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Comienza la primavera…

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Lunes 9 de marzo, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: XIII Primavera Barroca. Los elementos (Antonio Literes). Jone Martínez, Pilar Alva-Martín y Soraya Mencid (sopranos), Lucía Cahiuela (mezzo), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). Fotos de Pablo Piquero y propias.

Este 9 de marzo se cumplían mis 35 años de matrimonio y 14 de este blog en WordPress, continuación del iniciado en 2008 en el «clausurado» de Blogger©, y aquí seguimos  casi cual notario musical de una pasión que me acompaña desde mi infancia.

El Barroco goza de buena salud entre un público de todas las edades, y Oviedo llega a su decimotercera edición de este ciclo, en colaboración con el CNDM (Circuitos Oviedo), con todo vendido (por lo visto y leído ahora se dice «Sold Out») en este primer concierto que traía a los asturianos de Forma Antiqva bajo la dirección de Aarón Zapico y un elenco de voces femeninas, con las que lleva tiempo trabajando en distintos proyectos, que pusieron sobre las tablas la calificada como “ópera armónica al estilo italiano”, Los elementos (ca. 1705), del mallorquín Antoni Literes i Carrió (Artà, 1673-Madrid, 1747), una puesta en escena que ya realizasen los asturianos en la Fundación Juan March en abril de 2018 bajo la dirección escénica e iluminación de Tomás Muñoz.

Y no hizo más falta para esta nueva joya de un patrimonio musical sin complejos, una fiesta en este actual salón  ovetense nada cortesano, con cuatro cantantes cuidando un vestuario de concierto para personificar cada personaje de estos «elementos» de Literes, que va ocupando su lugar en los programas de nuestro tiempo: una de las triunfadoras del Orlando furioso ovetense, la soprano sopelana Jone Martínez (otro «fichaje» de los langreanos) de blanco para  ser Aire y Aurora, la mezzo madrileña Lucía Cahiuela ocre de Tierra y Tiempo, la soprano granadina Pilar Alva-Martín de rojo Fuego, más un azul Agua de la soprano cartayera Soraya Méncid, cuatro elementos para seis personajes que irían desgranando un libreto del que desconocemos su autoría, pero lleno de simbolismos en un lenguaje castellano muy trabajado y complicado de encajar, tanto en los recitativos como en las coplas, arias, duetos, tonadas…

La escritura del compositor mallorquín, bien explicada  en la conferencia previa (habrá que animar al alumnado a no perdérselas) a las 18:00 horas por el doctor Ramón Sobrino y Aarón Zapico exige «bucear» en todos los detalles, y la interpretación  de Forma Antiqva, buenos conocedores de estas «cantadas hispanas», se ciñó a cada uno de los 36 números con puentes instrumentales -de Corelli, Basset, José de Torres o Gaspar Sanz- muy bien enlazados por parte de los hermanos Zapico (primorosa la guitarra barroca de Pablo pese a una «incidencia» no prevista por parte de una señora algo desorientada) o el violín de Jorge Jiménez, también una sabia elección del acompañamiento ideal para cada solo, con «dúos» entre voz y cello (Ruth «Zapico») que cantaron cada frase en la misma dirección, con el orgánico básico de unos músicos que conforman el «núcleo duro» e imprescindible de los asturianos con Aarón en un clave siempre ornamentando o completando cada página.

Jone Martínez, Aire y Aurora

Las cuatro voces femeninas para esta «ópera armónica al estilo italiano» (no al completo por plantilla que se ampliaría de hacerse «al pie de la letra» como bien explicó el maestro Aarón en la clase previa), fueron un acierto por la elección, de colores y caracteres bien diferenciados, ubicadas a pares atrás escoltando al ensamble (Aire y Tierra más Fuego y Agua) para bien cantar desde sus posiciones o transitar por las tablas de una Sala de Cámara de acústica ideal para estos repertorios, casi la segunda casa de los langreanos, que sin interrupción alguna hicieron las delicias de un heterogéneo y entregado público.

«La Noche» comenzaba con las coplas «Frondosa  apacible estancia» cantadas por Jone Martínez  y Lucía Caihuela, aire limpio y tierra  fértil, soprano y mezzo para abrir esta ópera, prosiguiendo con el dúo y recitado «Moradores de estas playas», antes del primer coro A cuatro, lección de empaste de las voces: «Y así le festejen, celebren y sirvan con tiernos arrullos y suaves caricias». Alternancias vocales donde captar las cualidades de todas ellas, cristalina Soraya Méncid y verdadero fuego de Pilar Alva capaz de pasar de la soflama a la hoguera encendida por su amplia tesitura manteniendo el color en todos los registros. Cada elemento presentándose con distintos «enfoques» manteniendo la difícil escritura textual y musical que los instrumentos subrayaban.

Lucía Caihuela, Tierra y Tiempo

Alternancia de voces con un bajo continuo dialogando o sustentando arietas, o los tutti siempre bien controlados en las dinámicas por Aarón Zapico. «La noche» finalizaba A tres con Aire, Tierra y Agua, «Iras fatales fulminan» sin apagar el Fuego previo antes que el Tiempo anunciara el «Comienzo del Amanecer»:

«Y aunque intente la fatiga,

ilusión, horror o miedo,
con tan confusos rumores

interrumpir mi sosiego…»

Pilar Alva-Marín, Fuego

Literes dota cada número de expresividad, alegorías y carácter que las cuatro voces entendieron a la perfección. Caihuela llenaba estas luces de alborada pasando del Tiempo a la Tierra diferenciando ambos personajes siempre arropada por el orgánico adaptado al mismo carácter vocal. Y cada elemento iba apareciendo, Aire «En brazos del Alba», Agua «Deidades que en el monte bipartido» y la Tonada «Dormida fatiga» de una Jone Martínez verdadera Aurora. Claroscuros instrumentales que Forma Antiqva transmite desde sus inicios, barroco «de libro» con rítmicas poderosas y puentes entre los números elegidos para dotar de continuidad una narrativa peculiar, tanto por estilo y época como demostrando el magisterio de cada uno de sus componentes.

Soraya Méncid, Agua

Y «La llegada del Sol», los cuatro elementos que arrancan cantando las Coplas con el Agua de vida,

«El moble diamante

de espuma rizada,

del yelo erizada

en campo volante…»

«Moble» que significa móvil aplicado al agua como «diamante que se mueve», continuando Tierra («Aqueste hemisferio / y duro obelisco / que sirve de aprisco / a tanto viviente»), Aire («Mi esfera recibe / el plumado velamen, / que vuela al examen / del centro que vive…») y Fuego («La tímida hoguera / y llama medrosa / al frío quejosa, / al yelo severa…»), versos ya de por sí musicales entendiendo la lírica desde este estilo nuestro que las cuatro voces, bien empastadas con el orgánico apropiado (aunque se echasen en falta flautas), nos llevaron sin cegarnos hasta las últimas coplas: «Esfera copiosa» alternando el coro de todas ellas («Con luces e incendios…») con la despedida de Los elementos necesarios para aposentar estas tres etapas, Tierra, Aurora y Tiempo, juego de mezzo y dos sopranos, sumándose la tercera para el último coro:

«Instantes abracen
los siglos enteros
en que aplausos logren sus merecimientos».

Más que merecidos aplausos de un público en pie festejando esta adelantada primavera, retiradas las cuatro voces mientras Forma Antiqva finalizaba y retomaba el inicio para la salida y saludo de todos estos intérpretes que son profetas no solo en su tierra sino más allá de nuestras fronteras…

Barroco español sin complejos, patrimonio musical que debe sonar, porque los papeles no lo hacen. Aún quedan cuatro conciertos más que a buen seguro volverán a llenar la Sala de Cámara del auditorio carbayón, pues la calidad está comprobada y la afición asturiana lo sabe.

INTÉRPRETES:
JONE MARTÍNEZ, soprano (Aire y Aurora)
LUCÍA CAIHUELA, mezzosoprano (Tierra y Tiempo)
PILAR ALVA-MARTÍN, soprano (Fuego)
SORAYA MÉNCID, soprano (Agua)

FORMA ANTIQVA:

Jorge Jiménez, violín

Daniel Pinteño, violín

Ruth Verona, violonchelo

Jorge Muñoz, contrabajo

Pablo Zapico, guitarra barroca

Daniel Zapico, triorba

AARÓN ZAPICO, clave y dirección

PROGRAMA


El piano danzante

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Crítica para LNE de lunes 9, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

En Praga está la famosa “Casa Danzante” del arquitecto Frank Gehry (en realidad son dos edificios, también conocidos como “Fred y Ginger”, la famosa pareja de bailarines de Hollywood) en colaboración con el checo Vlado Milunić, un polémico proyecto para el que ambos arquitectos gozaron de total libertad artística. La misma libertad del pianista canadiense Jan Lisiecki para organizar un programa ecléctico y nada habitual titulado “Mundo de danza”, toda una guía musical de viajes por Europa con dos pequeños saltos hasta Argentina, una mezcla de valses, mazurkas, polonesas y tangos, música popular que también se traslada al ballet aunque en el piano todo adquiera una dimensión menos bailable pero más universal, usando distintos elementos que conformaron un edificio sonoro de lo más agradecido para el numeroso y variado público que acudió hasta el auditorio ovetense, tras su concierto en el Palau catalán el pasado jueves, únicas paradas españolas en esta nueva gira.

De las dos partes en las que el canadiense organizó este concierto, la primera parecía una suma de lo que ahora se llaman “encores” -yo sigo diciendo propinas-, seis conjuntos de piezas breves de seis autores bajo el título de danzas, mezclando romanticismo y nacionalismo con aires normalmente ligeros donde disfrutar del virtuosismo del aún joven Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) que lleva desde su más tierna infancia delante de las 88 teclas, de técnica asombrosa pero aún con el ímpetu que le hace transitar por tempos algo precipitados junto a los más aposentados y emotivos lentos imposibles de danzar.

Abría el recital con las “Tres danzas checas” de B. Martinů, temperamentales y de complejas armonías y ritmos que el canadiense llenó de colorido, especialmente en la Polka tercera. Sin pausa ni aplausos (igual en las dos partes) llegaría el homenaje a Falla (150 años de su nacimiento y 80 de su muerte) con las dos primeras Danzas españolas” de “La vida breve, la segunda sugerente por sus contrastes sonoros y dinámicas ricas, más una primera algo atolondrada pero igual de luminosa. Lisiecki es de origen polaco y se nota por cómo entendió las Cuatro danzas polacas” de Szymanowski, exhuberantes y jugando con los tempi y sus acotaciones de aire, desde ese aire chopiniano (que llenaría la segunda parte). Las poco escuchadas Dieciséis danzas alemanas D 783” de Schubert fueron más vienesas que germanas, de melodías bien fraseadas ejecutadas con la elegancia típica del pianista.

Retornaba la arquitectura nacionalista con Bartók y sus coloridas “Danzas populares rumanas Sz 56″, una suite  de seis páginas mezclando vértigo y calma de la tercera (“En el lugar”) donde poder paladear el pianismo delicado despojado de ornamentos, el más interesante de Lisiecki. Algo similar con las famosas Danzas argentinas op. 2” de Ginastera, tres aires evocadores y coloristas donde la intermedia, “Danza de la moza donosa”, fue delicada sutileza entre las otras dos tan explosivas y virtuosas, en un auténtico arrebato rítmico que cerraba casi una hora de lo más intensa.

Para la segunda parte sería la música de Chopin la que nos llegó al alma, mostrando más poso desde una técnica al servicio de cada partitura. El Gran Vals Brillante, los dos valses Opus 34, con un “Lento” enlazado con el Opus 39 nº 15 de Brahms de suma delicadeza (primero sonaría su Opus 39 nº 3), con amplias dinámicas y sonoridad de un Steinway© que parecía otro, llenando toda la sala desde los pianissimi a las fff. El Chopin de Lisiecki es poético, personal, sentido, posado, antes de la sexta “Polonesa Heróica”con la que finalizaría el concierto, todo un derroche técnico de tempi prodigiosos, temperamental y con una ejecución potente (aunque “pise” alguna tecla como ya sucediese en el Campoamor a la “leyenda Rubinstein un inolvidable 7 de junio de 1975).

En este viaje no faltarían un personal “Libertango” de Piazzolla, el otro salto argentino más virtuoso que evocador desde el mismo París bien enlazado con el “Tango” de la “España” de Albéniz, y una impetuosa “Danza ritual del fuego” que adoleció de precisión pero regaló sonoridad antes de la chopiniana heroicidad final.

Lisiecki pudo presumir de sus orígenes polacos sin perder los aires de danza del resto del programa, y así la primera propina fue de su “compatriota” Ignacy Jan Paderewski (1860-1941), el Minueto en sol mayor, Op. 14 nº 1”, para repetir con el Chopin “marca de la casa” y su famosísimo Vals del minuto (“Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1”) que duró lo habitual: minuto y cuarenta segundos, otra muestra de virtuosismo e ímpetu juvenil. Su agenda no para, pero tendrá que hacer alguna pausa para (re)posar y asentar un repertorio propio aún sin definir.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Un mundo de danzas

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Sábado 7 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Jan Lisiecki (piano): «World (of) Dance». Obras de Martinů, Falla, Szymanowski, Schubert, Bartók, Ginastera, Chopin, Brahms, Piazzolla y Albéniz.

(Reseña para LNE del mismo sábado 7 en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

El pianista canadiense Jan Lisiecki (Calgary, 23 de marzo de 1995) traía a Oviedo un programa intenso trufado de danzas a lo largo de la geografía y el tiempo, estilos y dificultades variadas para hacer las delicias de los muchos aficionados al mundo de las 88 teclas, que acudieron en buen número al Auditorio en un largo trayecto donde no faltó el homenaje a Falla en el año del 150 aniversario de su nacimiento.

Luz tenue para empezar viaje en la Chequia de Martinů, bajar hasta la “breve” Andalucía fallesca para tomar rumbo a Polonia (Szymanowski) -prólogo danzante chopininiano de la segunda parte- con escala en Viena y las poco transitadas “Danzas alemanas” de Schubert, reponer fuerzas casi siBartókn aliento en otro corto trayecto destino Rumania con el húngaro Bartók, antes de cruzar el Atlántico hasta la Pampa de Ginastera y sus “Danzas argentinas”, un mate con “la moza donosa” para cabalgar cual gaucho con boleadoras. Un itinerario musical a distintas velocidades pero siempre firmes y seguras: a pie, marcando buen paso, tomando caballo o diligencia, hasta el último en barco (que los vuelos son peligrosos). Con todo Lisiecki arriesga en cada danza desde una técnica impecable y una sonoridad amplia, un piano poderoso y delicado de este viajero que disfruta de paisaje y paisanaje, imaginando trajes de colores, cumbres y llanuras donde lo popular se hace música sin apenas reposo.

Para la segunda gran etapa un trayecto tortuoso y necesitado de mucho poso y reposo, de ballet más que danza aunque mantengamos el ritmo: Chopin de inicio, intermedio para paladear y final por todo lo alto, con Brahms acompañando a pares, más nuestros internacionales Albéniz y Falla, tango y fuego (se quemó algo) que Piazzolla aunó desde el mismo Paris, con nostalgia marplatense, donde triunfó Chopin y sus polonesas (hoy Sexta de arrebato).

En Oviedo triunfó Jan Lisiecki con dos propinas en “minuto y medio”.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Bohuslav Martinů (1890-1959):

Tres danzas checas, H. 154

Obkročák

Dupák

Polka

Manuel de Falla (1876-1946):

Danza española nº 2, de «La vida breve»

Danza española nº 1, de «La vida breve»

Karol Szymanowski (1882-1937):

Cuatro danzas polacas, M. 60

Mazurka: Tempo di Mazurka, animato

Polonaise: Moderato, festivo, pomposo

Krakowiak: Allegretto grazioso

Oberek: Vivace e agitato

Franz Schubert (1797 – 1828):

16 Danzas alemanas, D. 783

Béla Bartók (1881-1945):

Danzas populares rumanas, Sz. 56

Danza con el bastón. Allegro moderato

Danza del cinturón. Allegro

En el lugar. Andante

Danza de Bucium. Molto moderato

Polka rumana. Allegro

Danza rápida. Allegro

Alberto Ginastera (1916-1983):

Danzas argentinas, op. 2

Danza del viejo boyero – Allegro

Danza de la moza donosa – Moderato

Danza del gaucho matrero – Allegro marcato

SEGUNDA PARTE

Frédéric Chopin (1810-1849):

Grande Valse Brillante en mi bemol mayor, op. 18

Johannes Brahms (1833-1897):

Vals en sol sostenido menor, op. 39, nº 3

Frédéric Chopin:

Vals, op. 34

Vivace (la bemol mayor)

Lento (la menor)

Johannes Brahms:

Vals en la bemol mayor, op. 39, nº 15

Astor Piazzolla (1921-1992):

Libertango

Isaac Albéniz (1860-1909):

España, op. 165:

Tango. Andantino

Manuel de Falla:

Danza ritual del fuego, de «El amor brujo»

Frédéric Chopin:

Polonesa en la bemol mayor, op. 53

PROPINAS (Encores):

Ignacy Jan Paderewski (1860-1941):

Minuet en sol mayor, Op. 14 nº 1

Frédéric Chopin:

Vals en re bemol mayor, op. 64 nº 1 (Vals del minuto)

Diluvio sinfónico

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Crítica para LNE digital del sábado 7, en papel el domingo 8, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Brahms sigue siendo una de las piedras angulares en los repertorios sinfónicos, y aún más en nuestra OSPA que estas dos últimas temporadas ha interpretado tres de sus sus sinfonías: Tercera (21/02/25) con su titular Nuno Coelho , Cuarta (21 de marzo  de 2025) con Giancarlo Guerrero, Primera (14 de noviembre de 2025) con Françóis Leleux, más su Obertura para un Festival Académico (23 de enero pasado) con Ramón Tébar, completándose este primer, frío y lluvioso viernes de marzo con la Obertura Trágica que escribiría a continuación, feliz complemento de la anterior, que la doctora María Sanhuesa en sus notas al programa escribe tanto de las dos oberturas como el análisis de la que escucharíamos abriendo este décimo de abono: «Consciente de las diferencias de carácter, el compositor afirmaba de ambas obras que “una ríe, y la otra llora”». Mas la interpretación del décimo abono mantuvo media sonrisa, su escritura en la tonalidad de re menor (que tantas obras maestras utiliza), asociada a lo triste y trágico, que pareció marcar el concierto, la OSPA con Coelho la mantuvo luminosa además de majestuosa, dejándonos el rictus para esperar el resto del programa, organizado a la manera decimonónica de obertura, obra con solista y sinfonía.

La soprano norteamericana Erika Baikoff , que nos enamoró en su Gretel de la ópera ovetense el pasado  septiembre, sería quien cantaría Les Illuminations de Benjamin Britten  en sustitución de Ian Bostridge  que cancelaría su participación por enfermedad el miércoles a primera hora, dejándome con las ganas de escucharle de nuevo tras su paso por el 74º Festival de Granada el pasado verano, precisamente con un Britten emocional e incluso escalofriante. Es de agradecer la prontitud de los gestores para contactar con la soprano de origen ruso para un programa que ya estaba cerrado y ¡tenía en su repertorio! (poco habitual por otra parte), estando encantada de regresar a Oviedo (como nos contaría Nuno Coelho en la conferencia previa al concierto).

Las notas de prensa sobre Erika Baikoff dicen que se está consolidando rápidamente como una de las voces líricas más cautivadoras de su generación y elogiada por su arte “conmovedor” y su canto “luminoso y vibrante”. Tras sus dos visitas a Oviedo puedo reafirmar todos los calificativos, que en mi caso describí como “de voz clara, ágil, excelente proyección y volumen suficiente, transmitiendo la inocencia sin caer en lo infantilizado desde un fraseo siempre elegante dominadora de la escena de principio a fin, con un vals conjunto pletórico por parte de ambas”.

El ciclo Les Illuminations op. 18 de Britten (estrenado el 31 de enero de 1940 por la soprano suiza Sophie Wyss) está compuesto para soprano o tenor solista con orquesta de cuerda, usando nueve canciones de la colección homónima escrita por Arthur Rimbaud que inspiraron al compositor inglés nada más leerlas. La OSPA, este viernes con Jordi Rodriguez de nuevo como concertino invitado (seguimos esperando la convocatoria de la plaza titular tan necesaria) volvió a sonar perfecta, empastada, rica, con los distintos solistas de cada sección que fueron completando una interpretación perfecta de Baikoff , verdadero caleidoscopio lírico repleto de matices, con una voz de emisión clara, sentida, de enorme expresividad acorde con cada poema y una perfecta dicción en la lengua de Molière, que pudimos seguir desde el programa de mano aunque hubiese preferido se proyectaran, gustándome especialmente en la cuarta canción (Realeza: Allegro maestoso), una impactante quinta (Marina: Allegro con brio) y la última (Partida: Largo mesto), auténtica tormenta emocional mientras la cuerda “imitaba” en todos los registros los silbidos, rasgueos de guitarra, arpegios y fraseos donde Britten refleja sobre el pentagrama toda la carga que Rimbaud (sólo él comprende una realidad alucinada) plasmaría con alucinaciones, sueños y magia hecha música de nuestro tiempo. Más allá de la última frase «Départ dans l’affections et le bruit neufs!» (¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!), mucho afecto y poco ruido. Un triunfo que logró varias salidas de la soprano y el maestro portuense ante los largos y merecidos aplausos de un público fiel que no abandona nuestra orquesta ni en días de tragedias o diluvios.

Y para la segunda parte, una plantilla ideal de esta OSPA plenamente sinfónica y trágica por la susodicha tonalidad menor de esta segunda sinfonía de Schumann (escrita en 1841). Tras revisarla por el poco éxito tras su estreno en Leipzig homenajeando a Liszt ante un lenguaje orquestal novedoso, haría importantes cambios para dirigirla en Düsseldorf el 3 de marzo de 1853 ya como Sinfonía n.º 4, op. 120.

Sería interesante poder escucharla en su primera versión (que a Brahms le parecía “más natural”) pero está claro que tiene pros y contras. Sus cuatro movimientos enlazados, con modulaciones agradecidas, dinámicas amplias siempre bien planteadas por Coelho y bien respondidas por la orquesta, con todas las secciones bien balanceadas y plegadas a cada indicación del portuense, nos “iluminaron” hasta el re mayor final que hizo escampar pese a los presagios. Aires o tiempos arriesgados además de valientes, que la OSPA llevará hasta el Euskalduna bilbaíno dentro del festival “Música-Musika” donde siempre ha brillado, llevando la marca Asturias que mejor nos define culturalmente.

PROGRAMA:

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897):

Obertura trágica, op. 81

BENJAMIN BRITTEN (1913 – 1976):

Les Illuminations, op. 18:

I. Fanfarria: Maestoso (poco presto)

II. Ciudades: Allegro energico

IIIa. Frase: Lento ed estatico

IIIb. Antiguo: Allegretto; un poco mosso

IV. Realeza: Allegro maestoso

V. Marina: Allegro con brio

VI. Interludio: Moderato ma comodo

VII. Encarnando la belleza: Lento ma comodo

VIII. Desfile: Alla marcia

IX. Partida: Largo mesto

ROBERT SCHUMANN (1810-1856):

Sinfonía n.º 4 en re menor, op. 120 (rev. 1851):

I. Ziemlich langsam – Lebhaft

II. Romanze: Ziemlich langsam

III. Scherzo: Lebhaft

IV. Langsam – Lebhaft

Tragedia, luz y poesía

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Viernes 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo: Tras el diluvio, abono 10 OSPA , Erika Baikoff (soprano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Britten y Schumann.

(Reseña para LNE del mismo viernes en su web, escrita desde el teléfono, con el añadido de fotos propias más  tipografía y enlaces, siempre enriquecedores, que la prensa no suele incluir)

Tragedia, luz y poesía

La soprano Erika Baikoff brilla con Britten junto a la cuerda de la OSPA bajo la batuta de Nuno Coelho en el Auditorio

Pasado el ecuador de la temporada prosigue la OSPA con un programa de título apropiado a la climatología y “trágico”, donde la soprano norteamericana Erika Baikoff cantaría Les Illuminations de Britten en sustitución este mismo miércoles de Ian Bostridge (que cancelaría su participación por enfermedad). La «Gretel» triunfadora en la pasada edición de la ópera ovetense encantada de volver a la capital asturiana para registrar otro éxito en su carrera.

Abría velada la “Obertura Trágica” de Brahms, sumando repertorio del hamburgués que tan bien le va a la orquesta asturiana con su titular al frente, volviendo a demostrarlo desde un sonido compacto y majestuoso con una dirección precisa y enérgica.

Solo con la cuerda, hoy comandada nuevamente por Jordi Rodriguez, la soprano Erika Baikoff iluminó el Arthur Rimbaud musicado por Britten. Nueve canciones llenas de imágenes oníricas, alucinaciones, enigmas, incluso magia (especialmente en las centrales cuarta y quinta más la “Salida” última) que la soprano transmitió desde un mosaico vocal pleno de expresividad, delicadeza y lirismo poético, al igual que los atriles solistas dejándonos una interpretación de altura premiada con aplausos más que merecidos para cantante y cuerda. Como finaliza el poeta francés “¡Partida hacia el afecto y el ruido nuevos!».

La “Cuarta de Schumann devolvía el músculo sinfónico en la trágica y mortal tonalidad de re menor, solo con luz mayor en el final transitando cuatro movimientos enlazados, plenos de matices siempre bien marcados por Coelho que sigue sacando lo mejor de la formación asturiana, a la que disfrutarán en Bilbao este domingo en “Musika-Música». Lástima que el público de casa no lo valore y siga habiendo muchas butacas vacías…

PROGRAMA

Un banquete polaco

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Domingo 1 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sinfonia Varsovia, Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zukerman (violín, viola y director). Obras de Bach, Kilar, Mozart y Dvořák. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Si el pasado viernes hacía paralelismos entre música y gastronomía, este primer día de marzo mi querido Arturo Reverter (Santiago de Compostela, 1941) titulaba sus notas al programa como «Menú musical muy digestivo», y es que la Sinfonia Varsovia con uno de las pocas leyendas vivas que nos quedan, el israelí Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 16 de julio de 1948) nos ofrecían cuatro obras cual excelente banquete orquestal, músicas del Barroco, Clasicismo, Romanticismo y Contemporánea, con el violinista japonés Fumiaki Kiura (Tokio, 1993), nuevamente junto al maestro que nos dieron una lección de «alta cocina».

Los años pasan para todos y el maestro Zukerman, que ya nos había visitado en este ciclo pero como solista de violín con Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en 2012, mantiene su magisterio tanto en la viola como en el violín (un caso extraordinario) y la dirección, siendo otra oportunidad de disfrutar en «La Viena Española» de figuras que recuerdan su paso por Oviedo y tienen marcada parada «obligada» en giras donde a menudo solo Madrid y Barcelona las disfrutan, aunque también estén Valencia o incluso Santander, que está buscando sitio en este mapa musical español.

Es difícil encontrar en un programa tan variado música de Bach interpretada desde visiones bien (in)formadas  sin recurrir a las historicistas, pero la Sinfonia Varsovia puede afrontarlas solo con su calidad y sonoridad de su cuerda (más el siempre necesario clave) que transitó por este «menú cronológico» asombrando de principio a fin. El Concierto para dos violines en re menor es una de las muchas joyas de «dios Bach», y si contamos con dos solistas de altura el goce es aún mayor. Miura y Zukerman que dobla en edad al japonés, demostraron el entendimiento entre los dos Guarnieri (el primero un Kaston, de 1732, y un Dushkin, de 1742 el segundo) que sonaron como uno solo, muy cuidados los arcos, los fraseos que pasaban de uno a uno con total naturalidad y uniformidad tímbrica, la limpieza en la ejecución de los movimientos extremos y la hondura del central, contando con la complicidad de una orquesta camerística comandada por Jakub Haufa, siempre atento a las dinámicas que sin necesitar los contrastes extremos nos dejaron un «entrante» para paladear el siguiente plato.

De una época lejana a la actual y dejando la cuerda básica (5-4-3-2-1) bajo la dirección desde el atril de Haufa, nos dejarían Orawa (1986) del polaco Wojciech Kilar, nacido en Leopolis (hoy es de Ucrania) y fallecido en Katowice, a quien he recordado como autor de la banda sonora del Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola, que ocupa su lugar preferente en mi fonoteca, y otro de los muchos alumnos destacados de Nadia Boulanger en París. Con un grupo de cámara virtuoso, compenetrado, compacto y homogéneo, Orawa es una obra que podemos calificar como minimalista (aunque las etiquetas no siempre ayuden), con aires de danza popular y muy basada en la repetición, que me recuerda a Steve Reich, o como destaca en las notas al programa mi admirado Don Arturo:

«El polaco Wojciech Kilar fue un músico muy dotado, que se apuntó a las descubiertas que otros colegas (Gorecki, Lutoslawski, Penderecki, por ejemplo) practicaban en busca de nuevas formas de expresión musical. Recorrió distintas etapas y exploró tendencias, siempre con la vista puesta en la música popular de su región, en los Trata, apuntada ya en una de sus obras más populares, Krzesani, de 1974, escuchada hace unas semanas en Madrid. Orawa es bastante posterior, de 1986 y en ella el músico muestra su pericia con un lenguaje aparentemente simple cuajado de frases repetidas y constantes, de una rítmica contagiosa, emparentada con la de un Philip Glass, por ejemplo.

El material temático es enormemente sencillo y económico. El curso va creciendo paulatinamente a través de sencillas y lentas transformaciones, raras espirales y pasajeras zonas de aparente tranquilidad. El curso repetitivo e intenso nos prende y no podemos quitar ojo (oído) a las constantes formulaciones de las sencillas frases. Por momentos la música parece atenazarnos, envolvernos, apresarnos y casi respiramos al concluir. La veintena de instrumentistas de cuerda (número que puede variar) lanzan un grito exultante. Aunque no siempre es expelido. La categoría musical, la preparación y sapiencia de Kilar fue muchas veces apreciada por cineastas como Polanski (El pianista), Coppola (Drácula) o Kieslowski».

Todo un derroche musical en esta página actual pero agradable y con la estética siempre cercana del polaco, que sus compatriotas bordaron de principio a fin con el empuje desde su silla de Haufa, repeticiones que ya utilizó J. Strauss hijo hasta aires folklóricos de danzas transilvanas que desde Bartok o Enescu han inspirado tantas páginas, siendo esta de Kilar una más que añadir a la larga lista que enlaza con nuestro tiempo.

Y antes del descanso otro plato clásico donde disfrutar del genial salzburgués, su Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta, rareza porque Pinchas tomaba la viola en feliz emparejamiento con el violín de Fumiaki más una orquesta que cogía cuerpo en la cuerda (10-8-6-5-3) sumando trompas y oboes a dos (¡maravilla de empaste y sonido!). Si en Bach el entendimiento y sonoridad fue única, este Mozart redondeó un imaginado instrumento suma de ambos, con un mano a mano en las cadencias a cual más brillantes y profundas, o unos unísonos como el inicial para concluir con el alegre y detallista final de imitaciones y contrastes entre ambos solistas.

La Sinfonia Varsovia otro instrumento compacto, vibrante, con un Presto final que mostró cuánta calidad mantiene esta formación capaz de «transmutar» periodos tan distintos, con un Zukerman llevándola con mínimos movimientos de su arco o un simple movimiento de cabeza.

Si el banquete ya era exquisito y variado, aún quedaba música para rellenar oídos cual estómagos insaciables, o como escribe Reverter -ilustre gallego afincado en Madrid- citando al biógrafo del checo Gervase Hugues (de su libro Dvorak: His Life and Music) «tras escuchar la sinfonía uno tenga el mismo sentimiento que tendría un hombre robusto y buen comedor después de dar cuenta de un menú consistente en una sopa clara, una pequeña loncha de salmón ahumado, un soufflé de huevo, todo regado con agua fría. No está mal el símil; pero ese menú es en todo caso de una ligereza, de un refinamiento y de una exquisitez nada empachosos». La Octava de Dvořák me ha gustado siempre más que su famosa novena, perdiendo la cuenta de las veces que ha sonado en vivo desde mis años jóvenes hasta la actualidad, y la Sinfonia Varsovia ya trajo todos los condimentos de una orquesta romántica (2 flautas /2ª= flautín/, 2 oboes /2º=corno inglés/, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y cuerda / 4-6-8-10-12) para que el Chef Zukerman nos cocinase este plato checo y universal, impecable cada sección, cada solista, con balances perfectos donde poder escuchar todo lo escrito y saliendo a flote los motivos.

Cada movimiento de los cuatro (Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo) era una delicia de escucha, los tempi exactos y sin excesos, la sonoridad envidiable, con un Zukerman del que mi querido Justo Romero ha escrito que «empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico», algo que no comparto en absoluto pues esta Octava el Maestro la llevó por donde quiso en fraseos, aire, intensidades, rubatos… dejando fluir esta sinfonía con estos músicos polacos que transmiten energía y compromiso con toda la música que interpretaron, el Allegro con brio literal sin quemarse, un Adagio pletórico en cada sección lleno de dinámicas contrastantes hasta los extremos, un luminoso y vibrante Allegretto grazioso de ‘pizzicatti’ delicadamente contrapuestos a los arcos subyugantes con aires vieneses, vientos en el sitio preciso de protagonismo, o el Allegro ma non troppo desbordante de musicalidad.

Cuerda sedosa y rotunda, madera maleable e incluso etérea por momentos, metales brillantes sin estridencias -con un excelente arranque de la trompeta en el último movimiento- y timbales mandando sin excesos dinámicos. Un Dvořák que sigue enamorando por su frescura e inspiración melódica, tarareando al salir el Allegro ma non troppo que me lleva a no olvidar otros tantos conciertos ¡y zarzuelas!.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043:

Vivace / Largo ma non tanto / Allegro

Wojciech Kilar (1932-2013):

Orawa*

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, K. 364, (320d):

Allegro maestoso / Andante / Presto

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88:

Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo

* El concertino de la orquesta, Jakub Haufa, dirigirá Orawa de W. Kilar desde el atril.

Ímpetu juvenil en el octavo

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Abono 8 OSPA, Pasión y melancolía: Martín García (piano), Nil Venditti (directora). Obras de Gabriela Ortiz, Schumann y Chaikovski.

Una semana intensa en el auditorio ovetense y llegábamos a la mitad de los conciertos de abono de la OSPA con los ya habituales encuentros previos 45 minutos antes, moderados por Fernando Zorita en la Sala de conferencias nº 1 (del tercer piso), que paulatinamente van atrayendo -al igual que a los conciertos- más público del habitual, esperando se mantenga el incremento de aficionados. Personalmente no me los suelo perder porque son una forma de conocer de primera mano las obras que escucharemos a continuación con las aportaciones de los invitados, esta vez con la expresiva y mejor comunicadora directora ítalo-turca Nil Venditti (1994) invitada de nuevo por la orquesta asturiana, siendo su tercera visita a este mismo auditorio, a la que recordaremos precisamente por su ímpetu y forma de transmitir energía desde en un italiano comprensible siempre ayudado de las manos, y que volvería a lucir para todos los asistentes antes de dirigir cada una de las obras de la primera parte, más un dominio de cada obra que además contagia seguridad a una OSPA cada vez más madura, compacta, brillante por momentos, creciendo en cada abono en una temporada de asentamiento (a la espera de un concertino titular).

Comentaba el maestro Zorita lo habitual que es en la orquesta asturiana programar obras contemporáneas que no suelen repetirse pese a que muchas resultan verdaderos éxitos, y Venditti nos contó lo que la compositora Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 20 de diciembre de 1964) refleja en su obra, la conexión entre Clara y Robert Schuman, los momentos de esta relación y los papeles dados al oboe (Robert) y violín (Clara) más su forma de comunicarse precisamente con la música. También las notas al programa de mi admirado Ramón Sobrino nos prepararon para entender aún más esta obra compuesta en 2021 por encargo de la New York Philharmonic y estrenada el 10 de marzo de 2022 bajo la dirección de Gustavo Dudamel. Ubicar a continuación la «Sinfonietta» del alemán es rememorar al Schumann juvenil, despojado del tempo lento en esta «piccola sinfonia» por ser demasiado íntimo en un momento de euforia juvenil. Y por supuesto hablarnos del archiconocido concierto de piano de Tchaikovski donde aparecen motivos del folklore ruso con las características melodías también en los cellos y violas («no como Puccini que las escribe todas para los violines»), aunque retomaría para finalizar el encuentro desmenuzándonos la obra de la mexicana.

Aplaudir también el cambiar el habitual y decimonónico orden de los programas al colocar el concierto de piano en la segunda parte, algo que vengo reclamando hace tiempo evitando igualmente los trasiegos de un instrumento por el que ya pasan los años, especialmente en los agudos.

Muy interesante la obra de Gabriela Ortiz con una excelente e impresionante orquestación  que exige una buena cuerda (12-10-8- 6-5-5) hoy comandada por Jordi Rodríguez Cayuelas, para equilibrar a un viento poderoso, timbales más dos percusionistas desplegando un amplio arsenal de membranófonos e idiófonos que son parte imprescindible en toda la partitura, y especialmente en la «respuesta» que la mexicana plantea en la relación del matrimonio Schumann llena del trepidante ritmo de su tierra (güiro, temple blocks…) con la óptica femenina pero plenamente universal. El doctor Sobrino analiza la partitura al detalle en las notas al programa:

Clara consta de cinco secciones continuadas – 1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara –, que desarrollan dos elementos musicales: una breve secuencia rítmica como leitmotiv o idea fija, y un tema melódico en el oboe que representa el mundo privado de Clara. Salvo la número 3, todas las secciones son bocetos íntimos o esbozos de la relación entre Clara y Robert. Al final de la obra, el leitmotiv se percibe, en palabras de la autora, «como una respiración, dejando implícita la permanencia y el legado de ambas figuras».

Según Ortiz, «Clara parte de la idea de que la música nos permitirá acceder a una concepción no lineal del tiempo, más circular, donde el pasado (ellos) y el presente (yo) puedan encontrarse, conversar y conocerse». En «Mi respuesta», la compositora persigue acercar a Clara y Robert a su propio mundo, reivindicando a las mujeres que «desafiaron a la sociedad en la que crecieron al manifestar su obra artística». «Me gusta pensar que, a través de Clara, Clara Wieck Schumann está aquí, en esta sala de conciertos con nosotros».

Venditti conectó desde el primer compás con la esencia y sonoridad de la mexicana, sororidad musical impetuosa y delicada, defendiendo la partitura con seguridad, aplomo, gestualidad amplia donde su mano izquierda lo es en el amplio sentido de la palabra (en el encuentro comentaba ser menuda y mujer que no siempre ha tenido en las muchas orquestas la química esperada hasta que explica que lo importante es la obra), más una batuta flexible, precisa, pincel o tiralíneas pero nunca brochazos, lo que redundó en una OSPA entregada, con lucimiento de «los protagonistas», amplísimas dinámicas y dejándonos una interpretación de altura.

Con el espíritu de Schumann en el aire llegaría esa «sinfonía coja» si se me permite el calificativo (el compositor la llamó «Symphonette» o «Sinfonietta«) y juvenil, de nuevo impetuosa en sus tres movimientos (I. Obertura – II. Scherzo – III. Finale) de orquestación más liviana (vientos a dos salvo los tres trombones), obra más complicada que su aparentemente sencilla estructura, nuevo protagonismo del oboe de un Ferriol que este viernes «se ganó con creces una buena cena», una cuerda aterciopelada y siempre presente toda ella, manteniendo una sonoridad romántica plena de dinámicas siempre marcadas por ese vendaval que es Venditti. Obra compuesta durante tres semanas en 1841  con la «presencia alegre» de su amigo y admirador Mendelssohn (que dirigiría el estreno en Leipzig de su Sinfonía Primavera), que no encontró la respuesta editorial ni del público por lo que introdujo cambios en los dos primeros movimientos, estrenando esta nueva versión el 4 de diciembre de 1845, y publicada en 1846 por la editorial Friedrich Kistner. El Schumann sinfónico siempre para degustar que el tándem Venditti-OSPA nos brindaron para cerrar esta primera parte tras el impetuoso Finale.

Al pianista asturiano Martín García (Gijón, 1996) le sigo hace años recordando el doblete mozartiano y «Emperador» en un extraordinario de la OSPA en marzo de 2021, hasta el regreso a su Gijón natal dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Sociedad Filarmónica en enero de 2022, más su presentación en las jornadas de piano en noviembre de ese mismo año (El ciclón gijonés), titulando su concierto como «espectacular y potente», especialmente en Rachmaninov, la evolución está siendo increíble pero con mucho trabajo y esfuerzo que le ha dado ya el poso necesario, manteniendo un ímpetu ideal para obras como el «Primero de Chaikovski» habiendo ganado lirismo y profundización en su interpretación, con una amplísima gama de matices, poderosamente delicado (o delicadamente poderoso). Si ya entonces le describía como jovial en Mozart, explosivo en Liszt y especialmente «su» Chopin sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas -el primero lo mantiene, sumando alguno más como salir con un pañuelo para secarse el sudor de la cara o levantarse casi al momento de finalizar-, el Tchaikovsky de este abono octavo de la OSPA resultó profundo, valiente y musicalmente entregado.

Don Ramón Sobrino nos explica que «El Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky (1874, con revisiones en 1879 y 1888), rechazado inicialmente por Rubinstein, fue estrenado por Hans von Bülow en Boston en 1875. En tres movimientos, Allegro – que tras la conocida introducción emplea melodías de Ucrania, Francia y Rusia –; Andantino-Prestissimo-Tempo I; y Allegro con fuoco – con forma rondó –, es obra de referencia para los grandes pianistas, reconocida por público y crítica», así que contando con una orquesta en estado de gracia, una directora excelente concertante y un solista reconocido, el éxito estaba asegurado. Nunca hay dos interpretaciones iguales y he perdido la cuenta de las veces que lo he escuchado en directo, pero la de Martín García con Venditti y la OSPA no ha decepcionado. Siempre bien balanceado con la orquesta desde el potente inicio, sus solos fueron limpios, contrastando los súbitos que pasan del momento eufórico a la calma necesaria, sonoridades rotundas y cristalinas, encajes perfectos en los tempi que fueron valientes en los movimientos extremos, junto a la delicadeza «con poso» del andantino central que solo tiene de semplice el calificativo, porque más allá del virtuosismo necesario en los rápidos, el transmitir sentimientos siempre se hace con pocas notas pero bien tocadas. Y caer en la tentación del «primero» del ruso es fácil pero contener el exhibicionismo es una virtud. ¡Bravo Martín!.

La propina, con Venditti sentada en el suelo escuchando y la luz atenuada, nos demostró que Martín García García afronta la treintena con la serenidad y sonoridad de su Debussy (el Preludio nº 5, Bruyères, del segundo libro) rico, brillante, pedalizado con acierto, además contenido tras el ímpetu y pasión rusa.

PROGRAMA:

GABRIELA ORTIZ (1964):

Clara (1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara)

ROBERT SCHUMANN (1810 – 1856):

Obertura, Scherzo y Finale, op. 52

I. Obertura
II. Scherzo
III. Finale

PIOTR ILICH CHAIKOVSKI (1840 – 1893):

Concierto para piano nº1 ensi bemol menor, op. 23:

I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Reteniendo el tiempo

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Jueves 19 de febrero, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Ciclo “Conciertos del Auditorio”. Homenaje a Zubin Mehta. West-Eastern Divan Orchestra, Zubin Mehta (director). Obras de Wagner, Beethoven y Chaikovski. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Hay conciertos que se escuchan y conciertos que se viven. Y algunos —muy pocos— que obligan a detenerse, respirar hondo y tomar conciencia de que el tiempo existe.

Oviedo ocupa un lugar simbólico en la historia de la West-Eastern Divan Orchestra. En 2002 sus fundadores, Edward W. Said y Daniel Barenboim, recibían el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por un proyecto que nacía con una idea sencilla y a la vez utópica: convivir a través de la música. Veintisiete años después, aquella utopía sigue siendo necesaria, casi urgente, mientras el mundo insiste en demostrar lo contrario.

Pero esta noche tenía otro centro emocional: la figura de Zubin Mehta (Bombay, 29 de abril de 1936), a punto de cumplir noventa años. Una vida entera dedicada a la música. Vivir para la música. Quizá también vivir de ella, pero sobre todo para ella.

Quisiera pensar este concierto con tres verbos: vivir, convivir y revivir. Vivir es dedicar una existencia a un arte hasta confundirse con él. Convivir es compartirlo, hacerlo comunidad, convertirlo en lenguaje común más allá de fronteras. Revivir es recordar… y en el recuerdo, vivir dos veces.

Cada concierto es una resurrección. Resucita la partitura, resucita el compositor, resucitan nuestras propias memorias musicales. Tener a Mehta en Oviedo, parada obligada tras los dos dobletes de Barcelona y Madrid en esta gira a la que aún le queda Turín y Viena, fue también revivir muchas escuchas anteriores, muchos nombres, muchas épocas. Y quizá por eso la emoción estaba teñida de una melancolía inevitable: la conciencia de estar asistiendo al final de algo.

La aparición del maestro —en silla de ruedas, ayudado para acceder al podio— produjo un silencio distinto en la sala. No era el silencio previo a la música, sino el silencio del respeto. Del agradecimiento que se tornó en ovaciones de gratitud e incluso de afecto. El concertino Mohamed Hiber se convirtió en apoyo físico y musical constante, pero el centro seguía siendo Mehta. Con gestos mínimos, casi simbólicos, la autoridad permanecía intacta. La disposición de la orquesta «a la vienesa» con violines enfrentados, cellos en el centro con las violas (ahí estaba el armenio Tigran Danielyan de la OFil), y en el fondo izquierda los contrabajos que dan una plantilla de 16-14-12-10-8 para un numeroso y poderoso viento más la percusión, ayudó a un equilibrio que no siempre resultó bien balanceado, pero hoy no tocaba criticar…

La obertura de Rienzi de Richard Wagner dejó ya una sensación clara: los tempi parecían suspendidos, retenidos, como si el maestro quisiera detener el reloj. No había urgencia dramática, sino cautela; no había tensión heroica, sino una especie de contemplación. De ahí nace el título de estas líneas: Mehta parecía querer retener el tiempo, su tiempo.

En la Octava Sinfonía de Ludwig van Beethoven apareció mayor cohesión, incluso momentos de energía, pero el humor beethoveniano —esa sonrisa inteligente que atraviesa la obra— quedó más insinuado que plenamente vivido. Todo sonó cuidado, pulcro, noble… pero con una fatiga que parecía venir de otro lugar, no de la música sino del cuerpo.

La Cuarta Sinfonía de Piotr Ilich Chaikovski evidenció aún más las limitaciones del momento. Hubo desajustes, tensiones difíciles de controlar y un discurso irregular. Sin embargo, incluso ahí surgían destellos: un final que conseguía levantarse, una orquesta que respondía con entrega, un público dispuesto a sostener emocionalmente lo que musicalmente no siempre se alcanzaba.

Porque esta noche no trataba solo de perfección interpretativa. Trataba de historia.

Zubin Mehta pertenece a una generación de directores que no solo interpretaron música: construyeron una época. Su nombre está unido a instituciones (especialmente a Ibermúsica de Alfonso Aijón), a tradiciones sonoras, a una manera de entender el sonido orquestal amplio, generoso, respirado. Puente entre continentes, entre culturas, entre generaciones. Una batuta que marcó más de medio siglo.

Hay directores que marcan el compás. Otros marcan el tiempo. Y unos pocos marcan la memoria.

Escucharle este jueves, ya en Cuaresma, fue asistir a la continuidad de una tradición que sabemos cercana a su despedida. No es nostalgia: es conciencia histórica. La sensación de que un mundo —una forma de hacer música, de pensar la música— se está apagando lentamente ante nuestros ojos.

Y, sin embargo, la música sigue. Porque la música siempre sigue. Nos hace vivir. Nos hace convivir. Nos hace revivir.

Gracias, Maestro Mehta.

PROGRAMA:

I

Richard Wagner (1813-1883):

Obertura de «Rienzi», WWV 49

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93:

I. Allegro vivace e con brio

II. Allegretto scherzando

III. Tempo di menuetto

IV. Allegro vivace

II

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36:

I. Andante sostenuto – Moderato con anima

II. Andantino in modo di canzona

III. Scherzo. Pizzicato ostinato. Allegro

IV. Finale. Allegro con fuoco

Giulio Cesare in Ovetum

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Martes 17 de febrero, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Georg Friedrich Händel (1685-1759): Giulio Cesare in Egitto, HWV 17 (ópera en versión de concierto). Ópera en tres actos con libreto de Nicola Francesco Haym (1678–1729), basado en un texto anterior de Giacomo Francesco Bussani. Estrenada el 20 de febrero de 1724 en el King’s Theatre, Haymarket, de Londres. Fotos de Pablo Piquero.

(Crítica para Ópera World del miércoles 18 de febrero, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Pablo Piquero más alguna propia)

Oviedo es capital lírica desde hace años con temporadas de ópera, zarzuela y muchos Conciertos del Auditorio donde tanto las galas líricas como las versiones en concierto de títulos no siempre “atrayentes” para la escena, acercan a muchos aficionados de todas partes, que a menudo son referentes por los intérpretes, caso de este Giulio Cesare in Egitto donde el reclamo era Il Pomo D’Oro con el contratenor polaco Jakub Józef Orliński (que volvían por tercera vez al auditorio ovetense tras abril de 2022 y octubre de 2023) más la afamada soprano francesa Sabine Devieilhe en los dos papeles protagonistas de esta joya haendeliana que combina virtuosismo vocal y refinamiento expresivo, recordando la estrenaron en Londres el célebre, caprichoso e idolatrado castrato Sinesino y la prima donna Francesca Cuzzoni, y que al igual que Händel como empresario además de compositor hace doscientos dos años, los programadores son conscientes de que el público melómano paga su entrada atraído por el renombre de los cantantes, y que en ellos reside a menudo el éxito de una ópera.

En todo drama los mal llamados papeles secundarios deben estar no solo bien (d)escritos sino mejor elegidos para hacer que todo funcione a la perfección, y poniéndoles música ocurre otro tanto para poder armar un espectáculo completo, a menudo sin necesidad de decorados porque la acción es de todos conocida y la escena la pone cada uno mentalmente. Así pues el elenco vocal de este Giulio Cesare in Ovetum resultó ideal junto a la formación de Francesco Corti que sigue siendo sinónimo de calidad interpretativa en el barroco, tres horas y media para afirmar que se pasaron volando ante esta representación operística que seguro permanecerá en el recuerdo del numeroso público que se congregó en la capital asturiana sin mirar el reloj.

Desde la obertura y el coro de egipcios formado por las ocho voces “secundarias” todos sabíamos que estábamos ante un verdadero espectáculo musical. Si el dúo protagonista eran Julio César y Cleopatra, el resto de voces brillaron en cada intervención, sentida, dramatizada vocal y corporalmente, con los sobretítulos para entender aun mejor una historia que con la música del “inglés” Haendel enamora y cautiva de principio a fin todavía más.

Siempre difícil elegir los roles con sus cantantes, el acierto absoluto en este “Giulio Cesare” con buenos contrastes de color en las voces, comenzando por la Cornelia de la mezzo escocesa Beth Taylor, oscura, poderosa, brillante y brava como su mujer romana, o el Sesto de su homóloga y compatriota Rebecca Leggett, que cuenta y canta varias de las arias más conocidas de esta ópera, que nos dejarían complicidad, gusto y entrega individual tanto en solitario como en sus conjuntos.

Impresionante el Achilla (Aquiles) del bajo californiano Alex Rosen, poseedor de un amplio y caudaloso registro, barítono por color y tesitura con el grave poderoso que no es óbice para dar todos los muchos matices a su personaje.

Y dos contratenores más en el elenco, igualmente ideales en la elección por color y expresividad, comenzando por el Tolomeo del ucraniano Yuriy Mynenko, (porque no solo para barítonos son los roles de “los malos de la película”), de color uniforme incluso en los agudos forte que llenaban el auditorio, más el Nireno del francés Rémy Brès-Feuillet brillando en sus intervenciones de un “secundario” de nivel. Completó este equilibrado reparto el Curio del barítono italiano Marco Saccardin, aplaudiendo el acierto de unas voces que elevaron esta cita lírica en concierto hasta límites y calidades increíbles.

De los números musicales destacar en primer lugar que Il Pomo d’Oro es un lujo en su orgánico y su sonoridad compacta, cuidada y bien balanceada en cada número instrumental, también el perfecto ropaje para las voces con un continuo de altura (además del propio Corti al clave que las mima) junto a Guillaume Haldenwang en el segundo clave -casi arpa que no estaba- junto al tiorbista Miguel Rincón, o los dos chelos más la viola de gamba; seguir sumando dos contrabajos escoltando el “grosso” para dar el cimiento y sustento grave, una madera donde Petra Dámec Ambrosi alternaría el trasverso con la flauta de pico y hasta uno de los oboes, dos fagotes que citaré más adelante (con Ángel Álvarez doblando la flauta) y el puntual cuarteto de trompas naturales donde el dúo de Christian Biende en el aria nº 15 de la escena IX con Giulio Cesare demostró la calidad y perfecto ensamblaje con Orliński, desde la siempre difícil afinación y un timbre redondo.

A lo largo de la ópera que contiene algunas de las arias más célebres del Barroco, habituales en recitales de solistas mundiales que bien conocemos en la capital asturiana, hubo muchos momentos estelares que hacen difícil resaltarlos, pero al menos debo citar varias como el dueto final del primer acto (escena XI) de Sesto y Cornelia «Son nata a lagrimar» con las mezzos entregadas, bellísima línea de canto, empaste  prodigioso y los primeros suspiros de un público emocionado ante una interpretación increíble, que siempre dudó en aplaudir dentro de un silencio que indica mucho de lo vivido este martes de carnaval.

Del Julio César protagonista y cabeza de cartel, Orliński nos dejaría el aria del segundo acto «S’in fiorito, ameno prato» a dúo con el pájaro en manos, o mejor boca, de la viola de gamba Natalia Timofeeva rivalizando en musicalidad y gorjeos, con el polaco incluso silbando y dejándonos antes del “da capo” un guiño al Jesus bleibet meine Freude de la cantata 147 de Bach con unos ornamentos y flato “marca de la casa” que siguen poniendo la carne de gallina y dominando la escena de principio a fin, figura internacional que llena cada evento musical.

La pausa se hizo con toda la intención en la escena VIII del segundo acto tras el aria de Cleopatra «Se pietà di me non senti» donde Sabine Devieilhe lució la magia de su voz desde su primera aparición. Muy expresiva en un papel complicado que reúne estados de ánimo cambiantes a lo largo de la obra, tras el amoroso «V’adoro pupille» de la escena segunda en el acto central, agilidades hasta un agudo increíble en pianissimo, fuerza junto al dúo de los fagotes (Álvarez y Bernat Gili Díaz) verdaderamente primoroso en conjunto, poniendo el auditorio patas arriba tras casi dos horas antes de salir a estirar las piernas porque aún quedaba la segunda parte, pese a que algunos pensaron se acababa ya que las diez de la noche es la hora habitual de finalizar en el auditorio carbayón y no se leen el programa de mano (ni parece conozcan la historia de la pareja más cinematográfica).

El último acto contiene más arias de lucimiento de todos los protagonistas, comenzando con «Dal fulgor di questa spada» de Aquiles arrancando con el continuo perfectamente encajado antes del tutti con Alex Rosen y unas agilidades portentosas; Tolomeo y «Domero la tua fierezza» buscando igualar belleza y ornamentos del segundo contratenor Mynenko; la conocida y siempre emocionante aria «Piangerò la sorte mia» con una Devieilhe íntima junto a Il Pomo d’Oro remarcando y vistiendo de terciopelo cada frase cantada desde el gusto y dominio de esta página única; y por supuesto el duetto con Orliński «Caro! – Bella!» antes del impactante coro final «Ritorni omai nel nostro core la bella gioia» con todas las voces que nos dejaron con ganas de ‘volver a nuestro corazón’ para poner broche d’Oro pasadas las once de la noche con esta ópera que se recordará mucho tiempo en Oviedo, a quien seguiré calificando como “La Viena Española” nuevamente en el mapa ibérico entre Barcelona y Madrid dentro de una gira que dará mucho que hablar.

REPARTO

Giulio Cesare: Jakub Józef Orliński (contratenor) – Cleopatra: Sabine Devieilhe (soprano) – Tolomeo: Yuriy Mynenko (contratenor) – Cornelia: Beth Taylor (mezzosoprano) – Sesto: Rebecca Leggett (mezzosoprano) – Achilla: Alex Rosen (bajo) – Curio: Marco Saccardin (barítono) – Nireno: Rémy Brès-Feuillet (contratenor)

IL POMO D’ORO – Francesco Corti (director)

 

Huracán Trpčeski

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Domingo 8 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Simon Trpčeski (piano). Obras de Beethoven, Grieg, Ravel y Tchaikovski.

Antepenúltimo concierto de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” con el pianista Simon Trpčeski (Skopie -Macedonia del Norte-, 1979), un auténtico huracán con un programa que parecía iba a ser «danzable» y resultó una curiosa selección de obras donde disfrutar no sólo de su impecable técnica (con un dominio de los pedales impresionante y una posición de manos tendente a trabajar las muñecas y el antebrazo) o su delicada expresión (los gestos fuera del teclado en los silencios forman parte de una búsqueda en cada sonido del matiz apropiado con una amplia gama dinámica, especialmente en los ppp), sino también por su cálida personalidad, cercanía y compromiso con el fortalecimiento de la imagen cultural de Macedonia de quien nos regalaría la última obra ya en la «tercera parte» de un intenso concierto.

No es habitual escuchar las 12 Variaciones sobre la danza rusa del ballet «Das Waldmädchen», en la mayor, WoO 71 (1797) de Beethoven, de las que José Luis García del Busto en las notas al programa comenta que las compone a partir de una danza rusa del ballet «La muchacha del bosque» original de Wranitzky, tema sencillísimo y de escaso vuelo, y que:

Las doce variaciones compuestas por Beethoven a partir de esta danza son igualmente de factura simple, se diría que convencional, si bien pasado el ecuador de la pieza la escritura se muestra un poco más elaborada y densa. El compositor no dio a la edición esta obra, que se editó tardíamente y se cataloga como la número 71 de las obras de Beethoven sin número de opus (WoO 71). Comparar esta obra menor con las Variaciones Diabelli op. 120 que el mismo compositor aportó en su madurez y que son una cima del género de la variación y una muestra de pianismo trascendente, habla con elocuencia de la profundidad de la evolución que experimentó el genio beethoveniano.

Interesante escuchar la progresión sonora y técnica del pianista macedonio en cada variación, casi un «precalentamiento» a lo que vendría después: la Suite Holberg, op. 40 de Grieg que son igualmente una sucesión de danzas de origen barroco, casi bachianas pero impregnadas de un romanticismo que Trpčeski llevó en cada una de ellas, melodías expresivas tanto en los movimientos rápidos como en los lentos que hicieron íntima esta «reducción» de la sinfónica plagada de color y delicadeza desde unos pianissimi increíbles.

La segunda parte mantenía el espíritu de la danza desde los Valses nobles de Ravel a la Suite «El cascanueces» (Tchaikovski) que Pletnev arregló para el piano, pero más que bailar, aunque Trpčeski moviese la cabeza y el cuerpo casi llevando el rubato a límites insospechados, el color pianístico resultó un caleidoscopio brillante y tenue, agitadamente tranquilo, un sinfonismo no reducido al piano sino otra gama donde seguir asombrándonos con un pianista que no deja indiferente.

Los ocho Valses nobles et sentimentales, M. 61 del vasco-francés son una de «sus obras más concisas y austeras, más intimistas y ausentes de concesiones» como escribe García del Busto, y un verdadero banco de pruebas para la posterior orquestación donde Ravel siempre ha sido único aunque autoconfesándose como un pésimo pianista. Pero Trpčeski supo sacar toda la paleta de colores, ácidos e irónicos pero también complacientes y nostálgicos como los califica el mencionado académico valenciano. Juego total con el rubato, matices frágiles casi imperceptibles enfrentados a pasajes poderosos, intimidad y exhuberancia para esta obra de la que Marguerite Long (gran intérprete y estudiosa de la obra pianística de Ravel) decía que «no se adapta a los grandes públicos ni a salas muy amplias» pero que en este segundo domingo de febrero acalló toses y rompió perjuicios ante un auditorio rendido al macedoni0.

Y si hay un ballet icónico de Tchaikosvky es «El cascanueces» que asociamos habitualmente a la Navidad. Vuelvo a dejar parte de las notas al programa:

Bien clara debía tener Chaikovski la idea de la validez de la música de este ballet para el concierto a juzgar por el hecho, ciertamente insólito, de que una Suite orquestal de Cascanueces se presentó antes de que la obra completa llegara al teatro: en efecto, el propio compositor dirigió su Suite de Cascanueces, op. 71a en San Petersburgo, el 7 de marzo de 1892. Los altos valores del original orquestal no se disfrutan, obviamente, en la reducción pianística de estos pasajes, pero la riqueza melódica, armónica y rítmica de esta música hacen de la versión para piano solo que vamos a escuchar una auténtica delicia. Entre otros movimientos encontramos la suma delicadeza de la Danza del hada de azúcar, el exotismo de las danzas rusa, árabe y china… y, cómo no, el rutilante Vals de las flores que cierra la suite.

Plenamente de acuerdo que no podemos disfrutar la orquestación del ruso en el piano, pero precisamente el virtuoso pianista Mikhail Pletnev realiza este arreglo que hace olvidarnos del original para enfrentarnos a una durísima prueba de virtuosismo al servicio de unas melodías que todos conocemos y recrearlas en el universo de las 88 teclas coloridas, jugosas en los tempi, los ataques precisos, imaginándonos el propio ballet calentando en una barra alrededor del piano, poder escuchar verdaderamente la celesta de una nada edulcorada «hada del azúcar», rememorar el flautín «chino» con unos trinos precisos en el agudo, o la trepidante «Trépak» que impactó de principio a fin. La gestualidad de Trpčeski nos llevó desde la impresionante obertura hasta el famoso Vals de las flores casi dirigiendo desde el piano a su orquesta multicolor pintada desde el blanco y negro.

Los grandes concertistas no escatiman esfuerzo ni agradecimiento y en el caso del macedonio hubo verdaderamente una tercera parte, comenzando con Villa Lobos y su “Valsa da Dor” (Vals del dolor) dedicado en perfecto español a las víctimas de las últimas y devastadoras borrascas con nombre propio.

Si el enorme despliegue hasta el momento era digno de admiración, aún quedaba mucho «huracán Trpčeski» con Prokofiev y el tercer movimiento (Precipitato) de la exigente Sonata para piano nº 7, opus 81 como muy bien me informaron los maestros Pantín y Pérez. Un derroche de técnica y música a raudales con un pianista que se le notó cómodo pese al esfuerzo, espontáneo, explosivo y espléndido en el amplio sentido de la palabra.

Y cuando se conjuga la técnica con la delicadeza expresiva nos llegó otra propina, el francés F. Poulenc y su Hommage à Edith Piaf, cercano, emocional, profundo y sentido de principio a fin.

Como seña de identidad que indiqué al inicio, Simon Trpčeski mantiene el compromiso en fortalecer la imagen cultural de su Macedonia natal, y nada mejor que una obra actual, creo que de su compatriota Zivojin Glisic que no suele faltar como regalo en los conciertos de este virtuoso que no tenía «fichado en vivo» pero al que habrá que seguir aunque sea en las redes sociales porque este concierto es para recordar en estas Jornadas de Piano que son referente hispano desde hace décadas.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

12 Variaciones sobre la danza rusa del ballet «Das Waldmädchen», en la mayor, WoO 71

Tema. Allegretto (la mayor)
Variación 1 (la mayor)
Variación 2 (la mayor)
Variación 3 (la menor)
Variación 4 (la mayor)
Variación 5 (la mayor)
Variación 6 (la mayor)
Variación7 (la menor)
Variación 8 (la mayor)
Variación 9 (la mayor)
Variación 10 (la mayor)
Variación 11 (la menor)
Variación 12. Allegro (la mayor)
Coda. [Allegro] – Tempo primo (la mayor)

Edvard Grieg (1843-1907):

Holberg Suite, op. 40

1. Praeludium. Allegro vivace

2. Sarabande. Andante espressivo

3. Gavotte. Allegretto

4. Air. Andante religioso

5. Rigaudon. Allegro con brio

SEGUNDA PARTE

Maurice Ravel (1875-1937):

Valses nobles et sentimentales, M. 61

1. Modéré, très franc

2. Assez lent, avec une expression intense

3. Modéré

4. Assez animé

5. Presque lent, dans un sentiment intime

6. Vif

7. Moins vif

8. Épilogue. Lent

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893):

Suite de «El cascanueces», op.71a

1. Obertura miniatura

Allegro giusto

2. Danses caractéristiques:

a. Marcha. Tempo di marcia viva

b. Danza del Hada de azúcar. Andante non troppo

c. Danza rusa ‘Trépak’. Tempo di trépak, molto vivace

d. Danza árabe. Allegro

e. Danza china. Allegro moderato

f. Danza de los mirlitones. Allegro

3. Vals de las flores

Tempo di valse

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