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Una emotiva y plácida gala lírica

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Sábado 10 de enero, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: “Gala Lírica” con Plácido Domingo (barítono), Ismael Jordi (tenor), Sabina Puértolas (soprano), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). Entradas: 89€ y 79€, con la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y el patrocinio de Riesco Abogados y Grupo Resnova.

(Crítica para Ópera World del domingo 11, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias más las de Pablo Piquero)

Nada menos que cuarenta y ocho largos años después de su última actuación en Oviedo, el legendario artista, Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1991, Plácido Domingo, y nuevo director artístico de la Accademia Pucciniana, regresaba a la capital asturiana este frío sábado 10 de enero para protagonizar una gala extraordinaria en un Auditorio Príncipe Felipe rendido y con todo vendido desde hacía semanas, que le vitoreó a lo largo de toda la velada.

Y es que el músico madrileño, que el próximo día 21 cumplirá 85 eneros, sigue siendo el mejor embajador de nuestra lírica y todo un reclamo para seguir llenando cada recital, más aún rodeándose de grandes voces de la “penúltima generación” como son la soprano mañica, y mierense de adopción, Sabina Puértolas (1973) y el tenor jerezano Ismael Jordi (1973), que brillaron tanto solos como en los dúos con el maestro Domingo gracias a un programa muy bien armado con el ovetense Óliver Díaz (1972) al frente de una Oviedo Filarmonía (OFIL) que es ya un referente en la programación asturiana tanto en el foso del Campoamor como en el auditorio de la capital.

En palabras del propio artista en la prensa regional, “regresar a Oviedo después de tantos años, me produce una gran emoción. Esta ciudad ocupa un lugar muy especial en mí y me trae recuerdos memorables de los inicios de mi trayectoria artística en España. Estoy feliz de volver en este momento de mi vida”. En 1977 cantaría Tosca y Andrea Chenier, entonces tenor “in crescendo” del que no hace falta recordar una carrera que ha ido amoldando a una voz siempre reconocible aunque los años le llevaran a la cuerda de barítono y en la actualidad esa longeva trayectoria le ha dado todos los recursos y trucos para seguir en activo aunque transporte las partituras para amoldarse a su actual estado físico, por otra parte envidiable, y las necesite en el atril, siempre con una musicalidad y gusto al cantar tanto ópera como zarzuela. Precisamente su primer aria sería “Nemico della patria” como prueba de ese trayecto de tenor a barítono, siempre con una OFIL respetuosa y bien llevada desde el atril por un Díaz que la entiende como pocos, tras abrir velada con la obertura verdiana de Nabucco, página ideal para testar a una orquesta siempre compacta, de sonoridades ricas, secciones muy equilibradas, con Marina Gurdzhiya de concertino y el arpa impecable de un José Antonio Domené que es imprescindible en estos repertorios.

La primera parte operística fue alternando las primeras arias de soprano y tenor con un Plácido verdiano más dos dúos con cada uno de ellos. Primero una Puértolas en estado de gracia (“Mercè, dilette amiche” de las Vísperas), impecable, de agilidades cristalinas y entrega total, después Jordi con el Werther capaz de olvidarnos de Kraus (perfecto su “Pourquoi me réveiller” de dicción, matices, color e interpretación) junto al Macbeth (“Perfidi!… Pietà, rispetto, amore”) de un Domingo que “capea el temporal” pero sigue emocionando por sus tablas y oficio.

De los dúos, empaste ideal con Ismael Jordi en “Au fond du temple saint” de Los pescadores de perlas, otro rol krausiano que el andaluz bordó, más “Udiste?… Mira, di acerbe lagrime”, de Il trovatore junto a Sabina Puértolas que sirvió para cerrar por todo lo alto una primera parte operística de muchos quilates, tras la famosísima obertura de Carmen donde Óliver Díaz llevó a la OFIL como buen diestro de naturales sin engaño.

La zarzuela goza también en Oviedo del mimo y respeto de una afición lírica que entiende y exige, disfrutando cuando las voces responden y la orquesta las ayuda con igual calidad. El famoso intermedio de La leyenda del beso sonó completo y no recortando el arpa virtuosa que abre la parte más conocida de esta zarzuela de Soutullo y Vert. “La aldea” de Domingo no levantó el vuelo cual gavilán ni brilló con el esmalte de barítonos que la han hecho casi carta de presentación, pero escuchar al octogenario interpretarla aunque bajada de tono, sigue emocionando porque son romanzas que hemos heredado de nuestros abuelos y padres conociéndolas casi como “Las 40 principales” de varias generaciones. Otro tanto con la Maravilla de “Amor vida de mi vida” que ha perdido parte del encanto de esta romanza que el madrileño ha llevado por todo el mundo y continúa en el repertorio casi cual seña de identidad de la “segunda etapa” de Domingo.

Antes, otra de las imprescindibles nos la interpretó Ismael Jordi emocionándonos con la romanza de Doña Francisquita (“Por el humo se sabe dónde está el fuego”) de escuela canora canaria por medias voces, fraseo, línea de canto y agudos precisos bien colocados en un estado vocal impecable del jerezano.

Y un verdadero primor Sabina Puértolas en feliz complicidad con batuta y orquesta de El barbero de Sevilla de Giménez (también sonaría el intermedio de La boda de Luis Alonso), virtuosismo vocal que hace fácil lo difícil ante el dominio técnico donde nunca pierde el color y los graves han ganado cuerpo, coquetería no solo en el vestido rojo pasión de esta segunda parte, también en enamorar con una interpretación de presencia absoluta sobre las tablas.

Los dúos elegidos volvieron a traer el empaste perfecto de Domingo, su magisterio y conocimiento de nuestro patrimonio lírico, primero con Jordi en una Marina casi cantábrica de salitre vocal y sentimientos compartidos (“Se fue, se fue la ingrata”) y el grato regreso de Puértolas para el Manojo imprescindible nuevamente brillante y chulapón mezcla de veteranía y juventud que nos recordó tan buenas representaciones en el Campoamor dignas de haberse llevado al disco. El directo siempre irrepetible y la conciencia de estar despidiendo a un Plácido Domingo que se resiste a cortarse la coleta.

Las propinas resultaron una tercera parte con los mismos protagonistas y similares sentimientos, primero La Tabernera con un Domingo que “No puede ser…” más dramatizado que cantado bien arropado por la OFIL y Díaz, unas Carceleras de Chapí impactantes con una Puértolas que hasta jugó con los músicos en todos los registros vocales y escénicos, más un “jondo” Jordi de “Adiós Granada” (Emigrantes), romanza que los grandes tenores han interpretado, y que tanto Kraus como Domingo han popularizado de este cuadro lírico en un acto escrito por Tomás Barrera y Rafael Calleja en 1905, y que el jerezano la bordó de principio a fin con una OFIL versátil, compacta, brillando con el tenor.

Aún quedaba rematar la faena con Soleá y dos Rafaelillos, el famoso pasodoble del maestro Penella, un Gato Montés a tres, que pareció evocar “Los tres tenores” donde Domingo ejerció de maestro de ceremonias, este sábado cual diestro que se despedía en la plaza ovetense (sin cortarse la coleta) dando la alternativa a Puértolas y Jordi toreando este último morlaco lírico del que guardo la grabación para el sello amarillo cantada junto a Verónica Villarroel, Juan Pons y Teresa Berganza más la Orquesta Sinfónica de Madrid bajo la dirección del siempre recordado Miguel Roa. Larga vida a Plácido Domingo y a nuestra lírica.

PROGRAMA:

I

Giuseppe Verdi (1813-1901):

Nabucco, obertura.

Umberto Giordano (1867-1948):

“Nemico della patria”, Andrea Chénier (Plácido Domingo).

Giuseppe Verdi:

“Mercè, dilette amiche”, I vespri siciliani (Sabina Puértolas).

“Perfidi!… Pietà, rispetto, amore”, Macbeth (Plácido Domingo)

Jules Massenet (1842-1912):

“Pourquoi me réveiller”, Werther (Ismael Jordi)

Georges Bizet (1838-1875):

“Au fond du temple saint”, Les pêcheurs de perles (Plácido Domingo / Ismael Jordi).

Carmen, obertura.

Giuseppe Verdi:
“Udiste?… Mira, di acerbe lagrime”, Il trovatore (Plácido Domingo / Sabina Puértolas)

II

Reveriano Soutullo (1880-1932) y Juan Vert (1890-1931):

La leyenda del beso, Intermedio.

Jacinto Guerrero (1895-1951):

“Mi aldea”, Los gavilanes (Plácido Domingo).

Amadeo Vives (1871-1932):

“Por el humo se sabe dónde está el fuego”, Doña Francisquita (Ismael Jordi).

Federico Moreno Torroba (1891-1982):

“Amor, vida de mi vida”, Maravilla (Plácido Domingo).

Gerónimo Giménez (1852-1923) y Manuel Nieto (1844-1915):

“Me llaman la primorosa”, El barbero de Sevilla (Sabina Puértolas)

Emilio Arrieta (1821-1894):
“Se fue, se fue la ingrata”, Marina (Plácido Domingo / Ismael Jordi).

Gerónimo Giménez:
La boda de Luis Alonso, Intermedio.

Pablo Sorozábal (1897-1988):
“Hace tiempo que vengo al taller”, La del manojo de rosas (Plácido Domingo / Sabina Puértolas)

Lorca en el CIMCO

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Jueves 18 de diciembre, 19:30. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. CIMCO, “Lorquiana”. Ana María Valderrama, violín – David Kadouch, piano – Cris Puertas, actriz. Obras de: Poulenc, A. Terzian, Debussy, Falla y García Lorca.

(Reseña rápida escrita desde el el teléfono para LNE de viernes 19,  con el añadido de fotos propias, los enlaces –links– enriquecedores, y la tipografía más colores que la prensa no refleja)

Clausura de la actual edición del Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) con el dúo que forman la violinista madrileña Ana María Valderrama y el pianista francés David Kadouch, con un programa en torno a la figura de Federico García Lorca, que ya pude disfrutar en Granada durante el último Festival Internacional de Música y Danza. Su repertorio ya lo han llevado igualmente al disco (que vendían al finalizar el recital), y por el que han recibido el galardón al mejor álbum de música clásica en 2024 por la Academia de la Música Española.

Tras la presentación de Cristina Gestido, la velada se abriría con la «Sonata para violín» FP 119 de Poulenc, gran admirador de Lorca y dedicatario de la misma, intensa, evocadora, lunática llena de luz como el poema interpelado por Cris Puertas.

De la argentina Alicia Terzian (Córdoba, 1 de julio de 1934) llegaron aires tan franceses como los porteños, dos de los «Tres retratos» del Libro de Canciones de Lorca, canto y piano -1954/6-  («Verlaine» y «Debussy»), compenetración musical y poética más allá de las palabras, eterno universo lorquiano.

Seguimos afrancesados y cosmopolitas con el Debussy de su «Sonata para violín y piano» en tres movimientos y poesía interpretada, la luciérnaga de Lorca viva en el verso iluminado por Valderrama y Kadouch, colores caleidoscópicos; acequia, ranas o estrellas protagonistas vestidas de pentagramas a dúo con el fluido impresionismo musical teñido de cante y encanto (Fantasque et léger) reconocido desde postales enviadas a D. Claudio en maravillosa interpretación plena de complicidades.

Lorca, Granada y Falla, terna indivisible como la poesía y el canto de violín y piano, campanas de amanecer en Granada, ímpetus y sonoridades grandiosas canalizados en el arreglo de Kreisler sobre la «Danza española» de La vida breve, con un impresionante despliegue técnico y toda la hondura nazarí.

Breve pausa antes del homenaje y protagonismo absoluto de Federico, músico antes que poeta, con cinco de sus canciones populares por él armonizadas, en espléndido arreglo muy actual de Alberto Martín Díaz junto a la palabra proyectada en la piedra: «Nana de Sevilla«, «Los reyes de la baraja«,  «Zorongo«, «Las tres hojas» y «Las morillas de Jaén», más el regalo de “Los cuatro muleros”. Lírica popular sin palabras, sin voz o guitarra pero con el mismo canto sentido del violín y el piano que nos hicieron “tararear” en silencio junto a estos dos intérpretes inmensos de talla universal… Lorquianos eternamente.

PROGRAMA:

F. POULENC: Sonata para violín, FP 119 (dedicada a F. García Lorca)

I. Allegro con fuoco

II. Intermezzo

III. Presto tragico

ALICIA TERZIAN: Tres retratos (selección)

I. Verlaine

II. Debussy

C. DEBUSSY: Sonata para violín

I. Allegro vivo

II. Intermède. Fantasque et léger

III. Finale. Très animé

M. DE FALLA: La vida breve: Danza (Arr. F. Kreisler)

F. GARCÍA LORCA: Selección de canciones (Arr. Alberto Martín)

I. Nana de Sevilla

II. Los reyes de la baraja

III. Zorongo

IV. Las tres hojas

V. Las morillas de Jaén

VI. Los cuatro muleros

Un enigma que no Falla

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Jueves 11 de diciembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Lucas Debargue (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director), Sofía Martínez Villar (narradora). “Música y enigma II”, obras de Òscar Colomina i Bosch, Ravel y Falla.

Vamos cerrando este año tan musical y volvían las Jornadas de Piano con la OFil y su titular junto al tocayo francés Lucas Debargue (Villers-sur-Coudun, 1990), a quien ya disfrutamos hace ocho años en este mismo ciclo sustituyendo a Martha Argerich, y este jueves recuperando formato de concierto narrado por Sofía Martínez Villar (y autora de las notas al programa que esta vez titula «Evolución ante revolución» para esta segunda edición de «Música y enigma») en la misma línea del que tuvo lugar en mayo pasado, una fórmula didáctica que si entonces gozó de mi aprobación, de nuevo resultó positiva para un público que debe ir renovándose y así se pudo comprobar este jueves (con una sesión matinal para escolares y distintos colectivos  de discapacitados que me consta disfrutaron con este nuevo Enigma que no falla).

The Styx (La Estigia) del director y compositor valenciano Òscar Colomina i Bosch (1977) se estrenó por la Orquesta de València y Baldur Brönnimann en septiembre de 2024, primera de una serie de Mitos para orquesta que exploran tradiciones mitológicas en las que el agua es un elemento central en el paso entre la vida y la muerte. Actualmente está trabajando en la segunda parte de esta serie (tal y como refleja en su web) Pozos del Olvido, comisionada por la Orquesta Sinfónica de Tenerife. The Styx toma como punto de partida el río mitológico que separa los mundos de los vivos y los muertos, evocado en un mundo sonoro descrito por la crítica como «preciso pero fluido», «sugestivo y emocionalmente resonante» y lleno de «paisajes extraños e incorpóreos».

Poco antes de comenzar el concierto me llegaba la triste noticia de la muerte de mi querido Misael Campo tras una dura lucha donde fue ejemplo de resilencia y amor por la música que con tantos colombianos y habanos disfrutamos, así que  escuchar este cruce de la laguna estigia me resultó aún más duro y Caronte fue la obra del valenciano con una OFil sin fisuras para una partitura poderosa, oscura, de amplia instrumentación para vivir con la música un el tránsito que todos haremos pero que nunca deseamos llegue para nuestros seres queridos. La doctora Martínez Villar nos describía en las notas esta «Estigia» definiéndola, la música como símbolo y analizándola:

«La sonoridad grave del inicio, así como el sonido de violines en el agudo, aporta una imagen muy evocadora que remite al enigmático tránsito entre la vida y la muerte. La segunda característica es: la música como narrativa. La forma en la que se desarrolla la obra, mediante grandes terrazas sinfónicas que contrastan y dialogan, genera una sensación muy cinematográfica en la que los instrumentos aparecen y desaparecen como si fueran personajes en un paisaje neblinoso. La tercera es: la conexión emocional. En este tránsito, a través de una línea melódica ininterrumpida en las cuerdas, la obra nos sumerge con sus tensiones armónicas en una permanente sensación de misterio, jugando con las dinámicas más extremas para golpearnos en unos momentos y dejarnos sin aliento en otros».

Sensaciones, emociones y una orquesta siempre dúctil, versátil, madura tras años de trabajo y capaz de afrontar tanto el barroco en el foso como estas obras de nuestro tiempo con un Macías que sabe cómo sacar lo mejor de todos ellos, con la percusión alcanzando a pintar los claroscuros de este cuadro sinfónico. El compositor, presente en la sala, además de saludar al respetable felicitaría una interpretación que a buen seguro le satisfizo. Mi valoración no puedo separarla del estado de ánimo que me dejó un nudo en la garganta.

Celebrando al hispano-francés Maurice Ravel llegaría ese maravilloso Concierto para piano en sol mayor donde su compatriota Debargue supo sacar todos los guiños del compositor en una obra que maneja aires de jazz  en el Allegramante (siempre me viene a la memoria Gershwin), placidez en el Adagio assai central y toda la energía y empuje rítmico del Presto final. El piano sonó siempre en primer plano, lleno de matices, colores resaltados por el arpa de Domené y la celesta virtuosa de Bezrodny, gracias nuevamente una orquesta bien balanceada por Macías, segura sección a sección con una concertación primorosa donde paladear esa escritura única tan buenísima en su instrumentación, de la que The Styx parece haber bebido, siendo el preludio ideal para esta joya de Ravel, que curiosamente nunca fue gran pianista pero dejándonos unas páginas que siguen sonando actuales.

Las notas al programa nos explican que los tres movimientos de este concierto «son un buen ejemplo para descubrir por qué Maurice Ravel se consideraba a sí mismo un compositor de evolución más que un revolucionario. Su música, igual que su personalidad, es una mezcla de sencillez, sofisticación, búsqueda de perfección técnica y sensibilidad con los rasgos musicales de oriente y occidente descubiertos a partir de exposición universal de París (1889). Se mantuvo alejado del lenguaje más rupturista de la vanguardia de su época y siguió utilizando estructuras musicales claras en las que el oído musical se orienta bien, aunque se sienta sorprendido por armonías más disonantes y ritmos irregulares. Todo esto lo vamos a percibir en esta obra fundamental del repertorio para piano que, desde su estreno en 1932, con Marguerite Long como solista y Ravel como director de la Orquesta Lamoureux, no ha dejado de ser interpretada». Y si The Styx me dejaba inquietud, este Ravel pianístico como bien escribe Sofía Martínez, «el resultado sonoro es fascinante ya que al mismo tiempo que sentimos el vértigo del tempo rápido percibimos la seguridad de melodías y armonías muy claras».

Debargue nos regalaría la Sonata en la mayor, K. 208 de «Domingo» Scarlatti impecable por limpieza, riqueza de sonido, intimista, casi romántica y cercana en la interpretación del francés que dejó un buen sabor de boca en este regreso a las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni».

La segunda parte sería mucho más que didáctica, presentada previamente por la pucelana Sofía Martínez Villar, cuyo proyecto «Música y Enigma» desarrollado con la OFil desde la pasada temporada, «nos da la oportunidad de escuchar esta obra de una forma diferente que invita a ir más allá de la escucha mediante una presentación breve y una guía de audición». Así nos ayudó a diferenciar el «Olé gaditano» del «Ole» granaíno, así como conocer el argumento simple (amor y traición) junto a los cuatro personajes del ballet de Falla encargado por Diaghilev más los figurines de Picasso, recordar a María Lejárraga que al fin está saliendo de la sombra y peso de su esposo Gregorio Martínez Sierra…

También irían proyectándose las imágenes y textos enriquecedores según iban sonando las dos suites orquestales del gaditano afincado en Granada en las manos de un onubense medio asturiano, descripción de cada uno de los siete números de ambas suites, los motivos, instrumentos, las distintas danzas con sus orígenes e inspiración, morir aprendiendo con evolución antes que revolución. Si hubo algún enigma lo dejo para mis lectores con el simbolismo de la numerología: obras, tricornio y nombres repetidos en este concierto.

Ilustrada por diapositivas proyectadas en grande, primero la Suite nº1 impecable por el gusto, el juego tímbrico, las dinámicas, las intervenciones de los primeros atriles gustándose, «visualizando» el ballet sin necesidad de danzantes porque la música brillaba sola ilustrada por y tras la orquesta. Y la Suite nº2, casi sin pausa y sin aplausos que rompieran la unidad narrativa, una explosión sonora donde la jota final me devolvió a Granada, la «sintonía» en el Palacio de Carlos V que suena como seña de identidad propia de un «Falla que no falla» nunca, el compositor alumno de Pedrell que se sentía español en el extranjero y extranjero en España, pero al menos el tiempo lo ha hecho universal, viviendo (y bebiendo) el París de Ravel pero también de Debussy o Stravinsky. La OFil con Macías nos dejaron una versión sinfónica apta para todos los públicos con una calidad digna de haberse grabado para así poder sumarla a tantas que guardo en mi discoteca, que esta vez sonaron para eMe que seguro estará leyendo estas líneas, con una orquesta compacta y los principales luciéndose todos ellos (de nuevo el lujo al arpa de Domené y las teclas de Bezrodny en una «noche de San Juan» pródiga), pero también del empuje en los timbales y toda la percusión junto a las intervenciones solistas de oboe, clarinete, trompeta o corno inglés, así como destacar las trompas, tuba y toda la cuerda, esta vez comandada por Marina Gurdzhiya, y hasta unos «refuerzos» que se unieron y sumaron a la familia sinfónica para el «Falla que no falla», el nacionalismo que une, pero no unifica, la esencia de nuestra música (y de nuestro día a día)

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Òscar Colomina i Bosch (1977): The Styx

Maurice Ravel (1875-1937): Concierto para piano y orquesta en sol mayor, M. 83

1. Allegramente

2. Adagio assai

3. Presto

SEGUNDA PARTE

Manuel de Falla (1876-1946): El sombrero de tres picos.

Suite nº 1:

1. La tarde

2. Danza de la molinera

3. El corregidor

4. Las uvas

Suite nº 2:

1. Los vecinos

2. Danza del molinero (Farruca)

3. Danza final

Oviedo barroco

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Martes 2 de diciembre, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo: Conciertos del Auditorio: Emőke Baráth (soprano), Carlo Vistoli (contratenor), Le Concert d’Astrée, Emmanuelle Haïm (órgano y dirección). Scuola Napolitana: obras de Durante, D. Scarlatti, Leo, Locatelli y Pergolessi.  Fotografías propias y de Borocz Balasz (E. Bartáh), Nicola Allegri (C. Vistoli), Marianne Rosensthiel (E. Haïm) y WarnerClassics / Erato (Le Concert d’Astrée).

Como bien anunciaba ayer Jonathan Mallada en el diario LNE (colaborador del ciclo) «La capital del Principado mantiene, de este modo, la estética barroca que predominó en los espectáculos musicales durante el mes de noviembre con el «Orlando furioso» de Vivaldi en la Ópera de Oviedo y los conciertos de «Les Arts Florissants» y «Le Jardin des Voix» en los «Conciertos del Auditorio» y de Shunske Sato al frente de la OSPA». Y parece claro que el Barroco, que tiene su propio ciclo en primavera junto al CNDM, atrae a mucho público, también joven, en parte por tratarse de un repertorio agradecido de escuchar, que explicaba hace años a mis alumnos es como el rock del siglo XVIII por su estructura o duración. Oviedo, a quien no me cansaré de llamar «La Viena Española» gracias a unos gestores que llevan años trayendo lo mejor del panorama musical internacional hasta Asturias, prosigue en el mapa español con Le Concert d’Astrée y Emmanuelle Haïm (París, 11 de mayo de 1962) tras Barcelona, abriendo diciembre, y Madrid (miércoles 3) para finalizar en París el próximo viernes 5 esta gira de la formación fundada en el año 2000 (siendo conjunto residente en la Ópera de Lille desde 2004) por la clavecinista y directora francesa, unas bodas de plata con un programa interesante centrado en la llamada «Escuela Napolitana», repertorio en el que son formación de referencia, el antiguo reino español con el sabor del Tirreno en un XVIII que respiraba arte por todas partes, y por supuesto mucha música.

Las dos partes se abrían con sendas obras instrumentales, el Concierto nº 5 en la mayor para dos violines, viola, violonchelo y bajo continuo de Durante, y la Sinfonía fúnebre en fa menor, D.2.2 para cuerdas y bajo continuo de Locatelli, admirables ambas donde la formación de cuerda (incluyendo el archilaúd) y el órgano más la dirección de Haïm demostraron las cualidades por todos reconocidas: empaste, afinación, dinámicas amplias, contrastes en los tempi y una sonoridad envidiable, limpia, clara, con David Plantier de concertino. Se notó el trabajo preparatorio para estos cuatro conciertos que seguramente acabaran en grabación, pues no hubo desperdicio en toda la tarde.

Sobre el quinto concierto de Durante mi admirada y querida langreana Lorena Jiménez, musicóloga y periodista, escribe en las notas al programa que «presenta la división más moderna en tres movimientos, con un enfoque más cercano a las soluciones formales y estilísticas del concerto veneciano, pues en aquellos años había una amplia circulación de los Concerti de Vivaldi (con la típica sucesión rápido-lento-rápido) en el ambiente napolitano», con tres movimientos (Presto-Largo-Allegro) muy bien llevados, esa fusión entre el rigor contrapuntístico y la frescura melódica del incipiente ‘estilo galante’, pura energía contagiada por la directora y teclista, para unir el ritmo de la danzante giga alegre y acelerada junto a unos pasajes fugados perfectamente delineados por su formación.

De la sinfonía de Locatelli nos cuenta que «(…) es el único compositor que no forma parte de la Scuola Napoletana. Pertenece, en cambio, a esa tradición de violinistas-compositores italianos como Vivaldi, Tartini, Geminiani y Nardini. Predominantemente oscura y sin el virtuosismo de sus conciertos para violín, Locatelli compuso esta Sinfonía fúnebre en fa menor para cuerda y clave con motivo de las exequias de su mujer celebradas en Roma. Con tres de sus cinco movimientos en Fa menor, responde a las convenciones dieciochescas asociadas a la muerte y las celebraciones funerarias, y concluye con un reconfortante movimiento (la consolazione) en Fa mayor», que en la interpretación de Le Concert d’Astrée se optó por mantener el órgano en todo el concierto, ayudando a una sonoridad propia válida para unas obras donde lo espiritual -más allá de lo religioso- predominó, sinfonía casi plegaria entre movimientos graves y menos lentos, con el violín como protagonista («no el pirotécnico de L’arte del violino, sino al arquitecto emocional de una ceremonia, donde cada acorde conforma el adiós final» como lo describe Viviana Reina), casi operístico, acompañado por un bajo continuo sombrío pero de presencia suficiente, plena teatralidad y la riqueza expresiva que caracteriza al barroco de la formación francesa.

Las voces solistas serían las verdaderas protagonistas, dos cuerdas y colores que brillaron tanto por separado en la primera parte, como a dúo en la segunda. Ambas venían de cantar Händel el pasado día 16 de noviembre con Jarouskky y el Ensemble Artaserse.

Para esta gira, comenzarían con dos Salve Regina distintas, dos perspectivas de dos compositores, ambos ejemplos purísimos de la música religiosa barroca italiana de finales del siglo XVII y de su paso a la ópera barroca. La de Domenico Scarlatti por parte del contratenor italiano Carlo Vistoli, y la de Leonardo Leo con la soprano húngara Emőke Baráth. Del primero nos cuenta Lorena que «(…) fue compuesta entre 1756 y 1757 (poco antes de su muerte) en su época en la corte de Madrid, ciudad a la que había llegado desde Lisboa, siguiendo a su patrona María Bárbara de Braganza. Observen cómo se detiene y cambia de carácter en “ostende”; “O clemens”, el momento más emotivo de la obra (con disonancias incluidas), nos prepara para el “Amen” final (allegro), en un estilo mucho más operístico». Por su parte en las notas al programa de Madrid, Viviana Reina Jorrín nos habla de los «cambios de entonaciones y aires según la dulce madre es alabada o invocada en busca de ayuda. Las palabras han pasado a la música, enriquecidas con recursos compositivos tales como la alternancia frecuente entre modos mayor y menor, cambios de textura y distintos motivos o ideas musicales que expresan y resaltan el sentido del texto». Vistoli mostró lo mejor de su voz, con una técnica sólida y un timbre idóneo, fraseos muy cuidados, corpóreo en todos los registros, de agudo redondo y grave poderoso, unido a una dicción clara y muy expresivo, dejándonos una interpretación primorosa con el acompañamiento refinado del orgánico.

La Salve Regina de Leo es un motete más luminoso y extrovertido, casi «mozartiana», llena de agilidades vocales, pasajes virtuosísticos, y ese tratamiento tan operístico y teatral del texto litúrgico, que Reina Jorrín describe: «se combina con la contención expresiva de la música sacra, desplegando un estilo galante en el que el brillo melódico no se impone, sino que halaga. La obra mantiene un refinado contrapunto interno y cada parte del texto es tratada con un carácter propio, a menudo precedida de breves introducciones instrumentales. Al final de la plegaria, tendremos la seguridad de que hemos vivenciado la lucidez de quien aprendió a expresar lo sagrado». Emőke Baráth nos brindó una interpretación en esa vía de religiosidad teatral, de sonoridad amplia y matizada, con los da capo de ornamentaciones muy cuidadas, agilidades precisas, buenas notas tenidas, enorme musicalidad y una proyección vocal excelente, de nuevo bien arropada por una cuerda y continuo que subraya la expresividad del texto con una dirección siempre atenta a la solista.

El plato fuerte sería el Stabat Mater (1736) de Pergolesi, una de las obras más conmovedoras e interpretadas del repertorio sacro, que con los «mimbres» de la primera parte ya augurábamos el éxito por el perfecto empaste de los solistas, de colores bien diferenciados, con la voz prístina aguda de Baráth y el contratenor Vistoli poderoso en los graves, que en los «cruces» melódicos brillarían igualmente. Cada número, de los doce de que consta esta maravilla sacra, sería un placer para el oído: la húngara entregada, el italiano rotundo, ambos de una paleta vocal impecable y rica, con los textos bien articulados y unos fraseos subrayados por el orgánico. El primer dúo (Stabat Mater dolorosa) ya marcó el nivel, Baráth prosiguió con el Cujus animam gementem verdaderamente «andante amoroso», de nuevo a dúo el lento O quam tristis (dúo) y la primera aria rápida a cargo del italiano, Quae moerebat et dolebat, agilidades precisas, color carnoso y el ropaje «a medida» de Le Concert. Expresividad máxima en el dúo lento Quis est homo con el Pro peccatis suae gentis, antes del hermosísimo Vidit suum dulcem natum donde la soprano volvió a derrochar musicalidad, dicción, fraseo, matices y un estilo que domina de principio a fin. Como «espoleado» no quedó a la zaga el contratenor con el Eia Mater donde cada palabra subrayada por el ensemble, tomaba cuerpo y carácter teatral alto ante la expresividad demostrada. En los dos números siguientes a dúo, Fac ut ardeat cor meum y Sancta Mater la plegaria jugaba con el color bien mezclado de ambas voces, los sobretítulos contagiaban a seguir respetuosos e imaginar tantas representaciones pictóricas y escultóricas de esta Madre Dolorosa. Avanzaba la emoción con Vistoli (Fac ut portem Christi mortem) y el auténtico momento «flamígero» del dúo Inflammatus et accensus. Cambios de tonalidad y expresión que la cuerda reflejaba igualmente, claroscuros que irían dibujando poco a poco el final a dúo del último Quando corpus morietur con el Amen, así sea que levantó los bravos de un auditorio casi a tope.

Las notas para Oviedo reflejan que el autor fue «uno de los representantes más destacados de la Scuola Napoletana, su expresivo y emotivo Stabat Mater (con su variada línea melódica, largas notas pedales, disonancias, y esas palabras “dolorosa”, “lacrimosa”, “gementem” y “tristis et afflicta” llenas de pathos), fue durante años el Sabat Mater de referencia, y hasta Rossini dudó antes de componer su propia versión, convencido de que nadie habría podido realizar una mejor versión. Wagner llegó a definirlo como “una obra absolutamente perfecta” y Bellini lo bautizó como “el divino poema del dolor”. Pergolesi pasó sus últimos días en el convento franciscano de la ciudad de Pozzuoli (Nápoles), donde se había retirado por el empeoramiento de su salud, y allí fue donde aceptó un último encargo de la Confraternita di Santa Maria dei Sette Dolori, que necesitaba un nuevo Stabat Mater para la celebración del Viernes Santo, porque el de A. Scarlatti se había quedado obsoleto. Como señala el musicólogo italiano Alberto Basso, “la secuencia de Pergolesi constituyó una muestra significativa del nuevo clima sentimental y patético introducido en la música sacra por obra del estilo napolitano (intercalando arias y dúos), pero sin alardes vocales inútiles, y más bien sencillo, cantabile, afectuoso y delicado, melancólico y casi nunca hierático». Y las notas madrileñas destacan que en esta obra «se conjugan la textura dúo-solista con una orquesta de cuerdas reducida, que permite a la voz habitar un espacio íntimo, casi confesional. Las doce partes se suceden con una unidad emocional impecable. Una retórica afectiva traduce el dolor sacro en una sensibilidad íntima y teatral, típica del barroco tardío italiano. Los silencios, las cadencias plañideras, los gestos melódicos que suben para luego caer tristemente, construyen una dramaturgia interna que transforma el sufrimiento en forma sonora. En este canto, la muerte no es un abismo, sino un umbral que se cruza con lágrimas y luz». 

Después dos propinas, de Roma a Londres, donde disfrutar de estos los intérpretes, nuevo catálogo colorido por parte de los solistas sobre un lienzo sonoro que Emmanuelle Haïm brindó para iluminar casi dos horas de excelente barroco en este arranque del último mes del año, pero aún queda diciembre para volver a «los clásicos»… que contaremos desde aquí, pues la oferta sigue siendo amplia y difícil la elección.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Francesco Durante (1684-1755): Concierto nº 5 en la mayor (Presto – Largo – Allegro).

Domenico Scarlatti (1685-1757): Salve Regina para voz solista, cuerda y continuo en la mayor.

Leonardo Leo (1694-1744): Salve Regina para voz solista, cuerda y continuo en fa mayor.

SEGUNDA PARTE

Pietro Antonio Locatelli (1695-1764): Sinfonía fúnebre en fa menor, D.2.2 (Lamento: Largo – Alla breve ma moderato Grave – Non presto – La Consolazione: moderato)

Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736): Stabat Mater, P. 77:

Stabat Mater dolorosa / Cujus animam gementem / O quam tristis et afflicta / Quæ mœrebat et dolebat – Pro peccatis suæ gentis / Quis est homo qui non fleret 7 Vidit suum dulcem natum / Eja Mater fons amoris / Fac ut ardeat cor meum / Sancta Mater, istud agas / Fac ut portem Christi mortem / Inflammatus et accensus / Quando corpus morietur – Amen.

INTÉRPRETES:

Emőke Baráth, soprano – Carlo Vistoli, contratenor

LE CONCERT D’ASTRÉE:

Primeros violines: David Plantier (concertino), Giorgia Simbula, Rozarta Luka, Clémence Schaming

Segundos violines: Stéphanie Pfister, Agnieszka Rychlik, Yan Ma, Yuki Koike

Violas: Michel Renard, Diane Chmela, Delphine Millour

Violonchelos: Mathurin Matharel, Annabelle Luis

Contrabajo: Ludovic Coutineau

Archilaúd: Shizuko Noiri

Órgano y dirección: Emmanuelle Haïm

El dolor que genera belleza

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Crítica para LNE del domingo 23 NO PUBLICADA con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Cuarto y último abono de la OSPA este año 2025, pues se incorporara al “Rigoletto” de la temporada de ópera ovetense. El habitual encuentro previo de las 19:15 h., tuvo de protagonista al maestro titular que volvía al podio, acompañado por Fernando Zorita, preámbulo que, lejos de ser un simple calentamiento, ayudó a contextualizar un cuarto concierto marcado por el frío invernal exterior y por un público escaso que comienza a ser preocupante. Quizá por ello resultó todavía más revelador comprobar cómo dos obras poco frecuentes en los programas sinfónicos, lograron elevar la temperatura emocional de la sala, ambas atravesadas por un ideario musical que encaja de lleno en estos tiempos convulsos: música que denuncia, pero que también reconcilia; música que incide en la herida, pero que a la vez ofrece un bálsamo. Dos páginas sinfónicas que, pese a pertenecer a universos distintos, dialogan entre sí desde la tensión entre destrucción y esperanza: la madurez amarga del francés Arthur Honegger y la fogosa juventud del alemán Richard Strauss.

Honegger y la liturgia del desgarro, su Sinfonía nº 3, “Liturgique”, H. 186, es una obra que nace como reflejo directo del trauma de la Segunda Guerra Mundial tras componer la nº 2 “para orquesta de cuerda y trompeta” (1940-41) -que esperamos poder escuchar también con el maestro Coelho en un futuro- y escrita entre enero de 1945 y abril de 1946 a petición de la Fundación Pro Helvetia estrenándose en Zürich el 17 de agosto y el 14 de noviembre de ese año en París. Miembro destacado del grupo de Les Six, vuelca aquí una visión profundamente existencial y espiritual, muy alejada del neoclasicismo jocoso que caracterizó a muchas obras del colectivo de cuyo estilo siempre discrepó. Se trata de una partitura de una lucidez casi brutal, construida en tres movimientos que adoptan como título versículos de la Missa pro defunctis, partitura que mantiene un lenguaje que une lo alemán y lo francés de este suizo nacido en Le Havre y afincado en París que nunca renunció a la nacionalidad de su padres: “La música francesa debe encontrar sus cualidades intrínsecas. el arte de Wagner y de Debussy nos lleva a la sobre valoración, los ritmos obsesivos del jazz y de la Sacre constituyen un mismo peligro de carácter hipnótico”.

El “Dies irae” inicial irrumpe con un estallido de violencia contenida. La OSPA desplegó aquí una sonoridad robusta, casi escultórica, sostenida por una plantilla generosa en el amplio sentido de la palabra, que permitió un retrato fiel del caos y de la ira que Honegger quiso dejar como testimonio. La precisión rítmica —clave para que este primer movimiento no se desborde en ruido— se mantuvo firme gracias al control del maestro Coelho, siempre atento a los planos y a la tensión interna, con un brillante coral de los trombones, el llamado por el compositor “canto del pájaro”, donde la música retorna a las profundidades de donde se había iniciado. En el “De profundis clamavi”, segundo movimiento, llegó el gran momento lírico de la velada. La orquesta encontró un equilibrio muy logrado entre densidad y transparencia, articulando un lamento que no cae en el patetismo sino que se abre a la esperanza. Fue especialmente admirable el empaste de las maderas, sostenido por una cuerda que, bajo el liderazgo de la concertino invitada Isabel Jiménez Montes, mostró cohesión además de un fraseo cálido y flexible. Coelho manejó con sensibilidad los crescendi, permitiendo que la emoción creciera orgánicamente. Contrastes entre dulzura y dureza, lo lírico alternando entre la cuerda y la madera, el tema que va aumentando su expresividad con los violines acompañados por las trompetas con sordina sin olvidarme de los acordes del piano en sus notas graves anunciando el principio del clímax, para culminar con la interpretación apasionada de las primeras frases del tema. El piccolo repite con una variación difícilmente reconocible el citado “tema del pájaro” como representación de la paloma de la paz volando sobre los escombros de las ciudades destruidas por la guerra, para terminar con una coda apacible aunque presentando un cierto carácter interrogativo. El cierre con un Andante, “Dona nobis pacem”, planteó la eterna pregunta por la posibilidad de la paz. Tras una marcha implacable, una humanidad miserable y agotada desfilando arrastrándose desesperadamente, y de atmósfera casi cinematográfica, la obra desemboca en un final que no ofrece respuestas fáciles, la visión de la paz eterna expresada por los arabescos de la flauta adornando el recurrente tema del pájaro. Es la visión de un mundo utópico dirigido por el amor y la fraternidad, un bello sueño cuyo título «danos la paz”, es la parte final del ordinario de la misa, escuchado con un silencio sepulcral. La OSPA resolvió este movimiento con una madurez tímbrica notable, destacando la claridad de los metales y la contundencia jamás excesiva de la percusión. El resultado fue un final que mantuvo la tensión sin renunciar a la luz final, esa que aparece tímidamente más como una promesa que como un triunfo. El programa detallado que Honegger escribe para esta obra se resume en la siguiente frase: “Quería simbolizar en esta obra la rebelión del hombre moderno contra el alud de barbarie, estupidez, sufrimiento, mecanización y burocracia que nos viene azotando últimamente”.

Si Honegger escribe desde la devastación contemporánea, el joven Richard Strauss recurre a Shakespeare para su primer poema sinfónico, “Macbeth”, op. 23, TrV 163 (1887–1889), el menos conocido e interpretado de Strauss, algo injusto pues se trata de una pieza profética en varios aspectos del compositor de ópera en el que Strauss se convertiría. Aquí el drama no describe la guerra moderna sino la ambición humana en su dimensión más corrosiva, un retrato musical de los protagonistas y su conflicto interior. La propia OSPA parece llevar en sus genes estos poemas, y este primero presenta ya muchas de sus señas de identidad: exuberancia orquestal, contrastes dramáticos súbitos y una escritura que exige una orquesta disciplinada pero también capaz de asumir riesgos expresivos, reflejo de la ambición, el poder y la tragedia.

Desde los primeros compases quedó claro que Strauss sienta bien a la OSPA. La orquesta asturiana afrontó las seis secciones de este poema sinfónico de atmósferas más que de personajes, aunque podamos reconocerlos por el clima tímbrico y melódico, con un sonido compacto y una evidente implicación. Coelho apostó por una lectura clara en su arquitectura, subrayando el carácter narrativo de la obra sin sacrificar la robustez sonora, que dirigirá la próxima semana a la Sinfónica de Tenerife. La tensión entre Macbeth y Lady Macbeth -dos ‘leitmotivs’ que Strauss entrelaza con habilidad creciente- estuvo bien marcada por el color instrumental, destacando el trabajo de las trompas y la cuerda grave: heroico y militar en re menor, y otro más frágil y vacilante frente a Lady Macbeth, que dibuja con líneas apasionadas en la cuerda y los vientos, de un lirismo tan seductor como ambiguo aunque parece predominar en esta narración. La ambición desbordada, el poder como fuerza destructiva y la sombra de la tragedia se plasmaron en un discurso musical fluido, de gran energía y sin excesos. El final, lejos de cualquier grandilocuencia superficial, dejó un regusto casi moralizante: el recordatorio de que todo ascenso basado en la violencia conduce inevitablemente al derrumbe.

El concierto confirmó el excelente momento de la orquesta. Compacta, disciplinada, generosa en matices, la OSPA exhibe una solidez que se está convirtiendo en signo distintivo de la etapa actual. El trabajo del maestro Coelho se percibe en cada sección: precisión rítmica, equilibrio tímbrico y una búsqueda constante de sentido musical más allá de la mera corrección técnica.

Si Jonathan Mallada escribía en el periódico LNE que se trata de “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”, la definición captura con exactitud el viaje emocional de una velada en la que el dolor generó belleza, y donde la música —una vez más— se alzó como herramienta de memoria, de resistencia y de consuelo.PROGRAMA:

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955)

Sinfonía nº 3, “Litúrgica”, H.186

I. Dies irae

II. De profundis clamavi

III. Dona nobis pacem

RICHARD STRAUSS (1864- 1949)

“Macbeth”, op. 23, TrV 163

Paz y tragedia

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Reseña rápida desde el teléfono para LNE del sábado 22 con el el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Otro viernes de abono con el ya habitual encuentro previo a las 19:15 h., esta vez junto al maestro titular y el violinista Fernando Zorita, donde preparar este cuarto concierto de poco público con frío invernal que nos traía para “calentar” dos obras muy poco habituales, con un ideario que pone banda sonora a estos tiempos tan convulsos, y donde la música es denuncia pero también bálsamo, dos páginas sinfónicas que aúnan la madurez del compositor suizo-francés abriendo, y la juventud del alemán cerrando.

La Sinfonía nº 3, “Litúrgica” de Honegger se organiza en tres movimientos con los respectivos versículos de la ‘Misa de difuntos’ que el miembro de Los Seis compuso tras finalizar la SGM y el posterior colapso (1945-46). Caos y barbarie iracunda bien retratada por una orquesta generosa en plantilla y dinámicas, después el segundo movimiento de lamento y esperanza, empaste ideal con el balance orquestal perfecto bien marcado por el maestro portugués, seguido del tercer movimiento que traería la paz final tras una marcha implacable hacia un destino indeciso donde disfrutar de una OSPA rica en matices, equilibrada en todas las secciones y la cuerda omnipresente comandada por Isabel Jiménez Montes, concertino invitada.

Shakespeare y sus tragedias han inspirado siempre grandes obras. Así “Macbeth” le sirve al joven R. Strauss para escribir su primer poema sinfónico (compuesto entre 1887 y 1889), un compositor que a nuestra OSPA siempre le ha sentado -y sonado- bien. Aquí la ambición destructora se refleja con seis secciones en un solo movimiento, plasmando cómo poder y ambición destruyen todo a su paso. Musicalmente resultó todo lo contrario: una edificante interpretación para la grandiosa instrumentación del muniqués, que siguió mostrando una orquesta compacta, disciplinada, generosa e implicada con el enorme trabajo que el maestro Coelho mantiene con generosidad y calidad en una OSPA madura y ensamblada sección por sección.

Como escribía ayer Jonathan Mallada, “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”.

Plácido Domingo 40 años después

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Plácido Domingo regresa a Oviedo después de 40 años para ofrecer una Gala extraordinaria junto a Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Oliver Díaz y la OFIL

Cuarenta años después de su última actuación en Oviedo, el legendario artista y Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Plácido Domingo, regresa a la ciudad el próximo 10 de enero para protagonizar una Gala extraordinaria en el Auditorio Príncipe Felipe.

El concierto, que cuenta con la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y el patrocinio de Riesco Abogados y Grupo Resnova, reunirá además en el escenario a la soprano Sabina Puértolas y el tenor Ismael Jordi, bajo la dirección del maestro Oliver Díaz al frente de la Orquesta Oviedo Filarmonía. 

En palabras del propio artista, “regresar a Oviedo después de tantos años, me produce una gran emoción. Esta ciudad ocupa un lugar muy especial en mí y me trae recuerdos memorables de los inicios de mi trayectoria artística en España. Estoy feliz de volver en este momento de mi vida”, ha señalado Plácido Domingo.

El programa, especialmente seleccionado para la ocasión, recorrerá algunos de los momentos más emblemáticos del repertorio operístico y sinfónico, combinando la fuerza de las grandes arias con la complicidad de los dúos y la elegancia de las obras orquestales. La presencia de Sabina Puértolas e Ismael Jordi, dos de las voces más destacadas del panorama lírico español, completa el cartel de lujo de esta producción que contará con la dirección musical del maestro Oliver Díaz, uno de los más reconocidos de su generación.

Las entradas estarán disponibles a partir de este jueves 20 de noviembre en la taquilla del Teatro Campoamor y en la web entradas.oviedo.es.

Precio localidades: Butaca de Patio 89 € – Anfiteatro 79 €.

La Fundación Municipal de Cultura señala que, con este evento, Oviedo vuelve a situarse en el centro del mapa lírico internacional, reafirmando su compromiso con la excelencia artística y la celebración de la música como patrimonio vivo.

Mozart entre dos B

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Le Carnaval, abono 3: OSPA, François Leleux (oboe y director). Obras de Berlioz, Mozart y Brahms. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con François Leleux -moderado por Fernando Zorita–.

Otro viernes donde elegir entre la ópera del Campoamor o el tercer de abono de la OSPA, así que Vivaldi me esperará en la tercera función pero este Mozart entre Berlioz y Brahms no se podía perder, y menos contando con  François Leleux (Croix, 1971) quien ya en el encuentro previo contagió su vitalidad y ganas de compartir tanta sabiduría, pues sin dejar nunca el oboe, al que casi nació pegado, la dirección le abría puertas a los grandes sinfonistas que no siempre escribieron para el instrumento que le acompaña toda la vida. Bromeaba antes del concierto con su ocupación del 80% en la dirección y «el otro 60% al oboe, matemática francesa», pues como esta vez, alternaba sus dos facetas.

El doctor Israel López Estelche en sus notas al programa presentaba el concierto como que «(…) traza un itinerario sonoro a través de tres formas de entender la orquesta: timbre, melodía y construcción; como una fuente de color inagotable, como conversación o discurso elegante y como creación arquitectónico-sonora, donde resuenan los ecos del pasado» y si le sumamos que a Leleux en sus muchos años desde el atril le han dirigido todas las grandes batutas, haciendo varias veces mención especial al gran Lorin Maazel, las obras elegidas dejarían claras tanto su concepción orquestal como su vitalidad contagiosa donde lo que busca es «compartir» tanto entre los músicos como con el público, con quien alcanzó la química que le llevó a saludar en múltiples ocasiones con ovaciones atronadores y algún que otro «bravo».

Con una OSPA cada vez más compacta sección a sección, hoy contando con Pablo Suárez como concertino invitado (esperando tener, algún día no muy lejano, cubierta esa plaza vacante desde «tiempo inmemorial», tras la jubilación de Sasha), elegir la obertura de El carnaval romano de Berlioz serviría para disfrutar de los tres elementos apuntados por el musicólogo y compositor cántabro que Leleux llevó «al pie de la letra»: el timbre sinfónico, que el compositor francés siempre trabajó como excelente orquestador (que la convierte «en un centelleante carnaval lleno de gran variedad de timbres, ritmos y melodías contrastantes, en un acto de deslumbrante imaginación sonora» como lo describe López Estelche), las melodías, que el director, como Maaazel, buscan fraseos más largos y completos, más una construcción, rica en colores tanto en el trazo como en el grosor, contando con la plantilla perfecta y bien equilibrada por la batuta de Monsieur Leleux.

Y para Mozart la plantilla se reduciría en efectivos pero no en la calidad y buen hacer por parte de todos. En el encuentro previo François Leleux nos comentó que entiende este concierto para oboe del genio de Salzburgo, compuesto con 21 años ya sin las obligaciones con Colloredo) como una ópera, y así interpretó los tres movimientos (I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto) con fiatos increíbles, fraseos «maazelianos», matices muy ricos, tímbricas alcanzando sonoridades de lo más variadas, y cada una de las cadencias virtuosísticas pero rebosantes de una musicalidad propia, con esos guiños humorísticos de Wolferl en feliz compenetración, entendimiento y concertación con una OSPA quasi camerística que le arropó y se plegó a todas sus indicaciones. Excelente interpretación de este concierto que el maestro francés habrá perdido la cuenta de las veces que lo ha tocado con las mejores orquestas, y la asturiana ya puede presumir de encontrarse entre ellas.

No podía faltar una propina donde seguir disfrutando de la magia del oboe, nada menos que Gluck y la «Danza de los espíritus benditos» del Orfeo y Euridice en esta versión que sustituye la flauta por la lengüeta doble de un instrumento rico no ya en sonido sino en emociones compartidas con una «cámara» de violines, cellos y contrabajo.

Hay sinfonías que deben escucharse al menos una vez cada temporada, pues son básicas en el repertorio orquestal sirven para poner a prueba la ductilidad y el magisterio desde el podio. La «Primera» de Brahms está entre mis preferidas (este verano en Granada quedé con sabor agridulce) y su último movimiento es la música que sirve de aviso al inicio de cada parte, para llamar al silencio previo, esta vez con toda la orquesta ya ubicada (el director francés es de los que arranca sin apenas respirar para avisar) sonriendo ante lo que ellos mismos interpretarían a continuación.

François Leleux también comentó, antes del concierto, de su largo aprendizaje que una de las claves para alcanzar una buena interpretación orquestal es «encontrar el tempo cómodo para todos», y doy fe que lo logró, pues la OSPA este segundo viernes de noviembre no solo mantuvo «el tipo» en todos los múltiples cambios que esta sinfonía del hamburgués tiene, sino que además disfrutó con los elegidos por el maestro francés. Así, el contraste del Un poco sostenuto – Allegro jugó con una primera parte profunda, lúgubre y mayestática antes del cambio brillante de la segunda, con balances muy logrados entre las secciones, sabiendo desde el podio qué hacer resaltar dentro de este legado beethoveniano de un Brahms que masticó esta primera casi 20 años antes de finalizarla. El Andante sostenuto mostró de nuevo los tres elementos (timbre sinfónico, melodías y construcción) con una cuerda homogénea junto a los vientos empastados y brillando en «sus» momentos. Un poco allegretto e grazioso resultó literal, el tempo ideal con ese toque optimista, rico en dinámicas, trompas sedosas, maderas «gustándose» (el maestro las felicitaría al final, especialmente a sus «colegas»), fraseos jugosos antes de esa «montaña rusa» que es el IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio. Los pizzicati de la cuerda sonaron poderosos en todos los matices y aires impuestos por el director francés, los timbales mandaron, los metales volvieron a ser broncíneos y las maderas brillaron como siempre. El juego de tiempos encajado a la perfección y las dinámicas amplias para engrandecer este gran final sinfónico.

Al contrario que en Granada, de donde retomo mis palabras, pero en sentido positivo, el juego de tempi funcionó precisamente por el buen encaje entre las secciones, las maderas no necesitaron «huir de la quema», los metales empastaron y prosiguieron con una sonoridad que suelo llamar «orgánica», los timbales mandando y la cuerda siempre con la homogeneidad tímbrica y una musicalidad, además de entrega, en parte por un director que supo contagiar su vitalidad para compartir tanta buena música. Mi querido Don Arturo Reverter hubiera dicho que esta vez sí hubo «sustancia».

PROGRAMA

HECTOR BERLIOZ (1803 – 1869)

Le carnaval romain: obertura

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791)
Concierto para oboe en do mayor, K. 314

I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897)

Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68

I. Un poco sostenuto – Allegro
II. Andante sostenuto
III. Un poco allegretto e grazioso
IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio

P.D.: Crítica para LNE del domingo 16 de noviembre.

Tributo al Maestro Dieter

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Domingo 9 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: «For Dieter: The Past and The Future». Benjamin Appl (barítono), James Baillieu (piano). Homenaje a Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012). Recital de lieder.

No se llamó Ben Appl porque su maestro, mentor y amigo fue Dietrich Fischer-Dieskau -como bien nos contaría el propio barítono germano-británico Benjamin Appl (Ratisbona, 1982)- hacéndole la broma quien tuvo un nombre tan largo como su carrera. Este recital fue una clase magistral de este alumno aventajado con junto al piano inconmensurable del sudafricano James Baillieu (1982), reconocimiento de las propias jornadas que se inauguraban este domingo otoñal, por ser tan necesario, o más, en el terreno del lied, donde el protagonismo va en paralelo, al igual que las horas de estudio, para alcanzar la confianza mutua, la complicidad para aunar sentimientos y emociones, más allá de unos textos cuya calidad siempre se eleva al ponerles estas músicas.

Rendir tributo al gran Dieter supone todo un reto, más con el título de «El pasado y el futuro» porque el irrepetible barítono alemán podría haber dicho que «Nada que sea susceptible de ser cantado me es ajeno», aunque todos tengamos claro que en el terreno de la «canción de concierto» sigue siendo el mayor referente, no solo por sus escritos sino por las grabaciones que muchos atesoramos como joyas en nuestras discotecas.

Dos partes donde realizar una biografía humana unida a la musical que Appl nos contó (leída alguna en castellano y el resto en inglés, también su pianista), trufando cada etapa con una sabia elección del repertorio por parte de los dos intérpretes, y que el Maestro ha legado para la eternidad, desde el primer encuentro con el Schubert único, la infancia en Berlín donde poder escuchar obras de su padre Albert y su hermano Klaus (incluido el Nocturno al piano dedicado a su madre), con la poesía de Goethe, el idioma que brillaría a lo largo de esta «Dietertiada» (salvo en Britten). Seguiría el Brahms que primero cantó, alternando con la imprescindible «compañía» de Schubert antes de los tiempos de guerra, duros pero que en Italia le llevaron a cantar a otro de sus ídolos, Hugo Wolf, mientras cepillaba los caballos nerviosos, y a quien comenzó a estudiar en 1946 cuando era prisionero de guerra del ejército estadounidense en Livorno, al sur de Pisa. También el llanto (subrayado al piano) de Tenebrae compuesto por Aribert Reimann (1936-2024), vinculando la Pasión de Cristo y el sufrimiento judío en el Holocausto, que dice en el texto (recogido por José Manuel Viana en las notas): «Apretados, como si / el cuerpo de cada uno de nosotros fuera / tu cuerpo, Señor», tercero de los Fünf Gedichte von Paul Celan (1959-1960), un ciclo dedicado a Fischer-Dieskau por el propio compositor berlinés que bien podría seguir sonando cual oración o plegaria en estos años para Ucrania o Palestina, pues tal parece que no queramos borrar esas heridas que nunca cicatrizan.

No hubo aplausos pero sí entregas como capítulos donde la voz de Benjamin Appl subrayaba cada frase, cada palabra y cada sentimiento, medias voces, apenas un mínimo exceso que James Baillieu acunaba desde el piano, reflexionaba, completaba sin palabras en una sala donde el silencio transmitía ese dolor compartido. Tiempos como prisionero de guerra donde cantar era ahuyentar el mal como el refrán que ya citaba nuestro universal Cervantes («Quien canta su mal espanta»), incluso llevar la opereta «Der Vetter aus Dingsda» a escena: Ich bin nur ein armer Wandergesell (de Eduard Künneke, 1885-1953) antes del regreso a un Berlín devastado por la guerra con Brecht y su Die Heimkehr musicado por Hanns Eisler (1898-1962 ) que me transportaría a los años oscuros por la gravedad, en todas sus acepciones, de Appl, o «la muerte» inspiradora para el noruego Grieg.

Si la primera parte resultó mezcla de nostalgia, sufrimiento, dolor y esperanza, la segunda transitaría por el Brahms de los primeros pasos como cantante, ofrenda fúnebre a la recién fallecida Clara Schumann sobre textos bíblicos, canciones que el barítono alemán ya interpretaba en casa de adolescente y recuperó tras regresar de la cautividad, una inspiración que el hamburgués eleva a la categoría de «lucha por la vida», la misma de Dieter, su primer matrimonio con Irmel, o el feliz encuentro con Gerald Moore en 1952, su colaborador fiel tantos años.

En esta gira homenaje, el nuevo tándem para esta MasterClass fue Appl-Baillieu, el amor por el piano de Schubert (An mein klavier, D342) y el reflejo de más dolor tras perder a su esposa en el tercer parto (Britten profundo y Loewe más luminoso e íntimo) y después a su madre (Eisler), canciones situadas en otra etapa de Dieter donde la música sería terapia y confesión como así nos transmitieron sus «actuales herederos«.

Pero la vida continuó para el irrepetible Dieter y llegarían otras  esposas que también figuran en el programa de mano (las traducciones de los textos se proyectaron) siendo la soprano Julia Varady (1941) la última, a quien conoció en la Ópera de Munich en 1973 para casarse cuatro años más tarde y fiel compañera hasta el último día. Esa parte de la banda sonora la pondrían Weber con Meine Lieder, meine Sänger junto su «otro compañero» Schubert vital, precedidos de la Clara Schumann brillante, antes del Epílogo, recordando la retirada como cantante el último día de 1992, aunque seguiría escribiendo, dirigiendo, impartiendo clases y por supuesto la pintura que siempre practicó, como el autorretrato de 1985 que presidió la velada, propiedad como así nos contó Ben Appl, un guiño más dentro de esta biografía cantada por y para Fischer-Dieskau, brillante colofón con An die Musik.

Pero había que desatar ese nudo en el estómago tras tantas emociones transmitidas por Appl–Baillieu, un canto que creció en la segunda parte con el piano siempre compartiendo protagonismo, y nada mejor que La trucha saltarina y dorada en el río, «recreación de los maestros«, o un brindis al maestro donde el canto «ebrio» de Schumann (de Dichterliebe, Op. 48, el nº 11 «Ein Jüngling liebt ein Mädchen») nos devolvió la alegría de saber que el Lied sigue vivo gracias a una pedagogía musical que caló en el alumno aventajado que se convertiría en amigo y terminó siendo mentor, encontrando otro caminante al piano con quien proseguir un viaje que no tiene más destino que hacernos disfrutar.

P.D.: No quiero olvidarme de las excelentes notas al programa de Juan Manuel Viana para guardar (dejo el enlace al mismo), que pese a comentar algunas obras que no se interpretaron en Oviedo, caso de Barber, Sinding o Grothe, completaron un recital magistral.

PROGRAMA:

Parte I
PRIMER ENCUENTRO
F. SCHUBERT: Liebesbotschaft, D957/1 – Am Bach im Frühling, D361 – Der Musensohn, D764

INFANCIA EN BERLIN
A. FISCHER-DIESKAU: “Heidenröslein”, del singspiel Sesenheim
K. FISCHER-DIESKAU: “Nocturne I”, de Der Mutter gewidmet op. 1/1; Wehmut, op. 3/2

JUVENTUD Y PRIMEROS PASOS COMO CANTANTE
J. BRAHMS: Wie bist du meine Königin, op. 32/9

F. SCHUBERT: Der Linderbaum, D911/5

SOLDADO EN TIEMPOS DE GUERRA 1944/45
H. WOLF: Andenken
A. REIMANN: Tenebrae

PRISIONERO DE GUERRA 1945-1947
P. I. CHAIKOVSKI: Nur wer die Sehnsucht kennt, op. 6/6
E. KÜNNEKE: Ich bin nur ein armer Wandergesell

REGRESO A BERLÍN 1947
H. EISLER: Die Heimkehr
E. GRIEG: Der Traum

Parte II
PRIMEROS PASOS DE UNA CARRERA MUNDIAL
J. BRAHMS: “Denn es gehet dem Menschen wie dem Vieh”, “Ich wandte mich, und sahe an”, “O Tod, wie bitter bist du” Y “Wenn ich mit Menschen”, de Vier ernste Gesänge op. 121

ACOMPAÑANTES Y AMIGOS
F. SCHUBERT: An mein Klavier, D342
B. BRITTEN: Proverb III, op. 74

NACIMIENTO DE SUS TRES HIJOS Y ÉRDIDA DE SU PRIMERA ESPOSA IRMEL 1963
C. LOEWE: Süßes Begräbnis, op. 62/4

MUERTE DE SU MADRE THEODORA 1966
H. EISLER: Mutterns Hände

VIDA CONYUGAL
F. SCHUBERT: Liebhaber in allen Gestalten, D558
C. SCHUMANN: Liebst du um Schönheit, op. 12/2

EPÍLOGO
C. M. VON WEBER: Meine Lieder, meine Sänger, op. 15/1
F. SCHUBERT: Litanei auf das Fest Allerseelen, D343 –  An die Musik, D547

Bach, Mozart… y Sato

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Bach y Mozart, abono 2: OSPA, Shunske Sato (violín y director). Obras de Mozart, J. S. Bach y J. Ch. Bach. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con Shunske Sato -moderado por Fernando Zorita–.

No hace falta entrar a contar lo que supusieron nombres como Herreweghe, Leonhardt, Koopman, Suzuki o Gardiner con formaciones que afinaban por debajo de los 440 Hz (o más) como en la época en la que se hacía aquellas músicas, con instrumentos recuperados o reconstruidos, de sonoridades tan distintas, más la libertad expresiva que llegaron a llamar «interpretación historicista» o «historicismo musical» (actualmente se describe como «interpretación históricamente informada«), pues se dejaba atrás la grandiosidad romántica para volver a unos orígenes no muy estudiados aún en aquellos felices 60 y 70 -mejoraría en los 80- e incluso plantearse si había necesidad de contar con un director cuando solo era ponerse de acuerdo en el tempo y compartir sensaciones.

Está claro que con Shunske Sato (Tokio, 10 junio 1984) se nos disiparon las  dudas en el encuentro previo, pues como nos contaría, estudiando en la prestigiosa Julliard School no tenía la posibilidad de encontrar lo que allí faltaba y sí podía escuchar en unas grabaciones distintas, casi prohibidas en Nueva York, sintiendo la necesidad de venirse a París donde todo le cambiaría (más el posterior salto a los Países Bajos donde durante 10 años fue director artístico y concertino de la Sociedad Bach). Todos asentimos ante Zorita en lo «obligado» de interpretar más música del barroco por parte de las orquestas sinfónicas, pues programar este repertorio es cual puesta a punto de un motor, y elegir tres compositores tan unidos y necesarios esta vez supuso un feliz acontecimiento musical, con mejor entrada que en el primero, mayor aún con un violinista que no deja de serlo, porque lo suyo no es -como bien nos dijo- dirigir, sino ejercer el liderazgo para poder transmitir y compartir su enfoque, sin perder pasión e implicar, con mucho ensayo, a los profesores. Y doy fe que se alcanzó en una hora sin pausas donde Sato en pie no se movió del escenario, como uno más pese a los distintos cambios de plantilla que supusieron las seis obras de este segundo abono.

La orquesta se dispuso «a la manera clásica» con los violines enfrentados, más dos parejas de contrabajos, por detrás de los violines, arropando el sonido global, sumando el clave de Alberto Martínez en el medio, poco perceptible pero siempre necesario, más en las obras elegidas. Después irían menguando o aumentando efectivos aunque Sato siempre fue uno más entre todos, sin soltar su violín (alternando dos arcos situados en un taburete), tocando con los primeros cual concertino, sumándose a cellos o violas, apenas marcando los inicios o pidiendo las dinámicas exactas desde su atril giratorio. Hasta en las dos obras donde actuó como solista nunca perdería su liderazgo ejercido desde la sencillez y discrección, «conduciendo» una OSPA aseada, rigurosa, implicada y hasta disfrutona, si se me permite el calificativo.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sería inicio y final del concierto, con su primera sinfonía compuesta a los 8 años, y el último movimiento de la «Júpiter» escrita en la plenitud de los 32 (fechada el 10 de agosto de 1788, y última contribución al género sinfónico), para reconocerle su aprendizaje londinense con el último hijo de «Mein Gott», Johan Christian Bach (Leipzig, 1735 – Londres 1782) cuya música Nannerl comentaba era difícil distinguirla de la de su hermano con solo escuchar cuatro compases de cada uno, tal resultó la influencia y enseñanzas del último hijo de Bach, y por supuesto el descubrimiento del Gran Padre que era inevitable, marcando esa conexión del programa: «Bach pilar de todas las músicas».

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto) pondría las revoluciones orquestales en su punto, sonoridades precisas, claras, con los aires rigurosos de los entonces tres movimientos clásicos aún influenciado por el Estilo Galante de su «english teacher» pero con una clara personalidad ya apuntada en el genio de Salzburgo, orquesta quasi camerística con oboe y trompas a pares que enriquecieron una sonoridad y estilo ya reconocibles.

Si Bach es el padre de todas las músicas, el propio Mozart orquestaría la Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878 (de El clave bien temperado) para cuerda, con Sato ejerciendo en pie de concertino impulsando cada motivo, cada frase, sumándose a cada sección para una exposición donde estudiar el genio de El Cantor de Leipzig e interpretarlo con la misma limpieza que el original para clave. Perfecto que nadie aplaudiese y así enlazar con el Concierto para violín en la menor BWV 1041,  una de las muchas joyas y partituras para los solistas donde una OSPA camerística sonó madura, adaptada al estilo y tímbrica -la sensación del ligero desafine en cellos y contrabajos es parte de ella- en tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) donde el violinista japonés mostraría todas las cualidades que le hemos disfrutado en los muchos vídeos grabados con la Nederlands Bach Society. Liderazgo y compenetración para una interpretación a la altura de la obra.

Y de «El Bach de Londres» llegaría su Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12, como la propia Nannerl Mozart diríamos que la firmaría su hermano, tres movimientos (I. Allegro – II. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto) impetuosos sin necesidad de «instrumentos de época», vientos a pares bien empastados (me encantaron las trompas abriendo su sonido como si fuesen naturales) y balanceados para una versión rica del pequeño de los Bach.

Mozart punto y final sin interrupciones: primero el Rondó para violín y orquesta en do mayor K. 373 para seguir disfrutando de Sato y la complicidad de una OSPA que se notaba entregada al placer de compartir esta música con el músico japonés: delicadeza, fraseo, presencia y pasión contenida, que Alejandro G. Villalibre comenta en sus notas al programa sobre el cuarto episodio en modo menor «… al que parece que Carlos Gardel se refería cuando afirmó en una carta “acabo de encontrar una melodía macanuda” que cristalizaría en su tango Por una cabeza« siendo «uno de los rondós solísticos de la época clásica (…) consecuencia de los conciertos a solo barrocos» como el escuchado de Bach.

Con la incorporación al orgánico de la espléndida flauta de Myra Pears bien empastada con oboes y fagotes, junto a los timbales naturales de Prentice, llegaría el broche de oro con el último movimiento (Molto allegro) de la Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551, una explosión jubilosa, equilibrada, verdadera lección contrapuntística bien aprendida por ese prodigio irrepetible en la Historia de la Música, con Shunske Sato sujetando violín y arco con la mano izquierda para marcar con la derecha, retomándolo como concertino, entregado al genio de Salzburgo con el rigor y al fin la pasión «planetaria» en un concierto que supuso comprobar el excelente estado de la orquesta de todos los asturianos, hoy conducida por un japonés que supo llevarla en todas las velocidades y marchas sin necesidad de pasarse de revoluciones con la suavidad del mejor pilotaje.

PROGRAMA:

W. A. MOZART: Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto).
J.S. BACH – MOZART: Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878, de El clave bien temperado (orq. W.A. Mozart, K. 405/3).
J. S. BACH: Concierto para violín en la menor, BWV 1041 (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai).
J. Ch. BACH: Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12 (I. Allegro – II. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto).
MOZART: Rondó en do mayor K. 373.
Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551: IV. Molto allegro.

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