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Estrenos como regalos

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Viernes 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto para familias: «Los niños y la música». Laura Mota (piano), Alma Deutscher (violín), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Gabriel Ordás y Alma Deutscher.

Me planteé titular esta entrada como «El regalo de la educación» puesto que es un bien que se riega cada día en casa y crece toda la vida con la ayuda de todo lo que nos rodea. Resulta un proyecto a largo plazo que puede truncarse por muchos factores. La parte cívica, los modales, se están olvidando y la educación musical minusvalorando por parte de las autoridades responsables de incluirla como parte importantísima e imprescindible en los planes de estudios, por lo que esta tarde de cumpleaños me encontré con un choque de sensaciones: un auditorio lleno de familias que no siempre saben comportarse ante un concierto, experiencia primera sin preparación previa y puede que igual de válida que otra, aunque todo cambia y hasta la actitud que siempre supone asistir a un concierto de la llamada música culta. Con todo siempre debe primar el respeto y sobre todo el aprendizaje para a escuchar, válido ante cualquier faceta de la vida, así como la educación en valores que parece importar poco en estos tiempos cambiantes. Como última sensación, la familia como pilar para apoyar y encauzar a unos niños realmente únicos, dotados para la música y con una sensibilidad que nos pone de acuerdo en las emociones a las que llegamos por distintos caminos.

El concierto arrancaba con unas palabras del maestro Conti que sigue apostando por sorpresas y novedades desde el buen gusto y sabiduría, realizando una entrevista previa a los protagonistas antes de cada intervención. No importa su «itañolo» puesto que la música es el único lenguaje universal y la magia se transmite sin palabras.

La Música, con mayúsculas, comenzaba a sonar con el Concierto para piano y orquesta nº 23 en la mayor, K. 488 (Mozart) con el piano de Laura Mota, su debut con orquesta aunque parecía llevar toda la vida haciéndolo. Su Mozart tomó sentido como nunca antes me había sucedido: la cadencia del I Allegro profunda y ligera, el II Adagio inolvidable por su sentimiento hondo, maduro digno de una trayectoria larguísima, y el III Allegro assai con el descaro de la naturalidad desde el conocimiento profundo de una obra difícil. Atenta al maestro, que sacó todo el clasicismo a «su orquesta» siempre cómoda en estos repertorios, la pianista ovetense dominó la compleja partitura (toda de memoria), de principio a fin, segura, impresionante por una musicalidad diría que innata y un trabajo bien enfocado por su maestro Francisco Jaime Pantín, Laura Mota Pello está llamada a darnos muchas alegrías. ¡Tiene 11 años!.

Gabriel Ordás además de violinista se presentaba como compositor con el estreno de su obra Entornos, tríptico para orquesta, explicando que intenta reflejar sensaciones como si de las partes del día se tratase, sorpresa total en cada movimiento de una riqueza tímbrica y texturas totalmente actuales como si detrás hubiese la reflexión de toda una larga vida intensa, con una orquesta completa bien llevada por Conti, auténticos intérpretes de una obra madura: I. Bosque, primeras luces como un despertar al mundo sinfónico desde hace tres años y alumno de Fernando Agüeria, II. Desierto en plenitud donde la exploración toma cuerpo, desarrollos temáticos en las distintas secciones con una escritura actual y legible, hasta el III. Glaciar en su ocaso, intensidades anímicas y sonoras que lograron realmente congelar los ruidos de la sala en una explosión magistral para un violinista y compositor ¡de 15 años!.

Reminiscencias de oyente para una obra nueva, casi recién nacida, con Alma Deutscher y su aún inconcluso Concierto nº 1 en sol menor para violín y orquesta que se estrenaba en una velada para recordar. Alma nos alucinó con su presencia, porte y el pequeño violín sonando enorme con la luminosidad de compositora e intérprete indisolublemente unidas en este concierto, sin olvidar el virtuosismo nunca gratuito para su propia música. Primera audición de dos movimientos perfectos en escritura, orden, orquestación, melodías… El II. Romanza. Andante cantabile estaba pellizcándome por la musicalidad clásica y el sonido claro, con planos sonoros siempre en su sitio, música que sonaba natural y cercana a Mozart o incluso Mendelssohn, pero el III. Allegro vivace e scherzando resultó pletórico de alegría, contagiada por unas melodías «bromistas» (los toques de trompeta así resultan) iluminadas por la sonrisa permanente e indicativa de un juego feliz compartido y envidiado de esa eterna infancia, con un dominio del violín apabullante e impactante. Formalmente obra sin peros, de estructura clásica donde no faltó la cadenza del último movimiento digna de los grandes de siempre sin olvidar que esta Alma ¡tiene 9 años! y se estrenaba como solista con orquesta.

De la Danza de las sirenas de El Solent, un ballet compuesto con 8 años casi no me quedan ni palabras, para la propia compositora son cuentos musicales, para este aficionado unas danzas de un clasicismo nunca rancio, obra redonda, romántica e inmortal. La Oviedo Filarmonía y Conti hicieron posible otro milagro casi de extraterrestres…

Regalos impagables para un cumpleaños entre niños educados además de poseer un don del que disfrutamos y compartimos. Todos salieron a saludar incluyendo a Helen, la pequeña de la familia Deutscher que quiere ser ¡directora de orquesta!, regalos para ellos con un pedazo de bolsa repleta de chucherías para la más pequeña.

El regalo de La abeja (Schubert) con Laura y Alma ya fue otra historia para seguir boquiabiertos. No son niños prodigios sino prodigios de niños o directamente «niños prodigiosos» que decía el maestro en entrevista para LNE que dejó arriba, niños para los que la música es tan natural en su vida que la hacen natural y eterna para todos.

GRACIAS y enhorabuena a las familias de estos prodigios: Clara y Alberto Ordás, Janie y Guy con la pequeña Helen Deutscher, y finalmente Yolanda Pello y Mariano Mota.

Pirotecnia inglesa desde una Suite real

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Martes 13 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: «The Royal Händel. Händel regio, Händel real«. Forma Antiqva, Aarón Zapico (director). Obras de Purcell, Telemann y Händel.

Nuevo trabajo el que presentó Forma Antiqva con el mayor de los Zapico al frente, en el Auditorio de Oviedo, su residencia, conformando un programa basado en la suite como conjunto de danzas contrapuestas tan barroco y además plenamente británico, en suite también como alojamiento de lujo porque estar como en casa siempre ayuda al bienestar anímico, laboral y lúdico.

Con una orquesta «ad hoc» para este concierto, con músicos habituales en otros proyectos (Ruth Verona casi de la «familia») y fichajes específicos (incluso el cambio por fuerza mayor del concertino Jorge Jiménez perfectamente suplido por Stefano Rossi, que dejó su lugar como principal de los segundos a José Manuel Navarro), está claro que los Zapico cada vez son más internacionales y su nombre es sinónimo de calidad además de mucho investigación y trabajo previo. Lástima no disponer de más tiempo para acabar de perfilar pequeños detalles que no empañaron el gran resultado global, pues todos los músicos son excelentes, aunque los ensayos siempre limitados para estas formaciones y obras necesiten un mayor «ensemble» que sólo se alcanza con muchos más días. Hubo algunos desajustes en entradas y retardandos finales pero el disfrute, tanto sobre el escenario como entre el público, más numeroso de lo habitual, fue de menos a más.

Original y muy bien organizada la elección de obras y planificación de «La gran suite», sin descanso que rompiese la unidad buscada, con dos partes que abría Purcell, con dos chaconas: de «The Fairy Queen» Z. 629 con los músicos tocando por el patio de butacas hacia el escenario ante cierto desconcierto del público que aplaudía o seguía murmurando, y la escrita en sol menor, Z. 730 para la segunda, antes del espectáculo final que siempre supone Händel y su Music for the Royal Fireworks (Música para los Reales Fuegos Artificiales) HWV 351. No faltó el propio alemán nacionalizado inglés en las dos partes previas con fragmentos de las suites de su Water Music (Música Acuática) HWV 348 sabiamente intercalados con Telemann, el tercer inglés de la noche con espíritu de gran suite que la orquesta barroca de Forma Antiqva fue desgranando entre auténticos contrastes, sorpresas siempre gratas, y una sonoridad exquisita, partiendo de una plantilla equilibrada incluso visualmente sobre la escena. Genial utilizar timbales y tambor para homogeneizar volúmenes y colores.

Dejo aquí escaneado en grande el programa del que quiero destacar algunas cosas: el Menuet II comenzó solamente con los gemelos Zapico (Daniel a la tiorba y Pablo a la guitarra barroca) en la introducción antes del resto de la cuerda, un auténtico placer de volúmenes pianísimos; la sorpresa y descubrimiento del Allegro de Telemann cual juego de «T» por trompas, tambor, timbales y tempo, rápido, con cuerdas y ese par de claves (Silvia Márquez y Alfonso Sebastián) que redondean una sonoridad muy buscada, la Hornpipe cambiando metal por madera y guitarra en el inicio y luego toda la cuerda y el «tutti» con ataques en esforzando subrayados por un tambor sutil, apenas perceptible pero redondeando colorido propio, eligiendo un tempo no muy movido para degustarse sin prisas.

También m resultó muy especial el Air con el inicio solo de la madera y la posterior suma de una cuerda de prodigiosas calidades en sonorido y dinámicas. El regreso de Telemann y la Suite «Alster» enriqueció no ya el concepto de contrastes totales sino de las sorpresas y el humos utilizando ese Capriccio de «ranas y cuervos» tan poco escuchado y preparando el difícil Allegro haendeliano, especialmente para las trompas y tambor, mejor que los timbales, que se unieron en buenos planos sonoros sin exagerar presencia.

La pirotecnia final no se hizo esperar, manteniendo color y calor con las aportaciones necesarias de Forma Antiqva en la «Música para los Reales Fuegos Artificiales» y así tras una Overture realmente solmente y luminosa, el puente al Allegro lo realizó un solo de tiorba espléndido de Daniel. Sabemos lo difícil que es tocar instrumentos de época, sobre todo los metales naturales, y así las trompas resultaron algo destempladas, más notorio por el tempo tan exigente por lo rápido, que Aarón Zapico imprimió en cada Allegro, supercontrastados con el Lentement. La Bourrée sin metales mejoró en todo, jugando con el color incluso la entrada maderas para La Paix, donde trompas y trompetas sonaron más contenidos, y todos con un sutil acompañamiento de la guitarra creando un clima más que londinense, madrileño por el recuerdo a Boccherini. Como si realmente del espectáculo con fuegos artificiales se tratase, La Rejouissance sonó poderosa con el tambor que equilibró la dinámica ajustada y nunca excesiva. El Menuet I-II supuso otra delicia en la cuerda y madera con metales y percusión comedidos al ser un tempo casi marcial, con madera y clave jugosos más guitarra en pianissimi mágicos rotos en el final por el tutti en fortísimo sin perder la marcialidad, sin excesos sonoros para la «traca final»que remató un concierto en casa pero como reyes en la mejor suite del auditorio ovetense como es la sala principal, hoy con sabor británico.

Enhorabuena como responsable final a Aarón Zapico por pergeñar esa «The gran suite» para celebrar quince años, con las estancias, habitaciones o suites preparatorias del espectáculo total que siempre supone el barroco inglés y que bien explicaba María Sanhuesa Fonseca en sus siempre agradables y originales notas al programa, al frente de una señora orquesta de época con músicos experimentados en estos repertorios que dan siempre lo mejor de sí haciendo sonar el trabajo previo para que resultase todo un «regio acierto». De regalo bisaron el Menuet I de la Suite en fa mayor HWV 348.

El programa tiene mucho recorrido y Forma Antiqva lo sabe mover muy bien, llevando la marca Oviedo, de Asturias, finalmente de España, por todo el mundo. Felicidades y como digo siempre «MUCHO CUCHO»© allá donde vayan. Esta vez la pólvora no se mojó ni hizo estragos.

En el nombre de Bach

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Viernes 9 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Pierre-Laurent Aimard (piano), Das wohltemperierte Klavier I, BWV 846-869 (J. S. Bach).

Casi una gesta supone interpretar completo el primer libro de «El clave bien temperado«, todo un universo condensado en veinticuatro preludios con sus correspondientes fugas en cada tonalidad de toda la escala cromática, profundidades para pianista y público iniciado, más aún para el de estas jornadas dedicadas a las 88 teclas que dejó muchas butacas vacías pese a la inmensidad del artista francés.

Antes de comenzar Aimard realizó la dedicatoria, en inglés, a las víctimas de los atentados de París de este concierto precisamente con la mejor forma posible para él como «su Bach«, música para la paz.

Con la edición Urtext (la naranja de toda la vida) adquirida el mismo día al olvidar la suya, sin anotación alguna, ayudado de «pasa hoja» atento a las indicaciones del pianista, normalmente en las fugas que ocupan varias páginas, también una vez iniciada siguiendo sus instrucciones, sin patrón aunque supongo que buscando la mayor unidad entre parejas (preludio y fuga, también en las tonalidades mayor y menor), con un breve descanso tras interpretar la mitad del libro, el estilo del artista de Lyon se caracterizó por la profundidad en cada una de las obras, independientes dentro de esa unidad y globalidad universal que algunos han llamado la biblia de los pianistas. El tocar con la partitura delante indica en este caso no inseguridad, que seguro la tiene más que asumida e interiorizada, sino el respeto a lo escrito y deseo de no dejarse nada en el tintero, refrescar siempre el complejo mundo que Bach dejó para la posteridad de la historia musical.

Aimard optó por intentar ofrecer un acercamiento personal a toda la inabarcable magnitud del primer libro, desde la diversidad en cada obra: romanticismo en los preludios, claridad expositiva en las fugas, manejo del pedal en pos de sonoridades amplias y ricas, contrastes en tiempos pero también en emociones, sin importar «pellizcar» notas más allá de los propios adornos escritos, convencido de la vigencia y atemporalidad de la obra para tecla de Bach, «klavier» que es clave y piano en la lengua de Goethe, honradez y honestidad en cada fraseo, en cada duración, en cada calderón, en cada anotación del propio compositor. El propio Aimard ha dicho «Bach ha sido durante mucho tiempo un objetivo muy lejano para el día en que yo fuera más sabio o me conociera mejor».

Pierre-Laurent Aimard resultó un titán enfrentado a la inmensidad interiorizada para sacar a flote todo lo escrito, visiones claras de lo importante y lo accesorio sin perdernos en discursos introspectivos. Afrontó el primer preludio como si de una autopresentación de intenciones se tratase, nunca el virtuosismo sin más, juego expositivo y sonoro desde una técnica y gestualidad propias, mascando los pasajes en cierto modo «gouldiano» (aunque el canadiense jadease y tararease), recreándose en la boca volcán o sumergiéndose en el magma. Cada preludio y fuga tienen identidad propia, vida condensada para el estudio no ya de los propios hijos de Bach y demás discípulos sino para dedicarle toda una existencia, longeva a ser posible. El músico francés ha grabado el verano pasado este programa para el sello amarillo con quien tiene exclusividad, pero también ha colgado seis minicapítulos en vídeo explicando, en inglés de nuevo por la universalidad del habla, cual preámbulo a una gira que le llevará el martes 13 al Auditorio Nacional.

Si comentaba que el concierto resultó para iniciados, recordar al resto que resulta un acontecimiento casi irrepetible escuchar el libro primero completo en un recital, que las grabaciones llevan tiempo sin contar el invertido de preparación, y lo difícil que supone siempre aportar el toque personal a esta obra pianística. Hay fugas difíciles de paladear pero otras son auténticas delicias, joyas para todos los públicos, la precisión matemática de la escritura bachiana elevada siempre a la mayor espiritualidad que Aimard consiguió en las venticuatro. Los preludios siempre son más «llevaderos», espontáneos, luminosos en su mayoría y verdadera fuente de versiones en todos los estilos. Cuando los bachianos defendemos que toda la música posterior arranca de aquí es fácil argumentarlo, partiendo del acercamiento al jazz que el también pianista francés Jacques Loussier realizó durante años de la obra del kantor de Leipzig donde nunca faltaron preludios y fugas del primer libro. Por lo tanto es un lujo escuchar completo en la misma sesión «El clave bien temperado» (hasta W. Carlos se atrevió con «El sintetizador bien temperado») porque el directo siempre es irrepetible y todo lo que se haga en nombre de Bach no resulta excesivo.

Imposible elegir altos y bajos aunque hay que citar el BWV 849 por reflejar humor e introspección, el poderoso preludio BWV 851, el dificilísimo BWV 852, la única fuga a dos voces BWV 855 auténtico muestrario dinámico, y de la segunda parte la introspección del BWV 861, el complicado ligado de la fuga BWV 862, todo el BWV 864 por contrastes, elección correcta de un tempo ceñido a la máxima de Tovey de «“que no sea ni intocable ni desagradable de acuerdo con una práctica razonable” a fin de conservar la atmósfera de alegría imperante y, al tiempo, no perder la calma expositiva» que el gran Arturo Reverte cita en las notas al programa de Madrid, y finalmente el BWV 868 por lo que supone de respiro y luz tras las sombras anteriores, no interpretativas sino profundas en la escritura bachiana. Aimard se suma a la lista de los grandes intérpretes que han pasado por Oviedo, y su Bach será recordado mucho tiempo. Añadir que los «links» que figuran bajo mis elecciones son del ya citado Glenn Gould, auténtico genio que redescubrió al piano el Bach del clave, con todos los detractores y seguidores que queramos.

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La difícil sencillez

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Viernes 19 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario «Europa canta a la Navidad«: El Mesías (Haendel). María Espada (soprano), Kristina Hammarström (mezzo), Valerio Contaldo (tenor), José Antonio López (barítono); Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda); OSPA, Pilar Montoya (clave), Juan Carlos de Múlder (archilaúd), Eduardo López Banzo (director).

Final de año y trimestre, inicio de vacaciones navideñas, El Mesías me sirve como punto y seguido cada diciembre, nacimientos y muertes, el ciclo vital que las creencias religiosas conforman y los pueblos transmiten. Este 2014 suponía dejar atrás la Catedral y escucharlo en el Auditorio, con todo lo que queramos añadir para buscar el fiel de la balanza. A menudo la comodidad puede resultar peligrosa, como el todo gratis, y el lleno no evitó que existan los maleducados pendientes del reloj a quienes su egoísmo y miopía cultural no impide levantarse y marchar cuando les da su real gana. Ni siquiera saben esperar el final de un número, la hora les expulsa como una diarrea hacia otro destino cuando conocían dónde estaban y a qué venían, ¡aunque no les costase ni un euro!. Supongo que en las iglesias es habitual marchar en medio de la misa, antes de la comunión e incluso a medio sermón porque es «la hora de…». Puedo asegurar que incluso los ateos son más educados, al menos aplican el refrán de «donde quiera que fueres haz lo que vieres». De toses, móviles y ruidos tristemente habituales ya ni los comento porque me encabrono todavía más. Llevo toda la semana con resfriado, tos y malestar general, me he quedado sin asistir a varios conciertos para evitar sobresaltos, y hoy algo mejor decidí a última hora no perderme este Mesías distinto, aunque siga siendo descorazonador el comportamiento de una parte del público que parece contagiarse más que la gripe y convierten en cotidiano lo que siempre ha sido irreverente y maleducado. Me estoy haciendo mayor.

Tras el rollo inicial fruto del estado anímico e insalubre, este Mesías 2014 lo recordaré como el mejor de los últimos años, y han sido muchos, precisamente porque la misma obra nunca suena ni la percibimos igual por veces que la disfrutemos, canten o interpreten. Los ingredientes estuvieron todos en su justa proporción y el resultado final de nota.

Y esta vez quiero comenzar por el responsable de este Mesías distinto por el rigor desde el primer momento. Eduardo López Banzo conoce a Händel desde todas las facetas musicales, incluyendo la de profesor de canto que le da una visión realista de cómo llevar tiempos y dinámicas para que cada número brille en su medida. Tanto las arias como los números corales están llenos de dificultades sólo salvables cuando se conocen antes de afrontarlas. Maravilloso poder degustar tanto el fraseo como las agilidades sin perder frescura ni solemnidad cuando así lo requería el número. Por lo tanto el Coro de la Fundación estuvo y se le notó feliz, cómodo, adaptado a una obra que cada año afrontan como nueva y que en este parecía todo sencillo: volúmenes precisos, seguridad pasmosa, claridad en la emisión y placer al cantar que se transmitió desde el primer hasta el último número.

Del cuarteto solista, por fin todos de gran nivel, y puedo añadir lo mismo pues el aragonés López Banzo supo concertar y elegir el aire exacto para cada aria, mimando el acompañamiento para solaz de los solistas, y por poner sólo algún ejemplo con dos voces conocidas en Oviedo, el Rejoice de María Espada nos contagió de esa alegría desde ese color único y musicalidad firma de la emeritense, o el final del barítono-bajo José Antonio López realmente convincente en The trumpet shall sound con Maarten en pie resonó en el auditorio sin reverberaciones indeseadas o excesivas. Y he citado todo españoles, tanto el maestro como estos dos solistas aunque quiero resaltar a la mezzo sueca, barroca convencida de registros homogéneos y color hermoso, y especialmente al tenor italiano, que nos devolvieron la fe en estos papeles de oratorio porque cuando hay calidad vocal y además el repertorio es adecuado, no puede haber malos resultados. Contar con un cuarteto tan homogéneo siempre es para nota, y este 2014 por fin se alcanzó. Incluso el detalle de cantar todos juntos el Amen es más que indicativo del buen ambiente de trabajo y el placer compartido de este Mesías para recordar.

La OSPA tiene claroscuros desde hace tiempo, y esta vez dividida entre el foso del Campoamor para «el Barbero» y este Mesías con una plantilla ideal en todo (cuerda 6-6-4-4-2, 1 fagot, 2 trompetas y timbales) con el añadido del continuo de clave y archilaúd -excelencia habitual con López Banzo-, en un repertorio donde no se mueven todo lo bien que sería exigible a músicos de plantilla. La Sinfonía inicial fue desconcertante por los desajustes en entradas, que de haber sido en la Catedral hubiese achacado a la acústica, no siempre hubo la respuesta exigida desde la dirección precisamente en los tiempos, pero al menos respondieron en todas las dinámicas, y fueron calentando en un escenario que es su casa, para bien y para mal. Prescindir de los oboes (que no hubo en el estreno dublinés de El Mesías como comentaba el maestro López Banzo en la entrevista que dejo al final) y mimar el contingente sonoro sirvió para conseguir una versión de aparente sencillez en una obra compleja como tantas del universal Haendel. Lástima que siempre haya algún pero que poner a nuestra orquesta, nunca del todo perfecta y dependiendo del maestro que los conduzca. Esta vez pienso que no había disculpa alguna.

Los recitativos con archilaúd fueron un placer, los unísonos realmente vocales en la instrumentación, los fugados claros en su discurrir, la contención de timbales y trompetas realmente dignas de admiración, sobresaliente el papel acompañante de un coro que duplicaba los efectivos instrumentales rindiéndose al equilibrio buscado. No sé cómo estarán «los de la barbería»…

Para pérdida de los impacientes, el regalo de Stille Nacht Heilige Nacth (Gruber) también lo recordaremos por la elección de la versión original a dúo femenino celestial con acompañamiento terrenal de archilaúd (cual guitarra) y posterior incorporación del dúo masculino, la orquestación discreta y el coro suficiente para dejarnos una auténtica «Noche de Paz» tras las turbulencias que en estas fechas olvidamos para acabar ciclo y comenzar otro. La vida no sigue igual pero debemos vivirla ¡es nuestra obligación! y la música ayuda mucho.

Entrevista al Maestro López Banzo en LNE del viernes 19 de diciembre de 2014:

FELIZ SALIDA Y ENTRADA DE AÑO

Contagiando talento

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo, Alisa Weilerstein (cello), Oviedo Filarmonía, Rafael Payaré (director). Obras de Schumann, Elgar y Brahms.
Llegaba a Oviedo otra solista de cello, instrumento que tiene siempre nutrida presencia en los conciertos carbayones, mediática por querer compararla con la Jacqueline Du Pré y haber recibido consejos de Barenboim precisamente con el famoso concierto de Elgar, grabado en sello discográfico potente y acompañada de su pareja que sale de la cantera del «sistema» venezolano.
Y lo mejor resultó el director Rafael Payaré, 34 años pero toda una vida por delante, preparado, trabajador, dirigiendo de memoria las obras cruciales del programa y con la edición de bolsillo para concertar con su señora a la perfección. Y qué maravilla ver que ese talento es contagioso porque la Oviedo Filarmonía sonó como nunca, parecía otra a pesar de la algo escasa cuerda, especialmente los contrabajos, solamente tres que tuvieron que apretar dedos y dientes para conseguir unas dinámicas muy buscadas desde el podio. Miraba a la espalda del director y me recordaba a Dudamel hasta en el pelo leonino, los gestos pulcros, las entradas clarísimas, la batuta recogida en las partes líricas, una mano izquierda prodigiosa y una carta de presentación muy clara con la Obertura de «Manfred», op. 115 (Schumann), romanticismo en estado puro que Payaré dibujó al detalle, cuerda no muy incisiva pero definida siempre, maderas perfectamente ensambladas y metales contenidos pero redondos, contundentes sin excesos.
El Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, op. 85 (Elgar) le correspondería a la norteamericana y ciudadana del mundo, como el director, Alisa Weilerstein, otro talento joven con un instrumento que sonaba pletórico, de armónicos chispeantes pero que en la interpretación de este conocido concierto me resultó algo plana, técnica sin pellizco, poco «vibrato» y fraseos algo forzados aunque la orquesta siempre arropándola, dialogando e incluso aupándola gracias a la batuta impecable y precisa de Payaré. Esperaba más en ese inicio del Adagio; Moderato que debe conmover en la tercera cuerda y solamente sonó, transparente pero sin carne en el asador. El Lento; Allegro molto pareció enmendar un poco las emociones pero cayeron de nuevo en el Adagio que por momentos resultó plomizo. El cuarto movimiento fue más el catálogo de cambios de tempi y ánimos que la congoja necesaria para sublimar este concierto. Mis aplausos para la orquesta y la dirección más que para la cellista, calidades que tenemos mejores en nuestra tierra sin necesidad de cruzar el charco aunque con instrumentos menos caros y escaso marketing. Me preocupa pensar que el público joven tome de referencia estas versiones porque el oído debe educarse en la excelencia.
Al menos la propina bachiana nos devolvió el mejor cello de una joven figura que pareció estar más cómoda en solitario que afrontando retos de alto vuelo.
Para la segunda parte todo un Brahms y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op 73, auténtica joya romántica continuadora del mejor Beethoven o Schumann que en la interpretación de la OvFi nos descubrió sonoridades increíbles, melodías escondidas y auténticas sutilezas en los planos consiguiendo Payaré una paleta de dinámicas asombrosas desde el dominio de la partitura hasta el mínimo detalle. «El Sistema» es anterior a los regímenes bolivarianos que suenan en cada informativo, con una larga trayectoria y muchísimas personalidades que creyeron en ese proyecto desde sus inicios, y pese a la instrumentalización que del mismo se han encargado todos los dirigentes venezolanos, con el beneplácito de Abreu y los guiños cómplices de Dudamel, sigue dando músicos de categoría mundial, instrumentistas y también directores como Payaré que en Europa pueden desarrollar la base de toda batuta, el repertorio de los grandes en nuestro viejo continente con el ímpetu y talento joven venido del Caribe.
Maravilloso ver a Rafael Payaré llevar cada uno de los cuatro movimientos de «mi segunda» con la maestría del veterano, la humildad del trabajador y el desparpajo del joven capaz de contagiar su ímpetu a cada atril de la orquesta carbayona. Los contrastes fueron surgiendo espontáneos, naturales, escritos en el aire con movimientos ajustados, «non troppo», grazioso el tercero también contenido, y rebosante ese final del «Allegro con espíritu» brahmsiano del que la OvFi se impregnó perfectamente conducida, término muy americano pero que cuando existe la química entre todos el manejo del vehículo musical corresponde al conductor. Tendremos que seguir de cerca a Rafael más allá de Alisa porque está ya en la lista de los principales del siglo XXI.

Rusia y el piano

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Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Paul Lewis, notario de Beethoven

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Martes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis. Beethoven: las tres últimas sonatas para piano.

El testamento del genio de Bonn, no ya pianístico sino global, puede que sea este tríptico conformado por las opus 109, 110 y 111. Un músico completo, por intérprete y docente, como es el caso de Francisco Jaime Pantín, preparó unas notas al programa donde disecciona estas tres sonatas desde el conocimiento profundo de ellas, y poder leerlas según sonaban en el Steinway© del auditorio (precisamente elegido por el asturiano, nuevamente perfecto en afinación y bien ajustado), con la caja acústica acortada, es decir cerrada, en las manos del pianista británico Paul Lewis, resultó una lección magistral.

Qué difícil el universo de Beethoven reducido al piano, presente en mis años de estudiante y atesorando grabaciones integrales en varios formatos a cargo de los virtuosos de siempre (precisamente Wilhelm Kempff nacía también un 25 de noviembre, de 1895) y más en estas tres últimas sonatas que romperán con la propia forma, algo de lo que solo un genio es capaz: crear para destruir, mundos interiores en cada una de ellas, compuestas entre 1821 y 1822 antes de poder convencerse que más no podía y entrar en sus últimos cinco años dedicado a las sinfonías o los cuartetos de cuerda, también obras maestras pero que parecen estar en el espíritu de esta «última trilogía en blanco y negro».

Interpretar en el mismo concierto las tres sonatas no es ya todo un reto para el intérprete, esfuerzo interior y exterior, sino para un público más sinfónico que camerístico, aunque el mismo que pudo comprobar dos enfoques de Beethoven totalmente opuestos: el del concierto nº 4, sinfónico y apolíneo, frente al de Lewis, camerístico y dionisíaco. Comentando al descanso esto que acabo de apuntar, se me confirmaba que el carácter personal siempre se refleja en el artístico, por lo que no resultó extraño disfrutar de un concierto desgarrador e íntimo, potente y suave, la montaña rusa anímica de Beethoven con Lewis de perfecto traductor.

La Sonata para piano nº 30 en mi mayor, op. 109 en tres movimientos diríamos que clásicos, resultaron el prólogo esperanzador para un «largo discurso dolente» que define Pantín en las notas comentadas. Expresividad al máximo y fuerza para el Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, la «broma» (como scherzo) del Prestissimo donde el sonido pulcro del pianista de Liverpool dibujó un contrapunto vigoroso y delicado, para acabar con las seis variaciones del Gesangvoll, mit innigster Empfindung (Andante, molto canntabile ed espressivo), alemán en la indicación, italiano por lo universal, completo por el sentimiento hecho música, técnica al servicio de la partitura, dinámicas impresionantes, uso del pedal preciso sin obviar momentos buscados de «tormenta» antes de la calma, del lirismo que subyace en este epílogo.

Apenas un respiro y llegaba otro aire, nuevo capítulo con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110, como bien recuerda el maestro Pantín, «marcada por el epígrafe con amabilita», y Lewis poniendo música a las palabras, mensaje humanístico, amores y desamores, el propio carácter de Beethoven siempre reflejado en sus obras, más íntimo en el piano, el ascenso al paraíso para volver al abismo más profundo, emociones musicales. El Moderato cantabile molto espressivo literal, capaz de percibirse ese contraste interior cual seda y arpillera, el Scherzo: Allegro molto inquietante conseguido desde unas sonoridades increíbles en el universo de las ochenta y ocho teclas, para el Adagio ma non troppo. Fuga: Allegro ma non troppo hacer recordar órganos eclesiásticos no ya por la forma fugado final sino por el clima alcanzado en ambas manos, juegos tímbricos increíbles, pulcritud en cada dedo y luz al final de un túnel del que Beethoven nos saca para dejarnos la esperanza.

La Sonata para piano nº 32 en do menor, op. 111 es el cúlmen y desenlace no ya sonatístico sino interior y global del genio universal, dos movimientos únicos de una envergadura casi inabarcable. Paul Lewis se volcó en transmitir cada emoción no indicada pero escrita, pianista que sabe leer entre notas, conocedor del momento evolutivo, de la vorágine escondida, cada respiro agónico, cada suspiro, tormentas y remansos nuevamente desde una técnica impoluta, un rigor admirable y una entrega interpretativa fabulosa. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato como recuerdos de juventud, escrituras retrospectivas de «patéticas» y «apasionadas» maceradas con el inexorable paso del tiempo y la Arietta: Adagio molto semplice cantabile, como últimos anhelos y alientos, cristalino diseño y ejecución, trinos agudos limpios sustentados por una mano izquierda sobria y segura, honestidad cual confesión de pecados veniales, momentos sincopados casi futuristas por atrasar unos cuantos años el nacimiento del jazz, variaciones como si dando vueltas a la misma idea buscase soluciones y respuestas antes de un inesperado optimismo final. Paco Pantín escribe que «se despide para siempre, con sonrisa melancólica quasi schubertiana» y precisamente nos regalaría el Allegretto  en do menor D 915 del bueno de Franz, porque las notas parecían premonitorias al concluir: «Digno final de un ciclo y de un tríptico que podría constituir el mejor testamento de Beethoven».

Tengo que rematar que Paul Lewis levantó acta increíble, albacea del legado y notario de este documento sonoro que nos llegó a lo más profundo.

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura «Fierrebras», D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo «menguada» como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente «académico», reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más «cargadas» pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

Carácter de florete y seda

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3: OSPA, Truls Mørk (violonchelo), Guillermo García Calvo (director). Obras de Holst, Saint-Saëns y Stravinsky.

Raro en mí no escribir en caliente nada más llegar a casa del concierto para no perderme nada de las emociones y sensaciones, pero esta vez necesitaba reposar sabores y esencias. Podría haber titulado esta entrada como «El titular que hemos perdido» porque el regreso de García Calvo al podio volvió a corroborar mi primera impresión de un director completo, con proyección y carácter, capaz de hacer sonar a la orquesta asturiana como otra muy distinta, pues el director español transmite seguridad, confianza y sobre todo mando, elegancia, trabajo e ideas muy claras y bidireccionales. También cabría encabezar esta crónica como «Cuando el carácter es música» porque en el tercero de abono hubo caracteres para dar y tomar con otro regreso de lujo, el del chelista noruego Truls Mørk en una hazaña, puede que irrepetible, de interpretar los dos conciertos de chelo de Saint-Saëns en la misma velada, para redondear velada con dos obras poco escuchadas, en vivo aún menos, exigentes, auténticas maravillas sinfónicas que hicieron aún más grande el protagonismo del director madrileño, eclipsando incluso al solista.

Beni Mora: suite oriental, op 29, nº 1 (Gustav Holst) arrancó quitándonos el aire al público en la Primera danza, con una gestualidad magistral de respuesta inmediata para las primeras notas sinfónicas, clima sonoro desde una cuerda que al fin sonó hiriente, potente, compacta, ligera y clara, espoleada por esa batuta cual florete equilibrada por la mano izquierda, esa tan difícil de encontrar en los directores, terciopelo o seda según las exigencias. La versión de García Calvo devolvió la grandeza de esta suite menos conocida que Los planetas, que también ha interpretado nuestra OSPA, desde un diseño claro en cada una de las tres danzas, con las secciones y solistas convencidos de lo que tocaban, escuchándose y gustándose en cada intervención. La Segunda danza mantuvo la entrega y buen entendimiento, percusiones apoyando sin martillear, viento preclaro sonando unitariamente y espoleado con la batuta en las intervenciones que salían a flote sin perder ni un detalle, escuchándolo todo desde el ambiente nebuloso de la partitura pero nunca borroso en el sonido, nuevamente con la cuerda asombrando por calidad y calidez. El Finale: En la calle de «Ouled Nails» remató ese carácter norteafricano, argelino, del Próximo Oriente en la mejor orquestación del compositor inglés bien resuelta por los intérpretes con esa luminosidad mediterránea y la precisión vienesa, germánica, al mando desde la cercanía asturiana de la tripulación. Extraña la poca calidez del público, apático y desentrenado para estas delicias puede que alejadas del carácter vetusto.

El bellísimo y conocido Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 de Saint-Saëns es una obra de cabecera para todos los grandes solistas, recordando Juan Manuel Viana en las notas al programa (links o hipervínculos en los títulos) cómo Pau Casals lo eligió para su debut londinense en marzo de 1905. Menguada la orquesta tras Holst y recolocados los contrabajos a la izquierda, Mørk se encargó de hacernos vibrar el alma desde la tercera cuerda, el carácter intimista de su Noruega en verano por la luz vertida en cada intervención desde esa introspección tan suya, arropado por una orquesta desconocida por colores y enamorados del estilo directorial de García Calvo. Concertar como él lo hizo demuestra el amor por su trabajo y el carácter global de la música, siempre protagonismo compartido, más en las obras solistas donde trata al músico cual cantante de ópera, ayudando, subrayando, ensalzando las intervenciones con la atención e intención que se merecen. Si el Tristán con la OSPA me descubrió esa faceta corroborada con los hermanos Del Valle, el Saint-Saëns con Mørk supone un hito para todos por el resultado alcanzado y el buen hacer que llegó hasta el último rincón de un auditorio algo más ocupado (y «sano») que en anteriores conciertos.

Necesario descanso para afrontar el segundo del francés por parte del noruego. El Concierto para violonchelo nº 2 en re menor, op. 119 parece otro mundo por los treinta años de separación con el primero, pero igualmente bello, más complejo y profundo, con el virtuosismo necesario para una obra de estas connotaciones en la madurez interpretativa y compositiva. Curioso que Truls Mørk necesitase partitura, extraño verle incómodo aunque su sonido siguiese siendo impoluto, carácter noruego invernal y parada inesperada en el pasahoja previo a la última cadenza, perdido en la blancura pero que la honda respiración sirvió para afrontar la recta final rápidamente en busca del calor que puso la orquesta y la seda de García Calvo, apartando el florete, sable para este segundo concierto y un nuevo éxito musical para este hito a tres partes: solista, director y orquesta.

Y otra rareza para acabar, el siempre innovador Stravinsky con Juego de cartas: ballet en tres repartos, un póquer sin danzarines pero donde a la voz de «¡Hagan juego!» se repartió carácter en cada mano, las dos del croupier García Calvo y unos músicos con cartas ganadoras, aunque siempre gana la banca, esta vez el público que sí entendió la apuesta arriesgada y aceptando el resultado de esta partida que corrobora nuevamente la ductilidad de la formación asturiana, la enorme calidad de todas sus secciones y su asombrosa transformación cuando hay un Director (con mayúscula) capaz de lograr la empatía desde el carácter. Realmente qué titular hemos perdido…

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con «El camino hacia el concierto» la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa «Avanti» en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de «guiños» al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el «pop» de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo «citado» con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir «interferencias», las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, «rusamente prokofieviano» (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro «Cheek to cheek», mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo «por dos cabezas» entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un «crescendus interruptus» que devuelve dúo a flauta y clarinete, Myra–Andreas antes de apropiárselo Vasiliev–Ordieres, arietes de arco traspasados a Ferriol–Romero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una «paradinha» aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más «operístico» por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter «cantabile» y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su «Sueño», sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra «menor» e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.

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