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Salud para todo un espectáculo

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Jueves 6 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Teatro d’Amore, música de Monteverdi y sus contemporáneos. Deborah York (soprano), Vincenzo Capezzuto (alto), L’Arpeggiata, Christina Pluhar (directora).

Llegaba a Oviedo la gira de Christina Pluhar con el nuevo espectáculo de su formación, de esos que nunca dejan indiferentes pero con dudas sobre las reacciones del público tras la reprimenda de Sir John Gardiner (que supuso renovar los consejos en el programa).

La apuesta en la programación por conciertos distintos en formato con «sorpresas» parece que vuelve a resultar vencedora, con hora y tres cuartos sin descanso mostrando o recobrando una salud a prueba de bomba, mínimo atisbo de envoltorio pero sin llegar a mayores.

La caja escénica acortada dejó los ingredientes bien servidos: una formación más allá del barroco, músicos completos capaces de ceñirse a Monteverdi dándole un toque actual sin perdernos nada del espíritu original, alternar con músicas tradicionales que suenan frescas y entremeses ligeros ante las llamemos «obras mayores», sin olvidarnos de las danzas teatralizadas de Anna Dego (realmente un espectáculo en sí con tarantellas y pizzica), la cocina resultó natural, ecológica y digerible para descubrimiento de muchos que ni siquiera han probado o conocían la larga trayectoria de la excelente tiorbista austríaca y sus apuestas aparentemente rompedoras pero que llegan a todos los públicos, especialmente aquellos sin complejos ni corsés, recuperando la juventud, o contagiándola, en las salas de concierto.

Hasta el programa de mano resultó completísimo: textos en italiano y español que dan para recreo lector además de auditivo pese a no contar con los «originales«, la soprano Deborah York, algo corta en volumen pero comulgando de esa intimidad que desbordó todo el conjunto, y el impresionante Vincenzo Capezzuto, voz natural y divina, alto ideal en las canciones tradicionales de su Italia, hasta pareja de baile, sin olvidarnos de su «Amor» (Lamento della Ninfa del octavo libro de madrigales de Monteverdi) sentido y cantado como nunca, humano y divino desde la pureza. Hasta las notas al programa de María Sanhuesa son para guardar, conjugando talento y poesía, contagiada de un repertorio que sus palabras expresan a la perfección y con un final del que deseo extraer: «Los cortinajes del escenario de nuestros sentimientos caerán con el motete para voz, solista y continuo (…) De lo profano a lo sacro, amor, dolor, indiferencia, tarantulados, filósofos, asesinos… ¿vida y teatro no son lo mismo?».

Más que escribir de las obras, pues dejo el programa escaneado, esta vez quiero dedicarme a los instrumentistas que individualmente pudieron lucirse y también en conjunto, pese a una combinación tímbrica algo similar en cuanto a cuerdas punteadas pero sin estridencias, siempre rica en los formatos y presencias desde una dirección discreta aunque medida al detalle incluso en las improvisaciones.

Doron David Sherwin con el dificilísimo corneto sacó toda la rica paleta de un instrumento evocador de otros y con identidad propia, contracanto de violín, vocal, protagonista con pinceladas siempre de genialidad. Veronila Skuplik logró momentos virtuosos en improvisaciones, ciaccona y especialmene «La Vinciolina» de Mealli, Sonata para violín solo, op. 4 que fue acompañada muy tenue por la tiorba, intimismo y delicadeza llena de virtuosismos. El siempre triunfador (más en casa) David Mayoral capaz de hacer hablar un djembé o darbuka, manejar las castañuelas como si Lucero Tena se reencarnase y sobre todo dar ese colorido a cada obra, ritmo de jazz o tarantella italiana, subrayado de cada melodía con el instrumento preciso. Boris Schmidt al contrabajo siempre en «pizzicato» que convence desde la técnica y nos hace preguntarnos cómo no usarlo antes para Monteverdi, auténtico sustento sonoro y hasta melódico completando polifonía global. El grande, en todos los sentidos, Francesco Turrisi es un jazzman que no sólo le dio a las teclas del clave o el órgano positivo que en momentos puntuales, y como requerían algunos arreglos de Pluhar, parecía un Hammond®, sino que encumbró la melódica a protagonista (como en la Penguin Cafe Orchestra), «cantábile» intermedia entre la armónica popular y el teclado mayor, participando también con los parches en escenas bailadas.

Dejo para el bloque final a Margit Übellacker que sacó del salterio el brillo que necesitaba por momentos el clave o el órgano, completando paleta sonora, incluso con solos difíciles siempre en esa atmósfera de intimismo que la salud del respetable colaboró a mantener; Marcello Vitale con las guitarras barroca y «battente» alternó rítmicas y punteos, luciéndose como los flamencos en las canciones tradicionales cantadas y bailadas, como la clavecinista y organista Haru Kitamika de discreción intrínseca más por el resto «punteado» que por unas intervenciones siempre claras y bien ornamentadas aunque diluidas en esa nube de cuerdas.

Christina Pluhar mantuvo con la tiorba esa nebulosa de la que emergían puntualmente sus músicos, pero con dirección siempre atenta y trabajada con unos intérpretes que saben dónde están, girando de la pureza a la recreación desde el respeto y amor a la música de Monteverdi. Vida fluída, reencarnaciones y teatro musical servidos como Purcell pero con la salsa italiana que agradó a todos, con dos propinas de tarántula y el «Hallelujah» de Leonard Cohen, todo un bonus track en la voz de Capezzuto y breve dúo de York, que no desentonó entre el resto de compañeros de programa.

Dos bandas en una

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Domingo 2 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Antonio Cánovas Moreno (saxofones), Francisco Vigil Sampedro (director). Homenaje al compositor Manuel Lillo. Obras de Julius Fučík, Satoshi Yagisawa y Manuel Lillo Torregrosa. Entrada libre.

De mis notas, que suelo tomar sobre la marcha en mi agenda de bolsillo cuando me enfrento a obras nuevas, quiero dejar las siguientes:

La obertura Marinarella, Op. 215 de J. Fučík (1872-1916) es una obra compuesta en 1907 y muy conocida y programada normalmente por las bandas de música europeas, alegre, con intervenciones de toda la agrupación muy al gusto patriótico que retomarán los norteamericanos, juegos en 3/4 a uno sin pausas antes de la parte melódica y «da capo» al tema fuerte antes de un puente lento en los instrumentos graves con intervenciones solistas de clarinete cuidadoso en diálogo con oboe y flauta «muy Grieg», tubas ambientando antes de la entrada de la sección de «cañas» y resto de maderas con metales en la base. Aunque podamos escucharlo en YouTube® no me resisto a seguir comentando lo escrito sobre la escucha, el otro tema tras el puente en unísonos antes de la aparición de un tema folklórico de reminiscencias zíngaras en un acelerando triunfal con todos los fuegos de artificio al uso y con oficio sonoro, bien equilibradas todas las secciones antes de la vuelta al 3/4 en flautas, clarinetes, todo muy lírico junto a la trompeta solista que desemboca en un «tutti» manteniendo el compás y un acelerando hacia el final de lo más efectista en una obra en torno a los diez minutos.

Capítulo aparte merece el estreno en España de «Mystic Quest», Concierto para saxofón del japonés Satoshi Yagisawa (Tokyo, 1975) en tres movimientos con Antonio Cánovas de solista con los saxos alto y soprano. Arranca esta obra con una introducción que me recordó al mejor Bernstein para una banda casi cual orquesta ligera, con un «tutti» donde no falta la percusión antes de la primera entrada del saxo alto en una instrumentación impresionante y con dinámicas muy logradas, empaste, juegos de planos sonoros, tiempos sin respiro para texturas bellas en el saxo solista sobrevolando y bajando a la masa sonora para volver a remontar en un planeo majestuoso. Buen tratamiento de cada sección de la banda, compositor conocedor de la tímbrica a la perfección y los ingredientes de un concierto llevados a rajatabla.

El segundo movimiento, lento, será protagonista el saxo soprano, sumándose el arpa, con maderas detallistas y pequeños toques en tubas y sección de saxos creando el clima previo a la entrada del solista en una melodía extrema de registros sin perder nunca el color que realza la entrada de toda la banda y un breve puente a solo antes de ser arropado por toda la agrupación. El agudo del saxo soprano del Maestro Cánovas siempre contrastado con los graves de la banda, pasajes rápidos y virtuosos dibujando espacios siempre llenos por el tutti, dando paso a la obligada cadencia que explora toda la tesitura del saxo soprano, fraseo vocálico cual aria operística, misticismo del título sin perder armonizaciones clásicas y cercanas al oído, climas hasta el clímax, emociones de aire por el aire y desde el aire con el toque mágico del arpa.

El último movimiento retoma el solista saxo alto para un tempo movido, épico, casi cinematográfico, juguetón en el solo y las contestaciones de la banda, ascensos y descensos bien construidos desde una sonoridad clara bien arropada por una instrumentación muy trabajada y cuidada desde una escritura realmente de calidad. Vuelta al soprano como protagonista para completar registros agudos inalcanzables, melódicos cual saxo inabarcable, inmenso en la vuelta al alto, dos instrumentos en uno rematando melodías con mordentes, ataques secos, silencios justos y tejiendo un masa redonda donde cada sección de la banda aporta su color. El «tutti» con el solista tocando a unísono la melodía bien vestida antes del acelerando final dará paso a su última cadenza de vértigo, saltos y registros en las fronteras, silencios luminosos ante lo que sigue, siempre cantabile desde el virtuosismo y color de un saxo tenor rotundo, como otra aria final «a capella» rota por el arpa y los bronces en grave preparando un final «de película», policoralidad y épica por ese toque militar de marcha, vuelo de un águila muy americana hecha saxofón desde el magisterio y sonido único de Antonio Cánovas. Unos veinte minutos para una obra donde la banda ovetense que dirige el Maestro Vigil, sonó con acento asturamericano, de tímbrica propia y sin folclorismos sonoros.

Sin descanso llegó el homenaje al maestro alicantino Manuel Lillo Torregrosa (San Vicente del Raspeig, 1940), desde 1959 a 2010 requinto (clarinete en mi bemol) solista de la Banda Sinfónica Municipal de Madrid, compositor que sobrepasa las 600 obras -más de 100 sinfónicas- que devolvieron el color típico de las bandas de música valencianas sobremanera, terreno donde siempre se ha movido como pez en el agua, y partituras que no esconden un casticismo algo rancio pero cercano al público, que casi llenaba la sala principal del auditorio en el día de difuntos.

Estreno en Asturias del Fandango de un torero (estreno absoluto 16 de junio de 2013, Castellón), apenas cinco minutos de duración que presenta una introducción muy al uso del compositor en sonoridades: trompetas, percusión y clarinetes con un ritmo muy claro y evocador. Cada sección va tomando su protagonismo en una escritura algo trillada, incluso en el cambio a ritmo de marcha muy de su tierra en cuanto al recuerdo de «Moros y Cristianos», ciertamente agradable pero poco renovadora musicalmente hablando. Hasta el uso de las castañuelas dan ese toque «casposo» por la referencia tan directa, sin estar claros nunca los planos sonoros, excesivos siempre, y donde la melodía luce más por frecuencia (tesitura) que por escritura.

Más ambiciosa es «Mares lunares», Suite sinfónica (estreno 18/02/1996) de unos veinte minutos de duración, la primera vez que se escuchaba en Asturias, obra organizada en cuatro números más líricos en sus títulos que en la partitura, y es que dentro de cierta unidad evocadora desde las diferencias, el lenguaje instrumental resulta deudor de muchas influencias, amén de su afición por la astronomía. Mar de vapores tiene un inicio descriptivo, tormentoso, en fortísimos y reguladores dinámicos varios, con trompas y arpas muy marineras antes del excelente solo de corno inglés con las tubas de fondo antes de tornarse en ritmo ternario de salón muy movido con intervención de un xilófono bien utilizado y un tempo de vals casi ruso con recuerdos a Shostakovich en concepción, instrumentación e incluso armonías. Delicados los instrumentos graves, brillante el xilófono, clara la madera de los clarinetes y cambios rítmicos internos sin perder de vista el ternario.

Mar de las crisis con las trompas nuevamente en el inicio nos llevaron al mar «debussyano», con caja marcial y melodías orientales, escritura modal en vez de tonal con intervenciones siempre acertadas de clarinete bajo y fagot, crescendi instrumentales casi ravelianos por la siempre presente influencia francesa en esos mares impresionistas más que de crisis desembocando en un pasaje «pianisimo» y melódico bien logrado antes de retomar una melodía más de los mares de China, pequineses desde la trompeta con sordina y los saxofones retomando protagonismos compartidos entre nuevos reguladores y cierta marcha al cadalso «berlioziano» con final fuerte y seco.

El Mar de Néctar trajo oleaje en los saxofones y clarinetes con recuerdos de Mendelssohn, mares del norte antes de las flautas ternarias y el binario yunque con clarinetes para volver al dulce tres por cuatro que quiere y no puede en su pugna con el binario vencido en oleaje por un «tutti» que se apodera dulce aunque machacón, de color «labanda» en clarinetes algo agresivos por su tímbrica aguda para poner más sal que azúcar antes de volver a la calma chicha más matizada y «senza tempo» desembocando en un final brusco como de la ola traidora que siempre nos moja aunque sea mar lunar.

El Mar de las lluvias mantuvo el oleaje con un virtuoso xilófono, clarinetes en ostinatos, saxofones llenando pausas y un cierto ritmo de foxtrot con melodía en los bajos contrapuesta a los clarinetes en el más puro estilo de música de banda tan distinto al del japonés. Es difícil apostar por algo nuevo y parece usar clichés aprehendidos y reelaborarlos, agradecidos para el gran público, todo muy espectacular buscando el efecto deseado pero que personalmente no me aportó nada nuevo excepto el oficio de un compositor conocedor de la materia prima al que se le rendía homenaje en vida, estando presente en la sala y pudiendo disfrutar con su música, que es lo mejor que podemos brindarle. El final de esta suite resultó cual preludio zarzuelístico tras mostrar todos «los palos» en sus cuatro mares de luna.

Tras las gracias del maestro Vigil al homenajeado compositor alicantino, la propina del pasodoble Quiosco del Retiro (18/09/1994) de lo más académico y «ad hoc» para banda de música en todo, oficio más que calidades, algunas armonías buscando romper sin llegar a alcanzar vanguardias, manteniendo el casticismo en el buen sentido de la palabra, melodías pegadizas, dúo de trompetas o «tuttis» muy previsibles en todo el desarrollo. La banda ovetense mostró calidad aunque exagerando en momentos donde no se lo pedía el maestro, dejándose arrastrar por una partitura casi popular.

El propio Manuel Lillo subió al podio para dirigir nuevamente su pasodoble, esta vez distinta, directa del compositor, más pausada y matizada con todo el respeto de la banda ovetense hacia el maestro, sonando con más sabor y dulzura finalizando con el respetable dando palmas a petición del propio compositor a ritmo marcial que fue lo que faltó, desfilar para rematar un sentido homenaje.

Sir John impuso el silencio con la música

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Domingo 26 de octubre, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Ann Hallenberg (mezzo), Orquesta Revolucionaria y Romántica, Sir John Eliot Gardiner (director). Obras de Beethoven y Berlioz.

Es triste que la megafonía tenga que avisar al «respetable» cómo comportarse o amenazar en nombre del señor director que de persistir la mala educación se vería obligado a detener el concierto. También es triste y hace sentir vergüenza ajena, que solo «por las malas» y a base de imperativos, todo funcione como debería, dado que la incultura, falta de civismo o directamente grosería de parte del público lleva tiempo siendo preocupante. No es ahora el momento de detenernos en esta cuestión, pero me hace interrogarme por las causas de esta situación, así como no llenar el auditorio cuando programa e intérpretes pasarán a la historia musical local, con un horario dominical más europeo y hasta una climatología benigna, casi veraniega cuando esperan los santos a la vuelta de la esquina.

Atesoro grabaciones que con el tiempo resultan joyas, y así guardo la integral de las sinfonías de Beethoven que ya tienen 20 años con los mismos intérpretes de este concierto único e irrepetible, incluso la primera aproximación a Berlioz, sin olvidarse de Brahms. No están tan distantes pero sí (re)posados y los oídos cada vez más hechos a estas sonoridades de las que Sir John y esta orquesta, más romántica que revolucionaria tras sus bodas de plata, nos ofrecieron con el directo siempre único y la interpretación de las dos «B» que resultaron literalmente «BBB» no ya de muy buenas sino de magistrales.
La Obertura Leonore nº 2, op. 72a de Beethoven nos dejó con el alma en un puño desde el primer acorde, con unos silencios, rotos por la «legión revientaconciertos», sobrecogedores, realmente preparatorios de una acción que la música del sordo genial prepara en cada nota para su Fidelio. Instrumentos originales, colocación, sonoridades cuidadas al detalle y la sabiduría de la batuta del maestro con una orquesta entregada, atenta, tocando todo lo escrito pero plegada a cada gesto de su líder. El solo de trompeta desde el segundo piso redondeó una Leonora magistral como Beethoven probablemente la hubiese querido escuchar.
Les nuits d’étè, op. 7 (Berlioz) con esta formación son seis delicias para voz (tenor o mezzo) y piano con los poemas de Gautier que orquestadas por un dominador como el francés e interpretadas desde el buen gusto tanto por la mezzo sueca como desde el sonido aterciopelado de «la orquesta de Gardiner», resultaron íntimas, dulces sin almibarismos, contrastadas y románticas de trazo fino. Ann Hallenberg en esta gira forma parte de un trío que completan según calendario y disponibilidades Susan Graham y Anna Caterina Antonacci, tal vez más apropiadas para esta obra temprana del francés que la sueca, pero su musicalidad, correcta emisión, grave débil pero consistente y ausencia de estridencias, siendo arropada en cada uno de los poemas por una orquesta cual guante para su voz, nos dieron una versión más que aseada de esta maravillosa partitura, especialmente en Le spectre de la rose y L’ile inconnue.
El aviso amenazante por megafonía tras el escándalo de ruidos, toses, portazos y demás durante la primera parte, surtió el efecto deseado y cual liturgia profana en total silencio, pudimos escuchar la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67, «la Quinta de Beethoven» con todo el poder musical de transportarnos al momento de su estreno en tarde otoñal tras «noches de verano» antes del descanso, violines en pie, metales también durante sus intervenciones siempre ajustadas. No es cuestión de descubrir cualidades de intérpretes o de una obra maestra, pero desde el inicio Gardiner marca las diferencias: Allegro con brio, el tiempo justo, casi metronómico leyendo todo, marcando todo, manejando dinámicas y agógica con el magisterio reconocido y una orquesta plegada, disciplinada, esforzada en responder a cada llamada desde el podio. Poder escuchar todas las notas escritas por Beethoven en el plano justo es casi milagroso en directo pero funcionó y de qué manera.
El Andante con moto dibujó el rigor con la esquisitez del mando bien entendido, matices extremos sin perder compostura ni unidad sonora, la lectura al pie de la letra con las duraciones exactas de cada figura, de cada silencio, los crescendo, ataques, fraseos, equilibrio entre las secciones. Otra maravilla.
Un poco de aire y afinación fueron aprovechados por algún desconsiderado que se atrevió a toser aunque «mezzoforte» antes de afrontar los dos movimientos que quedaban. El Scherzo nunca lo volveremos a escuchar igual, creador de intrigas en una cuerda presente nada hiriente, pasajes delineados a la perfección, la transición al Allegro con maderas nobles y la aparición brillante de un «tutti» como nunca en el final, todo medido pero exhuberante en calidades sonoras, ambicioso de principio a fin, destacando hasta el «piccolo» de madera colocada la intérprete atrás y arriba con los trombones para no sobrevolar en su tesitura y frecuencias ni un ápice por encima del resto, discreción sonora sin perdernos ni una nota. Músicos humanos, alguna nota falsa (normal en instrumentos naturales) e incluso alguna entrada mínimamente fuera de sitio, pero que nunca empañaron una visión de conjunto que Gardiner entiende desde hace muchos años, más con esta orquesta adaptada a repertorios clásicos y románticos que todavía nos dará alegrías y nuevas grabaciones.

Cuando el concierto es sagrado, los silencios son tan importantes como la propia música, y solamente Gardiner cual máxima pontífice, logró alcanzar el milagro interpretativo. Otro hito para Oviedo y su auditorio.

Voz y Verso

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Lunes 6 de octubre, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio, Oviedo. Recital «Voz y Verso»: Juan Noval-Moro (tenor), Borja Quiza (barítono), Ángel Cabrera (piano). Obras de Schubert, Schumann, Wolf y Mahler. Organizado por la Asociación Lírica Asturiana «Alfredo Kraus». Entrada: 10 € (+ 1 € por «tramitación» por TiquExpress).

El Lied es la forma por excelencia que combina canto y piano, voz y verso como titulaba este concierto la asociación presidida por Carlos Abeledo, que sigue apostando por la música de cámara, esta vez con un dúo asturgallego y un pianista manchego sin el que no podríamos concebir un recital donde el piano es tan importante como la propia voz. Añadir el placer de poder seguir la traducción en vivo de los textos en alemán sobre unas fotografías bellísimas de Carlos Briones.

Dejo aquí el programa con anotaciones puntuales sobre la marcha, destacando el trabajo de ambos cantantes, especialmente del poleso por su memoria para todas sus intervenciones, y de nuevo el piano siempre seguro y pendiente de la voz como debe ser siempre y más en un recital con autores históricos en el terreno del lied.

El recital lo comenzaba el barítono gallego nada menos que con Schubert y Gesänge des Harfners, Op. 12, falto de intimismo y exceso de tensión en los agudos así como una musicalidad que no se correspondía con los textos, tal vez buscando una expresión romántica centrada solamente en la parte musical que nunca es suficiente, y más con referencias de grandes que han afrontado estas canciones con palabras de Goethe. Wer sich der Einsamekeit Ergiebt fue el primero de los números con un Quiza aún sin entrar en calor, Wer nie sein Brod mit Thränen ass donde la fuerza canora no encajaba con la dramática, y finalmente An die Thüren will ich schelichen que redundó en lo mismo.

Juan Noval-Moro se enfrentó con Dichterliebe, Op. 48 de Schumann, el «Amor de poeta» con dieciséis «microrrelatos» de Heine llenos de intensidad condensada donde el tenor asturiano hubo de realizar cambios anímicos en breve espacio de tiempo siempre bien ayudado desde el piano: Im wunderschönen Monat Mai de buen clima global pero agudos algo «apretados», mejor Aus meinen Thränen spriessen y la rápida Die Rose, die Lilie, die Taube con dificultades para captar todo lo que el idioma alemán esconde en esta canción; Wenn ich in deine Augen seh’  lenta y de intimidad conseguida con contrastes bien marcados; Ich will meine Seele tauchen’ siempre traicionera y debiendo cuidar en no descolocar la voz al abrir en vocales; Im Rhein, Im heiligen Strome presentó unos graves oscuros pero logrando todo el  dramatismo de un número subrayado siempre por el piano; el hermoso y conocido Ich grolle nicht personalmente resultó el lied mejor en todos sus aspectos; Und wüssten’s die Blumen sonó ligero y de dinámicas amplias con un piano exigente frente a un Das ist ein Flöten und Geigen de compás ternario demasiado marcado para mi gusto pero bien cantado; más íntimo el décimo número Hör ich das Liedchen klingen, casi a media voz para degustar esos textos siempre dolorosos y casi susurrados, nuevo contraste con la alegría bien transmitida de Ein Jüngling liebt ein Mädchen. Como si cada página fuese convenciéndonos a todos, Am leuchtenden Sommermorgen la escuchamo como «esas mañanas de estío», recogidas en el canto y nuevamente con un piano perfecto complemento de la voz. Ich hab’ im Traum geweiner conmovió con los silencios subyugantes referidos a la muerte, solamente rotos por el ruido del aire acondicionado que no cejó a lo largo del recital. Allnächtlich im Traume nos trajo algo de luz pese a las lágrimas del texto y esa congoja tan de Schumann, llegando más claridad y ligereza en Aus alten Märchen por parte de tenor y pianista antes de concluir con Die alten bösen Lieder, remate con fuerza en ambos intérpretes y ese delicadísimo  final del piano tras la tempestad anterior. Impresionante la evolución del tenor poleso a lo largo de este ciclo exigente para cualquier intérprete.

Breve descanso para afrontar la Peregrina de Hugo Wolf con el mismo peligro de descolocar o cambiar el color de voz al abrir las vocales de los textos de Mörike, traicioneras siempre, resultando mejor los pianissimi aunque los crescendo peligrasen en homogeneizar registro y color; el segundo número nos mostró unos buenos medios y matización menos exagerada que en el primero, salvo los agudos donde primó emisión sobre emoción en otra demostración de poderío y trabajo por parte de nuestro tenor.

Como si de una lección histórica del «Lied» no podía faltar Gustav Mahler de quien Borja Quiza cambio el orden programado de los Rückert-Lieder, por otra parte algo habitual y buscando cierta regulación anímica que creo resultó positiva aunque no del todo completa: Liebst du um Schönheit, personalmente con excesivo volumen para un texto que no lo exige; Blicke mir nicht in die Lieder mucho mejor sin necesidad de sobreactuar vocalmente y donde el piano es quien recrea y subraya unas palabras que dan mucho juego tanto en la pronunciación como en su significado; Ich atmet’ einen linden Duft! es la respiraciónde esa dulce fragancia donde el barítono comenzó a  centrarse tanto en tema como expresión hasta «abandonar el mundo» de Ich bin der Welt abhanden gekommen, más contenido inicialmente para ir creciendo en dinámicas y jugar con ellas a pesar de una sensación de ligera desafinación o voz fuera de lugar mejorando el final de registro grave y medio para un fortísimo excesivo antes del pianísimo final de las últimas palabras «In meinem Lieben, in meinem Lied» y llegar la medianoche, Um Mitternacht donde nuevamente el barítono de Ortigueira exageró en el agudo rompiendo esa intimidad necesaria como confundiendo intensidad emocional con dinámica, mejor la media voz en toda la tesitura y ese final potente para las palabras finales cargadas de todo el simbolismo que queramos ponerle.

El punto final resultó de nuevo Schumann a dúo con el Blaue Augen hat das Mädchen de las Spanische Lieber-Lieder sobre textos de Juan del Enzina, buen empaste de ambas voces transmitiendo la alegría de los «ojos garzos ha la niña» traducidos al idioma de Schiller que no perdieron emoción en ningún aspecto.

De regalo otra «del mismo precio» si yo fuera un pajarito aunque cantado como Wenn ich ein Vöglein wär realmente hermoso y con buen gusto.

Difícil para todos así como exigente el recital de este lunes que pone en valor lo que supone preparar conciertos de lieder poco agradecidos para los no iniciados y durísimos para los intérpretes. No sirve con leer la partitura, sentirla en un idioma ajeno y extraer la carga emocional de cada palabra, cada párrafo, cada color vocal, sigue siendo asignatura pendiente aunque optativa de muchos jóvenes cantantes actuales. Borja y Juan se han atrevido, aunque la nota no haya sido la misma. El sobresaliente para Ángel, no siempre valorado como la mayoría de los pianistas mal adjetivados acompañantes: ni una obra de las escuchadas tendría la misma carga emocional sin su interpretación cuidada en cada poema hecho música.

Despedida agridulce

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Viernes 6 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura temporada OSPA, Abono 14, Renaud Capuçon (violín), Rossen Milanov (director). «El mundo de ayer», obras de Berg y Mahler.

Sabor vienés, amores eternos, referencias al pasado, calidades contrastadas y distintas concepciones de una realidad siempre cambiante. Así se me amontonaba el día después las sensaciones del último concierto de la OSPA para los abonados y antes de su rápida gira por Bulgaria, tierra del maestro titular donde Asturias sonará con nuestra mejor embajadora cultural.

La conferencia previa a cargo de Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa que aparecen, como casi siempre, enlazadas en el inicio con los autores, la más nutrida de las programadas a lo largo del curso musical, nos preparó para lo que vendría a continuación, completando con magisterio tal vez demasiado arduo y técnico para el público asistente pero siempre de agradecer. Escuchándole parecía estar describiendo, con matices, nuestra actualidad aunque Austria no sea Asturias pese a que Oviedo  y Viena programen casi las mismas actividades musicales sin tener los «pesos pesados» de la época que bebieron y vivieron Mahler y Berg.

El Concierto para violín «A la memoria de un ángel» (1935) de Alban Berg es difícil no ya de interpretar sino de digerir por el público pese a ser una obra conmovedora de principio a fin donde el violín transforma sentimientos en música desde un dodecafonismo pleno de expresión, y el gran Renaud Capuçon transmitió dolor, pasión, poesía, en un diálogo con la orquesta que se adaptó al mismo como un guante de seda perfectamente guiado por Milanov. Obra dedicada a la muerte de Manon, la hija de Alma Mahler y Gropius, se estrenó en Barcelona, siempre a la vanguardia por geografía y cultura, suena actual y desgarradora en igual proporción como ajena para muchos de los presentes que prefieren otro canon de belleza menos conflictivo y más «cómodo de escuchar». Los intérpretes apostaron por el primer caso, lirismo desde el dolor, referencias escritas a corales bachianos donde la sección de viento me transportó a los órganos de Leipzig y el violín de Capuçon puso la voz sin palabras a esta obra que va unida a su propia vida. Impresionantes sonoridades desde dinámicas amplias por parte de todos. De regalo el violín desgranó la hermosísima e intimista «Danza de los espíritus» del Orfeo y Eurídice de Gluck que pareció acallar tripas tras las tensiones de Berg, versión solística llena de la musicalidad que el violinista francés atesora.

El número de mahlerianos en el mundo aumenta cada día, su tiempo ha llegado hace años y es imposible actualizar grabaciones de sus obras o bibliografía, por lo que cada uno tiene sus preferencias y enfoques desde el conocimiento de sus obras. La Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-1902) la diseccionó perfectamente Daniel Moro en la conferencia, sin olvidarse del famoso Adagietto que un genio melómano como Visconti utilizó en «Muerte en Venecia», recordando que con ser el movimiento más corto de la quinta, su duración oscila entre los siete y los once minutos, algo que comentaré más adelante.

Me quejaba una plantilla todavía corta para la OSPA en la presentación de la próxima temporada y es que «La quinta» de Mahler volvió a ponerla en evidencia. El esfuerzo que tuvo que hacer la cuerda para conseguir equilibrar la masa sonora del resto de secciones fue ímprobo por momentos, y tampoco puedo compartir la versión de Milanov que estuvo falta de la necesaria continuidad en sus cinco movimientos, tres partes así concebidas por el propio Mahler, resultando desde mi propia «miopía auditiva» como visiones pintadas desde distintas técnicas:

La Trauermarsch (Marcha fúnebre) arrancaba con un excelente sólo de trompeta que pintaría un óleo a espátula, más sensaciones que líneas desde una búsqueda de tímbricas y volúmenes difíciles de equilibrar. El Stürmisch beweget, mit grössler Vehemenz (Arormentado, agitado, con gran vehemencia) fue como aguada con tinta china o acuarela que exige pintar con soltura al impedir la corrección una vez plasmado en el papel, borroso finalmente por una ausencia de continuidad melódica en detrimento de esa «vehemencia» por parte del director hacia los músicos, con pequeñas manchas en intérpretes otrora seguros.

El enorme Scherzo Kräftig, night zu schnell (Vigoroso, no muy rápido) fue el fresco lleno de color, pletórico en sonoridades donde Morató brilló cual solista de concierto bien arropado por sus seis compañeros, poniendo contrapuntos excelsos el resto de metales, percusión en dosis apropiadas y la cuerda esforzándose al máximo aunque faltase el contrapeso de los graves con cinco contrabajos algo cortos en sonoridad y redondez.

El equilibrio de líneas cual aguafuerte llegaría en el famoso Adagietto. Sher langsam (Muy lento) que permitió a la cuerda con el arpa disfrutar en la ejecución, por otra parte demasiado lenta y cercana a los once minutos (que me perdone Neira) distantes de un Bruno Walter más ajustado a los siete recordando que no es «Adagio» sino «Adagietto» aunque pueda comprender ese placer de alargar el disfrute de esta bellísima página en la interpretación de la sección estrella de la OSPA, pero la declaración de amor de Gustav a Alma es hermosa per se sin necesidad de amaneramientos. Comprendo que Milanov detuviese el arranque ante el siempre inoportuno carraspeo de este cuarto movimiento, inicial de la tercera parte, y retomase el inicio pianíssimo con un arpa de sonido algo hiriente en vez del sedoso a que nos tiene acostumbrado. Para el Rondó – Finale. Allegro optó el búlgaro por colores brillantes y explosivos, exigentes en maderas y metales bien compensados pero de nuevo «apretando» a una cuerda que sonó como si tuviesen el doble de efectivos, óleo sobre madera más que lienzo mezclando con trazos broncíneos o pan de oro homenaje sonoro al tocayo Klimt siempre asociado a Mahler en tantas portadas de discos.

Fantástica obra en interpretación algo desigual aunque disfrutándola como siempre, como la propia lucha interior de Gustav Mahler o de cualquiera de nosotros, la eterna dualidad, agrio y dulce, vida y muerte, placer y dolor para corroborar que «no hay quinta mala», poniendo broche a una temporada con altibajos de la que siempre nos quedaremos con lo que más no hizo vibrar, disfrutar plenamente. Veintitrés años de orquesta, dos con Milanov de titular que está creciendo con ella, aunque se avecinen tiempos de cambio, esperando que los tres restantes eleven la calidad a cotas de excelencia.

Harding Scala al Nuevo Mundo

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Sábado 31 de mayo, 20:00 horas. Concierto extraordinario Fin de temporada, XV Años del Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Filarmonica della Scala, Daniel Harding (director). Obras de Rossini, Puccini, Mascagni, Leoncavallo, Verdi y Dvorak.

Con equívocos informativos varios como prensa y programación general anunciando Beethoven y Mahler con Essa Peka-Salonen en la dirección, la certeza estuvo en un excelente concierto para conmemorar quince años del «templo musical asturiano» y cerrar mes así como temporada del ciclo «Conciertos del Auditorio», nuevamente nuevo con figuras mundiales sobre el escenario, la orquesta del foso operístico milanés con el inglés Daniel Harding al frente In memoriam Claudio Abbado, curiosamente sin haber dirigido en vida ninguna de las óperas programadas como cuenta Carlos García de la Vega en las notas al programa, pero que seguramente las habría llevado en la línea escuchada este último sábado de mayo donde se alcanzo un deseado lleno en el auditorio carbayón. Harding ya dirigió en Oviedo hace cuatro años la Mahler Chamber Orchestra, fundada igualmente por Abbado, dejándome entonces un sabor agridulce, aunque esta vez pareció otro, puede que por las diferencias entre ambas formaciones y el repertorio elegido.

La orquesta filarmónica fundada con los músicos de la ópera de La Scala por Abbado en 1982 surge para «salir del foso» y abordar repertorios sinfónicos, aunque la crisis parece ir en dirección contraria y «reciclar» las sinfónicas para interpretar también óperas. Está claro que una gran orquesta funciona con cualquier repertorio, y más si al frente hay una batuta solvente, como sucedió con Harding (Oxford, 1975) veinte años desde su debut en Birmingham, y la Filarmonica della Scala.

La plantilla resultó ideal y su colocación vienesa perfecta para lograr un sonido de disco: contrabajos atrás a la izquierda, percusión al fondo y metales agrupados de centro a derecha incluyendo aquí las trompas, con solista ovetense (Jorge Monte de Fez) para quien no faltaron aplausos individuales. Impresionante la calidad alcanzada por esta orquesta donde hubo brillo, tensión, limpieza, presencia, gama dinámica amplísima, disciplina y todos los calificativos que queramos, plegados al gesto siempre exquisito de Harding, claro y preciso, marcándolo todo mientras dejaba a los músicos compartir ese disfrute musical, sobre todo en la primera parte que resultó como una promoción del producto deseado.

La música instrumental de las óperas habituales en la Scala milanesa ocupó la parte esperada por un público mayoritariamente lírico en este concierto, arrancando con el solo de cello inicial de la obertura de Guillermo Tell (Rossini) antes de alcanzar la parte más conocida, ciertamente algo fríos y todavía calentando, aunque los siguientes tres intermedios, pausados y tranquilos desde el podio, resultaron «in crescendo» de emociones y calidades: Puccini y el inicio del tercer acto de Manon Lescaut, segundo solo de cello, Cavalleria rusticana (Mascagni) descubriendo mismas raíces y dramatismo que en el de Lucca, culmen de intensidad emocional con Pagliacci (Leoncavallo), sonido convincente en cada sección y solistas convencidos, conocedores de un repertorio amoldado siempre a la dirección del momento, y Harding optó por la pulcritud confiando la sensibilidad a sus músicos. Para cerrar Verdi y la obertura de La forza del destino, obra habitual en conciertos precisamente por su carácter sinfónico de música pura pese a componerse como apertura de esta ópera de argumento español y que tantos directores de orquesta la han dejado grabada para disfrute de discófilos. Buen sabor de boca operístico para una formación que encima del escenario gana en sonoridades desde un trabajo con los altibajos habituales. Lástima que haya público con prisa para el aplauso sin esperar la bajada de brazos del director porque nos privaba al resto de seguir paladeando esos silencios sabrosos donde la música todavía está en el ambiente.

Foto Web

Totalmente distinta la segunda parte retomando el espíritu de Abbado para esta orquesta, el repertorio sinfónico con una de las cumbres del género, la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» (Dvorak) donde Daniel Harding disfrutó de una orquesta rendida a su excelencia en la dirección, logrando una interpretación perfecta, apolínea sin perder romanticismo alguno merced a una sonoridad precisa y preciosa: cuerda presente en todo momento independientemente del caudal sonoro de vientos, redondez en unos contrabajos ligeros en melodías y pesantes en pegada, solistas con timbre hermoso (especialmente las maderas con corno inglés, flauta y clarinete rivalizando en belleza), percusión acertada y metales en el punto justo donde el poderío nunca resultó arrebatador, optando el director británico por dinámicas extremas que exigen sacrificio en todos para no perder nunca el equilibrio. Cada movimiento contrastado resultó impecable, el Adagio – Allegro molto un micromundo de expresión e intensidades, el Largo de emotividad y belleza expositiva, el Molto vivace más allá de virtuosismos, que los hubo, sin perder ni una nota por el camino con un balance entre secciones perfecto, y ese final realmente fogoso, el Allegro con fuoco recordado por los de mi quinta y anteriores como sintonía del programa «Ustedes son formidables» con Alberto Oliveras al micrófono. Cuatro movimientos donde observar al maestro Harding resultó todo un espectáculo y una verdadera clase de dirección: elegante, claro, conocedor de la obra en todos los detalles que fue haciendo sonar en su punto exacto, siempre con la respuesta esperada de una orquesta que brilló más que con la primera parte operística.

Como si subscribiesen lo anteriormente apuntado, bisaron la obertura de Guillermo Tell, esta vez sin partitura (de eso hablaban maestro y viola solista) y sin el inicio de chelo, entrando en la archiconocida «carga». Se quitaron la espina inicial reafirmándose como una excelente orquesta sinfónica con un Harding ya en primera línea del escalafón directorial. Buen cierre esperando ver y disfrutar por lo menos otros quince aniversarios más.

Móviles ¡al cadalso!

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Viernes 30 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 13 OSPA, Daniel Müller-Schott (violonchelo), Rossen Milanov (director). Sueños y pasiones: obras de Benet Casablancas, Elgar y Berlioz.

La temporada está llegando a su fin y los teléfonos móviles vuelven al ataque para vergüenza ajena olvidando las mínimas reglas de urbanidad, algo que parece ir en regresión, y lo peor es que suelen estar asociados al público de más edad que sí tuvo esa educación. No hay disculpa ni perdón para la ignorancia, madre del atrevimiento, y si las nuevas tecnologías no las dominan, que al menos se dejen asesorar. Si no saben enmudecerlos ¡que los apaguen!. Las urgencias son malas consejeras y no hace tanto tiempo que vivíamos más felices sin teléfonos «celulares» y menos toses entre el público.

El aviso inicial ya parece como las azafatas en los aviones a las que casi nadie hace caso, y ni siquiera una vez, en medio del concierto de Elgar, sino dos (¡al cadalso con ellos!) enfadando al «Jefe Milanov» y obligándole a girarse para volver a repetir que «no se puede seguir así»… Un auténtico coitus interruptus en medio de un Berlioz que estaba sonando «fantástico» y rompió las concentración más el hilván en el que se sustenta la relación entre orquesta y director, esta vez con la mala educación como cómplice de semejante asesinato. Tendremos que inventar un aviso más convincente dado que es imposible económicamente instalar inhibidores. En clase les mando leer a mis alumnos la famosa noticia del móvil que interrumpió un concierto en Nueva York, pero tristemente ha dado la vuelta y la noticia es que no suene ninguno, ya se sabe, el niño muerde al perro…

Tras el cabreo que nos supone a tantos aficionados semejante dislate, el penúltimo concierto (no soy supersticioso con el 13) de abono nos devolvía a nuestro titular con un programa de los que le gustan, lo que se notó desde el comienzo. La elección de abrir con Benet Casablancas (1956) está en su línea de interpretar obras de autores contemporáneos, en este caso el catalán de Sabadell cuyos Tres epigramas para orquesta (2001) están escuchándose más de lo que muchos puedan pensar, formando parte de una amplia colección con ese título de epigrama, «forma literaria de origen clásico, relativa a la sentencia aguda e ingeniosa, que muy a menudo contiene un propósito moral o ético, así como lúdico y divertido». Música de mucho contenido dentro de estructuras temporales muy concisas, llena de contrastes en los tempi y ambientes, materiales armónicos variados con una amplia paleta de texturas tímbricas y gran exigencia para todos los instrumentistas de una gran plantilla como la que ofreció nuestra OSPA en el decimotercero de abono.

Las notas al programa del doctor Alejandro G. Villalibre, enlazadas en los autores al inicio de esta entrada, completan las del CD de Naxos, escritas por Javier Pérez Senz: «proceso de depuración, refinamiento y síntesis que culmina en el absoluto dominio de los recursos de la plantilla orquestal que otorgan una gran fuerza expresiva a esta obra estrenada con gran éxito de público y crítica por la OBC dirigida por Salvador Mas, y que gozan desde entonces de una gran difusión». El primero un Allegro – Exultant (Esultante) realmente explosivo, perfecto para «engrasar» una formación a la que le esperaba mucho por delante, seguido del Molto lento – Nocturn (Notturno) con una intervención solista del clarinete bajo al final de este movimiento antes de retomar un potente y contrastante Finale: Allegro assai – Giocoso con maderas frente a metales, una percusión rica y la cuerda sustentando este discurrir de texturas  debutando como concertino la ayudante Eva Meliskova y en su lugar Adolfo Rascón, dos solos brillantes en el primer y tercer epigrama de la hoy sustituta de Vasiliev. Brillantez de todos los intérpretes perfectamente llevados por un Milanov que transmitió su ímpetu y parecía poner las cartas boca arriba de lo que nos depararía esta velada.

La historia del violonchelo está llena de grandes intérpretes y es un instrumento que sigue dando auténticas figuras, llamados por esa cercanía a la voz humana de la que tanto se ha escrito. Volvía por tercera vez Daniel Müller-Schott, ahora debutando con la OSPA y con el hermosísimo Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Elgar, casi continuidad de la primera sinfonía del viernes anterior, con ese sonido capaz de conmover hasta lo más profundo del ser y una orquesta que comienza a tener un sonido propio, cantábrico con aires británicos a la vista de los resultados de ambos conciertos, cohesión en todas las secciones, sonoridades muy cuidadas por el maestro Milanov que esta segunda temporada comienza a dominar esta república de las orquestas sinfónicas, y concertando perfectamente con un solista que llegó al alma desde la suya en los cuatro movimientos de una obra popularizada por la malograda Jacqueline Du Pré, que el propio Müller-Schott confesaba en la entrevista a OSPATV. Riqueza expresiva, sonoridades de guitarra, ataques dolidos para el Adagio inicial, interiorización de cada gesto bien contrapuesto por la orquesta, especialmente las violas y el resto de la cuerda, complicidad con el podio y escucha recíproca de todos en un Recitativo Lento-Allegro molto que parece contagiar esa melancolía de la bruma británica tan bien traducida a música por Sir Edward tras la Gran Guerra. Del Adagio el propio Elgar escribía que «es la actitud de un hombre ante la vida», tristemente sonando un teléfono rápidamente acallado antes del final que transmitió excitación y alegría interior, final con los distintos cambios de tiempo (Allegro Moderato-Allegro-Allegro ma non troppo-Poco più lento-Adagio) como de caracteres con amplios recursos técnicos desde la misma introspección mostrada por el chelista alemán bien entendida por Milanov para un final de descanso eterno premiado con atronadora ovación de un público rendido ante este solista que ya figura entre los grandes, regalándonos la Pieza en forma de habanera de Ravel, digna propina de este discípulo de Rostropovich.

El plato fuerte vendría con la Sinfonía Fantástica, op. 14 de Berlioz, obra muy escuchada y no siempre bien entendida, con la que el maestro búlgaro disfrutó hasta el triste suceso tecnológico ya narrado. Conocemos su obsesión por la limpieza de líneas y la búsqueda de un sonido propio, diáfano, partiendo de una masa sonora a la que va abatanando y sacando los hilos precisos del tejido orquestal que logran diseñar las distintas secciones a partir de la «idea fija» que es la melodía recurrente. Apostando por tiempos tranquilos, el primer Sueños y pasiones: Largo – Allegro agitato e appasionato assai tuvo más de lo primero que de lo segundo antes de sacarnos de la somnolencia sin sobresaltos, domeñando la masa sonora de una orquestación majestuosa como sólo el francés entendió. Un baile: Vals – Allegro non troppo tuvo más de salón parisino que vienés, elección consecuente con la interpretación que Milanov entendió para esta obra que confiesa amarla profundamente. Para la Escena en el campo: Adagio colocó al oboe en el anfiteatro en un diálogo con el corno inglés lleno de «guiños pastorales» en esa eterna búsqueda del sonido como materia a pulir.

La Marcha del cadalso: Allegretto non troppo volvió a amarrar el tiempo como procede, pesadilla del artista como los grabados de Goya, claroscuros a la luz de una vela transformados en tensiones orquestales. Soy incapaz de describir con palabras sabores y lo intento con lo escuchado, pero cuando afirmo que esta orquesta comienza a tener un sonido cantábrico pienso que fue el cuarto movimiento quien mejor lo podría definir. El aquelarre nuevamente goyesco del final no soltó mucha sangre, Larghetto – Allegro para disfrute de auténticas campanas de bronce fuera de escena, y metales celestiales más que infernales contenidos evitando incendios. Aún queda mucho ejercicio de doma por parte de Milanov para un caballo todavía algo salvaje, atención que nunca puede decaer pero con trabajo y recompensa final para una fantástica fantástica.

El sello Milanov está llegando a la OSPA y el próximo viernes llegará la despedida de temporada con Renaud Capuçon y el concierto de violín de Alban Berg, más una Quinta de Mahler que espero nos deje buen sabor de boca.

Orquestar, concertar y disfrutar

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Viernes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 12: OSPA, Kirill Gerstein (piano), David Lockington (director). «Pianismo y siglo XX», obras de Offenbach, R. Strauss, Ravel y Elgar.

Hay tanta buena música compuesta y tanta grabada que siempre me gusta (re)descubrir obras, muchísimo más en directo por no haber trampa ni cartón. Y me entristece profundamente ver la desbandada progresiva de público a medida que avanza la temporada, desconozco la causa, porque en el antepenúltimo de abono de nuestra orquesta asturiana, nuevamente con David Lockington a la batuta (aunque la perdiese avanzado el primer movimiento de la sinfonía) nos encontraríamos con ese maridaje necesario de los conciertos entre lo habitual y lo raro, entendiendo como tal obras poco programadas o escuchadas en emisiones radiofónicas. Se mantenía el solista invitado, esta vez el gran pianista norteamericano, nacido en Rusia, Kirill Gerstein, precisamente optando por dos obras en esa misma línea, más una intensa e inmensa sinfonía que no creo hubiésemos escuchado antes en Oviedo, al menos en mi tiempo. Como exigía este concierto, una plantilla deseada, en el sentido de tener que ampliar la habitual hasta la necesaria para poder afrontar estos repertorios, preparando un relevo generacional que deberá ser pensado muy a fondo, dando protagonismo de solistas a segundos atriles, demostrando estar suficientemente preparados para ello.

La conocida «Obertura» por incluir el «can-can» del Orfeo en los infiernos de Offenbach siempre viene bien interpretarse para lo que fue escrita, abrir espectáculo y preparar a músicos y espectadores a lo que vendrá a continuación. La versión del director británico fue la del buen gusto sin excesos, todo bien delineado melódicamente y equilibrado en planos sonoros para evitar que percusión o metales tapasen demasiado la madera  o la cuerda, manteniendo protagonismo incluso exigiéndoles al final mayor presencia, permitiendo «soltarse el pelo» y conseguir el efectismo esperado siempre con buen gusto y estilo para una formación reforzada en todas las secciones así como segundos atriles esta vez primeros.

Hace años que conozco por sus grabaciones al gran pianista Gerstein, especialmente del segundo de Brahms, recordándolo al escucharlo por Achúcarro en Oviedo, así que poder escucharlo en directo era una ocasión única, y no me decepcionó. Primero la poco escuchada «Burleske» en re menor para piano y orquesta de un Richard Strauss veinteañero pero que apuntaba ya una orquestación propia,  con los timbales protagonistas arrancando la melodía, y una forma sonata para un piano clásico aunque de su tiempo, plagado de exigencias solísticas y orquestales. Un placer comprobar el entendimiento entre solista y director, eligiendo unos tiempos no muy rápidos, poco fluctuantes y sin apenas rubatos, con caídas siempre a tiempo, escuchándose unos a otros, empastes más allá de la partitura como el alcanzado entre el flautín y los registros agudos del piano creando tímbricas únicas ante la ejecución impecable por parte de ambos, solos de atmósferas cercanas con respeto a los grandes compositores siempre presentes en formación y poso reconocible en toda una carrera. Concertar es también un arte y placentero disfrutarlo, de arriba a abajo en dirección escenario butacas.

Sale a colación nuevamente Achúcarro porque a él escuché por vez primera el Concierto para piano en re mayor «concierto para la mano izquierda» de Ravel, conociendo la historia de este encargo que esta tarde recuperé para algunos amigos que la habían olvidado, reuniendo también alrededor del piano a un excelente orquestador como el francés y la exigencia de concertar con pasión y precisión. Si el lenguaje utilizado por el compositor francés sigue vigente con el paso del tiempo será por algo, tanto en el protagonismo de las distintas secciones como en el tratamiento pianístico donde el virtuosismo de interpretarse solo con la mano izquierda no es nada comparado con la exigencia tímbrica de todos. Arrollador el pianista rusoamericano con una técnica plegada a la musicalidad y sentimiento de esta partitura, placer contemplar la tensión y atención de todos para alcanzar el necesario equilibrio, orquesta entregada al maestro Lockington que vuelve a sacar de ella un sonido que comienza a ser propio. La buena interpretación de todos se notó en el semblante y de propina casi la continuación de Ravel, otra «obra para un manco», el Etude for the left hand alone, op. 36 (Estudio para mano izquierda sola) del ucraniano Felix Blumenfeld, auténtica maravilla compositiva e interpretativa más allá de la dificultad propia de un estudio, como todos los grandes del piano dejaron para la posteridad, y que Gerstein bordó técnica y musicalmente, completando una brillante actuación.

La Sinfonía nº1 en la bemol mayor, op. 55 de Elgar es colosal en el amplio sentido de la palabra, compuesta en la madurez del británico que sólo escribiría otra más, pues como bien explica Tania Perón en las notas al programa (enlazadas al inicio con cada compositor), se libraba entonces una «cruenta batalla entre la sinfonía y el poema sinfónico» si bien el oficio de escribir ya estaba reconocido y la inspiración para esta primera más que demostrada. La plantilla deseada se hacía cargo de una exigente y apasionante obra donde hay mucho que tocar por parte de todos y que el principal director invitado de nuestra OSPA se encargó de exprimir nota a nota, compás a compás, movimiento a movimiento, con su elegancia innata cercana a la del propio compositor, economía de gestos pero claridad en el diseño. El Andante, nobilmente e semplice – Allegro arrancando con esa madera cual banda británica de marcha sin pompa antes de ir desarrollándose y enriqueciéndose las dos melodías que forman este primer movimiento, con un crecimiento contenido como el que planteó Lockington y todas las familias rindiendo a gran nivel. En el Allegro molto vuelven los dos temas contrapuestos, diálogo cuerda-viento y ese «scherzo» donde lo militar va más allá de la caja o toda la percusión indeterminada. El tercer movimiento está a la altura de otros Adagio sinfónicos en cuanto a tensiones, lirismo, desarrollo, plegados todos los músicos a la idea del director, sabedor de la grandeza de este tiempo lento que trajo esencias de Tchaikovsky o Brahms enlazando con el último Lento – Allegro, transición sublime para volver a deleitarnos con cada intervención solista para una orquestación donde hay tres clarinetes, uno de ellos bajo, dos fagots y un contrafagot, pero también dos oboes y un corno inglés, dos flautas, flautín, dos arpas, aunque también tres trompetas y cuatro trompas (nuevamente de sonoridad redonda y afinada), tres trombones y una tuba, más una percusión amplia, riqueza tímbrica y texturas bien delimitadas por esta batuta que saca lo mejor de nuestros músicos. Sinfonía dura y exigente para todos que no permitió ni el más mínimo despiste para alcanzar una sobresaliente interpretación.

Lección vocal de combates y lamentos

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Martes 20 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo: «Primavera Barroca«. Combates y lamentos: Anna Caterina Antonacci (soprano), L’Accademia degli Astrusi, Federico Ferri (director). Obras de T. Merula, Monteverdi, Strozzi, Biagio Marini, Marco Uccellini, Pietro Antonio Giramo, A. Corelli, Giovanni Paolo Colonna, Giacomo Antonio Perti, Pietro Antonio Cesti y Maurizio Cazzati.

La clausura de este primer ciclo patrocinado por el CNDM traía a la capital asturiana una agrupación boloñesa fundada por el violonchelista Federico Ferri con un sexteto realmente de calidad y acompañante de lujo para la soprano Anna Caterina Antonacci en distintas combinaciones que nos dejaron una muestra no ya del «lamento» como género musical sino de verdadera lección de interpretaciones barrocas, finalizando esta edición en lo más alto tras conciertos algo desiguales pero que completan una oferta para un público enamorado de estas músicas menos habituales que las camerísticas clásicas o directamente sinfónicas de las que no podemos quejarnos. Desde Madrid siguen apostando por estos circuitos y en la contraportada del programa ya avanzaban la próxima temporada 14/15 también alternando formaciones nacionales e internacionales, aunque escribiremos de ellas en el asueto veraniego.

Citar en primer lugar los músicos del «ensemble» boloñés: el continuo formado por el propio Ferri al cello y dirección, Stefano Rocco a la tiorba, Giovanni Valgimigli al contrabajo (violone) y Daniele Proni doblando clave y órgano positivo, más el dúo de violines Lorenzo Colitto y Luca Giardini, y esporádicamente la viola de Gianni Maraldi.

En sexteto abrieron estos instrumentistas un concierto italiano con La Cattarina de Merula (de las Canzoni overo sonate concertate per chiesa e camera, op. XII, Venecia, 1637), destacando en la primera toma de contacto el perfecto empaste y entendimiento entre los violines.

El prólogo de L’Orfeo de Monteverdi (publicado en Mantua en 1607) era la carta de presentación en Oviedo de la soprano ferraresa Antonacci, de riguroso negro y mantón delicado, Del mío Permesso amato a voi ne vegno con voz plena, clara, de dicción perfecta para una interpretación totalmente creíble acompañada por el septeto al completo. Mejor Barbara Strozzi y Lagrime mie, a che vi trattenete (de Diporti di Euterpe, op. VII, Venecia, 1659) comenzando sola con el continuo mostrando un grave poderoso aunque algo oscuro frente al agudo más metálico (versatilidad que le permite afrontar papeles de mezzo). Partitura de endiablada afinación y dramatismo, fue centrando unos textos bien alternados con los solos de cello y tiorba, melodía de clara inspiración popular que Antonacci marcó con un timbre más natural.



Tras el esfuerzo vocal el Passacalio à 3 et à 4 (de Sonate da chiesa e da camera, op. XXII, Venecia, 1655) de Biagio Marini, septeto alternando órgano o clave de tiempo lento y mandando el primer violín, respirando el mismo aire veneciano con Monteverdi del que la soprano cantaría el lamento de Ottavia Disprezzata regina (de «La Coronación di Poppea«, Venecia 1642) que resultó sólo con el continuo una auténtica lección interpretativa, imaginándomela en la ópera ovetense (donde su compatriota la mezzo Anna Bonitatibus también cantó y participó en este ciclo de cámara): todo el dolor del texto hecho voz subrayada por el acompañamiento casi desnudo para realzar aún más el drama en el que la soprano ya estaba sumergida y contagiada.

Pero llegó la alegría del carnaval veneciano con el Aria quinta sopra la Bergamasca (de Sonate, arie et correnti, op. III, Venecia, 1642) de Marco Uccellini, con un sexteto donde el clave punteaba y la tiorba rasgueaba emulando una guitarra que no había, posteriores «pizzicatti» en violonchelo y contrabajo aumentando un colorido instrumental del más puro estilo barroco.

La primera parte fue literalmente de locura a cargo de «La Antonacci» con Pietro Antonio Giramo y su Pazzia venuta da Napoli: La pazza, sin mantón para interpretar en todo el sentido de la palabra una verdadera delicia napolitana, similar a nuestros andaluces, una loca genial nunca sobreactuada pero dramatizada de pies a cabeza: cantando, riendo, acelerando el trabalenguas y el breve remanso siguiente, entendible el texto gracias a su actitud, actriz y cantante sin descanso para incluso entre dientes jugar con todo el color y acento del sur italiano, «loca de lengua infiel» como pequeña representación con los «académicos» formando parte de la misma.

Sin dejar del todo atrás «La Serenissima» el viaje musical continuaría por Módena pero también Bolonia, patria chica de estos músicos y con lamentos que aparecerían en óperas, cantatas y arias de todo tipo desde el norte hasta el sur, como bien aparece recogido en las notas al programa.

La Ciaccona per due violini e basso continuo (A. Corelli) de Sonate da camera a tre, op. 2, nº 12 (1685) con el sexteto de Ferri sonó a barroco en estado puro con estos grandes instrumentistas, volviendo a disfrutar con el perfecto entendimiento y empaste de los violinistas logrando una sonoridad apropiada a estas sonatas, la misma para acompañar a la soprano en Del dolor che mi tormenta (Colonna) perteneciente a «La caída de Jerusalén» (Módena, 1688) en edición crítica de Francesco Lora (también la siguiente). Anna Caterina Antonacci volvió a deleitarnos con un timbre hiriente en cuanto a la dramatización, distintos colores en el mismo registro para un catálogo de intensidades según marcase el texto, como debe ser, y con un sexteto en la misma línea interpretativa de gusto y musicalidad.

Se sumaba la viola para escuchar Sì, spegni i lumi, o cielo… Sì sì, apritevi per piangere (de «Abramo vincitor de propri affetti Bolonia«, 1683) de Perti, otro descubrimiento que la soprano de Ferrara dibujó sin escatimar recursos, un recitativo con continuo y la consiguiente aria llena de matices y buen hacer.

Los recitales y más barrocos, son más exigentes que toda una ópera, por lo que es normal intercalar música instrumental, como fue la Ciaccona de Tarquinio Merula «hermana» de la inicial, para un sexteto siempre correcto que reforzó el auténtico duelo de violines, más aún cuando era el clave quien estaba en el continuo precisamente por las sonoridades más equilibradas. Antonacci volvía a escena con «Orontea» de Cesti y el lamento Intorno all’idol mio… Ohimè, non son più mia… Dormi, dormi, ben mio, catálogo de caracteres y afectos desde una técnica vocal asombrosa, ahora con mezza voce íntima para la tranquila primera parte, luego el recitativo más dramatizado antes del aria con órgano (que no siempre ayudó para la mejor textura) y el «dormi dormi» final cantado casi como una nana por el ambiente logrado.

Los músicos de L’Accademia degli Astrusi traían de su tierra música de Maurizio Cazzati, un pasacalle de Trattenimenti per camera, op. XXII (Bolonia, 1660) para un sexteto que recordó mucho en su composición el canon de Pachelbel, entrando el «violone» en pizzicatto, después la tiorba con órgano y cello, para ir sumándose el primer violín y todos construyendo una partitura resultona que finaliza a la inversa, desandando lo tocado, alegremente ejecutado por unos instrumentistas de calidad.

Monteverdi es la referencia vocal, solista o coral, especialmente por sus madrigales que resultan microrrelatos u óperas de concierto, y el protagonista por cantidad y calidad de este recital barroco, exigente vocal y teatralmente, con el septeto al completo y la soprano sin mantón como escenificando la desnudez de su personaje, apareciendo en escena mientras los músicos comenzaban el Combattimento di Tancredi e Clorinda (de «Madrigali guerrieri et amorosi», Venecia 1624/38). Recitativo donde la música complementa y enriquece el texto, pequeña gran joya de acompañamiento instrumental para una melodía enorme en emoción, intervenciones de tiorba y órgano vistiendo la voz de Antonacci, cambiante en afectos y efectos con esos contrastes tutti-solo y forte-piano sin olvidar los silencios dramatizando los «intertextos», cantados con agilidades de vértigo, siempre redondas y nada punzantes o hirientes pese a toda la violencia contenida, antes del rápido trabalenguas gestionado con total seguridad. Impresionante igualmente la gestualidad escénica que ayudó a entender todo lo cantado para una auténtica lección de música.

La propina de Händel y su conocidísimo Lascia ch’io pianga (de «Rinaldo«) remató una velada de perfecto equilibrio entre una excelente Anna Caterina Antonacci convincente y artista de principio a fin, recreando cada intervención incluyendo el regalo final, cómoda en este repertorio y acompañada por una formación instrumental a su servicio, que entiende e interpreta el barroco italiano con calidad y rigor, con efectismos justos y nada exagerados, bien llevados desde el cello de Ferri «compartiendo» dirección con Colitto aunque todos desde la discreción que no impide hacer grandes interpretaciones de unas partituras desiguales.

Para lo divino desde lo humano

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Miércoles 14 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Olalla Alemán, Mª Eugenia Boix y Rocío de Frutos (sopranos), José Pizarro (tenor), Los Músicos de Su Alteza, Luis Antonio González (director): Es el día del Corpus día tan grande «La fiesta del Corpus entre Madrid y Nueva España». Música de José de Nebra (1702-1768).

La “Primavera Barroca” está llegando a su final y con buena acogida por parte del público ovetense, en colaboración con el CNDM que ha traído en gira hasta la Sala de Cámara a distintas formaciones españolas especializadas en estos repertorios para poner broche de oro internacional el próximo 20 de mayo con Anna Caterina Antonacci y L’Accademia degli Astrusi que dirige Federico Ferri.

Este miércoles venía con aires de Corpus Christi, fiesta católica por antonomasia que todavía muchos pueblos celebran por todo lo alto en rincones insospechados, recordando que lo profano siempre va emparejado con lo divino.

El teclista y musicólogo maño Luis Antonio González fundó en 1992 Los Músicos de Su Alteza, un ensemble en la línea de otras formaciones vocales e instrumentales dedicadas a trabajar el repertorio barroco hispánico, flexibles según el programa, ayudando a difundir obras olvidadas o perdidas, aunque sin ceñirse a una época concreta. La escuchada en Oviedo (y el día anterior en León) fue compuesta por José de Nebra, hijo de José Antonio de Nebra, música religiosa no litúrgica del maestro bilbilitano de nacimiento -por el oficio de su padre- pero madrileño de adopción donde será más conocido por su música escénica como recogen las notas al programa.

José de Nebra seguirá la tradición de repetir el oficio del padre, conoce y asimila el estilo italiano tan de moda en el Madrid de inicios del XVIII aunque fusionándolo con las formas de nuestra tradición para lograr una síntesis que le caracteriza. Su amplia obra escénica apenas se ha conservado, justo lo contrario de la religiosa de la que hay casi doscientas incluyendo las que Los Músicos de Su Alteza interpretan con rigor y fidelidad histórica, música paralitúrgica como los villancicos, evolucionados desde las Cantigas del rey sabio, las cantatas o cantadas de origen italiano, y los célebres Autos Sacramentales, nuestros oratorios hispánicos sobre textos de Calderón de la Barca.

Estas formas musicales conformaron el «corpus» del concierto, que incluía la recuperación histórica de varias obras por encargo del CNDM y el consiguiente estreno en tiempos modernos, partituras muy difundidas en los virreinatos, especialmente México (su Basílica de Guadalupe, el Conservatorio de las Rosas de Morelia y la colección Sánchez-Garza han sido las fuentes musicales para la recuperación de muchas partituras), con referencias a la ópera italiana de entonces desde la más pura tradición ibérica. El formato similar en ambas partes no hizo sino corroborar mi impresión inicial: siempre se agradece rescatar del olvido estas obras, más la de un compositor con tanto oficio, aunque tal vez excesivo como monográfico y temático. Lo mejor fue la parte final, precisamente la más humana y menos divina, sabedores todos que resulta más cercano lo terrenal que lo espiritual.

Demostraron oficio las tres sopranos Olalla Alemán, Mª Eugenia Boix y Rocío de Frutos, que llevaron todo el peso vocal, y los nueve instrumentistas bien ensamblados dirigidos por el maestro maño, hoy sin tocar los teclados: Pablo Prieto y Eduardo Fenoll (violines), Pedro Reula (violón), Roger Azcona (contrabajo), Francisco J. Gil y Pepa Megina (oboes), Joaquim Guerra (fagot), Josep Mª Martí (archilaúd y guitarra barroca) más Alfonso Sebastián (órgano y clave).

Las distintas formas fueron desgranándose en combinaciones variadas: Villancico a cuatro al Santísimo para abrir y cerrar primera parte (recuperación histórica) «Caminemos al monte de amores» y «De aquel amoroso sagrado volcán» con la participación de todos, recitados y dúos como los de la Loa del auto sacramental Amar y ser amado y La divina Filotea de Calderón también en las dos partes: «El ámbito boreal» recitado “La Culpa y La Gracia” encarnadas por Mª Eugenia Boix y Rocío de Frutos con colores vocales similares que lograron empastar a la perfección, con dicción clara y emisión correcta contrapuestas al calderoniano “El diablo mudo” que resultó ser el tenor José Pizarro, corto de volumen (al igual que en Gijón el verano pasado con Nuevo Sarao) desde el primer sólo y dúo «Señor, piedad», con De Frutos, pese a estar callado el viento, contrastado con «Naturaleza humana, cuyo llanto» fue poderío de la soprano Olalla Alemán, color de mezzo por cuerpo y redondez en todas sus intervenciones, pese a cierto abuso de portamentos como recurso dramático innecesario al poseer técnica, expresividad y registro carnoso suficiente en toda su tesitura «divina» uniéndose Boix más «humana», que en la segunda parte, con todo más rodado, mejoró el dúo y cuarteto «Albricias, mortales, consuelo» de las mismas, o el aria a tres «Ni ardiente fineza» cantando las virtudes teologales de La Caridad, La Esperanza y La Fe, con momentos «a capella» hermosos tanto en escritura como en interpretación de las féminas.

El auto sacramental Andrómeda y Perseo alternó narradores (tenor y soprano) en cada mitad, con las voces blancas detrás de las butacas para semiescenificar “Pecado, muerte, error” en la primera, tutti sin viento ni tenor que sólo se suma al final. Mejor el dúo «La que nace para ser» con Alemán de narradora y sus dos compañeras cantando, igualmente sin viento pero el órgano haciendo un continuo destacable como toda la formación instrumental por riqueza tímbrica, alternando órgano o clave y archilaúd o guitarra según el carácter que los textos marcasen, un dúo de oboes capaces de elevar algunas partituras al mayor nivel interpretativo con tintes y recuerdos venecianos, más la cuerda frotada o el fagot completando esa paleta perfecta en planos y fondos para las voces protagonistas.

Queda recordar la «Cantada a la Asunción de la Virgen» que abría la segunda parte con el recitado «Hoy al ver que su vuelo» y el aria «Suavidad el aire inspire» para volver a disfrutar del color vocal de Olalla Alemán y el fin de fiesta con «La casa de campo», sainetes con tenor cómico perfecto y las tres sopranos, armadas dos con castañuelas y todo el gracejo andaluz: seguidilla y fandango del Alcaldillo valiente, Ez el día del Corpuz subtitulada como ‘gitanada pa bailar’, A mi agüita de nueve y Aunque no hay gigantones, tarasca y visiones, lo eterno del jolgorio, la alegría profana para la fiesta religiosa del Corpus más otro sainete de propina donde la escena deja atrás lo divino haciendo partícipes a público y músicos del oficio humano de vivir.

P.D.: Reseña y cronometraje de Javier Neira en LNE.

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