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Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si me permiten este trato epistolario:

Como todavía queda algo de inocencia (será por los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes cada vez lo llevo peor y no solo por esta tendencia mía a La República) es seguir pasando hojas del calendario aunque la gripe y el «bicho» del Covid n quieren abandonarnos.

Musicalmente, y a la vista de cómo está el mundo lleno de odio, guerras, genocidios y las tristes circunstancias de las que parecemos no aprender, solo pido mantener toda la música posible, a ser posible en PAZ, aunque sé que la salud es el mejor regalo en estos tiempos.

Sin necesidad de aniversarios (que en 2026 hay muchos para celebrar), como todo los años, que son como mi Scalextric, pido poder escuchar en mi tierra la Octava Sinfonía «De los Mil»  de Mahler con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, y la de la Fundación Filarmónica de Oviedo recién nacida tras la «degollada» Universitaria), coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y chicos de hierro, jóvenes pétreos y peques, igual que el de la Fundación Princesa, la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y también alguna escolanía -la Escolanía de Covadonga -la han «desaparecido»- como la luchadora heredera de San Salvador… que sigue recordando a Don Alfredo), junto a solistas de los que tenemos un montón y ¡de primera! en nuestra querida Asturias y de todas las tesituras: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Lola Casariego, María Heres, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa). Sería lo más deseado de mi lista… Para todos ellos siempre les pido a ustedes mucho trabajo, pues los éxitos llegan con el esfuerzo y eso no les falta nunca.
Eso sí, mantengo mi ilusión de contar con Pablo González como director de un acontecimiento que saben me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… y mi tocayu ya dirigiese en Barcelona cuando estuvo de titular, ya que se ha despedido de la OCRTVE, agradeciéndoles que le dieron una orquesta en Tenerife y continúa siendo invitado en las de medio mundo. Ya por redondear este paquete, podrían traernos un concertino para la OSPA, pues llevamos huérfanos y necesitados desde la jubilación de nuestro querido Sasha. Darles las gracias porque nos han traído a un nuevo gerente.
Con la ilusión infantil de este día tampoco quiero olvidarme de pedirles mucho trabajo para Forma Antiqva, esperando les llegue un Grammy clásico (que llevan años mereciéndolo), sobre todo a los tres hermanos Zapico que pese a todo, siguen «a tope» haciendo historia volando desde casa, actuando solos, en otros ensembles, y especialmente en «su formación», así como pedir que sigan grabando nuevos discos, juntos o por separado, pues siempre son el mejor regalo.
También quiero recordar a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes en Madrid a la cabeza de los también docentes como Mario Bernardo o Noelia Rodiles, a Martín García o Henar F. Clavel que siguen creciendo en todos los sentidos, sin olvidarme de mis admirados Diego Fernández Magdaleno, Judith Jáuregui o mi querida venezolana Gabriela Montero, a quienes les vendrá bien seguir trabajando mucho en este recién estrenado 2026.
Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Jorge Muñiz junto a las de la joven e inconmensurable pareja Guillermo Martínez (que este pasado año sigue igual de fructífero) y Gabriel Ordás (que sigue en USA con sus estudios y componiendo nuevas obras), pues siguen estando de lo más inspirados, regalándonos muchos estrenos tal como les había pedido en mi carta del 2025. Gracias señorías…
Y por mantener la ilusión, aunque como decía mi madre «parece que te hizo la boca un fraile» (?), continúo reclamando a los llamados «gestores culturales» les den mucho más trabajo a los de casa, no por patrioterismo o «aldeanismo» barato sino por la calidad contrastada, incluso que varíen de agencias de contratación… saben de sobra que la Cultura ha demostrado resultar la mejor inversión en tiempos difíciles.
De mis violinistas favoritos, que se van haciendo mayores, siguen trabajando. Gracias por traernos desde Bélgica a Valencia a Don Ignacio Rodríguez, y a María Ovín que continúa en la OSPA con el mejor regalo de su reciente maternidad. Que sigan creciendo como personas y artistas, deseándoles que continúen sus éxitos.
Para mi adorada Beatriz Díaz siempre les escribo otra carta porque se merece todo lo que le traigan en este 2026 con mucho más. Además de darle de nuevo las gracias a la asturiana, felicitarla por un repertorio que sigue creciendo aunque no tanto su agenda. Al menos ha estrenado la ópera Faycán, y retornará a nuestro Campoamor con Maharajá, que nos enamoró en 2017. Sigo pidiendo la lleven al Teatro Real de Madrid o al Liceu barcelonés. En Tokio o Brasil ya ha triunfado, en Italia «la piccolina» ya es casi suya, y continúa teniendo fechas por Europa, pero recordándoles que en Londres, Viena o Nueva York aún no se han enterado cómo canta, y Vds. lo saben por ser Magos… la magia de la soprano allerana es tan única como la suya y debemos compartirla. Para la ópera necesitaría otra carta de adulto, pero haciendo caso a mi mamá, que creo está con ustedes, vale ya de pedir… al menos mantenerla en Asturias apostando por títulos nuevos sin olvidarnos de los «top» y seguir dando oportunidades a nuevas voces y públicos.
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir otra misiva más detallada para tantos como tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS). Al menos me consta que los envíos llegan a destino y se agradecen, incluso con emoticonos que ya son universales (🚜💩💩💩💩💩💩💩🐄).
Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalásteis su presidencia en junio de 2018 y ahí seguimos, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2025, esperando ver crecer más su Banda Sinfónica y en un nuevo año acertemos con los dos directores que además «son de casa». Poder mantener el mismo nivel tras casi ocho años sin parar, con ganas de seguir con nuestros «13 Reyes 2.0» que tantas alegrías nos lleva dando junto a los «Toroyos hermanos», y llevando su música, además del nombre de nuestra «Hermosa Villa» lo más lejos posible con una calidad y programas que son la envidia de muchos. Salud es lo importante porque ganas e ilusión no nos faltan.
A propósito, de la música en la educación, tras cuatro cursos fuera de ella, ya ni les pido como el chiste «me quede como estoy» pues sigo comprobando que lo que hay que mejorar son los políticos, y eso no lo arregla ni un milagro. Ya está aquí la generación de ignorantes digitales y adictos al móvil, aunque mantengo la esperanza (es lo último que se pierde) de alcanzar un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia que intenta reescribir la historia a base de tantos eufemismos.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan) utilizando el transporte que tengan (saben de sobra que los carburantes son más caros que el pienso y los eléctricos no tienen autonomía suficiente para un viaje tan largo)… El regalo del ascenso de «el mi Oviedín» ha sido lo mejor del año pasado tras 24 años esperando con mi papá que seguro saltó de alegría con ustedes. Que sigan llenándonos de esperanza e ilusiones todos los días de este 2026.
Y como siempre, que no se me olvide

¡Hala Oviedo!

Pablito, 12 años

Un Rigoletto pasado por agua

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Domingo 14 de diciembre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Rigoletto». Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

(Crítica para Ópera World del lunes 15 de diciembre, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Iván Martínez más alguna propia)

Cuarto título de la LXXVIII Temporada (para cerrar 2025 antes de la «Carmen» que la clausurará ya en 2026) de este clásico como es el «Rigoletto» considerado popular dentro de la “trilogía verdiana” que regresaba al Teatro Campoamor tras el de 2016-2017, con lluviosos aires asturianos y un trío protagonista que cojeó por donde menos esperábamos, aunque los aficionados de esta segunda función aplaudieron la trigésimo segunda vez que se escuchaba esta ópera, contando además con el mismo Duque de la última.

Si en la primera función del pasado viernes hubo tormenta y pateos, al menos este segunda de domingo quedó en un chaparrón sin escándalos, y con padre e hija (Petti y Nowakowski) triunfando sobre Il Duca Albelo que no lució como hubiéramos deseado tras las más de 250 representaciones sumadas con este personaje que, para quienes ya peinamos canas, seguiremos asociándolo a Don Alfredo Kraus desde aquel septiembre de 1981 que perdurará para siempre en nuestra memoria.

El diseño de Ricardo Sánchez Cuerda con la escena de la ovetense Susana Gómez son un reciclaje, pues no están los presupuestos para dilapidarlos, aunque si se prefiere es un ‘regreso al proyecto iniciado con el «Hamlet» de 2022’, como así lo presenta la asturiana en el libreto de este título, que además titula “Sigue la tormenta” para disipar cualquier duda. Dos facetas (El Duque de Mantua actual y el Príncipe danés de entonces) con “un proyecto conceptual único en el que se muestra la realidad de un hombre que, al querer tomar la justicia por su mano, termina devorado por la máscara que construye para restituir el orden justo”, máscara de la deformidad de la que el protagonista se despoja varias veces sin apenas cojear, y donde el inocente acaba siendo víctima de sus intentos de reparación de los desajustes sociales, por otra parte muy actual siglo y medio después del estreno en La Fenice veneciana.

Reconozco que el tratamiento escenográfico sigue resultando eficaz aunque algo incorrecto, con mínimos cambios, caso del vídeo de Rubén Ráyen como teatro de sombras inicial junto a las nebulosas tras el telón, o la figura inquietante que se repetiría como evocación de la amenaza del Conde de Monterone, principio y fin del drama. Pero el efecto de la lluvia (supongo nada cómoda para Rigoletto y Gilda) al rebotar en el plástico produce un ruido que según comentó  el público de la primera función, fue aún mayor por la sonora tromba de agua -casi tanto como los abucheos- que este domingo “cerraron el grifo” antes para evitar males mayores, o al menos no calarse hasta los tuétanos. Y tampoco se utilizó el efecto de recoger en la trampilla del suelo las telas finales que conforman la casa de Los Monterone, sí usada para el rapto de la protagonista con su padre engañado.

Sobre el resto de la escena, los cuadros de los tres actos resultaron más abstractos y con espacios sin perfilar (mejor imaginárselos conociendo el original de Victor Hugo), salvo la casa transparente de Rigoletto, utilizando los planos inclinados que siempre suponen tensión tanto para la acción como para el canto, destacando las luces de Félix Garma, relámpagos incluidos, o los truenos fuera de escena (como la banda interna).

No me gustó nada el vestuario de Gabriela Salaverri que pese a los distintos colores, muy terrosos, mezcla pelucas dieciochescas con trajes de diseño (?), o una orgía sin mujeres, claro que escribe Susana que no hay lugar para ellas, pues “están escondidas (…) en un mundo de hombres y en el que solo los hombres tienen un lugar. Las mujeres habitan en los márgenes (…)”, travistiendo cual Drag-Queens al personal masculino (el Coro Intermezzo siempre seguro y matizado además de coreografiado por Olimpia Oyonarte) en un entorno de brillos muy sesenteros con redondos sillones amarillos para la fiesta en el salón de baile inicial donde tampoco faltarían los abanicos.

Y si la escena no gusta, siempre nos queda la opción de cerrar los ojos y escuchar la música de Verdi que llena y realza todo argumento. El maestro carbayón Oliver Díaz es ya un consumado director que conoce muy bien el foso para ayudar siempre a los cantantes, y esta vez volvió a demostrarlo al frente de la OSPA que volvió a dejarnos una sonoridad compacta, de altura y calidad ya desde la obertura, con primeros atriles que sonaron como alter ego de los protagonistas, desde el oboe al chelo en los momentos más destacables de esta ópera.

Si Gilda es el eslabón más frágil de una cadena perversa donde se suceden traiciones, engaños y fechorías, Alexandra Nowakowski, soprano estadounidense de origen polaco, supuso el mejor nexo y engarce para los otros dos (el tinerfeño Celso Albelo y el salernitano Ernesto Petti), brillando desde su primera aparición. Su textura de lírico-ligera con un color vocal sugerente, cálida pero también carnosa, siempre bien afinada y de fiato impresionante con matices extremos, con una afinación impoluta junto a una proyección que llenaba todo el teatro, así como un excelente empaste en los dúos sin olvidarme del cuarteto “Bella figlia della’amore” junto a Rigoletto ubicados en el lado opuesto y “ganando” en presencia vocal a Il Duca y Maddalena, resultó la auténtica triunfadora de la tarde-noche. Cada intervención iría aumentando su entrega, desde el dúo “Tutte le feste al tempio” hasta la esperada y famosa aria  “Caro nome” sensible, tan arrebatadora como los aplausos del público, virtuosismo vocal donde mostrar el dominio de todos los recursos técnicos que lo fueron hasta su agonía final en brazos de su padre con una dramaturgia que creció como su personaje, un verdadero disfrute escénico vocal y actoral.

No se quedó atrás Ernesto Petti en un Rigoletto a tener en cuenta. De amplio registro y enorme expresividad, despojándose de su joroba en los momentos donde reflejar su verdadera personalidad encerrada en el bufón, pero sin la cojera que pareció evitar para lograr el mayor equilibrio, en el amplio sentido de la expresión. Si se me permite el juego de palabras, cargó sobre sus espaldas toda la dramaturgia de la obra, desde las escenas de potencia y volumen hasta los más delicados y expresivos. Sus arias de barítono dramático “Cortigiani, vil raza dannata” maldiciendo a quienes deshonran a su hija, “Piangi, piangi, fanciulla” y el desesperado “Si, vendetta, tremenda vendetta” junto a Gilda (donde juran venganza contra el Duque) estuvieron llenas de intensidad y patetismo, siendo de lo más aplaudido y dejándonos un gran sabor de boca.

Celso Albelo debutó su Duca precisamente en Oviedo, y no ha parado de llevarlo por medio mundo, pero este frío domingo no se le notó cómodo pese al dominio del personaje que ya ha interiorizado. Tampoco brilló su timbre que parecía “tomado” ya desde su primer aria “Questa o quella” donde me pareció cansado vocalmente, cortando las frases, respirando donde no suele, con unos piani nunca bien delineados y forzando unos agudos, que sí dio pero al límite de volumen. Por momentos me sonó incluso “calante” como en “La donna è mobile” evidenciando la cojera del trío protagonista, aunque el público asturiano le quiere y perdona estos detalles, pero personalmente me llevé una decepción con el tenor tinerfeño.

Queda comentar al resto del elenco con algunas voces debutantes que indico en la ficha técnica. El bajo trevisano Roberto Scandiuzzi encarnó un Sparafucile consistente por la profundidad y rotundidad de su voz, aportando el carácter que corresponde a su personaje. La mezzo crevillentina Sandra Ferrández mantiene un timbre central redondo y sigue demostrando sus cualidades de actriz, donde los “hermanos” conformaron un excelente dúo junto al buen empaste y química mostrada por Maddalena con El Duque.

De los barítonos, breve y no muy afortunado estuvo el veronés Gianfranco Montresor como El conde de Monterone, algo tapado por la orquesta y forzando los agudos; el venezolano Ángel Simón como Conde de Ceprano y ujier sigue creciendo escénicamente gracias a un buen nivel vocal; mientras el Marullo del ferrolano Gabriel Alonso no lució como de él esperaba, mostrando un color poco adecuado y unos agudos “apretados”.

Para finalizar me queda citar al tenor murciano Francisco Cruz que mostró sus facultades vocales en un Matteo Borsa presente y suficiente, a la soprano berciana Nerea González dotada de una voz interesante con buenos agudos y defendiendo sus breves papeles de La condesa de Ceprano y Giovanna. Por último me encanta comprobar cómo hay cantera lírica en Asturias, y así la joven soprano gijonesa Teresa de Albéniz debutaba con el partiquino del paje, tras su rodaje en la compañía musical infantil, y residente en la ópera ovetense “La Federica”. Segura sobre las tablas, con maestras de quienes seguir creciendo y donde mirarse, el próximo mes de enero interpretará la adaptación de «Carmen» paralela a la que cierra temporada.

Como dice el refranero “Después de la tormenta viene la calma”, tras un período difícil o de adversidad, siempre llega un momento de paz y tranquilidad, ofreciendo esperanza y optimismo para superar los problemas, un mensaje de resiliencia que sugiere cómo las dificultades son temporales y la calma es inevitable, a menudo fortaleciéndonos en el proceso. En tiempos convulsos la música es la mejor terapia y aprovecho para desear todo lo mejor en el año venidero.

FICHA:

Domingo 14 de diciembre de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Rigoletto», melodrama en tres actos, con libreto Francesco Maria Piave, basado en la obra de teatro “Le Roi s’amuse”  (1832) de Victor Hugo. Estrenado en el  Teatro de La Fenice de Venecia, el 11 de marzo de 1851. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Óliver Díaz – Dirección de escena: Susana Gómez – Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de iluminación: Félix Garma – Vídeo: Rubén Ráyen – Dirección del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El Duque de Mantua: Celso Albelo (tenor) – Rigoletto: Ernesto Petti (barítono) – Gilda: Alexandra Nowakowski (soprano) – Sparafucile: Roberto Scandiuzzi (bajo) – Maddalena: Sandra Ferrández (mezzosoprano) – El Conde de Monterone: Gianfranco Montresor (barítono) – Marullo: Gabriel Alonso (barítono)* – Matteo Borsa: Francisco Cruz (tenor)* – El conde de Ceprano / Ujier: Ángel Simón (barítono) – La condesa de Ceprano / Giovanna: Nerea González (soprano)* – Paje: Teresa Rodríguez García de Albéniz (soprano)*.

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA)

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Banda interna (Banda de Música Ciudad de Oviedo)

* Debutante en la Ópera de Oviedo

El dolor que genera belleza

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Crítica para LNE del domingo 23 NO PUBLICADA con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Cuarto y último abono de la OSPA este año 2025, pues se incorporara al “Rigoletto” de la temporada de ópera ovetense. El habitual encuentro previo de las 19:15 h., tuvo de protagonista al maestro titular que volvía al podio, acompañado por Fernando Zorita, preámbulo que, lejos de ser un simple calentamiento, ayudó a contextualizar un cuarto concierto marcado por el frío invernal exterior y por un público escaso que comienza a ser preocupante. Quizá por ello resultó todavía más revelador comprobar cómo dos obras poco frecuentes en los programas sinfónicos, lograron elevar la temperatura emocional de la sala, ambas atravesadas por un ideario musical que encaja de lleno en estos tiempos convulsos: música que denuncia, pero que también reconcilia; música que incide en la herida, pero que a la vez ofrece un bálsamo. Dos páginas sinfónicas que, pese a pertenecer a universos distintos, dialogan entre sí desde la tensión entre destrucción y esperanza: la madurez amarga del francés Arthur Honegger y la fogosa juventud del alemán Richard Strauss.

Honegger y la liturgia del desgarro, su Sinfonía nº 3, “Liturgique”, H. 186, es una obra que nace como reflejo directo del trauma de la Segunda Guerra Mundial tras componer la nº 2 “para orquesta de cuerda y trompeta” (1940-41) -que esperamos poder escuchar también con el maestro Coelho en un futuro- y escrita entre enero de 1945 y abril de 1946 a petición de la Fundación Pro Helvetia estrenándose en Zürich el 17 de agosto y el 14 de noviembre de ese año en París. Miembro destacado del grupo de Les Six, vuelca aquí una visión profundamente existencial y espiritual, muy alejada del neoclasicismo jocoso que caracterizó a muchas obras del colectivo de cuyo estilo siempre discrepó. Se trata de una partitura de una lucidez casi brutal, construida en tres movimientos que adoptan como título versículos de la Missa pro defunctis, partitura que mantiene un lenguaje que une lo alemán y lo francés de este suizo nacido en Le Havre y afincado en París que nunca renunció a la nacionalidad de su padres: “La música francesa debe encontrar sus cualidades intrínsecas. el arte de Wagner y de Debussy nos lleva a la sobre valoración, los ritmos obsesivos del jazz y de la Sacre constituyen un mismo peligro de carácter hipnótico”.

El “Dies irae” inicial irrumpe con un estallido de violencia contenida. La OSPA desplegó aquí una sonoridad robusta, casi escultórica, sostenida por una plantilla generosa en el amplio sentido de la palabra, que permitió un retrato fiel del caos y de la ira que Honegger quiso dejar como testimonio. La precisión rítmica —clave para que este primer movimiento no se desborde en ruido— se mantuvo firme gracias al control del maestro Coelho, siempre atento a los planos y a la tensión interna, con un brillante coral de los trombones, el llamado por el compositor “canto del pájaro”, donde la música retorna a las profundidades de donde se había iniciado. En el “De profundis clamavi”, segundo movimiento, llegó el gran momento lírico de la velada. La orquesta encontró un equilibrio muy logrado entre densidad y transparencia, articulando un lamento que no cae en el patetismo sino que se abre a la esperanza. Fue especialmente admirable el empaste de las maderas, sostenido por una cuerda que, bajo el liderazgo de la concertino invitada Isabel Jiménez Montes, mostró cohesión además de un fraseo cálido y flexible. Coelho manejó con sensibilidad los crescendi, permitiendo que la emoción creciera orgánicamente. Contrastes entre dulzura y dureza, lo lírico alternando entre la cuerda y la madera, el tema que va aumentando su expresividad con los violines acompañados por las trompetas con sordina sin olvidarme de los acordes del piano en sus notas graves anunciando el principio del clímax, para culminar con la interpretación apasionada de las primeras frases del tema. El piccolo repite con una variación difícilmente reconocible el citado “tema del pájaro” como representación de la paloma de la paz volando sobre los escombros de las ciudades destruidas por la guerra, para terminar con una coda apacible aunque presentando un cierto carácter interrogativo. El cierre con un Andante, “Dona nobis pacem”, planteó la eterna pregunta por la posibilidad de la paz. Tras una marcha implacable, una humanidad miserable y agotada desfilando arrastrándose desesperadamente, y de atmósfera casi cinematográfica, la obra desemboca en un final que no ofrece respuestas fáciles, la visión de la paz eterna expresada por los arabescos de la flauta adornando el recurrente tema del pájaro. Es la visión de un mundo utópico dirigido por el amor y la fraternidad, un bello sueño cuyo título «danos la paz”, es la parte final del ordinario de la misa, escuchado con un silencio sepulcral. La OSPA resolvió este movimiento con una madurez tímbrica notable, destacando la claridad de los metales y la contundencia jamás excesiva de la percusión. El resultado fue un final que mantuvo la tensión sin renunciar a la luz final, esa que aparece tímidamente más como una promesa que como un triunfo. El programa detallado que Honegger escribe para esta obra se resume en la siguiente frase: “Quería simbolizar en esta obra la rebelión del hombre moderno contra el alud de barbarie, estupidez, sufrimiento, mecanización y burocracia que nos viene azotando últimamente”.

Si Honegger escribe desde la devastación contemporánea, el joven Richard Strauss recurre a Shakespeare para su primer poema sinfónico, “Macbeth”, op. 23, TrV 163 (1887–1889), el menos conocido e interpretado de Strauss, algo injusto pues se trata de una pieza profética en varios aspectos del compositor de ópera en el que Strauss se convertiría. Aquí el drama no describe la guerra moderna sino la ambición humana en su dimensión más corrosiva, un retrato musical de los protagonistas y su conflicto interior. La propia OSPA parece llevar en sus genes estos poemas, y este primero presenta ya muchas de sus señas de identidad: exuberancia orquestal, contrastes dramáticos súbitos y una escritura que exige una orquesta disciplinada pero también capaz de asumir riesgos expresivos, reflejo de la ambición, el poder y la tragedia.

Desde los primeros compases quedó claro que Strauss sienta bien a la OSPA. La orquesta asturiana afrontó las seis secciones de este poema sinfónico de atmósferas más que de personajes, aunque podamos reconocerlos por el clima tímbrico y melódico, con un sonido compacto y una evidente implicación. Coelho apostó por una lectura clara en su arquitectura, subrayando el carácter narrativo de la obra sin sacrificar la robustez sonora, que dirigirá la próxima semana a la Sinfónica de Tenerife. La tensión entre Macbeth y Lady Macbeth -dos ‘leitmotivs’ que Strauss entrelaza con habilidad creciente- estuvo bien marcada por el color instrumental, destacando el trabajo de las trompas y la cuerda grave: heroico y militar en re menor, y otro más frágil y vacilante frente a Lady Macbeth, que dibuja con líneas apasionadas en la cuerda y los vientos, de un lirismo tan seductor como ambiguo aunque parece predominar en esta narración. La ambición desbordada, el poder como fuerza destructiva y la sombra de la tragedia se plasmaron en un discurso musical fluido, de gran energía y sin excesos. El final, lejos de cualquier grandilocuencia superficial, dejó un regusto casi moralizante: el recordatorio de que todo ascenso basado en la violencia conduce inevitablemente al derrumbe.

El concierto confirmó el excelente momento de la orquesta. Compacta, disciplinada, generosa en matices, la OSPA exhibe una solidez que se está convirtiendo en signo distintivo de la etapa actual. El trabajo del maestro Coelho se percibe en cada sección: precisión rítmica, equilibrio tímbrico y una búsqueda constante de sentido musical más allá de la mera corrección técnica.

Si Jonathan Mallada escribía en el periódico LNE que se trata de “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”, la definición captura con exactitud el viaje emocional de una velada en la que el dolor generó belleza, y donde la música —una vez más— se alzó como herramienta de memoria, de resistencia y de consuelo.PROGRAMA:

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955)

Sinfonía nº 3, “Litúrgica”, H.186

I. Dies irae

II. De profundis clamavi

III. Dona nobis pacem

RICHARD STRAUSS (1864- 1949)

“Macbeth”, op. 23, TrV 163

Paz y tragedia

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Reseña rápida desde el teléfono para LNE del sábado 22 con el el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Otro viernes de abono con el ya habitual encuentro previo a las 19:15 h., esta vez junto al maestro titular y el violinista Fernando Zorita, donde preparar este cuarto concierto de poco público con frío invernal que nos traía para “calentar” dos obras muy poco habituales, con un ideario que pone banda sonora a estos tiempos tan convulsos, y donde la música es denuncia pero también bálsamo, dos páginas sinfónicas que aúnan la madurez del compositor suizo-francés abriendo, y la juventud del alemán cerrando.

La Sinfonía nº 3, “Litúrgica” de Honegger se organiza en tres movimientos con los respectivos versículos de la ‘Misa de difuntos’ que el miembro de Los Seis compuso tras finalizar la SGM y el posterior colapso (1945-46). Caos y barbarie iracunda bien retratada por una orquesta generosa en plantilla y dinámicas, después el segundo movimiento de lamento y esperanza, empaste ideal con el balance orquestal perfecto bien marcado por el maestro portugués, seguido del tercer movimiento que traería la paz final tras una marcha implacable hacia un destino indeciso donde disfrutar de una OSPA rica en matices, equilibrada en todas las secciones y la cuerda omnipresente comandada por Isabel Jiménez Montes, concertino invitada.

Shakespeare y sus tragedias han inspirado siempre grandes obras. Así “Macbeth” le sirve al joven R. Strauss para escribir su primer poema sinfónico (compuesto entre 1887 y 1889), un compositor que a nuestra OSPA siempre le ha sentado -y sonado- bien. Aquí la ambición destructora se refleja con seis secciones en un solo movimiento, plasmando cómo poder y ambición destruyen todo a su paso. Musicalmente resultó todo lo contrario: una edificante interpretación para la grandiosa instrumentación del muniqués, que siguió mostrando una orquesta compacta, disciplinada, generosa e implicada con el enorme trabajo que el maestro Coelho mantiene con generosidad y calidad en una OSPA madura y ensamblada sección por sección.

Como escribía ayer Jonathan Mallada, “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”.

Mozart entre dos B

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Le Carnaval, abono 3: OSPA, François Leleux (oboe y director). Obras de Berlioz, Mozart y Brahms. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con François Leleux -moderado por Fernando Zorita–.

Otro viernes donde elegir entre la ópera del Campoamor o el tercer de abono de la OSPA, así que Vivaldi me esperará en la tercera función pero este Mozart entre Berlioz y Brahms no se podía perder, y menos contando con  François Leleux (Croix, 1971) quien ya en el encuentro previo contagió su vitalidad y ganas de compartir tanta sabiduría, pues sin dejar nunca el oboe, al que casi nació pegado, la dirección le abría puertas a los grandes sinfonistas que no siempre escribieron para el instrumento que le acompaña toda la vida. Bromeaba antes del concierto con su ocupación del 80% en la dirección y «el otro 60% al oboe, matemática francesa», pues como esta vez, alternaba sus dos facetas.

El doctor Israel López Estelche en sus notas al programa presentaba el concierto como que «(…) traza un itinerario sonoro a través de tres formas de entender la orquesta: timbre, melodía y construcción; como una fuente de color inagotable, como conversación o discurso elegante y como creación arquitectónico-sonora, donde resuenan los ecos del pasado» y si le sumamos que a Leleux en sus muchos años desde el atril le han dirigido todas las grandes batutas, haciendo varias veces mención especial al gran Lorin Maazel, las obras elegidas dejarían claras tanto su concepción orquestal como su vitalidad contagiosa donde lo que busca es «compartir» tanto entre los músicos como con el público, con quien alcanzó la química que le llevó a saludar en múltiples ocasiones con ovaciones atronadores y algún que otro «bravo».

Con una OSPA cada vez más compacta sección a sección, hoy contando con Pablo Suárez como concertino invitado (esperando tener, algún día no muy lejano, cubierta esa plaza vacante desde «tiempo inmemorial», tras la jubilación de Sasha), elegir la obertura de El carnaval romano de Berlioz serviría para disfrutar de los tres elementos apuntados por el musicólogo y compositor cántabro que Leleux llevó «al pie de la letra»: el timbre sinfónico, que el compositor francés siempre trabajó como excelente orquestador (que la convierte «en un centelleante carnaval lleno de gran variedad de timbres, ritmos y melodías contrastantes, en un acto de deslumbrante imaginación sonora» como lo describe López Estelche), las melodías, que el director, como Maaazel, buscan fraseos más largos y completos, más una construcción, rica en colores tanto en el trazo como en el grosor, contando con la plantilla perfecta y bien equilibrada por la batuta de Monsieur Leleux.

Y para Mozart la plantilla se reduciría en efectivos pero no en la calidad y buen hacer por parte de todos. En el encuentro previo François Leleux nos comentó que entiende este concierto para oboe del genio de Salzburgo, compuesto con 21 años ya sin las obligaciones con Colloredo) como una ópera, y así interpretó los tres movimientos (I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto) con fiatos increíbles, fraseos «maazelianos», matices muy ricos, tímbricas alcanzando sonoridades de lo más variadas, y cada una de las cadencias virtuosísticas pero rebosantes de una musicalidad propia, con esos guiños humorísticos de Wolferl en feliz compenetración, entendimiento y concertación con una OSPA quasi camerística que le arropó y se plegó a todas sus indicaciones. Excelente interpretación de este concierto que el maestro francés habrá perdido la cuenta de las veces que lo ha tocado con las mejores orquestas, y la asturiana ya puede presumir de encontrarse entre ellas.

No podía faltar una propina donde seguir disfrutando de la magia del oboe, nada menos que Gluck y la «Danza de los espíritus benditos» del Orfeo y Euridice en esta versión que sustituye la flauta por la lengüeta doble de un instrumento rico no ya en sonido sino en emociones compartidas con una «cámara» de violines, cellos y contrabajo.

Hay sinfonías que deben escucharse al menos una vez cada temporada, pues son básicas en el repertorio orquestal sirven para poner a prueba la ductilidad y el magisterio desde el podio. La «Primera» de Brahms está entre mis preferidas (este verano en Granada quedé con sabor agridulce) y su último movimiento es la música que sirve de aviso al inicio de cada parte, para llamar al silencio previo, esta vez con toda la orquesta ya ubicada (el director francés es de los que arranca sin apenas respirar para avisar) sonriendo ante lo que ellos mismos interpretarían a continuación.

François Leleux también comentó, antes del concierto, de su largo aprendizaje que una de las claves para alcanzar una buena interpretación orquestal es «encontrar el tempo cómodo para todos», y doy fe que lo logró, pues la OSPA este segundo viernes de noviembre no solo mantuvo «el tipo» en todos los múltiples cambios que esta sinfonía del hamburgués tiene, sino que además disfrutó con los elegidos por el maestro francés. Así, el contraste del Un poco sostenuto – Allegro jugó con una primera parte profunda, lúgubre y mayestática antes del cambio brillante de la segunda, con balances muy logrados entre las secciones, sabiendo desde el podio qué hacer resaltar dentro de este legado beethoveniano de un Brahms que masticó esta primera casi 20 años antes de finalizarla. El Andante sostenuto mostró de nuevo los tres elementos (timbre sinfónico, melodías y construcción) con una cuerda homogénea junto a los vientos empastados y brillando en «sus» momentos. Un poco allegretto e grazioso resultó literal, el tempo ideal con ese toque optimista, rico en dinámicas, trompas sedosas, maderas «gustándose» (el maestro las felicitaría al final, especialmente a sus «colegas»), fraseos jugosos antes de esa «montaña rusa» que es el IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio. Los pizzicati de la cuerda sonaron poderosos en todos los matices y aires impuestos por el director francés, los timbales mandaron, los metales volvieron a ser broncíneos y las maderas brillaron como siempre. El juego de tiempos encajado a la perfección y las dinámicas amplias para engrandecer este gran final sinfónico.

Al contrario que en Granada, de donde retomo mis palabras, pero en sentido positivo, el juego de tempi funcionó precisamente por el buen encaje entre las secciones, las maderas no necesitaron «huir de la quema», los metales empastaron y prosiguieron con una sonoridad que suelo llamar «orgánica», los timbales mandando y la cuerda siempre con la homogeneidad tímbrica y una musicalidad, además de entrega, en parte por un director que supo contagiar su vitalidad para compartir tanta buena música. Mi querido Don Arturo Reverter hubiera dicho que esta vez sí hubo «sustancia».

PROGRAMA

HECTOR BERLIOZ (1803 – 1869)

Le carnaval romain: obertura

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791)
Concierto para oboe en do mayor, K. 314

I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897)

Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68

I. Un poco sostenuto – Allegro
II. Andante sostenuto
III. Un poco allegretto e grazioso
IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio

P.D.: Crítica para LNE del domingo 16 de noviembre.

Bach, Mozart… y Sato

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Bach y Mozart, abono 2: OSPA, Shunske Sato (violín y director). Obras de Mozart, J. S. Bach y J. Ch. Bach. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con Shunske Sato -moderado por Fernando Zorita–.

No hace falta entrar a contar lo que supusieron nombres como Herreweghe, Leonhardt, Koopman, Suzuki o Gardiner con formaciones que afinaban por debajo de los 440 Hz (o más) como en la época en la que se hacía aquellas músicas, con instrumentos recuperados o reconstruidos, de sonoridades tan distintas, más la libertad expresiva que llegaron a llamar «interpretación historicista» o «historicismo musical» (actualmente se describe como «interpretación históricamente informada«), pues se dejaba atrás la grandiosidad romántica para volver a unos orígenes no muy estudiados aún en aquellos felices 60 y 70 -mejoraría en los 80- e incluso plantearse si había necesidad de contar con un director cuando solo era ponerse de acuerdo en el tempo y compartir sensaciones.

Está claro que con Shunske Sato (Tokio, 10 junio 1984) se nos disiparon las  dudas en el encuentro previo, pues como nos contaría, estudiando en la prestigiosa Julliard School no tenía la posibilidad de encontrar lo que allí faltaba y sí podía escuchar en unas grabaciones distintas, casi prohibidas en Nueva York, sintiendo la necesidad de venirse a París donde todo le cambiaría (más el posterior salto a los Países Bajos donde durante 10 años fue director artístico y concertino de la Sociedad Bach). Todos asentimos ante Zorita en lo «obligado» de interpretar más música del barroco por parte de las orquestas sinfónicas, pues programar este repertorio es cual puesta a punto de un motor, y elegir tres compositores tan unidos y necesarios esta vez supuso un feliz acontecimiento musical, con mejor entrada que en el primero, mayor aún con un violinista que no deja de serlo, porque lo suyo no es -como bien nos dijo- dirigir, sino ejercer el liderazgo para poder transmitir y compartir su enfoque, sin perder pasión e implicar, con mucho ensayo, a los profesores. Y doy fe que se alcanzó en una hora sin pausas donde Sato en pie no se movió del escenario, como uno más pese a los distintos cambios de plantilla que supusieron las seis obras de este segundo abono.

La orquesta se dispuso «a la manera clásica» con los violines enfrentados, más dos parejas de contrabajos, por detrás de los violines, arropando el sonido global, sumando el clave de Alberto Martínez en el medio, poco perceptible pero siempre necesario, más en las obras elegidas. Después irían menguando o aumentando efectivos aunque Sato siempre fue uno más entre todos, sin soltar su violín (alternando dos arcos situados en un taburete), tocando con los primeros cual concertino, sumándose a cellos o violas, apenas marcando los inicios o pidiendo las dinámicas exactas desde su atril giratorio. Hasta en las dos obras donde actuó como solista nunca perdería su liderazgo ejercido desde la sencillez y discrección, «conduciendo» una OSPA aseada, rigurosa, implicada y hasta disfrutona, si se me permite el calificativo.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sería inicio y final del concierto, con su primera sinfonía compuesta a los 8 años, y el último movimiento de la «Júpiter» escrita en la plenitud de los 32 (fechada el 10 de agosto de 1788, y última contribución al género sinfónico), para reconocerle su aprendizaje londinense con el último hijo de «Mein Gott», Johan Christian Bach (Leipzig, 1735 – Londres 1782) cuya música Nannerl comentaba era difícil distinguirla de la de su hermano con solo escuchar cuatro compases de cada uno, tal resultó la influencia y enseñanzas del último hijo de Bach, y por supuesto el descubrimiento del Gran Padre que era inevitable, marcando esa conexión del programa: «Bach pilar de todas las músicas».

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto) pondría las revoluciones orquestales en su punto, sonoridades precisas, claras, con los aires rigurosos de los entonces tres movimientos clásicos aún influenciado por el Estilo Galante de su «english teacher» pero con una clara personalidad ya apuntada en el genio de Salzburgo, orquesta quasi camerística con oboe y trompas a pares que enriquecieron una sonoridad y estilo ya reconocibles.

Si Bach es el padre de todas las músicas, el propio Mozart orquestaría la Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878 (de El clave bien temperado) para cuerda, con Sato ejerciendo en pie de concertino impulsando cada motivo, cada frase, sumándose a cada sección para una exposición donde estudiar el genio de El Cantor de Leipzig e interpretarlo con la misma limpieza que el original para clave. Perfecto que nadie aplaudiese y así enlazar con el Concierto para violín en la menor BWV 1041,  una de las muchas joyas y partituras para los solistas donde una OSPA camerística sonó madura, adaptada al estilo y tímbrica -la sensación del ligero desafine en cellos y contrabajos es parte de ella- en tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) donde el violinista japonés mostraría todas las cualidades que le hemos disfrutado en los muchos vídeos grabados con la Nederlands Bach Society. Liderazgo y compenetración para una interpretación a la altura de la obra.

Y de «El Bach de Londres» llegaría su Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12, como la propia Nannerl Mozart diríamos que la firmaría su hermano, tres movimientos (I. Allegro – II. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto) impetuosos sin necesidad de «instrumentos de época», vientos a pares bien empastados (me encantaron las trompas abriendo su sonido como si fuesen naturales) y balanceados para una versión rica del pequeño de los Bach.

Mozart punto y final sin interrupciones: primero el Rondó para violín y orquesta en do mayor K. 373 para seguir disfrutando de Sato y la complicidad de una OSPA que se notaba entregada al placer de compartir esta música con el músico japonés: delicadeza, fraseo, presencia y pasión contenida, que Alejandro G. Villalibre comenta en sus notas al programa sobre el cuarto episodio en modo menor «… al que parece que Carlos Gardel se refería cuando afirmó en una carta “acabo de encontrar una melodía macanuda” que cristalizaría en su tango Por una cabeza« siendo «uno de los rondós solísticos de la época clásica (…) consecuencia de los conciertos a solo barrocos» como el escuchado de Bach.

Con la incorporación al orgánico de la espléndida flauta de Myra Pears bien empastada con oboes y fagotes, junto a los timbales naturales de Prentice, llegaría el broche de oro con el último movimiento (Molto allegro) de la Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551, una explosión jubilosa, equilibrada, verdadera lección contrapuntística bien aprendida por ese prodigio irrepetible en la Historia de la Música, con Shunske Sato sujetando violín y arco con la mano izquierda para marcar con la derecha, retomándolo como concertino, entregado al genio de Salzburgo con el rigor y al fin la pasión «planetaria» en un concierto que supuso comprobar el excelente estado de la orquesta de todos los asturianos, hoy conducida por un japonés que supo llevarla en todas las velocidades y marchas sin necesidad de pasarse de revoluciones con la suavidad del mejor pilotaje.

PROGRAMA:

W. A. MOZART: Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto).
J.S. BACH – MOZART: Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878, de El clave bien temperado (orq. W.A. Mozart, K. 405/3).
J. S. BACH: Concierto para violín en la menor, BWV 1041 (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai).
J. Ch. BACH: Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12 (I. Allegro – II. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto).
MOZART: Rondó en do mayor K. 373.
Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551: IV. Molto allegro.

CaminOS PAralelos

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Viernes 10 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 “SCHUBERT SINFÓNICO”, inauguración de la temporada 2025-26 OSPA, Nicolas Altstaedt (violonchelo), Nuno Coelho (director). Obras de Walton y Schubert. 19:15 horas: «Encuentro con Nuno Coelho y Oriol Roch», Sala de conferencias nº 1 (3ª planta).

En un Oviedo que he bautizado hace tiempo como «La Viena Española», este segundo viernes de octubre tenía dos opciones musicales, que siempre restan en vez de sumar: el segundo título de la LXXVIII Temporada de Ópera con «Roméo et Juliette» (Charles Gounod), y el inicio de la temporada 25-26 de nuestra OSPA, con la que llevo «casado» desde 1991 -mismo año de mis nupcias-, así que siempre presumo que la orquesta asturiana discurre paralela a mi matrimonio, razón más que suficiente para no perderme esta inauguración, de la que me consta  el dilema de muchos abonados a ambas temporadas, que algunos adelantaron al día antes en Gijón, aunque yo cambié mi función operística para la segunda función del domingo, que contaré también desde aquí.

Como ha sido habitual en años anteriores, antes del concierto se tiene un encuentro con los protagonistas que disfrutaremos posteriormente, cambiando ahora de la Sala de Cámara, que resultaba inhóspita por la poca afluencia de aficionados, para optar por la más acogedora sala de conferencias nº1 que podemos encontrar al salir del ascensor a la izquierda. Siempre es interesante estar en este «acercamiento», más aún cuando escuchábamos a Oriol Roch, nuevo gerente, quien expondría su «línea de trabajo» donde intentar ganar público joven (abriendo los ensayos) además de acercar todavía más la orquesta de todos los asturianos, pero también en mantener a los ya veteranos que vamos cumpliendo años juntos aunque con menos pelo y/o peinando canas. Y por supuesto sin faltarnos las siempre acertadas pinceladas de Nuno Coelho sobre las obras que escucharíamos en este primer abono (lo repetiría al inicio de la segunda parte para los «ausentes»), esta vez dos obras «grandes» no muy habituales en los programas que personalmente agradezco se oferten.

El cellista Nicolas Altstaedt (Heildeberg, 1982) es uno de los grandes intérpretes al que ya pudimos escuchar con Oviedo Filarmonía (en 2019 y 2021 también dirigiéndola), y que en estas dos temporadas será uno de los colaboradores artísticos, siguiendo la buena línea emprendida hace años por la OSPA para traer y atraer talento, hacer crecer su oferta además del enriquecimiento que suponen estos grandes intérpretes tanto para la orquesta como por la implicación que alcanzan con el público sin olvidarnos de la repercusión a nivel mediático.

Dos partes bien diferencias en este estreno de temporada, primero el Concierto para violonchelo del inglés Walton, que Altstaedt tiene en su amplio repertorio, siendo uno de los intérpretes más versátiles en cuanto a su amplio «catálogo», y La Grande de Schubert, un calificativo ideal para esta sinfonía del compositor vienés que no pudo escuchar en vida y supone un homenaje a su paralelismo y admiración con el Beethoven que rompería moldes.

Nuno Coelho ya está asentado en la OSPA desde hace tres años (felizmente renovado otras dos temporadas), la complicidad con los músicos es total, tendiendo en estos años a una economía gestual sin perder nunca las necesarias indicaciones para clarificar lo trabajado previamente, el repertorio sabe elegirlo y estudiarlo al detalle, y con los solistas siempre acierta en concertar ideas, tempi, pero sobre todo la búsqueda de la belleza global sin egoísmos, dejando brillar a todos desde el pleno respeto y conocimiento de cada obra sobre el atril. Y para este arranque nos trajo un programa exigente y luminoso junto al violonchelista Nicolas Altstaedt, confirmando el excelente estado artístico de una OSPA robusta en todas sus secciones y su apuesta por una programación equilibrada entre el repertorio clásico y el siglo XX, contando para este primer abono de concertino con la polaca Joanna Wronko.

El concierto se abrió con el Concierto para violonchelo (1956) en tres movimientos (I. Moderato / II. Allegro appassionato / III. Lento; Allegro molto) del británico Sir William Walton (1902-1983), obra de lirismo contenido y escritura refinada escrito para Gregor Piatigorsky, que sigue siendo una de las páginas más singulares del repertorio del siglo XX, especialmente el  virtuoso movimiento central. Altstaedt lo abordó con un sonido limpio y su habitual intensidad expresiva con su Nicolás Lupot (París 1821) prestado por la Deutsche Stifung Musikleben. Lejos del dramatismo romántico, el discurso de este concierto se articula entre la introspección y la ironía, con un lenguaje que equilibra la sensualidad armónica con la elegancia formal que el músico alemán ofreció desde una lectura intensamente poética: sonido terso y flexible, virtuosismo al servicio de lo escrito con un arco riquísimo, matices y tímbrica rica, sabiendo extraer de la partitura toda la melancolía británica, especialmente en el Lento, de atmósfera suspendida. En los pasajes virtuosísticos del segundo y apasionado Allegro y en el Allegro molto final, combinando fuerza y ligereza con una naturalidad admirable, en diálogo constante con una OSPA refinada, grande, bien ensamblada en todas las secciones (no faltó la percusión siempre colorista junto a la celesta, más el arpa) además de atenta al detalle modelada por Coelho con precisión casi camerística y unos balances admirables.

La versatilidad de Nicolas Altstaedt quedó más que reafirmada con una propina de «mein Gott» quitando la pica del cello, cambiando el arco (no fueron necesarias las cuerdas de tripa) y llenando el auditorio ovetense con la Sarabande de la Suite nº 1 en sol, BWV 1007, que nuestro «apóstol» Pau Casals se desayunaba cada día, un sorbete antes de la segunda parte que solo sería para el franco alemán un aperitivo, pues me consta interpretará las seis en un mismo concierto, pero esto será otra historia…

Tras el intermedio, la Sinfonía nº 9 en do mayor, “La Grande” D. 944 de Schubert sonó con con idéntica solidez, energía y claridad estructural en sus cuatro movimientos (I. Andante – Allegro, ma non troppo / II. Andante con moto / III. Scherzo: Allegro vivace / IV. Allegro vivace): dirección clara, tempi ágiles y una orquesta en plenitud sonora, brillante en los metales y equilibrada en las cuerdas. Coelho optó por una lectura vigorosa pero sin excesos, destacando el impulso rítmico del Scherzo y el luminoso equilibrio de la cuerda con los metales (especialmente los trombones), empastados, sutiles y poderosos cuando se les pedía, pero manteniendo el balance ideal de esta luminosa y optimista sinfonía. La OSPA respondió con precisión y entusiasmo, especialmente en los pasajes contrapuntísticos del último movimiento, resueltos con una madurez sonora que revela el gran trabajo acumulado entre director y orquesta, más paralelismos que siguen discurriendo en este esperanzador inicio de curso musical.

El auditorio ovetense vivió así este comienzo de temporada sinfónica pleno de musicalidad y optimismo, con un público escaso (habrá que trabajar mucho para recuperarlo) que celebraría largamente a los protagonistas.

PROGRAMA:

WILLIAM WALTON (1902 – 1983)

Concierto para violonchelo:

I. Moderato / II. Allegro appassionato / III. Lento; Allegro molto

*****

FRANZ SCHUBERT (1797 – 1828)

Sinfonía nº 9 en do mayor, “La Grande”, D. 944:

I. Andante – Allegro, ma non troppo / II. Andante con moto / III. Scherzo: Allegro vivace / IV. Allegro vivace.

Fantasía e imaginación del Hansel y Gretel

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Viernes 12 de septiembre de 2025, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. Engelbert Humperdinck (1854-1921): «Hänsel und Gretel», Märchenspiel en tres actos, con libreto de de Adelheid Wette, basado en un cuento de “Kinder und Hausmärchen” (1812) de Jacob y Wilhelm Grimm. Estrenada en el el Teatro de la Corte de Weimar, el 23 de diciembre de 1893. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

(Crítica para OperaWorld del sábado 13, con fotos propias, de las RRSS, más el añadido de los siempre enriquecedores links, con la tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar)

Primer título de la septuagésimo octava temporada ovetense con una apuesta poco habitual en su programación, siendo la primera vez que se subía a las tablas del coliseo carbayón «Hänsel und Gretel» (1893) de Engelbert Humperdinck (1854-1921). La obra, a menudo catalogada como “Märchenspiel”, ópera de cuento de hadas -mejor que infantil- demostró en esta producción propia que su encanto trasciende edades, combinando lirismo wagneriano y frescura popular en una propuesta escénica de calidad de un conocedor como pocos del teatro ovetense. Esta ópera se estrenaría en el Teatro de la Corte de Weimar bajo la dirección de un Richard Strauss con 26 años, quien la calificó como “una obra maestra de eximia calidad, original en todo, nueva y auténticamente alemana”. El libreto de Adelheid Wette, la hermana pequeña del compositor, está basado en el relato infantil «Hänsel und Gretel» que forma parte de la serie “Cuentos para la infancia” de Jacob y Wilhelm Grimm. La obra de los hermanos Grimm en la que está basado el libreto de la ópera tiene unas segundas lecturas muy inquietantes y siniestras, con una nueva perspectiva al argumento tradicional del cuento familiar al suprimir algunas ideas y añadir otras: no caracteriza a una madrastra en sentido estricto sino al ama de casa que se enfada por el cansancio y desesperación, o al padre que tampoco es un leñador sino un escobero, lo que permite un juego ambiguo con las escobas bien llevadas dentro del propio argumento que dan mucho juego. Musicalmente puede observarse una rica orquestación y sutil armonía de un Humperdinck consistente y de fuerte invención melódica nacida de la complejidad wagneriana vecina de la exuberancia, y la liviandad de Johann Strauss, especialmente en ese vals de los hermanos con un lenguaje personal inspirado en el folclore alemán que nos suena cercano a todo melómano. Como curiosidad reflejar que fue la primera ópera en ser retransmitida por radio desde el Covent Garden y la primera en ser radiada en directo desde el Metropolitan, así que era hora de escucharla en Oviedo.

La dirección escénica de Raúl Vázquez trasladó este cuento a un universo a medio camino entre lo fantástico y lo tristemente cotidiano, desde la crudeza y espontaneidad, la pobreza y el maltrato infantil «casi sin dejar espacio a las emociones que despiertan en nosotros estas atrocidades» según palabras del propio regista. Contraste entre dos partes: actos primero y segundo unidos, más el tercero, lúgubre y luminosa (muy de la “Escuela Sagi”) que reflejan a la perfección su premisa de reflejar el sufrimiento infantil por la depresión socioeconómica inspirada en los años 50 de los EEUU, con ese cartel de carretera que reza Nothing like our happy way of life (Nada como nuestro feliz modo de vida) casi omnipresente, y del que saldrá la casa de los dulces, reflejo de las clases desfavorecidas donde fantasía e imaginación nos ayudan a esa redención de la infancia que sigue necesitándola en pleno siglo XXI. Un aplauso para este debut operísticoque sigue apostando por la “escuela asturiana”. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda evita el realismo ingenuo del bosque, mostrado casi un basurero frente a la parte “dulce” que juega con el rosa fresa, las tartas y golosinas que nunca empalagan, sumando no solo símbolos visuales sino con el refuerzo de unos juegos de luces (Eduardo Bravo) que potenciaron los dos ambientes organizados en esas dos partes: primera lúgubre contrapuesta a la esplendorosa segunda e inquietante que no rompe nunca la propia trama. Muy logrado el “sueño” de los hermanos que nos hace transitar ambas partes hacia la simpática casita de jengibre que emerge desde uno de los dos huecos en el suelo (el otro será el horno humeante), un recurso visual y escénico recordándonos que detrás de la dulzura late la amenaza del hambre y la bruja.

El vestuario de Ilaria Ariemme combinó elementos tradicionales muy dickensianos o “miserables” con ese guiño cinematográfico tan cincuentero como el citado cartel de autopista, logrando cierta idea de atemporalidad en una mezcla que nos permitió identificarnos con los protagonistas que al mismo tiempo nos acercan la distancia del mundo de unos cuentos vigentes desde nuestra óptica casi senil.

Del reparto vocal destacaron por su frescura y energía las dos debutantes en la temporada ovetense en los papeles protagonistas: el Hänsel de la mezzosoprano británicoalemana Anna Harvey, de timbre cálido, flexible, solvente en las frases juguetonas y tierna en la oración de la noche (Abendsegen), escénicamente creíble y bien empastada con la Gretel de la soprano rusoestadounidense Erika Baikoff, de voz clara, ágil, excelente proyección y volumen suficiente, transmitiendo la inocencia sin caer en lo infantilizado desde un fraseo siempre elegante dominadora de la escena de principio a fin, con un vals conjunto pletórico por parte de ambas.

La Bruja, papel que exige tanto comicidad como oscuridad, fue resuelta con cierto histrionismo y una voz que se mantuvo lejana en todos los sentidos a cargo de la suiza Stéphanie Müther, una soprano dramática en un papel que debe conjugar el engaño y la maldad, pasando de la Señora Doubfire a la embrujada vencida y bien horneada.

Muy bien los padres (Peter y Gertrud) a pesar de sus breves apariciones, ofreciéndonos momentos de gran intensidad dramática, especialmente en el contraste entre la desesperación del primer acto, y la alegría del final, igualmente reflejados en el vestuario, destacando sobre todo el barítono catalán Carles Pachon que brillaría con luz propia, poderoso vocalmente, excelente actor, rico en color, y la mezzo mexicana Teresa Fuentes, debutante en los escenarios europeos -que en sus inicios tuvo roles de soprano lírica-  y una buena elección para diferenciar tanta gama dentro de la misma tesitura.

Destacar pese a la brevedad de sus intervenciones El arenero de la soprano cubana Vilma Ramírez (que sustituiría a última hora a la asturiana Ana Nebot por enfermedad), una voz veterana sobre estas tablas al pertenecer al coro de la ópera ovetense, y la cántabra Sofía Gutiérrez-Tobar (Hada del rocío), otra de las debutantes en Oviedo, para redondear un elenco vocal que mantuvo la calidad de un reparto muy homogéneo y bien elegido.

La batuta del asturiano Pablo González, al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), volvió a demostrar su dominio en el trabajo de cada partitura que afronta y la química con una orquesta que conoce y le conoce. Equilibrando la densidad wagneriana de la orquestación con la transparencia melódica que exige la obra, mimando siempre las voces, manteniendo las dinámicas para hacerlas lucir, controlando los balances entre foso y escena para lograr desde la primera obertura la tímbrica perfecta para esta maravillosa partitura que nos enamoró. Si los metales y maderas colorearon el bosque de misterio, la percusión pondría el color, y las cuerdas arroparían con lirismo los dúos de los niños, manteniendo el volumen con el que disfrutar del Coro Infantil de la “Escuela de Música Divertimento” que dirige Cristina Langa. El trabajo no solo vocal sino escénico con ellos es digno de admiración, pues incluirles en la primera obertura -la única aplaudida a lo largo de la representación. ya nos adentraron en el ambiente del cuento. Su afinación es profesional a más no poder y el final, animándose con el baile, contagiaron no ya la ilusión sino la esperanza tanto del propio cuento como del futuro canoro, donde con un alemán de academia entonarían “¡Podemos cantar y saltar podemos bailar y cantar!… ¡Nuestra gratitud y nuestra alabanzas para vosotros, por este momento dichoso!» que resultó recíproco.

Uno de los momentos más emocionantes fue el célebre Abendsegen (“Oración de la noche”), interpretado con un recogimiento que conmovió al público, incluso me consta alguna lágrima, realzado por la delicadeza de nuestra orquesta en un estreno que ya es historia de la longeva ópera asturiana.

El Campoamor respondió con entusiasmo esta nueva apuesta de la temporada ovetense, con prolongados aplausos al final y bravos dedicados especialmente al dúo protagonista y sobre todo a los niños. No hubo público infantil pero todos nos sentimos así  este primer viernes en plenas fiestas mateínas, donde los abucheos a la locución en asturiano ya forman parte argumental de la primera función aunque van “decrescendo”. En definitiva, este Hänsel und Gretel que abría temporada fue una rara avis dentro de una programación que sigue alternando títulos “de siempre” con alguno barroco (esperando con ganas el vivaldiano “Orlando Furioso” dentro de dos meses), y este estreno resultó otra apuesta ganadora para una ópera que, lejos de ser un entretenimiento navideño para niños, se reveló como un canto universal a la esperanza, la astucia y la supervivencia frente a la adversidad.

FICHA:

Viernes 12 de septiembre de 2025, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVIII Temporada de Ópera. Engelbert Humperdinck (1854-1921): «Hänsel und Gretel», Märchenspiel en tres actos, con libreto de de Adelheid Wette, basado en un cuento de “Kinder und Hausmärchen” (1812) de Jacob y Wilhelm Grimm. Estrenada en el el Teatro de la Corte de Weimar, el 23 de diciembre de 1893. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Pablo González – Dirección de escena: Raúl Vázquez – Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda – Diseño de vestuario: Ilaria Ariemme – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo –  Dirección del coro: Cristina Langa.

REPARTO:

Peter: Carles Pachon (barítono) – Gertrud: Teresa Fuentes (mezzosoprano) – Hänsel: Anna Harvey (mezzosoprano) – Gretel: Erika Baikoff (soprano) – La bruja: Stéphanie Müther (soprano) – El arenero: Vilma Ramírez (soprano) – Hada del rocío: Sofía Gutiérrez-Tobar (soprano).

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

Coro Infantil Escuela de Música Divertimento

Arranca otro curso musical

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Septiembre es el mes de «la vuelta al cole», y en música supone también arrancar un nuevo curso, el 2025-26 lleno de ilusión, que en mi caso suele estar centrado entre Oviedo -con tan amplia oferta que me ha llevado a bautizarla como «La Viena Española»- y Gijón, aunque haga escapadas puntuales a otras ciudades que desde mi condición de jubilado desde hace tres años ya me puedo permitir sin consultar el calendario escolar.

Este viernes 12 de septiembre comienza la LXXVIII Temporada de Ópera ovetense con un título que supone su primera representación en el Teatro Campoamor: Hänsel und Gretel (1893) de Engelbert Humperdinck (1854-1921), a menudo catalogada como ópera de hadas (Märchenspiel) mejor que ópera infantil, aunque así se ha entendido a lo largo de tanto tiempo, incluso con traducciones a distintos idiomas de este cuento muy popular no solo en Alemania sino en todos los países nórdicos, siendo una ópera que no suele faltar por navidades y que además se estrenó en Weimar un  23 de diciembre de 1893 dirigida por un joven Richard Strauss, y casi un año después por Mahler en Hamburgo (25 de septiembre de 1894), por lo que debía refrescar el oído y prepararme para este estreno en la capital asturiana.

De mi discoteca saqué y llevo días escuchando una de mis joyas, considerada como una de las grabaciones clásicas imprescindibles (1971): la de Kurt Eichhorn dirigiendo a Anna Moffo y Helen Donath en los papeles de los hermanos o el padre de Fischer Dieskau entre otros, considerada como «una de las mejores grabaciones de la era estéreo, con ambiente claro y vocales evocadoras. Cristalina y poderosa destaca Christa Ludwig como La Bruja con un papel lleno de matices: comicidad e intimidación en perfecta mezcla, incluso con vívida caracterización vocal (risas, gruñidos) según MusicWeb Internationalclassicalcandor.blogspot.com, además de admirada por su profundidad dramática en este papel donde La Ludwig está insuperable.

Y la Ópera de Oviedo iniciaba este martes su ciclo de conferencias previo a los títulos programados en el Club de Prensa LNE, esta vez a cargo de la catedrática de Filología Inglesa de la Universidad de Oviedo Socorro Suárez Lafuente (Gijón, 1951), ya jubilada, que fue presentada por Adolfo Domingo, director de Publicaciones de Ópera de Oviedo.

El título ya nos puso claro que no deben faltar los cuentos en nuestra vida: «Hansel y Gretel: entre un mendrugo y un mazapán». Un placer escucharla decirnos que «contar cuentos a los niños siempre ha conllevado simplificar un mundo profundamente contradictorio», así Hänsel und Gretel refleja pobreza, hambre y valentía aunque el libreto de Adelheide Wette, la hermana de Humperdinck, endulza el libreto homónimo de los Hermanos Grimm con algunas variaciones: «Los padres no actúan por maldad, sino por necesidad, y eso introduce una crítica social aún vigente; en la vida real no hay héroes puros ni villanos absolutos, solo personas con motivaciones complejas. Pero para que los niños lo entiendan, hay que simplificar», remarcó la profesora.

Si Richard Strauss y Mahler dirigieron sus estrenos, en el asturiano tendremos al ovetense Pablo González, quien en una entrevista para LNE del pasado 30 de agosto comentaba: «Me quedé de piedra cuando supe que esta ópera nunca se había representado en Oviedo, estoy seguro de que, una vez que se estrene, volverá regularmente», añadiendo que «es un tesoro que va a fascinar en Oviedo», que contará con la escenografía del avilesino Raúl Vázquez (1982) al que «nacieron en en Bilbao» o el Coro Infantil Divertimento, verdaderos ángeles dirigidos por Cristina Langa, para enamorarnos a todos.

Socorro Suárez destacó que las numerosas vertientes del análisis crítico-literario de la obra, desde la teoría feminista, la psicología o la ecocrítica: «No se puede pedir más a una narración: niños que enfrentan la muerte, mujeres que encarnan tanto la crueldad como la valentía, un bosque que es al mismo tiempo amenaza y rito de paso, y una música que recoge la tradición del folclore alemán». Y el dulce que para la infancia es tentación y también deseo de algo que no estaba al alcance de los niños pobres, la casa de chocolate o mazapán, las galletas o incluso el fuego (purificador o infernal) así como las moralejas en unas narraciones que hoy no serían políticamente correctas.

Tampoco le faltó comentar versiones o recopilaciones de estos cuentos populares tras la transmisión oral al papel ya en el siglo XVIII, sin olvidarse de las recopilaciones españolas: desde las famosísimas de Saturnino Calleja (incluso fue muy famosa la frase «Tienes más cuento que Calleja«), Cecilia Böhl de Faber (que firmaba como Fernán Caballero) o el Padre Luis de Coloma con El ratoncito Pérez para el niño desdentado de su primer diente, el futuro Alfonso XIII. Y en un cuento (más aún en la ópera), el relato no es solo una aventura infantil sino el reflejo brutal de la pobreza, del abandono, del hambre y del miedo,  también de la valentía: «Gretel es valiente, no solo sobrevive, sino que toma la decisión de matar a la bruja para salvar a su hermano. En un contexto donde los niños sufren las consecuencias del conflicto entre el bien y el mal, se convierten también en los portadores de la esperanza», resaltó la profesora.

Y si la ópera es subir mi telón musical, aún queda por delante otra increíble temporada: el 27º ciclo «Conciertos del Auditorio»  y 34º de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» del 29 de octubre de 2025 al 4 de junio de 2026, presentados en julio, la Temporada de Abono de la OSPA, ya con el nuevo gerente Oriol Roch Izard generando enormes expectativas para estos próximos años.

En el caso de la orquesta de todos los asturianos, el aperitivo será precisamente la ópera de Humperdinck, más 16 programas para los abonados en el Auditorio, a los que sumar los conciertos extraordinarios (en Semana Santa tendremos la Misa Nelson de Haydn), escolares, familiares, teniendo repertorio variado con nombres como Ian Bostridge, François Leleux, Bezhod Abduraimov, Vadym Kholodenko, Antje Weithaas, Shunske Sato, Javier Comesaña, Matthias Höfs, entre otros, tres nuevos artistas colaboradores (el violonchelista Nicolas Altstaedt, la flautista Clara Andrada y el pianista gijonés Martín García García), reivindicando siempre el talento asturiano con directores invitados como Pablo González, Óliver Díaz y Marco Antonio García de Paz, además de estrenos de compositores de la tierra como Jorge Muñiz, Gonzalo Martínez y Guillermo Martínez (1).

No quiero olvidarme de otro Ciclo CIMCO a partir del 18 de septiembre, con un concierto mensual hasta Navidad, o el Primer Festival de Piano «Joaquín Achúcarro», que ya dejé reflejo en este blog en su presentación, los próximos días 22, 23 y 24 de septiembre para poner bien alto este primer mes del curso escolar.

Por aquí seguiremos para reflejar toda la música que disfruto.

(1): Este jueves 11 me llegó por correo (cosas de vivir en una aldea) la programación de la OSPA que dejo a continuación:

Maratoniano Perianes

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Sábado 14 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: MARATÓN BEETHOVEN – OSPAFEST (2). OSPA, Javier Perianes (piano y dirección). Entrada: butaca: 15 €.

Finalizada la temporada de abono de la OSPA, aún quedaba algún extraordinario más, y volvía a la capital asturiana el onubense y colaborador artístico Javier Perianes (Nerva, 1978) con una «Maratón Beethoven«, nada menos que los cinco conciertos para piano del genio de Bonn, que también llevará al Auditorio Nacional de Música de Madrid dentro de una semana, el próximo día 21 de junio para celebrar el «Día Europeo de la Música» junto a la Orquesta de la Comunitat Valenciana en el programa «¡Solo Música!» que organiza el Centro Nacional de Difusión Musical  en coproducción con el Palau de Les Arts de Valencia.

Si este pasado jueves se enfrentaba a los tres centrales (que me perdí al coincidir con la Marina del Campoamor, este sábado llegaban los dos extremos cual alfa y omega de este reto físico y mental que en Madrid afrontará el mismo día (verdadera maratón): el Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15 y el Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador”.

En palabras del propio Perianes (para la revista Scherzo) comenta: “En una diminuta misiva que Beethoven envió a un íntimo amigo, el diplomático Heinrich von Struve, fechada en Viena el 17 de septiembre de 1795 y desconocida hasta 2012, puede leerse: “¿Cuándo llegará el tiempo en que haya únicamente seres humanos? Es posible que solo veamos llegar ese dichoso momento en unos pocos lugares. Pero no lo veremos acaecer en todas partes. Pasarán siglos antes de que eso suceda”. Tocar la música del compositor alemán supone, para mí, contribuir humildemente a la llegada de ese “dichoso momento” que él tanto ansiaba. Y hacerlo por medio de sus cinco Conciertos para piano, que requieren un entendimiento pleno entre el solista y todos los instrumentistas (…) es un privilegio que estoy feliz de compartir con el público en el Día Europeo de la Música”, y los asturianos estos días previos a la cita madrileña.

Los dos conciertos de este sábado nos muestran al Beethoven joven aún «mozartiano» y el maduro, casi como un príncipe que termina emperador manteniendo toda su personalidad. Y Perianes así afrontó ambos, juvenil y maduro, debiendo asumir la dirección de la OSPA (se anunció por megafonía la ausencia del titular, al igual que el concierto anterior) donde Aitor Hevia volvía de concertino invitado para una complicidad necesaria, pues no siempre «enmudece» el piano para encajar solista y orquesta en momentos puntuales de auténtica complejidad.

El de Nerva arrancó el Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15 (dedicado a Anna Luisa Barbara Fürstin Odescalchi) con aplomo, el Allegro con brio literal pero controlando el tempo para no caer en excesos pues toda maratón debe dosificar el esfuerzo, aquí pleno de vigor y marcialidad donde los balances con la orquesta resultaron dignos de mención, pudiendo disfrutar de un piano limpio, cristalino en los arpegios, un virtuosismo nunca exagerado con diálogos bien entendidos por toda la orquesta en un lenguaje deudor de Mozart y Haydn (que el onubense tan bien conoce) pero con las abruptas modulaciones «marca Beethoven» y una  primera cadenza reposada. El Largo (en  la bemol mayor) se erigió principesco, de lirismo casi vocal, con ornamentos bien dibujados por un pianista al que llevo años llamando «el Sorolla del piano» ante la luminosidad que alcanza desde una técnica perfecta sin necesidad de «volver al trazo inicial». Perianes contagió el sosiego de este movimiento a la orquesta, con el clarinete de Daniel Velasco delicioso de fraseo y sonido. El tercer y último movimiento (Rondo. Allegro scherzando) retoma la tonalidad inicial en compás de 2/4 y forma rondó con siete partes (ABACABA), fórmula habitual en el tercer movimiento de los conciertos clásicos. Un piano imponente en el tema principal marcando el devenir que repite la orquesta con un entendimiento y encaje donde Hevia sería primordial por la dificultad que tiene este rondó lleno de síncopas y fraseos irregulares. Trinos limpios, cruce de manos impecable y dos cadenzas diseñadas con el espíritu audaz y pícaro del genio de Bonn con un Perianes integrado en la sonoridad global del solista. Dinámicas ricas antes de esa melodía imperceptible aunque presente «como queriendo escabullirse del escenario sin ser visto» y la orquesta finalizando el movimiento con la contundencia donde Czerny (que fue alumno de Beethoven) recomendaba que el director esperase todo lo posible antes de desatar el fortissimo. Con respeto y escucha por parte de todos, Perianes remarcó el final vitalista en esta primera etapa sabatina.

Sin apenas respiro e incorporándose al mismo orgánico la segunda flauta, entraba «El Emperador» como se conoce el Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73, la tonalidad «heroica» con toda la grandeza de este quinto y último concierto para piano, tras el sitio de Viena por el ejército de Napoleón. Así el 11 de mayo se activó la artillería francesa y la casa de Beethoven se encontraba peligrosamente cerca de la línea de fuego por lo que aquellos que no podían -o no querían- salir de casa buscaban refugio bajo tierra y Beethoven lo encontró en el sótano de la casa de su hermano. Tras cesar el bombardeo y la rendición de las fuerzas austriacas, el compositor describió «una ciudad llena sólo de tambores, cañones, hombres marchando y miseria de todo tipo», abandonando la ciudad para escribir este «emperador entre los conciertos». Con la firma del Tratado de Viena en octubre de 1809, la vida en la ciudad de la música volvió a una aparente normalidad pero sin la oportunidad de presentar el nuevo concierto hasta dos años después tras el estreno en Leipzig, contando con Czerny de solista al estar el compositor ya demasiado sordo (aunque había interpretado la parte solista en sus cuatro conciertos anteriores).

La OSPA comandada por Hevia entendió este quinto como una globalidad sinfónica donde Perianes reinaba en el trono confiado en la respuesta de sus huestes. Potente y grandioso arranque del Allegro, cromatismos y arpegios cristalinos, agógica bien entendida, alternancias protagónicas entre solista y orquesta, con el segundo tema tenue, etéreo, evanescente, pura seda. De los tiempos lentos está claro que el segundo movimiento del «Emperador» es uno de los sublimes del alemán. El empaque y sonoridad aterciopelada de todas las secciones nos devolvió a una orquesta en plenitud cerrando temporada, cuerdas en sordina dibujando ese tema de incomparable belleza, cellos contestando, contrabajos cimentando, mientras el piano de Perianes respondía con silenciosos tresillos descendentes, logrando una sutil tensión desde el delicado equilibrio entre maderas, cuerdas y piano, con la música desvaneciéndose llena de una ternura única. Bien la nota sostenida de la trompa para que el piano introdujese suave y todavía andante el tema del Rondó final en compás de 6/8, sin excesos en el tempo, «rápido pero no demasiado». Exuberancia por parte de todos, optimismo interpretativo, gloria sinfónica y un manto de armiño pianístico sobre un gran ropaje sinfónico con toda la fuerza para este final maratoniano que no tuvo la merecida respuesta de público (incomprensible toda la temporada) aunque los presentes disfrutamos nuevamente del príncipe Perianes coronado emperador con la OSPA.

PROGRAMA:

Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15 (1798-1800):

I. Allegro con brio – II. Largo – III. Rondo. Allegro scherzando

Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador” (1809-1810):

I. Allegro– II. Adagio un poco mosso [-attacca-]  – III. Rondo. Allegro ma non troppo

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