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Bromas muy serias

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Viernes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono X «Absolute Quiroga» OSPA, Cuarteto Quiroga, Carlos Miguel Prieto (director). Obras de John Adams y Aaron Copland.

Lástima que de nuevo hubiese poco público para este décimo de abono de nuestra orquesta porque el programa no era broma. Ya en la conferencia previa «The American way: más que vaqueros y luces de neón» el doctor y compositor Israel López Estelche (autor de las notas al programa enlazadas arriba en obras y que hoy volvieron al papel), nos prepararía para un concierto «Born in the USA» (como diría The Boss Springsteen), si realmente podemos hablar de una música estadounidense con detractores y defensores cuando realmente es un mestizaje total («hibridación» lo llamó el musicólogo cántabro) donde la herencia europea no es única. Y para la ocasión dos ejemplos de lo que podríamos llamar las dos tendencias que al menos los yanquis no tienen complejos en presumir de todas.
Uno de los compositores más interesantes del actual panorama sinfónico es John Adams (1947) con su Absolute Jest (2011 / rev. 2012) por lo que supone de grandiosidad en fondo y forma, «broma absoluta» verdaderamente seria y tomando el origen latino de «gesta» más que el italiano de scherzo, pues aúna su devoción por Beethoven con su genialidad en un estilo personal que impresiona porque sus referentes los reconocemos desde el primer compás. Como él mismo ha escrito, «No hay nada particularmente nuevo en que un compositor interiorice la música de otro y ‘la haga suya’. Los compositores se sienten atraídos por la música de otro hasta el punto de querer vivir en ella, y eso puede suceder en una variedad de modas«. Con el Cuarteto Quiroga de solista, en estos días Atte Kilpeläinen sustituye en la viola a Josep Puchades (que espera su próxima paternidad), «absolutos» más Carlos Miguel Prieto al mando, pudimos disfrutar de esta auténtica locura orquestal donde en la batidora sonarían dialogando en perfecto entendimiento el Scherzo de la Novena beethoveniana junto a sus últimos cuartetos, y todo encajado con la visión actual que el compositor imprime a cada sección y solistas, impulso vital muy americano con una instrumentación impactante que no oculta las ideas claras de Adams.
El director de origen asturiano que regresaba al podio de la OSPA tras la pandemia, conoce de primera mano tanto el sustrato como el espíritu de fondo (y por supuesto la capacidad de la orquesta asturiana), exprimiendo la partitura hasta límites insospechables con unos Quiroga igualmente maestros en lo camerístico y excelentes solistas (ahí está el asturiano Aitor Hevia) en una página donde brillar con el diálogo orquestal.
Tras la vorágine de Adams, el mejor regalo y tributo sería el Lento assai, cantante e tranquilo del Cuarteto op. 135  de Beethoven presentado por Cibrán Sierra y recordando a la hoy fallecida Teresa Berganza, a quien se dedicó todo el concierto, la quintaesencia del cuarteto de cuerda por estos músicos enormes, actuales y universales como la propia música.
Si hay un referente dentro de los llamados compositores clásicos estadounidenses, ese es el neoyorkino de Broadway Aaron Copland (1900-1999), por su formación, origen y evolución hacia lo que López Estelche nos explicó de la «Sonoridad Americana», reunificando todas las influencias no solo europeas en un lenguaje propio, unido al sentido patriótico del War effort que tiene sobre todo la Sinfonía nº 3 (1946) tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. El maestro Prieto quiso recordar antes de comenzarla a tantos músicos que en estos tiempos difíciles no pueden volver a tocar y la esperanza en que la música no nos falte.
Plantilla generosas para una sinfonía patriótica que incluye mucho más desarrollada u propia Fanfare for the Common Man en el último de los movimientos (I Molto moderato – with simple expression; II Allegro molto; III Andantino quasi allegretto; IV Molto deliberato). El maestro Prieto manejó a la perfección cada una de las secciones de la OSPA que brillaron con luz propia por los intrincados cambios de compás, tiempo o textura, disfrutando de unos metales poderosos, una madera de ensueño, una cuerda (hoy de concertino invitada la holandesa Fredericke Saeijs) bien equilibrada y compacta, una percusión más allá de lo rítmico, sin olvidarme del arpa, el piano o la celesta generando unas sonoridades únicas con el sello americano de Copland.
Revalorizar la forma sinfonía en su tiempo suponía encuadrarle en los llamados «neoclásicos» pero el longevo maestro por encargo de Koussevitzky, que dirigiría su estreno el 18 de octubre de 1946 con la Orquesta Sinfónica de Boston, no tuvo complejos y nos dejó esta tercera brillante, casi un ballet o banda sonora de la victoria aliada con toda la grandiosidad orquestal de final patriótico.
Saber fusionar estilos dotándoles de identidad propia es el gran logro de Copland, y toda su herencia la transmitió la OSPA con Prieto, las ideas musicales del compositor y los intérpretes en una versión reluciente, triunfante y optimista. El público aplaudió largamente a todos, con bromas y guiños del maestro astur-mexicano que se llevó de la mano a Marta Menghini dando por finalizado un concierto de los que dejan huella en nuestra herencia «Made in USA», colonización de vuelta también con la mal llamada música clásica. Sólo hay dos MÚSICAS (la que gusta y la que no).

Con acentu asturianu

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Jueves 5 de mayo, 20:00 horas. Concierto de les Lletres Asturianes: OSPA, Héctor Corpus (violín), Daniel Sánchez Velasco (director). Obras de Juan Méndez Varas, Raquel Rodríguez y D. Sánchez Velasco. Entrada gratuita.

Concierto dentro de la «Selmana de les Lletres Asturianes» que este año están dedicadas al músico y dibujante Igor Medio con el título de «El carbón y l’arena«, con un homenaje el día anterior en su Gijón natal a cargo de Felpeyu, el grupo del malogrado Igor, más otras formaciones de folk donde el gijonés despuntó aportando aire fresco e innovación que todavía sigue vigente a pesar de los dieciséis años de su accidente junto a su compañero Carlos Redondo.

La OSPA presentaba bajo la dirección de Daniel Sánchez un programa con música de tres asturianos en plena madurez vital y compositiva, con amplio bagaje, mucho oficio y horas de sembrar en «sus mochilas» bandas sonoras y conciertos que dejan en cada uno distintos acentos para un mismo lenguaje sinfónico, el más universal de todos desde esta tierra asturiana que también es variada y rica.

Tres compositores que merecen escucharse más pues sus creaciones tienen calidad, melodías definidas, armonías reconocibles, instrumentaciones orquestales poderosas, auténticas bandas sonoras de nuestra generación y la siguiente, que gustan a todos los públicos por sentirlas cercanas. Las notas al programa (enlazadas arriba en obras) de un compositor como Israel López Estelche, asturiano de adopción, ayudaron a entender las tres obras elegidas, al igual que las palabras previas del propio Daniel Sánchez, pero la propia música que emana de los pentagramas sirve para que cada uno ponga sus imágenes y referencias históricas de las que los tres compositores han bebido y siguen acumulando.

Abría el programa Tribute to Richard Estes (2018) de Juan Méndez Varas (1970), la inspiración en este genial pintor hiperrealista en la línea de nuestro Antonio López, a la que la partitura pone sonido a la admiración no ya por el color de un cuadro sino también la poesía siempre evocadora, página sinfónica de aires norteamericanos tanto de los «clásicos» como del jazz que es la verdadera música popular del siglo XX heredada de los EEUU. Así entiende Méndez este tributo donde los ritmos y armonías se fusionan sin olvidarse de las raíces españolas para una mezcla riquísima, vital, enérgica y brillante sacando Daniel Sánchez de sus compañeros de la OSPA unas sonoridades amplias, matizadas, perfecto entendimiento para una obra llamada a seguir sonando.

Las mujeres compositoras están ganando el protagonismo que la historia les ha quitado, una generación de jóvenes preparadas, formadas con los grandes pedagogos sin fronteras, y aportando gran cantidad de obras para orquesta que comienzan a sonar. Es el caso de la ovetense Raquel Rodríguez (1980), de quien ya he podido escuchar varias obras sinfónicas y estrenos con la Oviedo Filarmonía en noviembre de 2019 y marzo de 2021, así como su estreno camerístico del 1 de noviembre pasado. Para este concierto sonaría su Córdoba en el sueño (2011) encargo tras obtener el premio del I Concurso de Composición Antón García Abril, un auténtico poema sinfónico que recrea la historia de la capital del califato desde la propia música en cinco movimientos que transitan imágenes casi documentales: I. Aires godos, II. En aguas bélicas, III. …surge Córdoba, IV. Aromas, y V. Final, un despliegue de instrumentación muy acertado, melodías que se entrecruzan como describiendo las callejas que confluyen en torno a la mezquita, batallas con metales y percusión potente o cantos de las tres culturas (cristiana, judía y árabe) para disfrutar de una viola cual canto de muecín sefardí o un arpa bíblica vestida por una OSPA de nuevo entregada, de balances adecuados en cada movimiento, sonidos reconocibles y una instrumentación bellísima para esta obra de «juventud» de una Raquel Rodríguez que evoluciona sin perder su esencia académica heredada de sus maestros y maestras a ambos lados del Atlántico.

Y llegaría el estreno del «Violin concerto», Concierto para violín y orquesta (2021) del propio Daniel Sánchez Velasco (1972) un encargo de su compañero en la OSPA Héctor Corpus, en palabras del compositor y director «un traje a medida» compuesto siguiendo la forma clásica en tres movimientos alternando rápido-lento-rápido (I. Allegro solemne, II. Andante, III. Allegro feroce) pero con mucha tradición del siglo XX. Además del lucimiento del solista, con una afinación perfecta, un sonido pulcro y la musicalidad innata puesta al servicio de lo escrito, pasajes vertiginosos y momentos delicadamente cantados, la orquestación del compositor avilesino evoca una paleta amplia, de Shostakovich a Bernstein, de Prokofiev a Rota, ritmos vivaces y cambiantes, aires caribeños y hasta filipinos de homenaje al destinatario, mares surcados por melodías bellísimas, cadencias asombrosas y la total entrega de solista y orquesta a la música de sus dos compañeros, disfrutando, sonando impecables, rotundos y delicados, hoy con Eva Meliskova de concertino, lucimiento de todas y cada una de las secciones así como los primeros atriles, con el lujo añadido de dirigirla el propio compositor.

Un concierto digno de programarse en las grandes orquestas y con solistas de fama mundial, que tanto Corpus como la OSPA demostraron la calidad y vigencia de la buena música, escrita desde el conocimiento y la experiencia, emocionando a un público feliz de escuchar páginas como las de este concierto extraordinario en todos los sentidos.

De nuevo una lástima que no hubiese un lleno en el auditorio pese a la entrada gratuita, debiendo hacer pensar a los gestores en líneas para captar los oyentes del futuro. Apostar por programas actuales de calidad, fáciles de escuchar, tienen que publicitarse mucho más y acercar a todas las edades hasta el auditorio de esta ciudad que es «La Viena Española» por su amplia oferta musical, siendo la OSPA probablemente la que menor aforo convoque, supongo que por unos años «sin rumbo» que espero se reconduzca por el bien de esta orquesta de todos los asturianos con mucha esperanza puesta en su nuevo titular, el portugués Nuno Coelho. Seguro que alguna de las tres obras escuchadas este jueves volverán a sonar en las próximas temporadas.

Balada por los trasterrados

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Viernes 22 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IX: OSPA, «Ballade», Nicolai Luganski (piano), Perry So (director). Obras de Médtner y Schumann.

La RAE define Trasterrar  o transterrar(de trans- y tierra) como «Expulsar a alguien de un territorio, generalmente por motivos políticos» y este noveno de abono con la OSPA fue verdaderamente una «Balada por los trasterrados», compositores e intérpretes, sirviendo para ver cómo la música y los músicos son ciudadanos del mundo, y el tiempo parece poner todo en su sitio.

Este viernes volvían a la OSPA varios conocidos, primero el director chino Perry So (Hong Kong, 1982), «eterno aspirante» a titular desde 2011 (al fin lo tenemos, pero será Nuno Coelho) en aquellos tiempos esperanzados esperando acertar en la elección. Pero un cocinero «vúlgaro» fue minándonos al quitarnos los mejores deseos, especialmente durante la anterior visita del pianista ruso Nicolai Luganski (Moscú, 1972) que me dejó muy mal sabor de boca por la malísima dirección del innombrable. Y al fin se hizo justicia con ambos en este concierto de Médtner. Qué distinto hubiese sido entonces de coincidir como hoy la entrega del ruso, el buen hacer del chino y una OSPA universalmente asturiana que vuelve a esperanzarnos, aunque sigamos sin concertino, esta vez nuevamente invitado nuestro admirado Aitor Hevia. Las invitaciones de la orquesta a So siempre han traído veladas de calidad y buena química entre todos, algo que el público, de nuevo escaso para disfrutar de nuestra orquesta, se lo agradeció al final con largos y cálidos aplausos que le obligaron a salir varias veces a saludar. Bienvenido Perry y gracias.

El Concierto para piano nº 3 en mi menor, op.60 «Balada» del ruso Nikolái Kárlovich Médtner (1880-1951) no pudo tener mejor solista que su compatriota Nicolai Luganski, uniones de dos trasterrados que desde su pasión por el piano nos ofrecieron esta joya tan poco programada pese a la belleza, dificultad y todas las razones para hacerla tan atractiva. Tres movimientos sin pausa, entrelazados, que nos recuerdan la excelencia musical rusa, el paso adelante en los albores del pasado siglo de Scriabin y sobre todo Rachmaninov, y que por lo escuchado bebería de las mismas fuentes que Médtner. Concierto con todos los ingredientes para disfrutarlo, sonoridad siempre plena en el solista, la fusión orquestal en muchos momentos, el balance perfecto entre todas las secciones desde el inicio al que se van sumando efectivos con una delicadeza previa al posterior discurrir emocional, y una dirección de So precisa, cómplice con el piano y concertando con exactitud por los intrincados vericuetos, especialmente en el inmenso Finale: Allegro molto, Svegliando, eroico que aporta las novedades propias del compositor tras su «tributo» y herencia de sus contemporáneos: cambios de compás, de ritmo y tempo donde piano y orquesta funcionaron y se fusionaron como si llevasen años interpretando esta «Balada» rusa. Impresionante el sonido de Luganski, la elegancia, el rubato justo, su conmovedora entrega a la música que parece sentirse más honda en la distancia y el dolor, con este último de los conciertos para piano de su paisano Médtner que lo compondría en los primeros años 40 del pasado siglo, tan preocupantes como esta segunda década actual.

Y si el concierto de los dos rusos fue de altos vuelos y lejanos sentimientos, la propina nuevamente de otro trasterrado, luminosamente introspectiva y esperanzadora: la Fantasía Impromptu en do sostenido menor, Op. 66 de Chopin, la belleza del dolor expresada desde el piano magistral de un Luganski técnicamente perfecto y enorme su romántica interpretación como buen heredero de la tradición y «escuela rusa», aportando una personalidad tan grande como la música para su instrumento del polaco, un enamorado más de las 88 teclas.

Manteniendo el orden habitual de los programas donde faltó un estreno o introducción breve, la segunda parte sería una Sinfonía, en este caso la nº 2 en do mayor, op. 61 de Robert Schumann
(1810-1856) para poner claro que la OSPA funciona cuando está en buenas manos, de nuevo el maestro So sacando lo mejor de cada sección con una visión luminosa y tensa de la segunda del atormentado romántico por excelencia, con los tiempos ajustados a la literalidad indicada: el primer movimiento a la velocidad exacta de crucero para dejar fluir en equilibrio viento y cuerda, un segundo rápido sin sobrepasar los límites, con una cuerda ajustada y redonda (se nota el refuerzo en las graves), el tercero una maravilla de expresividad con oboe y clarinete verdaderamente líricos en sus inspiradas intervenciones, sana pugna por el mejor sonido, más ese cuarto y último movimiento, poderoso en velocidad punta, bien de revoluciones para rugir como un coche de carreras pero respetando las señales, caballos de potencia bien controlados por las manos maestras de Perry So, un campeón sobre el podio conduciendo una OSPA a punto.

El tiempo pone todo en su sitio pero siempre nos quedan los interrogantes ¿cómo hubiera sido si…? Al menos nos quitó la primera de las dudas mientras esperamos acertar con el concertino ya con el portugués fichado por tres temporadas.

Pintando sentimientos musicales

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Viernes 18 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VII OSPA Matías el Pintor: Alba Ventura (piano), Jordi Francés (director). Obras de E. Soutullo, Prokofiev y Hindemith.

Continuamos con un año pandémico, imprevisible, trágico por lo que está sucediendo en Ucrania, y donde todo parece ir a peor, pues la reciente huelga del transporte por carretera iniciada el pasado lunes nos afecta en todo y también a la música, impidiendo que se celebrase ayer este mismo concierto en Gijón (logística instrumental), que siempre se nota en Oviedo. Al menos resultó positivo ver cómo se ha podido renovar el convenio con el CONSMUPA para que varios de sus estudiantes se sumen a los efectivos de la OSPA.

En lo relativo a este séptimo de abono pocas cosas nuevas pues seguimos esperando director titular y concertino, aunque este viernes Marina Gurdzhiya, violinista de Oviedo Filarmonía, sería la invitada. Al menos la teníamos cerca. Y del programa organizado como hace lustros o décadas: estreno, concierto con solista y sinfonía, que algún día podría replantearse el orden para ir adecuándonos a los «tiempos modernos». Con todo pude disfrutar de principio a fin en un concierto casi pictórico, dominando todas las técnicas y estilos, con distintas superficies sobre las que plasmar las notas musicales como colores materiales.

Del compositor vasco Eduardo Soutullo (Bilbao, 1968) es estrenaba en Asturias Alén, obra ganadora del X Premio de Composición AEOS -Asociación Española de Orquestas Sinfónicas- de la Fundación BBVA. Compositor muy valorado dentro y  fuera de nuestras fronteras, que asistió entre el público supongo feliz porque tanto Jordi Francés como la OSPA pudieron reflejar la magia que esta obra guarda. A Portalén o Porta do Alén en galego significa «Puerta del más allá», un lugar mágico y mitológico de la tierra vecina que se relaciona con la obra del premiado compositor, colores sobre arpillera, con texturas variadas, sonoridades nada habituales cual brochazos sin perfilar en un cuadro al que bien pudieran servir de banda sonora ambientando este céltico «Stonehelm pontevedrés».

Tenía ganas de escuchar en vivo a la pianista catalana Alba Ventura (1978), y no defraudó su Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Sergei Prokofiev (1891-1953). Obra complicada que podría llamarse «Cuaderno de pintor» pues sus tres movimientos (I. Andante – Allegro; II. Tema y variaciones. Andantino; III. Allegro, ma non troppo ) suenan como un muestrario de la evolución del compositor ruso en la misma obra: cambios de ritmos, recurrencias a sus ballets con Jordi Francés casi bailarín y concertando perfectamente las complejas entradas orquestales. Una auténtica exposición de formas y colores donde en el Allegro Ventura fue delineando primero con delicadeza, después coloreando con fuerza cada aparición; mientras tanto las variaciones del segundo parecían acuarelas con tinta china que pasando las hojas de este particular cuaderno concertístico, tomarían geometrías y pinceladas más gruesas, intensas antes del último gran lienzo, sin pincel ni brocha, directamente sobre descomunal superficie en blanco y negro del piano, mujer sobre fondo neutro pintada en todo tipo de superficies que la OSPA iba generando con un Francés evitando salirse del marco para completar el resto de un auténtico mural musical.

Brillante interpretación esta de la pianista catalana que, para dar continuidad al colorido «tercero de Prokofiev«, nos regalaría la novena de las 10 Piezas de «Romeo & Julieta», Op. 75, Danza de las chicas con lirios, interiorizada, matizada y sacando del piano una paleta aún mayor si cabe desde su intimismo  preclaro, limpio, fresco, compartido con un público que, pese a completarse con los «indemnizados gijoneses», sigue siendo cada vez menos. Una lástima que se esté perdiendo.

Y en la segunda parte tocaba sinfonía, al menos de las que conviene programar cada cierto tiempo: la potente Sinfonía «Matías, el pintor» de Paul Hindemith (1895-1963). Bien analizada en las notas al programa del pianista, organista y musicólogo jienense Álvaro Flores Cotelo. que dejo enlazadas al inicio  de esta entrada (en obras) y con los seis refuerzos del CONSMUPA más algunos coprincipales de plantilla actuando hoy de solistas, el director alicantino volvió «a sacar petróleo» de nuestra OSPA, continuó su personal taller pictórico casi como homenaje al propio Matthias Grünewald a lo largo de los tres intensos y poderosos movimientos (I. Engelskonzert; II. Die Grablegung; III. Versuchung des heiligen Antonius). Una obra que parece seguir vigente en plena tercera década del tercer milenio, cual castigo de obligarnos a repetir la historia aunque la conozcamos. El clima de represión artística que se estaba viviendo en Alemania en los años 30 del siglo pasado, que no pasó por alto el gobierno nazi para quien Hindemith, pese a ser de uno de los creadores más jóvenes e internacionales del momento, no dudó en condenar su obra como «música degenerada». Tantos artistas censurados también en nuestros días, confundiendo al pueblo con sus dirigentes, degeneración que está en las mentes de los sátrapas y quienes les sustentan. Francés llevó el color y dolor de cada «pintura musical» escrita en 1934, exprimiendo toda la paleta del compositor alemán: el primer Concierto de los ángeles levantando el vuelo con una cuerda capaz de dibujar terciopelo y arpillera, maderas brillando y metales de seda y tapiz, percusión dándole el cuerpo y presencia, planos sonoros muy trabajados y equilibrados; el posterior Entierro del renacentista Grünewald remarcaría los claroscuros y el dolor, música para nuestros sentimientos actuales; finalizando con Las Tentaciones de San Antonio en este retablo de Isenheim (1512-16) casi daliniano por expresionista y adelantado a su época, donde la OSPA mostró en su mejor versión y visión, tal vez con «el trazo» entrenado tras el esfuerzo alpino, que Francés llevó firme y seguro.

La primavera es el reinicio anual, ciclo natural lleno de esperanza y vida, que esperemos alcance a todas las artes y seres humanos. Su color es único y la sinestesia nos hace mezclar los sentidos como en este concierto pictórico.

Una alpina para Bilbao

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Viernes 4 de marzo, 17:00 horas. Auditorio de Oviedo, ensayo general OSPA, Christoph König (director). Richard STRAUSS: Sinfonía alpina, TrV 233, op 64.

Poco a poco en un 2022 donde la pandemia ya nos parece poco ante lo que está aconteciendo en Ucrania, la OSPA vuelve de nuevo este fin de semana a Bilbao para dar dos conciertos dentro del macrofestival Musika-Música, un auténtico escaparate cultural con casi 70 conciertos en distintos escenarios, dedicado este año a «La Naturaleza», y donde mañana sábado a esta misma hora tan «taurina» de las cinco de la tarde, interpretarán en la gran sala sinfónica del Euskalduna (concierto 23 del ciclo) esta joya de sinfonía (con órgano, donde el asturiano y profesor en el Conservatorio de Málaga Rubén Díez podrá disfrutar del excelente instrumento alemán construido hace 22 años por Karl Schuke), bajo la dirección del maestro König, que pudimos comprobar en este ensayo abierto al público, mientras el domingo a las 14:00 horas y como «aperitivo musical»(concierto 42 de este «maratón musical bilbaíno») sonarán El duende de las aguas, op. 107 (Dvorak) y El festín de la araña, suite para orquesta op. 17 (Roussel).

Más que un ensayo propiamente dicho, y con un auditorio lleno de gente joven, a buena hora y entrada gratuita que supongo todo ayuda, pudimos escuchar «en primera vista» esta sinfonía atípica de R. Strauss con una OSPA «supermusculada y supervitaminada» en cuanto a refuerzos (recordándome la escuchada en junio de 2016), pues el propio compositor exigía nada menos que 137 ejecutantes. Ante semejante poderío sonoro, especialmente de viento, era necesario aumentar una plantilla que llevo años rogando, y no digo nada de un concertino titula y un director, hoy con el director alemán (doce años después pero esta vez con la OSPA), que no realizó corrección alguna a los veintidós lugares que Strauss anotó detalladamente en esta evocación musical de un día por los Alpes bávaros, más próxima a un «Poema Sinfónico» y compuesta en un paréntesis de su época «teatral», por lo que tras lo escuchado y vaciada la sala de público, comenzaría el verdadero ensayo para las oportunas  y siempre necesarias correcciones que no pudimos escuchar.

Con tantos músicos es difícil mantener el sonido propio de la OSPA aunque la cuerda se mostró clara y al fin potente en los graves (los ocho contrabajos y la proporción consiguiente se notan). Dejo algunos detalles por mi parte que supongo habrá que retocar:

El órgano eléctrico portátil no suena evidentemente como el bilbaíno, y sus intervenciones, sumadas a los metales que engrandecen la textura, supongo resonará más potente en la gran sala del Euskalduna. También la visible salida puntual de los metales fuera de escena para conseguir ese efecto de lejanía, y la vuelta a los atriles (parte de las trompas, trompetas y trombones) no queda muy «agradecida» visualmente, desconozco cómo se hará mañana en un escenario mucho más grande, así como lograr el balance ideal entre «dentro y fuera» que en el ensayo quedó por momentos oscurecido.

Y precisamente por esa evocación del montañero compositor alemán, con un movimiento único aunque estructurado sinfónicamente como cuatro movimientos que siguen el recorrido de la dura excursión alpina (noche, amanecer, ascensión, sobre la cumbre, descenso y retorno de la noche), hay demasiada proliferación temática (Tranchefort habla de sesenta motivos, «la mayor parte de los cuales… sólo tienen una función descriptiva efímera») que hace difícil sacarlos entre semejante masa orquestal. Todos los solistas habituales dan la talla y la percusión (toda de la plantilla) siempre está en su sitio para el arsenal utilizado (puntualmente quedaron muy discretos el glockenspiel y la máquina de viento). Buscar los planos exactos, las dinámicas a veces contenidas y otras todopoderosas con tanto metal, así como los cambios de tempo, tendrán que ser más claros y precisos por parte de König para una respuesta más equilibrada por parte de todos. Al menos con semejante ejército sonoro seguiré pidiendo a los magos una Octava de Mahler, pues músicos en Asturias tenemos para ella y esta Alpina straussiana (casi nombre de pizza que el propio Strauss deseaba componer «igual que una vaca da leche»), puede servir de toque de atención para los gestores.

Bilbao disfrutará con esta sinfonía y la OSPA llevará el Principado hasta Vizcaya como mejor embajadora cultural de nuestra tierra, aunque sacando más músculo del habitual… todo sea por dejar bien alto el pabellón sinfónico (de hecho la OSG así lo hizo en su última visita al auditorio).

Como curiosidad dejo indicada la plantilla para la Sinfonía Alpina: cuatro flautas (dos piccolo), dos oboes, corno inglés, heckelfono, cuatro clarinetes (uno bajo), cuatro fagots (uno contrafagot), ocho trompas, cuatro trompetas, cuatro trombones, seis tubas (dos bajas), seis timbales y gran batería incluyendo un amplio juego de cencerros, glockenspiel, máquina de viento (eolifono), máquina de truenos, dos arpas, celesta, órgano y cuerda.

Vientos fantásticos

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Viernes 25 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VI OSPA Cleopatra revisada: Anne Schwanewilms (soprano), David Reiland (director). Obras de Mélanie Hélène Bonis y Berlioz.

Ineludibles compromisos previos me impidieron llegar a la primera parte del sexto abono de nuestra orquesta, aún sin concertino, hoy invitado el australiano Michael Brooks, ni director titular, ocupando el podio el belga David Reiland.  Interesante hubiese sido escuchar la obra de la compositora Mélanie Hélène Bonis (1858-1937) El Sueño de Cleopatra, op. 180, nº 2 (de las Tres mujeres legendarias),  vida novelesca para una pianista muy reconocida en su tiempo, más la infrecuente cantata con textos de Vieillard y música de Héctor Berlioz (1803-1869) La muerte de Cleopatra, H. 36, con la soprano alemana Anne Schwanewilms. Una lástima porque estos programas infrecuentes siempre son de agradecer, y aún más la poco escuchada cantata del francés.

Al menos tuve tiempo para disfrutar la conocida Sinfonía Fantástica: Episodio de la vida de un artista, en cinco partes, op. 14 del gran compositor francés, orquestador que marcó un estilo para las grandes formaciones y donde la OSPA con Reiland sacó «músculo» en los cinco movimientos. Un inicio tenue en I. Sueños – Pasiones, con una cuerda débil pero de sonoridad sedosa antes de desatar las pasiones con la presencia del viento que comenzaría su verdadero protagonismo «fantástico».

Con un contenido II. Un baile alejado de los valses vieneses, Reiland fue buscando un ritmo claro aunque poco bailable, de rubato sin exagerar y balances donde madera y metales estarían siempre en primer plano, volando la «idea fija» de su amada, tan característica del compositor francés, lo mismo que la III. Escena en los campos, impresionante el «duelo» entre oboe (fuera de escena) y corno inglés, dos grandes maestros de la madera asturiana. El tempo de la IV. Marcha al cadalso fue más fúnebre que militar hacia el «suplicio» pero sirvió para degustar la calidad de toda la sección de viento de la OSPA, maderas y metales de primera con la necesidad de una cuerda grave más nítida y equilibrada en efectivos que contrapusiese los volúmenes y mantuviese el empuje bien marcado por la percusión en una joya de orquestación.

El clímax del V. Sueño de una noche de sabbat trajo al mejor Berlioz, con metales poderosos, maderas incisivas (bravo el clarinete de Weigerber) y la percusión mandando en este aquelarre musical, auténticas campanas fuera de escena, trombones y tubas entonando el Dies Irae, con Reiland sin apurar el aire para dibujar mejor toda la masa orquestal de una OSPA que la próxima semana se irá a Bilbao para participar en el grandioso festival Musika-Música dejándonos abierto al público su ensayo general del viernes a una hora infrecuente pero que servirá para pulsar el estado de nuestra formación dirigida por Christoph König en los dos conciertos de esta nueva visita al Euskalduna donde es apreciada dentro del marco de las sinfónicas españolas.

Martín esencial

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Viernes 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Bruckner esencial»: OSPA, Nemanja Radulović (violín), Jaime Martín (director). Obras de Mozart y Bruckner.

Mientras seguimos a la espera del nombramiento del director titular para nuestra orquesta, al menos regresan al podio directores que dejan huella en ella como es el caso del santanderino Jaime Martín (1965), que incluso durante la pandemia nos dejó una Séptima de Beethoven para disfrutar desde casa.

Este cuarto de abono (tras la suspensión del tercero por avería de la caja escénica) nos traía a Gijón y Oviedo dos obras que ponen a prueba toda la complicidad de una orquesta con el podio, de nuevo química y entendimiento entre ambos, junto a la presentación del violinista serbio-francés Nemanja Radulović, al que tendremos que seguir muy de cerca, procedente de un país pequeño con mucho talento incluyendo el musical, toda una generación de jóvenes intérpretes balcánicos muy activos y populares en las redes sociales, hoy verdadero escaparate necesario para llegar a todos los públicos que habrá que captar para la música en vivo, pues la imagen y el talento son la mejor carta de presentación.

Nunca está de más escuchar a Mozart con una plantilla ideal para él.  El Concierto para violín nº 3 en sol mayor, K. 216 resultó de una luminosa y juguetona interpretación a cargo de Radulović por su impecable técnica, sonido maravilloso y visión propia teniendo a Martín de perfecto cómplice concertador. Las cadencias de cada movimiento fueron perlas llenas de amplísimas dinámicas, con unos pianissimi en todos muy cuidados dentro de un balance orquestal idóneo donde toda la cuerda, esta vez con el «Quiroga asturiano» Aitor Hevia de concertino invitado, nos dejó un tercero de Mozart imprescindible, tres movimientos a cual mejor y sin perder la homogeneidad, disfrutando sobre todo del Adagio, casi como un aria operística cantada por el violín lírico del serbio, verdadera «prima dona de las cuatro cuerdas», y el Rondó lleno de cambios en una agógica enloquecida pero bien entendida por todos los intérpretes que encajaron y se entendieron gracias a esa virtud de escucharse unos a otros.

Éxito clamoroso de este virtuoso del violín que sigue asombrando en las redes y nos dejó boquiabiertos con las Variaciones de Sedlar sobre el último Capricho de Paganini, capaces de acallar las toses que sobraron en los silencios mozartianos, endiabladamente envidiable y broche de oro para su primer viaje asturiano, que espero no sea el único.

Nuestra orquesta pienso que necesita más Bruckner, tiene músculo para él, y el director cántabro lo sabe, conocedor de todos los efectivos a los que exprimió al máximo en la Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, WAB 104 «Romántica» (versión 1880), no solo por unos bronces poderosos y que son un auténtico órgano sinfónico, también la madera segura y de presencia idónea en esta «romántica», los timbales mandando y al fin una cuerda compacta, tensa y tersa, nítida, presente ante el empuje del resto de secciones y capaz de «sobreponerse», seguir sonando precisa y aunada. Tal vez faltasen más graves pero el trabajo de violas, cellos y contrabajos por mantener el necesario equilibrio dinámico, así como la maestría de Jaime Martín en controlar cada detalle, redondearon una sinfonía imprescindible en los atriles de nuestra orquesta.

La elección de los tempi por parte del director santanderino fueron casi al pie de la letra según las indicaciones que comenzarán a ser más precisas e indicadoras de lo que el compositor deseaba en los albores del siglo XIX, con menos subjetividad que los genéricos términos italianos siempre dudosos, sin contar con las anotaciones a lo largo de cada movimiento, descriptivas y detallistas como en Bruckner era habitual.

No hubo dudas en ninguno de los cuatro movimientos, bien «leídas» por orquesta y director, comenzando con el primero «movido, no demasiado rápido» (Bewegt, nicht zu schnell), ese inicio de la trompa anunciando el nuevo día, como llamando a la puerta para lo que vendría a continuación, reguladores y frases que parece no acabar, volúmenes impactantes pero contenidos, cuerda maleable, sedosa y rugosa según se lo pedía Martín. El segundo «tranquilo y casi rapido» (Andante – andante quasi allegretto), para disfrutar de la cuerda y cada matiz, con metales y maderas cual tubos de lengüetería y bisel de registros únicos para el «órgano sinfónico». Verdaderamente «emocional» (Bewegt) el tercero, espectáculo de fuegos artificiales de trompas, metales al completo y tutti, una montaña rusa que no frena, broma de scherzo en este derroche sonoro que impacta, contrastes dinámicos y rítmicos, las emociones de Bruckner con reminiscencias wagnerianas y siempre necesarias para entender mejor a Mahler, la pletórica Viena toda ella metida en este movimiento con una orquesta entregada, concentrada, atenta y equilibrada al mando claro y preciso del maestro cántabro.

Y el último «movido, pero no demasiado rápido» (Bewegt, doch nicht zu schnell), el paso de la sombra a la luz cegadora, la esperanza en el más allá, visiones y convicciones religiosas, banda sonora de monumentales decorados, procesión no al cadalso sino al paraíso sonoro, estallidos de metales y oraciones de cuerda en un tránsito orquestal que Marina Carnicero en sus notas al programa llama «Un canto de amor a la naturaleza». Cuarta sinfonía romántica, esencial y pletórica gracias al buen hacer de Jaime Martín que volvió a conectar con la OSPA, sensaciones que se notan y transmiten a un público no tan numeroso como querríamos, pero agradecido de conciertos como este cuarto de abono.

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Viernes 21 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono II: Vidas fugaces. OSPA, María Luisa Espada (soprano), Federica Carnevale (mezzo), Santiago Serrate (director). Obras de Arriaga y Pergolesi.

La pandemia sigue entre nosotros y cada día es una sorpresa para la que debemos adaptarnos sobre la marcha. Los eventos musicales siembran incertidumbres y los contagios aumentan, por lo que cancelar a última hora se está volviendo tristemente habitual pero los programadores siguen trabajando y consiguiendo auténticos milagros. El previsto segundo de abono Telemann desconocido se hubo de suspender pues Carlos Mena dio positivo (curioso llamarlo así cuando el propio hecho es negativo) y rápidamente nos encontramos con un programa de dos compositores de vidas fugaces, fallecidos por la tuberculosis que tantas muertes causó hasta conseguir su vacuna, y Santiago Serrate (Sabadell, 1975) se ponía nuevamente al frente de la OSPA con un concierto contenido de dolor y color.

La Sinfonía para Gran Orquesta del bilbaíno Arriaga, con toda la historia a su alrededor que bien escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio), nos presenta esta forma orquestal perfecta para nuestra OSPA, ducha en repertorio de esta época, que el maestro catalán llevó con limpieza, buena respuesta y explorando un lenguaje que bebiendo del clasicismo es de un romanticismo claro que la prematura muerte de nuestro genio truncado, admirado hasta por Mozart, nos impidió saber dónde llegaría. Sinfonía interesante de escuchar interpretada con escrupulosa sonoridad, limpia, de rítmica precisa, tempi ajustados a las indicaciones y una energía contenida por momentos para una plantilla ideal (maderas a dos, dos trompas, timbal y cuerda) con intervenciones solistas destacadas de flauta y oboe en este segundo de abono, así como una sonoridad global aterciopelada y elegante.

El Stabat Mater de Pergolesi es una perla musical para disfrutar en cualquier versión. Buena elección de las solistas y una orquesta camerística de cuerda y órgano que la obliga a afrontar un repertorio poco habitual que Serrate supo comunicar. Sonoridades contenidas siempre subrayando a las voces, auténtico sustento y refuerzo dramático de un texto en latín que tanto la soprano emeritense como la mezzo italiana articularon correctamente (con el texto y la traducción en pantalla). Colores vocales las de estas voces femeninas adecuadas al estilo, con un empaste homogéneo en los siete dúos y cinco arias solistas plenamente dramatizadas, respirándose cierta religiosidad operística con aires más ágiles de lo habitual que favorecieron los ornamentos y supusieron mayor «comodidad» en sus intervenciones.

María Luisa Espada en sus arias volvió a demostrar el dominio vocal, comodidad en su tesitura que ha ganado cuerpo en el grave y con unos agudos sólo «afilados» cuando así lo exigía el texto desde ese color natural que la caracteriza en cualquier repertorio. Por su parte Federica Carnevale mantuvo el mismo nivel de calidad en sus tres números, voz carnosa de buena proyección en todos los registros, dicción y articulación clara, con el volumen necesario para la proyección correcta, siempre mimada por una orquesta contenida por el maestro Serrate, buen concertador de voces y entendiendo la ductilidad de la orquesta asturiana que debería transitar más el barroco, pues el público agradece estos repertorios. Como concertino invitado volvió a sentarse Benjamin Ziervogel, integrado en el grupo casi como uno más de la plantilla, aunque sigamos necesitando cubrir pronto esa plaza (el querido Vasiliev parece insustituible). La de director parece una quimera…

El mágico tránsito de Perianes

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Viernes 14 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA: Perianes Integral. OSPA, Javier Perianes (piano y dirección), Obras de Mozart y Beethoven.

Día para el recuerdo con ausencias muy presentes como la de mi querido Alfonso Ordieres a quien se le dedicaron los dos conciertos, el tránsito vital que nunca deseamos pero forma parte de nuestra existencia, y la música siempre resulta la mejor poción mágica para aliviar dolores, un sentido pésame para toda su familia desde el propio tránsito del maestro y amigo.

Mágico tránsito el de este concierto especial con Javier Perianes compartiendo dos páginas inmortales para piano con orquesta, el vigésimo de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y el primero de Ludwig van Beethoven (1770-1827), ejerciendo de auténtico maestro y hechicero, conviviendo y compartiendo con todos los músicos sobre el escenario, escuchándose, disfrutando de la mejor música concertada donde quien dirige es el latido común de cada instrumentista en una interpretación llena de emoción, dolor, esperanza, pasión y vitalidad.

Impresionante homenaje lleno de historia, lección para comprobar la transición de dos genios, un Mozart premonitorio del romanticismo junto al Beethoven clásico que dará el paso adelante sin sobresaltos, su homenaje y admiración por el genio de Salzburgo junto al personal heroísmo por romper moldes. Así entendió Perianes los dos conciertos elegidos formando un bloque común que brilló e hizo brillar dos páginas únicas, complicidad desde un piano plenamente ensamblado en dinámicas y agógicas, esta vez con Alexis Aguado como concertino invitado, un puesto que sigue clamando titularidad (de la batuta esperada mejor ni hablamos) y transformación «digital» como aquel programa de edición fotográfica donde el paso de hombre a lobo era sutil y sin sustos, lleno de arte visual, esta vez Mozart y Beethoven arte musical con una «aplicación desde Nerva al mundo»

El Concierto para piano y orquesta nº20 en re menor, K. 466, como bien apunta en las notas al programa mi tocayo Pablo Gallego, «…el hecho de que todas las ideas musicales felices contengan tristeza, y todas las tristes aporten una medida de esperanza, como señala Richard Westerberg, “es donde reside la clave de la humanidad de Mozart, que ha resonado en músicos experimentados y noveles por igual a través de los tiempos”, y la elección de este «cinematográfico concierto» no pudo ser más acertada para el primero de abono que esperemos nos deje (con)vivir sin perder tanto ganado, incluyendo la música en vivo. Exactitud en los tempi con encaje en el dramatismo propio sin buscar referencias operísticas y marcando distancias de protagonismo entre una orquesta rica en matices junto al piano cristalino y entregado del maestro onubense  (I. Allegro). La paz y el sosiego llegaría en el movimiento central (II. Romanza) que Peter Shaffer inmortalizaría en su Amadeus, mi particular Sorolla del piano iluminando ese remanso único, en primera persona para compartirlo entre todos en feliz y bien entendido diálogo. Y esa furia contenida del último tiempo (III. Rondo: Allegro assai), siempre las cadencias de Perianes como recordatorios anímicos y avisos libertarios. La magia de Mozart conseguida en este concertar auténtico para disfrute de todos los públicos.

Sin descanso, sin perder ese tránsito vital en el tiempo, Beethoven y su Concierto para piano y orquesta nº1 en do mayor, op.15, imaginando al compositor en el piano como también hiciese su admirado Mozart, dos mundos en un mismo universo, el torrente del segundo y el tormento del primero para unir orquesta y piano en pos de una libertad sin luchas fratricidas. Inicio con tributo clásico  (I. Allegro con brio) en escritura e interpretación, disfrutando de una OSPA entregada al compañero pianista, repeticiones llenas de matices y unos balances perfectos en la «acústica pandémica» que ha supuesto quitar la pantalla del fondo. De nuevo el remanso del movimiento central (II. Largo) con el clarinete de Andreas Weisgerber completando  una sonoridad delicada y una concertación perfecta y sin fisuras.  Qué mejor título para el cierre, la forma y el fondo (Rondo: Allegro scherzando), rápido y bromista, parecidos de los dos genios y visiones distintas, un regalo pianístico bien secundado por la orquesta, cadencias impolutas y sensuales más ese empuje de danza que cerraría un tránsito mágico en las manos y el arte de Javier Perianes cuyas visitas a nuestra tierra las contabilizo en emociones a flor de piel.

Luz para los difuntos

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Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras de: Saint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Crítica para La Nueva España del domingo 31, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Noches lúgubres de tenorios y lápidas, fiestas religiosas que se vuelven paganas recordando y celebrando a los muertos, efemérides importadas a nuestra ya de por sí rica tradición fúnebre, con la música siempre de banda sonora, como la que puso la OSPA este último viernes de octubre en el auditorio ovetense, versus cementerio excelsamente iluminado para resucitar nuevamente grandes páginas sinfónicas, que al menos, no metieron miedo.

El venezolano Rodolfo Barráez, otra batuta salida de “El Sistema” y debutante con la lección bien aprendida, dirigió las seis obras elegidas para esta noche temática de memoria y académicamente, con la respuesta esperada por parte de la formación asturiana aunque de temperatura algo gélida, como si se contagiasen de un guión que la puesta en escena ayudó a calentar y elevar a espectáculo audiovisual gracias a un equipo comandado por Alejandro Carantoña, con Ruben Rayán, Vicente V. Banciella e Isabel Hargoues, grata sorpresa nocturna.

La Danza Macabra (Saint-Säens) sirvió de lucimiento a Eva Meliskova, hoy concertino, y la necesaria en esta velada Mirian del Río al arpa, con ligeros “traspiés” iniciales del desfile sinfónico al “salir de la tierra”, hasta encajar el tiempo como huesos descoyuntados de los originales “zombies”. La obertura de El cazador furtivo (Weber) apuntó maneras gestuales de Barráez aunque algo desequilibrados los balances de una orquesta con fuerza ganando músculo a los esqueletos iniciales del francés, disparando buena munición y alcance de tiro en todas las secciones.

Lo más atinado de la noche resultó el abate Liszt con sus dos primeros valses del Mefisto. Si en la versión para piano resultan verdaderamente diabólicos, sinfónicamente son todo un catálogo de luces y sombras, las mismas que se iban proyectando como murciélagos y luciérnagas, obras con poso y mucho trasfondo que el venezolano y el tiempo irán madurando para alcanzar la categoría de túmulo sinfónico.

Muy socorrida para ambientar efemérides de difuntos o películas como mi recordada “Fantasía” (1940) de Walt Disney, buscando representar el mal más que el miedo, por lo que resulta más apropiada para una noche de San Juan, aunque igualmente agradecida de escuchar e interpretar por conocida, Una noche en el Monte Pelado (Mussorgsky) orquestada por Rimski-Korsakov, supone un derroche sonoro apto para todos los públicos y celebraciones. El propio compositor ruso llenó de frases su manuscrito haciendo alusión a voces sobrenaturales, aparición de espíritus de las tinieblas, Chernobog o Satanás, y hasta aquelarres de brujas antes del amanecer, escenas del todo goyescas. Las ideas subyacen y brotan cual volcán sinfónico, Barráez, volviendo al cine, fue el aprendiz de brujo lanzando con su varita los conjuros explosivos respondidos por una orquesta con músicos maquillados en esta noche de Walpurgis, con luto riguroso solo roto por las corbatas “de alivio”.

Lo hispano vendría de Don Manuel y su Danza ritual del fuego (Falla), cocinada sin prisas, la magia popular y sabia para vestir amores brujos frustrados, baile escénico de los verdaderos hechiceros de la noche que vistieron, y no disfrazaron, la pureza musical de unas obras populares para festejar los muertos vivientes que son los compositores.

La orquesta responde y funciona, aunque siga sin poner toda la carne en el asador por miedo a quemarla y no dejarla al punto (algo siempre subjetivo), así que será cuestión de encontrar pócimas y conjuros para pedir la receta magistral que nos traiga, al fin, director titular y concertino. El aprendiz Mickey necesitó de Merlín para traer la calma y retomar la normalidad, porque así los calderos y escobas multiplicándose no arruinaron el buen trabajo iniciado.

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