor y si bemol mayor– pero toda una obra iniciática en este último conjunto cuaternario, exigente no ya técnicamente, que lo es, sino interpretativamente por todo lo introspectivo de un compositor como el vienés que en cada impromptu explora sonoridades y emociones, evolucionando como si el joven Barahona hubiese interiorizado todo el dolor de esas composiciones, dándoles la atmósfera propia a cada uno desde tiempos contenidos contrapuestos a pasajes más ligeros y brillantes (especialmente en el tercero) desde un «rubato» siempre ajustado para degustar cada microcosmos y dotarlos de una unidad orgánica en el conjunto.

Y si Schubert «habla desde su propio corazón», la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor, «Hammerklavier» (1818) de Beethoven «se dirige a toda la humanidad» desde la inmensidad de una obra gigantesca, compleja, cumbre interpretativa de la que el propio compositor al finalizarla dijo «Ahora ya sé componer», al alcance de pocos pianistas pero que Juan Barahona demostró sin complejos cómo afrontarla desde la fuerza e ímpetu juvenil capaz de todo: enérgico el Allegro, descaradamente fresco el Scherzo: Assai Vivace, profundo lirismo en el Adagio Sostenuto que hasta «domó el Steinway», y arrebatador Largo – Allegro Risoluto completando una interpretación para quitarse el sombrero, lo que el público valoró con una larga y merecida ovación, devuelta nada menos que con dos propinas tras el esfuerzo titánico del recital: la «Siciliana» del Concierto para órgano en re menor de Bach / Vivaldi, y después Margaritas (Daisies para voz y piano) en arreglo del propio Rachmaninov, un compositor con el que Juan me hace disfrutar especialmente.

Como curiosidad constatar el cambio de atuendo en las dos partes: traje negro con camisa blanca en la primera, pero camisa negra sin chaqueta para la segunda, buscando seguramente más comodidad y menos calores para el volcán beethoveniano.

Siempre un placer disfrutar de la música de piano, aún mayor cuando un intérprete afronta un programa tan difícil desde la honestidad y el trabajo sin descanso, pero con una pasión que nos contagió a todos.

Laura Mota Pello: un regalo al piano

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Martes 17 de diciembre, 19:30 horas. Salón de Actos «Casa de la Música«, Mieres. Laura Mota Pello, piano. Obras de Soler, Mozart, Chopin, Albéniz y Moszkowski.

El directo es inigualable, único, irrepetible. La pianista ovetense Laura Mota es toda un figura con premios nacionales, conciertos y apariciones televisivas.

Volvía a Mieres con un programa de quitar el hipo, memorizado y trabajado a conciencia, con las sabias orientaciones del maestro Jaime Pantín, capaz de transmitir todo su saber y plantar musicalidad en una pianista increíble, de técnica impresionante y seguridad pasmosa, absorviendo cada detalle, cada fraseo, cada ataque, con la facilidad e inocencia que a todos nos maravilló.

Arrancaba nada menos que con tres sonatas del Padre Soler, las R 87 en do menor, R 84 en sol mayor y R 90 en fa sostenido mayor, mismo lenguaje pero distintos caracteres que Laura Mota desgranó como perlas pianísticas, unidad buscada por la intérprete y rotas por un público que no daba crédito (como los bancos) ante este portento, perfecto preámbulo para la Sonata KV 333 en si bemol mayor de Mozart. Llevo un buen rato en casa y todavía no me he recuperado del «shock»: como si el espíritu de Wolfie se hubiese infiltrado en la pianista carbayona, el Allegro abrió la luz de una interpretación única, fresca como si el aire musical entrase por la ventana del arte, caldeando sensaciones y calmando ánimos en un Andante cantabile capaz de emocionar y conmocionar, sintiendo la envidia sana cual Salieri de Milos Forman en «Amadeus», lo más cercano del genio saliendo de aquellas pequeñas manos, grandes en profundidad, para finalizar con el torbellino Allegretto gracioso de nuevo celestial, vital, jovial, descaradamente eterno.

Me quedé petrificado en la silla, sin palabras, deteniendo la mente buscando parecidos emocionales no encontrados.

Sin resuello comenzaba a sonar Chopin, el romántico y profundo, pianismo en estado puro con dos Valses póstumos, en la menor y la bemol mayor, música de salón acallando al público que abarrotó asientos, manantial de arpegios claros y pedales siempre perfectos, para seguir con Tres estudios, nuevos el nº1 en fa menor y nº 3 en la bemol mayor más el Op. 25 número 1 en la bemol mayor, la humildad del trabajo hecho arte, piezas de concierto arrebatadoras desde el intimismo, el juego del rubato natural, sin afectación, concepto claro en la escucha.

Del polaco en Francia al Albéniz catalán de Aragón (de la «Suite Española«) como nueva sorpresa de una pianista políglota en la música, todo el sabor de la tierra maña en el piano más internacional del nacionalismo español, fraseos increíbles, sonido único, fuerza impensable, casi sobrenatural para una interpretación natural, directa y sin complejos.

Para seguir boquiabierto, otro virtuoso del piano como Moszkowski y «Tres estudios op. 72» en la línea chopiniana pero todavía más complejos, virtuosísticos, sencillez en la escucha y ejecución con aplomo, nº 5 en do mayor, nº 6 en fa mayor y nº 11 en la bemol mayor, la evolución tímbrica desde la tonalidad, cascadas sonoras que trajeron otro destello de madurez desde la aparente y engañosa facilidad interpretativa de Laura Mota. Transformación delante del piano, espontánea naturalidad en los saludos, apabullante desparpajo de principio a fin, atronadores aplausos para despertar del sueño hecho realidad y vuelta con regalos navideños adelantados:

Bach, el padre de la música con hilo directo desde la eternidad sonando en el piano, más aplausos y bravos, ¡otra vez la España más internacional! con Granados (qué Danza Oriental) y cual estrella final coronando este retablo maravilloso, la Danza de la gitana de Ernesto Halffter, honda, sentida, limpia como la inocencia y profunda como lo ignoto del ser humano.

No lo había dicho aunque las fotos daban una pista: Laura Mota Pello sólo tiene 10 años… un regalo al piano. Enhorabuena a sus padres y familia. Gracias por permitirnos disfrutar emociones olvidadas.

Estrenando con grandes

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Viernes 29 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Horacio Lavandera (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Respighi, Guillermo Martínez y Sibelius.

Este último viernes de noviembre, frío y cálido al mismo tiempo, nos traía un nuevo estreno del compositor curtido en Covadonga y su Escolanía, que viajaron hasta el Auditorio para admirar y disfrutar de un modelo a seguir: Guillermo Martínez al que rebauticé como «Cosecha del 83», madurado en esa escuela cuna de España que nos estrenaría su Concierto nº 1 para piano y orquesta en si bemol mayor, Op. 83 interpretado por otro joven igualmente de raíces asturianas como es Horacio Lavandera, con la Oviedo Filarmonía bajo la dirección de su titular el florentino Conti, orquesta que convocó en 2012 su Primer Concurso Nacional de Jóvenes Compositores «Ciudad de Oviedo» ganado también por Guillermo con una obra titulada Rapsodia para violín y orquesta «Der Wanderer über dem Nebelmeer» que esperamos escuchar el próximo verano, otra prueba de la amplia y exitosa producción que lleva en su imparable e impagable carrera.

Primero disfrutamos de la Serenata per piccola orchestra -1904- (Respighi) bien llevada por el titular para una formación que cada vez suena mejor, dentro y fuera del foso, plantilla homogénea para una obra breve y perfecto preludio lleno de vitalidad que transmitieron antes de afrontar el estreno absoluto.

Ubicar dentro de las jornadas dedicadas al piano este primer concierto de Guillermo Martínez resulta todo un lujo no ya para el compositor o el solista sino también para los presentes, invitados, abonados y público puntual, que pudieron disfrutar de una partitura compuesta desde el academicismo más puro sin perderse el tiempo actual, algo de agradecer en momentos donde las raíces no deben olvidarse. La obra está perfectamente comentada en las notas al programa de Joaquín Valdeón, quien ha tenido la suerte de dirigir otros estrenos del compositor asturiano (al que «nacieron en Venezuela») y analiza la partitura con todo lujo de detalles, así como las del intérprete Horacio Lavandera, primero en degustar una obra que pronto sonará en otras salas.

Mis primeras impresiones recién escuchado: tres movimientos bien armados que resultan cual ideario o muestrario de todo lo que el (in)genio y oficio compositivo atesora, montón de referencias en una mochilla repleta de sensaciones, escuchas, emociones a flor de piel que salen a borbotones y resulta complicado organizar en una línea continua y cohesionada. Guiños a los grandes conciertos románticos, cercanía al más lírico Rachmaninov, el Ravel maduro o el Adinsell del cinematográfico Concierto de Varsovia, orquestación de libro trabajada en ordenadores que son capaces de trinos imposibles para los metales o combinar difíciles percusiones en vivo, así como un lenguaje pianístico donde las «cadenzas», solos, concertantes, son previsibles precisamente por seguir la receta del concierto para piano más «académico», bien llevado por un Conti que siempre ha confiado en Martínez.

El Tempo como, ma eroico-Allegro appasionato resultó ciertamente bien trabajado desde la forma, dramatismo en la primera aparición del solista y juego de colores al fundirse primero y dialogar después con una amplia orquesta siempre arropando ese fluir de temas que no llegan nunca al clímax, con todo un despliegue técnico en el piano: trinos (personalmente demasiados a lo largo de la obra y en todas las familias orquestales), escalas y arpegios arriba y abajo, contrapuntos, pedales… El pianista argentino siempre impecable engrandeciendo cada intervención. El Adagietto espressivo sacó colores hermosos de la paleta orquestal (corno, arpa y el cello de Elva Trullén) que Guillermo Martínez mostrase en «El sueño eterno», intimismo mayor en un delicado solo de piano con atmósferas francesas antes de desembocar en el Allegretto giocoso, auténtico «collage» y torbellino de motivos desde los asturianos a los orientales hasta desembocar en el jazz con piano y batería, modos mayores y menores, estampidas rítmicas, marchas casi patrióticas, paletas orquestales siempre equilibradas por Conti perfecto concertador con el piano de Lavandera, auténtico destinatario de este primer concierto de Guillermo Martínez desde «su compromiso compositivo, en su decidida y no disimulada intención de avanzar estéticamente, construyendo desde los cánones clásicos y no destruyéndolos» como bien escribe Valdeón. No podemos negar el trabajo y valía de este bautizo en la forma para un compositor joven al que el tiempo hará madurar como los buenos vinos, pero que también debemos valorar desde el momento actual.

Y de auténtica madurez resultó la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 de Sibelius, reafirmando el dicho de «no hay quinta mala» que el director italiano desgranó con una visión trabajada desde todos los planos orquestales en una formación cada vez más adulta, partitura compleja y exigente en sus tres movimientos bien delineados por esta batuta que está «maridando» con su orquesta a la perfección. Tempo molto moderato con protagonismo de las trompas, mejor que en la primera parte, y una cuerda homogénea e hiriente cuando se le pide, todo con ritmo más dinámicas muy conseguidas. El Andante mosso, quasi allegretto con esos «medios tiempos» tranquilos de los que Conti extrae calidades altísimas a su formación, y el Allegro molto de reafirmación en los metales para el Sibelius puro, maduro, heróico, efectista incluso en el final poderoso con el que la OFil remató un concierto de grandes obras nunca menores, música pura desde la total subjetividad emocional y compartida.

Emociones a flor de Kissin

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Jueves 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Evgeny Kissin. Obras de Schubert y Scriabin.

Todavía con la última lágrima de emoción tras el tercer bis de Kissin, la Polonesa nº 6 de Chopin que escuchase por Rubinstein en el Teatro Campoamor hace muchos años (7 junio 1975), se me hace difícil transcribir a palabras el torrente de sentimientos que nos sacudió de principio a fin desde un auditorio con la caja acústica haciéndonos aún más cercano un concierto íntimo para todos los presentes, e intentando plasmar lo más rápido posible esta emoción que no quiero dejar reposar.

Contar la biografía de este veterano de 42 años daría para mucho, análisis desde todos los puntos de vista, aunque pianista y ruso ya marca diferencias. Jugando con el abecedario tengo tres «t»: Talento, Técnica y sobre todo Trabajo, pues el primero con el segundo quedarían cortos si no se suma el tercero, necesario para distinguir un grande de un genio. Y de esas tres «t» salen tres «s» emparejadas y consecutivas: Sensibilidad, Sonido y Seguridad, talento sensible con técnica que logra un sonido indescriptible y con el trabajo tener la seguridad de saber que cada concierto, aunque se repita el programa, incluso las propinas, siempre será distinto.

Kissin llegaba de Madrid a Oviedo, engrandeciendo la nómina de figuras que han pasado por la capital asturiana, y comenzaba hablando de Rubinstein como si la última propina cerrase un ciclo vital para mí. También dos «s» como las de su apellido, Schubert y Scriabin, incluso forzando en cierto modo «Shopen ruso» que continúa el juego emocional en que se convirtió este primer jueves de otoño asturiano, «veranín de San Martín», música siempre limpia, clara, de líneas perfiladas sin el más mínimo atisbo de niebla, dibujo perfecto y colores exactos para describir lo indescriptible desde lo inefable e irrepetible de un concierto que me ha marcado definitivamente.

La Sonata para piano nº 17 en re mayor, D. 850 de Schubert no puede tocarse mejor en todos los sentidos. Leyendo las notas del maestro Francisco Jaime Pantín era como si las hubiese escrito después de escuchar a Kissin, porque todas ellas son aplicables a la interpretación transparente, limpia impecable, «afirmación vital no exenta de euforia», luminosa y brillante, «movilidad casi vertigonosa… que parece anticipar los excesos schumanianos», y así todas ellas, escritura instrumental que en el piano del ruso aún resultaba más rica, inspiración en el cuarteto de cuerdas que se trasformaba en orquesta donde «la música parece extinguirse hacia las simas más recónditas del teclado», para avanzar hacia la «sonoridad casi líquida en su fluidez» en este oasis otoñal que el pianista prodigio convirtió en lección mágica y sonora.

Y Scriabin cual «Chopin a la rusa» sería protagonista absoluto de la segunda parte, primero su Sonata nº 2 en sol sostenido menor, op. 19 en dos movimientos de claras resonancias románticas y calado expresivo que Kissin sabe aflorar como nadie (regalo de música). La técnica para el sonido con el talento y sensibilidad hicieron disfrutar tanto del lírico Andante como del vértigo del Presto final, angustia serena que supo a poco en otra interpretación profunda y magistral. Condensación de emociones desde la genial madurez.

De los Estudios Op. 8, también deudores del modelo chopiniano, incluso en su trasfondo pedagógico, la selección resultó un muestrario de profundidades cual montaña rusa de sensaciones, siempre con un trabajo previo capaz de dar a cada dedo la fuerza y protagonismo exacto para delinear lo que cada «miniatura» esconde, nuevamente descrita por Pantín como sólo un profesor es capaz y el genio poner en música: los estudios 2, 4, 5, 8, 9, 11 y 12 sonsacando lo mejor de ellos desde la aparente sencillez siempre equívoca para el profano, pero apasionadas en cada uno de ellos con estados anímicos variados, sutiles o delicados, épicos o apacibles, trepidantes o dramáticos, nocturnos enamorados y «patético» final, homenaje revolucionario de plenitud y paroxismo donde el virtuosismo no epató un discurso musical irrepetible. De nuevo los estudios convertidos en piezas de concierto en las manos (y pies, porque el uso de los pedales daría para un tratado exclusivo) de este genio único dentro de una generación de pianistas galácticos, mayoritariamente rusos, que marcan diferencias dentro de la excelencia, haciendo difícil elegir. Pero para gustos los momentos.

El regalo de la Siciliana de la Sonata de flauta de Bach que recrease el gran Wilhelm Kempff (también grande en Schubert) fue como la guinda de la exquisitez, pero Chopin y sobre todo la última Polonesa, me hicieron derramar lágrimas de emoción, algo que pocas veces me pasa. Gracias Evgeny, «ElGenio Kissin» y emociones a flor de piel.

Duro para el bolsillo melómano

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Antes se hablaba de «la cuesta de enero» pero en plena crisis y como escuchaba hace poco a una sufrida madre pagando libros de texto ¡de segunda mano!, todo el año es una cuesta sin fin, y ríanse ustedes del Angliru.

Supongo que debemos estar todos parecidos porque sube todo menos los sueldos, y en este mes de septiembre me toca pasar por la taquilla del Campoamor (¡menos mal que no tengo hijos ni hipoteca!) para pagar mis dos abonos habituales, tras ir quitándome muchos otros (Sociedad Filarmónica, Ópera de Oviedo de la que fui «pionero» en el abono de la segunda función -ahora hay incluso cinco-, Festival Lírico, Zarzuela…) y es que el sueldo de profe no da para tanto, teniendo uno que priorizar, amén de cortar salidas a otros conciertos cercanos (aunque sean en coche con sus peajes y subidas de gas-oil), vacaciones más cortas y en casa, con un cinturón cada vez más apretado que tendremos que cambiar por tirantes ante la ausencia de más agujeros.

No me voy a quejar del desembolso de 664€, aunque sigue siendo una barbaridad, pues en la capital del Principado los precios sigue siendo más bajos que en el resto de España (y doy fe de ello) pese a coincidir muchos programas y artistas en gira por la piel de toro, en parte porque la PPodadora cultural no está tan a flor de piel como en otras plazas, manteniendo Asturias subvenciones (¡qué no falten!) y patrocinadores (¡un monumento a ellos!) a la espera del tan largamente prometido «mecenazgo cultural«, y con protesta musical sinfónica el próximo día 23 de septiembre. Incluso se nos permitía pagar en veces para hacer más llevadero el susto, que comparado con abonos de equipos de fútbol y dividiendo el importe total entre los partidos, a la larga resulta incluso rentable: tienes siempre la misma butaca y asegurados los encuentros importantes sin que nos castiguen con un «día del club» donde tienes que volver a pasar por taquilla. Bendito dinero de plástico que permite a uno reorganizar la maltrecha economía doméstica.
Agradecer a mi querida OSPA, además de 22 años de «matrimonio», que para esta temporada sólo haya subido 50 céntimos, pues si el Gobierno saca pecho por unos pocos parados menos, tenemos que ser como el anuncio aquél del «granito a granito». Así pues 200€ el abono en butaca no es tan caro para los 14 conciertos de la temporada, segunda del búlgaro Rossen Milanov al frente y con programación en la línea de seguir con repertorios de siempre (la Militar de Haydn, Segunda de Schumann, una Séptima de Beethoven o Mahler con su Quinta cerrando temporada) junto a estrenos (el Concierto para guitarra de Leshnoff) y obras menos programadas (de Pärt o Benet Casablancas), atendiendo naturalmente los centenarios de Wagner, Verdi y Britten, del que destacaré el War Requiem del 22 de noviembre con los Coros de la FPA, dentro de una programación bien pergeñada con el lema «Música y guerra» (vuelve a colaborar la Universidad) a la que se sumará la continuidad de los grandes ballets (Pájaro, Lago y Cenicienta el 15 de noviembre), con directores conocidos (vuelven Lockington, Benjamin Bayl o Perry So entre otros) y solistas de primera (Manuel Barrueco, Kirill Gerstein, Renaud Capuçon o Daniel Müller-Schott entre otros). También destaca la decidida apuesta didáctica del maestro Milanov con el segundo año del programa «Link Up» que creemos y queremos repita el éxito anterior de «La orquesta se mueve», este año probablemente «La orquesta canta». Espero seguir contando cada uno de los programas y agradeciendo las lecturas. Habrá alguna novedad más como el programa «Avanti«.
Evidentemente nos quedaremos «huérfanos» de OSPA los títulos en el foso de la Ópera de Oviedo donde vuelve mi «candidato favorito» Guillermo García Calvo nuevamente con Wagner, pero seguiremos con la esperanza de la Primitiva, las transmisiones televisivas gratuitas o esperaremos las entradas de «última hora» que resultan más llevaderas. A los programas extraordinarios espero asistir también aunque «el principesco» siempre inaccesible para el vulgo deba conformarme con el ensayo general, perdiéndome el Réquiem verdiano en Covadonga del próximo 28 de septiembre por compromisos ineludibles fuera de Asturias.
Reflejar la campaña abierta de micromecenazgo y beneficios con el «Club OSPA» que va desde 75€ en el formato «Andante» a los 500€ del «Vivace», incluyendo invitación a un acontecimiento especial ofrecido por el Maestro Milanov. Todo sea por captar fondos ¡de quien los tenga!.
A la vista de mis gastos y por proponer, me postulo abriendo la campaña «Adopte a un melómano» que asegura comentarios en su Blog, Twitter, Facebook, Instagram y lo que haga falta…
Las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» y los «Conciertos del Auditorio» que organiza el Ayuntamiento de Oviedo se llevan el grueso del gasto, abono conjunto de 434€ para 20 conciertos dan una media de 27,10€ para cada uno, lo que resulta ¡barato! comprobando algunas figuras y precios para localidades sueltas. Queda como «Día del Club» el de la O. S. de la Radio de Baviera con mi idolatrado Dudamel al frente el 7 de abril de 2014, cual partido de Champions en que los socios tenemos precio especial de 30€ en nuestra misma localidad.
Ahí está el total de los 664€ porque las matemáticas no fallan, claro que el plantel lo merece y voy con pinceladas: Eugeny Kissin, Maria João Pires, «San Sokolov«, Horacio Lavandera o Javier Perianes con el Cuarteto Quiroga para los aficionados de las 88teclas, Gidon Kremer, Suzuki con el Bach Collegium Japan, Kent Nagano al frente de «su» Sinfónica de Montreal, Esa-Pekka Salonen con la Filarmónica de la Scala (esperando acuda a la cita) o Ton Koopman y sus 35 años al frente de la Amsterdam Baroque Orchestra para los sinfónicos completos, sin olvidarnos los amantes de la lírica de Elina Garança e inseparable consorte llanito Karel Mark Chichon, y el enorme, en todos los sentidos, Thomas Hampson, dos regresos a Oviedo que seguramente llenarán el auditorio (otra razón para el abono), sin olvidarnos otro taquillero como Michael Nyman, sólo para hacerse una ligera idea y donde también tendremos otras figuras nacionales e internacionales que harían prolijo el relato aunque quiera reflejar la unión de dos formaciones que me tienen ganado hace años: Forma Antiqva y El León de Oro el 31 de marzo con una «Pasión según San Juan» de Bach que espero como agua de mayo en Cuaresma. Conti y la OvFi tampoco faltarán en varios conciertos, completando un abono en primera división.
Quedan también algunas entradas sueltas ya adquiridas para la ópera carbayona donde no puedo faltar al Don Pasquale (19 de noviembre, 2ª función) que cantará mi querida Beatriz Díaz (62€ en Anfiteatro) o un Don Giovanni joven con mi admirado tenor cordobés Pablo García López… pero aún toca esperar.

En septiembre no tendré mucho directo aunque siempre hay discos y DVDs por refrescar e incluso comentar. Aquí seguiremos al pie del teclado…

Y cierre de película

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Viernes 30 de agosto, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Festival de Verano «Oviedo es Música». Judith Jáuregui (piano), Oviedo Filarmonía, César Álvarez (director). Obras de Sungji Hong, Beethoven y Tchaikovsky. Entrada butaca: 15,50€ (con gastos de emisión).

Cerramos ciclo y vacaciones veraniegas aunque la música nunca se toma descansos en nuestras vidas, y nada menos que con un concierto de los que salimos felices por lo escuchado y vivido, realmente de película.

Para empezar, un estreno absoluto de la ganadora del IV Concurso Magistralia de Creación Musical para Mujeres Compositoras, la Obertura Operatic Breaches de la surcoreana Sungji Hong (1973). La OvFi sigue creciendo en todas su secciones, y además de la versatilidad para los repertorios suma una madurez que se nota desde hace tiempo, esta vez bajo la batuta de César Álvarez que sacó de la orquesta toda una paleta tímbrica (destacando los solos de marimba y xilófono) y emocional que esconde la partitura de la compositora coreana, una línea que crece y decrece en dinámicas, texturas, rítmicas, en cierto modo música cinematográfica sin imágenes y clímax sinfónico para una plantilla que lo dio todo, interpretación que la autora presente en la sala, también agradeció.

La pianista donostiarra, con una agenda muy completa en estos tiempos, volvía por tercera vez a Oviedo, en esta ocasión con el Concierto nº 1 en do mayor, Op. 15 para piano y orquesta de Beethoven. Da gusto escuchar las obras concertantes cuando hay un total entendimiento entre batuta y solista, arrancando el Allegro con brio sin excesos en «tempo» que permitieron una primera entrada del piano degustando ese estilo aún clásico pero plenamente beethoveniano, con la estructura de solos, orquesta y concertantes en perfecto equilibrio y la cadencia final delicadamente arrebatadora en los dedos de una Judith que rebosa musicalidad. El Largo rezumó dulzura poética y limpieza en todos los intérpretes, con un director siempre pendiente de la solista, lo que siempre ayuda, sonoridades bien trabajadas en el piano siempre bien arropadas por la orquesta, para sin pausa atacar el Rondo Allegro scherzando que marcaría todo el devenir del movimiento final, escuchándose y contestándose todos, ligeros rubati bien resueltos por una batuta atenta y precisa para un acompañamiento que iba más allá, consiguiendo una verdadera concertación para esta interpretación del «primero de Beethoven» que ya apunta lo que culminará con el «Emperador». Excelente versión del triunvirato Jáuregui-Álvarez-OvFi.

Y si la propia pianista tras los agradecimientos nos hablaba de un viaje, también emocional sin duda, nos hizo un regalo de altura y talla interpretativa que tiene grabado en su CD «Para Alicia«, Granada de Albéniz en un acercamiento y homenaje a la gran Alicia de Larrocha, escapada romántica a una página cual ventana abierta a visiones muy personales que Judith Jáuregui compartió con todos nosotros. Nuevo derroche de musicalidad para esta obra que ya ha interiorizado y siempre suena distinta desde su visión.

Imaginando la película «Cisne negro» escuché la Suite Op. 20 del conocido ballet «El lago de los cisnes» (Tchaikovsky) en una interpretación para paladear auditivamente de principio a fin y reconocer tanto el excelente trabajo del maestro Álvarez como de todas las secciones orquestales, con una cuerda algo corta en plantilla pero que dio de sí para compensar la masa sonora de metales, y unos solistas de lujo, en especial el concertino Andrei Mijlin con el magistral solo del «paso a dos» que arrancó unos merecidos aplausos en mitad de la suite por su genialidad y arte, así como el protagonismo del oboe Jorge Bronte en las conocidas melodías o la siempre impecable arpa de Danuta Wojnar. Cada uno de los números fueron cuadros perfectamente pintados desde una dirección que dejó su impronta a la formación carbayona. Bien y emocionante el conocido Vals, equilibrado y con identidad propia, las danzas de los cisnes y la española o la Mazurka del acto III, sin olvidar la escena final apoteósica y realmente «agitada» donde como ya apunté, el poderío de percusión y viento no aplastó a una cuerda realmente superando el máximo exigible, logrando una interpretación global y turbulenta realmente de película.

La propina, siempre difícil después de Tchaikovsky como decía el maestro Álvarez, sí resultó cinematográfica pudiendo escuchar el tema principal de «Quemado por el sol» (1994, N. Mikhalkhov) del compositor ruso Edward Artémiev (1937), una delicia de partitura donde pudimos apreciar el talento de Gabriel Ureña al chelo, antes de su «escapada vienesa», con un solo en la línea de sus interpretaciones, melancolía y buen gusto, así como el contrapunto de corno inglés de Javier Pérez, un cierre de película para un verano que es simplemente un punto y seguido musical.

Al final pude saludar de nuevo a «la rubia», siempre a gusto en Oviedo y un placer para los que la seguimos desde sus inicios. Septiembre es sinónimo de inicio de curso y «cuesta» para los bolsillos al pasar por taquilla para un 2013-14 que se augura duro pero de excelencias musicales, esperando seguir contándolas desde aquí y continuar compartiendo impresiones personales.

Terraza de verano con piano

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Martes 23 de julio, 20:00 horas. Claustro del Museo Arqueológico de Asturias, Oviedo. Festival de Verano «Oviedo es Música»: Rosario Andino (piano). Obras de Haydn, Beethoven, M. Saumell, I. Cervantes, Lecuona y Chopin. Entrada libre. Aforo completo.

El claustro del antiguo Convento de San Vicente vuelve a servir de terraza veraniega como en mis años jóvenes de los «Conciertos de la SOF», ahora música en Oviedo también en verano, sumándose a la oferta que nunca termina en la capital del Principado (en breve avanzaremos la próxima temporada). Esta vez el piano como protagonista con un programa muy llevadero a cargo de una pianista que en sus años jóvenes tuvo que ser tremenda porque todavía atesora musicalidad a raudales aunque el virtuosismo con los años está al alcance de pocos, pero la artista cubana de origen asturiano Rosario Andino se atrevió con los «grandes» sin olvidar sones de su patria.

 

La Sonata en re mayor, Hob XVI / 37 (Haydn) abría boca con tres movimientos bien diferenciados: el Allegro con brío que resultó bien expuesto aunque más tranquilo que brioso y poco claro en sonoridades, el Largo e sostenuto al que la acústica natural ayudó a crear atmósferas, y el Presto non troppo más cercano al «allegro sin brio» donde nos limitamos a escuchar sin más, tal vez falto de la emoción requerida para «Papá Haydn».

Las 32 variaciones en do menor sobre un tema original, WoO 80 (Beethoven) también resultan muy exigentes y no sólo en las rápidas, puesto que en cada variación debe permanecer un espíritu que sonó algo desigual con un desarrollos irregulares, aunque siga habiendo mucha música en esta difícil partitura pianística dibujada desde la maestría pero sin el color deseado.

 

Más cercanas y como música de salón (cambiado por terraza) las Seis danzas cubanas que la pianista eligió para esta velada vespertina: Los ojos de Pepa -que ha versionado Chucho Valdés– y La Tedezco de Manuel Saumell Robredo (1817-1870), intento transformador de elevar a culta la música popular, Los tres golpes e Improvisada de Ignacio Cervantes (1847-1905), catalogado en su tiempo como «embajador de la música cubana» por una mayor evolución llegando al sentimiento nacionalista que inundaba el mundo occidental en su tiempo, sin perder el estilo danzante de melodías pegadizas bien armonizadas, y el más popular de los compositores cubanos, Ernesto Lecuona de quien interpretó Ahí viene el chico, arrancado los aplausos de este «bloque danzón» más la archiconocida La comparsa, que alguna vecina de silla tarareaba y personalmente me volvió a las interpretaciones de su paisano también asturiano de origen José Luis Fajardo Trabanco, allá en mis inicios filarmónicos mierenses. El poso de los años unido a la genética dieron buena cuenta de estas páginas populares siempre agradecidas.

Cerrar un recital con Chopin son palabras mayores y la pianista no se achicó al elegir los Valses Op. 70 nº 1 en sol bemol mayor, con un «rubato» un tanto particular, el nº 14 en mi menor, Op. póstumo algo precipitado perdiendo la claridad prístina del mismo, más ese «pseudo super vals» que es la Balada nº 1 en sol menor, Op. 23, ya con los dedos en «su punto» para afrontar esta auténtica prueba de fuego, resultando más musicalidad que técnica pero desbordando maestría y recuerdos juveniles.

Ya como propina todo un esfuerzo extra, el homenaje a Verdi de Liszt con la Paráfrasis de concierto S. 434 o Fantasía sobre «Rigoletto», el célebre cuarteto verdiano para una «bella figlia del piano» que pareció remontar vuelo cual ave fénix en una partitura virtuosa como sólo el húngaro era capaz, también tarareada por alguna maleducada aficionada lírica en medio del variopinto público que llenó los cuatro pasillos del claustro. El respetable agradeció el esfuerzo de la cubana aunque personalmente me faltó poder tomarme una cerveza y fumarme un cigarrillo mientras escuchaba el «piano caribeño».

El jueves volverá la querida Purita de la Riva (Oviedo, 1933) que siempre es un espectáculo, más en casa.

Francisco Jaime Pantín: entrega y gratitud

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Martes 11 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres. Francisco Jaime Pantín, piano. Obras de Haendel, Beethoven y Schubert.

No hay palabras de agradecimiento para la familia Jaime Pérez, nuestros queridos Paco, Mayte y Daniel (cariñosamente «Los Pantines») por el apoyo que siempre dan al Conservatorio de Mieres, acudiendo sin reparos a compartir su magisterio cuantas veces les han solicitado su presencia, con programas comprometidos donde han compartido sus sentimientos con un público que les aprecia y donde siempre hay química, lo que se nota por las dos partes, a menudo compañeros y alumnos, presentes y ausentes siempre cercanos en el corazón.

Y en la lista de conciertos para celebrar las Bodas de Plata de nuestro conservatorio mierense, han acudido prestos a la cita pudiendo disfrutar con los tres, siendo Francisco quien puso el broche en este caluroso martes donde el repertorio elegido supuso una nueva clase de lo que supone «hacer música disfrutándola».

La primera parte, con un reportero poco educado (palabra que dedicaré una entrada a estos «rompeconciertos») comenzaba con la impresionante Chacona en sol mayor HWV 435 de Haendel, barroco puro por contrastes abruptos en todo el desarrollo de las 21 variaciones sin perder la visión romántica de un intérprete completo. Saltos emocionales de lirismos delicados a fortísimos duros pero nada rudos, octavas en la izquierda galopantes y potentes acompañadas de perlas cristalinas de ornamentos en la derecha, tempos vertiginosos y tranquilidad casi espiritual, sonoridades etéreas frente a auténticos tutti orgánicos en una lección de manejo de pedales, tanto en su sitio como sin él, equiparando esta obra con las contemporáneas del gran Bach, haciendo del piano el clave supremo que no lograron disfrutar.

Y sin perder esas líneas maestras la completísima Sonata en la bemol mayor, nº 31, Op. 110 de Beethoven con esos movimientos tan claramente escritos: Moderato cantabile Molto expresivo, Allegro Molto, Adagio ma non troppo – Arioso dolente – Fuga: allegro ma non troppo – L’istesso tempo di Arioso – L’istesso tempo della Fuga, interpretación magistral, clara en el desarrollo, madurez de escritura y por supuesto de ejecución, romanticismo que bebe de todo lo anterior con la genialidad del sordo de Bonn. Fantástico comprobar la pedagogía directamente, transmitida desde la práctica que muchos políticos no entenderán en toda su vida, orgullo docente que ejerce fuera del aula más que dentro. Hay grabación por parte de Roberto Serrano y podremos volver a disfrutar del Maestro Pantín, un Beethoven que volvería como propina final.

Breve descanso para secarse sudores y despojarse de la chaqueta para afrontar una segunda parte Schubert, uno de los preferidos de Francisco Jaime en solitario o a cuatro manos con María Teresa Pérez (ese Dúo Wanderer, «caminante» que ya deja claros los gustos), el piano romántico bien ensamblado hasta en la elección de las dos obras en la tonalidad engañosa de do mayor, pues el tránsito modulante es permanente y la exigencia técnica total, aunque poder tocar entre amigos casi convirtió la velada del salón mierense en vienesa como aquellas «schubertiadas«, poesía y música en los dedos del invitado, cual anfitrión en nuestra casa: el Momento Musical D 780 nº 1 y la Fantasía Wanderer D 760 sin pausa, concebida como un «toDo mayor», nuevo derroche y entrega de un monumento, más que momento, seguido de los cuatro movimientos «fantasiosos» (Allegro con fuoco ma non troppo – Adagio – Presto – Allegro) que hicieron las delicias de todos, contagiados de la energía a veces contenida y otras rebosante, romanticismo en estado puro con la madurez del trabajo vital que nunca decae, Schubert en estado puro haciendo olvidar su juventud por la vasta producción del malogrado compositor vienés, comprobando la calidad de su casi millar de obras donde el piano tiene un lugar de honor al que Pantín rindió pleitesía.

Aún hubo fuerzas para las propinas con dos «B»: la de Bach con su Allemande de la Suite Francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816, como «previsto» tras el Händel inicial, un puente cual connato de amigo que no cuaja, para la otra B de Beethoven, el grande, el inspirado e inspirador con ese segundo movimiento de la Sonata nº 8 en do menor Op. 13 «Patética» que no pudo resultar más a propósito de este concierto entre amigos con entrega recíproca y gratitud como docente, melómano y amigo.

Rusia, capital Oviedo

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Domingo 19 de mayo, 19:00 horas. Clausura de los Conciertos del Auditorio con la Orquesta Nacional Rusa que dirige el pianista Mikhail Pletnev lo que supuso un Concierto nº 1 en SIb M, op. 23 de Tchaikovsky con Daniil Trifonov de auténtica delicia.

Las propinas de quitarse el sombrero: transcripciones del lied An Sylvia de Schubert y Danza infernal de «El Pájaro de Fuego» de Stravinsky para apuntar en la historia local.

Cherepnin y su Preludio para la princesa lejana, Op. 4 abría velada mientras Las Estaciones, op. 67 de Glazunov las cerraban, siempre Rusia con todo lo que supone musicalmente cambiando Moscú por Oviedo.

El lunes día del profesor en Asturias lo aprovecharé para ampliar impresiones…

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