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De la noche al día

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Domingo 7 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla / Música de cámara | Festival Joven: Liber-Quartet. Obras de Bartók y Stravinsky. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

 

Me confieso muy refranero y a menudo utilizo expresiones populares, así que titular esta entrada para la sesión matutina de mi vigésimo segundo día de Festival De la noche al día no se refiere a la que dice ‘La noche para pensar y el día para obrar‘ ni tampoco que ‘De noche todos los gatos son pardos‘ (pues en La Alhambra los hay variados), sino a la frase hecha para expresar lo diametralmente opuesto más el propio lapso por el contraste vivido ayer de La Consagración de Dutoit con los suizos ayer y esta matinal del Liber-Quartet.

Liber-Quartet son:

Carlos Apellániz, piano – Alberto Rosado, piano – Javier Eguillor, timbales – Raúl Benavent, percusión

En la Web de este evento nos lo describe muy bien titulando «El corazón de la música»:

«Si el latido del corazón marca la vida, el pulso de los hombres, el ritmo es el latido de la música, y la percusión su forma de expresión más natural. A ahondar en ese latido lleva más de una década dedicado el conjunto Liber-Quartet, que forman dos pianistas y dos percusionistas bien conocidos de la música valenciana. Conviene recordar que el piano es en realidad otro instrumento de percusión, así que como cuarteto de percusión se presentan en Granada para un programa formidable: la Sonata que Bartók escribió en los últimos años de su vida puede casi considerarse un cuarteto en la línea de los que dedicó a la cuerda, ciclo esencial del género. Después, el Liber aporta repertorio, al ampliar la versión que el propio Stravinsky hizo para dos pianos de su Consagración de la primavera, obra clave en la modernidad musical del pasado siglo».

Los cuatro músicos valencianos, cada uno de ellos unos solistas increíbles, afrontaron este programa doble de forma espectacular pues también verles en acción es todo un espectáculo, con dos pianos verdaderamente sinfónicos junto a dos percusionistas que dominan sus sets con precisión, gusto y llevando el peso rítmico aunque en este cuarteto » funcionan como verdadera unidad digna de los de cuerda.

Las notas al programa del gran Martín Llade, Renacer y rito, desmenuza las dos obras que fueron impresionantes por todo: entendimiento, entrega, vitalidad, dominio… más la acústica del auditorio granadino que es especial, con una buenísima entrada donde alegra ver a público joven además de los incondicionales, de nuevo como si fuesen escritas tras el concierto, pues podría decir que se ciñen «al pie de la letra»:

«Se ha dicho del compositor húngaro Béla Bartók, especialmente a partir de sus conciertos para piano, que empleaba el piano como si de un instrumento de percusión se tratara. Pues, bien la idea de confrontar el teclado con la percusión le preocupaba de manera especial, pues para él, el primero no compensaba del todo la «hiriente» sonoridad de la segunda. Pero halló un modo de encontrar una suerte de equilibro entre ambas mediante la introducción de un segundo piano. Un encargo de la Sociedad Internacional para la Nueva Música de Basilea con motivo de sus diez años de existencia le dio pie a la escritura de la Sonata para dos pianos y percusión.

Bartók, que se mostró detallista hasta el extremo en las indicaciones en la partitura para los percusionistas (por ejemplo, en el empleo de baquetas duras o blandas), decidió utilizar los timbales, el bombo, las cajas, los platillos, el tam-tam, el triángulo y el xilófono. La sonata fue estrenada en Basilea en 1938, y en 1940, Bartók la adaptaría como Concierto para dos pianos, percusión y orquesta, interesante, aunque algo menos audaz, al disponer de unos recursos que la forma camerística revelaba como innecesarios.

El extenso movimiento introductorio arranca con una sección lenta, concebida para mostrar el potencial percutivo de los pianos, a la que le sucede un explosivo Allegro molto, estructurado en forma sonata. El segundo movimiento es un magnífico ejemplo de la denominada “música nocturna” tan cerca a su autor, y en él solicita que los platillos estén suspendidos. La obra concluye con un gozoso Allegro non troppo a mayor gloria del xilófono, y la partitura se desvanece con serenidad, con los ecos de la caja y los platillos suspendidos en el aire, en un “diminuendo” resultante de que estos últimos se rocen, en lugar de chocarse».

Los Liber mostraron y demostraron la grandeza de esta sonata que resultó casi un concierto sinfónico «reducido» a sus cuatro músicos, pero engrandecido por la riqueza tímbrica de los dos pianos (inmensos) y una percusión más allá de mebranófonos o idiófonos variados (cómo suena ese xilófono), pues el empaste y afinación de todos hacían de este Bartók un monumento sonoro plenamente actual pese a estar escrito en 1937. Control absoluto de duraciones, matices, tempi y protagonismo compartido.

Prosigue Llade su disección:

«La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, para los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, se estrenó en el Teatro Chatelet de París, en 1913, entre puñetazos y aplausos de un público profundamente dividido respecto al valor de sus innovaciones. La idea era recrear un rito antiguo de los antiguos escitas, en el que se quemaba viva a una doncella para cumplir con la ceremonia indicada en el título. La presente versión del Liber-Quartet se rige estrictamente a lo plasmado por Stravinsky en partitura sinfónica (téngase en cuenta que el compositor realizó un arreglo para dos pianos, a fin de interpretarlo en los ensayos). Mientras que los pianistas Carlos Apellániz y Alberto Rosado asumen las partes interpretadas por la cuerda y los vientos, Javier Eguillor se ocupa aquí de todos los timbales (si bien en el original hay dos timbaleros, en su caso él asume ambos cometidos) y Raúl Benavent, de forma análoga, asume toda la parte de la percusión, que también es interpretada por varios percusionistas cuando se hace la partitura primigenia. De ahí que este último cuente para su interpretación con un set con distintos instrumentos, en el que llega a compaginar el bombo con el tam-tam, junto con un güiro presente en un célebre pasaje de la obra. A ello hay que sumar crótalos, panderetas, etc., hasta todos los instrumentos de percusión de la orquesta. Aunque a priori una proeza así parece imposible, Eguillor explica que estratégicamente es realizable, por ejemplo, con dos baquetas en cada mano, percutiendo a la vez en varios timbales. «Al final, concentrar en dos personas lo que es habitual ver hacer a cinco músicos le confiere una energía distinta y muy especial a la obra» precisa. Esta versión única, y completamente distinta a las reducciones que se han hecho hasta la fecha, es una primicia que se presenta en el Festival de Granada, que conserva el carácter primitivo, rítmico y brutal del ballet original, sin perder de vista que es una música concebida para ser bailada».

Si la noche anterior el poderío sinfónico de la Orchestre de la Suisse Romande con Dutoit fue  de lo mejor hasta el momento, escuchar esta transcripción de los valencianos resultó inspiradora, cercana, explosiva, matizada, con mucho peso de Apellániz y Rosado pero igual de exigente con Eguillor y Benavent. Ritmos difíciles de encajar pero con entradas perfectas, consiguiendo un colorido propio para «recrear» las secciones sinfónicas, todo un «chute de adrenalina» que nos da esperanza en estos proyectos que en los años con Antonio Moral al frente siempre han tenido su hueco en el Festival, y en este último poniendo el listón muy alto para un Paolo Pinamonti al que todos le deseamos lo mejor.

Bartók y Stravinsky fueron espectaculares, pero la «Brasileira» del Scaramouche de Darius Milhaud en esta nueva recreación por el cuarteto valenciano aún nos contagió los ritmos caribeños de este francés enamorado de Brasil, de su folklore y ritmos, música de ida y vuelta, antillana y universal, otra inyección de alegría para cerrar esta mañana espectacular con los Liber-Quartet que me «enlazaron con La Argerich palaciega, nocturna y sabatina», derroche de energía, vitalidad y plenamente entregados: de la noche mágica al día luminoso.

PROGRAMA

Béla Bartók (1881-1945):

Sonata para dos pianos y percusión, Sz. 110 (1937):

Assai lento – Allegro molto

Lento, ma non troppo

Allegro non troppo

Igor Stravinsky (1882-1971):

La consagración de la primavera (transcr. de Liber-Quartet para dos pianos y percusión)

Siempre la Granada de Lorca

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Martes 2 de julio, 20:00 horas. 73º Festival de Granada, Centro Federico García Lorca | Música de cámara / #Universo Lorca: Ana María Valderrama (violín), David Kadouch (piano). Lorca: in memoriam. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

El dúo de violín y piano formado por la madrileña Ana María Valderrama y el francés David Kadouch presentaban parte de su último disco «Lorquiana» en el mejor sitio para ello como es el Centro Federico García Lorca, una tarde que congregó a un público entregado para disfrutar de la música que siempre une a Lorca con su Granada, con Valderrama recitando el poema «Fábula y rueda de tres amigos» de Poeta en Nueva York, preámbulo de su muerte y perfecta introducción a un interesante recital.

La web de este concierto titulaba el evento como «A Lorca en un violín», primero de los recitales del «Universo Lorca», parte de un trabajo discográfico IBS Classical con obras muy vinculadas al poeta granadino, y que la doctora granadina Torres Clemente en sus notas al programa (cedidas por la Fundación Juan March) nombra como Lorca: in memoriam, de donde iré citando fragmentos, y es que Granada respira Lorca por todas partes y su muerte lo volvió en eterno: «Desde aquella funesta madrugada de agosto de 1936 en que Federico García Lorca fue asesinado, el mundo no ha cesado de llorar su pérdida. Las muestras de dolor y las condenas por su muerte han inspirado cientos de poemas que denuncian la sinrazón desde diferentes latitudes. Ahí quedan los versos de Antonio Machado («…Que fue en Granada el crimen / sabed –¡pobre Granada!–, en su Granada»), o el planto de Rafael Alberti («No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba»), como ejemplos de tantos homenajes in memoriam que, contradictoriamente, han contribuido a mantener muy vivo su recuerdo. También los músicos, tan próximos al poeta, le han dedicado infinidad de elegías, firmadas desde cualquier rincón del planeta y renovadas sistemáticamente. Tal legado evidencia un hecho: Lorca ha trascendido por su genialidad artística, desde luego, pero también como símbolo de libertad y resistencia».

El programa, como el disco, comenzaba con  la Sonata que Poulenc le dedicó (póstumamente) a Lorca en 1943. El compositor francés tuvo dificultades para rendir homenaje a García Lorca por considerar que su música no estaba a la altura del agasajado, y aunque no quedó contento con el resultado, logró honrar su memoria con esta Sonata para violín y piano, que compuso durante la Segunda Guerra Mundial en la Francia ocupada, por lo que «Escribir sobre el poeta español fusilado por los fascistas era una forma clara de expresar su oposición a los regímenes totalitarios. Implícitamente, además, los estudiosos han querido ver en esta sonata una denuncia por el clima de homofobia que sufrieron tanto Poulenc como Lorca, ambos pioneros en la asunción pública de su homosexualidad». El dúo Valderrama-Kadouch afrontaron la sonata con ímpetu, puede que el piano demasiado presente al que no hubiera venido mal bajar la tapa acústica, pero los tres movimientos (Allegro con fuoco – Intermezzo. Très lent et calme – Presto tragico) fueron «in crescendo» en entrega y pasión (incluso el público aplaudió el «fuego» del primero, quiero pensar que por la emoción transmitida…) en una obra ecléctica en estilos o referencias, casi un poema sinfónico donde ir escuchando una tragedia conocida pero también donde el Intermezzo está encabezado con los primeros versos de «Las seis cuerdas de la guitarra» -del Poema del cante jondo– y con guiños a Falla, Albéniz, el flamenco y hasta un canto fúnebre muy cromático, característico de la obra coral del propio Poulenc.

Ana María Valderrama haría de presentadora de la siguiente obra, el arreglo que Fritz Kreisler haría de la conocida Danza de La vida breve de Falla, obra que todo violinista suele incluir en su repertorio y que esta vez guardaba relación con esta «Lorquiana» hispano-francesa. De nuevo un piano muy fuerte pero bien encajado con un violín al que faltó presencia pero derrochó musicalidad.

Lo original de esta propuesta sería la Sonata en do mayor del venezolano radicado en París Reynaldo Hahn, más conocido por sus canciones, que escribió en 1926 esta obra en tres movimientos en cierto modo con recuerdos a la música de Fauré. Escribe la doctora Torres Clemente que «A primera vista, pudiera parecer que entre García Lorca y Reynaldo Hahn no hubo nada en común, pero lo cierto es que son muchas las circunstancias que los unen. Ambos sintieron esas vocaciones cruzadas: si el primero se declaró fiel admirador de la música, el segundo aseguró emocionarse exclusivamente en el teatro, por mediación de las palabras: «Una frase musical me encanta y me deleita, pero nunca me conmueve», escribió al pianista Édouard Rissler. Ambos compartieron también su facilidad de palabra, su simpatía personal y su espíritu centelleante, lo que hizo de ellos excelentes oradores; y ambos exteriorizaron su homosexualidad en un momento en que esta condición continuaba reprimiéndose con violencia, al tiempo que se intentaba ensalzar con dignidad (…). Su lenguaje lírico mantiene anclajes con el Romanticismo, y en particular con la conocida sonata de César Franck; pero el elogio al motor de un automóvil que plantea en el movimiento central de la obra –subtitulado «12 CV; 8 cilindros; 5.000 revoluciones»– lo conecta con las vanguardias, que vieron en la máquina una metáfora de la modernización». Presentada por David Kadouch quien incluso describió cada movimiento, donde el motor Veloce levantó aplausos al finalizar, e incluso comparar el último Modéré, très a l’aise au gré l’interprète con un soñado encuentro entre Mozart y Edith Piaf que supone una visión personal de esta sonata muy efectista para los dos intérpretes.

Personalmente lo que me encantó fue el final con una selección de las Canciones populares españolas  recogidas y armonizadas por el propio García Lorca en una excelente transcripción para este dúo a cargo de Alberto Martín (1980), encargo de los propios intérpretes, que está en el disco aunque el directo siempre es único. Con unos interludios bellísimos, un piano actual rítmico, de armonías contemporáneas con todo el respeto y reconocimiento de esas canciones, que algunos tarareaban por lo bajo, sería el violín la voz cantante igualmente rica en la técnica, la expresividad y notándose que trabajar para grabarlo supone un plus de entendimiento y maduración de un proyecto que en la Granada de Lorca tenía el mejor escenario (mi admiración por el guitarrista, compositor y arreglista, presente en la sala). Para quienes pueden escuchar el disco disfrutarán como yo de estas seis canciones, de las que difícil elegir pero una sentida Nana de Sevilla, el impactante Zorongo, o Los cuatro muleros muy actuales en el lenguaje de Martín que levantaron al público del «Centro Lorca» incorporándose al final un cajón que fusiona con el flamenco lo popular y lo «clásico» en una visión de nuestros días.

La propina, también incluida en el disco, Verlaine último de los «Tres retratos» que la argentina Alicia Terzian (Córdoba -Argentina- 1934) escribió en su «Libro de Canciones de Lorca». Si el francés no necesita palabras, Lorca las inspira y el dúo Valderrama-Kadouch las destiló de nuevo al pentagrama en esta presentación de su reciente trabajo discográfico.

PROGRAMA

Francis Poulenc (1899-1963):

Sonata para violín y piano, FP 119 (Dedicada a Lorca. 1943, rev. 1949):

Allegro con fuoco – Intermezzo. Très lent et calme – Presto tragico

Manuel de Falla (1876-1946) / Fritz Kreisler (1875-1962):

Danza española nº 1, de La vida breve (arreglo para violín y piano de Fritz Kreisler, 1926)

Reynaldo Hahn (1874-1947):

Sonata para violín y piano en do mayor (1926):

Sans lenteur, tendrement – Veloce – Modéré, très a l’aise au gré l’interprète

Federico García Lorca (1898-1936) / Alberto Martín (1980):

Selección de canciones (arreglo para violín y piano, 2022):

Nana de Sevilla

Los reyes de la baraja

Zorongo

Las tres hojas

Las morillas de Jaén

Los cuatro muleros

Destino Schubert

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Sábado 29 de junio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Crucero del Hospital Real / Música de cámara | Schubert esencial: Quartet Gerhard. Obras de Sánchez-Verdú, Ros-Marbá y Schubert. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Llego a mi decimocuarto día de festival con sesión doble, y la matutina me ofreció un viaje en el tiempo, tanto metereológico como cronológico, que intentaré «metaforizar» sin profundizar mucho, aunque siempre use las notas al programa, en esta ocasión de Stefanno Russomanno, para intentar ahondar un poco más sobre lo escuchado en la interpretación del Quartett Gerhard, especialmente en el inicio Sanchezverduniano que siempre se agradecen, un cuarteto catalán que honra el nombre de un exiliado poco reconocido aún como fue su paisano el tarraconense Robert Gerhard.

Como cuatro estaciones granadinas, empezaba una mañana de Primavera para el Verano creativo de Sánchez-Verdú, el Otoño («Tardoral») de Ros-Marbà y el Invierno (casi infierno) de Schubert, un árbol joven pero fornido de buena madera (el cuarteto), donde el reloj correría hacia atrás: las hojas que se posaban en las ramas dando ya el fruto cual vendimia de notas para quedarse desnudo en el frío austriaco antes de volver al ciclo anual, vital, como rebobinando una cinta magnética hasta repetir estas estaciones musicales en el orden correcto (o no).

Un viaje de Algeciras a Barcelona antes de llegar a Viena, eje central de la septuagésimo tercera edición del Festival, Punto de partida con José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968) y un nuevo cuarteto en esta edición, de ingredientes ya conocidos que además mi «paladar auditivo» no distingue pese al intento por comprender las notas que se titulan Procesos de la memoria: «El séptimo cuarteto de cuerda de José María Sánchez-Verdú, Arquitecturas de la memoria (2004), gira en torno a la escritura entendida como olvido y memoria: aquí, «el centro de atención es el recuerdo, el desarrollo de formas adscritas a la memoria y a procesos o estructuras escriturales, entre ellas la caligrafía. El arte de la escritura juega con las formas, con la geometría, los espejos, los ritmos y la memoria». Varios fragmentos de textos de San Agustín en torno a la memoria (pertenecientes a sus Confesiones) recorren la partitura. Tal como sugiere el propio autor, el cuarteto puede interpretarse también ad libitum con un recitador o incluso con proyección de textos, a modo de una dramaturgia o una escenografía en su interpretación», una escritura que también podría ser de San Juan de la Cruz o Murakami, recuerdos muy personales donde el cuarteto catalán leyó e interpretó esta escritura llena de tímbricas ya reconocibles del gaditano y que incluso encontré una rítmica subyacente hacia el final de esta «nueva arquitectura» sin recitador en su verano compositivo que va acercándose ya al maduro otoño, quien saldría a felicitar al cuarteto y saludar a un público algo sorprendido tras la escucha «arquitectónica».

El viaje y paisaje hasta Barcelona iría bordeando todo el litoral aunque de hacerlo en avión sobrevolaríamos la capital del reino. El rico otoño del músico Antoni Ros-Marbà (L’Hospitalet de Llobregat, 1937), presente en la sala y en buena forma, de reconocida trayectoria como director y menos conocido de compositor, en este Quartet Tardoral (2021-2022) nos regaló una cosecha con mucha más madera, modernidad clásica y vigencia, como los buenos vinos actuales, añada «de autor» según los enólogos, hoy transmutados en críticos musicales. Estructurado en cuatro movimientos «(…) sin solución de continuidad sigue los principios de la forma cíclica. El Allegro moderato inicial tiene una estructura de forma sonata libre en la que «los elementos se reencuentran y se desarrollan ellos mismos». En el segundo movimiento (Moderato assai), «la evolución temática constituye la propia forma que se reencuentra ella misma a partir de su inicio». El tercer movimiento (Molto allegro) desempeña el papel de scherzo tradicional y enlaza directamente con el Molto moderato conclusivo, en cuya parte final «aparecen ráfagas de los movimientos anteriores como despedida… La coda entra en un clima tardoral (es decir, otoñal)». Y «El Gerhard» como verdadero sumillier sacaría a relucir aromas, perfumes, evocaciones de ese Mare Nostrum inspirador, un empaste del cuarteto siempre equilibrado «en oido» (pese a mi posición lateral), técnicamente perfecto para calificar tanto la obra como la interpretación de redonda en este punto del camino.

Tras el descanso y un transbordo personal (de posición en el crucero), llegaría la última etapa hasta la Viena imperial, las hojas posadas en la ramas y el retorno al tronco de este «viaje de invierno» en cierto modo mneomico (relativo a la memoria) como utiliza Russomanno en sus notas para el Schubert esencial que estamos disfrutando, recordando y comprendiendo aún más en estos días. El Schubert maduro de su último Cuarteto nº 15 en sol mayor, op. 161, D887 lleno de cambios respetando la forma «sonata» pero con señales, técnicas, expresiones y un lenguaje ya romántico en este viaje emprendido sin conocer dónde finaliza. Una evolución en 18 años del primero al último cuarteto que sorprendió entonces y ahora: «El Allegro molto moderato inicial sigue las pautas de la forma sonata bitemática. La dialéctica entre los dos temas está ahí, y sin embargo se difumina ante la proliferación de otras señales. El trémolo, por ejemplo, deja de ser un simple signo expresivo y recorre la pieza con una autonomía y una consistencia propias (un “material sonoro”, que dirían los vanguardistas) hasta convertirse en un indicador temático más de la obra; también la alternancia entre modo mayor y menor establece dentro del mismo movimiento una brecha anímica que se resuelve en constante oscilación entre empuje vitalista y fatalismo trágico (…)  sorprendente (…) la progresión de esta plantilla en el catálogo schubertiano(…) El Cuarteto D887 (…) contraste (…) chocante, y radica en el creciente proceso de “sinfonización” que experimenta el género camerístico en el último Schubert, cuya culminación llegará en 1828 con el Quinteto para cuerdas D956. Un proceso que afecta no sólo a las dimensiones y al aliento expresivo de la obra, sino a su capacidad para abarcar todas las contradicciones y diversidades, y convertirse en un espejo del mundo».

El Quartet Gerhard pudo ir «reconstruyendo» y desandando un camino para cuatro movimientos extensos donde mostrar sus mejores cualidades, dinámicas amplias, afinación, coordinación, mucho trabajo previo para sentir la necesaria unidad del protagonismo compartido, y como el compositor homenajeado en su nombre decía «Los que mantienen viva una tradición no son los que se conforman, sino los que transforman», una transformación  en hora y media de viaje sin tregua, intenso y con destino siempre en la Viena de Schubert.

PROGRAMA

-I-

José María Sánchez-Verdú (1968):

Arquitecturas de la memoria (Cuarteto de cuerda nº 7) (2004)

Antoni Ros-Marbà (1937):

Quartet Tardoral (2021-2022):

Allegro moderato – Moderato assai – Molto allegro – Molto moderato

-II-

Franz Schubert (1797-1828):

Cuarteto de cuerda nº 15 en sol mayor, D 887 (1826):

Allegro molto moderato

Andante un poco mosso

Scherzo. Allegro vivace avec Trio

Allegro assai

Quartet Gerhard:

Lluís Castán Cochs, violín – Joel Bardolet Vilaró, violín – Miquel Jordà Saún, viola – Jesús Miralles Roger, violonchelo

Granada de cine

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Jueves 27 de junio, 20:00 horas. 73º Festival de Granada. Centro Federico García Lorca |  Clásicos del Cine / Festival Joven: «Chaplin & Keaton»,
Trío Arbós & Friends (Juan Carlos Chornet, flauta – Claudia Reyes, clarinete – Luis Barbero, viola – Frano Kakarigi, contrabajo). Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

El Festival de Granada también es de cine y recuperando la proyección del cine mudo con música en directo, como bien recordó al inicio el recientemente nombrado académico de Bellas Artes Juan Carlos Garvayo, pianista del Trío Arbós, este jueves muy distinto al de hace diez días, con una sala para la ocasión sin palomitas pero con mucha risa gracias a dos genios como Chaplin y Keaton (solo faltaría Harold Lloyd) junto a la excelente banda sonora de Stephen Prutsman (Los Ángeles, 1960), un músico que se mueve entre la interpretación como pianista, el arreglo y la composición, un estilo entre el jazz y la música cinematográfica, con especial interés por ilustrar el inmenso patrimonio del cine mudo, tanto americano como europeo, y perfectamente sincronizada por los intérpretes en escena colocados al lado de la pantalla.

En la web del evento con el título de Reyes de la comedia, nos informa que el Trío Arbós lleva años «poniendo música en directo a grandes clásicos del cine mudo. Aquí se acerca a dos de los más eximios comediantes de la historia del cinematógrafo», para lo que la plantilla se extiende hasta los seis intérpretes en la segunda película.

Del genio Charles Chaplin (1889-1977) pudimos reírnos con One A.M., un corto de 1916 traducido en España como Charlot noctámbulo, aunque sería mejor «La una de la madrugada», y donde salvo la aparición fugaz del taxista (Albert Austin, guionista, director y actor), el cómico universal será el único protagonista, sin nombre (Drunker o borracho), con frac y sombrero de copa, sin el bastón (es el primer Charlot), y con las peripecias de un aristócrata que vuelve a su mansión tras una larga noche de las que muchos hemos tenido, dejando el argumento junto al programa aunque se lo pueden imaginar, y la música estuvo a cargo solamente del motrileño Juan Carlos Garvayo más la clarinetista de Armilla -pero residente en Basilea- Claudia Reyes Segovia (1994).

Música al uso con todo en su sitio sincronizado, el piano que nunca falta junto el viento completando con su timbre no ya melodías sino los efectos perfectamente encajados, donde la música de Prutsman oscila entre valses nostálgicos y baladas románticas.

Y del otro genio del mudo que fue Buster Keaton (1895-1966), veríamos el mediometraje de 1925 Seven Chances (Siete elecciones sería la traducción), una de sus más influyentes creaciones, una maravilla de efectos especiales, de realización, de caracterizaciones para un amplio reparto además de los extras, con un argumento para reírse incluso a carcajadas, y de nuevo la música de Prutsman ideal, muy trabajada y esta vez para sexteto, es decir el Trío Arbós más tres friends (sin clarinete), que dejo todos sus nombres al final de la entrada. Una música muy de la época de la película donde encontramos charlestón, ragtime o swing «emulando las imposibles piruetas, carreras y trastazos que el pobre Jimmie Shannon se ve obligado a sufrir para cumplir con el testamento de su abuelo».

La tímbrica del grupo es perfecta, con buena compenetración entre ellos donde la cuerda lleva todo el peso junto al piano pero con especial aparición de la flauta y flautín amén de los propios músicos silbando, pateando o jaleando, de nuevo con una sincronización exacta con la película.

Todo es posible en Granada, también el cine en este Festival, todo un éxito de público y aún queda otra película en un «cine de verano» muy especial que contaré, si nada lo impide, desde aquí.

PROGRAMA

One A.M. («Charlot noctámbulo», 1916, 18′), película de Charles Chaplin (1889-1977)

Música de Stephen Prutsman (1960)

Charlot llega en taxi a su casa, totalmente ebrio, después de una noche de fiesta. El corto trecho que separa el umbral de la casa de su dormitorio se convierte en una odisea. Una vez alcanzado su destino, aun tendrá que batallar con su moderna cama.

Seven Chances («Siete ocasiones», 1925, 44′), película de Buster Keaton (1895-1966)

Música de Stephen Prutsman

El agente de bolsa Jimmy Shannon está a punto de declararse en bancarrota cuando un abogado le presenta el testamento de su abuelo, que le lega siete millones de dólares. Pero para poder heredar ese dinero deberá casarse antes de las 7 de la tarde de su 27 cumpleaños… ¡Y eso es hoy!

Trío Arbós:

Juan Carlos Garvayo, piano – Ferdinando Trematore, violín – José Miguel Gómez, violonchelo

& Friends:

Claudia Reyes, clarinete

Juan Carlos Chornet, flauta –Luis Barbero, viola – Frano Kakarigi, contrabajo

Tres mundos de cámara

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Lunes 24 de junio, 22:30 horas.  73º Festival de Granada. Patio de los Arrayanes / Música de cámara: Schumann Quartett, Seong-Jin Cho, piano. Obras de Sánchez-Verdú, Beethoven y Bartók. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Mi noveno día de Festival de nuevo en Los Arrayanes con música de cámara y otra obra del compositor residente esta edición, el Schumann Quartett y sumándose para la segunda parte el pianista Seong-Jin Cho. El Schumann Quartett fundado en Colonia en 2007, toma su nombre de los tres hermanos que lo conforman: los violinistas Erik y Ken más Mark Schumann (chelo), junto a Veit Hertenstein (viola).

Y con algo de retraso por leves incidentes (una indisposición entre el público) el director Antonio Moral lo comunicaría así como el cambio en el orden del programa a petición del cuarteto, por lo que sería Beethoven quien abriría esta agradable primera noche de verano con la acústica acuática increíble pero con un ruido de fondo proveniente de alguna fiesta que la leve brisa que movía el estanque, proyectando los reflejos en la pared, traía para importunar en los pasajes más leves (siempre se cumplen las Leyes de Murphy).

El Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, op. 127, abre la serie de los últimos cuartetos de Beethoven, en los que el sordo genial reescribe los confines del género y sus posibilidades, con unas dificultades técnicas nunca vistas hasta entonces. Escuchaba esta tarde una entrevista con Dudamel a propósito del Fidelio en el Liceu, que probablemente la sordera le aislase para poder volcar su genio compositivo. Este opus 127 es un paso adelante en estilo, recursos y hasta la forma de componer a partir de células mínimas que «los Schumann» fueron desgranando meticulosamente en sus cuatro movimientos. En el caso de los cuartetos parece claro lo importante de mantenerlos en el tiempo y a menudo los lazos familiares son parte del buen funcionamiento (también una fuerte amistad y compromiso con esta formación camerística), como es el caso de los hermanos Schumann más el viola Veit Hertenstein. El Allegro inicial marcó la línea a seguir de grandes contrastes, sonido preciso y entendimiento lógico, una materia sonora compacta en cada uno de los cuatro. El Adagio con la técnica de la variación es el último Beethoven, profundo y buscando sonoridades nada usuales en su época, al igual que la rítmica que empuja todo el tercer movimiento, el inmenso Scherzo con el trío central aumentando una tensión bien transmitida por el Schumann Quartett antes del amable y bello Allegro final, la forma sonata transitada pro Beethoven a lo largo de su producción abriendo la puerta para un nuevo lenguaje.

Totalmente opuesto sería el Cuarteto de cuerda nº 10 «BARZAJ» de José María Sánchez-Verdú, aunque igual de exigente, comenzando por salir al frente enfrentados los dos violines para aprovechar la acústica antes de volver a sentarse mediada la obra. Los pasados días 17 y 18 ya pude ir asimilando la sonoridad y estilo del compositor algecireño, por lo que este «BARZAJ» (2014-15) hasta me sonó «familiar». Nadie mejor que el algecireño para explicar su obra: «articula un contexto que discurre en torno a los límites, a ciertas fronteras y horizontes que son recorridos en este trazo poético entre sonido y pensamiento; al mismo tiempo la obra articula la dimensión espacial como un aspecto de esencial importancia en el desarrollo de la obra: la perspectiva, la percepción del espacio y el sonido, su relieve (tan olvidado hoy día) son elementos integrados en la partitura, que en cierto modo adquiere el contorno y trazado de la caligrafía árabe».

Según iba escuchándola recordaba las notas al programa de Stefano Russomanno tituladas El cuarteto de cuerda y sus confines donde nos cuenta que «El istmo, franja estrecha de tierra que une dos amplios territorios rodeados de agua, es el elemento inspirador del Cuarteto de cuerda nº 10 «BARZAJ» de José María Sánchez-Verdú. Pero el término barzaj (istmo, en árabe) hace también referencia en el Corán al estado intermedio del alma del difunto entre la muerte del cuerpo físico y el juicio final. En ambos casos, asoma la imagen de una línea delgada pero transitable y capaz de conectar dominios distintos, de la misma manera que hacen los contornos de la caligrafía sobre la hoja en blanco», y que en La Alhambra toma más sentido al utilizarse como decoración, en este caso la caligrafía musical fue leída a la perfección por el cuarteto alemán con la misma entrega que hicieron antes con su compatriota, color y silencio combinados dibujando sonidos por momentos agresivos aunque el conjunto siempre mantuvo una presencia bien diferenciada en los cuatro músicos (similar al Trío Arbós de hace una semana en este mismo recinto), incluso en tímbricas muy buscadas, tesituras extremas o los rítmicos golpes de arco transmitiendo inestabilidad. Esperaré el Nosferatu con coro y orquesta del propio compositor el día 11 para ir acercándome un poco más a su obra.

Un descanso necesario para estirar las piernas y levantarse de las incómodas sillas antes de la incorporación del pianista coreano para el Quinteto para piano y cuerdas en do mayor de Bartók. Un derroche por parte de todos, los germanos dominando esta obra de sonoridades brahmsianas sin perder de vista el recuerdo de Liszt (aún en los dedos de Cho) que tiene una carga armónica en sus cuatro movimientos pero funcionando como unidad tanto escrita como interpretativa.

Esta vez Seong-Jin se acopló perfectamente al cuarteto para remar en la misma dirección, escucharse todos, encajar todo lo escrito por el húngaro y dejarnos una interpretación honesta, fiel y potente, sonando como si llevasen años juntos. Siempre me gustan los tempos lentos por lo que suponen de saborear, paladear sin atragantarse, y el Adagio llenó el patio de misterio, como las czardas del último animaron la noche, un piano amplio de dinámicas, rítmico, arropando al cuarteto veterano, dialogando y haciendo vibrar a un público algo apagado, pero que con los elementos del folklore magiar (aunque sea urbanita) siempre ayudan a elevar el ánimo y este quinteto para la ocasión lo logró.

PROGRAMA

-I-

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, op. 127 (1823-24):

Maestoso – Allegro

Adagio, ma non troppo e molto cantabile

Scherzando vivace

Finale. Allegro

José María Sánchez-Verdú (1968):

BARZAJ (Cuarteto de cuerdas nº 10) (2014-15)

-II-

Béla Bartók (1881-1945):

Quinteto para piano y cuerdas en do mayor, Sz. 23 (1903-1904, rev. 1920):

Andante

Vivace. Scherzando

Adagio

Poco a poco più vivace

Bach, Messiaen y Alard

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Sábado 22 de junio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada. Parroquia de Nuestro Salvador / Grandes intérpretes | +Bach: Benjamin Alard, órgano. Misterios de la Trinidad. Obras de Bach y Messiaen. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

En la sesión matutina de mi séptimo día de Festival tocaba subir al Salvador para volver a disfrutar  del magnífico órgano de Francisco Alonso Suárez del que me enamoré el año pasado, así que no quería faltar con el francés Benjamin Alard en su ambiente natural (sin experimentos) y con dos grandes del órgano alternándose, Bach y Messiaen en programa muy bien estructurado, ideal para un instrumento tan versátil en cualquier repertorio, estilo y época, titulado Misterios sonoros y misterios de la Trinidad que las notas al programa del también organista y profesor Pablo Cepeda relaciona con todo el simbolismo (yo añadiría magia ) del número 3, y de aquí el título de mi entrada.

Con un dominio de los registros del instrumento inaugurado en 2001 que ya se ha hecho al templo y va tomando solera, el intérprete francés iría «confrontando» a Bach con Messiaen en una lectura no ya rigurosamente académica, sino con la sonoridad apropiada para cada uno. Así abría con el Preludio en mi bemol mayor, BWV 552/1 (sin «necesidad» de fuga), majestuosidad, tutti impactantes y claridad tímbrica  en manos y pies con los tres registros bien delimitados.

Messiaen y su Subtilité des Corps Glorieux (de Les Corps Glorieux, 1939) supuso cambiar de registro en todos los sentidos, pero creando una atmósfera serenamente inestable, trompetería de dos cornetas dialogantes, espiritualidad y hasta evocación de un canto gregoriano imaginado que Alard elevó por la bóveda de Salvador cual armonio poderoso.

 

Como si quisiese continuar con el canto llano instrumental, vuelta a «dios Bach» y la Allemande de la Partita en la menor para flauta sola, BWV 1013, dos registros de flauta maravillosa, la respiración continua del fuelle organístico pero el fraseo humano, inmaterializable de ser la original que el kantor también dominaba y feliz en Köthen donde lo sacro no era obligado que Alard huyó del virtuosismo vacuo para ahondar en una sonoridad organística donde los saltos originales parecen más integrados, el aliento lo ponía el fuelle y dando unidad al orden de las obras de este concierto.

 

Adelante sin dejar de fluir la buena música y escritura organística, Les Eaux de la Grâce (de Les Corps Glorieux) que Messiaen comenta y Cepeda recoge en sus notas: «flujo incesante del simbólico río de gracia que fluye en la ciudad celestial. El extraño carácter líquido de la música tiene dos causas: polimodalidad y registración»., cuerpos resucitados y agua de gracia, metáforas granadinas que Alard buscó en un órgano capaz de sonar igual de poderoso con esta «biblia messiaenica» del siglo XX.

El instrumento fue calentando tubos, el organista dedos y llegaba un «bloque Bach» con el coral luterano «Christ unser Herr, zum Jordan kam», BWV 684, simbolismo de agua y bautismo en un maravilloso juego de manos y registros fluyendo limpios y cristalinos. A continuacion la Trío Sonata nº 2 en do menor, BWV 526, un mundo orquestal en tres tiempos (Vivace – Largo – Allegro) que Alard no solo contrapuso en aire sino en registros siempre claros de los movimientos extremos, con un equilibrio de dinámicas en los pedales fruto de una elección correcta, más un Largo donde «mein Gott» siempre nos hace cerrar los ojos y agradecer tanto a la música (y a la vida) de nuevo con un tres mágico.

 

El «misterio» de esta trinidad tomaba todo el sentido: Alard, Bach y de nuevo Messiaen, Le Mystère de la Sainte-Trinité despedía al compositor francés en las manos de su intérprete y paisano, cierre de la colección de Les Corps Glorieux y exigente para todo organista. Por medio de los timbres que el órgano de la Placeta del Abad esconde y Alard conoce, pudimos comprender lo de «Dios, Uno y Trino«, Padre en el pedal registros graves que retumban, Hijo en la voz central y Espíritu Santo en el tiple, escucha perfecta de los tres, cada uno con su registro pero con la tímbrica y frecuencias perfecta que permiten la feliz unión  o «bendita comunión» organística, estructura tripartita y simbolismo elevado al máximo que personalmente  recreaba contemplando el altar mayor…

 

Para mí y tantos otros Bach es «dios padre de todas las músicas» y hasta Trino así que con él cerraba Benjamin Alard este concierto «a 3», primero la monumental Sonata en trío nº 6 en sol mayor, BWV 530 que como en la 2 sus movimientos conjugan virtuosismo y placidez (Vivace – Lento – Allegro) con la alegría de encontrar el equilibrio siempre estable del tres, teclados de manos y pedalero, una orquesta reducida pero inmensa, con fraseos precisos, pulsación rigurosa, ornamentaciones claras y cerrar desde el principio del Preludio al final de la Fuga en mi bemol mayor, BWV 552/2, forma pura, matemática espiritual donde cada elemento va construyendo un edificio sonoro con los planos de Bach y Alard de arquitecto.

Aplausos y bravos de los muchos madrugadores, algún despistado que se sintió «santificado» en El Albaicín y un regalo que parece flotar en el Festival de Granada: unas improvisaciones de Benjamin Alard sobre el conocido De los álamos, vengo, madre, aún frescas en su mente y en la mía desde hace unos días (más de tres) pero totalmente nuevas este mediodía disfrutando con los registros, jugando y explorando un órgano con solera, seguro, afinado, bien tratado y que necesita aire diario para seguir respirando. El francés lo demostró y Paco Alonso, «padre de la criatura» mantuvo la magia del tres…


PROGRAMA

«Misterios sonoros y misterios de la Trinidad»

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Preludio en mi bemol mayor, BWV 552/1

Olivier Messiaen (1908-1992):

Subtilité des Corps Glorieux (de Les Corps Glorieux, 1939)

Johann Sebastian Bach:

Allemande de la Partita en la menor para flauta sola, BWV 1013

Olivier Messiaen:

Les Eaux de la Grâce (de Les Corps Glorieux)

Johann Sebastian Bach:

«Christ unser Herr, zum Jordan kam», BWV 684

Sonata en trío nº 2 en do menor, BWV 526:

Vivace – Largo – Allegro

Olivier Messiaen:

Le Mystère de la Sainte-Trinité (de Les Corps Glorieux)

Johann Sebastian Bach:

Sonata en trío nº 6 en sol mayor, BWV 530:

Vivace – Lento – Allegro

Fuga en mi bemol mayor, BWV 552/2

Grand Bouffe chelística

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Miércoles 19 de junio, 21:30 horas. 73º Festival de Granada. Crucero del Hospital Real | Grandes intérpretes / +Bach:
Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Obras de Adnan Saygun, Bach y Kodály. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

La amplia oferta del festival granadino hace difícil elegir a qué concierto asistir, y en mi cuarto día entre el órgano en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor con Bernard Foceroulle más Lamber Colson, siempre apetecible, me decanté por «Mein Gott» en el Crucero del Hospital Real (cambiado al inicialmente Patio de los Inocentes) con el chelista canadiense Jean-Guihen Queyras pues me permitía escuchar también a un para mí desconocido Ahmed Adnan Saygun (1907-1991) y el siempre agradecido Kodály en el instrumento más cercano a la voz humana.

Las notas en el libro del Festival tituladas «Bach mirando al futuro» nos cuentan que «en el Festival de 2022, el canadiense Jean-Guihen Queyras interpretó en una inolvidable matinal las suites impares para violonchelo de Bach, que preludió con piezas aforísticas de György Kurtág» y este último miércoles  primaveral volvía «por la noche al genial músico alemán con la más compleja y extensa de sus suites, la Sexta, escrita en realidad para un violonchelo piccolo de cinco cuerdas, lo que complica el acercamiento con un instrumento convencional. Y, como entonces, enfoca la música de Bach hacia el futuro del violonchelo, esta vez con dos obras del siglo XX, una, la de Kodály, bastante conocida y difundida también; la otra, estreno en España, es la de un importante compositor turco, que estudió en la Schola Cantorum de París y pasa, entre otras cosas, por ser el autor de la primera ópera turca de la historia».

Parece que el gran Pau Casals se «desayunaba» cada día una de las seis Suites del dios Bach, por lo que en principio me tomé como un aperitivo, con mucha enjundia, la Partita para violonchelo solo, op. 31 «To the Memory of Friedrich Schiller» (1955) del compositor turco que se estrenaba en España para un programa donde las notas de Enrique Martínez Miura se titulaban «Reflejos bachianos», y por tratarse de una novedad mejor las transcribo: «(…) la Partita de Saygun –acaso la música turca más conocida fuera de su país– nace de otra raíz, el folclore de Anatolia, que en noviembre de 1936 estudiaría con Bartók, cuya influencia no deja de percibirse en Saygun. Compuesta para recordar el 150 aniversario de la muerte de Schiller, la obra fue estrenada en Ankara en 1955 por Martin Bochmann. Hasta que se impuso el título actual, la página se conoció por otras denominaciones, como por ejemplo Requiem-cello Suite. La maestría de la escritura instrumental, puesta de manifiesto por todos los violonchelistas, aun en tesis doctorales dedicadas a la obra, se suma al subrayado de un tono algo pesimista, que se dice procedente de la filosofía sufí. Acordes disonantes, ritmos sincopados, ensimismamiento (Adagio, Allegretto) jalonan esta sorprendente cuanto desafiante Partita». Interesante obra en cinco movimientos reflejando el conocimiento de la forma «Partita» en pleno siglo XX donde todos los registros y técnicas del chelo se aprovechan al máximo, desde esa cuarta cuerda que resuena potente (más en el crucero y mejor que en el patio) hasta los armónicos explorando terrenos casi violinísticos donde Queyras «saca petróleo» de su instrumento (un Pietro Guarneri veneciano de 1729, puesto a su disposición por Canimex Inc. de Drummondville, Quebec, Canadá). Lo dicho, un primer plato potente de un menú que resultaría completísimo.

La Suite nº 6 de Bach si entrar en los planteamientos históricos de su exacto destino instrumental, donde hasta nuestro Adolfo Salazar ya en 1951 apuntaba a «la agilidad superior y una tesitura más aguda que un chelo normal, sobre el que la obra puede ser tocada –siempre y cuando el intérprete sea un virtuoso muy consumado–, bien que obligando a la corrección de algunos acordes», lo que no presenta dudas es el obligado dominio del instrumento y Queyras lo demostró. Toda partitura es cual guión donde el intérprete aportará su punto de vista, su trayectoria, sus experiencias y por supuesto el conocimiento, así que la partitura del kantor tiene todos los ingredientes para ser siempre distinta, sin olvidarnos de un lenguaje italiano del que Bach también tomó buena nota. El Preludio inicial enfocado con calma, la Allemande con ornamentos claros en el chelo del francés, bien «bailada» la Courante y virtuosa Sarabande (siempre recordándome a Marin Marais) con dobles, triples y hasta cuádruples cuerdas. Manteniendo ese contraste barroco las dos Gavottes me llevarían al Cantábrico con el aire de gaita francesa de la segunda antes de la última y elegante Gigue, una lectura la de Queyras visceral, sincera y honesta.

Tras una breve pausa donde ni acudir a verter aguas, llegaría lo más brillante de este concierto, la Sonata para violonchelo solo, op. 8 (1915) de Kodály dedicada a Jenő Kerpely, que la estrenaría el 7 de mayo de 1918, donde Queyras demostró su buena fama. Si Bach era el segundo plato del menú, Kodály no fue el postre sino un verdadero banquete por sí solo, original, apreciado por Béla Bartók, sonata virtuosa y explorando tímbricas que en su momento eran impensables, aunque el primer Saygun cocinó también estos ingredientes. Enrique Martínez Miura la define como «un reto para cualquier intérprete (…)  De virtuosismo radical, se recurre a un catálogo de formas de atacar las notas, invocándose un espejismo polifónico, que es inevitable remitir a Bach, aunque en Kodály, salvo excepciones, el chelo sigue un curso básicamente homofónico. Abundan los efectos tímbricos, como la imitación de instrumentos cíngaros, mas ese alarde técnico nunca perturba la línea principal. Se suma la dificultad de la scordatura, de modo que las cuerdas tercera y cuarta, sol y do, deben afinarse como fa sostenido y si bemol».

Sus tres movimientos presentan un derroche de música y el esfuerzo del chelista donde la mano izquierda  llega a posiciones imposibles y el arco entra por todas partes, energía necesaria pero también momentos pastorales y especialmente los aires zíngaros tan familiares, vitales y expresivos donde Kodály muestra la inspiración en el folklore de su Hungría antes del último Allegro molto vivace, considerado como de los pasajes más difíciles de toda la literatura para violonchelo, una rapsodia casi polifónica en las manos del «chef» Queyras con esta fusión de formas para la bellísima y generosa sonata con la que culminaba esta «Grande Bouffe» chelística, por finalizar ya mis referencias gastronómicas.

PROGRAMA

-I-

Ahmed Adnan Saygun (1907-1991):

Partita para violonchelo solo, op. 31 «To the Memory of Friedrich Schiller» (1955)*

Lento – Vivo – Adagio – Allegretto – Allegro moderato

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Suite para violonchelo nº 6 en re mayor, BWV 1012 (1717-23)

Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Gavotte I – Gavotte II – Gigue

-II-

Zoltán Kodály (1882-1967):

Sonata para violonchelo solo, op. 8 (1915)

Allegro maestoso ma appassionato – Adagio (con grand’ espressione) – Allegro molto vivace

* Estreno en España

El fluir del presente al pasado

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Lunes 17 de junio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Arrayanes / Música de cámara | #Schubert esencial: Trío Arbós. Obras de Sánchez-Verdú y Schubert. Fotos de ©Fermín Rodríguez y propias.

José María Sánchez-Verdú (Algeciras, 1968) es el compositor residente de esta septuagésimo tercera edición del internacional festival nazarí y protagonista esta noche junto a Franz Schubert (Viena, 1797-1828), entrando ambos en contacto en este programa del Trío Arbós uniendo clásicos y contemporáneos interpretando los dos tríos con piano del vienés, obras de absoluta madurez escritas un año antes de su muerte, junto a dos obras del gaditano: …In aeternum,  y Jardín de agua II, su sexto trío con piano y estreno absoluto encargo del Festival. Diálogo entre presente y pasado cuyo punto de contacto puede encontrarse quizá en la percepción “fluida” del fenómeno sonoro, y así enfocaré esta reseña inspirándome en las notas del programa: «a Schubert le gusta explorar la forma como meandro: en lugar de poner el foco en el armazón de la estructura, prefiere detenerse en los recodos, las zonas de sombra, en los giros que los materiales dan sobre sí mismos. A la “divina longitud” schubertiana responde la “eternidad” de Sánchez-Verdú, que es liquidez estancada, goteo incesante, eco y resonancia».

Abría el concierto el trío …In aeternum (1996) y más tarde confluída en el Trío II (1998) como movimiento conclusivo. El escritor y crítico Stefano Russomanno titula sus notas al programa «La música y su fluir». y dice de este trío que es una página enormemente parca en su desarrollo y está construida sobre la «resonancia y extensión de un ostinato, una pulsación sobre la que se despliega un viaje que juega con la resonancia de la scordatura de los instrumentos y con un cierto carácter extático en su material».  Interesante el juego tímbrico y mi propia evocación acuática que en este caso parecía estancada como el propio Patio de Los Arrayanes que ayuda a una acústica increíble, con un violín limpio (Ferdinando Trematore), un cello poderoso en los graves (José Miguel Gómez) y el piano abrazando a ambos (Juan Carlos Garvayo), creando texturas y sensaciones.

El agua fluiría con Schubert y su Trío con piano en si bemol mayor, D 898, op. 99 (1827), cual depuradora llena del estilo inconfundible del incomprendido austríaco, melodías bellísimas que saltaban de uno a otro miembro del trío en un juego muy cuidado y una excelente conjunción fruto de tantos años (llevan desde 1996) tocando juntos, con simples miradas, gestos o simplemente escucharse en el verdadero diálogo musical donde como digo siempre, las «tres patas» suponen el equilibrio perfecto.

Vuelvo a citar las notas de Russomanno sobre este trío: «Salvo por una esporádica incursión juvenil (un Allegro escrito en 1812 a los quince años), la aportación de Schubert a la plantilla del trío con piano se concentra en un espacio restringido de tiempo, entre 1827 y principios de 1828. Como si en su cabeza esta formación hubiese desencadenado de repente una eclosión de ideas imposible de condensar en una única pieza, en pocos meses Schubert escribió dos tríos con piano de extraordinaria envergadura, los opus 99 y 100, cuyos rasgos se antojan en cierto modo complementarios».

El opus 99 comienza con un Allegro moderato desenfadado que corre hacia el lirismo tan característico de Schubert, dando paso a un ambiente más dramático, como un lied sin palabras que quisiera darnos colores ocres en el Andante un poco mosso. Alegría de baile comparable a los saltos de la trucha en un río transparente, danza que va animándose y el Trío compartiéndola con un público que aplaudía cada movimiento (desconocimiento o impulso desenfrenado que espero no se haga «viral»). El Allegro vivace conclusivo nos devolvería a la tranquilidad de la orilla tras un discurrir brillante donde hasta las sombras fueron luminosas.

Volveríamos al estanque del algecireño y su Jardín de agua II (Trío VI) compuesto este año por encargo del Festival Internacional de Música y Danza de Granada y que en palabras del propio compositor, «está centrado en algunos elementos vinculados con el agua en su organicidad, movilidad, fluctuación, sonoridad…, pero en la sutilidad de un estanque en reposo, como en el arte árabe. Musicalmente hace un uso especial de la agógica, de las resonancias del piano y de la superposición de capas distintas de percepción entre los tres instrumentos. La pieza articula no solo estos límites como campo de trabajo, sino que también presenta ciertas formas de espejos (simetrías, deformaciones de imágenes, etc.) o superposiciones de tempi, etc. inspirándose profundamente en el citado arte árabe y en su trabajo con las superficies, la geometría y la ornamentación a través de los espacios, materiales y elementos fundamentales como el agua y la luz». De mayor extensión que el primer trío y siguiendo con los paralelismos acuáticos o acuíferos, personalmente me transmitió una ciénaga donde se vertían residuos tóxicos, casi como la catástrofe de Aznalcóllar, de hace cinco lustro, con el esfuerzo por limpiar un desastre ecológico. De nuevo un trabajo inconmensurable del Trío Arbós defendiendo con profesionalidad y entrega esta partitura aplaudida junto al propio compositor que saldría a saludar y felicitar a los intérpretes por este estreno de este sexto trío que tras el segundo de Schubert me pareció coherente en tanto que las referencias rítmicas sonaron como en la cocina de diseño se llama «deconstrucción».

Y llegó el segundo trío con piano de Schubert que no solo funcionó cual depuradora sino que nos devolvió ese fluir clásico del vienés, inconfundible e inimitable, con melodías utilizadas en multitud de películas (me quedo con Barry Lyndon de Kubrick) que han hecho esta música reconocible más allá de los propios conciertos. Escribe Russomanno que «la proximidad cronológica… con el segundo libro del Viaje de invierno se refleja acaso en el Andante con moto, cuya atmósfera desprende una mezcla –tan schubertiana, por otra parte– de lirismo y desolación. El Allegro inicial transcurre en los cauces de un copioso despliegue de temas y modulaciones que generan una tensión interna continua. La campechana solidez del Scherzo se asienta en un importante trabajo imitativo entre las partes, mientras que el imponente Allegro moderato es producto de la hibridación entre los modelos de la forma sonata y el rondó». Si el primero de los tríos demostró la calidad y calidez de «El Arbós», este segundo fue un dechado de perfección, dinámicas bien trabajadas, balances melódicos ajustados, pasajes rápidos ejecutados con una limpieza tan cristalina como el evocador río, contrastes anímicos hechos música y recuerdos de las propias sonatas de violín que al incorporar el chelo no solo engrosa la propia sonoridad sino que amplía la paleta emotiva siempre presente en Schubert.

De regalo tenía que seguir siendo Schubert de quien nos ofrecerían un arreglo para trío del lied Nacht und Träume (Noche de ensueño) con luna creciente, brisa nocturna y perfume de tilos presentado por Garbayo volviendo a mostrar el magisterio del Trío Arbós en la música del vienés y rindiendo homenaje a la capital austríaca, eje central de esta 73 edición del Festival de Granada.

PROGRAMA

José María Sánchez-Verdú (1968):

…In aeternum (del Trío II) (1996)

Franz Schubert (1797-1828):

Trío con piano en si bemol mayor, D 898, op. 99 (1827):

Allegro moderato – Andante un poco mosso – Scherzo. Allegro
Rondo – Allegro vivace

José María Sánchez-Verdú:

Jardín de agua II (Trío VI) (2024)*

Franz Schubert:

Trío con piano en mi bemol mayor, D 929, op. 100 (1827)

Allegro – Andante con moto – Scherzo. Allegro moderato – Allegro moderato

* Estreno absoluto, encargo del Festival de Granada

Merecida oportunidad para jóvenes pianistas

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Sábado 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta» de Mieres: 1ª Gala Pianística de Mieres. Intérpretes: Juan Vicente Stroup, Iván Gómez García, Laura Puente Novales, Aníbal Mortera Pariente (cello), Hugo Álvarez Lanero, Héctor del Río Fernández y Henry Sebasthian Crespo. Obras de varios compositores. Fotos ©pablosiana.

Una buena entrada en el auditorio mierense para la primera gala de piano organizada por Henry Sebasthian Crespo con diversos apoyos y patrocinios como ya comenté el pasado día 19 en este blog,  donde rodeado de sus compañeros de estudios, todos aún formándose en el CONSMUPA y rondando los veinte años, que tenían esta gran oportunidad de interpretar en público un variado y exigente programa, que además de un permanente examen supone dar visibilidad al esfuerzo y trabajo que no siempre se ve ni aprecia: muchas horas de práctica, estudio, sueño, clases en el conservatorio alternadas con estudios obligatorios de Secundaria y Bachillerato, los incontables sacrificios de sus familias que son el principal apoyo, y muchos sinsabores que, por propia decisión y amor hacia la música, se ven compensados con las actuaciones para el público, esperando proseguir una carrera que está comenzando. Así es la vida de un músico que cuando afronta una trayectoria profesional ya no sabrá qué son vacaciones, fines de semana, ausencia de descanso por el obligado y necesario trabajo con infinitas horas para preparar nuevos repertorios y hacerse un hueco en el difícil mundo de la música, que en España parece serlo aún más, y todos ellos lo saben pero les mueve su juventud y ganas de triunfar.

La artista plástica Paz Mayora Villamil con segundo apellido de pintor que puede tenga algún parentesco lejano, haría las labores de presentación, comenzando con la frase de Franz Listz «La música es un lenguaje poético, para expresar todo lo que, dentro de nosotros mismos, traspasa los horizontes normales, lo que escapa al análisis lógico, lo que se encuentra en las profundidades inaccesibles», antes de ir dando paso a cada uno de los artistas y obras que interpretarían, ayudando a quienes no tenían o podían leer en la penumbra el excelente programa de mano (gracias al Ateneo Musical de Mieres y la Imprenta Álvarez) del que dejo copia aquí.

Tomaría a continuación la palabra el mierense de adopción y organizador de esta gala Henry Sebasthian Crespo, palabras de adulto y contagiando pasión por el piano, agradecimientos por los apoyos y que cerraría una velada de dos horas de excelente música, tras alguna variación mínima en el orden previsto, y una «maratón» en cuyo cartel figuraba el lema «Ideado por los alumnos, para los alumnos y para el público, aportemos en difundir el amor por el arte y la música clásica».

No suelo tomar notas en los conciertos, pero desde mi experiencia docente me dispuse a ir anotando cada actuación para hacérselas llegar como «profesor jubilado» y esta tarde ejerciendo de «tribunal» con todo el respeto y cariño hacia esta generación que pide paso. Desde ellas paso a comentar lo vivido.

El primero en abrir la velada sería Juan Vicente Stroup (Oviedo, 1999) que elegiría a Mompou y sus Variations sur un thème de Chopin,  el lenguaje del catalán adoptando esa forma tan romántica de desarrollar y homenajear páginas de los grandes, en este caso de uno de las figuras del piano como el polaco, siempre reconocible desde su Preludio en la mayor, op. 28 nº 7 en el tema y doce variaciones posteriores que respiraron aires actuales, casi de jazz o banda sonora, difíciles pero que el carbayón afrontó con buena técnica y un sonido muy trabajado navegando por ese engañoso mar en calma lleno de tormentas, cambios de ánimo y adoración de intérprete y compositor por Chopin, que aparece de nuevo en la décima variación (Fantasía-Impromptu op. 66) y además cerraría esta gala, toda ella un homenaje a unas figuras del piano que fueron igualmente virtuosos concertistas y mejores compositores para su instrumento.

El único pertrechado de partitura y algo descentrado en plena época de exámenes finales, sería Iván Gómez García (Avilés, 2004), quien optó por el poliédrico y atormentado Beethoven de su Sonata piano nº 8 en do menor, op. 13 “Patética” aunque obviando el primer movimiento, supongo que para acortar la duración global. Irregular, con muchas dudas y aún en proceso de asimilar la hondura del sordo genial, el de La Villa del Adelantado  tendrá que trabajar aún más la técnica y templar ánimos, pues dentro del conjunto de pianistas, tampoco la obra era de las más complejas para un alumno de su nivel. Supongo que sus maestros le ayudarán en esta tarea para poder incorporar con solvencia al menos las «más famosas» de las sonatas para piano del compositor de Bonn enterrado en Viena.

La música española para piano es auténtica «prueba de fuego» para todo intérprete, y Laura Puente Novales (Bilbao, 2004) optó por los catalanes Granados y Albéniz, recordándome a una paisana suya, que tiene en el primero uno de los preferidos en sus conciertos. Los ocho Valses poéticos del ilerdense fueron de menos a más, sentidos, fraseados, interiorizados, con un sonido muy trabajado al igual que su estudio e profundidad y de buena memoria. Y la Suite Iberia del de Campodrón está considerada como «La biblia del piano» por su dificultad no ya en la interpretación sino en la hondura y madurez que necesita, siendo pocos y ya con edad los pianistas que la han afrontado. La bilbaína eligió la primera de ellas, Evocación, que me sorprendió por su joven madurez veinteañera, reposada, cantabile y con un buen empleo de los pedales, una primera aproximación que apunta a una excelente intérprete de nuestra música.

Jugaban «en casa» y se notó por el apoyo desde el patio de butacas, Aníbal Mortera Pariente (Rioturbio, 2005) y Hugo Álvarez Lanero (La Culquera, Lena, 2001), dúo de chelo y piano, amigos desde su aún cercana la infancia, que llevaron su complicidad en el único dúo del concierto, la Elegía, op. 24 del francés Gabriel Fauré, con Hugo excelente concertador y coprotagonista de esta bella página donde Aníbal mostró un sonido poderoso, rotundo, con los esperables y habituales problemas de afinación en su instrumento pero mostrándose ambos muy expresivos y compenetrados.

Ya en solitario, Hugo Álvarez se enfrentaría a la Ballada n° 2 op. 38 de Chopin, biena memoria para toda ella, dinámicas amplias aunque algo excesivas por momentos pero entendiendo el «arrebato romántico» y algunas dificultades en los complicados pasajes rápidos que solo la práctica conseguirán sortear sin problemas, compensando la interpretación con su musicalidad y expresión que sería uno de los más aplaudidos.

Héctor del Río Fernández (2004) no se amilanó en la elección de sus obras aunque el riesgo le pasaría factura. Si el Albéniz de «Iberia» la he calificado como biblia, la «Suite Española» op. 47 es cual antiguo testamento. De ella Castilla fue árida en sus seguidillas y peligrosa, necesitando repetir el arranque, descentrándose en algunos pasajes con paradas que los fallos no deben obligar sino mantener la tranquilidad y recordar que lo ya tocado no tiene vuelta atrás y la música debe fluir aunque sea con tropiezos. Y probablemente el mayor virtuoso del piano fue el húngaro Franz Liszt, con unas manos (como las de Rachmaninov) que le permitían alcanzar notas imposibles para el común de los mortales. El Étude transcendante nº 1 es mucho más que un «estudio», donde la técnica es muy exigente pero su interiorización y expresión aún son mayores. La ejecución tuvo buen sonido aunque el pedal no siempre ayudó sino que «enturbió» y el vértigo de los múltiples arpegios no es recomendable. También titulado Estudio op. 25 nº 12 en do menor, «Óceano» que Chopin lleva al concierto, es de nuevo complicado extraer del ejercicio la gran capacidad melódica que esconden estas breves e intensas partituras, que incluso en el subtítulo ya parece apuntar los derroteros que toma. El trabajo de limpiar notas y pedales no cesará nunca pero la interpretación estuvo matizada aunque el ímpetu juvenil alcance unos fortissimi cercanos a las «tres efes». Mejor el g ran Vals op. 42 nº 5 en la bemol mayor que hace falta pulir pues la expresión y el tempo fueron correctos, pero el fraseo tendrá que ir estudiándolo mucho más lento para «vocalizar» correctamente e ir poco a poco aligerándolo sin perder esas melodías únicas y «escondidas» del polaco.

El cierra lo pondría Henry Sebasthian Crespo (Valencia, Venezuela, 2003) con las dos obras que pudimos escucharle hace un mes en el acto del premio Tertulia 17 -uno de los patrocinadores- pero esta vez en el piano Kawai© mierense, que se comportó perfectamente ajustado por Jesús Ángel Arévalo (algún día habrá que homenajear a esta generación de origen castellano que se instaló en nuestra tierra, echó raíces y siguen apoyando la música). La vida obliga a madurar prematuramente, pero el talento unido al duro trabajo también otorgan lo que he llamado «poso», el paso de un vino cosechero a crianza y reserva cuando madura en las mejores condiciones, Y como un buen caldo, Henry Sebasthian alcanza ya el calificativo de reserva, pues lleva desde niño al piano y en sus 21 años lleva diez de experiencia concertística desde su tierra natal, lo que se nota en cuanto se sienta al piano. Llamado «el Chopin de Broadway» el ruso Serguei Rajmáninov emigrado a los EEUU puede ser considerado el último pianista y compositor romántico ya en el siglo XX, y su Momento musical, nº 1 uno de sus homenajes a los predecesores de las 88 teclas. Exigente técnicamente, la música la necesita para sobrevolar toda la carga expresiva del virtuoso ruso y así la afrontó el valenciano de Venezuela, con poso, peso y madurez. Para cerrar el círculo del concierto, de nuevo Chopin y su Ballade nº 1 en sol menor, op. 23, tan distinta a la segunda elegida por Hugo, dos visiones, dos interpretaciones que además siempre son distintas por el mismo intérprete porque ahí reside la magia de cada día, hacerse con la obra, interiorizarla y personalizarla en cada momento. Valiente, arriesgado y poderoso este Chopin de Henry que sigue creciendo con su amado y admirado polaco a base de un trabajo y madurez que ya le ha abierto las puertas del Real Conservatorio de Bruselas (Bélgica), donde será alumno del maestro y concertista Aleksandar Madzar quien le aceptó en su cátedra de piano para los próximos dos cursos.

El propio Henry Sebasthian llamaría a todos los participantes a compartir los aplausos de un público entregado a los jóvenes talentos, más agradecimientos y hasta la entrega de los Diplomas acreditativos de esta gala que irán aumentando el currículo de esta generación que en Mieres pudimos disfrutar y los melómanos presumiremos pronto de haberlos «descubierto».

PROGRAMA:

Juan Vicente Stroup (Oviedo, 1999):

Federico Mompou (1893-1987): Variations sur un thème de Chopin.

Iván Gómez García (Avilés, 2004):

Ludwig van Beethoven (1770-1827): Sonata piano nº 8 en do menor, op. 13 “Patética”.

Laura Puente Nováles (Bilbao, 2004):

Enrique Granados (1867-1916): Valses poéticos.

Isaac Albéniz (1860-1909): I. Evocación (de «Iberia»).

Aníbal Mortera Pariente, violoncello (Rioturbio, 2005) y
Hugo Álvarez Lanero, piano (La Culquera -Lena-, 2001):

Gabriel Fauré (1845-1924): Elegía, op. 24.

Hugo Álvarez Lanero:

Frederic Chopin (1810-1849): Ballada n° 2 op. 38.

Héctor del Río Fernández (2004):

Isaac Álbeniz: Castilla (de la «Suite Española»).

Franz Liszt (1811-1886): Étude transcendante nº 1.

F. Chopin: Estudio op. 25 nº 12, «Óceano»  y Vals op. 42 nº 5.

Henry Sebasthian Crespo (Valencia -Venezuela- 2003):

Serguei Rajmáninov (1873-1943)): Momento musical, nº 1.

F. Chopin: Ballade nº 1 en sol menor, op. 23.

Para quitarse el birrete

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Viernes 24 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XII «La bella molinera»: OSPA, Clara Mouriz (mezzo), Juanjo Mena (director). Obras de Ravel, Montsalvatge y Falla.

Penúltimo concierto de abono de la temporada regular de la OSPA, en busca de concertino (hoy de nuevo Aitor Hevia) y el regreso como director invitado del vitoriano Juanjo Mena (1965) con un programa que el público agradece por ser de los que la formación asturiana tiene interiorizados y de vez en cuando conviene volver a airear, esta vez junto a la mezzo donostiarra Clara Mouriz, a quien descubrí en 2013 y me dejase buen sabor de boca hace ya 7 años.

Con una entrada muy pobre en el auditorio, la ciudad cercada por las Fuerzas Armadas y la música militar de la Legión (cabra incluida) al lado, banda de cornetas y tambores con su repertorio, más la Música (Banderita tú eres roja cantada por toda la Plaza del Fresno, y Paquito el chocolatero bailado hasta por los gastadores), antes de emprender camino a la Catedral, mi opción era clara, llegando para el encuentro previo de las 19:15 en la sala de cámara con la mezzo vasca, aunque teniendo que cantar a continuación tampoco se la forzó mucho pero sirvió para que nos contase su experiencia inglesa desde sus tiempos de alumna y posteriores compromisos, su trabajo con Mena y un breve análisis de las obras que interpretaría después. Desconozco la razón de titular este duodécimo de abono «La bella molinera» pues no escucharíamos a Schubert sino todo un programa de la que se puede llamar «música española universal», con el vasco-francés Ravel y su Rapsodia Española, las inspiradas canciones antillanas y caribeñas de la España colonial del catalán Montasalvatge, más el «Falla que no falla» donde el tricornio se convirtió en birrete.

El maestro Juanjo Mena cuidó en este programa el timbre instrumental, buscando sonoridades casi británicas, trabajando igualmente unas amplias dinámicas, aunque en la primera parte la OSPA tardó en calentar. Ravel en los cuatro números de su Rapsodia española (1907) trabaja temas hispanos que causaron la admiración de Falla. Los distintos ritmos provocaron algún desajuste, pero con una gran orquesta pudimos comprobar la rica cuerda del Preludio a la noche, moderado en todos los sentidos y de aires impresionistas con matices (como prepararndo la segunda parte); una vivaz Malagueña mostró el mimo por los matices y una tímbrica en los solos que pareció una orquesta distinta; la Habanera todo un manejo del rubato con Hevia mandando junto a una madera que hoy sonó inspirada; la animada Feria fue un despliegue de luz sonora, metales broncíneos, la flauta sobrevolando majestuosa y el corno inglés caribeño en el fraseo, la cuerda «desconocida» y la percusión brindándonos unos fuegos artificiales en una interpretación global que fue de menos a más.

Las Cinco canciones negras (1945) son una delicia para voz y piano que me enamoraron al escucharlas por la irrepetible Teresa Berganza. La orquestación de 1949 muestra el buen oficio del compositor catalán, y pese a la inspiración en nuestras antiguas colonias del Caribe, respiran un idioma francés que sobrevoló todo el concierto pese a concebirlo como la universalidad de nuestra música popular elevada a lo sinfónico, mayor colorido pero más exigente para la voz de soprano o mezzo. Cantadas por Clara Mouriz nos mostraron lo buen concertador que es el director vitoriano así como conocedor de estas cinco joyas, aunque en el Chévere y el último Canto negro se le escapase más volumen del necesario, si bien el color de la mezzo no es homogéneo y pese a tener unos graves suficientes, el balance con la orquesta se hizo difícil (en disco evidentemente sí se logra). Tampoco pudimos escuchar con claridad los excelentes textos poéticos que al menos figuraban en el programa de mano. Cuba dentro de un piano fue un «abanico» orquestal mejor que la original, bien matizada por Mena, y otro tanto del Punto de Habanera, donde la voz de la donostiarra sonó en su mejor tesitura. De las cinco me quedo con la Canción de cuna para dormir un negrito que sonó más equilibrada, con momentos susurrados donde comprobar la técnica vocal y la musicalidad de esta belleza (nada molinera) de Montsalvatge.

Tras la primera parte y con la OSPA a punto, Juanjo Mena nos traería el mejor Falla que nuestra orquesta ya llevase al disco en tiempos de Max Valdés e interpretado varias veces a lo largo de estos seis lustros largos. Puedo decir que los años han dado madurez a la formación asturiana y el enfoque del director alavés fue todo un acierto que se pudo comprobar por lo apuntado de la búsqueda de tímbricas y dinámicas bien devueltas por los profesores (y profesoras), con refuerzos obligados, brillando todos al máximo nivel. Me consuela que sea mi último concierto de la temporada (me perderé el abono XIII y no por superstición sino debido a otro compromiso ineludible) por lo que supuso este «reencuentro» con la mejor impresión de la orquesta de todos los asturianos.

Clara Mouriz abría esta segunda parte dedicada a Don Manuel con el aria de Salud «Vivan los que ríen» (de La vida breve) un esbozo operístico con giros de cante jondo donde la mezzo dejó su buen hacer en este repertorio nuestro y la OSPA con Mena sonó en su mejor dimensión, bien concertada, equilibrada y casi preludio del ballet completo, también con las breves apariciones de Mouriz en la misma línea de esta Salud.

El sombrero de tres picos es una verdadera prueba de fuego sinfónica, danzas reconocibles de una orquestación exquisita que el maestro Mena conoce como pocos y ha llevado por los mejores escenarios del mundo. Sacar todos los ritmos tan españoles de Fandango, Seguidilla, Farruca o la impactante Jota final es una labor de orfebre, tímbricas muy trabajadas, cambios encajados y dejando a los primeros atriles disfrutar en sus solos. Cada sección parecía competir en musicalidad, con unas trompas al fin rotundas capitaneadas por Javier Molina, las trompetas majestuosas con Maarten van Weverwjik en  cabeza, Juan Pedro Romero al oboe o Pablo Amador Robles al corno rivalizarían en sus «cantos», John Falcone nos brindó con el fagot pasajes con la comicidad justa y un sonido muy logrado; Myra Sinclair a la flauta redondeando maderas y metales; Mirian del Río con el arpa tras el Ravel primero y conjunto que dejó su halo como para Anna Crexells pasando de la celesta al piano. La cuerda con los primeros Aitor Hevia y Daniel Jaime al frente sonó británica por afinidad, afinación, complicidad, contrabajos, cellos y violas junto a los segundos tan primeros como el resto.

Y el quinteto de percusión más los timbales tan necesarios en este Sombrero por el empuje, la rítmica, la sonoridad en su plano justo, con Juanjo Mena dibujando y hasta bailando sobre la tarima, coreografiando el «Casadita, casadita» de Clara Mouriz con las palmas y jaleos orquestales perfectamente encajados,  y hasta el «¡Cucú, cucú!»de la Danza del molinero e incluso taconeos redondeando un tricornio que se volvió birrete de profesores por esta espléndida versión.

PROGRAMA

Maurice Ravel (1875 – 1937)

Rapsodia española:

I. Preludio a la noche – II. Malagueña – III. Habanera – IV. Feria

Xavier Montsalvatge (1912 – 2002)

Cinco canciones negras:

I. Cuba dentro de un piano – II. Punto de habanera – III. Chévere – IV. Canción de cuna para dormir
un negrito – V. Canto negro

Manuel de Falla (1876 – 1946)

La vida breve: “Vivan los que ríen”

El sombrero de tres picos:

Introducción

Parte I:
La tarde – Danza de la Molinera (Fandango) – Las uvas

Parte II:
Danza de los vecinos (Seguidillas) – Danza del Molinero (Farruca)-  Danza del corregidor – Danza final (Jota)

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