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Dos por uno casi de saldo

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Viernes 12 de marzo, 19:00 horas. Concierto Extraordinario I, «Hecho en Asturias«: OSPA, Martín García (piano), Daniel Sánchez Velasco (director). Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 5€.

No es habitual escuchar dos conciertos para piano y orquesta en una misma velada, lo que siempre es de agradecer, y más con intérpretes asturianos, pero no hubo suerte en este primer extraordinario de la OSPA donde Daniel Sánchez Velasco comandaba a sus compañeros y el solista Martín García (todavía en mi recuerdo en octubre de 2008 y agosto de 2009) afrontaría con desiguales resultados este verdadero reto, comenzando con Mozart y su Concierto para piano nº 23 en la mayor, K. 488, bien arropado por una orquesta empastada y equilibrada en todas sus secciones, que volvía a contar con Xabier de Felipe de concertino invitado.

Desconozco si el pianista no estuvo cómodo con el Steinway pero adoleció de una sonoridad limpia, un ímpetu que no casa bien con las exigencias «puñeteras» del genio de Salzburgo, aunque sí apuntase momentos cálidos siempre difíciles de concertar desde el podio, pero el balance no fue correcto (las dinámicas extremas sufrieron) ni tampoco hubo el entendimiento esperado. Destacar el bellísimo Adagio central aunque globalmente faltó poso y peso pese al ropaje tímbrico de una plantilla orquestal ideal para este concierto que por momentos difuminó al gijonés.

Beethoven siempre son palabras mayores tanto al piano como en lo sinfónico. Su aniversario quedó incompleto y casi inadvertido mundialmente por las cancelaciones del Covid, y este viernes su Concierto para piano no 5 en mi bemol mayor, op. 73, “Emperador” no llegó a príncipe ni siquiera infante. De nuevo la orquesta vistió al solista con sus mejores galas, pero se agrandó la brecha mozartiana inicial, faltó más entrega y precisión tanto en la concertación con el piano como en el papel del pianista pese a los esfuerzos desde el podio y el concertino. Sensaciones agridulces donde se esfumaron demasiadas notas que dejaron huecos irrellenables (ni siquiera con los timbales), faltando mano izquierda a pares: el pianista no encontró el equilibrio necesario en unos graves que sí completó la cuerda, pero cada entrada solista parecía precipitarse sobre el teclado y los finales de frases no siempre a tiempo ni encajando el tutti pese a unos tempi ideales para poder disfrutar cada movimiento. Por buscar una explicación a esta decepción de un prodigio al que los años no parecen haberle sentado bien, puede que el jet lag haya influído en el resultado, tal vez cierta incomodidad o el estado ánimo que tanto incide en los músicos, pero mis sensaciones no fueron buenas.

Se necesita urgentemente cubrir las plazas vacantes (que la pandemia parece alargar) porque sería desaprovechar una plantilla que volvió a demostrar generosidad, calidez y entrega, pero sin mando en plaza los resultados no son los que hubiese deseado para estas dos páginas tan especiales donde ni siquiera brilló un adagio un poco moto que quedó huérfano cayéndose literalmente de lento y soso.

Y en esta tarde de dos por uno, todo a pares, incluyendo las propinas con el piano solo que tampoco disiparon mis dudas, una primera de aires románticos en la línea del Martín compositor en «La Juilliard» y una Navarra de Albéniz atropellada, sin madurar, en cierto modo sucia además de carecer de la sonoridad apropiada para esta biblia del piano que requiere toda una vida para atreverse a interpretarla.

Una ocasión perdida donde la belleza de las obras no tuvo su recompensa para este musicógrafo que también sufre cuando sus expectativas no se ven colmadas, siempre desde el mayor respeto a los intérpretes, aún más siendo «de casa» aunque mi memoria musical y el impagable directo me sigan llenando una mochila con recuerdos incomparables e irrepetibles.

Miopía musical

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Viernes 26 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu IV: OSPA, Eva Meliskova (violín), Óliver Díaz (director). Obras de Stravinsky, Bach y Mendelssohn. Entrada butaca: 15 €.

Echando fuera este febrero sinfónico con un programa explicado por Óliver Díaz, cubriendo la cancelación de Lina González-Granados, que pareció no encajar en los planes salvo por el dicho de que «cuando más es menos«. Y es que este cuarto de invierno comenzó con una orquesta de cámara (15 músicos con el granadino de la BOS Samuel García como concertino invitado) y bien enfocada, para ir perdiendo «visión» en la siguiente, donde una cuerda sin clave ni atino pareció que se me empañasen las gafas (y no por la mascarilla) finalizando con ellas totalmente caídas ya desde el pleno de la formación asturiana.

Todo apuntaba bien con Igor Stravinsky (1882-1971) y su Concierto en mi bemol “Dumbarton Oaks” 8.v.38 , obra regalo para los 30 años de matrimonio de los mecenas y melómanos Robert Woods Bliss y Mildred Barnes (como bien recuerda David Rodríguez Cerdán en las notas al programa), los mismos que cumpliré yo en nada aunque sin el poder adquisitivo de los norteamericanos pese a obsequiarnos siempre con música, y tres décadas igualmente de la formación asturiana. Con esta plantilla camerística la obra neoclásica del ruso sirvió para que el maestro carbayón se desenvolviese cómodo y cómplice con los músicos, acertando en los tempi ciñéndose a las propias indicaciones (I. Tempo giusto – II. Allegretto – III. Con moto) y alcanzando buenas dinámicas de los primeros atriles así como una versión ágil y colorista de este concierto por el que no pasan los años e inspirado en los brandemburgueses de Bach.

Johann Sebastian Bach (1685-1750), Mein Gott, y su música siempre serán palabras mayores, tributo obligado tras Stravinsky, pero nuestros oídos se han acostumbrado a una sonoridad específica de la que la OSPA carece en estos tiempos, a pesar de la calidad de la cuerda astur, pero hay que trabajar en otra dirección para darlo todo. El Concierto para violín nº1 en la menor, BWV 1041 sin clave se queda cojo, miope, el estilo está alejado igualmente del habitual en los conciertos del director asturiano y para peor suerte, la ayudante de concertino no estuvo a la altura esperada como solista en esta joya para su instrumento. Insegura, partitura en el atril, perdida y sin pulsación, los tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) fueron una lucha por mantener el tipo, contagiando el desánimo, la indecisión y olvidando que la matemática musical bachiana no admite decimales, ni siquiera en el central aún más desnudo sin el sustento del «martinete». Una pugna desigual donde faltó pulsación, sonido, interiorización, orden y concierto, sumando una lectura desde el podio donde la gestualidad de las manos no correspondía ni alcanzaba la respuesta orquestal deseada: ligados que no deberían, fraseos turbios, sonoridades mezcladas, turbias, borrosas, y una versión horrenda que ni siquiera en tiempos de Stravinsky se hubiera aprobado. Comentaba con mis vecinos de butaca además de amigos, que incluso cuando apenas se encontraban claves, el mismísimo Casals utilizaba el piano en el continuo para un Bach con el que desayunó toda su vida. Ese vacío se nota porque el propio teclado con sus acordes característicos ayuda a mecanizar ese ritmo barroco puro del que careció todo el concierto, pensando que una semana de estudio con el metrónomo sería buena penitencia impuesta por El kantor de Santo Tomás.

Como acto de contrición para el desenfoque auditivo, Meliskova volvió al mismo Bach, esta vez con la «Chacona» de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, al menos el castigo no fue compartido pero el pecado quedó sin la absolución (ni la graduación deseada ante semejante miopía musical).

Tal vez el primer apóstol de nuestro dios BachFelix Mendelssohn (1809-1847), esperábamos que bajaría a centrarnos en la tierra con todo el equipo orquestal para encaminarnos con su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56, «Escocesa», pero la visión siguió pequeña, casi tan diminuta como la partitura de bolsillo en el atril del director, una versión miniaturizada donde los paisajes pintados por Turner o Constable parecieron volverse apuntes impresionistas por el desenfoque, bocetos más que grandes lienzos de museo para esta sinfonía «galesa» tras un Brexit musical.

Los cuatro movimientos (I. Andante con moto – Allegro un poco agitato; II. Vivace non troppo; III. Adagio IV. Allegro vivacissimo – Allegro maestoso assai) fueron discurriendo con algunas pinceladas claramente dibujadas, pero la sonoridad continuó difusa pese a la ligereza del trazo, solo destacable el tiempo lento ubicado en tercer lugar, más contemplativo y reposado perfilado, con cierto colorido solista que embelleció unas estampas irreconocibles. Agradecer el esfuerzo del maestro Díaz por responder raudo a sus paisanos y amigos, pero espero recuperar mi visión bien graduada para que el refrán de «No hay quinto malo» se cumpla el día del padre con Lugansky y el gran Perry So.

Lucha de egos

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Viernes 12 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu III: OSPADenis Kozhukhin (piano), Christian Vásquez (director). Obras de Grieg y Brahms. Entrada butaca: 15 €.

Continuamos paso a paso en la anormalidad que por lo menos nos permite respirar música, con intérpretes y obras conocidas, el público volviendo al auditorio con todas las medidas de protección pero palpando la necesidad de un liderazgo para nuestra orquesta del que que este viernes adoleció. Teniendo de concertino invitado a Pierre Frapier, personalmente noté una lucha de egos a lo largo del concierto entre el segundo de a bordo y el podio, pero aún más en Grieg.
Aún en la memoria el Liszt de Denis Kozhukhin el 29 noviembre del 2019, esta vez lo hacía con Grieg y su Concierto para piano en La menor, opus 16 del que el intérprete confesaba en la prensa «podría hacerlo si me despiertan en plena noche”, y debo entender la premura en encontrar sustituto del ucraniano Vadym Kholodenco, triste cancelación alegando motivos personales, por lo que en la interpretación dirigida por el venezolano Christian Vásquez resultó una pugna por el «mando en plaza», caminos paralelos en vez de convergentes con ligeros desajustes donde la orquesta siempre fue detrás del piano, sin química a pesar del excelente momento sonoro de todos, que nos dejaron una versión sin pegada emocional.
Kozhukhin se mostró poderoso, fuerte, convincente, seguro con una gran gama dinámica, pero no siempre con la limpieza deseada, luciéndose evidentemente en las cadenzas y brillando sobremanera en ese hermosísimo Adagio central. Pero faltó encajar la pulsación, el latir al mismo ritmo con un mismo corazón, pues así deber ser concertar, algo que Vásquez no logró, puede que por una libertad mala consejera para la precisión necesaria. El sentimiento lo puso el ruso y lo corpóreo la orquesta, bien balanceada en los planos pero sin el músculo que este Grieg exige, pasión con precisión. En un concierto tan escuchado como el del noruego y con intérpretes que están en nuestras discotecas y memoria, este viernes se quedó en poco más que un ensayo general a pesar de haberlo interpretado el jueves en Gijón.
La propina debía ser Grieg, breve, una de las Piezas Líricas que nos dejó mejor sabor de boca por el intimismo, dominio y sonoridad mostrada por el ruso, de la que careció el concierto por esa sensación de lucha de egos tan habitual en el mundo musical, tal vez faltó apostar por más entendimiento y sobriedad como en este regalo.
Vásquez al fin dominador y protagonista absoluto de Brahms con su Sinfonía no 3 en fa mayor, op. 90 de memoria, curtida y asimilada desde sus enseñanzas con Abreu, optó por la sonoridad y la pulcritud sabedor de la respuesta correcta de una orquesta que volvió a la solvencia en todas sus secciones, esta vez con unas violas y chelos verdaderamente aterciopelados, presentes y que parecieron más centrados y entregados, así como el solo de trompa del popular Take my love, el tercer movimiento, Poco Allegretto, pero en general diría que simplemente resultó aseada pero sin sustancia, poco contrastados sus movimientos, correcta sin excesos ni entrega, falta de emoción y tensión en una interpretación algo plana que podía haberse exprimido un poco más. Cierto que esta tercera no es grandiosa ni «heróica» pero la OSPA es capaz de más y al pupilo de «El Sistema» siempre le tocará la odiosa comparación con Dudamel, su buque insignia.

El flamenco de satén

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Viernes 5 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Tempo Rubato, Mayte Martín (voz), OSPA, Joan Albert Amargós (director). Entrada butaca: 15 €.

No importa la espera cuando algo se desea, ni el tiempo que nos ha tocado vivir podrá quitarnos los encuentros con el recuerdo disfrutando de veladas como este «flamenco universal» que suponen el aire fresco para respirar.

Soy un seguidor acérrimo de Joan Albert Amargós (Barcelona, 1950) desde que le escuché los arreglos para Paco de Lucía y su hermano Pepe, también con Camarón, a los teclados innovadores de mis años jóvenes que denotaban el «alma flamenca«, haciendo jazz de Colors con Carles Benavent, nuevos discos como Agüita que corre siempre con el bajista español más libre e innovador de todos los tiempos (Zyryab imprescindibe), también grabando desde Sole Giménez al Noi del Poble Sec, pasando por Ana Belén cantando zarzuela-pop,  y especialmente sus impresionantes arreglos entre los que quiero destacar a mi paisano Victor Manuel en Vivir para cantarlo (grabado en vivo con la OSPA y el Coro de la FPA) o el inimitable Serrat sinfónico seguido por el de Miguel Hernández Hijo de la luz y de la sombra, sin olvidarme de su participación en la clausura de los Juegos de Barcelona 92 o el «descubrimiento» de Miguel Poveda en las Coplas del querer con Chicuelo. Y supongo que muchísimas joyas más aunque todas las anteriores puedo presumir de tenerlas. Amargós músico sin etiquetas, de gusto infinito acompañando y arreglando, capaz de vestir a medida cualquier voz y estilo, elevándolo a la alta costura, respetando siempre al cantante con la maestría y sencillez de solo unos pocos, querido y admirado por todos.

La propia Mayte Martín (Barcelona, 1965) dice que «el flamenco es mi origen, no mi yugo«, por lo que sin ataduras ni complejos, libre como lo escribe Agustín García Calvo, me enamoró con Omara Portuondo en Tiempo de amar, rompió ataduras con Tete Montoliú cantando Free boleros y es siempre un placer escuchar su voz única que hace suyo todo lo que canta, propio o ajeno.

Encontrarse con Amargós en Barcelona supongo que era previsible, componiendo sin prisas, guitarra en mano e intercambiando partituras que tomaron forma para una cuerda camerística, guitarra y percusión que darían «Tempo Rubato», su penúltima apuesta cuyo último premio hemos podido tener en Oviedo al elevarlo a sinfónico con la cuerda de satén y seda asturiana, hoy comandada por el «Quiroga» asturiano Aitor Hevia, concertino invitado de casa, vistiendo el maestro las once poesías hechas canciones por la cantaora, y dos complementos imprescindibles para esta pasarela flamenca: Alejandro Hurtado (guitarra) y Vicens Soler (percusión), con la amplificación adecuada (apenas algún acople al inicio) y la OSPA al servicio de Mayte Martín mimada por el maestro Joan Albert Amargós. Poesía de Rafael de León a Lorca, Nuria Canal a la propia Mayte, y un increíble tango de Gardel y Le Pera (Sus ojos se cerraron) sin ruptura en esta primera parte de microrrelatos que la voz de la barcelonesa paseó con pellizco y duende catalán, el de un flamenco llamado de fusión más como disculpa que real, tan mediterráneo como el andaluz o tan arraigado como el extremeño, pues la música no tiene etiquetas salvo la elegancia del ropaje tejido a medida por su paisano.

Y es que los arreglos de Amargós nos permitieron gozar de la sonoridad aterciopelada de toda la cuerda sonando como un gran cuarteto, con intervenciones solistas de los primeros atriles, Aitor Hevia, Héctor Corpus, María Moros y Maximilian Von Pfeil, con unos contrabajos potentes y la guitarra de Hurtado plenamente integrada en una tímbrica global elegante, sobria, con las pinceladas de Solé, canciones con el único hilo conductor de vestir la poesía cantada y hacerla flotar con el color adecuado a cada momento. Hasta la propina de SOS más que grito de socorro fue un sentimiento de paz.

De las decenas de versiones que guardo además de las escuchadas, El amor brujo de Falla siempre me ha llevado a preferir las voces flamencas, naturales, sin academicismos y en la tesitura justa, el color del pueblo (me quedo con «La Jurado» y López Cobos para la película de Saura aunque también la de otra grande que cantó con la OSPA como Carmen Linares), y en esta línea disfruté con Mayte Martín, más que Fuego fatuo, la OSPA dúctil e integrada en la dinámica de la primera parte, solos de altura en todas las secciones inspiradas, fluidas, bien balanceadas por un Amargós inteligente, preciso, colorista, vital y sin etiquetas capaz de aportar con la cantaora un Falla catalán de tablao sinfónico en la capital asturiana, inspiración creativa, compositiva e interpretativa para este rubato que me sigue haciendo omnívoro. Las mascarillas se olvidan, las penas se aparcan, lo «jondo» trasciende, el arte cura y la cultura es segura. El Carnaval también será distinto.

Fascinación nórdica y mucho futuro

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Viernes 29 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo. Iviernu II: OSPA, María Dueñas (violín), Ari Rasilainen (director). Obras de Sibelius y Svendsen. Entrada butaca: 15 €.

Cierres perimetrales, distancia y medidas de seguridad, aforos reducidos… pero la cultura es segura y la música en vivo sigue siendo terapéutica y tan necesaria como respirar sin mascarilla. Segundo programa de invierno (iviernu) en un viernes cálido con un programa nórdico luminoso cual verano ártico y la vuelta a Oviedo del finlandés Rasilainen al que siempre saludo y recordamos sus visitas a la capital asturiana, desde aquel lejano 1999 en el Campoamor con la Orquesta de la Radio Noruega (mi querido Ramón Sobrino también), en el 2003 (uno ni había comenzado el blog), y años después dejando mis recuerdos escritos, 2009 dirigiendo la Orquesta de Castilla y León con el Sibelius que le caracteriza, más las posteriores ya al frente de la OSPA en los años 2011, 2015 y 2017, apostando esta vez por el repertorio de su tierra que domina y del que contagia magisterio, volviendo a demostrar que la música nórdica es cálida, fascinante y embriagadora.

La presentación de la internacionalmente premiada y reconocida María Dueñas (2002) con su Gagliano del XVIII (también tiene un Guarnieri del Gesù Muntz (1736) cedido por la Nippon Music Foundation), sumaba interés para el siempre intrincado Concierto para violín en re menor, op. 47 de Sibelius, un portento de interpretación de principio a fin. Fascinante sonido el de esta jovencísima solista que dará muchas alegrías allá donde vaya porque impresiona su madurez afrontando y mandando en esta joya del compositor finlandés, exigente y sin respiro. Si la mano izquierda es perfecta, ágil, limpia, de vibratos en su sitio, armónicos perfectos, dobles cuerdas impecables y con todos los recursos técnicos necesarios, el arco y muñeca consiguen una emisión uniforme con una gama riquísima de matices pero siempre presente y potente brillando por encima de la orquesta. Sumemos una musicalidad innata en esta granadina, un «cantar» lleno de expresividad, mandando con un aplomo envidiable, que si se arropa con una orquesta entregada y un maestro excelente concertador, además de conocedor de esta partitura, el resultado es para enmarcar, esperando ya la pronta emisión en Radio Clásica (que graba todos los conciertos de la OSPA) para volver a disfrutar de esta joya de muchos quilates.

Intrigante inicio del Allegro moderato donde Dueñas ya mostró aplomo, seguridad y sonoridad, con una orquesta compacta en todas las secciones, equilibrada, atenta al detalle, y la «nueva acústica» de la sala principal que sigue descubriendo las «notas perdidas», mayor espacio entre músicos, más escenario y ampliación sonora al estar abierta la sala polivalente. El Guarnieri en manos de María Dueñas emocionaba en todos sus registros: graves de ensueño, armónicos pletóricos, dobles cuerdas manteniendo los trinos presentes y brillantes, con la OSPA redondeando un poderío y virtuosismo a la par que la solista, con Rasilainen dejando fluir la música indicando lo preciso con respuesta instantánea por parte de todos. Los primeros atriles no defraudan en sus intervenciones pero esta vez me quedo con todas las secciones porque la orquesta asturiana ha salido reforzada en esta pandemia. No hay titular ni concertino (esta vez el invitado fue el portugués Emanuel Salvador) pero tiene identidad propia, la misma que mostró en la primera cadenza la granadina. Qué placer y fascinación su fraseo, su agógica contagiada a todos, emociones a borbotones que cerrando los ojos parecían provenir de una larga vida al servicio de la música para despertar y admirar esa juventud desbordante. Balance orquestal siempre en su sitio, total compenetración con la solista y mismas sensaciones, caminando de la mano en este primer movimiento que no da tregua y una conclusión de exactitud germana pudiendo escuchar esos segundos posteriores donde el sonido sigue en la sala. En el Adagio di molto la calidad y calidez siguieron de la mano como debe ser, los clarinetes arrancando y marcando sentimiento con su prolongación en el violín de Dueñas acunado por un colchón de texturas únicas, la conjunción de metales y cuerda tan lograda en la escritura de Sibelius que dejan flotando el sonido primoroso de esta solista andaluza. Cómo fue entresacando Rasilainen la fuerza orquestal en todas sus dinámicas sin oscurecer nunca el protagonismo violinístico, ese maridaje y punto de encuentro tan difícil de alcanzar pero que cuando se logra nos depara movimientos como este segundo del concierto. Y el Allegro, ma non tanto de aires majestuosos, rítmicamente vibrante, explosión tímbrica del violín con una pulsión mantenida por Rasilainen llevando a la OSPA al disfrute global, el gozo musical de hacer música compartiendo intenciones, transmitiendo seguridad desde un buen hacer por parte de todos que trajo lo mejor de este concierto para el recuerdo.

Y sin perder ese aire escandinavo María Dueñas nos regaló «Applemania» de Igudesman, casi una composición propia que parecía beber del mismo Sibelius o incluso del sueco Alfvén, virtuosismo cercano, mágico, aires folklóricos, celtas o vikingos, hermanando Sierra Nevada con Escandinavia, maravillosa música y maravillosa violinista que nos fascinó a todos, el futuro esperanzador en tiempos difíciles donde el talento sigue escaseando pero demostrando que lo español es más internacional que nunca.

Completaba el programa escandinavo el poco escuchado compositor noruego Johan Svendsen (1840-1911) y su Segunda Sinfonía en si bemol mayor, op. 15, agradable de escuchar e interpretar porque permite a la orquesta lucirse en todo momento y más cuando el director conoce los resortes para que brillen con luz propia.

Cuatro movimientos «clásicos» (I. Allegro; II. Andante sostenuto; III. Intermezzo: Allegro giusto; IV. Finale: Andante-Allegro con fuoco – Stretto) bien escritos, lucidos, diferenciados y donde el maestro Rasilainen demostró el buen trabajo de conjunto, la química existente con la OSPA, el dominio de una partitura si se me permite «menor» pero sonando «mayor», ajustado e implicado defendiendo unas páginas que siente como propias. Y al fin encontramos el sonido propio de nuestra orquesta que necesita pronto estabilidad, pues no podemos perder este punto álgido tras casi 30 años que son toda una vida. No hay reproches, solo ganas de mantener el nivel demostrado con una plantilla perfecta que con este «Svendsen de Rasilainen» brilló en los metales (trompas incluidas que maravillaron en la «segunda»), admiró en la madera, mandó en los timbales y enamoró en la cuerda.

En mi juventud tras el servicio militar obligatorio en la cartilla se ponía «Valor: se le supone» pues sin guerra no hay forma de demostrarlo. La OSPA vence y convence pero sigue buscando el mando en plaza, su tropa de seguidores lo necesitan y apoyan a la espera de disipar dudas, cuanto antes mejor para todos.

Honestidad musical para el arranque invernal

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Iviernu I, OSPA, Juan Barahona (piano), Christoph Gedschold (director). Obras de Rachmaninov y Dvořák. Entrada butaca: 15 €.

Con homenaje a la recién fallecida Inmaculada Quintanal (La Felguera 1940), respetuoso minuto de silencio y dedicatoria a la que fuese Profesora de Música en mis años de estudiante en la E.U. de Magisterio, musicóloga, docente, investigadora y gerente de la OSPA durante la primera década de consolidación (1993-2003), mujer generosa, luchadora, honesta y valiente, comenzaba la Temporada de Invierno con estos calificativos válidos para un concierto que agotó las entradas pese a todas las incomodidades que supone esta pandemia que no cesa, incertidumbres continuas y un (sin)vivir al día pero demostrando que La Música, así con mayúsculas, y mejor en directo, es más necesaria que nunca, como siempre defendía mi admirada Inmaculada, pues la cultura es segura, y los sacrificios obligados no impedirán saciar este hambre de conciertos que son seña de identidad cultural de Oviedo y Asturias, como siempre digo «La Viena del Norte» español.

Programa con dos obras que todo melómano conoce, la orquesta también y Jonathan Mallada en las notas al programa, concluye sobre los dos compositores, Rachmaninov y Dvořák: «sus obras muestran siempre una frescura muy difícil de superar y, en definitiva, han trascendido los siglos como dignos embajadores de la sinceridad más pura que pueda existir: la sinceridad musical«.

Siempre es un placer escuchar el popular Concierto para piano nº 2 en do menor opus 18 del ruso, este viernes con el asturiano Juan Barahona de solista y la batuta del alemán Christoph Gedschold (tras su última visita wagneriana), siendo el austriaco Benjamin Ziervogel el concertino invitado y compañero del pianista en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Concierto difícil de concertar y momentos de ímpetu que pudieron desencajar algunos pasajes con el piano, por delante de la orquesta, pero mostrando una visión personal de Barahona quien tiene la obra bien rodada y trabajada de principio a fin, con un rubato especialmente sentido que Gedschold siempre intentó seguir aunque sin una marcada pulsación interior. La interpretación fue de bien a mejor, un Moderato apasionado con una orquesta de dinámicas ajustadas a la sonoridad pianística, un intenso e inmenso Adagio sostenuto muy sentido por parte del piano, y un entregado Allegro scherzando donde todos brillaron y encontraron el entendimiento perfecto para una obra de madurez tanto compositiva como interpretativa que Juan Barahona va moldeando en cada concierto.

Aplausos merecidos y propina como no podía ser otra del ruso, su Preludio en re mayor op. 23 nº4 donde sin el «encorsetamiento» orquestal sí pudo lucir esa musicalidad genética Juan Barahona, un intérprete de raza que crece con los años, siempre entregado y honesto ante las obras que amplían su ya extenso y exigente repertorio.

De la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 de Dvořák no llevo la cuenta de las veces que ha sonado en este auditorio y a los atriles de la OSPA, siempre con buen sabor de boca en cada concierto, habiendo pasado por directores que dejaron huella con esta maravillosa página que siempre pone a prueba las formaciones sinfónicas y nuevamente la asturiana junto al alemán Gedschold han vuelto a deleitarnos con ella, perfecto complemento el checo tras el ruso (aunque hubiera estado bien alternar el orden para ir rompiendo los clichés de los programas) creciendo en los cuatro movimientos con un conductor de manos amplias, gestos claros y visión muy trabajada de dinámicas y tempi ideales para lucimiento de todas las secciones orquestales. Como en Rachmaninov la cuerda sonó dulce, equilibrada, presente incluso en los graves (aunque siempre hecho en falta algunos más), los metales en buen momento tímbrico y en coordinación perfecta, mas nuevamente la madera erigiéndose en «la niña bonita» de la orquesta en esta sinfonía donde tanto protagonismo tiene. Un Allegro con brio algo contenido, un Adagio para paladear y disfrutar de los planos sonoros con ese terciopelo de arcos jugando con escalas descendentes y Ziervogel marcando galones, un  Allegretto grazioso en crecimiento emotivo de aires vieneses, y el vibrante Allegro, ma non troppo chispeante, trompetas victoriosas, la melodía que siempre me recuerda «La Canción del Olvido«, vibrante, estallidos del metal cual fuegos artificiales, los aires turcos bien marcados, flauta virtuosa y un allegro entregado y bien entendido para otra «octava honesta» que disfrutamos todos, músicos y público. El esfuerzo merece la pena y estos conciertos son la mejor terapia en tiempos revueltos.

Toquemos madera para mantener la programación porque la necesitamos como el respirar (aunque sea con mascarilla).

El norte cálido y musical

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Viernes 11 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Seronda VI: Ellinor D’Melon (violín), OSPA, Jaime Martín (director). Obras de Chaikovski y Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Retomamos la «anormalidad» tras otro cierre imprevisto, y la vuelta al auditorio con aforo reducido más todas las medidas de prevención e higiene en estos tiempos que lo han cambiado todo menos las ganas de música en vivo. Un poco hartos de la incertidumbre, del vivir al día pero también de conciertos en streaming que nos ayudan a «conectar sin desconectar» y mantener una esperanza que nunca se pierde.

Mis sinceras felicitaciones y gratitud a la OSPA por el esfuerzo en mantenernos con hambre de directo, y tras la pasada semana donde la pantalla seguía delante de nuestros ojos con un programa impresionante (Concierto de piano de Gershwin con la francesa Lise de la Salle y la Séptima del «Beethoven 250») volvía el maestro santanderino al frente de la formación asturiana con otro programa para disfrutar, músicas de la gélida Rusia, Tchaikovsky y Sibelius (desde el Gran Ducado de Finlandia dependiente del Imperio Ruso por entonces) escritas lejos del mundanal bullicio que nos dejaron la calidez de unas obras para un público fiel y expectante por volver a la butaca «de verdad», a paladear el sonido analógico y real que la era digital no conseguirá nunca.

Se presentaba la joven violinista jamaicana de origen cubano Ellinor D’Melon (2000) nada menos que con el Concierto para violín op. 35 (1878) de Tchaikovsky donde primó el virtuosismo del sonido desde una técnica depurada, la música sentida y detallada de rubato plenamente romántico y contenido perfectamente entendido por Martín -que ya la ha dirigido en Gävle (Suecia) y Barcelona precisamente con este concierto– con una OSPA atenta, escuchándose, conectando, disfrutando, como si el público enviase esa sensación de confort cercano.

Tiempo ajustado sin excesos en el Allegro Moderato inicial con una orquesta rotunda y delicada arropándola, una cadenza de seda con ese sonido único del Guadagnini de 1743 (amablemente prestado por un donante anónimo de Londres) y de una agógica impactante antes de la entrada orquestal encajada con la maestría del buen concertador que es el director santanderino, ese movimiento «redondo» del ruso de orquestación brillante; segundo movimiento Canzonetta andante para seguir apostando por el terciopelo, sonidos contagiosos de texturas cuidadas tanto en la violinista como en los primeros atriles sinfónicos, maderas empastadas creando atmósferas cálidas y juegos delicados dialogados con sentimiento sonoro de la jamaicana envuelta en el halo de la cuerda hoy comandada por la concertino invitada Elena Rey, todo bien sacado a la luz con el gesto claro de Jaime Martín, esos aires quasi zíngaros y vitalistas de un tejedor detallista que no deja nada al azar permitiendo disfrutar a todos, sonsacando unos graves necesarios antes del vibrante Allegro vivacissimo final, más complicidades y ajustes perfectamente encajados, el ritmo contagioso con el balance siempre ideal entre solista y orquesta, el sonido que todo lo envuelve, el juego musical y virtuoso donde la interpretación toma sentido en este único concierto de violín de Tchaikovsky que Ellinor entiende con personalidad y Martín ayudó a redondear con la calidad que no se ha perdido. Bravo.

Y sin apenas descanso llegaría Sibelius, porque «no hay quinta mala» como digo siempre, la sinfonía estrenada hace ahora 105 años, y que menos alegrías dio al finlandés, llegando a rehacerla hasta tres veces sin renunciar a ninguna de ellas, pero al que, como a Mahler, le llegó su tiempo. La Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 resulta compleja en su concepción e interpretación. Tres movimientos que exigen de la orquesta un empaste especial y unas dinámicas exigentes para no desencajar nada, una cuerda tersa de sonido intenso, unos metales orgánicos en cuanto a presencia y homogeneidad, la madera creando un color único sin perder presencias solistas, más unos timbales que deben dominar sin atronar. Todo funcionó a la perfección nuevamente con el buen hacer del maestro Martín, mano derecha clara y precisa, mano izquierda atenta y rigurosa, gestualidad global para las dinámicas pese a que la mascarilla prive de mejor comunicación pero que el trabajo continuado logra sobrepasar.

El compositor nórdico no contempla su obra como un simple desafío técnico sino como un proceso de sensaciones e intuiciones. El primer movimiento, Tempo molto moderato – Allegro
moderato – Presto
, un ente propio dentro de la globalidad, de nuevo la búsqueda del sonido cálido contrastado con esa inestabilidad emocional que la partitura refleja, el paisaje gélido y tensiones que fluyen cual viento del norte, empujado por esos golpes percusivos que animan el ritmo cardiaco antes del concluyente final. Tras la tormenta llega la calma, el Andante mosso, quasi allegretto para disfrutar con todo el viento, especialmente la flauta  acunada por los violines en pizzicati, el reposo como de lago congelado en un día nítido, luminoso, el equilibrio bien balanceado desde el podio, dibujos en el aire para este movimiento plácido que en su final comienza a inquietarnos, agógica y dinámica perfectamente equilibradas antes de desembocar tras la modulación en el  Allegro molto – Misterioso, cuerda ágil y limpia, impetuosamente rítmica mientras el resto envuelve de «misterio» un relato sinfónico magistral con ese final único y genial: seis acordes separados por los silencios que resonaron en la gran sala del auditorio ovetense huérfano y entregado.

El propio Sibelius escribiría el 26 de enero siguiente: «una vez más trabajando en la Sinfonía 5. Batallando con Dios. Quiero darle a mi sinfonía una forma diferente, más humana. Más terrenal, más vibrante — el problema es que yo mismo he cambiado mientras trabajaba en ella«. Todos hemos cambiado, más humanos y terrenales pero también hemos vibrado con esta quinta donde Jaime Martín y la OSPA lograron de nuevo el milagro único de la música en directo, sensaciones compartidas, gratitud mutua y esperanza en esta «anormalidad» con la que tendremos que convivir. De nuevo el público sigue dando ejemplo y demostrando que la cultura es segura.

No nos olvidemos de Beethoven

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Viernes 23 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: SERONDA III, OSPA, Jesús Reina (violín), Josep Caballé Domenech (director). Obras de Beethoven y Brahms. Butaca de anfiteatro: 10€.

Cada día es un triunfo y para los conciertos una batalla ganada cumpliendo estrictamente con todas las normas. El tercero de este «no abono otoñal» con entradas sueltas porque no se sabe qué pasará mañana, ya comenzó con bajas obligadas por el Covid, primero el maestro Ion Marin y después la violinista Esther Yoo, pero raudos gestores y agencias encontrarían nueva batuta y solista para un programa que se mantuvo con dos de las llamadas tres Bs (Bach, Beethoven y Brahms) porque no debemos olvidarnos que este aciago 2020 celebramos los 250 años del maestro de Bonn, «el sordo genial», y el repertorio clásico no puede ni debe faltar en estos reencuentros sinfónicos que son verdaderos oasis de placer en tiempos convulsos, soportando todas las restricciones que nos pongan pero manteniendo esta terapia que para muchos no es solo necesaria sino obligada.

Como recuerda la propia orquesta,»Caballé Domenech tenía previsto dirigir a la OSPA en el último concierto de abono de la temporada 19/20, pero la pandemia global causada por la COVID-19 hizo que la orquesta tuviera que cancelar toda la temporada y conciertos extraordinarios desde marzo a junio». Y como violín solista Jesús Reina (al que deberíamos nombrar «asturiano del mes» por muchas razones, y aprovechando su presencia en nuestra tierra desde el homenaje a Williams pasando por las sociedades filarmónicas ovetense y gijonesa, aunque no pude escucharle en ninguno, con este Beethoven me resarcía y volvería a deleitarnos con su magisterio. Si Esther Yoo «es una joven violinista estadounidense-coreana aclamada por su «tono oscuro y aristocrático» (Gramophone Magazine) y por «su elegancia equilibrada» (The Herald) como también reza en su agencia, Jesús Reina es un joven español descrito como un violinista con un “bello sonido caracterizado por una verdadera musicalidad, temperamento y carisma” (El País) en la propia. Ya va siendo hora que reconozcamos el talento de casa, no hace falta buscar fuera y en estos tiempos más que nunca debemos apoyar a nuestros músicos.

Al menos la OSPA suma y sigue y «el sordo genial» (con permiso de Goya y su otra Quinta) escribió este Concierto para violín en re mayor, op. 61 que colmó las expectativas de todos. El sonido de Reina es claro, nítido, penetrante, lleno de matices y haciéndose escuchar por todos, respeto y admiración repartidas, con buena comunicación y entendimiento con el maestro Caballé. Esta página de Beethoven ya marca un idioma propio, personal y único en su construcción donde el violín podría ser sustituido por el piano o el cello manteniendo esa sonoridad sinfónica, pero sólo nos legó esta joya. Los tres movimientos mantienen una unidad melódica que apreciamos en las cadencias, y personalmente la del primer movimiento me pareció interesantísima (desconozco la autoría) por virtuosa, ceñida a los temas y con un magisterio del violinista malagueño que nos dejó saborear cada nota con él. Si Allegro non troppo sonó en conjunto potente y equilibrado, el Larghetto (como casi todos los movimientos lentos) resultó cautivador, saboreando esta redescubierta acústica distinta del auditorio donde cada detalle es irrepetible, y no digamos el brillante Rondo: Allegro donde el juego dialogante entre la excelencia del fagot valenciano y el violín «regente» además de bellísimo demostró un encaje perfecto y unas dinámicas grandes, el empuje vital y alegre, pastoral y casi de «romería clásica» con el idioma inigualable de Beethoven, la calidez de Reina y una batuta atenta que nos brindaron este concierto para violín único en el amplio sentido de la palabra.

Merecidos aplausos y sorpresa saliendo de nuevo Jesús Reina con unas variaciones sobre la popular canción gitana rusa Dos guitarras que sorprendió por todo, especialmente por un uso mágico del pizzicato evocando balalaikas o mandolinas virtuosísticas, juegos de arco y dedos vertiginosos que impresionaron a un auditorio hambriento de la música viva, en directo, irrepetible.Y como si leyese mi mente, en este concierto sólo faltaba la B del «Dios Bach» del que Reina nos regaló la «Chacona» de la Partita nº2 en re menor, BWV 1004, perfecta de principio a fin, sonido, ejecución y entrega. Aquí podría haber terminado el concierto en todo lo alto aunque quedase la tercera B.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 de Brahms es perfecta compañera de viaje en un concierto con «el ídolo de Bonn» y es frecuente programarlas emparejadas (aún recuerdo las dos primeras de mi tocayo en Barcelona), pero la plantilla aumenta, las exigencias también y esta cuarta pide mucho para redondear y alcanzar el nivel esperado. Caballé hizo un trabajo esdrújulo de dinámicas y agógicas, con el rubato bien entendido como extra de expresividad junto a silencios para degustar en una OSPA (hoy con el bilbaino Xabier de Felipe de concertino invitado) que enseña músculo en este repertorio para lucimiento de cada sección. Pero aparecieron «agujetas» y faltó serenidad, mano izquierda y contención en las secciones que se lucieron por cuenta propia. Si el Allegro non troppo olvidó el calificativo aunque puso toda la carne en el asador, al menos en el Andante moderato sí se mantuvo cierta moderación. Pero llegado el Allegro giocoso el sonido resultó “atropellado” en vez de jocoso, desequilibrado por un balance demasiado homogéneo en los ff  y más brillante (que no delicado de presencia) en los pp, como volvió a suceder en el Allegro energico e passionato pese al esfuerzo de unos contrabajos descompensados en número y volumen. Puede ser que las versiones de bolsillo en el atril sean demasiado pequeñas a la vista aunque útiles como recordatorio, pero esta «cuarta» quedó desmerecida, el hamburgués no llenó y ¨C50C volvió a triunfar.

Mientras tanto, a esperar que esta Seronda astur no se pare porque las noticias son poco halagüeñas y seguramente la música en vivo vuelva a ser la gran perjudicada. Seguiremos apoyando nuestra OSPA y defender a Oviedo como la Viena del norte español, recordando que la cultura es segura.

Viajes bálsamicos con la música

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Viernes 9 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Seronda II, OSPA, Cristina Montes Mateo (arpa), Miguel Romea (director). Obras de Montsalvatge y Bizet. Entrada anfiteatro: 10 €.

Poco a poco recuperamos la vida musical aún sin saber qué sucederá mañana, acostumbrándonos a protocolos de seguridad, higiene, entradas y salidas a los recintos cual evacuaciones entrenadas tantos años con mi alumnado, programas y entradas por internet (no siempre individuales aunque finalmente la conseguí), la incertidumbre sin abonos, programaciones casi en el aire pero el bálsamo musical que supone siempre un concierto en vivo.

Desde esta anormalidad, la sala polivalente está a la vista, sin paneles y ganando espacio de fondo en el escenario, con lo que la nueva acústica sumada a la distancia entre los músicos, es aún mejor que antes al menos para mí, percibiéndose cada detalle a la perfección, incluso los leves desajustes que el rodaje continuado de nuestra OSPA, hoy con David Lefèvre de concertino invitado, volverá a engrasar, deseando más graves en la cuerda (especialmente cellos y contrabajos). Todo tiene su lado positivo en la convivencia con «el bicho»: no se escucha ni una tos, ni un móvil, el público respetuoso, disfrutando cada compás, cada silencio, y esta vez con un programa original y clásico, para viajar tanto en el tiempo como en la memoria sin movernos de la butaca.

Obras interesantes, novedosas, comenzando con el aire antillano y guaraní de Montsalvatge con su Concierto-capriccio (1975), aires de habanera en la Costa Brava mediterránea, el mar evocado por la siempre etérea arpa, obra dedicada y estrenada por Nicanor Zabaleta con la Orquesta Nacional de España dirigida por Frübeck de Burgos. A todos los pude escuchar en vivo, el arpista un habitual de la Sociedad Filarmónica de Oviedo en mi adolescencia, y la orquesta con el gran maestro en el Teatro de la Laboral de Gijón cuando celebrábamos a Beethoven con sus sinfonías. Ventajas de cumplir años, peinar canas y seguir festejando al «sordo de Bonn» casi 50 años después en este inolvidable 2020, un bisiesto que pasará a engrosar nuestra memoria sonora y sentimental.

El compañero de este viaje sería el Bizet sinfónico y juvenil, gran orquestador desde sus inicios, clásico en plantilla y estilo, aunque más deudor de Mendelssohn que de Mozart, apuntando a un lenguaje lírico en el que verdaderamente triunfaría, ese legado operístico de la capital asturiana en el segundo viaje vespertino.

El concierto de Montsalvatge nos permitió disfrutar de la arpista Cristina Montes Mateo, amplificada como es costumbre en este instrumento (como también sucede con la guitarra) pero muy bien ajustado el sonido para poder equilibrar una sonoridad orquestal potente, bien concertada por el Maestro Romea que mantuvo el balance idóneo en cada movimiento. La escritura sinfónica del catalán es interesantísima en toda la obra, ecléctica pero cercana, manejando las tímbricas que hoy consideramos actuales y que en su momento eran rompedoras. El Leggero inicial presenta un arpa virtuosa arropada por percusiones variadas en cada sección, evolucionando a todos los estilos de los que bebe unidos en un todo, recursos variados en un arpa descubriendo sonoridades variadas y un conocimiento del instrumento que pudimos apreciar en los tres movimientos (especialmente los pedales pero también el uso de percusión, cuerdas pulsadas con púas, frotadas y el catálogo tímbrico que le da un colorido especial). Bellísimo el Andante da camera que lució con ese diálogo con la flauta de carácter bucólico al que se suma una trompeta con sordina y el tutti en un delicado tejido que viste de color el sonido del arpa. Y la explosión rítmica, dinámica y jugosa del último Rondó Guaraní.Allegro,  el recuerdo del arpa paraguaya, unas variaciones sinfónicas del conocido «Pájaro campana» con la percusión mandando y luciéndose todos, unos graves escasos como apunté al inicio, y los difíciles encajes para un ritmo frenético donde Romea pareció más preocupado por las dinámicas que la necesaria agógica folclórica de la que Montsalvatge fue un maestro consumado. Maravillosa la interpretación de Cristina Montes, un encaje de bolillos impecable, luciéndose en sus cadenzas, jugando con todos los recursos de un instrumento siempre evocador en sus manos.

La propina igualmente impecable: recuerdos de guitarra y cimbalón, sueños zíngaros y andaluces, arpegios de arpa cristalinos del salmantino Gerado Gombau y su Apunte bético, la visión universal de la Sevilla natal de la arpista desde la inspiración viajera, aunque podría haber optado por el otro catalán internacional, Bacarisse, maestro no siempre reivindicado. Sonoridades propias de arpa «élfica» incluídas en su disco titulado precisamente «Voyage«, toda una délicatesse para el melómano en la interpretación de esta artista afincada en la ciudad del Turia que fue entrevistada por mi querida Aitana Vargas en un vídeo desde Los Ángeles, donde ha desarrollado parte de su carrera. El viaje musical que no cesa.

No es habitual escuchar la Sinfonía nº1 en Do Mayor (1855) de un joven Bizet, que con 17 años era alumno de Gounod. Bien explicada en las notas al programa de Natalie Sálem Uría, es una obra fácil de escuchar y llena de guiños que todos llevamos en nuestras mochilas. Miguel Romea supo transmitir a la orquesta el ímpetu del Allegro vivo con una cuerda compacta y el oboe de Juan Ferriol cantando como en él es habitual, derrochando musicalidad en su línea melódica con la orquesta bien de dinámicas y balances clásicos de transición romántica, el lugar común donde la orquesta se mueve como pez en el agua, el lenguaje sinfónico por excelencia, aires de caza en las trompas, maderas empastadas y timbales ajustados, los motivos casi de quinta beethoveniana. Y de nuevo la voz del oboe en un Adagio casi operístico y pastoral, el Bizet que deslumbraría desde su inspiración hispana llevado a las tablas, un «segundo acto» de tenor donizzetiano secundado por una cuerda sedosa.

Una pena no haber continuado su escritura sinfónica porque podría haber engrandecido el género desde la forma por excelencia y la inspiración melódica del francés. Brillante el scherzo Allegro vivace que mostró músculo en una cuerda bien engranada y limpia, la giga con aire de gaita impulsado por cellos y contrabajos de inspiración rústica pero más escocesa que francesa, de ahí mi comentado paralelismo con Mendelssohn, incluso con la sexta de Beethoven, empaste global apreciándose influencias estudiantiles bien asimiladas y escritas para lucimiento de todos. El final fresco, exhuberante y exigente del Vivace para una orquesta respetuosa con el podio, violines arriesgando desde un movimiento difícil, contrastes bien matizados mostrando buen entendimiento global y la necesidad de mantener un trabajo continuado que se hace difícil en estos tiempos convulsos. Obra para disfrutar escuchando y tocando, transmitiendo una alegría necesaria en todo momento por la juventud que emana y resuelta con la brillantez esperada.

No haremos planes a largo plazo, pero estos viajes musicales son balsámicos y ayudan a desconectarnos de un día a día indeciso, confuso, lleno de incertidumbres y donde la única seguridad es vivir intensamente. Nuestra OSPA en el otoño asturiano (Seronda), la estación más hermosa de esta tierra llena de color, nos ayuda a ello.

La Asturias sinfónica desde el corazón

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Lunes 28 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala principal: Conciertu de les lletres asturianes: OSPA, Óliver Díaz (director). Obras de Facundo de la Viña, Julián Orbón, Jorge Muñiz y Benito Lauret. Entrada gratuita (previa adquisición on line).

La Selmana de les lletres asturianes de marzo hubo de ser suspendida por las causas que todos conocemos, pero con esa vuelta prudente en la búsqueda de la recuperación de tanto que hemos perdido, al menos la música de nuestra orquesta asturiana vuelve a sonar paulatinamente en el auditorio con la pena de ver el aforo reducido (esta vez con menos butacas vacías) pero con las mismas ganas, puede que más, de disfrutar del directo.

Y el programa de clara inspiración asturiana no podía faltar, con la vuelta al podio del ovetense Óliver Díaz que presentó las obras antes de comenzar, acabando con un slogan válido en tiempos de covid: «La cultura ye necesaria, la cultura ye segura». El maestro sigue creciendo en su carrera como director, hoy al frente de una OSPA que mantiene su calidad y sonoridad sin notarse el paréntesis del confinamiento, salvo ligeros desajustes al inicio que fueron encontrando el punto perfecto a lo largo del concierto, y las buenas sensaciones que transmiten todos.

Las notas al programa de Ramón Avello (que dejo enlazadas) aunque en asturiano pienso que son fáciles de entender, explicando detalladamente la esencia de las obras de estos cuatro autores ligados a nuestra tierra por distintas razones. «Resonancias sinfónicas del cancionero asturiano» por la clara inspiración de nuestra rica música popular y especialmente nuestra canción tradicional que aún sigue siendo estudiada desde tiempos de Pedrell, el padre del nacionalismo español citase al tratadista jesuita Eximeno la frase de que «Sobre la base del cantar popular cada nación tiene que construir su sistema musical«, y las distintas formas de usar el cantar popular las pudimos apreciar en este concierto.

Arrancamos con el gijonés afincado en Valladolid Facundo de la Viña (1876-1952), triunfador en su época, con una carrera que finalizaría en Madrid tras estudiar en París con el mismísimo Paul Dukas, y caído en el olvido como tantos otros, aunque poco a poco se esté revitalizando con distintas publicaciones y la tesis doctoral de Sheila Martínez Díaz. El Poema Sinfónico Covadonga (1918) consta de tres secciones que comienzan con la melodía a nuestra Patrona «Santa María, en el cielo hay una Estrella que a los asturianos guía«, a la que sigue un rítmico Allegro a partir de dos temas populares, ampliamente desarrollados, «Fuisti a cortexar a Faro» y «Aquel pobre marino» además de alusiones a otras dos canciones marianas asturianas como «Virgen de Guía» y la propia «Virgen de Covadonga«, antes de una última sección evocadora de cualquier fiesta asturiana que se precie, el «Fandango de Pendueles» más la tonada que canta «La virgen de Covadonga ye pequeñina y galana» (hasta mi madre la tocaba con un dedo en el piano de casa), típica advocación de «fe, fervor y heroísmo» (como escribe Avello) que no podía faltar en esta composición ex profeso para la conmemoración de la «Cuna de España» de un asturiano lejos de «la tierrina» inspirándose en nuestro folklore. Un arranque algo dubitativo en entradas puntuales pero engrasando rápidamente para poder disfrutar de una Covadonga llena de sonoridades románticas y donde la hoy concertino Eva Meliskova pudo lucirse «ad libitum», siempre bien arropada por sus compañeros y un podio que permite esos «rubati» para solaz de solistas sin perder la unidad agógica.

Otro compositor asturiano y universal fue el avilesino Julián Orbón (1925-1991), al menos más presente en la memoria de todos (parte por su Guantanamera aunque muchos aún crean que es anónima), cuya música sigue sonando más fuera de nuestra tierra que en la suya. Reconocido no solo en México sino en Cuba y posteriormente en Miami, el director Eduardo Mata le definió como el «músico de las dos orillas», la síntesis entre lo español y lo latinoamericano «al tratar de expresar la absoluta integración estilística de su música con los elementos más puros de ambas orillas del Atlántico» que escribió Mata y recoge Avello. También recuerda el crítico y docente gijonés que el 12 de mayo de 1991, una semana antes de su muerte en Miami el día 20, la recién formada OSPA se estrenaría con sus Tres versiones sinfónicas (1954) que este lunes volvieron a los atriles. La formación académica del músico nacido en la Villa del Adelantado (paradojas de la vida) empezó con su padre Benjamín y el ovetense Saturnino del Fresno en el Conservatorio de Oviedo para dar el salto a los EEUU donde Copland marcará su estilo sinfónico perfectamente reflejado en estos tres cuadros musicales con la forma de la variación cuyos títulos indican las líneas a seguir: Pavana, Organum y Xylphone, tres movimientos bien armados, especialmente el último donde Rafa Casanova brilló con ese tema casi a su medida, comandando una sección de percusión que mantuvo un altísimo nivel en todo el programa. Destacar la sonoridad de la cuerda, sedosa como si del maestro Copland se tratase, y una batuta siempre atenta a mimar el balance entre las familias orquestales desde la acústica «cambiada» por la ausencia del panel trasero (que deja ver la sala polivalente) y el gran espacio entre los músicos, lo que como espectador se agradece por la sensación de envolvente sonora aunque supongo que en el escenario esa distancia impida escucharse mejor entre ellos.

A Jorge Muñiz (1974) «le nacieron en Suiza» pero al mes ya estaba en su Asturias del alma, estudiando en Oviedo con la gran Purita de la Riva (heredera, alumna e intérprete de Saturnino del Fresno), Ruiz de la Peña o Leoncio Diéguez (a quien Covadonga también marcaría su trayectoria) antes del «obligado» salto madrileño para proseguir con Zulema de la CruzGarcía Asensio o Antón García Abril (otro compositor que también ha llevado Asturias en sus obras). Seguimos exportando talento, musical sobremanera, y en 1998, como casi 60 años antes Orbón, «cruzará el charco» para completar el sueño americano, becado por la Fundación Fulbrigh, primero el Master en Composición (en Pittburg) donde estudiará con Leonardo Balada, y ya como docente desde 2004 en la Universidad de Indiana. He seguido su trayectoria como compositor en varios conciertos que han estrenado sus obras, importantísima su ópera Fuenteovejuna (2018) también con la OSPA, incluso recuerdo el estreno por encargo de esta Asturias desde la distancia el 29 de abril de 1999 para inaugurar este auditorio, con Max Valdés al frente de la OSPA (aún no había comenzado a escribir mi blog), inspirado en nuestra tradición, la recogida por el «Cancionero de Torner» pero sin caer en el mal entendido folklorismo. Se reconocen los motivos de canciones como «No le daba el sol» o «A la mar fui por naranjas«, evocaciones del roncón de la gaita y hasta los giros de la tonada tan emparentados con el «cante jondo» o los muecines árabes, pero la evolución tanto en los aires como el ritmo dotan a esta obra de un lenguaje actual, fresco, con gran protagonismo tímbrico donde la percusión nuevamente así como el piano explorando sonoridades, tejen un tapiz musical que borda en oro las notas del «Asturias patria querida»  desde esa lejanía con cierta «morriña» (sintiendo el Ay! de mí que me escurez). Nuevamente excelencias de cada sección, madera y metales abrazando la cuerda, y el siempre atento Díaz en destacar lo necesario sin perder la globalidad.

Y no podía haber mejor conclusión tratándose de música asturiana que nuestro siempre recordado Benito Lauret (1929-2005) a quien tanto le debe nuestra tierra como director de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo», de la Orquesta de Cámara de Asturias, predecesora de la Sinfónica de Asturias y la actual OSPA, pero mucho más como compositor de música vocal y sinfónica que sigue siendo de obligada interpretación.

Este murciano que supo entender nuestro folklore, nos regaló las Escenas Asturianas (1976) dedicadas al recordado Manuel Álvarez-Buylla, entonces presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, que hasta las bandas de música han tomado como propias por la cercanía de sus temas, la calidad orquestal y magisterio del cartagenero al que aún se le debe un reconocimiento mayor que esta página sinfónica donde Óliver Díaz y la OSPA han puesto su aportación más directa.

Obra que más que un pupurri es el mejor muestrario o carta de presentación de nuestro patrimonio musical, con el maestro de ceremonias Díaz quien apostó por una interpretación sutil, muy contrastada, aires lentos para degustar y ritmos vivos como la vaqueira que permite lucir el virtuosismo de las flautas entre toda la madera. Me gustó cómo afrontó el director las distintas escenas cual acuarelista del instante más que del óleo reposado. La alegría contagiosa de nuestras melodías más populares, la orquestación impecable del gran Lauret y esa fusión final del Pericote llanisco con el «Asturias patria querida» mimada en todos los matices desde el podio y resueltas a la perfección por cada atril, sonando magistrales, emocionantes, empastadas, sentidas, para redescubrir detalles casi olvidados para una interpretación de primera.

Repetidas salidas de Óliver Díaz ante el entusiasmo de un público que supo compensarle el excelente trabajo de toda la orquesta y el mando en plaza de casa,  colofón perfecto no solo a un día de las letras sino de verdadera «folixa musical».

P.D.: Bien de nuevo por el luminoso indicando autor y obras, así como el código QR para descargar el programa. Y aunque hoy primaba el «asturianu» y «les lletres», sigue sin  sonarme nada bien llamar «concertín» a la concertino. Habrá que revisar que no todo es traducible a nuestra «llingua» pues no me imagino «falar de fugues y sonates» pese a mandar siempre #MUCHOCUCHO® (podría ser también #MUNCHUCUCHU®) a mis amistades musicales, más asturiano y nutritivo que la consabida mierda, el desear romperse una pierna o la boca del lobo sumada al «ToiToiToi» más en boga dentro de la lírica. Normalizar está bien pero «prau q’atrapa» no sirve como «campos magneticos».

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