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Jóvenes admirables

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Domingo 14 de junio, 21:00 horas. Auditorio Manuel de Falla, 23 FEX (Festival Extensión) del 75 Festival de Granada: Atlanta Symphony Youth Orchestra, William R. Langley (director). El lago de los cisnes, obras de Verdi, Ravel y Chaikovsky.

Las jóvenes orquestas son formación y también cantera de las profesionales (muchas ya van tutelándolas), y no hay nada mejor que los conciertos por lo que supone de experiencia para el futuro, siendo como una gran familia que convive mucho tiempo, para después, como es ley de vida, ir independizándose para encontrar un puesto de trabajo del que poder vivir.

Un buen premio son siempre los viajes, mejor al extranjero, y la Agencia Classical Movements es una compañía que organiza giras de conciertos desde EEUU a todo el mundo, una «forma de superar las barreras culturales y lingüísticas y fomentar una verdadera comprensión entre nacionalidades» como reza su propaganda, y en nuestro país ya ha traído a la Joven Orquesta de Chicago el pasado año a Granada, y este año la Atlanta Symphony Youth Orchestra (ASYO), como bien recordó al inicio del concierto su responsable en España Jordi Gimeno, en gira por Valladolid, Alcalá de Guadaira más las dos citas granadinas dentro del FEX en Orce y este domingo en el auditorio granadino, una formación de músicos entre los 15 y 18 años (aunque también había de 13 y 14).

La ASYO, fundada en 1974, traía una plantilla algo descompensada en la cuerda (7-7-7-5-3) pero capaz de olvidarnos esa «carencia» en cuanto comenzaron. Ofrecían un programa que bien podría ser la propuesta del Festival de Granada: ópera, con una obertura, una gran página sinfónica y música de ballet. El director William R. Langley maneja a esta juventud con gestos por momentos exagerados pero necesarios y claros, dando cada entrada, dejando a los solistas lucirse sin agobiarlos, una formación excelente con un trabajo duro que dio sus frutos en un concierto excelente.

La obertura de La forza del destino (Verdi) es habitual como obra sinfónica por lo agradecida que suena poniendo a prueba cada sección orquestal. La ASYO sacó músculo en los metales a los que el ímpetu les llevó en algún momento a des equilibrar los balances (estoy seguro que pronto estarán en sus llamadas «Brass Band» de colegios y universidades), pero la cuerda -más dos arpas- con un concertino ya maduro por su virtuosismo, trabajaron para compensar volúmenes, la percusión siempre en su plano, y destacable una madera que además de empastada, mostró sonoridades envidiables para su edad.

La Alborada del gracioso (Ravel) es otra página sinfónica exigente por la constante búsqueda de colores en las tímbricas (la madera nuevamente impecable con un fagot de altura), el virtuosismo para los primeros atriles (destacando los solos del ayudante de concertino «rivalizando» con su compañero), la sutileza en los fraseos y encontrar el aire adecuado en cada momento, y el maestro Langley llevó con firmeza a sus pupilos para una interpretación luminosa.

Y el plato fuerte nada menos que Tchaikovski, que además daba título al concierto con El lago de los cisnes, una selección que si se me perdona la expresión, «no es moco de pavo». Cada número iría arrancando aplausos  ante la entrega, calidad y contundencia de la ASYO y Langley sacando de ella lo mejor, con los solistas brillando hasta la conocida escena (alguno del público la tarareó) donde la oboe impresionó hasta el punto de conseguir mantener la unidad expositiva posterior y la emocionante intervención de un virtuoso violinista junto a la arpista, música camerística, así como una cuerda en pizzicatti redonda en el Vals (más vienés que ruso), junto al resto de secciones (donde las flautas siempre sonaron perfectas), que volvió a arrancar los aplausos del respetable hasta la escena final convertida en una apoteosis sonora. Cerrando los ojos y escuchando esta suite tan profunda además de exigente, donde la belleza de las melodías del compositor ruso pueden tender a cierto almibaramiento, el resultado de los georgianos de EEUU fue maduro de principio a fin.

El éxito del concierto nos trajo otra excelente página como propina, de la cinematográfica saga Harry Potter eligieron «El prisionero de Azkabán» y el conocido Aunt Marge’s Waltz de John Williams, una «brass band» poderosa con el oboe mágico, el equilibrio  orquestal de los balances, la musicalidad del oscarizado compositor que siempre ha bebido de la música europea, y el dinamismo que Langley imprime a estos maduros jóvenes, apostando por tempi arriegados a los que todos respondieron con brillantez.

Aún vendrían ¡5 propinas más! para un público entregado tras el espectáculo sonoro de los estadounidenses, una encajadísima y dinámica Danza húngara nº1 de Brahms, y más Tchaikovsky que provocaba el delirio (y las sonrisas ante el aluvión ruso que iba presentando Langley) donde sonaría la famosa Danza española del acto III de «El lago de los cisnes».

Y tras marcar las palmas cual concierto para abrir el año, bisarían la Mazurka y también el final de la obertura verdiana, fuerza del destino y la hora, ya cercana a las 23:00 aunque el tiempo se detuvo en la ya noche granadina.

PROGRAMA:

Giuseppe Verdi (1813-1901)

Obertura, de La forza del destino

Maurice Ravel (1875-1937)

Alborada del gracioso, de Miroirs

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893)

El lago de los cisnes, selección:

Introduction. Nº 1, Scene. Nº 3, Scene. Nº 5, Pas de deux. I. Tempo di Valse ma non troppo vivo, quasi Moderato. II. Andante – Allegro. IV. Coda. Nº 8, Danse des coupes. Nº 10, Scene. Nº 13, Danses des cygnes. IV. Allegro moderato. V. Pas d’action (Odette et le prince). Dance russe. Nº 21, Danse espagnole. Nº 23, Mazurka. Scene et Finale.

El milagro Mehta

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Viernes 12 junio, 22:00 horas. 75 Festival de Granada, Conciertos sinfónicos.Palacio de Carlos V: Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, Zubin Mehta (director). Obras de Mozart. Fotos de ©Fermín Rodríguez – Festival de Granada y propias.

He asistido de nuevo al privilegio de vivir en directo al nonagenario director hindú Zubin Mehta (Bombay, 1936) tras el concierto del pasado 19 de febrero en Oviedo, esta vez al frente de la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino (que se estrenaba en la capital nazarí), nada menos que con la trilogía sinfónica concebida por Mozart en el verano de 1788, una de las cimas de la música sinfónica y referencia fundamental en la historia de la música occidental. para la inauguración del 75 Festival (tras el previo de la noche anterior).

Mehta debutó en Granada en 1964, algo que el propio director relata en sus memorias “La partitura de mi vida”: «Mi romance con España empezó en 1964, cuando tuve el gran placer de hacer música con la Orquesta Nacional de España en la maravillosa Alhambra de Granada». En este regreso, habiendo dirigido siete conciertos a lo largo de más de seis décadas (en las ediciones de 1964, 1968, 2011 y la actual de 2026), tras su última visita bien se merecía la concesión de la Medalla de Honor 2026, reconociéndole una trayectoria excepcional que ha dejado profunda huella en la música clásica contemporánea y una relación privilegiada con el certamen granadino, como también recordaría en el acto su amigo Paolo Pinamonti.

Presente en aquel su primer concierto en este mismo recinto, estuvieron los entonces Príncipes de España, y este viernes la Reina Emérita, quien aquella noche junto a su hermana Irene de Grecia, lo llevó a ver bailar a los gitanos en las cuevas del Sacromonte, iniciando una amistad con Doña Sofía que llega hasta nuestros días, por lo que Su Majestad, reconocida y extraordinaria melómana, cercana y amiga de grandes figuras internacionales, sería la invitada perfecta para hacerle entrega al descanso de tan merecida distinción al maestro hindú. También estuvieron presentes en este emotivo concierto (retransmitido en directo por Radio Clásica y la UER) de homenaje: el ministro de Cultura, Ernest Urtasun; la alcaldesa de Granada, Marifrán Carazo; el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau; la consejera de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, Patricia del Pozo; y el director del Festival, Paolo Pinamonti que realizó la semblanza del maestro Mehta así como la cita a Alfonso Aijón (presente en el concierto), fundador de «Ibermúsica» y que tantas veces trajo a España al director hindú.

La web del Festival presentaba este concierto como Apasionante debut mozartiano, con otro de los grandes hitos de esta edición del Festival, “el debut de la prestigiosa Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino, bajo la dirección de una de las batutas más reconocidas y admiradas del último medio siglo, Zubin Mehta. A sus 90 años, las limitaciones físicas no han mermado en absoluto la autoridad musical del maestro ni su comprensión profunda del gran repertorio internacional”, y en efecto tuvo la ocasión de “mostrarlo con la extraordinaria trilogía sinfónica concebida por Mozart en el verano de 1788, que a la postre sería culminación de su pensamiento sinfónico. Tres obras consecutivas y contrastadas, que recorren desde la amplitud luminosa hasta la tensión dramática y la afirmación final, y que resumen como pocas el genio del compositor salzburgués. Un debut de alto voltaje artístico para el Festival, a cargo de una orquesta histórica y un director esencial”.

En lo estrictamente musical, la primera parte, tras el susto de la caída desde el podio tras la laboriosa colocación desde la silla de ruedas hasta el taburete de un Zubin Mehta que nos puso el corazón en un puño, la ocuparían las sinfonías 39 y 40, donde el maestro nos hizo olvidar su estado físico porque revive con Mozart . Y la Orchestra del Maggio Musicale Fiorentino (en colocación vienesa con violines enfrentados y contrabajos atrás a la izquierda) se rindió al magisterio de un director que la conoce como pocos. Los años consiguen alcanzar el poso y la sabiduría para no apurar los tempi, con una gestualidad contenida y amable, la batuta reducida en movimientos pero siempre marcando la pulsación y las dinámicas exactas, mientras la mano izquierda marcaba todas las entradas, la presencia de las secciones, el fraseo amable hasta alcanzar la magia. Si la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor por los tres bemoles de la armadura esconde la simbología masónica del número 3, como nos cuenta José Luis García del Busto en las notas del programa, Mehta se erigió en Gran Maestre de la Orden Mozartiana. El Menuetto posado para saborear la maravillosa escritura del genio salzburgués con una orquesta ideal por plantilla. de sonoridad clara, con unas maderas (sin oboes) cantabiles y sobre todo un Allegro sin prisas, de “tempo giusto” que el hindú transmitió con la respuesta exacta a sus gestos, economizados, mas donde una mirada, un leve movimiento del cuerpo y permitir dejar fluir la música, dejaron el listón muy alto para “La 40”.

Parece increíble la rapidez con la que Mozart compuso esta trilogía, y un mes después de la anterior llegaba la popular Sinfonía nº 40 en sol menor, con un Molto allegro contenido para escuchar todos los detalles, de nuevo maderas al completo y trompas de empaste perfecto, más la cuerda sedosa, equilibrada con esa colocación donde apreciar que los llamados violines segundos son tan protagonistas como los primeros, y el juego instrumental que proyectan en el centro los cellos y violas. De nuevo con el Menuettto sacó a flote tanto las virtudes de los florentinos como el carisma y magisterio de un Mehta que detiene su tiempo vital y revive con el musical. Sin las ataduras del atril y con la mente clara, dirigiendo todo el concierto de memoria, el Allegro assai reafirmó que los años frenan los ímpetus para no perder ningún detalle de tanta buena música.

Tras el descanso llegaría el emotivo y emocionante acto de entrega de la Medalla de Oro presentada por Pinamonti, con los políticos de testigos mientras Doña Sofía de Grecia aplaudía a su amigo Zubin, que incluso se pondría brevemente en pie, agradecido, sonriente, y todo el público que llenaba el Palacio de Carlos V mostrándole el mismo cariño, respeto y admiración con una larguísima ovación.

Y nada mejor que soñar y volar con “Júpiter” al firmamento mozartiano, la luz de la tonalidad limpia de do mayor (sin alteraciones en la armadura), que en palabras del mencionado García del Busto, “con voluntad de superar, de resolver en positivo la tensión del heroico dramatismo de la Sinfonía en mi bemol mayor y la tragedia íntima de la Sinfonía en sol menor”. Tal parece la definición de Mehta con “su” Maggio para la Sinfonía nº 41 en do mayor, “sabiduría y altísimo oficio musicales”, pues no se puede describir mejor este soplo vital. Cada movimiento nos deleitó con unas dinámicas exquisitas, una elección de tempi perfecta y sobre todo ese Finale “claro, fluido, risueño” volviendo a tomar los calificativos de las notas al programa, con una orquesta brillante (sin clarinetes) con el rigor interpretativo y el milagro de un Mehta que dirigiendo nos hizo olvidar su frágil apariencia con la fortaleza de una carrera impecable, recibiendo los larguísimo y merecidos aplausos de un público puesto en pie que, como la orquesta, le quiere, admira y respeta a sus 90 años.

Una noche para recordar al eterno Mozart y al milagroso Zubin Mehta.

PROGRAMA:

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

I

Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, KV 543 (26 de junio de 1788)

Adagio – Allegro

Andante con moto

Menuetto. Allegretto

Allegro

Sinfonía nº 40 en sol menor, KV 550 (25 de julio de 1788)

Molto allegro

Andante

Menuetto. Allegretto

Allegro assai

II

Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter» (10 de agosto de 1788)

Allegro vivace

Andante cantabile

Menuetto. Allegretto

Finale: Molto allegro

Vientos del Este

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Viernes 5 de junio, 20:00 horas. “Mudanza”, abono 16 OSPA, Vadym Kholodenko (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Enescu, Liszt y Bartók.

Finalizaba la temporada de abono de la OSPA con un programa que el titular Nuno Coelho nos comentó en el encuentro previo, cada vez con mayor asistencia, y destacando la conexión con la Europa del Este. Junto a Fernando Zorita desgranaron las tres composiciones, haciéndonos partícipes de cómo los momentos más amargos de la vida puede crear obras de arte bellísimas, tanto en literatura como en la música que nos ocupa. Si este primer viernes de junio pocos noticiarios televisivos se hacían eco de una frase «escupida» (y estúpida) por algún político madrileño que «el calor inspira» (por las condiciones asfixiantes de alumnos y docentes en un cambio climático aún negado por tantos), queda mejor decir que «el dolor inspira».

Músicas de Rumanía y Hungría en épocas convulsas que van más allá del folklore y donde cada compositor vuelca una escritura sinfónica exigente para poner el broche de oro final a esta temporada de abono (en breve se presentará la próxima como así nos hicieron saber incluso el gerente Oriol Roch antes de comenzar el concierto con algún «chivatazo» que me callo). Los 35 años de OSPA se notan al alcanzar un momento dulce de feliz conjunción entre veteranía y juventud (ha comenzado poco a poco la renovación en parte de la plantilla, pues a todos llega la esperada jubilación) esperando se cubra la plaza de concertino (esta vez volvía Aitor Hevia de invitado), con un Nuno Coelho afianzando una formación que ya tiene identidad y sonoridad propia, trabajando amplios repertorios de todas las épocas que van enriqueciendo también a los abonados, esperando se sumen más, pues van menguando y es una lástima lo que están perdiéndose tantos aficionados asturianos de la que es «nuestra orquesta».

Tristemente el rumano-francés Enescu (o castellanizado Enesco) pasará a la historia por sus dos Rapsodias Rumanas op. 11, compuestas en París entre 1901 y 1902, siendo la más popular la primera en la mayor, elegida para abrir este último de abono que mantiene el «orden decimonónico» y que es virtuosa para toda orquesta. Pero calentar motores con ella ya deja a los músicos listos para «lo que les echen», enlazando con las húngaras de Liszt, deudoras incluso por la denominación «rapsodia» en el contexto de composición musical que probablemente se origina con el endemoniado y arrepentido abate que descansa en Bayreuth. Desde cierto aires folklóricos las rapsodias prometen una música que suena salvaje e improvisada, y la Rapsodia nº 1 de Enescu seguramente cumple esta promesa, proporcionando electrizantes melodías sucesivas con un aire de espontaneidad y un final frenético. Desde el inicio del clarinete solo, contestado por la flauta y oboe que marcan un paso de baile muy zíngaro, la alegría se hace contagiosa. Si la madera al completo es un seguro de calidad, la cuerda asturiana (incluso la pareja de arpas) sigue siendo un lujo de empaste, sonoridad amplia y limpia, con fraseos bien encajados y tímbricas variadas (excelente la viola en su intervención). Los metales cada vez más seguros, afinados, homogéneos, ricos además de matizados. Y la percusión la reafirmación de una OSPA recia, robusta, precisa y haciendo excelente música siempre bien llevada por la mano maestra de un Coelho que no solo la mantiene sino que la ha hecho mejorar como los buenos vinos de su tierra, exigiendo y «apretando» en unos tempi donde si no se arriesga falta bouqué, pero lo logró tras un final de curso en plena forma.

Si Enescu fue un virtuoso del violín, Liszt lo sería del piano, y sus dos conciertos una prueba de fuego para todo intérprete. El pianista ucraniano Vadym Kholodenko (Kiev, 1986) afrontó el menos interpretado segundo -en la mayor S. 125-, escrito desde 1839 pasando de Roma a Weimar (donde lo estrenaría en 1857 para volver a revisarlo sobre todo en la orquestación, y publicarse finalmente en 1863), como bien recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa. Si la interpretación parece fácil a la vista del oyente es muestra de un virtuosismo bien entendido, sin excesos cara a la galería, pero con una exigencia casi atlética ante los pasajes en fff más la delicadeza de otros que parecen beber del Chopin en el París, entonces capital musical. Obra escrita como un único y largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas y con una orquestación para gran plantilla (tres flautas -una doblando a piccolo-, oboes, clarinetes y fagotes a pares como las trompas y trompetas, más tres trombones, tuba y percusión con gong y timbales amén de la cuerda), el piano tiene momentos donde se suma a la sonoridad global en una transformación temática típica del compositor húngaro, junto a otros donde mostrar la escritura del Liszt virtuoso que hacía desmayarse a sus oyentes femeninas. No está al alcance de todo intérprete lograr y reflejar este catálogo emocional, pero el ucraniano, bien concertado por el portugués, nos brindó una interpretación precisa, rica en dinámicas, limpia de ejecución y ese dúo con el chelo de von Pfeil camerístico de perfecta simbiosis entre ambos (siendo muy aplaudidos) con una orquesta bien balanceada en las partes «dialogadas», conjunción ideal para escuchar todo lo escrito.

La propina de Kholodenko sería Prokofiev y el Preludio, nº 7 de las «10 piezas para piano» opus 12), vivo y delicado como se indica en la partitura, técnicamente impecable, delicado y contenido, de sonoridad deliciosa  y ejecución con mucho fondo.

Y tras una primera parte donde la OSPA ya mostró «músculo», el mejor cierre sinfónico vendría con el Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 del Bartók entonces emigrado a los EEUU y famélico, con este encargo casi  como una ayuda económica para poder subsistir. Obra cumbre del repertorio orquestal del siglo XX, Gallego de Torres escribe:

«Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción de lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”. Las palabras de Bartók sobre su Concierto para orquesta compuesto en el exilio en Nueva York al final de su vida (fue estrenado en Boston en 1944, falleciendo el fascinante compositor y etnomusicólogo en 1945) nos sitúan en la estructura de este concierto simétrico en cinco movimientos. El tercero, gozne entre los primeros y los últimos, es una abierta y lancinante manifestación elegíaca, que no nos deja sentirnos indiferentes y que nos sirve de mudanza del “mundo de ayer” (Zweig) a la modernidad».

Dolor y esperanza que la OSPA desplegó en esta maravillosa página donde dejar constancia de todas las virtudes que atesora, con Coelho dejando fluir la música, brillando los primeros atriles, cada sección rivalizando en mostrar su calidad, plantilla equilibrada y el entendimiento que sólo con los años se consigue. La orquestación es grandiosa: 3 flautas (una doblando al flautín), 3 oboes (tercero doblando al corno inglés), 3 clarinetes (tercero doblando al clarinete bajo), 3 fagotes (tercero doblando al contrafagot), 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, amplia percusión (con timbales, bombo, caja, platillos, triángulo y gong) más la cuerda con 2 arpas.

La Introduzione desplegó presión en una cuerda tersa con metales poderosos y tras la extenuación las maderas relajando con unos solos equilibrando sensaciones sonoras. Arranque marcial de la caja y una madera camerística en el Giuoco delle coppie, arrullada por los violines y empujada por unos graves siempre presentes, donde en la Elegía devolverían dolor, maderas cual brisa que va ganando fuerza bien marcada desde la batuta hasta un clímax del tutti conmovedor, impactante, sonoridad asturiana capaz de sutiles pasajes y desgarradores momentos. Al menos el popular (y conocido por ser sintonía radiofónica) Intermezzo interrotto nos devolvió luz, ritmo, rubati bien llevados por las manos del maestro portuense con la respuesta precisa de «su» orquesta, tras esa melodía inicial del oboe y la flauta, la cuerda sedosa fraseando co un empaste global, y el saltarín juego del clarinete, las varas, la contestación frotada, explosiones vitales que alternan melancolía y optimismo. El Finale Presto nos llevaría a ese éxtasis sonoro, virtuoso, sin complejos, reguladores increíbles para la conclusión esperada y esperanzadora de otra temporada madura donde «el dolor inspira» conciertos tan ideales como este final de curso. El próximo ¡más y mejor! con sorpresas que espero seguir contando desde aquí.

PROGRAMA:

GEORGE ENESCU (1881-1955)

Rapsodia rumana nº 1 en la mayor, op. 11 (1901-02)

FRANZ LISZT (1811-1886)

Concierto para piano nº 2 en la mayor, S. 125 (1861-63):

Adagio sostenuto assai – Allegro agitato assai – Allegro moderato – Allegro deciso – Marziale un poco meno allegro – Allegro animato – Stretto: Molto accelerando

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta, Sz 116, BB 123 (1943):

I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace

II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando

III. Elegia: Andante non troppo

IV. Intermezzo interrotto: Allegretto

V. Finale: Pesante – Presto

En femenino plural

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Crítica para LNE del domingo 31, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo concierto de abono de la actual temporada de la OSPA y programa marcado por una significativa presencia femenina. Sobre el podio, la directora estonia Kristiina Poska (Türi, 1978); en el atril, el estreno en España de Transience de su compatriota Elis Hallik (Pärnu, 1986), escuchada por vez primera tanto en Gijón (jueves) como en Oviedo (viernes); como concertino invitada, la violinista polaca Joanna Wronko; y hasta las notas al programa llevaban firma femenina, las de la pianista, gestora y musicóloga coruñesa Marta García Teijido. Todo ello en un concierto que hacía honor al título de esta crítica: un auténtico “femenino plural”.

La velada añadía además otro estreno español, el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (St. Louis, 1972), escrito para el británico Adam Walker (Retford, 1987), encargado de defender una partitura tan exigente como comunicativa. Un programa inteligentemente construido, alternando creación contemporánea y gran repertorio romántico.

Resulta esperanzador comprobar cómo muchas obras nuevas parecen recuperar ciertos cánones expresivos y narrativos que durante décadas parecían proscritos. Así ocurrió con Transience, cuya compositora, presente en la sala, recibió una cálida y unánime ovación. La obra, de apenas once minutos, propone una intensa reflexión sonora sobre lo efímero: la fugacidad del instante que desaparece pero deja huella. Como explicaba Poska en el encuentro previo, Hallik trabaja “la idea de aquello que nos atraviesa y se desvanece, casi como una luz suspendida en el tiempo”.

La escritura, de gran refinamiento tímbrico, alterna momentos de explosión sonora con otros de contemplativa suspensión, en un discurso que convierte el silencio en elemento estructural. La cuerda de la OSPA, tratada casi coralmente —tan propia de la tradición musical estonia—, respondió con admirable concentración, logrando esa atmósfera entre lo tangible y lo inaprensible que exige la compositora. Hubo compenetración absoluta entre Poska y Hallik, dos músicas nacidas bajo la misma geografía báltica y aparentemente unidas por una idéntica concepción del sonido.

El Concierto para flauta de Kevin Puts ofreció un paisaje sonoro muy reconocible desde la tradición estadounidense, con ecos de Copland o Bernstein, especialmente perceptibles en sus amplias melodías y en un sentido casi cinematográfico de la orquestación. Adam Walker fue el mejor embajador posible de una partitura escrita claramente a su medida, llena de exigencias técnicas y amplios vuelos líricos. El primer movimiento, Con gran sinceridad y afecto, desplegó una escritura brillante y de corte casi clásico para la flauta solista, mientras que el central, Juguetonamente, con creciente agitación, escondía un ingenioso guiño al célebre Concierto nº 21 de Mozart, reconocible incluso en la presencia del piano, aunque hábilmente reformulado dentro del lenguaje de Puts. El final, Muy rápido, con una sensación de desenfreno, convirtió la obra en un auténtico “tour de force” colectivo: percusión extenuante, cuerda participando con palmas en el final, y una sensación rítmica casi vertiginosa que Walker resolvió con virtuosismo deslumbrante. Todo con el sólido respaldo de una OSPA muy implicada y atenta en cada detalle a la precisa dirección de Kristiina Poska, siempre elegante y clarísima desde su característica batuta sostenida con la mano izquierda.

Como propina, el flautista británico regaló una impresionante lectura de Density 21.5 de Edgar Varèse, demostrando una vez más su extraordinario dominio técnico y expresivo.

La segunda parte devolvía el protagonismo al gran repertorio con la Sinfonía nº 3 “Escocesa” de Mendelssohn. Poska la dirigió íntegramente de memoria, mostrando un conocimiento profundo de la arquitectura de la obra y un admirable equilibrio entre las secciones de la orquesta asturiana. La directora estonia apostó por tempi vivos y un discurso muy fluido, especialmente convincente en el final “guerrero y majestuoso”, evitando cualquier tentación de pesadez romántica. Muy logrado también el Adagio cantabile, fraseado con sensibilidad y naturalidad, mientras la OSPA respondía con madurez y empaste a una lectura refinada y orgánica. Mendelssohn, el compositor viajero fascinado por Escocia, encontraba así una recreación de acentos nórdicos y sensibilidad báltica, pero también impregnada de ese salitre musical asturiano que la OSPA lleva décadas incorporando a su personalidad sonora.

Excelente propuesta de penúltimo abono, equilibrando contemporaneidad y tradición con naturalidad y coherencia. Lástima, una vez más, el preocupante vacío de butacas en una cita de semejante nivel artístico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience *estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta *estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace

III. Adagio cantabile

IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

Apostando por lo actual

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe – Oviedo. “Dominio mágico”, abono 15 OSPA, Adam Walker (flauta), Kristiina Poska (directora). Obras de Hallik, Puts y Mendelssohn.

(Reseña para LNE del sábado 30, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Penúltimo de abono con estrenos y presencias femeninas. Sobre el podio la directora estonia Kristiina Poska, en el atril el estreno de Transience obra de su compatriota Elis Hallik (1986), la polaca Joanna Wronko de concertino invitada, sumando el Concierto para flauta del estadounidense Kevin Puts (1972) actuando de solista el inglés Adam Walker (1987).

De las obras nuevas parece que afortunadamente se vuelve a los cánones llamemos “clásicos” que se perdieron durante la transición entre nuestros dos siglos. Así fue Transience, con su compositora presente (que recibió el aplauso unánime saludando a los presentes). Obra de belleza intensa, evocadora en 11 minutos, enérgica y contemplativa, lo inaprensible hecho música para una formación de cuerda casi coral, como toda Estonia, en feliz entendimiento con las músicas nativas.

El Concierto de flauta de Puts resultó todo un catálogo desde los EEUU y escrito para el solista: recuerdos de Copland o Bernstein, con cadencias para la flauta muy clásicas y brillantes, pero también la inspiración del movimiento central en el famoso concierto 21 de Mozart (piano incluido). Obra virtuosa y exigente para todos (los dos percusionistas sin descanso y hasta la cuerda palmeando un vitalista final) para disfrutar de Walker (su propina increíble) respaldado por una excelente OSPA llevados por la precisa batuta izquierda de Poska.

Segunda parte con la “Escocesa” de Mendelssohn, redondeando un programa para alternar novedades y romanticismo, que se agradece por todos (lástima el preocupante vacío de aficionados). Valiente la dirección de la estonia por los tempi con respuesta fiel de una OSPA madura para esta escocesa refinada con salitre cantábrico.

PROGRAMA:

ELIS HALLIK (1986- )

Transience

*estreno en España

KEVIN PUTS (1972- )

Concierto para flauta

*estreno en España

I. Con gran sinceridad y afecto
II. Juguetonamente, con creciente agitación
III. Muy rápido, con una sensación de desenfreno

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)

Sinfonía nº 3 en la menor, op.56 “Escocesa”:
I. Andante con moto – Allegro agitato

II. Scherzo assai vivace
III. Adagio cantabile
IV. Allegro guerriero – Finale maestoso

El arte de escuchar

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Viernes 22 de mayo, 20:00 horas. Abono 14 «Sublime ambición», Cuarteto Quiroga y OSPA. Obras de Beethoven, Haydn y Mozart.

En la Festividad de Santa Rita, llamada abogada de los casos imposibles y patrona de las causas difíciles, el antepenúltimo abono de la OSPA (encomendándonos a ella para que la próxima temporada acuda más público), nos devolvía un concierto con «los clásicos» que no pueden faltar en cada curso, y sin director pero con el Cuarteto Quiroga, repetíendo la experiencia de hace un año con los mismos compositores y tres obras que la doctora Mª Encina Cortizo presenta en las notas al programa como «Sublime ambición».

Los encuentros previos a las 19:15 horas en la Sala de conferencias nº 1 sí está siendo un éxito porque la transmisión oral («el boca a boca») sí funciona y siempre aprendemos de las interioridades tanto de los invitados como de las obras que posteriormente escuchamos. Moderados por Fernando Zorita acudieron todos los componentes de «El Quiroga» (el asturiano Aitor Hevia, el gallego Cibrán Sierra, el valenciano Josep Puchades y la madrileña Helena Poggio) que no solo compartieron cómo coordinar sus carreras como solistas o profesores con el cuarteto, los nuevos proyectos, la toma de decisiones siempre democráticas (en las orquestas parece imposible porque quien manda es la batuta), con lo que tiene de enriquecimiento, o la simpática  comparación que Sierra hizo de qué es un cuarteto: el chelo es la botella, sin ella no hay nada; el primer violín es la etiqueta y el diseño, pero el auténtico vino son el segundo y la viola, con todo el humor y reflexión sobre los buenos compositores que se diferencian no por las melodías sino por su desarrollo, recordando la frase de Brahms «No es difícil componer, pero es maravillosamente difícil dejar que las notas superfluas caigan bajo la mesa. . . Hay tantas melodías volando que hay que tener cuidado de no pisarlas».

Sobre tener a la orquesta sin director es algo necesario, enriquecedor e incluso habitual cuando hay un solista que también «conduce» desde el piano o el violín. En estos casos siempre destaco la dificultad que ello conlleva y precisamente durante el encuentro previo al abono 12 de esta temporada, la violinista y directora Antje Weithaas nos comentaba, junto al gerente Oriol Roch, que «exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse», pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado. No es imposible cuando el Cuarteto Quiroga, con quien la OSPA lleva años de colaboración (especialmente con Aitor Hevia de concertino invitado), sabe «hacer equipo», compartir experiencias para hacer que una formación esta vez sin superar los 50 músicos (como era en los tiempos clásicos y muy alejadas de nuestras cercanas grabaciones de los Karajan o Kleiber, por citar dos referentes de mi juventud) suene camerística. Aprender a escucharse, mantener la atención a los detalles, incluso desde la «distancia» de los cuatro atriles que comandaron toda la cuerda, pero especialmente en este programa ¡valorar los silencios! que son tan importantes en los tres compositores: expresión y dramatización que obliga a mantener la pulsación interior en todos los miembros de la orquesta mientras el sonido aún está flotando en el aire antes de atacar el siguiente compás.

El arte del silencio realzando la expresividad aparece ya en Coriolano: obertura, op. 62 (1807) del genio de Bonn con una plantilla de 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (12-10-8-6-4).

Con Hevia marcando, fraseando y contagiando el tempo escrito por Beethoven como Allegro con brio, comunicando y ejerciendo el mando otorgado, parecía difícil encontrar los balances perfectos entre cuerda, viento y timbales -de cobre-, pero una vez que la sincronización en el latir musical se alcanzó (que costó algunos compases), esta página llena de tragedia de un Beethoven con 37 años ya romántico, sacó de la OSPA esa mezcla de aire heroico y lírico, con un empaste ideal desde la plantilla idónea donde el Cuarteto Quiroga ocupó los atriles principales de la cuerda, algunos coprincipales hoy principales -también varias «caras nuevas»- pero todos manteniendo calidad, profesionalidad en este compartir la escucha ¡y los silencios!.

En la Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78 de «papá Haydn», que la doctora Cortizo cuenta «es una de las tres (76, 77 y 78) que Haydn escribe en 1782, todavía en Esterházy, con 50 años, para una visita a Londres que finalmente se retrasará una década. En una carta al editor francés Boyer, Haydn las define como «hermosas, magníficas y no muy largas […] muy fáciles y sin demasiado concertante». Mientras que las sinfonías 76 y 77 presentan un carácter galante, ésta explora la sensibilidad Sturm und Drang en los movimientos extremos», pasaría al concertino Sierra, y con una plantilla más reducida (flauta, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas y la cuerda), de nuevo la exigencia, la atención y el respeto a los silencios escritos en este romanticismo que ya es «la tormenta y el ímpetu» (traducción del  Sturm und Drang), dinámicas bien marcadas, los balances con la gestualidad habitual del violinista orensano, retorciéndose o levantándose de la silla y blandiendo el arco para subrayar o recordar las entradas del viento.

Todos latiendo con el mismo pulso, desde el Vivace inicial (contrastes ideales del oboe con el tutti) al bello Adagio siguiente, una esfuerzo equiparable al de los deportistas de élite por los cambios de ritmo que encajaron todos a la perfección. Y subiendo «revoluciones» el expresivo Menuetto: Allegretto perfectamente sincronizado en fraseos, intervenciones solistas, aires y planos sonoros antes del valiente Presto final, un rondó lleno de pasión e interpretación no ya académica sino la demostración de una OSPA convencida, madura, respetuosa con la partitura bien entendida por «El Quiroga» compartida con la formación asturiana.

Y volvía «al frente» Hevia para Mozart y la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543, nuevo reto conjunto en una obra de la llamada trilogía final escrita entre junio y agosto de 1788, con 32 años y con la controversia del motivo de la composición, aunque a diferencia de Haydn o Beethoven, la escritura fluye tan espontánea y natural como solo el prodigio de Salzburgo era capaz. Así la entendieron todos ellos con una plantilla conformada por flauta, 2 clarinetes, 2 fagots, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerda (destacando la tarima que refuerza los graves en los cuatro contrabajos). La sonoridad resultó perfecta, equilibrada en todas las secciones, aún más exigente que en Haydn, pues la engañosa facilidad mozartiana pide atención continua y el mínimo despiste, más aún sin director, puede dar lugar a entradas en falso. Pero los cuatro movimientos (I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro) fluyeron con la naturalidad de unos músicos que disfrutan con estos repertorios, la riqueza de nuestra orquesta que a lo largo de esta temporada, que va llegando a su fin, han transitado estilos, compositores, épocas y batutas muy distintas. Arranque con los timbales mandando a una cuerda aterciopelada e incisiva, flauta clara -como toda la madera-, metales empastados (dos trompas perfectas y abriendo sonido cuando debían) seguido por el Allegro luminoso, valiente y equilibrado; el Andante con moto sereno, aún más complicado hacer latir con menos pulsaciones pero logrado sin aparente esfuerzo colectivo, verdadero disfrute de la madera y sus diálogos en pasajes cual ópera sinfónica; «marcando el paso» el Menuetto, incisivo, contrastado, fraseos y acentos claros; y el Finale valiente de metrónomo, equilibrados los balances marcados desde el puesto de concertino pero plenamente asimilados, alegría contagiosa con el Cuarteto Quiroga contagiando su espíritu de unidad y calidad donde poder disfrutar de intervenciones plenas de gusto, personales pero compartidas.

PROGRAMA

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Coriolano: obertura, op. 62

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)
Sinfonía nº 78 en do menor, Hob. I.78:

I. Vivace / II. Adagio / III. Menuetto: Allegretto / IV. Presto

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)
Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K. 543:

I. Adagio – Allegro / II. Andante con moto / III. Menuetto: Allegretto / IV. Allegro

Arde París

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Martes 21 de mayo, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Emily D’Angelo (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Arriaga, Rossini y Falla. Fotos de Pablo Piquero y propias.

En una semana de lo más musical, acabando mayo llegaba el antepenúltimo de los Conciertos del Auditorio «Con París como telón de fondo» como titula Pablo Meléndez-Haddad las notas al programa. Y Oviedo Filarmonía pasaba con la ductilidad a la que nos tiene acostumbrados del foso zarzuelístico al repertorio sinfónico, con un ajetreado final de temporada, que nuevamente con su titular Lucas Macías Navarro (quien además acaba de renovar hasta la temporada 2027-28 con la OCG y la nueva gerencia de Ana Mateo). Orquesta y maestro siguen creciendo y haciendo crecer cada actuación en estos años de estabilidad.

Volvía nuevamente a Oviedo la mezzo canadiense Emily D’Angelo (Toronto, 23 de septiembre de 1994) que tan grato recuerdo nos dejó hace cuatro años, encandilando al numeroso público del auditorio especialmente con Rossini, pero esto lo cuento más adelante.

Al malogrado compositor vizcaíno Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Baizola (Bilbao, 1806 – París, 1826) se le ha llamado «El Mozart español» por ser un niño prodigio pero de sorprendente «madurez melódica y expresiva» como nos cuenta mi tocayo periodista, historiador y crítico musical. No es habitual en lo conciertos pese a que su calidad es equiparable a los mejores clásicos, manteniendo un estilo propio. Retomo las notas de Meléndez-Haddad sobre el genio vasco (de quien conmemoramos su 200 aniversario), «formado como músico en París, con once años ya comenzaba a destacar por su calidad y obras como su  ópera Los esclavos felices (1820), escrita el año anterior a su traslado, con 15 años, a París, donde se inscribiría en la École Royale de Musique et Declamation, siendo discípulo de Cherubini, quien le nombró profesor ayudante, sus obras se mueven entre el Clasicismo vienés y el incipiente Romanticismo francés».

La Sinfonía en Re para orquesta sinfónica, es una partitura ideal para formaciones como Oviedo Filarmonía. La Orquesta del Conservatorio de París, que la estrenó, no llegaba a los 40 músicos, mientras en el auditorio estos eran toda la cuerda (capitaneada por Marina Gurdzhiya) más viento a dos -sin trombones ni tuba- y timbales. De las grabaciones existentes, tengo en CD las de López Cobos con la Orquesta de Cámara Inglesa, y la de Jordi Savall con su orquesta Le Concert des Nations, ambas dignas de reescuchar, y que en el directo de esta jueves con calor veraniego, sumó fuego a todo el programa.

De estructura clásica en cuatro movimientos (Adagio, Andante, Allegro-Minuetto y Allegro con moto), su orquestación permitió comprobar el excelente momento de esta orquesta ambiciosa y colorista como la propia partitura de Arriaga. Una madera empastada, cuarteto de metales a pares (trompetas y trompas) de sonido orgánico y una cuerda que da gusto escucharla con un sonido claro, aterciopelado y compacto, siempre bien llevada de la(s) mano(s) de Macías.

El cisne de Pésaro tiene un lenguaje propio e inimitable por su manejo melódico, las armonías y una instrumentación única, tanto en sus óperas como en los «pecados de vejez». Esta Giovanna d’Arco (1832), cantata para voz solista y piano, en el arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino (Palermo, 1947), Rossini la estrena primero en su casa parisina (1 de abril de 1859) con él al piano y la célebre Marietta Alboni, antes de abandonarse a los placeres culinarios. Hay una versión orquestal de 1842, aunque la de Sciarrino es un encargo del Festival Rossini (1989) estrenada por nuestra Teresa Berganza bajo la dirección de Alberto Zedda.

Como tantos otros, el italiano se rindió a la santa doncella quemada en la hoguera, con ese estilo romántico que no faltó en la interpretación de una Emily D’Angelo ideal por tesitura, color, proyección e incluso dramatismo. Página bien interiorizada por la mezzo canadiense a quien solo faltó el fuego alrededor, pero que puso toda la carne en el asador, bien cocinada por Macías y la OFIL que mantuvo bien planos y dinámicas, en parte por una mezzo de registro grave, cercano al original de contralto, aunque con unos agudos y agilidades casi «belcantistas» que le permitieron afrontar esta cantata operística por su escritura (donde no faltan los recitativos) con una orquesta que fue manteniendo vivo el fuego enriqueciendo el original con piano.

La orquestación de Salvatore Sciarrino es totalmente respetuosa con el estilo del gourmet, y nos permitió disfrutar de una OFIL magnífica en todas las secciones, arropando a esta Juana de Arco convincente, pletórica y con una dramatización digna de las grandes figuras de la lírica (como demostrase en su recital junto a la soprano ucraniana Olga Kulchynska) incluso por el vestuario y corte de pelo habituales.

Sobre esta cantata, Meléndez-Haddad escribe: «Sigue siendo un misterio la autoría del libreto utilizado por Rossini en su Grande scena Giovanna D’Arco. Cantata a voce sola con accompagnamento di piano, espressamente composta per Madamigella Olimpia Pélissier da Rossini, aunque algunas fuentes apuntan al libretista Gaetano Rossi (1774-1855), quien colaboró con Vaccai en una ópera basada en la vida de la santa. Lejos de pretender brindar dimensión operística a esta pieza, una de las últimas de Rossini antes de su abrupta retirada, el compositor opta por un monólogo para voz de contralto con la típica estructura de cantata italiana con raíces en el Barroco dividida en recitativo / aria / recitativo / cabaletta brillante, secciones que permiten detallar la lucha interior de la heroína. El arco dramático camina desde un comienzo íntimo, melancólico, para posteriormente evocar a su madre y a su familia (“O mia madre, se frattanto”), para decantar en una emoción tan contenida como profunda antes del apasionado final (“Corre la gioia di core in core”), en el que la doncella, plena de energía y determinación, acaba celebrando su infausto destino». Así la afrontaron D’Angelo y OFIL con su titular Macías Navarro, una página poco habitual en los conciertos y que el público asturiano tan lírico siempre agradece acudiendo puntualmente a estos conciertos.

Este año se conmemoran los 150 años del nacimiento y 80 de la muerte del gaditano Manuel de Falla (1876-1946) cuya música eleva el nacionalismo español hasta el universo mundial, con obras sinfónicas que son habituales en los conciertos, más aún en este 2026. Para la ocasión y aprovechando la presencia de la mezzo canadiense, la segunda parte la ocuparía El amor brujo (versión de 1925). El maestro Macías repetirá con Falla en el 75 Festival Internacional de Granada al frente de la OCG en la primera versión inédita de 1905 de su ópera La vida breve el próximo 10 de julio en el Palacio de Carlos V en este #Falla150, donde en el amplio elenco estará el tenor asturiano Alejandro Roy (dejo sobre estas líneas el avance en el programa). 

El amor brujo es un ballet-pantomima escrito para orquesta de cámara entre 1914 y 1915, recién acabado de llegar de París, donde residía, huyendo de la guerra. «Sobre un libreto de María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra lo presentará en 1915 en el Teatro Lara de Madrid como gitanería, incluyendo danzas, canciones y texto según lo solicitado por la mítica Pastora Imperio. Al año siguiente Falla replantea la obra y propone una orquestación para conjunto sinfónico antes de una tercera revisión que se daría a conocer en París en 1923, la misma que, dos años después, estrena como ballet». Si de Arriaga refería mis grabaciones, de este «Falla brujo» casi puedo decir que colecciono versiones de todo tipo, donde no faltan las cantaoras pues en El amor brujo late el profundo conocimiento que Falla tenía del cante jondo (recordando que en 1922 junto a Lorca organizó en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra granadina el primer concurso, germen del actual festival internacional de música y danza de la capital nazarí). Pero si me piden una, aunque todos sepamos lo que supone grabar en estudio y nada que ver con el siempre irrepetible directo, me quedo con Rocío Jurado y la ONE dirigida por Jesús López Cobos, banda sonora de la película de Carlos Saura, pues nadie como la chipionera para poner fuego, pasión, celos y fantasmas, el retrato de Candela y Carmelo, la pareja de enamorados que lucha contra todo, un canto al amor teñido de genuino duende y quejío. Claro que de las líricas evidentemente elijo a la siempre recordada madrileña Teresa Berganza, porque sigue siendo mi referente entre «las grandes de la escena».

Es difícil para las mezzos y aún mejor contraltos rodadas en la lírica, captar la esencia flamenca que exige otra técnica y estilo, más tras el Rossini anterior donde el fuego alcanzó altas temperaturas para arrancar este Amor brujo ovetense. Para la Candela canadiense con perfecta dicción española no es el mejor papel al que enfrentarse. Sobreponiendo a su vestuario una gasa negra con grandes lunares -un toque actual flamenco-, sus intervenciones (Canción del amor dolido, Canción del fuego fatuo, Danza del juego del amor y Las campanas del amanecer) fueron de menos a más, pues la orquesta arrancó poderosa en la Introducción y escena sin bajar decibelios para el primer número. Para la mezzo en el registro grave pierde volumen aunque mantiene el color y cuerpo que mostró en la primera parte; mejor el fuego fatuo que intentó quemarla como a Juana de Arco, pero solventó con un estilo propio, elegante y bien fraseado, aunque no tenga el quejío flamenco; algo más templada la orquesta en el tercer número pudo lucir presencia y personalidad junto a violín y oboe; mas las campanas finales avivaron las llamas  y en el agudo no pudo brillar porque su color tiende a lo oscuro, aunque por otra parte la orquesta no bajaría el calor a lo largo de los doce números de este ballet en concierto sinfónico-vocal.

Y si Emily D’Angelo exprimió todo su potencial vocal buscando la cercanía a lo nuestro, sería Oviedo Filarmonía quien bordó cada intervención desde todos los principales. Si la trompeta del valenciano Juan Antonio Soriano lució en cada aparición, brillo y color con sordina, de fraseos empastados, el oboe del navarro Jorge Bronte no se quedó a la zaga, incluso en sus diálogos -a lo largo de todo su registro- con trompeta y flauta, más aún «jugando con el amor» de la mezzo. Importante e imponente la trompa del de Liria, Víctor Talayero, en la primera parte, más Daniel Ayala en Falla que no falla: de afinación exquisita y empastes con los metales muy destacados. La flauta de la cartagenera Mercedes Schmidt brilló a lo largo de todo el concierto (verdadero pájaro cantor); el clarinete de la madrileña Inés Allué mantuvo el altísimo nivel interpretativo. Contar con el piano del virtuoso ruso Sergey Bezrodny sigue siendo un lujo para toda orquesta, más el violín de la moscovita Gurdzhiya «cantando» con D’Angelo el juego del amor resultó uno de los momentos más líricos junto a su solo en la Pantomima, y otro tanto el chelo siempre solvente del avilesino Gabriel Ureña en el mismo número. El cuarteto de contrabajos sobre la tarima logró la sonoridad rotunda y necesaria en los graves más el empuje rítmico junto a los timbales siempre acertados del ilerdense Daniel Ishanda. Toda la cuerda sonó rica de color, presente, bien balanceada, y el maestro onubense Macías dejándoles interpretar gustándose (tanto en la Escena como la Pantomima resultaron otros momentos orquestales de altura para cada sección y principales brillando todos a gran nivel). La conocida Danza ritual del fuego bien avivado por el tempo elegido, sirvió para deleitarnos con esas maravillosas dinámicas sinfónicas y los balances precisos de los principales junto al tutti poderoso con un final que dejó esta evocación de un París en llamas para este jueves caluroso pero sin quemarnos.

PROGRAMA

PARTE I

Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)

Sinfonía en re

Adagio / Andante / Allegro-Minuetto / Allegro con moto

Gioachino Rossini (1792-1868)

Giovanna d’Arco, cantata para voz solista y orquesta (arreglo para orquesta de Salvatore Sciarrino)

PARTE II

Manuel de Falla (1876-1946)

El amor brujo (versión de 1925)

Introducción y escena

Canción del amor dolido
El aparecido (El espectro)
Danza del terror
El círculo mágico. Romance del pescador A media noche. Los sortilegios
Danza ritual del fuego
Escena
Canción del fuego fatuo
Pantomima
Danza del juego del amor
Final. Las campanas del amanecer

NR con NR

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1715 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Orígenes», Nadège Rochat (violonchelo), Noelia Rodiles (piano). Obras de R. Schumann, Falla, Kodály y Stravinsky.

Hay días donde me coinciden dos conciertos y hay que elegir, aunque al de este miércoles gijonés no quería faltar por varias razones. Primera porque supone mi despedida de la temporada dado que el último (5 de junio)  pese a tenerlo en mi agenda desde que se programó (sobre todo por el «Homenaje a Falla» desde la óptica de Moisés P. Sánchez que regresa a esta filarmónica), me coincide con el último de abono de la OSPA, y la fidelidad está por encima de los gustos. Y esta fidelidad así como afinidad me acercó a Gijón para disfrutar de dos mujeres asturianas que comparten iniciales NR, tienen en el Jovellanos una casa donde siempre se las quiere, y dos artistas a las que sigo hace años pese a la juventud de ambas.

A la pianista «avilesina» Noelia Rodiles (Gijón, 1985) casi puedo presumir de haberla visto crecer y afrontar retos, acompañando al tenor Joaquín Pixán, todo un aprendizaje como maestra acompañante, con la OSPA interpretando a su paisano Julián Orbón, como solista en este mismo escenario del Paseo de Begoña estrenando obras de nuestro tiempo, con la Oviedo Filarmonía en las Jornadas de Piano estrenando a Manuel Martínez Burgos, su regreso para el 117º aniversario de la Sociedad Filarmónica de Gijón, sin olvidarme de sus grabaciones discográficas, precisamente de Orbón y M. Burgos, o el disco anterior «Efecto mariposa» presentado la víspera de un confinamiento del que no nos olvidaremos, por volver la vista atrás que he ido reflejando en mi blog.

Más cercana en el tiempo pero otro tanto puedo comentar de la chelista suiza Nadège Rochat (1991), a quien hemos enamorado de Asturias donde ha encontrado su «paraíso natural», puede que por aquellos que dicen lo de «Asturias, la pequeña suiza». Me la «descubrió» en Bilbao mi querida Judith Jáuregui y desde entonces sigo la trayectoria de ambas y siempre que he podido me he acercado a escucharlas. De nuevo la sociedad gijonesa acertó en traer a las figuras emergentes del momento, por lo que Nadège vino primero acompañada a la guitarra del malagueño Rafael Aguirre, después en trío con Soyoun Yoo y Judith en un «concierto de reencuentros»,  para hace casi dos meses verla «fichada» por el Ensemble 4.70 en Oviedo (también tocarían en Gijón).

Así pues era necesario escuchar este nuevo maridaje chelo-piano de las dos NR y con un programa muy bien estructurado, no solo cronológicamente sino también por «una misma orientación estética basada en la reelaboración de materiales vinculados a lo popular o tradiciones musicales del pasado» como comienza las notas al programa Mar Norlander.

La primera parte resultó un recital de lieder sin texto, el chelo cantante y el piano acompañando o compartiendo protagonismo. Primero las Cinco piezas en el estilo popular, Op. 102 (1849) de un entonces prolífico Schumann, con «los elementos de inspiración popular van dejando su rastro a lo largo de las cinco secciones, en las que destacan las referencias a los ritmos de danza», cinco páginas (la primera aplaudida, tal vez por desconocimiento de la unidad) donde no faltan el humor que las dos intérpretes comparten, una nana que estas dos madres habrán «cantado» a sus niñas, la sonoridad tanto de un cello alemán (el «Ex-Vatican» de 1620 no hubiera resultado igual) como del Steinway© en equilibrios dinámicos, el aire campesino asturiano en la inspirada interpretación del dúo casi olfateando esos aromas, hasta la marcada fuerza de la quinta. Interesante este «Estuche» donde comprobar el bien entendimiento del dúo pleno de afinidades estilísticas.

Recordaba el concierto con el guitarrista malagueño hace ya 8 años, donde sonaron las Siete Canciones Populares Españolas de Falla, y así  volverían esta vez con el piano en su versión original y manteniendo el orden, en vez de las seis de arregladas por Falla y Paul Kochanski que adaptaron seis de ellas para violín y piano como Suite populaire espagnole, omitiendo la nº 2 y cambiando el orden. Así nos avisó Nadège antes de arrancar con este homenaje a Manuel de Falla (#falla150) por su nacimiento, pero también los 80 años de su fallecimiento, efemérides que estamos celebrando en este 2026 (este jueves 21 seguiremos con Oviedo Filarmonía en el Auditorio de Oviedo).

Si no me fallan los datos, el arreglo para chelo y piano (pues los hay para todo tipo de combinaciones y es una de las suites más interpretadas del gaditano), es Maurice Maréchal (1892-1964). Los cambios de octava en el cello enriquecen las versiones vocales en la misma escala, incluso pasajes donde se suma al piano alcanzando momentos casi orquestales. La parte del piano además de su complejidad, requiere una total convivencia con «la cantada», siendo además el chelo lo más cercano a la voz humana. Nadège con la guitarra se acercó al «quejío flamenco», más con el piano fraseó sin necesidad del texto pero teniéndolo presente (haciéndome cantar mentalmente estas canciones que tanta guerra me dieron en los años de repertorista), pura canción de concierto con la esencia popular llevada a lo académico sin perder la riqueza melódica, y Noelia, maestra en estas lides, con los balances en su sitio, protagonismo compartido de todo lied, incluso apostando por una Seguidilla murciana muy ligera y virtuosa que para la voz sería excesiva pero dotada así del aire y tempo bailable que el chelo afrontó airoso.

Por su parte tanto la Asturiana como la Nana fueron íntimas, «Arrimeme a un pino verde» dolorido y «Duérmete mi niño, duerme» verdadero aRRoRRó de las dos eRRes, sentimientos expresados sin necesidad de palabras. Alternancias de sombras y brillos como la Jota que bisarían, El paño moruno lírica pura o el Polo potente donde el piano es una maravilla de escritura.

Abría la segunda parte Zoltán Kodály y su Sonata para violonchelo y piano, Op. 4 (1909), música de cámara del húngaro no siempre habitual en los conciertos del también pedagogo, musicólogo y folklorista, en este programa donde lo popular se hace clásico y encuentra en las sociedad filarmónicas el mejor escenario.  Mar Norlander describe esta sonata que refleja la síntesis entre tradición y modernidad y «…esta estética: una escritura de gran libertad expresiva, influida por el folklore y por el color armónico impresionista. Aunque concebida inicialmente en tres movimientos, la obra quedó finalmente reducida a dos, tras abandonar Kodály la composición del allegro inicial previsto originalmente». Cuando el folklore es inspiración para hacerlo camerístico, nos encontramos con páginas como esta sonata donde chelo y piano dialogan, juegan, bailan, rompen fronteras, y el dúo R&R transmitieron esta alegría que Kodály escribió. Momentos líricos junto a otros rapsódicos, perfecta conjunción y entendimiento entre las intérpretes, aún más exigente en el Allegro con spirito con el que nos deleitaron, ritmos contagiosos, conversaciones chispeantes que saltan del piano al chelo con una fuerza  contagiosa muy aplaudida por el público.

Cerraríamos este viaje en el tiempo nada menos que con Stravinsky y su Suite italienne en el arreglo del chelista ucraniano Grégor Piatigorsky (1903-1976) para este dúo que volvió a encandilarnos. Mar Norlander nos la explica a la perfección: «Constituye una de las manifestaciones más refinadas de su periodo neoclásico. Derivada directamente del ballet Pulcinella (1920) y adaptada posteriormente para distintas formaciones instrumentales, la obra parte de materiales atribuidos durante mucho tiempo a Giovanni Battista Pergolesi y a otros autores italianos del siglo XVIII. Lo que propone Stravinsky es una reinterpretación moderna del pasado: conserva la claridad formal, el equilibrio y el espíritu danzable de la música barroca, pero los transforma mediante síncopas, desplazamientos de acentos, giros armónicos inesperados y una escritura rítmica de gran precisión». Lenguaje cercano, melodías pegadizas, alternancias incluso tímbricas marcando los pasos. Prosigue Norlander comentando que «La suite alterna movimientos de carácter contrastante entre la elegancia cortesana, el humor y la vivacidad teatral en una continua exploración de colores y texturas. En esta versión para violonchelo y piano, realizada en colaboración con el violonchelista Gregor Piatigorsky, el diálogo entre ambos instrumentos adquiere una dimensión especialmente incisiva y virtuosa. El violonchelo oscila entre el canto lírico y el gesto irónico, mientras el piano apuesta por una escritura transparente y de gran vitalidad rítmica. El resultado es un lenguaje plenamente moderno y personal». Casi al pie de la letra, R&R mostraron esa vitalidad y rica paleta sonora por parte de ambas, complicidad, virtuosismo necesario (impecable y contagiosa la Tarantella) siempre al servicio de esta música del ruso tan actual desde ese lenguaje «neoclásico» que se agradece en estos tiempos donde parecemos buscar otras sensaciones. El chelo sigue haciéndonos vibrar, el piano pareja ideal con ese finale cómico que parece imitar el rebuznar de un «sedoso Platero ruso» y un dúo que hizo las delicias de un público siempre atento.

Manteniendo este acercamiento a lo popular y el baile, completando este programa tan interesante, la primera propina sería del checo Dvořak su Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre), número cuarto de las Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104, otro guiño al viaje popular de salón con este dúo. Tras el éxito bisarían la Jota de Falla, cierre nacional de un concierto internacional con dos asturianas que tocaban en casa, a gusto, felices como todos los que compartimos velada.

PROGRAMA:

Orígenes

I

Robert SCHUMANN (1810 – 1856)

Fünf Stücke im Volkston (Cinco piezas en el estilo popular), Op. 102

1. Vanitas vanitatum. Mit humor (con humor)

2. Langsam (Lentamente)

3. Nicht schnell, mit viel Ton zu spielen (No rápido, para ser tocado con gran entonación)

4. Nicht zu rasch (No demasiado rápido)

5. Stark and markirt (Fuerte y marcado)

Manuel de FALLA (1876 – 1946):
Siete canciones populares españolas (arr. para chelo y piano)

I. El paño moruno

II. Seguidilla murciana

III. Asturiana

IV. Jota

V. Nana

VI. Canción

VII. Polo

II

Zoltán KODÁLY (1882 – 1967)
Sonata para violonchelo y piano, Op. 4

I. Fantasia – Allegro di molto

II. Allegro con spirito

Igor STRAVINSKY (1882 – 1971)
Suite italienne (arr. Piatigorsky)

I. Introduzione

II. Serenata

III. Aria

IV. Tarantella

V. Minuetto e finale

Propinas:

Antonín DVOŘAK (1841-1904)

Gypsy Melodies, Op. 55, B. 104: IV. Songs My Mother Taught Me (Canciones que me enseño mi madre)

BIS Jota (FALLA)

Sin edulcorantes

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Martes 19 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 9 del año 2026 (año 129, concierto 2.106) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Diana Cooper (piano). Obras de D. Scarlatti, F. Mendelssohn, E. Granados y F. Chopin.

Tras un breve paseo por alguno de los órganos de Vetusta en su IV edición del Festival musicUO guiados por el doctor Ramón Sobrino, y con el tiempo justo para llegar a la calle Mendizábal, volvía a escuchar a la francesa Diana Cooper (Tarbes, 1999) un año después de su monográfico Chopin en Gijón, y me gusta comprobar cómo en tan poco tiempo esta joven pianista ha madurado en sus interpretaciones, transitando otros compositores que además organizó en el programa de forma magistral, y con «su polaco preferido» que va ya tomando cuerpo y (re)posándolo, sin almibarar ni edulcorar.

Con una técnica impecable y aún sin los muy habituales tics de tantos pianistas, Diana Cooper fue creciendo en intensidades y transmitiendo muchas emociones. Comenzar con Domenico Scarlatti era ideal por la técnica y los tempi de las tres sonatas elegidas (9, 96 y 14 del catálogo Kirkpatrick) de las más de 500 que escribió, jugando con la tonalidad de re (menor-mayor-menor) casi conformando una «gran sonata» bien diferenciadas en su estructura binaria (una primera parte a modo de exposición y una segunda parte que repite, con algunas variaciones, los elementos melódicos y rítmicos que habían aparecido ya en la primera): limpia en los ornamentos, bien contrapuestas desde la tranquilidad del Allegro de la primera, el conocido Allegrissimo de la segunda y la virtuosa tercera. Luis Ángel de Benito describió el estilo de las sonatas del hispano-italiano que «presenta disonancias atrevidas y salvajes, incluso agresivas, que imitan la mano del gitano en la guitarra, y que Bach, Händel, Mozart y Beethoven nunca se atrevieron a utilizar». Con un interesante manejo del pedal que nunca ensuciaría ese lenguaje para el clave que hace a grandes pianistas enriquecerlas por sonoridad, dinámicas y profundidad. Cooper dejó esa mezcla de ímpetu juvenil con una frescura encomiable y la técnica al servicio de la música.

Y con el mismo enfoque y tonalidad afrontaría las llamadas «Variations sérieuses» op. 54, MWV U156 (1841) de Mendelssohn, probablemente una de sus obras más maduras. Un tema y 17 variaciones que Diana Cooper fue desgranando con personalidad, una mano izquierda poderosa y precisa, matizaciones extremas sin esfuerzo aparente, romanticismo sin endulzar, verdaderas delicatesen para el paladar auditivo, contrastes rítmicos y dinámicos portentosos, seguros, fraseos bien variados y una sonoridad rica en esta partitura no muy habitual en los programas, que la pianista francesa defendió con seriedad y musicalidad, variaciones lentas casi bachianas con unos bajos en la mano izquierda poderosos y el fraseo de la derecha impoluto, rápidas apabullantes sin pizca de dulzor, los excesos en su punto de dinámicas todopoderosas.

Casi continuación técnica tras Scarlatti y Mendelssohn llegaría nuestro Granados y su “Allegro de concierto” en Do sostenido menor, op. 46 (1903). Continuidad por dedos y pedales, pero diferenciación estilística bien entendida, sin complejos ni excesos de azúcar desde el Molto Allegro: spiritoso inicial. Los ingredientes son los mismos aunque la preparación distinta y el toque de dulce puede combinarse desde los anisados o la canela hasta el azúcar glass o el de caña. Diana en las proporciones y el producto final para «relamerse»: contrastes de aires, matices, digitación magistral, pedales mesurados ayudando a una riqueza en el veterano Steinway© ovetense que parecía otro tras el anterior concierto a cuatro manos. Octavas poderosas, de vértigo, arpegios cristalinos, trinos claros, momentos en calma con mucho poso y trabajo para esta joya del ilerdense, verdadero tour de force para todo pianista, que la francesa afrontó con seguridad y madurez.

Chopin sigue siendo una tentación y el éxito a menudo está en la correcta elección de las obras y su ubicación dentro de un concierto. Está bien programar alguno de sus top 10 alternando aires y formas, pero Diana Cooper, que lo «tiene en dedos», supo buscar tres partituras que mantienen el espíritu del polaco con variadas exigencias técnicas y el poso que en Gijón eché de menos. No cayó en la tentación fácil y si en el Jovellanos optó  por cuatro mazurkas de las opus 30, habituales en pianistas de referencia, para Oviedo eligió las Tres Mazurkas, Opus 59 (1845). Un reto cada una de ellas por los contrastes de tempo donde no abusar del rubato, y el juego de tonalidades que les dan ese carácter propio sin perder la esencia chopiniana y menos escuchadas: la primera Moderato (la menor), la segunda Allegretto (en la♭mayor) y la tercera Vivace (fa♯ menor), sonoridades muy logradas, serias, buen equilibrio de manos, con los bajos atinados y presentes cuando así están escritos, la rítmica bien marcada para los fraseos delineados y un acercamiento ya maduro.

La Barcarola, op. 60, en fa♯ mayor tampoco suele faltar en competiciones como el famoso Concurso Chopin, con interpretaciones que siguen siendo referentes, donde la técnica es necesaria pero la interpretación marca las diferencias. Y Diana Cooper nos dejó un muy personal acercamiento de sonido muy pulido, pedales en su sitio, balance perfecto entre las dos manos con una gestualidad siempre contenida sin alardes para la galería, una interpretación que ya tiene hondura por su calidad.

Para cerrar esta parte chopiniana, otra página poco habitual pero exigente como todas, la Polonesa-Fantasía, op. 61 en la♭ mayor (1846), en la tonalidad preferida por el polaco y cercanía a su tierra natal desde el virtuosismo habitual, el sello inconfundible y el acertar con la carga emocional sin edulcorar desde el inicio, con sutilezas rítmicas expresivas que simplemente no se pueden captar en la notación sino que se deben sentir. En 1846 Fryderyk Chopin atravesaba un momento difícil de su vida tras su ruptura con George Sand. Es entonces cuando compone esta Polonesa-Fantasía, una pieza en la que se funden el ritmo ternario característico de la polonesa con la libertad armónica y el carácter rapsódico de la fantasía, aspectos que la pianista francesa plasmó de principio a fin.

De la misma manera que su Barcarola pulveriza las convenciones de una canción veneciana, esta Polonaise-Fantasie supera cualquier expectativa que tengamos de la forma de polonesa que había popularizado el polaco a lo largo de su carrera. De hecho, durante mucho tiempo se ha observado que es mucho más fantasía que polonesa. Una misteriosa y errante apertura, radicalmente poco convencional -anticipa los experimentos posteriores de Wagner y Liszt- marca esos momentos en los que se escucha el aire marcial de la polonesa tradicional pero sirven más como demarcaciones de episodios que como cimientos estructurales. La grandeza de esta página radica en su abrazo a la forma fantasía y a la posibilidad de pasar en un instante musical, de la melancolía y la introspección al triunfo y al éxtasis. Así lo entendió Cooper en una más que notable interpretación.

Un éxito para un público entregado y numeroso en el Filarmónica, y sin hacerse de rogar nada mejor que una propina también de Chopin y manteniendo la tonalidad: el Vals nº 5 en la♭ mayor, Op. 42 ‘Grande Valse’, corroborando cómo ha madurado la francesa en su acercamiento a estas páginas conocidas y no tanto, todas exigentes, desde el romanticismo juvenil que derrocha pasión y respeto por la partitura, esperando mantenga el acierto en la elección de sus repertorios, especialmente los solitarios que son los que desnudan a los intérpretes.

PROGRAMA:

Primera parte

D. SCARLATTI (1685 – 1757):

Sonata en re menor, K. 9

Sonata en re mayor, K. 96

Sonata en re menor, K. 141

F. MENDELSSOHN (1809 – 1847):

“Variaciones serias” en re menor, op. 54

E. GRANADOS (1867 – 1916):

“Allegro de concierto” en do sostenido menor, op. 46

Segunda parte

F. CHOPIN (1810 – 1849):

Tres Mazurkas, op. 59

Barcarola, op. 60, en fa sostenido mayor

Polonesa-Fantasía, op. 61, en la bemol mayor 

Propina: Valse nº 5 en la bemol mayor, Op.42 ‘Grande Valse’

Beethoven al piano

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Martes 12 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 8 del año 2026, 2.105 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (año 120). Beethoven Piano Dúo (Sylvia Torán y Ramón Grau). Obras de Beethoven.

Desde mis años de estudiante Beethoven ha estado presente tanto en el piano como en los conciertos donde mi tío Paco me llevaba al Teatro Filarmónica (haciéndome socio de su sociedad en 1971) e incluso me regalaba discos donde profundizar y seguir aprendiendo de los grandes intérpretes.

Las sonatas del genio de Bonn están en mi discoteca desde hace muchas décadas, y Willhem Kempff  sería mi primer referente. Después llegarían muchos más, desde los vinilos a los discos compactos sin faltar Daniel Barenboim o el siempre único Glenn Gould, entre otros muchos. De mis partituras abundan no solo las distintas ediciones de las sonatas, también las de violín y piano (obligadas en los dos años de «Música de cámara» con mi siempre recordado Carlos Luzuriaga), las increíbles transcripciones de las sinfonías a cargo de Liszt (diabólicas como el propio virtuoso), más lieder varios y algunas páginas sinfónicas y/o corales que trabajé en los ya lejanos tiempos de repertorista en la Academia Real Musical de la calle Principado ovetense.

Está claro que para todo melómano y estudiante, por supuesto todo un reto para los músicos profesionales, Beethoven siempre está y debe estar presente «en dedos», desde la llamada trilogía de Las Tres B (junto a Bach y Brahms), que en los conciertos de cámara tampoco puede faltar. Así que volvía a la calle Mendizábal para un monográfico pianístico con dos de sus sonatas de plenitud (la Appasionata y la número 31), más una transcripción a 4 manos de su séptima sinfonía con dos maestros que llevan desde 2008 uniendo carreras y pasión beethoveniana, repartiéndose las sonatas y sumando dedos para «La Séptima» del sordo, con las transcripciones de las sinfonías que sigue llevando el dúo en sus recitales.

Sería Sylvia Torán quien presentaría este concierto, con el que volvían a la Sociedad Filarmónica de Oviedo, cronologías, breve análisis y el deseo de compartir una pasión que nos une a tantos.

Ramón Grau (Úbeda, 1989) abriría la velada con la Sonata nº 23 en fa menor, op. 57, «Appassionata» en su acepción e interpretación. El acercamiento del jienense afincado en Madrid (alumno de Ana Guijarro y del añorado Jenõ Jandó entre otros) a esta sonata, resultó nebuloso aunque intenso, en parte por un pedal no siempre apropiado ni ajustado que impidió una mayor claridad en el sonido, compensado por la pasión y unos excelente contrastes dinámicos que pusieron a prueba los años del Steinway© de la sociedad ovetense que sigue mimado por Jesús Arévalo. Desconozco si había problemas técnicos en el piano, que todo intérprete debe lidiar al no ser nunca el mismo, pero no me emocionó ni resultó la interpretación esperada (mis referencias siempre ponen el listón demasiado alto). Hubo detalles interesantes por los fraseos, la elección de los tempi e incluso cierta frescura juvenil en el acercamiento a esta página, que personalmente necesita algunos años más para poder exprimir todo lo que encierra su escritura, avanzar técnicamente y profundizar musicalmente.

Si el andaluz puso pasión, la madrileña pondría el poso y la madurez con la Sonata nº 31 en la bemol mayor, op. 110, toda una súplica humana y la respuesta divina en una época difícil para Beethoven. Con una pulsación desigual y débil por momentos -que nos hizo perder notas-, el primer movimiento resultó literalmente «espressivo», mientras las dos fugas del tercero estuvieron poco claras aunque bien contrastadas por el juego de las cuartas (descendentes y ascendentes) aunque sin la rotundidad o profundidad de la forma que «dios Bach» colocó en el más allá compositivo e interpretativo.

No hubo pausa y llegaría la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 en una interesante transcripción a 4 manos de Hugo Ulrich (1827-1872), Torán en los graves y Grau en los agudos. Liszt parece tener veinte dedos en su acercamiento sinfónico desde el piano, y escribió: «No hay meditación sobre ellas ni estudio demasiado profundo. En consecuencia, cualquier modo de propagarlas y popularizarlas tiene su lugar». Las transcripciones de Liszt de las sinfonías de Beethoven no sólo son algunas de las transcripciones piano más rigurosas y difíciles de tocar, sino también las más fieles desde el punto de vista sonoro. Ulrich las utiliza directamente, «facilitando» los equilibrios y balances de esta maravillosa Séptima que sigue siendo rica, vitalista, pletórica por momentos, colorista desde una profundidad  de escritura que, al piano, nos acerca a los tiempos donde las orquestas no estaban al alcance del gran público.

El Steinway© sufrió un poco en los agudos que «castañetean» aunque lograsen un color distinto que se agradece en esta transcripción. Importante el trabajo de compenetración de los dos artistas, siempre difícil encajar entradas, silencios y matices, así como manejar los pedales para no enturbiar, si se me permite, «lo principal desde lo accesorio», e incluso la necesaria coordinación para pasar hoja entre uno y otro.

Del acercamiento que el compositor, educador musical y arreglista romántico hace de las sinfonías del «sordo genial», logra un lenguaje pianístico a cuatro manos que puede incluso hacernos olvidar el original, pues trabaja para los dos pianistas, caso del interesante Allegretto con la conocida «marcha fúnebre» donde comienzan las manos graves para ir sumando la tercera y cuarta en el agudo, logrando no solo ganar en dinámicas sino en presencia.

Los tempi rápidos resultan siempre exigentes y bien trabajados, especialmente el Allegro con brio final, aunque los matices resultasen de libro, y por momentos exagerados por unas acentuaciones que ayudan a encajar las cuatro manos, pero escapan de los fraseos y tímbricas orquestales que el piano, por mucho que se trabaje, es incapaz de superar.

Con todo siempre se agradecen estas transcripciones a cuatro manos, así como la riqueza de los dos pianos -esta vez solo uno- que son parte de la propia historia de las sociedades filarmónicas  y hoy en día siguen atrayendo por la espectacularidad de unos repertorios propios, o ajenos, donde «las 88 teclas» siguen siendo en blanco y negro con infinitas gamas de grises.

PROGRAMA:

Ludwig Van Beethoven (1770-1827)

Sonata nº 23 en fa menor, op. 57, «Appassionata» (1804-1806):

I. Allegro assai / II. Andante con moto / III. Allegro ma non troppo – Presto.
(Ramón Grau)

Sonata nº 31 en la bemol mayor, op. 110 (autógrafo de 25 de diciembre de 1821):

I. Moderato cantabile molto espressivo / II. Allegro molto / III. Adagio ma non troppo.
(Sylvia Torán)

Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812), transcrita para piano a 4 manos por Hugo Ulrich:

I. Poco sostenuto – Vivace / II. Allegretto / III. Presto / IV. Allegro con brio.

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