Inicio

Como en casa

Deja un comentario

Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…

Cocinando El Brian de Goossens

2 comentarios

Viernes 18 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Fundación Princesa de Asturias: Concierto Extraordinario «Europa Canta a la Navidad». El Mesías (G. F. Haendel, versión para orquesta sinfónica de Sir Eugene Goossens, 1959). Eugenia Boix (soprano), Sarah Couden (contralto), Davide Giusti (tenor), Luis Ledesma (barítono), Coro de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada gratuita con invitación previa.

«La vida de Brian» es una simpática película de los Monthy Python trata la vida de un judío que nace el mismo día que Jesús y ya de adulto incluso es confundido con él, algo parecido a este Mesías de Goossens quien «en 1959 orquestó para su amigo y mentor Sir Thomas Beecham, uno de los directores británicos más influyentes de su época, este gran oratorio barroco. Los arreglos de Goossens fueron hechos pensando en una orquesta sinfónica», algo que se indica en el programa para no llamar a engaño, aunque a la vista del escenario y cualquiera que hubiese asistido a los muchos Mesías anteriores en la Catedral de Oviedo se daba cuenta que esta OSPA iba a sonar distinta, reforzada para la ocasión y en esta elección del Maestro Milanov que ya la dirigiese hace dos años en el Kennedy Center Concert Hall a la National Symphony Orchestra y Choral Arts Society of Washington, repitiendo el de hace hoy seis años, todo un espectáculo para los norteamericanos tan dados a estos fastos sinfónico-corales pero que en Europa nos rechinan aún más que a los ultracatólicos la película de Terry Jones.

Lo que voy a contar me traerá calificativos de retrógrado, purista y demás lindezas porque gran parte del público que llenó el Auditorio salió encantado, pero evidentemente quiero explicar mi personal punto de vista porque sobre gustos no hay nada escrito y todos son particulares.
Si a una fabada asturiana con todo su compango le añadimos patatas y berzas se convierte en otro plato que llamamos pote asturiano, aunque puede estar igual de rico, incluso más. Si el producto base es bueno, en este caso nuestras alubias que llamamos «fabes», podemos cocinar otros platos también exquisitos aunque diríamos que menos típicos pese a figurar en muchas cartas: fabes con almejes, con jabalí, con centollo, con angulas, con langostinos, y todo lo que queramos añadirle porque es una legumbre que se adapta a todo, aunque yo quiero quedarme con nuestra fabada asturiana. Habrá frijoles, judíasjudiones, alubiones (de La Granja) y todo lo que se quiera, incluso podemos cambiar el compango tradicional de chorizo, tocino y morcilla por criollos, morcilla de Burgos o matachana de León, poner chistorra navarra y seguir cambiando ingredientes, todo muy rico pero ya no será una auténtica fabada asturiana. Cada uno que ponga el nombre al plato porque «¿a qué sabe la música?«…
El Mesías de Händel es como nuestra fabada, en principio un plato de ricos porque no todo el mundo tenía acceso a unos ingredientes caros aunque la sociedad ha ido mejorando y hoy podemos presumir de ser nuestro plato más universal que algunos quieren cambiar por el cachopo, muy popular aunque poco asturiano a pesar de chascarrillos y modas pasajeras. De cocina sabe más Milanov que un servidor, pero quiero pensar que tras la lucha por recuperar y reconocer el Barroco, una vez degustado en su punto ideal sería una pena pasarse de cocción con un plato que tanto tiempo llevó poner en su sitio. No soy muy aficionado a la cultura norteamericana que tanto daño está haciendo en nuestra juventud en una verdadera colonización donde los «burguers» son el emblema visible aunque no nos importe llamarlo comida basura.

Soy nacido en 1959, el año de esta (per)versión de E. Goossens con esta maravilla de oratorio barroco para cuatro solistas, coro y orquesta. Aunque Bach vence a Händel quiero contar que tengo en disco tres Conciertos de Brandemburgo en interpretación de la Marlboro Festival Orchestra dirigida por Pau Casals donde Rudolf Serkin toca al piano el papel del clave, un instrumento casi desconocido (o difícil de encontrar) allá por 1964, también versiones grandiosas de la Pasión según San Mateo con plantillas hoy diríamos que algo exageradas, pero hubo estudiosos que nos abrieron los oídos y las mentes para cocinar de otra forma encontrando los ingredientes apropiados en la proporción idónea, y así aprendimos a degustar estos platos de siempre, sin necesidad de excesos ni sucedáneos. En Oviedo han pasado distintos directores al frente de la OSPA para este Mesías con el que damos el pistoletazo de salida a la Navidad, pero la apuesta del cocinero Milanov creo que no era apta para mi paladar maleducado. La grandilocuencia y el espectáculo están en la propia música de Händel por la que Goossens parece no mostrar mucho respeto disfrazado de visión renovada. No es «el Bach de Stokowski«, que Milanov y la OSPA interpretaron en Musika-Música, ni tan siquiera aumentar efectivos para el original. Ni me atrevería a llamarlo orquestación porque no consiste en añadir percusión (bombo, platillos, triángulo, caja) donde los timbales ya tienen su protagonismo, y parece olvidar a los solistas, ampliando plantilla para un acompañamiento a los recitativos totalmente ignominioso, con un cuarteto de trompas más un arpa, o doblando arias con un clarinete bajo o flautín cuando no taparlas a base de redoblar el bombo o escuchar unos platillos atemporales. Tendría para seguir sumando sinsentidos que desdibujan, por no decir perturban una joya de la música barroca haciendo cual personal deconstrucción de una fabada inigualable. El famoso «Aleluya» puede parecer más impactante en esta destrucción del director y compositor británico en su época, adaptada muy al gusto de los actuales yanquis, los mismos a los que en los programas de mano se les pide que no marquen con el pie el ritmo de la música, aunque sigan mascando chicle o comiendo palomitas… Este no es Mesías sino Brian de Goossens, nada que ver con otros Mesías populares donde el respeto a la partitura no impide aumentar el número de participantes.

Los cuatro solistas internacionales tuvieron que luchar con el cocinero búlgaro, ingredientes de primera algo quemados en la olla a presión de una orquesta sinfónica que tocó lo que tenían escrito. La aragonesa Eugenia Boix puso el sabor español puro, conocedora como nadie de este repertorio que cantó un «Rejoice» limpio y sentido y un «How beautiful» al pie de la letra, sin perder la compostura con el «acompañamiento goossensiano» manteniendo el espíritu barroco en su canto, y un perfecto «He shall feed» con la contralto americana Sarah Couden, una voz ideal para este oratorio tan difícil en su registro, una mezzo grave, bien su «But who may abide» o «He was despised» tras el recitativo del barítono, devolviendo ese color tan especial, igualmente pugnando con la densa escritura orquestal. El tenor italiano Davide Giusti casi como su apellido, arrancando en frío su recitativo sinónimo antes de la hermosa aria «Ev’ry valley» llevada algo lenta, y destemplado hasta el «Thou shalt break them with a tod of iron» de la seguna parte, agilidades endiabladas de por sí con timbre bonito pero complicado brillar con una masa orquestal detrás. El mexicano Luis Ledesma hubo de cantar no «a bombo y platillo» sino con ellos, barítono más que bajo en «The people that walked in darkness» que Sir Goossens pareció tomar al pie de la letra, o la esperada «The trumpet shall sound and the dead shall be rais’d» donde quien «murió» fue nuestro Maarten al quedar reducida su piccolo a un plano nunca imaginado por Händel. Una lástima porque de tener la orquestación original hubiésemos podido disfrutar de estas voces más que prometedores.

El Coro de la Fundación sabe lo que son repertorios sinfónico corales románticos, contemporáneos y por supuesto este «Mesías» que llevan cantando hace muchísimos años con distintos directores, amoldándose a sus exigencias con verdadera profesionalidad, y este Goossens ha sido el más exigente por lo que supuso de intentar borrar tantos años de experiencia a sus espaldas, referencias totalmente distintas que acaban dando inseguridad, unida a unos tempi no siempre apropiados pero que compensaron con el dominio a base de fuerza, contagiados por una voluptuosidad inapropiada en pos de un espectáculo más de cocido que de fabada asturiana con mala digestión. Salieron airosos a pesar del fuego que casi quema el plato, «And the glory of the Lord» y «For unto us a Child is born» presentes, lo que ya era un triunfo, algo desajustados y cortos entre las cuerdas para «And He shall purify«, destemplados en el inicio de la Parte II «Behold the Lamb of God» donde tuvieron mucho más trabajo antes de un «Hallelujah» contagiados y algo desbocados hasta el «Amen» donde parecieron alcanzar la paz, aunque hubiese de regalar el popular «Aleluya» al que Milanov intentó sumar al repestable dentro de este espectáculo para mí bochornoso aunque entendiendo este «Refreshed» made in USA, porque el british es otra cosa.

De la sufrida OSPA solo ponerme en su pellejo y respigarme, debiendo tocar lo que tienen en el atril siguiendo las indicaciones del maestro. Me imagino el asombro de Rafael en la caja redoblando con el coro en este debut mesiánico, el triángulo otro tanto, Paco Revert al bombo atormentando al barítono y Jeffery con trabajo extra en casi todos los números. Del metal nunca tanto que tocar para no aportar casi nada: un cuarteto de trompas que debía hacer diabluras, un dúo de trompetas en un plano secundario olvidando un protagonismo propio, el trío de trombones y tuba doblando coros… La madera reforzada con intervenciones impensables siempre bien ejecutadas pero duplicando melodías o «engordando» recitativos, como clarinete y clarinete bajo, dos oboes más corno ingles, dúo de fagotes más bajo, flautín más flauta… ¿Goossens enloqueció? Y la cuerda a partir de cinco o seis contrabajos calculen, además de la mencionada arpa cuyos armónicos y resonancia no casan muy bien con la voz, así que pueden ir calculando el derroche tímbrico a pesar de buscar dinámicas apropiadas para lo imposible. Las partes donde el Sir no añadió demasiado de su cosecha, casi como limitándose a transcribir el órgano del que prescinde incluso parecían originales aunque más llenas, pero del alemán nacionalizado inglés sólo la presencia melódica, unes fabes de primera perdidas en una olla gigantesca con fuego excesivo que acabó atormentándolas. El chef Mr. Milanov nos sirvió una hamburguesa con patatas fritas cuando esperábamos alta cocina, pero la carta avisaba antes de probar el plato servido por la Fundación.

Magníficos inconfundibles

3 comentarios

Viernes 4 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Los designios del destino», Abono 3 OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Ari Rasilainen (director). Obras de García Abril, Mozart y Tchaikovsky.
Festividad de Santa Bárbara, patrona de mineros y artilleros en cierto modo conmemorada con este concierto que aunaba obras con sello propio donde no faltó pirotecnia variada y devolvía al podio asturiano al finlandés Ari Rasilainen, con quien la OSPA se nota volcada, gran concertador y esta vez con una segunda parte magnífica.

El turolense Antón García Abril (1933) escribió los Cantos de pleamar (1993) por encargo del CNDM para el IX Festival de Música Contemporánea de Alicante extinto con los tijeretazos, estrenada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y dirección de Maximino Zumalave. Hoy nuestra OSPA creo que dejó muy satisfecho al compositor, presente en la sala, atravesando un momento de excelencia en todas sus secciones, esta vez sólo para la cuerda que sigue sonando única, interpretando esta partitura de caracter atonal pero con giros clásicos y acordes reconocibles, de escritura clara explotando el color sin necesidad de buscar técnicas «innecesarias» para expresarse desde el sello inconfundible de un autor que podemos considerar verdadero melodista.
La inspiración marina nos toca de cerca tanto a los asturianos como al director finlandés que llevó la orquestación con verdadero mimo en tímbricas y dinámicas, con ritmos claros y precisos buscando la grandiosidad del cosmos con el mar como reflejo, cuadros de olas otoñales y calma chicha, espuma chispeante como estrellas acuáticas desde la contemplación casi mística que el propio compositor escribe o describe y las notas al programa (enlazadas en los autores al principio) del doctor Alejandro G. Villalibre recogen. Realmente la orquesta tradujo a música las palabras del maestro García Abril: «La plemar poética, colmada de impulsos de plenitud, la pleamar inspirada y litúrgica». Un placer seguir escuchando la música de uno de nuestros compositores vivos abriendo velada, al que Asturias y la OSPA siempre tendrán en su historia musical.

En el Concierto para piano nº 17 en sol mayor, K. 453 (1784) de Mozart pudimos escuchar al francés Jean-Efflam Bavouzet que nos dejó una versión clara, limpia, sin excesos dinámicos, bien concertada por el director finlandés con una formación equilibrada y perfecta para un clasicismo que el solista pareció olvidar en sus cadencias, sorprendentes por darles unas armonías y lenguaje impresionista tal vez buscando actualizar a un Mozart que no lo necesita. Puedo entender que a partir de él los compositores decidiesen escribirlas porque la libertad también debemos respetarla. De las muchas cadencias realizadas por los propios pianistas me quedo con la de Andreas Staier por el escrupuloso estilo en este mismo concierto, o la de Gulda, capaz de aparcar su estilo de jazz y respetar el inconfundible sello mozartiano recreando desde la técnica pero sin perder identidad. Bavouzet apostó por lo difícil, pues tras un Allegro bien llevado en líneas generales, su «fermata» me dejó descolocado, no ya por las modulaciones en las que se adentró sino por la rítmica y armonía totalmente ajenas, impactando técnicamente pero cambiando totalmente el color de un concierto brillante. El Andante discurrió en la misma línea, con una orquesta adecuada, maravillosa madera y una dirección en busca de la mejor concertación, no siempre fácil por el discurso francés, alcanzando otra cadencia algo más «contenida» pero nuevamente sorprendente por desarrollo. Es cuestión de gustos, pero coloquialmente no pegaba ni con cola, tal vez una boutade de inspiración impresionista por los acordes y trinos antes de finalizar el movimiento central mozartiano. El Allegretto fue volver a la raíz, recuerdos operísticos con la sencillez melódica en todas las intervenciones, sonidos cristalinos pulsación diáfana en el piano del francés para un discurrir luminoso, trinos, tiempo ajustado y equilibrio con una orquesta asturiana en estado de gracia dirigida por un finlandés.

Al menos la propina de Reflets dans l’eau (Debussy) mantuvo ese algo que las hace inconfundibles, la plasticidad y armonías tan francesas que esta vez sí mantuvieron identidad acorde con la época y estilo, dejándonos el Bazouvet habitual y esperado, pianista de técnica impresionante con sonoridades casi de la pleamar inicial.

En broma siempre digo que «no hay quinta mala» y es que la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (1888) de Chaikovski es una de las más grandes obras orquestales, con una plantilla reforzada en el número exacto para alcanzar toda la inmensidad de una partitura que conmueve en sus cuatro movimientos, «destino» amargo que finalmente alcanza la luz, llevada de memoria por un Rasilainen que la entendió diáfana sacando de todas las secciones y solistas de la OSPA lo mejor.
Hago referencia al refuerzo necesario porque el poderío de los metales con cinco trompas, dos trompetas, tres trombones y tuba más las tres flautas con el  resto de madera a dos exige una cuerda más numerosa, lo que brindó un balance dinámico realmente perfecto para las exigencias de la quinta del ruso. El maestro finlandés arrancó el Andante-Allegro con anima dejando fluir el clarinete aterciopelado de Andreas Weisgerber sin decaer la pulsación antes del fogoso desarrollo siguiente sin excesos para paladear maderas inspiradas y la cuerda asturiana como nunca, buenos balances con los metales poderosos sin tapar protagonismos, incluso los timbales presentes ayudando a la sensación de seguridad global. Difícil encontrar calificativos pero la sensación de sonido compacto y poderoso marcó este primer movimiento lleno de contrastes bien definidos, pizzicati claros, melodías llevadas con decisión sin amaneramientos. El Andante cantabile con alcuna licenza subió el lirismo y buen gusto interpretativo, contrabajos envolviendo una cuerda sedosa ideal para acompañar con esmero el conocido y bellísimo solo de trompa con el alicantino Miguel Ángel Martínez Antolinos pleno de musicalidad y acertado, bien contestado por las demás intervenciones al mismo nivel del solista, verdaderamente «cantable» por un tiempo sereno que permitió emocionarse con este movimiento único donde la melodía triunfa en cada intervención instrumental, todas de altura, calidad y gusto interpretativo. El Vals: Allegro moderato sonó realmente de ballet, acentuaciones adecuadas, tensión en el momento justo, dirección jugosa dejando disfrutar a todas las secciones, recreándose en la cuerda con las pinceladas de madera, equilibrios de secciones para relucir las intervenciones de fagot o flautas, cambios de tempo donde las notas se percibieron limpias en todos los instrumentos. Y qué decir del Finale: Andante maestoso-Allegro vivace, el camino sinuoso de la amargura inicial que alcanza una felicidad impensable en un desarrollo exigente en todos los terrenos musicales con el sello inconfundible del ruso: los cambios de tiempo, la riquísima paleta instrumental, el equilibrio entre las secciones, el ritmo cual motor de alto caballaje, las dinámicas extremas… otra prueba de fuego superada con sobresaliente, las recapitulaciones temáticas en recovecos de riqueza tímbrica y el empuje en ese vertiginoso final, energía pura sin desbocarse, bien encauzada desde una batuta que volvió a triunfar con la OSPA, algo que todos los presentes entendieron aplaudiendo larga y merecidamente, obligando al maestro escandinavo a salir tres veces pese a la duración del concierto. La «temporada plateada» avanza desde lo alto en este inicio de diciembre.

Climatologías musicales

Deja un comentario

Viernes 27 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2 OSPA, Ludmil Angelov (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Saariaho, Chopin y Sibelius.

Volvía la OSPA a los conciertos de abono tras el paréntesis operístico mozartiano que le ha venido realmente bien, con si titular al frente en un programa de los que le gustan y domina, algo que se percibe en muchos detalles. La estructura del concierto la ya centenaria de colocar en el centro un concierto solista y finalizar con obra sinfónica, en este caso continuación casi del día anterior en el mismo auditorio aunque con otra formación con una obra breve, a veces de estreno, para abrir velada.

También volvían las conferencias previas una hora antes, esta vez con Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa (que dejo enlazadas arriba en los autores), centrando perfectamente, aunque con tecnicismos que no todos los presentes entendieron, las obras a escuchar con el título París-Helsinki: Centro y periferia europea del siglo XIX para un concierto bautizado como «Auroras Boreales I» al enmarcar a Chopin entre dos finlandeses.

Comenzábamos con el estreno en España de Cielo de Invierno (2013) de la compositora Kaija Saariaho (1952), en la línea de otras contemporáneas basada en «texturas espaciadas que evolucionan lentamente desde el sonido individual a la totalidad del espectro armónico» que escribe el conferenciante, o si se quiere, el trabajo del timbre instrumental para crear ambientes o imágenes sonoras que sabiendo corresponde a la segunda parte de una trilogía titulada Orion (2002) y abandona su habitual estilo electrónico para reencontrarse con la orquesta, nos da una idea de música cósmica. Con amplia plantilla donde no faltaba la percusión más piano y celesta (hoy tocados por dos compositores como Omar Majbour Navarro y Guillermo Martínez, puede que por entender mejor la mecánica de estas obras cercanas a su generación), saca sonidos que evocan constelaciones, estrellas, frialdad cósmica vista y sentida desde su país natal, tiempos lentos casi flotantes con los instrumentos utilizando sordinas, registros no habituales y una serie de capas superpuestas que el director búlgaro iba balanceando para pasar de unos planos a otros, sin olvidarse de unas dinámicas extremas (impresionante el pianísimo final) que completan un lenguaje poco personal y más argumental por no llamarlo descriptivo, incluso sin saber nada de la obra. Bien todas las secciones y los refuerzos para seguir apostando por la escucha de obras actuales, puesto que debemos educar el oído como el resto de los sentidos.

La parte central nada menos que el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin a cargo de Ludmil Angelov, compatriota de Milanov por lo que podríamos decir que hablaron el mismo idioma para una escritura donde el protagonista es el solista y la orquesta acompaña con la dificultad del siempre necesario rubato romántico un poco en la línea del canto como también nos contó el doctor Moro en la conferencia. Sonido limpio y cristalino el de Angelov, con la técnica apropiada para Chopin, sin gran sonoridad y bien concertado por Rossen, disfrutando de este concierto que los pianistas de mi generación asociamos al último año de la entonces llamada carrera profesional. Salvo ligeros retrasos de la orquesta en algún final de frase, destacar la «colocación vienesa» que ayudó a ganar en color el papel orquestal de arropar al solista redescubriendo contestaciones del fagot o unas trompas contenidas y bien ensambladas, aunque siempre triunfando el piano en un clima de temperatura otoñal, con un buen comunicador el pianista búlgaro.
Y no podía haber otras propinas que Chopin, en solitario y con la misma limpieza y ligereza del número 1, el Nocturno en do sostenido menor profundo en lectura, más un personal Vals op. 64 nº 2 en la misma tonalidad, donde los juegos de tiempo fueron algo excesivos pero lógicamente buscando aportar algo nuevo para un repertorio que todo melómano conoce de memoria. Un excelente solista Ludmil Angelov en unas obras donde está reconocido como intérprete de referencia, aunque los grandes sigan en activo pese a los años que aún tiene por delante el búlgaro, verano de la Europa central en plena primavera vital.

Los fríos finlandeses los degustamos el jueves como preparándonos para estos climas nórdicos donde la música de Sibelius y otros vecinos parecen dibujar paisajes blancos de nieve, cielos azules intensos con auroras boreales, pero también bosques de apariencia devastadora con un encanto que a los asturianos nos toca de cerca, aunque sea un invierno con mejor temperatura. Finlandia y la segunda sinfonía nos hicieron descubrir una orquesta distinta de la habitual pero «Leyendas» la Suite Lemminkäinen, opus 22 sacó de la OSPA sus mejores cualidades, con Milanov sabedor de todos los recursos y calidades. Cuatro poemas sinfónicos o cuentos, historias de la mitología del frío con aires rusos cercanos y una escritura orquestal bellísima, llena de contrastes entre secciones, con intervenciones solistas que reafirman la calidad de cada atril, cuatro obras con personalidad propia conectadas por la unidad interpretativa desde un clima nunca gélido pero sí tenebroso, muy Mordor astur por emplear una imagen muy nuestra.
Lemminkäinen y las doncellas de la isla, arrancando con las trompas seguras, la madera nostálgica y alegre pero sobre todo la cuerda que nos cautiva, compacta, propia, presente, incisiva y aterciopelada, dinámicas muy trabajadas y manteniendo la pulsión del personaje con todas sus aventuras, melodías con el sello finlandés indescriptible con palabras e inconfundibles al oído, energía y vitalidad.
El cisne de Tuonela, probablemente lo más conocido de esta suite, nos dejó dos solos de corno inglés y cello dignos de unos intérpretes de primera que sintieron e hicieron sentir el ambiente nórdico desde nuestro paisaje y lenguaje asturiano, bien arropados por sus compañeros con un Milanov dejando fluir las melodías.
Lemminkäinen en Tuonela volvió a dejarnos una cuerda increíble, misteriosamente clara, trémolos presentes jugando con intensidades y ataques, la percusión, especialmente el bombo, más todo el viento derrochando protagonismos compartidos que el director búlgaro impulsó con autoridad en busca de la temperatura adecuada, balances dinámicos acertados y tensión mantenida con ritmos cambiantes y tímbricas increíbles.
El regreso de Lemminkäinen es como la reafirmación del paisaje plateado, los veinticinco años de esta OSPA continuadora de una larga tradición sinfónica asturiana que alcanza ahora un momento ideal para afrontar cualquier repertorio aunque Sibelius suene siempre especial en ella, y este regreso del protagonista nos permitió disfrutar de nuevo con todas y cada una de las secciones con un Milanov inspirado, brillo de metales, «pizzicattos» de cuerda punzantes, ritmo vigoroso y alegre reforzado por toda la percusión, píccolos volando a dúo, clarinetes chispeantes, tuba poderosa, trompas empastadas como nunca, la formación al completo y una sensación de trabajo bien hecho que como público agradecemos siempre, con ese final apoteósico que nos levantó el ánimo ¡y las posaderas!. Los siguientes directores invitados tienen ahora la responsabilidad de mantener e incluso superar el nivel actual.

Bodas sin resaca

4 comentarios

Martes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, LXVIII Temporada Ópera: Le Nozze di Figaro, KV. 492 (Mozart), Segunda función. Entrada Principal: 106 € + 1€ gestión.
En el meridiano de la temporada de ópera asturiana llegaba el no siempre habitual Mozart al coliseo carbayón con un reparto mayoritariamente español, hoy en día en línea con el mundial, para unas «Bodas» siempre llenas de vitalidad y humor e incluso sátira donde no falta la crítica aplicable a cualquier tiempo, burlas y engaños, lucha de clases e incluso ruptura de moldes a lo largo de arias y dúos conocidos y reconocibles, concertantes llenos de magia, maravillas de la escritura vocal que son siempre un placer escuchar en vivo.

La producción de la Opera Vlaanderen por la que no pasan los años, es agradable y resultona en los cuatro actos discurriendo en una especie de invernadero con trabajada y cuidada perspectiva que va destruyéndose según avanza esta jornada de locura, con la nobleza que se acerca al fondo engrandeciéndose cual Alicia en el país de las maravillas en un inteligente guiño escénico por parte de Guy Joosten, con iluminación cuidada (Jan Vereecken) y un vestuario en tonos pasteles para los ricos contrapuesto al negro e incluso el azul mahón para la clase trabajadora diseñado por Karin Seydtle. El primer acto de una sensación de pobreza unida a suciedad con los colchones manchados y la ropa tendida, para ir convirtiéndose en estancia palaciega, biombo y muebles bien elegidos, estancias venidas a menos como la propia nobleza, hasta el bosque final con aire catastrófico como de día después…

En el foso la OSPA de nuevo con Benjamin Bayl, al clave y dirección, imprimiéndole a toda la ópera un aire ligero, por momentos vertiginoso (personalmente me gusta más reposado), difícil de seguir para algunos cantantes, desde la deliciosa obertura que marcó la tendencia general: una orquesta cercana a la escena, delicada por momentos cual «guitarrino» y enérgica sin apoderar cuando así lo requiere la partitura, cuerda algo «seca» buscando más un preclasicismo seguidor del barroco a la moda que presencia tímbrica revolucionaria, puesta por una madera verdaderamente delicada y camerística, metales discretos y acertados en volumen, más una percusión siempre ajustada. Los recitativos, casi hablados, tuvieron el continuo del maestro australiano a veces reforzado por un cello preciosista amoldado al clave.

Sin descanso visual ni auditivo, la acción es trepidante toda la obra, apenas hay respiro o arias estáticas, abundante figuración además del Coro de la ópera, siempre afinado y seguro, más exigencias que por momentos parecieron pedir a todos, cantantes incluidos, un extra de estado físico además del propio y necesario de cantar bien.

Del elenco iré destacando en orden de calidad y gusto siempre personal: el Conde asturiano David Menéndez, al que he visto crecer desde sus inicios, hoy en día en un momento ideal (lleva con nosotros desde finales de octubre) con pleno dominio escénico y vocal, convincente, lleno de gusto y un acierto tenerlo como Almaviva mozartiano. La guipuzcoana Ainhoa Garmendia fue una Susana protagonista en todo momento, por papel y presencia, segura y brillante, asentada en los mejores elencos que no defraudó en ningún acto. Cherubino es el caramelo de toda mezzo y la rumana Roxana Constantinescu unió su juventud vocal con la exigencia del papel adolescente juguetón no exento de momentos deliciosos (Voi che sapete) además de cómicos, cautivando al respetable. La Condesa Amanda Majeski (sustituyendo a la inicialmente prevista Ainhoa Arteta) no desentonó aunque el papel pareció contagiarle cierta frialdad, pero solvente y segura en todas sus intervenciones (el aria Porgi amor emocionante y empastada el dúo de la canzonetta). Las mal llamadas voces secundarias, más por lo breve que por las dificultades siempre olvidadas tras la aparente sencillez del genio de Salzburgo, son necesariamente delicadas por lo exigentes, buscando una uniformidad de calidad para todo el reparto, destacando especialmente tres cantantes de grandísima comicidad, muy inspirados en esta función: la Marcellina de la soprano catalana Begoña Alberdi, con amplio registro lírico y escénico, el Don Curzio del cordobés Pablo García-López, un tenor mozartiano en pleno crecimiento, y el Antonio del bajo-barítono Ricardo Seguel, de jardinero casi histriónico y contagioso intentando entrar por la puerta con macetas y regadera, así como la breve Barbarina cantada por la soprano canaria Elisandra Melián realmente deliciosa (L’ho perduta), completando un elenco español más que digno.

Un escalón por detrás, aunque dentro de una media más que decente de voces españolas, el Fígaro protagonista del barcelonés Joan Martín-Royo, poco volumen para un barítono trabajador pero poco convincente en cuerpo, color delgado con mucho que cantar y por ello algo desigual, compensado con una escena muy estudiada y aprendida. Algo parecido me sucedió con el Basilio del tenor donostiarra Jon Plazaola, pareja con el cordobés en un claro recuerdo de «Hernández y Fernández«, algo corto de emisión que en los concertantes tampoco lució, y el Bartolo del bajo catalán Felipe Bou, quien no parece atravesar buena racha, al menos en las veces que le he escuchado, perdiendo aquella prestancia de color y profundidad que me maravillaba en sus inicios.

Como balance me hubiese gustado mayor diferenciación de colores en las voces iguales, pues así las entendía Mozart, pues «confrontar» sopranos o tenores puede llevar a la conclusión de igualarlas tanto en timbre buscando homogeneidad, más que empaste, que perdamos el carácter dramático en el amplio sentido de la palabra, poder diferenciar vocalmente dos clases sociales o dos formas de entender la vida y a fin de cuentas el propio canto. Es la parte complicada de un elenco que en líneas generales resultó bastante equilibrado, junto con el coro. Hubo muchos más detalles a destacar como montar a la vista el tercer acto, los dos telones dibujados uno con la perspectiva y el otro con las puertas, colocando las voces en el borde, y una acústica con la caja del decorado tan buena que incluso colocando los cantantes de espaldas al público (una idea genial de meternos en la escena) proyectaba su voz sin perder calidad ni volumen, por otra parte no siempre adecuado a pesar del mimo orquestal con el que el Maestro Bayl llevó en volandas a todos los músicos con buen entendimiento mutuo como en él es habitual.

Ficha:
El Conde de Almaviva: David Menéndez; La Condesa de Almaviva: Amanda Majeski; Susanna: Ainhoa Garmendia; Figaro: Joan Martín-Royo; Cherubino: Roxana Constantinescu; Marcellina: Begoña Alberdi;  Doctor Bartolo: Felipe Bou; Don Basilio: Jon Plazaola; Don Curzio: Pablo García- López; Barbarina: Elisandra Melián; Antonio: Ricardo Seguel.
Dirección musical: Benjamin Bayl;  Dirección de escena y diseño de vestuario: Guy Joosten; Diseño de escenografía: Johannes Leiacker; Diseño de iluminación: Jan Vereecken; Dirección del coro: Patxi Aizpiri;  Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias;
Coro de la Ópera de Oviedo.

Mozart es imposible que defraude, y estas bodas no dejaron resaca a pesar del ajetreo, así que no está mal seguir contando con él en la ópera ovetense, porque repertorio tiene para seguir disfrutando de su magia. Las localidades de última hora a 15 € están llenando los pocos huecos que quedan para algunas representaciones, todo un acierto en línea con las grandes temporadas.
De las charlas previas a cargo de Patxi Poncela otro positivo en el haber de la Asociación y Fundación Ópera de Oviedo, veinte minutos agradables de compartir humor y conocimiento como debe ser en un comunicador nato caso del gijonés. Y a seguir sumando con los libretos a un precio de 5 € con altísima calidad en todos los aspectos para ir completando una bibliografía que el tiempo convertirá en radiografía de esta señera temporada lírica española.
Por delante esperan El Duque de Alba (Donizetti) y La Bohème (Puccini), un estreno junto a un imprescindible en una programación donde se aúnan riesgo y continuidad ganando público (continuarán también las proyecciones en distintas localidades asturianas este jueves 19) que encuentra en la ópera el espectáculo total más allá de figuras puntuales, con un directo siempre irrepetible, esperando sigan contando con tantas voces españolas que no defraudan y triunfan fuera.

P. D.: Críticas de la primera función en el blog «Tribulaciones» de Aurelio Seco y «OperaWorld» de Alejandro G. Villalibre.

Distintos reportajes en la prensa regional:

La OSPA desde La Cuna

Deja un comentario

Viernes 9 de octubre, 18:30 horas. Real Sitio de Covadonga, Basílica. Concierto extraordinario OSPA; solistas de violín: Alexander Vasiliev, Eva Meliskova, Héctor Corpus, Pedro Ordieres; director: Rossen Milanov. Obras de Vivaldi y Tchaikovsky. Entrada gratuita.

Arranca la temporada de las bodas de plata de nuestra Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y nada mejor que haciendo nuevamente este peregrinaje a Covadonga, la cuna de España, con toda la simbología que ello conlleva, de la mano de su titular y con cuatro solistas de la propia formación que afronta un curso de obras señeras alternando con estrenos y visitándonos directores e intérpretes muy vinculados a la orquesta de todos los asturianos.

Largas colas que me recordaban la Novena de la Santina y un lleno en la Basílica con público llegado en autobuses especiales desde las principales ciudades asturianas y en coches particulares, lo que hizo algo lenta la vuelta a casa pero mereciendo la pena, con dos números cuatros que fueron cual campanadas para este éxito sinfónico, congregando a muchos abonados al lado de aficionados y jubilados que aprovecharon una tarde otoñal muy agradecida.

Las cuatro estaciones, op. 8 (1725) de Antonio Vivaldi puede que sea el conjunto de cuatro conciertos más popular y escuchado de la historia por el gran público, agradecida de escuchar en cualquier versión y estilo interpretativo, que además tuvo cuatro solistas de verdadero lujo para cada una de ellas, cuatro violinistas y artistas que dieron su personal impronta arropados por una orquesta de cámara con clave que sonó siempre poderosa en los graves y clara en los agudos, buen entendimiento y equilibrio entre todos, intentando resumir cada uno de los cuatro conciertos y músicos:

Pedro Ordieres nos dejó una primavera asturiana, inicio algo frío y como «intentos de alergia» hasta ir entonándose a medida que avanzaba, calentando el aire con líneas limpias y tiempos nada vertiginosos que buscaron el color desde una versión muy inglesa, como era de esperar en él, bien arropado por una «camerata de casa».
Héctor Corpus brindó un verano atlántico, cálido pero no plomizo, disfrutando los momentos lentos y degustando los vivos en una cascada de refrescantes gotas desde un clave en el punto justo, peso y poso de violín.

Eva Meliskova nos pintó el mejor cuadro de un joven otoño en Praga, con rubatos sentidos y entendidos por Milanov y el «grosso» desde un romanticismo interpretativo que no olvidó la fuente barroca, sonido muy presente y redondo lleno de musicalidad plena para la estación más vivaldiana.
Nadie mejor para el invierno ruso que Alexander Vasiliev, el magisterio de los años como el de los buenos licores, dominador de técnica y discurso melódico capaz de presentarnos los copos de nieve como diamantes tallados en un aro bien engarzado por una camerística formación de pizzicati redondos que el titular llevó de la mano según cada solistas, siendo un metafórico invierno que espera la primavera de una jubilación nunca total en los músicos.

Lo dicho, cuatro estaciones por cuatro magníficos, cuatro historias como cuadros sonoros con distintas lenguas y el mismo idioma de la música bien ejecutada.

Y el último cuatro, el cuadrado como perfección de los cuatro movimientos de la Sinfonía nº 4 en fa menor, opus 36 (1877-1893) de Tchaikovski, para una orquesta en pleno, plena de buen gusto y sonido, ayudada por la excelente acústica del templo tan bien pintado por «el alemán de Corao» esta vez esculpido por «el búlgaro de la OSPA«, conocedor de memoria al detalle esta maravilla sinfónica así como del material humano con el que cuenta para sacar de todas las secciones la mejor versión posible, esta vez plegadas al escultor. La cuerda sonó siempre mordiente, hiriente, trágica y plena, sin problemas en ningún pasaje, la madera siempre impecable con los solistas encajando todos los detalles, más que pilares gárgolas, la percusión bien ubicada y apareciendo en el primer plano preciso, pero sobre todo unos metales afinados, empastados, potentes y brillantes en perfecto equilibrio con el resto de la plantilla, estabilidad total de cada familia instrumental dando presencia a las melodías que conforman esta cuarta de verdadero lujo, edificio musical lleno de emoción desde la sobriedad. Hoy la Basílica de Covadonga se volvió Catedral sonora y la piedra rosada devolvió una música multicolor por la que pasaron todas las estaciones con una predicción «metereológica» optimista tras el concierto desde la cuna.

La cuesta de septiembre

Deja un comentario

La ópera supone el inicio del curso musical, paralelo al escolar, y el arranque de una temporada donde seguimos con el sueldo mermado en un 5% de la etapa anterior, tres cuartas partes de una paga de navidad en el aire y el coste de la vida subiendo. El pistoletazo de salida lo di el pasado 11S desde Turón en plenas fiestas de El Cristo, mezclando sidra y jazz, del que escribiré en un par de días.

Personalmente nunca me quejo pero septiembre es realmente la cuesta para el bolsillo porque toca pasar por taquilla para renovar los abonos, por otra parte más baratos que en el resto de la Península Ibérica y no digamos de la Europa que se resquebraja.

Paso a detallar precios y espectáculos, dejando en la cartera dinero, poco, para entradas sueltas a óperas (¡qué invento las de última hora!), zarzuelas y el ciclo barroco de la próxima primavera ¡y estamos que no ha empezado el otoño!, sin olvidarnos de alguna que otra escapada aunque cada vez menos o conciertos gratuitos, que los hay, como los del Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza», la «Semana de Música Religiosa de Avilés» y recitales de órgano puntuales (León está cerca, casi como Covadonga), conservatorios, sociedades filarmónicas y otras formaciones regionales a las que sigo y apoyo en todo lo que puedo. Desaparecidos los ahorros y perdidas las cajas, el apoyo a ciclos musicales de las llamadas obras sociales se esfumó, dejando en la cuneta años de trabajo y oportunidades de acercar nuevos públicos y presentar artistas tanto consagrados como noveles. Seguiremos quejándonos, así somos, sin actuar, el dichoso IVA cultural, a la espera de la Ley de Mecenazgo reclamada hace años por todos los sectores, pensando en fórmulas innovadoras que nunca cristalizan… En el imperio del capitalismo la cultura no parece rentable, olvidando además de un derecho es inversión y no un gasto, cultura generadora de empleo y la mejor seña de identidad en estos tiempos de marcas que no entiendo quién las diseña. De no cambiar, y lo veo difícil, una excelente generación de profesionales de todos los campos formados en nuestra casa y en los que hemos invertido, los disfrutarán otros países con una emigración callada pero que pasará factura en menos de lo que pensamos, auténtica fuga de capital humano.

Lo dicho, que me enrollo y cabreo, voy como decimos en Asturias con «les perres»: el abono conjunto para los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» cuesta 379 € aunque como en el fútbol tenemos una especie de «Día del Socio» donde pagamos un extra a precio especial, esta vez Lang Lang, 58,50 € que estará en Oviedo el día 5 de marzo de 2016. En total 20 espectáculos que mientras se mantenga el apoyo institucional (algo dudoso a la vista de la miopía de los nuevos regidores y comparaciones o prioridades insostenibles) dan de media 22 €, algo irrisorio (aunque se paga como mucho en dos veces) con un cartel que sigue poniendo en el mapa musical la capital asturiana. Por citar algunos, la genial Mitsuko Ukida con la Mahler Chamber Orchestra, el regreso al auditorio del violinista griego Leonidas Kavakos y la Orquesta de Cámara de Europa, o del excelente chelista francés Müller-Schott con el tandem Eschenbach – National Symphony, los incombustibles y «omínivoros» The King’s Singers, sin olvidar otro regreso como el de Midori o las esperadas voces de Magdalena Kožená (acompañada por la Cetra Barockorchester Basel y Marcon) o la eterna Mariella Devia. Nuestra OFil tiene su protagonismo tanto con el titular Conti como el invitado Diego Matheuz de la cantera bolivariana que dirigiese el segundo concierto regalo de «mi segunda de Mahler» hace unos años el día antes de la llegada del hoy mediático Dudamel. Ya iremos contándolo al detalle pero los programas son muy interesantes.

Quienes me conocen personalmente o desde este rincón cibernético, sin olvidarme de mi «cenáculo musical» de Twitter©, saben que a menudo digo que estoy casado con la OSPA, pues su fundación como tal, sucediendo a la Orquesta Sinfónica de Asturias, fue en 1991, el año de mi boda, por lo que en 2016 celebraremos «nuestras» Bodas de Plata, planificadas en 16 conciertos de abono al precio de 220 €, con directores invitados muy relacionados con ella, vueltas esperadas como la de Max Valdés o los asturianos Pablo González y Óliver Díaz, batutas conocidas como SoLockington o Rasilainen, y cuarto curso del titular Milanov que a la vista de la programación espero colme las espectativas, estrenando obras y repertorios que le gustan, lo que debe traducirse en calidad. Agradecer que siga el programa didáctico LinkUp que vuelve a finales de abril desde el principio con «La orquesta se mueve«, una experiencia muy gratificante como docente y melómano. De los solistas vuelven a tomar protagonismo los propios de la orquesta asturiana y entre los invitados espero el cierre de mi admirado Luis Fernando Pérez y el reencuentro con el chelista Adolfo Gutiérrez Arenas.

Octubre es el mes de los Premios Princesa de Asturias, también mermados musicalmente (hace años había una semana musical que llegaba a media región) cuyo concierto más esperado es el presidido por los Reyes. De difícil acceso para el pueblo llano, al menos el ensayo general es gratuito y al institucional acude un público al que el programa suele serle ajeno, aunque siempre hay honrosas excepciones. El Coro de la FPA es el encargado siempre de la voz y por vez primera la orquesta será la OFil bajo la batuta de Conti, que interpretarán la Misa de Gloria de Puccini, sin ceremonia litúrgica aunque el clero sea habitual en el Auditorio, normalmente buenos melómanos. Ramón Vargas y el asturiano David Menéndez serán los solistas. Creo que la última vez sonó en los Carmelitas con la antes citada OSA y Victor Pablo más el Coro Universitario, con Luis Gutiérrez Arias al frente, precisamente en mis años estudiantiles.

Este curso 2015-2016, promete…

 

Ciclogénesis wagneriana

3 comentarios

Miércoles 16 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo. LXVIII Temporada de Ópera: Wagner: Die Walküre (La Walkiria), tercera función. Entrada última hora: 15 €. © foto-alfonso en la web «Ópera de Oviedo«, y escaneadas.

En plena vorágine climática y de inicio de curso, al que dedicaré otra entrada, arrancaba esta nueva temporada de ópera en la capital asturiana con un equilibrio total capaz de asombrar incluso con casi cinco horas, conociendo el timing que las óperas de «La Tetralogía» tienen.

No hay un momento de respiro para nadie en una obra llena de brutales contrastes en todos y cada uno de los elementos de esta «obra de arte total» que concibió el músico de Leipzig, y la tensión mantenida supuso un esfuerzo titánico para todos, alcanzando momentos sublimes.

Quiero comenzar por la dirección musical de Guillermo García Calvo que de nuevo demostró con creces su dominio wagneriano tras su debut con Tristán asombrando como entonces y volviendo a conseguir una química con la OSPA que se notó desde el inicio de la obra, sacando lo mejor de todos los músicos para una plantilla reducida en número pero completa en calidades, intervenciones solistas acertadas cargadas de la emoción bien planteada desde la batuta del madrileño, sonoridad plenamente germana con un equilibrio impensable a la vista pero contundente al escucharlo, esa ciclogénesis de dinámicas que son las verdaderas protagonistas, la música pura con pianísimos capaces de cortar la respiración y fortísimos pletóricos, precisos, redondos, cada leitmotiv bien dibujado para alcanzar un color acorde con la escena. Bravísima la formación asturiana que este curso cumple sus bodas de plata en su mejor momento, madurez y entrega cuando la dirigen autoridades que con el dominio transmiten seguridad y confianza a todos sus componentes.

El reparto vocal estaba encabezado por Stuart Skelton que esta vez no falló y fue el tenor esperado para Siegmund, timbre apropiado, dinámicas también ciclogenéticas, poderío escénico y una verdadera lección de canto wagneriano. El Hundig de Liang Li fue el esperado de un bajo, registro rotundo con volúmenes que no se oscurecieron en parte por el mimo con el que el maestro García Calvo trata a todas las voces, exigiendo la presencia idónea en cada momento. Un poco decepcionado por Tómas Tómasson con un Wotan algo desigual, supongo que arrastrando el catarro (lógico ante un tiempo climatológico realmente de locos) desde la primera función, lo que llevó a cambios de color en una voz (más barítono que bajo) demasiado incómodos para dotar a su personaje de identidad propia, aunque lo suplió con el dominio de la partitura y con momentos íntimos, casi hablados, proyectando su voz hasta «mi anfiteatro». Trío masculino equilibrado que ya es un triunfo.

Pero las féminas son aquí el punto diferenciador, desde la Sieglinde de Nicola Beller Carbone dándolo todo sin dejarse ni un matiz (todavía recordada su Pepita Jiménez), hasta la Brünnhilde de Elisabete Matos que sigue siendo una voz en ascenso, brutal para este rol creciendo a lo largo de los tres actos convenciendo en dramatismo y línea de canto. La Fricka de la mezzo Michelle Breedt no desentonó con sus compañeras aunque tampoco su personaje resulta «agradecido» en la partitura, pero los colores quedaron bien diferenciados. Mención especial a las walkirias con acento español, voces de primera para el acto final que dibujaron un verdadero coro guerrero de empaste perfecto, agudos delirantes y necesarios, ocho guerreras con nombres y apellidos conocidos: Isabella Gaudí, Raquel Lojendio, Sandra Ferrández, María Luisa Corbacho, Maribel Ortega, Marina Pardo, Anna Alàs i Jovè y Marina Pinchuk, todo un lujo que ayudó a un reparto escénico redondo, unido a una dirección de escena que ayuda colocando los cantantes para la mejor proyección posible de su voz, en alto como la pasarela dentro del escenario, delante de la propia caja escénica, sentados sobre el foso e incluso en la esquina derecha frente a una de las bolsas, hasta las voces «fuera de cuadro» sonaron equilibradas, importantísimo a la vista de muchas barbaridades actuales.

Enlazo la dirección escénica con toda la escenografía, lograda con el ya casi habitual «Video Mapping» que dejó cuadros elegantes como la bajada de la espada Nothung, sombras muy logradas con luces resaltando la explosión y el dolor en perfecta sincronía con la música, sumando el elemento de las fichas de dominó que pudo resultar algo reiterativo aunque efectivo, incluso en el ruido, y un vestuario más que suficiente y de colores buscados e identificables para cada personaje cual «leit motiv» de ropaje.

Mención aparte los figurantes infantiles, personalmente un toque genial, la mitología de jugar con el tiempo, duplicar los protagonistas, verdaderos actores desde los protagonistas hasta las «miniwalkirias», siendo muy emotivo el beso de Wotan a la niña Brünnhilde para despojarla de su divinidad mientras la adulta con la corte de hermanas guerreras niñas compone una escultura yacente, caso, lanza y escudo bien colocados, y esa despedida infantil colocando el atrezzo con mimo, rigor y verdadera profesionalidad con dotes actorales dignos de mención.

Aún queda la cuarta función del sábado 19, coincidiendo con otra cabalgata, la del «Día de América en Asturias», que supongo rematará este título tan esperado para intentar completar la tetralogía con repartos equilibrados pese a la dificultad de acertar, una orquesta capaz de ella, ninguna mejor que la OSPA, y maestros como Guillermo García Calvo que saben trabajar meticulosamente todos los detalles para lograr representaciones de calidad y emoción como esta Valquiria que abre el festival escénico «El anillo del Nibelungo».


Ficha técnica
(más detallada en el programa de mano incluido en esta entrada)
Siegmund: Stuart Skelton HundingLiang Li Wotan: Tómas Tómasson
Sieglinde: Nicola Beller Carbone Brünnhilde: Elisabete Matos Fricka: Michelle Breedt
 Gerhilde: Isabella Gaudí
Ortlinde: Raquel Lojendio
Waltraute: Sandra Ferrández
Schwertleite: María Luisa Corbacho
Helmwige: Maribel Ortega
Siegrune: Marina Pardo
Grimgerde: Anna Alàs i Jové
Rossweisse: Marina Pinchuk
Dirección musical: Guillermo García Calvo
Dirección de escena, escenografía y vestuario: Michal Znaniecki
Video Mapping: MOOV
Diseño de iluminación: Bogumil Palewicz
Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

OSPA fin de curso

3 comentarios

Viernes 5 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: abono 14 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Fernando Buide del Real, Ravel, Sarasate, Waxman y Brahms.

Finaliza la temporada de abono de nuestra OSPA y como los alumnos llega el momento del último examen aunque las valoraciones de los resultados siempre se hacen después. En el penúltimo quedaron sabores agridulces y el esfuerzo final elevó la nota global pero no me resisto a la coletilla que digo a mis alumnos: «podíais haber rendido más».

Programa interesante que arrancaba con el estreno asturiano de Fragmentos del Satiricón (2013) del gallego Fernando Buide del Real (1980), obra ganadora del VII Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA bien comentada por Israel López Estelche en las notas al programa (enlaces al inicio en los autores), quien también conoce las mieles del triunfo y donde el premio importante, además del económico, es poder escuchar la partitura interpretar por las orquestas que conforman la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS) de la que nuestras orquestas OSPA y OFIL son miembros.

El propio compositor también la comentaba en el canal «OSPA Sinfónica» de YouTube© que presenta el violinista Fernando Zorita, por lo que me limitaré a las impresiones de la primera escucha, agradeciendo siempre mezclar repertorios de ayer y de siempre puesto que es el mejor legado cultural, poder abrir mentes y sobre todo horizontes, tanto a músicas como públicos, educar como tarea inherente a toda actividad pública y objetivo que tarda generaciones en alcanzarse. El Satiricón de Petronio como «disculpa» para una obra sinfónica abierta, juegos tímbricos que trabaja con sutileza el músico gallego e intervenciones solistas agradecidas para crear momentos contrastados de emociones, tensiones no siempre resueltas, melodías diluidas en texturas orquestales muy logradas que demuestran el conocimiento de la paleta y la técnica compositiva, sin necesidad de recurrir a paralelismos con bandas sinfónicas (que podemos encontrarlos) puesto que la obra funciona sola y es de escucha fácil. Milanov trabajó bien el sonido y los balances para convencer en un repertorio donde se muestra cómodo, algo que se le nota.

Pero la auténtica estrella fue el violinista chino Ning Feng y «El MacMillan», un Stradivarius de 1721 de préstamo privado, que volvía con la OSPA, esta vez con tres obras para lucimiento de virtuosos que bordó haciendo brotar música en cada momento, aflorando de nuevo las dificultades que el titular tiene en concertar adecuadamente, notándosele incluso con prisa por arrancarlas, esperando trabaje este apartado para el próximo curso.

Cuidado con los músicos orientales formados y asentados en Occidente porque las leyendas urbanas se derrumban en muchos casos, y Feng es un claro ejemplo de la grandeza interpretativa en obras que exigen una técnica estratosférica, casi sobrehumana por no decir diabólica, pero donde la musicalidad y gusto hacen olvidar el grado de dificultad de las obras interpretadas para convertirlas en maravillas sonoras. La rapsodia «Tzigane» para violín y orquesta (Ravel) es un claro ejemplo, con el solo inicial del Lento quasi cadenza que ya erizó la piel por la sonoridad del joven músico chino afincado en Berlín, creciendo en el Allegro pese a la rémora de una orquesta perfecta de presencia y equilibrio, como el gran compositor francés la trabaja, hasta el Meno vivo, grandioso literalmente hablando, luces desde todos los ángulos y sombras en el fondo, aires gitanos de la Europa del Este que traspasan fronteras y son ya universalmente atemporales.

De nuestro Sarasate podemos sentirnos orgullosos, no ya como un genio del violín sino también con composiciones de altura como sus Danzas españolas, de las que en versión orquestal pudimos escuchar la Romanza andaluza, op. 22 nº 1, maravillosa interpretación de Ning Feng sintiendo y transmitiendo el espíritu del navarro como si por sus venas corriese sangre española, impresionando la delicadeza, el fraseo, la tensión contenida con un manejo del arco sedoso, aparentemente sencillo unido al difícil virtuosismo «fácil», culmen musical al que todos aspiran y pocos alcanzan. Lástima de mayor comunicación y entendimiento, puede que también más tiempo de ensayo entre todos porque la propina, obra fuera de programa además de regalo, esos Aires gitanos, op. 20, si se quiere «Aires bohemios» (que son como un avance del disco que grabarán en breve todos ellos) que resultaron nuevamente brillantes y prolongación raveliana en concepción e interpretación global, esperando se ajuste para lograr un registro sonoro de los que se guarden mucho tiempo. El discurso musical de Ning Feng en el inicio resultó impecable, melodía hirientemente delicada, zíngaro universal con colchón orquestal, un cantabile dramático de belleza sin par, «czarda de Sarasate» virtuosísticamente emocionante, sublime en cada recurso técnico, contestado por esa trompeta con sordina completando el cuadro naturalista que desemboca en rápido desparpajo con una vertiginosa cascada de fuego como si la «pólvora musical» también la manejase el violinista chino tras la lenta preparación previa, al fin acompañada por una OSPA inspirada y contagiada del ímpetu oriental para esta partitura tan universalmente española.

Y entre Sarasate otra joya violinística como la Fantasía sobre «Carmen» de Franz Waxman, casi de película para insistir en la matrícula de honor del solista chino más un notable para la formación asturiana que no muestra fisuras en ninguna sección. El líder no llegó al suficiente, mismos problemas sin resolver y bajando la calificación global que hubiese sido altísima de cumplir con las expectativas. Creo que muchos del público intentamos empujar un poco, alguno hasta con el paraguas (dedicaré en otra entrada una lección útil para su ubicación correcta y evitar percusiones no escritas) para encajar las recreaciones que de cada número de esta ópera -que conocemos de memoria- hace el virtuoso Waxman mimando y engrandeciendo a Bizet, como también hiciese Sarasate, redondeando unos aires gitanos con este violinista chino.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 (Brahms) serviría para subir nota ya que superadas las dificultades previas del último test, Milanov se esmeró en defender este testamento del hamburgués sacando lo mejor de la orquesta, sonido cuidado en cada sección, cuerda tensa y clara para una emotividad cargada sin exageraciones, madera siempre brillante (donde Julio Sánchez Antuña suplió a nuestro querido Andreas), metales contenidos y percusión precisa, planos bien definidos, balances exactos delineando cuatro movimientos personalmente poco resposados, puede que contagiado aún del ímpetu chino y mal consejero para el siempre profundo Brahms. Cuatro movimientos para dejar en el lugar que corresponde una temporada con altibajos, porque la sinfónica asturiana tiene calidad más que sobrada, la renovación de su plantilla está en el buen camino sin perder identidad propia, los refuerzos siempre solventes y trabajo más que contrastado a lo largo del tiempo.

La «cuarta de Brahms» corroboró la grandeza de una partitura que contagia y nos llena de satisfacción a todos los melómanos, un Allegro non troppo para saborear la cuerda en su punto, equilibrios asentados con el viento, tensión contenida en la tonalidad menor y presencia dominadora. El Andante moderato transición a mayor sin perder sello alemán y orquestación elegante que Milanov se encargó de subrayar adecuadamente reteniendo el «tempo», trompas seguras, maderas majestuosas de melodías infinitas. La alegría del modo mayor en el Allegro giocoso transmitida y sentida con un aire más liviano extendido como la propia duración de este tercer movimiento, mostrando unas dinámicas amplias que la batuta marcó siempre, llamadas de atención en unos metales presentes de sonoridad muy trabajada, dibujos de una cuerda fortalecida que estrenaba concertino y ayudante, madera empastada y convincente como es habitual, y percusión detallista. Aumentando en tiempo y expresión llegaría el Allegro energico e passionato más segundo que primero aunque suficiente para un notable que redondeó la nota media, majestuoso y casi trágico cierre sinfónico del irrepetible Brahms, angustias musicales en la expresión contenida por todas las secciones al mando de un Milanov seguro y al fin convencido, convincente aunque no pleno. Salvado y redimido por la grandiosidad de esta partitura que siempre es bien recibida por todos.

Los responsables políticos seguramente desconozcan todo lo que supone programar una temporada, por otra parte ya pergeñada como es lógico y necesario para el próximo curso académico, así que espero poder seguir contando y disfrutando con esta orquesta seña de identidad de nuestra Asturias que lleva la cultura más allá de nuestras fronteras. El avance para los 25 años, nuestras bodas de plata, vuelve a ser esperanzador sin olvidar el proyecto social y la misión educativa emprendida hace tres años, aunque todavía me quede realizar el balance final de junio. Es mi trabajo como docente que también intento traer aquí como no podía ser menos.

Heroicidades musicales

1 comentario

Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 13, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Prokofiev y R. Strauss.

Dice el saber popular que «los cementerios están llenos de héroes«, pudiendo añadir que por ello el objetivo más importante es salvar la vida. Este decimotercero presentaba auténticas heroicidades musicales, pero el resultado fue amargo.

Para los supersticiosos el número trece dicen que trae mala suerte, supongo que desde la conocida y famosa «última cena»; incluso los aviones no tienen esa fila, aunque la mía en el Auditorio es precisamente esa y puedo decir que he disfrutado mucho en ella. Pero los presentimientos parecen funcionar: los ingredientes eran perfectos, algunos cambiaron para la siguiente «carta», y volvía el cocinero titular a los fogones, aunque la mesa no estuvo bien organizada, el menú falló y la digestión tras la ingesta aún sigue siendo pesada.

El Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Prokofiev suponía el regreso de la pianista moscovita Lilya Zilberstein tras su tercero de Rachmaninov hace ahora dos años, (entonces con el maestro asturmexicano Carlos Miguel Prieto al frente). La OSPA permutó varios primeros atriles para esta página increíble del compositor ruso con todas sus señas de identidad y el más interpretado de los cinco, obra muy exigente para el solista pero aún más para la orquesta, con continuos cambios de ritmo, compás, tempo, agógicas increíbles y un impulso rítmico de principio a fin. Milanov estuvo casi siempre a remolque de la pianista, no concertó como esperábamos, los balances tampoco funcionaron y hubo momentos donde el poderío solista quedó diluido ante unos volúmenes excesivos. Cierto que el piano tiene compases plenamente incrustados en el color orquestal, pero es importante dejar fluir una sonoridad tan protagonista como la de este «otro» tercero.

De estructura clásica Prokofiev «se toma libertades» a lo largo del mismo, como bien recoge en las notas al programa (enlazadas en los autores) de Asier Vallejo Ugarte, comenzando con ese dúo de clarinetes marca  de la casa en un Andante que pronto pasa al Allegro, brillante en colorido y algo menos en el tempo elegido, contenido aunque igualmente virtuoso por parte de Zilberstein en un derroche de fuerza que no tuvo la pegada esperada en cuanto a presencia. La orquesta siempre en primer plano, con intervenciones precisas desde las castañuelas a la madera pasando por la cuerda o los metales, aunque cojeando en las caídas con la solista, con esos cambios de velocidad tan difíciles de encajar cuando la batuta no es precisa y comienza a dibujar ondas en vez de líneas rectas, intento de la pianista en avanzar pero lastrada por la orquesta. El Andantino es un tema con variaciones donde la orquesta diseña ese «sonido Prokofiev» con una cuerda incisiva, una madera sutil, metales opacos por la sordina buscando colores y sabores dentro de ese aire grotesco tan peculiar del ruso para dejar que el piano dibuje melodías hermosas, el momento más equilibrado y sutil por parte de todos, «pequeñas diabluras armónicas, feroces galopadas pianísticas y un hedonismo de aromas neo-impresionistas» que escribe el crítico vasco, aromas imperecederos de un piano cristalino al fin plenamente protagonista, la salsa perfecta para un plato llenos de matices, la sal justa en una cuerda atinada y acertada con madera de fondo más que condimento ideal antes de arrancar con el Allegro ma non troppo final en compás ternario con los fagotes marcando el ritmo contestado con «glissandos» pianísticos y escalas vertiginosas en la cuerda que de nuevo salpicó a este oyente-comensal por la falta de entendimiento entre solista y director, como si nos pasásemos de mantequilla en el caviar de este suculento manjar, salvándose los momentos orquestales gracias a una cuerda cálida sin perder el sonido marcante y el momento protagonista, casi solístico, del piano contestado por violines y maderas en bellos juegos tímbricos. Sabor agridulce para una pianista como la rusa que no sonó como esperábamos en este «otro tercero ruso» ni la vi cómoda en ningún momento. De hecho no hubo propina, aunque el esfuerzo que exige la haya podido dejar exhausta.

Enorme despliegue y refuerzos en la OSPA para Vida de héroe (Ein Heldenleben), op. 40 de R. Strauss aunque no en su justa medida, pues la cuerda se quedó algo corta, supongo que por los dichosos presupuestos en tiempos de recortes económicos, pero una auténtica lástima no poder alcanzar el número ideal para esta maravilla sinfónica del compositor muniqués, auténtico genio de la orquestación en una partitura que pone a prueba a cualquier formación y director. No podemos quitar ingredientes para un plato tan potente y suculento como el del menú, y si falta arroz tendremos que usar fideos ¡pero ya no es paella!.

Quiero destacar la auténtica heroicidad de todos los músicos, dándolo todo en los seis episodios de la propia vida del alemán Strauss (nada que ver con la saga de los valses vieneses aunque en último número de la revista de la OSPA aparezca la foto de Johann Strauss II), especialmente la cuerda que en «inferioridad numérica» hubo de forzar para buscar el equilibrio y balance necesarios, auténtico esfuerzo titánico. Para los cocineros de la batuta preparar este plato es una tentación siempre que se acierte en todo, desde el punto de cocción, la proporción de los ingredientes y el salpimentado en su justa medida, así como el «fumé» y demás condimentos. Creo que a Milanov se le fue la mano ante la opulencia, puede que hasta la autocomplacencia que el propio Strauss pone en esta página donde intenta «glorificar sus propios triunfos y caricaturizar a sus críticos«, pendiente del espectáculo que suponen «los bronces» (que decía Max Valdés) incluso fuera de escena, en detrimento de una cuerda que cuando pudo demostró la primerísima calidad que atesora. Vasiliev disfrutó en La compañera del héroe enamorado de su esposa, aunque buscando el gusto más que el impacto con el poso de la veteranía, siempre comandando la sección estrella originaria (clara y presente sobre todo en el último episodio), que el viento lleva compartiendo liderazgo, no ya los solistas sino toda la sección incluyendo los refuerzos para este concierto. La orquestación es de quitar el hipo: piccolo, tres flautas, cuatro oboes (con corno inglés), cuatro fagots (uno contrafagot), cuatro clarinetes (con requinto y bajo), nueve trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas (con la tenor), percusiones ricas para cuatro músicos, dos arpas, y toda la cuerda frotada… Y todos impecables, de musicalidad innata, esfuerzo enorme y trabajo global por alcanzar la excelencia, por gustar y repetir, pero mucha comida para un recipiente que se quedó pequeño, incluso pienso que faltó atención al fuego, quemándose algunos ingredientes que hicieron perder el sabor global, abusando del picante que en exceso enmascara el paladar y deja un toque amargo en la garganta. La elección del menú era cosa del cocinero, así que su responsabilidad es total. Altibajos en presencias, tiempos no excesivos, sonoridades desiguales, líneas melódicas no siempre claras y discurso ceñido a la partitura, por otra parte precisa hasta el mínimo detalle, fluyendo no siempre contenida. Con todo es de aplaudir poder saborear estos manjares aunque llega un momento donde el cliente puede devolver el plato a la cocina, pues a pagar nunca se niega. A favor siempre paladares (que no estómagos) agradecidos o menos exigentes, personalmente el mío fruto de años degustando otros fogones y por supuesto dependiendo del momento y estado anímico individual, esta vez elevado tras una temporada variada y llena de sorpresas agradables.

Sólo queda un concierto para cerrar temporada, de nuevo con excelentes ingredientes y mismo cocinero. Espero acabar con buen sabor de boca y no tener que usar antiácidos.

Older Entries Newer Entries