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Levit, el pintor elegante

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Jueves 13 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Grandes intérpretes”: Igor Levit (piano). Obras de Stevenson, Schumann, Wagner y Liszt. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Si de algo puede presumir esta septuagésimosegunda edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada es contar con una pléyade de pianistas reconocidos mundialmente, y no podemos quejarnos de los que ya llevamos. Continuando con esta alineación de astros volvía tras su debut en 2020 el pianista ruso nacionalizado alemán Igor Levit (Nizhni Nóvgorod, Rusia, 1987) con un programa muy original (aunque volvimos a escuchar la Fantasía op. 17 de Schumann) lleno de homenajes, fantasías y virtuosismo al servicio de la música.

Una partitura me recuerda el paisaje al que se enfrenta un pintor, y podemos tener varios contemplándolo donde cada uno elegirá con su técnica el color, la intensidad, el brillo, las líneas, la profundidad, la perspectiva… El mismo paisaje pero enfoques distintos, los pianistas pintores de sonidos desde su punto de vista e interpretación. Incluso con la misma escuela, en este caso la rusa que sigue siendo referente y cantera mundial, enseña a mantener una visión propia sin perder el paisaje original aunque la luz cambie y los días también.

Levit comenzaba con una original obra del compositor y pianista escocés Ronald Stevenson (1928-2015), continuando con las fantasías al piano, esta vez homenaje a Benjamin Britten y su más célebre ópera, la Peter Grimes Fantasy (1971) llena de referencias casi “orquestales” de los preludios marinos. Levit pintó todo el colorido de esta partitura, mezclando los colores de los temas de Britten, el timbre como trazo, efectos de pedal y el necesario además de esperado virtuosismo,
eligiendo distintos pinceles según el grosor con un sonido que parecía tener claro en su propia paleta. Reconocibles los motivos y amplias dinámicas mezclando no sobre el óleo sino en un piano poderoso y elegante en todos los trazos. Las fantasías y homenajes pianísticos de estos “Grandes intérpretes” nos permiten comprobar la riqueza de partituras y ejecutantes.

Por lo apuntado del punto de vista, escuchábamos dos días después la Fantasía en do mayor, op. 17 (1836) de Robert Schumann (1810-1856) con un colorido distinto, Levit ofreció una visión más luminosa y emotiva que la de su compatriota Trifonov, elegancia y fuerza en la mano izquierda poderosa y la delicadeza en la derecha, tempi contenidos y sonoridad más difusa con un pedal “global” buscando ambientes y referencias claras a la inspiración de Schumann en Beethoven más que el amor a Clara. Los tres movimientos (I. Durchaus fantastisch und leidenschaftlich vorzutragen. Im legenden Ton – II. Mäßig. Durchaus energisch – III. Langsam getragen. Durchweg leise su halten) fueron como lienzos de gran tamaño y color, pasión en el primero bien dibujado, trazos amplios y enérgicos del segundo, y un tercero grisáceo casi abocetado por el propio paisaje que se vuelve triste. Dos visiones rusas de un mismo paisaje que podrían analizarse incluso por la forma de sentarse ante el caballete y en tiempos donde se habla de la “comunicación no verbal” la de los pianistas es al menos curiosa. Los “tics” de cada uno se reflejan en la interiorización de cada obra y en la siempre necesaria concentración previa, en el caso de Levit sus estiramientos tras los pasajes fuertes, la mano derecha que vuela en los silencios o se apoya en el taburete. Esta noche el sudor que se secaba con la manga y las inflexiones sobre el teclado reforzando toda su gama de matices asombrosos.

Sin pausa prosiguió la fantasía e inspiración operística desde la técnica apabullante del ruso con una transcripción pianística (como en Stevenson) del Preludio de Tristan und Isolde, WWV 90 de Richard Wagner (1813-1883) en el arreglo realizado por otro intérprete célebre y virtuoso como el húngaro Zoltán Kocsis. que el pianista ruso ha grabado recientemente, Si en Britten el trazo era amplio, para Wagner se rehacía el dibujo sobre el óleo musical, el paisaje era complicado de plasmar porque la densidad del original orquestal resulta más intrincada desde el piano. Pero Igor Levitt no sólo demostró oficio, también creatividad y conocimiento profundo del original, al igual que Kocsis. Intensidades extremas con variedad de pinceles y gama amplísima de colores, un tema que los grandes pintores han reflejado (como Rogelio de Egusquiza, Dalí o John William Waterhouse) cada uno inspirado en su tiempo y estilo. Este de Levitt fue un derroche de colores bien claros y líneas dibujadas con diferentes grosores, sobrescritas para encontrar la visión global.

Sin pausa ni aplausos, aún contemplando este preludio quedamos “en familia” pasando al yerno de Wagner, Franz Liszt (1811-1886) que como bien se indica en la web del Festival, decidió llevar al piano solo la Muerte de Isolda y no el Preludio. La Sonata para piano en si menor, S. 178 (1853) es la única incursión en esta forma, dedicada a Schumann en devolución a la Fantasía primera y de la que Clara Schumann escribió a su amigo Brahms que era un ruido ciego. Levit empleó todos los recursos para pintar este inmenso mural, más que un lienzo, sin atenerse a la norma clásica de los “cuatro movimientos”, huir y transgredir como buen romántico para romper con las tradiciones, y si al suegro le encantaron, a los presentes la visión que contémplanos aún más. Como apunta Rafael Ortega de esta Sonata en las notas al programa “monumental cuadro de carácter cíclico en el que se suceden los cambios de tempo y expresión, con sabios juegos de contrastes, y en el que la tradicional secuencia de exposición-desarrollo-reexposición aparece menos definida, con incorporación –como en el caso del Beethoven postrero– de formas raramente utilizadas antes por él mismo, como la fuga”. Innovador y rompedor tanto Liszt como Levit en plasmar la imaginación desbordante del húngaro, jugando con los matices y los aires de esta enormidad paisajística.

Cada movimiento (Lento assai / Allegro energico / Grandioso / Recitativo / Andante sostenuto Quasi adagio / Allegro energico / Stretta, quasi presto / Presto / Prestissimo Andante sostenuto / Allegro moderato / Lento assai) parecía independiente por lo variado del trazo, de la línea, de la perspectiva, de la dificultad que una vez finalizado pudimos comprobar la unidad estilística donde el virtuosismo ayudó a contemplar una obra maestra.

Noventa minutos de carga emocional a cargo de Igor Levit, enorme pintor que volvería a Schumann de regalo con el último número de las Kinderszenen, op. 15, las escenas de niños: pausado y emotivo “El poeta habla” (Der Dichter spricht) que podríamos retitular “El pianista pinta”. Grandes obras y otro gran intérprete del piano en este festival.

OBRAS

Ronald Stevenson (1928-2015):

Peter Grimes Fantasy (1971-1972)

Robert Schumann (1810-1856):

Fantasía en do mayor, op. 17 (1836)

I. Durchaus fantastisch und leidenschaftlich vorzutragen. Im legenden Ton

II. Mäßig. Durchaus energisch

III. Langsam getragen. Durchweg leise zu halten

Richard Wagner (1813-1883):
Preludio de Tristan und Isolde, WWV 90 (1859, arr. de Zoltán Kocsis)

Franz Liszt (1811-1886):

Sonata para piano en si menor, S. 178 (1853)

Lento assai / Allegro energico / Grandioso / Recitativo / Andante sostenuto Quasi adagio / Allegro energico / Stretta, quasi presto / Presto / Prestissimo Andante sostenuto / Allegro moderato / Lento assai

Un motor a pleno rendimiento

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Lunes 10 de julio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Arrayanes, “Música de cámara”, Proyecto Shostakóvich: Mandelring Quartett, Judith Jáuregui (piano). Obras de Shostakovich. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Suelo describir al cuarteto de cuerda como un sólo organismo que late uniformemente, siguiendo con el símil cardiológico, dos aurículas y dos ventrículos que trabajan bombeando al cuerpo, incluso un motor de cuatro cilindros perfectamente engrasado, pues todo debe funcionar perfecto para que “engrasado” sea una unidad sin resquebrajarse.En otra noche mágica de Granada, el Mandelring Quartett llegó para un monográfico de Dmitri Shostakóvich (1906-1975) con un motor de muchos caballos al que añadir el “turbo” del piano con la donostiarra Judith Jáuregui (San Sebastián, 1985) que comenzaría en solitario la velada antes de añadir potencia en la segunda parte.

Y Judith Jáuregui a quien conozco y sigo desde sus inicios como pianista, volvió a mostrar toda su calidad técnica, estudio riguroso, musicalidad innata y entrega en todos sus proyectos, siendo la música de cámara uno de ellos donde compartir pasión. En solitario los Aforismos, op. 13 (1927) en diez estampas o miniaturas cargadas de simbolismo y experimentación, compuestos en 1927 en Leningrado. De escritura condensada, la donostiarra fue desentrañando el universo de Shostakóvich en el Yamaha CFX, que sonó cual caleidoscopio variado de tempi, tímbricas, pulsaciones de todo tipo, hurgando en cada página con el poso que solo el tiempo consigue, lirismo en los lentos, misterio y magia que Los Arrayanes transmiten para un sonido siempre impecable y penetrante, amplitud de dinámicas entendiendo a la perfección el piano del siglo XX donde se mueve cómoda pese a las dificultades que estos “aforismos” esconden.
Desde la Elegía o el Canon casi “minimalistas” en aquellos finales años 20, hasta la exigente y rítmica Serenata, pasando por un Recitativo dudoso en escritura pero seguro en la ejecución como la Leyenda. El carácter vasco tiene mucho de irónico y así lo entendió Jáuregui tanto en el inquieto Nocturno como en una Marcha fúnebre más animada que las de otros grandes compositores, para proseguir con un Estudio que “se ríe” de los obligados para todo estudiante de piano de Czerny, una Danza macabra histórica como sólo Shostakóvich puede rehacer y finalizar con una Nana donde “mein Gott” está presente como padre de todas las músicas, lectura profunda y seria de una pianista que, como comentaba, añadiría la potencia al cuarteto alemán.
El motor de cuatro tiempos trabajaría a pleno rendimiento con el Mandelring Quartett (1983) de mecánica más que testada, perfectamente compenetrado, considerado entre los mejores cuartetos del mundo. Calificativos como expresividad, homogeneidad, transparencia y un sonido extraordinario se quedan cortos cuando se les escucha en vivo. Imposible destacar en concreto a sus integrantes porque cada intervención individual es un derroche de musicalidad, las combinaciones son tan empastadas que fluyen entre ellos con la misma sonoridad.
El Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110, de 1960, es seguramente el más interpretado de los quince compuestos por Shostakóvich entre 1938 y 1974. Intenso, con una historia unida al cine como banda sonora de Dresde, la Florencia del Elba, y dedicado «a las víctimas del fascismo y de la guerra». El directo de los Mandelring nos hizo imaginar nuestras propias películas, referencias, incluso repensar en la complejidad del compositor ruso y las autocitas cargadas de simbolismos de una vida verdaderamente compleja. El Largo inicial sin pisar el acelerador, fue moviendo los pistones del motor, calentando, para aumentar potencia en el Allegro molto donde el cuarteto juega con toda la expresión¡, fraseos, contestaciones y un sonido tremendamente cuidado. Bajando las revoluciones llegaría el Allegretto, pero los “caballos de potencia” se notan al jugar con un ritmo de vals “marca Shostakóvich” que lo trata siempre de manera especial, caricaturizado incluso con el fúnebre Largo que interpretado por este Cuarteto con mayúscula, nos hace entender el recorrido de una maquinaria perfecta independiente de las revoluciones a las que se les someta. La exposición de la fuga resultó una verdadera lección de la unidad sonora e interpretativa con un solo corazón latiendo.
Curiosidad que cada obra de esta parte la cerrarían en un pianissimo sólo roto por el vuelo del avión correspondiente que parecía llevarse las últimas notas al cielo granadino.
Tras el descanso, entró en funcionamiento el “Turbo Jáuregui” al “motor Mandelring”, más potencia, recorrido, revoluciones y velocidad punta. El Quinteto para piano y cuerdas en sol menor, op. 57 (1940) parecía necesitar más cuerpo al cuarteto de cuerda añadiendo un piano pese a las dificultades que supone encajar estos instrumentos.
Partitura nuevamente distinta la del ruso, con cinco movimientos que comienzan con el piano solo dando una salida donde los cuatro pistones arrancan presentando los temas que irán desarrollándose como prueba irrefutable del peculiar lenguaje del ruso. Maravilloso escuchar cómo va evolucionando el contrapunto entre el cuarteto y el piano, una Fuga siempre deudora del “padre Bach” aumentando la emoción en la cuerda y el piano añadiendo el “octanaje” como en una recta de meta. Jugando con la velocidad, recuperando sensaciones, el ritmo interior se mantiene pero no hay descanso emocional. Como escribe Juan Manuel Viana en las notas al programa, “En contraste con este doloroso lamento, el conciso y vehemente Scherzo muestra la faceta más irónica de Shostakóvich: un humor subrayado por los ágiles arabescos del primer violín, los pizzicati de las cuerdas y las obstinadas figuras rítmicas repetidas por todos los instrumentos”. El motor se puede encajar en cualquier carrocería que ayude a una mejor aerodinámica, en este caso los intérpretes cual ingenieros sonoros desgranaron su perfecta puesta a punto con combinaciones y ataques en distintas revoluciones para saborear la viola, el cello, los dos violines y unos ataques de nuevo exprimiendo al máximo velocidades sin perder equilibrio ni estabilidad. Tímbricas del ruso que consiguen pizzicati jugosos entre las cuerdas extremas que el piano redondea. Y tras muchas vueltas a este circuito granadino, el motor siempre a punto nos dejaría incluso escuchando las campanadas de medianoche antes del Finale que dejándose llevar por toda la potencia, casi apagando el motor, finaliza en un imperceptible pianissimo.
No hacía falta demostrar la capacidad de este motor con turbo, pero como vuelta de honor bisarían el Scherzo: Allegretto sin necesidad de frenazos bruscos, revoluciones que sólo pueden alcanzar los componentes bien ensamblados de esta maquinaria perfecta que es el quinteto con piano y probándolo en el siempre complicado Shostakóvich en obras que las separan 20 años con distinta exigencia bien resuelta por el “tándem” Mandelring-Jáuregui, feliz conjunción musical.
Mandelring Quartett:
Sebastian Schmidt. violín – Nanette Schmidt, violín – Andreas Willwohl, viola – Bernhard Schmidt, violonchelo.
Judith Jáuregui, piano
PROGRAMA
Dmitri Shostakóvich (1906-1975)
I
 Aforismos, op. 13 (1927):
1. Recitativo – 2. Serenata – 3. Nocturno – 4. Elegía – 5. Marcha fúnebre – 6. Estudio – 7. Danza macabra – 8. Canon – 9. Leyenda – 10. Nana.
 Cuarteto de cuerdas nº 8 en do menor, op. 110 (1960):
Largo – Allegro molto – Allegretto – Largo – Largo.
II
Quinteto para piano y cuerdas en sol menor, op. 57 (1940):
Preludio: Lento – Fuga: Adagio – Scherzo: Allegretto – Intermezzo: Lento – Finale: Allegretto

Historia del lied en Granada

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Martes 4 de julio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), “Universo vocal”: Anna Lucia Richter (mezzosoprano), Ammiel Bushakevitz (zanfona, piano). Licht!. Obras de Wolfenstein, Vogelweide, Bach, Mozart, Schubert, Fanny Mendelssohn, Mendelssohn, Schumann, Wolf, Berg, Reinmann, Rihm, Eisler y Weill. Concierto Homenaje a Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Impresionante lección histórica del “lied” alemán en este “Universo vocal” granadino con dos intérpretes de altura: la mezzosoprano Anna Lucia Richter (Köln, 1990) y el pianista Ammiel Bushakevitz (Jerusalén, 1986) que nos deslumbró también con la zanfona.

Siempre comento la lírica como poesía musicada, pues si los textos son importantes, cuando se les ponen melodías y acompañamientos se engrandecen, máxime en esta feliz unión donde la voz declama y comparte el protagonismo con el instrumento que la viste a la moda del momento. El dúo Richter – Bushakevit nos brindaron un repaso de calidad a las mejores canciones alemanas de la historia, desde el medievo hasta nuestros días, donde no faltaron ni un Bach siempre único que con el piano sigue sonando actual, los clásicos Haydn y Mozart que en la “canción de concierto” son tan brillantes y cercanos como en sus óperas, los hermanos Mendelssohn románticos «de catálogo», incluso la trilogía del lied (Schubert, Schumann y Wolf) pero también Schumann, el paso al expresionismo puro y duro de Berg o Weill más los todavía vivos Reimann o Rhim, continuadores de una tradición tan alemana como el propio género.

Imposible destacar algo concreto porque el recital de este decimocuarto día del Festival de Granada en el Patio de los Mármoles quedará en mi memoria como todo un acontecimiento, la parte vocal con esta mezzo alemana de timbre carnoso, dicción impoluta, proyección pluscuamperfecta, emisión impecable, dramatización perfecta haciendo entender unos textos de por sí verdaderos microrrelatos que con su amplio y homogéneo registro resultaron plenamente creíbles con un color lleno de matices. Sumemos un pianista israelí tan protagonista como la voz que no sólo manejó la zanfona de manera magistral sacando matices increíbles y jugando con los “bordones” o el manubrio empujando la acción cantada, también auténticamente plausible su papel de acompañante (aunque no me guste el término), con todas las obras exigentes y la compenetración exacta en cada página engrandeciendo a la mezzo, revistiéndola del carácter apropiado en cada obra, y sacando del Yamaha CFX de última generación una sonoridad tan luminosa como el título del recital.

Licht!, luz y sombra a lo largo de la poesía cantada, historia que con Wolkenstein pregunta por “el iluminado” o el minnesinger Vogelweide cantando bajo los tilos tal vez berlineses, Anna Lucia Richter y la zanfona de Ammiel Bushakevitz nos transportarían a los auténticos orígenes germanos sobre la pasión por la poesía cantada. Con los textos y traducción proyectados sobre las piedras renacentistas era un placer entender la lengua de Goethe toda la carga poética transmitida por este dúo que enamoraron desde la primera nota.

El maestro Arturo Reverter titula sus notas al programa «Y la luz se hizo» donde desmenuza cada página, y de las dos canciones de “Mein Gott” escribe “en su contención algo escolar, aparecen cortadas por similar patrón. Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446, revela una mayor fantasía. O finstre Nacht, BWV 492, discurre lánguidamente a lo largo de una línea muelle y serena”, adivinando el carácter que la mezzo y el pianista imprimieron, Bach siempre eterno con un piano casi organístico y el color vocal ideal para El Cantor.

Más luz y alegría con los clásicos vieneses, Haydn “Lujuria de país” y de canción, más Mozart y la “sensación de la tarde” describiendo casi al momento estos momentos granadinos que voz y piano nos transmitieron. Si “La Richter“ enamoraba, Bushakevitz ayudaba, perfecto entendimiento y sentimiento antes de continuar con otros tres románticos sin olvidarnos de los textos que musicaron, y que dejo al final de esta entrada con el programa íntegro.

La época que le tocó vivir a Schubert no fue justa con él, pero su música le hará eterno. Sus lieder son todo un ejemplo de engrandecer los poemas de sus contemporáneos imaginando aquellas sesiones de salón que se conocen como “schubertiadas” por la feliz unión de las artes y donde la poesía y su música iban de la mano, tal y como Richter con Bushakevitz nos mostraron. Tres canciones que transitarían por el espíritu del vienés, “en el agua para cantar” cristalino por ambos intérpretes, el trágico enano lleno de dolor y otro atardecer porque la luz vespertina tiene magia, y más en Granada con dos artistas que transmitieron todo en cada página.

Los hermanos Mendelssohn no podían faltar en este repaso del lied, el Leipzig romántico con Fanny ahora recuperada y con tanta calidad como Felix, primavera y crepúsculo contrapuestos pero también unidos, voz arropada y subrayada por un piano sin complejos femenino, o el “nuevo amor” masculino con unos textos de los más grandes, incluso los que inspirarían a un Mahler que en este repaso histórico no pudo estar, imposible condensar tanta historia musical.

Una primera parte para comentar al descanso pero aún quedaba la segunda que nos acercaría aún más a una luz casi deslumbrante ya en plena noche granadina.

Schumann y Wolf, dos periodos que escuchados juntos dan continuidad a la poesía alemana y a la escritura lírica, mismos temas con dos técnicas que Richter y Bushakevitz hicieron propias, “cristal de la ventana” por la que escuchar “cantar a la tarde” en Leipzig, o preguntarse “Qué hacer con la alegría” tras un apocalíptico “jinete rojo” que no figuraba en el programa, donde Anna Lucia Richter parecía preparar lo que vendría en el tramo final, simbolismos, metáforas y tragedias, más el piano de Ammiel Bushakevitz dando no ya la confianza necesaria sino todo el dramatismo y ambientación de unas poesías que crecieron con ambos.

Nuevo paso adelante en la historia del lied llegando al expresionismo total de las cuatro canciones de Alban Berg que sólo un dúo tan compenetrado y conocedor de la lengua de Goethe llevada al pentagrama puede interpretar con la fuerza y emoción mostrada, sumándole la última Warm die Lüfte “calentando el aire” y a capella desgarradora, subiendo la temperatura tanto ambiental como emocional antes de los tres más cercanos en el tiempo, manteniendo la misma calidad, intención e intensidad por parte de Richter y Bushakevitz.

Proseguirían textos de luz y hasta de renuncia a ella (Reinmann), “flores marchitas” de Rihm que sonaron bellas y hasta perfumadas, o cantando Eisler desde la meca cinematográfica “Y finalmente” como banda sonora antes del auténtico cabaret berlinés de Kurt Weill con luces de neón o reflectore en los clubes sórdidos que el cine y la música convierten en pequeños templos de culto. Si Ute Lemperer marcó estilo en estos repertorios, tras escuchar a la mezzo Anna Lucia Richter con el piano mágico de Ammiel Bushakevitz la sucesión está garantizada.

“Y la luz se hizo” con el recuerdo y homenaje a nuestra Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento, con un regalo a la altura de nuestra soprano internacional, Sommerabend op. 85 nº1 de Brahms, verdadera delicia vocal y auténtico despliegue pianístico tras un paseo histórico por el inigualable lied alemán.

De nuevo la magia y la luz se dieron la mano, y para cerrar el círculo volverían Richter y Bushakevitz al medievo, la zanfona marcando el paso en el escenario mientras la mezzo hacía recorrido real por el “claustro” envolviéndonos con su canto y voz penetrante, cautivadora, luminosa ya cercana la medianoche.

PROGRAMA

I

Oswald von Wolkenstein (1377-1445)

Wer ist, die da durchleuchtet

Walther von der Vogelweide (c. 1170-1230)

Unter den Linden

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446 (Texto: Christian Scriver)

O finstre Nacht, BWV 492 (Texto: Georg Friedrich Breithaupt)

Joseph Haydn (1732 – 1809)

Die Landlust , Hob. XXVIa:10 (Texto: Georg Ernst Stahl)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Abendempfindung, KV 523 (Texto: Joachim Heinrich Campe)

Franz Schubert (1797-1828)

Auf dem Wasser zu singen, D 774, op. 72 (Texto: Friedrich Leopold Graf zu Stolberg-Stolberg)

Der Zwerg, D 771, op 22/1 (Texto: Matthäus Kasimir von Collin)

Im Abendrot, D 799 (Texto: Karl Lappe)

Fanny Mendelssohn (1805-1847)

Frühling, op. 7/3 (Texto: Joseph von Eichendorff)

Dämmrung senkte sich (Texto: Johann Wolfgang von Goethe)

Felix Mendelssohn Bartholdy (1809 – 1847)

Minnelied, op. 34/1 (Texto de Des Knaben Wunderhorn)

Neue Liebe, op. 19a/4 (Texto: Heinrich Hein)

II

Robert Schumann (1810-1856)

Die Fensterscheibe, op. 107/2 (Texto: Titus Ullrich)

Abendlied, op. 107/6 (Texto: Gottfried Kinkel)

Hugo Wolf (1860-1903)

Wohin mit der Freud? (Texto: Robert Reinick)

Alban Berg (1885 – 1935)

Vier Gesänge, op. 2:

Schlafen, nichts als schlafen (Texto: Christian Friedrich Hebbel)

Schlafend trägt man mich (Texto: Alfred Mombert)

Nun ich der Riesen stärksten überwand (Texto: Alfred Mombert)

Warm die Lüfte (Texto: Alfred Mombert)

Aribert Reimann (1936)

Nach dem Lichtverzicht, de Eingedunkelt – Neun Gedichte nach Paul Celan (Texto: Paul Celan)

Wolfgang Rihm (1952)

Verwelkte Blumen, de Vier späte Gedichte von Friedrich Rückert (Texto: Friedrich Rückert)

Hanns Eisler (1898-1962)

Und endlich, de Hollywood Liederbuch (Texto: Peter Altenberg)

Über den Selbstmord, de Hollywood Liederbuch (Texto: Bertolt Brecht)

Kurt Weill (1900-1950)

Berlin im Licht (Texto: Kurt Weill)

Cuadrando el círculo

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Lunes 26 de junio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de Los Arrayanes, “Música de cámara”, Ligeti100: Quatuor Diotima. Obras de: Pedro Osuna, Ligeti, Tomás Marco y Bartók. Fotos de Fermín Rodríguez.

El cuarteto de cuerda es un organismo musical vivo que requiere compartir incluso la propia vida, cuatro músicos de altura y un solo cuarteto verdadero. Así se entiende la formación camerística por excelencia y para que todos los grandes han escrito, siendo a menudo como un banco de pruebas orquestal.

El francés Quatuor Diotima llegaba y llenaba otra nueva noche mágica en La Alhambra con un programa no ya exigente por las cuatro obras, también dotado de un discurso global que solamente al finalizar pudimos comprender en toda su magnitud.
Cuatro cuartetos, cuatro idiomas traducidos a una unidad expresiva capaz de unir a estos compositores de distintas generaciones que conocen perfectamente la herramienta, los recursos de la cuerda manejándola desde su propia experiencia, un crisol cronológico que encontró los intérpretes adecuados para alcanzar las máximas cotas expresivas.

Para abrir la velada nocturna un joven compositor granadino, Pedro Osuna (1997) que estrenaba en España sus Cuatro danzas (2021), un hallazgo de escritura con el marchamo estadounidense lógico en estas generaciones que han cruzado el charco para su formación. Según las describe Juan Manuel Viana en las notas al programa “refleja el amor del músico por el arte de su ciudad natal, donde compuso las danzas centrales, y el de Boston y Los Ángeles, su lugar de residencia, donde escribió la primera y la cuarta”. Escuchar cada una de ellas supuso un viaje a cargo del Diotima, sonoridades extremas en dinámicas, latido único, tímbricas tan bien escritas como interpretadas desde la Introducción que da paso a Ritual nazarí, los recuerdos granadinos en un obsesivo juego de los cuatro instrumentos sonando como uno solo, algo que parece increíble por la dificultad que entraña; la Tarantella en palabras de su autor «juega con el famoso tema napolitano y conduce al movimiento final, una danza celebratoria en la que quise explotar la visceralidad de la música electrónica del presente y la riqueza armónica del jazz» y Celebración con el aire americano, el sello granadino y el sueño francés reunidos en estas cuatro páginas de una calidad sorprendente tanto en la escritura como en la ejecución impresionante del Quatuor Diotima. No sé cómo sería el estreno con el Cuarteto Carpe Diem en Siena (28 de junio de 2022), pero este de Siana hacía tiempo que no se asombraba con una obra actual.

Y tras salir el compositor a recoger los merecidos aplausos de un público agradecido por esta apuesta del festival, nada menos que György Ligeti (1923-2006) de quien se conmemora el centenario de su nacimiento, optando los franceses por deleitarnos con su Cuarteto de cuerdas nº 2 (1968), casi medio siglo de diferencia con el de Osuna e igual de actual. Del húngaro podríamos comentar su (r)evolución personal y el segundo cuarteto supone un reto para cualquier formación que quiera explorarlo en toda su riqueza. Quatuor Diotima demostraron que no puede hacerse mejor homenaje, cuatro músicos como remeros de un kayak que no solo van perfectamente sincronizados, las paladas entran y avanzan en este fluir musical del mejor Ligeti, cinco movimientos unidos y sentidos desde todos los recursos de cuerdas, arcos, armónicos, pizzicati, resonancias que en el Patio de los Arrayanes aún calaban más. Hasta algún avión nocturno parecía sumarse a una tímbrica tan actual, una joya del siglo pasado plena de fuerza y angustias, mecánica intrínseca que latió en “un solo Cuarteto”.

La influencia de este segundo de Ligeti nos explicó el de Osuna pero igualmente el siguiente tras el descanso.
Un viaje cronológico, ideológico y hasta geográfico nos traería al madrileño Tomás Marco (1942), compositor residente de esta septuagésima segunda edición del festival granadino, quien siempre ha tenido en su amplio catálogo obras cuartetísticas. Este Cuarteto nº 6 «Gaia’s Song» (2012) encargado por el CNDM y penúltimo hasta la fecha, recoge materiales de danzas de todo el mundo olvidándose del legado occidental que tanto ha constreñido la creación, optando por la expresividad, la rítmica y un tratamiento tímbrico del cuarteto que Los Diotima entendieron con una sonoridad apabullante y una compenetración al alcance de pocos músicos de cámara. El compositor felicitó a los intérpretes y todos compartieron el aplauso más que merecido en un concierto que tomaba forma y sentido tras la obra que cerraría esta “cuadratura del círculo”.

El Cuarteto nº 4, Sz. 91 (1928) de Béla Bartók (1881-1945) sigue siendo tan “moderno” como Ligeti, Osuna o Marco, y Quatuor Diotima ayudaron a redondear el concepto de cuarteto actual, impactante, brillante, caleidoscópico de sonoridades con este cuarto considerado “una de las más altas cimas de todo el repertorio”. Con una estructura en arco o espejo, que Viana define “a modo de palíndromo”, los cinco movimientos sonaron perfectos, bien balanceados en las analogías y protagonismo de los cuarto intérpretes respirando como un solo organismo. Si los extremos resultaron rítmicos, agresivos, sonoridad global, los pares todo un catálogo de efectos como sordinas, pizzicati, diálogos y enfrentamientos aunados por una magia indescriptible que rodearían el hermosísimo lento central, el corazón de la obra y del cuarteto, nocturno como todo el concierto para saborear un chelo rotundo sobre el que sobrevolaron sus tres compañeros de viaje.

Un concierto que tomó sentido gracias a la sabia elección de las obras y la magistral interpretación del Cuarteto Diotima, que retransmitido en vivo por Radio Clásica espero disfrutasen tanto como los presentes en el Patio de Los Arrayanes. Habrá que rogar lo tengan disponible algún tiempo para volver a paladearlo y decir el anhelado “Yo estuve ahí”.

Quatuor Diotima:

Yun-Peng Zhao, violín – Léo Marillier, violín – Franck Chevalier, viola –
Pierre Morlet, violonchelo.

El baúl sinfónico

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Viernes 16 de junio, Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, I Festival Universitario de Música Iberoamericana (musicUO). Clausura . 19:00 horas, Conferencia de Ramón Sobrino y Tania Perón: «Soledad Bengoechea, Mª Teresa Prieto y Pedro Miguel Marqués: tres compositores que regresan a los atriles sinfónicos». 20:00 horas, Concierto: OSPA, Néstor Bayona (director). Obras de Bengoechea, Mª Teresa Prieto y Pedro Miguel Marqués.

Junio marca el final de curso, de los campeonatos donde el fútbol sigue siendo el deporte rey, pero también de las temporadas musicales antes de los esperados festivales de verano.

Igualmente llegaba a su fin este primer festival «musicUO» que ha llevado por distintos conejos asturianos a intérpretes y obras que están saliendo del «baúl de los recuerdos», desempolvándose y hasta restaurándolas gracias a una Universidad de Oviedo donde la Musicología es pionera y de su facultad salen promociones que continúan la labor incansable y no siempre reconocida de recuperar nuestro patrimonio musical.

De nuevo el doctor Ramón Sobrino nos daría una clase para hablarnos de una poco conocida compositora madrileña como Soledad Bengoechea (1849-1893), recordarnos de nuevo al mallorquín Pedro Miguel Marqués (1843-1918), más la ovetense Mª Teresa Prieto (1896-1943) de quien su máxima conocerdora e investigadora la profesora Tania Perón completarían esta clase de «extensión universitaria», preparándonos a las obras que sonarían en el concierto posterior de la OSPA.

Tengo que calificar de interesante conocer a Soledad Bengoechea y todo su entorno vital, social y musical, de biografía curiosa y con muchas obras desconocidas donde no faltaba la música de salón, y de ella el Capricho-Scherzo (1872) original para piano, una obra de apenas cinco minutos que orquestada por otra personalidad musical de su tiempo como Casimiro Espino (1845-1888), ganó en calidad gracias al oficio de este maestro y compositor con multitud de obras estrenadas por la Sociedad de Conciertos de Madrid (SCM), siendo el doctor Sobrino uno de sus «descubridores» y artífices de este reestreno en el siglo XXI. Tanto la SCM de la que en la anterior conferencia nos habló el profesor como de la Unión Artístico-Musical y los conciertos también en el verano madrileño, darían para todo un trimestre, pero al menos situamos a la compositora y uno de sus valedores musicales, sin dejarse en el tintero las contraprogramaciones y hasta los «duelos líricos» entre el citado Casimiro Espino y su «rival» Mariano Vázquez, «conflictos musicales» con otra historia para conocerla aunque sólo disfrutásemos con las pinceladas y buen humor de nuestro Ramón. De Marqués ya escuchamos el pasado 1 de junio su poema En la Alhambra que casi termina en la basura. Al menos sus cinco sinfonías están editadas y grabadas, escuchando este viernes la tercera. Diseccionadas y analizadas nos permitieron apreciar la calidad de una generación de compositores que conocían muy bien su trabajo, lo que se hacía en Europa y aportando unas obras que correrían distinta suerte, por lo que la recuperación al menos las reubica y reconoce en nuestro tiempo.

De la compositora trasterrada a México Mª Teresa Prieto (1896-1943), la profesora Perón nos la situó sin tiempo para ahondar mucho en aquel entorno familiar de Ciudad de México y su estilo, que navegaría entre dos maestros que además creyeron en sus composiciones: Manuel M. Ponce y especialmente Carlos Chavez, el mundo nacionalista tradicional del primero frente al segundo más moderno, y que además estrenaría la obra que volveríamos a escuchar en la primera parte.

La OSPA llega a junio en el mejor estado de forma aunque con algunos cambios «en la alineación titular» de principales no habituales pero igualmente sinónimo de calidad y entrega tras una temporada llena de esperanza pero sin concertino (este viernes tomando las riendas Héctor Corpus) y bajo la dirección del ilerdense Néstor Bayona, a caballo entre Berlín y Barcelona, pianista  y batuta invitada por muchas formaciones, siendo el director residente de la NOSPR (Orquesta Sinfónica de la Radio Polaca), quien este viernes debutaba con la OSPA defendiendo un programa exigente.

El  Capricho-Scherzo (1872) de Bengoechea pese a ser como una miniatura sinfónica, el maestro Bayona ya marcaría su estilo personal, de gestos claros y muy expresivos, buscando el mejor balance orquestal para una música  agradable de escuchar.

Palabras mayores para la conocida Sinfonía nº1: Sinfonía Asturiana (1942-43) de Mª Teresa Prieto que sonaría por vez primera en su Oviedo natal de la mano del maestro Ángel Muñiz Toca al frente de «su» orquesta (entonces Orquesta Sinfónica Provincial de Educación y Descanso) un 30 de diciembre de 1951 en el Campoamor. Como bien nos contó la profesora Perón es una obra que recoge las enseñanzas e ideas de Ponce en cuanto a la cita directa y estilizada de temas folklóricos españoles, todos reconocibles en los movimientos extremos, (más en el primero Adagio-Allegro) del que la propia compositora dejó escrito que la comenzó a escribir llena de nostalgia y sentimientos de su Asturias natal. Mucho más interesante el Andante central en la línea de Chavez quien además le daría el empujón de ampliar la plantilla orquestal. Esta sinfonía asturiana vuelve más a menudo a los atriles y la OSPA con Bayona nos dejarían una interpretación muy luminosa, llena de matices, con todas las secciones presentes y respondiendo a las indicaciones de una batuta ágil aunque la gestualidad fuese completa y entregada.

La segunda parte la ocuparía la Sinfonía nº 3 en si menor (1876) de Pedro Miguel Marqués de las cinco que escribió. Cuatro movimientos «de escuela» (I. Andante non troppo. Allegro assai; II. Andante con moto; III. Tema con variaciones. Allegretto gracioso; IV, Allegro brillante), forma muy trabajada, aires evocadores por las múltiples referencias (más allá de las que nos adelantase mi admirado Ramón Sobrino como esa «marsellesa» del brillante final), papeles exigentes para todas las secciones que sonaron empastadas, limpias incluso en los pasajes más complicados, con unísonos rotundos, y destacando por lo original ese tercer movimiento donde las variaciones sirvieron para valorar la excelente escritura y oficio de Marqués en el destacado buen momento final de la formación asturiana a pleno rendimiento, con unas maderas nuevamente de sobresaliente.

Pese a la entrada libre, el auditorio no presentó buena entrada, y no creo sea disculpa el calor con tormenta a la salida. El programa era interesante, novedoso y con una orquesta de altura para disfrutar este viernes, pero supongo que la evaluación final de los responsables intentarán subsanar posibles errores y buscar soluciones para recuperar un público que se ha ido perdiendo y no solo por la pandemia que evidentemente dejó tocada parte de la afición. Al menos en otros entornos se ha recuperado y además con éxito. Decía nuestro siempre recordado e insustituible Vasiliev que «un pesimista es un optimista bien informado», pero sigo con muchas esperanzas para el próximo curso. Ahora toca cargar las pilas antes del otoño que siempre da el pistoletazo de salida, aunque estar jubilado me suponga no mirar el calendario.

Sueños y ensueños

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Viernes 2 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XIV «Nocturnos Sinfónicos»: OSPA, Alessio Bax (piano), Ruth Reinhardt (directora). Obras de Marcos Fernández Barrero, Rachmaninov y Béla Bartók.

La temporada va llegando a su fin y este viernes era el penúltimo de la OSPA, donde el compositor Marcos Fernández Barrero (Barcelona, 1984) tuvo antes del concierto un encuentro informal en la Sala de Cámara junto a la gerente Ana Mateo y unos pocos abonados. El catalán no solo nos contó sus inicios, sus influencias o «mapas sonoros» donde citó entre otros a Ginastera, Dutilleux, también a Ligeti  y John Adams, pues el catálogo del compositor abarca todos los géneros y las mochilas antes de ponerse a escribir siempre están llenas de lo que escuchamos. Por supuesto no es ajeno a otros estilos como la música celta o el pop  de Coldplay sin olvidarse de las bandas sonoras donde John Williams es referencia para todos los que se acercan a la música de cine. Interesante su forma de componer donde la noche, como a casi todos, parece ser su mayor fuente inspiradora (aunque la inspiración debe pillarnos trabajando), y la obra que escucharíamos, en principio la iba a llamar «Dreams» para finalmente titularla Nocturno Sinfónico, ganadora del IX Premio de Composición de AEOS y la Fundación BBVA en 2017, lo que supone que se programe en todas las orquesta de la asociación. Los premios siempre vienen bien por la posibilidad de innovar aunque a veces los encargos supongan estar limitados por el tiempo, pero está claro que la libertad ayuda a una creatividad que parte del piano (su instrumento) y también por otros materiales con los que experimentar, caso de ruidos procesados que luego intentará reflejar en la escritura sinfónica. Así lo comentó: “Cuando escribes libremente, no tienes objetivos claros, y esto es fantástico porque puedes reflexionar y desarrollar tu estilo. Al final, acabas haciendo algo interesante”. De las muchas obras que la OSPA le ha programado y estrenado, en todas se ha sentido a gusto con ella, resaltando que “una de las cosas que más me gusta de la OSPA es su calidad humana. Y también que es una orquesta que se interesa por la música contemporánea”. Preguntado sobre el Nocturno Sinfónico se mostró muy contento con la propia formación asturiana y con la directora Ruth Reinhardt (Saarbrücken,1988) que aportó igualmente sus ideas , siempre bien acogidas por todos, y como se reflejó en la interpretación que el propio compositor remarcó y explicó basarla en tres direcciones: «gesto, melodía y textura».

Llegado el momento de la verdad con la escucha de Nocturno Sinfónico (Londres, 2017). En las notas al programa Jonathan Mallada las titula «La música: el material con que se forjan los sueños», analiza y refleja más palabras del propio compositor: «nadie puede, ni quiere, escaparse del maravilloso acto de soñar, pero lo más fascinante es que en lo sueños todo puede suceder. Nos lo creemos hasta tal punto que a veces es mejor despertar de una pesadilla». Dos partes tituladas Somnolencia y Pesadilla nos dejan que cada uno ponga las imágenes de un duermevela, tan onírico que solo Freud podría explicarlo. Musicalmente Fernández Barrero ha conseguido un estilo propio a base de trabajar las texturas instrumentales y el manejo de ellas como si fuesen «melodías», de amplia gama dinámica y un empuje rítmico que la directora alemana (otra junto a Rakitina bajo la «tutela Dudamel») entendió a la perfección, más que sueños, ensueños, dilatando musicalmente el «tic-tac» con una orquesta en plena forma acabando la temporada. Todas sus secciones empastadas, bien balanceadas para lograr un nuevo éxito de público (nuevamente escaso), saliendo a saludar y recoger el mejor premio: volver a escuchar su obra (el día antes en Gijón) en vivo por una OSPA que siempre ha entendido su música.

Volvía a Asturias en esta era post-pandemia el pianista italiano (aunque afincado en EEUU desde 1994) Alessio Bax (Bari, 1977), hoy con alguna amistad norteamericana a mi lado, para «enfrentarse» nada menos que con el Concierto para piano nº 3 en re menor, op. 30 (1909) de Serguéi Rachmaninov (1873-1943). Desde el primer compás pude adivinar que funcionaría a la perfección y evocándome siempre «el tercero» la película de Shine (1996).

Una OSPA aterciopelada y Ruth Reinhardt precisa antes de la primera entrada del piano en el I. Allegro ma non tanto, sonido preciosista y poderoso del piano con ropaje a medida de la orquesta, balances en su sitio, protagonismos definidos, cadencias llenas del melodismo único en el pianista y compositor ruso que tocaba como pocos y escribía para él desde un prodigio natural, una auténtica «montaña rusa» de emociones y matices extremos bien ejecutados por todos, como completando la primera obra por ese paso de la somnolencia a las pesadillas, dinámicas increíbles y cambios rítmicos bien concertados por una directora de altura, atenta al solista italiano compartiendo la energía y calidez de este primer movimiento, con una orquesta impecable de cuerda inspirada (hoy capitaneada por el concertino nuevamente invitado Michael Brooks), las maderas a su altura, los metales perfectos y disfrutando todos con esta página maravillosa. El  II. Intermezzo (Adagio) iniciado por la cuerda y el oboe me transportarían a un feliz despertar, del sueño al ensueño, Reinhardt preparando el lienzo, el Rachmaninov único llevando la cuerda hasta Bax dibujando arpegios, acordes y melodías con ecos del segundo, los rubati bien encajados y concertados, orquesta casi imperceptible con el solista en unos pianissimi conseguidísimos y marcados por la alemana, respuesta global en sentimientos de «ensueño», tensionando lo justo para no perdernos nada. Y previsible escuchando cómo transcurría este tercero, llegaría el III. Finale: alla breve de vértigo, la vuelta al tema inicial, virtuosismo y vigor en el solista, respuesta de unas trompas al fin mostrando la calidad que atesoran, la cuerda imponente, cohesionada, escuchando al solista, entrando con decisión todos para el clímax esperado con unos reguladores inmensos y un piano potente en este «endiablado tercero» que sonó con toda la grandiosidad posible por parte de solista y orquesta unidos por el talento de una directora que tendremos que seguirle pa pista.

Aplausos para Alessio Bax que nunca defrauda, y tras varias salidas una propina ideal de la gran página orquestal de Falla al piano tras el esfuerzo titánico del «3Rach»: la Danza del Molinero de «El sombrero de tres picos» que sólo un artista mediterráneo y latino puede entender como hizo el italiano.

 

Un concierto con mucho que tocar y dirigir el que afrontó Ruth Reinhardt y tras la potente primera parte llegaría una segunda al mismo nivel con Béla Bartók (1881-1945) y su Concierto para orquesta, Sz. 116, BB 123 (1943), aún fresco en el oído nada menos que con la BBC y Oramo el pasado 22 de abril.  Interpretación soñada la de nuestra OSPA con Reinhardt al mando, enérgica, con las ideas claras, controlando cada uno de los cinco movimientos (I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace; II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando; III. Elegia: Andante non troppo; IV. Intermezzo interrotto: Allegretto; V. Finale: Pesante – Presto) y dejando momentos para la ensoñación, los dúos de maderas y vientos perfectos (juego de parejas), sonoridad compacta, escucha colectiva y una batuta precisa con respuesta inmediata en cada pasaje hasta ese final que sigue sonándome al Cumbachero. Me encanta comprobar la preparación de esta generación joven de batutas que son capaces de defender programas tan complejos como este decimocuarto de abono. En este concierto «póstumo» de Bartók hay mucho que destacar y Reinhardt no pasó nada por alto. En palabras del propio compositor,

«El carácter general de la obra representa, además de lo sarcástico del segundo movimiento, una transición gradual desde lo estelar del primer movimiento y la lúgubre canción de muerte del tercero, a la afirmación de la vida en el último. Estos movimientos, 1º, 3º y 4º son las «secciones grandes» de la obra siendo el segundo y el cuarto los mas ligeros». Dejando fluir a la orquesta con una gestualidad clara, unida al pleno dominio de la partitura, el carácter de cada movimiento sonó con la intención interpretativa de los músicos y las indicaciones de la alemana, curtida en repertorios orquestales exigentes. Visión global de esta página tan excelsa donde poniendo a prueba nuestra OSPA, lució sus mejores galas en cada sección (incluyendo hoy dos arpas), musicalidad por doquier, contrapuntos claros, virtuosismo al servicio de la obra e interpretación perfecta para concluir este primer viernes y una semana en «La Viena Española» que aún rematará este domingo otro concierto para no perderse.

Como finaliza sus notas al programa el musicólogo Jonathan Mallada Álvarez, «Los tres compositores que conforman eta velada nos brindan la posibilidad de disfrutar de la música en compañía de los valores que la han hecho aún más grande: ilusión -en Fernández Barrero-, esfuerzo -en Serguéi Rahmaninov- y compromiso -en Béla Bartók-«.

Tiempos de guerra

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Viernes 26 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XIII OSPA, Alena Baeva (violín), Anna Rakitina (directora). «Música en tiempos de guerra»: obras de Elena Langer y Prokofiev.

Sin supersticiones llegaba el decimotercer concierto de abono de la OSPA, de nuevo con poco público que comienza a ser preocupante, con un programa donde los tiempos de guerra están presentes ayer y hoy, mujeres protagonistas desde un conflicto que continúa hace más de un año aunque parezca olvidado como es la invasión rusa de Ucrania: la violinista rusa Alena Baeva (1985) de familia musical como tantas en la antigua Unión Soviética, la propia directora Anna Rakitina (1989) otra moscovita de padre ucraniano y madre rusa, la compositora Elena Langer (1974) de quien nuestra orquesta está estrenando en Europa el Sueño de Leonora, y hasta la propina de la polaca Grażyna Bacewicz, otra nacionalidad donde los conflictos bélicos a lo largo de la historia han marcado una producción artística llena de dolor pero también de esperanza. Programa con «Música en tiempos de guerra» que continúa dividiendo familias y donde el dolor sigue siendo fuente de inspiración.

La compositora británica Elena Langer (Moscú, 8 de diciembre de 1974) está siendo reconocida por sus óperas y en diciembre de 2020 fue seleccionada por el Conservatorio de Nueva Inglaterra para componer  una obra basada en el tema de Leonora de la ópera «Fidelio» en el 250 aniversario de Beethoven. Así surge Leonora ́s dream estrenada en Boston el pasado noviembre de 2022 por la NEC Philharmonia, y que llega a Europa de la mano de la directora invitada Anna Rakitina que se escuchó ayer en Gijón y mañana en Santander. La directora moscovita, segundo premio del prestigioso «Concurso Malko» de Copenhague en 2018,  lo que la ha llevado al frente de casi todas las orquestas europeas y norteamericanas, defendió esta obra de su compatriota con la misma energía que desprende la partitura. Como explica Vera Fouter en las notas al programa y recogiendo palabras de la propia Langer, «…parte de «el aria que Florestán canta desde la mazmorra en el segundo acto de la ópera: “In des Lebens Frühlingstagen” (En la primavera de la vida), que simboliza la victoria sobre la opresión y el coraje de reivindicar la verdad ante el poder. Langer salpicó su obra de referencias a este aria, jugando ingeniosamente con algunos de sus materiales musicales: lo cita al inicio de la obra, alargándolo en el tiempo y lo deja resonar, usando instrumentos de sonoridad aguda combinados con el glockenspiel y el flexatone. Es entonces cuando la música se convierte progresivamente en “un coro imaginario de pájaros cantores».

Obra de nuestro tiempo que bebe de la gran escuela rusa en cuanto a la instrumentación potente con inmenso protagonismo de la percusión, pero dando juego a todas las secciones orquestales sin perder el sello «made in USA» tan presente. Continúan las notas diciendo la compositora que «Quería darle a toda la orquesta su momento, por eso hay muchos solos y pasajes divisi, pero en algunas ocasiones la orquesta toca al unísono, alegre y fuerte». Un homenaje a esta Leonora de nuestro tiempo que no desentonaría para nada con el ruso Prokofiev que completaría el concierto, con una orquesta de plantilla «musculada» que siguió atenta cada gesto claro y preciso de la maestra Rakitina.

La violinista Alena Baeva con el Guarnerius del Gesù «ex William Kroll» de 1738 (préstamo de un mecenas anónimo con la ayuda de J&A Beares) nos dejaría el Concierto para violín nº 1 en re mayor, op. 19 de Sergei Prokofiev (1891-1953) compuesto en el convulso año 1917 que más de cien años después  sigue siendo difícil de digerir. Sería el gran David Oistrakh quien lo definiría como «un paisaje inundado por la luz de sol» pero no es de los más agradecidos para el lucimiento del violín a pesar de su belleza, además «invirtiendo» la forma clásica al colocar el movimiento rápido enmarcado entre dos lentos (I. Andantino
II. Scherzo: Vivacissimo
III. Moderato
). Baeva lo interpretó y sintió como parte de su propia historia, sonoridad suficiente y fraseos muy interiorizados con profundidad expositiva llevando el peso del desarrollo musical en buen entendimiento con una Rakitina que concertó y exprimió cada detalle de este concierto de Prokofiev. Aires románticos en los inicios del siglo XX donde no faltará el elemento grotesco tan propio del compositor contrapuesto al lirismo de la solista, con una orquestación de aires impresionistas. La OSPA volvió a sacar «músculo» desde una cuerda compacta, comandada de nuevo por Aitor Hevia como concertino invitado, junto a madera y arpa brillantes en sus intervenciones. El scherzo central resultó lo más vistoso del concierto por ese sello característico de Prokofiev por contrastar su música llena de sensaciones e intenciones (divertida, traviesa, malévola, ingeniosa, brillante, dolorosa y optimista) que tanto el violín como la orquesta vuelcan, con ese Moderato final de preciosismo instrumental y final tranquilo, la esperanza que nos hicieron llegar desde esta conjunción astur-soviética en tiempos de guerra.

La magia del violín sólo llegaría con el Capricho Polaco (Kaprys Polski) compuesto en 1949 por Grażyna Bacewicz (1909-1969) que Baeva presentó -en inglés- como un canto de paz acorde con la «línea argumental» de este penúltimo de abono, saboreando el sonido redondo y melódico de su Guarnieri en este virtuoso y breve capricho que nos supo a poco.

Llevo varios conciertos donde asevero que «no hay quinta mala» en cuanto a las sinfonías, y este viernes escuchamos la Sinfonía nº 5 en si mayor, op. 100. De la directora rusa, el maestro Andris Nelsons ha dicho tras tenerla de asistente en la Sinfónica de Boston que «es un placer verla dirigir: sus expresiones son poderosas, pero refinadas, y provienen de una profunda musicalidad. Una de sus mayores cualidades, entre otras, es su lado humano; su sensibilidad y su profunda comprensión psicológica de nuestro trabajo», y la OSPA respondió al buen hacer de esta quinta del ruso a cargo de una Rakitina que dejó buen sabor de boca para una sinfonía con muchas aristas en sus movimientos (I. Andante II. Allegro marcato III. Adagio IV. Allegro giocoso). Frente al «juvenil» concierto de violín, esta sinfonía compuesta en 1944 durante la evacuación del compositor durante la Segunda Guerra Mundial, estrenada el 13 de enero de 1945 en Moscú, sería el retorno tras 16 años a la forma sinfónica tradicional del ruso. Sin necesidad de descripciones pero muy personal y llena de distintos estados de ánimo, con un arranque algo inseguro pero poderoso y rítmico del Andante, una percusión verdadero motor de la formación asturiana, sin perder el equilibrio con «el Prokofiev juguetón»; el segundo «scherzo» complejo por los cambios de tímbricas siempre claras aunque a veces cuesta «sujetar los bronces», pero que el podio buscó la oscuridad escrita más que el brillo, todas las secciones bien balanceadas y una cuerda clara, con una colocación (permutando violasy cellos más el uso de tarimas y los trombones con la tuba a la derecha del escenario) que siempre ayuda a diferenciar los planos sonoros. Maderas incisivas y la percusión siempre impulsando al resto; una verdadera balada el Adagio para comprobar la cohesión orquestal exigida por la directora rusa y el final grandioso del Allegro giocoso, tras el dolor de todo el concierto llegaba la esperanza, vida y alegría que Prokofiev escribe magistralmente desde un estilo propio que se interpretó con entrega, rigor y vigor por parte de todos.

Mayo va llegando a su fin y el próximo abono, penúltimo de la temporada, será el próximo viernes 2 de junio con otra mujer en el podio, Ruth Reinhardt, y el pianista italiano Alessio Bax con el tercero de Rachmaninov, Bartok y el Nocturno Sinfónico de Marcos Fernández Barrero que espero atraiga al auditorio el público que este concierto se merece.

La cercana lejanía argentina

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«Argentina Songs». Soledad Cardoso (soprano), Quimey Urquiaga (piano). Ibs classical. ISBN: 8 436597 700405.

Una verdadera «Gala de la canción de cámara argentina» grabada en el granadino Auditorio Manuel de Falla los días 7 al 9 de agosto de 2021, con una excelente toma de sonido de Cheluis Salmerón y la producción de Paco Moya para este sello español que literalmente nos transporta a ese auditorio con tan buenos recuerdos, disco que se publicó el pasado año con dos intérpretes de esa querida tierra hermana: la soprano Soledad Cardoso (Santa Fé, 1975) y la pianista Quimey Urquiaga (Bahía Blanca, La Plata, 1989), que reúnen música y literatura de cinco compositores con obras vocales donde los versos elegidos ya son de por sí maravillosos.

En la llamada «Canción de concierto», la música eleva la literatura a un plano superior, y desde esta misma visión también se comparte el protagonismo entre voz y piano. Si además quienes interpretan estas veintisiete canciones las llevan en sus genes con todo el acento de su tierra, unido a una larga trayectoria profesional, estamos ante un amplísimo repertorio «nuevo» para muchos, entre los que me incluyo, abarcando desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década de los años 60 del siglo pasado, cien años de obras variadas, unas nacidas en torno al Centenario de la Revolución de Mayo junto a otras con la herencia del rico folclore sudamericano que directa o indirectamente subyace en todas y cada una de ellas, pues los músicos llenan sus alforjas de lo cercano que engrandecen al llevarlo a las salas de concierto. Así es el ambiente y emoción que respira este disco.

Comienza sonando el compositor más conocido a este lado del Atlántico, el santafesino Carlos Guastavino (1912-2000) con cuatro canciones de la primera parte de la década de 1940, tres de ellas con textos de la chilena y Premio Nobel de Literatura en 1945 Gabriela Mistral no tan conocidas como otras más popularizadas, pero igual de universales: El vaso, Riqueza y Piececitos poseen la sensibilidad propia de cada poema y la riqueza melódica con que las dota el compositor, uniendo fronteras sudamericanas desde una visión social con los poemas elegidos. La soprano afincada en Barcelona Soledad Cardoso les imprime toda la emoción que con el piano de Quimey Urquiaga en perfecta sintonía nos amplía a los melómanos estas maravillosas canciones con la hondura poética de la escritora chilena, registros graves muy redondos, medios equilibrados y agudos timbrados.

Otro tanto sucede con las siguientes, maravilloso reflejo del auge que en los años 60 alcanzaría este folclore a nivel mundial con distintos solistas y agrupaciones, que Guastavino destila para la voz con el piano, siempre exigente porque comparte el protagonismo en un tándem inseparable. Anhelo (texto de Domingo Zerpa), reposado, respirado, el piano siempre acertado, las Noches de Santa Fé (poesía de Isaac «Guiche» Aizenberg), verdadera delicia de canto a la tierra natal, donde la emoción se hace música en la voz de la soprano argentina con el impecable piano de su compatriota en rítmica conjunción santafesina, y después Mi viña de Chapanay (letra de León Bernarós), que mantienen los ritmos cercanos para muchos, como la cueca de Cuyo en la Mendoza tierra vinícola. La métrica tan rica de los textos que la música realza aún más, la sencillez formal con la carga emocional de Guastavino tanto para la voz, limpia en todo el registro, como para el piano rico en el acompañamiento. Geografía de sentimientos poéticos con los que la música interpretada por estas dos mujeres ahonda en cada estrofa, cadencia de esa lejana y tan cercana tierra.

Desde aquí, todo un descubrimiento de música argentina con distintos compositores. Primero Gilardo Gilardi (San Fernando, 25 mayo de 1889 – Buenos Aires, 16 enero 1963), enmarcado en la llamada «Generación del 80», que escribe su ciclo Trece canciones argentinas sobre textos de Leopoldo Lugones, los cortes 7 al 19 donde cada título ya indica la intención de esa feliz unión literaria y protagonismo compartido entre voz y piano, el «lied argentino» sin complejos, rebosante del sabor desde la tierra hermana. Quiero destacar el interesante el libreto con todas las letras, también traducidas al inglés, con la introducción de la profesora de la Universidad de Buenos Aires Silvina Luz Mansilla, poniéndonos al día con estos artistas que deberíamos conocer un poco a este lado del Atlántico, más siendo la música el mejor medio para ello. De Leopoldo Lugones escribe la docente que fue protagonista de la llamada época de «fervor patriótico por las conmemoraciones de la década de 1910», y los trece poemas proceden de su Romancero (1924). De nuevo los ritmos del altiplano, de Chile a Perú o Bolivia, que mi generación descubriese con los «míticos» Calchakis, Cafrune, Yupanqui, Quilapayún o Chalchaleros, junto a tantos emigrados a Europa (recuerdo igualmente a Inti-Illimani o Claudina y Alberto Gambino entre muchos más) durante aquellos duros años de dictaduras, con paradas en la Madre Patria estrenando democracia o en el París que siempre les acogió con los brazos abiertos. Vidalitas, zambas, chacareras… Gilardi y Lugones nos cuenta la profesora Mansilla que compartieron amistad, aficiones y paseos por el Botánico de la capital porteña. También la propia rítmica que las poesías contienen, Trece lieder estrenados a fines de los años 20 e inicios de los 30 (el quinto y el último) aunque todo el conjunto no se publicaría hasta finales de los 60, qe parece fue la causa de su escasa difusión, y que el dúo Cardoso-Quimey está llevando en sus conciertos. Agradecerles a ambas esta parte de recuperación del ciclo al completo, con títulos tan sugerentes y evocadores («Lied de…») como hermosos al interpretarse: I. Del pájaro y la muerte, piano como lienzo donde plasmar ese pájaro de la soprano; II. De la estrella marina, el Atlántico reposado a dúo; III. Del tesoro escondido y escucharlo para descubrirlo en un diálogo tan bien escrito como interpretado, pleno de ritmo y potencia; IV. Del amor verdadero, lirismo y delicadeza; V. De los ojos amados, remanso en cada frase, tesituras delicadas, dulce enamoramiento musical; X; VI. De las manos amigas al piano delicado vistiendo con perlas un canto que la soprano delinea con agudos limpios como la propia escritura; VII. Del viento y de la fuente, otro remanso para degustar el paralelismo entre voz y piano, fuente y viento cristalinos; VIII. De la boca florida, un ramillete grácil a dúo de reminiscencias goyescas emigradas a la tierra de los gauchos; IX. De la gracia triunfante que derrochan las intérpretes en este noveno «lied»; X. De la ciencia de amar y del buen hacer musical; XI. Del misterio gentil desvelado  musicalmente tras una chopiniana introducción que con ritmo contagioso canta la soprano ya con el aire propio; XII. De la eterna ventura que supone esta penúltima canción del ciclo, y XIII. Del secreto dichoso convertido en música, pausada y sentida por este dúo. Hermoso color vocal de Soledad Cardoso con esa entonación suya de fraseos que realzan cada poema cantando música de su tierra con el piano compatriota y cómplice.

Del mismo Gilardi dos canciones más: la Danza irregular de la famosa Alfonsina Storni, la poetisa fallecida trágicamente en 1938 (cuyo final nos lo describió en 1969 el porteño Félix Luna y musicó a ritmo de zamba otro santafesino, Ariel Ramírez, cantándolo como nadie «La Negra» tucumana), más la Canción de cuna india, una vidala del noroeste argentino con letra de Ana Serrano Redonnet para reponerse del impulso previo, adormecer el ánimo manteniendo el espíritu intimista de este hermoso «arrorró».

Si el disco respira Santa Fé por todas partes, algo que se palpa en cada canción, estas últimas completan este acercamiento al recuperado maestro de San Fernando (provincia de Buenos Aires), que curiosamente firmaba sus partituras con RIP (no sólo que descansaran en paz sino su lema: Resistir, Insistir, Persistir).

El disco prosigue con la compositora Lía Cimaglia Espinosa (Buenos Aires, 30 de agosto 1906 – 1 de noviembre 1998), destacada pianista de quien Arthur Rubinstein dijo una vez que «(…) posee un verdadero temperamento de artista y de pianista; es decir, tiene el fuego sagrado que comunica al auditorio todas sus emociones musicales». Así se refleja en el acompañamiento de las dos composiciones: Balada (con texto de Susana Calandrelli), melodía vocal de largos fraseos bien resueltos y ese ropaje pianístico; después el Botoncito, poema infantil de Gabriela Mistral, un referente para los niños sudamericanos, de los hijos de tantos emigrados como las propias intérpretes, y como alguien escribió, «sólo apta para corazones sensibles». Soledad y Quimey nos acunan y llevan a la infancia con esta nana universal sintiendo y cantando a su tierra desde Cataluña, feliz punto de encuentro de estas dos artistas que parecían predestinadas para hacernos llegar estas melodías de su tierra.

Otros dos «descubrimientos» para quien suscribe: Emilio Antonio Dublanc (La Plata, 1911 – Buenos Aires, 1990), de la llamada «Generación del 39 en Argentina», con Tres canciones de Soledad (y textos de la gualeguaychuense Hortensia Margarita Raffo publicadas en 1950: Por eso, Mi sueño y ¿Por qué?,  dedicadas a Brígida de López Buchardo, breves y profundas tanto en el canto como en un piano de graves rotundos con la última dejándonos un interrogante abierto que sólo se responde musicalmente.

Y por último el turinés, emigrado como tantos italianos a Argentina, Arturo Luzzatti (1875-1959), que trabajase en el Conservatorio Nacional y dirigiría la orquesta del Teatro Colón -que compuso el famoso «Himno a San Martín«-, cerrando el disco con Coplas (Rafael Jijena Sánchez), aires de Tucumán con paisajes de Catamarca en un compositor que bebió el folklore cual mate musical y el dúo Cardoso-Urquiaga nos dejan todo el sabor de su tierra en ese final por todo lo alto.

Mi gratitud por este documento sonoro que disfrutaré largamente, a ser posible en esa cercana lejanía argentina.

Ya han pasado 32 años

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Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 11 «El pasado recobrado»: OSPA, Lorenza Borrani (violín y directora). Obras de Mozart, Schnittke, Petrucci y Schubert.

Un 12 de mayo de 1991 asistía al primer concierto de la OSPA, heredera de la OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias) y de la anteriormente denominada Orquesta de Cámara de Asturias, «Muñiz Toca», todas por mí disfrutadas, una formación inicialmente camerística y académica (ligada al entonces Conservatorio Provincial de Música y a la Diputación y Fundación Pública «Centro Provincial de Bellas Artes»), que iría creciendo hasta convertirse en la actual orquesta de todos los asturianos en plena madurez. Con un programa titulado El pasado recobrado bien podría servir igualmente para esta onomástica, aunque faltó pedir de regalo que se cubra la plaza de concertino, pues este viernes con escaso público (que sigue preocupando dado que la orquesta y las obras bien merecían más aforo), quedó aún más patente la necesidad de ese puesto tan importante si bien la maestra florentina Lorenza Borrani (1983) hizo un buen doblete.

Y es que la violinista Lorenza Borrani haría las veces de solista en el primer concierto de Mozart y ya desde el puesto de concertino, con María Ovín de ayudante, dirigiría el resto del concierto, labor difícil que se logra primero por la elección de unas obras con una orquesta camerística de poco viento (aumentando según el programa que también llevará a Bilbao) y sin percusión, sumando el conocimiento tanto mozartiano como de «la quinta» de Schubert (siempre escribo que no hay quinta mala) por parte de todos, pero pienso que especialmente el trabajo previo -como buena intérprete de música de cámara- en las «nuevas» de Schnittke o Petrucci (con arreglo de Maderna) donde la maestra italiana Borrani hizo sonar casi como quinteto a una orquesta que creció en plantilla mínimamente a lo largo del programa, siempre con la colocación vienesa que favorece esa sonoridad camerística de empaste y escucha común. Un concierto para disfrutar de la cohesión y empaste instrumental, la alegría de los clásicos y la apuesta por recobrar músicas del pasado con la visión actual que ayudan y enriquecen tanto la interpretación como la escucha, siempre con las martirizadoras toses en el momento más inoportuno.

El Concierto nº 1 para violín en si bemol mayor, K. 207 (1773) de W. A. Mozart (1756-1791) lo escribe el genio de Salzburgo cuando era concertino en su ciudad natal. Tes movimientos (Allegro moderato – Adagio – Presto) en los que Borrani no sólo se lució como solista de sonido preciosista, claro y bien balanceado con la orquesta, sino que dejó a las secciones disfrutarlo con ella, optando por tempi bien llevados y sin precipitación. Las trompas y oboes a dos (hoy un inmenso Juan P. Romero de principal) subrayaron la calidad de una cuerda limpia y precisa en el Presto final. Interesantes las cadencias de la italiana (de las obras de Mozart Artur Schnabel decía que «son demasiado fáciles para los niños y demasiado difíciles para los artistas»), especialmente en el bello Adagio central, con el siempre complicado control al ejercer el doble papel de solista y directora para un concierto refrescante, ideal para abrir oído y cohesionar la sonoridad de las melodías siempre «pegadizas» del irrepetible niño prodigio.

Otro «pasado recobrado» llegaría con el ruso Alfred Schnittke (1934-1998) y su Suite en estilo antiguo (1972) en arreglo camerístico de V. Spivakov & V. Milman (1987), incorporándose algo más de cuerda -excepto los dos contrabajos- junto al clave de Sergey Bezrodny. Cinco danzas originales para violín y piano (I. Pastoral; II. Ballet; III. Minueto; IV. Fuga; V. Pantomima), en principio música de cine y homenaje al barroco como bien explica la doctora Gloria Araceli Rodríguez-Lorenzo en sus notas al programa «Más de cien cantos», y que el fundador de Los Virtuosos de Moscú grabó con ellos también en 1991 con el preciosismo de la cuerda y una OSPA capitaneada por la italiana que sonó cercana y compacta, sin olvidar los guiños del compositor para recobrar esos «aires antiguos» y hacerlos nuevos con la misma esencia. Merecido protagonismo del oboe, tanto marcando las entradas como con su sonido plenamente «pastoril», las contestaciones afinadas y muy controladas de las dos trompas bien empastadas con la disposición de «conjunto vienés», dotando de una tímbrica muy equilibrada para esta suite, especialmente en la Fuga o la impactante y punzante Pantomima final, paladeando cada sección de la cuerda y el clave para una interpretación de «Los Virtuosos Asturianos».

En las notas al programa se describe: «Odhecaton (del griego ‘odè’: canto y ‘ècaton’: cien), el nombre del primer libro de música impreso con fines comerciales en Venecia en 1501 por Ottaviano Petrucci, una revolución en la difusión de la música que internacionalizó el estilo franco-flamenco con casi cien canciones polifónicas profanas a tres o cuatro partes de Ockeghem, des Prez, Busnois, Agricola y Obrecht. Este repertorio se convirtió en modelo ‘clásico’ de inspiración para compositores posteriores, que vuelven su mirada a más de cien cantos del pasado». Con ese mismo título de Odehacaton: «suite», el italiano Bruno Maderna (1920-1973) arregla para cuerda y solistas de viento (hoy fagot) trece de ellos rescatados de archivos y bibliotecas, en dos suites que para este concierto sonaron cuatro de esos cantos en distinto orden, para hacerlos cercanos a la par que contemporáneos: I. Obrecht «Rom Peltier», II. Okenghen «Malor me bat», III. Compère «Allins ferons la barbe» y IV. Josquin «Adieu mes amours» donde el lirismo del fagot de Mascarell cantó además de brillar con luz propia y única mientras la cuerda con Borrani al mando revistió de moderna esta música flamenca revisitada. Originalmente escritas con finalidad didáctica para los estudiantes del Conservatorio Benedetto Marcello de Venecia, probablemente en 1950 como parte de los conciertos de fin de curso, este enfoque pedagógico de Maderna vino cual reciclaje para los profesores asturianos con la «coach» italiana de concertino, pues el diálogo entre todos permitió «hacer grupo», equipo, escucharse, sentirse todos protagonistas y volver a disfrutar tanto de esta música siempre bella como de una interpretación global que resultó el mejor entrenamiento («training» suena más actual) para la sinfonía que cerraría este undécimo de abono.

Franz Schubert (1797-1828) es el romántico por excelencia y de su obra no hay suficientes calificativos para una vida tristemente corta. De su corpus sinfónico las primeras sinfonías aún siguen las pautas clásicas de Haydn y Mozart, para ir admirando a Beethoven y abrir paso al llamado «Romanticismo temprano». Al igual que su adorado amigo alemán en la Viena de principios del XIX, la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816) suma mi dicho de que «no hay quinta mala» pese a no editarse en vida del malogrado compositor vienés, pero el tiempo la ha convertido en una de las más populares . Los músicos de la OSPA la tiene en el cajón para seguir «recobrando el pasado» a lo largo de estos sus primeros 32 años. Con Borrani de concertino nos dejaron una versión brillante, elegante y vital, con tempi bien ajustados en sus cuatro movimientos (Allegro – Andante con moto – Menuetto: Allegro molto – Allegro vivace), ágiles y muy matizados, perfecto ensamblaje de cuerda y viento nuevamente agradecidos por la disposición clásica que favorece y equilibra la escucha sinfónica. Conocedores todos de lo escrito y cómo hacerlo sonar, el arco y gestualidad de la directora florentina fue más que suficiente para esta quinta luminosa que nos dejó tan buen sabor de boca y donde el pasado siempre está presente dando esperanzas para el futuro.

Qué corra la voz porque se necesita más público en el auditorio, y la ilusión por lo bien hecho habrá que contagiarla o darle más publicidad. «La Viena española» se lo merece, este viernes sólo faltó el Cumpleaños feliz.

Emociones con Gabriela Montero desde Amsterdam

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El canal musical «Mezzo» que cumple 25 años, ha retransmitido este sábado 29 de abril a las 20:30 la grabación en vivo de un concierto en la capital holandesa muy emotivo por la participación de mi querida venezolana Gabriela Montero con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam bajo la dirección de la lituana Mirga Gražinytė-Tyla, celebrado el pasado día 21, con una toma de sonido y realización perfecta como es de esperar en este canal de pago especializado en «música seria».

La famosa sala de conciertos de la capital holandesa acogía un programa de lo más atractivo que abría la obra De Profundis de Raminta Šerkšnytė (Kaunas, 1975), un canto sinfónico sin palabras donde la cuerda de la Royal Concertgebouw de Amsterdam, casi como un coro instrumental, sonó como lo que es: una de las mejores del momento, labrada a lo largo de años. Si además está al frente Mirga Gražinytė-Tyla (titular desde febrero de 2016 en la City of Birmingham Symphony Orchestra relevando nada menos que a los Rattle, Oramo o Nelsons) nada puede salir mal. La directora lituana tiene un gesto claro y amplio, precisión milimétrica y una carga sentimental que transmite en cada compás. Maravilloso sonido de la cuerda de estos holandeses universales y hermosa partitura la de su compatriota, escritura actual evocadora de los grandes coros bálticos no exenta de espiritualidad y poesía, impactantemente melancólica y evocadora como así la entendió la maestra Mirga de apellido «impronunciable», muy aplaudida junto a la compositora, presente en la sala. A propósito, me encantan las escaleras por la que se accede al escenario y el público también presente en la zona trasera.

Mi admiración por la pianista venezolana viene de lejos y sus directos (atesoro muchos) nunca dejan indiferente a nadie, pues puedes escucharlos dos días seguidos resultando totalmente distintos. El Concierto  n° 1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) se lo escuché en Málaga hace siete años y está entre los grandes de su repertorio.

Gabriela Montero ha ido ganando poso interpretativo y manteniendo su entrega pasional en cada obra, la perspectiva vital ya madura que en este concierto volvió a dejarnos. Impresionado por su fuerza y perfecto entendimiento con la joven Mirga dirigiendo la Royal Concertgebouw Orchestra de Amsterdam. La realización nos permitió captar cada detalle, las esperas, la concentración, los fraseos, la digitación, la escucha de todos, y cuando una orquesta suena como la holandesa (ahora Países Bajos), es lógico que el piano solista brille aún más.

El Allegro non troppo e molto maestoso arrancó brillante en tempi y fuerza por parte de todos, ganando en intensidad no solo dinámica sino emocional, verdaderamente majestuoso, de sonido contundente en toda la gama tanto solista como orquesta, arpegios perlados, contestaciones impecables y la directora lituana transmitiendo el lirismo de esta joya.

Contrastes excelsos desde la densidad a la calma, el rubato que Montero entiende a la perfección y Gražinytė-Tyla devolvió a una orquesta en estado de gracia. Octavas vertiginosas al piano, pizzicatti y maderas contestando para preparar la primera cadencia «marca de la casa» con esos diálogos casi sinfónicos que escribió el ruso.

Tras la tempestad llega la calma del Andantino semplice, solo simple el calificativo y compleja escritura que presentó una flauta ideal con esa textura única y la escritura de staccatti virtuosos de la venezolana que en televisión aún resultan más mágicos por su ligereza. De nuevo la complicidad entre podio, orquesta y solista con una realización y toma de sonido adecuadas nos permitieron paladear todo el movimiento central.

Quedaba el Allegro con fuoco, toda una fantasía de colores imaginada en un ballet ruso donde los dedos sobre el piano danzaban vertiginosamente y la batuta de la lituana ejecutaba con la respuesta orquestal perfecta en cada atril, encajando todo. Misma entrega global, mismo sentido interpretativo en un virtuosismo maduro donde la música es protagonista total y Gabriela Montero volcó su magia, potencia y lirismo que emocionan como siempre aunque sea desde la distancia.

En los conciertos de la venezolana afincada en Barcelona, aunque su agenda le deje «poco Mediterráneo», no pueden faltar sus improvisaciones, casi tan esperadas como el concierto de solista, y en la capital de los Países Bajos le cantaron una melodía que transformó en una página bachiana como si «Mein Gott» la poseyese para convertir lo popular en clásico desde el paraíso de las 88 teclas. Bravo por Gabriela.

El concierto de Gražinytė-Tyla con la Royal Concertgebouw Orchestra lo cerraría el compositor polaco Mieczyslaw Weinberg ó Wajnberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) felizmente recuperado en nuestro tiempo, y de su amplísimo catálogo con 22 sinfonías, la nº 3 en si menor, op. 45 (1949, re. 1959) está grabándose y sonando con cierta frecuencia. Estrenada el 23 de marzo de 1960 tras una amplia revisión tras múltiples circunstancias de todo tipo en Moscú por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por Alexander Gauk.

La interpretación televisada nos deja un registro muy interesante por la visión de la lituana y la orquesta ideal para esta sinfonía. Un Allegro optimista donde lucirse maderas y metales, el furor del maestro Shostakovich contrastado por lo bucólico del final. Muy rítimico el Allegro giocoso sin apenas respiro hasta la coda. El Adagio del tercer movimiento nos devolvió la cuerda sedosa de los holandeses y el fraseo claro de la lituana, melancolía hasta el clímax para devolvernos la esperada calma antes del último Allegro vivace donde gozar de las trompetas y la percusión, toma de sonido perfecta en esta transmisión en alta definición, y un vals que la batuta de Gražinytė-Tyla pareció bailar hasta ese brillante final del compositor «ruso», con mucha música aún por escuchar que la lituana está defendiendo y difundiendo, esperando sea con la calidad de esta tercera nórdica a más no poder.

Una genial tarde de sábado en casa pero disfrutando con estas músicas como si estuviese «in situ», más estando con mi querida Gabriela al piano.

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