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El Verne metálico

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Jueves 16 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: CIMCO – SACO, Les aventures de Monsieur Jules, Spanish Brass, Albert Guinovart (piano). Videocreación: Cristina Busto. Obras de Andrés y Francisco José Valero Castells, y Guinovart. Entrada: 12 €.

La capital asturiana sigue ofreciendo música casi a diario y este jueves unían fuerzas el Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) y la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO) con un original programa donde la banda sonora la podíamos poner nosotros aunque en la obra del compositor e intérprete catalán tuvo un complemento algo pobre y «traído por los pelos» del taller de Cristina Busto (Avilés, 1976) a base de sombras animadas junto a proyecciones más sugerentes que descriptivas, pues nada mejor que la música para evocarnos imágenes y más cuando el propio Guinovart presentaría  a pares sus seis inspiraciones en Julio Verne.

El concierto, presentado por el trombonista Inda Bonet Manrique, lo abría una obra de los hermanos Valero Castells titulada Sexteto en tres movimientos (Allegro con spirito – Adagio mesto – Allegro deciso) de 1997, obra muy bandística viniendo de músicos valenianos, para quinteto de viento con piano, sonoridades bien logradas en los metales y un piano que complementaba el protagonismo del viento aunque también tuvo sus partes protagonistas que en las manos de Albert Guinovart siempre resultan concertísticas. Ser natural de Silla es sinónimo de músico, la Valencia envidia de todas las bandas que piden ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, así que el mayor de los hermanos Valero, Paco (1970) se decantaría por el oboe, mientras Andrés (1973) se especializaría nada menos que en otros cuatro, además de continuar unidos para siempre a la música en todas sus facetas, sin olvidar la docencia o la composición por parte de ambos, como este sexteto escrito «a cuatro manos».

Obra exigente para todos, arrancando con un piano muy rítmico sobre el que se va «armando» una polifonía del quinteto de metales que recuerda a bandas sonoras actuales de Lalo Schifrin a Michael Nyman, solos alternados e imágenes «ad libitum»; el movimiento central de carácter épico y cual órgano ecuménico, parte central de piano con halo romántico siempre muy tonal y evocador; se cierra este sexteto con un movimiento muy rítmico lleno de guiños en los metales plagados de semicorcheas y el piano empujando, con una cadenza central reposada, de nuevo para disfrutar la sonoridad individual de los metales sumándose el piano que completa los armónicos de esta última «escena» casi de concierto sinfónico, un piano percusivo y metales fugados en esta obra de nuestro tiempo donde la herencia valenciana, también del Spanish Brass con más de 33 años a sus espaldas, se nota de principio a final. Bien todo el sexteto, aplaudido en cada movimiento, y excelente acústica la de la sala de cámara para esta partitura.

La obra del pianista, docente y compositor Albert Guinovart Mingacho (Barcelona, 1962) «Les aventures de Monsieur Jules» (estrenada en Alzira, 2011) aunque fue un éxito, cayó un poco en el olvido pero tras grabarla en CD ha vuelto a interpretarse y recobrar la vigencia de una obra actual. Como explican las notas al programa: «… seis movimientos para quinteto de metales y piano. Cada uno de los movimientos está inspirado en una de las diferentes novelas del genial escritor francés Jules Verne. Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. En esta colaboración con SACO, será la artista Cristina Busto la que creará animaciones y video-creaciones para cada movimiento con diferentes técnicas visuales».

Si su faceta «clásica» la descubrí con el CD grabado para Sony© con sus conciertos para piano, sus musicales nos dejan obras de nuestro tiempo, al igual que sus bandas sonoras para el cine y la televisión, por lo que esta suite de seis números para quinteto de metales con piano está inspirada en otras seis novelas del prolífico Julio Verne pero elegidas sin buscar un programa descriptivo sino más bien dejar fluir la imaginación compositiva así como la del público. Buen oficio del catalán quien nos contaría a pares antes de interpretarlas, dejando a la vez un poco de descanso a los labios de estos excelentes intérpretes del Spanish Brass (premio nacional de música 2020): Carlos Benetó Grau (trompeta, flugel), Juanjo Serna Salvador (trompeta, flugel), Manuel Pérez Ortega (trompa), Inda Bonet Manrique (trombón) y Sergio Finca Quirós (tuba), destinatarios de esta obra junto al propio compositor al piano y grabada junto a la primera de hoy más el quinteto de Salvador Brotons, y que además tiene un arreglo sinfónico que estaría bien se programase en Asturias pues la obra es agradecida de escuchar donde se nota de nuevo la formación clásica de Guinovart.

La nota de prensa nos indicaba: «Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. “La música que he creado es más sugerente que descriptiva en el sentido de poder seguir el argumento de la historia. Son imágenes desatadas y ambientes sugeridos por el recuerdo de estas historias en un adulto que se mete en la piel de un niño cuando descubre aquellas aventuras que le hacen soñar. El resultado creo que es una música muy atractiva a la primera audición para el público porque reconoce lugares comunes, y porque a través del acompañamiento de la imaginación puede disfrutar de momentos expresivos, virtuosísticos, intimistas, cómicos, paródicos o soñadores, a través de los sonidos creados en el escenario por los seis músicos».

Por lo tanto seis narraciones musicales interpretadas de dos en dos, que muchos hemos visto en el cine: Veinte mil leguas de viaje submarino, evocador número casi impresionista por las sonoridades bien combinadas de los metales junto al piano, señas de identidad con «tintes rusos»; Michel Strogoff el correo del zar, combinación de aventura, frialdad y épica, cita a la danza y el canto ruso alternando inspiraciones de dinámicas amplias, ritmo y lirismo casi procesional en los metales, con un virtuosismo pianístico digno de las películas mudas con música en vivo.

Norte contra Sur ambientada en la guerra de secesión con un espiritual al trombón que es capaz de ponerle el color del dolor en los esclavos enfrentado al vals «europeo» de los terratenientes casi un Shostakovich para Kubrick con un piano perlado; Viaje al centro de la Tierra intrincado, sorpresivo, metales creando climas misteriosos con la inocencia del piano juvenil que arranca un itinerario ageográfico lleno de vida.

Lo romántico no puede faltar en Guinovart, y la menos conocida El rayo verde cuenta la historia de verlo en pareja que asegura amor eterno, el piano protagonista revestido de sordinas metálicas, hermosa melodía y bellísima interpretación del propio compositor; Finalizaría esta suite con La vuelta al mundo en ochenta días, unas variaciones a partir de la famosa melodía de «Pompa y circunstancia» (Elgar) a cargo de la trompa, como eje vertebrador de la nacionalidad de Phileas Fogg en un itinerario musical donde escuchar los toques de pasodoble torero, la China pentatónica, el arrabalero tango porteño, la bossa brasileña y el swing estadounidense sin necesidad de itinerario concreto y donde al menos hubo acierto por parte de la asturiana Cristina Busto, que nos completó nuestra propia imaginación con las excelentes intervenciones de los cinco metales españoles junto al propio compositor y pianista.

Y el regalo nada mejor que del propio Guinovart, uno de los Quatre Preludis de LLum para trompeta y piano (2013), en versión para quinteto de metales con piano, Luz de mediodía, manteniendo la unidad musical de este concierto camerístico con unos intérpretes de altura y trayectoria internacional que sonaron «de cine».

La luz de la música

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Sábado 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Alice Sara  Ott (piano), Oviedo Filarmonía, Shiyeon Sung (directora). Obras de Augusta Read Thomas, Ravel, Bernstein y Stravinsky.

Sábado gris de orbayu pero con luminoso programa para las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que colmaron las expectativas con un lleno también de tristes y habituales estertores a los que sumar algún portazo y caída de paraguas, normalmente en los entretiempos pero también «a destiempo» como claros signos de aburrimiento ante obras que para algunos todavía siguen siendo muy «modernas» aunque tengan más años que su propia mala educación.

Cuatro obras exigentes para una Oviedo Filarmonía (OFIL), hoy reforzada con alumnado del CONSMUPA, madura, flexible, capaz de «cambiar el chip» con una facilidad asombrosa, y que hoy lo dieron lo dieron todo bajo la batuta de Shiyeon Sung (Busan, 1975), por momentos tensa pero siempre atenta al detalle, buena concertadora y con un repertorio donde no tuvo respiro. Siempre existen desajustes puntuales y mínimos problemas de afinación rápidamente resueltos, pero está claro que la orquesta ovetense rinde al máximo y las batutas expertas saben hasta dónde «apretar» sin forzar.

El compromiso de programar una compositora en cada concierto subió el listón femenino con la citada directora sucoreana y la pianista germano-japonesa que sería el plato fuerte del concierto. Como un homenaje a Clara Wieck, otra pianista y compositora que renunciaría a su carrera, la neoyorkina Augusta Read Thomas (1964) escribe Clara’s Ascent (2019) para orquesta de cuerda en el 200 aniversario de Clara Schumann, un expresivo juego de tímbricas agudas y graves, como lucha entre sombras y luces desde una aparente simpleza donde las dinámicas son protagonistas para conseguir el colorido que no es melódico. Como escribe el doctor Jonathan Mallada en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) «Thomas dota a su pieza de un fuerte componente expresivo a través de la dialéctica que supone contraponer, en una textura liberada, las sonoridades grave y aguda de la cuerda, encarnando este último elemento el alma de Clara. De este modo, a lo largo de los ocho minutos que dura la obra, el oyente asistirá a la victoria de la línea melódica más aguda, dentro de una atmósfera natural y efectista generada por la simplicidad de los medios utilizados y por el manejo del volumen. Clara se impone simbólicamente a las tinieblas representadas por violonchelos contrabajos, rubricando un sentido y respetuoso homenaje a una de las pioneras –en cuanto a su trascendencia– del mundo compositivo femenino».

Un buen inicio para templar la cuerda ovetense que tardó algo en «calentar» pese a los intentos de la maestra Sung por sacar a la luz entre toses esta breve partitura de nuestros días, cellos y contrabajos a pares pero de sonido rotundo, más los violines y violas completando la paleta musical que brillará sobre la oscuridad en este homenaje femenino singular.

Toda la luz musical nos la traería el piano de la esperada Alice Sara Ott (Munich, 1 agosto 1988), fogosa delicadeza, pasión roja y desnudez de pies. El Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937) tiene todo el colorido norteamericano de referentes en Gerswhin al que conocerá personalmente, pero con la luz cantábrica del compositor hispano francés, Ciboure y la playa de San Juan de Luz con los aires de jazz que llegaban a Europa. Allegramente ya muestra esas influencias del otro lado del océano. Ritmo contagioso, brillo del piano y base orquestal poderosa bajo la batuta de Sung que tardó en encontrar el tempo exacto pero con «Alice in Wonderland» por todo lo que la germano-japonesa aportó desde el piano. Evanescente el Adagio assai con el piano de Ott que emerge desde una sonoridad cristalina llena de esencias melódicas para enlazar con una orquesta aterciopelada, el arpa (Danuta Wojnar) junto al piano dando las pinceladas impresionistas llenas de delicadeza con el toque puntillista del corno inglés (Javier Pérez), antes de afrontar el Presto voluptuoso, pugna luminosa entre solista y orquesta pintada por Sung, deslumbrantes fuegos de virtuosismo iluminando un auditorio que aclamó la interpretación.

Sin perder la atmósfera cosmopolita de todo el concierto y la creada en ese París hoy tan presente, nadie mejor que Erik Satie (1866-1925) y su primera Gnossienne «Lent» que Alice Sara Ott nos susurró en un piano etéreo, lleno de sonidos escondidos, delicado, con unos armónicos que flotaban en el aire por unos dedos que caían sobre las teclas como gotas de agua en sus pies desnudos, «inicio y final, transparencia y opacidad» como lo describe el sello amarillo del que la pianista es artista exclusiva.

Tras el descanso volvían los aires de gran ciudad, la inspiración en el jazz y la danza aumentando la plantilla para interpretar a Leonard Bernstein (1918-1990) y su Fancy free (1944), locura de ritmos metropolitanos y caribeños, el Gerswhin de Lenny que alcanza luz e idioma propio, percusión precisa y piano virtuoso de Sergey Bezrodni completando una plantilla que con Shiyeon Sung contagió toda la fuerza de este ballet ya aplaudido en el cuarto de los siete números de que consta. Toda la riqueza rítmica, sincopada, con las influencias de otros grandes como Copland o Milhaud confluyen en una partitura que Oviedo Filarmonía plasmó cual musical o lienzo cinematográfico en «Pop Art«.

La luz de los dos lados atlánticos y la música de baile que tanto supuso en el pasado siglo cerraría este sábado con Igor Stravinsky (1882-1971) y la suite de 1919 El pájaro de fuego, cinco cuadros sonoros bien contrastrados por la maestra Sung al frente de una OFIL entregada en todas las secciones (bien maderas y metales con soberbio solo de Ayala a la trompa), ritmos (a la altura con toda la percusión más el piano virtuoso), melodías (perfecto de nuevo el corno con el cello de Chordá, y bellísima la de  Schmidt a la flauta con el arpa), y armonías sacando músculo sinfónico, empaste, brillo y ampulosidad final, el auténtico fuego tras un recorrido de cuento o película Disney con música del ruso plasmada en una partitura que sigue siendo un referente orquestal. Como escribe Mallada «Stravinsky confeccionó una partitura que aunase la riqueza orquestal aprendida de su maestro Rimski-Kórsakov, la variedad del folclore tradicional ruso y las vanguardistas armonías de la música francesa».

Otro sábado luminoso y colorido en lo musical que compensa el grisáceo y caluroso día atípico de este marzo que pide primavera en pleno invierno.

Terapéutica y solidaria música española

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Martes 31 de enero, 20:30 horas. Sala de cámara del Auditorio «Príncipe Felipe», Oviedo. Concierto Solidario a beneficio de la AECC (Asociación Española contra el cáncer) de Asturias, y la Asociación Galbán de familias de niños con cáncer del Principado de Asturias. Gabriel Ordás (violín), Yelyzaveta Tomchuk (piano). Obras de Sarasate, Falla, Albéniz, Nin, Granados y Ordás. Entrada donativo: 10 €.

“Algunos días no habrá ninguna canción en tu corazón. Canta de todas formas” (Emory Austin). Así reza el inicio de la Web de la Asociación Galbán como bien recordó su presidente Luis Arranz Arlanzón en compañía de su homónima en la AECC de Asturias Yolanda Calero antes de iniciarse el concierto.

Nada mejor que la música como evasión, terapia y siempre solidaria como este último día de enero donde mi admirado Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) ofrecía un recital de música española para violín y piano junto a la ucraniana afincada hace años entre nosotros Lisa Tomchuk, solidarios y embajadores de nuestro patrimonio con lo mejor de los compositores hispanos, de ayer y hoy, en obras originales o arregladas por grandes virtuosos (Chistyakov, Kreisler o Kochanski), unos músicos que como el propio artista asturiano conocen la voz y hacen «cantar» su instrumento, el violín que frasea obras vocales (Falla), completa las originales de piano (Granados y Falla) o directamente unen intérprete y compositor para un mayor protagonismo del violín (Sarasate y Ordás) pero siempre con el piano sustentando, dialogando y participando de unas partituras conocidas, populares, españolas y muy sentidas.

Comenzar con tres obras del navarro Pablo Sarasate (1844-1908) ya de por sí es más que un aperitivo potente: Romanza andaluza, Playera y el «endemoniado» Capricho Vasco, que tras el zortziko levantó aplausos antes de finalizarla. Y es que Ordás-Tomchuk llevan tiempo trabajando juntos, se entienden a la perfección y este primer bloque resultó una lección para un dúo compenetrado.

Después vendrían el Tango de Isaac Albéniz (1860-1909) no en el arreglo «habitual» de Kreisler sino del virtuoso ruso nacido en Turmenistán pero afincado hace años como docente en Asturias Lev E. Chistyakov (1942), que enriquece el original al repartir protagonismo entre el dúo además de la tímbrica aportada por el propio violín al original para piano. El cubano-español  Joaquín Nin Castellanos (1879-1949) también se acercó a la música popular y su Murciana (una seguidilla de la «Suite Española«) es un ejemplo de cómo inspirarse en nuestro folclore para llevarlo a la llamada música de concierto, como tantos compositores de su generación hicieron y que las siguientes no han abandono desde otros estilos no necesariamente nacionalistas.

Otro virtuoso del violín como el citado Fritz Kreisler (1875-1962) fue uno de tantos enamorados de la música de esa generación entre siglos, y que arreglaría para su instrumento con piano la Danza española nº5 de Enrique Granados (1867-1916), la popular «Andaluza», en este caso y es opinión personal no tan completa, compleja ni rica como la original para piano, aunque bien interpretada y sentida por el dúo Ordás-Tomchuk, y otra más, la danza de «La vida breve» de Manuel de Falla (1876-1946), violín de virtuoso sobrevolando el piano que sirvió de sustento necesario para disfrutar esta música maravillosa de nuestro gaditano universal fallecido en la Córdoba Argentina. Dos joyas conocidas y enriquecidas por este joven dúo que transformó la sala de cámara del auditorio en un gran salón romántico con estas versiones que en el siglo XIX daban a conocer temas orquestales desde la llamada así, música de salón, para hacer crecer las ansias de ir a la obra original en los teatros, cuna de melómanos pero también rodaje para los intérpretes.

Tras el merecido descanso, una segunda parte completa, enlazando con lo anterior: primero las Tres piezas para violín y piano (2022) del propio Gabriel Ordás, reunificación de distintas versiones antes escritas y defendiendo los tiempos de reciclaje, también el creativo: Esperanza (trío de cuerda), Sentimiento (ópera de cámara) y Danza (chelo y piano), la misma calidad en este formato de dúo que da sonoridades buscadas desde los dos instrumentos con los que el compositor ovetense trabaja cada día.

Las Siete canciones populares españolas de Falla son tan bellas que creo se han hecho arreglos para casi todos los instrumentos, siendo este arreglo de Paweⱦ Kochański uno de los más escuchados para dúo de violín y piano, únicas partituras en las que Ordás no tocó de memoria (y en el orden del programa), supongo que todavía en proceso de trabajo junto a Tomchuck, pues pese a la interpretación «vocal» que me hacía respirar las frases de las letras originales con ellos, el piano nunca es tan completo como en las originales. Salvo la Seguidilla Murciana en arreglo del ya citado Chistyakov, otra visión de la de Nin con el magisterio del compositor gaditano, las sentidas Asturiana o Nana fueron muy sentidas e íntimas frente a la vibrante Jota (que se aplaudió al finalizarla por el virtuosismo de los dos intérpretes), y el siempre complicado -para tocar y cantar- Polo, obras de gran repertorio para este dúo que seguirán trabajando en explorar lo mucho que encierran.

Un buen concierto donde disfrutar del artista Gabriel Ordás, esta vez con el violín, efectivo, estudioso, ejemplo a seguir por la juventud, con el respaldo y complicidad con otra artista como Lisa Tomchuk que continúa ampliando su catálogo en el llamado «piano repertorista», madurando y ganando experiencia en el no siempre reconocido papel cuando no es el solista, acompañando voces, preparando partes líricas, con instrumentistas de todo tipo o formando parte de la orquesta, todo un trabajo sacrificado y hasta camaleónico no siempre recompensado como se debe.

El regalo fue solo desde el piano pero con Gabriel Ordás, excelente violinista, buen pianista y prolífico compositor, dejándonos otra obra suya de un catálogo que no para de crecer. Público heterogéneo llegado al «salón carbayón» para ayudar a luchar contra el cáncer y disfrutar de obras conocidas, también por los melómanos, todos entusiasmados con esta música solidaria que se agradece nunca nos falte.

Jubilosa banda sonora sinfónica

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Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV OSPA: «Jubiloso Strauss». Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Miklos Rózsa y Richard Strauss.

Este cuarto de abono tenía todo para disfrutar de una sesión casi cinematográfica, una conferencia previa titulada «DE HÉROES Y VILLANOS» a cargo de Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa, el regreso, por quinta vez si no falla mi blog, del director y violinista Roman Simovic, que nunca defrauda, colaborador artístico de la OSPA junto a otros más donde también se encuentra el Cuarteto Quiroga del hoy concertino invitado Aitor Hevia, nuevamente con Simovic y esta vez con Fernando Zorita de ayudante, el titular Coelho al frente (que también se pasó a saludar al inicio de la conferencia antes de la prueba acústica) y sobre todo un programa para gran orquesta de aires cinematográficos con los que el director, como el cinematográfico, debe manejar una ingente plantilla de numerosos «extras» y además en una «toma única» que da toda la emoción al directo. El disfrute fue total, casi merecedor de un oscar, pues hasta las propinas resultaron como los «bonus track» de los DVD que ahora disfrutamos los cinéfilos desde la comodidad del sillón aunque nada como la pantalla grande, y así fue este viernes el auditorio.

Interesante lo que nos contó el doctor Chávarri con sus ilustraciones musicadas, primero del húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) al que conocemos por el cine tras instalarse en Hollywood, especialmente por «Ben Hur» que fue galardonado varias veces más, y que en «La vida privada de Sherlock Holmes» de 1970 (dirigida por Billy Wilder) se escucha en la banda sonora al protagonista tocando el violín que aparece como compositor, una adaptación para el film de «la Metro» del segundo movimiento de su Concierto para violín, op. 24 (1953), en estructura clásica tripartirta: I. Allegro non troppo ma passionato  – II. Lento cantabile – III. Allegro vivace, con la colaboración, dedicatoria, grabación y estreno del virtuoso Jascha Heifetz. Esta vez Roman Simovic (Montenegro, 1981) con su Stradivarius pienso que mejoró al destinatario porque su violín es mágico, su musicalidad contagiosa (de respigar el II. Lento cantabile), el sonido fluye cómodo y vertiginoso cuando así le exige, la orquesta arropa y escucha (con un clarinete inspirado), química total con ella, de sonoridad plena en el último movimiento, y además compartida con un Nuno Coelho como gritando Acción! en esta «película» majestuosa, así que el concierto del compositor magiar al completo nos permitió disfrutar tanto del músico  afincado en Londres como de los primeros atriles (hoy varios segundos en esta primera parte) para «otra banda sonora», la auténtica música sinfónica del pasado siglo que las grandes orquestas también van incorporando a su repertorio.

El belga Eugène Ysaÿe (1858-1931) es uno de los preferidos de los violinistas por su riqueza melódica y virtuosismo, por lo que Simovic nos dejó tras su Rózsa (para recuperarlo en RNE2 cuando lo emita), no una sino dos propinas de las seis sonatas: el impresionante Prelude, primer movimiento  de la nº 2, «Obsesion», ese inicio bachiano para una auténtica lección en solitario del maestro, y más lujo con la conmovedora primera parte del Lento molto sostenuto de la nº 3 «Ballade», perfecto final de esta primera parte que nos dejaba preparados y listos para afrontar una segunda parte «jubilosa», cinematográfica sin imágenes pero con mucha música.

Con la plantilla de cine ya preparada se pudo afrontar a Richard Strauss (1864-1949) al que la OSPA parece regresar puntualmente para ponerse a prueba en todas las secciones y los directores tomar el pulso de la formación asturiana, y tras unas palabras explicativas del maestro portugués, arrancaba el Don Juan TrV156, op. 20, verdaderamente jubiloso, majestuoso y grandioso, heroico por momentos, idílico en otros, casi para una nueva banda sonora con este mito que en estos tiempos está tan mal visto pero que el compositor muniqués enfoca como la búsqueda de su mujer ideal, coincidente con el momento joven en que conoció a su esposa. Como director conocía la orquesta como pocos, y siendo hijo del trompa solista de la ópera de la capital bávara escribió para ellas pasajes que son la verdadera prueba de examen, esta vez la sección asturiana sólo se quedó en «aprobado y rapado» (como decía en mis años de docente) porque en ella se aprecian los errores más que los aciertos. Mejor calificación para el resto de metales, subiendo nota la cuerda homogénea comandada por Hevia, hoy reforzada y necesaria ante la inmensidad del viento, muy brillante la madera y excelente la percusión, todos bien ensamblados por un Nuno Coelho que está recuperando la ilusión y buen hacer de nuestra orquesta «treintañera».

Si a Walt Disney le hubiesen descongelado, estoy convencido que habría rodado una tercera versión de «Fantasía» donde necesariamente Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel, TrV171, op. 28 tendrían su momento, ya todos los solistas en su sitio comenzando por la excelencia del clarinete, hoy Till Weisgerber pero también Eva García, y por supuesto el resto en una chispeante versión llevada al detalle por el maestro portuense, muy atento a las dinámicas y su balance, claro en los cambios de ritmo, apostando por aires para degustar la acción. Cada sección brilló con luz propia, todas las escenas protagonistas y con nota, quedándome de nuevo con una madera hoy inspirada y engordada que hacía más difícil un empaste ideal. El próximo de abono en Oviedo (10 de febrero) seguiremos «revolucionando» con Shostakovich bajo el mando de otro conocido, Ari Rasilainen tras Haydn y su concierto de cello con otra nueva visita (la sexta que tenga controlada desde 2011 en el auditorio ovetense) de Daniel Müller-Schott. Sería buena idea ordenar los programas al revés, para quedarnos con el buen recuerdo de los solistas.

Cuarto concierto de abono muy aplaudido por su vitalidad, calidad y con más asistencia de la habitual, esperando se recupere la afición perdida. Finalmente un consejo para el prócimo: controlar desde taquilla, especialmente on line, las butacas asignadas a los abonados para no ofrecerlas a la venta -es cuestión de «cerrarla» en el ordenador- y así evitar malos tragos a los implicados. Hoy estaban libres las contiguas, pero no quiero pensar lo que sucedería en caso contrario, y más cuando servidor lleva en la misma localidad todos mis años en el Auditorio con la OSPA, incluso en época pandémica de restricciones con las ventas individuales, solo con un breve cese de convivencia tras el que «recuperé mi asiento».

El piano argentino

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Miércoles 25 de enero, 20:00 h. Teatro Jovellanos, concierto 1660 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Franco Broggi (piano). Obras de: A. Williams, Fernández Languasco, J. Aguirre, Guastavino, Ginastera y Piazzolla.

Volvía a Gijón en este frío enero (se notó en las toses) a los conciertos de su Sociedad Filarmónica para escuchar al joven pianista argentino Franco Broggi (Santa Fé, 1995), de gira por varias ciudades de España y final en París con parada en la capital de la Costa Verde trayéndonos un programa de música escrita por seis compatriotas suyos, compositores del pasado siglo y actuales, de quienes las excelentes notas al programa del doctor Ramón Sobrino son un documento para guardar por su redacción llena no ya de historia bien documentada sino también del conocimiento personal que atesora el catedrático ovetense; también podemos escuchar en Spotify© las listas que para cada concierto nos prepara a los socios una joven directiva que sigue trabajando en la difusión de la música de cámara y apoyo a los jóvenes intérpretes dentro del ciclo patrocinado por la Fundación Alvargonzález.

En su anterior visita a Asturias en octubre de 2019 (que me perdí por estar aún convaleciente), Franco Broggi interpretó junto a la Orquesta Universitaria dirigida por Pedro Ordieres el Concierto Andino para piano solista del organista y compositor hispano-argentino Hugo Fernández Languasco (Paraná, 1944), afincado en Ponferrada, hoy presente en el teatro y del que pudimos disfrutar dentro de sus Evocaciones Líricas el tercer Cuaderno «Martín Fierro» (En el campo – Atardecer – El legado), así titulado por inspirarse en los textos de «El Gaucho Martín Fierro» de José Hernández Pueyrredón.

Tres obras contrapuestas y exigentes para el pianista argentino al que eché de menos un poco más de fuerza en la mano izquierda en los tiempos rápidos, especialmente en la última, para mayor contraste dinámico, aunque su Atardecer resultó íntimo, delicado y con una sonoridad ideal así como los rubatos que sin entrar en «chauvinismos» debemos reconocer que en estas músicas nacionalistas, ser del país ayuda y nuestra propia historia hispana así lo ha corroborado con grandes pianistas españoles que defienden nuestras obras como nadie.

En el caso de Broggi este tercer cuaderno me hace esperar que pueda afrontar los otros dos que el maestro Fernández Languasco ha escrito pues creo que en Franco ha encontrado el intérprete ideal para ellos, recreando las atmósferas de la pampa y el trabajo del gaucho, la familia y la amistad que les une. Al finalizar su interpretación el compositor subió a saludar junto al pianista, siendo muy aplaudido por un público heterogéneo donde la juventud va tomando poco a poco el relevo.

El programa arrancaba con El rancho abandonado op. 32 nº 4 de Alberto Williams (1862-1952)  perteneciente a En la sierra op. 32 (1890) que puso a prueba los agudos del Steinway© sin poder dar todo el colorido que esta partitura tiene, y la mejor forma de comenzar un programa vasto como la propia Argentina por épocas, estilos y danzas. Proseguiría esta primera parte con Julián Aguirre (1868-1924), famoso por otras obras más populares aunque esta vez serían dos al piano, muy rítmicas y sin pausas, la movida Huella op. 49, de nuevo necesitada de más energía en los graves pero bien tocada, y Gato, casi virtuosística con esos ritmos tan contagiosos de nuestros hermanos argentinos, buscando el equilibrio y sonido entre las partes melódicas y las casi guitarrísticas, mucho mejor en la parte central más reposada antes de la repetición.

Argentina tiene dos G en su historia musical, Ginastera y Guastavino, comenzando por éste para cerrar y abrir ambas partes y casi nexo necesario haciendo más comprensivo todo el repertorio pianístico elegido para la ocasión. Su Sonatina en sol menor (I. Allegreto – II. Lento muy expresivo – III. Presto – IV. Las niñas) de Carlos Guastavino (1912-2000) conjuga en el piano el lirismo de sus canciones (la conocida en todas las versiones posibles Se equivocó la paloma o la bellísima La rosa y el sauce por citar solo dos) junto a los ricos ritmos de su tierra (cuencas, zambas, vidalitas, valses, milongas y tantos más) siempre con delicadeza, y así la entendió el pianista santafesino: arpegios limpios de aires románticos en el primer movimiento, el canto criollo sentido del segundo, y el complejo tercero por sus polirritmias y sensación orquestal, desde el conocimiento del lugareño. Y de Santa Fe como Broggi la obra Las niñas originalmente para dos pianos (1948), número inicial de Tres romances argentinos que volvió a dejarnos melodías inconfundibles con ritmo, armonías y rubati tan del gusto de Guastavino, un piano redondo, cercano, juguetón además de bellísimo.

De la otra «G», Alberto Ginastera (1916-1983) su Sonata nº 1 op. 22 (I. Allegro marcato – II. Presto misterioso – III. Adagio molto appassionato – IV. Ruvido ed ostinato) es obra para virtuosos donde Broggi  volcó lo mejor de su aún corta carrera, capaz de integrar folklore con los avances de los años 50 como solo quien conoce el recorrido puede interpretar, poderoso y enérgico en los dos primeros movimientos, con esa politonalidad en ambas manos del Presto al alcance de pocos, el apacible y apasionado por íntimo Adagio para acabar con un cuarto totalmente orquestal (siempre nos recordará Malambo) lleno de polirritmias que no pierden el pulso al más puro estilo Stravinski tamizado por la inspiración de Ginastera.

Y había que terminar con el gran Astor Piazzolla (1921-1992), irrepetible, ya un clásico, rompedor y totalmente actual con su forma de afrontar el llamado «nuevo tango», eligiendo Adiós Nonino (versión para piano) en homenaje a su padre que los que también le perdimos sentimos ese dolor como propio. Interpretación la de Broggi completa, jugando con los dos temas contrastados no ya en velocidad sino en emoción, versión que sin ser la primigenia nos permite sentirla como obra de concierto de total actualidad más que un bailable, reconocible y redondo arrancando un espontáneo y merecido «¡Grande Pibe!» de acento porteño para el santafesino, que nos regalaría el Bailecito de Guastavino, pues no podía ser otro colofón.

Si Ramón Sobrino (también presente acompañando al profesor ya plenamente berciano Fernández Languasco) titulaba sus notas «Pianismo nacionalista argentino», está claro que el concierto de Franco Broggi mantuvo esa globalidad desde las obras al intérprete que seguro comenzará a estar presente en las salas de concierto. Si tienen la posibilidad de conectar con el Canal March escucharán y verán este mismo programa el domingo y el lunes a las 12:00 horas en la Fundación Juan March de Madrid, aunque seguro quedará por una temporada en sus archivos.

Literatura musical con ‘Malats’

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de Malats, Suk y Mendelssohn.

Crítica completa para LNE del viernes 2 de diciembre sin problemas de espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Tarde desapacible y poco público, aunque siempre fiel el abonado de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, para finalizar este noviembre invernal desde la mejor escuela de melómanos e intérpretes como es el teatro de la calle Mendizábal, hoy punto de partida de un viaje casi literario por partida triple, donde el Trío Malats, formado por Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) rendían su particular homenaje en los 150 años del nacimiento de Joaquín Malats (1872-1912), compartiendo programa con Josef Suk (1874-1935) y Felix Mendelssohn (1809-1847) en otro aniversario, los 175 de su muerte.

El trío como formación de cámara llenaría los salones románticos hasta los primeros años del pasado siglo, y no faltarían en aquellas pujantes sociedades filarmónicas que hoy luchan por sobrevivir -como las tres asturianas- transportándonos hasta la actualidad en estos reductos musicales. Trío también como género para que los grandes compositores experimentasen con su escritura cual laboratorio sonoro donde el piano conformaba un “sinfonismo a escala reducida” junto a violín y chelo que, además de enriquecer texturas, encontraban la sonoridad buscada antes del paso a las grandes salas de concierto. Los tres compositores elegidos por el Trío Malats son buen ejemplo para interpretar la música de cámara desde distintas épocas y estilos, manteniendo el buen gusto por la escritura “de salón” ejecutada desde la complicidad de tres solistas de altura unidos para latir con un solo corazón en un viaje donde la música no necesita palabras.

La Elegía op. 23 (1902) del checo Suk, alumno de Dvorak, quien influiría enormemente en este género de cámara, sirvió para abrir el concierto, obra en memoria del escritor de novelas y poemas épicos bohemios Julius Zeyer (1841-1901) con esa inspiración literaria expresada por la propia definición de “elegía”: «composición lírica en la que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado», casi epílogo para el alemán y prólogo del catalán Malats, un niño prodigio que además de excelente pianista, interpretando con 14 años a Beethoven o Mendelssohn, nos dejó páginas tan conocidas como su Serenata española junto a otras menos difundidas, caso del Trío en si bemol mayor, que “El Malats” está ayudando a programar. Tres movimientos con un piano rotundo, lógico en un intérprete como el barcelonés, especialmente en el Allegro; más trabajado el lírico Andante con los tres instrumentos equilibrados en sus intervenciones; más un vertiginoso Vivace final, escritura para virtuosos con aires parisinos de la época estudiantil sin perder el “mediterraneísmo” despojado de folclorismos pero igual de popular y tan catalán en todas las artes de las que la música también bebería.

Palabras mayores la elección de Mendelssohn al que Malats tenía entre sus preferidos y ahora “su trío” interpretaría en la segunda parte: el Trío nº 1 op. 49 en re menor, cuatro movimientos muy exigentes, nuevamente para el piano, donde disfrutar del ambiente que reinaba en la casa del hijo del banquero judío en Leipzig acompañado de otros contemporáneos, romanticismo puro de salón que pide al trío máxima compenetración, demostrada con creces por estos brillantes músicos reunidos en este repertorio que degustamos en la “sala Mendizábal” de este teatro rodeado de mucha arquitectura y literatura -también musical- en cuatro movimientos, primero cual romanza sin palabras, sueños de una noche de verano del segundo, aires escoceses del scherzo o el último esbozo sinfónico escritos por el gran compositor redescubridor del “dios Bach”.

Y la propina del llamado “Brahms ruso” aunque de origen suizo Paul Jon (1872-1940), otro gran compositor de tríos además de sinfonista no lo suficientemente conocido ni difundido, con nuevo tributo a los escritores de “literatura de viajes musicales”, dejándonos una miniatura de ensueño, Rêverie op. 18 nº 3 ampliando las fronteras del Trío Malats en este acercamiento al género de cámara siempre bienvenido para público e intérpretes, rescatando del olvido páginas que nos transportan a salones europeos sin movernos de nuestra butaca en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, “La Viena española” en los años 20 ya de este siglo XXI.

Tres de tres

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de Malats, Suk y Mendelssohn.

Reseña para LNE del jueves 1 de diciembre escrita desde el teléfono móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Segundo concierto del penúltimo y frío mes en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, el decimosexto del año (diciembre aún nos dejará otros dos más) y una de las pocas oportunidades que se presentan de escuchar en vivo el Trío en si bemol de Joaquín Malats (1872-1912) -coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento- que lo ofreció precisamente quienes llevan el nombre del compositor catalán, Trío Malats, ofreciendo un programa que incluyó también la Elegía Op. 23 de Josef Suk abriendo concierto, más el siempre admirable Trío nº 1, Op. 49 en re menor de Mendelssohn ocupando toda la segunda mitad.

Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) forman este Trío Malats uniendo sus carreras individuales con mismo corazón para difundir por todo el mundo el nombre del músico barcelonés, también promocionando obras españolas actuales sin olvidarse de los grandes compositores universales en todo estilo y época con esta agrupación camerística por excelencia, premiada con varios galardones en una carrera muy asentada. Trío de músicos y de obras para disfrutar del género más experimental en la historia.

Suk y su elegía cual prólogo, poesía por la muerte con el amplio sentido de la palabra lírica, cuerdas y piano de salón ambientando este concierto.

Malats mucho más que un homenaje, aires mediterráneos del Allegro, perfume francés de estudiante en el Andante central, más todo el fin de siglo cosmopolita con el Vivace de un trío respetuoso con su “mentor” entregados en feliz entendimiento.

Mendelssohn siempre grande por escritura, exigencia a sus intérpretes, especialmente el piano, romanticismo puro y laboratorio sinfónico a tres, viaje al Leipzig de banqueros y mucha música donde nos llevaron estos tres tríos.

El final de viaje tuvo parada extra con Paul Juon conocido como “el Brahms ruso” concluyendo un largo trayecto para el poco pero agradecido y entendido público de “La Viena española”, necesitado de estas músicas de salón más que de antitusivos.

Vetusta tiene su música

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Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Crítica completa para La Nueva España del lunes 28, sin recortes por el espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Siempre es un placer asistir a un estreno, más si es de casa y sumándole que es una compositora asturiana joven pero con larga trayectoria como Raquel Rodríguez (1980), para redondear un concierto donde convivían con la carbayona nada menos que “papá Haydn” y Mahler, cuyo tiempo ya ha llegado hace más de un siglo, tradición y modernidad en la sempiterna y melómana Vetusta.

Oviedo Filarmonía (OFil) sigue creciendo bajo la batuta de su titular Lucas Macías, quien prosigue su apuesta por incluir mujeres compositoras en los conciertos, y este sábado abría un ciclo titulado “Mapa Sonoro de Vetusta” estrenando «Albidum, camino hacia las estrellas» de la ovetense, cinco movimientos partiendo del origen de la palabra latina traducida como blanquecina, uno de los probables orígenes del topónimo de la capital del Principado para una historia sinfónica y asturiana, siglos traídos al nuestro con la música de bella factura y mucho oficio de Raquel Rodríguez. Obra contundente en efectos y efectivos, cinco etapas bien comentadas en las notas al programa de mi compañero Jonathan Mallada, escritura muy elaborada cual banda sonora desde los indígenas astures en peregrinación al Salvador, el Júpiter efectista guiando ese “campo de estrellas” para una orquesta luminosa bien llevada y estudiada por su titular, una “introspección” con la diosa Trivia completando el simbolismo de una página sinfónica más que blanquecina resplandeciente, largamente aplaudida por un público que la entendió cercana, luminosa y cálida.

A Franz J. Haydn (1732-1809) se le considera el padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda, con amplia y variada producción donde el Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor, Hob. VIIb:2 ocupa lugar preminente entre sus obras más escuchadas, esta vez con otro joven intérprete, Sheku Kanneh-Mason (Nottingham, 1999) quien con 13 años ya maravillaba en este repertorio concertístico que se puede disfrutar en internet (ganador del premio BBC al mejor músico joven del año 2016), y con el que triunfó el pasado septiembre en la capital británica junto a la Philharmonia londinense volviendo en febrero del año que viene siempre con el cartel de Sold out en todos ellos -es una verdadera estrella dentro y fuera del Reino Unido desde su popularidad tras tocar en la boda de los emigrados a EEUU ex duques de Essex– y que llevará el próximo diciembre a la Sociedad Filarmónica de Bilbao con la Camerata Salzburg, por lo que era de esperar y muy esperada su interpretación desde su dominio técnico, unido al sonido maravilloso y corpóreo de su chelo, siempre bien concertado por el maestro Macías en sus tres movimientos “clásicos” llenos de energía, especialmente el adagio central y el virtuosismo en el rondó final, de sonoridad cálida, contenida por momentos, que desde el podio mantuvo el equilibrio concertando con las manos para lograr mayor expresividad, especialmente en una cuerda siempre aterciopelada, perfecta compañera de viaje.

El regalo del inglés todo un “clásico moderno” de Burt Bacharach, I Say A Little Prayer que conocimos cantado por Aretha Franklin, sacando del cello, sin arco, una sonoridad actual en este arreglo tan popular como el propio Sheku Kanneh-Mason, juvenil hasta en su “camisa africana”, más allá de modas, épocas o costumbres.

Y si Gustav Mahler (1860-1911) decía que el tiempo de su música aún no había llegado, hoy es el más grabado e interpretado de la historia, por lo que no puede faltar en toda temporada que se precie, esta vez con su Cuarta sinfonía estrenada por el propio compositor hace ahora 121 años, un 25 de noviembre, y con no muy buena acogida del público -de hecho estaría reelaborándola hasta unos meses antes de su muerte y a la que llamaba su “hijastro”-. Excelente orquestación aunque más “ligera” que en otras sinfonías, pero perfecta para la plantilla de la formación ovetense y poder disfrutar todas y cada una de las secciones de la OFil con Lucas Macías dominador de la partitura memorizada hasta el último detalle, jugando y apostando fuerte en los aires muy controlados y respondidos a la perfección por “su orquesta”, cortando la respiración en el Ruhevoll, poco adagio tan profundo o más que el de la viscontiana Quinta, para una cuerda en estado de gracia por su sonoridad compacta y uniforme, hasta llegar al último movimiento, Sehr Behaglich (Muy cómodo) ya con la soprano francesa Elsa Benoit cantando los primeros versos de Das himmlische Leben (La vida celestial) perteneciente a la colección Des Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de la juventud), «lied» sinfónico cantando el goce celestial del hombre maravillado pero confundido, que se pregunta con ojos de niño el significado de todo ello, agradeciendo la proyección del texto traducido. Volumen suficiente de la cantante y pura emoción mahleriana, de nuevo con la orquesta en su mejor momento, un universo sinfónico plagado de estrellas en cada primer atril, disfrutando de Birgit Kolar como concertino por partida doble (utilizado otro para la “scordatura” del segundo movimiento) y redondeando una tarde joven para todas las edades.

Toda una premonición cumplida en esta galaxia musical astur para disfrutar de un sábado donde la OFil con Lucas Macías fueron las estrellas gastronómicas en versión sinfónica bien cocinadas y servidas, brillando con luz propia para cerrar estos placeres melómanos con un viaje por la estrellas de Vetusta.

Estrellas sinfónicas

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Sábado 26 de noviembre, 20:00 h. Sala principal del Auditorio de Oviedo: Conciertos del Auditorio. Sheku Kanneh-Mason (chelo), Elsa Benoit (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Raquel Rodríguez, Haydn y Mahler.

Reseña para La Nueva España del domingo 27 escrita desde el móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Concierto estelar donde no faltó de nada: un estreno mundial de la ovetense Raquel Rodríguez (1980) con el título de «Albidum» (uno de los probables orígenes del topónimo Oviedo) subtitulada “camino hacia las estrellas”; otro brillo en el firmamento con el famoso cellista inglés Sheku Kanneh-Mason, popular mundialmente al tocar en la boda real de los ex duques de Essex; más la Cuarta de Mahler con la soprano francesa Elsa Benoit en el último movimiento, goce celestial visto con los ojos de un niño y el placer melómano.

Más que las estrellas gastronómicas de la Guía Michelín (que vamos ganando para Asturias), este último sábado de noviembre con un Auditorio lleno y supongo hambriento, disfrutamos nada menos que de tres soles sinfónicos:

Primera: Raquel Rodríguez, mucho más que un contundente entrante femenino al que el “master chef” Macías se ha comprometido en servirnos cada menú por él elaborado esta temporada. Un plato para repetir en cualquier momento por su calidad, sabor y guarnición.

Segunda: número 2 de los conciertos para violonchelo de Haydn, donde el plato principal sería el solista británico, un Sheku de camisa y etnia subsahariana para paladear en tres pasos, conectando desde el principio con el titular onubense, maridando y madurando con una orquesta que sigue brillando en cualquier carta siempre bien servido.

Un sorbete original de propina en pizzicato Forever and ever de la oración que nos cantase la gran Aretha Franklin.

Y tercera, digna de ser doble para el Mahler siempre contundente, tradicional pero actual 121 años y un día del estreno de su cuarta sinfonía, donde el sabor especial lo da incluir “La vida celestial”, poema del «Cuerno mágico de la juventud» con soprano en el último movimiento, la francesa Elsa Benoit cual verdadera esencia final para una hora de esta “sinfonía de mortales” donde alcanzar el paraíso mahleriano, magnífica sinfonía de ángeles bien acompañada por el jefe Macías y respetuoso silencio final antes del aplauso unánime.

Merecidas estrellas sinfónicas para este menú que ofreció tres platos estelares, por los ingredientes (compositores de ayer y hoy) junto a unos condimentos especiados y servidos por unos intérpretes esenciales para alcanzar este firmamento musical, desde el primero al último, con una Oviedo Filarmonía que “liga con todo” y brilla en la galaxia sonora de Vetusta, con mejor salud que Don Gustavo.

Bach resiste 300 años

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Jueves 24 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Jazz Xixón, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1658: «Bach (Re)Inventions», Moisés P. Sánchez Invention Trío.

Hace 300 años que «Mein Gott» Bach escribiese sus quince invenciones a dos voces en Köthen, una pequeña ciudad muy cerca de Leipzig donde poder alejarse de la su oficio de kantor y disfrutar con la música instrumental donde estas lecciones para la formación de su hijo Wilhelm Friedeman, explorando el contrapunto, la independencia de manos y los movimientos de danza, conforman un «corpus» no ya didáctico sino de pura exploración para cualquier músico.

A lo largo del tiempo J. S. Bach sigue reafirmándose como el padre de todas las músicas, y hace años que mantengo mi propia teoría que sus obras soportan todos los estilos para acercarse a ella, bien directamente con interpretaciones en sintetizadores (W. Carlos), vocales (Bobby McFerrin), mezclas africanas (Lambarena) o con ritmos cubanos, pasando por el rock y evidentemente el jazz, dejo fotografías de algunas grabaciones de mi fonoteca, donde Jacques Louissier marcó un estilo con su trío que en cierto modo me recordó este nuevo acercamiento de la Filarmónica de Gijón dentro del Festival de Jazz con el trío de Moisés P. Sánchez, como ya hiciesen hace cinco años con Chopin los pianistas Pepe Rivero y Judith Jáuregui.

La apuesta gijonesa atrajo al teatro del paseo de Begoña tanto a los más fieles del jazz asturiano, que va recuperando espacios, como a los socios de la sociedad, para quien Moisés P. Sánchez (Madrid, 1979) no solo dejó unas excelentes notas al programa (escritas para MarchVivo en 2021) sino también palabras dichas con humor y retranca, agradecimientos y piropos a nuestra tierra donde no faltó la gastronomía, preguntándose qué haría o diría Bach en nuestro siglo XXI. Por lo escuchado al finalizar, parece no pudo convencer a todos aunque personalmente creo que Mein Gott disfrutaría tanto como yo con estas (re)invenciones, inspiraciones o recreaciones partiendo de las quince Invenciones BWV 772-782 con el añadido de la improvisación que tan importante era en el barroco como en el jazz, con un formato de trío donde los dos Pablo’s (Pablo Martín Caminero al contrabajo y Pablo Martín-Jones a la percusión) compartieron el buen gusto y hacer del pianista madrileño. La música después de Bach ya estaba pre-escrita (que no prescrita) y el tiempo la ha ido colocando en cada época sin que nunca prescriba porque siempre es actual.

En una de sus recientes entrevistas Moisés Patricio Sánchez (aunque la P. le da todo el misterio, simbología y hasta marketing en convertir el apellido como marca propia junto al primer nombre) decía que ‘La emoción viene de lo que escuchas de pequeño’, y de formación académica muy seria parecía que el jazz le ha dado toda la libertad que la mal llamada clásica no permite, aunque su música no necesita etiquetas ni tiene fronteras. Mi querido Mario Guada me bautizó hace años como «omnívoro musical», y así lo entendió Carlos Santos quien en su ya finalizado programa nocturno «Entre dos luces» le dedicó precisamente a Moisés el último especial titulado El piano omnívoro de Moisés P. Sánchez, artista residente del CNDM para esta temporada, donde disfrutar de este polifacético intérprete en vivo y en directo, sonando parte del Bach «reinventado» que con Bartok y Beethoven conforman las tres B del artista madrileño. Me alegró mucho que nuestro común amigo aplicase este calificativo que refleja a la perfección la ya larga trayectoria del pianista, y especialmente el espíritu de este trabajo, encargo de la Fundación March en 2018 y finalmente llevado al disco con su propio sello, que abarca, como su propio Canal March, épocas y estilos variados.

Las invenciones no sonaron todas ni en orden, pero siempre son distintas, reconocibles porque «todo está en Bach», pasajes de solos increíbles, desde el delicadamente poderoso contrabajo de Martín Caminero (utilizando también el arco magistralmente), a la kalimba virtuosa de Martín Jones, percusión total, acústica y electrónica perfectamente combinada en la dosis exacta, más el piano sin límites de Moisés P. Sánchez, amplificación igualmente cuidada para jugar con estilos amplios surcando el universo bachiano, un caleidoscopio siempre arrebatador e inspirador como el jazz, más una iluminación sencilla pero muy cuidada.

Si cada una de las invenciones las toma como un standard de todas las épocas e historia, las quince invenciones suenan rockeras como la segunda, «con pellizco» como la cuarta en re menor, sintonía de un programa radiofónico en la pública, digna de Chick Corea, Dorantes o Chano Domínguez a ritmo de bulerías donde no faltó el cajón peruano que Paco de Lucía con Tino di Geraldo acabaría haciendo flamenco, juegos de voces entre piano y contrabajo, vuelos de otros grandes como Bill Evans compartiendo su Waltz for Debby con el de «papá Bach», el virtuosismo elegante de Moisés con guiños al mejor Brad Mehldau. Arreglos muy trabajados y libres en el vivo, la electrónica breve y muy bien utilizada en distintos loops desde la percusión o el flanger del contrabajo para pensar en Steve Reich. Apuestas actuales con 300 años como las de tantos clubs nórdicos que me llevaron a Copenhague y Tete Montoliú fichando al danés Niels Henning Ørsted Pedersen (NHOP) que tantas alegrías nos dio dejándonos un legado del que todos hemos bebido.

Pulsación, ritmos, melodías, todo puede reinventarse, rehacerse desde la libertad del jazz y el universo de Moisés P. Sánchez, un músico sin límites esta vez en trío. Invenciones evocadoras que acabarían con la nº 5 en mi bemol mayor para regalarnos como propina la nº 15 en si menor, etapas e itinerarios múltiples por los que optar por una ruta u otra, tonalidades sólo referentes para modular, viajar por los mapas de Bach y volver al inicio tras recorrer paisajes musicales que soportan 300 años y los que vengan.

El vehículo utilizado este jueves me hizo volver a casa tarareando el Bach de Moisés en el CD firmado y dedicado, con la emoción de la música eterna.

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