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Una alpina para Bilbao

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Viernes 4 de marzo, 17:00 horas. Auditorio de Oviedo, ensayo general OSPA, Christoph König (director). Richard STRAUSS: Sinfonía alpina, TrV 233, op 64.

Poco a poco en un 2022 donde la pandemia ya nos parece poco ante lo que está aconteciendo en Ucrania, la OSPA vuelve de nuevo este fin de semana a Bilbao para dar dos conciertos dentro del macrofestival Musika-Música, un auténtico escaparate cultural con casi 70 conciertos en distintos escenarios, dedicado este año a «La Naturaleza», y donde mañana sábado a esta misma hora tan «taurina» de las cinco de la tarde, interpretarán en la gran sala sinfónica del Euskalduna (concierto 23 del ciclo) esta joya de sinfonía (con órgano, donde el asturiano y profesor en el Conservatorio de Málaga Rubén Díez podrá disfrutar del excelente instrumento alemán construido hace 22 años por Karl Schuke), bajo la dirección del maestro König, que pudimos comprobar en este ensayo abierto al público, mientras el domingo a las 14:00 horas y como «aperitivo musical»(concierto 42 de este «maratón musical bilbaíno») sonarán El duende de las aguas, op. 107 (Dvorak) y El festín de la araña, suite para orquesta op. 17 (Roussel).

Más que un ensayo propiamente dicho, y con un auditorio lleno de gente joven, a buena hora y entrada gratuita que supongo todo ayuda, pudimos escuchar «en primera vista» esta sinfonía atípica de R. Strauss con una OSPA «supermusculada y supervitaminada» en cuanto a refuerzos (recordándome la escuchada en junio de 2016), pues el propio compositor exigía nada menos que 137 ejecutantes. Ante semejante poderío sonoro, especialmente de viento, era necesario aumentar una plantilla que llevo años rogando, y no digo nada de un concertino titula y un director, hoy con el director alemán (doce años después pero esta vez con la OSPA), que no realizó corrección alguna a los veintidós lugares que Strauss anotó detalladamente en esta evocación musical de un día por los Alpes bávaros, más próxima a un «Poema Sinfónico» y compuesta en un paréntesis de su época «teatral», por lo que tras lo escuchado y vaciada la sala de público, comenzaría el verdadero ensayo para las oportunas  y siempre necesarias correcciones que no pudimos escuchar.

Con tantos músicos es difícil mantener el sonido propio de la OSPA aunque la cuerda se mostró clara y al fin potente en los graves (los ocho contrabajos y la proporción consiguiente se notan). Dejo algunos detalles por mi parte que supongo habrá que retocar:

El órgano eléctrico portátil no suena evidentemente como el bilbaíno, y sus intervenciones, sumadas a los metales que engrandecen la textura, supongo resonará más potente en la gran sala del Euskalduna. También la visible salida puntual de los metales fuera de escena para conseguir ese efecto de lejanía, y la vuelta a los atriles (parte de las trompas, trompetas y trombones) no queda muy «agradecida» visualmente, desconozco cómo se hará mañana en un escenario mucho más grande, así como lograr el balance ideal entre «dentro y fuera» que en el ensayo quedó por momentos oscurecido.

Y precisamente por esa evocación del montañero compositor alemán, con un movimiento único aunque estructurado sinfónicamente como cuatro movimientos que siguen el recorrido de la dura excursión alpina (noche, amanecer, ascensión, sobre la cumbre, descenso y retorno de la noche), hay demasiada proliferación temática (Tranchefort habla de sesenta motivos, «la mayor parte de los cuales… sólo tienen una función descriptiva efímera») que hace difícil sacarlos entre semejante masa orquestal. Todos los solistas habituales dan la talla y la percusión (toda de la plantilla) siempre está en su sitio para el arsenal utilizado (puntualmente quedaron muy discretos el glockenspiel y la máquina de viento). Buscar los planos exactos, las dinámicas a veces contenidas y otras todopoderosas con tanto metal, así como los cambios de tempo, tendrán que ser más claros y precisos por parte de König para una respuesta más equilibrada por parte de todos. Al menos con semejante ejército sonoro seguiré pidiendo a los magos una Octava de Mahler, pues músicos en Asturias tenemos para ella y esta Alpina straussiana (casi nombre de pizza que el propio Strauss deseaba componer «igual que una vaca da leche»), puede servir de toque de atención para los gestores.

Bilbao disfrutará con esta sinfonía y la OSPA llevará el Principado hasta Vizcaya como mejor embajadora cultural de nuestra tierra, aunque sacando más músculo del habitual… todo sea por dejar bien alto el pabellón sinfónico (de hecho la OSG así lo hizo en su última visita al auditorio).

Como curiosidad dejo indicada la plantilla para la Sinfonía Alpina: cuatro flautas (dos piccolo), dos oboes, corno inglés, heckelfono, cuatro clarinetes (uno bajo), cuatro fagots (uno contrafagot), ocho trompas, cuatro trompetas, cuatro trombones, seis tubas (dos bajas), seis timbales y gran batería incluyendo un amplio juego de cencerros, glockenspiel, máquina de viento (eolifono), máquina de truenos, dos arpas, celesta, órgano y cuerda.

Vientos fantásticos

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Viernes 25 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VI OSPA Cleopatra revisada: Anne Schwanewilms (soprano), David Reiland (director). Obras de Mélanie Hélène Bonis y Berlioz.

Ineludibles compromisos previos me impidieron llegar a la primera parte del sexto abono de nuestra orquesta, aún sin concertino, hoy invitado el australiano Michael Brooks, ni director titular, ocupando el podio el belga David Reiland.  Interesante hubiese sido escuchar la obra de la compositora Mélanie Hélène Bonis (1858-1937) El Sueño de Cleopatra, op. 180, nº 2 (de las Tres mujeres legendarias),  vida novelesca para una pianista muy reconocida en su tiempo, más la infrecuente cantata con textos de Vieillard y música de Héctor Berlioz (1803-1869) La muerte de Cleopatra, H. 36, con la soprano alemana Anne Schwanewilms. Una lástima porque estos programas infrecuentes siempre son de agradecer, y aún más la poco escuchada cantata del francés.

Al menos tuve tiempo para disfrutar la conocida Sinfonía Fantástica: Episodio de la vida de un artista, en cinco partes, op. 14 del gran compositor francés, orquestador que marcó un estilo para las grandes formaciones y donde la OSPA con Reiland sacó «músculo» en los cinco movimientos. Un inicio tenue en I. Sueños – Pasiones, con una cuerda débil pero de sonoridad sedosa antes de desatar las pasiones con la presencia del viento que comenzaría su verdadero protagonismo «fantástico».

Con un contenido II. Un baile alejado de los valses vieneses, Reiland fue buscando un ritmo claro aunque poco bailable, de rubato sin exagerar y balances donde madera y metales estarían siempre en primer plano, volando la «idea fija» de su amada, tan característica del compositor francés, lo mismo que la III. Escena en los campos, impresionante el «duelo» entre oboe (fuera de escena) y corno inglés, dos grandes maestros de la madera asturiana. El tempo de la IV. Marcha al cadalso fue más fúnebre que militar hacia el «suplicio» pero sirvió para degustar la calidad de toda la sección de viento de la OSPA, maderas y metales de primera con la necesidad de una cuerda grave más nítida y equilibrada en efectivos que contrapusiese los volúmenes y mantuviese el empuje bien marcado por la percusión en una joya de orquestación.

El clímax del V. Sueño de una noche de sabbat trajo al mejor Berlioz, con metales poderosos, maderas incisivas (bravo el clarinete de Weigerber) y la percusión mandando en este aquelarre musical, auténticas campanas fuera de escena, trombones y tubas entonando el Dies Irae, con Reiland sin apurar el aire para dibujar mejor toda la masa orquestal de una OSPA que la próxima semana se irá a Bilbao para participar en el grandioso festival Musika-Música dejándonos abierto al público su ensayo general del viernes a una hora infrecuente pero que servirá para pulsar el estado de nuestra formación dirigida por Christoph König en los dos conciertos de esta nueva visita al Euskalduna donde es apreciada dentro del marco de las sinfónicas españolas.

Martín esencial

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Viernes 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Bruckner esencial»: OSPA, Nemanja Radulović (violín), Jaime Martín (director). Obras de Mozart y Bruckner.

Mientras seguimos a la espera del nombramiento del director titular para nuestra orquesta, al menos regresan al podio directores que dejan huella en ella como es el caso del santanderino Jaime Martín (1965), que incluso durante la pandemia nos dejó una Séptima de Beethoven para disfrutar desde casa.

Este cuarto de abono (tras la suspensión del tercero por avería de la caja escénica) nos traía a Gijón y Oviedo dos obras que ponen a prueba toda la complicidad de una orquesta con el podio, de nuevo química y entendimiento entre ambos, junto a la presentación del violinista serbio-francés Nemanja Radulović, al que tendremos que seguir muy de cerca, procedente de un país pequeño con mucho talento incluyendo el musical, toda una generación de jóvenes intérpretes balcánicos muy activos y populares en las redes sociales, hoy verdadero escaparate necesario para llegar a todos los públicos que habrá que captar para la música en vivo, pues la imagen y el talento son la mejor carta de presentación.

Nunca está de más escuchar a Mozart con una plantilla ideal para él.  El Concierto para violín nº 3 en sol mayor, K. 216 resultó de una luminosa y juguetona interpretación a cargo de Radulović por su impecable técnica, sonido maravilloso y visión propia teniendo a Martín de perfecto cómplice concertador. Las cadencias de cada movimiento fueron perlas llenas de amplísimas dinámicas, con unos pianissimi en todos muy cuidados dentro de un balance orquestal idóneo donde toda la cuerda, esta vez con el «Quiroga asturiano» Aitor Hevia de concertino invitado, nos dejó un tercero de Mozart imprescindible, tres movimientos a cual mejor y sin perder la homogeneidad, disfrutando sobre todo del Adagio, casi como un aria operística cantada por el violín lírico del serbio, verdadera «prima dona de las cuatro cuerdas», y el Rondó lleno de cambios en una agógica enloquecida pero bien entendida por todos los intérpretes que encajaron y se entendieron gracias a esa virtud de escucharse unos a otros.

Éxito clamoroso de este virtuoso del violín que sigue asombrando en las redes y nos dejó boquiabiertos con las Variaciones de Sedlar sobre el último Capricho de Paganini, capaces de acallar las toses que sobraron en los silencios mozartianos, endiabladamente envidiable y broche de oro para su primer viaje asturiano, que espero no sea el único.

Nuestra orquesta pienso que necesita más Bruckner, tiene músculo para él, y el director cántabro lo sabe, conocedor de todos los efectivos a los que exprimió al máximo en la Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, WAB 104 «Romántica» (versión 1880), no solo por unos bronces poderosos y que son un auténtico órgano sinfónico, también la madera segura y de presencia idónea en esta «romántica», los timbales mandando y al fin una cuerda compacta, tensa y tersa, nítida, presente ante el empuje del resto de secciones y capaz de «sobreponerse», seguir sonando precisa y aunada. Tal vez faltasen más graves pero el trabajo de violas, cellos y contrabajos por mantener el necesario equilibrio dinámico, así como la maestría de Jaime Martín en controlar cada detalle, redondearon una sinfonía imprescindible en los atriles de nuestra orquesta.

La elección de los tempi por parte del director santanderino fueron casi al pie de la letra según las indicaciones que comenzarán a ser más precisas e indicadoras de lo que el compositor deseaba en los albores del siglo XIX, con menos subjetividad que los genéricos términos italianos siempre dudosos, sin contar con las anotaciones a lo largo de cada movimiento, descriptivas y detallistas como en Bruckner era habitual.

No hubo dudas en ninguno de los cuatro movimientos, bien «leídas» por orquesta y director, comenzando con el primero «movido, no demasiado rápido» (Bewegt, nicht zu schnell), ese inicio de la trompa anunciando el nuevo día, como llamando a la puerta para lo que vendría a continuación, reguladores y frases que parece no acabar, volúmenes impactantes pero contenidos, cuerda maleable, sedosa y rugosa según se lo pedía Martín. El segundo «tranquilo y casi rapido» (Andante – andante quasi allegretto), para disfrutar de la cuerda y cada matiz, con metales y maderas cual tubos de lengüetería y bisel de registros únicos para el «órgano sinfónico». Verdaderamente «emocional» (Bewegt) el tercero, espectáculo de fuegos artificiales de trompas, metales al completo y tutti, una montaña rusa que no frena, broma de scherzo en este derroche sonoro que impacta, contrastes dinámicos y rítmicos, las emociones de Bruckner con reminiscencias wagnerianas y siempre necesarias para entender mejor a Mahler, la pletórica Viena toda ella metida en este movimiento con una orquesta entregada, concentrada, atenta y equilibrada al mando claro y preciso del maestro cántabro.

Y el último «movido, pero no demasiado rápido» (Bewegt, doch nicht zu schnell), el paso de la sombra a la luz cegadora, la esperanza en el más allá, visiones y convicciones religiosas, banda sonora de monumentales decorados, procesión no al cadalso sino al paraíso sonoro, estallidos de metales y oraciones de cuerda en un tránsito orquestal que Marina Carnicero en sus notas al programa llama «Un canto de amor a la naturaleza». Cuarta sinfonía romántica, esencial y pletórica gracias al buen hacer de Jaime Martín que volvió a conectar con la OSPA, sensaciones que se notan y transmiten a un público no tan numeroso como querríamos, pero agradecido de conciertos como este cuarto de abono.

Dolor contenido

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Viernes 21 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono II: Vidas fugacesOSPA, María Luisa Espada (soprano), Federica Carnevale (mezzo), Santiago Serrate (director). Obras de Arriaga y Pergolesi.

La pandemia sigue entre nosotros y cada día es una sorpresa para la que debemos adaptarnos sobre la marcha. Los eventos musicales siembran incertidumbres y los contagios aumentan, por lo que cancelar a última hora se está volviendo tristemente habitual pero los programadores siguen trabajando y consiguiendo auténticos milagros. El previsto segundo de abono Telemann desconocido se hubo de suspender pues Carlos Mena dio positivo (curioso llamarlo así cuando el propio hecho es negativo) y rápidamente nos encontramos con un programa de dos compositores de vidas fugaces, fallecidos por la tuberculosis que tantas muertes causó hasta conseguir su vacuna, y Santiago Serrate (Sabadell, 1975) se ponía nuevamente al frente de la OSPA con un concierto contenido de dolor y color.

La Sinfonía para Gran Orquesta del bilbaíno Arriaga, con toda la historia a su alrededor que bien escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio), nos presenta esta forma orquestal perfecta para nuestra OSPA, ducha en repertorio de esta época, que el maestro catalán llevó con limpieza, buena respuesta y explorando un lenguaje que bebiendo del clasicismo es de un romanticismo claro que la prematura muerte de nuestro genio truncado, admirado hasta por Mozart, nos impidió saber dónde llegaría. Sinfonía interesante de escuchar interpretada con escrupulosa sonoridad, limpia, de rítmica precisa, tempi ajustados a las indicaciones y una energía contenida por momentos para una plantilla ideal (maderas a dos, dos trompas, timbal y cuerda) con intervenciones solistas destacadas de flauta y oboe en este segundo de abono, así como una sonoridad global aterciopelada y elegante.

El Stabat Mater de Pergolesi es una perla musical para disfrutar en cualquier versión. Buena elección de las solistas y una orquesta camerística de cuerda y órgano que la obliga a afrontar un repertorio poco habitual que Serrate supo comunicar. Sonoridades contenidas siempre subrayando a las voces, auténtico sustento y refuerzo dramático de un texto en latín que tanto la soprano emeritense como la mezzo italiana articularon correctamente (con el texto y la traducción en pantalla). Colores vocales las de estas voces femeninas adecuadas al estilo, con un empaste homogéneo en los siete dúos y cinco arias solistas plenamente dramatizadas, respirándose cierta religiosidad operística con aires más ágiles de lo habitual que favorecieron los ornamentos y supusieron mayor «comodidad» en sus intervenciones.

María Luisa Espada en sus arias volvió a demostrar el dominio vocal, comodidad en su tesitura que ha ganado cuerpo en el grave y con unos agudos sólo «afilados» cuando así lo exigía el texto desde ese color natural que la caracteriza en cualquier repertorio. Por su parte Federica Carnevale mantuvo el mismo nivel de calidad en sus tres números, voz carnosa de buena proyección en todos los registros, dicción y articulación clara, con el volumen necesario para la proyección correcta, siempre mimada por una orquesta contenida por el maestro Serrate, buen concertador de voces y entendiendo la ductilidad de la orquesta asturiana que debería transitar más el barroco, pues el público agradece estos repertorios. Como concertino invitado volvió a sentarse Benjamin Ziervogel, integrado en el grupo casi como uno más de la plantilla, aunque sigamos necesitando cubrir pronto esa plaza (el querido Vasiliev parece insustituible). La de director parece una quimera…

El mágico tránsito de Perianes

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Viernes 14 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA: Perianes Integral. OSPA, Javier Perianes (piano y dirección), Obras de Mozart y Beethoven.

Día para el recuerdo con ausencias muy presentes como la de mi querido Alfonso Ordieres a quien se le dedicaron los dos conciertos, el tránsito vital que nunca deseamos pero forma parte de nuestra existencia, y la música siempre resulta la mejor poción mágica para aliviar dolores, un sentido pésame para toda su familia desde el propio tránsito del maestro y amigo.

Mágico tránsito el de este concierto especial con Javier Perianes compartiendo dos páginas inmortales para piano con orquesta, el vigésimo de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y el primero de Ludwig van Beethoven (1770-1827), ejerciendo de auténtico maestro y hechicero, conviviendo y compartiendo con todos los músicos sobre el escenario, escuchándose, disfrutando de la mejor música concertada donde quien dirige es el latido común de cada instrumentista en una interpretación llena de emoción, dolor, esperanza, pasión y vitalidad.

Impresionante homenaje lleno de historia, lección para comprobar la transición de dos genios, un Mozart premonitorio del romanticismo junto al Beethoven clásico que dará el paso adelante sin sobresaltos, su homenaje y admiración por el genio de Salzburgo junto al personal heroísmo por romper moldes. Así entendió Perianes los dos conciertos elegidos formando un bloque común que brilló e hizo brillar dos páginas únicas, complicidad desde un piano plenamente ensamblado en dinámicas y agógicas, esta vez con Alexis Aguado como concertino invitado, un puesto que sigue clamando titularidad (de la batuta esperada mejor ni hablamos) y transformación «digital» como aquel programa de edición fotográfica donde el paso de hombre a lobo era sutil y sin sustos, lleno de arte visual, esta vez Mozart y Beethoven arte musical con una «aplicación desde Nerva al mundo»

El Concierto para piano y orquesta nº20 en re menor, K. 466, como bien apunta en las notas al programa mi tocayo Pablo Gallego, «…el hecho de que todas las ideas musicales felices contengan tristeza, y todas las tristes aporten una medida de esperanza, como señala Richard Westerberg, “es donde reside la clave de la humanidad de Mozart, que ha resonado en músicos experimentados y noveles por igual a través de los tiempos”, y la elección de este «cinematográfico concierto» no pudo ser más acertada para el primero de abono que esperemos nos deje (con)vivir sin perder tanto ganado, incluyendo la música en vivo. Exactitud en los tempi con encaje en el dramatismo propio sin buscar referencias operísticas y marcando distancias de protagonismo entre una orquesta rica en matices junto al piano cristalino y entregado del maestro onubense  (I. Allegro). La paz y el sosiego llegaría en el movimiento central (II. Romanza) que Peter Shaffer inmortalizaría en su Amadeus, mi particular Sorolla del piano iluminando ese remanso único, en primera persona para compartirlo entre todos en feliz y bien entendido diálogo. Y esa furia contenida del último tiempo (III. Rondo: Allegro assai), siempre las cadencias de Perianes como recordatorios anímicos y avisos libertarios. La magia de Mozart conseguida en este concertar auténtico para disfrute de todos los públicos.

Sin descanso, sin perder ese tránsito vital en el tiempo, Beethoven y su Concierto para piano y orquesta nº1 en do mayor, op.15, imaginando al compositor en el piano como también hiciese su admirado Mozart, dos mundos en un mismo universo, el torrente del segundo y el tormento del primero para unir orquesta y piano en pos de una libertad sin luchas fratricidas. Inicio con tributo clásico  (I. Allegro con brio) en escritura e interpretación, disfrutando de una OSPA entregada al compañero pianista, repeticiones llenas de matices y unos balances perfectos en la «acústica pandémica» que ha supuesto quitar la pantalla del fondo. De nuevo el remanso del movimiento central (II. Largo) con el clarinete de Andreas Weisgerber completando  una sonoridad delicada y una concertación perfecta y sin fisuras.  Qué mejor título para el cierre, la forma y el fondo (Rondo: Allegro scherzando), rápido y bromista, parecidos de los dos genios y visiones distintas, un regalo pianístico bien secundado por la orquesta, cadencias impolutas y sensuales más ese empuje de danza que cerraría un tránsito mágico en las manos y el arte de Javier Perianes cuyas visitas a nuestra tierra las contabilizo en emociones a flor de piel.

Luz para los difuntos

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Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras deSaint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Crítica para La Nueva España del domingo 31, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Noches lúgubres de tenorios y lápidas, fiestas religiosas que se vuelven paganas recordando y celebrando a los muertos, efemérides importadas a nuestra ya de por sí rica tradición fúnebre, con la música siempre de banda sonora, como la que puso la OSPA este último viernes de octubre en el auditorio ovetense, versus cementerio excelsamente iluminado para resucitar nuevamente grandes páginas sinfónicas, que al menos, no metieron miedo.

El venezolano Rodolfo Barráez, otra batuta salida de “El Sistema” y debutante con la lección bien aprendida, dirigió las seis obras elegidas para esta noche temática de memoria y académicamente, con la respuesta esperada por parte de la formación asturiana aunque de temperatura algo gélida, como si se contagiasen de un guión que la puesta en escena ayudó a calentar y elevar a espectáculo audiovisual gracias a un equipo comandado por Alejandro Carantoña, con Ruben Rayán, Vicente V. Banciella e Isabel Hargoues, grata sorpresa nocturna.

La Danza Macabra (Saint-Säens) sirvió de lucimiento a Eva Meliskova, hoy concertino, y la necesaria en esta velada Mirian del Río al arpa, con ligeros “traspiés” iniciales del desfile sinfónico al “salir de la tierra”, hasta encajar el tiempo como huesos descoyuntados de los originales “zombies”. La obertura de El cazador furtivo (Weber) apuntó maneras gestuales de Barráez aunque algo desequilibrados los balances de una orquesta con fuerza ganando músculo a los esqueletos iniciales del francés, disparando buena munición y alcance de tiro en todas las secciones.

Lo más atinado de la noche resultó el abate Liszt con sus dos primeros valses del Mefisto. Si en la versión para piano resultan verdaderamente diabólicos, sinfónicamente son todo un catálogo de luces y sombras, las mismas que se iban proyectando como murciélagos y luciérnagas, obras con poso y mucho trasfondo que el venezolano y el tiempo irán madurando para alcanzar la categoría de túmulo sinfónico.

Muy socorrida para ambientar efemérides de difuntos o películas como mi recordada “Fantasía” (1940) de Walt Disney, buscando representar el mal más que el miedo, por lo que resulta más apropiada para una noche de San Juan, aunque igualmente agradecida de escuchar e interpretar por conocida, Una noche en el Monte Pelado (Mussorgsky) orquestada por Rimski-Korsakov, supone un derroche sonoro apto para todos los públicos y celebraciones. El propio compositor ruso llenó de frases su manuscrito haciendo alusión a voces sobrenaturales, aparición de espíritus de las tinieblas, Chernobog o Satanás, y hasta aquelarres de brujas antes del amanecer, escenas del todo goyescas. Las ideas subyacen y brotan cual volcán sinfónico, Barráez, volviendo al cine, fue el aprendiz de brujo lanzando con su varita los conjuros explosivos respondidos por una orquesta con músicos maquillados en esta noche de Walpurgis, con luto riguroso solo roto por las corbatas “de alivio”.

Lo hispano vendría de Don Manuel y su Danza ritual del fuego (Falla), cocinada sin prisas, la magia popular y sabia para vestir amores brujos frustrados, baile escénico de los verdaderos hechiceros de la noche que vistieron, y no disfrazaron, la pureza musical de unas obras populares para festejar los muertos vivientes que son los compositores.

La orquesta responde y funciona, aunque siga sin poner toda la carne en el asador por miedo a quemarla y no dejarla al punto (algo siempre subjetivo), así que será cuestión de encontrar pócimas y conjuros para pedir la receta magistral que nos traiga, al fin, director titular y concertino. El aprendiz Mickey necesitó de Merlín para traer la calma y retomar la normalidad, porque así los calderos y escobas multiplicándose no arruinaron el buen trabajo iniciado.

Muertos muy vivos

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Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras deSaint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Reseña rápida para La Nueva España del sábado 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La música resucita los muertos y esta noche de difuntos sinfónicos no necesitó “jalogüin» ni samaín para iluminar de magia el camposanto de Rafael Beca. La Catedral celebrando los vivos mientras los pecadores disfrutamos los resucitados.

A falta de un aprendiz de brujo, el venezolano Barráez, sin libros de conjuros, sacó esqueletos franceses que irían engordando según avanzaba la noche y desde butacas cual lápidas emergió Mefisto del verrugoso converso Liszt, el mundo terrenal de una orquesta ya con músculo tras un cazador que erró el festejo pero no el tiro (para 2022 propongo un Tenorio musical).

El Monte Pelado del ruso escupió lava orquestal cual La Palma carbayona y nunca Falla el fuego purificador final, lento para no quemar e iluminar.

La luz y la escena hicieron que lo mágico resultase y resaltase estos muertos vivientes: excelente trabajo de Alejandro Carantoña en la escena con Ruben Rayán “Merlín” de la iluminación, Vicente V. Banciella diseñando la escenografía más el vestuario de Isabel Hargoues, con Barráez conde de Walpurgis espoleando a unos músicos disfrazados pero concentrados, a la espera de titular, que siguen brillando incluso en noches como ésta.

Equilibrios sin red

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Viernes 15 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda II: OSPA, Roman Simovic (director y violín), Milena Simovic (viola). Obras de: Vaughan Williams, Mozart y Prokofiev.

Hay vueltas que se agradecen cuando quedan recuerdos imperecederos. Tener de nuevo a Roman Simovic con la OSPA ha sido una alegría contagiosa para todos, músicos y público que pudimos valorar la sencillez y magisterio de un grande como el violinista afincado en Londres, esta vez acompañado por su mujer y en un concierto «clásico» como bien presentó Alejandro G. Villalibre en la conferencia previa, aún poco publicitada, y que fue más allá de sus notas al programa (enlazadas al inicio con las obras).

Dirigir desde el violín supone sentirse uno más, casi como un concertino (esta vez Elena Rey de nuevo), que comparte la maravillosa labor de hacer música juntos. Tocar de pie (salvo los «obligados» cellos) supone mantener el mismo nivel, sin tarimas, camerístico, con saludos conjuntos sin darse importancia, la grandeza de los grandes que no necesitan oropeles ni escalones pues la talla moral y musical es suficiente. Simovic siempre arriesgando sin red, con obras llenas de equilibrio que hacen comprender lo «clásico» desde su tiempo y como un escalón más, la tradición de la que beber y la modernidad dominando la técnica para así romper y avanzar, tal cual explicaba el doctor González Villalibre. Apliquémoslo al maestro Simovic y a las partituras elegidas.

Comenzar con esa maravillosa Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis del británico Ralph Vaughan Williams (1872 – 1958) es tributo al Renacimiento de su tierra llevando la polifonía vocal a una cuerda única, dos orquestas manejadas cual coro por el director no ya solista sino cantor (bravísimo el dúo con Alamá), ubicación perfecta de todos con la acústica ideal, devolviendo las mejores cualidades de esta sección que al fin se sintió entendida desde la igualdad y el magisterio del maestro Simovic. Riqueza de matices, sutiles texturas, la música pura y cercana  que transmite emociones, desde TallisVaughan Williams respirando el mismo aire atlántico de este «coro de arcos» que resultó esta OSPA.

Todos sabemos que sólo hay un genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791), capaz de aunar y romper  desde la forma, sinfonía y concierto que conjugan amores, el de la viola en masculino dialogando con el violín femenino en su Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor, K 364/320d, con  los Simovic, Milena y Roman arropados por una OSPA que sumaba oboes y trompas sin perder sentido camerístico, solistas y directores la pareja, complicidad única de vida y sentido musical, la magia de la convivencia y el latir compartido. Obra amorosa de Mozart hacia la viola con una orquestación que la mima, la envuelve e iguala al violín, sin géneros, dos en uno capaces de arrancar un I. Allegro maestoso contundente y preciso donde la cadenza fue un regalo mayúsculo, la tristeza del II. Andante (el sentimiento de Mozart por la pérdida de su madre) que los Simovic sintieron cual Requiem solista con el «coro sinfónico» nuevamente de solos inmensos, para volverse operístico compitiendo con «La flauta del Campoamor» explosiva del III. Presto, el «más difícil todavía» sin perder compostura desde el mejor equilibrio posible sin miedo a caminar juntos sin caer. La siempre engañosa simplicidad mozartiana que se esconde pidiendo máxima concentración y entrega, la que no les faltó ni a la pareja Simovic, triunfante viola maridada con el violín, ni a la OSPA copartícipe, esta vez sentada, para disfrutar y vivir la música del genio de Salzburgo junto a dos figuras que ejercen de compañeros.

La propina de Händel – Halvorsen, Pasacaglia de variaciones virtuosas para violín y viola resultaron el mejor regalo del corazón Simovic, música a borbotones, sincera, entregada, entendida y disfrutada, alegría de vivir la música y la propia vida. Al menos hicieron olvidar la impertinente tos que rompió el andante mozartiano para hacer reinar el silencio respetuoso desde el que apreciar la calidez de dos solistas con una gama dinámica al alcance de pocos, un virtuosismo impactante y la sonoridad de sus dos instrumentos únicos.

Y más clásicos desde su tiempo, Sergei Prokofiev (1891 – 1953) con el recuerdo y tributo al Haydn simpático, bromista, menos explorado, una misma forma que condensa todo lo anterior con el lenguaje ya innato del ruso, Sinfonía nº1 en re mayor, op. 25 «Clásica» y rompedora cual Meninas velazqueñas vistas por Picasso, reconocibles y actualizadas, cuatro movimientos que pasaron en un suspiro, OSPA en pie con maderas, metales y percusión, Roman Simovic uno más (volvió a por la partitura), tiempos casi literales y duramente exigentes: I. Allegro con brio, para saborear el lenguaje sinfónico bien entendido, II. Larghetto lleno de delicadeza y empaste total, bálsamico, contenido, preparando el III. Gavotte: Non troppo allegro, matices y acentos casi vieneses con la elegancia británica que bien conoce Simovic, dando a los músicos las mínimas indicaciones pues el sentido común emana de la propia ejecución, y por último el vertiginoso IV. Finale: Molto vivace, cuerda limpia, tersa presente, timbales encajados, viento sin aliento, muy vivaz, al pie de la letra en una sinfonía que la OSPA disfrutó con Simovic y éste con ella. En tiempos donde los ensayos son pocos y los conciertos a pares, aprovechar cada minuto para alcanzar esta calidad orquestal solo lo logran grandes músicos que conocen bien el atril y dirigir lo entienden como compartir. Mientras, la formación asturiana se engrandece de un aprendizaje desde la humildad que solo los maestros como Roman Simovic consiguen transmitir y trascender.

Las pocas novedades en tiempos de pandemia, salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, se agradecen: la vuelta de Elena Rey como concertino invitada, química total con director y compañeros, un director además de solista por partida doble, a falta de titular, más la organización clásica del programa con conferencia previa, ansiosos de recuperar una normalidad siempre distinta a la que entendíamos antes del Covid.

Nada nuevo en este otoño primaveral

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Viernes 8 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda I: Jorge Luis Prats (piano), OSPA, Josep Caballé (director). Obras de: Tchaikovsky y Stravinsky.

Otra temporada de la OSPA con pocas novedades en tiempos de pandemia salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, por lo que hasta diciembre estaré en una butaca distinta a la de mis 30 años anteriores (incluyendo el del «cese temporal de convivencia» con el cocinero búlgaro).

Otra temporada sin director titular ni concertino, volvían Josep Caballé Domenech a la batuta, siempre claro y preciso,  más Benjamin Ziervogel, ya casi de plantilla. Programa de rusos que siempre le sientan bien a la OSPA, nada nuevo. Y también regresaba el pianista Jorge Luis Prats, que repetía en el escenario su primero de Tchaikovsky como hace tres años  aunque mejor con la orquesta de todos los asturianos.

Nada nuevo en la programación apostando por lo seguro: concierto y obra sinfónica, perdiéndose la de apertura al no haber descansos y reducir la duración del mismo aunque no haya toques de queda inconstitucionales ni cierres perimetrales, menos aún los restringidos horarios de cierre.

La OSPA mantiene el músculo de la temporada pasada, rodada, empastada, con ganas de directo y director, aunque está claro que cuando hay «mando en plaza» los resultados son buenos. Y el primero de los programas otoñales era apto para disfrutar (casi) todos, especialmente con esa primavera no solo climatológica, donde las cañas sacaron pecho con Igor, la «nueva acústica» de la sala principal (abierta la parte de atrás) continúa dándonos sonoridades más rotundas además de claras, con los metales plenamente engrasados y hasta broncíneos. Los números de la consagración fueron plenamente descriptivos en ánimo y sensaciones, con percusión matemática junto a la cuerda compensada, además de presente.

Importante en todo concierto de piano que exista comunicación total, y así fue con Caballé y Prats que concertaron el primero de Tchaikovsky a la perfección (tras el día anterior en Gijón, como casi siempre), el solista cubano estuvo más comedido que con la Oviedo Filarmonía en sus rubati, igual de poderoso en su pulsación con un pedal a veces exagerado y tempi menos extremos, pero ayudando al encaje correcto de cada entrada o final, más unos balances orquestales muy cuidados por parte del maestro catalán, con un Andantino simple y primoroso antes del Allegro con fuego que Prats mantuvo en su punto sin quemarlo.

Las propinas del pianista cubano afincado en Miami, son casi un programa aparte, como si el concierto fuese para calentar dedos. Perdida la cuenta de las que ofreció, sus esperados y habituales     Lecuona (Siempre está en mi corazón) junto a las danzas de Ignacio Cervantes siguen siendo todo un referente en las manos de Prats: total libertad expresiva, matices explosivos, el ritmo caribeño perlado que ha de llevar en la sangre todo nacido en Camagüey, sumándole el sentido del espectáculo al mejor estilo «made in USA» con esos popurris de su tierra que incluso algunas vecinas de fila tararean en voz baja (nada nuevo). Me quedaré con las ganas de escuchar a Don Jorge Luis más en solitario.

Nada nuevo los móviles irrumpiendo e interrumpiendo, aunque sí la deseada desaparición de toses que las incómodas mascarillas han ayudado a no percibirse. Supongo no haya bozales para los dichosos teléfonos ni tampoco evitar las caídas de bastones al suelo (no había paraguas).

Con la nueva temporada todos (todas, todes..). tenemos ganas de recuperar aforos (aforas, afores ¡no!), maldita nueva normalidad que nunca será «como antes» y mucho menos ¡nueva!. Ansiosos del directo único y terapéutico. «La esperanza es lo último que se pierde»… (Pandora y papeles) pero de momento nada nuevo. A esperar y seguir contándolo, incluso buscando otras formas, siempre desde aquí como desde 2008.

Programa:

Piotr Ilich Chaikovski
(1840 – 1893)

Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23

 I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Igor Stravinsky (1882 – 1971)

La Consagración de la Primavera
(reducción de Jonathan McPhee).

Primavera con brocha rusa

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Viernes 11 de junio, 19:00 horas.  Auditorio de Oviedo: Primavera VI, OSPA, Simon Trpceski (piano), Paolo Bortolameolli (director). Obras de Shostakovich y Chaikovski. Entrada butaca: 15 €.

El sexto concierto de primavera del abono OSPA puso broche final a a otra temporada difícil por todo lo que ya sabemos y sufrimos del «bicho», sin director titular ni concertino (esta vez volvía al primer atril Benjamin Ziervogel) en un programa ruso que traía al director chileno Paolo Bortolameolli, que en la prensa recordaba a su paisano, nuestro siempre recordado Max Valdés, más al excelente pianista macedonio Simon Trpceski con su equipaje perdido por Bilbao aunque lo menos importante sería la anécdota compartida con los asistentes, público fiel que volvió a arropar a la formación asturiana pese a la actuación de Javier Camarena con la Oviedo Filarmonía y Lucas Macías en el Campoamor, aforo completo y vendido hace meses.

Sobre la organización de los programas pienso que va siendo hora de cambiar una costumbre decimonónica que en este caso nos hubiera dejado un orden cronológico ideal para comprender la evolución de la música rusa además de poder contar con una orquesta más «entonada», con mayor empaste y mejor entendimiento y un Bortolameolli que optó más por la brocha que por el broche deseado cerrando con dos obras inmensas esta temporada 20-21.

Un placer escuchar siempre a Dmitri Shostakovich (1906-1975) pues su dominio compositivo saca siempre a relucir un colorido propio que hace brillar sus interpretaciones. Su Concierto para piano nº 2 en fa mayor, op. 102 es una de sus joyas ( utilizada en la película Fantasía 2000), Trpceski entregado desde el inicio (I. Allegro) pero con poca exactitud en la orquesta, muy atropellada e imprecisa para encajar con el solista, además de unas dinámicas que por momentos taparon el papel de un piano que no sólo es rítmico sino percusivo, titánico a menudo. Evidentemente los volúmenes y el «tempo» del II. Andante nos permitieron disfrutar de una atmósfera más sutil, pinceladas románticas que no pasan de moda, la cuerda sedosa que viste al «piano ruso» sin clichés, evocaciones al compatriota Rachmaninov emigrado a EEUU pero universal además de cinematográfico. El ataque del  III. Allegro volvió a descompensar dinámicas y rítmicas a pesar de la lucha titánica del macedonio con unas secciones instrumentales siempre con una calidad que no apreciamos cuando la batuta apunta donde no debe. A la vista de los resultados la interpretación dejó en bisutería esta joya orquestal con un pianista de oro.

Para desquitarse del anterior ShostakóvichTrpceski nos preparó como regalo el Allegro con brio del “Trío para piano nº 2 en mi menor, op. 67” junto al principal de chelos Maximilian von Pfeil y el citado concertino invitado Benjamin Ziervogel, tres grandes músicos que pudimos por fin disfrutar con la calidad y entrega esperadas así como por el feliz entendimiento que sólo el más universal de los lenguajes posee.

Hay sinfonías impactantes, históricas, emocionales, grandiosas, ideales para dejar por todo lo alto a las orquestas con todos sus primeros atriles luciéndose y examinando el trabajo del director. Las tres últimas sinfonías de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893) creo que no han faltado en ninguno de los 30 años de la OSPA y la madurez exigida para la  Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 de nuevo examina a los intérpretes. La Cuarta es una de mis preferidas y exigentes en su preparación, con mucho que dibujar, perfilar, sacar a flote, equilibrar, buscar los balances perfectos, encajar los intrincados cambios de compás y tempi justos que marquen diferencias entre una versión aseada y una entregada.

Está claro que Bortolameolli conoce la sinfonía al detalle, pero la orquesta asturiana no tiene la plantilla «angelina» y hay que controlar cuidadosamente los planos sonoros. Los músicos tocaron lo escrito sin pegas pero los matices deben controlarse. Una pena que entre lo deseado y lo real haya un abismo. Los «bronces» que llamaba Valdés, estuvieron perfectos, empastados, atentos, las maderas siempre acertadas y empastadas, la percusión dominando pasiones y pulsiones, más una cuerda bien engrasada pero de nuevo la brocha impidinedo disfrutar la globalidad del dibujo, la dirección debería haber ejercido de técnico de sonido para jugar con cada «fader» y equilibrar volúmenes. La frecuencia del flautín pide bajar del forte al piano, la cuerda no da para más volumen si los metales tocan las dos efes escritas. A lo largo de los cuatro movimientos (I. Andante sostenuto II. Andantino in modo di canzona III. Scherzo: Pizzicato ostinato IV. Finale: Allegro con fuoco) estos desajustes fluctuaron pese a la calidad de toda la orquesta, el arranque poco marcial, y donde destacaría los impresionantes silencios que inundan el auditorio (de acústica «nueva») y el tercer movimiento donde sí se logró el balance y encaje perfecto, con ese fuego final que quemó deseos cual hoguera de San Juan adelantada.

Si La Cuarta hubiese abierto la tarde primaveral, los músicos se habrían entendido mejor con Bortolameolli y éste con la orquesta, ya todos en el punto ideal de dedos o labios para afrontar un Shostakovich que seguro hubiese pintado más limpio y delineado, encajado broche ruso que no brocha rusa de trazo grueso. El curso académico y musical está terminando, el cansancio emocional se nos nota a todos pero la esperanza no la perdemos aunque los dirigentes (de todo tipo) sigan sin cumplir las expectativas. Los peores tiempos necesitan de los mejores porque el futuro está en sus manos. Es su hora, pues lo demás ya hemos cumplido.

Balance irregular en estos 30 años de OSPA, temporada de aniversario con pocas luces y muchas sombras para «La música en tiempos del Covid» más parecida un título de García Márquez que a la triste realidad presente. Al menos apliquemos la musicoterapia y el convencimiento de que «La Cultura es Segura» además de necesaria.

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