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Serena Sáenz brilla en Oviedo

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Martes 7 de abril, 19:30 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, XIII Primavera Barroca – CNDM “Circuitos Oviedo”: Serena Sáenz, (soprano), Vespres d’Arnadí, Dani Espasa (clave y dirección). Obras de Vivaldi, Rameau y Haendel. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Tercer concierto de esta decimotercera «Primavera Barroca» ovetense en colaboración con el CNDM que dirige Francisco Lorenzo, hoy presente en esta ideal sala de cámara, y con la conferencia previa para estudiantes del Conservatorio Superior de Música y la Universidad de Oviedo, hoy en mayor número que las dos anteriores (se nota menor carga de exámenes), que presentado por el doctor Ramón Sobrino nos daría Dani Espasa, desgranándonos lo que sería el concierto posterior.

Además de hablarnos del bajo ostinato que será uno de los recursos más utilizados desde entonces a lo largo del tiempo, comenzaría por aclararnos cómo elegir este programa que el sevillano Pablo J. Vayón titula «Juego de espejos» en sus notas al programa, y qué mejor que comenzar con Vivaldi que en la primera aria de Bajazet («Sposa, son disprezzata»), está tomada de un aria de Giacomelli y resignificada para su nueva circunstancia con otra letra, una práctica de «pastiche» muy habitual de entonces, incluso reutilizando materiales propios para distintas obras, como veríamos más adelante. No es una limitación creativa sino  que «revela una concepción profundamente pragmática del teatro musical, en la que la verdad expresiva depende de su capacidad para conmover y definir con precisión el estado afectivo deseado» como (d)escribe mi tocayo. En la Sinfonía inicial ya aparece  el bajo ostinato y el tema en otra tonalidad de «La Primavera» en el III movimiento (como también lo hará en el segundo de Orlando Furioso) redundando en lo que hoy llamaríamos reciclaje.

De Rameau y Les indes galantes, Espasa confesaba que hace una suite un tanto personal por el orden y elección de los distintos números, a veces buscando tonalidades cercanas, cómo utiliza la improvisación en la mano derecha a partir del bajo escrito, o combinar timbres de soprano y flauta. En el caso del aria de Platée nos contaría que el personaje es una rana en esa ópera, un guiño a la no muy agraciada princesa española (no citó que se trataba de María Teresa de Austria y Borbón) casada con el rey Luis XIV, y donde podríamos ver lo excelente actriz y cantante Serena Sáenz, a quien Dani Espasa «descubrió» cuando tenía 14 años y hoy es toda una figura internacional.

Para la segunda parte sería el alemán Händel el elegido, quien con 22 años se fue a estudiar un «Erasmus» (como ironizó el catedrático Sobrino) a Roma que le marcará para siempre, incluso siendo italiano desde su nueva nacionalidad inglesa. Será un admirador de Corelli quien como concertino estrenó alguna de sus óperas  y oratorios (Il trionfo del Tempo e del Disinganno), se inspirará en los Concerti Grossi del maestro entonces londinense pero netamente «corelliano». Nuevamente reciclará melodías, caso de su Lascia la spina que canta Piacere en el citado oratorio, la primera vez que la compone en Italia y aparecerá en otras obras con letras distintas y alguna variación melódica que conviene no cantar o tocar la más popular Lascia ch’io pianga. Y cerrará concierto el aria de Morgana de su ópera Alcina.

A una pregunta de un alumno sobre qué temperamento utilizaba, el maestro Espasa sin ahondar en demasiados tecnicismos que daría para otros 50 minutos de clase, nos citó a Johann George Neidhardt el “loco de los temperamentos”, habló de la afinación que para el intervalo de «tercera pura» es mucho más complicada y que la quinta, 5ª, que tiene por acústica a estar baja, siendo habitual el llamado temperamento mesotónico en el barroco por ejemplo de de Monteverdi, mientras que en cuanto a las nuevas tonalidades que surgen en el Barroco, fluctúan medio tono bajo como era en Rameau (390Hz) respecto al piano actual (440Hz) que usa Vivaldi, y que para este concierto se afinaría todo a 415Hz para evitar complicaciones a los distintos instrumentos.

Con una sala al completo que sigue demostrando la vigencia del Barroco entre todos los públicos, volvía por tercera vez a la capital asturiana Vespres d’Arnadí tras un recordado «Orlando doble» en junio de 2016 con Xabier Sábata, y con Vivica Genaux hace cinco años en plena Pandemia que no nos privó de un memorable Hasse entre otros barrocos. Fieles a repertorios muy bien armados y con voces de primera arrancarían el concierto con una plantilla para la ocasión, formación solo de cuerda comandada por la canadiense Farran Sylvan, más Josep María Martí al laúd (impecable todo el programa) junto al propio Dani Espasa al clave y un continuo preciso para un Vivaldi «de manual» por contrastes de tempi, matices y expresividad en todo el orgánico.

Tras la Sinfonia y los posteriores tres movimientos de Dorilla in Tempe, RV 709, aparecía en escena la soprano catalana Serena Sáenz (Barcelona, 1994), para interpretarnos dos arias distintas en carácter e iguales en dificultad: «Sposa, son disprezzata» de la Irene del Bajazet (Il Tamerlano), y Licore con el «Alma oppressa» (de La fida ninfa). La instrumentalización de la voz a cargo del Vivaldi maduro, puro e implacable virtuosismo lleno de ornamentaciones, agilidades increíbles, exigentes fiatos y hasta una bravura o furor con una orquesta sobresaliente en el impulso rítmico que la barcelonesa bordó.

En plenitud vocal, Serena Sáenz deslumbró por un color de voz carnoso de agudos cristalinos y graves livianos mas suficientes, pero sobre todo por su expresividad, tanto vocal como corporal, diferenciando cada rol, moviéndose en este Vivaldi con un dominio total y unos «da capo» portentosos que son el meollo de la música barroca.

Su descanso llegaría con la «Suite Espasiana» de Les indes galantes (Rameau). Incorporándose al orgánico primero Marina Durany con el traverso (también el piccolo) y después el oboe de Pere Saragossa. Vayón escribe: «Si el principal parámetro de la música era la melodía, como querían Rousseau y los defensores de la ópera italiana, la alternancia de recitativos y arias se convertía en el eje sobre el que descansaban las obras; si en cambio era la armonía, como pensaban Rameau y los defensores de la ópera francesa, la escena, constituida de recitados, breves arias, coros y danzas, devenía unidad dramática mínima«, y en la combinación de estas galantes indias, Vespres D’Arnadí fueron fieles a la definición de este dulce tradicional valenciano que suele elaborarse durante el tiempo de Cuaresma y Semana Santa, casi cual mantecado avilesino de Pascua por la exquisitez de los ingredientes elegidos para este plato musical francés de la formación y «sin calabaza». Siete números donde no faltó la famosa melodía del Air pour les sauvages antes del Tambourin literal (con Dani Espasa en la pandereta) luminoso y un alarde instrumental por parte de todos para este muestrario así organizado preparando sin oboe las dos últimas arias de Serena Sáenz: la pastora de Hippolyte et Aricie, donde el dúo de la soprano con el traverso fueron unos «Rossignols amoreux» más el solo de violines y clave un remanso pastoril antes de la graciosa y expresiva aria de esa rana loca «Aux langueurs d’Apollon» en la citada ópera Platée. El cierre de esta primera parte fue perfecto para redondear un éxito de la soprano catalana, madurez vocal total, manejando todos los recursos desde una técnica impecable y una escena donde ojos y manos subrayaban un texto irónico lleno de gracia, y hasta tener «mando en plaza» casi llevando a la cuerda a su terreno de virtuosismo y teatralidad.

De Händel a Haendel, de Alemania a Inglaterra pero siempre el Handel de fondo «italiano» la segunda parte que se abría sólo con la cuerda para el aria de Belleza Tu del ciel ministro eletto del oratorio ya comentado en la introducción y conferencia. Serena Sáenz, con nuevo y elegante vestuario en blanco y negro para este monográfico haendeliano, volvió a sentar cátedra, jugando con los tempi y bien arropada por unos músicos siempre ensamblados que brillaron sobre todo en el dúo entre violín y laúd a la misma altura expresiva que el aria, pura belleza vocal e instrumental.

Perfecto colocar a continuación el Concerto grosso en sol mayor, op. 6, nº 1 sumándose el oboe de Saragossa para completar esa sonoridad única que logra ese instrumento en estos conciertos donde alterna el grosso con los excelentes solistas (violinesI y II,  viola y cello) y el clave perlado de un Espasa que respira con sus músicos, cinco movimientos en alternancia de aires bien ceñidos a las indicaciones, donde los tiempos rápidos mostraron la conjunción de todos ellos con limpieza y precisión exquisita.

Quedaban otras dos arias con el mismo orgánico para seguir disfrutando de la soprano catalana, de nuevo el oratorio con la sentida Lascia la spina , Piacere del personaje y la interpretación que no todas las sopranos pueden cantar ante un registro grave al que la barcelonesa llega casi de puntillas para ornamentarlo y hacerlo brillar en el medio y agudo con su musicalidad y gusto.

Y salto a la Morgana de Alcina, otro aria como Tornami a vagheggiar , primorosa, corpórea, de agilidades portentosas y fiatos casi imposibles con total dominio de la respiración. Si en Rameau su voz fue un ruiseñor, el canto haendeliano de Sáenz resultó todo un catálogo ornitológico de trinos, saltos, diálogos con el violín, el ropaje perfecto de Vespres d’Arnadí y un cierre que levantó al público de las butacas.

Sin aparente cansancio y comentando que era un «suicidio» llegaría el primer regalo, por supuesto Händel y el aria «Agitato da fiere tempeste» (de Riccardo Primo, Re d’Inghilterra), más que un tour de force todo un gimnasio de vocal para el diafragma con amplias y necesarias respiraciones imperceptibles por la técnica de la soprano catalana nuevamente pletórica en esta joya operística italiana en el Londres triunfante de George Frideric Haendel.

Nueva apoteosis de aplausos entre un público ya entregado, ¡Bravos! varios y nada mejor que cerrar con «Piangerò la sorte mia» (del Giulio Cesare), sentada junto a Dani Espasa en el inicio, con la flauta emulando y completando su voz, un cambio de tempo encajado a la perfección con un ensamble ideal, atento, versátil, y el remanso final «da capo» de maravillosos ornamentos en este concierto donde Serena Sáenz enamoró de principio a fin.

 

PROGRAMA:

I

Antonio VIVALDI (1678-1741)

De Dorilla in Tempe, RV 709 (1726):

Sinfonía – I. Allegro – II. Andante – III. Allegro

De Bajazet (Il Tamerlano), RV 703 (1735):

Aria de Irene: Sposa, son disprezzata (acto I, escena 7)

De La fida ninfa, RV 714 (1732):

Aria de Licori: Alma oppressa (acto I, escena 10)

Jean-Philippe RAMEAU (1683-1764)

De Les indes galantes, RCT 44 (1735):

Air des incas pour la dévotion du soleil (entrada I I , escena 5)

Adoration du soleil (entrada II, escena 5)

Air pour les esclaves africains (entrada I, escena 6)

Air pour Borée et la Rose (entrada III, escena 8)

Menuet I y II (prólogo, escena 2)

Air pour les sauvages (entrada IV, escena 6)

Tambourin I y II (entrada I, escena 6)

De Hippolyte et Aricie, RCT 43 (1733):
Aria de una pastora: Rossignols amoureux (acto V)

De Platée, RCT 53 (1745):
Aria de La Folie: Aux langueurs d’Apollon (acto I, escena 5)

II

George Frideric HAENDEL (1685-1759)
De Il trionfo del Tempo e del Disinganno, HWV 46a (1707):

Aria de Bellezza: Tu del ciel ministro eletto (parte II, 28)

Concerto grosso en sol mayor, op. 6, nº 1 (1739):

I. Tempo giusto – II. Allegro e forte – III. Adagio – IV. Allegro – V. Allegro

De Il trionfo del Tempo e del Disinganno, HWV 46a (1707):

Aria de Piacere: Lascia la spina (parte II, 16)

De Alcina, HWV 34 (1735):
Aria de Morgana: Tornami a vagheggiar (acto I, escena 14)

INTÉRPRETES:

VESPRES d’ARNADÍ (grupo residente de la temporada 25/26 del CNDM)

Farran Sylvan James, Cecilia Clares y Oriol Algueró VIOLINES I

Ricard Renart, Maria Gomis y Marta Atcher VIOLINES II

Natan Paruzel y David Glidden VIOLAS

Oriol Aymat VIOLONCHELO

Mario Lisarde CONTRABAJO

Josep Maria Martí ARCHILAÚD

Marina Durany TRAVERSOs

Pere Saragossa OBOE

SERENA SÁENZ SOPRANO
DANI ESPASA CLAVE Y DIRECCIÓN

Germinó y sigue creciendo…

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Oviedo 5 de abril, 18:30 horas. Auditorio de Oviedo, Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN), Juan Floristán (piano), Óliver Díaz (director). Obras de Copland, Rachmaninov y Dvořák.

Este Domingo de Resurrección a una hora poco habitual y con no demasiada publicidad, aunque el público fiel no falla, llegaba a la capital ovetense desde nuestra vecina Cantabria la JOSCAN en el «Encuentro de Primavera 2026«, agradeciendo además que su primera salida haya sido a nuestra tierra tras el concierto en la mañana anterior en Comillas, con muchos asturianos tanto en las responsabilidades de la Consejería de Educación, Formación Profesional y Universidades del Gobierno de Cantabria, como en la propia formación de los jóvenes músicos y al frente de la dirección artística y musical el carbayón Óliver Díaz, quien traía a un pianista amigo, al que sigo desde su «descubrimiento» en 2015 (XVIII Paloma O’Shea Santander International Piano Competition) donde se alzaría con el primer premio precisamente con el mismo concierto que interpretaría en este encuentro primaveral, todo un acontecimiento al que no podíamos faltar.

En su presentación figura que la Joven Orquesta Sinfónica de Cantabria (JOSCAN) es un proyecto pedagógico de marcado carácter artístico, cuyo objetivo es contribuir, de forma muy significativa, a la educación musical y preparación profesional de los jóvenes músicos cántabros y de toda la sociedad a través de sus actividades artísticas. Como proyecto educativo, se pretende tender puentes entre las enseñanzas musicales de los conservatorios de esa comunidad, las enseñanzas musicales superiores y el entorno profesional de la orquesta. Desde sus comienzos en 2011, bajo la dirección artística de Emilio Otero, la JOSCAN ha contado en sus diferentes etapas con prestigiosos directores: el cántabro Jaime Martín, junto a maestros como José Luís Temes, Enrique García Asensio, Vladimir Stoupel, Andrés Juncos, la murciana Virginia Martínez o el mexicano Iván López Reynoso. Desde entonces han dado 10 conciertos, siendo estos del «Encuentro de Primavera 2026» el sexto de esta temporada tras un paréntesis de cinco años felizmente recuperado y necesario en el actual panorama sinfónico nacional. Se plantaron semillas en todos los terrenos que dependiendo del interés, buen abono, barbechos, y tiempo, han germinado e incluso creciendo como es el caso. Se podría escribir mucho de tantos excesos que marchitaron los buenos frutos, la escasa inversión o una mala «comercialización» de un producto que incluso hemos exportado a medio Europa, más allá del viento. Así que solo queda aplaudir esfuerzos como este de Cantabria, pleno además de cantidad y calidad musical, que no solo son cantera para el futuro sino una realidad digna de comentar.

Tras una intensa semana de preparación en las instalaciones del Centro de Programas Educativos de Viérnoles (Torrelavega), Óliver Díaz presentaba un ambicioso repertorio donde comprobar el nivel alcanzado por una amplia plantilla de músicos que lo dieron todo con la frescura de la edad, las ganas de aprender, la entrega y el talento más los vínculos que se crean en esta «pequeña sociedad» que es una orquesta, como así la definió el director asturiano en la breve presentación tras la Fanfarria para el hombre común («Fanfare for the Common Man») de Aaron Copland (1900-1990), breve pero impactante obra que rinde homenaje a la figura del ciudadano corriente mediante una potente llamada de metales y percusión cargada de simbolismo y solemnidad, compuesta en 1942 para la Orquesta Sinfónica de Cincinnati, tras tantos encargos que se hicieron  por el «fervor patriótico» tras la entrada de EEUU en la SGM.

Abrir el concierto con los metales y percusión de la JOSCAN ya suponía una primera prueba de fuego y esta popular composición (de la que bebería tanto el «olímpico» John Williams como algunas notas que tomarían prestadas Queen para «We Will Rock You») no podía ser mejor carta de presentación.

Cada concierto de Juan Floristán (Juan Luis Pérez Floristán, Sevilla 1993), alumno entre otros de la gran Leonskaja, es siempre un acontecimiento único aunque interprete una obra tantas veces a lo largo de su ya larga trayectoria como el Concierto para piano n° 2, Op. 18 de Sergei Rachmaninov, pues los años dan no solo poso y experiencia, también complicidades con la orquesta de turno, con la que sentir ese ambiente camerístico que el ruso crea entre un tejido orquestal que manejaba como pocos en toda su amplia producción. El sevillano, un comunicador de talla internacional como ya asombró a quienes no le conocían en el programa «La Revuelta» con David Broncano hace un año, también quiso aportar antes de comenzar algunas pinceladas de esta famosa partitura más allá del cine o las connotaciones personales del compositor, que evidentemente ayudan a comprender mejor este «segundo» que nunca cansa escuchar. Tras Santander lo interpretaría en este mismo auditorio hace nueve años con Oviedo Filarmonía y ya entonces marcaba desde su personalidad unos tiempos tranquilos, sosegados pese a su juventud así como un perfecto entendimiento con el podio de Kerem Hasan. Más recientemente en Granada (20 de junio de 2024) lo escuchaba interpretarlo con la orquesta de la capital nazarí dirigida por la noruega Tabita Berglund, y donde destacaba que «El sevillano ha madurado y su interpretación resultó en cierto modo rocosa como las piedras del Carlos V, dura y muy contrastada, mandando y mostrando buen entendimiento con la directora noruega atenta al solista» pese a una OCG que estuvo descompensada y hasta gélida. Pero este primer domingo de abril Juan Floristán y Óliver Díaz encontraron en la JOSCAN la herramienta ideal donde volcar una interpretación a la altura de lo escrito. La plantilla, que dejo al final de la entrada, estuvo equilibrada en todas las secciones, con una cuerda que se puede calcular a partir de los seis contrabajos, una madera excepcional, una percusión siempre certera, y sobre todo los metales que presentaron sus credenciales en la fanfarria inicial.

Para quienes conocen a fondo «El segundo de Rach» (compuesto y estrenado entre 1900-1901), es difícil para todos, no ya las partes del piano donde debe dialogar, marcar los muchos cambios de compás y ritmo, encajar cada cadencia con el «tempi» global o ese carácter de último romántico que alterna melancolía, lirismo y dedos virtuosos, hasta sobreponerse con la necesaria fortaleza al empuje orquestal. Para toda formación sinfónica no hay sección que escape a sus respectivos solos y fraseos con el solista, el equilibrio entre lo íntimo y contemplativo con el «poderío» triunfal y expansivo de cada tutti, también muy atentos a la agógica y la plena concentración en la batuta, que debe conducir y concertar, algo que Díaz hace como pocos directores actuales. El entendimiento entre solista, orquesta y director funcionó desde el arranque en solitario del Moderato inicial hasta el último Allegro scherzando. Reconforta escuchar una orquesta bien empastada, con una cuerda sedosa capitaneada por Stefany Andreina Belandria, unos cellos mayoritariamente femeninos y maravillosos en sus fraseos, una madera donde flautas, oboes o clarinetes suenan «a gloria bendita» y sobre todo unos metales «orgánicos» capaces de dinámicas extremas sin perder homogeneidad, musicalidad, buen gusto y protagonismo en su sitio. Y sumemos el piano de Floristán, escuchando, compartiendo, sacando el color y sabor nunca edulcorado, adecuado para cada uno de sus pasajes. Protagonista y compañero sabiendo mandar sin imposiciones, incluso en los rubati, a unos jóvenes que dieron lo mejor de ellos tras un duro trabajo que tuvo la recompensa del aplauso unánime y prolongado.

Tras tanto esfuerzo, tensión y «notas» llegaría tras el verde y duro norte Cantábrico más el sevillano sur florido, el remanso finlandés de Le sapin (El abeto) de Sibelius (la última de sus Cinco piezas para piano, op. 75), donde Juan Floristán nos transportó a la naturaleza pianística de otro gran orquestador donde el piano es el contrapeso necesario para todos, esplendor sonoro lleno de intimismo y melancolía esculpiendo las 88 teclas con maestría y emotividad.

Para toda orquesta sinfónica afrontar la música de Antonín Dvořák (1841-1904) es siempre la piedra de toque de sus músicos y una herramienta donde ponerla a punto con la batuta correspondiente, más que un ejercicio necesario un peldaño en el crecimiento. De la conocidísima «Sinfonía del Nuevo Mundo» vamos bien servidos esta temporada y además con orquestas tanto jovenes como profesionales, que han puesto en los atriles la novena del checo. Así en Gijón las navidades pasadas fue una de las obras elegidas para el debut en su Sociedad Filarmónica de la recién creada Orquesta de la Fundación Filarmónica de Oviedo, bajo la batuta de Pedro Ordieres, donde además participé en las notas al programa para comentar esta página «americana» (más breve Óliver antes de comenzarla), y el 23 de enero fue otro regalo de la OSPA, dos interpretaciones recientes para esta sinfonía que no puede ni debe faltar en el archivo ni en los atriles.

Óliver Díaz supo transmitir a la JOSCAN toda la inspiración que el compositor checo encontró en aquellos años neoyorquinos donde combinar el lenguaje romántico europeo y los ritmos afroamericanos sumados al folklore indígena, «realmente multirracial en sus bases» como la definió Bernstein. Sinfonía en cuatro movimientos con todos los recursos del ritmo, el contrapunto y el color orquestal modernos que nos dejaron una interpretación valiente en los tempi elegidos por el asturiano, segura en cada cambio de aire, dejando a los solistas marcar su pulso, manejando los balances con mano firme, sacando en cada sección lo mejor de sus primeros atriles, de nuevo con una cuerda rica en matices y una concepción brillante sin exageraciones ni desmanes en los volúmenes. Las reconocibles melodías de esta «Novena de Dvořák» irían dibujándose claras, presentes, sinfonismo en estado puro con todas las emociones y lenguajes utilizados por el checo que dejó la semilla para una música que se germinaría, crecería y se haría adulta en el «nuevo mundo» como hoy abría y demostraba Copland.

La JOSCAN ya germinó, crece correctamente y ya da sus primeros frutos, bien regada por Óliver Díaz hoy acompañado por Juan Floristán, dejándonos una excelente «resurrección sinfónica juvenil» en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, la mejor presentación en este coliseo por donde ha pasado lo más granado de la música de mi tiempo.

 

PROGRAMA:

Angustia y Enigma

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Viernes 27 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono 11 «Enigma»: Lidya Teuscher (soprano), Marta Infante (mezzo), Gavan Ring (tenor), Jan Antem (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Matthew Halls (director). Obras de Haydn y Elgar.

Viernes de dolor para cerrar marzo y abrir una Semana Santa donde la música no puede faltarnos, y un programa donde se mezclaban angustia y enigma. Los encuentros previos a las 19:15 horas van congregando  más aficionados que no queremos perder los detalles que no están en las notas al programa y enriquecen la escucha posterior. Y esta vez el británico Matthew Halls, actual director de la orquesta finlandesa Tampere Filharmonia acercaría no ya las dos obras con sus autores sino la forma de enfrentarse a las orquestas donde le invitan.

Es cierto que en la actualidad encontramos muchas batutas titulares al frente de varias orquestas, una exigencia tanto para las formaciones como para los directores, y aunque el maestro Halls suele estar invitado por muchas, comentaba que su esposa le agradecía ser solamente titular en Tampere (Finlandia), caracteres nórdicos totalmente opuestos a los españoles, pero que como buen británico está «en medio» para sacar en cada momento lo mejor de cada partitura, pues su objetivo no es el de que haya una «marca orquestal» (algo que con la globalidad se ha perdido) sino que los músicos interpreten las obras según el estilo de los compositores, como así lo demostraría con Haydn y Elgar.

No conocer la historia puede condenarnos a repetirla, y escuchar el origen de la Missa in Angustiis (“Nelson Mass”) de Haydn es trazar paralelismos entre aquellos tiempos convulsos del Imperio Austro-húngaro: Napoleón intentando conquistar Egipto y el inglés Nelson en defensa de los intereses del Imperio Británico, las tropas napoleónicas cruzando los Alpes amenazando Viena por vez primera, con la ciudad festejando la aplastante victoria del entonces contraalmirante británico Horatio Nelson en la Batalla del Nilo. Tiempos angustiosos que dan lugar a obras maestras. Las notas al programa de Álvaro Flores Coleto completan la historia de esta misa, que como curiosidad más que confirmación, el propio Horatio Nelson escuchó el estreno tras visitar al príncipe Esterházy pidiendo quedarse con la copia firmada por Haydn, un militar que leía música y la leía en sus momentos de relax.

Franz Joseph Haydn (1732 – 1809) se encontraba en Viena en 1795 tras su triunfante periplo londinense, pero el trabajo y los viajes ya le pesaban, y a sus 63 años regresa a su ciudad, donde Nicolás II -sucesor de los Esterházy- quería rehabilitar el antiguo esplendor de la capilla musical familiar, para situar de nuevo a «papá Haydn». Aceptado el cargo llegaron los encargos de una serie de misas para celebrar anualmente el onomástico de María Josefa Hermenegilda de Liechtenstein, esposa del príncipe. Guardo muchas versiones de estas joyas y aquí está el origen de la Missa in angustiis (estrenada en septiembre de 1798) con la que alcanzaría altas cotas de depuración del género.

Con una plantilla tanto coral como orquestal más «romántica» que históricamente informada, en la línea de la que he estado escuchando en casa se abría este undécimo abono con un cuarteto solista algo desigual:

La soprano alemana Lidya Teuscher (sustituyendo a Lucy Crowe que canceló por enfermedad, de nuevo agradeciendo la prontitud en encontrar sustituta) fue lo mejor de esta misa ya desde el Kyrie inicial, luciendo una proyección y volumen excelentes, una línea de canto expresiva, un empaste en los concertantes y una dicción clara. En el rápido «Quoniam tu solus sanctus» del Gloria con el coro su voz fluía limpia y amplia, incluso en el Amen con el resto del cuarteto solista. Bellísimo el «Et incarnatus» del Credo, con una orquesta mimando tanto el tempo Largo como un coro bien matizado donde Matthew Halls llevó con sus manos la expresividad de todos.

Las partes de mezzo no son muy «agradecidas» en esta misa, y la ilerdense Marta Infante empastó muy bien pero en esta «versión poderosa» el empuje sonoro no permitió apreciar su  hermoso color, con un volumen que quedó demasiado tapado. Al menos en el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi» disfrutamos el arranque y buen empaste con la soprano alemana.

El tenor irlandés Gavan Ring posee la voz deseada en estas obras sinfónico-corales, aunque forzando una presencia no siempre protagonista, pero al menos el color resultó ideal sobre todo con el joven barítono catalán Jan Antem (1998), que los años acabarán dándole más cuerpo, proyección y volumen, pues musicalidad la tiene y en su solo inicial del «Qui tollis peccata mundi» así lo demostró, bien mimado por Halls siempre atento a los matices y tempi (sin poder disfrutar un sonido más presente del órgano) con soprano y coro.

El Coro de la FPA que dirige hace año mi querido compañero Pepu, llevaba tiempo sin escucharle, y en estos repertorios luce por cantidad y calidad. No tengo a mano cuándo cantaron otra vez esta «Misa Nelson» (la culpable de mis adquisiciones discográficas como la que puse arriba), supongo que a finales de los años 80, pero el tiempo acaba dando peso y poso a todos. Sin contar el número, pienso que entorno a 70 voces (con reparto 40-30 entre blancas y graves), volvió a mostrar lo mejor de sus cuerdas, especialmente las sopranos que en los difíciles agudos nunca sonaron  forzadas aunque el balance sea a su favor. Muy matizado en los pianos (impecable el inicio en Adagio del «Benedictus qui venit»), equilibrado en dinámicas con los solistas, vocalidad precisa en los pasajes fugados («Credo in unum Deum»), entradas seguras incluso en los diferentes cambios de tempi o compás (desde el Amen del Vivace en el Credo al inicio del Sanctus), y con el volumen necesario y ajustado en los tutti, de nuevo con las manos maestras de Halls que le llevaron, junto a la OSPA, por esos momentos donde Haydn conjuga espiritualidad, tristeza, recogimiento, alegría y orgullo patrio.

Centrándome en la orquesta asturiana, con una plantilla «engordada» e inmensa para esta misa clásica, la cuerda (hoy de nuevo comandada por Pablo Suárez como concertino invitado) sonó aterciopelada en su momento, intensa y clara en los allegri, el inicio del «Osanna in excelsis» en el Benedictus, llevando a soprano y coro en volandas, maderas devolviéndonos los primeros atriles habituales, metales «orgánicos» por tímbrica y presencia, más los timbales clásicos de cobre, pero una lástima el órgano eléctrico que no se escuchó en ningún momento (tampoco en Elgar). Si como nos avanzaba el director británico que buscaba el estilo, pese a esta versión tan habitual en mis jóvenes años 80, al menos con estos mimbres se tejió una interpretación notable donde la sonoridad pletórica primó sobre una que hubiésemos preferido con la mitad de efectivos, más cercana tanto al Clasicismo como al espíritu de esta «Misa Nelson«.

Hace años que comento lo bien que le sientan a la OSPA los directores británicos que logran esa sonoridad que se está perdiendo. Cuando Radio Clásica grababa los conciertos para emitirlos posteriormente, tenía el humor de escucharlos en la entonces primera TDT, grabarlos en el ordenador para después pasarlos y guardarlos en CD. Buscando al llegar a casa me encontré con dos magníficas batutas allá por 2009: Adrian Leaper (con la obertura Cocaigne ¡de Elgar!) y Howard Griffiths (Mendelssohn, Schumann, Bach y la «Sinfonía Inglesa» de Dvorak). Estaba claro que con Matthew Halls volvería ese sonido «british» que la OSPA atesora y sólo unos pocos saben sacar a flote. Si el inglés en el encuentro previo nos ubicó perfectamente a su compatriota Elgar desde su modestia y poca popularidad, el «Enigma» quedó resuelto desde el Andante y cada uno de las catorce «variaciones» fueron descifrándose casi como la propia máquina que tanto ayudó en la Segunda Guerra Mundial a derrotar el nazismo, un enlace histórico de angustias con final feliz que todos esperamos discurran igual de satisfactorias en estos tiempos que no queremos ni debemos repetir.

Si puedo buscar calificativos a ese touch of class sinfónico con el que tantos hemos crecido, el sonido es una mezcla de aterciopelado, sedoso, brillante y «nebuloso», de líneas bien definidas en cada sección con unas dinámicas amplias, «pomposo» por momentos casi ceremoniales, y con un equilibrio (lo llamo balance) donde el primer plano protagonista no quede opacado por una globalidad que debe cuidar cada matiz, unido a una expresividad que solo se encuentra con el sonido correcto que el compositor busca. Elgar con sus Variaciones Enigma, op. 36 es perfecto para poder encontrar todo ello, por cercanía climatológica o de paisaje, tal vez con el trasfondo estudiantil inglés de muchos músicos de la OSPA, y aunque parte del público se fuese al descanso (nunca no lo entenderé) o incluso un teléfono volviese a sonar en el peor momento (se cumple la «Ley de Murphy» con penitencia exigida al usuario para que esta Semana Santa escuche completa la Tetralogía wagneriana ¡más el Parsifal!), este Enigma sacó lo mejor de nuestra orquesta, casi 35 años de viaje, hoy caminando de las manos de un Matthew Halls, gestos claros, amplios, cercanos, esculpiendo sonido y tiempo, dejando disfrutar de los primeros atriles (bravos von Pfeil, Alamá y el «recuperado» Andreas), pausas tan expresivas como la propia música de Elgar, o perlas engarzadas con primor del «W.N. Allegretto» (variación VIII) con el IX. Nimrod que siempre me conmueve. Brillantes todos y broncíneos los metales con ese «E.D.U.» final que sigue sonando esperanzador, británico y dejándonos otro «Viernes de Dolor» pleno de emociones.

PROGRAMA:

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809)

Missa in Angustiis (“Nelson Mass”), Hob. XXII:11:

I. Kyrie

II. Gloria

III. Credo

IV. Sanctus

V. Benedictus

VI. Agnus Dei

EDWARD ELGAR (1857 – 1934)

Variaciones Enigma, op. 36

Enigma: Andante

Variaciones:
I. «C.A.E.» L’istesso tempo

II. «H.D.S.- P.» Allegro

III. «R.B.T.» Allegretto

IV. «W.M.B.» Allegro di molto

V. «R.P.A.» Moderato

VI. «Ysobel» Andantino

VII. «Troyte» Presto

VIII. «W.N.» Allegretto

IX. «Nimrod» Moderato

X. «Dorabella – Intermezzo» Allegretto

XI. «G.R.S.» Allegro di molto

XII. «B.G.N.» Andante

XIII. «*** – Romanza» Moderato

XIV. «E.D.U.» – Finale

Monsieur Mahúgo

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Oviedo, 26 de marzo, 19:30 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, XIII Primavera Barroca / CNDM «Circuitos»: Yago Mahúgo (clave). Obras de Couperin. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Hace ya once años que el clavecinista Yago Mahúgo (Madrid, 1976) visitaba esta Primavera Barroca con su grupo Ímpetus, un músico de tecla e investigador al que tuve la suerte de escucharlo el pasado verano en Granada al pianoforte. Pero esta vuelta a Oviedo nos le traería al clave con la conferencia previa a las 18:00 horas (integradas dentro de esta programación, en colaboración con el CONSMUPA y la Universidad de Oviedo), presentado por la doctora Mª Encina Cortizo donde acercar y enseñarnos no solo su bellísimo clave (una réplica del Taskin -1769- realizada en 2009 por el luthier Keint Hill, propiedad del propio Mahúgo) sino cómo es su acercamiento a la obra de François Couperin, desgranando muchas de las obras que escucharíamos posteriormente en una sala llena que sigue demostrando el tirón que este ciclo tiene entre los melómanos asturianos.

El músico madrileño que está celebrando sus 44 años de carrera en una gira mundial, se ha embarcado en llevar al disco la integral del francés, al que desde la cercanía de tantas horas de estudio le llama François,  un proyecto titánico e inédito en nuestro país, casi 230 piezas, si tenemos en cuenta las 220 en los Libros de piezas y los preludios de El arte de tocar el clave, once álbumes de los que ya podemos disfrutar el primero (3 CDs) donde escuchar parte del programa que disfrutamos este frío último jueves de marzo. Destacar que la obra completa de Couperin abarca cuatro libros, con veintisiete órdenes (ordres) en total, y en esta primera «entrega» figura el Primer Libro que abarca cinco ordres, los números 1 y 3, esperando ya la publicación del segundo ya grabado. Si el esfuerzo es inmenso, aún más al ser el propio Mahúgo quien ha realizado tanto la grabación como la edición, con su propio sello (CMY Baroque).

En la conferencia previa el maestro madrileño nos situó en el Versalles de Luis XIV (que también era músico) y el tratado didáctico L’art de toucher le clavecin (1716) de François Couperin, verdadero manual para los clavecinistas, donde el compositor sistematizó la técnica, la articulación y el complejo sistema ornamental francés mediante detalladas tablas explicativas. A partir de las danzas que conformaban la Suite de entonces, una estructura consolidada por Jacques Champion de Chambonnières (ca. 1602-1672), fundador de la escuela clavecinística gala (como bien nos recuerda en las notas al programa mi admirado sevillano Pablo J. Vayón, Couperin comenzará a ponerles títulos en una evocación muy francesa que el propio Mahúgo nos fue desvelando, y en cada parte del concierto relató de manera más resumida.

El artículo en femenino hace referencia a «la pieza» de cada Pièces de clavecin y en todas ellas se indican las referencias más o menos directas de cada danza, un mosaico de aires, tempos o registros bien organizados y elegidos por el maestro Mahúgo. Sin entrar a comentar las dos partes (de unos treinta minutos cada una),  intercalando «capítulos» del manual con piezas de los libros I y II, que dejo al final de esta entrada, destacar cómo «canta» cada parte melódica, buscando el teclado idóneo al carácter, con una mano izquierda limpia y la derecha siempre elegante, llena de filigranas tan francesas en aquella corte donde todo era refinamiento y libertad (como en los ritmos), unas armonías audaces y sobre todo la enorme expresividad, ornamentos jugosos y una visión madrileña de aire francés bien narrada desde el clave, dejando flotando en el aire los finales que la acústica de la sala de cámara siempre favorece.

Del monográfico Couperin quiero transcribir parte de lo apuntado por mi tocayo en el programa que titula «Un teatro de caracteres», que completa y expresa mejor que quien suscribe (mis comentarios los añado al suyo en texto negro y con algún enlace a su canal en YouTube©) lo vivido en este segundo concierto de la decimotercera edición de la Primavera Barroca ovetense, con una iluminación apropiada que se aprecia en las fotos de mi otro tocayo, más un público respetuoso en general (los paseos traseros los omito):

Los preludios, de índole improvisatoria pero cuidadosamente construidos, funcionan aquí como umbrales retóricos que enmarcan las piezas de los distintos ordres. En el primero conviven la nobleza de L’Auguste con la gracia pastoril de Les Silvains (agudeza en la búsqueda del timbre propicio) o la vivacidad encadenada de La Bourbonnoise, La Manon y L’Enchanteresse.

En el segundo se alternan el brío casi marcial de La Diane y su Fanfare con la agilidad de La Diligente y la delicadeza introspectiva de Les idées heureuses (aquí dejo el enlace a YouTube©, con una bellísima tímbrica desde la copia del Taskin original que contrasta con las partituras en la tableta digital, hoy en día habitual y casi imprescindible).

En el tercero profundiza en contrastes de carácter, desde la gravedad de La Ténébreuse (nunca mejor expresado desde el clave esa imagen espectral) hasta la expansiva La Favorite, chacona de amplio aliento, ideal para terminar la primera parte de su recital.

En la segunda, pueden destacarse las texturas ondulantes de Les ondes (desde nuestro Cantábrico común con el francés) y la magia armónica de Les baricades mistérieuses (antes de las revolucionarias), que revelan la maestría de Couperin en el arte de sugerir, más que describir, afectos y atmósferas. Influyente incluso para Bach, Couperin encarna la culminación de la tradición clavecinística francesa: una síntesis de rigor formal, sutileza ornamental y elocuencia poética que transforma la suite en un auténtico teatro de caracteres.

Aún hubo tiempo para un regalo (Le Tic Toc Choc) de Monsieur Mahúgo con «su François» cercano y profundo en el salón ovetense que sigue siendo el mejor escenario para las músicas de cámara tan necesarias para poder continuar «aprendiendo a escuchar». El directo siempre será único, aunque las grabaciones sigan ocupando mis estanterías y así poder rememorar lo vivido.

PROGRAMA

François COUPERIN (1668-1733):

De Pièces de clavecin, livre I (1713):

L’Auguste. Allemande (premier ordre, nº 1)

Les Silvains. Rondeau (premier ordre, nº 8)

La Bourbonnoise. Gavotte (premier ordre, nº 14)

La Manon (premier ordre, nº 15)

L’Enchanteresse. Rondeau (premier ordre, nº 16)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Allemande

De Pièces de clavecin, livre I (1713)

La Diane (second ordre, nº 12)

Fanfare pour la suitte de la Diane (second ordre, nº 13)

La Garnier (second ordre, nº 16)

La Diligente (second ordre, nº 20)

Les idées heureuses (second ordre, nº 18)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Prélude I

II

De Pièces de clavecin, livre I (1713):

La Ténébreuse. Allemande (troisième ordre, nº 1)

L’Espagnolette (troisième ordre, nº 9)

La Favorite. Chaconne à deux tems (troisième ordre, nº 12)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Prélude V

De Pièces de clavecin, livre I (1713):

Les ondes (cinquième ordre, nº 14)

La tendre fanchon. Rondeau (cinquième ordre, nº 6)

De L’art de toucher le clavecin (1716):

Prélude VII

De Pièces de clavecin, livre II (1716-1717):

Les langueurs tendres (sixième ordre, nº 2)

Les baricades mistérieuses. Rondeau (sixième ordre, nº 5)

Propina (Encore):

Le Tic Toc Choc (ou Les Maillotins) (XVIII ordre, nº 6)

Bach aprieta pero no ahoga

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Domingo 15 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo:  Concentus Musicus Wien, Stefan Gottfried (director). “Nikolaus Harnoncourt, in memoriam († 5 de marzo de 2016)”. Obras de J S. Bach.

De todos los apóstoles de nuestro “Dios Bach”, este domingo honrábamos a Nikolaus Harnoncourt (Berlín, 1939 – Sankt Georgen im Attergau, 2016), con la llegada a Oviedo de la orquesta que él fundase en el otoño de 1953, aquellos veinteañeros como la violinista Alice Hoffelner (con quien se casaría al poco) o Leonhardt ¡con la viola de gamba! más Nikolaus dirigiéndola desde el violonchelo hasta 1987, siendo después el director artístico de estos vieneses internacionales.

El Credo de Harnoncourt reza: “La música de cada época se puede presentar de la manera más vívida utilizando los recursos sonoros de su tiempo». De su ya larga historia, durante más de cuatro años los músicos del conjunto vienés se centraron inicialmente de forma exclusiva en los ensayos, refinando su sonido y buscando una interpretación auténtica de obras barrocas y prebarrocas, hasta que ofrecieron su primer concierto en 1957 en el Palais Schwarzenberg de la capital austríaca.

Y a partir de entonces nacía otra Historia de la Música, alejada de visiones románticas con afinaciones aptas para los instrumentos actuales pero muy distintas de sus orígenes. Si en mi juventud se hablaba de versiones historicistas, hoy ya se las denominan con “criterios históricamente informadas”, aunque el espíritu sigue siendo el mismo: realizar “interpretaciones auténticas”  en una aproximación de la que nunca agradecemos lo suficiente el enorme trabajo de aquellos “visionarios” que rompían moldes en busca de poder recrear obras según el estilo, contexto, instrumentos y técnicas originales de su época desde el análisis concienzudo de las fuentes históricas, tratados y réplicas de instrumentos para ofrecer una versión más fiel a la intención del compositor, comúnmente aplicada al Barroco, Renacimiento y Clasicismo.

No citaremos todo el apostolado pero al menos tocaba recordar “Los Cuatro Evangelistas”: Harnoncourt con Leonhardt, Koopman y Gardiner (éstos pasando por Oviedo Origen del Camino para refundar «La Viena Española»).

Las claves de esta iniciativa y muchos más datos podemos rastrearlos en el Archivo Nikolaus Harnoncourt (www. harnoncourt.org) donde se localizan las partituras anotadas de los Brandeburgo que sonaron este domingo, y cuya interpretación conviene complementar previamente con la lectura de algunos escritos como el capítulo del libro “El diálogo musical” (Paidós Ibérica, 2003) o “La música como discurso sonoro” (1984, traducido por Juan Luis Milán y publicado en Acantilado, 2007), que no pueden faltar cual Evangelio según Nikolaus de la biblioteca que todo creyente en Bach atesora, y que el crítico Alberto González Lapuente incluye en sus notas al programa junto a un breve análisis de los seis “Conciertos de Brandeburgo” BWV 1046-1051,  que ocuparían todo el programa.

Pero la obra viva de Nikolaus, su Concentus Musicus Wien, como cualquier otra transmisión oral, va perdiendo y adaptando, incluso traduciendo de forma desigual con el transcurso del tiempo, y aunque se mantenga el espíritu, falta «la mano que todo lo guía». Por su parte las fuentes escritas, aunque sean las originales, se interpretan siempre distintas y aún mas desde el irrepetible directo. En esta gira hispano-portuguesa donde Oviedo sigue estando en el mapa, tras la liturgia bachiana solo me quedó pensar que «Mein Gott» todo lo perdona y como el refrán «aprieta pero no ahoga».

Los famosos «conciertos para distintos instrumentos» escritos cual tentaciones paganas entre Weimar y Köthen para el Margrave Cristian Luis, y de los que el ex-director del Archivo Bach, en mi siempre recordado Leipzig, Christoph Wolff definió como «el más amplio espectro de instrumentos de orquesta… en combinaciones audaces», siendo para tantos bachianos un soplo de aire fresco al combinar distintas formaciones. Pero no fueron sino una penitencia pese al intento por comprender lo que iríamos escuchando en apenas dos horas, con una sensación de prisa en terminar el concierto, pues tocaba madrugar, y mucho, para tomar el vuelo hacia Barcelona (quedando aún por delante Lisboa, Las Palmas y Sevilla antes de retornar a Viena). En el aire estaba el espíritu pero no la dirección, pues Stefan Gottfried estuvo más preocupado del teclado que en mantener los tempi y los balances, que deslucieron casi todo el concierto. Sensación de cierta taquicardia porque no había un solo corazón latiendo en estos seis libros del «Nuevo Testamento». El alma insufla conocimiento pero faltaba cohesión, con momentos incluso de desafine, desajustes de todo tipo que si Harnoncourt lo estaba escuchando a la derecha de Dios Padre pensaría que su «evangelio» no era el mismo, aunque perdonándolo todo desde su eterna piedad y comprensión por estos herederos humanos indignos por tomar su nombre en vano.

El Concierto nº1 en fa mayor  -único escrito en cuatro movimientos- con las dos trompas naturales solistas era previsible que daría quebraderos de cabeza -y oído- para todos, y cual claxon de camión el volumen (y las pifias varias) taparon a un trío de oboes que se volvieron invisibles-o inaudibles- e incluso un fagot que intentaba compactar el continuo discontinuo y deslabazado. Nada se escuchaba con claridad y menos a una cuerda donde el contrabajo doblando los cellos (ahí teníamos al leonés Luis Zorita) emborronaba aún más la sonoridad. De acuerdo que por aquel entonces la trompa era un instrumento «de aire libre» que tocaban los cazadores y batidores, pero se escuchó más una jauría que ni siquiera nos dejó entrever el esperado y tranquilo Menuetto que pudiera dejarnos algo relajados y alejados del estruendo. Malas sensaciones que proseguirían…

Algo mejor transcurrió el Concierto nº 3 en sol mayor, casi camerístico y cabalístico en torno al número tres (tres violines, tres violas y tres violonchelos), en este caso gracias a la ausencia en él de los instrumentos de viento que salvó la versión de los errores anteriores, con el clave del profesor vienés Stefan Gottfried al menos «en su sitio», pese a unos ornamentos no muy brillantes pero manteniendo el sonido de una cuerda algo más ajustada, donde el Adagio central, que originalmente solo consta de dos acordes (inicial y final), fue casi un Andante para poder dar rienda suelta en las cadencias a lo que El evangelio según Harnoncourt plasmó en sus partituras más allá de lo imaginable por El Kantor.

Para cerrar la primera parte de impares, el Concierto nº 5 en re mayor, sonido global reducido para el lucimiento de la quebequesa Annie Laflamme al traverso y el violín del veterano Erich Höbarth, sumándose el clave del vienés en su gran cadencia de nada menos que ¡65 compases!, verdadero regalo de «dios Bach» donde poder mostrar las cualidades que tanto le faltaron como director del conjunto, aunque de nuevo llevándola excesivamente ornamentada, como intentando demostrar más virtuosismo -y protagonismo- del necesario. González Lapuente describe este quinto como «el más moderno de los seis. Se trata del primer concierto «para piano» de la historia de la música (si consideramos que «piano» hace referencia a cualquier instrumento de teclado). Los otros dos instrumentos solistas son el violín y la flauta travesera, que por entonces empezaba a sustituir a la flauta dulce. Hay que tener en cuenta el papel asignado al clave a principios del siglo XVIII para juzgar lo sensacional que debió de resultar para el oyente de la época su uso en esta obra». Hoy día ya estamos hechos a esta sonoridad que asociamos al Barroco (también tristemente «por culpa» de Orff con los estudiantes de su Método que tantos profesores hemos utilizado en Primaria y Secundaria). Al menos fuimos transitando del aprieto inicial a un leve empapizamiento tras comprobar lo desigual de las distintas combinaciones instrumentales a cargo del «DesConcentus Musicus» vienés que tal vez deba volver a los inicios al principio comentados de reunirse de forma exclusiva en los ensayos para refinar su sonido.Llegaría la segunda parte con nuevos sobresaltos en una gran sala donde su peculiar acústica (sin cerrar la caja escénica como sí recuerdo se hizo con el Apóstol Leonhardt en mayo de 2011) no le viene nada bien a estas formaciones que además combinan distintos orgánicos (con todo lo que supone de ubicaciones dispares), de sonido «nebuloso» o farragoso por momentos, sin poder apreciar la cantidad de detalles que contienen los conciertos pares y las anotaciones de Harnoncourt.

Así, en el cuarto Concierto nº  4 en sol mayor brilló el violín solista de la georgiana Theona Gubba-Chkheidze, bien secundada por el resto de la cuerda más las dos flautistas de pico (Rahel  Stoellger y Patricia Nägele), las tres empastadas aunque sin un balance equilibrado con el ensamble, y menos aún en el Andante donde fuera de escena el trío solista hizo lo que Bach escribió como due Fiauti d’Echo, due Violini…  mientras Gottfried luchaba (es un decir) por mantener una pulsación que parecía asistólica a punto de infartar.

En el Concierto nº  6 en si bemol mayor, para dos violas, dos violas de gamba, violonchelo, contrabajo y clave, brilló el siempre gesticulante y por momentos exagerado Pedro de Pablo Cano, pese a una mínima desafinación del madrileño con el austriaco Firmian Lermer. De destacar y aplaudir el esfuerzo y colaboración de Zorita al cello, pues del resto las dos violas de gamba no pasaron la revisión sonora (la visual era tierna por lo nuevas). Bravo por el siempre esforzado y virtuoso cello de Luis Zorita González con la «dupla» junto a la contrabajista Alexandra Dienz, en este sexto menos embarullada.

Para concluir el programa en esta segunda parte de «pares», llegaría el célebre Concierto nº 2 en fa mayor con cuarteto solista de trompeta natural en fa, flauta de pico, oboe y violín, que quedaría desdibujado por una trompeta demasiado «fallona» del otrora gran solista Gabriele Cassone (Udine, Italia, 1959) desde la primera nota. Conozco y reconozco las dificultades de los metales naturales tan distintos de las modernas trompetas «barrocas», pero el italiano evidenció que el tiempo no perdona, y curiosamente lo mejor -o menos malo- sería el Andante central donde no interviene, pudiendo así disfrutar de Patricia Nägele, Pier Luigi Fabretti y Erich Höbarth bien arropados por el ensemble vienés que mantuvo la unidad que faltó en los movimientos extremos, con un Allegro assai rozando el esperpento o la blasfemia bachiana.

Una lástima porque este segundo, como nos contaba en las notas González Lapuente , «es una complicada interlocución musical en la que Bach no indicó ninguna dinámica, de manera que se esperaba la relación habitual de la época que era opuesta a la actual: por regla general, los solos se tocaban en piano y los tutti en fuerte. El solista no necesitaba luchar contra el tutti puesto que no lo acompaña, sino que establece con este una forma de diálogo». Más monólogos que diálogo y más pena que gloria, aunque como en los toros (y había seis auténticos morlacos) hubo división de opiniones, pese a la devoción por Bach y el afecto casi devocional por El Concentus de Harnoncourt de los muchos melómanos que este cuarto Domingo de Cuaresma ocuparon el auditorio de «La Viena española», finalista a la candidatura de Capitalidad Cultural Europea 2031 junto a Granada, Cáceres y Las Palmas.

Las prisas no son buenas consejeras, menos en una música que debe paladearse sin empapizarnos, y ni siquiera hubo propina, aunque tras lo escuchado casi fue de agradecer.

Se me hace difícil escribir de estos conciertos tan esperados pero queda aquí mi opinión que a buen seguro muchos no compartirán, pero siempre enfatizo que es personal…

Gracias por leerme.

INTÉRPRETES:

Violines: Erich Höbarth, Andrea Bischof, Barbara Klebel-Vock, Christian Eisenberger, Silvia Iberer, Veronica Böhm, Theona Gubba-Chkheidze , Jennifer Lippl, Markus Hoffmann.

Violas: Pablo de Pedro, Firmian Lermer, Ursula Kortschak.

Violas de gamba: Pierre Pitzl, Bianca Riesner.

Violoncellos: Luis Zorita, Bianca Riesner, Hannah Stoellger.

Contrabajo:  Alexandra Dienz.

Flautas de pico (Blockflöte): Rahel  Stoellger, Patricia Nägele.

Flauta (traverso): Annie Laflamme.

Oboes: Pier Luigi Fabretti, Heri Choi, Patricia Nägele.

Fagot: Ivan Calestani.

Trompas: Dániel Pálkövi, Viktor Praxmarer.

Trompeta: Gabriele Cassone.

Cémbalo: Stefan Gottfried.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750): Conciertos de Brandeburgo

PARTE I

Concierto nº 1 en fa mayor, BWV 1046*

I. – – – –

II. Adagio

III. Allegro

IV. Menuetto-TrioI-Polacca-TrioII

Concierto nº 3 en sol mayor, BWV 1048

I. – – – –

II. Adagio

III. Allegro

Concierto nº 5 en re mayor, BWV 1050*

I. Allegro

II. Affettuoso

III. Allegro

PARTE II

Concierto nº  4 en sol mayor, BWV 1049**

I. Allegro

II. Andante

III. Presto

Concierto nº  6 en si bemol mayor, BWV 105

1 – – – –

II. Adagio ma non tanto

III. Allegro

Concierto nº 2 en fa mayor, BWV 1047*

I. Allegro

II. Andante

III. Allegro assai

Violines solistas: *Erich Höbarth y **Theona Gubba-Chkheidze

Comienza la primavera…

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Lunes 9 de marzo, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: XIII Primavera Barroca. Los elementos (Antonio Literes). Jone Martínez, Pilar Alva-Martín y Soraya Mencid (sopranos), Lucía Cahiuela (mezzo), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). Fotos de Pablo Piquero y propias.

Este 9 de marzo se cumplían mis 35 años de matrimonio y 14 de este blog en WordPress, continuación del iniciado en 2008 en el «clausurado» de Blogger©, y aquí seguimos  casi cual notario musical de una pasión que me acompaña desde mi infancia.

El Barroco goza de buena salud entre un público de todas las edades, y Oviedo llega a su decimotercera edición de este ciclo, en colaboración con el CNDM (Circuitos Oviedo), con todo vendido (por lo visto y leído ahora se dice «Sold Out») en este primer concierto que traía a los asturianos de Forma Antiqva bajo la dirección de Aarón Zapico y un elenco de voces femeninas, con las que lleva tiempo trabajando en distintos proyectos, que pusieron sobre las tablas la calificada como “ópera armónica al estilo italiano”, Los elementos (ca. 1705), del mallorquín Antoni Literes i Carrió (Artà, 1673-Madrid, 1747), una puesta en escena que ya realizasen los asturianos en la Fundación Juan March en abril de 2018 bajo la dirección escénica e iluminación de Tomás Muñoz.

Y no hizo más falta para esta nueva joya de un patrimonio musical sin complejos, una fiesta en este actual salón  ovetense nada cortesano, con cuatro cantantes cuidando un vestuario de concierto para personificar cada personaje de estos «elementos» de Literes, que va ocupando su lugar en los programas de nuestro tiempo: una de las triunfadoras del Orlando furioso ovetense, la soprano sopelana Jone Martínez (otro «fichaje» de los langreanos) de blanco para  ser Aire y Aurora, la mezzo madrileña Lucía Cahiuela ocre de Tierra y Tiempo, la soprano granadina Pilar Alva-Martín de rojo Fuego, más un azul Agua de la soprano cartayera Soraya Méncid, cuatro elementos para seis personajes que irían desgranando un libreto del que desconocemos su autoría, pero lleno de simbolismos en un lenguaje castellano muy trabajado y complicado de encajar, tanto en los recitativos como en las coplas, arias, duetos, tonadas…

La escritura del compositor mallorquín, bien explicada  en la conferencia previa (habrá que animar al alumnado a no perdérselas) a las 18:00 horas por el doctor Ramón Sobrino y Aarón Zapico exige «bucear» en todos los detalles, y la interpretación  de Forma Antiqva, buenos conocedores de estas «cantadas hispanas», se ciñó a cada uno de los 36 números con puentes instrumentales -de Corelli, Basset, José de Torres o Gaspar Sanz- muy bien enlazados por parte de los hermanos Zapico (primorosa la guitarra barroca de Pablo pese a una «incidencia» no prevista por parte de una señora algo desorientada) o el violín de Jorge Jiménez, también una sabia elección del acompañamiento ideal para cada solo, con «dúos» entre voz y cello (Ruth «Zapico») que cantaron cada frase en la misma dirección, con el orgánico básico de unos músicos que conforman el «núcleo duro» e imprescindible de los asturianos con Aarón en un clave siempre ornamentando o completando cada página.

Jone Martínez, Aire y Aurora

Las cuatro voces femeninas para esta «ópera armónica al estilo italiano» (no al completo por plantilla que se ampliaría de hacerse «al pie de la letra» como bien explicó el maestro Aarón en la clase previa), fueron un acierto por la elección, de colores y caracteres bien diferenciados, ubicadas a pares atrás escoltando al ensamble (Aire y Tierra más Fuego y Agua) para bien cantar desde sus posiciones o transitar por las tablas de una Sala de Cámara de acústica ideal para estos repertorios, casi la segunda casa de los langreanos, que sin interrupción alguna hicieron las delicias de un heterogéneo y entregado público.

«La Noche» comenzaba con las coplas «Frondosa  apacible estancia» cantadas por Jone Martínez  y Lucía Caihuela, aire limpio y tierra  fértil, soprano y mezzo para abrir esta ópera, prosiguiendo con el dúo y recitado «Moradores de estas playas», antes del primer coro A cuatro, lección de empaste de las voces: «Y así le festejen, celebren y sirvan con tiernos arrullos y suaves caricias». Alternancias vocales donde captar las cualidades de todas ellas, cristalina Soraya Méncid y verdadero fuego de Pilar Alva capaz de pasar de la soflama a la hoguera encendida por su amplia tesitura manteniendo el color en todos los registros. Cada elemento presentándose con distintos «enfoques» manteniendo la difícil escritura textual y musical que los instrumentos subrayaban.

Lucía Caihuela, Tierra y Tiempo

Alternancia de voces con un bajo continuo dialogando o sustentando arietas, o los tutti siempre bien controlados en las dinámicas por Aarón Zapico. «La noche» finalizaba A tres con Aire, Tierra y Agua, «Iras fatales fulminan» sin apagar el Fuego previo antes que el Tiempo anunciara el «Comienzo del Amanecer»:

«Y aunque intente la fatiga,

ilusión, horror o miedo,
con tan confusos rumores

interrumpir mi sosiego…»

Pilar Alva-Marín, Fuego

Literes dota cada número de expresividad, alegorías y carácter que las cuatro voces entendieron a la perfección. Caihuela llenaba estas luces de alborada pasando del Tiempo a la Tierra diferenciando ambos personajes siempre arropada por el orgánico adaptado al mismo carácter vocal. Y cada elemento iba apareciendo, Aire «En brazos del Alba», Agua «Deidades que en el monte bipartido» y la Tonada «Dormida fatiga» de una Jone Martínez verdadera Aurora. Claroscuros instrumentales que Forma Antiqva transmite desde sus inicios, barroco «de libro» con rítmicas poderosas y puentes entre los números elegidos para dotar de continuidad una narrativa peculiar, tanto por estilo y época como demostrando el magisterio de cada uno de sus componentes.

Soraya Méncid, Agua

Y «La llegada del Sol», los cuatro elementos que arrancan cantando las Coplas con el Agua de vida,

«El moble diamante

de espuma rizada,

del yelo erizada

en campo volante…»

«Moble» que significa móvil aplicado al agua como «diamante que se mueve», continuando Tierra («Aqueste hemisferio / y duro obelisco / que sirve de aprisco / a tanto viviente»), Aire («Mi esfera recibe / el plumado velamen, / que vuela al examen / del centro que vive…») y Fuego («La tímida hoguera / y llama medrosa / al frío quejosa, / al yelo severa…»), versos ya de por sí musicales entendiendo la lírica desde este estilo nuestro que las cuatro voces, bien empastadas con el orgánico apropiado (aunque se echasen en falta flautas), nos llevaron sin cegarnos hasta las últimas coplas: «Esfera copiosa» alternando el coro de todas ellas («Con luces e incendios…») con la despedida de Los elementos necesarios para aposentar estas tres etapas, Tierra, Aurora y Tiempo, juego de mezzo y dos sopranos, sumándose la tercera para el último coro:

«Instantes abracen
los siglos enteros
en que aplausos logren sus merecimientos».

Más que merecidos aplausos de un público en pie festejando esta adelantada primavera, retiradas las cuatro voces mientras Forma Antiqva finalizaba y retomaba el inicio para la salida y saludo de todos estos intérpretes que son profetas no solo en su tierra sino más allá de nuestras fronteras…

Barroco español sin complejos, patrimonio musical que debe sonar, porque los papeles no lo hacen. Aún quedan cuatro conciertos más que a buen seguro volverán a llenar la Sala de Cámara del auditorio carbayón, pues la calidad está comprobada y la afición asturiana lo sabe.

INTÉRPRETES:
JONE MARTÍNEZ, soprano (Aire y Aurora)
LUCÍA CAIHUELA, mezzosoprano (Tierra y Tiempo)
PILAR ALVA-MARTÍN, soprano (Fuego)
SORAYA MÉNCID, soprano (Agua)

FORMA ANTIQVA:

Jorge Jiménez, violín

Daniel Pinteño, violín

Ruth Verona, violonchelo

Jorge Muñoz, contrabajo

Pablo Zapico, guitarra barroca

Daniel Zapico, triorba

AARÓN ZAPICO, clave y dirección

PROGRAMA


El piano danzante

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Crítica para LNE de lunes 9, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

En Praga está la famosa “Casa Danzante” del arquitecto Frank Gehry (en realidad son dos edificios, también conocidos como “Fred y Ginger”, la famosa pareja de bailarines de Hollywood) en colaboración con el checo Vlado Milunić, un polémico proyecto para el que ambos arquitectos gozaron de total libertad artística. La misma libertad del pianista canadiense Jan Lisiecki para organizar un programa ecléctico y nada habitual titulado “Mundo de danza”, toda una guía musical de viajes por Europa con dos pequeños saltos hasta Argentina, una mezcla de valses, mazurkas, polonesas y tangos, música popular que también se traslada al ballet aunque en el piano todo adquiera una dimensión menos bailable pero más universal, usando distintos elementos que conformaron un edificio sonoro de lo más agradecido para el numeroso y variado público que acudió hasta el auditorio ovetense, tras su concierto en el Palau catalán el pasado jueves, únicas paradas españolas en esta nueva gira.

De las dos partes en las que el canadiense organizó este concierto, la primera parecía una suma de lo que ahora se llaman “encores” -yo sigo diciendo propinas-, seis conjuntos de piezas breves de seis autores bajo el título de danzas, mezclando romanticismo y nacionalismo con aires normalmente ligeros donde disfrutar del virtuosismo del aún joven Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) que lleva desde su más tierna infancia delante de las 88 teclas, de técnica asombrosa pero aún con el ímpetu que le hace transitar por tempos algo precipitados junto a los más aposentados y emotivos lentos imposibles de danzar.

Abría el recital con las “Tres danzas checas” de B. Martinů, temperamentales y de complejas armonías y ritmos que el canadiense llenó de colorido, especialmente en la Polka tercera. Sin pausa ni aplausos (igual en las dos partes) llegaría el homenaje a Falla (150 años de su nacimiento y 80 de su muerte) con las dos primeras “Danzas españolas” de “La vida breve”, la segunda sugerente por sus contrastes sonoros y dinámicas ricas, más una primera algo atolondrada pero igual de luminosa. Lisiecki es de origen polaco y se nota por cómo entendió las “Cuatro danzas polacas” de Szymanowski, exhuberantes y jugando con los tempi y sus acotaciones de aire, desde ese aire chopiniano (que llenaría la segunda parte). Las poco escuchadas “Dieciséis danzas alemanas D 783” de Schubert fueron más vienesas que germanas, de melodías bien fraseadas ejecutadas con la elegancia típica del pianista.

Retornaba la arquitectura nacionalista con Bartók y sus coloridas “Danzas populares rumanas Sz 56″, una suite  de seis páginas mezclando vértigo y calma de la tercera (“En el lugar”) donde poder paladear el pianismo delicado despojado de ornamentos, el más interesante de Lisiecki. Algo similar con las famosas “Danzas argentinas op. 2” de Ginastera, tres aires evocadores y coloristas donde la intermedia, “Danza de la moza donosa”, fue delicada sutileza entre las otras dos tan explosivas y virtuosas, en un auténtico arrebato rítmico que cerraba casi una hora de lo más intensa.

Para la segunda parte sería la música de Chopin la que nos llegó al alma, mostrando más poso desde una técnica al servicio de cada partitura. El “Gran Vals Brillante”, los dos valses Opus 34, con un “Lento” enlazado con el Opus 39 nº 15 de Brahms de suma delicadeza (primero sonaría su Opus 39 nº 3), con amplias dinámicas y sonoridad de un Steinway© que parecía otro, llenando toda la sala desde los pianissimi a las fff. El Chopin de Lisiecki es poético, personal, sentido, posado, antes de la sexta “Polonesa Heróica”con la que finalizaría el concierto, todo un derroche técnico de tempi prodigiosos, temperamental y con una ejecución potente (aunque “pise” alguna tecla como ya sucediese en el Campoamor a la “leyenda Rubinstein“ un inolvidable 7 de junio de 1975).

En este viaje no faltarían un personal “Libertango” de Piazzolla, el otro salto argentino más virtuoso que evocador desde el mismo París bien enlazado con el “Tango” de la “España” de Albéniz, y una impetuosa “Danza ritual del fuego” que adoleció de precisión pero regaló sonoridad antes de la chopiniana heroicidad final.

Lisiecki pudo presumir de sus orígenes polacos sin perder los aires de danza del resto del programa, y así la primera propina fue de su “compatriota” Ignacy Jan Paderewski (1860-1941), el “Minueto en sol mayor, Op. 14 nº 1”, para repetir con el Chopin “marca de la casa” y su famosísimo Vals del minuto (“Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1”) que duró lo habitual: minuto y cuarenta segundos, otra muestra de virtuosismo e ímpetu juvenil. Su agenda no para, pero tendrá que hacer alguna pausa para (re)posar y asentar un repertorio propio aún sin definir.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Un mundo de danzas

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Reseña para LNE del mismo sábado 7 en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

El pianista canadiense Jan Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) traía a Oviedo un programa intenso trufado de danzas a lo largo de la geografía y el tiempo, estilos y dificultades variadas para hacer las delicias de los muchos aficionados al mundo de las 88 teclas, que acudieron en buen número al Auditorio en un largo trayecto donde no faltó el homenaje a Falla en el año del 150 aniversario de su nacimiento.

Luz tenue para empezar viaje en la Chequia de Martinů, bajar hasta la “breve” Andalucía fallesca para tomar rumbo a Polonia (Szymanowski) -prólogo danzante chopininiano de la segunda parte- con escala en Viena y las poco transitadas “Danzas alemanas” de Schubert, reponer fuerzas casi siBartókn aliento en otro corto trayecto destino Rumania con el húngaro Bartók, antes de cruzar el Atlántico hasta la Pampa de Ginastera y sus “Danzas argentinas”, un mate con “la moza donosa” para cabalgar cual gaucho con boleadoras. Un itinerario musical a distintas velocidades pero siempre firmes y seguras: a pie, marcando buen paso, tomando caballo o diligencia, hasta el último en barco (que los vuelos son peligrosos). Con todo Lisiecki arriesga en cada danza desde una técnica impecable y una sonoridad amplia, un piano poderoso y delicado de este viajero que disfruta de paisaje y paisanaje, imaginando trajes de colores, cumbres y llanuras donde lo popular se hace música sin apenas reposo.

Para la segunda gran etapa un trayecto tortuoso y necesitado de mucho poso y reposo, de ballet más que danza aunque mantengamos el ritmo: Chopin de inicio, intermedio para paladear y final por todo lo alto, con Brahms acompañando a pares, más nuestros internacionales Albéniz y Falla, tango y fuego (se quemó algo) que Piazzolla aunó desde el mismo Paris, con nostalgia marplatense, donde triunfó Chopin y sus polonesas (hoy Sexta de arrebato).

En Oviedo triunfó Jan Lisiecki con dos propinas en “minuto y medio”.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Diluvio sinfónico

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Crítica para LNE digital del sábado 7, en papel el domingo 8, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Brahms sigue siendo una de las piedras angulares en los repertorios sinfónicos, y aún más en nuestra OSPA que estas dos últimas temporadas ha interpretado tres de sus sus sinfonías: Tercera (21/02/25) con su titular Nuno Coelho , Cuarta (21 de marzo  de 2025) con Giancarlo Guerrero, Primera (14 de noviembre de 2025) con Françóis Leleux, más su Obertura para un Festival Académico (23 de enero pasado) con Ramón Tébar, completándose este primer, frío y lluvioso viernes de marzo con la Obertura Trágica que escribiría a continuación, feliz complemento de la anterior, que la doctora María Sanhuesa en sus notas al programa escribe tanto de las dos oberturas como el análisis de la que escucharíamos abriendo este décimo de abono: «Consciente de las diferencias de carácter, el compositor afirmaba de ambas obras que “una ríe, y la otra llora”». Mas la interpretación del décimo abono mantuvo media sonrisa, su escritura en la tonalidad de re menor (que tantas obras maestras utiliza), asociada a lo triste y trágico, que pareció marcar el concierto, la OSPA con Coelho la mantuvo luminosa además de majestuosa, dejándonos el rictus para esperar el resto del programa, organizado a la manera decimonónica de obertura, obra con solista y sinfonía.

La soprano norteamericana Erika Baikoff , que nos enamoró en su Gretel de la ópera ovetense el pasado  septiembre, sería quien cantaría Les Illuminations de Benjamin Britten  en sustitución de Ian Bostridge  que cancelaría su participación por enfermedad el miércoles a primera hora, dejándome con las ganas de escucharle de nuevo tras su paso por el 74º Festival de Granada el pasado verano, precisamente con un Britten emocional e incluso escalofriante. Es de agradecer la prontitud de los gestores para contactar con la soprano de origen ruso para un programa que ya estaba cerrado y ¡tenía en su repertorio! (poco habitual por otra parte), estando encantada de regresar a Oviedo (como nos contaría Nuno Coelho en la conferencia previa al concierto).

Las notas de prensa sobre Erika Baikoff dicen que se está consolidando rápidamente como una de las voces líricas más cautivadoras de su generación y elogiada por su arte “conmovedor” y su canto “luminoso y vibrante”. Tras sus dos visitas a Oviedo puedo reafirmar todos los calificativos, que en mi caso describí como “de voz clara, ágil, excelente proyección y volumen suficiente, transmitiendo la inocencia sin caer en lo infantilizado desde un fraseo siempre elegante dominadora de la escena de principio a fin, con un vals conjunto pletórico por parte de ambas”.

El ciclo Les Illuminations op. 18 de Britten (estrenado el 31 de enero de 1940 por la soprano suiza Sophie Wyss) está compuesto para soprano o tenor solista con orquesta de cuerda, usando nueve canciones de la colección homónima escrita por Arthur Rimbaud que inspiraron al compositor inglés nada más leerlas. La OSPA, este viernes con Jordi Rodriguez de nuevo como concertino invitado (seguimos esperando la convocatoria de la plaza titular tan necesaria) volvió a sonar perfecta, empastada, rica, con los distintos solistas de cada sección que fueron completando una interpretación perfecta de Baikoff , verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices, con una voz de emisión clara, sentida, de enorme expresividad acorde con cada poema y una perfecta dicción en la lengua de Molière, que pudimos seguir desde el programa de mano aunque hubiese preferido se proyectaran, gustándome especialmente en la cuarta canción (Realeza: Allegro maestoso), una impactante quinta (Marina: Allegro con brio) y la última (Partida: Largo mesto), auténtica tormenta emocional mientras la cuerda “imitaba” en todos los registros los silbidos, rasgueos de guitarra, arpegios y fraseos donde Britten refleja sobre el pentagrama toda la carga que Rimbaud (sólo él comprende una realidad alucinada) plasmaría con alucinaciones, sueños y magia hecha música de nuestro tiempo. Más allá de la última frase «Départ dans l’affections et le bruit neufs!» (¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!), mucho afecto y poco ruido. Un triunfo que logró varias salidas de la soprano y el maestro portuense ante los largos y merecidos aplausos de un público fiel que no abandona nuestra orquesta ni en días de tragedias o diluvios.

Y para la segunda parte, una plantilla ideal de esta OSPA plenamente sinfónica y trágica por la susodicha tonalidad menor de esta segunda sinfonía de Schumann (escrita en 1841). Tras revisarla por el poco éxito tras su estreno en Leipzig homenajeando a Liszt ante un lenguaje orquestal novedoso, haría importantes cambios para dirigirla en Düsseldorf el 3 de marzo de 1853 ya como Sinfonía n.º 4, op. 120.

Sería interesante poder escucharla en su primera versión (que a Brahms le parecía “más natural”) pero está claro que tiene pros y contras. Sus cuatro movimientos enlazados, con modulaciones agradecidas, dinámicas amplias siempre bien planteadas por Coelho y bien respondidas por la orquesta, con todas las secciones bien balanceadas y plegadas a cada indicación del portuense, nos “iluminaron” hasta el re mayor final que hizo escampar pese a los presagios. Aires o tiempos arriesgados además de valientes, que la OSPA llevará hasta el Euskalduna bilbaíno dentro del festival “Música-Musika” donde siempre ha brillado, llevando la marca Asturias que mejor nos define culturalmente.

PROGRAMA:

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura trágica, op. 81

BENJAMIN BRITTEN (1913 – 1976):

Les Illuminations, op. 18:

I. Fanfarria: Maestoso (poco presto)

II. Ciudades: Allegro energico

IIIa. Frase: Lento ed estatico

IIIb. Antiguo: Allegretto; un poco mosso

IV. Realeza: Allegro maestoso

V. Marina: Allegro con brio

VI. Interludio: Moderato ma comodo

VII. Encarnando la belleza: Lento ma comodo

VIII. Desfile: Alla marcia

IX. Partida: Largo mesto

ROBERT SCHUMANN (1810-1856):

Sinfonía n.º 4 en re menor, op. 120 (rev. 1851):

I. Ziemlich langsam – Lebhaft

II. Romanze: Ziemlich langsam

III. Scherzo: Lebhaft

IV. Langsam – Lebhaft

Tragedia, luz y poesía

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Reseña para LNE del mismo viernes en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Tragedia, luz y poesía

La soprano Erika Baikoff brilla con Britten junto a la cuerda de la OSPA bajo la batuta de Nuno Coelho en el Auditorio

Pasado el ecuador de la temporada prosigue la OSPA con un programa de título apropiado a la climatología y “trágico”, donde la soprano norteamericana Erika Baikoff cantaría Les Illuminations de Britten en sustitución este mismo miércoles de Ian Bostridge (que cancelaría su participación por enfermedad). La «Gretel» triunfadora en la pasada edición de la ópera ovetense encantada de volver a la capital asturiana para registrar otro éxito en su carrera.

Abría velada la “Obertura Trágica” de Brahms, sumando repertorio del hamburgués que tan bien le va a la orquesta asturiana con su titular al frente, volviendo a demostrarlo desde un sonido compacto y majestuoso con una dirección precisa y enérgica.

Solo con la cuerda, hoy comandada nuevamente por Jordi Rodriguez, la soprano Erika Baikoff iluminó el Arthur Rimbaud musicado por Britten. Nueve canciones llenas de imágenes oníricas, alucinaciones, enigmas, incluso magia (especialmente en las centrales cuarta y quinta más la “Salida” última) que la soprano transmitió desde un mosaico vocal pleno de expresividad, delicadeza y lirismo poético, al igual que los atriles solistas dejándonos una interpretación de altura premiada con aplausos más que merecidos para cantante y cuerda. Como finaliza el poeta francés “¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!».

La “Cuarta de Schumann” devolvía el músculo sinfónico en la trágica y mortal tonalidad de re menor, solo con luz mayor en el final transitando cuatro movimientos enlazados, plenos de matices siempre bien marcados por Coelho que sigue sacando lo mejor de la formación asturiana, a la que disfrutarán en Bilbao este domingo en “Musika-Música». Lástima que el público de casa no lo valore y siga habiendo muchas butacas vacías…

PROGRAMA

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