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Balance del 72 Festival de Granada

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Aún con la «resaca musical» de 29 días y 30 noches granadinas con las correspondientes reseñas en el blog, espero hacer un resumen donde acceder a cada concierto, 39 en total con sesiones dobles los fines de semana.

Mientras preparo mi propio resumen, adjunto la nota de prensa con el BALANCE de esta 72ª edición con los links a los conciertos que asistí citados en la misma:

La 72 edición del Festival de Granada ha realizado un total de 124 actividades, las mismas que en 2022.

Al menos 55.100 espectadores han disfrutado de los 109 espectáculos programados.

60 conciertos (53,2%) han tenido carácter gratuito con un total de 19.417 asistentes

El Festival ha alcanzado este año un récord histórico de taquilla con 1.424.000 euros recaudados en los 49 conciertos puestos a la venta, lo que supone un incremento del 26,6% con respecto a 2022 y de un 58,5% si se compara con 2019 (año prepandemia)

Los Cursos Manuel de Falla han realizado un total de 14 actividades académicas con 124 alumnos, además de una exposición del Taller de fotografía.

La 72 edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada llegó anoche a su fin con la participación de la Orquesta Joven de Andalucía, dirigida por Víctor Pablo Pérez, con la presencia de la gran soprano rumana Angela Gheorghiu, que alcanzó un memorable éxito tras las cuatro arias de Puccini que interpretó, además de la popular canción de Granada, que ofreció como bis. Sin duda la edición de 2023 se recordará entre otros muchos, por el concierto del mítico cantautor norteamericano, Bob Dylan, icono del pop y folk americano de varias generaciones, que arrasó en su debut en el Teatro del Generalife.

Entre las citas más destacadas de este año hay que resaltar la inauguración del Festival con el Retablo de Maese Pedro de Falla, que se presentó en el Palacio de Carlos V en una espectacular producción de marionetas gigantes diseñadas por Enrique Lanz, director de la Compañía Etcétera, con dirección musical de Aarón Zapico.

La gran pianista china Yuja Wang, junto al director Gustavo Gimeno y la Filarmónica de Luxemburgo, ofrecieron unas ‘históricas’ Variaciones Paganini de Serguei Rachmaninov, como destacó la prensa musical. Otros tres insignes pianistas, Perianes, Trifonov y Levit, bordaron igualmente sus respectivos recitales y la mezzosoprano Madgalena Kozena cantó con un gusto exquisito las siete exigentes arias de la ópera Alcina de Haendel. Otra de las citas especiales del festival fue el recital de Lied que interpretaron la mezosoprano Anna Lucia Richter y el pianista Ammiel Bushakevitz.

Pero la obra que concitó el aplauso unánime, tanto del público como de la crítica, fue la ópera Turandot de Puccini magníficamente interpretada por un reparto de campanillas, encabezado por Anna Pirozzi y Jorge de León, junto a los conjuntos estables del Teatro Real, magistralmente dirigidos por Nicola Luisotti, en su estreno granadino. Otro gran triunfador fue el barítono Carlos Álvarez, que hacia su debut en el festival. En el apartado barroco, el legendario Ton Koopman, que recibió la medalla de honor del festival y fue el artista residente de este año, junto a Giovanni Antonini, dejó en el haber del festival una emocionante Pasión según San Juan de Bach, a pesar de las circunstancias adversas en las que se ofreció. La obra encargo del festival Ur-Nachtmusik de Tomás Marco, –compositor residente del que se ofrecieron un total de nueve obras suyas desde 1971 hasta su ultimo estreno mundial– recibió una buena acogida por parte de la crítica especializada y el público que llenaba el Palacio de Carlos V. La obra estreno fue interpretada por la Orquesta Nacional de España, dirigida por su director titular, que además ofrecieron una magnífica versión de la Séptima de Mahler, quizás su sinfonía más compleja y de difícil interpretación.

En el apartado de danza dos de las grandes compañías europeas dejaron su sello de calidad en el Teatro del Generalife. El Ballet de Hamburgo presentó su mítica producción de El sueño de la noche de verano, concebida por el legendario John Neumeier, su director durante los últimos 50 años, que se despidió de los escenarios en Granada. El prestigioso Ballet Bejart de Lausanne nos trajo otra de las más grandes producciones de finales del siglo pasado: Ballet for life. La Compañía de Antonio Najarro sorprendió al público por su belleza plástica y su originalidad. Por último, el Ballet Nacional de España trajo a Granada uno de sus trabajos más recientes y exitosos: La bella Otero, bailada por Patricia Guerrero. El flamenco volvió a tener una destacada presencia con 7 conciertos ofrecidos como en años anteriores en el Auditorio Municipal de la Chumbera y en el Palacio de los Cordova. Allí brillaron con luz propia el joven jerezano Jesús Méndez, el cantaor chiclanero Antonio Reyes acompañado al toque de un sensacional Pepe del Morao. Y otro de los grandes de la guitarra José Quevedo Bolita, que acompaño sabiduría a una cantaora volcánica como Argentina y a la soprano granadina Mariola Cantarero, que se adentró en la canción española aflamencada. Por último, el versátil instrumentista Jorge Pardo, esta vez en formación de trío, trufó con su habitual maestría el mundo del flamenco con el del jazz.

El balance final se puede calificar de muy positivo. La 72 edición del Festival de Granada ha sido en la que más localidades se han puesto a disposición del público en toda la historia del Festival con un total de 46.477 plazas disponibles frente a las 37.415 del pasado año (24,2% de incremento, de las cuales se han ocupado 38.977 localidades (83,9%) En 2022 la ocupación fue del 84,4% con un total de 31.567 entradas ocupadas. Esta oferta sin precedentes ha supuesto que el Festival haya alcanzado su récord histórico de ingresos de taquilla con 1.424.000 euros, superando las cifras del año pasado en un 26,6%. En total sumando los conciertos de pago y los gratuitos del FEX, los matinales de las iglesias, los recitales de órgano y los celebrados en el Corral del Carbón y el Centro García Lorca, la afluencia de público ha sido de 54.700 espectadores, lo que supone un aumento del 10,3% respecto de 2022.

A lo largo de 31 jornadas, se han realizado en el festival los 109 espectáculos programados, (sin ninguna cancelación), que han estado muy positivamente valorados, tanto por la crítica especializada como por los 54.700 espectadores que los han presenciado in situ. De estos espectáculos, 50 se corresponden a la 20 edición del FEX (la extensión del festival), que se ha celebrado en los 8 distritos de Granada capital y en 12 municipios de la provincia (Alhendín, Castilléjar, Cijuela, Fuente Vaqueros, Huéscar, Íllora, Laroles, Maracena, Monachil, Padul, Purullena y Yegen), además del Puerto de Motril y Sierra Nevada. Este año el festival salió por vez primera de la provincia de Granada con una extensión a Jaén capital (JONDE dirigida por Eliahu Inbal). Estas actividades han sido seguidas por 18.355 espectadores y todos estos conciertos han sido de entrada libre.

Con respecto a los Cursos Manuel de Falla, que han cumplido 54 ediciones, se han convocado 14 actividades académicas: 7 Cursos, 2 talleres, 4 clases magistrales y la Academia Barroca del Festival. El total de alumnos matriculados ha sido de 131. Una edición más se organizó la exposición Fotografía, música, danza y ciudad con los trabajos de los alumnos del Taller de Fotografía de los 54 Cursos, en la Sala Zaida de Fundación Caja Rural Granada.

Repercusión en medios de comunicación

La repercusión mediática del Festival ha sido muy amplia y con un tono positivo. Según se desprende del estudio de la Plataforma Onclusive de seguimiento y análisis de medios, la cobertura del Festival ha superado las 1.200 noticias: 1.000 recortes de prensa e impactos ‘on line’; + 32 reportajes y entrevistas en televisión; +120 cortes e intervenciones en radios. El valor económico de esta repercusión mediática se ha valorado en 12,4 Mill €.

GRABACIONES

Radio Clásica-RNE y la Unión Europea de Radiodifusión, UER (21 grabaciones)

Radio Clásica, de RNE, ha realizado 21 grabaciones, de los cuales 13 serán emitidos a través del satélite de la Unión Europea de Radiodifusión (UER).

Canal Sur – Canal Sur Más

Canal Sur televisión emitirá próximamente el concierto que ofreció el barítono Carlos Álvarez y la soprano María José Moreno con la Orquesta Filarmónica de Málaga, el 27 de junio en el Palacio de Carlos V, y además difundirá en diferido la ópera de cámara de Manuel de Falla, El Retablo de Maese Pedro.

Televisiones internacionales: (6 grabaciones)

Las cadenas internacionales de televisión, Mezzo, Medicci, France Télévisions (F3 Nouvelle Aquitaine & Corse, @CultureBox) y Qwest TV se harán eco de 6 espectáculos del Festival: El Retablo de Maese Pedro, la actuación del Ballet Nacional de España, el recital de piano de Javier Perianes, el concierto de Nereydas y los de las Orquesta Filarmónica della Scala de Milán, Gala Lírica con Carlos Álvarez y Maria José Moreno junto a la Orquesta Filarmónica de Málaga, y Orchestre des Champs-Élysées. A lo largo de los meses de agosto y noviembre habrá más de 80 emisiones de estos conciertos.

Alfa y omega

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Miércoles 19 de julio, 22:00 horas. Clausura del 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”, Tríptico Mahler III: Angela Gheorghiu (soprano), Orquesta Joven de Andalucía (OJA), Víctor Pablo Pérez (director). Obras de Mahler y Puccini. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

(Crítica para Ópera World del jueves 20, con los añadidos de links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite)

Como en mi bandera asturiana, esta septuagésimosegunda edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, he estado de principio a fin, alfa y omega casi simbólicos de nuestra propia vida, toda una película donde coinciden figuras que por edad están llegando a su ocaso (también pueden remontar cual Ave Fénix) junto otras que emergen en el siempre difícil universo musical.

Para clausurar por todo lo alto el alfa de una Orquesta Joven de Andalucía (OJA), esperanza sinfónica que hace 30 años sería impensable en un paisaje yermo de estudiantes con acceso a las formaciones, y que bien plantada la semilla ha germinado, crecido y dado su fruto. De importar atriles para nuestras orquestas hispanas a exportarlos por medio mundo.

En la dirección el burgalés Víctor Pablo Pérez (1954) de quien puedo presumir haberle visto comenzar su andadura en la entonces Orquesta Sinfónica de Asturias de 1980 a 1988, seguir su carrera posterior (volvería a Oviedo para dirigir María Moliner) y en plena madurez continuar aportando sabiduría a muchas orquestas, también las jóvenes como esta OJA, capaces de afrontar repertorios de altura compartiendo escenario con una de las voces más universales del momento.

Dejar como “omega” a la soprano rumana Angela Gheorghiu supone comprobar su trayectoria inmensa en una carrera que aún no tiene meta porque vive la vida desde la pasión operística y, deseándole larga vida, está claro que siempre ha sabido “morir en escena” como sus heroínas, a las que ha hecho suyas con interpretaciones históricas, y su Puccini granadino de Palacio Imperial la convierte en inmortal.

Dos mundos en la noche final, Gustav Mahler (1860-1911) y Giacomo Puccini (1858-1924), coetáneos que dejan atrás un romanticismo periclitado para comenzar un siglo XX distinto pero también convulso, aunque no lo esperasen, como sus vidas y composiciones, conocedores mutuos, de inspiración asombrosa donde la literatura marcará la simbiosis letra y música que engrandece sus partituras. Al menos por esta vez solo hubo una única letra, los libretos del genio de Lucca elevados al olimpo escénico.

Segunda actuación de Angela Gheorghiu en el festival, esta vez con la OJA eligiendo cuatro arias de Puccini por pares (con el Adagetto para orquesta en fa mayor separándolas): «In quelle trine morbide», de Manon Lescaut, «Donde lieta usci», de La bohème, «Un bel dì vedremo», de Madama Butterfly y «O mio babbino caro», de Gianni Schicchi. Auténtica exhibición vocal la de la rumana de musicalidad, gusto, técnica, dramatización de cada personsaje, matices y delicadeza que no siempre tuvo la respuesta de la potente orquesta detrás y no en el foso, aunque siempre pienso que es difícil contener la exuberancia sinfónica del de Lucca y más con jóvenes totalmente entregados. Víctor Pablo concertó bien con la soprano, no siempre fácil porque cada aria es un mundo y en intérpretes de esta altura, siempre distintas. Manon logró el silencio gélido de la bochornosa noche desde la primera frase; Mimi volvió a sacarnos la pena de una muerte joven como “la Gheorghiu” nos tiene acostumbrados a interpretar; la esperanza de Butterfly nos llevó a un Nagasaki con la pureza vocal y la carga dramática, para finalmente Lauretta cantar a papá poniéndonos la piel de gallina con los pianissimi y musicalidad que si al piano el pasado sábado cortaba el aire, con la OJA el público se rindió a sus pies. Personajes puccinianos, dramaturgia total y la categoría de una diva, dicen que la última, en agradecer el acompañamiento de unos músicos jóvenes que contarán a sus hijos esta noche histórica en Granada.

Y el regalo esperable con la orquesta sin miramientos de dinámicas para la página de Agustín Lara que Angela Gheorghiu, a quien le dejaron un abanico para aminorar el fuego, manejó la conocida canción en una personal interpretación dándolo todo en es final por todo lo alto volando sobre la tempestad sonora andaluza ante el delirio del público que llenaba el Palacio de Carlos V. Dos actuaciones de la rumana en este festival, hoy omega por la conclusión pero alfa ante la profesionalidad, entrega y excelencia de la espléndida Gheorghiu que está en ese momento de disfrutar cantando, y en Granada se le notó.

Con Mahler se abría y cerraba este concierto de clausura, la poco escuchada Nicht zu schnell, del “Cuarteto con piano en la menor” en orquestación de Colin Matthews que sirvió para templar a una OJA bien llevada por Víctor Pablo Pérez, más la Quinta que junto a la Sexta y Séptima conformaron un tríptico mahleriano muy interesante. Soy reiterativo cuando escribo que “no hay quinta mala” y la del bohemio no es una excepción. El director burgalés comenzó la Trauermarsch sin prisa, exponiendo su visión en los primeros compases, con una sección de metales equilibrada y afinada, la madera con la misma calidad, la cuerda iría ganando enteros, la tensión del Stürmisch bewegt nos dejó una percusión acertada, ya con toda la OJA rodando comandada por un Víctor Pablo claro en el gesto y marcando todo. Aplausos que me pregunto si se están convirtiendo en moda entre movimientos o provienen del desconocimiento, aunque vinieron bien para afinar ante la temperatura que aún era alta. El bellísimo Scherzo nos trajo a un solista de trompa excelente y unas lengüetas logrando ese toque “burlón”, mientras las dinámicas funcionaron algo descompensadas, de nuevo por el ímpetu juvenil, concertino a tener en cuenta, pizzicati rotundos y más aplausos al terminar este tercer movimiento. Al menos en el cinematográfico Adagietto no sucedió lo mismo, una cuerda aterciopelada plegada al rubato desde el podio, sin corbata porque la temperatura no bajaba y hasta alguna lipotimia hubo cual “Muerte en Granada” esperable, que no perturbó apenas el excelente clima alcanzado antes del optimismo final del Rondo – Finale. Allegro – Allegro giocoso. Frisch.
Alegría mahleriana al comprobar que hay futuro orquestal ante obras de envergadura, y emociones puccinianas contadas y cantadas por una Angela Gheorghiu cautivadora para un público donde no faltaron desde fans suyos venidos hasta de Texas, hasta las familias de los jóvenes que repetirán este jueves en Baeza. El examen granadino lo superaron con un bien alto, rozando el notable, y queda la reválida jienense tras el duro trabajo que siempre tiene recompensa.

PROGRAMA

Tríptico Mahler III

I

Gustav Mahler (1860-1911)

Nicht zu schnell, del Cuarteto con piano en la menor (orquestación de Colin Matthews)

Giacomo Puccini (1858-1924)

«In quelle trine morbide», de Manon Lescaut

«Donde lieta usci», de La bohème

Adagetto para orquesta en fa mayor

«Un bel dì vedremo», de Madama Butterfly

«O mio babbino caro», de Gianni Schicchi

II

Gustav Mahler

Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1902)

I. Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt

II. Stürmisch bewegt. Mit grösster Vehemenz

III. Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell

IV. Adagietto. Sehr langsam – Attaca

V. Rondo – Finale. Allegro – Allegro giocoso. Frisch

Esperanza, Sangre, Amor

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Miércoles 12 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Universo vocal”, Ópera III: Turandot, drama lírico en tres actos, música de Giacomo Puccini (1858-1924), finalizada por Franco Alfano (1875-1954); libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, basado en la fábula homónima de Carlo Gozzi. Versión concierto. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Muy esperado este Turandot en el palacio imperial llegado de Madrid este mismo miércoles, haciendo un “paréntesis” en sus representaciones, con todo el despliegue humano y técnico para una noche de ópera donde la escena la pusimos y pensamos nosotros (evitando comparaciones), y la música el último Puccini, con un elenco muy equilibrado y bien elegido, junto a la Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real bajo la dirección de Nicola Luisotti que realmente fueron los que “al alba vencieron” conociendo las respuestas a los tres enigmas de la pérfida Turandot.

Y aunque la acústica del Palacio de Carlos V no es la más idónea, sumándole el número de intérpretes sobre el escenario parecía complicado encontrar el punto exacto, pero la magia en Granada sigue viva. El coro se situó en nueve tribunas añadidas por la zona trasera de la tarima para casi 90 cantantes (no los conté), voces jóvenes, empastadas, dominando esta obra donde su protagonismo es indudable desde su estatismo, con una gama de matices amplia en todas las cuerdas, incluso tapándose la boca para los momentos más “recogidos» y desplegando toda la potencia de un pueblo que pide sangre pero también esperanza, el miedo junto al perdón. Bravo por el coro que tan bien ha preparado Andrés Máspero.

La Orquesta Sinfónica de Madrid, también joven, con la concertino Gergana Gergova impecable, a la que Luisotti sacó a saludar con todo el elenco como copartícipe del éxito, comandando una cuerda aterciopelada y compacta, de buenos graves, sumando arpas y celesta con el volumen necesario para mostrar todos los efectivos equilibrio y excelentes dinámicas que mantuvieron ese color especial de Puccini; maderas llenas de musicalidad, metales tanto recogidos como poderosos en sus momentos, y una percusión que nunca aturdió aunque por momentos retumbase en las piedras palaciegas.

Evidentemente el control de Nicola Luisotti fue absoluto, dominador de esta ópera, sacando el jugo a una orquestación brillante, orientalista y “guerrera” sin olvidarse de subrayar los momentos cantados, sabedor de que los solistas encontrarían el punto justo de volumen.

Del reparto, comenzar por el casi omnipresente Calaf del tinerfeño Jorge de León, en un momento vocal dulce, con potencia en los agudos, redondez en el medio y seguridad en los graves, todo el protagonismo y carga dramática que escribió Puccini más allá del “Nessun dorma” (aplaudido antes de finalizarlo aunque la acción no se detuvo). Metido en su personaje valiente y generoso, todos los estados de ánimo se reflejaron en él, volumen suficiente para tener a la orquesta detrás, emisión precisa y memorable final con Turandot en perfecta sintonía y empaste con la “principesa”.

Hoy en día la napolitana Anna Pirozzi es la princesa Turandot por capacidad, color, fuerza, dramatismo, entrega, expresividad y demás calificativos que queramos añadir. Si en las óperas los “malos” son importantes, en esta aún más y desde esa majestuosidad vocal. Su presencia en escena desde la primera aparición marcó diferencias y su gestualidad digna de analizarse incluso el egoísmo de la mirada. Peo el amor todo lo redime y perdona, y esa “muda” de sanguinaria a enamorada resultó el broche ideal a un rol que ya es suyo.

Liù es el personaje más “pucciniano” con todo el simbolismo que conlleva, y la georgiana Salome Jicia (que sustituye a Nadine Sierra) mostró en sus dos conocidas arias calidad y calidez, agudos en planísimo sobrevolando sin problemas la orquesta, línea de canto hermosa y mucha musicalidad, empastes en los dúos, fiato asombroso y con gusto, más un color que en los conjuntos brilló entre los tutti.

Al fin un bajo joven con cuerpo para el Timur del polaco Adam Palka, voz redonda que con los años aún ganará en emisión, línea de canto muy cuidada y matices controlados con volumen más que suficiente.

El trío de Ping, Pang y Pong encontró los cantantes adecuados por escena (los que más), empaste, volumen y buen gusto sin olvidar el toque cómico de los ministros. El barítono mexicano (Ping) Germán Olvera de color broncíneo y emisión potente, con los dos tenores que ayudaron a redondear estos personajes inspirados tanto por libreto como por música: el Pang del granadino Moisés Marín resuelto junto al Pong del vasco Mikeldi Atxalandabaso, siempre un seguro de calidad y más en este rol que lleva años defendiéndolo.

Citar el buen nivel dentro de ese reparto homogéneo del tenor barcelonés Vicenç Esteve, el emperador Altoum, de color diferenciado del Calaf (algo importante en la elección de las voces), o el mandarín del barítono Gerardo Bullón, intervenciones no por breves igual de importantes y destacables.

Y no puedo olvidarme del granadino Coro Infantil «Elena Peinado», con el nombre de su directora, demostrando un nivel altísimo de empaste, afinación, volumen cuidado en los matices, habiendo trabajado muy bien sus apariciones en escena y educados en el amor por la ópera, los niños y niñas a quienes Puccini ha tratado con su estilo y mimo.

Público feliz, entregado, incluso intentando aplaudir “hasta donde llegó Puccini”, y ya de madrugada, con el “añadido“ de Alfano, todo como el propio final: “nadie duerma” hasta el amanecer, que me llega escribiendo.

REPARTO

 Nicola Luisotti (director)

Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real (Andrés Máspero director del coro)

Coro Infantil «Elena Peinado» (Elena Peinado, directora)

Anna Pirozzi, soprano (La princesa Turandot)

Vicenç Esteve, tenor (El emperador Altoum)

Adam Palka, bajo (Timur)

Jorge de León, tenor (el príncipe desconocido, Calaf)

Salome Jicia, soprano (Liù)

Germán Olvera, barítono (Ping) – Moisés Marín, tenor (Pang) – Mikeldi Atxalandabaso, tenor (Pong)

Gerardo Bullón, barítono (Un mandarín)

Noche de Mahler

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Domingo 9 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: , Tríptico Mahler II. Orquesta Nacional de España (ONE), David Afkham (director). Obras de Tomás Marco y Gustav Mahler. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Otra noche mágica en Granada, tras el Bach matutino llegaba el Mahler vespertino casi nocturno y con un estreno inspirado en la “Séptima” no muy escuchada, aunque el “Tiempo de Mahler” hace lustros que ha llegado para mantenerse.

Tomás Marco (1942) ya conocía al compositor bohemio antes de “ponerse de moda” con Alfonso Guerra en 1982, aunque siempre se agradece descubrir autores poco escuchados y todavía estamos a tiempo. El compositor madrileño ya compuso cuatro alegorías mahlerianas: Angelus Novus (Mahleriana I), de 1971 que escuchamos el pasado San Fermín, Mahleriana de bolsillo, Angelus Novus II en 2017, reducción de la anterior para 16 instrumentos, dos años después De la vida celestial (Mahleriana III) para combinar con el arreglo de Klaus Simon de la cuarta sinfonía para pequeño conjunto instrumental con armonio y piano, más el estreno absoluto encargado por el Festival de Música de Granada de Ur-Nachtmusik (Mahleriana IV) como preámbulo de la Séptima sinfonía.

La pasión de Marco por la obra de Mahler viene de un conocimiento profundo que le permite “deconstruir” como los buenos cocineros los ingredientes para crear un plato distinto. Esta nueva composición es una evocación de los cantos y presencias de la noche inspirado en sus dos movimientos titulados Nachtmusik o «música nocturna», que explica el propio compositor: «He llamado a la obra Ur-Nachtmusik, algo así como ‘música nocturna primigenia’ como si fuera una pieza escrita antes de las de Mahler que emergerían de ella. Una ficción, claro, pero que me permitía hacer una música mía entroncada con Mahler, y con coherencia con lo que en el concierto se quiere presentar», como bien recoge Pablo L. Rodríguez en sus notas al programa.

La ONE llegó con todos sus efectivos bajo la batuta de su titular, desde 2019, David Afkham (Friburgo, 1983) en pleno estado de forma y clausurando temporada, por lo que la partitura de Tomás Marco encontró en la formación de todos nosotros el mejor vehículo para transmitirnos el espíritu de Gustav Mahler (1860-1911). Noche llena de sueños o pesadillas, de desengaños y pasiones, con un arranque de los contrabajos angustioso, el uso de glissandos en violines y flautas de émbolo evocando la angustia de una imaginada mala noche que nos despierta sobresaltados, una música que provoca el mismo estado anímico de la siguiente utilizando todos los recursos tímbricos con un importante papel de la percusión generando texturas y planos sonoros sumándose unos metales germanos que nos “biografían” la infancia de Gustav pero supongo que la de tantos de mi generación y anteriores con las bandas de música de nuestros pueblos. Evocaciones que la noche ayuda a revivir como sueños antes del despertar con un gong final mantenido en el duermevela granadino. Buena interpretación y acogida del público, con el compositor recogiendo los aplausos y felicitaciones.

Y si Tomás Marco compuso su “Música nocturna” como ficción, la realidad llegó con la Sinfonía nº 7 en mi menor (1904-1905) aumentando aún más los efectivos de la ONE. Si la Sexta del viernes 7 supuso un descenso a los infiernos, esta séptima se la ha considerado la cenicienta de su producción sinfónica, descrita por Pablo L. Rodríguez como que “avanza desde la tragedia hacia la comedia con cuatro movimientos plagados de ambigüedades y un quinto de tinte cómico: trompetas, tambores y cencerros, donde se combinan parodias operísticas con músicas a la turca, un cancán francés, un minué vienés y música circense”. Las pesadillas previas de Marco se hacen reales. El Langsam. Allegro risoluto, ma non troppo es una siniestra marcha con fanfarrias lejanas y pasajes celestiales aunque como en Marco y Mahler no ascienden y llegamos al colapso. Aplausos al finalizar el movimiento, que parecen han venido para quedarse como “público soberano” o directamente desconocedor de una tradición que quiere romperse.

La Nachtmusik I mezcla de nuevo recuerdos de infancia, pastores, una marcha militar y hasta una habanera, «otro colapso” o sobresalto. David Afkham en estos cuatro años ha conseguido de la ONE un sonido compacto, equilibrado en todas su secciones y la complicidad de sus músicos para responder a la visión de cada obra que afrontan, y esta sexta sonó germánica, nuevamente aplaudida aunque con menor intensidad.

El tercer movimiento, Scherzo. Schattenhaft el propio comentario original lo deja claro, «Schattenhaft» significa sombrío o espectral, vida y muerte de la mano desde el nacimiento, música sinfónica llena de significados, danzas que parecen un vals vienés aunque Mahler no lo indica y tampoco Afkham lo interpretó como tal, más bien buscando la tímbrica de una potente ONE que encontró en esta sinfonía su mejor expresión. Menor intensidad en los aplausos que proseguirían tras cada movimiento.

El cuarto, Nachtmusik II: Andante amoroso incorpora mandolina y guitarra, aunque no se pudiesen escuchar con la presencia necesaria que intenta recrear una serenata, supongo que por la propia intención de Mahler o como escribe mi tocayo “también se desploma” en cuanto a las sensaciones, aunque la cuerda mantuvo la marca bohemia de un clima onírico y hasta cinematográfico, una madera más allá de lo pastoril o unos metales siempre templados con el protagonismo justo reclamado desde el podio.

Y los “colapsos” o derrumbes que escribe el crítico maño, continúan en el Rondo – Finale: Allegro ordinario que evoca un circo (sus notas las titula “La noche de Marco y el circo de Mahler”. Si la Sexta es “Trágica”, esta Séptima podría tener título goyesco porque “El sueño de la razón engendra monstruos”, también payasos que dan miedo, carpas con marchas donde disfrutar de metales y percusión de la ONE con Afkham de “jefe de pista”. Noche de sombra y espectros, de pesadillas musicales con cromatismos y los glissandi “soñados” por Marco despertándonos con el Mahler angustiado que no pierde la esperanza desde un lenguaje sinfónico cada vez más actual. Pasado y presente dándoles la vuelta en una noche pletórica antes de intentar conciliar el sueño.

Felicidades Don Gustavo

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Viernes 7 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, Tríptico Mahler I, “Conciertos de Palacio”: Orchestre Luxembourg Philharmonic, Gustavo Gimeno (director). Obras de Tomás Marco y G. Mahler. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Tal día como hoy, un San Fermín de 1860, nacía Gustav Mahler (Kaliště, Bohemia, 1860 – Viena, 1911) al que su tiempo hace años ha llegado, y también toca recordar al siempre añorado José Luis Pérez de Arteaga (1951-2017), “El Pérez” para tantos que seguimos por Granada, siempre presente, a quien conocí personalmente en la 60ª edición del Festival, recién publicada su biografía de referencia sobre Mahler, preparando ya la segunda edición ante el aluvión de nuevos registros del austriaco.

Y nada mejor para celebrar este cumpleaños que el segundo concierto de la Luxembourg Philharmonic con el tocayo Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) en el palacio imperial y Mahler actual por atemporal.

El madrileño Tomás Marco (1942) compositor residente en este 72ª edición, escribió Angelus Novus (Mahleriana I) estrenada por Rafael Frühbeck de Burgos al frente de la ONE, el 15 de octubre de 1971, dentro de una temporada donde sonaría la integral de Don Gustavo, momentos donde ninguno era “top” e incluso sonaban “rompedores”, pero el tiempo ese impecable juez ha puesto todo en su sitio. Marco no utiliza directamente los temas de Mahler sino que construye una alegoría sinfónica donde utiliza, como escribe en las notas al programa Pablo L. Rodríguez “diversos estilemas que combina libremente en un variado y colorista discurso musical de unos catorce minutos” (explicar que “estilema” o rasgo estilístico, es el elemento distintivo del estilo de una obra artística). Tras 52 años de esta obra es apasionante comprobar cómo mantiene un estado de actualidad único, pudiendo comprobar cómo el maestro madrileño era capaz de “desmenuzar” los elementos mahlerianos que después como en un puzzle se reconstruyeron. Con la Luxembourg Philharmonic y Gustav Gimeno (que se me perdone el germanismo del nombre), si ya el el día anterior me convencieron por su sonoridad, calidad y demás cualidades que se esperan de una gran orquesta sinfónica, no decepcionó esta Mahleriana I que la ejecutaron con todo el magisterio que el propio Tomás Marco seguramente daría su placet, siendo muy aplaudido al saludar finalizada esta obra por la que no pasan los años, más bien se ha convertido en “moderna” con la óptica del tiempo y el oído educado a su música.

Sin romper la unidad temática, la Luxembourg Philharmonic arrancaba enérgicamente al homenajeado Gustav Mahler (1860-1911) con la Sinfonía nº 6 en la menor «Trágica» (1903-1905). Su orquestación comprende un piccolo, cuatro flautas (dos doblando como piccolo), cuatro oboes (dos doblando corno inglés), corno inglés, cuatro clarinetes, un clarinete bajo, cuatro fagots, un contrafagot, ocho trompas, seis trompetas, tres trombones, un trombón bajo, tuba, dos pares de timbales y una amplia sección de percusión formada por glockenspiel, cencerros, campanas tubulares, látigo, martillo, xilófono, címbalos, triángulo, tambor, tambor bajo, tam-tam, dos arpas, celesta y la cuerda. El conjunto de percusión, muy criticado en su época mediante viñetas en las que se decía que todavía le faltaba la bocina, contribuyó a la grandiosidad de esta Sexta que sonó muy correcta, bien llevada por el director valenciano que está “construyendo su orquesta”, con algún error puntual siempre perdonable, algún cambio en los primeros atriles respecto al día anterior (hoy la concertino Seohee Min brilló con luz propia, permutando atril el principal de cellos, al menos visibles desde mi posición), echando de menos un poco más de garra y energía puntuales que no ensombrecieron en absoluto un resultado global óptimo con una orquesta grande donde cada sección se entregó en una “Trágica” llena de luz.

El Allegro energico, ma non troppo. Heftig, aber markig abría sin contemplaciones con la marcha aterradora desde un ataque seguro, luces y sombras, violines primeros y segundos enfrentados para completar una disposición ideal en la acústica palaciega, juego de oposiciones tanto en dinámicas como entre los modos o el desarrollo y recapitulación donde Gimeno estuvo siempre atento y clarificador con cada sección de “los luxemburgueses”, llegando a un final acelerando que no debería corresponderse con el “crescendo” aunque parece un error asumido por muchos directores actuales, y además aplaudido al finalizarlo.

Sin dudas sobre el orden de los movimientos centrales, Scherzo y Andante moderato, que en concierto el compositor siempre optó por el inverso, fue como se escuchó en este aniversario y homenaje de la noche granadina. El Andante moderato calificado por mi tocayo como “una especie de oasis de paz” aunque lleno nuevamente de contrastes y evocando siempre a la Alma “perdida”, con las ambigüedades modales que fluctúan sin saber dónde terminará esa vorágine emocional, hasta llegar al clímax, con todo un muestrario de cencerros sonando en la parte trasera del escenario, hoy completa por la percusión y compartiendo alas con contrabajos a la izquierda y arpas más celesta a la derecha. De nuevo aplausos pues el público es soberano y responde sin buscar excusa ante lo que les emociona, olvidándose de normas de conducta, formalismos o etiquetas que parecen ir cayendo últimamente.

El Scherzo: Wuchtig tiene ese matiz y melancolía característica del Mahler durante aquellos veranos felices de 1903 y 1904, masticándose la tragedia que acabará bautizando esta sexta sinfonía, cual risa contenida o sardónica de presentimientos y realidades que su música sinfónica refleja con dislocaciones rítmicas, juegos tímbricos y un discurrir musical que la Luxembourg Philharmonic y Gimeno a la batuta llevó bien balanceada en todas las secciones: una madera bien empastada, unos metales contenidos manteniendo la presencia compensada con el resto de la orquesta, como bien marcó desde el inicio el Gustav valenciano, contrastes marcados con una batuta precisa aunque la mano izquierda “mejor en el bolso” (como recordaba al finalizar con mis referentes musicográficos) porque los músicos leen sin problemas las indicaciones dinámicas y los fraseos protagonistas en su momento.

De nuevo me sorprendió la acústica palaciega donde los graves tomaban cuerpo tanto en las maderas como en los metales, generando la sonoridad llena de luces y sombras de este tercer movimiento que también se aplaudiría, rompiendo la unidad dramática de una “Trágica” que parece será habitual salvo que el “mando” sepa aguantar las emociones (como sucedió con Chailly el domingo 25 al finalizar el tercer movimiento de la “Patética”).

Y el Finale: Allegro moderato – Allegro energico, donde gravita la sinfonía, se abre con un remolino luminoso transitando por lugares malditos donde los acordes mayores se transforman en menores esperando una melodía que se convierte en otra (un recurso muy del bohemio), aquí con alguna nota “dislocada” pero apreciada solo por oídos expertos y atentos. Protagonismo de cada sección comenzando por una percusión más que correcta, presente sin apoderarse ni siquiera con los famosos dos golpes de martillo (las desgracias venideras de la muerte de Putzi y la propia afección cardiaca de Mahler), el viento grave (clarinetes, contrafagot, trombón, tuba) siempre redondeando sonoridades, nuevamente las trompas ensambladas y que Gimeno mantuvo en su plano y balance contenido y, en general, todo el metal muy “orgánico” sin dejar de citar toda una cuerda limpia, con la concertino de sonido claro y brillante comandando unos violines de amplios matices y ataques (se les pudo pedir más expresión y aspereza dramática aunque el valenciano optase por lo lírico intrínseco en este “tiempo de Mahler”), enfrentados en el escenario con el contrapeso de violas y cellos centrados y centrales, más unos contrabajos cuyo sonido rebotaba en las piedras renacentistas dándonos esa masa sonora esperada en esta Trágica” de aniversario, las dos arpas y hasta la celesta.

Cual ingeniero de sonido, el director Gustavo Gimeno mantuvo los “fader” de todas las secciones sin “saturar” ninguno, contención como lectura o interpretación de esta Sexta que resultó emocionante y entregada por una gran orquesta.

Belleza sinfónica

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Jueves 6 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Yuja Wang (piano), Orchestre Luxembourg Philharmonic, Gustavo Gimeno (director). Obras de Coll, Rajmáninov, R. Strauss y Ravel. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

La Filarmónica de Luxemburgo llegaba a su primera noche granadina con el titular valenciano Gustavo Gimeno (1976) al frente, y no pudo dejarme mejores sensaciones con un programa que sacó músculo por tratarse de obras sinfónicas “potentes” para una orquesta equilibrada, robusta en plantilla, con excelentes primeros atriles y todas las secciones perfectamente ensambladas, colocadas “a la vienesa” con los contrabajos detrás de los violines primeros y las trompas a la derecha en línea con el resto de metal. Todo ayudó a conseguir un sonido redondo y rotundo en las cuatro obras del decimosexto día de Festival.

Con este ambiente de grandes orquestadores, abría velada el también valenciano Francisco Coll (1985) y su Aqua Cinerea (2005, rev. 2019) que Gimeno está llevando con su formación en muchos conciertos. Obra de amplísima paleta sinfónica llena de sugerentes tímbricas actuales pero siempre con la mirada puesta en los “maestros del XX” que hoy le acompañaban en el programa. Pablo L. Rodríguez la define en las notas al programa como “(…) un líquido de tono grisáceo o quizá escuchamos la imagen de la ceniza cayendo como lluvia. Lo visual y el sonoro se funden en esta opera prima del joven compositor valenciano, de 2005 (…) donde se concentran intuitivamente todos los elementos de su universo tan proclive a los extremos, desde la excitación a la melancolía”. Una obra que encajó con las dos obras sinfónicas de la segunda parte.

La Suite de su ópera Der Rosenkavalier, TrV227d (1944) de Richard Strauss (1864-1949) no tardó en llegar a las salas de conciertos, y en ella Gimeno y los luxemburgueses volvieron a demostrar su excelente calidad y sonido claro, lleno de matices (excelentes el sonido de las trompas que Strauss siempre mimó) y juegos rítmicos, desde el torrencial motivo de Octavian y la Mariscala, la bellísima «Presentación de la rosa» y el egocéntrico vals vienés del Barón Ochs, sutilmente llevado con elegancia y rubato tan propio del “un, dos y…” que parece no llegar al tres, el bullicio instrumental de una orquesta al fin recreando fielmente lo escrito y sin fisuras.

Y si acababa en tiempo de vals vienés la anterior, el otro gran orquestador sería el hispano francés Maurice Ravel (1875-1937) con su propia visión envolvente y cautivadora de La valse (1919-1920), auténtico retrato sinfónico para disfrutar de la Luxembourg Philharmonic y el perfecto entendimiento de ella con el maestro Gimeno. De gestualidad clara, con una batuta precisa y una mano izquierda llevándoles y dejándose llevar, el sonido a medio camino entre el impresionismo y el expresionismo sería perfecto complemento, dos visiones del 3/4 tan distintas y tan buenas, al igual que las dos propinas que nos brindaron, manteniendo en cierto modo una estructura tímbrica y hasta rítmica aprovechando el potencial de los luxemburgueses:

Con otro Vals, el primero de la Jazz Suite nº 1 de Shostakovich (1906-1975), no tan cinematográfico como el segundo pero más breve, y estando en Granada no podía faltar la Danza ritual del fuego de Falla, coincidencia con Perianes también como segundo regalo, con una orquesta que captó, gracias al director valenciano, todo el color y emoción de una partitura que siempre resulta mágica y más en la noche palaciega.

Evidentemente la “figura” de la noche era la pianista china Yuja Wang (Pekín, 1987), a quien recuerdo en solitario hace ocho años en las “Jornadas de piano” ovetenses. Está claro que sigue teniendo tirón mediático y sus actuaciones se esperan con expectación, más en sus conciertos de Serguéi Rajmáninov (1873-1943), esta vez con “el quinto” que es la Rapsodia sobre un tema de Paganini en la menor, op. 43 (1934).

La pequinesa mandó desde el principio y Gimeno resultó buen concertador al tener que llevar a su orquesta por donde pedía la solista, de amplísimas dinámicas y cierta agógica que no siempre es fácil de encajar aunque se logró por parte de todos. Técnicamente sigue siendo la virtuosa que asombró desde sus inicios, más en estas páginas, aunque supongo que el tiempo le dará el poso necesario para afrontar con más enjundia estas obras con orquesta. Personalmente me pareció muy adecuada la elección del tiempo y fraseo de la cinematográfica Variación XVIII: Andante cantabile, encontrando el balance perfecto con la orquesta y una cuerda siempre bien conjuntada, en este “movimiento central” sedosa, y más agresiva en un Dies Irae donde las dinámicas se llevaron al extremo sin resquebrajarse la sonoridad deseadamente potente por parte de todos.

Yuja Wang, de quien debemos dejar de hablar sobre su vestimenta o tacones, aunque se hizo algo de rogar, también regalaría nada menos que ¡tres propinas! cerrando la primera parte de la noche, manteniendo los esperados “fuegos artificiales” que su técnica le permite:

La primera el arreglo de Franz Liszt de la maravillosa Gretchen am Spinnrade (Margarita en la Rueca) de Schubert, de virtuoso a virtuosa con algo más de hondura que en Rachmaninov.

Segunda propina, que parece ser casi “necesaria” en estos jóvenes pianistas que miran a los históricos, caso de las Variaciones sobre la Carmen de Bizet que V. Horowitz dejó casi como “prueba extraordinaria” de concurso, y que tras las de Paganini con orquesta querían dejar a Yuja Wang el protagonismo solístico y habitual con esta página que la china interpreta sin problemas aunque más vistosa que honda.

No la esperábamos pero llegó la tercera con la Danza de los espíritus bienaventurados del “Orfeo y Eurídice” de Gluck, no tan explosiva técnicamente y más honda de expresión, que se quedó algo apagada tras el despliegue de recursos de las dos anteriores, incluso recordándosela a otros y otras pianistas con mucha más musicalidad y lirismo, así como un sonido más íntimo.

Al menos la Luxembourg Philharmonic y Gustavo Gimeno me han dejado con muchas ganas de volver a escucharla en el decimoséptimo día de Festival y con una Sexta de Mahler más el propio homenaje de Tomás Marco y su Angelus Novus (Mahleriana 1) (1971) que contaremos desde aquí.

Y hoy descafeinado

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Domingo 2 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Orchestre des Champs-Elysées, Philippe Herreweghe (director). Obras de Mozart y Beethoven. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

El calor, las giras maratonianas o los suculentos contratos pueden ser la explicación a una velada descafeinada pese a mis expectativas tras disfrutar el pasado 30 de mayo este mismo concierto en “La Viena Española”. Lo vivido en esta noche granadina en el duodécimo día de Festival me dejó con el sabor agridulce de la frustración, con sentimientos encontrados para dos monumentos sinfónicos que me tentaron a titular “No lo sabían”.
No sabían Mozart ni Beethoven el camino de sus sinfonías, la última del salzburgués y la puerta al futuro del alemán, ambos viviendo en la misma capital imperial pero con trayectorias tan distintas aunque no distantes. Del niño que no quería crecer pero madura repentinamente dejándonos un legado de tres sinfonías postreras y rompedoras, al luchador contra el sistema revelándose gritando libertad cambiando moldes a partir de la Heroica que tanta intrahistoria traería con ella.
Mi pregunta tras lo escuchado en este último nocturno sinfónico es si verdaderamente era necesario que nuestros “tótem” de la llamada música historicista, que tanto han aportado al repertorio barroco donde se convirtieron en auténticas autoridades y leyendas, necesitaban ir más allá haciendo incursiones en el Clasicismo, el Romanticismo y hasta el siglo XX, creando orquestas a su medida donde el legado sigue pesando y personalmente han aportado poco en estos “otros” repertorios que se alejan del espíritu juvenil y el ímpetu con el que irrumpieron en el mundo musical, por lo que me pareció triste que el maestro belga al frente de su Orchestre des Champs-Elysées careciese de la misma entrega que apuntaba en el anterior concierto ovetense.
La “Júpiter” que se ha considerado el mayor triunfo de la musica instrumental, no tuvo en Herreweghe ni en su formación lo que esperábamos de ella, pese a la colocación vienesa que ayuda a captar la tímbrica de entonces, pero tampoco el rigor en la dirección del belga, dejando a una orquesta perdida por momentos, sin precisión ni sincronía y hasta un punto desafinada la cuerda, salvándose la madera con unos metales que no encajaban con el resto pese a los intentos por hacerlo. Herreweghe parecía más preocupado por las dinámicas que por los tempi, y el Allegro vivace tardó en armarse y encontrar la velocidad idónea, tan necesaria como la precisión de una obertura operística. La madera fue un salvavidas para la marejada de una cuerda sin garra, aunque el balance se alcanzó, pero no fue suficiente para el arranque.
Ya que de aire operístico hablo, el Andante cantabile que parece esperar la entrada de la voz, no llegó pese al clima de claroscuros que la preparaba. Todo el viento bien empastado pero la cuerda no era seda sino terciopelo por lo espesa, solo con los contrabajos soportando la tímbrica global. El Menuetto: Allegretto encontró mejor acomodo aunque sin la limpieza deseada, con los metales siempre bien sujetos y unos timbales que “emborronaron” la sonoridad de este movimiento. Si el belga insistía en las dinámicas con sus dedos temblorosos, solo el concertino pareció tomar el mando pues el podio no dirigía, más bien invitaba, y la educación en la interpretación no suele resultar bien. Cierto que la sonoridad del viento buscaba las “referencias de época” siendo lo más destacado, pero la orquesta es una maquinaria que necesita funcionar toda ella sn fisuras, algo de lo que los parisinos adolecieron.
Y el Finale: Molto allegro pareció atragantarse ante las dificultades que son conocidas y trabajadas más en una orquesta casi camerística. Escalas poco limpias, desincronización desde unos matices sí marcados por Herreweghe que nos dejaron una “Júpiter” casi “Saturno” por lejana y borrosa.
Tras el descanso esperábamos la «Heroica» para resarcirnos, o al menos eso deseábamos. Pero quedó algo descafeinada, necesitada de más carne en el asador, leña al fuego o la garra del Beethoven rompedor desde el Allegro con brio que ya cojeó en la insegura entrada inicial. Herreweghe seguía invitando más que marcando cada entrada, fraseo, presencia pero sin pulsación clara. Nuevamente la madera (con la llegada de los clarinetes) sacó a relucir lo mejor de la orquesta francesa que nunca encontró el punto exacto. La Marcia funebre. Adagio Assai personalmente pecó de un tempo no acorde con el sentido ni el calificativo, al menos diferenciar los modos aunque las interpretaciones son siempre subjetivas y para gustos colores. Solo pensar la cantidad de formas en pedir y servir un café en cada sitio puede servir para comprender mi sensación de descafeinado (de máquina, de sobre, con leche o solo…).
Mejor servido el Scherzo: Allegro vivace que no puede salir mal si acertamos en las proporciones. El heroísmo del tercer movimiento no llegó a la emoción. Más que una batalla de amplias dinámicas quedamos en fogueo que al menos no dejó heridos. Un poco de brisa hizo peligrar la partitura del belga pese a la pinza de la ropa (obligada al aire libre), pero las trompas naturales hicieron su papel sobresaliente, al menos cargando la proporción para saborearse sin mucha prisa, todo antes del Allegro molto que intentó enderezar un rumbo indeciso para llegar a buen puerto, más pausado para disfrutar de una flauta impecable, con mayor entendimiento en todas las secciones pese a los años que esta nave lleva capitaneada por el maestro, si bien no fuese esta la mejor noche.
Quedó poso en la taza y regusto en el paladar, pero el aroma no engaña. Al menos Mozart y Beethoven no lo sabían.

Yo confieso ante dios Bach

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Viernes 30 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Patio Colegio Mayor Santa Cruz la Real, “Solo Bach”: Orquesta Barroca de Sevilla (OBS), Giovanni Antonini (director). Johann Sebastian Bach (1685-1750): Suites orquestales.

Décimo día de festival y no hay mejor fiesta que la música de Bach que sigue sonando en Granada, esta vez desde “mi casa colegial” con la OBS más el artista residente de esta septuagésima edición el italiano Giovanni Antonini (Milán, 1965) para disfrutar de las cuatro suites orquestales de “Mein Gott”.

Del flautista y director milanés su biografía completa una lista del llamado “historicismo musical” que en este festival está bien representado como vamos comprobando. El fundador de Il Giardino Armonico hace casi cuatro décadas, tiene ya su lugar propio en la recuperación y grabación no solo de lo más destacado del barroco italiano sino que Bach ha pasado a ser otro referente en su ya larga trayectoria, sin olvidarse de “los clásicos” Haydn y Mozart, aunque para este ciclo granadino las suites del cantor han sido las protagonistas con la OBS, curtida en estos repertorios con la gran violinista Lina Tur Bonet de concertino, tándem con Antonini para conseguir el entendimiento necesario en los cuatro monumentos que son las ya populares suites bachianas, y ya interpretadas el pasado año, por lo que el rodaje estaba más que hecho, aunque nunca hay nada igual.

Sin entrar a analizar cada una de las cuatro Suites BWV 1066 a BWV 1069, pues ya se encarga de ello Enrique Martínez Miura en las notas al programa, más que colección de danzas son obras de concierto, y así las entendió Antonini con la OBS (aunque no sea Il Giardino).

En la Suite orquestal nº 1 en do mayor, BWV 1066 pudimos encontrar todos los recursos barrocos de pregunta y respuesta, contrastes en tempi, siempre “apretando” (Forlane bien agitada) y exigiendo a la orquesta, de ritmos, y especialmente los cambios dinámicos que optó el milanés por los súbitos no en las respuestas sino a mitad de la pregunta, con frases más ricas en buen balance entre las secciones. Impecables las lengüetas con el fagot siempre preciso y claro, sin olvidarme del clave con ornamentaciones perladas.

La Suite orquestal nº 2 en si menor, BWV 1067, casi un concierto de trasverso en el que Bach también era un virtuoso, nuevamente jugando con los contrastes y dando la presencia no siempre al máximo del solista Rafael Ruibérriz de Torres, auténtico protagonista «examinado» por el maestro, virtuosismo que va creciendo a lo largo de los siete números, con agilidades por momentos imperceptibles por la búsqueda de una sonoridad más global y homogénea, pero brindándonos la conocida Badinerie final plena de buen gusto, ornamentos perfectos, cromatismos y la aportación bien llevada por Antonini y la OBS, con los cambios de ubicación de la cuerda lógicos en esta segunda suite.

Un descanso para volver a templar instrumentos y ampliar la plantilla con metales y timbales para la Suite orquestal nº 3 en re mayor, BWV 1068, tras las dos primeras más introspectivas pese a números más espontáneos, la tímbrica y “rearme” de los números nos traen lo mejor de “Dios Bach”, con la conocida Air para disfrutar de una cuerda aterciopelada con Lina Tur Bonet “cantándonos” el solo con respuesta bien empastada y disfrutando del clave tan necesario para una textura tan barroca como bella.

Y se hizo la luz, la luna reinaba sobre el claustro del Colegio Mayor Santa Cruz La Real, con la Suite orquestal nº 4 en re mayor, BWV 1069 y toda la OBS (sumándose un tercer oboe), manteniendo la tonalidad de la tercera pero con la agrupación instrumental de trompetas a trío, bien templadas con los timbales sin ensuciar y con el balance perfecto, las lengüetas compartiendo protagonismo, y la cuerda con el continuo, tempi con ritmos casi extremos, Antonini exigiendo y la orquesta respondiendo. Aires de danzas elegantes y tutti rotundos hasta la explosión de la Réjouissance final (que bisarían), imperial, clausura perfecta de un concierto donde la música de Bach fluye limpia, con los músicos escuchándose y el director marcando lo preciso para dejarles “respirar” en cada número, danzable o concertístico, pues las cuatro construcciones combinan conceptos, instrumentos, aires, historias y sentimientos.

Numerosos acólitos que «creemos en un solo Bach» y acudimos a estos regalos que los distintos apóstoles van predicando por Granada. Nos hacemos preguntas y encontramos respuestas, aunque también las damos sin pedírnoslas. Al menos nunca perdemos la fe, y con los años los bachianos fortalecemos nuestra creencia.

Y sábado donde peregrinaremos a escuchar al profeta Koopman desde el órgano de la Parroquia de Nuestro Salvador, pero como todo sábado granadino habrá “misa matutina” en San Jerónimo. Que Dios Bach nos de fuerzas para seguir contándolo: Yo confieso ante Bach todopoderoso que he pecado…

Orquesta Barroca de Sevilla (OBS)

Violines primeros:
Lina Tur Bonet (concertino) – Miguel Romero – Víctor Martínez – Valentín Sánchez – Nacho Ábalos

Violines segundos:
Leo Rossi – Raquel Batalloso – Antonio Almela – Rafael Muñoz-Torrero

Violas:
José Manuel Navarro – Kepa Artetxe – Carmen Moreno

Violonchelos:
Mercedes Ruiz – Aldo Mata
Contrabajo:
Ventura Rico

Clave:
Alejandro Casal

Flauta:
Rafael Ruibérriz de Torres

Oboes:
Jacobo Díaz – José Manuel Cuadrado – Valle González

Fagot:
Javier Zafra

Trompetas:
Jonathan Pia – Ricard Casañ – César Navarro

Timbales:
José Tur

Director:
Giovanni Antonini.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Suite orquestal nº 1 en do mayor, BWV 1066:

Ouverture / Courante / Gavotte I & II / Forlane / Menuett I & II / Bourrée I & II / Passepied I & II

Suite orquestal nº 2 en si menor, BWV 1067:

Ouverture / Rondeau / Sarabande / Bourrée I & II / Polonaise & Double / Menuett / Badinerie

Suite orquestal nº 3 en re mayor, BWV 1068:

Ouverture / Air / Gavotte I & II / Bourrée / Gigue

Suite orquestal nº 4 en re mayor, BWV 1069:

Ouverture / Bourrée I & II / Gavotte / Menuett I & II / Réjouissance

Decepción milanesa

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Domingo 25 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Conciertos de Palacio”: Filarmonica della Scala, Riccardo Chailly (director). Obras de Chaikovski y Prokófiev. Fotos de Fermín Rodríguez.

Quinto día de festival y doble sesión, la nocturna con un esperado director de fama mundial (agotando las entradas) debutando en este festival al frente de la orquesta de su ciudad que fundase allá por 1982 el siempre recordado milanés Claudio Abbado, formación que escuché hace ahora diez años en “La Viena española” con Daniel Harding sin más recuerdo que el del director.
Y llegó el primer chasco porque de nada sirve un gran piloto si falla el coche, o lo que es peor, si no es competitivo. Haciendo el paralelismo con mi paisano Fernando Alonso, creo que ha demostrado ser el mejor del campeonato en todos los circuitos, aunque en su ya larga trayectoria no siempre ha sabido elegir la escudería pese a dejar huella en todas por las que ha pasado. Lo mismo puedo decir de Riccardo Chailly (Milán, 1953) que se presentó con un programa algo inesperado, titulado en las notas al programa de Pablo L. Rodríguez “Cuando la felicidad suena a tristeza y viceversa” pues la Filarmonica della Scala no carburó y hasta sonó mediocre. Contradicciones sinfónicas para dos páginas que no auguraban nada bueno siendo casi proféticas las palabras de mi tocayo leídas previamente al concierto.
Estaba claro que Serguéi Prokófiev (1891-1953) iba a resultar un “circuito” complicado por lo poco explorada de la Sinfonía nº 7 en do sostenido menor, op. 131 (1952). Cuatro movimientos que sacaron a flote las carencias de los milaneses desde el Moderato inicial. La excelente orquestación del ruso sólo sirvió para comprobar que las entradas iban “al ralentí”, con cierta rémora en todas las secciones, incluso el piano colocado a la derecha del escenario. Del motor de cuatro tiempos uno no funcionaba debidamente. El Allegretto tenía demasiadas curvas y aunque el maestro Chailly las tomaba con precisión, pisando el acelerador a tope, la respuesta de la máquina milanesa no era la esperada. El Andante espressivo que debería servir para disfrutar del paisaje en esta poco transitada séptima, en mi caso me limité a comprobar la gestualidad siempre clara y enorme del director lombardo que no pilotó nunca cómodo esta orquesta operística de la Scala, casi el mismo chasco italiano de Ferrari frente al poderío alemán de Mercedes, que Don Riccardo suele conducir si se me acepta el paralelismo “motororquestal”.
Y llegado el Vivace cual recta final donde exprimir el motor éste casi se rompe. Ninguna sección pareció responder, piezas de primera pero mal ensambladas aunque la “alteración” de Prokofiev elegida fue la rimbombante y positiva, puede que la única felicidad elegida, sin encontrar razones más allá de la originalidad o incluso una boutade (galicismo definido por la RAE como «Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar») en esta elección rusa.
Tras un descanso nada merecido, otra sinfonía rusa y póstuma, la Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 «Patética» (1893) de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893). Un circuito más sinuoso y exigente con el mismo piloto e idéntica maquinaria, con más “potencia” pero fallando algún cilindro, si bien los metales funcionaron y hasta el clarinete sonó operístico (no así un oboe demasiado desbordante). La cuerda adoleció de tersura, no hubo buen ensamblaje y tampoco los unísonos fueron tales. El volante de Chailly mandaba pero el giro era el contrario. También hubo alguna incongruencia en las marchas elegidas por el «conductor» para la máquina, pues los crescendi iban unidos a unos acelerandi que no correspondían. Ni siquiera los platillos chocaron con el sonido y precisión escrita bien marcada por el piloto. Y el esperado Finale. Adagio lamentoso resultó literal, inesperada segunda sinfonía milanesa de la noche con un director que sabe pero no pudo demostrar sus mejores dotes dejándome la sensación de haber asistido a un “mal bolo» donde el nombre no es suficiente.
Me quedará este mal sabor de boca como las carreras nocturnas donde mi paisano Alonso tenía que abandonar porque su F1 parecía un GT que ni para coche nupcial servía. Para cerrar y plagiando el título del tocayo zamorano, al menos “la tristeza suena a felicidad y viceversa”.

Transfiguración y esperanza

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Sábado 24 de junio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla, “Conciertos de Palacio”: Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), Eliahu Inbal (director). Obras de Wagner y Bruckner. Fotos de Fermín Rodríguez.

Cuarto día de Festival y doblete en la Festividad de San Juan con la JONDE completando un duro trabajo desde el pasado 9 de junio con 13 reputadísimos profesores de diferentes especialidades llegados de distintas orquestas y conservatorios para el Segundo Encuentro Sinfónico de 2023, preparando un programa con la murciana Isabel Rubio de directora asistente y residente, para dejarla finalmente en manos del maestro israelí Eliahu Inbal (Jerusalén, 1936) con envidiable salud, ánimo y un eterno magisterio sacando de estos 92 músicos a su mando el mismo ímpetu que él transmite desde el podio.

Se notó la complicidad y esfuerzo para hacer de esta orquesta de “elegidos” (entre 18 y 28 años) un potente equipo musical, emocionando en las obras elegidas, propina incluida, que han girado por Baeza (sede de los encuentros), Almería, Jaén y finalmente Granada cual reválida final.

El profesor Pablo L. Rodríguez titulaba sus notas al programa “Muerte y transfiguración, Wagner y Bruckner” para centrarnos históricamente en estos dos genios para quienes el mundo sinfónico no tenía secretos, y me he permitido trastocar ese título por el de “Transfiguración y esperanza” ante la interpretación de unos músicos ya maduros en este vivero de la JONDE que pronto darán el salto a las orquestas profesionales.

Dos monumentos sinfónicos con el músculo orquestal y protagonismos compartidos, primero Richard Wagner (1813-1883) con el “Preludio y Muerte de Amor”, de Tristan und Isolde, WWV 90 (versión instrumental. 1857-1859), una de las obras clave para el desarrollo de la modernidad acompañado por la versión instrumental del Liebestod, que sustituye la parte cantada de la protagonista, pasando de la muerte de amor original para transmutarse en un amor eterno, introducción magistral donde disfrutar de cada gesto del maestro Inbal y la respuesta exacta de los jóvenes. Entregados mutuamente como enamorados de Wagner, el israelí fue sacando amplios matices con dinámicas extremas, fraseos impecables, llevando a cada sección por sus mejores recursos tímbricos, desde una cuerda tersa y aterciopelada (bravo los cellos), una madera empastada y ajustada, unos metales bien amarrados para el ímpetu que se podría esperar de ellos, más una percusión mandando y en su sitio. Interpretación mayúscula por parte de una JONDE que sin descanso y con toda la plantilla afrontaría el segundo reto de una tarde calurosísima que no les afectó en nada.

Anton Bruckner (1824-1896) era un wagneriano fervoroso y su Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 (1881-83, rev. 1885) es contundente como pocas. Mi tocayo escribe cómo también se vio afectada por la muerte del propio Wagner cuyo pálpito le llegó tras visitarle en Bayreuth, decidiendo homenajearle con ese Adagio elegíaco que en nada se preveía tras el luminoso Allegro moderato inicial.

Destacar de nuevo a chelos, violas, más los solistas de clarinete y trompa sonando a gloria bendita, con algunos de los solistas y principales permutando posiciones siempre de agradecer en materia didáctica. La irrupción de las cuatro trompas wagnerianas no son solamente homenaje al amigo sino la afirmación de una sonoridad impresionante que el maestro Inbal llevó con mano izquierda mientras la derecha blandía una batuta nunca incisiva, bastón de mando permitiendo expresar los juveniles sentimientos de dolor de este segundo movimiento.

El Scherzo bruckneriano no tiene nada de broma y fue maravillosa la continuidad emotiva de todos los músicos llevados con primor por el maestro israelí, con unos metales que siempre me recuerdan las obras organísticas de este compositor católico (no sé si apostólico y romano).

El Finale majestuoso, casi cinematográfico y más resurrección que transfiguración de un “dios Wagner” pero también del mejor Mahler cuyo tiempo ya ha llegado y personalmente creo que el de Bruckner.

La propina auténtica “fuerza del destino” de una JONDE rotunda y madura llevada por un juvenil Eliahu Inbal que regaló de memoria toda su experiencia verdiana con esta obertura llena de gusto, dinámicas, expresividad y manejo orquestal como una de las batutas históricas todavía vivas. Viva VERDI.

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