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Colores sugerentes

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Viernes 8 de mayo, 20:00 h. Oviedo, Auditorio Príncipe Felipe: OSPA, 𝐀𝐛𝐨𝐧𝐨 𝟏𝟑: 𝑂𝑟𝑔𝑖́𝑎 𝑑𝑒 𝑖𝑚𝑎́𝑔𝑒𝑛𝑒𝑠. Adèle Charvet (mezzo), Nuno Coelho (director). Obras de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 y 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚.

Encuentro previo a las 19:15 con Nuno Coelho
(Reseña para LNE del sábado 9, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

La OSPA presentaba en el decimotercero de abono un programa sugerente de música francesa y española con aires comunes desde la vecindad y biografías de los compositores elegidos.

Comenzaba el concierto con el poco escuchado 𝑃𝑜𝑒𝑚𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑦 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑎𝑟 de 𝐂𝐡𝐚𝐮𝐬𝐬𝐨𝐧, el amor y el mar con un interludio donde volver a constatar el excelente estado de la OSPA, con Aitor Hevia de nuevo concertino invitado, el titular portugués y la mezzo francesa 𝐀𝐝𝐞̀𝐥𝐞 𝐂𝐡𝐚𝐫𝐯𝐞𝐭, plena, expresiva, delicada, en esta maravilla sinfónico vocal que emocionó a un auditorio que sigue sin la asistencia que la calidad de los conciertos se merece.

La segunda parte con una reforzada OSPA con alumnado del CONSMUPA nos trajo la España parisina de Debussy más la sentida en la distancia del sevillano Turina.

𝐼𝑏𝑒́𝑟𝑖𝑎 de 𝐃𝐞𝐛𝐮𝐬𝐬𝐲 es nuestra piel de toro, la orquestación impresionante del francés con la inspiración y color hispano, verdadero caleidoscopio instrumental para disfrutar con cada sección de la OSPA y Coelho dibujando toda la paleta parisina. Si el segundo “cuadro” trajo perfumes nocturnos, la mañana festiva resultó un derroche sinfónico.

Para  cerrar, todo el empuje orquestal desde el piano que son las enérgicas 𝐷𝑎𝑛𝑧𝑎𝑠 𝑓𝑎𝑛𝑡𝑎́𝑠𝑡𝑖𝑐𝑎𝑠 de 𝐓𝐮𝐫𝐢𝐧𝐚. Ritmo que nos transporta con aires festivos, nostalgia y energía en tres momentos de evanescencias y toda una gama tímbrica: jota aragonesa, zambra andaluza  y la “Orgía” casi zapateado que siempre asociaré a la publicidad de un conocido brandy. Pasión y exuberancia en este abono 13 que volvió a abrir la puerta grande a una OSPA pletórica y colorista.

PROGRAMA:

ERNEST CHAUSSON (1855 – 1899)
Poème de l’amour et de la mer, op. 19:
I. La fleur des eaux
II. Interludio
III. La mort de l’amour

CLAUDE DEBUSSY (1862 – 1918)

Imágenes para orquesta: Iberia:

I. Par les rues et par les chemins – II. Les parfums de la nuit – III. Le matin d’un jour de fête

JOAQUIN TURINA (1882 – 1949)

Danzas fantásticas, op. 22:

I. Exaltación
II. Ensueño
III. Orgía

NOTAS AL PROGRAMA de Julia María Martínez-Lombó Testa:

Noche impagable

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Larga noche”, abono 12 OSPA, Antje Weithaas (violín y directora), Obras de Haydn, K. A. Hartman y Mozart.

Concierto duodécimo de abono de una OSPA casi camerística en «disposición vienesa» que nos traía a la violinista y directora alemana Antje Weithaas (Guben, 1966) con un programa que «pone las pilas» a toda orquesta, y más cuando se dirige como concertino en el caso de las sinfonías clásicas, lo que exige responsabilidad a toda la orquesta, compartir y escucharse, pues las dinámicas escritas no siempre ayudan a un balance adecuado, más el concierto solista donde la violinista logró «concertar», poner de acuerdo y alcanzar un nivel altísimo.

El encuentro previo a las 19:15 horas con Oriol Roch nos ayudó a entender este programa titulado «Larga noche» que se hizo corta, así como el «maridaje» con su violín «Peter Greiner» de 2001 (un violinista y luthier alemán afincado entre Zurich y Londres) que sonó siempre claro, preciso y de tímbrica redonda en todo su rango.

Como curiosidad personal añadir que Weithaas mantiene una estrecha colaboración artística con el pianista Dénes Várjon a quien escuchamos hace unos días en este mismo auditorio, con las sonatas para violín de Beethoven premiadas con el «Jahrespreis der Deutschen Schallplattenkritik» en 2024.

Las notas al programa de mi admirado Eduardo Chávarri Alonso analizan las tres obras, e iré intercalándolas en mis comentarios, entrecomilladas y en el color habitual de mis citas en el blog.

Haydn y Mozart son verdaderas «trampas» en cualquier concierto, por la engañosa sencillez, y más en el caso de dos sinfonías tan populares que todo melómano atesora con grabaciones de referencia. Si además, como apuntaba al inicio, se dirige desde la silla de concertino, el reto se hace mayor y Antje Weithaas nos lo dejó claro en el encuentro previo. Con una plantilla apropiada, adecuada y equilibrada para ambas sinfonías (violines enfrentados, cellos en el centro, contrabajos detrás de los primeros, viento en la ubicación habitual y timbales -de cobre- a la derecha en la que abría programa), la sonoridad fue perfecta tanto en la 95 de Haydn como en la 40 de Mozart.

«La Sinfonía en do menor Hob. I:95, compuesta por Haydn en su primer viaje a Londres (1791-92), es la única de las londinenses en tonalidad menor y sin introducción lenta». La profesora Weithaas con Daniel Jaime de ayudante, nos enseñó cómo se «lleva» a la OSPA desde el puesto de concertino. «El primer movimiento contrapone unísonos apasionados y pasajes más íntimos», y esos unísonos fueron perfectamente ejecutados así como los matices, sin necesidad de marcarlos porque la propia música invitaba a escucharse por parte de toda la orquesta. «El Andante cantabile presenta un tema lírico con tres variaciones, la segunda marcada por contrastes dinámicos y modulaciones» de nuevo obligaba a la formación a un entendimiento y colaboración para que las muchas y variadas dinámicas de este segundo movimiento se ejecutasen, escuchándose todos, y se logró con un sentido y sonido unitario al más ajustado Sturm und Drang, como «el padre de la sinfonía» dejó para las generaciones posteriores. «El Minueto alterna secciones contrastantes de un carácter más tenso, y el Trío, en do mayor, permite lucirse al violonchelista principal». La cuerda asturiana sigue manteniendo un color propio, yo lo llamo «cantábrico»,y cercano a las formaciones británicas, algo que se alcanza tras más de tres décadas de «hacer música» juntos. Contar con Maximilian von Pfeil es un lujo como pudimos comprobar en el segundo movimiento y especialmente en este Menuet que me recordó al Haydn de su concierto para chelo. «El Finale, con brillante contrapunto, cierra enérgicamente la sinfonía, regresando a la tonalidad menor inicial» y literalmente resultó brillante y enérgico con todas las secciones perfectamente empastadas, los balances adecuados y una atención total a la Maestra Weithaas.

Si Haydn resultó una prueba superada con creces, aún quedaba escuchar cómo afrontarían en la segunda parte «La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550, de Mozart, compuesta en 1788, destaca por su intensidad emocional y su estructura innovadora». Misma plantilla aunque sin timbales ni trompetas pero con el par de clarinetes, nuevamente la orquesta camerística, debiendo afrontar sin ambajes cuatro movimientos a cual más exigente para todos, pues no hay forma de «escapar» de una escritura tan perfecta como la del genio de Salzburgo, donde los detalles conforman el toque de calidad. «El primer movimiento, Molto allegro, presenta un tema rítmico que ha trascendido al acervo popular, siendo una de las piezas más conocidas del compositor». Con el tempo giusto y sin complejos, Weithaas llevó a la OSPA por una música que, no por conocida, siempre pide y exige sumar, aportar por parte de cada sección. El equilibrio se logró de principio a fin: «El segundo movimiento, Andante, ofrece una melodía lírica en mi bemol mayor, proporcionando un contraste sereno al carácter dramático del primero». La madera sigue en su madurez y conjunción, con una línea de empaste que el propio Mozart trabajó con todos esos instrumentos en distintas combinaciones, las dos trompas manteniendo el nivel de los últimos conciertos, más una cuerda aterciopelada, matizada, unida y donde hasta los arcos marcan una coreografía digna de destacar. «El tercer movimiento, Menuetto, mantiene la tonalidad menor y presenta un carácter elegante que contrasta con el Trío en sol mayor«, y si hay que definir su interpretación es precisamente por la elegancia de todas las secciones antes de atacar «El cuarto movimiento, Allegro assai, retoma la intensidad inicial con un desarrollo contrapuntístico y una conclusión enérgica». Valiente en el tempo, pues los retos hay que afrontarlos, bien delineados los contrapuntos por parte de toda la orquesta, y sobre todo la energía que Antje Weithaas transmitió desde su silla.

Dos clásicos exigentes donde las «trampas» que escondían las respectivas sinfonías no hicieron caer a una  madura OSPA que pese a su veteranía y excelentes conciertos en esta temporada, aún no recupera público, pero esto daría para un análisis específico que va más allá de esta reseña…

Y entre los clásicos, Antje Weithaas nos brindaría como solista el “Concierto fúnebre” del muniqués Karl Amadeus Hartmann (1905-1963). «Compositor alemán, eligió permanecer en Múnich durante el nazismo, rechazando el exilio y defendiendo valores democráticos en silencio. En 1939 compuso su Concierto fúnebre como respuesta a la anexión nazi de los Sudetes. Estrenado en Suiza en 1940, fue revisado en 1959, cuando recibió su título definitivo». La profesora alemana ya nos advirtió en el encuentro previo que no nos dejáramos llevar por el calificativo de este concierto de Hartmann, porque la música que su compatriota escribe tiene momentos inspirados en corales, canciones populares y hasta ciertas referencias a Shostakovich, y no nos mintió. Con la orquesta solo de cuerda, ya con Daniel Jaime de concertino y Pablo de la Carrera de ayudante, nos brindaron un concierto intenso, difícil para todos, pero emocionante. «La obra tiene cuatro movimientos enlazados sin pausa y basados en corales. Se inicia con el canto husita “Vosotros, guerreros de Dios”, en homenaje al pueblo checoslovaco, seguido de un Adagio de intensa expresividad». El «Stefan-Peter Greiner» sonó pletórico, arrullado y acunado por una orquesta tan ensamblada que sonaba como un «gran cuarteto», escuchándose todo, desde los armónicos hasta esa feliz conjunción coral rica y plena donde la cuerda canta sin palabras. «El tercer movimiento, un frenético scherzo, combina virtuosismo y ostinati hasta un clímax a modo de danza macabra». Si se puede hablar de una prodigiosa cadenza, Antje Weithaas fue la solista capaz de epatar no ya por una técnica asombrosa y una sonoridad rotunda, además de sentida, sino por una concertación y compenetración que resultó el mejor premio para este esfuerzo compartido. «El final, Choral, introduce una canción rusa y concluye con una coda sombría y disonante», aunque las sombras resultasen luminosas y todo un descubrimiento, por quien suscribe, de esta obra de nuestro tiempo.

Otra tarde-noche impagable por el trabajo realizado a cargo de Antje Weithaas con quien la OSPA sigue dando alegrías y la satisfacción de continuar aprendiendo y creciendo con invitadas que huyen de protagonismos, sintiéndose una más de la orquesta desde la cercanía que hace grande a todos.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809)

Sinfonía nº 95 en do menor, Hob. I:95:

I. Allegro moderato
II. Andante

III. Menuet

IV. Vivace

KARL AMADEUS HARTMANN (1905-1963)

“Concierto fúnebre”:

I. Introducción. Largo
II. Adagio
III. Allegro di molto
IV. Choral. Langsamer Marsch

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550:

I. Molto allegro

II. Andante

III. Menuetto: Allegretto

IV. Allegro assai

Esplendoroso Cuarteto Quiroga

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Miércoles 22 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos. Concierto nº 1713 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Shostakóvich y Beethoven.

La nueva visita del Cuarteto Quiroga a Asturias confirmó el excelente momento de forma de una formación que, tras más de dos décadas de trayectoria -que he vivido casi desde sus inicios- sigue conjugando madurez interpretativa y frescura discursiva. El conjunto, residente en el Museo Cerralbo de Madrid, abordó un programa de gran exigencia articulado en torno a tres pilares del repertorio cuartetístico que trazaban un sugerente arco histórico y expresivo.

El esquema elegido —Clasicismo, siglo XX y Romanticismo— responde a una lógica habitual, pero adquiere pleno sentido cuando, como en esta ocasión, se sostiene sobre una lectura coherente y profundamente trabajada, tal y como indicaba el asturiano Aitor Hevia en una reciente entrevista para la revista Ritmo, «es un modelo de programa recurrente para muchos cuartetos. Comenzar por una obra clásica, en medio una obra contrastante y para acabar un gran cuarteto. Los tres son muy diferentes. El primero de Haydn es el nº 1 del gran Opus 20, cuartetos que supusieron un gran cambio en la manera de escribir. Sencillo en los motivos pero con un desarrollo que es una maestría típica de Haydn. Seguimos con una obra icónica del siglo XX, el nº 8 de Shostakóvich. Desde el principio hasta el final ataca no hay solución de continuidad de un movimiento a otros. Logra mantener una tensión tanto en los movimientos lentos como rápidos que te hace estar escuchando con atención todo el rato. En la segunda parte el opus 127 de Beethoven en mi bemol mayor es una de las grandes cimas para cuarteto. Interpretar uno de los últimos cuartetos de Beethoven es un gran reto. Son muy físicos, muy largos y exigentes. En algunos casos difíciles de entender por los reguladores, las frases. Son partituras que no son evidentes y requieren de mucho trabajo individual y musical».

De las notas al programa de Ramón Sobrino Cortizo tituladas “Contrapunto de cámara: forma y significado” iré intercalando algunos párrafos que analizan cada uno de los tres cuartetos.

Equilibrio y claridad en Haydn

«El Cuarteto nº 1, Op. 20, de Haydn pertenece a los seis «Cuartetos Sol», así denominados por presentar su edición princeps (París, La Chevardière, 1774) un sol naciente en su portada, siendo la tercera serie de cuartetos escritas durante su servicio en la casa Esterházy. Los cuartetos del Op. 20 consolidan la escritura cuartetística clásica, igualando el papel de las cuatro líneas instrumentales, a diferencia de los ejemplos previos en las que, bien el primer violín, bien las voces extremas resultaban dominantes. Haydn homogeneiza las cuatro partes gracias al retorno al contrapunto (…) Luminoso y de aparente sencillez, consta de cuatro movimientos».

Este Cuarteto en mi bemol mayor, Op. 20 nº 1 de Haydn abría la velada con una interpretación de notable equilibrio. Los Quiroga subrayaron la modernidad de estos cuartetos, donde el compositor iguala las cuatro voces en un tejido contrapuntístico de gran sutileza.

El Allegro moderato fluyó con naturalidad, sin afectación, destacando por la claridad en la articulación y un sonido homogéneo. El Menuetto, de pulso firme y elegante, evitó cualquier rigidez, mientras que el Affettuoso e sostenuto mostró un refinado trabajo de dinámicas y fraseo. El Finale, ágil y enérgico, confirmó la compacidad del conjunto, una de sus señas de identidad.

Shostakóvich: intensidad sin concesiones

Antes de abordar el Cuarteto nº 8 en do menor, op. 110 de Shostakóvich, Cibrán Sierra introdujo brevemente la obra, apelando a su dimensión humana y a su vigencia como denuncia frente a la violencia y la opresión.

«El Octavo cuarteto de Shostakovich, el más popular de sus catorce cuartetos, fue estrenado en 1960 en Leningrado (…) Compuesto durante la estancia en Dresde del compositor para elaborar la banda sonora de la película soviética Cinco días y Cinco noches, sobre la destrucción de la ciudad durante la II Guerra Mundial, está concebido «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». (…) el análisis de su música revierte el mensaje oficial de un compositor que ha vivido en continua amenaza de muerte y que en 1960 ha tenido que afiliarse al Partido Comunista Soviético, revelando que se trata de la autobiografía de un disidente.

La correspondencia del compositor y sus memorias (Volkov, Testimonio, 1979), confirman el verdadero mensaje de un cuarteto escrito para una víctima, el propio compositor, como él mismo confiesa a su amigo Davidovich en julio de 1960».

Palabras lúcidas tanto de Sierra como de Sobrino Cortizo y totalmente apropiadas para este octavo cuarteto desgarrador, donde la música llora, gime, corta la respiración, suspira y grita en sus cinco movimientos. La interpretación fue, sin duda, el núcleo emocional del concierto. Concebido sin interrupciones entre movimientos, el cuarteto exige una tensión sostenida que “El Quiroga” mantuvo con admirable concentración. Desde el primer Largo, de carácter casi confesional, hasta el cierre en un último suspiro sonoro, el conjunto ofreció una lectura de gran intensidad expresiva. El Allegro molto resultó incisivo y casi brutal en su insistencia rítmica, mientras que el Allegretto adoptó un aire de vals deformado, cargado de ironía amarga. Los pasajes más extremos, especialmente en los movimientos lentos, se resolvieron con un control notable del sonido y una implicación emocional evidente, sin caer en el exceso retórico. El prolongado, denso y estruendoso silencio final,  fue quizá la mejor medida del impacto logrado.

Beethoven: arquitectura y trascendencia

«Los tres Cuartetos Galitzin, números 12, 13 y 14, nacen del encargo en 1822 del príncipe ruso que les da nombre (…) El estreno del primer cuarteto el 6 de marzo de 1825 por el Cuarteto Schuppanzigh, no salió bien. Beethoven recurrió entonces a Joseph Michael Böhm. El cuarteto «fue estudiado y ensayado con frecuencia bajo los propios ojos de Beethoven. Dije «ojos» intencionadamente –explica Böhm–, ya que el infeliz era tan sordo que ya no podía oír el sonido celestial de sus composiciones… Con atención cercana, sus ojos seguían los arcos y por lo tanto era capaz de juzgar las más mínimas fluctuaciones en el tempo y el ritmo y corregirlas inmediatamente». Presenta cuatro movimientos (…) con un Maestoso acordal inicial (…), un tema con seis variaciones en el segundo, y un scherzo con trío en el tercero. Las variaciones, cuyo tema presenta reminiscencias del Benedictus de la Missa Solemnis (1823), desarrollan un plan formal y tonal (…). La partitura revela muchas de las características del último periodo del tercer estilo beethoveniano, desde el cultivo de la variación al uso magistral del contrapunto, la profunda coherencia motívica –el motivo del Maestoso inicial reaparece en el canon fugado de la recapitulación del Allegro del dicho movimiento– o la capacidad de trascender la forma musical, como revelan las similitudes de sonido y fraseo del Presto (trío) del Scherzo con sus Bagatelle contemporáneas, del Op. 126».

Descanso para respirar tanta emoción y  segunda parte con el Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127 de Beethoven que devolvió la luz sin renunciar a la complejidad. Obra clave del último periodo del compositor, plantea retos tanto estructurales como expresivos que el Cuarteto Quiroga abordó con solvencia.

El primer movimiento, con su introducción Maestoso, fue planteado con amplitud y sentido arquitectónico, dando paso a un Allegro bien articulado. El Adagio ma non troppo e molto cantabile, núcleo expresivo de la obra, destacó por la calidad del canto y el equilibrio entre las voces, evitando caer en una visión excesivamente sentimental. El Scherzo aportó ligereza y contraste, mientras que el Allegro final cerró la obra con energía y precisión, confirmando la solidez del conjunto en todos los registros.

Epílogo sereno

Tras la intensidad del programa, las gracias de Cibrán al público y a la Sociedad Filarmónica de Gijón, la propina —la sonatina BWV 106 (Actus Tragicus) de “dios Bach”— ofreció un momento de recogimiento y depuración sonora en versión para cuarteto de cuerda. Con esta página, evidenciaron una vez más su capacidad para aunar rigor estilístico y sensibilidad, con un sonido transparente y una respiración común.

El Cuarteto Quiroga firmó una actuación de alto nivel, marcada por la coherencia del programa y la solidez interpretativa. Más allá del virtuosismo individual (que lo tienen), destacó la construcción de un discurso colectivo maduro -los años juntos se notan- capaz de transitar con naturalidad desde el equilibrio clásico hasta la desolación contemporánea y la introspección beethoveniana.

Sumar la grandeza del kantor con este cuarteto de cuerda que podría describir, con permiso de cada integrante, como Perfeccionista, Apasionado, Contenido y Delicada. Unámonoslo todo con exquisitez y rigor, sumando cuatro corazones y un mismo sentimiento musical de “El Quiroga” en todo su esplendor y una velada de gran intensidad musical que reafirma al conjunto como una de las referencias del panorama camerístico actual.

Cuarteto Quiroga:

Aitor Hevia, violín – Cibrán Sierra, violín – Josep Puchades, viola – Helena Poggio, violonchelo

PROGRAMA

Joseph HAYDN (1732 – 1809)

Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor, Op. 20, nº 1:

I. Allegro moderato

II. Menuetto. Allegretto

III. Affettuoso e sostenuto

IV. Finale. Presto

Dmitri SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)
Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, Op. 110:

I. Largo

II. Allegro molto

III. Allegretto

IV. Largo

V. Largo

Ludwig van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarteto de cuerda nº 12 en mi bemol mayor, Op. 127:

I. Maestoso – Allegro

II. Adagio ma non troppo e molto cantabile

III. Scherzando vivace

IV. Allegro

Recordando a Bartók en Oviedo

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Miércoles 8 de abril, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Dénes Várjon. Obras de B. Marcello, D. Scarlatti, della Ciaja,  Kodály y Bartók.

No está nunca de más recordar que Oviedo es parada obligatoria de las grandes figuras musicales desde hace muchas décadas. Esta vez llegaba al auditorio, dentro de las jornadas que llevan el nombre del siempre recordado Luis Gracia Iberni (1964-2007), el pianista  húngaro Dénes Várjon (Budapest, 1968) que recordaría y casi repetiría el concierto de su compatriota en 1931 (entonces su tercera visita a la Península Ibérica e invitado por Manuel de Falla para tocar en Granada), aunque finalmente aquella gira sólo pasaría por Barcelona, San Sebastián y Oviedo, además de Lisboa.

El siempre recordado Adolfo Casaprima Collera (1961-2024) en el libro “Una vida para la música: Historia de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, 1907-1994”, dedica un apartado titulado ‘Bartók y su poético ayudante’ (pág. 110 y ss.) donde refiere que «La epidemia de gripe que invade España preocupa sobremanera a los directivos de la Sociedad Filarmónica al inicial la temporada de 1931. Han recibido un telegrama en el que se les anuncia que el compositor Béla Bartok, que debe actuar en el Campoamor el día 31 de enero, se ha contagiado con la enfermedad. Afortunadamente, se recupera rápido y el músico húngaro tan solo retrasa su comparecencia al 3 de febrero, desestimando anular sus citar españolas, como le propone su representante». Llegaba en la cúspide de su carrera y las notas al programa de mano las escribió Adolfo Salazar, con un lleno en el coliseo carbayón de público venido de todas partes, y entre el que estaba Gerardo Diego, apasionado por la música y gran aficionado al piano, acompañado por el pintor gijonés Nicanor Piñole, siendo de destacar que el poeta se llegó a cartear con el húngaro de quien aseguró que “con Ravel, Falla y Stravinsky, forman cuatro puntos cardinales de la música moderna (…) Bartók es el Norte, el punto donde convergen las dos tendencias opuestas”. A Oviedo Bartók llegaría como pianista además de acompañar a la cantante Marie-France de Montaut, solista de los conciertos del Conservatorio de París.

Parte de esta historia también la refleja László Stachó, musicólogo, psicólogo, pianista, profesor titular e investigador principal en la Academia de Música Liszt de Budapest cuyas notas al programa para la Fundación March se incluyen en el programa de mano ovetense, pues La March dedicó un “Ciclo de miércoles” titulado “Perspectivas bartokianas” del 17 de enero al 7 de febrero de  en 2024, donde Dénes Várjon estaba anunciado y hubo de cancelar por enfermedad (desconozco si también una gripe al igual que su compatriota) pero que en Oviedo hemos podido disfrutar como entonces.

Del extenso programa de la fundación madrileña (dejo el enlace así como arriba la portada del diseñador mierense Alfredo Casasola), el propio László Stachó hace una introducción al mundo de Bartók, «compositor, pianista (no uno cualquiera, sino un verdadero virtuoso de su instrumento) e investigador de la música folclórica», y en las notas al programa disecciona las obras que Dénes Várjon nos interpretaría en un auditorio con apenas público, que parece volver a 1931 cuando la crítica del periódico La Voz de Asturias explicaba: “(…) una ola de extrañeza y respeto cruzaba la sala. Alguien suspiraba por los dioses de Beethoven, de Mozart” para finalizar que al menos el crítico se alegraba por “este público está dando en nuestra Sociedad, sino una nota de fina comprensión, al menos una nota de franco respeto y resignación, lo cual no es poco”.

Como entonces, en este abril de 2026 el concierto comenzaba con transcripciones que el propio Bartók realizó de las sonatas en si bemol mayor de Benedetto Marcello (1686-1739), y la Canzone de la opus 4 nº 1 de Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755), «obras para piano típicamente románticas que recuerdan a las transcripciones de Bach realizadas por Ferruccio Busoni (y otros contemporáneos), con una mayor densidad de la textura musical (octavas dobladas, acordes con más notas)» con las partituras en el atril que Várjon ejecutó con una técnica impecable, de ataques precisos, un pedal muy medido para saborear el enfoque virtuosístico que estas dos sonatas esconden aunque no con la profundidad de las dos siguientes de Domenico Scarlatti (1685-1757) ejecutadas sin pausas: la K 427 en sol mayor, y la K 537 en la tonalidad de la mayor. Impecable su técnica y sonoridad amplia, el acercamiento que hoy en día están haciendo muchos pianistas al repertorio de clave con la grandiosidad de las 88 teclas y una digitación cristalina emulando la cuerda pinzada, pero con la tímbrica poderosa del piano. Bartók conocía la edición completa de Scarlatti preparada por Alessandro Longo en 1906 y hasta dejó grabadas las cuatro, con estas dos elegidas por Várjon.

Lo mejor llegaría con las Danzas de Marosszék de Zoltán Kodály (1882-1967), probablemente su obra de mayor envergadura. Cercano amigo personal, aliado y compañero de Bartók en la lucha por la renovación de la música húngara. Béla Bartók fue un fiel defensor de las composiciones de su colega, y estas danzas las interpretaría con mucha asiduidad, que como escribe Stachó «tan solo en 1930-1931 la tocó docenas de veces». Para todo pianista es un reto por las dificultades que entraña desde una sonoridad tan rotunda que la orquestación del propio Kodály forma parte del repertorio sinfónico de las grandes formaciones. Várjon sacó de un Steinway© perfectamente afinado todo el abanico tímbrico y el empuje rítmico de estas antiguas danzas folclóricas húngaras, bellas y cercanas pese a la geografía, siempre con unas dinámicas amplias y el conocimiento profundo de esta compleja partitura que el Profesor Várjon interpretó de memoria, sobrio y brillante.

Bartók ocuparía toda la segunda parte con un “muestrario” donde reflejar no ya el virtuosismo que todos conocemos -y hemos podido escuchar en grabaciones históricas- sino del nuevo lenguaje del siglo XX inspirado en los folclores de su tierra (Hungría, Rumanía y Eslovaquia) desde el conocimiento como pianista de los grandes que también interpretaba (Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Richard Strauss o Debussy), para  integrarlos en su estilo propio e inconfundible tras las enseñanzas de la Academia Liszt de Budapest bebiendo de las fuentes directas, como el citado László Stachó y nuestro Dénes Várjon.

Imposible describir el derroche pianístico del húngaro, la fidelidad y conocimiento profundo de cada partitura, la búsqueda de los sonidos precisos, las danzas y hasta los ambientes (las “Gaitas” de la última de las Quince canciones campesinas húngaras fueron casi literales incluso en el roncón).

No solo este ambiente campesino, directo o inspirado, también la grandeza y explosión del Allegro barbaro, o la expresividad del “Atardecer en Transilvania», la impecable Suite para piano, op. 14 con cuatro movimientos delineados y esculpidos, una mano izquierda siempre poderosa y precisa, con profusión de distintos ataques para encontrar el sonido ideal.

Las Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20 fueron un nuevo catálogo interpretativo y clase maestra de la técnica al servicio de la música, lo cantabile siempre presente y lo «accesorio» en su plano, con un juego variable en cada tempi donde la indicación “rubato” fue magistral y lo caprichoso entendido como alegría y regocijo recreando música de su tierra.

Éxito de Dénes Várjon que para deleite pianístico nos regalaría un Schumann modélico en todo. De sus «Escenas de niños» (Kinderszenen, Op.15) y como queriendo cerrar otro acercamiento romántico desde “su” Academia en Budapest, la primera Von fremden Ländern und Menschen (Extraños países y personas) y la última Der Dichter spricht (El poeta habla), elección precisa y sentida donde Bartók volvía a Oviedo 95 años después con el piano de su compatriota.

Parte I

Benedetto Marcello (1686-1739)

Sonata en si bemol mayor, SF 742 (transcripción de Béla Bartók):

Lento
Allegro ma non troppo

Allegro
Maestoso

Domenico Scarlatti (1685-1757)

Sonata en sol mayor, K 427

Sonata en la mayor, K 537

Azzolino Bernardino della Ciaja (1671-1755)

Canzone (Sonata en sol mayor, op. 4 nº 1, transcripción de Béla Bartók)

Zoltán Kodály (1882-1967)

Danzas de Marosszék

Parte II

Béla Bartók (1881-1945)

Quince canciones campesinas húngaras, BB 79 (Sz 71) (1881-1945) (selección):

6. Ballade – Tema con variazioni. Andante (Angoli Borbála…)

7-15. Antiguas melodías de danza

7. Allegro (Arra gyere, amőrre én…)

8. Allegretto (Fölmentem a szilvafára…)

9. Allegretto (Erre kakas, erre tyúk…)

10. L’istessotempo(Zölderdőbenaprücsök…)

11. Assai moderato (Nem vagy legény, nem vagy…)

12. Allegretto (Beteg asszony, fáradt legény…)

13. Pocopiùvivo(Sárilovam,afakó…)

14. Allegro (Ësszegyültek, ësszegyültek az izsapi lányok…)

15. Allegro [Gaitas]

Suite para piano, op. 14, BB 70 (Sz 62):

Allegretto

Scherzo

Allegro molto

Sostenuto

Allegro barbaro, BB 63 (Sz 49)

Este a székelyeknél [Atardecer en Transilvania] (Diez piezas fáciles, BB 51 [Sz 39])

Allegro vivace (Dos danzas rumanas, op. 8a, BB 56 [Sz 43])

Tres canciones populares húngaras del distrito de Csík, BB 45b (Sz 35a):

Rubato

L’istesso tempo

Poco vivo

Improvisaciones sobre canciones campesinas húngaras, op. 20, BB 83 (Sz 74):

Molto moderato

Molto capriccioso

Lento, rubato

Allegretto scherzando

Allegro molto

Allegro moderato, molto capriccioso

Sostenuto, rubato

Allegro

Germinó y sigue creciendo…

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Oviedo 5 de abril, 18:30 horas. Auditorio de Oviedo, Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN), Juan Floristán (piano), Óliver Díaz (director). Obras de Copland, Rachmaninov y Dvořák.

Este Domingo de Resurrección a una hora poco habitual y con no demasiada publicidad, aunque el público fiel no falla, llegaba a la capital ovetense desde nuestra vecina Cantabria la JOSCAN en el «Encuentro de Primavera 2026«, agradeciendo además que su primera salida haya sido a nuestra tierra tras el concierto en la mañana anterior en Comillas, con muchos asturianos tanto en las responsabilidades de la Consejería de Educación, Formación Profesional y Universidades del Gobierno de Cantabria, como en la propia formación de los jóvenes músicos y al frente de la dirección artística y musical el carbayón Óliver Díaz, quien traía a un pianista amigo, al que sigo desde su «descubrimiento» en 2015 (XVIII Paloma O’Shea Santander International Piano Competition) donde se alzaría con el primer premio precisamente con el mismo concierto que interpretaría en este encuentro primaveral, todo un acontecimiento al que no podíamos faltar.

En su presentación figura que la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN) es un proyecto pedagógico de marcado carácter artístico, cuyo objetivo es contribuir, de forma muy significativa, a la educación musical y preparación profesional de los jóvenes músicos cántabros y de toda la sociedad a través de sus actividades artísticas. Como proyecto educativo, se pretende tender puentes entre las enseñanzas musicales de los conservatorios de esa comunidad, las enseñanzas musicales superiores y el entorno profesional de la orquesta. Desde sus comienzos en 2011, bajo la dirección artística de Emilio Otero, la JOSCAN ha contado en sus diferentes etapas con prestigiosos directores: el cántabro Jaime Martín, junto a maestros como José Luís Temes, Enrique García Asensio, Vladimir Stoupel, Andrés Juncos, la murciana Virginia Martínez o el mexicano Iván López Reynoso. Desde entonces han dado 10 conciertos, siendo estos del «Encuentro de Primavera 2026» el sexto de esta temporada tras un paréntesis de cinco años felizmente recuperado y necesario en el actual panorama sinfónico nacional. Se plantaron semillas en todos los terrenos que dependiendo del interés, buen abono, barbechos, y tiempo, han germinado e incluso creciendo como es el caso. Se podría escribir mucho de tantos excesos que marchitaron los buenos frutos, la escasa inversión o una mala «comercialización» de un producto que incluso hemos exportado a medio Europa, más allá del viento. Así que solo queda aplaudir esfuerzos como este de Cantabria, pleno además de cantidad y calidad musical, que no solo son cantera para el futuro sino una realidad digna de comentar.

Tras una intensa semana de preparación en las instalaciones del Centro de Programas Educativos de Viérnoles (Torrelavega), Óliver Díaz presentaba un ambicioso repertorio donde comprobar el nivel alcanzado por una amplia plantilla de músicos que lo dieron todo con la frescura de la edad, las ganas de aprender, la entrega y el talento más los vínculos que se crean en esta «pequeña sociedad» que es una orquesta, como así la definió el director asturiano en la breve presentación tras la Fanfarria para el hombre común («Fanfare for the Common Man») de Aaron Copland (1900-1990), breve pero impactante obra que rinde homenaje a la figura del ciudadano corriente mediante una potente llamada de metales y percusión cargada de simbolismo y solemnidad, compuesta en 1942 para la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, tras tantos encargos que se hicieron  por el «fervor patriótico» tras la entrada de EEUU en la SGM.

Abrir el concierto con los metales y percusión de la JOSCAN ya suponía una primera prueba de fuego y esta popular composición (de la que bebería tanto el «olímpico» John Williams como algunas notas que tomarían prestadas Queen para «We Will Rock You») no podía ser mejor carta de presentación.

Cada concierto de Juan Floristán (Juan Luis Pérez Floristán, Sevilla 1993), alumno entre otros de la gran Leonskaja, es siempre un acontecimiento único aunque interprete una obra tantas veces a lo largo de su ya larga trayectoria como el Concierto para piano n° 2, Op. 18 de Sergei Rachmaninov, pues los años dan no solo poso y experiencia, también complicidades con la orquesta de turno, con la que sentir ese ambiente camerístico que el ruso crea entre un tejido orquestal que manejaba como pocos en toda su amplia producción. El sevillano, un comunicador de talla internacional como ya asombró a quienes no le conocían en el programa «La Revuelta» con David Broncano hace un año, también quiso aportar antes de comenzar algunas pinceladas de esta famosa partitura más allá del cine o las connotaciones personales del compositor, que evidentemente ayudan a comprender mejor este «segundo» que nunca cansa escuchar. Tras Santander lo interpretaría en este mismo auditorio hace nueve años con Oviedo Filarmonía y ya entonces marcaba desde su personalidad unos tiempos tranquilos, sosegados pese a su juventud así como un perfecto entendimiento con el podio de Kerem Hasan. Más recientemente en Granada (20 de junio de 2024) lo escuchaba interpretarlo con la orquesta de la capital nazarí dirigida por la noruega Tabita Berglund, y donde destacaba que «El sevillano ha madurado y su interpretación resultó en cierto modo rocosa como las piedras del Carlos V, dura y muy contrastada, mandando y mostrando buen entendimiento con la directora noruega atenta al solista» pese a una OCG que estuvo descompensada y hasta gélida. Pero este primer domingo de abril Juan Floristán y Óliver Díaz encontraron en la JOSCAN la herramienta ideal donde volcar una interpretación a la altura de lo escrito. La plantilla, que dejo al final de la entrada, estuvo equilibrada en todas las secciones, con una cuerda que se puede calcular a partir de los seis contrabajos, una madera excepcional, una percusión siempre certera, y sobre todo los metales que presentaron sus credenciales en la fanfarria inicial.

Para quienes conocen a fondo «El segundo de Rach» (compuesto y estrenado entre 1900-1901), es difícil para todos, no ya las partes del piano donde debe dialogar, marcar los muchos cambios de compás y ritmo, encajar cada cadencia con el «tempi» global o ese carácter de último romántico que alterna melancolía, lirismo y dedos virtuosos, hasta sobreponerse con la necesaria fortaleza al empuje orquestal. Para toda formación sinfónica no hay sección que escape a sus respectivos solos y fraseos con el solista, el equilibrio entre lo íntimo y contemplativo con el «poderío» triunfal y expansivo de cada tutti, también muy atentos a la agógica y la plena concentración en la batuta, que debe conducir y concertar, algo que Díaz hace como pocos directores actuales. El entendimiento entre solista, orquesta y director funcionó desde el arranque en solitario del Moderato inicial hasta el último Allegro scherzando. Reconforta escuchar una orquesta bien empastada, con una cuerda sedosa capitaneada por Stefany Andreina Belandria, unos cellos mayoritariamente femeninos y maravillosos en sus fraseos, una madera donde flautas, oboes o clarinetes suenan «a gloria bendita» y sobre todo unos metales «orgánicos» capaces de dinámicas extremas sin perder homogeneidad, musicalidad, buen gusto y protagonismo en su sitio. Y sumemos el piano de Floristán, escuchando, compartiendo, sacando el color y sabor nunca edulcorado, adecuado para cada uno de sus pasajes. Protagonista y compañero sabiendo mandar sin imposiciones, incluso en los rubati, a unos jóvenes que dieron lo mejor de ellos tras un duro trabajo que tuvo la recompensa del aplauso unánime y prolongado.

Tras tanto esfuerzo, tensión y «notas» llegaría tras el verde y duro norte Cantábrico más el sevillano sur florido, el remanso finlandés de Le sapin (El abeto) de Sibelius (la última de sus Cinco piezas para piano, op. 75), donde Juan Floristán nos transportó a la naturaleza pianística de otro gran orquestador donde el piano es el contrapeso necesario para todos, esplendor sonoro lleno de intimismo y melancolía esculpiendo las 88 teclas con maestría y emotividad.

Para toda orquesta sinfónica afrontar la música de Antonín Dvořák (1841-1904) es siempre la piedra de toque de sus músicos y una herramienta donde ponerla a punto con la batuta correspondiente, más que un ejercicio necesario un peldaño en el crecimiento. De la conocidísima «Sinfonía del Nuevo Mundo» vamos bien servidos esta temporada y además con orquestas tanto jovenes como profesionales, que han puesto en los atriles la novena del checo. Así en Gijón las navidades pasadas fue una de las obras elegidas para el debut en su Sociedad Filarmónica de la recién creada Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la batuta de Pedro Ordieres, donde además participé en las notas al programa para comentar esta página «americana» (más breve Óliver antes de comenzarla), y el 23 de enero fue otro regalo de la OSPA, dos interpretaciones recientes para esta sinfonía que no puede ni debe faltar en el archivo ni en los atriles.

Óliver Díaz supo transmitir a la JOSCAN toda la inspiración que el compositor checo encontró en aquellos años neoyorquinos donde combinar el lenguaje romántico europeo y los ritmos afroamericanos sumados al folklore indígena, «realmente multirracial en sus bases» como la definió Bernstein. Sinfonía en cuatro movimientos con todos los recursos del ritmo, el contrapunto y el color orquestal modernos que nos dejaron una interpretación valiente en los tempi elegidos por el asturiano, segura en cada cambio de aire, dejando a los solistas marcar su pulso, manejando los balances con mano firme, sacando en cada sección lo mejor de sus primeros atriles, de nuevo con una cuerda rica en matices y una concepción brillante sin exageraciones ni desmanes en los volúmenes. Las reconocibles melodías de esta «Novena de Dvořák» irían dibujándose claras, presentes, sinfonismo en estado puro con todas las emociones y lenguajes utilizados por el checo que dejó la semilla para una música que se germinaría, crecería y se haría adulta en el «nuevo mundo» como hoy abría y demostraba Copland.

La JOSCAN ya germinó, crece correctamente y ya da sus primeros frutos, bien regada por Óliver Díaz hoy acompañado por Juan Floristán, dejándonos una excelente «resurrección sinfónica juvenil» en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, la mejor presentación en este coliseo por donde ha pasado lo más granado de la música de mi tiempo.

 

PROGRAMA:

Angustia y Enigma

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Viernes 27 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono 11 «Enigma»: Lidya Teuscher (soprano), Marta Infante (mezzo), Gavan Ring (tenor), Jan Antem (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Matthew Halls (director). Obras de Haydn y Elgar.

Viernes de dolor para cerrar marzo y abrir una Semana Santa donde la música no puede faltarnos, y un programa donde se mezclaban angustia y enigma. Los encuentros previos a las 19:15 horas van congregando  más aficionados que no queremos perder los detalles que no están en las notas al programa y enriquecen la escucha posterior. Y esta vez el británico Matthew Halls, actual director de la orquesta finlandesa Tampere Filharmonia acercaría no ya las dos obras con sus autores sino la forma de enfrentarse a las orquestas donde le invitan.

Es cierto que en la actualidad encontramos muchas batutas titulares al frente de varias orquestas, una exigencia tanto para las formaciones como para los directores, y aunque el maestro Halls suele estar invitado por muchas, comentaba que su esposa le agradecía ser solamente titular en Tampere (Finlandia), caracteres nórdicos totalmente opuestos a los españoles, pero que como buen británico está «en medio» para sacar en cada momento lo mejor de cada partitura, pues su objetivo no es el de que haya una «marca orquestal» (algo que con la globalidad se ha perdido) sino que los músicos interpreten las obras según el estilo de los compositores, como así lo demostraría con Haydn y Elgar.

No conocer la historia puede condenarnos a repetirla, y escuchar el origen de la Missa in Angustiis (“Nelson Mass”) de Haydn es trazar paralelismos entre aquellos tiempos convulsos del Imperio Austro-húngaro: Napoleón intentando conquistar Egipto y el inglés Nelson en defensa de los intereses del Imperio Británico, las tropas napoleónicas cruzando los Alpes amenazando Viena por vez primera, con la ciudad festejando la aplastante victoria del entonces contraalmirante británico Horatio Nelson en la Batalla del Nilo. Tiempos angustiosos que dan lugar a obras maestras. Las notas al programa de Álvaro Flores Coleto completan la historia de esta misa, que como curiosidad más que confirmación, el propio Horatio Nelson escuchó el estreno tras visitar al príncipe Esterházy pidiendo quedarse con la copia firmada por Haydn, un militar que leía música y la leía en sus momentos de relax.

Franz Joseph Haydn (1732 – 1809) se encontraba en Viena en 1795 tras su triunfante periplo londinense, pero el trabajo y los viajes ya le pesaban, y a sus 63 años regresa a su ciudad, donde Nicolás II -sucesor de los Esterházy- quería rehabilitar el antiguo esplendor de la capilla musical familiar, para situar de nuevo a «papá Haydn». Aceptado el cargo llegaron los encargos de una serie de misas para celebrar anualmente el onomástico de María Josefa Hermenegilda de Liechtenstein, esposa del príncipe. Guardo muchas versiones de estas joyas y aquí está el origen de la Missa in angustiis (estrenada en septiembre de 1798) con la que alcanzaría altas cotas de depuración del género.

Con una plantilla tanto coral como orquestal más «romántica» que históricamente informada, en la línea de la que he estado escuchando en casa se abría este undécimo abono con un cuarteto solista algo desigual:

La soprano alemana Lidya Teuscher (sustituyendo a Lucy Crowe que canceló por enfermedad, de nuevo agradeciendo la prontitud en encontrar sustituta) fue lo mejor de esta misa ya desde el Kyrie inicial, luciendo una proyección y volumen excelentes, una línea de canto expresiva, un empaste en los concertantes y una dicción clara. En el rápido «Quoniam tu solus sanctus» del Gloria con el coro su voz fluía limpia y amplia, incluso en el Amen con el resto del cuarteto solista. Bellísimo el «Et incarnatus» del Credo, con una orquesta mimando tanto el tempo Largo como un coro bien matizado donde Matthew Halls llevó con sus manos la expresividad de todos.

Las partes de mezzo no son muy «agradecidas» en esta misa, y la ilerdense Marta Infante empastó muy bien pero en esta «versión poderosa» el empuje sonoro no permitió apreciar su  hermoso color, con un volumen que quedó demasiado tapado. Al menos en el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi» disfrutamos el arranque y buen empaste con la soprano alemana.

El tenor irlandés Gavan Ring posee la voz deseada en estas obras sinfónico-corales, aunque forzando una presencia no siempre protagonista, pero al menos el color resultó ideal sobre todo con el joven barítono catalán Jan Antem (1998), que los años acabarán dándole más cuerpo, proyección y volumen, pues musicalidad la tiene y en su solo inicial del «Qui tollis peccata mundi» así lo demostró, bien mimado por Halls siempre atento a los matices y tempi (sin poder disfrutar un sonido más presente del órgano) con soprano y coro.

El Coro de la FPA que dirige hace año mi querido compañero Pepu, llevaba tiempo sin escucharle, y en estos repertorios luce por cantidad y calidad. No tengo a mano cuándo cantaron otra vez esta «Misa Nelson» (la culpable de mis adquisiciones discográficas como la que puse arriba), supongo que a finales de los años 80, pero el tiempo acaba dando peso y poso a todos. Sin contar el número, pienso que entorno a 70 voces (con reparto 40-30 entre blancas y graves), volvió a mostrar lo mejor de sus cuerdas, especialmente las sopranos que en los difíciles agudos nunca sonaron  forzadas aunque el balance sea a su favor. Muy matizado en los pianos (impecable el inicio en Adagio del «Benedictus qui venit»), equilibrado en dinámicas con los solistas, vocalidad precisa en los pasajes fugados («Credo in unum Deum»), entradas seguras incluso en los diferentes cambios de tempi o compás (desde el Amen del Vivace en el Credo al inicio del Sanctus), y con el volumen necesario y ajustado en los tutti, de nuevo con las manos maestras de Halls que le llevaron, junto a la OSPA, por esos momentos donde Haydn conjuga espiritualidad, tristeza, recogimiento, alegría y orgullo patrio.

Centrándome en la orquesta asturiana, con una plantilla «engordada» e inmensa para esta misa clásica, la cuerda (hoy de nuevo comandada por Pablo Suárez como concertino invitado) sonó aterciopelada en su momento, intensa y clara en los allegri, el inicio del «Osanna in excelsis» en el Benedictus, llevando a soprano y coro en volandas, maderas devolviéndonos los primeros atriles habituales, metales «orgánicos» por tímbrica y presencia, más los timbales clásicos de cobre, pero una lástima el órgano eléctrico que no se escuchó en ningún momento (tampoco en Elgar). Si como nos avanzaba el director británico que buscaba el estilo, pese a esta versión tan habitual en mis jóvenes años 80, al menos con estos mimbres se tejió una interpretación notable donde la sonoridad pletórica primó sobre una que hubiésemos preferido con la mitad de efectivos, más cercana tanto al Clasicismo como al espíritu de esta «Misa Nelson«.

Hace años que comento lo bien que le sientan a la OSPA los directores británicos que logran esa sonoridad que se está perdiendo. Cuando Radio Clásica grababa los conciertos para emitirlos posteriormente, tenía el humor de escucharlos en la entonces primera TDT, grabarlos en el ordenador para después pasarlos y guardarlos en CD. Buscando al llegar a casa me encontré con dos magníficas batutas allá por 2009: Adrian Leaper (con la obertura Cocaigne ¡de Elgar!) y Howard Griffiths (Mendelssohn, Schumann, Bach y la «Sinfonía Inglesa» de Dvorak). Estaba claro que con Matthew Halls volvería ese sonido «british» que la OSPA atesora y sólo unos pocos saben sacar a flote. Si el inglés en el encuentro previo nos ubicó perfectamente a su compatriota Elgar desde su modestia y poca popularidad, el «Enigma» quedó resuelto desde el Andante y cada uno de las catorce «variaciones» fueron descifrándose casi como la propia máquina que tanto ayudó en la Segunda Guerra Mundial a derrotar el nazismo, un enlace histórico de angustias con final feliz que todos esperamos discurran igual de satisfactorias en estos tiempos que no queremos ni debemos repetir.

Si puedo buscar calificativos a ese touch of class sinfónico con el que tantos hemos crecido, el sonido es una mezcla de aterciopelado, sedoso, brillante y «nebuloso», de líneas bien definidas en cada sección con unas dinámicas amplias, «pomposo» por momentos casi ceremoniales, y con un equilibrio (lo llamo balance) donde el primer plano protagonista no quede opacado por una globalidad que debe cuidar cada matiz, unido a una expresividad que solo se encuentra con el sonido correcto que el compositor busca. Elgar con sus Variaciones Enigma, op. 36 es perfecto para poder encontrar todo ello, por cercanía climatológica o de paisaje, tal vez con el trasfondo estudiantil inglés de muchos músicos de la OSPA, y aunque parte del público se fuese al descanso (nunca no lo entenderé) o incluso un teléfono volviese a sonar en el peor momento (se cumple la «Ley de Murphy» con penitencia exigida al usuario para que esta Semana Santa escuche completa la Tetralogía wagneriana ¡más el Parsifal!), este Enigma sacó lo mejor de nuestra orquesta, casi 35 años de viaje, hoy caminando de las manos de un Matthew Halls, gestos claros, amplios, cercanos, esculpiendo sonido y tiempo, dejando disfrutar de los primeros atriles (bravos von Pfeil, Alamá y el «recuperado» Andreas), pausas tan expresivas como la propia música de Elgar, o perlas engarzadas con primor del «W.N. Allegretto» (variación VIII) con el IX. Nimrod que siempre me conmueve. Brillantes todos y broncíneos los metales con ese «E.D.U.» final que sigue sonando esperanzador, británico y dejándonos otro «Viernes de Dolor» pleno de emociones.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809)

Missa in Angustiis (“Nelson Mass”), Hob. XXII:11:

I. Kyrie

II. Gloria

III. Credo

IV. Sanctus

V. Benedictus

VI. Agnus Dei

EDWARD ELGAR (1857 – 1934)

Variaciones Enigma, op. 36

Enigma: Andante

Variaciones:
I. «C.A.E.» L’istesso tempo

II. «H.D.S.- P.» Allegro

III. «R.B.T.» Allegretto

IV. «W.M.B.» Allegro di molto

V. «R.P.A.» Moderato

VI. «Ysobel» Andantino

VII. «Troyte» Presto

VIII. «W.N.» Allegretto

IX. «Nimrod» Moderato

X. «Dorabella – Intermezzo» Allegretto

XI. «G.R.S.» Allegro di molto

XII. «B.G.N.» Andante

XIII. «*** – Romanza» Moderato

XIV. «E.D.U.» – Finale

Regalos camerísticos

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Martes 24 de marzo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica: año 12o, concierto 2.103 (nº 6 del año 2.026) de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Ensemble 4.70. Obras de Brahms y Chaikovski.

La «Música de cámara» es materia obligada en la formación de todo músico, e igualmente del buen melómano, así como la primigenia y verdadera toma de contacto con obras que no son habituales en los programas concertísticos, y menos aún si hablamos del sexteto de cuerda.

El Ensemble 4.70 cumple cinco años desde su debut en Gijón, lo que en un grupo de cámara llegar al lustro es todo un éxito, precisamente por la poca demanda de estas formaciones, con un género que guarda mucha música «desconocida» por no poder escucharse ni programarse en vivo. Son precisamente las sociedades filarmónicas (en Asturias aguantan Oviedo y Gijón, más la debilitada avilesina) las que custodian este patrimonio, dando la oportunidad de poder interpretarlo a formaciones como la asturiana, que va creciendo poco a poco (dúos, tríos, cuartetos o quintetos) y que este martes llegaba al teatro de la calle Mendizábal con dos de sus fundadores (Marta Martínez Gil y David Roldán Calvo), los dos «fichajes» posteriores (Pedro Ordieres y Rubén Martínez Larfeuil) de nuestras orquestas  OSPA y OFil respectivamente, más dos solistas internacionales como Yuri Zhislin y Nadège Rochat, ofreciéndonos así este sexteto nada habitual, que al menos repetirá concierto en la hermanada sociedad gijonesa el miércoles 8 de abril, esperando no nos (les) falten más oportunidades de escuchar tantas músicas «olvidadas» y rescatadas por unos intérpretes que las viven, reviven y transmiten desde un trabajo no siempre reconocido, y donde encajar agendas de sus componentes puede ser una misión casi imposible, aunque tienen «cuerda para rato».

Desde sus inicios, el Ensemble 4.70 mantiene sus señas de identidad: calidad y compenetración de los intérpretes, interés y valor divulgativo de los programas, con sólida base musicológica. Y los dos sextetos elegidos para estos conciertos en Oviedo y Gijón fueron buena muestra de ello.

Si bien no hay mucha literatura para esta formación, los dos que trajeron a la Filarmónica de Oviedo, podemos considerarlos como el núcleo de este repertorio, y como se «autoconfiesan» los fundadores en sus propias notas al programa «ni que decir tiene que a violas y chelos nos pirra, pues al estar doblados neutralizamos a la parejita de violines, que en el cuarteto, al ser mayoría, se vienen bastante arriba…».

La primera parte la ocuparía el Sexteto de cuerdas nº 2 en sol mayor, op. 36 del hamburgués Brahms, compuesto entre 1864 y 1865, es una obra que revela el crecimiento en su oficio (frente a sus tres cuartetos ) ya con un domino del contrapunto y un auténtico lienzo donde la austeridad es cual aura de resignación que sería como una de las características de su madurez. La combinación de los instrumentos demuestra su gusto por las texturas densas donde refuerza las voces medias y graves que nos remiten a su amplísima producción coral. Cuatro movimientos, con el Scherzo en segundo lugar, para ir comprobando las combinaciones tímbricas de este «trío doblado» pero con protagonismos más compartidos, la viola «murmurando» mientras el violín principal presenta el tema principal, el canto del chelo y los dos violines retoman el «murmullo», elegantes inquietudes antes del impresionante juego que consigue en los tres aires de un sofisticado y rítmico Scherzo. El sexteto se mostró bien compenetrado, matizado, aunando los siempre complicados cambios marcados por Yuri Zhislin, respirando esos aires húngaros que tanto le gustaban a Brahms. El Adagio es otro hallazgo contrapuntísico donde poner a prueba tanto el empaste como el entendimiento entre los seis músicos, expresivo a más no poder antes de concluir con un Poco allegro lírico y romántico a más no poder.

Retomando las notas al programa, «una de las pocas cosas que le podemos reprochar a Brahms es que despreciase a Tchaikowsky: diríase que fue víctima del típico (y por desgracia plenamente vigente) prejuicio purista (por no decir snob) en virtud del cual, si algo gusta a la mayoría de la gente, es malo», quiero expresar que podrá tildarse al ruso de excesivamente sentimental, comercial y como decimos en Asturias «pegañosu», pero a muchos sigue llegándonos su inimitable estilo melódico, armónico y tímbrico que en este Souvenir de Florence, op. 70 florece en sus cuatro movimientos.

El sexteto «florentino» ocupó a Tchaikovsky durante siete años (con sus primeros bocetos en 1887 y revisiones en 1891 -París- y 1892), aunque el trabajo principal fue hecho en 1890, a su regreso de una estancia en Florencia -de ahí el título- pero escrito en Frolovskoye (cerca de Klin). La escritura parece haber surgido como un cambio de ritmo de su trabajo en la ópera La dama de picas y el ballet El Cascanueces, pero también como una ofrenda a su benefactora, Nadezhda von Meck, que estaba enferma en ese momento y no podía salir de su casa. Tchaikovsky le escribió: «Sé que te encanta la música de chamber y me alegro de que puedas escuchar mi sexteto… …lo escribí con el mayor entusiasmo y con el menor esfuerzo» y definió como «conmovedora» viendo en ella un eco de sus últimas sinfonías, aunque en un tono más lírico y reflexivo.

El primer movimiento comienza con un tema principal vigoroso, pasional y explosivo, que contrasta con un tema que es posiblemente la única melodía del sexteto cuya ligereza tiene ese «spirito» italiano con aires de serenata, incluso de Mendelssohn y ¡hasta de Brahms!. El segundo movimiento, Adagio, se abre con una especie de versión lenta del tema principal del primer movimiento, y luego pasa a una graciosa melodía apoyada por un acompañamiento de pizzicato al estilo del violín italiano con acompañamiento de cuerdas recordándonos la guitarra antes del solo de violín y su “dúo” con el violonchelo. Impresionantes los «invita la sonoridad de Ensemble 4.70 con el cello de la «asturiana» Nadège Rochat verdadero sustento en el grave más el delicioso violín del ruso afincado en Londres Yuri Zhislin. En la sección central, Tchaikovsky abandona el canto para producir un episodio de puro efecto sonoro con las cuerdas tocando rápidamente en la punta del arco en una destacada interpretación de los seis músicos. El tercer movimiento es de un brillo despreocupado, con el trío que nos recuerda al Tchaikovsky del ballet antes citado «bailando las nueces» en su cabeza por aquel entonces. Para el final, el compositor buscó una melodía insignificante, probablemente de origen folclórico que nos alegra y acerca tantas músicas, transformándose a través de todo tipo de recursos en los tres instrumentos doblados con un sorprendente fugato antes del brillante cierre.

Un sexteto con dos páginas para disfrutar de la música de cámara de la que en Asturias podemos presumir de apostar por ella…

Ensemble 4.70:

Yuri Zhislin, violín – Pedro Ordieres, violín – Rubén Martínez, viola –  David Roldán, viola – Nadège Rochat, violonchelo – Marta Martínez, violonchelo

PROGRAMA:

J. Brahms (1833-1897):

Sexteto de cuerdas nº 2 en sol mayor, op. 36

I. Allegro non troppo

II. Scherzo – Allegro non troppo – Presto giocoso

III. Adagio

IV. Poco allegro

P. I Chaikovski (1840-1893):

Souvenir de Florence, op. 70

I. Allegro con spirito

II. Adagio cantabile e con moto

III. Allegretto moderato

IV. Allegro vivace

Diluvio sinfónico

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Crítica para LNE digital del sábado 7, en papel el domingo 8, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Brahms sigue siendo una de las piedras angulares en los repertorios sinfónicos, y aún más en nuestra OSPA que estas dos últimas temporadas ha interpretado tres de sus sus sinfonías: Tercera (21/02/25) con su titular Nuno Coelho , Cuarta (21 de marzo  de 2025) con Giancarlo Guerrero, Primera (14 de noviembre de 2025) con Françóis Leleux, más su Obertura para un Festival Académico (23 de enero pasado) con Ramón Tébar, completándose este primer, frío y lluvioso viernes de marzo con la Obertura Trágica que escribiría a continuación, feliz complemento de la anterior, que la doctora María Sanhuesa en sus notas al programa escribe tanto de las dos oberturas como el análisis de la que escucharíamos abriendo este décimo de abono: «Consciente de las diferencias de carácter, el compositor afirmaba de ambas obras que “una ríe, y la otra llora”». Mas la interpretación del décimo abono mantuvo media sonrisa, su escritura en la tonalidad de re menor (que tantas obras maestras utiliza), asociada a lo triste y trágico, que pareció marcar el concierto, la OSPA con Coelho la mantuvo luminosa además de majestuosa, dejándonos el rictus para esperar el resto del programa, organizado a la manera decimonónica de obertura, obra con solista y sinfonía.

La soprano norteamericana Erika Baikoff , que nos enamoró en su Gretel de la ópera ovetense el pasado  septiembre, sería quien cantaría Les Illuminations de Benjamin Britten  en sustitución de Ian Bostridge  que cancelaría su participación por enfermedad el miércoles a primera hora, dejándome con las ganas de escucharle de nuevo tras su paso por el 74º Festival de Granada el pasado verano, precisamente con un Britten emocional e incluso escalofriante. Es de agradecer la prontitud de los gestores para contactar con la soprano de origen ruso para un programa que ya estaba cerrado y ¡tenía en su repertorio! (poco habitual por otra parte), estando encantada de regresar a Oviedo (como nos contaría Nuno Coelho en la conferencia previa al concierto).

Las notas de prensa sobre Erika Baikoff dicen que se está consolidando rápidamente como una de las voces líricas más cautivadoras de su generación y elogiada por su arte “conmovedor” y su canto “luminoso y vibrante”. Tras sus dos visitas a Oviedo puedo reafirmar todos los calificativos, que en mi caso describí como “de voz clara, ágil, excelente proyección y volumen suficiente, transmitiendo la inocencia sin caer en lo infantilizado desde un fraseo siempre elegante dominadora de la escena de principio a fin, con un vals conjunto pletórico por parte de ambas”.

El ciclo Les Illuminations op. 18 de Britten (estrenado el 31 de enero de 1940 por la soprano suiza Sophie Wyss) está compuesto para soprano o tenor solista con orquesta de cuerda, usando nueve canciones de la colección homónima escrita por Arthur Rimbaud que inspiraron al compositor inglés nada más leerlas. La OSPA, este viernes con Jordi Rodriguez de nuevo como concertino invitado (seguimos esperando la convocatoria de la plaza titular tan necesaria) volvió a sonar perfecta, empastada, rica, con los distintos solistas de cada sección que fueron completando una interpretación perfecta de Baikoff , verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices, con una voz de emisión clara, sentida, de enorme expresividad acorde con cada poema y una perfecta dicción en la lengua de Molière, que pudimos seguir desde el programa de mano aunque hubiese preferido se proyectaran, gustándome especialmente en la cuarta canción (Realeza: Allegro maestoso), una impactante quinta (Marina: Allegro con brio) y la última (Partida: Largo mesto), auténtica tormenta emocional mientras la cuerda “imitaba” en todos los registros los silbidos, rasgueos de guitarra, arpegios y fraseos donde Britten refleja sobre el pentagrama toda la carga que Rimbaud (sólo él comprende una realidad alucinada) plasmaría con alucinaciones, sueños y magia hecha música de nuestro tiempo. Más allá de la última frase «Départ dans l’affections et le bruit neufs!» (¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!), mucho afecto y poco ruido. Un triunfo que logró varias salidas de la soprano y el maestro portuense ante los largos y merecidos aplausos de un público fiel que no abandona nuestra orquesta ni en días de tragedias o diluvios.

Y para la segunda parte, una plantilla ideal de esta OSPA plenamente sinfónica y trágica por la susodicha tonalidad menor de esta segunda sinfonía de Schumann (escrita en 1841). Tras revisarla por el poco éxito tras su estreno en Leipzig homenajeando a Liszt ante un lenguaje orquestal novedoso, haría importantes cambios para dirigirla en Düsseldorf el 3 de marzo de 1853 ya como Sinfonía n.º 4, op. 120.

Sería interesante poder escucharla en su primera versión (que a Brahms le parecía “más natural”) pero está claro que tiene pros y contras. Sus cuatro movimientos enlazados, con modulaciones agradecidas, dinámicas amplias siempre bien planteadas por Coelho y bien respondidas por la orquesta, con todas las secciones bien balanceadas y plegadas a cada indicación del portuense, nos “iluminaron” hasta el re mayor final que hizo escampar pese a los presagios. Aires o tiempos arriesgados además de valientes, que la OSPA llevará hasta el Euskalduna bilbaíno dentro del festival “Música-Musika” donde siempre ha brillado, llevando la marca Asturias que mejor nos define culturalmente.

PROGRAMA:

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura trágica, op. 81

BENJAMIN BRITTEN (1913 – 1976):

Les Illuminations, op. 18:

I. Fanfarria: Maestoso (poco presto)

II. Ciudades: Allegro energico

IIIa. Frase: Lento ed estatico

IIIb. Antiguo: Allegretto; un poco mosso

IV. Realeza: Allegro maestoso

V. Marina: Allegro con brio

VI. Interludio: Moderato ma comodo

VII. Encarnando la belleza: Lento ma comodo

VIII. Desfile: Alla marcia

IX. Partida: Largo mesto

ROBERT SCHUMANN (1810-1856):

Sinfonía n.º 4 en re menor, op. 120 (rev. 1851):

I. Ziemlich langsam – Lebhaft

II. Romanze: Ziemlich langsam

III. Scherzo: Lebhaft

IV. Langsam – Lebhaft

Tragedia, luz y poesía

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Reseña para LNE del mismo viernes en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Tragedia, luz y poesía

La soprano Erika Baikoff brilla con Britten junto a la cuerda de la OSPA bajo la batuta de Nuno Coelho en el Auditorio

Pasado el ecuador de la temporada prosigue la OSPA con un programa de título apropiado a la climatología y “trágico”, donde la soprano norteamericana Erika Baikoff cantaría Les Illuminations de Britten en sustitución este mismo miércoles de Ian Bostridge (que cancelaría su participación por enfermedad). La «Gretel» triunfadora en la pasada edición de la ópera ovetense encantada de volver a la capital asturiana para registrar otro éxito en su carrera.

Abría velada la “Obertura Trágica” de Brahms, sumando repertorio del hamburgués que tan bien le va a la orquesta asturiana con su titular al frente, volviendo a demostrarlo desde un sonido compacto y majestuoso con una dirección precisa y enérgica.

Solo con la cuerda, hoy comandada nuevamente por Jordi Rodriguez, la soprano Erika Baikoff iluminó el Arthur Rimbaud musicado por Britten. Nueve canciones llenas de imágenes oníricas, alucinaciones, enigmas, incluso magia (especialmente en las centrales cuarta y quinta más la “Salida” última) que la soprano transmitió desde un mosaico vocal pleno de expresividad, delicadeza y lirismo poético, al igual que los atriles solistas dejándonos una interpretación de altura premiada con aplausos más que merecidos para cantante y cuerda. Como finaliza el poeta francés “¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!».

La “Cuarta de Schumann” devolvía el músculo sinfónico en la trágica y mortal tonalidad de re menor, solo con luz mayor en el final transitando cuatro movimientos enlazados, plenos de matices siempre bien marcados por Coelho que sigue sacando lo mejor de la formación asturiana, a la que disfrutarán en Bilbao este domingo en “Musika-Música». Lástima que el público de casa no lo valore y siga habiendo muchas butacas vacías…

PROGRAMA

Un banquete polaco

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Domingo 1 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sinfonia Varsovia, Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zukerman (violín, viola y director). Obras de Bach, Kilar, Mozart y Dvořák. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Si el pasado viernes hacía paralelismos entre música y gastronomía, este primer día de marzo mi querido Arturo Reverter (Santiago de Compostela, 1941) titulaba sus notas al programa como «Menú musical muy digestivo», y es que la Sinfonia Varsovia con uno de las pocas leyendas vivas que nos quedan, el israelí Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 16 de julio de 1948) nos ofrecían cuatro obras cual excelente banquete orquestal, músicas del Barroco, Clasicismo, Romanticismo y Contemporánea, con el violinista japonés Fumiaki Kiura (Tokio, 1993), nuevamente junto al maestro que nos dieron una lección de «alta cocina».

Los años pasan para todos y el maestro Zukerman, que ya nos había visitado en este ciclo pero como solista de violín con Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en 2012, mantiene su magisterio tanto en la viola como en el violín (un caso extraordinario) y la dirección, siendo otra oportunidad de disfrutar en «La Viena Española» de figuras que recuerdan su paso por Oviedo y tienen marcada parada «obligada» en giras donde a menudo solo Madrid y Barcelona las disfrutan, aunque también estén Valencia o incluso Santander, que está buscando sitio en este mapa musical español.

Es difícil encontrar en un programa tan variado música de Bach interpretada desde visiones bien (in)formadas  sin recurrir a las historicistas, pero la Sinfonia Varsovia puede afrontarlas solo con su calidad y sonoridad de su cuerda (más el siempre necesario clave) que transitó por este «menú cronológico» asombrando de principio a fin. El Concierto para dos violines en re menor es una de las muchas joyas de «dios Bach», y si contamos con dos solistas de altura el goce es aún mayor. Miura y Zukerman que dobla en edad al japonés, demostraron el entendimiento entre los dos Guarnieri (el primero un Kaston, de 1732, y un Dushkin, de 1742 el segundo) que sonaron como uno solo, muy cuidados los arcos, los fraseos que pasaban de uno a uno con total naturalidad y uniformidad tímbrica, la limpieza en la ejecución de los movimientos extremos y la hondura del central, contando con la complicidad de una orquesta camerística comandada por Jakub Haufa, siempre atento a las dinámicas que sin necesitar los contrastes extremos nos dejaron un «entrante» para paladear el siguiente plato.

De una época lejana a la actual y dejando la cuerda básica (5-4-3-2-1) bajo la dirección desde el atril de Haufa, nos dejarían Orawa (1986) del polaco Wojciech Kilar, nacido en Leopolis (hoy es de Ucrania) y fallecido en Katowice, a quien he recordado como autor de la banda sonora del Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola, que ocupa su lugar preferente en mi fonoteca, y otro de los muchos alumnos destacados de Nadia Boulanger en París. Con un grupo de cámara virtuoso, compenetrado, compacto y homogéneo, Orawa es una obra que podemos calificar como minimalista (aunque las etiquetas no siempre ayuden), con aires de danza popular y muy basada en la repetición, que me recuerda a Steve Reich, o como destaca en las notas al programa mi admirado Don Arturo:

«El polaco Wojciech Kilar fue un músico muy dotado, que se apuntó a las descubiertas que otros colegas (Gorecki, Lutoslawski, Penderecki, por ejemplo) practicaban en busca de nuevas formas de expresión musical. Recorrió distintas etapas y exploró tendencias, siempre con la vista puesta en la música popular de su región, en los Trata, apuntada ya en una de sus obras más populares, Krzesani, de 1974, escuchada hace unas semanas en Madrid. Orawa es bastante posterior, de 1986 y en ella el músico muestra su pericia con un lenguaje aparentemente simple cuajado de frases repetidas y constantes, de una rítmica contagiosa, emparentada con la de un Philip Glass, por ejemplo.

El material temático es enormemente sencillo y económico. El curso va creciendo paulatinamente a través de sencillas y lentas transformaciones, raras espirales y pasajeras zonas de aparente tranquilidad. El curso repetitivo e intenso nos prende y no podemos quitar ojo (oído) a las constantes formulaciones de las sencillas frases. Por momentos la música parece atenazarnos, envolvernos, apresarnos y casi respiramos al concluir. La veintena de instrumentistas de cuerda (número que puede variar) lanzan un grito exultante. Aunque no siempre es expelido. La categoría musical, la preparación y sapiencia de Kilar fue muchas veces apreciada por cineastas como Polanski (El pianista), Coppola (Drácula) o Kieslowski».

Todo un derroche musical en esta página actual pero agradable y con la estética siempre cercana del polaco, que sus compatriotas bordaron de principio a fin con el empuje desde su silla de Haufa, repeticiones que ya utilizó J. Strauss hijo hasta aires folklóricos de danzas transilvanas que desde Bartok o Enescu han inspirado tantas páginas, siendo esta de Kilar una más que añadir a la larga lista que enlaza con nuestro tiempo.

Y antes del descanso otro plato clásico donde disfrutar del genial salzburgués, su Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta, rareza porque Pinchas tomaba la viola en feliz emparejamiento con el violín de Fumiaki más una orquesta que cogía cuerpo en la cuerda (10-8-6-5-3) sumando trompas y oboes a dos (¡maravilla de empaste y sonido!). Si en Bach el entendimiento y sonoridad fue única, este Mozart redondeó un imaginado instrumento suma de ambos, con un mano a mano en las cadencias a cual más brillantes y profundas, o unos unísonos como el inicial para concluir con el alegre y detallista final de imitaciones y contrastes entre ambos solistas.

La Sinfonia Varsovia otro instrumento compacto, vibrante, con un Presto final que mostró cuánta calidad mantiene esta formación capaz de «transmutar» periodos tan distintos, con un Zukerman llevándola con mínimos movimientos de su arco o un simple movimiento de cabeza.

Si el banquete ya era exquisito y variado, aún quedaba música para rellenar oídos cual estómagos insaciables, o como escribe Reverter -ilustre gallego afincado en Madrid- citando al biógrafo del checo Gervase Hugues (de su libro Dvorak: His Life and Music) «tras escuchar la sinfonía uno tenga el mismo sentimiento que tendría un hombre robusto y buen comedor después de dar cuenta de un menú consistente en una sopa clara, una pequeña loncha de salmón ahumado, un soufflé de huevo, todo regado con agua fría. No está mal el símil; pero ese menú es en todo caso de una ligereza, de un refinamiento y de una exquisitez nada empachosos». La Octava de Dvořák me ha gustado siempre más que su famosa novena, perdiendo la cuenta de las veces que ha sonado en vivo desde mis años jóvenes hasta la actualidad, y la Sinfonia Varsovia ya trajo todos los condimentos de una orquesta romántica (2 flautas /2ª= flautín/, 2 oboes /2º=corno inglés/, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y cuerda / 4-6-8-10-12) para que el Chef Zukerman nos cocinase este plato checo y universal, impecable cada sección, cada solista, con balances perfectos donde poder escuchar todo lo escrito y saliendo a flote los motivos.

Cada movimiento de los cuatro (Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo) era una delicia de escucha, los tempi exactos y sin excesos, la sonoridad envidiable, con un Zukerman del que mi querido Justo Romero ha escrito que «empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico», algo que no comparto en absoluto pues esta Octava el Maestro la llevó por donde quiso en fraseos, aire, intensidades, rubatos… dejando fluir esta sinfonía con estos músicos polacos que transmiten energía y compromiso con toda la música que interpretaron, el Allegro con brio literal sin quemarse, un Adagio pletórico en cada sección lleno de dinámicas contrastantes hasta los extremos, un luminoso y vibrante Allegretto grazioso de ‘pizzicatti’ delicadamente contrapuestos a los arcos subyugantes con aires vieneses, vientos en el sitio preciso de protagonismo, o el Allegro ma non troppo desbordante de musicalidad.

Cuerda sedosa y rotunda, madera maleable e incluso etérea por momentos, metales brillantes sin estridencias -con un excelente arranque de la trompeta en el último movimiento- y timbales mandando sin excesos dinámicos. Un Dvořák que sigue enamorando por su frescura e inspiración melódica, tarareando al salir el Allegro ma non troppo que me lleva a no olvidar otros tantos conciertos ¡y zarzuelas!.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043:

Vivace / Largo ma non tanto / Allegro

Wojciech Kilar (1932-2013):

Orawa*

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, K. 364, (320d):

Allegro maestoso / Andante / Presto

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88:

Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo

* El concertino de la orquesta, Jakub Haufa, dirigirá Orawa de W. Kilar desde el atril.

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