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Músicas por San Juan

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Coincidiendo con las fiestas de San Juan y la última semana de clases antes del último esfuerzo burocrático de este curso 2016-17, encontré algunos huecos para no perderme eventos puntuales, algunos de cita obligada.

Comenzaré con ese encuentro de antiguos tunantes habitualmente en el inicio de las fiestas de Mieres, más de una veintena peinando canas (los que conservamos pelo) cantando nuestro repertorio de siempre por el eje con más marcha de la villa, la antiguamente conocida como «la calle del vicio», La Vega en su actual denominación, y Jerónimo Ibrán antes de finalizar en la emblemática plaza de Requejo donde continuamos cantando antes de la cita gastronómica, un cordero a la estaca que sirvió para amenizar no solo aperitivo o postres sino el resto de la madrugada, sin protestas por parte de los vecinos. Dejo arriba la excelente foto del cronista gráfico local, nuestro querido José Ramón Viejo Sáez.
El sábado estuvo ocupado por la segunda jornada del certamen que organiza el Orfeón de Mieres al que le dediqué una entrada especial.

No puede haber fiestas sin nuestra Banda de Música de Mieres, que además celebraba en el Parque Jovellanos, el de siempre, sus 25 años de nueva andadura tras la disolución de la municipal, una historia bien documentada por uno de los actuales integrantes, Vidal, que dio para toda una tesis doctoral. Con la dirección de Antonio Cánovas Moreno, que sigue revitalizando nuestra banda local y llevándola a una excelencia con la que todos soñamos, bajo un sol de justicia realmente abrasador, que ubicó al público a la sombra salvo algunos «esforzados», la mañana del domingo 18 de junio pudimos escuchar un auténtico concierto de músicas conocidas donde no podía faltar​ lo popular: zarzuela a base de preludios, arreglos de coros como el de El huésped del sevillano de las lagarteranas, los «poutpourris» de la Gran Vía con «Caballero de Gracia» y el Tango de Menegilda «Pobre chica, la que tiene que servir…», sin dejarse El rey que rabio, o las increíbles páginas de la Katiuska de mi tocayo Sorozabal.
Tampoco podía faltar el toque asturiano de La rapacina, una joya de fantasía para banda de Enrique Reñé, sin faltar los grandes éxitos de los años 70 en arreglos realmente conseguidos como Stayin’ Alive, I will survival, YMCA y una excelente selección de temas popularizados por Tom Jones o unos musicales «muy de Broadway» con Granujas a todo ritmo, solistas impecables en todas las secciones, especialmente el oboe, y con un repertorio bien elegido que llenó de alegría este primer sábado de fiestas.

La última semana con alumnos se hace eterna, coincidiendo además con una ola de calor a la que no estamos acostumbrados. El cierre «oficial» tuvo lugar el viernes 23 de junio a partir de las 13:00 horas en nuestra sala de usos múltiples, preámbulo de una foguera que nos estuvo entrenando con una climatología rara, en una ceremonia donde mi instituto premia esfuerzo, compañerismo, lectores, solidaridad y con alguna actuación musical que da lustre a cualquier evento, esta vez con Manuel de 4º de ESO a la guitarra eléctrica, marcándose unos solos de AC-DC tras un año de práctica donde progresó más que adecuadamente.

La mañana del día grande de San Juan, el 24 de junio, la tengo marcada en el calendario para amenizar los galardones de «Mierenses en el Mundo» con mi pareja artística para este evento Marta Quintero, casi emulando aquel cine de barrio con Parada y Sebastian como le gusta presentarnos.

Las excelentes todos son de Felipe S. Mera, reportero oficial de estos premios que van por su novena edición. Este año me tocaba la fibra sensible porque estaban entre los galardonados no ya el Padre Ángel con sus restaurantes «Robin Hood» o el chef Julius que se ha convertido en verdadero embajador de Mieres allá donde va desde su primera visita como jurado de «Mieres de pincho», sino mi antigua alumna Paula Rojo, auténtica estrella musical consolidada con un estilo propio que hubiera encajado perfectamente en el último Eurovisión a la vista de los resultados, una trabajadora nata y en plena gira presentando su tercer disco «Un viaje en el tiempo» que como indica el título, siempre encuentra tiempo para viajar a la tierrina y visitar a la familia y a sus amistades de toda la vida.

Además tenía el orgullo de acompañar a José Menalva «Cogollu« en Soy de Mieres, cuarenta años sin vernos desde aquél disco de Diamantina dedicado «A las madres de los mineros» que se grabase en el salón de la Caja de Ahorros por Toni Martínez «ex Bravo» en su unidad móvil allá por 1979 y publicado en 1981 por el sello Doblón con Carlos Eusebio de productor. Su último Libro CD «El universo del canto» dedica parte de los ingresos precisamente a los «Mensajeros de la Paz» del Padre Ángel y desde ahora es el nuevo embajador de la mierensía hasta la próxima edición.

Tampoco faltó este año el Coro Minero de Turón y un encuentro especial con Laude Martínez e Ismael G. Arias uniéndonos a las cuatro manos sobre el piano para cantar el Asturias de Víctor Manuel que volvería a sonar por la noche en el Parque Jovellanos, antes de finalizar todos juntos con nuestro himno autonómico, público, coro, galardonados e invitados.

Tras el ágape y posterior comida, me decidí por acudir a Oviedo donde se escucharía en la Plaza de la Catedral (aunque tuve palco de lujo) un Carmina Burana (Orff) muy especial para despedir a Marzio Conti al frente de la Oviedo Filarmonía, uniendo tres coros, el de la Ópera de Oviedo y el de la FPA sumándose el Joven Coro, verdaderos y excelentes protagonistas con un trío solista conocido y de lujo: nuestra soprano más internacional Beatriz Díaz que ha llevado esta «cantata» por medio mundo en el montaje de La Fura, sin olvidarse de nuestro Teatro Campoamor, o «el Delibes» vallisoletano, impecable y capaz de acallar el ruido de las calles adyacentes con gusto y unos agudos dulces y pianísimos como pocas voces pueden alcanzar; el contratenor Xavier Sábata, otro habitual de este Orff, a quien la megafonía le puso más decibelios que en los teatros, y el barítono Javier Franco, color  ideal e intervenciones justo lo contrario, poca presencia amplificada por los «caprichos» acústicos de los registros medios, que en directo hubiera ganado muchos enteros.

Todo un espectáculo que estuvo pendiente del cielo rogando no lloviese para poder mantenerlo ante la dificultad del «Plan B», amplificación no siempre equilibrada, pantallas gigantes con realización adecuada y un auténtico éxito de público, 800 (o mil) sillas de plástico que se quedaron cortas para las casi tres mil personas que abarrotaron todos los huecos posibles aunque sin «la furia» de otros momentos.

Una forma de acercar esta página maravillosa a todos los que se acercaron a la capital asturiana aunque tengamos un auditorio más apropiado para ello y sea precisamente la misma obra escogida para el arranque de la próxima temporada de la OSPA recientemente presentada. La calidad interpretativa de todos brilló de principio a fin pese a la amplificación, con aplausos entre algunos números para un público nada habitual en los conciertos de pago pero disfrutando como todos de esta maravillosa página que sirvió para seguir disfrutando de un San Juan muy musical. Estos días se sigue hablando y escribiendo de ello, con opiniones y medallas variadas, algunas desde la ignorancia política (para otra ex alumna mía).

Todavía me queda San Pedro y San Pablo para cerrar curso, mes y temporada, siempre sumando, esta vez dos orquestas (OSPA y OFIL), más el Coro de la FPA para la Resurrección de Mahler con dos reconocidas solistas (la soprano María Espada y la mezzo Iris Vermillion), bajo la batuta del ovetense Pablo González. Seguiré esperando por la Sinfonía de Los Mil asturianos, pues en esta tierra nuestra es cuestión de proponérselo, ya que contamos con material humano para ello y pudiendo resultar un «verdadero espectáculo musical» de llevarse a cabo. Por pedirlo de nuevo no quedará y ahí dejo los mimbres para el cesto.

Maharajá ¡Welcome to Asturias!

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Jueves 15 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIV Festival Lírico Español Oviedo 2017. Estreno absoluto: Maharajá, música de Guillermo Martínez y libreto de Maxi Rodríguez. Nueva producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura).

Asistir al estreno de la primera zarzuela del siglo XXI es una ocasión histórica, más si se enmarca en los eventos para conmemorar 125 años de un teatro por el que ha pasado lo mejor de la música, la lírica, la danza y hasta Premios Nobel, hoy verdadera seña de identidad de la capital del Principado que parece volver a colocar la zarzuela en el lugar que nunca debió abandonar.

Este encargo de la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo al mando de un tripartito que parece algo perdido en cuanto al concepto de cultura (esperemos no prohiba el yoga como escuchamos a Orlando), y aún más de lo que «La Música» (así, con mayúsculas) supone, con una programación que se cargó unos Premios Líricos (que incluso dejaron superávit a las arcas locales y otros recogerán lo sembrado), aunque esta vez al menos apostó por algo tan nuestro como el mal llamado género chico.

Con un escritor como el mierense Maxi Rodríguez capaz de conjugar una crítica feroz con el humor fino y casi británico (será por la ñublina) que tenemos en «la Cuenca«, digno heredero de Vital Aza, que sigue siendo referente en la historia tanto local como de la propia zarzuela, para un relato donde la escena hablada pareció superar la musical, reto difícil que Guillermo Martínez aceptó de buen gusto debutando en este género y pasando a los anales del coliseo carbayón en esta conmemoración.

Producción «Made in Asturias» por todo el elenco que puso en escena (tablas y foso) esta zarzuela actual, crítica, tal vez poco exportable fuera de «la tierrina» más allá del lenguaje cercano y localista lleno de tópicos que funcionan desde nuestro «madreñismo» aunque cruzando Pajares no todos puedan llegar a entender en su totalidad.

El propio Maxi Rodríguez nos lo cuenta en el programa de mano «Desde Asturias para el resto el mundo» (no me doy por aludido pese a mi intención de cabecera De Siana… al mundo y con la música por montera), conocedor de una realidad única e irrepetible con todo lo que supone, al que seguimos habitualmente en sus hilarantes relatos «Parando en Villalpando» que parecieron encarnarse de nuevo en este Maharajá, contando con actores de primera (Martina Bueno, Antón Caamaño, Roca Suárez, Carlos Mesa y Fernando Marrot, Teatro La Cascaya) que recrearon felizmente esta historia personal compartida por un público que volvió a llenar el teatro demostrando que #OviedoQuiereZarzuela (como etiqueta o «hastag« en las redes sociales).

Las partes líricas fueron «otro cantar» que Guillermo Martínez (cosecha del 83) hubo de lidiar desde una madura juventud que respeta la experiencia, bebe de todos los manantiales posibles y los pasa por un trabajo realmente ecléctico que en el caso de la zarzuela actualiza una tradición secular. Veinte números variados con sus «interludios orquestales» intercalados con diálogos por momentos hilarantes aunque difícil encajar los textos del de Ujo en el pentagrama por métricas imposibles que obligaban a romper sinalefas y por lo tanto el necesario ritmo cantado, al lado de adopciones bien traídas de melodías conocidas para letras actualizadas (Dónde vas con blusón y pasmina) y viceversa (Tengo de subir al árbol) en un salto mortal que pudo descolocar al respetable con el que siempre se juega, sátira y humor, sentimientos enfrentados con mucha autocrítica, sorna «minera y dinamitera«, sucesiones de interludios orquestales conjugando lenguajes cercanos (desde el jazz o los musicales de Lloyd Weber hasta el más puro Bollywood) e históricos (habaneras, pasodobles…) con dúos, romanzas (directamente las llama arias) y coros de reminiscencias variadas desde la personalidad y buen oficio de un Guillermo Martínez siempre exigente para las voces.

Marzio Conti, ya ovetense de adopción, en su discreta despedida musical de nuevo al frente de «su» Oviedo Filarmonía, fue responsable -en el amplio sentido de la palabra- de que todo encajase con lo escrito, atento a las voces, buscando los planos adecuados, jugando con los balances de una instrumentación variada donde no faltó el arpa, una batería, ni las percusiones indias, formación de foso que asegura la continuidad de este verdadero festival de teatro lírico en este estreno mundial, entregada a esta apuesta local que defendió con encomiable profesionalidad.

Otro tanto cabe decir de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo (dirigida por Pablo Moras Menéndez) imponente en escena y vocalmente. Guillermo Martínez domina la escritura coral como pocos y los números escritos para ellos fueron ideales tanto para los hombres, recordando al Coro Minero de Turón por el detalle de las fundas (monos decimos por aquí) y los cascos con la lámpara que tanto Maxi como todos los de Mieres conocemos y sentimos nuestros, como para la capilla en su totalidad, fuera (Welcome to Asturias) y dentro del escenario (Manifa y la escena sidrera del nº 15), voces jóvenes, afinadas, empastadas y entregadas además a una acción digna de profesionales. Siguen siendo seña de identidad de la zarzuela en Oviedo y nunca defraudan.

Y para que lo musical complete el éxito nada mejor que elegir las mejores voces para este espectáculo que cierra temporada, cantantes de casa con trayectoria internacional, reconocidos más fuera que dentro, pero con los que se ha contado desde los inicios del proyecto, redondeando un estreno de altura en todos ellos.

En cabeza la soprano allerana y protagonista Beatriz Díaz en el rol de «Vane la de Vallobín» con su inseparable trolley a cuestas, capaz de cautivar a Mishka -persiguiendo hasta Oviedo a Vanisha-, a Ana que quiere ser como ella, a Velino el sindicalista que la espera tras su periplo «indiano», a todos. Simpática, convincente y brillando en cada número, desde el primer dúo protagonista No sueltes mi mano (nº 2) o Quiero ser tú (nº 8) con Ana, hasta su aria ¿Calidad de vida? (nº5), comprometidos por extensión, matices y dicción que sólo una cantante de su calidad podía defender y convencer.
Otro tanto de la mezzo ovetense Mª José Suárez, cantante y actriz, dramaturgia pura por escena y línea de canto desde la hondura, la empresaria del restaurante «Anapurna» emocionando con la hermosa y crítica Niebla (nº7) más el dúo con Vanisha (nº8), sumando carcajadas con Orlando en verdadera química cómica.

Las apariciones en casa del barítono castrillonense David Menéndez se cuentan por triunfos, una portentosa unión de cantante y actor poco habitual que en su caso dota los roles cómicos de personalidad propia, engrandeciendo sus papeles como este Mishka – Mittal del que hubiésemos deseado más arias aunque tanto el dúo inicial como el concertante decimotercero antes del aria Tengo de subir al árbol (nº17) donde volvió a demostrar su excelente momento vocal.
El tenor poleso Juan Noval-Moro encarnando a Velino hubo de aplicarse a fondo para un papel durísimo de cantar y representar, especialmente en su aparición durante la Manifa (nº6) o el concertante con coro Nubes negras (nº9), por presencia y dinámicas, y el aria final Dumping (nº19) aún más potente y enérgica con toda la emoción acumulada en casi dos horas de trepidante y desternillante acción.

Completando el elenco vocal de lujo y merecedor del «título honorífico» de ATA (Adoptado Tenor Asturiano) para el madrileño Francisco Javier Sánchez Marín, habitual en el Campoamor y de risa asegurada con su presencia y buen hacer. Orlando redondea una zarzuela de casa donde su musicalidad y escena, tanto cantada como hablada, fueron siempre aplaudidas. Pareja ideal de Ana en ironías (Puto yoga casi «leit motiv» de este Maharajá sinónimo de carcajada), sentido dúo con ella en Si fueras aventurero (nº 11), cuarteto concertante (nº 13) de sainete «hilarionte» y campeón escanciador de altura en OrLalandO (nº16 junto al coro Bebida Compañera). Siempre un placer tener a Paco en Oviedo.

La prensa del «día después» (gracias a Andrea G. Torres en La Nueva España) recoge mejor que nadie argumento y sensaciones. Personalmente felicitar a todos los responsables, del primero al último (también a los niños figurantes de Divertimento) sin olvidarme de la escena de Carmen Castañón, Alejandro Carantoña como ayudante, la iluminación de Juanjo Llorens, el vestuario de Azucena Rico y Carmen Barquero, colorido, sobre todo el indio con el de la sidrería o la coreografía de Estrella García, para una velada donde sin olvidar la crítica nunca nos falta el humor, calidad desde esta «Asturias, patria de prejubilados» que necesita como nunca no ya un ferrocarril que sigue en el XIX sino nuevas señas de identidad, y la música escénica es una de ellas.

Carta a SS. MM.

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Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) tras los pasados «Años Mahler» sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía «De los Mil»
con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, la Filarmónica de Asturias, la Universitaria, la OCAS, nuestros coros («El León de Oro», grandes, chicas y peques, igual que el de la Fundación Príncipe y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera (Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Mª José Suárez, Lola Casariego, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro…) en mi querida Asturias.
Mantengo mi ilusión en tener a Pablo González (que será padre en este 2017) como director de un acontecimiento que me copió Dudamel, al que le perdono todo… incluso que mi tocayu quisiese llevarlo hasta Barcelona…
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo los hermanos Zapico, que en el recién acabado 2016 siguieron «a tope» y haciendo historia siempre desde casa con nuevo disco).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid) o Diego Fernández Magdaleno. Mantengo ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, Jorge Méndez y del siempre «redescubierto» Guillermo Martínez, esperanzado de que los llamados gestores culturales se olviden de esta crisis que parece no acabar, y les den mucho trabajo… ¡No más recortes por favor!,
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis violinista favoritos Ignacio Rodríguez y María Ovín (hoy en la OSPA), para traerles mucho éxito en suss estudios fuera de Asturias y trabajo en casa, aunque yo me sumo a esos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado.
De mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan y más, sé que Vds. lo saben por ser Magos, aunque 2016 haya sido bueno en lo personal con un Luca que apunta maneras musicales…
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mis papás dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela, aunque suprimir la gala de los Premios Líricos Campoamor no me haya gustado mucho…
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos amigos músicos que tengo repartidos por el mundo (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción vaya apareciendo menos en nuestra cotidianidad y que la crisis se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde «tijeretazo» se escuche menos que «hoja de ruta» ¡lo qué ya es decir!, para este año 17 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar «duros de oreja» (supongo que con los recortes sanitarios no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone). A propósito, si pudieran parar definitivamente la Ley Wert donde la música en la educación es algo ínfimo y optativo, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales.
Gracias a Los Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Pablito, 12 años.

Solidaridad con voces de lujo

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Sábado 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Gala lírica de ópera y zarzuela a beneficio de «Kiva Mirando a India«. Beatriz Díaz (soprano), Jessica Pratt (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Alejandro Roy (tenor), Oviedo Filarmonía, Julio César Picos (director). Obras de Verdi, Donizetti, Giordano, Cilea, Giménez, Moreno Torroba, Penella. Entrada: 23 €.

Cuarteto vocal de lujo para una gala solidaria donde también estuvo muy presente París, encabezada por el barítono onubense afincado en Madrid, que lidera la asociación «Kiva Mirando a India» dedicada a escolarizar niños en Belagola (estado de Karnataka) y con pase previo de un vídeo donde aparece parte de este proyecto.

Verdi es el gran renovador de la ópera y ocupó gran parte de esta velada solidaria, primero La traviata desde la obertura que sonó ideal con la Oviedo Filarmonía hoy dirigida por un conocedor del género como el maestro gijonés Picos, pasando por el «Sempre libera» de la soprano inglesa afincada en Australia Jessica Pratt pletórica en volumen y agilidades aunque una Violeta algo fría en este inicio, contestada fuera de escena por un Alfredo que sabíamos era el asturiano Alejandro Roy, antes del Giorgio Germont hoy en día sinónimo de Juan Jesús Rodríguez, impresionante en todos los aspectos ese «Di Provenza», y en un momento álgido que esperemos mantenga, antes de la llegada de nuestra Beatriz Díaz encarnando la Violeta enferma (avisaron de su catarro pero nadie lo diría) en el dúo «Madamigella Valery» con el «suegro», ideal de contrastes, musicalidad y juego de roles, bastón, carta y silla incluidos que nos metieron de lleno en la escena con un rol que la asturiana debutaba con sobresaliente. La otra ópera elegida nada menos que Otello donde Alejandro Roy cantó el «Dio mi potevi» asombrando en toda la gama vocal y dramática bien arropado por la orquesta, un tenor capaz de afrontar todo el amplio registro sin perder proyección, totalmente imbuido del personaje, continuando con el dúo «Talor vedeste in mano» que el Yago del andaluz mejoró al del Campoamor, par de voces empastadas y pletóricas en estos momentos de sus carreras, lamentando no tener más en Asturias a un elenco de casa que debe triunfar fuera. Como premonitorio de ésto la obertura de La forza del destino que abría la segunda parte y nos despedía de Verdi con la orquesta de la capital experta en foso y dominadora de este repertorio al igual que su director, algo mermada en efectivos pero compensado por la entrega de sus integrantes.
Si «Traviata» forma parte de mi mochila operística, puede que el grueso de ella sea Lucia di Lammermoor de Donizetti, tanto en vivo como en grabaciones, y Jessica Pratt no defraudó ni en «Regnaba nel silenzio» con todas las endiabladas agilidades, matices, registros extremos y toda la pirotecnia desplegada en la partitura, como tampoco en el dúo «Apressati Lucia… Sofriva nel pianto» que Enrico Juan Jesús Rodríguez completó y equilibró en emociones musicales, nuevamente rotundo y convincente.

Llegarían las arias de los asturianos, Alejandro Roy con «Colpito qui m’avete» de Andrea Chenier (Giordano) defendido con pasión y dominio escénico para un rol que le va como anillo al dedo, y Beatriz Díaz en «Ecco: respiro appena… Io son l’umile ancella…» de Adriana Lecouvreur (Cilea) verdaderamente increíble, sentido, con esa línea de canto tan bien dibujada, matices increíbles sin perder proyección pese a una orquesta detrás y no en el foso, pero especialmente un color inimitable y personal que delinea cada personaje de forma magistral.

La lírica aúna ópera y zarzuela porque exigentes son ambas e incluso más la española despojada de complejos cuando tiene calidad e intérpretes. El conocido intermedio de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) hizo de puente para disfrutar nuevamente de la OFil, cómoda en el repertorio y aire elegido por Picos, cuadro bailable que preparaba dos joyas, la romanza de Vidal «Luché la fe por el triunfo» de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) que Juan Jesús Rodríguez canta como nadie, y hay grandes intérpretes a lo largo de la historia,

más el dúo asturiano de El Gato Montés (Penella), Roy y Díaz como Rafaelillo y Soleá arrancando el «ooole» del respetable del pasodoble más universal «Torero quiero ser», y enamorando como la primera vez, pareja perfecta e idónea de tenor-soprano, ambos de casa, calidad más que contrastada, química y física musicales levantando al público que premió con merecidísimos aplausos este cierre de velada con dos asturianos universales a los que apenas podemos disfrutar en su tierra (de hecho Beatriz Díaz parte este domingo a Taiwán para el Carmina Burana de La Fura dels Baus).

Aún quedaban dos propinas de lujo, el dúo del barítono de Cartaya y la soprano de Bóo en La del manojo de rosas (Pablo Sorozábal) «hace tiempo que vengo al taller» renombrando la zarzuela en ópera española por todo lo que disfrutamos, y un aria en solitario de la británica, nada menos que «O luce di quest’anima» de Linda di Chamounix (Donizetti) en la línea de las grandes voces belcantistas, bien acompañada por una OFil siempre presente (por momentos demasiado) con Julio César Picos al frente cerrando un concierto de vértigo por la dificultad en concertar tantas y difíciles partituras en un esfuerzo digno de grandes batutas.

P. D.: Reseña en LNE del domingo 15.

Una Clementina para siempre

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Sábado 16 de mayo, 19:00 horas. Teatro de La Zarzuela: «Clementina«, zarzuela en dos actos de Ramón de la Cruz y música de Luigi Boccherini. Director musical: Andrea Marcon. Director de Escena: Mario Gas.  Entrada butaca: 42 €.

Reparto:
Carmen Romeu (Doña Clementina), Vanessa Goikoetxea (Doña Narcisa), Carol García (Doña Damiana), Beatriz Díaz (Cristeta), Juan Antonio Sanabria (Don Urbano), Toni Marsol (Don Lázaro), Xavier Capdet (Marqués de La Ballesta), Manuel Galiana (Don Clemente).

Última de las seis representaciones de esta joya del neoclasicismo escénico español como es «La Clementina» de Boccherini, su única «ópera de salón» que se estrenaba ahora en el Teatro de la Zarzuela tras su paso por el Teatro Español en 2009 también firmada por el regista Mario Gas, producción que ahora regresaba en todo su esplendor vocal e instrumental.

Pocas referencias para un melómano de provincias, una grabación de 1954 pero siempre siguiendo prensa en papel y especialmente electrónica cómo iba dándose este esperado estreno en la línea marcada por Paolo Pinamonti de recuperar nuestro patrimonio, leyendo columnas y comentarios de las anteriores funciones que mejor que uno centraban autor, libretista, época o estilos, además de las correspondientes críticas. Tras escuchar el jueves 14 la retransmisión en directo por Radio Clásica, no siempre fidedigna por la ubicación de los micrófonos pese al esfuerzo de los técnicos de sonido, pero válida para hacernos una visión global, asistía el pasado sábado al siempre irrepetible directo con un retraso anunciado por megafonía a causa del extravío de unas partituras que felizmente aparecieron. Supongo que esto solo pasa en España, pero seguimos siendo diferentes.

Larga obertura a cargo de una ORCAM presentando una partitura con reminiscencias barrocas pero plenamente neoclásica y más ópera bufa que zarzuela de salón, con sus partes habladas bien trabajadas sin las que la acción dramática no sería igual, tanto en el reparto vocal como en el actoral, y sin ataduras historicistas en cuanto a afinaciones (la actual con todo lo que supone para el canto y presencia instrumental) o puesta en escena de la época, elegante, con dos ambientes en uno bien diferenciados, vestuario sabiamente buscado e iluminación adecuada.

Maravillosa elección de las voces por parte del músico de Lucca afincado en Madrid para un libro de Ramón de la Cruz que respira lirismo en su totalidad sin olvidar el carácter cómico de enredos amorosos con cierta crítica: cuatro personajes femeninos con dos sopranos (para las hermanas) y dos mezzos (el aya y una ossia soprano para la criada), y cuatro masculinos de los que dos son cantantes, barítono el maestro de música, y tenor el amante secreto, más dos actores para el fanfarrón marqués y el padre de las chicas. Partitura agradecida en general para voces y orquesta, arias, dúos, tercetos y concertantes fáciles de seguir, melodías incluso pegadizas, sin olvidar la dificultad del texto hablado que en el primer acto ocupa más que la propia música, bien resuelta por todo el reparto y con una puesta en escena muy lograda en un decorado palaciego supongo similar al de la mecenas que encargó esta obra, Doña Faustina Téllez-Girón, condesa-duquesa viuda de Benavente.

Encontrar un elenco español para esta joya resultó igualmente todo un acierto, buscando contrastes en todo desde un respeto a esta edición crítica de Miguel Ángel Marín (en 2013): cantantes jóvenes de largo recorrido lírico que engrandecen un género como la zarzuela, del que Boccherini estoy convencido hubiese aportado su visión italiana de nuestra idiosincrasia, sumando la veteranía actoral adaptada a los propios personajes más una orquesta maleable que bajo la batuta de un especialista como Andrea Marcon elevan a joya este título recuperado para siempre y exportable sin ninguna duda a cualquier coliseo mundial.

Carmen Romeu aunque protagonista comparte y contrasta con Vanessa Goikoetxea sus presencias y caracteres opuestos de dos hermanas, vocalmente también, sobria la valenciana y extrovertida la duranguesa (aunque nacida en Palm Beach), ambas de bello sonido y empaste donde la partitura marca perfectamente la línea interpretativa a seguir, puede que un vibrato no siempre expresivo por parte de Romeu en el aria ¡Ay de mí1, Corazón mío y mejor Incauta mariposa, del primer acto o la copla ¡Almas que amor sujetó! en el inicio del segundo, frente a la más pura Goikoetxea en emisión (bella en Del tiempo los rigores e incluso en la «rabieta» Cruel, injusta, ingrata, y sin problemas tampoco en las partes habladas, con un hermoso dúo Duda si vive.

Beatriz Díaz recrea a la criada simpática que llena la escena no ya actoralmente, increíble la dicción y movimientos sobre las tablas, sino vocalmente, excelente Con una buena cara en el primer acto y aún mejor Quien libre ha vivido del segundo. Su registro grave ha ganado presencia sin perder color junto a unos agudos matizados en cada detalle además de sobrada en tesitura, una soprano idónea para esta Cristeta asturiana contrapuesta a la Doña Damiana de Carol García, genialmente caracterizada, equilibrio de caracteres vocales (hermosa aria Vos sois su padre) y dándole la catalana el acento andaluz a esta institutriz o aya seria y hasta odiada por «exigencias del guión» con el color idóneo, caso del dúo con Clementina Blanca paloma.

Estas cuatro voces femeninas marcarán un catálogo de sensaciones vocales según se emparejan, destacando el arranque de la primera escena Huid corazones extrovertido con la asturiana y la vasca en perfecto dúo al que se suma Don Lázaro para completar terceto, frente al introvertido Blanca paloma de Romeu con García en la escena quinta, por citar dos ejemplos.

El Lázaro del catalán Toni Marsol resultó un auténtico caramelo para el barítono por la amplia paleta vocal y sentimental que tiene, arias casi italianas de estilo bufo (Soy puntual y comedido) frente a las más cantables como Sabrá por mis lecciones, con dúos y concertantes dignos de cualquier ópera contemporánea a Boccherini, sumándole solvencia a las partes habladas para crear este personaje que resulta el auténtico triunfante amoroso en el enredo. La partitura para Don Urbano requiere un tenor muy ligero casi «belcantista» por no decir mozartiano, incluso un «tenore di grazia«, pues tiene la parte más dura de toda la obra, así que el canario Juan Antonio Sanabria hubo de «bailar con la más fea» no ya por un personaje enamorado de la que resultará su hermana sino por unas agilidades diríamos casi barrocas al final de la obra en el aria Hablándome al oído que el sábado resultaron mejor que el jueves, convencido que las dificultades puestas por el compositor italiano estaban al servicio del tenor que la estrenó, costumbre por otra parte habitual de escribir las arias a medida del reparto con el que se contaba. El resto, como su aria El amante que se queja o el dúo con Clementina No imploro tus piedades / Tú sola fuiste, lo solventó el tenor canario (algo tiene esa tierra) con gusto y musicalidad. Pese a lo comentado, bien esta pareja masculina que igualmente dejó impronta en sus personajes y completaron un sexteto vocal (Rondó a seis Para que los placeres) bien diseñado e interpretado, decantado hacia las féminas por calidad y cantidad.

Los dos vejestorios, cariñosamente y con toda mi admiración, los bordaron dos actores, catalán y madrileño para seguir contraponiendo, cuyas voces tenemos en nuestra memoria, personajes enfrentados antes amigos perfectamente interiorizados y bien delineados por otro hombre de teatro como Mario Gas, respeto por la acción y el respeto a la retórica de un Capdet histriónico y contagioso para un papel de fanfarrón al que hoy casi tildaríamos de casposo, junto a Manuel Galiana, señor de la escena, verbo claro y bien dicho, realismo conjugado con el humor irónico y el drama contenido, complemento indispensable de la música, contrastes continuos de ordinariez frente a elegancia con el sabor de un entremés pasado a «dramma giocoso» de estilo ilustrado.

La ORCAM de calidad y sonoridad deliciosa en cada sección, una cuerda presente y compacta, con leve desafinación en algún pasaje (el aire acondicionado no es amigo de los instrumentos), madera solvente y trompas presentes con el volumen adecuado, formación titular llevada por Andrea Marcon con el tempo preciso, mimando las voces y atento a un colorido propio a nivel de conjunto que remarcó una «Clementina» agradecida y muy aplaudida por un coliseo lleno en plenas fiestas madrileñas.

Los sobretítulos incluyeron traducción al inglés en las partes cantadas y todas las habladas, siempre con la dificultad de pasar al idioma de Shakespeare la riqueza del cervantino, un acierto del Teatro de la Zarzuela para un público cada vez más internacional, sumándose también a la campaña del Festival «Yo voy al teatro» para personas con discapacidad auditiva y visual y personas mayores, teniendo de vecinos de localidad a una invidente acompañada de su perra guía Shiva que disfrutaron tanto o más que el resto. ¡Viva la zarzuela! este sábado con sesión matutina incluida.

Adrenalina Burana de La Fura

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Sábado 11 de abril, 20:00 horas. Sala Sinfónica Centro Cultural Miguel Delibes, Valladolid: Concierto Extraordinario Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCYL). La Fura dels Baus: Carmina Burana (Orff). Josep Vicent (director), Beatriz Díaz (soprano), Toni Marsol (barítono), Vasily Khoroshev (contratenor), Luca Espinosa (actriz), Coros de Castilla y León (Jordi Casas, director).

Entradas agotadas desde semanas, dos días a rebosar, éxito abrumador, espectáculo único, pueden ser los titulares de este Camina Burana en el montaje de La Fura del Baus allá donde va. Cambian los recintos, algo importantísimo, las orquestas con todo lo que ello supone, los coros, desde el «originario» pamplonés a las asociaciones vocales que favorecen presencias, los directores que no todos entienden de igual manera la partitura, pero el equipo «furero» se mantiene y el espíritu cautivador también. Pude asistir en Oviedo a esta cantata donde también estaba la asturiana Beatriz Díaz, me perdí el de Granada con Manuel Hernández Silva capitaneando la imprescindible partitura, y esta vez pude escaparme hasta Valladolid para continuar «disfrutando como un enano» de la magia total que La Fura ha conseguido con este orffiano Carmina Burana tan imbuido del espíritu medieval desde nuestra perspectiva actual, imágenes no sólo complemento musical sino parte integrante de la propia partitura.

Apuntaba cómo los escenarios influyen en la concepción global de la obra irrepetible de Carl Orff, y seguramente el Palacio de Carlos V dentro de La Alhambra granadina fuese el ideal precisamente por su diseño circular. En Oviedo nuestro Campoamor no da para más de lo que tiene. La impresionante sala sinfónica del auditorio vallisoletano unido a una acústica muy buena, favoreció el impacto que La Fura busca con esta puesta en escena. La orquesta suena como si no estuviese la veladura y el coro «de escena» protagonista principal con voces blancas a la izquierda y graves a la derecha se pudo reforzar con las voces de otros once coros castellano leoneses en las gradas traseras superiores que alcanzan nada más arrancar el O Fortuna un clímax realmente impactante en el público por el poderío sonoro. Jordi Casas Bayer realizó la ardua labor previa de ensayos para unificar colores e intenciones, alcanzando todas las voces un nivel excelente.

En conjunto los tutti inicial y final resultaron ideales en afinación, volúmenes y equilibrios con la orquesta, el de escena sumándole el movimiento con las carpetas y luces «led», así como el «divisi» entre blancas y graves en feliz pugna vocal, colocación a los lados delante de la orquesta que facilita presencia. Sin niños las sopranos cumplieron sobradamente en el rol más agudo aunque el color no sea el mismo.

La única pega sobre el escenario fue no poder ver al director, puesto que la emisión se enfoca hacia las butacas y los monitores de referencia para seguir las indicaciones, por leve que sea el «retardo» hicieron que no estuviesen por momentos tan encajados, algo que podía haber evitado el maestro Vicent de seguirles y no perseguirles. También optó por pausas entre los números que hicieron perder un poco esa tensión dramática que la obra tiene y personalmente la elección de tiempos algo lentos, algunos excesivamente lentos (como el In trutina) «olvidando» que los cantantes respiran, aunque respondieron todos como auténticos titanes.

Las chicas del «cuerpo de baile» siempre contagiando la alegría desbordante de la música, los movimientos bien trabajados sin necesidad de coreografías complicadas pero exigentes en atención y ubicación exacta dentro del escenario, incluso los aromas primaverales derramados que impregnaron el auditorio de esencia.

De la crevillentina Luca Espinosa, la imagen de este montaje y fija en cada representación (creo que van cinco años y seguirán girando porque es apostar sobre seguro) admirar su puesta en escena, una artista total e imprescindible dentro del equipo «furero». Y como tal hay que tratar a los tres solistas aunque sus intervenciones tengan distinta presencia, pues en este espectáculo global el equilibrio y elección de las voces va más allá de las partituras.

Las exigencias no ya escénicas sino físicas son enormes para un cantante, mayor que en muchas producciones operísticas, y así el Olim lacus colueram de La Fura se canta en posición horizontal y elevado con una grúa dentro de una especie de jaula – asador, que el contratenor ruso Khoroshev resolvió musical y dramáticamente sin dejar la pizca de humor de ese cisne churruscado al que alude el texto en latín.

El barítono catalán Toni Marsol tiene un color de voz hermoso, potencia suficiente y escena imponente, desde el Omnia sol temperat bien cantado, el esfuerzo del Estuans interius de la segunda parte («In taberna») imponente en la piscina convertida en cubo de vino durante el juego de borrachera lógica con algunos hombres del coro escénico, provocando risas y aplausos tras el baño del néctar báquico, más el derroche del Ego sum abbas no solo vocal o el Dies, nox et omnia donde prefirió la voz natural al «falsete» sin perder esencia, supongo que por alguna ligera afección gripal, que en Valladolid no es de extrañar, y a remojo todavía peor.

Dejo para el final a nuestra Beatriz Díaz, soprano total capaz de cantar el Siqua sine socio del número 15 Amor volat undique colgada de unas cadenas en posiciones no aptas para cualquiera, puede que bombeando sangre a la cabeza, manteniendo esos pianos nunca tapados por la orquesta, elevarla con la grúa al asador ahora convertido casi en púlpito para el Stetit puella, esa muchacha que se detuvo con túnica roja, cara radiante y boca como una flor, para descenderla recogida tras el velo de escena y seguir escuchando su voz pianísimo como una flauta a la que me refería tras su Requiem malagueño, o de nuevo en el universo aéreo para el celestial In trutina, con un fiato «obligado» por la lentitud orquestal. Por supuesto el Dulcissime literal, al pie de la letra y la música, «dulcísima entregada por entero» a esas notas exigentes sin equilibrio en el suelo, como pendiente de un hilo y cortando las respiraciones de una sala abarrotada con las miradas (aunque cerrasen los ojos) puestas en ese momento álgido en todo el sentido de la palabra. Sólo unos pocos conocerán o cantarán un «re natural flemol» que dejo aquí como un guiño cariñoso, casi críptico, y convencido que Orff tiene en la soprano asturiana la mejor voz para esta su obra maestra, más en este montaje que muy pocas pueden interpretar como ella, volcada en cuerpo y voz. Además «La Fura lo sabe»…

La orquesta sonó siempre correcta, solistas con altibajos pero sin pifias y una dirección personalmente algo anodina que podía haber sacado más partido de unos músicos que cumplieron como profesionales faltando un poco de más pegada sin necesitar el estrépito, mayor «endendimiento» con las voces y la siempre deseada escucha mutua.

El final impresionante que «derrumba al hombre fuera que llora conmigo por tu villanía» (sternit fortem mecum omnes plangite!) levantó de los asientos a un auditorio que necesitaba romper tras la tensión, la adrenalina de La Fura que todo lo invade. Bis casi lógico con los solistas participando como coristas para otro nuevo éxito de este Carmina Burana.

Un Réquiem para recordar

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Sábado 28 de marzo, 20:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga. Programa 10 «Semana Santa» Orquesta Filarmónica de Málaga, Beatriz Díaz (soprano), Anna Alàs i Jové (mezzo), Pablo García López (tenor), Alfredo García (barítono), Coral Cármina Nova (Diego González Ávila, director), Manuel Hernández Silva (director). Mozart: Requiem K. 626. Precio: 37,80 €.

Con las sinceras condolencias a todos los familiares de las víctimas del trágico accidente aéreo del 24 de marzo, como rezaba el programa (del que dejo foto) y toda la emoción de una página musical póstuma dedicada precisamente a una muerte nunca deseada, volvía la segunda función de un concierto que llenó el coliseo malagueño, con artistas plenamente implicados y volcados.

En su primera temporada como titular de la orquesta malagueña el Maestro Hernández Silva está en pleno idilio con sus músicos, conociéndose al detalle, respondiendo al mínimo gesto, compenetración y entendimiento en esta obra que el director venezolano conoce como pocos desde su educación vienesa, dieron como resultado el esperado por todos, éxito que se hizo extensivo al cuarteto solista y al coro local.

Destacable en primer lugar y por el mayor peso la Coral Cármina Nova (dirigida por Diego González) que brilló con luz propia guiada por el Maestro desde el primer Requiem, vocalización y emisión clara, ajustada, respetuosa con la partitura al máximo, figuras y expresión donde las sílabas adquirían el protagonismo puntual, los fraseos impolutos y la musicalidad desbordante. Todo un ejercicio de quiromancia musical, podíamos contemplar la lectura con las manos de Hernández Silva sacando los hilos de la gran tela, atacando con seguridad, creciendo o disminuyendo la expresividad y dramatismo (Rex tremendae impactante), claridad en las partes fugadas y homogeneidad rotunda sin perder el lirismo. Se notó el trabajo meticuloso desde la dirección en cada número, con la respuesta siempre al momento, alcanzando un nivel altísimo para un coro que se crece cuando existe la química desde el dominio. Imposible destacar emociones y caracteres a lo largo de sus intervenciones.

El cuarteto solista elegido con mimo fue el otro hito de la noche, voces jóvenes, con técnica al servicio de la partitura e igualmente entregadas a un Maestro que convence con el mínimo gesto, sacando a la «vista auditiva» las líneas precisas para degustar el detalle individual sin olvidar el conjunto. Ideales los solos, destacando Beatriz Díaz realmente celestial, línea de canto cual flauta con luz propia capaz de poner la carne de gallina, Pablo García plenamente mozartiano desenvolviéndose cómodo ante todas a las exigencias, Alfredo García con la rotundidad necesaria y un buen gusto cantabile, más Anna Alàs que equilibró desde el peso hondo del grave de blancas el masculino brioso, un plantel funcionando excelentemente como cuarteto de colores complementarios en paleta hermosa y bien tratada desde el podio, dúos equilibrados y conjuntos exquisitos.

La orquesta con plantilla ideal para alcanzar la textura y planos ajustados en todas las secciones, órgano y timbales presentes sin excesos, maderas sedosas, metales afinados y contundentes cuando se les exigía (impresionante el trombón solista y su Tuba Mirum casi vocal por expresión) y una cuerda de terciopelo, nunca hiriente pero siempre clara, balances vieneses con uniformidad y timbre precioso además de preciso, toda una lección de entrega y aceptación del Maestro.

El trabajo de Manuel Hernández Silva realmente magistral de principio a fin. Sin batuta para hacer de sus manos el auténtico hilo conductor, expresivo y preciso, contagiando ímpetu y genialidad que dieron como resultado una interpretación de hondura y luz, drama sin negrura, hilando fino para encontrar siempre la respuesta exacta por parte de todos. Estoy seguro que Málaga aumentará la afición con Manuel Hernández al frente, convencido e implicado allá donde va, siendo este Requiem que arrancaba su gran semana santa una pequeña muestra de lo que se puede alcanzar desde un magisterio musical y humano difícil de encontrar.

No pude encontrar mejor inicio vacacional con este concierto en la capital de la Costa del Sol brillando con luz propia musical, emocional y hasta climatológicamente. Lo recordaremos mucho tiempo.

Publicado desde el iPad

PD: los links ya desde Siana; dos visiones del concierto: El Mundo y Darba Culture.

Espectáculo de siempre

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Sábado 21 de febrero, 20:00 horas. Fundación Baluarte, Pamplona: Zarzuela! The Spanish Musical. Entrada butaca: 46,00€ (más 0,95 € de gestión).

Segunda y última función de un estreno que nos recuerda aquellas antologías de la zarzuela de José Tamayo, espectáculo para exportar y seguir manteniendo vivo nuestro más genuino género musical desde el barroco hasta nuestros días, siempre desde la calidad total que incluye puesta en escena, voces, orquesta y director, algo que no se alcanzó del todo en este musical español como se quiere vender esta selección de romanzas, dúos, coros, bailes y números variados.

Todos los aficionados tenemos en nuestra memoria multitud de melodías de esas maravillosas zarzuelas en vinilo, algunas más modernas en CD e incluso nuevas producciones que mantienen viva una llama que no se extingue aunque haya tenido altibajos y hasta fuese considerada la «hermana pobre» de la ópera, pero que allá donde va siempre triunfa. Sirva de recuerdo, así como homenaje y apoyo, las veintiuna temporadas del Festival Lírico del Teatro Campoamor ovetense, que es un referente a nivel nacional. Personalmente prefiero títulos completos porque elegir fragmentos siempre resulta muy personal y nunca convincente para todos, algo que me sucedió con este espectáculo pergeñado por Jorge Rubio Quintana y diseñado por el argentino Gustavo Tambascio, coproducido por el Baluarte pamplonés y el Teatro Calderón vallisoletano de Producing Emotions, donde sobraban algunos, faltaban los emblemáticos y algo largo (más de los 135 minutos previstos) pero bien ideado con ese hilo argumental que supongo pueda ser susceptible de rehacerse, así como la organización de las intervenciones que pone seguidos para algunos cantantes números que podrían intercalarse y resultar más variado incluso tímbricamente, y también desequilibrados en número, caso de los cuatro del Barberillo de Barbieri por muy importante que sea en la historia de nuestra Zarzuela.

Escénicamente está bien diseñado desde la informática que hace maravillas en un marco y gasa delantera, no siempre apta para las voces, donde se proyectan imágenes tanto fijas como en movimiento de muy buen gusto y belleza visual. También impresionante el despliegue de vestuario para coro y bailarines, muy «clásico» y variado, ceñido a la ambientación de cada número elegido, organizado casi geográfica y cronológicamente, con la gran Milagros Martín personificando «La Zarzuela» y el actor también cantante Javier Ibarz como «Lord Arlington» que mantienen el hilo conductor siempre con la «complicidad» de los distintos solistas. Creo que sobraba el inicio con música enlatada de Wagner y los cantantes sentados en unas butacas para arrancar la acción argumental.

Del amplísimo elenco que dejo aquí arriba escaneado del programa de mano, de todo como en la propia zarzuela, destacar como triunfador total al cuerpo de baile de Ballet Producing Emotions por el enorme esfuerzo no ya físico sino de estilos, donde hubo desde el flamenco al baile español pasando por el folklore (jota y zortzico) que siempre resultó bien ejecutado desde unas coreografías realmente logradas y aprovechando el magnífico escenario del Baluarte que no todos los posibles destinos tendrán. Destacar a los principales Sara Martín Chamorro y David Sánchez que nos dejaron un bellísima actuación en el intermedio de La leyenda del beso (Soutullo y Vert) y una impresionante boda de Luis Alonso del conjunto, aunque en este punto debo pararme para referirme a la dirección musical de Jorge Rubio al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

La lentitud en todos los números sólo benefició, y no siempre, a los bailarines, pues en ese intermedio de Giménez, castañuelas, giros, pasos y saltos encajaron perfectamente con la orquesta, pero más difícil en los números «nacionales». El taconeo resultó siempre por encima de los músicos, con lo que en vez de disfrutar las hermosas instrumentaciones que los compositores hacen, la orquesta sonó cual grabaciones en pizarra carentes de dinámicas o sentido lírico, que de eso se trata. La dirección de Jorge Rubio no concertó ni conectó con las voces, por otra parte ubicadas casi siempre muy atrás de la enorme caja escénica, haciendo inaudibles los registros graves que con dar un par de pasos adelante se resolvía en parte, aunque el foso tan abierto tampoco ayuda nunca. Los micrófonos «de ambiente» para las partes habladas entorpecieron también el resultado musical puesto que se «colaba» la propia orquesta con una presencia sonora del arpa al mismo volumen que el resto, lo que ya es decir, poniendo todavía en más problemas a los solistas. Una pena que falle el primer pilar de la producción porque estoy convencido de un resultado mejor en condiciones distintas.

Del coro local (Coro Premier Ensemble de la AGAO) que dirige Íñigo Casali tampoco puedo escribir en positivo, escénicamente no muy sueltos y vocalmente inseguros, alguna entrada falsa, afinación mejorable y de nuevo poco ayudados por dirección y orquesta, así como necesitando en momentos más efectivos porque no es cuestión de gritar para equilibrar los planos. La lentitud a la que me referí antes, tampoco ayudó nada, por lo que los números corales quedaron disminuidos.

El cuarteto solista, amén de Milagros Martín que básicamente actuó pero también interpretó con su habitual magisterio escénico «La Tarántula» o el «Chotis del Eliseo» de La Gran Vía de Chueca, junto al ballet y el coro, más Javier Ibarz, un lujo de actor que también participó cantando en la jota final de La Bruja (Chapí), contaba con el tenor Sergio Escobar que hubo de ser sustituido por Enrique Ferrer. Debo insistir en la mala costumbre en los directores de escena de colocar hacia atrás los solistas o tener que realizar piruetas para girarse hacia el público y así poder emitir con calidad, pero aún así el tenor madrileño, como el resto de compañeros, no se achicaron y pudieron «defender» sus intervenciones. Me gusta desde hace tiempo su color vocal y musicalidad que esta vez brillaron especialmente en su Leandro «No puede ser» de La Tabernera del puerto (Sorozábal).

El barítono gallego Borja Quiza está en un momento dulce de su carrera, convence en cada intervención solista, empasta perfectamente en los dúos y escénicamente es un todoterreno que hace creíble cada aparición. Destacar el Germán en La del Soto del Parral realmente «feliz» que firmaría el mismísimo Manuel Ausensi.

La soprano Beatriz Díaz también tuvo que lidiar con ubicaciones incómodas, números seguidos y romanzas durísimas poco escuchadas como «Sierras de Granada» de La Tempranica y la «Canción de Paloma» con coro de El barberillo, siempre presente su voz pese proyectando sin problemas y cantando con el gusto y musicalidad que caracterizan a la asturiana, así como su entrega y escena convincentes. Empaste idóneo en los dúos, especialmente como Paloma con el Lamparilla Quiza y El Gato Montés (Penella) de Soleá y Rafaelillo Ferrer realmente delicioso, así como el conjunto de «las mañanitas» de Don Gil de Alcalá llevadas más que lentas por Rubio donde la orquesta se limitó a la partitura.

La mezzo canaria Belén Elvira completó el elenco solista y también hubo de hacer auténticos esfuerzos para alcanzar la fila 23 en la que me encontraba, tapada por una orquesta olvidada de matices y sin acompañar donde debía, así como unas romanzas desiguales para su color debiendo cambiar de registro no siempre agradecido al oído. Bien en los dúos (algunos los escuché también con Beatriz Díaz en Vigo) como el «Escúchame» de Doña Francisquita (Vives) con Enrique Ferrer y una Zambra desigual pero creíble, pese a un coro «desganado» contagiado por la eterna lentitud desde el foso, y donde encontró la posición en escena para poder darlo todo.

Finalizar repitiendo lo bonito del espectáculo con todos los peros apuntados que no todos suscribirán, convencido que todo es mejorable si desean exportar como se debe un musical que no pasa de moda y puede ganar nuevos públicos que tanto necesita la música en general, aunque la calidad debe primar en todo, y no olvidar que sin voces no hay obra sobresaliente. Para la zarzuela también debemos exigir lo mejor.

Pasión lírica con más amor que desdicha

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Viernes 13 de febrero, 20:15 horas. Sociedad Filarmónica de Vigo, Auditorio Centro Cultural Afundación, Vigo. Pasión Lírica «Entre el amor y la desdicha»: Beatriz Díaz (soprano), Belén Elvira (mezzo), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de ópera y zarzuela.

En pleno siglo XXI mantener sociedades filarmónicas es toda una labor épica, abonados que van dejando por razones obvias su gran afición y poca juventud que tome el relevo. Lástima porque siguen siendo la escuela formativa para mayores auditorios tanto para intérpretes como público. En ellas podemos seguir disfrutando de la llamada música de cámara y recitales líricos con piano que llenarían grandes salas con orquesta.

Ferrol, Coruña y Vigo aunaron esfuerzos para lograr un recital de auténtica pasión con dos mujeres de larga trayectoria y un pianista que ha dedicado toda su vida a este género, acompañando voces que siguen triunfando.

La asturiana de Bóo Beatriz Díaz, la canaria de Lanzarote Belén Elvira y el madrileño Álvarez Parejo organizaron un programa para esta pequeña gira gallega que hizo las delicias del público conocedor de casi todo lo escuchado (más allá de la edad), arias y dúos para soprano y mezzo donde las voces lograron triunfar tanto en solitario como juntas gracias a un empaste perfecto, algo difícil de encontrar en estos tiempos, con alternancia de números que hicieron aún más atractivo el concierto.

La primera parte la abriría Mascagni con su Cavalleria Rusticana, la escena y oración a piano solo emulando una orquesta con esa música siempre bella, antes del Voi lo sapete, o mamma de la mezzo canaria, continuando con Puccini y dos delicias suyas, Tu che di gel sei cinta de «Turandot» que parece escrito para la asturiana, y el dúo de las flores de Madame Butterfly, dulzura allerana y el perfecto entendimiento entre los tres intérpretes. Esta temporada de ópera en Oviedo pude escuchar dos versiones de Butterfly y el esperado «Samson et Dalila» (Saint-Saëns) del que Belén Elvira desgranó la conocida Mon coeur s’ouvre à ta voix convincente, como si las mezzo canarias tuviesen un don para este rol. Las joyas brillaron con Beatriz Díaz en el «Faust» (Gounod) de Ah! Je ris des me voir, gusto y escena siempre de la mano, con esos rubati impecables y bien entendidos desde el piano, antes de la conocida Barcarolle, dúo de «Los cuentos de Hoffmann» (Offenbach) que confirmó el empaste de ambas voces, a unísono como una sola, con los planos en perfecto equilibrio y un piano siempre pendiente de las protagonistas. El cierre operístico de la primera parte lo puso Bizet con la conocida Habanera de «Carmen» ideal para la mezzo canaria hoy con piano, y Les filles du Cadix (Delibes) que en la voz de la asturiana son otra delicia en versión recital que nunca cansa escuchar, destacando lo difícil que resulta cantar en francés sin cambiar el color de voz, algo que lograron ambas.

El llamado género chico lo es solo de nombre, junto con una zarzuela que seguimos sin saber vender incluso en recital, pese a contar con páginas hermosísimas y de igual o mayor calidad que muchas de sus «hermanas mayores».

La selección adecuada, exigente y nuevamente completa en registros, escena y acompañamiento, destacando El dúo No merece ser feliz de «Los Gavilanes» (Guerrero) con madre e hija convincentes o el agradecido Todas las mañanitas de «Don Gil de Alcalá» (Penella), donde sólo faltó hacer los coros al público. Sobrios el ¿Qué te importa que no venga? (Serrano) de «Los claveles» por la canaria, y  la petenera Tres horas antes del día («La marchenera«) de Moreno Torroba por la asturiana, en registros y colores de voz apropiados para ambas para deleitar y recrearse aún más en las siguientes romanzas solistas de la Canción de Paloma de «El barberillo de Lavapiés» (Barbieri), endemoniada para pianistas acompañantes (como toda reducción orquestal) y más para sopranos que logren cantar todo lo escrito además de interpretarla escénicamente, a lo que Beatriz Díaz nos tiene acostrumbrados ¡Brabóo!, y el Chotis del Eliseo de «La Gran Vía» (Chueca), tan castizo en todo que nadie diría que Belén Elvira sea canaria, más un «organillero» de lujo el piano de Parejo. Nada mejor que un poco de humor todos juntos con una página compleja en partitura, con cambios de ritmo difíciles de encajar, y escena simpática como es el dúo de «Los sobrinos del Capitán Grant» (Fernández Caballero), ese En Inglaterra los amantes… donde Miss Ketty Beatriz y Soledad Belén nos hicieron reír con su escenificación, sin escatimar nada en un canto nuevamente bien ensamblado, templado y acertado.

Largos aplausos y dos regalos en solitario también españoles, ese El vito de Obradors que Beatriz Díaz defiende como un auténtico «lied» español mientras Álvarez Parejo protagoniza al fin algo puramente pianístico y no orquestal, exigencias bien resueltas por ambos intérpretes, y La tarántula de «La Tempranica» (G. Giménez), con Belén Elvira que da a lo pícaro altura artística en esta mezzo de amplio registro. Excelente recital con auténtica pasión donde entre el amor y la desdicha reflejadas en las partituras estuvo el buen hacer y calidad de los tres intérpretes.

Como curiosidad seguirán viaje hasta el Baluarte de Pamplona para hacer una antología de zarzuela con coros, orquesta y distintos solistas, comentando que mi admirada Beatriz Díaz cantaba estos recitales gallegos a caballo entre su reciente Oscar de Ballo en la ópera de Bolonia y la Clementina (Boccherini) de mayo en la Zarzuela madrileña. No está nada mal un recital con ambos géneros, más allá de mantener repertorio porque siempre son grandes cuando hay calidad en los intérpretes, algo que se corrobora en cada actuación.

Salitre también en el aire

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Jueves 23 de octubre, 19:00 horas. Oviedo, Museo de Bellas Artes de Asturias: «La Carrera de América», conferencia de Juan Carlos De La Madrid.

La capital del Principado estaba este jueves otoñal tomada por la policía pero en «El Bellas Artes» olía a salitre, a puerto pesquero, a emoción en el relato, público con el corazón en ultramar, música bañada en lágrimas y la historia como evasión a un mundo en «la otra capital» en esta tarde donde lo real se palpaba en el museo y lo que en él acontecía, Darío Regoyos, Nicanor Piñole y tantos otros como callados testigos de excepción.

Alfonso Palacio, director del museo, hacía la presentación de una original actividad a partir de un cuadro de mediados del siglo XIX perteneciente a los fondos de nuestra pinacoteca: La corbeta ‘Villa de Avilés’, de William Andrews Nesfield (1793-1881), un buque construido en 1851, que transportó cincuenta mil jóvenes emigrantes entre los años 1853 y 1869.

Y ese cuadro que hoy ocupaba la segunda planta estaba en la charla del polifacético Juan Carlos De La Madrid, autor del libreto de la zarzuela La Carrera de América con música de Rubén Díez Fernández, dos avilesinos nacidos en la llamada Villa del Adelantado de la Florida, tierra de marinos como Pedro Menéndez.

Nos embarcamos en un viaje lejano desde la cercanía del verbo fácil del historiador y la música atemporal del compositor, todo bien aderezado en alternancia equilibrada que siempre evitó naufragios. Al contrario, las felicitaciones tras hora y media de conferencia y música demostraron que el museo está vivo, la música ya no puede faltar, y el tema bien ensamblado hacía imposible varar.

Rubén Díez al piano electrónico y dirección, fue desgranando en medio del relato distintos números de una zarzuela estrenada, como no podía ser menos, en Avilés allá por el 2007, con mi querida Beatriz Díaz, la Sabugo Filarmonía o Gabriel Ureña entre otros.

La soprano María Fidalgo, el tenor Pablo Romero, el cellista Pelayo Cuéllar y varias voces blancas de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (de la que el propio Rubén es director adjunto aunque viva en el Teatro Campoamor, como ironizó Juan Carlos), pusieron el complemento a una modélica charla con ilustraciones visuales y musicales. No en vano era «una conferencia en todos los sentidos».

El Intermezzo con piano y cello fue casi obertura para una zarzuela contada y cantada, la belleza del sonido de Pelayo Cuéllar, con música en los genes, y un piano capaz de suplir la orquesta original, realidades entremezcladas con el relato de aquellos emigrantes que viajaban en condiciones infrahumanas casi similares a las pateras que dos siglos después buscan lo mismo, dejando atrás familias, ilusiones, amores como el dúo de Teresa y Andrés, María Fidalgo y Pablo Romero más el coro de mujeres de «la Capilla». Fotografías de los pequeños puertos de Gijón o Avilés desde donde marchaban a hacer fortuna allende los mares, La Habana siempre arrebatadora, Buenos Aires y el puerto del barrio de la Bocca, Caracas…

Relato de viajes y desgracias, idas sin vueltas, tragedias, barcos de vela como cascarones en el Atlántico, añorando al amado como en el «Tema de Andrés» cantado con emoción por María Fidalgo, haciendo resonar la sala que pese a no reunir las mejores condiciones acústicas y tener la orquesta reducida al piano, conmovió desde la hermosísima y sentida melodía compuesta por el músico avilesino para una voz bien timbrada.

La segunda oleada de emigrantes en los años 70 del siglo XIX cambiaron condiciones y tiempo para la misma distancia, vapores y grandes veleros, la independencia de Cuba y esa otra emigración que ya no partía de nuestra tierra por necesitar auténticos puertos pesqueros, emigrantes que cambiaban «la carrera de América» por «América como carrera», otro tipo de tripulaciones, de viaje y de puertos para atravesar el Atlántico en 10 días hasta que la Primera Guerra Mundial truncaría el devenir de la propia historia.

No faltó un poema o chascarrillo a cargo del siempre ameno Juan Carlos De La Madrid, donde la «sorpresa» estaba en decir que nadie la recordaría desde que se escuchó en el estreno, surgiendo la espontánea a cantar «Cuello vuelto», la soprano Patricia Martínez cual cupletista que redondearía estos fragmentos de la primera zarzuela del siglo XXI rememorando el XIX.

Quedaba el colofón y remate para hablar de «El Palacio de Cristal«, un conocido comercio en Cuba del avilesino Servando Ovies, que en una escapada a la tierra con el poderío del emigrante empresario, volvía a Cuba en el «Titanic«, siendo leyenda antes y después, encarnando y uniendo las dos oleadas que De La Madrid nos contó y el elenco cantó.

Andrés vuelve al pueblo, Pablo Romero canta «Luché en La Habana» con el acompañamiento al piano del compositor, historia hecha zarzuela, historia como el cuadro de Nesfield que nos acompañó, o la historia de la nota amarillenta perdida como el barco más famoso de la historia para un «Fin» con banda sonora de cello y piano en la mejor tradición de los inicios del cine, otro tema que los protagonistas de hoy, letra y música, también dominan. Seguramente habrá otra «conferencia-performance», aunque se necesiten patrocinadores y mecenas para poder subir a un escenario «La Carrera de América» completa. Mientras en la calle, mucha policía para algo poco real. El pasado se hizo presente con el verso y la música, la historia cercana y misteriosa como la sal que está en las lágrimas y en la mar.

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