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No es cuento: Volo2 resultó Volo3

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Sábado 1 de diciembre de 2012, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos (piano), Oviedo Filarmonía, Michael Francis (director). Obras de Brahms y Mendelssohn.

La anterior visita en mayo de 2009 del gran Volodos me recordó a Shrek porque las apariencias engañan y el monstruo resultó ser encantador, sensible, dulce y tierno. Esta vez Fiona resultó una OvFi que tras el paso por el foso parece salir a flote engrandecida, y Burro, buen amigo en este cuento le correspondió nada menos que al inglés Michael Francis, una estrella en ascenso sin necesidad de doblarlo porque su acento británico era imprescindible para el programa de este primer día del último mes del año. Tres obras y tres patas suficientes para asegurar el equilibrio: orquesta, solista y director. De este cuento El Gato con Botas está independizado (¿el público?) y ocuparía otra película con Antonio Banderas poniendo voz hispana al personaje.

Brahms sería el protagonista de la primera parte, Obertura trágica, Op. 81 contrapuesta a la «académica», más enérgica que lacrimosa desde la primera nota. El maestro Francis se encargó de trazar las líneas claras de su visión, energía, tensión y dulzura, logrando sonoridades dignas de elogio en la orquesta carbayona, dinámicas extremas donde los pp eran sobrecogedores y capaces de acallar toses pese al frío invernal del exterior, que engrasarían la maquinaria para la obra y solista esperados. Lástima tener más cuerda en la plantilla porque la obra así lo exigía y sólo faltó el lógico volumen y «pegada» en los graves para redondear la perfección buscada por Mr. Francis. Ya indicaba Alejandro G. Villalibre en las notas al programa que esta obertura «no busca agradar tanto como epatar», aunque personalmente logró ambas cosas.

Sin caer en todos los calificativos que el ruso Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es capaz de verter en sus semblanzas biográficas, me quedo con «su virtuosismo junto con su sentido único y fraseo, color y poesía, le han convertido en el narrador ideal de las historias musicales románticas». Dominador de Rachmaninov o Liszt, «el segundo de Brahms» (Concierto para piano y orquesta nº 2 en SI b M., Op. 83) engrosa su larga lista de interpretaciones geniales, fácil de entender y hasta de acompañar como demostró el tándem OvFi-Francis. Un pianista capaz de sacar miles de matices a un instrumento mínimamente desajustado y sentado en una silla igual al resto como uno más a sumar en esta «sinfonía con piano», color orquestal desde las teclas como así lo escribió el de Hamburgo, misma paleta y agógica desde la batuta, concertación ajustada en cada uno de los cuatro movimientos, solista pendiente del concertino para «respirar» con sus arcos y un podio atento al teclado. Grandeza de Volodos para quien no hay retos técnicos una vez superados otros anteriores. Allegro non troppo así entendido por solista y director, empaste y complicidad con trompas y maderas, igual que el Allegro appasionato en la línea de bloque orquestal incluyendo el piano, hasta el reposo del Andante, con un Gabriel Ureña haciendo hablar el cello (pediremos a en navidades madera con más solera para redondear el «sabor en boca» que logra siempre el avilesino), protagonismo bien entendido y asimilado por Volodos (lo demostró en la propina). El rondó final del Allegretto grazioso volvió al cuento de «Shrek», simpático y sobrio, juguetón bien secundado por el buen amigo Francis en este «cuento Burro», capaz de aligerar toda la densidad del último movimiento redondeando una interpretación excelente en una «Fiona» enamorada y fiel de este «Relato a 3».

Y de regalo unas variaciones sobre Damunt de tus nomes les flors del gran Mompou, nuevo derroche dinámico e interpretativo lleno de emotividad (también la tiene en YouTube® hacia el minuto 4:23), agradeciendo el recuerdo a nuestra tierra española (o catalana sin Más) suficiente para recordar esta segunda visita al Auditorio.

No nos podemos quejar de Mendelssohn en Oviedo, pero la Sinfonía nº 3 «Escocesa» en La m., Op. 56 que nos dejó Michael Francis con una OvFi que resultó distinta y cercana, nacionalista y británica sentida desde el conocimiento de folclores que flotan como en la rememorada Escocia musicada por Donizetti para su Lucia di Lamermoor, esencia en el germanismo compositivo que no cae en tópicos, ayudado por una orquestación brillante de la que el director sacó todo lo mejor en cada sección. Si Brahms fue sobrecogedor y brillante, Mendelssohn devolvió toda la paleta romántica de texturas, agógicas (cambios de tempo), majestuosidad y empuje sin pausa desde la Introducción: Andante con moto – Allegro un poco agitato – Assai animato – Andante come I, neblina otoñal que nunca impidió perder la línea del horizonte, cuerdas muy trabajadas, maderas empastadas, metales sutiles, timbales aterciopelados siempre a punto para un Scherzo: Vivace non troppo, exigente para todos pero cumpliendo como buen ejército sonoro. Incluso el tránsito del Adagio cantabile al Finale guerriero no dejó tiempo a rupturas indeseadas por el «público enfermo» (toses entre movimientos indeseadas), más pendiente de la hora que de disfrutar una versión distinta a las últimas escuchadas en este auditorio ovetense, orquesta guerrera al mando de un buen general.

Si tras las «galeras» que parece suponer el foso para esta orquesta, nos la devuelven rejuvenecida a escena, bien venidas sean. Claro que la maestría en la dirección tuvo mucho que ver en este «Spa», y Volo2 resultó Volo3… no es cuento.

Bálsamo para el alma

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Viernes 30 de noviembre, 20:30 horas. Real Monasterio de San Pelayo, Oviedo. Concierto de clausura del VIII Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza». Escolanía San Salvador, Gaspar Muñiz Álvarez (director). Requiem de John Rutter (24/09/1945), estreno en Asturias.

Don Alfredo, Diego y Emilio disfrutaron en el primer banco celestial, pero el público que abarrotó desde media hora antes «Las Pelayas» (como se conoce familiarmente este monasterio que también está bendecido por Santa Clara y seguramente por Santa Cecilia) pudimos tocar el cielo desde el recogimiento, la emoción, la palabra subrayada y sublimada por una música tan bien escrita e interpretada por escolanos, «escolinos» e instrumentistas volcados en las manos y buen hacer de Don Gaspar, digno heredero de mi admirado y siempre querido Alfredo. También sonó su Salve Regina como colofón al homenaje que la Escolanía tributó a Sor Ángeles Álvarez (organista, compositora, directora y gran difusora de la obra del Maestro) al finalizar el concierto, gregoriano en voces blancas con y como  las monjas de clausura en el coro contrapuesto a la sabia polifonía tras la medalla de oro que seguro lucirá con el amor hacia el lenguaje universal de la música unido al de la oración.

La elección de instrumentos por parte del compositor británico está acorde con un dominio minimalista de los recursos para el subrayado de las siete partes de este requiem estrenado en 1985 pero escuchado por primera vez este último viernes de noviembre: órgano (Elisa García Gutiérrez), oboe (Juan Ferriol), flauta (Jorge Caro), cello (Elena Miró), arpa (Miriam del Río), timbales (Jaime Moraga) y glockenspiel (Andrés García). Hay múltiples referencias, homenajes directos e íntimos en el Requiem, pero además cada parte vocal rebusca en colores y matices intrincados, duros por momentos, en especial para las jóvenes voces blancas que se comportaron como campeones, sea el latín o el inglés el idioma utilizado.

Requiem aeternam, italianizado en su pronunciación, completo en un arranque sincero que entrega todo antes de lograr combinaciones siempre inspiradas, emocionadas, bien comunicadas por Gaspar Muñiz batuta en mano.

El arranque de cello para el Psalm 130: Out of the deep supuso también arrancar un girón del alma, sumándose coro, órgano, oboe, círculo que se cerraría antes del Pie Jesu, instrumental con un órgano omnipresente, claro, lleno, apoyando las voces blancas, serpenteando la melodía o rematando un tutti siempre íntimo.

Luz cegadora para el Sanctus – Benedictus, carillones, órgano y arpa ensamblados, voces graves, suma de cello y oboe, timbales, voces blancas, coralidad única en ensamblaje ayudado por la acústica deseada, dirección clara y precisa, entrega sin límites de todos, voces mixtas en perfecta mixura instrumental.

El abismo, lo tétrico del Agnus Dei perfectamente delineado en cada intervención instrumental y vocal, piedad cantada contrapuesta con arpa, madera, el bajón orgánico que nos dará La Paz.

Nueva esperanza en el Psalm 23: The Lord is my shepherd, guiados por arpa, órgano, oboe pastoralmente celestial, voces blancas, música instrumental, partes «a capella», música completa, tributo a Fauré, «nada me falta»…

La esperanza, Lux aeterna con timbales y órgano, «escolinos» con arpa y órgano, siempre Gabriel presente, delicia auditiva con esa vuelta al principio del «descanso eterno» casi deseado, susurrado, acunado y mecido entre algodones vocales.

Anotaciones como guión para intentar describir lo inenarrable, lo inefable: emociones, lágrimas y acto de contrición, penitencia y salvación con esta Escolanía de San Salvador realmente bendecida, voces del cielo acompañadas por unos músicos entregados al hecho religioso desde el propio entorno y un Gaspar Muñiz cuyo sacrificado dolor nos devolvió el placer terrenal. Nada mejor que repetir el Sanctus para liberar tanta tensión.

Las palabras de Ignacio Rico Suárez siempre en su sitio, gratitud y homenajes sentidos, incluido el final a Sor Ángeles con lectura por parte de Lucía Nieto del acta que daba pública fe de La Casa de Todos, sobre todo de La Música.

El trabajo hecho con el corazón parece menos sacrificado, pero la «Escolanía de Don Alfredo» afrontó su mayor reto en estos 40 años de historia, al menos el programa más ambicioso, y el premio merecido además de compartido con todos los asistentes. No podemos pedir más.

GRACIAS desde lo más profundo de mi alma musical.

Triunfa siempre Kraus

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Domingo 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, X Concierto Homenaje a Alfredo Kraus: Celso Albelo (tenor), Juan Francisco Parra (piano). Obras de Bellini, A. Scarlatti, Turina, Serrano, Vives, Donizetti y Mompou. Organiza: Asociación Lírica Asturiana «Alfredo Kraus». Entrada Anfiteatro: 14€ + 1€ (comisión imperdonable).

Nada más salir pensé y dije «Hoy ni Alonso ni Albelo…», un «domingo negro» pensando que pudo ser triunfal, pero nada hay previsible en la Fórmula Uno ni en la Lírica, sin buscar culpables aunque haya para llenar muchas páginas… Una tarde mala no echa abajo los muchos años de trabajo ni el apoyo incondicional de los aficionados, aunque acaben siendo como los «curristas», y el canario como el asturiano, despierten pasiones, aunque el de casa llenó más que el insular en la misma sala, pantalla gigante frente a escenario puro y duro.

Tercer año consecutivo con Celso Albelo invitado por la asociación que rinde homenaje al maestro Kraus, el único e irrepetible, «El Tenor», primero con Milagros Poblador, el pasado con «El Barítono» (Leo Nucci) y este último domingo «de campeonato» solo ante el peligro, eso sí, con el mejor pianista acompañante de hoy, Juan Francisco Parra, quien además se lució cual buen subalterno (esta vez como Felipe Massa o el buen par de banderillas al toro indultado).

El programa era de los auténticamente duros, «krausiano» a más no poder y referencia para quien suscribe, esfuerzo superior a tres óperas juntas y como encerrarse en Las Ventas con seis victorinos, pero cuando la climatología no ayuda la puerta grande o el campeonato se resiste. Hay que aplaudir el esfuerzo, las ganas, la buena temporada, el placer de agradar y no suspender la función (El Maestro nunca lo hizo), a costa de forzar sin pensar en consecuencias posteriores, pero este domingo lo quería triunfal, al menos la noche.

Comenzar con las dos arietas de concierto que todo estudiante ha trabajado aunque cantadas con el gusto que le caracteriza y que los grandes también suelen programar en sus recitales, están bien para abrir boca y calentar, pero el Poema en forma de canciones, Op. 19 (J. Turina) ya es otro mundo equiparable al lied alemán pero hecho en Sevilla, para sopranos o tenores, mezzos o quien quiera afrontar estas perlas vocales con la Dedicatoria de piano sólo que Parra bordó, los Cantares que arrancan siempre aplausos fuera de lugar por esa fuerza que caracterizaría la velada, Los dos miedos premonitorios aunque tranquilos, y Las locas por amor jugosas y cierre del poema musical, nuevo recuerdo homenaje a Kraus.

El remate de la primera parte dos joyas de la casa como las que Don Alfredo bordaba y Albelo solventó con más fuerza que precisión aunque el mismo buen gusto que su paisano: «Te quiero, morena» la jota de El trust de los tenorios (Serrano) con final innecesario en el agudo que le pasaría factura, y «Por el humo se sabe…» de Doña Francisquita (Vives), con un Parra capaz de hacer de las reducciones orquestales un placer de acompañamiento.

Las arias de ópera ocuparían la segunda parte salvo el Mompou de Canción y danza nº 6 que nos endulzó con esa melodía tan cantabile e íntima y despertarnos con la dificilísma danza posterior, pianismo puro para un intérprete como el canario capaz de elevar a coprotagonismo su papel.

El aria de Edgardo «Tombe degli avi miei…» cantada por Kraus me introdujo de niño en la ópera y más en la Lucia de Lammermoor (Donizetti) que Albelo «calca» en respiraciones, fraseo y cadencias con la orquesta pianística capaz de rememorar timbales entre cuerda. Salida de escena, supongo que a beber y tomar aire para afrontar Nadir en «Je crois entendre encore», recitativo previo incluido, de Los pescadores de perlas (Bizet) que comenzó a hacer peligrar un buen resultado final (mejor el pasado año), y pese a reconocer la dificultad en «no nasalizar» el canto francés, la afinación y cambio de color me dejó incómodo, siendo aún peor en «T’amo qual s’ama un angelo» de la Lucrezia Borgia, y la faena fue de aliño…

El descanso tras el emocionante Mompou era necesario para afrontar un durísimo final con dos arias conocidas, aplaudidas pero fallidas como se pudo comprobar en el propio gesto del tenor y supongo que corroborará la posterior edición en DVD del recital: «La donna e mobile» (Verdi) y «Spirto gentil» (Donizetti), una voz que ha ganado cuerpo en el registro grave y medio para poner más fuerza en el agudo ante el catarro atenazante, aunque dejase anteriormente los destellos de pianos y línea de canto que caracteriza al gran tenor canario.

Y todavía se (es)forzó por regalarnos una propina tan dura como la segunda aria de «La figlia» no sin reconocer públicamente sus problemas vocales. Seguro que muchos lectores discreparán (sobre todo la señora que tarareaba a Verdi a la que fulminé con la mirada), me pondrán a parir y llamarán repugnante (especialmente el cámara al que tuve que mandar callarse en pleno pianissimo). Admiro y defiendo tanto a Fernando Alonso como a «ExCelso» Albelo, son luchadores, muy buenos, trabajadores, lo dan todo pero no siempre alcanzan la cima. La voz no es un fórmula uno pero requiere mimos, evitar excesos o roturas y estar siempre a punto, con todo lo que ello conlleva. Este domingo me quité el sombrero con Felipe Massa y de nuevo con Paco Parra, son la parte necesaria del espectáculo y demasiadas veces olvidados por la afición.

Es cuestión de esperar porque el tiempo es implacable y lo juzga todo, por eso siempre triunfa Kraus.

Domingo negro

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Ni Alonso ni Albelo… Lo dieron todo y se les aplaude, pero uno siempre quiere además de luchadores, campeones. Desde casa más…

Milanov nos hace danzar

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Sábado 24 de noviembre, 20:30 horas. Sala Argenta, Palacio de Festivales de Cantabria, Santander.  «Les ballets russes de Diaghilev»: Ginesa Ortega (cantaora), OSPA, Rossen Milanov (director); obras de Stravinsky y Falla.
Volvía Milanov al frente de la OSPA con un programa dedicado a dos músicas asociadas a la danza que Diaghilev promovió y coreografió para sus ballets rusos, llevadas al disco en Oviedo por estos intérpretes en los dos días anteriores, aunque Santander evitase las tensiones de una grabación que quedará para la posteridad con la suma del esfuerzo y cansancio del viaje hasta la capital cántabra y posterior retorno a casa.

No es habitual escuchar en concierto versiones completas de músicas para ballet, pero el titular de la OSPA tiene cierto renombre en este mundo del ballet y se preocupó en programar dos de los ballets rusos estrenados en nuestra vieja Europa, los de Falla y Stravinsky, más que antítesis complementarios tras la admiración del español por el ruso en un París ombligo del mundo.

Las notas al programa local de Ricardo Hontañón reflejan que «Petrouchka» (Stravinsky, revisión de 1947) es «un pelele… que exaspera la paciencia de la orquesta», siempre rompedor en los pasajes que Diaguilev vió perfectos para el polichinela danzante, cuatro partes donde cada sección orquestal en conjunto y desde sus solistas, tendrá que pasar de lo grotesco a lo popular, del conjunto a la individualidad con exigencias muy duras. Milanov buscó todos los colores posibles para su orquesta, obra poliédrica con continuos cambios de rítmica, intensidades, tímbricas muy cuidadas, duras pero con aristas redondeadas, dúos y tríos camerísticos excelentes contrapuestos a tutti densos pero definidos. «La fiesta del martes de carnaval» abría y cerraba el espectacular tránsito del día a la noche carnal, las carnestolendas del desenfreno antes de la cuaresma en pleno noviembre cálido, con alguna ligera pifia fruto de labios muy machacados que no desentonó dentro del ambiente festivo, o mínimos desajustes finales en las entradas a tempo de la cuerda grave cual cojera polichinela desapercibida por la mayoría. Plantilla reforzada pero homogénea, solistas de primera en cada sección, sin olvidar celesta, piano y arpa ineludibles por protagonismos bien ejecutados, amén de la percusión acertadísima en dinámicas.

Manuel de Falla nos toca de cerca y parece que esté en nuestros genes. Escuchar el ballet completo «El sombrero de tres picos» es raro, habitualmente nos quedamos con algunas danzas sueltas, pero escuchar las intervenciones de la cantaora elegida, Ginesa Ortega, fiel al espíritu del cordobés enamorado de su tierra y su folklore, una exquisitez que tendremos en el disco. Abrir cada parte con el «quejío» puro de una voz entrenada en un Falla purista (como el de «El amor brujo») es de agradecerle al responsable/s de la elección de solista y obra, versión cuidada al detalle, rica en sus dos partes, una primera que funciona como un «trailer» contenido de la segunda, delicadeza y suspense antes del desenfreno sin perder equilibrio por el que Milanov apostó. Velocidades pensadas para bailarlas sin tropezones, escucharlas casi masticándose, deleitarnos con cada intervención solista, todas y cada una de ellas que enamoraron al público cántabro, y «abriendo boca» siempre la Ginesa.
Me escapaba a tierra vecina para no perderme este concierto esperado desde que lo leí en la programación general de la OSPA, más sabiendo de su destino final en CD (aunque siempre defienda el directo como irrepetible). El viaje mereció la pena.

Foto: © Marta Barbón / OSPA

El magisterio de Blechacz

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Jueves 22 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Rafal Blechacz. Obras de Bach, Beethoven, Debussy y Szymanowski.

No había mejor forma de celebrar Santa Cecilia que el concierto de piano de este jueves. Puedo presumir, ya que no tengo abuelas, de haber escuchado a pianistas que han hecho historia y de los que la van a hacer, y el polaco Rafal Blechacz es uno de ellos con total seguridad, ya la está haciendo. El responsable del ciclo le calificó del siguiente Zimerman, y no le falta razón. El sello amarillo con el que ha firmado en exclusiva tiene otros buenos colegas pero nada que ver con él.

Las obras elegidas para esta gira son una auténtica clase magistral de piano (en el Baluarte pamplonés quedaron boquiabiertos), casi 300 años de historia en cuatro autores, y si además tenemos las notas al programa del maestro Pantín entonces unimos teoría y práctica para redondear una tarde pianística excepcional.

La Partita nº 3 en La m, BWV 827 (Bach) resultó fresca, limpia, de ornamentaciones exquisitas, contrastes ajustados, pulcritud total y una ejecución fantástica en las siete danzas que forman un todo pese a sus diferencias, unidad expositiva e interpretativa, claridad en las voces, fraseos transparentes, magisterio barroco en un piano íntimo.

El Beethoven amado y menos conocido llegó con la Sonata nº 7 en RE M., Op. 10 nº 3, continuidad perfecta tras el kantor, arranque vigoroso del Presto, serenidad y madurez en el Largo e mesto, alegría en el Menuetto: Allegro, retomando el aire puro, y el Rondo: Allegro colofón de lujo donde la sobriedad no impidió disfrutar de sonoridades increíbles y nueva maestría interpretativa, conocida por las grabaciones pero donde el directo es irrepetible.

Tras la pausa nuevo paso adelante en el tiempo con dos autores igualmente recogidos en la discografía del polaco pero que el Steinway del Auditorio recreó para gozo pleno. La Suite Bergamasque (Debussy) fue un abanico de luz y color, matices únicos, ambiente sonoro plenamente impresionista lleno de delicadeza precisa y preciosa, con un Clair de lune plateada por llena y poderoso influjo en el público. Si la grabación es joya, del directo no tengo sustantivos ni calificativos para los cuatro números.

Szymanowski parece hacer confluir todo lo anterior desde la Polonia del siglo XX como cerrando la clase magistral de hora y media en los dedos de su compatriota. La Sonata nº 1 en Do m., Op. 8 nos mostró otra cara de un diamante gigantesco, llena de fuerza y nuevos brillos, luminosas dinámicas con brío (Allegro moderato) frente a tenebrosos pasajes resposados (Adagio), ave fénix del Tempo di minuetto y sentar cátedra en la doble fuga Finale que el profesor Francisco Jaime Pantín califica como «cóctel  explosivo…  en una sonata que, aunque aparentemente excesiva, mantiene una fuerte cohesión interna en virtud de un sistema de derivación temática en el que los elementos parecen relacionarse«, y así la interpretó Blechacz, exacerbado, luminoso, febril, visionario, académico y de complejidad intelectual volviendo a retomar a mi admirado Paco. Teoría y práctica en estado puro.

Chopin es el músico polaco por excelencia y ahora mismo Blechacz su mejor intérprete, ganador en 2005 de su concurso, y no podía marcharse sin regalarnos el Vals nº 3 en La m. Op. 34 nº 2 para rendirnos ante el piano romántico cual epílogo de la clase magistral. Y otro más, expléndido en todos los sentidos.

Rafal Blechacz cercano a la salida, firmando programas, discos, posando para los aficionados y agradeciendo nuestra presencia. Gratitud de un público más sano que de costumbre y menor del merecido, pero esto daría para mucho más.

Todo un Maestro de 27 años que ha irrumpido en la historia de los Grandes Intérpretes, y algunos piensan como yo que es el pianista del siglo XXI, y espero seguir disfrutándolo.

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Unen Canto y emoción

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Martes 20 de noviembre, 20:00 horas. Casa de la Cultura de Mieres: Concierto Coral en honor a Santa Cecilia. Coros de la Escuela de Música de Mieres, Reyes Duarte (directora), Verena Menéndez (piano); Orfeón de Mieres, Joaquín Sandúa (director).

Titulo la entrada parafraseando a mis admirados Les Luthiers aunque en el concierto de nuestra patrona lo que se unió fue canto y emoción. Canto porque los coros locales volvían a reunirse para conmemorar esta fiesta que siempre es la música, y emoción porque se recordaba a Jovino Martínez Cueva, fallecido hace menos de un mes y persona querida en el mundo coral al haber sido componente del Orfeón de Mieres y del Ochote «La Unión» que ponía fin a su trayectoria recientemente, dirigido por Juan Rionda Mier, actual presidente del Orfeón.

Corín de la Escuela de Música de Mieres

Podría haber titulado «Cantera cantora» porque sobre el escenario y entre el público que llenó el Auditorio Teodoro Cuesta se unieron varias generaciones de cantantes corales, la semilla que está germinando en la Escuela de Música bajo la dirección de Reyes Duarte, enamorada de este mundo porque no hay otra explicación para seguir al pie del cañón «a pesar de todo», y la veteranía de la agrupación coral más antigua de Asturias y de las históricas españolas como es el laureado y centenario Orfeón de Mieres, dirigido por Joaquín Sandúa que retornaba hace un año a «su casa» tras habernos dado años de gloria musical.

También Alba Toledano cantando Vivo por ella con el acompañamiento al piano de Verena Menéndez (en la foto superior), un ejemplo del camino emprendido pues pasó por todas las formaciones corales de la EMM y ex-alumna de El Batán…

El programa lo dejo aquí y no voy a entrar en detalles porque la fiesta, bien presentada por Celso Fernández, director de la COPE en Mieres, gran amigo y fan de todo lo que «haga ruido» en nuestra tierra, es para disfrute de todos. Sí dejar algunas pinceladas, la primera como crítica constructiva para un público mayormente familiar que oye en vez de escuchar y sólo atiende cuando aparece quien quiere, pero la educación y civismo daría para mucho.

La segunda recordar la importancia de la música en la formación integral del individuo en unos momentos donde los gobernantes y ministros desWertgonzados la consideran como un mero entretenimiento que distrae del verdadero estudio. El canto coral no solo une a las personas compartiendo el amor por la música, enseña a escuchar ¡algo tan importante!, trabaja en equipo, fomenta la solidaridad, sabe de sacrificios, conoce lenguas y culturas diversas… prepara buenas personas para la vida.

Coro Infantil de la Escuela de Música de Mieres

El refranero siempre sabio dice «Quien canta su mal espanta». Y por supuesto que entretiene, la mayoría están cantando porque se sienten felices, incluso algunos podrán llegar a profesionales de este difícil y competitivo mundo. Seguimos plantando semillas musicales (el Corín), viéndola crecer (Coro Infantil), replantarse (Coro de Adultos) hasta convertirse en árbol centenario (Orfeón).

Coro de Adultos de la Escuela de Música de Mieres

Distintos paisajes y plantas con el mismo fin: disfrutar con la música coral y recordar a personas de este entorno que nos dejan pero seguimos teniéndoles presentes con sus canciones. Un barquito de cáscara de nuez de Emilio Aragón «Miliki» en las voces del Corín, Enrique Urquijo y su Déjame por el Coro de Adultos o el machadiano Señor me cansa la vida (Juan A. García) que tantas veces cantase con su Orfeón el bueno de Jovino… Idiomas y ritmos universales, el Calypso (Jan Holdstock) de los peques, Oriente con el delicioso «Siempre conmigo» Itsumo nando nemo (Kaku Wakako – Kimura Yumi) de los jóvenes, el Brasil de Rosa Amarela (H. Villalobos) y La golondrina mexicana. Incluso el inglés con lenguaje de signos de Can you hear me? (Bob Chilcott).

Orfeón de Mieres

Guiños a los boleros o el rock de Los Llopis con un Estremécete coral, y por supuesto la tierrina, desde La Xana de Pin de Pría hasta Tengo de ponete un ramu del desaparecido Benito Lauret con quien el propio Sandúa trabajó en Oviedo con la entonces reciente Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» fundada por Luis Gutiérrez Arias, y que ha vuelto a recuperar para el Orfeón ese Capricho del Padre Prieto grabado en el LP de 1972 bajo la dirección de Baldomero Pérez Méndez y fundador del hoy recordado Ochote «La Unión» de nuestro Jovino.

Fiesta de la música en mi «Hermosa Villa de Mieres» con Santa Cecilia de patrona, amigos conocidos, cercanos o lejanos que están siempre presentes. Un encanto.

In Memoriam: Jovino Martínez

Unen canto y emociones. Viva nuestra Patrona.

De Weimar a Buenos Aires, pAris… ¡y Oviedo!

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Lunes 19 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Ute Lemper (voz), con Stefan Malzew (piano, acordeón y clarinete) y Cuarteto Vogler. Obras de Schulhoff, Asso, Emer, Weill, Eisler, Alberstein, Piazzolla y Brel.

Hay voces que con solo escucharlas se te remueve desde la uña del dedo gordo del pie al último pelo de la cabeza. Como bien escribía mi querida Cristina Otadui tras saber de mi asistencia al evento, «la primera vez que la escuché fue como un no sé qué que se yo, que subía desde el estómago… noches de cabaret berlinés de entreguerras, de media negra con costura, de luces bajas… de pasión y de misterio… la voz de Ute Lemper, sin más». Yo añadiría el whisky porque con la Ley Antitabaco ni siquiera el humo flotando. Las notas al programa de Joaquín Valdeón, a quien no respetaron los puntos y aparte, no pueden condensar tanto el repertorio presentado en este improvisado cabaret del auditorio donde las toses formaron parte del ambiente, «el Kampflyrick o lírica de combate».

Primero destacar al pedazo de músico que es Stefan Malzew, no sólo al piano, al acordeón como no podía ser menos en las canciones de Édith Piaf, ambos a la vez como en el mix de Weill–Brecht, sino también al clarinete en la popular rusa Tyomnaya Notch o alternando con el piano en los yiddish de Alberstein sino, y sobre todo, por sus increíbles arreglos para este recital donde el Cuarteto Vogler abrió en solitario ambas partes con cuatro de las Cinco piezas para cuarteto de cuerda de Erwin Schulhoff, para después dejar una lección de música juntos y por separado, sonoridades de nuestro tiempo, respetando el original para adaptarlo al estilo siempre único de Frau Lemper, como en el caso de Piazzolla.

Sonido amplificado y bien por lo poco molesto, como debe ser en estos casos, tal vez excesiva primacía de «La Cantante» pero con un dominio del micrófono como los grandes saben, sacando todo el partido de su voz (sobre todo en la segunda parte), quedando algo mermada la presencia del cuarteto y «el hombre orquesta».

Dame Lemper es inimitable aunque por momentos caiga en un expresionismo casi histriónico por los contínuos cambios de emisión (nasal, gutural…) tal vez en su «imitación de otra inimitable» como Edith Piaf. Me hubiera encantado tener los textos y su traducción (aunque los que recitó en español la propia Ute fueran igualmente emotivos y evocadores) pues cada canción eran microrrelatos escenificados como sólo la alemana sabe, elegancia y apenas movimiento, auténtica dama del cabaret berlinés. Mejor en Weill donde Mack the Knife estuvo subrayado por el genial Malzew alternando como dije piano y clarinete, con ese cuarteto que es un primor escucharle, o los cantos de Chava Alberstein que evocan todo lo judío.

Mi amor por la música de Piazzolla es notorio y puedo perdonar incluso la no muy buena pronunciación porque la melodía prima incluso sin texto hasta cuando lo añaden. Qué delicia es Oblivion y el arreglo de Malzew. Y para acabar Jacques Brel con piano y acordeón más el cuarteto, solos únicos, trío de ases con la Chanson de Jacky, la personal interpretación de Ne me quitte pas  y Amsterdam como final de un largo trayecto, políglota como la Lemper, urbes viciosas, tristes arrebatos y promesas en el aire para nunca volver: Paris, Berlín, Moscú, Buenos Aires… incluso Oviedo (y Madrid, con entradas agotadas) en un regalo de jazz donde cerrando los ojos imaginaba a la Pfeiffer encima del piano de los Baker Boys, abriéndolos Lemper y los Fabulosos Vogler & Malzew.

Oviedo Medieval en el siglo XXI

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Domingo 18 de noviembre, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, «Cinco siglos», Miguel Hidalgo, director. Monodias instrumentales en tiempos de Las Navas de Tolosa (1212).

Segundo concierto del miniciclo de tres titulado «Oviedo Barroco» aunque sólo lo fuese el primero (el tercero será Rossini con Anna Bonitatibus aprovechando su estancia operística en nuestra tierra), pese que el grupo tenga también este periodo en su repertorio. Sin ahondar en la denominación del ciclo, que daría para mucho y no ha lugar, siempre está bien escuchar música no habitual en los circuitos, y la medieval es una de ellas, aunque pienso que no era la mejor ocasión y menos en un Noviembre siempre a rebosar de oferta musical en la capital y alrededores. Encajaría bien en el veraniego «Oviedo es música», también en aquellos ciclos patrocinados por la entidad bancaria -antes caja asturiana-, incluso «OvieDo ReLaMiDo» por rebautizar ciclos para una primavera que ahora parece lejana, pero tras la excelente calidad del primero a cargo de la EUBO, lo de esta tarde de domingo con final de Copa Davis (perdida) o Alonso jugándose (todavía) el Mundial de F1 no estuvo a la altura, sin desmerecer los más de 20 años de trabajo y pasión por la música antigua de esta formación fundada y liderada por Hildago y Torralba. Pese a todo una excelente asistencia (muchos sin entrada, que para eso pagamos otros el ciclo completo y la crisis no sea igual para todos).

Afrontar un programa totalmente instrumental del siglo XIII es difícil de por sí, aunque la calidad de la formación cordobesa «Cinco Siglos» no es culpable de algún que otro bostezo, más bien creo que no hubo buena elección o combinación de obras. De agradecer las explicaciones de Antonio Torralba tras el Anónimo inicial, antes de Peirol y el agradecimiento a las notas al programa desconocedores de la autoría,

y previas a las «Dos danzas» andalusíes en prueba de agradecimiento musical para esta cultura tan cercana a la nuestra, bien adoptada por Alfonso X «El Sabio» y antecámara de su entrada al resto de Europa tras la «maceración ibérica». Me quedo con la idea apuntada de la «esquizofrenia medieval» al combatir al infiel y adorar su cultura, así como las tres líneas seguidas en el programa: improvisaciones -siempre intrínsecas a la propia música-, la escrita propiamente como instrumental, y las transcripciones vocales como las Cantigas, siendo la primera ofrecida como última, propina obligada.

Desiguales resultados interpretativos con momentos de pureza en los solos a cargo de la cítola de Miguel Hidalgo (bien igualmente con la guitarra morisca) o la flauta de cuerno en el preludio de Peirol interpretado por Antonio Torralba que no resultan precisamente movidos.

Mejores las estampidas y un poco de todo en el resto, felicitando al resto del quinteto, Antonio Sáez a la percusión siempre delicada (sacó partido a la darbuka de manera magistral), el gran solo a la viola en ocho de Gabriel Arellano lleno de virtuosismo y ritmo, más el rabel cual cello de José Ignacio Fernández. Una hora de música poco escuchada, monódica y monótona en exceso a pesar de las buenas intenciones e interpretaciones.

Para seguir otros repertorios, Ute Lemper ensayaba detrás para este lunes…

Magia y heroismo

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Viernes 16 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 4 OSPA, Suyoen Kim (violín), Gilbert Varga (director). Obras de Beethoven y Dvorak.
Concierto que nos dejó huella con un repertorio calificado en cierto modo de «heróico» como escribe en las notas al programa Asier Vallejo Ugarte (enlazadas en los nombres de los compositores) lo que siempre se agradece, en especial cuando confluyen un conductor serio, riguroso, y una solista joven e impactante que debutaba en España sustituyendo a otro joven prodigio como Kristóf Baráti, aunque creo que todos ganamos con el cambio por esta alemana de origen coreano que es Suyoen Kim, 24 años pero con una trayectoria que ha unido esa técnica oriental con el vigor germano bien tamizado por la escuela rusa. Mis queridos daneses la bautizaron hace nueve años en el diario Jyllands-Posten (el de las caricaturas de Mahoma) como «nueva estrella mundial», y no se equivocaron.

El Concierto para violín en RE M., Op. 61 (Beethoven) compuesto en 1806 es una de esas joyas universales de la literatura musical que la propia Kim tiene en su repertorio hace años, ahora más maduro, pletórico, romántico, de sonoridades potentes en ese Stradivarius «exCroall» de 1684 patrocinado por Portigon AG (Baráti hubiese traído el «Lady Harmsworth» de 1703), con una orquesta que sonó como nunca, todo un bloque bien ensamblado y unificado con el rigor del maestro Varga, planos sonoros en su sitio ¡hasta los de Mr. Prentice!, medidas exactas, tal como están escritas, acompañamiento delicado, un dúo de trompas de terciopelo, sacando de todas y cada una de las secciones de la OSPA una identidad que ojalá no se pierda, con muchos atriles jóvenes en esta primera parte, gustándose, escuchándose, disfrutando con violinista y director, compartido por el respetable. El inicio de los timbales y la larga introducción orquestal del Allegro ma non troppo

lograron la magia (siempre en lucha herórica con un ejército de toses sincopadas que va en aumento) desde el primer instante, incisivo, potente, sinfónico, y la aparición del violín de Suyoen Kim auténtica seda, musicalidad en cada arco, en cada trino, dobles cuerdas imposibles y una cadencia impactante. El Larghetto resultó cautivador, nuevamente mágico en intimidad compartida por solista y orquesta con el maestro atento a todos los detalles, sin perder nunca la vista en la protagonista, incluyendo el arranque seguro del Rondó: Allegro, enérgico, dinámico, con el tempo giusto y humorístico… rigor y vigor que apuntaba como primeros calificativos al finalizar el concierto. Magia orquestal donde tengo que destacar el dúo del violín con Mascarell en la línea de empaste y musicalidad de esta maravilla concertística, y el fraseo con los cellos realmente de filigrana sonora bien llevado por Varga.

Varias salidas tras los aplausos de un público entregado a la interpretación de la germanocoreana también agradecida a sus compañeros en este viaje heróico todavía dejó una propina «Little bird», pajarillo de nuestro tiempo en alarde técnico sin perder un ápice la misma delicada fuerza demostrada en el concierto beethoveniano.

La Sinfonía nº 7 en Re m., op. 70 (Dvorak) continuaría en cierto modo el heroismo y admiración por el genio de Bonn, tamizada por el de Hamburgo, con una amplia plantilla, la habitual con algún refuerzo, obra memorizada e interiorizada por el maestro inglés, hijo y alumno del violinista húngaro Tibor Varga (1921-2003), lo que permitió una lección de cómo dirigir esta obra sacando nuevamente lo mejor de la orquesta asturiana. La sombra amenazante de los graves con que arranca el Allegro maestoso fue ganando en dramatismo, cuerda hiriente sin chirriar, maderas a dos pero todas a una, metales potentes, timbales en su sitio, momentos líricos en violines y flautas, remanso en el Poco adagio, sin perder la melancólica tristeza con un clarinete idílico de Andreas en su intervención, y Varga dibujando cada detalle, atento a cada matiz, dinámicas bien cuidadas sin perder rotundidad, casi organístico. El Scherzo: Vivace sincopado, casi danzante cual vals brillante devolvió una oscuridad sin tragedias, interiorizada para concluir con el Finale: Allegro titánico, broche de oro para una sinfonía continuadora de la magia que flotó en el ambiente, luces y sombras con triunfo sonoro gracias a la simbiosis musical conseguida por un director con música en sus genes. Grabado por Radio Clásica tendremos que estar atentos a la programación para rememorar un día mágico.

Me perderé la vuelta de Milanov con un programa «Diaghilev» que me llama, pero en la Ópera del Campoamor Beatriz Díaz como Liù ejerce un magnetismo único… aunque Santander está cerca para un sábado de un noviembre cargadísimo.

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