Inicio

Balada por los trasterrados

3 comentarios

Viernes 22 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IX: OSPA, «Ballade», Nicolai Luganski (piano), Perry So (director). Obras de Médtner y Schumann.

La RAE define Trasterrar  o transterrar(de trans- y tierra) como «Expulsar a alguien de un territorio, generalmente por motivos políticos» y este noveno de abono con la OSPA fue verdaderamente una «Balada por los trasterrados», compositores e intérpretes, sirviendo para ver cómo la música y los músicos son ciudadanos del mundo, y el tiempo parece poner todo en su sitio.

Este viernes volvían a la OSPA varios conocidos, primero el director chino Perry So (Hong Kong, 1982), «eterno aspirante» a titular desde 2011 (al fin lo tenemos, pero será Nuno Coelho) en aquellos tiempos esperanzados esperando acertar en la elección. Pero un cocinero «vúlgaro» fue minándonos al quitarnos los mejores deseos, especialmente durante la anterior visita del pianista ruso Nicolai Luganski (Moscú, 1972) que me dejó muy mal sabor de boca por la malísima dirección del innombrable. Y al fin se hizo justicia con ambos en este concierto de Médtner. Qué distinto hubiese sido entonces de coincidir como hoy la entrega del ruso, el buen hacer del chino y una OSPA universalmente asturiana que vuelve a esperanzarnos, aunque sigamos sin concertino, esta vez nuevamente invitado nuestro admirado Aitor Hevia. Las invitaciones de la orquesta a So siempre han traído veladas de calidad y buena química entre todos, algo que el público, de nuevo escaso para disfrutar de nuestra orquesta, se lo agradeció al final con largos y cálidos aplausos que le obligaron a salir varias veces a saludar. Bienvenido Perry y gracias.

El Concierto para piano nº 3 en mi menor, op.60 «Balada» del ruso Nikolái Kárlovich Médtner (1880-1951) no pudo tener mejor solista que su compatriota Nicolai Luganski, uniones de dos trasterrados que desde su pasión por el piano nos ofrecieron esta joya tan poco programada pese a la belleza, dificultad y todas las razones para hacerla tan atractiva. Tres movimientos sin pausa, entrelazados, que nos recuerdan la excelencia musical rusa, el paso adelante en los albores del pasado siglo de Scriabin y sobre todo Rachmaninov, y que por lo escuchado bebería de las mismas fuentes que Médtner. Concierto con todos los ingredientes para disfrutarlo, sonoridad siempre plena en el solista, la fusión orquestal en muchos momentos, el balance perfecto entre todas las secciones desde el inicio al que se van sumando efectivos con una delicadeza previa al posterior discurrir emocional, y una dirección de So precisa, cómplice con el piano y concertando con exactitud por los intrincados vericuetos, especialmente en el inmenso Finale: Allegro molto, Svegliando, eroico que aporta las novedades propias del compositor tras su «tributo» y herencia de sus contemporáneos: cambios de compás, de ritmo y tempo donde piano y orquesta funcionaron y se fusionaron como si llevasen años interpretando esta «Balada» rusa. Impresionante el sonido de Luganski, la elegancia, el rubato justo, su conmovedora entrega a la música que parece sentirse más honda en la distancia y el dolor, con este último de los conciertos para piano de su paisano Médtner que lo compondría en los primeros años 40 del pasado siglo, tan preocupantes como esta segunda década actual.

Y si el concierto de los dos rusos fue de altos vuelos y lejanos sentimientos, la propina nuevamente de otro trasterrado, luminosamente introspectiva y esperanzadora: la Fantasía Impromptu en do sostenido menor, Op. 66 de Chopin, la belleza del dolor expresada desde el piano magistral de un Luganski técnicamente perfecto y enorme su romántica interpretación como buen heredero de la tradición y «escuela rusa», aportando una personalidad tan grande como la música para su instrumento del polaco, un enamorado más de las 88 teclas.

Manteniendo el orden habitual de los programas donde faltó un estreno o introducción breve, la segunda parte sería una Sinfonía, en este caso la nº 2 en do mayor, op. 61 de Robert Schumann
(1810-1856) para poner claro que la OSPA funciona cuando está en buenas manos, de nuevo el maestro So sacando lo mejor de cada sección con una visión luminosa y tensa de la segunda del atormentado romántico por excelencia, con los tiempos ajustados a la literalidad indicada: el primer movimiento a la velocidad exacta de crucero para dejar fluir en equilibrio viento y cuerda, un segundo rápido sin sobrepasar los límites, con una cuerda ajustada y redonda (se nota el refuerzo en las graves), el tercero una maravilla de expresividad con oboe y clarinete verdaderamente líricos en sus inspiradas intervenciones, sana pugna por el mejor sonido, más ese cuarto y último movimiento, poderoso en velocidad punta, bien de revoluciones para rugir como un coche de carreras pero respetando las señales, caballos de potencia bien controlados por las manos maestras de Perry So, un campeón sobre el podio conduciendo una OSPA a punto.

El tiempo pone todo en su sitio pero siempre nos quedan los interrogantes ¿cómo hubiera sido si…? Al menos nos quitó la primera de las dudas mientras esperamos acertar con el concertino ya con el portugués fichado por tres temporadas.

Pintando sentimientos musicales

Deja un comentario

Viernes 18 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VII OSPA Matías el Pintor: Alba Ventura (piano), Jordi Francés (director). Obras de E. Soutullo, Prokofiev y Hindemith.

Continuamos con un año pandémico, imprevisible, trágico por lo que está sucediendo en Ucrania, y donde todo parece ir a peor, pues la reciente huelga del transporte por carretera iniciada el pasado lunes nos afecta en todo y también a la música, impidiendo que se celebrase ayer este mismo concierto en Gijón (logística instrumental), que siempre se nota en Oviedo. Al menos resultó positivo ver cómo se ha podido renovar el convenio con el CONSMUPA para que varios de sus estudiantes se sumen a los efectivos de la OSPA.

En lo relativo a este séptimo de abono pocas cosas nuevas pues seguimos esperando director titular y concertino, aunque este viernes Marina Gurdzhiya, violinista de Oviedo Filarmonía, sería la invitada. Al menos la teníamos cerca. Y del programa organizado como hace lustros o décadas: estreno, concierto con solista y sinfonía, que algún día podría replantearse el orden para ir adecuándonos a los «tiempos modernos». Con todo pude disfrutar de principio a fin en un concierto casi pictórico, dominando todas las técnicas y estilos, con distintas superficies sobre las que plasmar las notas musicales como colores materiales.

Del compositor vasco Eduardo Soutullo (Bilbao, 1968) es estrenaba en Asturias Alén, obra ganadora del X Premio de Composición AEOS -Asociación Española de Orquestas Sinfónicas- de la Fundación BBVA. Compositor muy valorado dentro y  fuera de nuestras fronteras, que asistió entre el público supongo feliz porque tanto Jordi Francés como la OSPA pudieron reflejar la magia que esta obra guarda. A Portalén o Porta do Alén en galego significa «Puerta del más allá», un lugar mágico y mitológico de la tierra vecina que se relaciona con la obra del premiado compositor, colores sobre arpillera, con texturas variadas, sonoridades nada habituales cual brochazos sin perfilar en un cuadro al que bien pudieran servir de banda sonora ambientando este céltico «Stonehelm pontevedrés».

Tenía ganas de escuchar en vivo a la pianista catalana Alba Ventura (1978), y no defraudó su Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Sergei Prokofiev (1891-1953). Obra complicada que podría llamarse «Cuaderno de pintor» pues sus tres movimientos (I. Andante – Allegro; II. Tema y variaciones. Andantino; III. Allegro, ma non troppo ) suenan como un muestrario de la evolución del compositor ruso en la misma obra: cambios de ritmos, recurrencias a sus ballets con Jordi Francés casi bailarín y concertando perfectamente las complejas entradas orquestales. Una auténtica exposición de formas y colores donde en el Allegro Ventura fue delineando primero con delicadeza, después coloreando con fuerza cada aparición; mientras tanto las variaciones del segundo parecían acuarelas con tinta china que pasando las hojas de este particular cuaderno concertístico, tomarían geometrías y pinceladas más gruesas, intensas antes del último gran lienzo, sin pincel ni brocha, directamente sobre descomunal superficie en blanco y negro del piano, mujer sobre fondo neutro pintada en todo tipo de superficies que la OSPA iba generando con un Francés evitando salirse del marco para completar el resto de un auténtico mural musical.

Brillante interpretación esta de la pianista catalana que, para dar continuidad al colorido «tercero de Prokofiev«, nos regalaría la novena de las 10 Piezas de «Romeo & Julieta», Op. 75Danza de las chicas con lirios, interiorizada, matizada y sacando del piano una paleta aún mayor si cabe desde su intimismo  preclaro, limpio, fresco, compartido con un público que, pese a completarse con los «indemnizados gijoneses», sigue siendo cada vez menos. Una lástima que se esté perdiendo.

Y en la segunda parte tocaba sinfonía, al menos de las que conviene programar cada cierto tiempo: la potente Sinfonía «Matías, el pintor» de Paul Hindemith (1895-1963). Bien analizada en las notas al programa del pianista, organista y musicólogo jienense Álvaro Flores Cotelo. que dejo enlazadas al inicio  de esta entrada (en obras) y con los seis refuerzos del CONSMUPA más algunos coprincipales de plantilla actuando hoy de solistas, el director alicantino volvió «a sacar petróleo» de nuestra OSPA, continuó su personal taller pictórico casi como homenaje al propio Matthias Grünewald a lo largo de los tres intensos y poderosos movimientos (I. Engelskonzert; II. Die Grablegung; III. Versuchung des heiligen Antonius). Una obra que parece seguir vigente en plena tercera década del tercer milenio, cual castigo de obligarnos a repetir la historia aunque la conozcamos. El clima de represión artística que se estaba viviendo en Alemania en los años 30 del siglo pasado, que no pasó por alto el gobierno nazi para quien Hindemith, pese a ser de uno de los creadores más jóvenes e internacionales del momento, no dudó en condenar su obra como «música degenerada». Tantos artistas censurados también en nuestros días, confundiendo al pueblo con sus dirigentes, degeneración que está en las mentes de los sátrapas y quienes les sustentan. Francés llevó el color y dolor de cada «pintura musical» escrita en 1934, exprimiendo toda la paleta del compositor alemán: el primer Concierto de los ángeles levantando el vuelo con una cuerda capaz de dibujar terciopelo y arpillera, maderas brillando y metales de seda y tapiz, percusión dándole el cuerpo y presencia, planos sonoros muy trabajados y equilibrados; el posterior Entierro del renacentista Grünewald remarcaría los claroscuros y el dolor, música para nuestros sentimientos actuales; finalizando con Las Tentaciones de San Antonio en este retablo de Isenheim (1512-16) casi daliniano por expresionista y adelantado a su época, donde la OSPA mostró en su mejor versión y visión, tal vez con «el trazo» entrenado tras el esfuerzo alpino, que Francés llevó firme y seguro.

La primavera es el reinicio anual, ciclo natural lleno de esperanza y vida, que esperemos alcance a todas las artes y seres humanos. Su color es único y la sinestesia nos hace mezclar los sentidos como en este concierto pictórico.

Una alpina para Bilbao

3 comentarios

Viernes 4 de marzo, 17:00 horas. Auditorio de Oviedo, ensayo general OSPA, Christoph König (director). Richard STRAUSS: Sinfonía alpina, TrV 233, op 64.

Poco a poco en un 2022 donde la pandemia ya nos parece poco ante lo que está aconteciendo en Ucrania, la OSPA vuelve de nuevo este fin de semana a Bilbao para dar dos conciertos dentro del macrofestival Musika-Música, un auténtico escaparate cultural con casi 70 conciertos en distintos escenarios, dedicado este año a «La Naturaleza», y donde mañana sábado a esta misma hora tan «taurina» de las cinco de la tarde, interpretarán en la gran sala sinfónica del Euskalduna (concierto 23 del ciclo) esta joya de sinfonía (con órgano, donde el asturiano y profesor en el Conservatorio de Málaga Rubén Díez podrá disfrutar del excelente instrumento alemán construido hace 22 años por Karl Schuke), bajo la dirección del maestro König, que pudimos comprobar en este ensayo abierto al público, mientras el domingo a las 14:00 horas y como «aperitivo musical»(concierto 42 de este «maratón musical bilbaíno») sonarán El duende de las aguas, op. 107 (Dvorak) y El festín de la araña, suite para orquesta op. 17 (Roussel).

Más que un ensayo propiamente dicho, y con un auditorio lleno de gente joven, a buena hora y entrada gratuita que supongo todo ayuda, pudimos escuchar «en primera vista» esta sinfonía atípica de R. Strauss con una OSPA «supermusculada y supervitaminada» en cuanto a refuerzos (recordándome la escuchada en junio de 2016), pues el propio compositor exigía nada menos que 137 ejecutantes. Ante semejante poderío sonoro, especialmente de viento, era necesario aumentar una plantilla que llevo años rogando, y no digo nada de un concertino titula y un director, hoy con el director alemán (doce años después pero esta vez con la OSPA), que no realizó corrección alguna a los veintidós lugares que Strauss anotó detalladamente en esta evocación musical de un día por los Alpes bávaros, más próxima a un «Poema Sinfónico» y compuesta en un paréntesis de su época «teatral», por lo que tras lo escuchado y vaciada la sala de público, comenzaría el verdadero ensayo para las oportunas  y siempre necesarias correcciones que no pudimos escuchar.

Con tantos músicos es difícil mantener el sonido propio de la OSPA aunque la cuerda se mostró clara y al fin potente en los graves (los ocho contrabajos y la proporción consiguiente se notan). Dejo algunos detalles por mi parte que supongo habrá que retocar:

El órgano eléctrico portátil no suena evidentemente como el bilbaíno, y sus intervenciones, sumadas a los metales que engrandecen la textura, supongo resonará más potente en la gran sala del Euskalduna. También la visible salida puntual de los metales fuera de escena para conseguir ese efecto de lejanía, y la vuelta a los atriles (parte de las trompas, trompetas y trombones) no queda muy «agradecida» visualmente, desconozco cómo se hará mañana en un escenario mucho más grande, así como lograr el balance ideal entre «dentro y fuera» que en el ensayo quedó por momentos oscurecido.

Y precisamente por esa evocación del montañero compositor alemán, con un movimiento único aunque estructurado sinfónicamente como cuatro movimientos que siguen el recorrido de la dura excursión alpina (noche, amanecer, ascensión, sobre la cumbre, descenso y retorno de la noche), hay demasiada proliferación temática (Tranchefort habla de sesenta motivos, «la mayor parte de los cuales… sólo tienen una función descriptiva efímera») que hace difícil sacarlos entre semejante masa orquestal. Todos los solistas habituales dan la talla y la percusión (toda de la plantilla) siempre está en su sitio para el arsenal utilizado (puntualmente quedaron muy discretos el glockenspiel y la máquina de viento). Buscar los planos exactos, las dinámicas a veces contenidas y otras todopoderosas con tanto metal, así como los cambios de tempo, tendrán que ser más claros y precisos por parte de König para una respuesta más equilibrada por parte de todos. Al menos con semejante ejército sonoro seguiré pidiendo a los magos una Octava de Mahler, pues músicos en Asturias tenemos para ella y esta Alpina straussiana (casi nombre de pizza que el propio Strauss deseaba componer «igual que una vaca da leche»), puede servir de toque de atención para los gestores.

Bilbao disfrutará con esta sinfonía y la OSPA llevará el Principado hasta Vizcaya como mejor embajadora cultural de nuestra tierra, aunque sacando más músculo del habitual… todo sea por dejar bien alto el pabellón sinfónico (de hecho la OSG así lo hizo en su última visita al auditorio).

Como curiosidad dejo indicada la plantilla para la Sinfonía Alpina: cuatro flautas (dos piccolo), dos oboes, corno inglés, heckelfono, cuatro clarinetes (uno bajo), cuatro fagots (uno contrafagot), ocho trompas, cuatro trompetas, cuatro trombones, seis tubas (dos bajas), seis timbales y gran batería incluyendo un amplio juego de cencerros, glockenspiel, máquina de viento (eolifono), máquina de truenos, dos arpas, celesta, órgano y cuerda.

Vientos fantásticos

Deja un comentario

Viernes 25 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono VI OSPA Cleopatra revisada: Anne Schwanewilms (soprano), David Reiland (director). Obras de Mélanie Hélène Bonis y Berlioz.

Ineludibles compromisos previos me impidieron llegar a la primera parte del sexto abono de nuestra orquesta, aún sin concertino, hoy invitado el australiano Michael Brooks, ni director titular, ocupando el podio el belga David Reiland.  Interesante hubiese sido escuchar la obra de la compositora Mélanie Hélène Bonis (1858-1937) El Sueño de Cleopatra, op. 180, nº 2 (de las Tres mujeres legendarias),  vida novelesca para una pianista muy reconocida en su tiempo, más la infrecuente cantata con textos de Vieillard y música de Héctor Berlioz (1803-1869) La muerte de Cleopatra, H. 36, con la soprano alemana Anne Schwanewilms. Una lástima porque estos programas infrecuentes siempre son de agradecer, y aún más la poco escuchada cantata del francés.

Al menos tuve tiempo para disfrutar la conocida Sinfonía Fantástica: Episodio de la vida de un artista, en cinco partes, op. 14 del gran compositor francés, orquestador que marcó un estilo para las grandes formaciones y donde la OSPA con Reiland sacó «músculo» en los cinco movimientos. Un inicio tenue en I. Sueños – Pasiones, con una cuerda débil pero de sonoridad sedosa antes de desatar las pasiones con la presencia del viento que comenzaría su verdadero protagonismo «fantástico».

Con un contenido II. Un baile alejado de los valses vieneses, Reiland fue buscando un ritmo claro aunque poco bailable, de rubato sin exagerar y balances donde madera y metales estarían siempre en primer plano, volando la «idea fija» de su amada, tan característica del compositor francés, lo mismo que la III. Escena en los campos, impresionante el «duelo» entre oboe (fuera de escena) y corno inglés, dos grandes maestros de la madera asturiana. El tempo de la IV. Marcha al cadalso fue más fúnebre que militar hacia el «suplicio» pero sirvió para degustar la calidad de toda la sección de viento de la OSPA, maderas y metales de primera con la necesidad de una cuerda grave más nítida y equilibrada en efectivos que contrapusiese los volúmenes y mantuviese el empuje bien marcado por la percusión en una joya de orquestación.

El clímax del V. Sueño de una noche de sabbat trajo al mejor Berlioz, con metales poderosos, maderas incisivas (bravo el clarinete de Weigerber) y la percusión mandando en este aquelarre musical, auténticas campanas fuera de escena, trombones y tubas entonando el Dies Irae, con Reiland sin apurar el aire para dibujar mejor toda la masa orquestal de una OSPA que la próxima semana se irá a Bilbao para participar en el grandioso festival Musika-Música dejándonos abierto al público su ensayo general del viernes a una hora infrecuente pero que servirá para pulsar el estado de nuestra formación dirigida por Christoph König en los dos conciertos de esta nueva visita al Euskalduna donde es apreciada dentro del marco de las sinfónicas españolas.

Martín esencial

Deja un comentario

Viernes 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV «Bruckner esencial»: OSPA, Nemanja Radulović (violín), Jaime Martín (director). Obras de Mozart y Bruckner.

Mientras seguimos a la espera del nombramiento del director titular para nuestra orquesta, al menos regresan al podio directores que dejan huella en ella como es el caso del santanderino Jaime Martín (1965), que incluso durante la pandemia nos dejó una Séptima de Beethoven para disfrutar desde casa.

Este cuarto de abono (tras la suspensión del tercero por avería de la caja escénica) nos traía a Gijón y Oviedo dos obras que ponen a prueba toda la complicidad de una orquesta con el podio, de nuevo química y entendimiento entre ambos, junto a la presentación del violinista serbio-francés Nemanja Radulović, al que tendremos que seguir muy de cerca, procedente de un país pequeño con mucho talento incluyendo el musical, toda una generación de jóvenes intérpretes balcánicos muy activos y populares en las redes sociales, hoy verdadero escaparate necesario para llegar a todos los públicos que habrá que captar para la música en vivo, pues la imagen y el talento son la mejor carta de presentación.

Nunca está de más escuchar a Mozart con una plantilla ideal para él.  El Concierto para violín nº 3 en sol mayor, K. 216 resultó de una luminosa y juguetona interpretación a cargo de Radulović por su impecable técnica, sonido maravilloso y visión propia teniendo a Martín de perfecto cómplice concertador. Las cadencias de cada movimiento fueron perlas llenas de amplísimas dinámicas, con unos pianissimi en todos muy cuidados dentro de un balance orquestal idóneo donde toda la cuerda, esta vez con el «Quiroga asturiano» Aitor Hevia de concertino invitado, nos dejó un tercero de Mozart imprescindible, tres movimientos a cual mejor y sin perder la homogeneidad, disfrutando sobre todo del Adagio, casi como un aria operística cantada por el violín lírico del serbio, verdadera «prima dona de las cuatro cuerdas», y el Rondó lleno de cambios en una agógica enloquecida pero bien entendida por todos los intérpretes que encajaron y se entendieron gracias a esa virtud de escucharse unos a otros.

Éxito clamoroso de este virtuoso del violín que sigue asombrando en las redes y nos dejó boquiabiertos con las Variaciones de Sedlar sobre el último Capricho de Paganini, capaces de acallar las toses que sobraron en los silencios mozartianos, endiabladamente envidiable y broche de oro para su primer viaje asturiano, que espero no sea el único.

Nuestra orquesta pienso que necesita más Bruckner, tiene músculo para él, y el director cántabro lo sabe, conocedor de todos los efectivos a los que exprimió al máximo en la Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, WAB 104 «Romántica» (versión 1880), no solo por unos bronces poderosos y que son un auténtico órgano sinfónico, también la madera segura y de presencia idónea en esta «romántica», los timbales mandando y al fin una cuerda compacta, tensa y tersa, nítida, presente ante el empuje del resto de secciones y capaz de «sobreponerse», seguir sonando precisa y aunada. Tal vez faltasen más graves pero el trabajo de violas, cellos y contrabajos por mantener el necesario equilibrio dinámico, así como la maestría de Jaime Martín en controlar cada detalle, redondearon una sinfonía imprescindible en los atriles de nuestra orquesta.

La elección de los tempi por parte del director santanderino fueron casi al pie de la letra según las indicaciones que comenzarán a ser más precisas e indicadoras de lo que el compositor deseaba en los albores del siglo XIX, con menos subjetividad que los genéricos términos italianos siempre dudosos, sin contar con las anotaciones a lo largo de cada movimiento, descriptivas y detallistas como en Bruckner era habitual.

No hubo dudas en ninguno de los cuatro movimientos, bien «leídas» por orquesta y director, comenzando con el primero «movido, no demasiado rápido» (Bewegt, nicht zu schnell), ese inicio de la trompa anunciando el nuevo día, como llamando a la puerta para lo que vendría a continuación, reguladores y frases que parece no acabar, volúmenes impactantes pero contenidos, cuerda maleable, sedosa y rugosa según se lo pedía Martín. El segundo «tranquilo y casi rapido» (Andante – andante quasi allegretto), para disfrutar de la cuerda y cada matiz, con metales y maderas cual tubos de lengüetería y bisel de registros únicos para el «órgano sinfónico». Verdaderamente «emocional» (Bewegt) el tercero, espectáculo de fuegos artificiales de trompas, metales al completo y tutti, una montaña rusa que no frena, broma de scherzo en este derroche sonoro que impacta, contrastes dinámicos y rítmicos, las emociones de Bruckner con reminiscencias wagnerianas y siempre necesarias para entender mejor a Mahler, la pletórica Viena toda ella metida en este movimiento con una orquesta entregada, concentrada, atenta y equilibrada al mando claro y preciso del maestro cántabro.

Y el último «movido, pero no demasiado rápido» (Bewegt, doch nicht zu schnell), el paso de la sombra a la luz cegadora, la esperanza en el más allá, visiones y convicciones religiosas, banda sonora de monumentales decorados, procesión no al cadalso sino al paraíso sonoro, estallidos de metales y oraciones de cuerda en un tránsito orquestal que Marina Carnicero en sus notas al programa llama «Un canto de amor a la naturaleza». Cuarta sinfonía romántica, esencial y pletórica gracias al buen hacer de Jaime Martín que volvió a conectar con la OSPA, sensaciones que se notan y transmiten a un público no tan numeroso como querríamos, pero agradecido de conciertos como este cuarto de abono.

Dolor contenido

1 comentario

Viernes 21 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono II: Vidas fugacesOSPA, María Luisa Espada (soprano), Federica Carnevale (mezzo), Santiago Serrate (director). Obras de Arriaga y Pergolesi.

La pandemia sigue entre nosotros y cada día es una sorpresa para la que debemos adaptarnos sobre la marcha. Los eventos musicales siembran incertidumbres y los contagios aumentan, por lo que cancelar a última hora se está volviendo tristemente habitual pero los programadores siguen trabajando y consiguiendo auténticos milagros. El previsto segundo de abono Telemann desconocido se hubo de suspender pues Carlos Mena dio positivo (curioso llamarlo así cuando el propio hecho es negativo) y rápidamente nos encontramos con un programa de dos compositores de vidas fugaces, fallecidos por la tuberculosis que tantas muertes causó hasta conseguir su vacuna, y Santiago Serrate (Sabadell, 1975) se ponía nuevamente al frente de la OSPA con un concierto contenido de dolor y color.

La Sinfonía para Gran Orquesta del bilbaíno Arriaga, con toda la historia a su alrededor que bien escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio), nos presenta esta forma orquestal perfecta para nuestra OSPA, ducha en repertorio de esta época, que el maestro catalán llevó con limpieza, buena respuesta y explorando un lenguaje que bebiendo del clasicismo es de un romanticismo claro que la prematura muerte de nuestro genio truncado, admirado hasta por Mozart, nos impidió saber dónde llegaría. Sinfonía interesante de escuchar interpretada con escrupulosa sonoridad, limpia, de rítmica precisa, tempi ajustados a las indicaciones y una energía contenida por momentos para una plantilla ideal (maderas a dos, dos trompas, timbal y cuerda) con intervenciones solistas destacadas de flauta y oboe en este segundo de abono, así como una sonoridad global aterciopelada y elegante.

El Stabat Mater de Pergolesi es una perla musical para disfrutar en cualquier versión. Buena elección de las solistas y una orquesta camerística de cuerda y órgano que la obliga a afrontar un repertorio poco habitual que Serrate supo comunicar. Sonoridades contenidas siempre subrayando a las voces, auténtico sustento y refuerzo dramático de un texto en latín que tanto la soprano emeritense como la mezzo italiana articularon correctamente (con el texto y la traducción en pantalla). Colores vocales las de estas voces femeninas adecuadas al estilo, con un empaste homogéneo en los siete dúos y cinco arias solistas plenamente dramatizadas, respirándose cierta religiosidad operística con aires más ágiles de lo habitual que favorecieron los ornamentos y supusieron mayor «comodidad» en sus intervenciones.

María Luisa Espada en sus arias volvió a demostrar el dominio vocal, comodidad en su tesitura que ha ganado cuerpo en el grave y con unos agudos sólo «afilados» cuando así lo exigía el texto desde ese color natural que la caracteriza en cualquier repertorio. Por su parte Federica Carnevale mantuvo el mismo nivel de calidad en sus tres números, voz carnosa de buena proyección en todos los registros, dicción y articulación clara, con el volumen necesario para la proyección correcta, siempre mimada por una orquesta contenida por el maestro Serrate, buen concertador de voces y entendiendo la ductilidad de la orquesta asturiana que debería transitar más el barroco, pues el público agradece estos repertorios. Como concertino invitado volvió a sentarse Benjamin Ziervogel, integrado en el grupo casi como uno más de la plantilla, aunque sigamos necesitando cubrir pronto esa plaza (el querido Vasiliev parece insustituible). La de director parece una quimera…

El mágico tránsito de Perianes

1 comentario

Viernes 14 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA: Perianes Integral. OSPA, Javier Perianes (piano y dirección), Obras de Mozart y Beethoven.

Día para el recuerdo con ausencias muy presentes como la de mi querido Alfonso Ordieres a quien se le dedicaron los dos conciertos, el tránsito vital que nunca deseamos pero forma parte de nuestra existencia, y la música siempre resulta la mejor poción mágica para aliviar dolores, un sentido pésame para toda su familia desde el propio tránsito del maestro y amigo.

Mágico tránsito el de este concierto especial con Javier Perianes compartiendo dos páginas inmortales para piano con orquesta, el vigésimo de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y el primero de Ludwig van Beethoven (1770-1827), ejerciendo de auténtico maestro y hechicero, conviviendo y compartiendo con todos los músicos sobre el escenario, escuchándose, disfrutando de la mejor música concertada donde quien dirige es el latido común de cada instrumentista en una interpretación llena de emoción, dolor, esperanza, pasión y vitalidad.

Impresionante homenaje lleno de historia, lección para comprobar la transición de dos genios, un Mozart premonitorio del romanticismo junto al Beethoven clásico que dará el paso adelante sin sobresaltos, su homenaje y admiración por el genio de Salzburgo junto al personal heroísmo por romper moldes. Así entendió Perianes los dos conciertos elegidos formando un bloque común que brilló e hizo brillar dos páginas únicas, complicidad desde un piano plenamente ensamblado en dinámicas y agógicas, esta vez con Alexis Aguado como concertino invitado, un puesto que sigue clamando titularidad (de la batuta esperada mejor ni hablamos) y transformación «digital» como aquel programa de edición fotográfica donde el paso de hombre a lobo era sutil y sin sustos, lleno de arte visual, esta vez Mozart y Beethoven arte musical con una «aplicación desde Nerva al mundo»

El Concierto para piano y orquesta nº20 en re menor, K. 466, como bien apunta en las notas al programa mi tocayo Pablo Gallego, «…el hecho de que todas las ideas musicales felices contengan tristeza, y todas las tristes aporten una medida de esperanza, como señala Richard Westerberg, “es donde reside la clave de la humanidad de Mozart, que ha resonado en músicos experimentados y noveles por igual a través de los tiempos”, y la elección de este «cinematográfico concierto» no pudo ser más acertada para el primero de abono que esperemos nos deje (con)vivir sin perder tanto ganado, incluyendo la música en vivo. Exactitud en los tempi con encaje en el dramatismo propio sin buscar referencias operísticas y marcando distancias de protagonismo entre una orquesta rica en matices junto al piano cristalino y entregado del maestro onubense  (I. Allegro). La paz y el sosiego llegaría en el movimiento central (II. Romanza) que Peter Shaffer inmortalizaría en su Amadeus, mi particular Sorolla del piano iluminando ese remanso único, en primera persona para compartirlo entre todos en feliz y bien entendido diálogo. Y esa furia contenida del último tiempo (III. Rondo: Allegro assai), siempre las cadencias de Perianes como recordatorios anímicos y avisos libertarios. La magia de Mozart conseguida en este concertar auténtico para disfrute de todos los públicos.

Sin descanso, sin perder ese tránsito vital en el tiempo, Beethoven y su Concierto para piano y orquesta nº1 en do mayor, op.15, imaginando al compositor en el piano como también hiciese su admirado Mozart, dos mundos en un mismo universo, el torrente del segundo y el tormento del primero para unir orquesta y piano en pos de una libertad sin luchas fratricidas. Inicio con tributo clásico  (I. Allegro con brio) en escritura e interpretación, disfrutando de una OSPA entregada al compañero pianista, repeticiones llenas de matices y unos balances perfectos en la «acústica pandémica» que ha supuesto quitar la pantalla del fondo. De nuevo el remanso del movimiento central (II. Largo) con el clarinete de Andreas Weisgerber completando  una sonoridad delicada y una concertación perfecta y sin fisuras.  Qué mejor título para el cierre, la forma y el fondo (Rondo: Allegro scherzando), rápido y bromista, parecidos de los dos genios y visiones distintas, un regalo pianístico bien secundado por la orquesta, cadencias impolutas y sensuales más ese empuje de danza que cerraría un tránsito mágico en las manos y el arte de Javier Perianes cuyas visitas a nuestra tierra las contabilizo en emociones a flor de piel.

Luz para los difuntos

Deja un comentario

Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras deSaint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Crítica para La Nueva España del domingo 31, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Noches lúgubres de tenorios y lápidas, fiestas religiosas que se vuelven paganas recordando y celebrando a los muertos, efemérides importadas a nuestra ya de por sí rica tradición fúnebre, con la música siempre de banda sonora, como la que puso la OSPA este último viernes de octubre en el auditorio ovetense, versus cementerio excelsamente iluminado para resucitar nuevamente grandes páginas sinfónicas, que al menos, no metieron miedo.

El venezolano Rodolfo Barráez, otra batuta salida de “El Sistema” y debutante con la lección bien aprendida, dirigió las seis obras elegidas para esta noche temática de memoria y académicamente, con la respuesta esperada por parte de la formación asturiana aunque de temperatura algo gélida, como si se contagiasen de un guión que la puesta en escena ayudó a calentar y elevar a espectáculo audiovisual gracias a un equipo comandado por Alejandro Carantoña, con Ruben Rayán, Vicente V. Banciella e Isabel Hargoues, grata sorpresa nocturna.

La Danza Macabra (Saint-Säens) sirvió de lucimiento a Eva Meliskova, hoy concertino, y la necesaria en esta velada Mirian del Río al arpa, con ligeros “traspiés” iniciales del desfile sinfónico al “salir de la tierra”, hasta encajar el tiempo como huesos descoyuntados de los originales “zombies”. La obertura de El cazador furtivo (Weber) apuntó maneras gestuales de Barráez aunque algo desequilibrados los balances de una orquesta con fuerza ganando músculo a los esqueletos iniciales del francés, disparando buena munición y alcance de tiro en todas las secciones.

Lo más atinado de la noche resultó el abate Liszt con sus dos primeros valses del Mefisto. Si en la versión para piano resultan verdaderamente diabólicos, sinfónicamente son todo un catálogo de luces y sombras, las mismas que se iban proyectando como murciélagos y luciérnagas, obras con poso y mucho trasfondo que el venezolano y el tiempo irán madurando para alcanzar la categoría de túmulo sinfónico.

Muy socorrida para ambientar efemérides de difuntos o películas como mi recordada “Fantasía” (1940) de Walt Disney, buscando representar el mal más que el miedo, por lo que resulta más apropiada para una noche de San Juan, aunque igualmente agradecida de escuchar e interpretar por conocida, Una noche en el Monte Pelado (Mussorgsky) orquestada por Rimski-Korsakov, supone un derroche sonoro apto para todos los públicos y celebraciones. El propio compositor ruso llenó de frases su manuscrito haciendo alusión a voces sobrenaturales, aparición de espíritus de las tinieblas, Chernobog o Satanás, y hasta aquelarres de brujas antes del amanecer, escenas del todo goyescas. Las ideas subyacen y brotan cual volcán sinfónico, Barráez, volviendo al cine, fue el aprendiz de brujo lanzando con su varita los conjuros explosivos respondidos por una orquesta con músicos maquillados en esta noche de Walpurgis, con luto riguroso solo roto por las corbatas “de alivio”.

Lo hispano vendría de Don Manuel y su Danza ritual del fuego (Falla), cocinada sin prisas, la magia popular y sabia para vestir amores brujos frustrados, baile escénico de los verdaderos hechiceros de la noche que vistieron, y no disfrazaron, la pureza musical de unas obras populares para festejar los muertos vivientes que son los compositores.

La orquesta responde y funciona, aunque siga sin poner toda la carne en el asador por miedo a quemarla y no dejarla al punto (algo siempre subjetivo), así que será cuestión de encontrar pócimas y conjuros para pedir la receta magistral que nos traiga, al fin, director titular y concertino. El aprendiz Mickey necesitó de Merlín para traer la calma y retomar la normalidad, porque así los calderos y escobas multiplicándose no arruinaron el buen trabajo iniciado.

Muertos muy vivos

Deja un comentario

Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras deSaint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Reseña rápida para La Nueva España del sábado 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La música resucita los muertos y esta noche de difuntos sinfónicos no necesitó “jalogüin» ni samaín para iluminar de magia el camposanto de Rafael Beca. La Catedral celebrando los vivos mientras los pecadores disfrutamos los resucitados.

A falta de un aprendiz de brujo, el venezolano Barráez, sin libros de conjuros, sacó esqueletos franceses que irían engordando según avanzaba la noche y desde butacas cual lápidas emergió Mefisto del verrugoso converso Liszt, el mundo terrenal de una orquesta ya con músculo tras un cazador que erró el festejo pero no el tiro (para 2022 propongo un Tenorio musical).

El Monte Pelado del ruso escupió lava orquestal cual La Palma carbayona y nunca Falla el fuego purificador final, lento para no quemar e iluminar.

La luz y la escena hicieron que lo mágico resultase y resaltase estos muertos vivientes: excelente trabajo de Alejandro Carantoña en la escena con Ruben Rayán “Merlín” de la iluminación, Vicente V. Banciella diseñando la escenografía más el vestuario de Isabel Hargoues, con Barráez conde de Walpurgis espoleando a unos músicos disfrazados pero concentrados, a la espera de titular, que siguen brillando incluso en noches como ésta.

Equilibrios sin red

2 comentarios

Viernes 15 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda II: OSPA, Roman Simovic (director y violín), Milena Simovic (viola). Obras de: Vaughan Williams, Mozart y Prokofiev.

Hay vueltas que se agradecen cuando quedan recuerdos imperecederos. Tener de nuevo a Roman Simovic con la OSPA ha sido una alegría contagiosa para todos, músicos y público que pudimos valorar la sencillez y magisterio de un grande como el violinista afincado en Londres, esta vez acompañado por su mujer y en un concierto «clásico» como bien presentó Alejandro G. Villalibre en la conferencia previa, aún poco publicitada, y que fue más allá de sus notas al programa (enlazadas al inicio con las obras).

Dirigir desde el violín supone sentirse uno más, casi como un concertino (esta vez Elena Rey de nuevo), que comparte la maravillosa labor de hacer música juntos. Tocar de pie (salvo los «obligados» cellos) supone mantener el mismo nivel, sin tarimas, camerístico, con saludos conjuntos sin darse importancia, la grandeza de los grandes que no necesitan oropeles ni escalones pues la talla moral y musical es suficiente. Simovic siempre arriesgando sin red, con obras llenas de equilibrio que hacen comprender lo «clásico» desde su tiempo y como un escalón más, la tradición de la que beber y la modernidad dominando la técnica para así romper y avanzar, tal cual explicaba el doctor González Villalibre. Apliquémoslo al maestro Simovic y a las partituras elegidas.

Comenzar con esa maravillosa Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis del británico Ralph Vaughan Williams (1872 – 1958) es tributo al Renacimiento de su tierra llevando la polifonía vocal a una cuerda única, dos orquestas manejadas cual coro por el director no ya solista sino cantor (bravísimo el dúo con Alamá), ubicación perfecta de todos con la acústica ideal, devolviendo las mejores cualidades de esta sección que al fin se sintió entendida desde la igualdad y el magisterio del maestro Simovic. Riqueza de matices, sutiles texturas, la música pura y cercana  que transmite emociones, desde TallisVaughan Williams respirando el mismo aire atlántico de este «coro de arcos» que resultó esta OSPA.

Todos sabemos que sólo hay un genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791), capaz de aunar y romper  desde la forma, sinfonía y concierto que conjugan amores, el de la viola en masculino dialogando con el violín femenino en su Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor, K 364/320d, con  los Simovic, Milena y Roman arropados por una OSPA que sumaba oboes y trompas sin perder sentido camerístico, solistas y directores la pareja, complicidad única de vida y sentido musical, la magia de la convivencia y el latir compartido. Obra amorosa de Mozart hacia la viola con una orquestación que la mima, la envuelve e iguala al violín, sin géneros, dos en uno capaces de arrancar un I. Allegro maestoso contundente y preciso donde la cadenza fue un regalo mayúsculo, la tristeza del II. Andante (el sentimiento de Mozart por la pérdida de su madre) que los Simovic sintieron cual Requiem solista con el «coro sinfónico» nuevamente de solos inmensos, para volverse operístico compitiendo con «La flauta del Campoamor» explosiva del III. Presto, el «más difícil todavía» sin perder compostura desde el mejor equilibrio posible sin miedo a caminar juntos sin caer. La siempre engañosa simplicidad mozartiana que se esconde pidiendo máxima concentración y entrega, la que no les faltó ni a la pareja Simovic, triunfante viola maridada con el violín, ni a la OSPA copartícipe, esta vez sentada, para disfrutar y vivir la música del genio de Salzburgo junto a dos figuras que ejercen de compañeros.

La propina de Händel – Halvorsen, Pasacaglia de variaciones virtuosas para violín y viola resultaron el mejor regalo del corazón Simovic, música a borbotones, sincera, entregada, entendida y disfrutada, alegría de vivir la música y la propia vida. Al menos hicieron olvidar la impertinente tos que rompió el andante mozartiano para hacer reinar el silencio respetuoso desde el que apreciar la calidez de dos solistas con una gama dinámica al alcance de pocos, un virtuosismo impactante y la sonoridad de sus dos instrumentos únicos.

Y más clásicos desde su tiempo, Sergei Prokofiev (1891 – 1953) con el recuerdo y tributo al Haydn simpático, bromista, menos explorado, una misma forma que condensa todo lo anterior con el lenguaje ya innato del ruso, Sinfonía nº1 en re mayor, op. 25 «Clásica» y rompedora cual Meninas velazqueñas vistas por Picasso, reconocibles y actualizadas, cuatro movimientos que pasaron en un suspiro, OSPA en pie con maderas, metales y percusión, Roman Simovic uno más (volvió a por la partitura), tiempos casi literales y duramente exigentes: I. Allegro con brio, para saborear el lenguaje sinfónico bien entendido, II. Larghetto lleno de delicadeza y empaste total, bálsamico, contenido, preparando el III. Gavotte: Non troppo allegro, matices y acentos casi vieneses con la elegancia británica que bien conoce Simovic, dando a los músicos las mínimas indicaciones pues el sentido común emana de la propia ejecución, y por último el vertiginoso IV. Finale: Molto vivace, cuerda limpia, tersa presente, timbales encajados, viento sin aliento, muy vivaz, al pie de la letra en una sinfonía que la OSPA disfrutó con Simovic y éste con ella. En tiempos donde los ensayos son pocos y los conciertos a pares, aprovechar cada minuto para alcanzar esta calidad orquestal solo lo logran grandes músicos que conocen bien el atril y dirigir lo entienden como compartir. Mientras, la formación asturiana se engrandece de un aprendizaje desde la humildad que solo los maestros como Roman Simovic consiguen transmitir y trascender.

Las pocas novedades en tiempos de pandemia, salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, se agradecen: la vuelta de Elena Rey como concertino invitada, química total con director y compañeros, un director además de solista por partida doble, a falta de titular, más la organización clásica del programa con conferencia previa, ansiosos de recuperar una normalidad siempre distinta a la que entendíamos antes del Covid.

Older Entries Newer Entries