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Bach (con)vence a Händel

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Llevaba tiempo con ganas de acercarme a las maratones musicales que la Fundación Bilbao 700 organiza el primer fin de semana de marzo en el inmenso Palacio Euskalduna, siempre con un tema común, a precios asequibles y la mayoría de conciertos en torno a la hora de duración, para poder acudir a varios y organizar cada uno su programación, este 2015 nada menos que 75 conciertos ofertados en «Musika-Música» durante 3 días de festival.

Las comunicaciones por carretera desde Asturias se han ido mejorando con el tiempo en lo que a carreteras se refiere, así que escaparse a Bilbao siempre es un placer, aprovechando efemérides familiar para unir pasiones que mis lectores conocen: música, viajes y gastronomía. Además este año había amplia representación de «la tierrina» por lo nada mejor que apoyar a los músicos de casa, pulsar la opinión de otros públicos, escuchar obras e intérpretes a los que admiro, saludar amistades y sobre todo disfrutar de la vida porque sólo tenemos ésta y no sabemos cuánto nos durará.

Sin hacer una crónica de un fin de semana donde apenas pisé el centro histórico, asistiendo a ocho conciertos desde el viernes 6 a las 18:00 horas hasta el domingo 8 a las 16:00 de los que fui subiendo las respectivas impresiones (tituladas como Toma N) que algunos llaman críticas y yo prefiero llamarlas comentarios de un musicógrafo, siempre con el permiso de Luis Suñén -a quien pude saludar en esta maratón-, me gustaría dejar aquí unas pinceladas que en el día a día se quedan fuera de las entradas.

Con el tiempo justo, hotel reservado cerca y a la búsqueda de cajeros que imprimiesen las entradas compradas desde casa pero no imprimibles para este macroevento, al no estar numerada ninguna sesión, tuve el primer «percance» con La BBK al terminarse el papel y quedarme a medias perdiendo incluso una de las de la primera jornada que tampoco solucioné en el siguiente cajero en el Zubiarte. Asustado por las colas me dirigí a la taquilla donde resolvieron sin problemas la incidencia comentándome que había un cajero exclusivo para las entradas detrás de los habituales en otras salas, pero que en la página indicando los posibles no figuraba. Con todo, amabilidad a raudales y una vez dentro nos dispusimos a disfrutar de la primera jornada.

Increíble el despliegue técnico en esta catedral de la música (la del fútbol cerca de la que también hablaré) para cinco salas nombradas con lo más representativo de los músicos a los que este año se dedicaba el concierto, Bach y Händel, sin olvidarse de los «kioskos» Collegium Musicum de Leipzig dentro del recinto y abierto donde actuaban distintas agrupaciones y alumnos de conservatorios venidos de distintos puntos, gente joven que son realmente los protagonistas de este festival. Un total de 820 artistas a los que se acredita con un «cipol» que les permite acceder a los distintos conciertos en el último momento siempre que haya entradas disponibles. Se respiraba música por todas partes, juventud cargada con sus instrumentos disfrutando de los maestros y conviviendo un fin de semana con lo más granado del panorama concertístico europeo, sino mundial. El resto del público impresionante, muchos franceses por la cercanía, seguidores, amigos y familiares de artistas, muchos melómanos locales en una capital con larga historia musical, y el personal atento a todas las incidencias.

Cada sala se vaciaba por completo, cerraba y volvía a abrirse para el siguiente concierto, con las colas correspondientes para intentar acceder a la mejor localidad, todo con una educación exquisita donde no faltarían caraduras profesionales como en todos los sitios. También se aprovechaba para charlar de lo humano y lo divino, encontrarte artistas que también fueron público, con quienes comentar conciertos, experiencias, proyectos, haciendo de la espera una tertulia irrepetible. Para quienes tenían «huecos» en su agenda, había stands de publicaciones como mi seguida Scherzo y una tienda de discos y partituras donde no faltaba un amplio surtido de los artistas programados.

Y una vez dentro del palacio con cualquier entrada, asistir al «kiosko» donde la música tampoco paraba. Los datos son impactantes: 33.800 entradas vendidas, 51 de 75 conciertos completos y la promoción de la música con Bilbao como epicentro en estos tres días. Todavía existen personas que consideran la cultura como una inversión y fuente de ingresos, desde la calidad y buen hacer. la llamada cultura naranja, el turismo cultural tan habitual en países de nuestro alrededor debería incluirse en las agendas de nuestros gestores políticos que a fin de cuentas manejan nuestros recursos pero no siempre con acierto, y menos con la disculpa de la crisis.

Por lo menos en Bilbao no se notó. El Euskalduna llegó a competir con San Mamés el sábado, dos catedrales de fútbol y música, el Athletic vencía por la mínima al Real Madrid, Bach a Händel, ambiente festivo, calles llenas, bares y restaurantes a rebosar, Bilbao soleado ofreciendo postales inimaginables en estas fechas. Toda una fiesta. La gastronomía daría para un blog específico y ya se sabe cómo se come en el norte. Por supuesto tenemos familia y amistades en «el botxo» con las que pudimos encontrarnos aunque fuese con la rapidez de una visita médica. Esta vez la música tenía la etiqueta de «full time» pero siempre volvemos.

 

De los entresijos me fui enterando por distintas fuentes, comentándome la llegada de más de veinte camiones con material, un número ingente de claves con varios afinadores profesionales que tenían siempre a punto el instrumento rey, con permiso del órgano, en este espectáculo barroco, operarios cambiando tarimas, moviendo sillas, todo cronometrado y con unas tripas no visibles pero que resultan el corazón del espectáculo, sin olvidarme de las azafatas y azafatos más todo el personal de plantilla del Euskalduna. Catorce años supongo que dan la experiencia para una organización impecable, con ligeros y perdonables incidencias que no influyeron en la nota final de sobresaliente.

Musicalmente el nivel variaría dependiendo de muchos factores, aunque no debo olvidar que algunos artistas afrontaron hasta cuatro programas distintos con todo lo que ello supone de esfuerzo físico y mental. Quienes me leen conocen mis pasiones musicales y artísticas, Bach es Mein Gott y con él disfruté de lo lindo el viernes noche con los alemanes y la «Pasión de San Juan», el domingo por la mañana al piano con la recreación de Bussoni, y el sábado con las de Stokowski, en este orden de satisfacción. Con Händel hubo más cantidad pero menos calidad, puede que mis querencias jueguen a favor del kantor.

De los intérpretes «leónigan» convencido y «en Forma», si los unimos en concierto ya se sabe dónde vamos a estar. Como curiosidad, este viernes mi señora «sufridora» se encontraba en Almería por razones profesionales, y no perdió la ocasión de asistir al concierto de Forma Antiqva en la Iglesia de Las Claras, animándola a escribir unas líneas como colaboradora desde hace 24 años en mi vida, compartiendo todas las pasiones. En Bilbao acudimos a escuchar tanto a nuestro querido LDO, a los Zapico’s con distintas formaciones, y al Zapico mayor con la OSPA, dirigiendo también Milanov el sábado, la tercera pata del «tayuelu» suficiente para sustentarse en cualquier terreno y llenarnos de pequeño orgullo patrio comprobando que la «Marca Asturias» funciona también con nuestros músicos además de la sidra o los quesos.

A otros intérpretes les sigo y escucho en Oviedo, otra capital musical que sigue en los circuitos de ellos, por lo que no podíamos faltar al concierto de Carlos Mena, a Dani Oyarzábal tanto en el continuo como de organista solista con nuestra OSPA, y sobre todo al del pianista Luis Fernando Pérez, conciertos elegidos que sabíamos no defraudan nunca. También escuchar repertorios nuevos como esa pasión de Händel que los langreanos han rescatado, desempolvado y rehecho con el buen gusto, calidad y trabajo constante en una carrera asentada tras quince años, que continúa en ascenso. Siempre un orgullo apoyar lo nuestro.

La vuelta a casa se hizo llevadera a pesar de la niebla en este Mordor del Norte, y las experiencias engrosan mi mochila de la que alguna vez sacamos y compartimos con quienes me leen.

Lockington connection

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Viernes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7, OSPA, Myra Kathryn Pearse (flauta), David Lockington (director). Obras de Haydn, Reinecke y Schumann.

Tras el paso por Bilbao de nuestra orquesta asturiana volvía a su sede todavía con regusto barroco, flauta protagonista y mi admirado Lockington al frente, principal director invitado al que siempre es un placer verle.

Las obras del séptimo programa de abono parecieron de transición una vez escuchada en el Euskalduna, comenzando con la poco escuchada Sinfonía nº 24 en re mayot Hob. I/24 compuesta por «papá» Haydn en 1764 como bien recuerda Rafael Banús en las notas que incluyo enlazadas a los compositores. Con Lockington hay realmente una química especial, una auténtica conexión en cuanto arranca y se nota en los músicos. La colocación vienesa actual, con los efectivos adecuados para esta obra, colocó los contrabajos detrás de los primeros violines y el fagot tras los cellos, con el clave en el centro dando ese color especial que se perdería en pleno Clasicismo. Y la sonoridad alcanzada junto a la precisión resultó ideal en los cuatro movimientos, como si el afecto y las buenas formas que siempre luce el director británico afincado en los EE.UU. se contagiasen al resultado homogéneo de la interpretación, obra con el inconfundible sello del padre de la sinfonía que además da protagonismo a la flauta en el Adagio, esta vez con Peter Pearse de solista por la confección del programa, como veremos a continuación. Versión alegre con tiempos bien dibujados desde la elegancia en el gesto del director invitado.

El Concierto para flauta en re mayor, op. 283 de Carl Reinecke (1824-1910)no es obra muy programada y parece conocida solamente en el mundo de los flautistas, siendo nuestra solista Myra Pearse quien nos deleitó en una intervención plagada de buen gusto, cariño y respeto en todos los sentidos, corroborando nuevamente la calidad de nuestros músicos a los que agradecemos la posibilidad de participar como protagonistas en partituras tan hermosas como la del compositor, pianista y director natural de Hamburgo que dirigió durante treinta y cinco años los célebres conciertos de la Gewandhaus de Leipzig, y ciudad donde moriría con 86 años. Música bien escrita, de orquestación muy sonora que la OSPA resolvió con solvencia, y melodías agradables con un estilo (post)romántico en este concierto compuesto al final de su vida, partitura evocadora como la interpretación de Myra perfectamente concertada por Lockington, tres movimientos de lucimiento pero también recogimiento, destacando el maravilloso dúo con el cello de Juan Carlos Cadenas en el Lento e mesto, para finalizar con un Finale: Moderato encajado al detalle entre los compañeros que no sólo arroparon a la solista sino que escucharon con respeto sus intervenciones alcanzando momentos casi sublimes entre todos.

La propina no era de Ramón Carnicer para solo de flauta y acompañamiento de cuarteto de cuerda como en un principio publiqué sino Morceaux de concurs de Fauré (original para flauta con piano en arreglo de Peter Pearse para la ocasión)1, esta vez de la casa, un auténtico lujo con esos primeros atriles amigos compartiendo música, momento y emociones, estuvo dedicada a sus hijos y familiares presentes en la sala, siendo agasajada por sus compañeros y con el director sentado atrás sobre la tarima disfrutando como uno más.

La Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 «Renana» (Schumann) ocuparía la segunda parte del concierto, con ubicación vienesa pura que alcanza mayor presencia y equilibrio sonoro en partituras con orquestaciones tan maravillosas como esta. Con una orquesta perfecta en número, los cinco movimientos fueron de menos a más, exigentes en todas las secciones y especialmente las maderas y los «bronces», ensamblados cual alemanes trombones y trompetas pero donde las trompas, auténticas protagonistas a lo largo de la sinfonía, no lucieron al máximo aunque tampoco ensombrecieron una visión luminosa y «vital» a cargo de Lockington, elegancia en el estilo de dirigir y entender esta partitura, con los tiempos casi al pie de la letra según la traducción del idioma de Goethe con ligero acento «british»: animado, lleno de vida (Lebhaft), no demasiado rápido (Nicht schnell) o solemnemente (Feierlich), afectos y efectos, conexión desde las buenas formas con una luz hecha sonido que sin ser cegadora estuvo tamizada por la búsqueda de calidez y amalgamando texturas y dinámicas que la orquesta correspondió a la gestualidad especial del director invitado. Programa ligero y digerible con flautas que no sonaron por casualidad junto a la «conexión Lockington».

(1) Gracias a mis lectores que están en todo por la posibilidad que me dan de aprender y poder corregir fallos «on line».

Musika Música toma 5

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Sábado 7 marzo 2015, 17:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I: Daniel Oyarzábal (órgano), OSPA, Rossen Milanov (director): Bach / Stokowski: BWV 582, BWV 645, BWV 565; Haendel: Concierto para órgano y orquesta op 7 nº 4 HWV 292. Entrada: 10€.

Tras un vermut doble, la digestión también tendría a los «dos alemanes sin buscar más que el disfrute instrumental desde la orquestación popularizada en aquella Fantasía de Disney y uno de los conciertos para órgano del alemán de Halle interpretado por el organista vitoriano que está liderando el inmenso proyecto de la integral de Bach entre la Catedral de León y la Sala sinfónica del Auditorio Nacional, esta vez con el compatriota emigrado a la corte inglesa, además de ejecutar el continuo en el concierto del viernes con la EOS y Carlos Mena.
La OSPA con Milanov al frente abría concierto con dos obras para órgano de Bach en revisión orquestal, más que arreglos, de Stokowski, el Pasacalle y fuga en do menor, BWV 582 y el Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645, el famosísimo coral de la Cantata 140, dos versiones reposadas y pletóricas en sonoridad, con la colocación del búlgaro recordando el instrumento rey original para recrearlo en nuestra orquesta, dos interpretaciones que la orquesta asturiana hizo grandes en el auditorio bilbaíno. Si en la mañana fueron tomándole el pulso barroco, la tarde fue plenamente romántica en intención y ejecución, plena y rica, válida sobre todo con este Bach-Stokowski.
El Concierto para órgano y orquesta nº 4 en fa mayor, op. 4 nº 4 HWV 292 de Haendel traía como solista a Daniel Oyarzábal que no paró en esta maratón musical, desde la consola móvil del gran órgano con los tubos ubicados a ambos lados para alcanzar unos efectos ricos desde una elección de registros perfecta, bien encajada con la textura orquestal y unos tiempos «pactados» con Milanov que concertó bien con el vitoriano a una orquesta más reducida.
El Allegro lo marcó Oyarzábal, con buenos diálogos en los «tutti», manteniendo pulsación y sonidos cristalinos en el órgano, solos y modulaciones realmente variados, más volúmenes sin problemas en nadie; el Andante más equilibrado y de registros aflautados bailando de un lado a otro del espectro sonoro, buenas ornamentaciones del solista contestadas con la misma intención; el Adagio con protagonismo organístico lleno de trinos, apoyaturas, notas largas con leves apoyos orquestales de difícil encaje antes del Allegro fugado final que marca la orquesta, buen entendimiento entre músicos y solista, brillantes en fraseos por parte de todos desde un dominio técnico a cargo del organista que tuvo siempre el deseado equilibrio mantenido por Milanov en la dirección.
Cuánto echo de menos un órgano en el auditorio ovetense, de la misma época que el Euskalduna pero que miopías o ignorancias de políticos privaron para siempre a la capital asturiana de un edificio pensado para la música. No puedo hablar de envida y menos sana, solamente de otra oportunidad perdida.
Acabar es volver al Bach universal, el profundo y el conocido, el íntimo y el popular, el eclesiástico frente al cinematográfico. Primero Komm, süsser Tod, «ven dulce muerte» como deseo íntimo hecho música, reflexión desde el convencimiento de estar de paso que Bach como buen protestante sabe continuación de la propia vida, y en esta partitura exige un esfuerzo interior al que la OSPA con Milanov respondió con contención desde una cuerda hiriente sin estridencias, tempo lento para degustar cada intervención, el arpa o el oboe, en unidad y clímax emocional que parecía olvidado en la formación asturiana.
Y después la Toccata y fuga en re menor BWV 565, inmortalizada por las imágenes Disney para esta visión sinfónica, nuevamente romántica y así llevada e interpretada por Milanov al frente de la OSPA.
Regocijo y recogimiento por parte de todas las secciones, jugando más con sonoridades sinfónicas que organísticas al elegir el mismo discurso de Stokowski, muy americano como el búlgaro que dedica mucho tiempo a dirigir al otro lado del charco. Dos mundos en uno, la tocata virtuosa, exigente para todos en mantener tensiones, notas pedales, matices amplios, sonoridades que van de la nebulosa al sol arrebatador, intervenciones solistas fulgurantes (arpa, flautas) arropadas por el tutti, frente a la fuga más trabajada, planos superpuestos sin perder la línea maestra o hilo conductor, siempre con claridad de ideas en el desarrollo, poniendo una nota de cine a la despedida sinfónica asturiana en la tarde sabatina, soleada y en plena cuaresma. Aún queda otro concierto asturiana este sábado y la despedida dominical, que también la contaremos en las siguientes tomas…

Musika Música toma 4

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Sábado 7 marzo 2015, 12:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I: Raquel Lojendio (soprano), Eugenia Boix (soprano), Maarten Engeltjens (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Stephan Loges (bajo-barítono), Sociedad Coral de Bilbao, OSPA, Aarón Zapico (director): Haendel: Dixit Dominus HWV 232; Bach: Magnificat BWV 243. Entrada: 10€.

No parece ser buena hora una mañana de sábado para un concierto, pero en este «maratón» dedicado a los dos alemanes tan cercanos y distintos con dos de sus obras más alegres y además interpretadas por músicos conocidos y conocedores, son más que razón para continuar disfrutando de la capital vizcaína, capital musical este primer fin de semana de marzo. El éxito de público volvió a ser increíble, dando gusto contemplar la gran sala llena para escuchar un concierto «made in Asturias» y traído a la ría del Nervión.
Abría Händel y una selección de su Dixit Dominus HWV 232, que como toda obra con solistas, coro y orquesta necesita tener muy equilibrado el reparto y elección de intérpretes. Los solistas, con diferente peso en la partitura, mostraron lo mejor de ellos, destacando la soprano Raquel Lojendio que repetía junto al tenor Andrew Tortise y la dirección de Aarón Zapico tras el «estreno» del viernes, uniéndose a ellos el contratenor Maarten Engeltjes al que ya conocía de Oviedo, el bajo-barítono Stephan Loges, y muy especialmente Mª Eugenia Boix que gana enteros cada vez que la escucho en estos repertorios, con un color denso que empasta a la perfección con la soprano canaria y que en los solos resultó convincente, incluso cautivadora.
La OSPA en formación para barroco contó con Eva Meliskova de concertino liderando unos intérpretes que volvieron a gustarme en cada sección, dentro de un repertorio poco o nada programado durante la temporada de abono pero que es tan necesario a los músicos como al público.
Aarón Zapico la llevó con mano firme y pulsación matemática cuando así lo requería, especialmente en los números corales, que comentaré más adelante, manteniendo buenas dinámicas en las arias y los concertantes, pudiendo escuchar a todos los intérpretes en el plano correspondiente. Aunque no es su formación, el recorrido del director asturiano con otras orquestas está cuajando (venía de ponerse al frente de la OEX) y la del Principado suena realmente bien con Zapico, que tiene una visión del barroco tan clara que la transmite a los instrumentistas sin problemas, uniéndose la calidad de todos para alcanzar un resultado encomiable.
Capítulo aparte la Coral de Bilbao que nunca encontró su sitio vocal, inseguros, desafinados por momentos, agilidades poco claras, emisión defectuosa, gritona en exceso y problemas en mantener la pulsación que es el eje vertebrador de este repertorio barroco. Una pena que empañase el resultado notable del resto.
El Magnificat BWV 243 de Bach era el complemento perfecto para esta matinal, con arias para lucimiento de todos los solistas, un Et exultavit primoroso de Eugenia Boix en su timbre aterciopelado contrastando con el brillante de Raquel Lojendio en Quia respexit, Loges impresionando con Quia fecit resonando potente, el Deposuit de Tortise más que digno y sin tiranteces, un Esurientes de Engeltjes muy musical y presente con un delicado acompañamiento orquestal, y destacando el dueto Et misericordia con el tenor y el terceto Suscepit Israel con las sopranos en el número más logrado por parte de todos.
El coro local volvió a dar la de arena, un auténtico jarro de agua fría para esta maravillosa obra en latín de «El Kantor de Leipzig», pues repitió errores del Dixit aún más graves ante las dificultades de esta partitura. No hubo química ni impacto, faltó seguridad y sólo puedo destacar las ganas de gustar y el esfuerzo que a la vista de los resultados no fue suficiente.
La OSPA nuevamente enorme como grupo y por secciones, trompetas vigorosas desde la precisión y color, maderas pletóricas, especiales con los acompañamientos vocales (en el Quia respexit un placer) y una cuerda que siempre es segura (excelente el cello con el bajo en Quia fecit), plegados a las órdenes de Aarón Zapico siempre atento a las dinámicas contrastantes y los amplios matices que los atriles respondieron «al pie de la letra».
La orquesta asturiana sigue dejando el pabellón en alto, además con un director también de la tierra para interpretarnos a un Bach que no debería faltar todas las temporadas. Casi sin respiro volverían por la tarde con su titular, pero será otra toma. La mañana resultó agridulce aunque el sabor predominante siga siendo barroco.

Geografías musicales

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Viernes 27 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: concierto de Abono 6, OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Thomas Adès, Lalo, Copland y Debussy.

Escribe David Moro Vallina en sus notas al programa, enlazadas en los compositores, que también remarcó en la conferencia previa al concierto, que «la música es un medio eficaz para movilizar sentimientos de nostalgia y establecer asociaciones dentro de una comunidad debido a su gran poder connotativo», pudiendo añadir de mi cosecha el enorme poder evocador de la música, no ya de sabores (que en ésto también se está trabajando) o sensaciones individuales, sino también de imágenes, incluso de cierta memoria colectiva que nos lleva a asociar músicas con películas, series, e incluso viajes, geografía personal de cada uno intrínseca a la de los intérpretes y compositores, por lo que este último concierto de febrero de la OSPA estaba lleno de «exotismos y evocaciones«.

Volvía a sonar la música de Adès (1971) en el auditorio por nuestra orquesta, esta vez con la obertura de su ópera La tempestad (2004), nuevamente plagado de música para imágenes, derroche instrumental para una formación reforzada para este concierto, breve y apostando por el despliegue máximo dando protagonismo al metal y la cuerda con una percusión abundante que no suele fallar en las obras actuales merced al colorido que aportan a las obras. Milanov se encuentra cómodo en estos repertorios y se le nota, casi diría que es transparente por no usar la expresión coloquial de «tenerle calado», y permitió a sus músicos explayarse a gusto en todas las dinámicas de la partitura aunque con poca exigencia por su parte.

La madrileña Leticia Moreno se presentaba en la capital con un violín Nicola Gagliano de 1762 para interpretar la llamada Sinfonía española, op. 21 de Lalo, dada a conocer por el virtuoso navarro Pablo Sarasate y que no suele faltar en el repertorio de todo gran violinista, aunque musicalmente no sea de los conciertos grandes que la española interpreta. Además de la visión que un francés tiene de la llamada música española, y Leticia la conoce de primera mano, lo cierto es que los cinco movimientos repasan ritmos y aires cercanos desde una orquestación rica que por momentos tapaba el sonido del violín de Leticia Moreno, algo corto en volumen pero siempre melódicamente bien llevado, escritura no muy difícil que debe compensarse con una interpretación sentida como hizo Leticia Moreno, fichaje español del sello amarillo. Milanov concertó correcto aunque sin mimar mucho las dinámicas, algo grandes para una obra al servicio del solista. Ritmos de habanera para el Allegro ma no troppo, el Intermezzo y más lenta para el Andante, aires de jota en el Scherzo y el llamado «punto de la Habana» para el Final son guiños geográficos más allá de nuestra piel de toro que musicalmente sonaron universales y de menos a más, destacando la energía última tras unos movimientos algo neutros a cargo de todos y donde la solista pudo destacar algo más.

Al menos disfrutamos con su regalo de la Nana de Falla en arreglo con el arpa de Miriam del Río, dejándonos nuevamente la idea de una violinista con mucho gusto sin necesidad de alardes virtuosísticos, primando la musicalidad sobre la técnica «pirotécnica», algo que se agradece por escasear. Las mujeres están dominando también el mundo de los solistas, y dos semanas lo corroboraron en Oviedo, geografías de ambos lados del Atlántico con el puente musical universal.

Segundas partes pueden ser buenas en contra del dicho, y esta vez Milanov se enfrentaba a dos obras que conoce, domina y le gustan, mostrando su mejor cara y estilo desde el podio, marcando y mandando, cuando la batuta se mueve precisa y la izquierda sonsaca los pasajes importantes, conocedor de la enorme calidad de todos los solistas y secciones, destacando esta vez las cuatro trompas, totalmente nuevas, que brillaron con luz propia ensambladas en el conjunto como si llevasen todo el tiempo con sus compañeros.

La suite Primavera Apalache (Copland) evoca el oeste americano por utilizar esas músicas asociadas a las imágenes de nuestro recuerdo, la colonización, el paisaje y hasta el color que Aaron Copland vuelca en esta partitura también coreografiada por la gran Marta Graham. El titular búlgaro llevó una versión llena de luz y detalles en cada pasaje, con la colaboración y entrega de los músicos de la OSPA, etapas de un viaje compartido, excelencias de los solistas subrayando las melodías, ambientando un largo itinerario que alcanza su destino en el conocido tema Simple Gifts que conquistó tierras y público en esta hermosa y lograda composición del primer músico estadounidense tildado de nacionalista al que el poder de la imagen ha hecho todo un clásico.

Y el color orquestal, como los estilos pictóricos, pasaba del naturalismo al llamado impresionismo, aunque Debussy es mucho más y El mar (mejor La mer en femenino) casi pareció pintado por Darío Regoyos en el sentido de hacerlo más Cantábrico que nunca. Los tres movimientos resultaron un viaje por estados meteorológicos cercanos donde la música olía a salitre, casi nos salpicaba y llevaba a feliz puerto asturiano. Milanov fue el capitán seguro con una tripulación de primera, Del alba al mediodía en el mar presentaba un mar tranquilamente traicionero, en esa calma de grises que amenaza los Juegos de olas siguientes, resacas oceánicas con intervenciones solistas todas destacables, una buena, la siguiente mejor, empaste ideal para el «sonido OSPA» característico que no siempre sale a flote, para lograr el Diálogo del viento y el mar, de música e intérpretes, director y orquesta remando en la misma dirección, un Debussy magistral pintor de sonidos que la gran paleta y pincel seguro hicieron más nuestro aún. El «capitán» búlgaro seguirá al mando rumbo a Bilbao antes de cambiar de barco para dejar nuestro navío asturiano al mando del «sobrecargo» Lockington, quien nos traerá nuevas singladuras también con mujeres solistas y de casa. Espero seguir con el cuaderno de bitácora relatando las distintas etapas.

Manteniendo la esperanza

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 5. OSPA, Gabriela Montero (piano), Rossen Milanov (director). Obras de J. Rueda, Rachmaninov y Shostakovich.

No hay dos conciertos iguales aunque se repita programa y músicos. Hay tantas variables en juego que hacen siempre de la música algo único e irrepetible.
Si el día anterior en Gijón escribía de emociones y reencuentros, en Oviedo tengo que hacerlo de desde el dolor y la esperanza.
Entre los factores que influyen especialmente en el oyente está el recinto y su acústica. El Jovellanos la tiene seca y el escenario es pequeño, razón por la que los músicos se escuchan mejor y están más juntos, arropándose para lograr un empaste siempre agradecido y con mayor precisión en las entradas, pero la sensación del público es de escucharlo todo como con sordina, velado apuntaba yo. En cambio el Auditorio (lo de Palacio de Congresos vino después y habría para contar largo y tendido) está preparado para la música, escucharla en todos los detalles aunque los intérpretes estén alejados y la sensación que tengamos sea de cierto retardo en algunos momentos, pero las mismas obras toman una dimensión que el teatro no tiene, apreciando todo el colorido instrumental en el que los compositores programados tanto se esmeraron.

Elephant Skin (Rueda) resultó más luminosa y más rodada por parte de todos, sin sorpresas para orquesta y director, que volvió a «convencer más que vencer» con unos intérpretes que aún mantenían el sabor ruso del día anterior, por lo que la música del compositor madrileño tuvo una paleta sonora muchísimo más completa y la gama dinámica pareció incluso mayor que en Gijón. Obra que cuanto más la escuchemos más iremos descubriendo y paladeando, con Milanov siempre apostando por composiciones de nuestro tiempo.

Gabriela Montero levantó expectación en la capital, con muchos pianistas, profesores y estudiantes entre el público, conocedores de su nivel gracias a las redes sociales donde la venezolana se mueve como pez en el agua, más en una vida tan ajetreada donde Internet la mantiene en contacto permanente con la actualidad. El Concierto para piano nº 2 en do menor, op. 18 de Rachmaninov sería capaz de hacernos entender cómo el estado anímico del intérprete, también del oyente, puede hacer de su ejecución pasional o dolorosa. La virtuosa venezolana, mujer comprometida, se confesaba micrófono en mano al finalizar «su segundo», explicando la impresionante y distinta versión ofrecida, y transcribo sus palabras porque expresan mejor que nadie cómo resultó: «para mí, ser artista no se puede separar de ser humano, y lo que escucharon esta noche es mi dolor y mi frustración, mi preocupación por mi país, Venezuela, que pasa por momentos realmente trágicos y sumamente difíciles». El Moderato que comienza en solitario sonó íntimamente personal antes de comenzar a concertar desde la fuerza interior, la rabia e impotencia, el dolor de la lejanía no deseada, la lucha contra la injusticia hecha música. Resultó mágico comprobar cómo toda su grandeza contagiaba a sus compañeros de escenario arropándola desde sus intervenciones, algunas con nombre propio como el clarinete de Andreas Weisgerber, sublime toda la noche, la trompa de José Luis Morató o la flauta de Peter Pearse, pero también la sección de violas, sólo por citar momentos realmente irrepetibles. El Adagio sostenuto puso música a los pensamientos, angustia por los interrogantes, haciendo suyos los del propio compositor, nuevamente acompañada con cariño, con un Milanov que no es muy preciso en estos repertorios, dibujando más que marcando los latidos de Gabriela Montero, esta vez sin respiro para atacar el Allegro scherzando, rabia, explosión sonora secundada por unos metales poderosos como la mejor arma para derrotar indolencia y opresión, ignominias o venganzas, el dolor permanente que no remite salvo los breves instantes necesarios para poder continuar el camino hasta el final, una batalla comandada por «la divina» y secundada por la OSPA. Cada concierto será su grito, su denuncia, con música pero también con todo el sentimiento.

Emocionada tras las palabras antes transcritas, pidió al público, como en Gijón, que tararease algo, añadiendo que para ella sería más cómodo hacerlo con algo de su tierra, siempre presente y más en estos momentos muy duros («la artista debe ser el termómetro de la sociedad, de lo bueno y de lo malo, y así me siento yo y como trato de actuar») pero la tristeza compartida impidió cantar nada. Pero la viola de María Moros «pisó a la flauta», haciendo sonar el inicio del Xiringüelu, si lo prefieren A coger el trébole, melodía en modo mayor que la venezolana no conocía y rápidamente interiorizó, le gustó para volver a musicalizarla cual Chopin, otro pianista y compositor expatriado como ella, capaz de mantener el espíritu de la tierra en todas sus composiciones, esta vez «mi Emperatriz» hizo suya la frase musical, y engrandeció en su improvisación como balada, vals que tornó al modo menor para virarla a mazurka y después polonesa asturiana, polonesa venezolana, Música con mayúsculas, explosión sin contenciones, modulaciones imposibles, adornos, giros, recovecos de su amplísima mochila, vuelta al modo mayor, majestuosidad del vagaje vital, trabajo de muchos años para asombro y admiración de todos los presentes, soplo de esperanza que nunca se pierde.

Nuevamente GRACIAS GABRIELA.

Con el alma encogida y haciendo del descanso necesidad, la Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 de Shostakovich resultó menos gris que en Gijón, menos fría y menos tétrica, contagiada del rayo de esperanza abierto por la venezolana. Milanov sacó de su orquesta todo lo mejor, sonoridades brillantes, intervenciones de los solistas también con nombre y apellidos, especialmente el cello del rumano Yves-Nicolás Cernea, principal estos días y realmente convincente en sonido e interpretación, conmodevor en esta sinfonía, siguiendo con el trombón de Christian Brandhofer capitaneando momentos corales casi orgánicos, la flauta embaucadora de Myra Pearse, el concertino Vasiliev con esta música corriendo por sus venas, los timbales de Jeffery Prentice melódicos wagnerianos y toda la percusión encabezada por Rafael Casanova, con protagonismo de principio a fin dando a esta sinfonía la esperanza e ironía que contrapesan la tristeza de una vida llena de pesares como fue la de Dmitri, obra cercana en el tiempo y aún más en los sentimientos que volvieron a inundar el auditorio. Confianza en cada movimiento, en cada intervención solista o tutti, Milanov fue más claro y conciso al dibujar esta vez una interpretación brillante que firmaría cualquier formación y batuta de renombre. Si además la falta tiempo no fuese el gran enemigo de nuestro tiempo, la emisión que haga Radio Clásica engañará a más de uno que no sepa los intérpretes. El refranero parece acertar siempre, «la esperanza es lo último que se pierde».

Emotivos reencuentros

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Jueves 19 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto de Abono 2. OSPA, Gabriela Montero (piano), Rossen Milanov (director). Obras de J. Rueda, Rachmaninov y Shostakovich.

Tarde de emociones y reencuentros, primero con la OSPA tras el paréntesis navideño y operístico, con ganas de volver a tantear su estado de forma ante un programa duro, y segundo con mi adorada Gabriela Montero que actuaba por vez primera en mi tierra tras estrenar en España su obra más personal, Ex-Patria, y nada menos que con uno de los conciertos más queridos por intérprete y público.

Elephant Skin (2002) del madrileño Jesús Rueda (1961) es un claro ejemplo del trabajo orquestal centrado en la búsqueda del color a base de continuos cambios de textura y la sutileza que subyace incluso en el título, aunque me gusten más sus orquestaciones de Albéniz que ya hemos escuchado tanto por la formación capitalina como por la asturiana con Max Valdés en El Vaticano. Mi admirado musicógrafo Luis Suñén, autor de las notas que dejo enlazadas al principio bajo los compositores, dice del maestro Rueda que «no vence sino que convence a quien lo escucha», aunque se necesite un esfuerzo mayor del habitual para no rendirse, pero que finalizado el concierto pareció mantenerse bien al compartir programa con dos grandes orquestadores rusos, pues está claro que existen referencias a ellos e incluso a Stravinski como espejo en el que casi todos los compositores de nuestro tiempo acaban mirándose, puede que reconociendo la vigencia de unas músicas no siempre aceptadas en el momento de su estreno.

El maestro Milanov se siente cómodo con estas partituras y me parece bien apostar por ellas, más si son de casa, más allá del esfuerzo que supone una obra escrita para concurso, donde el búlgaro podría haberse clasificado sin problemas, sobre todo con la OSPA a la que encontró con ganas, en su disposición habitual y con algún cambio de atril que no mermó la calidad a la que nos tiene acostumbrados. El resultado fue notable en todos.

De los intérpretes podría clasificarlos entre los que se transforman ante el instrumento y los que se prolongan en él. Gabriela Montero es de las segundas, con carácter y personalidad, impetuosa, comprometida con su tierra, su tiempo y oficio, honesta, pura fuerza interior en equilibrio con una sensibilidad latina y especialmente una mujer de mundo, de su tiempo, capaz de disfrutar y contagiar sus emociones e ideales. Bautizada como «La divina«, yo preferí «Emperatriz del piano» tras escucharle el quinto de Beethoven en Barcelona, invitado por ella. De los conciertos famosos, bellísimos y exigentes, el Concierto para piano nº 2 en do menor, op. 18 de Rachmaninov puede que esté el primero de la lista de mi selección y también del de la venezolana, puesto que en sus manos adquiere una dimensión propia. Destacar su dominio asombroso del instrumento y de la partitura, siendo ella quien marcó desde el principio todas las líneas maestras, con un Milanov plegado a la pianista y una orquesta que sonó siempre en segundo plano, como tras una gasa inmaterial que engrandeció aún más la presencia del instrumento solista, pese a tener partes protagonistas y con peso propio. Destacar lo bien que encajaron los distintos cambios de tiempo, vertiginosos desde el mando en plaza de la venezolana, claridades expositivas de principio a final con dinámicas potentes, redondas, y delicadeza en los momentos sublimes. Moderato realmente el principio, al que no estamos acostumbrados cuando se apuesta por el virtuosismo mermando musicalidad, algo que Rachmaninov derrocha, piano de paso que desde un primer plano pudimos inspeccionar al detalle en su ensamblaje sinfónico, bien las trompas, las contestaciones entre maderas y piano, la limpieza de la mano derecha bien contrapesada con el poderío de la izquierda. El Adagio sostenuto sirvió para soñar despiertos, la delicadeza frente a la fuerza, el lirismo compartido con unas maderas realmente inspiradas, especialmente el clarinete y las flautas, faltando algo más de pegada en la cuerda, sobre todo los violoncellos, precisamente por una sonoridad algo velada en todo el concierto. El búlgaro siempre atento a la venezolana, marcó cada detalle, antes del desenfreno siempre controlado en el Allegro scherzando, cadencia vertiginosa en manos de Gabriela Montero, y final explosivo sin peligro en una versión femenina de nuestro tiempo. Las reinterpretaciones gastronómicas correrán de nuevo por cuenta de distintos restaurantes y cocineros asturianos, con un Milanov auténtico chef en buenos tiempos gastronómicos.

Y las improvisaciones que no pueden faltar como regalo cuando tenemos a «la divina» sentada al piano. Tras explicar con «voz operástica» cómo las siente y crea, nadie del público se atrevió a cantarle algo conocido, fuera lo que fuese, por lo que un trompa ejecutó su famosa melodía del Andante de «La Quinta» de Tchaikovsky (no hay quinta mala), como continuando el sabor ruso de la velada. Manteniendo la tonalidad original y con regusto al Sergei todavía caliente en dedos y oídos, cual paladares y memoria gustativa, Gabriela fue cocinando variaciones que sorprendían a quienes no conocían en vivo esta faceta suya pero dejando boquiabiertos a todos cuando en estilo puramente «bachiano» comenzó a dibujar una fuga realmente asombrosa finalizando en un tango casi sinfónico, demostrando que sigue siendo única en una técnica, género o forma si así queremos denominarlo, que con ella vuelve a darle todo el sentido a la palabra músico. Apoteósica, espontánea, expléndida y sobre todo grande, así es Gabriela Montero.

La Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 (1971) de Shostakovich resulta casi su testamento y memorias musicales de una vida azarosa que siempre se tomó con ironía, la misma que utiliza en distintos momentos en una forma de nuevo «clásica» de cuatro movimientos, pero con todo el trasfondo de dolor, abismos interiores, clima gélido donde la temperatura aunque suba no llega nunca a derretir el hielo, colores grises solamente rotos por los toques puntuales de una percusión muy escogida donde los timbales cantan a Wagner, la celesta pone rayos de sol, el glockenspiel un poco de nueve y las membranas parecen sonar a luz de luna. Pese a la plantilla siempre esa desnudez en las intervenciones de cada solista, todas difíciles y llenas de musicalidad dolorida, registros extremos casi agonizantes, dúos paradójicos, corales en los bronces que sonaron empastados como nunca, y tiempos diferenciados bien llevados por Milanov, nuevamente gustándose en este repertorio. Su final retardando al máximo la bajada de brazos para contener aplausos y degustar ese final nihilista, la nada hecha música, corroboró un concierto exigente para todos, músicos, solistas y público. Repetiremos en Oviedo por esa máxima de que no hay dos conciertos iguales… reencuentros siempre distintos con emociones individuales compartidas.

Dalila sin Sansón

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Sábado 31 de enero, 20:00 horas. LXVII Temporada de Ópera de Oviedo, segunda función: Samson et Dalila (Camille Saint-Saëns). Entrada de última hora: 15 €. Fotos del autor, ©OperaOviedo y Facebook®.

Oviedo ha estado más de medio siglo esperando por recuperar este «Operatorio» como bautizó Pachi Poncela la obra del francés antes de subirse el telón, y volvía a «gallinero» como en mis primeros años, para escuchar por vez primera un título que además de lo novedoso tenía muchos acicates para escaparme al templo lírico carbayón a pesar de los truenos, relámpagos y granizo que parecieron formar parte de la propia escena. La prensa asturiana, de la que dejo algunas páginas al final, se hizo eco del último título de la temporada, y el estreno del jueves presentaba claros y nubes como la climatología.

Volvía para gozo de sus muchos seguidores asturianos el malagueño Carlos Álvarez en el rol de Sumo Sacerdote, también el australiano Stuart Skelton del que todavía recordamos su Peter Grimes hace tres años, nuestro bajo asturiano más internacional Miguel Ángel Zapater, también el recordado Max Valdés al frente de una OSPA que le sigue teniendo cerca en oficio y recuerdo, más naturalmente el protagonismo de la mezzo Nancy Fabiola Herrera en un momento dulce de una carrera bien enfocada que la hace triunfar allá donde va.

Un contratiempo salvado «in extremis» lo tuvimos con el tenor Skelton, aquejado de una infección de garganta desde hace dos semanas que en la primera función se limitó a actuar sin cantar, siendo «su voz» Dario di Vietri el feliz recambio para un rol como el de Sansón que no se encuentra fácilmente. Para esta segunda representación el italiano estuvo directamente en escena, que comentaré más adelante, y a día de hoy es probable que cante las dos que quedan, como comprobaré desde Mieres con la proyección de la tercera función en distintos puntos asturianos, una vez degustada «in situ».

El resultado global fue satisfactorio y equilibrado para una ópera sin sobresaltos, bien escrita, fácil de seguir, con momentos álgidos, movimientos escénicos conseguidos y dificultades no siempre captadas por un público que casi llenó el Campoamor, aunque no sea una obra que el aficionado conozca de memoria. La dirección de escena excelente a cargo de Curro Carreres, conjugando elementos cercanos en el tiempo (el libro del último título lo recoge perfectamente) con guiños de una calidad estética altísima subrayada por un vestuario apropiado y una iluminación apropiada aunque algo tétrica para algunos. Las fotos de la propia Ópera de Oviedo son buena muestra.

El coro que dirige Patxi Aizpiri volvió a estar a su altura, presente en casi toda la ópera fue capaz de subrayar la acción, incluso entre bastidores, algo siempre delicado y bien resuelto, o protagonizarla directamente, especialmente las voces graves en ese coro de inspiración gregoriana, más empastado que las voces blancas, que también tuvieron su intervención.

Verdadera maravilla la inclusión de los bailarines Manuel Badás y Sonia Blanco con coreografía de Antonio Perea para la Bacchanale, de una plasticidad bellísima en la parte del último acto, mientras la OSPA se mostró realmente cómoda bajo la dirección del maestro Valdés, volúmenes respetuosos con los cantantes, lirismo instrumental bien concertado y presencia sin excesos en las introducciones o la «Bacanal» antes comentada. Saint-Saëns le otorga un papel casi cinematográfico que nunca molesta y siempre se agradece incluso en el último piso, y el chileno volvió a recordarnos su magisterio también en el foso.

El elenco vocal estuvo en esa línea de equilibrio pero algo menor en los distintos filisteos solistas que no brillaron como se podría esperar. Bien el bajo ovetense Zapater en su breve intervención como viejo hebreo, llenando escena con presencia física y vocal dotada de un grave redondo sin forzar volúmenes, en parte por una orquesta comedida en matices. Destacado el Sansón di Vietri por el esfuerzo en gustar y cumplir desde una voz algo desigual en el agudo pero homogénea en el medio y grave. Su actuación fue creciendo a lo largo de los tres actos, destacando el conocido dúo con Dalila del segundo y su tercer acto atado a la columna o ese final suspendido que seguramente Skelton no hubiese mejorado. En cuanto pula detalles como la sensación calante en los pianos y cierto engolamiento, estoy seguro que volveremos a saber de él porque tiene un timbre más que agradable.

Esperado el Sumo Sacerdote Carlos Álvarez que se mostró felizmente recuperado, su timbre mantiene el color, su línea de canto es de elogiar, sigue impresionando sobre la escena pero faltando esa pizca de fuerza que asombró antes de su obligado paréntesis, y que como en otras lesiones, el miedo parece atenazar o perder confianza, aunque este papel le hace bien al barítono malagueño y resultará una buena inyección de moral.

La auténtica triunfadora de la noche fue Nancy Fabiola Herrera que encarnó una Dalila embaucadora, sensual, madura, conocedora de todos sus recursos. El aria «Primavera que comienza» del primer acto convenció aunque lo que nos respigó fue el dúo del segundo y fueron nuestros corazones los que se abrieron a su voz, incluyendo al propio Sansón. Una auténtica dama de la lírica que se volcó en un rol perfectamente perfilado.

No cabe duda que sin ser una ópera de masas, este Samson et Dalila nos dejó buen sabor de boca global, apostando de nuevo por la mezcla de títulos de siempre con otros casi olvidados e incluso algunos estrenos. Ya está avanzada la próxima temporada en la misma línea, con Walkiria, Nabucco, Bodas, Bohème y la novedad de El Duque de Alba de Donizetti que esperamos no sirva para meter miedo como a los niños holandeses, y de mantener repartos equilibrados estoy seguro que el público seguirá en aumento y la crisis seguirá supliéndose con trabajo. La calificación global de esta temporada, en la que solo me perdí Barbero, es notable.

Prensa regional:

La difícil sencillez

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Viernes 19 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario «Europa canta a la Navidad«: El Mesías (Haendel). María Espada (soprano), Kristina Hammarström (mezzo), Valerio Contaldo (tenor), José Antonio López (barítono); Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda); OSPA, Pilar Montoya (clave), Juan Carlos de Múlder (archilaúd), Eduardo López Banzo (director).

Final de año y trimestre, inicio de vacaciones navideñas, El Mesías me sirve como punto y seguido cada diciembre, nacimientos y muertes, el ciclo vital que las creencias religiosas conforman y los pueblos transmiten. Este 2014 suponía dejar atrás la Catedral y escucharlo en el Auditorio, con todo lo que queramos añadir para buscar el fiel de la balanza. A menudo la comodidad puede resultar peligrosa, como el todo gratis, y el lleno no evitó que existan los maleducados pendientes del reloj a quienes su egoísmo y miopía cultural no impide levantarse y marchar cuando les da su real gana. Ni siquiera saben esperar el final de un número, la hora les expulsa como una diarrea hacia otro destino cuando conocían dónde estaban y a qué venían, ¡aunque no les costase ni un euro!. Supongo que en las iglesias es habitual marchar en medio de la misa, antes de la comunión e incluso a medio sermón porque es «la hora de…». Puedo asegurar que incluso los ateos son más educados, al menos aplican el refrán de «donde quiera que fueres haz lo que vieres». De toses, móviles y ruidos tristemente habituales ya ni los comento porque me encabrono todavía más. Llevo toda la semana con resfriado, tos y malestar general, me he quedado sin asistir a varios conciertos para evitar sobresaltos, y hoy algo mejor decidí a última hora no perderme este Mesías distinto, aunque siga siendo descorazonador el comportamiento de una parte del público que parece contagiarse más que la gripe y convierten en cotidiano lo que siempre ha sido irreverente y maleducado. Me estoy haciendo mayor.

Tras el rollo inicial fruto del estado anímico e insalubre, este Mesías 2014 lo recordaré como el mejor de los últimos años, y han sido muchos, precisamente porque la misma obra nunca suena ni la percibimos igual por veces que la disfrutemos, canten o interpreten. Los ingredientes estuvieron todos en su justa proporción y el resultado final de nota.

Y esta vez quiero comenzar por el responsable de este Mesías distinto por el rigor desde el primer momento. Eduardo López Banzo conoce a Händel desde todas las facetas musicales, incluyendo la de profesor de canto que le da una visión realista de cómo llevar tiempos y dinámicas para que cada número brille en su medida. Tanto las arias como los números corales están llenos de dificultades sólo salvables cuando se conocen antes de afrontarlas. Maravilloso poder degustar tanto el fraseo como las agilidades sin perder frescura ni solemnidad cuando así lo requería el número. Por lo tanto el Coro de la Fundación estuvo y se le notó feliz, cómodo, adaptado a una obra que cada año afrontan como nueva y que en este parecía todo sencillo: volúmenes precisos, seguridad pasmosa, claridad en la emisión y placer al cantar que se transmitió desde el primer hasta el último número.

Del cuarteto solista, por fin todos de gran nivel, y puedo añadir lo mismo pues el aragonés López Banzo supo concertar y elegir el aire exacto para cada aria, mimando el acompañamiento para solaz de los solistas, y por poner sólo algún ejemplo con dos voces conocidas en Oviedo, el Rejoice de María Espada nos contagió de esa alegría desde ese color único y musicalidad firma de la emeritense, o el final del barítono-bajo José Antonio López realmente convincente en The trumpet shall sound con Maarten en pie resonó en el auditorio sin reverberaciones indeseadas o excesivas. Y he citado todo españoles, tanto el maestro como estos dos solistas aunque quiero resaltar a la mezzo sueca, barroca convencida de registros homogéneos y color hermoso, y especialmente al tenor italiano, que nos devolvieron la fe en estos papeles de oratorio porque cuando hay calidad vocal y además el repertorio es adecuado, no puede haber malos resultados. Contar con un cuarteto tan homogéneo siempre es para nota, y este 2014 por fin se alcanzó. Incluso el detalle de cantar todos juntos el Amen es más que indicativo del buen ambiente de trabajo y el placer compartido de este Mesías para recordar.

La OSPA tiene claroscuros desde hace tiempo, y esta vez dividida entre el foso del Campoamor para «el Barbero» y este Mesías con una plantilla ideal en todo (cuerda 6-6-4-4-2, 1 fagot, 2 trompetas y timbales) con el añadido del continuo de clave y archilaúd -excelencia habitual con López Banzo-, en un repertorio donde no se mueven todo lo bien que sería exigible a músicos de plantilla. La Sinfonía inicial fue desconcertante por los desajustes en entradas, que de haber sido en la Catedral hubiese achacado a la acústica, no siempre hubo la respuesta exigida desde la dirección precisamente en los tiempos, pero al menos respondieron en todas las dinámicas, y fueron calentando en un escenario que es su casa, para bien y para mal. Prescindir de los oboes (que no hubo en el estreno dublinés de El Mesías como comentaba el maestro López Banzo en la entrevista que dejo al final) y mimar el contingente sonoro sirvió para conseguir una versión de aparente sencillez en una obra compleja como tantas del universal Haendel. Lástima que siempre haya algún pero que poner a nuestra orquesta, nunca del todo perfecta y dependiendo del maestro que los conduzca. Esta vez pienso que no había disculpa alguna.

Los recitativos con archilaúd fueron un placer, los unísonos realmente vocales en la instrumentación, los fugados claros en su discurrir, la contención de timbales y trompetas realmente dignas de admiración, sobresaliente el papel acompañante de un coro que duplicaba los efectivos instrumentales rindiéndose al equilibrio buscado. No sé cómo estarán «los de la barbería»…

Para pérdida de los impacientes, el regalo de Stille Nacht Heilige Nacth (Gruber) también lo recordaremos por la elección de la versión original a dúo femenino celestial con acompañamiento terrenal de archilaúd (cual guitarra) y posterior incorporación del dúo masculino, la orquestación discreta y el coro suficiente para dejarnos una auténtica «Noche de Paz» tras las turbulencias que en estas fechas olvidamos para acabar ciclo y comenzar otro. La vida no sigue igual pero debemos vivirla ¡es nuestra obligación! y la música ayuda mucho.

Entrevista al Maestro López Banzo en LNE del viernes 19 de diciembre de 2014:

FELIZ SALIDA Y ENTRADA DE AÑO

Más que cuentos chinos

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Foto © Hedda Morrison (1946) y montaje © OSPAcom

Viernes 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4: OSPA, Elizabeth Hainen (arpa), Rossen Milanov (director). Obras de Tan Dun y Rimski-Korsakov.

Con mucho interés acudíamos al estreno en Europa de «Nu Shu: Las canciones secretas de las mujeres» y la conferencia previa de Israel López Estelche sobre «La palabra, fuente de vida: tradición, mujer y supervivencia en la composición musical» llenó la sala de conferencias nº 4, pues además de las notas al programa (links en los compositores al inicio de esta entrada) de las que es autor el reciente premio de la Fundación SGAE, la amplia exposición con ejemplos centrando el último tercio en la obra de Tan Dun (1957) ayudó mucho a una mejor comprensión de un estreno sobresaliente.

Tan Dun aunque chino de nacimiento es plenamente yanqui en formación (incluso autor de bandas sonoras) pero capaz de conjugar ambas culturas desde una música cercana, fácil de escuchar, bien ensamblada, con una presencia casi ritual del agua en sus obras, que tampoco faltó en Nu Shu, y donde la puesta en escena («Performance») está muy cuidada. El subtítulo de esta composición estrenada en 2013 y este viernes 28 de noviembre en Europa, dejaba claro que se trataba de una Sinfonía para arpa, trece microfilms y orquesta, una pantalla central y dos laterales sobre las que discurrirían completando escenas, puntos de vista complementarios, a menudo opuestos, sin perder la escucha de esas canciones «pregrabadas» que los intérpretes debían acompañar en perfecta sincronía, amplificado con tino y perfecto equilibrio de planos, con poca luz en el escenario, leds en los atriles, luz cenital para la arpista que también forma parte de esa globalidad, y todo bien cuidado por parte del máximo responsable: Rossen Milanov, repertorios como el de este último concierto de noviembre donde está en su salsa, volcado y convenciendo a todos, lógicamente a los músicos en primer lugar.

Esta sinfonía organizada en seis movimientos es el ciclo vital como nos explicaba López Estelche, el pasado de las canciones, el presente del arpa y el futuro de la orquesta, ese fluir como el río de la vida que también aparecería en los microfilms o clips que diríamos hoy en día.

En cada estreno suelo tomar notas según escucho, aunque la poca luz y sobre todo la necesidad de no perderme ni un detalle de cuanto sucedía sobre el escenario me hizo escribir como un niño sin mirar al cuaderno, pues quería plasmar en mi papel una descripción, siempre imposible, de una obra que es única y pienso gustó a todos.

El inicio, I. Prólogo, comenzó ambientado por la sección de percusión que como en casi todas las obras de Tan Dun requiere instrumentos específicos, esta vez los cuencos frotados con arcos de contrabajo y ese colchón de toda la cuerda inquietante, seguido por el viento hasta la primera aparición del arpa en un lenguaje reconocible como chino por los occidentales. La proyección mostraba una pintura en el «Nu Shu» escrito que a medida que avanzaba resultaba un abanico así decorado, mientras el ambiente de cierta crispación mantenía diálogos entre la solista y la orquesta, trompetas con sordina y tratamiento percusivo de la cuerda, para desembocar en una plenitud melódica que pone al arpa como un instrumento más mientras «cantan» clarinete y flauta melodías orientales. Un segundo vídeo nos trae el primer canto de mujer y un manuscrito «secreto», acompañado por el arpa en la sala perfectamente sincronizados, viendo pasar hojas en las pantallas laterales alcanzando un momento álgido de belleza sonora y visual con la vieja cantando en un timbre grave y una joven de espaldas que luego se suma en registro agudo, formando un todo emocionante, manteniéndose ese clima volviendo a un pasahoja casi cronológico en la izquierda antes de un tutti final.

El segundo movimiento, II. Historia de la madre, pasa la base ambiental sonora al viento, con tablas – látigo en la percusión y las voces proyectadas en una escena donde el centro mostraba una novia a la que vestían, un «drama» de la hija que marcha del hogar y que son como tres días de llanto que nos contase Israel en la conferencia previa. La orquesta siempre percusiva e intrigante con un tiempo lento y continuos reguladores dinámicos (de menos a más y viceversa) con trombones y tuba más el arpa dando paso a un nuevo microfilm o clip que muestra precisamente los llantos, las tres pantallas completando la visión global mientras la música rítmicamente subraya una escena de angustia, en un ensamblaje perfecto de música e imagen, tensiones que parecen aumentar para luego mitigarse como las dos visiones de madre e hija en un tutti memorablemente tratado desde el volúmen.

III. El pueblo de Nu Shu se nos presenta con un clip de agua, la misma de la percusión que tan bien trabaja Tan Dun, con los contrabajos anclando la realidad, puente y río, más instrumentos en registros graves como flauta, contrafagot, clarinete bajo, el arpa acercándonos a la aldea tratado rítmicamente desde unas melodías de instrumentos graves a los que se suman las trompas en un tratamiento muy cinematográfico por orquestación americana para temas chinos. No abusa del recurso porque para la transición de imágenes comienzan los portamentos en la cuerda y después metales antes de ver y escuchar otro canto con la imagen de Mao detrás acompañada por el arpa (siempre presente como alianza pasado-presente) a la que se suman los violines segundos y violas mientras un zoom del rostro coincide con un «crescendo» delicado en cuerda y arpa, continuando las trompas para hacernos entrar en una casa de la aldea, puertas viejas cerradas con la luz inquietante e interrogativa cantada por el clarinete en un contraluz musical que «funde a negro» tras una pincelada de trompeta. Documento sonoro vivido de forma presente y atemporal, tres visiones de la misma calle caminando por ellas con la orquesta en ritmo americano tamizado siempre por lo oriental, toque de marimba con apariciones de clarinetes y flautas, haciendo camino al andar que nos mete en él desde un recurso tan plástico como situar la silueta de espaldas, orquesta caminando en «glissandi» con metales y cuerdas rítmicos sincopados, efectistas antes del «estallido» final de volúmenes bien llevados. La orquesta funciona e impresiona con las imágenes, los efectos de Hainen y Milanov mandando.

IV. La intimidad de las hermanas y toda la historia sigue tomando forma, dos imágenes laterales de dos mujeres y el arpa con los violines segundos más el concertino dan paso a un oboe acompañado esta vez por el murmullo de mujeres grabado mientras vemos una cara anciana tapada por su mano, llanto que descubre risa mientras el arpa y la sección de cuerda cumplimentan este engaño visual antes del nuevo clip con más presencia del agua, poesía total, una barca remando en el centro, el río en los laterales, fluir sonoro, hojas flotando, joven remando de espaldas a la orilla con la orquesta en modo menor cantando una melodía lenta, fuerte y majestuosa como el propio remar, como el arpa que se suma en un vaivén equilibrado de canto y agua, sin imágenes para un diminuendo brutal hacia un pianísimo roto por el forte en un nuevo capítulo (V. La historia de la hija) y vídeo, arpa con efectos y sonido metálico, estancia que va mostrando objetos que toman protagonismo por el virtuosismo de la solista, ritmo puro, percusiones de crótalos, pizzicatti y juegos «con legno» en la cuerda antes de otra escena con clarinete bajo y corno inglés, bronces cortantes y la vieja cantando mientras en los laterales volvemos a divisar los abanicos. música íntima, pianísimo, llanto en la voz con toses y carraspeos que también tienen ritmo, marcha del lamento, suspiros que forman parte de la partitura, canto engrandecido por la orquesta acelerando y aumentando volúmenes, contrastes impresionantes y fundido a negro con cuerda y arpa en fluctuante ambientación mientras un unísono de metales nos hace crecer hasta el final.

Nuevo y último movimiento, V. Epílogo, agua, tratamiento actual del arpa percusiva y el chapoteo de «peceras» en la percusión, manos en el río y en la orquesta, tradición universal, coro de lavanderas con una cuerda plenamente occidental para un canto oriental en perfecta simbiosis artística, el viaje de la joven o niña (se casaban con 15 años) y ese ritmo vital combinado con dinámicas que subrayan una acción compartida, el arpa, la cuerda usando la madera del arco, el chapoteo del agua con la amplificación exacta, metales en graves y agudos ensamblados con las voces. La obra global, aunando oriente y occidente, herencia y transmisión oral plasmada desde el estudio, la importancia de la mujer en todo este discurrir, lo femenino más allá de la propia belleza, melodías de reminiscencias armenias como cabalgando entre dos mundos, glissandi queriendo traducir en música el devenir diario de una historia que es grande aunque parezca mínima, como las gotas que quedan congeladas en las pantallas antes de un final de vértigo y efectista desde el pianísimo al fortísimo cual punto final.

Imposible que mis palabras puedan describir un espectáculo total de altas miras y calidad increíble: Elizabeth Hainen más que una arpista casi la narradora necesaria en el único lenguaje universal de la música, la OSPA hablando el mismo idioma, atentos, brillantes copartícipes de esta historia tan bien escrita y contada por Tan Dun, y un Milanov al que se le nota rápidamente su gusto por estos montajes, arriesgados antes de comprobar que cuando hay calidad todos respondemos.

La propina con arpa sola fue como un «anexo» a esas canciones (Esteban Benzecry: Horizontes Inexplorados, First Movement «Del Silencio al Amanecer») todo un universo de recursos en un instrumento milenario que se actualiza con intérpretes como la americana, en esta partitura de un portugués nacionalizado argentino con rasgos «inexplorados» y luz otoñal por lo que ésta supone de claridad de líneas y paleta de ocres.

Si las canciones de Tan Dun no son cuentos chinos, Scheherezade, Op. 35 (Rimsky-Korsakov) forman parte de ese patrimonio universal, los cuentos de las mil y una noches con la mujer narradora, que tengo reciente en pleno carnaval de Oporto donde tampoco faltó lo chino, porque los cuentos siempre tienden a transportarnos a mundos de ensueño. Musicalmente hubo de todo, puede que el ímpetu mostrado en la primera parte pasase factura en la segunda. Milanov dirigió de memoria esta maravilla sinfónica de la historia musical no sólo rusa, pero optando por el efectismo y el trazo grueso que pasó factura a intervenciones solistas no muy afortunadas en músicos que no suelen fallar, atribuyendo esto puede que a la máxima de dejarles hacer que ellos saben, cuando puede ser peligroso si no hay exactitud ni precisión en la cabeza visible. Los cinco cuentos o números de Rimsky permiten a toda formación sinfónica revisarse desde el primero hasta el último compás en una narración donde en este caso Scheherezade debe lograr tensión, emoción y suspense para ir salvándose de la muerte una y otra noche, contarnos cada cuento con misterio, cambios de voz, inflexiones, intriga, suspiros y hasta onomatopeyas que enriquezcan cada historia.

El I. Largo e maestoso – Allegro non troppo comenzó amarrando el aire antes del contraste brioso a la segunda parte, «El mar y el barco de Simbad» comenzaba la singladura con cierto oleaje, aún el timón poco firme, la primera intervención de nuestro Vasiliev no fuese la esperada, aunque faltase mucho recorrido y llegaría a buen puerto por las muchas horas de travesía más que demostradas; el II. Lento – Allegro molto resultó parecido, «La leyenda del Príncipe Kalender» estuvo narrada como los buenos cuentacuentos pero con los cambios de voz no siempre adecuados, echando en falta pinceladas protagonistas en pos del mero color, aunque resultase brillante; III. Andantino quasi allegretto, «El joven príncipe y la princesa» debe rezumar lirismo, los violines cantan la canción de amor y el clarinete habla por voz de la dama, perfecto Andreas que cada vez nos confirma que está siempre «a punto», al igual que la flauta de Myra, siendo el número más convincente en su narración musical por parte de todos; y el IV. Allegro molto como «La fiesta en Bagdad» también es el naufragio del barco, energía que ciertamente no faltó en ningún momento, aunque pueda haber resbalones entre tanto baile. Las sonoridades alcanzadas no tienen peros aunque siga pidiendo más claridad expositiva, independientemente que la propia partitura sea tan buena que lo principal siempre sale a flote aunque el oleaje tienda a mar de fondo.

La escucha de esta obra sugirió al cocinero Pedro Martino de «Naguar» la creación de un plato, bien promocionado con el concierto «¿A qué sabe la música?», como inicio de otra iniciativa de la OSPA. Del afamado chef ovetense pude comprobar su quehacer durante la «Noche Blanca» de Oviedo con Forma Antiqva en este aunar música y comida; esta vez salió incluso a saludar, cual compositor musical finalizada la Scheherezade cocinada musicalmente por Milanov, también cocinero confeso. El plato de Martino se llama «Papada ibérica confitada y glaseada en su jugo de berros a la naranja» que supongo degustaron varios de los responsables y patrocinadores del «Club OSPA» nivel «Vivace» (aportando 500€ como socio patrocinador de esta categoría, se acude a un acontecimiento especial ofrecido por Milanov entre otros beneficios de las distintas variedades o niveles, muy en la línea USA: «Andante» 75€, «Allegro» 150€ y «Presto» 250€) una vez finalizado el cuarto de abono.

La inspiración musical da para mucho y esta vez nos contaron dos cuentos, aunque la recreación e imaginación, como los gustos, es siempre muy personal.

Prensa regional del sábado 29:

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