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Heterodoxia suiza

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Sábado, 19 de noviembre, 20:00 h. Conciertos del Auditorio, Oviedo: OCL (Orquesta de Cámara de Lausanne), Renaud Capuçon (violín), Joshua Weilerstein (director). Obras de F. J. Haydn, L. Bernstein, Ligeti y R. Schumann.

Entendiendo el adjetivo heterodoxo como «disconforme con hábitos o prácticas generalmente admitidos«, el concierto de la Orquesta de Cámara de Lausanne en esta gira europea que recalaba en la capital asturiana dentro de su ciclo, así resultó por autores y obras que compartieron programa, algo habitual en los suizos, por un lado mostrando una versatilidad a prueba de estilos y épocas pero sobremanera teniendo al frente a un joven director preparado y plenamente convencido de hacer sonar compositores vivos (o más cercanos que los llamados «clásicos») en una labor pedagógica necesaria a pesar del disgusto para cierta audiencia constreñida por cierta comodidad auditiva que parece negarse el esfuerzo por catar sabores distintos o al menos de leerse las notas al programa (esta vez a cargo de la asturiana Lorena Jiménez) y no preguntarse qué sucedía en el último movimiento de «la 60 de Haydn«, como subrayando el sobrenombre de la misma.

Porque fue F. J. Haydn y su Sinfonía nº 60 en do mayor, Hob. I/60, «El distraído» la encargada de abrir boca en una plantilla ideal para esta obra que gozó de más fama que la actual, bien llevada por un Weilerstein con las ideas claras en cuanto a planos y dinámicas que los músicos suizos interpretaron a la perfección, detalles como colocar el fagot al lado de los cellos buscando color y dinámicas plenamente clásicas así como el empleo de los timbales «antiguos» (sin pedales) detrás de ellos, si bien las trompetas fueron de pistones (un detalle más visual que acústico) flanqueando con las dos trompas (sabor hispano) a los oboes. El gesto del director en el Prestissimo buscó la complicidad de un público no instruido previamente con toda la carga de humor habitual en «Papá Haydn«.

Cercano en el tiempo y popular aunque no siempre (re)conocido genio de la dirección, composición e intérprete de piano al menos singular, L. Bernstein (1918-1990) compuso su Serenata para violín y orquesta sobre «El Banquete» de Platón (1954) por encargo de la Fundación Koussevitzky (también para el Ligeti de la segunda parte) al músico norteamericano,
dedicada a la memoria de Serge
y Natalie Koussevitzky que contó con el violinista Renaud Capuçon, de nuevo en Oviedo, como solista de esta inusual y original composición para orquesta de cuerda, percusión y solista llena de novedades para su momento que hoy resultan tan «normales» como el Haydn anterior, cinco movimientos verdaderos cantos al amor platónico, verdadero simposio, placer y dolor, intimismo y voluptuosidad hechos música, diálogos complementados donde el Guarneri del Gesù “Panette”(1737) que perteneciese a IsaacStern (el mismo que estrenase esta obra y comprado para Capuçon por la Banca Svizzera Italiana), transitó por todos los estados anímicos, sonoridades y buen gusto desde sus primeras notas solo, esfuerzo y ejercicio interior más que extroversión y sin efectismos aparentes en una lección del maestro bien asumida por su alumno francés desde un perfecto entendimiento con Weilerstein y la OCL, contando con amplia percusión, reforzada para esta obra, funcionando como un reloj suizo, más unos solistas de primera en toda la cuerda (más el arpa), especialmente el diálogo con la chelista inglesa Catherine Marie Tunnell. Siempre de agradecer volver a escuchar a Bernstein en estas obras poco transitadas y tan vigentes como entonces, con la «firma» de Lenny en muchos pasajes más allá del jazz o las músicas judías.

Programar a G. Ligeti (1923-2006) sigue siendo un reto y más sus Ramificaciones para orquesta de cuerda (1968 por la exigencia técnica a una cuerda específica que debe tocar «desafinada» por exigencias del autor. Weilerstein se encargó de avisarnos antes de escucharla leyendo en perfecto español y haciendo gala de su «química con el público» que no intentásemos escuchar la música sino pensarla como un cuadro de Pollock, casi una sinestesia porque Ligeti siempre supone imágenes, personales o ajenas aunque el paralelismo pictórico y cinematográfico resulte más cercano a muchos, si bien Pollock tampoco convenza a quienes no les gusta Ligeti (quien siempre declaró «enemigo de las ideologías en el arte»). Lo dicho de abrir la mente y el oído. La OCL y Weilerstein volvieron a demostrar su calidad y simbiosis para esta partitura complicada que resultó necesaria y complementaria de un concierto «clásicamente heterodoxo» como en principio pensé titularlo.

Y es que cerrando el círculo estaría R. Schumann y su Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor op. 97, «Renana» con la orquesta realmente al completo (todos los refuerzos traídos para la ocasión), que nos dejaron una interpretación profunda, limpia, de tiempos bien resueltos, equilibrios a pesar del despliegue de metales con líneas melódicas siempre claras destacando la rotundidad emocional por el empaste alcanzado entre todas las secciones del Nicht schnell y la ligereza brillante del Lebhaft, sonido impoluto, equilibrado (bravo por el cuarteto de trompas con tres españoles), vivo pero sin excesos, paladeando timbres y dinámicas en una versión de ideas precisas que se transmitieron sin dudas desde el podio a la formación suiza en esta última sinfonía (aunque lleve el número tres) del romántico alemán cerrando la forma con la que el padre de la misma abría velada plenamente heterodoxa.

La propina ese Boccherini cinematográfico de la música nocturna de Madrid «traducida» por Weilerstein (a quien se lo rifan muchas orquestas mundiales) como de Oviedo, dejándonos nuevamente a esa cuerda camerística y virtuosa con protagonismo para los «segundos» y un tiempo vivo que permitió a los cellos sonar como uno pese al aire elegido. Tendremos que seguir a este premiado del Concurso Malko en 2009 porque los daneses siempre han tenido buen ojo (quizá oído) para los directores prometedores. Sobre la visión cultural de los regidores mejor no hago leña del árbol caído (espero álguien vea las consecuencias) pero ni conocen la historia ni se preocupan en estudiarla, aunque tampoco calculan la inversión (que no gasto) en publicidad que supone este Oviedo musical, amén del beneficio económico en muchas áreas (la propia donde debemos sumar todo lo referido al ocio como restauración, alojamientos, pequeño comercio, transporte, etc.) porque no suelen ser habituales de los conciertos, las óperas o las galas con entrada gratuita…

Música entre amigos

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Viernes 28 de octubre, 20:00 horas. Málaga, Teatro Cervantes: Programa 3 OFM (Orquesta Filarmónica de Málaga), Gabriela Montero (piano), Manuel Hernández-Silva (director). Obras de T. Marco y P. I. Tchaikovsky.
Había que cruzar España para no perderse un concierto en el que volvían a reencontrarse dos amigos venezolanos en mi segunda casa en el segundo día del tercer programa de la OFM con su titular al frente.

Para comenzar la Sinfonía nº 10… «Infinita» del madrileño Tomás Marco (1942) que estrenase en el Festival de Santander el 14 de agosto de 2012 con todas las evocaciones cántabras que vienen más de los títulos de los movimientos aunque resulten de lo más evocadores, al menos para un oyente asturiano, trabajadas con un material sonoro modelado por Marco como pocos de sus contemporáneos, y que desde mi perspectiva suenan cercanos: el 1 Reverso de la marea inquietante presenta registros extremos y matices amplios con un ritmo de los parches en glisandi unido al de todas las secciones. 2 Mar y monte me resultó profundo y grave en tesituras incluida el arpa junto a unos timbales poderosos, el contraste de color y hasta de olor, totalmente distinto del 3 Rincón de poetas, mortecino y celeste por los toques de arpa y fagot más un solo de viola hermoso a cargo de Evdokia Erchova, o ese dúo de flautas mitológicas en ambientes lúgubres, los dos movimientos que en cierto modo vuelven al ciclo vital y paisajístico, 4 Cumbre y valle, 5 Colores de la caverna, vigor majestuoso de tempestades con origen marino y perlas de espuma salpicando en los cellos, más evocador que los dos primeros cual vistas marinas desde las alturas con canto de los bronces como sirenas, las literales del faro de Ajo cuando hay niebla, contrabajo y glisandos varios de esa incertidumbre inestable en continuo juego de dinámicas sin opulencia, timbres etéreos con sordina disipada en un solo de trompa de Cayetano Granados antes de los nuevos embites del hombre primitivo en Altamira, solo de fagot (a cargo de Alberto Reig) y calma cortada por armónicos preparando un final in crescendo tras un enorme trabajo de dirección e interpretación a cargo de la orquesta malagueña que alcanzó momentos de total entendimiento con su titular Hernández-Silva que demuestra nuevamente su talento y profesionalidad en todos los repertorios, sacando de sus músicos lo mejor. Unir magisterio y rigor al trabajo continuado marca la trayectoria ascendente de director y orquesta que solo con tiempo se alcanza, y el venezolano deja huella por donde pasa. El propio Tomás Marco, presente los dos días, compartió aplausos para una «infinita» sinfonía que cambió el Cantábrico por el Mediterráneo de manos de un caribeño con espíritu asturiano.

La esperada segunda parte me devolvía el Concierto nº1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 (Tchaikovsky), totalmente distinto al reciente de Oviedo, con una Gabriela Montero lesionada en el dedo anular de su mano derecha por un percance doméstico que a punto estuvo de cancelar, incluso con el sobreesfuerzo del día anterior podría hacerme pensar que mermaría la parte técnica, cosa que no ocurrió, máxime cuando su musicalidad es superlativa y el entendimiento alcanzado con su amigo compatriota fue sobresaliente. Concierto exigente para todos, el Andante non troppo e molto maestoso-Allegro con spirito marcó la pauta a seguir, la fortaleza física y sonora de la pianista, el equilibrio orquestal y el encaje ideal de la batuta con la solista para una página conocida que utiliza un motivo popular ucraniano más el segundo romántico en plenitud de pasiones e «inquietante ansiedad» que escribe José Antonio Cantón en las notas al programa. Tras ese volcán sonoro y cristalino donde pudimos disfrutar de todos los detalles, el Andantino semplice-Allegro vivace assai central fue un remanso remando todos en las mismas emociones, la flauta de Jorge Francés dialogando con un piano rivalizando en lirismo y el alegre aire de vals que Hernández-Silva entiende como vienés de espíritu, contagiado a su formación que fue perfecta pareja de baile venezolana, sin pisotones, encajado al detalle para llegar al verdadero «fuego» final, el Allegro con fuoco que comienza vertiginoso y saltarín, nueva danza de entendimiento único para alcanzar lo sublime, la batuta siempre atenta al piano, protagonismos en diálogos sin quitarse la palabra, completándose para engrandecer ese derroche de emociones con un virtuosismo hondo que puso la carne de gallina a mis compañeras de palco.

Mas toda aparición de Gabriela Montero lleva incluida la felizmente recuperada técnica de la improvisación que siempre asombra allá donde actúa, algo que para «la Divina Emperatriz» (como la rebauticé tras escucharla hace tres años en Barcelona) forma parte de su propia historia desde los juegos infantiles en su amada Venezuela, dañada y más querida aún, con distintas peticiones por parte del público, bandera tricolor incluida, decantándose por ese Alma Llanera de la querida tierra natal de estos amigos reunidos en Málaga, pero con las referencias al recién finalizado primero de Tchaikovsky, reencontrándose con Mozart tras un apunte llegado de lo alto del coliseo, con variaciones y modulaciones en tono menor, ritmos de habanera marina y llanera recorriendo un océano de musicalidad y dolor, físico e interior, para regalarnos diez minutos para el recuerdo y la alegría de este encuentro entre amigos que continuaría tras el concierto, porque los kilómetros no son distancia para unir pasiones.

P. D.: Compartí palco con mi esposa Asun, mi cuñada Olvido e Irene que acudía por vez primera a un concierto. No podía ser mejor bautismo musical para mi sobrina de nueve años.
Antes del concierto y durante el descanso con Alejandro Fernández (crítico de Codalario y de La Opinión de Málaga, entre otras publicaciones) pudimos ponernos voz y conversación.
Especialmente emotivo resultó conocer a Pilar Pino, una zamorana compañera de profesión en Fuengirola, y a su hijo Roque Casabona, joven pianista que tampoco podía faltar a este concierto que nos reunió por unas horas fuera de las redes sociales continuando una amistad de años con la pasión musical como motor vital de nuestras vidas.

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

Beethoven siempre llena

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Miércoles 19 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, Ensayo General XXV Concierto Premios Princesa de Asturias: Sonja Gornik (soprano), Olesya Petrova (mezzo), Daniel Kirch (tenor), Alexey Dedov (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), OSPA, Rossen Milanov (director). Sinfonía nº 9 en re menor, opus 125 «Coral» (Beethoven). Entrada con invitación.

Octubre en Oviedo es sinónimo de los Premios de la FPA y pese a la merma en la oferta musical que siempre va unido a ellos, no falta nunca este concierto que abre las puertas a todo el público en el ensayo general con todo lo que supone: agotadas las entradas con un lleno total en el auditorio para una obra que todos tenemos interiorizada aunque todavía existan personas que acuden por primera vez a estos espectáculos gratuitos (cuesten lo que cueste) lo que se nota en los aplausos entre movimientos o incluso interrumpiendo el conocido último movimiento donde aparecen coro y solistas. Pero todo sea por Beethoven y su Novena.
De este ensayo general donde se incluye el Himno Nacional para abrir y el homónimo de Asturias para cerrar debo comentar que duró 70 minutos, por lo que los «entendidos en la materia» pueden calcular los tempi elegido para la última sinfonía del genio de Bonn.

El maestro Milanov apuesta a menudo por aires extremos, lo que no siempre nos permite disfrutar al cien por cien páginas con mucha sustancia como esta Novena. El Allegro ma non troppo, un poco maestoso resultó más rápido que majestuoso aunque ya apuntó claramente el trabajo del sonido con unos cellos y contrabajos que me encantaron en cuanto a densidad y presencia, además de un equilibrio en todas las secciones que daban el paso al frente al mínimo gesto del búlgaro, nuevamente preciso y «yendo al grano», haciéndose entender sin dudas.
El Scherzo: Molto vivace- Presto sirvió para corroborar el excelente estado de la orquesta de los asturianos (con mi querida María Ovín de ayuda de concertino), realmente vertiginosa ejecución y trabajo de cada sección según el protagonismo de la partitura, una joya colocando este movimiento en segundo lugar.

Personalmente el Adagio molto e cantábile es de una belleza equiparable al segundo del «Emperador» donde la cuerda sonó aterciopelada y verdaderamente cantable, aunque tan «molto» que por momentos se cayó en tensión y emoción, lo que no impidió volver a degustar los primeros atriles pero y sobre todo ese sonido compacto de la formación capitaneada por Milanov en una temporada que promete.
El «esperado» Presto – Allegro assai nos trajo un cuarteto solista de perfecta pronunciación alemana para el texto de Schiller donde la mezzo de San Petersburgo repetía en este escenario aunque con una obra de exigencia e intensidad máxima pese al escaso tiempo de intervención. A favor de las cuatro voces su excelente empaste en cuanto a color, evidentemente con el paisano de la mezzo Alexey Dedov algo más protagonista y de color homogéneo además de buena proyección, bien en sus apariciones conjuntas pero devorados, sobre todo el tenor Daniel Kirch, por ese «tsumani» coral. En un ensayo general no suelen darlo todo y el jueves necesitará que su voz llegue al inmenso auditorio, más todavía con la sala polivalente abierta que influye en la percepción global, lo mismo que la soprano Sonja Gornik, de color algo metálico que le permite «sobresalir» en este maremágnum coral.
El Coro de la FPA se mostró poderoso y suficiente (aunque siempre vienen bien más voces graves) en presencia y calidad, solventes con un trabajo serio aunque el tempo tan rápido nos privase de más dicción (no sólo consonantes tiene el idioma de Goethe) y musicalidad, además de ligeras inseguridades en entradas que seguro serán corregidas en el concierto de mañana. Está claro que el «Coro de la Fundación» puede afrontar estas grandes partituras sin problemas, con dinámicas amplias donde los «súbito» fueron lo más destacado, así como unas voces blancas en registros extremos poderosas y claras de emisión sin excesos. Un aplauso para el coro que dirige el poleso García Miranda capaz de preparar esta formación para cualquier estilo e interpretación, dúctiles y verdaderos profesionales en un mundo amateur pero con una enorme experiencia.

La OSPA volvió a brillar en cada sección, con Milanov mimando el colorido al detalle (baquetas de timbales, flautas de madera o trompetas de llave por citar algunos), pero con una velocidad  excesiva que no empañó la calidad global, trabajando especialmente el fraseo en las cuerdas graves bien contestadas por violas y violines que dieron un resultado conjunto notable, además de la siempre segura madera y unos metales cada vez más compenetrados. Este jueves augura un concierto excelente y así lo deseo de todo corazón.

Redención final

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Viernes 14 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 1 OSPA, Natasha Paremsky (piano), Rossen Milanov (director). Rusia esencial I, obras de Consuelo Díez y Tchaikovsky.
Tras abrir puertas y el paso por el foso operístico comenzaba la temporada oficial de abono de la orquesta asturiana con si titular en un concierto que continuaba basado en un «esencial ruso» como Chaikovski más la casi obligada presencia contemporánea, esta vez española con la madrileña Consuelo Díez (1958), presente en la sala, y una pianista rusa de nacimiento pero totalmente norteamericana y con la que Milanov ya ha trabajado en los Estados Unidos.

Como viene siendo habitual, el sabor de este primero de abono me ha dejado luces y sombras. Pasión Cautiva (1997-2001) no me aporta nada nuevo a nivel compositivo, inspiración cervantina en tres movimientos explicados en las notas al programa incluidas de Juan Manuel Viana en la revista nº 15 de la OSPA (y links al principio con los autores), aunque reconozca que no haya afán descriptivo (cada uno puede pones sus imágenes) y mucho trabajo previo por «las proporciones y relaciones numéricas elaboradas a partir de datos y cifras significativas en la vida del autor de El Quijote«, obra por otra parte ahondando en texturas y ritmos que son tendencia en muchos de los compositores de mi generación y que la orquesta asume sin mayores dificultades, con una percusión siempre acertada. El problema pienso que se encuentra en la gestualidad del maestro titular, poco clara demasiadas veces que si le intentamos seguir no concuerda lo visto con lo escuchado, demasiada amplitud y poca precisión que se contagia a la orquesta, lo que tendría consecuencias nefastas en la siguiente obra, ya conocida y esencial.

concertar –verbo transitivo-

1.Acordar [dos o más personas] algo que se va a hacer.
«concertar una cita; concertar la paz entre dos naciones; los reyes concertaron el casamiento de sus hijos»
2.
Hacer que dos o más cosas armonicen o actúen de forma conjunta.
«solo si concertamos nuestros ideales conseguiremos la paz»
3.
GRAMHacer que una palabra variable de la oración concuerde con otra palabra.
«concertar el nombre con el adjetivo»
4.
verbo intransitivoArmonizar o actuar [una persona o cosa] de forma conjunta a otra u otras.
«casi todas sus determinaciones concertaban con el estado de la naturaleza»
5.
GRAMTener concordancia las palabras variables de una oración.
«en español el adjetivo concierta en género y número con el nombre»
6.
verbo pronominal(concertarse)

Ponerse de acuerdo [una persona] con otra para hacer algo.

«el que induzca a una potencia extranjera a declarar la guerra o se concierte con ella para el mismo fin, será castigado con pena de reclusión mayor»

El cierre de la temporada anterior me pareció nefasto por la incapacidad en concertar el primero de Brahms y otro tanto ha sucedido con este de Chaikovski, con una Paremsky que intentó mandar, luchó en encajar y terminó divergiendo en una interpretación que no pasará a mi memoria particular. El Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23 (1874-1875) requiere pactos previos y una lectura clara para alcanzar cotas de calidad, pero el entendimiento mutuo es obligado además de la escucha atenta. En la entrevista para OSPATV la pianista confesaba su dedicación profesional desde esta obra en su escucha infantil rusa, sueño hecho realidad con la pasión que obliga a darlo todo en este concierto inmenso que domina pero no transmitió, un sonido no siempre claro desde el empleo de unos pedales que no ayudaron a la limpieza pero sí con la fuerza capaz de luchar con la masa orquestal a la que se impuso en más de una ocasión. La dirección no ayudó en la precisión obligada, necesidad de marcar con claridad en la derecha y templar con la izquierda que no se mantiene, máximo con los endiablados cambios de tiempo no siempre interiorizados por todos. La frescura y pasión de la pianista puede rebosar hasta el punto de hacer muy difícil la concertación, pero no ya en los movimientos extremos, el Allegro de inicio algo precipitado para mi gusto o el «con fuoco» que pareció «quemarse», sino en el central Andantino semplice reposado antes del Prestissimo, puesto más que nunca es obligado anticiparse en el gesto para que todo encaje, concierto de concertar y no desconcierto, esfuerzo casi sobrehumano en escritura e interpretación, totalmente virtuosa además de rica en su gama dinámica y un espectáculo sin el premio del disfrute del que suscribe, porque ya sabemos que no hay dos días iguales para una misma obra e intérpretes, magia única indescriptible. Sonoridades pianísticas eclipsando las orquestales con las que debe compartir sin eclipsar.

La Mazurka nº 40 en fa menor, op. 63 nº 2 (Chopin) que nos regaló no supuso cambios en mi opinión sobre esta intérprete pasional, virtuosa aunque algo desenfrenada y ahora contenida, más clara en el lento y bello discurso del polaco, una de las muchas jóvenes pianistas que buscan y encuentran un hueco en las salas de concierto para una carrera que tiene mucho camino por delante.

Menos mal que la Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 «Patética» (1893) del ruso si alcanzó la esencia buscada, por fin «mi» Milanov esperado, dominador de memoria de una partitura donde el gesto fue claro y preciso y encontró la respuesta esperada de su orquesta para una interpretación de extremos en los tempi, exigente en sonoridades y verdaderamente rusa para una plantilla ajustada que lo dio todo, patetismo de padecimiento por parte de todos hecho obra de arte. Impecables los solistas, seguros Sirva como anécdota la ruptura de una cuerda del ayudante de concertino este viernes (tuvo tiempo de cambiarla) como ejemplo de la fuerza exigida a toda la familia, menos numerosa de la deseada para esta sexta que es un testamento en sí del atormentado Chaikovski, levantando ¡como siempre! los aplausos al finalizar el Allegro molto vivace (la tensión acumulada no entiende de buenas costumbres) antes de la despedida angustiosamente bella del Finale: Adagio lamentoso. Ojalá que el concierto de piano hubiese tenido la misma implicación y exactitud para habernos brindado «otro primero», y aunque haya momentos donde los brazos del maestro nadan en una emotividad ya implícita que provocan desajustes o inseguridades en las entradas, el pulso se mantuvo marcial en la batuta y el terciopelo de la izquierda fue consolidando una más que digna «sexta» esencial que fue asentándose a lo largo de los cuatro movimientos.

El jueves afrontarán «la Novena de Beethoven» con el Coro de la Fundación y cuatro solistas de «esencia rusa» por descubrir en el Concierto Extraordinario presidido por SS.MM., cita anual ya consolidada y con ensayo abierto al público el miércoles 19 a las 20:30 horas tras recoger invitaciones (habrá 1.650 disponibles) que seguro llenarán el Auditorio, esperando lo mejor, como siempre, de nuestra mejor embajadora, la OSPA de todos los asturianos.

La OSPA abre sus puertas

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Viernes 30 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Concierto de puertas abiertas«, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Mozart, Beethoven, Grieg, Brahms, Tchaikovsky, Mendelssohn y Chapí. Entrada libre (previa invitación).
Aunque nuestra OSPA ya arrancó la temporada en el foso del Campoamor nada menos que con el estreno en España de Mazeppa, el pistoletazo de salida en el Auditorio sería este último día de septiembre en un concierto gratuito que cambió la primera capital asturiana por la actual, devolviendo a todos los contribuyentes una parte de sus impuestos que, de momento, se lleva la orquesta de todos los asturianos, como el propio Milanov recordó, siendo además el presentador de las obras y compositores de un programa muy llevadero para el público que llenó casi todas las butacas además de agradecer este gesto, disfrutando de principio a fin.

Con la plantilla actual se organizó un concierto con obras conocidas por los aficionados y los músicos que volvieron a mostrar las cualidades de una formación veterana capaz de todo. Cierto que el inicio con la obertura de Oberon (Weber) pudo resultar algo destemplado en cuanto a los balances no del todo correctos perdiéndose presencia de la cuerda por momentos, que tampoco pudo desquitarse en el «Rondó: Allegro», último movimiento de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) que hubiera necesitado más compenetración y limpieza aunque la cuerda siga siendo «la niña bonita» de la orquesta.

El «IV. Allegro con brio» de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (Beethoven) sirvió para encontrar el deseado equilibrio entre las secciones, con empuje rítmico y contrastes «de libro», puede que demasiado impersonal en la interpretación para todo lo que encierra este maravillo último movimiento plagado de grandes matices así como de heroicidad, pero resultó aseada y ya con todos en la temperatura adecuada para afrontar lo siguiente.

De la conocida «Suite nº 1 op. 46» del Peer Gynt (Grieg) se eligieron los dos números iniciales, lentos para poder paladear unas texturas y planos ideales de la formación asturiana: la famosa «Mañana» que hizo brillar la madera, flautas y oboe, más «La muerte de Ase» verdaderamente coral, hasta prescindiendo de la batuta para un Milanov que mece la cuerda alcanzando tímbricas y unos pianísimos «marca de la casa» de lo más emotivos.
La Danza Húngara nº 5 en sol menor (Brahms) suele ser propina de las grandes formaciones para hacer gala del virtuosismo de todas las secciones, y así la planteó el maestro búlgaro con su OSPA, ligera con el rubato en su sitio y dinámicas generosas, con leves desajustes.
De mucha más hondura y aún reciente en foso, Tchaikovsky resulta un talismán para estos intérpretes con mucha genética rusa que parecen darlo todo en sus obras, lo que volvieron a demostrar con la «Polonesa» del Eugene Onegin, claridad en todos los sentidos, brillantez, precisión y pasión que hizo aún más brillante el «Saltarello: Presto» de la Sinfonía «Italiana» de Mendelssohn, ejecución impecable en todos los aspectos, de aire arriesgado pero bien resuelto por nuestra orquesta, solistas seguros, empaste y entendimiento total.

El toque español y castizo lo puso Chapí con el Preludio de La Revoltosa que hubieron de bisar, gustándome el partido que le sacaron todos (de nuevo el oboe de Ferriol en estado de gracia) a una de nuestras joyas sinfónicas, final con este preludio de una esperanzadora temporada oficial que arrancará el viernes 14 de octubre (un día antes en Gijón) con «Rusia esencial«, nuevamente con Tchaikovsky con los mismos protagonistas para «la patética» y el número uno de piano con Natasha Paremski además de Pasión Cautiva (1997, rev. 2001) de Consuelo Díez Fernández, sin olvidar una esperada «Novena» de Beethoven en el extraordinario de los Premios Princesa de Asturias (20 de octubre), el retorno a este concierto con ensayo abierto al público el día antes.

Lo iremos contando como siempre desde aquí porque esto solo acaba de arrancar y me queda mucho por escuchar.

Balances y avances

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Ya finalizando julio, donde todavía queda mucha música, y antes de «cerrar» por vacaciones, me gustaría hacer un balance rápido de la temporada que finaliza, siempre muy rica en Oviedo donde somos privilegiados de contar con una oferta de primera en cuanto a cantidad y calidad.
Quiero comenzar comentando la celebración de las Bodas de Plata de «nuestra» OSPA, aunque sus orígenes, como así se recordó en el último concierto, sean republicanos y todavía haya algunos maestros vivos de unos orígenes que han mantenido una orquesta histórica en nuestro Principado. Como viene siendo «norma» se ha optado, como la mayoría de orquestas españolas,  por una programación que aúna repertorios «imprescindibles» para público y músicos, con obras menos habituales donde no faltaron los estrenos. Igual que en botica o en grandes almacenes, hubo de todo, si bien lo nuevo al carecer de referencias en nuestro recuerdo o memoria auditiva, hace más difícil juzgar las interpretaciones. Me preocupa la poca asistencia en el auditorio incluso de abonados habituales, desconociendo las razones, aunque pueda intuirlas.

El titular, que tampoco dirigió muchos programas, ha ido desencantándonos a muchos y de algunos desaguisados mejor no hablar porque ya está reflejado en su momento. Me quedo con la apuesta que ha supuesto Link Up, cuatro años y preparando el quinto, en cuanto a movilizar a más de veinte mil escolares asturianos para hacer música juntos, labor didáctica y de futuro que no podemos perder si deseamos un siglo XXI con nuevo público que entienda y disfrute de la música en general y la sinfónica en particular. De los 16 conciertos de abono en la capital, parece haberse aparcado la idea gastronómica y pediría más publicidad para las conferencias en colaboración con la Universidad de Oviedo por lo que suponen de acercamiento al concierto posterior, mucho más que las notas al programa (este curso se han recuperado las revistas que siguen siendo necesarias aunque los costes aumenten el siempre ajustado presupuesto). Se ha mantenido al maestro Lockington de principal director invitado así como otras batutas conocidas con resultados desiguales, a los que sumar una larga lista de solistas invitados donde no han faltado los primeros atriles de la OSPA, apostando por los de casa que no desmerecen nunca. No quiero olvidarme de la aportación a la temporada de ópera que pese a privarnos como abonados de una continuidad en la temporada, es la «financiación asturiana» a la segunda temporada más antigua de España y pone el nivel alto en un foso compartido con la OFil.

Del ciclo Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» globalmente todo un éxito en cantidad y calidad, 19 conciertos más el de Lang Lang fuera de abono, apostando sobre seguro con figuras que aseguran llenos frente a otros que «equilibran» una oferta que supone no ya un atractivo cultural de primera sino enriquecer nuestro «Paraíso Natural» y generar un tejido económico que aún debe explorarse más a fondo. La Oviedo Filarmonía, además de su participación en las temporadas de ópera y zarzuela, supone el ropaje ideal para cantantes y solistas que van conociendo la madurez y flexibilidad de una orquesta originariamente «de foso» pero creciendo con los años, aunque nuevamente la titularidad parezca distanciarse de lo que cualquier melómano desea para una orquesta como la ovetense.

Tanto la temporada de ópera como la de zarzuela han ido ganando públicos jóvenes, espantando a los «conservadores» que desean figuras mundiales, con las que no podría mantenerse el actual nivel, apostando también por repartos «noveles» que también sirven de aprendizaje con las voces principales aunque siempre echamos de menos algunas, siendo algo preocupante constatar cierta continuidad en algunos de los elegidos que no van parejos a la «calidad» esperada, echando de menos otras que parecen olvidadas para las temporadas carbayonas cuando no desaparecidas, mientras algunas hacen dobletes en el Campoamor.

De los gestores supongo que daría para mucho, algo como con el fútbol y el seleccionador, pero intuyo que cierta «comodidad» da la impresión de evitar buscar, optando por castings cerrados donde hay de todo. Como subida al carro que en cambio ha resultado muy positiva, en este caso con el CNDM el ciclo «Primavera Barroca» plenamente asentado y con público fiel además del joven al que esta música parece llegarle mejor que la sinfónica, con un avance para 2017 que promete mantener alto el listón, sin dejarme en el tintero el Ciclo de Música Sacra «Maestro De La Roza» que llena Noviembre de músicas e intérpretes singulares y este otoño llegará a su décima edición, todo un hito que demuestra el trabajo bien hecho con mucho amor por la música a pesar del poco dinero con que cuentan, pero el público se ha volcado y «algo tendrá el agua cuando la bendicen«.

De la Temporada 2016-17 ya conocemos fechas, intérpretes y autores, comenzando por la OSPA (que estará en el FIS el próximo 1 de agosto), arrancando el 14 de octubre con 15 conciertos de abono que traerán nuevas batutas además de las conocidas como Bayl, Rasilainen, Rubén Gimeno, J. R. Encinar, Víctor Pablo Pérez que es casi de casa, junto a Oliver Díaz o Pablo González (que estrena la figura de colaborador artístico) y solistas de casa como Andreas Weisgerber, Maximilian von Pfeil o Juan Barahona, además de Leticia Moreno, Jesús Reina o Ning Feng, más los «aportados» por directores que trabajan con otras formaciones y nos «descubren» figuras que triunfan en otros escenarios, también al otro lado del charco, nuevamente con repertorios equilibrando novedades y tradición, destacando los compositores españoles Jesús Torres, Marcos Fernández y Consuelo Díez junto a Mason Bates en contraposición a la interpretación de la novena sinfonía del avilesino Ramón de Garay (1761-1823), un clásico que en La Villa del Adelantado llevan años recuperando.

Mención especial para los 20 Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que harán volver a Oviedo los grandes Sokolov, Volodos, Pogorelich además del «debut» de Martha Arguerich en la capital junto al último triunfador de Santander, Juan Pérez Floristán, además de «las mezzos divas» Bartoli y Di Donato, también conocidas en Oviedo, sin perder de vista los «fichajes» de Bryan Terfel y Piotr Beczala con la OFil, así como Nathalie Stutzman en la batuta… porque 125 años del Campoamor no podían olvidarse de las figuras actuales aunque sean en recital, sin olvidarnos de formaciones y solistas de primera (Akademie für Alte Musik de Berlín, Orfeus Chamber Orchestra con Alisa Weilerstein, Renaud Capuçón o el nuevo espectáculo de Daniel Hope, así como el Cuarteto Brodsky con la Sinfónica de Guanajuato) que traerán a Oviedo melómanos llegados de todas partes.

Y es que la temporada del coliseo carbayón sigue su línea, ópera y zarzuela con las dos orquestas en foso y dos coros solventes como el propio de la ópera (con Elena Mitrevska de nueva directora) más la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo». Aún no conozco el próximo festival lírico, recién finalizado el actual pero sí la LIXX Temporada, con un estreno nacional, Mazepa de Tchaikovsky combinado con los «imperdibles» Mozart, Verdi, Bellini y Gounod, volviendo a los viernes jóvenes donde los repartos de «cover» siempre preparados para cubrir bajas inesperadas, tienen su protagonismo. Los años anteriores he intentado no perdérmelos por el aire fresco y calidad que los «primeros repartos» no siempre tuvieron. Gijón se ha sumado a la oferta y esperemos continúen las entradas de última hora ¡a 15€! y las proyecciones en pantalla gigante que están llevando la lírica a lugares y públicos que probando seguro repiten en vivo, algo constatable por quien suscribe.

También haremos escapadas puntuales como a la vecina y cercana León donde el órgano Klais de «la Pulchra» seguirá sonando muchos jueves antes del sabatino vermut madrileño, además de conciertos gratuitos donde el pago es el peaje del Huerna y la cola obligada, pero están a poco más de una hora, así como la fiesta del Euskalduna bilbaino. Continuaré jugando todas las semanas a la Primitiva porque mi ilusión es viajar con la disculpa de la música, aunque con ella podamos hacerlo sin movernos de casa.

Seguimos con gobierno en funciones y hay dudas sobre la magnitud de los «obligados» recortes donde la cultura seguida o unida a la educación parecen estar en primera línea de fuego, así que viendo el curso que se avecina, toquemos madera y digamos aquello de «que me quede como estoy». Mientras tanto, a disfrutar de agosto y hasta la próxima…

Con cierto desconcierto

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPA, Luis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Muertos que resucitan

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Jueves 2 de junio, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: concierto de clausura. Saimir Pirgu (tenor), Orfeón Donostiarra, José Antonio Sáinz Alfaro (maestro de coro), Orchestre National du Capitole de Toulouse, Tugan Sokhiev (director). Berlioz: Grande Messe des Morts (Réquiem), op. 5.
Impresionante clausura de los conciertos del auditorio de esta temporada a la que resta poco, con intérpretes de altura y una obra difícil de escuchar en directo por sus dimensiones humanas, algo que Oviedo puede permitirse (¿cuándo una «Octava de Mahler» Made in Asturias?) por instalaciones y contrataciones como este broche final, cerrando una gira podríamos que decir apoteósica.

El Requiem de Berlioz puso en escena más de doscientos intérpretes repartidos casi a partes iguales en casi todo: la orquesta francesa y «el Donostiarra» con cien voces en perfecto entendimiento bajo una dirección fabulosa de Sokhiev ó Sójiev (1977) atento siempre al protagonismo que tiene el texto latino realzado y nunca tapado por la orquestación de un genio como el compositor que ha elevado el himno francés a obra maestra, la de un ateo (o no creyente) capaz de entender este «requiem» como universal. Y es que el director ruso maneja con sus manos (como su maestro Temirkanov) este ejército sonoro como nadie, entradas, matices, tiempos pero sobre todo el balance ideal para disfrutar de un coro histórico que sigue haciendo las delicias del respetable con estas obras sinfónico corales.

Desde el «Introito» pudimos disfrutar las dinámicas amplísimas de la partitura, independientemente del volumen que tuviese la orquesta, siempre en su sitio y sin tapar en ningún momento las voces donostiarras, sólo titubeantes los bajos en el primer Kyrie pero un espejismo ante lo que vendría después. El Dies irae que arranca con una cuerda grave rotunda y presente prepararía las voces blancas dobladas por las flautas en una entrada aguda en piano contestada por las graves más una orquesta en una concepción coral global que va «in crescendo» en emociones e intensidades, una voluptuosidad desde la intimidad antes de la aparición de la «fanfarria» de trombones y tubas en la sala polivalente (no hubo el efecto cuadrafónico ni trombones bajos pero igualmente poderoso) más los cinco timbaleros para alcanzar la verdadera «ira de Dios» que hizo retumbar el auditorio. Momentos puntuales de éxtasis musical y sonoro sin perder unidad vocal con una cuerda de bajos (30 frente a los 20 tenores) igual de redonda que la instrumental. Voces en extremos sin tensiones, volúmenes potentes capaces de hacerse escuchar en todo momento dando paso a momentos casi «a capella» interiorizados por todos con el dominio absoluto de Sokhiev.
La formación de Toulouse es una maravilla en todas sus secciones, capaz de expresar como pocas las genialidades orquestales de Berlioz, contrabajos y oboes dando peso a unos tenores celestiales para el Quid sum miser, familias instrumentales equilibradas en todo momento y balanceadas con Sokhiev como si de un ingeniero de sonido se tratase. Podría decir lo mismo de cada número porque tal y como recalca Arturo Reverter en las notas al programa«este Réquiem no es, de principio
a fin, una obra tonante, espectacular, desaforada, alimentada por una llama
incombustible; es, al contrario, una composición generalmente discreta, incluso
intimista, en la que el matiz piano se afirma mayoritariamente pese a la
existencia episódica de efectos de potencia abrumadora»
. Rex tremendae resultó otra demostración de poderío vocal y orquestal, silabeo conjunto, fraseos de voces dobladas por una instrumentación genial del maestro (salvame), «crescendi» bien graduados, cambios de tiempo con suavidad sin sobresaltos, y llevando al Donostiarra en Quaerens me como si del propio Sainz Alfaro se tratase, tal fue el entendimiento entre vascos y ruso en esta belleza de número para disfrute de los muchos aficionados corales en una sala casi llena para esta clausura.

El Lacrymosa prosiguió dando espectáculo, tenores estratosféricos con orquesta poderosa en vientos y cortante en la cuerda, desgranando el latín las distintas voces vestidas por la instrumentación ingeniosa y siempre acertada de Berlioz, protagonismo masculino con la cuerda doblando melodías en idéntica intencionalidad con una línea de canto global subrayada siempre por el Maestro Sokhiev, como la entrada femenina en verdadera lección coral llena de emociones, dinámicas cercanas al paroxismo pero conteniendo cualquier exceso al que de nuevo este número se presta por metales y timbales, tan bien colocados en partitura y escena que se escuchaba todo y a todos.
El «Ofertorio» dejó esos momentos de intimismo que Reverter cita, como el Domine Jesu Christe, con unos bronces diría que orgánicos cual instrumento necesario en esta obra, dibujando las voces, subrayándolas pero nunca tapando ninguna línea melódica, la cuerda orquestal con una redondez idónea para realce coral y nuevamente Sokhiev dominador absoluto del «ejército sonoro» con respuesta inmediata de sus huestes musicales. Hostias de regusto masculinamente wagneriano pero con esa orginalidad de Berlioz emparejando trombones y flautas en combinación nuevamente organística.

Llegó el esperado Sanctus para poder disfrutar del tenor albanés Saimir Pirgu, voz impecable de lírico, hermosa, delicada línea de canto bien arropado por las voces blancas donostiarras y una cuerda con flautas de colchón especial que ayudó a una interpretación «bendita», ubicado a la derecha del escenario entre orquesta y coro. Si una de las grabaciones de referencia es la de Pavarotti con los berlineses y Levine, puedo asegurar que la voz del XX está a la misma altura que la del italiano y está llamado a convertirse en uno de los grandes, si no lo es ya. El Hossanna in excelsis nueva maravilla sinfónico-coral, franceses y donostiarras con el tenor todos angelicales, una intervención breve para esta inmensidad musical del conjunto.
Final con el Agnus Dei uniforme en sentido e intención, un coro poderoso, ideal de empaste, afinación y sonoridad con el perfecto complemento orquestal (nuevo juego de trombones y flautas), medios «crescendos» apoyando un latín sin el que un «requiem» parecería perder sentido, pero especialmente Sokhiev todopoderoso, un placer observar sus manos controlando la inmensidad de Berlioz y sacar a la luz esta obra magna para redondear un concierto perfecto de clausura, con el Amén seguido de un respetuoso y largo silencio gracias al director ruso manteniendo sus manos en alto para la tensión necesaria que permite escuchar el último aliento.
Éxito total de nuestros queridos donostiarras que siguen siendo referente coral independientemente de la orquesta con la que canten, esta vez los vecinos de Toulouse con Tugan Sokhiev perfecto en todo.

Ya tenemos el avance de la próxima temporada, que dejo a continuación y apunta nuevamente a la calidad además de la cantidad, pero se merece otra entrada en días venideros.

Rugen los motores de seda

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Viernes 27 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 15 OSPA: «Cuaderno de viajes III», Bella Hristova (violín), David Lockington (director). Obras de Mussorgsky, Piazzolla y Chaikovski.

Penúltimo concierto de la temporada con una OSPA perfectamente engrasada y un Lockington que sabe sacar todo el partido a esta maquinaria instrumental, conduciendo con seguridad, pisando a fondo hasta hacer rugir los motores, dejando fluir la música con unos solistas en forma tras una larga temporada pero que afrontan el final en momento óptimo, con otro cuaderno de viajes universal pese al itinerario ruso y escala argentina, pues comenzó hechizándonos para ubicarnos en mi Buenos Aires querido, bien recordado por el profesor Julio Ogas en la conferencia previa, última del curso, amena e ilustrada con «El tango: antes y después de Piazzolla», así como las notas al programa (enlazadas en los autores arriba), devolviéndonos a un Dante universal con acento ruso.
Como si de un mundial automovilístico se tratase, tres circuitos de distinto trazado para un vehículo sinfónico que cumple 25 años de escudería adaptándose cada temporada a los variados recorridos, capaz de agarrarse al duro asfalto sin perder potencia, circular como la seda apenas sin virajes bruscos para disfrutar del paisaje, y alcanzar la meta pisando a fondo seguros, sabedores que ya está todo decidido a la espera de la última vuelta triunfal, que será la próxima semana con el conductor oficial en un «Cuaderno de Viajes IV» cerrando las bodas de plata por todo lo alto.

Una noche en el Monte Pelado de Mussorgski en el arreglo que engrandeciese Rimski Korsakov en 1867 supone poner a prueba todo el arsenal sonoro para un poema sinfónico de aquelarre tímbrico en siete cuadros bien armados por Lockington, preciso en todos, dando carta blanca al lucimiento de todas las secciones sin forzar los tiempos pero acelerando con suavidad conocedor de la respuesta inmediata de los profesores de la orquesta, sin frenazos bruscos, dejando fluir un motor con potencia nunca desbocada pero buscando los límites, banda sonora colorida para unos lienzos «ténebres» mejor que lúgubres, plateados, brillantes incluso en las sombras, emoción e impacto antes del esperado Amanecer.

La copiloto que nos llevaría a Las cuatro estaciones porteñas (Piazzolla) sería la violinista compatriota de nuestro titular Milanov (con quien comparte muchos conciertos y esta misma obra la semana pasada con la Columbus Symphony Orchestra), Bella Hristova, búlgara universal como Don Astor y afincada en los Estados Unidos, artista invitada que se desenvuelve en todos los terrenos y compositores al mando de un histórico Amati de 1655 del que saca la intención además de la música del original bandoneón, esta vez con el acompañamiento de una cuerda casi camerística que hizo del viaje sonoro un placer pese a la enorme dificultad que plantea ajustar cualquier partitura de Piazzolla, mayores cuando el quinteto es orquestal de arco y sin piano. Los guiños a Vivaldi de esta adaptación (ausente el clave ni alternancia con las italianas) sonaron claros con la complicidad de los cinco solistas, destacando el cello «otoñal» tomando la voz cantante equiparable en calidad y belleza a Hristova pero sobre todo el otoño, arrabalero y Pantaleón al completo. Lockington intentó no perder un acento lunfardo que faltó aunque el esfuerzo tímbrico se alcanzó pero la rítmica es complicada y no puede plasmarse en una partitura, es el tango que no levanta los pies del suelo como nos contaba Ogas, menos espectacular y más profundo, con las cuerdas hirientes, percusivas, rítmicas, rotundas o aterciopeladas dependiente de la estación, finalizando en ese verano que coincide con nuestro invierno, juego de hemisferios y grandeza de absorber lo culto hasta lo popular para devolverlo con la marca Piazzolla.
Agradecida la violinista nos dejó propinas también de dos mundos: Ratchenitsa, una danza de su país con virtuosismo popular de aires zíngaros y el padre Bach con el inicio de su Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, nada hiriente e íntima, contrapuesta al desparpajo de su tierra.

Para el derroche final nada menos que el poderoso Tchaikovski, el sinfónico de su Francesca da Rimini, fantaisie d’aprés Dante op. 32 (1876), el melodismo característico, la orquestación en todas sus combinaciones para disfrutar calidades solistas y entendimiento con el podio, todo bien marcado dejando volúmenes mayores de los habituales pero necesarios y casi terapéuticos para desfogarse. Nuevamente poderío en los metales que siguen empastados y orgánicos, cuarteto de trompas, de trompetas, trombones con tuba junto a la percusión segura alcanzando el clímax de apoteosis casi «infernal» y dantesca (castigo de lujuriosos siendo su pena ser atormentados continuamente por vientos crueles en un ambiente oscuro y sombrío) con el resto, pero las calidades de seda en la madera, momentos mágicos de belleza (mientras un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo que, lleno de compasión, yo desfallecía como si muriera y caía como cae un cuerpo sin vida) en los diálogos oboe y flauta, clarinete y fagot, combinaciones y permutas de todos ellos sumándose un corno inglés aterciopelado con perlas de arpa. La cuerda siempre la cito como seña de identidad pero esta «Francesca y Paolo» volvió a corroborar la orquesta al completo derrocha calidad y musicalidad, Lockington lo sabe y el público lo agradeció. Sus visitas son unánimemente bien acogidas y programas como este penúltimo ayudan a soltar tensiones, una verdadera terapia.

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