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Vidas de artista

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Viernes 6 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 15 OSPA: Sinfonía fantástica. Nuno Coelho (director). Obras de Messiaen, Coll y Berlioz.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa «potente» y tres obras de compositores cercanos en el tiempo en apenas un siglo rompedor con el denominador común en cuanto a creencias, historias, imágenes, pero especialmente sus propias vidas de artistas. También suponía la despedida de Francisco Coll (Valencia, 1985) como colaborador artístico residente estas tres últimas temporadas, y que a partir del próximo curso «se nos va» a la OSCyL antes de proseguir estrenos en Europa y EEUU de su concierto para piano con Kirill Gerstein.

En el encuentro previo junto al maestro Coelho, el artista valenciano nos comentaría cómo es esta «nueva» Lilith que ha crecido desde su estreno en 2022, la escuchada en Oviedo en abril pasado (de ahí mi duda al figurar como estreno, verdaderamente una revisión de este 2025), sus orígenes recordándonos la adolescencia donde encontró a esta «mujer fatal» en aquellos manga de sus amistades en el instituto, el profundizar con la Lilith primera esposa de Adán en los textos hebreos, su personalidad poliédrica, y que como a todo artista le seguiría rondando la cabeza, la esperada evolución hacia un poema sinfónico, bien enlazado con la «fantástica» que cerraba el concierto, «ballet sin coreografía» que no llegó a convertirse en ópera.

Esta obra en tres secciones y cinco movimientos, de aquella «Lilith nocturna» se quedaría reducida en duración en vez de convertirse en el movimiento central al que agregar los otros dos extremos, pero la duración para completarla no debería llegar a 40 minutos, «público o programadores probablemente no la soportarían» como él mismo nos contaba, el primer contrapunto de inspiración en la polifonía de Victoria, el incorporar un vals que no es habitual ni «bien visto» en los compositores actuales… . También su forma de concebir estas pinturas sonoras, pues en el valenciano su proceso compositivo va unido siempre a las imágenes, y con otras obras suyas he llegado a relacionarlo con la sinestesia pero también en su trabajo por capas, aunque en la escucha los oyentes vemos el proceso de la creación que dura lo mismo que la interpretación, siendo el director con la orquesta quien lleva todo el peso en plasmarla.

En el programa de mano el propio compositor nos describirá a Lilith, y su lectura previa (que dejo a continuación) nos ayudó a comprender y entender mejor al otro pintor, Nuno Coelho que fue coloreando los cinco cuadros cargados de calificativos: sensuales, terroríficos, seductores, tortuosos (ángeles como mosquitos), laberínticos, burlones, histéricos… en un espectacular lienzo en blanco que fue la gran orquesta «musculada» para esta clausura y nuevamente comandada por Aitor Hevia, plenamente identificada con la escritura y estilo de Coll, con una nutrida y exigente percusión donde hay dos pianos (uno afinado un cuarto de tono más alto), arpa y un orgánico que fue la mejor paleta tímbrica para estos coloridos «episodios»:

«El primer movimiento, un expresivo adagio, evoca el deseo y el miedo al mismo tiempo: celebra una unión de opuestos. Lilith habita en las ruinas tras abandonar a Adán; de estos vestigios surge la polifonía de inspiración renacentista, sus líneas afiladas y con la claridad del veneno.

El segundo movimiento se divide en dos partes. Tres ángeles describe un tortuoso laberinto en el que un batallón de tres serafines busca a la fugitiva Lilith. «Vals de la huida» es trágico y grotesco, rozando la histeria.

El tercer movimiento también tiene dos secciones. En hebreo, Lilith (Leilit) también significa «nocturna»; «Nocturna» explora este aspecto de su naturaleza. Musicalmente hablando, es un estudio del volumen, manipulando el espacio y el timbre como si se tratara de una escultura sonora. En «Euphoria», Lilith llega a la ciudad moderna y participa en una orgía salvaje, mientras las masas se dejan arrastrar por su fuerza seductora».

Excelente reescritura que pasó de un cuadro a este monumento sinfónico de Coll donde la OSPA brilló en todas las secciones y un Coelho afrontando un reto más. En abril de 2024 escribía de aquella Lilith  sinónimo de Nocturna que «parte de imágenes que a menudo pinta tras finalizarla y normalmente no retoca con el tiempo pues el momento es único (…) también hay elementos de misterio, bosques mágicos y tenebrosos (cerca de su ciudad), nieblas y densidad, aquí sonoro, también con paralelismos pictóricos en busca de texturas además de colores. La partitura tomada como instrucciones para armar los muebles de la famosa multinacional sueca que cada director monta con los elementos sinfónicos, y que en el caso de sus obras tampoco son iguales de un día para otro precisamente porque la vida es un fluir distinto cada día», ahora este mural alcanzaría dimensiones «fantásticas».

La ordenación de las tres obras pienso ha sido igualmente acertada, con el titular explicándolas antes de arrancar. También nos hizo pensar en las imágenes de Messiaen y Las ofrendas olvidadas (1930) de un entonces joven francés recién graduado, el creyente que pinta tres lienzos casi de «meditaciones sinfónicas» como las denomina la musicóloga Julia Martínez Lombó que reflejan las verdades teológicas de la fe católica: La Cruz, El Pecado y La Eucaristía. Las notas al programa analizan esta obra de juventud, «se estructura en tres episodios: Arranca con un movimiento muy lento y melancólico, una lamentación de las cuerdas que describe el sacrificio de Cristo en la cruz. Continúa con un breve episodio agitado, agresivo, desesperado y robusto, una carrera al abismo en la que destacan los fuertes acentos finales, armónicos en glissando y las llamadas de las trompetas. Concluye con la promesa de la salvación de la Eucaristía, un movimiento extremadamente lento, con una melodía enunciada por los violines sobre un manto de acordes en pianísimo». Misma paleta para otro paisaje sonoro que ayudó a preparar oídos y músicas posteriores, una OSPA cómoda en estos repertorios cercanos y poco transitados que Coelho sabe afrontar dando seguridad gracias a un trabajo minucioso de dinámicas, balances y texturas, con violines segundos protagonistas, velocidades bien encajadas por la orquesta hasta lograr el final aterciopelado.

Y nada mejor que clausurar la temporada con otro gran orquestador y francés como Berlioz, enlazando con Coll, Episodio de la vida de un artista, sueños de un joven músico, en este caso recurriendo al opio tras un desamor, y también en cinco movimientos o episodios, una Sinfonía fantástica que siempre emociona.

Misma formación con plantilla enorme para este poema sinfónico que pone a prueba cualquier orquesta, y la OSPA superó con sobresaliente este examen final de temporada en todas sus secciones y solistas. Bien empastada, nuevamente de amplísimas dinámicas y juego del maestro portuense con la agógica donde mimar cada «cuadro», detalles de calidad como el dúo del corno inglés con el oboe fuera del escenario (también las campanas), sueños y pasiones iniciales, un baile casi vienés (contrapesando el de Coll), una marcha al cadalso impresionante para llegar a un aquelarre goyesco donde los metales brillaron como nunca pero sin tapar nunca a una orquesta que llegó a junio en plena forma.

Aún quedan tres extraordinarios fuera de abono, coincidiendo dos con la zarzuela, pero que intentaré al menos despedirme con uno antes de las vacaciones bien merecidas para la orquesta asturiana, a la que deseo todo lo mejor para la próxima temporada y que se despejen dudas, se cubran plazas y continúen ofreciéndonos conciertos como este.

PROGRAMA:

OLIVIER MESSIAEN (1908 – 1992):

Las ofrendas olvidadas

FRANCISCO COLL (1985 – )

Lilith:

I. Contrapunto erótico (Adagio molto espressivo) / II. Three Angels (Allegro energico con spirito) – Vals de la huida (Presto radiant)  / III. Nocturna (Largo elastico e drammatico – Euphoria (Festoso con brio)

(*) Estreno mundial co-comisionado por la OSPA y la Toronto Symphony Orchestra (TSO).

HECTOR BERLIOZ (1803 – 1869):

Sinfonía fantástica, op. 14:

I. Sueños – Pasiones
II. El baile
III. Escena campestre
IV. Marcha al cadalso
V. Sueño de una noche de sabbat

ClásicOS PAra disfrutar

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Viernes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 13: Vuelta a los clásicos. Cuarteto Quiroga, OSPA. Obras de Mozart, Haydn y Beethoven.

El Clasicismo es la época ideal para disfrutar de su música, y la sinfónica del «triunvirato» todavía más, por lo que siento pena seguir comprobando la poca asistencia a los conciertos de nuestra OSPA, y encima con un programa que tenía nuevamente a «Los Quiroga» (colaboradores artísticos que continuarán en la próxima temporada) comandando la orquesta asturiana en un arriesgado proyecto donde cubrían los atriles de la cuerda más el viento -sumándose los timbales en la segunda parte- sin director, aunque apostando por aumentar el «ente orgánico» del cuarteto a toda la formación, como si de una camerata se tratase y con el esfuerzo de lograr que el mismo corazón a cuatro latiese en todos los músicos, y confirmo que lo lograron plenamente.

En el encuentro previo al concierto, donde estábamos los pocos habituales, estos cuatro grandes músicos presentados por Fernando Zorita ya nos avanzaron lo que supondría este concierto, tras una carrera con más de 20 años que esperan seguir otros tantos: mucho trabajo previo, la confianza del titular Nuno Coelho (felizmente con contrato renovado hasta 2027) en «su orquesta» para seguir abriendo propuestas tan interesantes como la de este decimotercero de abono, lo poco habitual de la apuesta casi didáctica (el Cuarteto Quiroga la realizó en Zaragoza donde algunos de ellos son docentes), así como la habitual presencia de Aitor Hevia como concertino invitado en varios conciertos de abono, como se suele decir uno más «de casa» que no nos hace olvidar lo necesaria de esta plaza sin cubrir su titularidad desde la jubilación de nuestro recordado Sasha ¡hace 7 años!, por lo que la confianza estaba asegurada y el riesgo del «triple salto sin red» parecía minimizado, aunque cada concierto siempre sea único e irrepetible.

La elección de las tres obras permitió comprobar el más que corroborado excelente estado de la formación asturiana, escuchándose, implicándose, entregándose a un repertorio que no por conocido es menos exigente. Y con Cibrán Sierra de concertino arrancaría la primera sinfonía del «genio de Salzburgo», increíble que la compusiese con ¡sólo 9 años! pues es redonda, marcando su propio lenguaje con una plantilla perfecta de cuerda con trompas y oboes a pares. Una sinfonía probablemente compuesta en el barrio londinense de Chelsea y que como explica Alberto Martín Entrialgo en las notas al programa «(…) sigue la estructura de la obertura italiana en tres movimientos: Allegro en Mi bemol mayor en forma sonata, Andante en Do menor también en forma sonata, y Presto en Mi bemol mayor en forma de sonata-rondo». Un Molto allegro sin complejos, claro en la cuerda que fue prolongación bien sentida del ímpetu de los colaboradores, más el cuarteto de vientos igual de ensamblado en esta «Camerata Quiroga». Y si el tempo obliga a latir juntos, el Andante exige más concentración pero resuelto con una musicalidad digna de destacar, con un dúo de trompas empastadas y conservando el balance ideal sumándose los dos oboes prístinos. Aún quedaba el Presto en 3/8 vertiginoso, valiente, para reafirmarme en la calidad de estos músicos, el empuje de unos arcos fraseando con una claridad que permitía disfrutar del Mozart siempre increíble, los diálogos de la cuerda con  las lengüetas, el sustento de las trompas y la cuerda casi tan británica como la inspiración del niño prodigio.

El llamado «padre de la Sinfonía» añadiría a esta camerata para la ocasión el fagot ubicado entre violas y  cellos para la conocida como Sinfonía «La Passione», alcanzando una tímbrica y colorido que Cibrán Sierra destacaba en el encuentro como diferencia entre los cuartetos y las sinfonías, y así resultó esta Sinfonía nº 49 en sus cuatro movimientos con Hevia de concertino y casi director aunque «los Quiroga» mandaban desde sus respectivos atriles. Pasional, mística pero también risueña, el lento Adagio me transportó a Granada por la intensidad emocional de esta sinfonía «da chiesa» (que servía como introducción a otra obra vocal de carácter religioso), encontrando el pulso ideal para mantener esa lúgubre tonalidad de fa menor. El Allego di molto arriesgando en la velocidad y con una cuerda uniforme, rica en matices, arcos visualmente agradecidos fraseando camerísticamente, dibujando toda la tesitura con unas trompas aterciopeladas. El Menuet nos mantendría el modo menor apuntado en el segundo movimiento plenamente asentado, unísonos de oboes y cuerda para lograr ese colorido «marca del austríaco» con el Trío devolviendo el tono mayor, juego de armaduras pero también de sentimientos en lengüetas y metales, marcando el ritmo bailable antes de retornar al menor. Y nuevamente el vértigo, la apuesta del Presto por alcanzar la sonoridad sinfónica única, sin fisuras, con cellos, fagot y contrabajos empujando, violines primeros y segundos «compitiendo» en limpieza y contrastes, verdadero «Sturm und Drang» (por tormenta e ímpetu) con una interpretación sobresaliente.

Del trío clásico afincado en Viena nadie mejor que Beethoven para dar el paso al romanticismo con su Octava y una orquesta ya crecida en plantilla (cuerda, sumándose maderas a dos, como trompas y trompetas, más los timbales, esta vez siendo protagonistas casi todos los coprincipales de la plantilla. Vuelvo a las notas de Martín Entrialgo (con genes musicales) que transcribo para centrar la Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

«Beethoven firmó el manuscrito de esta sinfonía en octubre de 1812, y la obra fue estrenada en Viena el 27 de febrero de 1814. Este concierto incluyó también la séptima sinfonía; si bien ésta fue bien recibida por el público, la octava no corrió la misma suerte: “eso es porque es mucho mejor”, se cuenta que dijo Beethoven. Quizás fuera sorprendente para el público el retorno de Beethoven a una sinfonía de pequeñas dimensiones (junto a la primera, la octava es la más corta de todas), o quizás el público no acabó de entender el humor y el carácter juguetón que los críticos han atribuido a esta sinfonía, manifestado, por ejemplo, en la parodia del metrónomo que Beethoven hace en el segundo movimiento».

La QuirOSPA aumentó el riesgo para la penúltima sinfonía del «sordo de Bonn», sin complejos, balances cuidados, Hevia por momentos dirigiendo con el arco, Sierra llevando de la mano a los segundos -tan importantes pese al calificativo-, Puchades sacando a flote unas violas con protagonismo y Poggio redondeando junto a los contrabajos una cuerda exigente en los tiempos para la limpieza sonora. El viento añadiría brillo y color a pares, sumando, contestando, fraseando. Los timbales detrás a la derecha mantuvieron el sonido global, homogéneo, romántico sin estridencias y puramente sinfónico. El público de hoy sí entiende el humor socarrón de Don Luis y también las sombras y luces, de nuevo en la tonalidad de fa mayor que antes pintasen para «papá Haydn». Manejar toda la orquesta sin director suponía una atención especial, encajar los latidos y respiraciones, escucharse aún más si es posible, la valentía que puede llevar a la tumba o a la gloria, siendo ésta la meta alcanzada. Con un respeto total a las indicaciones de aire tomadas literalmente, el Allegro vivace con brio pisó el acelerador sin miedo a las curvas, el Allegretto scherzando realmente fue «bromeando» con el metrónomo, por momentos zapateados para afirmar la pulsación, el Tempo di menuetto auténtica filigrana por la delicadeza, para rematar con un Allegro vivace donde la coreografía de arcos enriquecía una interpretación rigurosa, precisa, exquisita, equilibrada, fresca… calificativos que le ha dado The New York Times al Cuarteto Quiroga y que lograron extender a una OSPA feliz, implicada y en plena forma para este final de temporada al que le quedan dos abonos más -de los que perderé el penúltimo- mejor que escribir lo de «le quedan dos telediarios»…

PROGRAMA:

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791):

Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, K. 16:

I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809):

Sinfonía nº 49 en fa menor, «La Pasión», Hob. I/49:

I. Adagio – II. Allegro di molto – III. Menuet – IV.Presto

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770 – 1827):

Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

I. Allegro vivace con brio – II. Allegretto scherzando – III. Tempo di menuetto – IV. Allegro vivace

Letras asturianas con música

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Viernes 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertu de les Lletres Asturianes: OSPA, Óliver Díaz (director). Obras de Falla, Bizet, Luna, Korsakov y Lauret. Entrada gratuita.

 

La 46 Selmana de les Lletres Asturianes (que organiza el Principado de Asturias), este año dedicada a la diáspora personificada por  uno de los mayores exponentes del llamado Xurdimientu, Xosé Álvarez, Pin (1948-2001) que defendió nuestra lengua y cultura asturiana desde su Belmonte natal hasta la Argentina que le acogería entre tantos paisanos allí emigrados.

Y llegaba este concierto con mucha inspiración en la literatura y el folklore, especialmente el nuestro a cargo de la orquesta de todos los asturianos con el ovetense Óliver Díaz al frente, que presentaría las obras antes de comenzar armando un programa muy del gusto de todos los presentes, melómanos y aficionados en general, que no llenaron el auditorio carbayón pese a la gratuidad de las entradas.

Literatura española de Pedro Antonio de Alarcón y El sombrero de tres picos en el que Manuel de Falla (1876-1946) se inspiraría para el ballet homónimo y cuya Suite nº 1 afrontó la OSPA bien llevada por el maestro Díaz, complicidad total con la comodidad que da la confianza mutua y el dominio de un repertorio que tienen más que asimilado, y que con la madurez tanto del director como de la orquesta lograron dejarnos una interpretación muy equilibrada, con lucimiento de todos los solistas, riqueza de matices y claridad en los cambios de ritmo.

Óliver Díaz lleva muchos años trabajando dede el foso y eso se notó en la Suite nº1 de la Carmen de G. Bizet (1838-1875), también de inspiración literaria en Merimée y manteniendo ese ambiente hispano  que emocionaría a tantos artistas, el amor de la cigarrera y el militar con fatal desenlace. Cada número de esta suite funciona como un tráiler de los más famosos números de la ópera del francés, permitiendo disfrutar especialmente de las maderas (bellísimo el dúo de flauta y arpa de la «aragonaise») que cantaron bien arropadas por una orquesta sutil, respirando y transmitiendo la magia de esta página lírica así como el famoso número del «toreador» con la formación asturiana brindándonos un sonido compacto, balanceado y rico en dinámicas.

Plenamente asturiana la zarzuela La pícara molinera del zaragozano Pablo Luna (1879-1942) inspirada en una novela de Alfonso Camín, cuyo intermedio tiene entidad musical propia (aunque para muchos de nosotros nos emociona especialmente el «Paxarín tú que vuelas») y con versiones históricas. Así la entendió Díaz con la OSPA, con una elección del aire correcto para disfrutar cada motivo, empaste, amplios matices que llevó con mano izquierda y hasta con el cuerpo, todas las secciones nuevamente inspiradas y la rítmica tan cercana de nuestro folklore.

Palabras mayores en cuanto a orquestación es Nikolái Rimski-Korsakov (1844-1908), quien como marino de profesión sabemos que recaló en España, y aunque sin documentar parece que desembarcó  en Avilés y se acercó hasta Ciaño por su amistad con Pedro Duró, quien probablemente le preparó una espicha con gaita y tambor, pues su Capriccio espagnol, opus 34 bien podría llamarse «Capricho asturiano», y fue sintonía muchos años de Radio Nacional de España en Asturias allá en los estudios de la calle Melquíades Álvarez, donde el valdesano Modesto Gonzáles Cobas (con La Asturias popular) fue defensor e impulsor de nuestro rico folclore. La versión de este primer viernes de mayo en el auditorio carbayón seguro que haría las delicias del ruso, quien se quejaba de que se ignorasen aspectos como los cambios «en los timbres y la elección de concepciones melódicas y patrones de figuras» porque no se puede entender mejor la inspiración asturiana en cada uno de los cinco números (Alborada, Variaciones, Alborada, Escena y canto gitano y Fandango asturiano) donde disfrutar con unos solistas de primera y la sabia mano del director ovetense. No es «música rusa sobre temas asturianos» sino auténtica música asturiana entendida por este marino ruso que en cada puerto recogía lo que escuchaba: la fiesta asturiana al amanecer, unas trompas aterciopeladas arrancando las variaciones para ir dando paso a cada solista (inmenso Andreas Weisgerber), la rica instrumentación y nueva tonalidad de la siguiente alborada, la cuerda (con el arpa de nuevo impecable) hoy muy bien comandada por Daniel Jaime, también luciéndose en los solos, con la sonoridad casi guitarrística del canto gitano desde el redoble amplio de la caja o las trompetas poderosas, más la explosión final de nuestro fandango, vivo, enérgico, con toda la percusión mandando y empujando en un acelerando impetuoso además de poderoso en una excelente interpretación del tándem Díaz-OSPA.

Para finalizar no podía faltar el violinista, compositor y director murciano Benito Lauret (1929-2005) quien trajo a nuestra tierra el convencimiento por una música de calidad tanto en el mundo coral como en el sinfónico desde su plaza en el Conservatorio de Oviedo de «Contrapunto, Fuga y Composición», y aquí dirigió tanto a la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» como a la Orquesta de Cámara «Muñiz Toca» y la Orquesta Sinfónica de Asturias de 1973 a 1985, precursora de la actual OSPA, e inspirándose en nuestro folklore como parece sólo han entendido los compositores que han visitado nuestra «tierrina» y que en el caso del cartagenero se enamoró de ella y su música, dando un paso de gigante a nuestro patrimonio musical esperando por un más que merecido homenaje aún pendiente.

Guardo como oro en paño varias grabaciones suyas pero especialmente el LP «Música Sinfónica Asturiana» grabado hace casi 50 años  para el sello CBS con la Orquesta de Cámara de Madrid por él dirigida, donde aparecen en la cara 2 sus Escenas asturianas, estrenadas en mayo de 1976 con el patrocinio de la Sociedad Filarmónica Ovetense  y que han sonado en múltiples ocasiones incluso más allá de nuestras fronteras, y «renovando» la sintonía radiofónica, posteriormente televisiva de la RTVE en el Principado. Obra dedicada a Manuel Álvarez-Buylla López-Villamil, «con lo que el autor pretende rendir un modesto homenaje a un apellido al que tanto debe la cultura musical de Oviedo y, por ende, de Asturias» como reza la contraportada del disco, con las correspondientes notas a las obras en él grabadas.

Las Escenas asturianas (también en versión para banda) recopilan temas y motivos que Torner reflejó en su «Cancionero Musical de la Lírica popular asturiana» que todos los asistentes al concierto conocíamos desde siempre (Alborada, Corri-corri o Valamé nuestra señora, Mambrú, Vas por agua o El Pericote), y que Lauret entiende desde una armonización, orquestación, elegancia y sabia elección de las canciones para engarzar una obra maestra que sigue viva y fresca. La OSPA la lleva en sus genes, sus músicos son ya tan asturianos como lo fue el propio Benito Lauret, la entienden como nadie. Y Óliver Díaz llevó con la misma elegancia y mesura de la obra cada uno de sus números, jugando con la tímbrica, llenando de color cada motivo, equilibrando sonoridades, dejando a los excelentes solitas gustarse, «cantar la tonada» con el clarinete, tocar el tambor asturiano junto a «la gaita del oboe«, pero sobre todo contagiarnos los ritmos tan bien hilvanados por el maestro murciano donde El Pericote se mezcla genialmente con el Asturias patria querida que armonizase el recientemente fallecido Leoncio Diéguez, otro asturiano de adopción a quien le debemos la versión sinfónica de nuestro «Himno del Principado».

Festín orquestal y auténtico fin de fiesta con estas escenas asturianas que incluso levantaron a parte del público como si de un acto oficial se tratase, para romper en atronadores aplausos con este concierto en homenaje a la España y Asturias vistas desde fuera pero sentidas desde muy dentro.

 

Músicas rompedoras

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Viernes 4 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 10 OSPA, Jacob Kellermann (guitarra), Francisco Coll (director). Coll dirige Coll, obras de Honegger, Coll y Sibelius.

La temporada de la orquesta asturiana avanza ya hasta el décimo con la vuelta del valenciano Francisco Coll (1985), el «compositor que dirige» como se definió en el encuentro previo, en compañía de Fernando Zorita, quien nos daría unas «pinceladas» del décimo programa de abono.

Con una asistencia que comienza a ser preocupante, por no decir desoladora, el concierto era de lo más interesante por las obras elegidas: rompedoras (todas lo son en su momento) y cercanas para nosotros aunque manteniendo el orden casi trasnochado de obertura, concierto y sinfonía.

No es habitual programar a Arthur Honegger (encuadrado en el llamado Grupo de Los Seis) en concierto pese a lo innovador de su producción, y Coll eligió para abrir boca y «calentar» Rugby, una obra no basada en un programa previo aunque parece que pretendía experimentar durante su composición y tratar de plasmar lo improvisatorio e inesperado de un encuentro deportivo. Cierto que hay un regreso continuo al tema central muy melódico (la orquestación es merecedora de análisis por los instrumentos elegidos) desde su libertad compositiva y rico en los cambios rítmicos para una OSPA sin percusión y nuevamente con Aitor Hevia de concertino sonaría rotunda, ensamblada, en cierto modo virtuosística porque necesita no solo técnica sino sonoridad global que el artista valenciano alcanzó, con una versión más allá del propio título, mejor llamarlo simplemente «movimiento sinfónico» como finalmente sería el tercero, tras Pacific 231 y  este Rugby que personalmente pareció preparar la obra siguiente donde en 1976 (mi Viaje de Estudios de COU) descubrí en los laterales del seco paseo del río Turia campos de fútbol ¡y de rugby!.

Y el polifacético artista Francisco Coll llevó a una OSPA casi camerística (por la plantilla) junto al guitarrista sueco Jacob Kellerman, quien estrenaría Turia (2017) en su país, por un cauce bien controlado. Obra encargo de Christian Karlsen y el Ensemble Norrbotten NEO, el valenciano ya nos comentó en el encuentro que se inspiró en sus paseos al bajar a Valencia por el paseo ajardinado del río (hoy muy distinto de aquella mi primera visita adolescente), pues el fluir parecía estar empujándole a plasmarlo musicalmente.

No hay inspiración en su paisano Joaquín Rodrigo con el inmortal Concierto de Aranjuez sino más bien desde un folklore siempre presente en cualquier música desde la prehistoria, y que el compositor calificó como «Flamenco ilusorio», evocaciones de las luces y sombras donde su otra faceta de pintor parece mirar a su paisano Sorolla. Una guitarra bien amplificada fue trazando con un mayor «ensemble OSPA» estos paisajes atemporales y eternos, la invernal fría noche sueca pisando el agua congelada con los músicos que la estrenaron desde una evocación de la España que nuestra guitarra ha universalizado, pero con guiños variables en los estilos. Y en toda obra actual la percusión da color a las composiciones (aún más en el pintor compositor Coll): el piano de Francisco Escoda más visible que audible pero sobre todo el tándem Casanova – Revert, cajón (peruano hoy llamado flamenco gracias a Paco de Lucía y Rubem Dantas, posteriormente el «franco-avilesino» Tino di Geraldo): güiro, platillos, castañuelas, temple blocks o láminas con arco que son como pinceladas junto a los recursos guitarrísticos de rasgeos, punteos, armónicos… con una orquesta que entiende como pocas las obras de nuestro tiempo y mejor aún cuando es el propio compositor quien las lleva a buen puerto. Un Turia que fluye limpio, seguro y bien encauzado.

Del propio Coll el guitarrista Kellerman nos regalaría, con el compositor sentado delante de la percusión, una obra para disfrutar de una musicalidad y sonido entroncado con el concierto anterior pero ampliando el repertorio solista del instrumento español y universal.

Sibelius suele ser buena piedra de toque para toda orquesta, y la primera sinfonía del finlandés nos volvería al norte europeo tras la luz mediterránea, orquesta completa con todas las secciones a pleno rendimiento. De nuevo la cuerda rigurosa, rica en dinámicas, remando junta, con primeros atriles y arpa inmensos, una madera en estado de gracia desde el clarinete inicial, unas lengüetas homogéneas en los dúos y líricas en sus solos, unos timbales seguros y sobre todo unos metales poderosos, afinados, pletóricos brillando en los nórdicos cielos grises, trompas afinadas junto al trío de trombones y tuba verdaderamente «orgánicos» que me transportaron al monumento que Sibelius tiene en Helsinki en un paseo kilométrico.

PROGRAMA

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955):

Rugby, H.67. Movimiento sinfónico nº 2 (1928).

FRANCISCO COLL (1985 – ):

Turia: Concierto para guitarra (vers. guitarra y orquesta de cámara).

JEAN SIBELIUS (1865 – 1957):

Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39

I. Andante, ma non troppo – Allegro enérgico

II. Andante, ma non troppo lento

III. Scherzo: Allegro

IV. Finale (quasi una fantasía): Andante – Allegro molto

Triángulo romántico

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Viernes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música para la primavera», abono 8 OSPA, Giancarlo Guerrero (director). Obras de Schumann y Brahms.

Un año después regresaba al podio Giancarlo Guerrero, el nicaragüense nacionalizado costarricense (y estadounidense) además de ganador de seis premios GRAMMY® en el apartado de música clásica (como director y percusionista- con una trayectoria más asentada en los EEUU pero cuya nueva visita a Asturias sigue abriéndole nuevos escenarios y formaciones donde compartir su entusiasmo, energía y vitalidad, esta vez con un programa muy romántico además de conocido por todo melómano y ya rodado por la OSPA con distintas batutas: las sinfonías «Primavera» de Schumann (1841) y la «Cuarta» de Brahms (1885), primera y última de cada uno de estos dos grandes.

En el encuentro previo el maestro Guerrero volvió a encandilarnos con su pasión, sabiduría, verbo fácil y elocuencia, comentando datos biográficos relacionados con las dos sinfonías elegidas y la conexión entre ellas, el «vacío sinfónico» tras la muerte de Beethoven, el miedo a escribir una nueva sinfonía con la comparación siempre humana por la sombra omnipresente del genio de Bonn (tan admirado por Schumann y Brahms), el amor inmortal por Clara que sería la viuda eterna, y Johannes casi un ermitaño tras la negativa de compartir destino quedando en una buena amistad, desdejándose, con la barba casi de mendigo y engordando en Viena con más cerveza que vino.

También el justo reconocimiento a Clara Wieck como gran pianista y compositora, la ayuda al joven Brahms en una apuesta -como debería ser normal también hoy en día- por los jóvenes talentos, el estreno en Leipzig de la sinfonía del primero dirigida por Mendelssohn y la cuarta del hamburgués que llegó a considerársela la décima de Beethoven, compartiendo el número cuatro porque superar al sordo genial era una osadía y casi un pecado (la maldición de las nueve llegó hasta el siglo XX), con una plantilla similar más el uso en ambas del triángulo, poco habitual y como percusionista que también es el director americano, haciendo chanza de la incorporación de bombo y platillos desde las guerras para aturdir al enemigo, siendo los primeros en caer en el campo de batalla, que usarían en muchas composiciones Mozart o el propio Beethoven (en su Novena) junto a los «timpani», más la curiosidad que yo aprovecho como símbolo para este triángulo romántico de Robert, Clara y Johannes, las dos sinfonías elegidas para un concierto que al menos no siguió el orden decimonónico tan transitado, optando por una sinfonía en cada parte, cómo es la elección del director invitado, que no siempre elige lo que le gusta sino con lo que se identifica y estudia, o cómo sigue descubriendo detalles tras 30 años dirigiendo esta «Cuarta», que demostraría haciéndola de memoria.

La Sinfonía «Primavera» de Schumann arrancó con esa fanfarria optimista y brillante de unos metales nuevamente acertadísimos junto a la aparición del triángulo, todo bien llevado por una batuta flexible que marcaba todo, una mano izquierda sobresaliente y la pasión que contagia Guerrero. De gesto preciso, claro, amplio, dando la confianza a una orquesta hoy comandada nuevamente por el suizo Benjamin Ziervogel, concertino invitado (demasiados años sin titular y hoy con Zorita de ayudante) que lideró a la cuerda homogénea, equilibrada, limpia y acertada. Esta sinfonía primeriza («Frühlingssymphonie» como aparece escrito ya en la primera página de una primavera aún por llegar cuando la escribía) es plenamente romántica y para nada juvenil, llena de vida en sus cuatro movimientos, retomando la calidad sinfónica de la OSPA bajo la batuta precisa a cada detalle, conteniendo sonoridades en los momentos delicados como en el Larghetto tierno, melódico como sus lieder, lleno de dinámicas ajustadas con una madera «cantando» siempre perfecta y dejando fluir a la cuerda; el Scherzo: Molto vivace arriesgado en el tempo y logrando hacer presentes la cantidad de temas contrastantes de este tercer movimient0, jugando con los acentos y cambios de compás, los fraseos, los aires beethovenianos en los metales, consiguiendo empastar a todos (bien las trompas y mejor la flauta de Myra Pears) con una batuta a veces estilete y otras florete con la que Giancarlo Guerrero fue tocando los resortes necesarios hasta el último Allegro animato e grazioso literal, para brindarnos una versión impecable de la Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, op 38 verdaderamente primaveral, primorosa, juvenil e impetuosa.

Antes del concierto confesaba el director americano lo novedoso de la «Cuarta» de Brahms por el juego de acentos que no consiguen el equilibrio sino la inestabilidad como de estar pisando arenas movedizas, con un inicio en el Allegro que arranca con dos notas como si ya hubiera sonado pasada una eternidad previa no escuchada, casi enlazando con lo inexistente. Última sinfonía del hamburgués que no se atrevió a estrenarla en una Viena tal vez demasiado exigente para las obras nuevas, sino en Meiningen dirigida por el propio compositor, y evidentemente esta cuarta lo era, sombría, compleja, de la que Marta García Tejido escribe en las notas al programa lo siguiente:

«El compositor decide presentar la obra antes de su estreno a su círculo de amistades entre las que se encuentra el crítico musical Eduard Hanslick quien muestra su disconformidad, solicitando al compositor la supresión del tercer movimiento y la reelaboración del último. Brahms confía en la solidez de su composición y sin realizar modificaciones la estrena de forma exitosa. El Allegro inicial presenta un complejo tratamiento a nivel textural y rítmico de los tres temas principales. El Larghetto imprime una sonoridad arcaica a través del uso del modo frigio medieval. Una passacaglia barroca inspirada en la línea del bajo del final de la Cantata BWV 150 de J. S. Bach articula el último movimiento. El tema es presentado por la sección de viento del que derivan una sucesión de variaciones con la que concluye esta titánica sinfonía».

Esta obra maestra la afrontó Guerrero con unos tempi perfectos para delinear cada movimiento, desde el casi etéreo Allegro non troppo, bien elegidas las dinámicas marcadas con la izquierda pero también con su batuta dibujante incluso en las subdivisiones, sensaciones inquietantes hasta cierto fatalismo trágico en la cadencia final. El Andante moderato en compás de 6/8 ya nos previno el maestro de las «trampas» en las acentuaciones, de cómo cada parte tiene su explicación, reflexiva e introspectiva, con otra «fanfarria» en las trompas (presentes) y maderas en equilibrio bien matizado, con uno de los temas más bellos de Brahms con recuerdos a «La Quinta de Beethoven», con unos pizzicati rotundos en la cuerda, presente, y la cita al «dios Bach» (este 21 de marzo celebrando su cumpleaños) recuperado por Mendelssohn y desde entonces idolatrado por el resto de los músicos. El  Allegro giocoso es una danza binaria, verdadero y único «scherzo» (aquí aparece el triángulo) en las cuatro sinfonías de Brahms, con toda la orquesta presentando el tema, empastada, juguetona como pedía el director, articulaciones precisas y ligera la sonoridad antes de atacar, ya con la batuta como verdadero sable, el último Allegro energico e passionato, literal por la energía y pasión de Guerrero, de nuevo la passacaglia bachiana (de la Cantata BWV 150) y las variaciones que fueron desgranando todas las secciones cómodas, confiadas, matizadas, dejando fluir este último movimiento de la más titánica y última sinfonía de Brahms, empujados a ese final siempre impactante.

Un triángulo romántico con dos sinfonías, primera y última, unidas en este concierto de éxito con Giancarlo Guerrero saliendo varias veces a saludar, siendo preocupante la poca asistencia de público  (hoy había Danza en el Campoamor) que está perdiéndose una temporada de madurez y buenos programas a cargo de la orquesta de todos los asturianos. A la espera de un concertino titular y acertar con una nueva gerencia que plantee y planee el mejor futuro deseado, personalmente me perderé el siguiente, séptimo de abono del próximo viernes con un programa de «Danzas sinfónicas» (donde participarán alumnos de 5º y 6º de enseñanzas profesionales de danza del Conservatorio Profesional de Música y Danza de Gijón), coreografía de Tono Ferriol, que recalará primero en Pola de Siero bajo la batuta del mallorquín Antonio Méndez.

PROGRAMA:

Robert SCHUMANN (1810 – 1856):

Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, «Frühling» (La primavera), op. 38

I. Andante un poco maestoso – Allegro molto vivace

II. Larghetto

III. Scherzo: Moltovivace

IV. Allegro animato e grazioso

Johannes BRAHMS (1833 – 1897):

Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98

I. Allegro non troppo

II. Andante moderato

III. Allegro giocoso

IV. Allegro energico e passionato

Heroísmo musical

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Viernes 28 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Una vida de héroe», abono 7 OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Richard Strauss y David Moliner.

En la mitología y el folclore, un héroe o una heroína es un personaje eminente que encarna la quintaesencia de los rasgos claves valorados en su cultura de origen. Para el séptimo de abono daba título al programa con mucho «heroísmo musical». En el encuentro previo al concierto el director titular nos presentaba al percusionista y compositor David Moliner (Cuenca, 1991) que nos hablaría del estreno español de su «Estructura IV» dedicada a la diosa del arco Iris, siguiendo la inspiración mitológica diosa griega, Iris mensajera entre los dioses y los humanos, mayormente retratada como la mensajera personal de Hera, pues en una de sus estancias en Dresde vio el colorido y la relación con Iris, hija de los titanes Taumante y Electra y hermana de las temidas Harpías. Epítetos comunes la describen como Iris de alas doradas, Iris la rápida, o Iris la de los pies ligeros, y toda la literatura de dioses que es capaz de relacionarse musicalmente.

Aunque su faceta de percusionista evidentemente influye en esta obra, que se estrenó en Lucerna el 26 de agosto de 2023 y sonó por primera vez en España el jueves en Gijón y este viernes en Oviedo, la labor compositiva del conquense la realiza -como comentó en el encuentro- en papel pautado y lápiz desde el piano, buscando armonías y forjando diferentes capas, como se refleja claramente en esta „Dämonischer Iris», obra para gran orquesta con cinco percusionistas que utilizan todo tipo de aerófonos, idiófonos y membranófonos: cantos de pájaros, carracas, timbales golpeando las baquetas en el «caldero», silbatos,  armónicas, güiros… todo un arsenal al que sumar piano alternando con celesta (de nuevo contando con el virtuoso Sergei Bezrodny), jugando como cuerda y placas percutidas que consiguen un colorido «de arco iris» por donde transcurre y explica el subtítulo de la composición de Moliner.

Un arranque sombrío solístico de todos los bombos llevándonos hasta profundidades acuáticas que esconden irisaciones, mientras la nutrida orquestación va tejiendo tímbricas, cambios de ritmo, un vals demoníaco y hasta cantos guturales bien medidos, metales poderosos utilizando una trompa wagneriana, cuerda comandada de nuevo por Roman Simovic (1981), que tuvo también su momento solista volviendo a demostrar  su implicación como «colaborador artístico», el lujo de tenerlo de concertino y el ánimo que insufla a toda la orquesta. Verdadero trabajo hercúleo esta partitura, el esfuerzo de todas las secciones con un sonido homogéneo y rico en matices, siempre bien llevada por el maestro portugués, e interesante ubicarla dentro del programa elegido, pues utilizaría casi la misma plantilla (la dejo abajo de esta entrada) que la última obra del último y frío día de febrero. Una obra que como la mensajera divina nos evocó alas doradas, rapidez, pies ligeros y toda una paleta de sensaciones orquestales bien escritas por Moliner y entendidas por Coelho. También muy bien apostar por obras de nuestro tiempo tan necesarias para educar el oído con nuevos repertorios y apoyar la labor heróica de ser compositor en España. La línea seguida por Nuno Coelho está bien orientada esta su tercera temporada, y es una lástima el poco público que está acudiendo y perdiéndose estas oportunidades que ofrece la orquesta de todos los asturianos.

La otra gran figura del concierto sería el director y compositor muniqués Richard Strauss (1864-1949), abriendo velada con este sexteto, la sonatina que abre la ópera Capriccio, op. 85, en versión de «cuerda expandida» (6 violines primeros, 6 segundos, 8 violas y seis contrabajos) que lograría el sonido camerístico unificado y bien equilibrado, de escritura exigente para los primeros atriles, con un empaste que sólo dan los años y la calidad de Simovic, Alamá y von Pfeil comandando este «gran sexteto».

Como broche el poema sinfónico «Una vida de héroe», op. 40 (1898), casi autobiográfico del compositor alemán, escrita en los Alpes bávaros, «heróica» como la tercera de Beethoven y también en la tonalidad de mi bemol. Partitura dedicada a su mujer  y curiosas las pinceladas previas del maestro Coelho donde explicó que el violín personifica a la esposa del compositor alemán (entre Munich y Viena) con su carácter especial, de altibajos, chillidos, momentos punzantes y hasta violentos, también bostezos, mujer malhumorada pero necesaria para Strauss (pues aún así estuvieron casados más de 50 años). Obra casi megalómana de tres cuartos de hora sin interrupción para los seis números o capítulos, con una orquestación impresionante, que le va como anillo al dedo a esta OSPA que siempre ha tenido en el alemán uno de los compositores que mejor han entendido e interpretado en todas sus obras sinfónicas (creo que han hecho el ciclo completo de sus poemas, ópera y hasta varias sinfonías en distintas épocas a lo largo de sus casi 33 años), y esta «vida» que resulta cual recopilación de tantas otras: Así habló Zaratustra, Till Eulenspiegel, Don Juan, Don Quijote, Muerte y transfiguración, Cuatro últimas canciones, Sinfonía Alpina, y un largo etcétera, que fue como resumir la historia hasta la actualidad de nuestra orquesta asturiana.

De nuevo poderosas y seguras todas las secciones: las 9 trompas compactas en sonido y presencia, 5 trompetas (con salida de tres fuera de una caja escénica hoy «para la ocasión» y cámara frontal para poder ver las entradas precisas de Coelho en ese lejano toque de guerra heróico), toda la madera -a cuatro- sonando excepcionalmente, cuarteto de trombones más dos tubas  (con mucho fuelle) logrando tímbricas casi organísticas, nuevamente la percusión impecable, mandando, y sobre todo la cuerda (incluyendo dos arpas), que creciendo desde el «gran sexteto» inicial volvió a dejarnos los solos de Roman Simovic (con un Stradivarius de 1709) emocionantes, música profundamente sentida e interpretada al alcance de virtuosos como él, cálida, presente en todos los matices y con la magia de conseguir un silencio sepulcral para disfrutar de todas sus intervenciones, sobre todo en el tercer número (La compañera del héroe) cual «mini concierto para violín» dentro de los episodios de la vida de este Strauss poco modesto y con autoestima altísima, al nivel de sus composiciones, interpretado con la humildad, entrega  y trabajo del violinista yugoslavo pero nacionalizado inglés y la química con todos sus compañeros, igualmente transmitida por el enérgico, conciso y expresivo Nuno Coelho. Heroísmo musical para despedir el mes más corto del año.

PLANTILLA:

PROGRAMA

RICHARD STRAUSS (1864 – 1949):

Capriccio, op. 85: Sexteto (arr. orquestal)

DAVID MOLINER (1991 – ):

Estructura IV:  „Dämonischer Iris”

RICHARD STRAUSS:

Ein Heldenleben (Una vida de héroe), op. 40:

Der Held (El Héroe)

Des Helden Widersacher (Los adversarios del Héroe)

Des Helden Gefährtin (La compañera del Héroe)

Des Helden Walstatt (El campo de batalla del Héroe)

Des Helden Friedenswerke (Las obras de Paz del Héroe)

Des Helden Weltflucht und Vollendung (La retirada del mundo y la consumación del Héroe)

Ángeles y demonios

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «A la memoria de un ángel»: Abono 6 OSPA, Carolin Widmann (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Ravel, Berg y Brahms.

Aún con frío invernal llegaba el sexto de abono de la orquesta asturiana con su titular y Carolin Widman (Munich, 1976) a quien ya escuchásemos con la OFil en un Prokofiev de calado allá por noviembre del 2019 «prepandémico», recordado por la violinista alemana (incluso el mismo camerino de entonces con sus muchas horas de estudio antes de debutar en Nueva York), y esta vez afrontando el siempre angustioso y agotador concierto „Dem Andenken eines Engels“ (A la memoria de un ángel) de Alban Berg, que tanto ella como el director nos contaron en el encuentro previo al concierto.

Tomo para esta entrada el título de «Ángeles y demonios», tanto por el homónimo de Dan Brown por novelesco y cinematográfico, como por los tantos cuentos infantiles donde la infancia no siempre es alegre, los niños verdaderos angelitos que pueden tornarse diabólicos, a fin de cuentas la propia vida entendida esta vez desde la música. Maurice Ravel escribió en 1910 una colección de piezas para piano a cuatro manos  «para los hijos de Mimi y Jean Godebski, a quienes leía cuentos infantiles. Un año más tarde, como terminó siendo distintivo de él, Ravel reelaboró la obra para orquesta, sacando a la luz una profundidad que había dejado oculta en la creación original. Las tímbricas, ampliaciones armónicas y el tratamiento textural elevan su denotado exotismo primigenio hacia una panoplia musical llena color y, por momentos, dramatismo sin pretensiones trágicas» como bien nos cuenta Israel L. Estelche en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras), esta suite orquestal donde saborear la ingeniosa orquestación de los cinco números, «marca de la casa» del vasco-francés conmemorando el 150 aniversario de su nacimiento con su música, siempre agradecida de escuchar y todo un reto instrumental que el maestro portuense llevó con aplomo, pinceladas de luz y alegría, para seguir constatando el buen momento de nuestra OSPA. Cada sección brilló y sonó compacta, gustándose en las intervenciones, con la cuerda esta vez liderada por el murciano Jordi Rodríguez Cayuelas, hoy también con el arpa de Mirian del Río y la celesta de Bezrodny, virtuoso como siempre, con un Pulgarcito gigantesco, la madera impecable (flauta, corno inglés, fagot…), metales redondos, casi como La Bella y La Bestia enamorándonos, y la percusión «en su salsa» porque momentos como esa Emperatriz de las pagodas ponen a prueba el virtuosismo y buen gusto en la búsqueda del timbre ideal, esos detalles tímbricos que enriquecen  toda partitura sinfónica. Si la orquesta es la paleta de colores para que el director pinte el lienzo sonoro, esta Ma mère l’oye  (Mi madre la oca) tuvo acuarelas, tinta china, óleo y hasta pasteles con los que ilustrar estos cinco cuentos donde hay un dramatismo subyacente más allá de ver crecer a los niños y hacerles disfrutar con relatos que todos conocemos, y que citando de nuevo al musicólogo y compositor santoñés, parece dar el hilo conductor al programa, pues «Berg y Ravel compusieron sus respectivas obras incentivados por su relación con la infancia y juventud, aunque por razones totalmente divergentes: la exaltación de la fantasía y la ternura de la infancia, y la muerte por enfermedad de una joven que comenzaba a vivir».

La muerte de un niño es siempre dolorosa, una tragedia que marcará los años siguientes, sobremanera para sus padres, por lo que el Concierto para violín (1935) de Berg es la expresión sin buscar comprensión de un hecho tan difícil de explicar o digerir (y que la OSPA con Milanov y Renaud Capuçon ya interpretasen en junio de 2014). Encargo del violinista Louis Krasner (y estrenado en el Palau de la Música de Barcelona el 19 de abril de 1936), sus dos movimientos son verdaderamente como  «ángeles y demonios». Escrito como un recuerdo tempestuoso más que homenaje a Manon Gropius, hija Walter Gropius y Alma Mahler, muerta de polio ese mismo año: el Andante-Allegretto es el testimonio de la feliz infancia, mientras el Allegro-Adagio que sorprendió al compositor en plena escritura, vuelca sus propias angustias y doloer en este concierto que pasó a titularlo «A la memoria de un ángel».

Las cuatro cuerdas al aire comienzan a (d)escribir con la madera la inocencia, narrado por el Guadagnini (1782) de una Widman con esta joya capaz de sacarle nanas y gritos desgarradores, viniéndome la imagen del ángel caído en el Retiro madrileño. Coelho  sabemos que es buen concertador y el concierto mantuvo el carácter desgarrador en la orquesta que es el telón de fondo sonoro para este concierto donde sería la muniquesa quien volcó, desde su técnica impresionante, una interpretación interiorizada, sentida, compungida hasta en su gestualidad corporal, dobles cuerdas, arco rompedor por momentos, pizzicati punzantes y todo un catálogo de recursos que en sus manos parecen contagiarnos cada expresión. «El dolor de Berg se muestra (…) a través de unas melodías dramáticas, amplias, suspendidas y cantábiles, extrayendo todo el potencial diatónico del sistema dodecafónico. Unas características que muestran la influencia de Brahms y Wagner (y, por supuesto, Bach) inculcadas en la enseñanza de Schoenberg» de nuevo tomando las palabras de López Estelche para un concierto exigente que deja exhaustos a todos, con el coral „Es ist genug” (Es suficiente) de dios Bach, «desde las profundidades más bajas hasta las alturas sublimes» dejándonos un hilo de esperanza en el más allá, por lo que resultó comprensible la ausencia de propina pese a los muchos y merecidos aplausos a la solista alemana de un público nuevamente poco numeroso en el auditorio ovetense (y esta vez no había más oferta).

Melodías expresivas en la primera parte que continuarían con la Tercera Sinfonía (1883) de Brahms, para muchos, entre los que me incluyo, su mejor sinfonía por grandeza, fuerza y bella como Dvořák destacaría tras escuchar el primer y último movimiento interpretados por el compositor en una visita a la capital austríaca, que también recogen las notas al programa. Cuatro movimientos afrontados con valentía y seguridad por parte de Coelho que insufla a la orquesta el empuje y confianza para una interpretación de muchos quilates. Gesto claro, preciso, con una mano izquierda que maneja las dinámicas y balances para poder escucharse todo en su plano. En el Allegro con brio ya pudimos comprobar la línea a seguir, sonido compacto y limpio (puede que eche de menos añadir una tarima para los cuatro contrabajos que ayuden a cargar los siempre necesarios graves), solos donde los primeros atriles marcan la expresión bien arropados por el resto, matices amplísimos desde unos pianissimi con calidad hasta los siempre necesarios fortissimi que nunca resultan estruendosos, destacando que en esta tercera los finales no son poderosos sino delicados como bien resaltó el titular portugués, buen maestro de ceremonias capaz de expresar de palabra y aún mejor con la música la belleza del compositor alemán. El Andante emocionó con el clarinete inspirado de Andreas Weisgerber pero especialmente el conocido Poco allegretto fue una cascada de lirismo, desde los cellos al solo de trompa de José Luis Morató, el Brahms romántico a más no poder, para acabar con el Allegro valiente en el tempo, jugando con los contrastes, en una interpretación coherente, bien delineada  con contrapuntos destacados  al detalle (de nuevo ‘dios Bach’ en la estructura), el melodismo puro del mejor sinfonismo germano con la sinfónica asturiana.

Y la próxima semana un estreno de David Moliner más el sexteto Capriccio, op. 85 y Una vida de héroe (de R. Strauss), nuevamente con Nuno Coelho y el regreso de Simovic como concertino, un plus de energía para cerrar febrero, que contaré desde aquí.

PROGRAMA

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

«Ma mère l’oye»: Suite

I. Pavane de la Belle au bois dormant – II. Petit Poucet – III. Laideronnette, Impéra- trice des pagodes – IV. Les Entretiens de la Belle et e la Bête – V. Le Jardin féerique

ALBAN BERG (1885 – 1935):

Concierto para violín «A la memoria de un ángel»

I. Andante – Allegretto / II. Allegro – Adagio

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90

I. Allegro con brio – II. Andante – III. Poco allegretto – IV. Allegro

Alquifol Rosado

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Viernes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «El sinfonismo de Dvořák»: Abono 5 OSPA, Alberto Rosado (piano), Shiyeon Sung (directora). Obras de Weber, Inés Badalo y Dvořak.

El papel de las mujeres en la música parece haber llegado para quedarse en este siglo XXI, y tanto directoras como compositoras están ganado protagonismo a nivel mundial. El programa del quinto de abono de la orquesta asturiana estaba organizado a la manera clásica (espero algún día se atrevan a cambiar el orden) con obertura, concierto (con estreno mundial el día antes en Gijón) y una sinfonía, pero al menos teníamos como actual tanto música de nuestro tiempo de una compositora, como una directora premiada en esa mina que es el concurso de dirección Gustav Mahler que organiza la Sinfónica de Bamberg.

Lo más interesante para mí era el concierto para piano y orquesta de la hispanolusa Inés Badalo (Olivenza, 1989) titulado «Zafre», un encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas, que la propia compositora y el solista, Alberto Rosado (Salamanca, 1970) nos presentaron antes del concierto en la sala de cámara con Fernando Zorita de maestro de ceremonias. La RAE define zafre como «Óxido de cobalto mezclado con cuarzo y triturado, que se emplea principalmente para dar color azul a la loza y al vidrio» y es sinónimo de alquifol, de aquí tomo el título para esta entrada. Principalmente el zafre es óxido de cobalto mezclado con cuarzo y hecho polvo, y la palabra viene del árabe zahr, que a su vez parece provenir del persa zahr. La pacense nacida en la raya con Portugal, aunque de pocas palabras (su lenguaje es el musical), nos habló de esa búsqueda de timbres como colores, yo diría que una verdadera química sonora del siempre caro y rico azul cobalto, corroborado por el pianista charro que comentó como paisaje sonoro y también poliédrico por la cantidad de sonoridades que incluye desde todos los puntos de vista, todo un especialista en la música de los compositores vivos, y mejor si están presentes en los ensayos para entrar en detalles más allá de unas partituras que no todos los intérpretes están acostumbrados a descifrar aunque sea el lenguaje de nuestros días (desde hace cien años). Todo bien detallado en el papel que los músicos de la OSPA agradecieron poder trabajar y el solista también. Las notas al programa de Eduardo G. Salueña (que no figura por error sino el del anterior abono) analiza a la perfección esta interesante obra: «(…) profundiza en el color tímbrico y explora la expresividad a través de efectos de diversa índole. Entre estas técnicas extendidas destacan algunas alteraciones en los instrumentos (uso de papel de aluminio en la campana del clarinete para modificar su sonido), su interacción con otros elementos (como los Thai gongs golpeados en agua y elevados para potenciar su glissando) o la forma de tañer las cuerdas (con plectro las del piano o una tarjeta las del arpa). La obra está dedicada a dos intérpretes de piano contemporáneo: el portugués João Casimiro Almeida, quien grabó una reciente versión del de Badalo, y el salmantino Alberto Rosado, encargado del estreno de Zafre».

Se dice del azul cobalto que infunde serenidad, profundidad y una energía renovadora, y desde su descubrimiento «ha sido sinónimo de lujo y exclusividad, utilizado por artistas a lo largo de la historia, desde las dinastías chinas hasta los maestros del Renacimiento, este pigmento no solo era valorado por su intensa belleza sino también por su durabilidad y resistencia a la decoloración. Este color es un puente entre el pasado y el presente, llevando consigo la esencia de la nobleza, la creatividad y la tranquilidad». Puedo utilizar todo lo anterior para describir esta obra que aporta vitalidad y belleza a cualquier espacio, pues la composición de Badalo posee todas esas cualidades, llena de búsquedas tímbricas (se nos hizo difícil encontrar qué instrumento suena ante el trampantojo sonoro con el que los presenta), energía y calma, dibujando auténticos estados anímicos. El papel del piano es exigente siempre, trabajando clusters potentes, por momentos utilizando mitones, pinzando las cuerdas, frotándolas, golpeadas cual máquina de escribir, y con el pedal de reverberación ayudando a crear esos ambientes evanecescentes donde también los tres percusionistas tuvieron sus solos (todo un reto) especialmente con los gongs, más una cadencia del solista cual alquimista sonoro, sin olvidarme de la surcoreana Shiyeon Sung (Busán, 1975), el auténtico crisol para alcanzar este cobalto exclusivo y lujoso con una dirección académica en el gesto, precisa, clara y enérgica sin necesidad de excesos corporales.

El maestro Rosado mantuvo el lenguaje actual con la propina del estudio nº 10 -libro 2- del rumano György Ligeti (1923-2006): «El aprendiz de brujo» –Der Zauberlehrling (Prestissimo, staccatissimo, leggierissimo)- que complementó perfectamente el mágico concierto previo, la línea melódica danzante en perpetuo movimiento con acentos en staccato dispersos como gotas de color y que el compositor dedicó al gran pianista Pierre-Laurent Aimard. Esta vez el color fue rosado…

De la OSPA, hoy con plantilla adecuada y alumnado del CONSMUPA entre ellos, seguir corroborando el buen momento que atraviesa independientemente de quién les dirija y de nuevo con el austriaco Benjamin Ziervogel como concertino. Así la obertura de Oberon (Carl María von Weber), página independizada y más conocida que la propia ópera, mantuvo ese sonido compacto en todas las secciones, excelentes las trompas, toda la madera impecable y una orquesta siempre bien balanceada por la directora surcoreana, con pasajes donde disfrutar del clarinete (como un trailer de los conciertos de Weber) cargados de matices y cambios de tempo fidedignos a la partitura (me gusta contemplar en el atril las ediciones «grandes» en vez de las más habituales «de bolsillo»).

Y el sinfonismo siempre presente, esta vez con Dvořak y la séptima compuesta en Londres entre 1884 y 1885, no tan popular como la quinta o novena pero igual de exigente para toda orquesta, y también conocida como «Gran sinfonía». La directora Shiyeon Sung fue la batuta segura que marca todo a la perfección y tiene una mano izquierda con la que matizar cada pasaje dejando que la música fluya, apretando el aire sabedora de la respuesta de los músicos que volvieron a demostrar calidez y calidad. Con la plantilla ideal, todas las secciones pudieron escucharse en su plano sonoro, limpias, musicalidad en todas las intervenciones con maderas en feliz conjunción, metales brillantes sin estridencias, timbales mandando y la cuerda sedosa, precisa, alcanzando una sonoridad propia que solo el tiempo y el trabajo consiguen, destacando el Scherzo: Vivace.

Todo un detalle de la maestra al sacar al alumnado del conservatorio a saludar (una violinista primero, que no figuraba en el programa de mano, más el flautista Lucas Santos  y José Manuel Padín, trombón).

Una más que aseada séptima del checo para seguir manteniendo el nivel de los últimos conciertos de abono. Volverán el día 21 con el titular Nuno Coelho para los siguientes, y la violinista Carolin Widmann con otro programa, igualmente organizado que este quinto, pero también interesante.

PROGRAMA:

CARL MARIA VON WEBER (1786 – 1826)

Oberón: obertura, J. 306

INÉS BADALO (1989 – )

Zafre

ANTONIN DVOŘÁK (1841 – 1904)

Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70

I. Allegro maestoso – II. Poco adagio – III. Scherzo: Vivace – IV. Finale: Allegro

Buen momento sinfónico

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Crítica para LNE del lunes 10, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Primer viernes de febrero con una oferta por triplicado en «La Viena española» que no quiero pensar se haga como contraprogramación, dada la meticulosa planificación de la OSPA, en este cuarto de abono.

Volvía como director invitado el santanderino Jaime Martín (1965) quien se encontraba con los aficionados antes del concierto recordando su visita hace ahora 13 años como flauta de la LSO que además interpretarían la «Manfred», aunque esta vez desde el podio y junto a la violista madrileña Sara Ferrández (1995), que mantiene la colaboración artística con la orquesta asturiana.

El programa elegido por el director cántabro, consciente que las grandes obras son para los titulares, supo combinar ese aura literaria que daba título al concierto, Manfred, música y literatura con el conocimiento de la OSPA con la que ha podido trabajar muy a gusto en esta ciudad que le encanta desde su primera visita en aquella caravana londinense (comentando cómo aplaudían ante el paisaje).

Interesante elegir a Stravinsky y su Sinfonías para instrumentos de viento, así llamada por la necesidad de una estructura próxima al griego symphönía (συμφωνία) en cuanto a sonido acorde, pero de un solo movimiento -a partir de dos danzas populares- homenaje a Debussy muerto dos años antes, y cuando el compositor ruso estaba en París. Esta obra revisada en 1947, de apenas 10 minutos, nos permitió disfrutar de los vientos asturianos en solitario para comprobar el excelente momento tanto de las maderas como de los metales, sonoridades compactas y la rítmica tan cercana a la Consagración, con matices y texturas que se agradecen tanto por los propios músicos como para un público ya acostumbrado al sonido de las bandas de música que los sinfónicos engrandecieron.

Sara Ferrández es hermana del chelista Pablo y parece que la música es genética, tocando ya desde los 3 años, así que elegir el «Concierto para violonchelo en la menor», op. 129 de R. Schumann (otro enamorado del Manfred byroniano) parecía lógico llevarlo a su viola en una adaptación que mantiene toda la carga instrumental pero de sonido menos grave aunque más matizado, especialmente en los agudos. Los tres movimientos sin pausa fueron una muestra de buen hacer por parte de todos: una concertación desde el podio con el balance idóneo para mantener la viola siempre en primer plano, dinámicas acertadas, ropaje orquestal a medida de la solista y complicidad en las respuestas instrumentales entre tutti y viola desde la escucha e interiorización de cada sección. La cadencia final fue un prodigio de fraseo y sonido por parte de Ferrández que volvió a emocionar al auditorio.

De regalo otra demostración de que la música corre por sus venas: nada menos que la «Courante» de la Suite nº1 de Bach que la madrileña ha llevado al disco.

Tchaikovsky siempre es tentador y exigente para toda orquesta, por lo que no suele faltar cada temporada aunque se tienda a las últimas, así que optar por esta cuarta y media que es la «Sinfonía Manfred» en si menor (1885), sin numeración, resultó la mejor opción para un Jaime Martín que la conoce desde los dos lados del atril, y la OSPA ya interpretase alguna vez en sus 33 años de historia. Con una plantilla ideal para la ocasión y tras un excelente rodaje en la primera parte, el momento por el que pasa la sinfónica asturiana es álgido pese a todos los contratiempos, pudiendo aplicar el dicho de «a mal tiempo, buena música». Cuatro movimientos para demostrar un sonido compacto, rotundo y sutil, todas las secciones rindiendo al mejor nivel y la(s) buena(s) mano(s) de un director que sabe dónde exigir porque la respuesta es inmediata. El Lento lúgubre fue narrando las torturas del personaje de Lord Byron que Berlioz no se atrevió a asumir pero sí el ruso, otro enorme orquestador y en plenitud creativa donde su propia vida parece el espejo del personaje romántico, llegando a considerar esta sinfonía la mejor de las escritas para finalmente abominar de ella y optar solamente por este primer movimiento. Trompas empastadas, fraseos claros de una cuerda aterciopelada comandada de nuevo por Aitor Hevia, bien equilibrada en los bajos, la madera con un clarinete bajo enorme y arrancando espontáneos aplausos tras su final apoteósico. El Vivace con spirito resultó vertiginosamente claro pese al virtuosismo exigido, escuchándose todo a la perfección y bien balanceado desde el podio, rico en matices y valiente en el tempo. Felicidad poder escuchar el protagonismo del Andante con moto tanto en un oboe celestial como la trompa lejana, todos arropados por una orquesta sutilmente poderosa en todas las secciones y solistas jugando con una mezcla de enigmática alegría. Y el Allegro con foco realmente grandioso, una percusión enorme y precisa, cuerda incisiva, metales potentes bien ensamblados, con un juego de claroscuros tímbricos junto a la madera más la orquestación «puro Tchaikovsky» con un Martín valiente en el aire y marcando las tensiones siempre fieles a la partitura. Momentos de optimismo y belleza (bravo las dos arpas que no figuraban en el programa), y evitando el final original al carecer de órgano (no es buena la opción de los eléctricos) y la grandiosidad que supone, pudiendo dejarnos distantes por lo escrito tras todas las emociones anteriores, el maestro cántabro optó, como muchos otros, por la adaptación del maestro ruso Yevgueni Svetlánov (autor de una «Antología de la música rusa» a lo largo de más de 30 años) que desemboca retomando material del inicio en una vorágine sonora muy aplaudida por el público.

Buen momento sinfónico el vivido este viernes que esperamos se mantenga a lo largo de los próximos programas, sin olvidarnos de las dominicales matutinas y camerísticas cada mes, otro momento para comprobar el excelente estado de los músicos de la OSPA.

Entrega sinfónica

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Viernes, 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Abono 4 OSPA, Sara Ferrández (viola), Jaime Martín (director). Obras de Stravinsky, Schumann y Tchaikovsky.

(Reseña escrita desde el teléfono para LNE del sábado 8, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos propias)

Con el título «Manfred, música y literatura» llegó ayer el cuarto de abono de la OSPA en un viernes con triple oferta (en Campoamor y Filarmónica que merma la de por sí baja afluencia a la orquesta del Principado), y el regreso al podio del nuevamente director invitado, el cántabro Jaime Martín, junto a la violista madrileña Sara Ferrández, que interpretaría una adaptación del Concierto para violonchelo de Schumann. Interesante opción donde la viola aporta esa sonoridad a caballo entre violín y chelo más «vocal» y cercana en la intensa interpretación de Ferrández (hermana de Pablo el chelista) con una cadencia final perfectamente arropada por la OSPA en excelente concertación del maestro Martín.

Propina bachiana con la «Courante» de la primera suite para redondear, en el amplio sentido de la palabra, una interpretación llena de musicalidad con la violista más internacional.

La velada se abría con Stravinsky y las «Sinfonías para instrumentos de viento» de título equívoco, al no serlo formalmente sino como la entendían los griegos («sonido acorde»), revisada en 1947. Un solo movimiento donde poder disfrutar de los vientos sinfónicos en solitario para este tributo a Debussy con la rítmica siempre fogosa del ruso, entonces por París. Buena interpretación y empaste ideal con la química de Martín en el podio, tal vez rememorando sus años de flautista alcanzando esa sonoridad tan bandística y rotunda muy matizada.

Tchaikovsky es el gran sinfonista de la historia y su «Manfred» (compuesta entre la 4ª y la 5ª) es cual poema que relata al torturado personaje de Lord Byron, siendo poco habitual escucharla, por lo que se agradece la elección de Jaime Martín. Plantilla ideal, compacta, solistas perfectos, pasajes delineados donde poder escucharse todo lo escrito por el ruso sin tacha para ninguna sección. Impactante el primer movimiento con los metales brillantes, vertiginoso segundo de maderas virtuosas, enigmático y luminoso el tercero con la cuerda comandada por Aitor Hevia más clara que nunca, y ese grandioso «allegro» con fuego lleno de luces y sombras con las tímbricas limpias (bravo las dos arpas) y variadas, expresando todas las emociones tan características e identificables del genio ruso, cerrando un concierto pleno de entrega por parte de todos gracias a un Jaime Martín siempre convincente y convenciendo a «tutti».

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