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Pinturas orquestales

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 12, OSPA, Ana María Valderrama (violín), David Lockington (director). Obras de Fauré, Saint-Saëns, Respighi y Berlioz.

La violinista prevista para este duodécimo de abono, Dylana Jenson, pareja del principal invitado Lockington, fue sustituida por la madrileña Ana María Valderrama, un agradable descubrimiento que defendió con auténtico vigor el mismo programa diseñado por el maestro británico afincado en EE.UU., quien además tuvo que enfrentarse a problemas mayores ante la falta de educación de una parte del público, aunque no voy a insistir tras la entrada anterior. Buscó e intentó siempre comenzar cada obra en silencio, parando el gesto ante la insistencia del ruido, acallando instantáneamente pero durando apenas un suspiro…

Miriam Perandones, autora de las notas al programa -que dejo enlazadas en los autores- que comienza titulando con una frase del doctor Berlioz: «La instrumentación es exactamente, en música, lo que el color en la pintura», y nada mejor para poder explicar en palabras, siempre difícil, unas obras que la OSPA con Lockington al frente, derrocharon precisamente colorido instrumental, maestros de la orquestación con obras no muy habituales en directo, salvo el concierto de violín, que hicieron disfrutar a todos volviendo la conexión británica, la elegancia y el magisterio directorial capaz de convencer nuevamente de la calidad de la formación asturiana.

Pelléas y Mélisande, suite op. 80 (Fauré) sonó como un fresco de temática teatral ya conocida y musicada, cuatro movimientos que presagian un final dramático sin perder nunca luminosidad. El cuidado del sonido intrínseco en la música francesa requiere trabajar la tímbrica y las dinámicas, algo que Lockington domina e imprime a la orquesta asturiana en cada visita. Un placer disfrutar cada sección delineando melodías que suben y bajan al primer plano gracias al foco orientado hacia ellas desde el conocimiento de la partitura. El Preludio abre el lienzo a la paleta de Don Gabriel, la Hilandera teje los detalles, la Siciliana dibuja las líneas y el conjunto se recompone en La muerte de Mélisande.

Nuestro Sarasate fue el destinatario del Concierto para violín nº 3 en si menor, op. 61 de Saint-Saëns, volviendo a sonar en el Auditorio ejecutado por la primera española ganadora en 2011 del premio que lleva el nombre del virtuoso pamplonés, Ana María Valderrama, poseedora además del don de la juventud de una madurez interpretativa que el director británico entendió a la perfección, sin necesidad de un sonido grande por parte de nadie, cada movimiento fue un lienzo donde el violín solista era el pincel y la orquesta la base en la que dibujar, poniendo los tonos adecuados bien guiada desde el podio, con momentos sublimes, especialmente el unísono del Andantino quasi allegretto con el clarinete tocado como un instrumento de color nuevo hasta tal punto de idéntico fraseo que se alcanzó. Las dos partes del tercer movimiento no necesitaron cargar las tintas para derrochar frescura arropada por una calidez orquestal, fraseos solistas contestados por los distintos atriles en la misma paleta cromática desde el inestable equilibrio de la partitura y el siempre necesario «rubato» de la solista. Aunque cerrase los ojos el color seguía en el aire.

La propina Obsesión, el primer movimiento de la Sonata nº2 de Ysaÿe fue como una plumilla de maestro, intensidades de arco, líneas en mástil, dobles cuerdas creando perspectivas y luces sin sombras con la juvenil técnica desbordante al servicio de una partitura virtuosa.

Para la segunda parte continuamos con esta galería musical pero con un toque académico italiano como Respighi y «Las fuentes de Roma» conformando un tríptico como los renacentistas con Pinos y Fiestas, que rinde culto desde la orquesta al paisaje de la ciudad eterna, esta vez pintando el agua de cuatro fuentes tan distintas que compiten en belleza, instrumentación completísima donde no faltan celesta, piano, arpa y hasta unas campanas fuera de escena que ponen colorido a formas evanescentes, imágenes más que sonidos impresionistas, fluidas en esta nueva paleta pintada por Lockington que hace brillar toda la orquesta, primeros atriles y conjunta, cuatro momentos del día con sus luces dispares que el compositor italiano es capaz de traducir a música como también hiciese Debussy. Obras así permiten el lucimiento de nuestra formación cuando la batuta se convierte en pincel, La fuente del valle Giulia al amanecer, gotas cristalinas desde la madera, La fuente de Tritón por la mañana, rítmica casi como chorros luminosos de variadas texturas, La fuente de Trevi al mediodía grandilocuente, la fotogenia desde los metales poderosos sin «salpicar», y La fuente de la Villa Médici al atardecer, serenidad transmitida por el arpa, el glockenspiel, la flauta y el violín alejándonos con las campanas que nos devuelven a casa. Estados anímicos en fotografías como pinturas velazqueñas que Lockington y la OSPA nos regalaron antes de un final de cuento.

Original acabar con una Obertura como la de Beatriz y Benedicto de Berlioz pero lógica pictórica en cuanto a orquestaciones y escuela francesa, aprovechar todos los colores ya vertidos sobre la paleta para un último lienzo ligero, también luminoso y brillante, preludio de una ópera cómica shakesperiana, «Mucho ruido y pocas nueces» como un pretexto para darle la vuelta saboreando frutos secos sin tanta interrupción, contagiar alegría y luz en un concierto pictórico. Quedan dos más para cerrar una temporada donde el balance resultará positivo aunque falte todavía mucha emoción.

Bochorno y respeto

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Este viernes 22 de mayo, festividad de Santa Rita, acudía a mi concierto de la OSPA con David Lockington, principal director invitado de la formación asturiana, y de nuevo sentí vergüenza ajena, auténtico bochorno e indignación ante las reiteradas faltas de educación por parte de un público inconsciente que parece seguir considerando un concierto como un acto social donde todo vale. Se han perdido valores como el saber estar, la convivencia en armonía, los buenos modales y en estos tiempos de agitación social será difícil recuperar una forma de entender la vida que parece trasnochada. Lo malo es que quienes eran el modelo a seguir, nuestros mayores, están desnortados ante una sociedad permisiva donde ni siquiera una mirada asesina, un gesto de desaprovación y no digamos la osadía de llamar la atención, parecen tenerlo en cuenta.

Estoy harto de los móviles que suenan en un concierto pese a los avisos por megafonía, supongo que desconociendo la utilización de una tecnología que les desborda, incapaces de apagarlos porque no recuerdan el «pin» o simplemente ignorantes de una función como la de «enmudecer» estos artilugios que les sobrepasan. El director esperaba el necesario silencio para arrancar el concierto con un Fauré abriendo velada, pero murmullos, toses y el dichoso teléfono que suena. Ni siquiera entienden el lenguaje corporal, un maestro que vuelve a bajar los brazos esperando deje de emitir sonido el dispositivo. Ni un mal gesto y cuando comienza a fluir la música, otro silbido avisando de mensaje de «guasap», algo más moderno que el público de edad ni conoce, por lo que vislumbro mala educación que tampoco exime de nuevos desconocimientos.

Tras avanzar en el hermosísimo Preludio de la suite de «Pelléas y Melisande» el acompañamiento de toses vuelve a arreciar, un bombardeo por doquier y el problema de los caramelos cuyo manejo parece fácil pero que en vez de buscar rapidez al desenvolver se vuelve calvario antes de alcanzar el objetivo de aplacar una tos que emerge protagonista del concierto.

Supongo que a nadie se le obliga a asistir a un concierto que además cuesta dinero, menos para los mayores de 65 años, pues sería del género idiota, así que vuelvo a preguntarme qué causa lleva a cierto público a esta actitud negativa frente al placer de la música, a comentar con el de al lado supongo, que es mucho, algo de lo que está sonando como si de un CD en la cadena de casa se tratase, o una emisión en la tele de la cafetería, olvidando algo tan básico como «el saber estar», interrumpiendo a quienes entendemos la música en directo como una auténtica liturgia donde el silencio forma parte de la música, necesario para captar cada detalle y obligado para no distraer a los intérpretes con un catálogo de ruidos que aumentan y se multiplican en los espacios entre movimientos. Reconozco que Oviedo no es excepción pero no me sirve la disculpa, sumándose mi sensación de impotencia y bochorno al pensar qué imagen llevarán de nosotros estos intérpretes que lo dan todo sobre el escenario. Hace años me tomaba a risa los comentarios que figuraban en algunos programas norteamericanos como no marcar el compás con el pie, no tararear, no hacer pompas con el chicle, en la línea de letreros en botellas de lejía que indicaban no beber, comparándolo con la vieja Europa donde la ciudadanía entendía la cultura como parte de una formación vital y heredada, el «compórtese como es de esperar», que tristemente hemos perdido.

De la actitud en los museos también habría mucho que escribir, visitantes que se toman una exposición como el salón de su casa, no respetando el espacio mínimo para poder contemplar a la distancia correcta un cuadro, una escultura, saltándose cordones de protección e incluso ¡tocando los cuadros! como pude comprobar aterrorizado en un masificado Museo Casa Dalí en Figueres, no digamos la manía de fotografiar obras que están en los libros (esos desconocidos) y además con «flash», desconocimiento total del peligro que esos destellos de luz suponen para la pintura. Claro que en todos los idiomas fui avisando a costa de parecer yo el maleducado y repugnante. Nuevos ricos para los que la cultura se compra con derecho de pernada.

En pos de una libertad confundida con libertinaje, olvidando que cada una termina donde empieza la del prójimo, no podemos prohibirlo todo esperando el sentido común que sigue siendo el menos común de los sentidos, pero a la vista del cariz que están tomando las cosas, olvidaremos aquél aforismo de Mayo del 68 «Prohibido prohibir» para terminar echando la culpa a la educación, querer poner asignaturas tildadas de inútiles como educación para la convivencia, y olvidando que la educación empieza en casa… No seré yo quien abogue por mano dura pero sí una autodisciplina que se mama desde niños y parece perderse con los años. Tan solo pido respeto y aplicarse el dicho: «donde quiera que fueres haz lo que vieres», pues la mayoría no siempre está en lo cierto. Recuerdo la pintada de «Come mierda, millones de moscas no pueden estar equivocadas», pudiendo contestar en plan pesimista que si costase sería un majar de ricos.

Tenía que soltarlo antes de contaminar mi comentario de este concierto porque mi sonrojo aumenta en cada velada, la mala leche acabará cortándose y agriándose como mi carácter ante tal derroche de mala educación, malas costumbres y auténtica falta de respeto hacia todo el entorno. Harían falta muchos menos programas basura donde todo vale y volver a recuperar unas campañas con dibujos animados cuyo eslogan era «Piense en los demás». Tampoco funcionan las de abandono de perros con ese «Él no lo haría», aunque los mayores se les olvide en alguna gasolinera o aún peor, en sus últimas residencias de las que el siguiente viaje es definitivo.

Mi lucha diaria en el aula es educar en el respeto, pero no puedo trabajar contra una sociedad que está perdiendo sus señas de identidad, y la cultura es el primer síntoma y mejor barómetro. Cabreado no, lo siguiente…

Abril en París

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 11 OSPA, Eldar Nebolsin (piano), Ramón Tebar (director). Obras de Debussy, Ravel y Liszt.

Tengo en mi particular debe una escapada parisina, la capital francesa que bien vale una misa, una cena, un concierto, una ópera… Al menos con la música también podemos viajar sin movernos de la butaca, y este undécimo de abono repiraba como el título del libro o de la película aunque con argumento propio, casi sin necesidad de referencias para disfrute de la música en estado puro.

El París de Nijinsky y Diáguilev que tan bien nos comentó en la conferencia previa la siempre interesante María Sanhuesa (autora también de las notas al programa que dejo enlazadas en los compositores al inicio) nos sirvió para un primer viaje con Debussy en el vuelo OSPA tripulado por el «comandante» valenciano Ramón Tebar, Preludio a la siesta de un fauno donde la «sobrecargo» flauta de Myra Pearse abría una tarde de altos vuelos.

Si la partitura del francés era difícil de coreografiar y ni siquiera le gustó mucho la puesta en escena del genial y especial bailarín ruso, siendo como recordaba la musicóloga un «preludio» al poema de Mallarmé, la interpretación de la orquesta asturiana con Tebar resultó una delicia para abrir este concierto que mantiene en lo más alto el nivel de nuestra formación. Con una orquestación ideal y siguiendo con las músicas de ballet que tan buenos resultados están dando a la OSPA, la ambientación fue más allá del llamado impresionismo musical. El cuidado por el sonido que buscó el internacional director español tuvo respuesta inmediata por parte de todos los músicos, una cuerda clara y luminosa, incluyendo las arpas, más una madera ideal en texturas que permite pasar de la flauta al oboe como si de instrumento ideal se tratara, arropadas por el cuarteto de trompas y la tenue percusión tan cuidada en posición y hasta tamaño de los platillos. Gusto por el detalle cercano que de lejos permite disfrutar del conjunto, más impresionante que impresionista. Las veladuras y arabescos, los «jaspeados» sonoros a los que hizo referencia la doctora Sanhuesa alcanzaron momentos de una belleza tan arrebatadora como el propio fauno sin interrogantes en cuanto a la certeza de lo escuchado, sueño hecho realidad sonora, apertura ideal para una velada reconfortante.

Sin apenas tiempo para aterrizar, recordaba el París de Gershwin y las reminiscencias del jazz no ya en su famosa Rapsody in blue sino también en el Concierto en Fa, esta vez cambiado por Ravel y su Concierto para piano en sol mayor con mi admirado y querido Eldar Nebolsin de solista que volvía a la capital asturiana. En Debussy ya apreciamos el mimo de Tebar en la búsqueda de sonoridades, pero con el pianista ruso afincado en nuestro país apreciamos colores y texturas, ambientes cercanos en espacio y tiempo, frescura por un concierto que sólo unos pocos como el pianista ruso pueden recrear. Es un placer ver el equilibrio entre solista y orquesta, un balanceo tenue para pasar del protagonismo total a integrarse como un instrumento más en el tejido orquestal que Ravel domina de principio a fin, swing que respira esta obra plenamente actual y Nebolsin recrea desde un trabajo meticuloso de articulación. El Allegramente rítmico, rapsodia vasca, percusiva, juguetona, siempre limpia y exigente para todos como el Presto final de vértigo, dos colosos tímbricos y convincentes, auténticos guardianes de ese remanso del Adagio assai, arrancando Nebolsin en solitario, íntimo, delicado, musicalidad a borbotones, técnica desbordante, sonidos cuidados en cada nota (aunque el Steinway esté algo desajustado y requiera una revisión profunda), emociones a flor de piel que se engrandecieron con el corno inglés de Juan Pedro Romero para deleitarnos con una página bella a más no poder, acunada por una cuerda sedosa, etérea, más francesa y actual que nunca. Impresionante el entendimiento entre podio (también pianista y concertador de primera con larga experiencia operística), solista (de amplia formación también camerística) y orquesta (en un momento dulce donde cada batuta parece descubrir facetas nuevas), escuchándose, disfrutando, compartiendo cada compás, ensimismados por un sonido pulcro, elegante y de ensueño. Partitura en la que se estrenaba Eldar y seguro le dará muchísimas alegrías, más aún que el de «la mano izquierda» porque ha encontrado el momento personal de hacerlo suyo.

Todavía quedaba la propina en solitario de Eldar Nebolsin, más Ravel con una Pavana para una infanta difunta para atesorar en la memoria, todo el poso interpretativo de este fenomenal pianista tan cercano y sincero en cada nota, engrandeciendo de mutuo acuerdo partitura e interpretación, una dualidad única desde la naturalidad con la que nos regaló esta música que convirtió Paris en un sueño musical.

Franz Liszt también triunfó en París como virtuoso del piano aunque para este viernes de perfumes franceses fue la Sinfonía Fausto la que sonaría en la segunda parte en la versión sin coros, más alemana de Goethe y Weimar, aunque la OSPA con Tebar nos hizo pensar que eran prescindibles. Obra colosal en instrumentación, dificultades técnicas para todos los atriles, auténtica diablura orquestal en tres movimientos donde literatura y música vuelven a emparejarse aunque la majestuosidad resultase inaprensible por el derroche de intensidades, dramatismos, colores, contrastes… Sin apenas respiro para nadie, solo las siempre inoportunas toses rompieron una unidad buscada por el apasionado director valenciano, de gestualidad ampulosa pero clara, vibrante, marcando todo con energía contagiada a una orquesta que crece como nunca, más de una hora de Fausto, Margarita y Mefistófeles donde todos tuvieron protagonismo, Romero ahora de principal oboe, los metales erguidos en presencia espoleada en el momento justo, percusión precisa y esmerada en ayudar a seguir ampliando paleta sonora, más una cuerda (con arpa) convincente, diabólica, casi al límite, portentosa, vigorosa, cuartetos camerísticos y tutti apoteósicos, cellos fundidos con contrabajos, destacando especialmente María Moros con su solo de viola para enamorar, plantilla convincente por lo convencida para una obra que tardaremos en escuchar precisamente por el esfuerzo, que de nuevo mereció la pena. Se me hace imposible que con tan pocos ensayos (el jueves ya hicieron este programa en Avilés) el resultado final fuese tan alto. Por supuesto que Ramón Tebar capitaneó este «Vuelo OSPA nº 11 y destino París» con muchas horas a sus espaldas y dominando la aeronave, pues las condiciones metereológicamente previstas no eran favorables, en sentido metafórico, mas la respuesta alcanzada seguramente no la esperaría ni el mejor piloto. Personalmente y tras los últimos viajes como pasajero en este avión, yo sí, sin sobresaltos y disfrutando nuevamente de la experiencia. No sé cuándo saldaré mi deuda con la capital francesa, pero mi «Abril en Oviedo» está dando réditos musicales que no pueden menguar. Felicidades a todos.

Smørrebrød y Sushi

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Viernes 17 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 10 OSPA, Akiko Suwanai (violín), Rumon Gamba (director). Obras de Sibelius, Nielsen por partida doble, y Grieg.

Continúa la campaña gastronómico-musical ¿A qué sabe la música? e inspirado en el programa del décimo de abono me vino el título, los «smørrebrød» daneses que son el alimento habitual del mediodía, el típico pan negro de centeno con mantequilla sobre el que servir un pescado ahumado, normalmente salmón pero también arenques, sin olvidar las salsas, aunque admite cualquier ingrediente, y el «sushi» japonés que continúa su conquista occidental abriendo restaurantes donde comer el mal llamado pescado crudo, todo un ritual y sabia elección de productos marinos donde no falta el marisco.

Países nórdicos de los compositores y el Japón de la violinista Suwanai que volvía con nuestra OSPA, el restaurante sonoro donde también repetía de cocinero el director inglés Gamba, que también es habitual en la orquesta de la ciudad danesa de Aalborg y de la sueca Umeå (sede de la Norrlandsoperan de cuya orquesta sinfónica es titular el británico).

Estaba visto que mi ambientación mental tendría la luz del norte, principalmente Dinamarca, tan distinta en cada estación, los latinos del norte que les llaman sus vecinos suecos y noruegos, centro cultural a lo largo de la historia y donde el clima marca cada momento.

Este 2015 coincide con el 150 aniversario de Sibelius y Nielsen, otra buena disculpa para programarlos juntos, y precisamente con los mismos invitados que en GijónOviedo, ya conocidos ambos, sumando al noruego Grieg que también estrenase en Copenhague muchas de sus obras, sin olvidar la tradición teatral nórdica, que por otra parte parecía otro hilo conductor de este concierto.

Sibelius abría boca con el conocido Vals triste y la Escena con grullas, Kuolema, op. 44 en estos dos números que Gamba planteó con el colorido gris del otoño nórdico, pero toda una gama de ellos como de dinámica y agógica realmente interesantes, dando al vals un estado anímico de esperanza, ya conocedor de nuestra orquesta y gozando con la cuerda que vuelve a la garra y sonoridad del más alto nivel. El vals empezaba lentísimo e imperceptible como un despertar que fue animando y contagiando vitalidad, necesaria para comenzar un día con poca luz. En la escena casi wagneriana y «conservadora» como tildan algunos estas obras del finlandés, el maestro inglés también jugó con el gris pero primaveral, que me recuerda más nuestro otoño astur, los destellos de la madera no de cisne sino mejor petirrojo o raitán de mi tierra, tocando suelo firme y no un estanque por el poso alcanzado en las sonoridades, poco etéreas excepto de espíritu. De haber elegido para el programa El Festín de Baltasar Op. 51 y entonces el menú hubiese resultado aún más redondo.

Akiko Suwanai ya no es la jovencita ganadora del Tchaikovsky pero sigue siendo un prodigio, sus visitas a Oviedo en 2009 con Kynan Johnscon Milanov en 2010 y su Stradivarius «Delfín» fueron impactantes (Prokofiev y Tchaikovski) siendo de las pocas que se «atreven» a interpretar el Concierto para violín op. 33 de Nielsen. Dos movimientos pero infinitos recovecos, densidades potentes llenas de exigencias solistas y orquestales no fácilmente digeribles, puede que necesitando acostumbrarnos a estos sabores tan distintos. La emoción de la virtuosa japonesa sólo se transmite cerrando los ojos, esa cultura que casi impide exteriorizar sentimientos pero que escuchándola remueve las tripas, «sushi» en estado puro para un danés que también sabía innovar y todavía parece actual. El Preludio. Largo. Allegro caballeresco puede recordarnos ese verano luminoso, casi cegador donde la noche apenas es un atardecer que no pone el sol, con un inicio vertiginoso y exigente para solista y orquesta, impecable, equilibrada, aterciopelada en todas su secciones, con el Stradivarius emergiendo y dialogando, protagonismo compartido bien entendido y marcado por Gamba. Mientras el Poco adagio. Rondó Allegretto scherzando contrapone el invierno sin luz, frío e íntimo, todo en una partitura como si del primer Tívoli hablásemos, recuerdos de muchas culturas y mucho más que un entretenimiento, con una Suwanai pletórica que sobrevuela con su «Delfín» volúmenes incluso en los pianísimos, un discurrir musical sinuoso en emociones y orquestaciones, denso pero no pesado, trabajoso y agradecido. Las cadencias de la japonesa son un espectáculo de fuegos artificiales en la navidad danesa, luces más que ruido, explosión contenida pero profunda, dobles cuerdas y arco mágico capaz de pensar en dos violines a la vez por la uniformidad de los fraseos, sin olvidar el toque final de fino humor nórdico ante el grueso orquestal empujando el barco por los canales reflejando los palacios decimonónicos en todo su esplendor.

Todo un manjar que no podemos probar a menudo porque perdería el encanto de lo nuevo, y servido con el aderezo de una OSPA arropando un sabor que permanece siempre, bien preparado por un Gamba reconocido maestro concertante. Nielsen más allá de sus sinfonías apostando por platos rompedores hace cien años que aprovechando efemérides volveremos a encontrar en algún menú.

El regalo bachiano del tercer movimiento «Andante» de la Sonata nº 2 BWV 1003 trajo la frescura de un scnaps danés espirituoso en vez del esperado sorbete de limón, para devolver al paladar su estado original, en tragos cortos, escuchando las dos voces pausadas, la música pura desde el sonido impecable, perfecto, preciso y limpio antes del festín de la segunda parte. Bravo por Akiko.

El noruego Grieg y su Peer Gynt, suite nº 1 op. 46 resulta más habitual en las cartas musicales, especialmente con la primera, ingredientes conocidos y preparación llevadera, aunque Rumon Gamba le dio el toque romántico de contrastar y jugar con una OSPA colaboradora, aceptando una pizca de sal con la misma naturalidad que los granos de pimienta, cuatro números bien servidos: La mañana luminosa que llena la boca, maderas protagonistas excepcionales siempre; Muerte de Aase profunda que permite recrearse a todos desde el dolor de la cuerda cual lecho final del que emerger, acunado por una dirección atenta a toda emoción, tensiones y sonoridades dramáticas; Danza de Anitra ligera como el gusto salpimentado, juegos rítmicos contenidos, dinámicas jugosas, primeros planos sugerentes percibiendo todo en su punto; y En la gruta del rey de la montaña capaz de aunar un crescendo de matices y tempo con total naturalidad, saboreando todas las secciones que tienen ingredientes de primerísima calidad dando un plato de muchos tenedores por presentación, paladar y digestión. Cuatro platos sin pausa, sin respiro, distintos, equilibrados y sin perder unidad, belleza ni coherencia.

Para acabar de nuevo Nielsen en la mesa y su Aladino: suite op. 34, otro plato poco cocinada al completo (en Oporto probé por primera vez un bocado y aquí no hubo la breve intervención del coro final) que en siete números nos hace viajar a oriente sin movernos de la butaca pero abriendo bien los oídos desde una orquestación completísima con una escritura que potencia todas las familias, recursos aparentemente fáciles pero difíciles de equilibrar en una música teatral como toda la puesta en escena. Gamba apostó por contrastes agridulces, los músicos respondieron y hasta el público disfrutó del espectáculo. Los sabores salen a flote sin problema, metales y percusiones en la Marcha festiva oriental, juguetones flautines, fortísimos impregnados de colorido casi como BollywoodEl sueño de Aladino y Danza de la niebla matinal con regusto del noruego antes de devolvernos el sueño oriental de una cuerda como base para dibujar líneas aéreas de mercados oliendo a flores; Danza hindú delicada en cuerda, sinuosa en la madera, etérea en diseño contrapuesta a la Danza china juguetona, rítmica, equilibrada antes de meternos de lleno en El Mercado de Ispahan, batiburrillo de sabores y contrastes, emociones lejanas con planos superpuestos que el maestro británico llevo de la mano para subir y bajar presencias, enfocar o desenfocar, pasar el foco de atención de un lugar a otro, medias cuerdas frente a maderas, una lección de escucha, dirección e interpretación de lo más lograda; Danza de los prisioneros una vez salvado el aparente caos, ahora con premoniciones orquestales rusas, casi cinematográficas en blanco y negro; y la Danza negra, africana, explosiva y potente para deleite sonoro de todos, maderas y «bronces», percusiones en estado puro, energía transmitida con la vitalidad de Gamba contagiada a una OSPA volcada en este remate musical donde la geografía es lo de menos ante este itinerario musical.

El placer estuvo en cada detalle, los románticos viajaban de muchas formas, no ya físicamente sino con el teatro, la literatura y hasta la cocina, con la música bañándolo todo. Mentalidad abierta para una ruta transitable tras desbrozar el camino, influencias adoptadas y adaptadas en esta suite danzarina, fuerte, casi picante que el maestro cocinó en las proporciones perfectas para saborear cada ingrediente.

Dos invitados para tres autores, cuatro obras como cuatro platos, muchos y buenos ingredientes, cocinero que entiende bien los fogones y restaurante de carta amplia que mantiene expectativas para seguir probando y viajando. La OSPA está servida.

VigoroSO Perry

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Viernes 10 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9, OSPA, Perry So (director). Obras de Schumann, G. Connesson y Brahms.

Cada visita de Perry So al frente de nuestra orquesta es una inyección de vigor, alegría y magia, contagia vitalidad a cada partitura y conecta a la perfección con los músicos a los que eleva a la máxima categoría insuflando una confianza que siempre da como fruto conciertos plenos.

El programa de este viernes tuvo tres momentos completos y una compleja unidad a pesar de las apariencias. La Obertura, Scherzo y Finale, op. 52 (1841) de Schumann fue casi una sinfonía incompleta, poquísimo escuchada y con todo el estilo plenamente romántico en el que nuestra orquesta brilla casi siempre, más cuando desde el podio se marca todo a la perfección dotando de sonoridades únicas a la formación asturiana. Cada sección rivaliza en calidad con las demás, lo que pone el listón altísimo, con la colocación «vienesa» que para estos repertorios pienso es la idónea. Las cuerdas graves de la Obertura llegan a todos y la rítmica estuvo clara con ese «abrazo» que envuelve todo, más en el Scherzo que con mano firme por parte del maestro So alcanzó ese vigor que parece inundarlo todo. El Finale estuvo tan claramente expuesto en el contrapunto inicial que daba gusto escuchar cómo pasaba de unos a otros hasta la coda homofónica potentísima.

Escuchaba por vez primera Un rayo de luz en la era de la oscuridad (2005) del francés Guillaume Connesson (1970) que tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre, autor de las notas al programa -enlazadas al inicio en los autores-, pareció más actual aún aunque en «Música y universo: el sonido del espacio» apenas se citó la obra pero sí las relaciones de siempre entre dos mundos desde los astrónomos, físicos filósofos, también músicos, sin olvidar cómo la imagen cinematográfica hace más creíble cualquier género o forma musical que en estado puro y sin ese apoyo podríamos calificar de infumable, pero no es el caso de esta otra «obertura» para una «Trilogía Cósmica«. Si el propio compositor la describe como «música pastoral cósmica» el trabajo tímbrico y la orquestación van más allá de cualquier evocación aunque ayude a una mayor o mejor comprensión de la partitura. Orquesta con percusión abundante y tratamiento muy específico (como en los platos con arco), más arpa, piano, celesta y demás arsenal de viento tan del gusto de los contemporáneos pero tratada con maestría tanto en el desarrollo de las secciones como en la narrativa que Perry So tuvo clara, conocedor de la obra en Los Ángeles. La gradación dinámica hasta el oscuro silencio y posterior destello de luz casi cegadora se consiguió con un trabajo de todos los músicos volcados con una obra madura y cercana en el tiempo, destacando el oboe y el cello pero también el solo de trompa en la parte central y sobre todo el magisterio del director chino. Música agradable y fácil de escuchar sin excesos arbitrarios desde una concepción más allá de las descripciones que siempre ayudan.

El auténtico protagonista sería Brahms y su Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90, nada de «cenicienta» de su hermana Cuarta, capaz de emerger tras su escucha como la libertad orquestal desde la individualidad. Hay buenas versiones para una difícil elección que los melómanos atesoramos: Bernstein con la Filarmónica de Viena, Abbado con la Staatskapelle de Dresde, incluso Haitink y la Chamber Orchestra of Europe, sólo por dejar tres ejemplos distintos e igualmente hermosos (además de los enlazados anteriormente). Al final el maestro chino, pero de formación yanqui, elevaba la partitura ante las largas ovaciones que le obligaron a saludar repetidas ocasiones y compartiendo con los músicos una interpretación magistral. Sinfonía que hace protagonistas a cada uno de los atriles, exigente con todos los solistas y respuesta impecable por parte de ellos. De los metales: trompas seguras como nunca, ensambladas a la perfección, trombones poderosos y precisos, trompetas capaces de claroscuros increíbles. Las maderas en plena competencia por sonar con toda la musicalidad que el genio de Hamburgo pone en sus intervenciones: clarinetes exhultantes, oboes evocadores, flautas levantando vuelo, fagotes como violonchelos en ataques y fraseos. Los timbales contenidos pero presentes y exactos. Pero la cuerda merece un punto y aparte.

No recuerdo una sonoridad tan vigorosa, clara, incisiva, presente como esta vez. El Allegro con brio marcó un antes y un después, el Andante recreó con el viento momentos irrepetibles, el conocido y versioneado Poco allegretto más cantable que nunca y el Allegro final una explosión de júbilo. Los cellos presentes, precisos y preciosos, como nunca, las violas protagonistas pocas veces con un sonido maduro, los contrabajos deleitándonos con cada nota, y los violines un auténtico acierto, contemplando los arcos alternando arriba y abajo para alcanzar el equilibrio dinámico deseado (como explicaba el maestro a OSPA TV), la tensión contrapuesta a la seda, presencia que en Brahms logra esos clímax que nada gustaron en su momento y ahora revolverían a muchos en sus sepulturas. Perry So dominador de la obra de cabo a rabo llevó a la OSPA a la cima sonora, intepretativa, volcados con el ímpetu y vigor joven de ideas claras que dieron como resultado un concierto realmente para grabarlo en nuestra memoria colectiva, intérpretes y público.

Sólo queda mantener el grado de exigencia porque la demostración de gran capacidad que tiene nuestra orquesta no está nunca en entredicho y a este concierto nos referiremos cada vez que bajen un escalón por pequeño que sea. Enhorabuena a todos, el titular tenía que finalizar en So: explendoroSo, fabuloSo, maravilloSo, contagioSO… finalmente vigoroSO Perry.

Grandiosa discreción

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Viernes 20 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 8, OSPA, Asier Polo (violonchelo), Corrado Rovaris (director). Obras de Mozart y Chaikovski.

La musicóloga y chelista Andrea García Alcantarilla, autora de las notas al programa que incluyo como link en los autores del inicio, ofrecía la conferencia previa al concierto con el título «Mozart y Chaikovski: una huida hacia el pasado que inexorablemente culmina en el presente», ella misma reconociendo lo excesivo pero también razonando y explicándonos de forma clara la conexión entre dos autores que parecen (y lo son) tan distintos confluyendo en un gusto hacia las etapas anteriores, Mozart al italiano de la policoralidad veneciana de San Marcos y Chaikovski al rococó del joven Mozart que parecía ver la vida en rosa. Siempre está bien acudir a estas charlas tan ilustrativas que abren aún más los oidos para el concierto posterior porque esa hilo argumental tejería las tres obras a escuchar desde una aparente sencillez, puede que también entendiendo la discreción como virtud, con un director de la vieja escuela como el Maestro Rovaris que sin excesos pero con claridad académica, logró la máxima efectividad en un programa de los que no provocan grandes pasiones pero que son necesarios para todos, músicos y público. En sus anteriores visitas operísticas ya me convenció, pero lo de este viernes corroboró pese a su discreción, que es Maestro con mayúsculas.

El director italiano dispuso a la orquesta, hoy con Eva Meliskova de concertino, de formas distintas para cada obra, un primer ejemplo de cómo debe mimarse el sonido, dejando instantánea prohibida de esa colocación que ayudó siempre a una escucha perfecta de las tres partituras.

Mozart abría velada con su Serenata nº 6 en re mayor, K. 239 «Serenata nocturna» (1776), música de baile, que no molesta, rememorando los efectos buscados entre un cuarteto solista protagonista (con la citada Meliskova, Corpus, Moros y Mijno en estado de gracia) y el «grueso» donde los timbales en el centro ponían el cimiento de esta joya casi de juguete. El Maestro siempre pulcro, adelantándose lo necesario para recordar el matiz exacto, el tiempo que va también «in crescendo», dejando al cuarteto disfrutar y contagiar al resto. Toda una lección de música la Marcha: Maestoso, el imaginativo Minueto y sobre todo el Rondó: Allegretto – Adagio – Allegro dibujado como haría un orfebre sin levantar la mano, contraste barroco hecho clásico por el genio de Salzburgo.

Cada visita de Asier Polo es un placer para el melómano y prueba del nivel que nuestros violonchelistas españoles tienen en un mercado competitivo al máximo donde el toque diferencial lo ponen músicos como el bilbaino. Las Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta, op. 33 (1876) de Chaikovski son agradecidas para el solista y más aún para la orquesta cuando desde el podio se domina todo el tejido de texturas como volvió a demostrar Rovaris. A partir del Moderato assi, casi Andante – Tema: Moderato semplice la obra va agrandándose en ornamentos que no oscurecen el motivo principal sino que están tan bien escritas para el colega en el Conservatorio de Moscú Fitzenhagen que el violonchelo se hace voz más allá del hermosísimo Andante del que todos hablan. El sonido del Francesco Rugieri (Cremona 1689) en las manos de Polo cautiva en todos los registros, incluyendo unos armónicos estratosféricos, en cada variación, con cada técnica aplicada no ya en las cuerdas sino también en el arco, obra de energía positiva que Asier transmite a todos, sonriente, elegante en el diseño y en la interpretación bien secundada por todos desde Rovaris. Las intervenciones de las maderas todo un ejercicio de color sin perder unidad, contestando y arropando al solista, misma intención en la misma dirección para una ejecución preciosista especialmente en la sexta variación, el «dichoso» Andante colocado en lugar estratégico por belleza más que concepción.

La gratitud mutua vino en forma de propina con una obra de nuestro gran cellista y compositor Gaspar Cassadó, el Preludio – Fantasía de de la «Suite para violonchelo solo» (1926) digna de figurar directamente en el programa y ocupar mayor espacio en este comentario porque pudimos disfrutar de una interpretación íntima, bella, majestuosa, maravillando de nuevo ese arco prolongación del propio Asier Polo. Aperitivo de una obra grande aunque todavía vendría otro regalo, la Bourré de la Suite nº 4 de Bach, un triángulo equilátero, tres compositores para el instrumento más cercano a la voz humana que siempre hace perfectamente entendible el chelista vasco, con tres épocas en una sola visión maestra.

La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 de Mozart forma parte de la memoria colectiva no solamente melómana. Perderemos la cuenta de las grabaciones, versiones y directos que atesoramos todos los presentes en el concierto y aún más mis fervientes lectores (gracias siempre), así como ejecuciones a cargo de nuestra orquesta, siempre la misma partitura pero distinta en cada momento. Estoy seguro que el jueves en Gijón fue otra visión del paisaje aunque contase con el mismo pintor y lienzo. Corrado Rovaris optó por la claridad total, la limpieza contagiada a las tres secciones que sonaron como nunca, todos a una, escuchando cada nota en equilibrios y protagonismos marcados en el instante previo por una batuta honesta y delicada, lejos de los estiletes o mandobles de otros, la izquierda puntualmente acertada, la cabeza asintiendo y el cuerpo balanceándose ocasionalmente. El Molto allegro sonó vivaz sin perderse nada, el Andante todo un remanso de belleza, el Minueto: Allegretto de una dramatización musical que daría para una sola lección por los diferentes planos dibujados entre madera y cuerda, para finalizar con el Allegro assai en pulsación mantenida con apenas rubato, todo ello con esta tercera colocación buscando el sonido adecuado a esta sinfonía de la que nuestra conferenciante hizo notar su composición global y central dentro de la llamada trilogía final, siendo «La 40» el gran movimiento central. Me imagino escuchar a continuación la última con estos mismos colores y pintor, OSPA y Rovaris porque la emoción y placer del concierto hubiese alcanzado cotas únicas. Estaremos atentos a la retransmisión por Radio Clásica de esta velada que me ha dejado feliz como hacía tiempo no sentía, puede que compensando mi ausencia vacacional para el Requiem Alemán de Brahms del próximo viernes 27. Aunque lea críticas nunca será igual que el irrepetible y mágico directo.

Bach (con)vence a Händel

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Llevaba tiempo con ganas de acercarme a las maratones musicales que la Fundación Bilbao 700 organiza el primer fin de semana de marzo en el inmenso Palacio Euskalduna, siempre con un tema común, a precios asequibles y la mayoría de conciertos en torno a la hora de duración, para poder acudir a varios y organizar cada uno su programación, este 2015 nada menos que 75 conciertos ofertados en «Musika-Música» durante 3 días de festival.

Las comunicaciones por carretera desde Asturias se han ido mejorando con el tiempo en lo que a carreteras se refiere, así que escaparse a Bilbao siempre es un placer, aprovechando efemérides familiar para unir pasiones que mis lectores conocen: música, viajes y gastronomía. Además este año había amplia representación de «la tierrina» por lo nada mejor que apoyar a los músicos de casa, pulsar la opinión de otros públicos, escuchar obras e intérpretes a los que admiro, saludar amistades y sobre todo disfrutar de la vida porque sólo tenemos ésta y no sabemos cuánto nos durará.

Sin hacer una crónica de un fin de semana donde apenas pisé el centro histórico, asistiendo a ocho conciertos desde el viernes 6 a las 18:00 horas hasta el domingo 8 a las 16:00 de los que fui subiendo las respectivas impresiones (tituladas como Toma N) que algunos llaman críticas y yo prefiero llamarlas comentarios de un musicógrafo, siempre con el permiso de Luis Suñén -a quien pude saludar en esta maratón-, me gustaría dejar aquí unas pinceladas que en el día a día se quedan fuera de las entradas.

Con el tiempo justo, hotel reservado cerca y a la búsqueda de cajeros que imprimiesen las entradas compradas desde casa pero no imprimibles para este macroevento, al no estar numerada ninguna sesión, tuve el primer «percance» con La BBK al terminarse el papel y quedarme a medias perdiendo incluso una de las de la primera jornada que tampoco solucioné en el siguiente cajero en el Zubiarte. Asustado por las colas me dirigí a la taquilla donde resolvieron sin problemas la incidencia comentándome que había un cajero exclusivo para las entradas detrás de los habituales en otras salas, pero que en la página indicando los posibles no figuraba. Con todo, amabilidad a raudales y una vez dentro nos dispusimos a disfrutar de la primera jornada.

Increíble el despliegue técnico en esta catedral de la música (la del fútbol cerca de la que también hablaré) para cinco salas nombradas con lo más representativo de los músicos a los que este año se dedicaba el concierto, Bach y Händel, sin olvidarse de los «kioskos» Collegium Musicum de Leipzig dentro del recinto y abierto donde actuaban distintas agrupaciones y alumnos de conservatorios venidos de distintos puntos, gente joven que son realmente los protagonistas de este festival. Un total de 820 artistas a los que se acredita con un «cipol» que les permite acceder a los distintos conciertos en el último momento siempre que haya entradas disponibles. Se respiraba música por todas partes, juventud cargada con sus instrumentos disfrutando de los maestros y conviviendo un fin de semana con lo más granado del panorama concertístico europeo, sino mundial. El resto del público impresionante, muchos franceses por la cercanía, seguidores, amigos y familiares de artistas, muchos melómanos locales en una capital con larga historia musical, y el personal atento a todas las incidencias.

Cada sala se vaciaba por completo, cerraba y volvía a abrirse para el siguiente concierto, con las colas correspondientes para intentar acceder a la mejor localidad, todo con una educación exquisita donde no faltarían caraduras profesionales como en todos los sitios. También se aprovechaba para charlar de lo humano y lo divino, encontrarte artistas que también fueron público, con quienes comentar conciertos, experiencias, proyectos, haciendo de la espera una tertulia irrepetible. Para quienes tenían «huecos» en su agenda, había stands de publicaciones como mi seguida Scherzo y una tienda de discos y partituras donde no faltaba un amplio surtido de los artistas programados.

Y una vez dentro del palacio con cualquier entrada, asistir al «kiosko» donde la música tampoco paraba. Los datos son impactantes: 33.800 entradas vendidas, 51 de 75 conciertos completos y la promoción de la música con Bilbao como epicentro en estos tres días. Todavía existen personas que consideran la cultura como una inversión y fuente de ingresos, desde la calidad y buen hacer. la llamada cultura naranja, el turismo cultural tan habitual en países de nuestro alrededor debería incluirse en las agendas de nuestros gestores políticos que a fin de cuentas manejan nuestros recursos pero no siempre con acierto, y menos con la disculpa de la crisis.

Por lo menos en Bilbao no se notó. El Euskalduna llegó a competir con San Mamés el sábado, dos catedrales de fútbol y música, el Athletic vencía por la mínima al Real Madrid, Bach a Händel, ambiente festivo, calles llenas, bares y restaurantes a rebosar, Bilbao soleado ofreciendo postales inimaginables en estas fechas. Toda una fiesta. La gastronomía daría para un blog específico y ya se sabe cómo se come en el norte. Por supuesto tenemos familia y amistades en «el botxo» con las que pudimos encontrarnos aunque fuese con la rapidez de una visita médica. Esta vez la música tenía la etiqueta de «full time» pero siempre volvemos.

 

De los entresijos me fui enterando por distintas fuentes, comentándome la llegada de más de veinte camiones con material, un número ingente de claves con varios afinadores profesionales que tenían siempre a punto el instrumento rey, con permiso del órgano, en este espectáculo barroco, operarios cambiando tarimas, moviendo sillas, todo cronometrado y con unas tripas no visibles pero que resultan el corazón del espectáculo, sin olvidarme de las azafatas y azafatos más todo el personal de plantilla del Euskalduna. Catorce años supongo que dan la experiencia para una organización impecable, con ligeros y perdonables incidencias que no influyeron en la nota final de sobresaliente.

Musicalmente el nivel variaría dependiendo de muchos factores, aunque no debo olvidar que algunos artistas afrontaron hasta cuatro programas distintos con todo lo que ello supone de esfuerzo físico y mental. Quienes me leen conocen mis pasiones musicales y artísticas, Bach es Mein Gott y con él disfruté de lo lindo el viernes noche con los alemanes y la «Pasión de San Juan», el domingo por la mañana al piano con la recreación de Bussoni, y el sábado con las de Stokowski, en este orden de satisfacción. Con Händel hubo más cantidad pero menos calidad, puede que mis querencias jueguen a favor del kantor.

De los intérpretes «leónigan» convencido y «en Forma», si los unimos en concierto ya se sabe dónde vamos a estar. Como curiosidad, este viernes mi señora «sufridora» se encontraba en Almería por razones profesionales, y no perdió la ocasión de asistir al concierto de Forma Antiqva en la Iglesia de Las Claras, animándola a escribir unas líneas como colaboradora desde hace 24 años en mi vida, compartiendo todas las pasiones. En Bilbao acudimos a escuchar tanto a nuestro querido LDO, a los Zapico’s con distintas formaciones, y al Zapico mayor con la OSPA, dirigiendo también Milanov el sábado, la tercera pata del «tayuelu» suficiente para sustentarse en cualquier terreno y llenarnos de pequeño orgullo patrio comprobando que la «Marca Asturias» funciona también con nuestros músicos además de la sidra o los quesos.

A otros intérpretes les sigo y escucho en Oviedo, otra capital musical que sigue en los circuitos de ellos, por lo que no podíamos faltar al concierto de Carlos Mena, a Dani Oyarzábal tanto en el continuo como de organista solista con nuestra OSPA, y sobre todo al del pianista Luis Fernando Pérez, conciertos elegidos que sabíamos no defraudan nunca. También escuchar repertorios nuevos como esa pasión de Händel que los langreanos han rescatado, desempolvado y rehecho con el buen gusto, calidad y trabajo constante en una carrera asentada tras quince años, que continúa en ascenso. Siempre un orgullo apoyar lo nuestro.

La vuelta a casa se hizo llevadera a pesar de la niebla en este Mordor del Norte, y las experiencias engrosan mi mochila de la que alguna vez sacamos y compartimos con quienes me leen.

Lockington connection

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Viernes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7, OSPA, Myra Kathryn Pearse (flauta), David Lockington (director). Obras de Haydn, Reinecke y Schumann.

Tras el paso por Bilbao de nuestra orquesta asturiana volvía a su sede todavía con regusto barroco, flauta protagonista y mi admirado Lockington al frente, principal director invitado al que siempre es un placer verle.

Las obras del séptimo programa de abono parecieron de transición una vez escuchada en el Euskalduna, comenzando con la poco escuchada Sinfonía nº 24 en re mayot Hob. I/24 compuesta por «papá» Haydn en 1764 como bien recuerda Rafael Banús en las notas que incluyo enlazadas a los compositores. Con Lockington hay realmente una química especial, una auténtica conexión en cuanto arranca y se nota en los músicos. La colocación vienesa actual, con los efectivos adecuados para esta obra, colocó los contrabajos detrás de los primeros violines y el fagot tras los cellos, con el clave en el centro dando ese color especial que se perdería en pleno Clasicismo. Y la sonoridad alcanzada junto a la precisión resultó ideal en los cuatro movimientos, como si el afecto y las buenas formas que siempre luce el director británico afincado en los EE.UU. se contagiasen al resultado homogéneo de la interpretación, obra con el inconfundible sello del padre de la sinfonía que además da protagonismo a la flauta en el Adagio, esta vez con Peter Pearse de solista por la confección del programa, como veremos a continuación. Versión alegre con tiempos bien dibujados desde la elegancia en el gesto del director invitado.

El Concierto para flauta en re mayor, op. 283 de Carl Reinecke (1824-1910)no es obra muy programada y parece conocida solamente en el mundo de los flautistas, siendo nuestra solista Myra Pearse quien nos deleitó en una intervención plagada de buen gusto, cariño y respeto en todos los sentidos, corroborando nuevamente la calidad de nuestros músicos a los que agradecemos la posibilidad de participar como protagonistas en partituras tan hermosas como la del compositor, pianista y director natural de Hamburgo que dirigió durante treinta y cinco años los célebres conciertos de la Gewandhaus de Leipzig, y ciudad donde moriría con 86 años. Música bien escrita, de orquestación muy sonora que la OSPA resolvió con solvencia, y melodías agradables con un estilo (post)romántico en este concierto compuesto al final de su vida, partitura evocadora como la interpretación de Myra perfectamente concertada por Lockington, tres movimientos de lucimiento pero también recogimiento, destacando el maravilloso dúo con el cello de Juan Carlos Cadenas en el Lento e mesto, para finalizar con un Finale: Moderato encajado al detalle entre los compañeros que no sólo arroparon a la solista sino que escucharon con respeto sus intervenciones alcanzando momentos casi sublimes entre todos.

La propina no era de Ramón Carnicer para solo de flauta y acompañamiento de cuarteto de cuerda como en un principio publiqué sino Morceaux de concurs de Fauré (original para flauta con piano en arreglo de Peter Pearse para la ocasión)1, esta vez de la casa, un auténtico lujo con esos primeros atriles amigos compartiendo música, momento y emociones, estuvo dedicada a sus hijos y familiares presentes en la sala, siendo agasajada por sus compañeros y con el director sentado atrás sobre la tarima disfrutando como uno más.

La Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 «Renana» (Schumann) ocuparía la segunda parte del concierto, con ubicación vienesa pura que alcanza mayor presencia y equilibrio sonoro en partituras con orquestaciones tan maravillosas como esta. Con una orquesta perfecta en número, los cinco movimientos fueron de menos a más, exigentes en todas las secciones y especialmente las maderas y los «bronces», ensamblados cual alemanes trombones y trompetas pero donde las trompas, auténticas protagonistas a lo largo de la sinfonía, no lucieron al máximo aunque tampoco ensombrecieron una visión luminosa y «vital» a cargo de Lockington, elegancia en el estilo de dirigir y entender esta partitura, con los tiempos casi al pie de la letra según la traducción del idioma de Goethe con ligero acento «british»: animado, lleno de vida (Lebhaft), no demasiado rápido (Nicht schnell) o solemnemente (Feierlich), afectos y efectos, conexión desde las buenas formas con una luz hecha sonido que sin ser cegadora estuvo tamizada por la búsqueda de calidez y amalgamando texturas y dinámicas que la orquesta correspondió a la gestualidad especial del director invitado. Programa ligero y digerible con flautas que no sonaron por casualidad junto a la «conexión Lockington».

(1) Gracias a mis lectores que están en todo por la posibilidad que me dan de aprender y poder corregir fallos «on line».

Musika Música toma 5

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Sábado 7 marzo 2015, 17:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I: Daniel Oyarzábal (órgano), OSPA, Rossen Milanov (director): Bach / StokowskiBWV 582, BWV 645, BWV 565; Haendel: Concierto para órgano y orquesta op 7 nº 4 HWV 292. Entrada: 10€.

Tras un vermut doble, la digestión también tendría a los «dos alemanes sin buscar más que el disfrute instrumental desde la orquestación popularizada en aquella Fantasía de Disney y uno de los conciertos para órgano del alemán de Halle interpretado por el organista vitoriano que está liderando el inmenso proyecto de la integral de Bach entre la Catedral de León y la Sala sinfónica del Auditorio Nacional, esta vez con el compatriota emigrado a la corte inglesa, además de ejecutar el continuo en el concierto del viernes con la EOS y Carlos Mena.
La OSPA con Milanov al frente abría concierto con dos obras para órgano de Bach en revisión orquestal, más que arreglos, de Stokowski, el Pasacalle y fuga en do menor, BWV 582 y el Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645, el famosísimo coral de la Cantata 140, dos versiones reposadas y pletóricas en sonoridad, con la colocación del búlgaro recordando el instrumento rey original para recrearlo en nuestra orquesta, dos interpretaciones que la orquesta asturiana hizo grandes en el auditorio bilbaíno. Si en la mañana fueron tomándole el pulso barroco, la tarde fue plenamente romántica en intención y ejecución, plena y rica, válida sobre todo con este Bach-Stokowski.
El Concierto para órgano y orquesta nº 4 en fa mayor, op. 4 nº 4 HWV 292 de Haendel traía como solista a Daniel Oyarzábal que no paró en esta maratón musical, desde la consola móvil del gran órgano con los tubos ubicados a ambos lados para alcanzar unos efectos ricos desde una elección de registros perfecta, bien encajada con la textura orquestal y unos tiempos «pactados» con Milanov que concertó bien con el vitoriano a una orquesta más reducida.
El Allegro lo marcó Oyarzábal, con buenos diálogos en los «tutti», manteniendo pulsación y sonidos cristalinos en el órgano, solos y modulaciones realmente variados, más volúmenes sin problemas en nadie; el Andante más equilibrado y de registros aflautados bailando de un lado a otro del espectro sonoro, buenas ornamentaciones del solista contestadas con la misma intención; el Adagio con protagonismo organístico lleno de trinos, apoyaturas, notas largas con leves apoyos orquestales de difícil encaje antes del Allegro fugado final que marca la orquesta, buen entendimiento entre músicos y solista, brillantes en fraseos por parte de todos desde un dominio técnico a cargo del organista que tuvo siempre el deseado equilibrio mantenido por Milanov en la dirección.
Cuánto echo de menos un órgano en el auditorio ovetense, de la misma época que el Euskalduna pero que miopías o ignorancias de políticos privaron para siempre a la capital asturiana de un edificio pensado para la música. No puedo hablar de envida y menos sana, solamente de otra oportunidad perdida.
Acabar es volver al Bach universal, el profundo y el conocido, el íntimo y el popular, el eclesiástico frente al cinematográfico. Primero Komm, süsser Tod, «ven dulce muerte» como deseo íntimo hecho música, reflexión desde el convencimiento de estar de paso que Bach como buen protestante sabe continuación de la propia vida, y en esta partitura exige un esfuerzo interior al que la OSPA con Milanov respondió con contención desde una cuerda hiriente sin estridencias, tempo lento para degustar cada intervención, el arpa o el oboe, en unidad y clímax emocional que parecía olvidado en la formación asturiana.
Y después la Toccata y fuga en re menor BWV 565, inmortalizada por las imágenes Disney para esta visión sinfónica, nuevamente romántica y así llevada e interpretada por Milanov al frente de la OSPA.
Regocijo y recogimiento por parte de todas las secciones, jugando más con sonoridades sinfónicas que organísticas al elegir el mismo discurso de Stokowski, muy americano como el búlgaro que dedica mucho tiempo a dirigir al otro lado del charco. Dos mundos en uno, la tocata virtuosa, exigente para todos en mantener tensiones, notas pedales, matices amplios, sonoridades que van de la nebulosa al sol arrebatador, intervenciones solistas fulgurantes (arpa, flautas) arropadas por el tutti, frente a la fuga más trabajada, planos superpuestos sin perder la línea maestra o hilo conductor, siempre con claridad de ideas en el desarrollo, poniendo una nota de cine a la despedida sinfónica asturiana en la tarde sabatina, soleada y en plena cuaresma. Aún queda otro concierto asturiana este sábado y la despedida dominical, que también la contaremos en las siguientes tomas…

Musika Música toma 4

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Sábado 7 marzo 2015, 12:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I: Raquel Lojendio (soprano), Eugenia Boix (soprano), Maarten Engeltjens (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Stephan Loges (bajo-barítono), Sociedad Coral de Bilbao, OSPA, Aarón Zapico (director): Haendel: Dixit Dominus HWV 232; Bach: Magnificat BWV 243. Entrada: 10€.

No parece ser buena hora una mañana de sábado para un concierto, pero en este «maratón» dedicado a los dos alemanes tan cercanos y distintos con dos de sus obras más alegres y además interpretadas por músicos conocidos y conocedores, son más que razón para continuar disfrutando de la capital vizcaína, capital musical este primer fin de semana de marzo. El éxito de público volvió a ser increíble, dando gusto contemplar la gran sala llena para escuchar un concierto «made in Asturias» y traído a la ría del Nervión.
Abría Händel y una selección de su Dixit Dominus HWV 232, que como toda obra con solistas, coro y orquesta necesita tener muy equilibrado el reparto y elección de intérpretes. Los solistas, con diferente peso en la partitura, mostraron lo mejor de ellos, destacando la soprano Raquel Lojendio que repetía junto al tenor Andrew Tortise y la dirección de Aarón Zapico tras el «estreno» del viernes, uniéndose a ellos el contratenor Maarten Engeltjes al que ya conocía de Oviedo, el bajo-barítono Stephan Loges, y muy especialmente Mª Eugenia Boix que gana enteros cada vez que la escucho en estos repertorios, con un color denso que empasta a la perfección con la soprano canaria y que en los solos resultó convincente, incluso cautivadora.
La OSPA en formación para barroco contó con Eva Meliskova de concertino liderando unos intérpretes que volvieron a gustarme en cada sección, dentro de un repertorio poco o nada programado durante la temporada de abono pero que es tan necesario a los músicos como al público.
Aarón Zapico la llevó con mano firme y pulsación matemática cuando así lo requería, especialmente en los números corales, que comentaré más adelante, manteniendo buenas dinámicas en las arias y los concertantes, pudiendo escuchar a todos los intérpretes en el plano correspondiente. Aunque no es su formación, el recorrido del director asturiano con otras orquestas está cuajando (venía de ponerse al frente de la OEX) y la del Principado suena realmente bien con Zapico, que tiene una visión del barroco tan clara que la transmite a los instrumentistas sin problemas, uniéndose la calidad de todos para alcanzar un resultado encomiable.
Capítulo aparte la Coral de Bilbao que nunca encontró su sitio vocal, inseguros, desafinados por momentos, agilidades poco claras, emisión defectuosa, gritona en exceso y problemas en mantener la pulsación que es el eje vertebrador de este repertorio barroco. Una pena que empañase el resultado notable del resto.
El Magnificat BWV 243 de Bach era el complemento perfecto para esta matinal, con arias para lucimiento de todos los solistas, un Et exultavit primoroso de Eugenia Boix en su timbre aterciopelado contrastando con el brillante de Raquel Lojendio en Quia respexit, Loges impresionando con Quia fecit resonando potente, el Deposuit de Tortise más que digno y sin tiranteces, un Esurientes de Engeltjes muy musical y presente con un delicado acompañamiento orquestal, y destacando el dueto Et misericordia con el tenor y el terceto Suscepit Israel con las sopranos en el número más logrado por parte de todos.
El coro local volvió a dar la de arena, un auténtico jarro de agua fría para esta maravillosa obra en latín de «El Kantor de Leipzig», pues repitió errores del Dixit aún más graves ante las dificultades de esta partitura. No hubo química ni impacto, faltó seguridad y sólo puedo destacar las ganas de gustar y el esfuerzo que a la vista de los resultados no fue suficiente.
La OSPA nuevamente enorme como grupo y por secciones, trompetas vigorosas desde la precisión y color, maderas pletóricas, especiales con los acompañamientos vocales (en el Quia respexit un placer) y una cuerda que siempre es segura (excelente el cello con el bajo en Quia fecit), plegados a las órdenes de Aarón Zapico siempre atento a las dinámicas contrastantes y los amplios matices que los atriles respondieron «al pie de la letra».
La orquesta asturiana sigue dejando el pabellón en alto, además con un director también de la tierra para interpretarnos a un Bach que no debería faltar todas las temporadas. Casi sin respiro volverían por la tarde con su titular, pero será otra toma. La mañana resultó agridulce aunque el sabor predominante siga siendo barroco.

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