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Emociones con Gabriela Montero desde Amsterdam

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El canal musical «Mezzo» que cumple 25 años, ha retransmitido este sábado 29 de abril a las 20:30 la grabación en vivo de un concierto en la capital holandesa muy emotivo por la participación de mi querida venezolana Gabriela Montero con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam bajo la dirección de la lituana Mirga Gražinytė-Tyla, celebrado el pasado día 21, con una toma de sonido y realización perfecta como es de esperar en este canal de pago especializado en «música seria».

La famosa sala de conciertos de la capital holandesa acogía un programa de lo más atractivo que abría la obra De Profundis de Raminta Šerkšnytė (Kaunas, 1975), un canto sinfónico sin palabras donde la cuerda de la Royal Concertgebouw de Amsterdam, casi como un coro instrumental, sonó como lo que es: una de las mejores del momento, labrada a lo largo de años. Si además está al frente Mirga Gražinytė-Tyla (titular desde febrero de 2016 en la City of Birmingham Symphony Orchestra relevando nada menos que a los Rattle, Oramo o Nelsons) nada puede salir mal. La directora lituana tiene un gesto claro y amplio, precisión milimétrica y una carga sentimental que transmite en cada compás. Maravilloso sonido de la cuerda de estos holandeses universales y hermosa partitura la de su compatriota, escritura actual evocadora de los grandes coros bálticos no exenta de espiritualidad y poesía, impactantemente melancólica y evocadora como así la entendió la maestra Mirga de apellido «impronunciable», muy aplaudida junto a la compositora, presente en la sala. A propósito, me encantan las escaleras por la que se accede al escenario y el público también presente en la zona trasera.

Mi admiración por la pianista venezolana viene de lejos y sus directos (atesoro muchos) nunca dejan indiferente a nadie, pues puedes escucharlos dos días seguidos resultando totalmente distintos. El Concierto  n° 1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) se lo escuché en Málaga hace siete años y está entre los grandes de su repertorio.

Gabriela Montero ha ido ganando poso interpretativo y manteniendo su entrega pasional en cada obra, la perspectiva vital ya madura que en este concierto volvió a dejarnos. Impresionado por su fuerza y perfecto entendimiento con la joven Mirga dirigiendo la Royal Concertgebouw Orchestra de Amsterdam. La realización nos permitió captar cada detalle, las esperas, la concentración, los fraseos, la digitación, la escucha de todos, y cuando una orquesta suena como la holandesa (ahora Países Bajos), es lógico que el piano solista brille aún más.

El Allegro non troppo e molto maestoso arrancó brillante en tempi y fuerza por parte de todos, ganando en intensidad no solo dinámica sino emocional, verdaderamente majestuoso, de sonido contundente en toda la gama tanto solista como orquesta, arpegios perlados, contestaciones impecables y la directora lituana transmitiendo el lirismo de esta joya.

Contrastes excelsos desde la densidad a la calma, el rubato que Montero entiende a la perfección y Gražinytė-Tyla devolvió a una orquesta en estado de gracia. Octavas vertiginosas al piano, pizzicatti y maderas contestando para preparar la primera cadencia «marca de la casa» con esos diálogos casi sinfónicos que escribió el ruso.

Tras la tempestad llega la calma del Andantino semplice, solo simple el calificativo y compleja escritura que presentó una flauta ideal con esa textura única y la escritura de staccatti virtuosos de la venezolana que en televisión aún resultan más mágicos por su ligereza. De nuevo la complicidad entre podio, orquesta y solista con una realización y toma de sonido adecuadas nos permitieron paladear todo el movimiento central.

Quedaba el Allegro con fuoco, toda una fantasía de colores imaginada en un ballet ruso donde los dedos sobre el piano danzaban vertiginosamente y la batuta de la lituana ejecutaba con la respuesta orquestal perfecta en cada atril, encajando todo. Misma entrega global, mismo sentido interpretativo en un virtuosismo maduro donde la música es protagonista total y Gabriela Montero volcó su magia, potencia y lirismo que emocionan como siempre aunque sea desde la distancia.

En los conciertos de la venezolana afincada en Barcelona, aunque su agenda le deje «poco Mediterráneo», no pueden faltar sus improvisaciones, casi tan esperadas como el concierto de solista, y en la capital de los Países Bajos le cantaron una melodía que transformó en una página bachiana como si «Mein Gott» la poseyese para convertir lo popular en clásico desde el paraíso de las 88 teclas. Bravo por Gabriela.

El concierto de Gražinytė-Tyla con la Royal Concertgebouw Orchestra lo cerraría el compositor polaco Mieczyslaw Weinberg ó Wajnberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) felizmente recuperado en nuestro tiempo, y de su amplísimo catálogo con 22 sinfonías, la nº 3 en si menor, op. 45 (1949, re. 1959) está grabándose y sonando con cierta frecuencia. Estrenada el 23 de marzo de 1960 tras una amplia revisión tras múltiples circunstancias de todo tipo en Moscú por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por Alexander Gauk.

La interpretación televisada nos deja un registro muy interesante por la visión de la lituana y la orquesta ideal para esta sinfonía. Un Allegro optimista donde lucirse maderas y metales, el furor del maestro Shostakovich contrastado por lo bucólico del final. Muy rítimico el Allegro giocoso sin apenas respiro hasta la coda. El Adagio del tercer movimiento nos devolvió la cuerda sedosa de los holandeses y el fraseo claro de la lituana, melancolía hasta el clímax para devolvernos la esperada calma antes del último Allegro vivace donde gozar de las trompetas y la percusión, toma de sonido perfecta en esta transmisión en alta definición, y un vals que la batuta de Gražinytė-Tyla pareció bailar hasta ese brillante final del compositor «ruso», con mucha música aún por escuchar que la lituana está defendiendo y difundiendo, esperando sea con la calidad de esta tercera nórdica a más no poder.

Una genial tarde de sábado en casa pero disfrutando con estas músicas como si estuviese «in situ», más estando con mi querida Gabriela al piano.

EnganchadOS PAra la próxima

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Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Musica est litterae II, Abono X, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Dvořák, Gerhard y Prokofiev.

Tarde completa con la OSPA y su titular Nuno Coelho (Oporto, 1989), que junto a la gerente Ana Mateo nos citaban a las 18:30 en la sala de cámara a todos los abonados para presentarnos la próxima temporada 2023-24, segunda del maestro portugués, que comentaré en otra entrada del blog, y que solo con los titulares y avance de una programación aún sin cerrar completamente, ya nos ha dejado enganchadOS PAra la siguiente, con ilusión, esperanza en otra apuesta de nuestro «Neno» que desgranaré más detalladamente y con más tiempo.

Y a las 19:15 nos dirigimos a la prueba acústica de esta segunda entrega del llamado «Music Folixa Books» de la música literaria, es decir otra muestra de cómo Cervantes y Shakespeare han inspirado tantas partituras. El director portugués también nos explicó los distintos pasajes a revisar antes del concierto con distintos matices y tempi, que también haría al presentar este décimo de abono antes de dar inicio al concierto.

Nuno Coelho se ha ganado el respeto y la admiración poco a poco, concierto a concierto desde sus primeras invitaciones. Cercano y pasional, viviendo la música y transmitiendo una alegría que además de granjearse la simpatía del público, también logró una buena conexión con su orquesta, a la que está devolviendo la confianza perdida tras algunos años que he llamado de «travesía del desierto». Las obras elegidas para este abono demostraron cómo se está retornando al «sonido OSPA» más allá de una mera suma de las secciones, un bloque compacto y unido donde todos se escuchan y transmiten las claras indicaciones desde el podio para alcanzar momentos deliciosos. Sólo queda cubrir de una vez la plaza de concertino, esta vez con otra invitada de larga trayectoria como es la polaca Joanna Wronko. Tres compositores cercanos en el tiempo que han sido auténticos maestros en la orquestación y ayudaron a amalgamar esta orquesta asturiana «En busca del tiempo perdido» como el escrito por Proust.

El amor y todas sus facetas: enamoramiento dulce, pasión, celos, dramatismo llevado hasta el cénit, «música pura» que a menudo ha encontrado en la danza la máxima expresión sin necesidad de palabras merced a unos argumentos literarios donde la ficción parece superada por la realidad con solo leer la prensa o escuchar las noticias. Obras cercanas en el tiempo que ayudan a engrasar la maquinaria sinfónica y las emociones de todo diletante que se precie.

William Shakespeare (1564-1616) plasmó como pocos el amor cortés y las pasiones humanas, por lo que Antonin Dvořák (1841-1904) escribirá la obertura Othello, op 93, B. 174 en sus años como profesor de composición e instrumentación en Praga antes de mudarse a Nueva York, casi cual relato sinfónico donde explorar toda la dramaturgia del escritor inglés. El inicio lento ya mostró una cuerda disciplinada en los matices, con ataques precisos, sonoridad homogénea, sumando una madera siempre empastada, afrontando el allegro lleno de dramatismo con una paleta de dinámicas potentes, la ternura y los celos como motores tímbricos y expresivos que la orquesta mostró desde la deseada y esperada unidad sinfónica con la respuesta exigida desde la batuta siempre precisa, respirando aires wagnerianos pero también rusos, al igual que en la segunda parte.

Sobre nuestro universal Don Quijote cervantino el catalán de origen franco-suizo y exiliado a Inglaterra Robert Gerhard (1896-1970), que sería el primer compositor de música electrónica inglesa con su «El Rey Lear» (1955), escribirá sus Danzas de Don Quijote (1. Introducción; II. Danza de los Muleros; III. La edad de Oro; IV. En la Cueva de Montesinos y V. Epílogo) tras un encargo del propietario del Arts Theatre Ballet londinense, todo accidentado por la Segunda Guerra Mundial y reescrito en 1958 con forma de esta suite que Coelho nos brindó con «su» OSPA: atriles principales «gustándose» y ganándose el protagonismo, en especial toda la madera, mezclas estilísticas con dodecafonismo de Schönberg y herencia de Pedrell, el españolismo que el propio Quijote destila y Gerhard plasma en cinco movimientos muy exigentes orquestalmente, poco programados pero al fin escuchados en Asturias con toda la calidad de nuestra formación y el ímpetu desde un trabajo concienzudo por parte del maestro portuense. El amor platónico de Alonso Quijano a la Aldonza idealizada como Dulcinea, bendito y loco Quijote con músicas catalanas, danzas caballerescas casi del Rey Arturo con  trompeta y tambor, el descanso tras la batalla contra los molinos, el sueño y la realidad, dualidad femenina rememorando a nuestro gran Francisco Salinas, más ese epílogo tomando al homónimo de Richard Strauss para esta música de ballet que explora y explota los recursos tímbricos, melódicos y rítmicos de la orquesta en una interpretación exquisita por parte de la formación asturiana con el portugués al mando, y un final tan «mimado» e imperceptible que el público tardó en responder con el más que merecido aplauso.

Y la pareja de enamorados más universal que Shakesperare ambientó en Verona será inspiradora de mucha literatura musical donde destacará entre otros rusos Sergei Prokofiev ((1891-1953) cuyo Romeo y Julieta fue pensado para el famoso Teatro Marinsky de Leningrado (hoy San Petersburgo) y rechazado por el Ballet Bolshoi tachándolo de «no oirse bien la música, demasiado corta, tener ritmos impredecibles y ser en suma «imposible de bailar»…» como bien nos cuenta Andrea García Alcantarilla en las notas al programa (página 41), por lo que Prokofiev extrajo dos suites del ballet de 1936 (opus 64bis y 64ter) que se estrenarían en Brno dos años más tarde, y una tercera suite (op. 101) en 1946. Nuno Coelho tomaría de todas ellas nueve números organizados según el orden literario confiriendo así mayor unidad este «relato sinfónico»: I. Montescos y Capuletos, II. La joven Julieta; III. Minueto; IV. Romeo y Julieta (escena del balcón); V. Baile matutino; VI. Muerte de Tybalt; VII. Fray Lorenzo; VIII. Romeo ante la tumba de Julieta; IX. Muerte de Julieta). Si la orquestación del ruso es exquisita y con números muy escuchados como el primero, potentísimo y acertado arranque antes del «tema principal», el segundo con cuerda precisa y presente), el sexto impetuosamente vertiginoso y esa muerte final que angustia por la delicadez revestida de solemnidad orgánica en trombones y tuba, con esta OSPA del décimo que no defraudó en ningún momento. Por fin una cuerda precisa y clara, corpórea, permutando cellos y violas, vientos bien ensamblados con trombones y tuba «entarimados» a la derecha tras los contrabajos, aumentando la sensación de contundencia, piano-celesta y arpa en feliz unión, timbales seguros y sobre todo el papel de una percusión que además de motor daría las pinceladas de color que Prokofiev siempre les escribe.

Maravillosa segunda parte con un trabajo arduo de matización, rítmica, transiciones espectaculares, balances conseguidos y el final trágico, sentido, con Coelho aguantando las manos para permitir esos segundos donde las notas aún flotan antes de respirar hondo y alcanzar la atronadora ovación del respetable, más que merecida, con varias salidas a saludar y el aplauso unánime de unos músicos a quienes se les notó el disfrute tras el enorme esfuerzo exigido y bien resuelto.

BBC para BBB rozando la perfección

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Sábado 22 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: BBC Symphony Orchestra, Inmo Yang (violín), Sakari Oramo (director). Obras de Britten, Beethoven y Bartok.

No me acordaré del «Brexit» pero tenemos que reconocer la calidad de las orquestas británicas, y la Sinfónica de la BBC (BBCSO, el equivalente a nuestra OCRTVE) es una de las abanderadas camino de sus cien años (se fundó en 1930). Su sonido aterciopelado, claro, preciso, el equilibrio y calidad de todas las secciones que permite escuchar todo al detalle son algunas de sus muchas cualidades, y más en las obras que trajeron a «La Viena Española» en esta gira.

Finlandia se está convirtiendo en la mejor cantera de los directores de orquesta más reconocidos en este siglo, y Sakari Oramo (Helsinki, 1965) es uno de ellos. Titular desde hace 10 años de esta BBCSO con un curriculum impecable e invitado por las mejores formaciones mundiales. Su claridad en la dirección, de gestos precisos sin exageraciones, batuta ligera que igual corta como un sable, se vuelve florete o dibuja como un pincel, pero sobre todo una mano izquierda que remarca cada detalle convirtiéndolo en el verdadero conductor de una orquesta que responde en todo momento con la misma exigencia y exactitud indicada desde el podio.

Es maravilloso fijarse cómo dirige mientras escuchas cada obra (aún más siendo conocidas) para convertirnos en un atril más desde nuestra butaca, y este sábado el auditorio lleno disfrutó con la Orquesta Sinfónica de la BBC en un programa que tenía las tres B: Britten, Beethoven y Bartok.

Abría concierto el inglés Benjamin Britten con sus Cuatro Interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a para sacar músculo, sonido, complicidades, entendimiento, exactitud, claridad, balances perfectos y verdaderos cuadros sonoros, desde el amanecer con una cuerda luminosa, hasta la tormenta final donde poder desplegar todos los efectivos bien controlados y comandados por Oramo, un repertorio que la BBCSO lleva en sus genes y el finlandés sacó todas las cualidades de su formación en una verdadera lección interpretativa.

Y otra maravillosa interpretación el Concierto para orquesta, Sz. 116 de Béla Bartók, cinco movimientos que como explica Jerónimo Martín en las notas al programa «arguye una similitud (…) y la notificación reciente a Bartok de su leucemia, asemejando cada uno de los movimientos a las cinco etapas emocionales que se atraviesan al recibir una noticia trágica: shock al recibir la noticia (1º mov) – negación, simbolizado en el humorístico Giuoco delle coppie (2º mov) – estado atormentado en la Elegía (3º mov) – ira o desprecio representado en el Intermezzo interrotto (4º mov) – aceptación e incluso alegría por la vida vivida (5º mov)». Disfrutando de una cuerda unificada, compacta, preciosa y precisa, de una fagot con sonido impecable, dos arpas auténticamente celestiales y una formación que «suena a disco», con la dirección de Oramo, lo escuchado fue algo indescriptible, con un Finale. Pedante-Presto donde la gestualidad del finlandés marcó todo para escucharlo cual BBC (de bueno, brillante y corpóreo). En la misma línea la propina de una de las Danzas rumanas de Bartok (*) agradeciendo que tras un concierto exuberante aún nos dejasen pasadas las diez de la noche un regalo con la misma calidad y entrega que el resto de la velada.

Punto y aparte sería el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Beethoven con el coreano Inmo Yang y su Stradivarius «bostoniano» de 1718. Tras lo escuchado al fin me convencí que la perfección existe. Oramo presidió el jurado del Concurso Jean Sibelius de 2022 donde Yang obtuvo el primer premio, tras lo que el director comentó: «Ganador por unanimidad. Hubo un gran nivel en la intepretación de Inmo, como músico y como violinista», por lo que supongo fue elegido para estos conciertos de la BBCSO con Sakari Oramo al frente.

La clave está en la musicalidad del coreano, puesto que la técnica de esta generación de virtuosos está en otra galaxia y pueden afrontar los repertorios más exigentes. Pero el sentimiento no se estudia, sumándole el sonido de su violín que enamora desde la primera nota: terciopelo y seda, con un arco impresionante, unos legati increíbles, una gama de matices impresionante, un empaste con la orquesta impensable en vivo y con una proyección, incluso en los pianissimi que parece imposible percibirla como en este concierto de Beethoven. El Allegro ma non troppo comenzaría con el «tempo giusto» marcado por el maestro Oramo para disfrutarlo sin prisa, y el guante lanzado lo recogió Inmo a la perfección. Dulzura, delicadeza, fraseos impecables, limpieza de ejecución, balances orquestales revestidos de un «colchón filarmónico» que parece hacerlo flotar en una nube hasta la primera cadenza: conversión a la pasión y entrega desde el virtuosismo al servicio de esta joya del sordo genial, momentos de transformación que transmiten la profundidad de esta partitura y el engarce ideal entre solista y orquesta. Con el Larghetto pareció detenerse el reloj, escuchando cada nota escrita conformando la unidad del movimiento central, con Oramo concertando al detalle, la orquesta escuchando al solista para mezclarse con él desde la fusión en estado puro antes de otra cadenza suspendida en el aire, cortando la respiración antes de atacar el Rondo. Allegro que la BBCSO continuó con la misma entrega comandada por el director finlandés. La perfección de solista, director y orquesta para un concierto que quedará grabado en mi memoria.

La cuarta B del sábado tenía que ser Bach, de quien Inmo Yang nos regaló la «Sarabande» de la Partita nº1 en si menor, BWV 1002, sin prisas, sentida, transmitiendo con el Stradivarius la grandeza de «Mein Gott» que nos elevó al séptimo cielo musical, placeres eternos en «La Viena Española».

PD: (*) Gracias Alejandro por la corrección a mi error inicial confundiendo propina de Bartok con Kodaly.

Bendita locura de inspiración musical

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Viernes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 «Musica est litterae I»: OSPA, José Antonio López (barítono), Carlos Mena (director). Obras de Telemann, Ibert, Ravel, Purcell y Finzi.

No nos dejemos impresionar por títulos «cool» muy «modernos» que mezclan idiomas para aparentar universalidad como el propio «Books Folixa Music» ni tan siquiera llamar a estos conciertos y recitales «OspaFest«, pues la literatura siempre ha sido fuente de inspiración musical en esta unión que engrandece los textos desde los orígenes. Y celebrar el 23 de abril musicalmente daría para muchísimos programas, por lo que es de aplaudir la elección de Miguel de Cervantes y William Shakespeare bajo el lema La música es literatura, dos ejes vertebradores del Barroco al siglo XX explorando páginas orquestales donde la palabra cantada crece gracias a los compositores, el español y el inglés que siguen siendo más que suficientes para recorrer mundo.

La presencia del vitoriano Carlos Mena (1971) ya auguraba el perfecto maridaje de estilos, sumándose el barítono murciano José Antonio López (1973) que engrandecerían la figura de un Don Quijote instrumental y también cantado en francés (Ibert y Ravel) más las canciones shakesperianas de Finzi en inglés. Sin descanso, con las mínimas pausas para adaptar plantilla, «El sueño imposible» como titula Pablo Gallego sus notas al programa, unió a Don Miguel y Don Guillermo como inspiradores en distintos estilos bien ensamblados para este primer viaje literario de este extraño abril.

La cuerda de la OSPA tiene personalidad propia, y nuevamente comandada por el austriaco Benjamin Ziervogel de concertino invitado, más el clave de David Palanca junto a la percusión impecable de Rafael Casanova, nos ofrecieron la suite Don Quijote, TWV 55:G10 de Georg Philipp Telemann (1681-1767) de estilo y sonoridad ideal bien llevados por un Mena dominador de estos repertorios barrocos. Los siete números (I. Obertura; II. El despertar de D. Quijote; III. El ataque a los molinos de viento; IV. Suspiros de amor por Dulcinea; V. Sancho Panza decepcionado; VI. El galope de Rocinante; VII. El sueño de D. Quijote) fueron la mejor ilustración sonora de estos capítulos que el coloso Telemann recrea magistralmente en esta bendita locura quijotesca llena de humor y color.

En un salto cronológico de gigante, que solo la música puede dar, el francés Jacques Ibert (1890-1962) escribe sus cuatro Canciones de Don Quijote (1932) para la película Don Quichotte de G. W. Pabst. La instrumentación es curiosa y perfecta para que la voz dramatice esos pasajes cervantinos, y José Antonio López pudo lucirse en todas ellas poniendo las imágenes con su amplia gama de matices, musicalidad a raudales y entrega bien entendida por un Mena que como cantante respiró con el barítono. Maravillosas las cuatro (I. Canción de partida; II. Canción a Dulcinea; III. Canción del Duque; IV. Canción de la muerte de D. Quijote) por expresividad, dicción, lirismo y entendimiento, feliz conjunción de obra e intérpretes en un microrrelato hecho música.

Y sin perder los aires del otro lado de los Pirineos pero más cercano, del vascofrancés Maurice Ravel (1875-1937), conocedor y amante de nuestro folklore, sus tres Don Quichotte à Dulcinée (I. Canción novelesca; II. Canción épica; III. Canción báquica) dieron a Cervantes la universalidad musical en la lengua de Molière, para disfrutar nuevamente con José Antonio López, cerrando este nuevo acercamiento al Ilustre Hidalgo con la canción para beber y disfrutar embriagándonos de belleza musical con la OSPA y Carlos Mena perfectos compañeros de viaje, donde delicadeza y potencia fueron de la mano con el barítono lorquí, inmenso Alonso Quijano cantado.

La riqueza de los idiomas se la han dado sus grandes escritores, y así nos referimos al español de Cervantes, el italiano de Dante, el francés de Molière y evidentemente el inglés de Shakespeare. Dos compositores contrapuestos pero como en espejo, dos mundos musicales que beben de su literatura, primero el «Sueño de una noche de verano» que Henry Purcell (1659-1695) convierte en The Fairy Queen o «La reina de las hadas«, híbrido de teatro y ópera para que OSPA y Mena, como con Telemann, nos devolvieran a la sonoridad inicial desde una cuidada selección instrumental (I. Preludio; II. Hornpipe; III. Aire; IV. Rondó; V. Danza de los monos) nuevamente perfecta de interpretación por contrastes y sonoridades plena con plantilla para la ocasión.

Para cerrar aniversarios, homenajes o encuentro vital de Don Miguel y Mr. William, el compositor londinense Gerald Finzi (1901-1956) escribirá entre 1929 y 1942 el ciclo Let us garlands bring, op 18 (canciones de Shakespeare). Con solo la orquesta de cuerda _arreglo posterior al estreno- las cinco canciones en la voz de José Antonio López pusieron lo mejor del noveno de abono, cinco maravillas melódicas donde texto y música emocionan separadas y aún más juntas. Leer los poemas originales o traducidos ya supone un disfrute (I. Márchate, muerte; II. ¿Quién es Silvia?; III. No temas más el calor del sol; IV. Señora mía; V. Érase un joven y su amada); la música de Finzi transita del amor al dolor con rememoranzas isabelinas de la época de Shakespeare pasando por las sempiternas músicas de taberna. Grandeza interpretativa en el idioma inglés con una cuerda aterciopelada que vistió de gala la auténtica fiesta musical comandada por un Mena que transmite confianza y seguridad para que López brillase con luz propia. Un éxito muy aplaudido pese a la escasa entrada que no se merecía este concierto de inspiración literaria, bisando la canción segunda Who is Silvia?.

Un Haydn de oro

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Sábado 18 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Berit Norbakken (soprano), Esther Kuiper (mezzo), Stuart Jackson (tenor), Henk Neven (barítono), El León de Oro (director Marco A. García de Paz), Orchestra of the Eighteenth Century, Daniel Reuss (director). Obras de Haydn.

Otro concierto para recordar en «La Viena Española» dedicado a Franz Joseph Haydn (1732-1809), puro clasicismo enmarcado en el llamado Sturm und Drang (del alemán “tormenta e ímpetu”) con una formación de referencia como es la «Orquesta del siglo XVIII» que fundase allá por 1981 el legendario Frans Brüggen, que sigue inspirando desde su muerte en agosto de 2014 a su formación de amigos de veinte nacionalidades, donde sigue desde su inicio nuestro querido Emilio Moreno en la viola junto a otros españoles, y en la primera parte dirigidos por Alexander Janiczek desde su posición de concertino, demostrando que la formación mantiene la disciplina y calidad en su repertorio.

Un placer la sonoridad y rigor interpretativo de esta orquesta internacional que comenzaba su concierto con la Obertura  de la ópera L’isola disabitata, en cierto modo una sinfonía en miniatura por los cambios de tempo y auténticamente «tormentosa» además del «ímpetu», con una cuerda resistente y delicada en colocación vienesa, como era lógico, maderas y metales naturales más unos timbales que nunca sobrepasaron el gusto global por una tímbrica homogénea en todo el concierto.

La perturbante Sinfonía nº 26 en re menor, Hob. I:26, compuesta en 1768 ó 69 lleva por título «Passio et lamentatio», directamente «Lamentatione» y como en esta época inicial del llamado «padre de la sinfonía» con solo tres movimientos (I. Allegro assai con spirito – II. Adagio – III. Minuet. Trio), que tiene su inspiración en las dramatizaciones musicales en torno a la muerte de Jesús mientras Haydn trabajaba para los príncipes Esterházy. De nuevo aparece el espíritu de «ímpetu y tormenta» con una cuerda poderosa, un viento donde el oboe se erige protagonista en el Allegro inicial y las trompas bien afinadas de musicalidad plena en perfecta conjunción de madera y metal; un Adagio delicado y compactado, en el «tempo giusto» para la plegaria entonada por unos «cuernos» contenidos y de nuevo el oboe piadoso lleno de lirismo; el Minueto con trío final nos llevaría por sentimientos opresivos y en cierto modo hipnóticos (como escribe Pablo Gallego en las notas al programa) por su expresividad, dinámicas y fraseos a cargo de esta orquesta de leyenda.

Manteniendo este halo espiritual la segunda parte la ocuparía la Misa nº13 en si bemol mayor, Hob. XXII:13 «Schöpfungsmesse» (Misa de la Creación) con nuestro mejor coro, el LDO y un cuarteto solista ideal para estas obras, en colocación «cambiada» de izquierda a derecha: la mezzo holandesa Esther Kuiper de registro corpóreo que brilló sola y en los conjuntos, siendo la más destacada de los solistas desde su primer Kyrie; la soprano noruega Berit Norbakken de volumen algo corto aunque suficiente por su proyección y color; el bajo barítono neerlandés Henk Neven que quedó totalmente opacado en los conjuntos aunque el timbre fuese idóneo; y el tenor inglés Stuart Jackson, enorme de presencia aunque pequeña y bella voz como suele ser en los cantantes que salen de los coros escolares británicos, verdadera cantera vocal de la música barroca que con el paso al clasicismo, más al sinfónico coral, supone un plus que no tiene.

Punto y aparte el coro asturiano que con 37 voces no tuvo problemas en ningún momento. Atento Daniel Reuss a sus difíciles intervenciones con muchos cambios de compás y aire, el LDO se mostró seguro, afinado y hasta cómodo pese a los registros extremos donde nuevamente las sopranos volvieron a asombrar por la pureza de sonido y el empaste global de todas las cuerdas. Articulación y fraseos perfectos, pronunciación exquisita en latín eclesiástico, dinámicas perfectas y siempre presente, con un Gloria potente y un Sanctus-Benedictus «de disco» por destacar sólo estas de las seis partes que tiene esta misa. Maravilloso comprobar que los relevos generacionales junto al sustento veterano no les ha hecho perder ninguna de sus cualidades en la búsqueda de la belleza coral que volveremos a disfrutar en la Primavera Barroca.

El público casi se comportó como en una verdadera misa a lo largo del ordinario proyectado en latín y traducido al español, con la Orchestra of the Eighteenth Century refinada en sonido, metales brillantes pero nunca hirientes escoltando trompas y trompetas a las maderas aterciopeladas, timbales presentes (mimando el Sanctus), órgano de registro perfecto (en Et incarnatus est) y la cuerda con dinámicas extremas siempre apoyando a solistas y coro con el gesto claro de Daniel Reuss «oficiando» esta misa maravillosa de las muchas que compuso «papá Haydn» que irá multiplicándose para  ensayarla e interpretarla con distintos coros en esta gira española, en Oviedo con el orgullo «leónigan» de tener a Marco al frente del nuestro mientras sigue triunfando con el de RTVE.

Todo con cuerda

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Viernes 17 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7 El cuarteto ampliado, OSPA, Cuarteto Quiroga (dirección), Obras de Barber, Shostakovich y Schubert.

A veces resulta difícil desenredar la madeja y no comprendo cómo se pueden ofrecer dos conciertos con las principales orquestas asturianas el mismo día y a la misma hora en «La Viena española», cuando las agendas se programan con tiempo más que suficiente, y es posible organizar la amplísima oferta musical ovetense. Así llevamos varias ocasiones y no quiero tensar el arco pero se necesita coordinación desde los distintos entes, pues no solo se pierde taquilla, y lo digo porque paso por ella muchas veces, sino público,y más cuando se juega con obras y artistas tan interesantes, dejando un panorama con demasiadas butacas  vacías en el auditorio que no se merece.

Habrá que hilar más fino para el futuro y también para nuestra OSPA a la que la necesidad de un concertino es como nombrar la soga en casa del ahorcado, pero la vuelta del Cuarteto Quiroga poniéndose al frente de sus cuerdas hicieron olvidar carencias y nos dejaron la muestra de cómo la endeblez se suple trenzando las cuerdas para dar confianza, enseñar a escucharse, trabajar en conjunto y hacer que la sección casi siempre bien valorada de nuestra formación, consiguiese sonar como el título de este séptimo de abono, un cuarteto ampliado.

Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio trajeron su magisterio del cuarteto en un repertorio camerístico que dominan como pocos y ha subyugado a otros compositores para ampliarlo al límite. Así lo entendieron «los Quiroga» optando por BarberShostakovich y Schubert, pues como bien escribe el doctor Daniel Moro Vallina en las notas al programa (enlazadas arribas) sobre el cuarteto: «(…) escritura para cuatro instrumentos solistas (dos violines, viola y violonchelo); interacción entre las voces, pero manteniendo su independencia; organización en cuatro movimientos basados en moldes como la forma sonata, el minueto o el rondó; y un carácter refinado, intelectual y a veces intrincado que se asemejaba a «cuatro personas juiciosas conversando», como lo describió Goethe en una ocasión». Los cuatro se sentaron en este telar sinfónico para brindarnos verdaderos tapices, con toda la gana del blanco al negro del estadounidense, las geometrías del ruso más todo el colorido del austriaco, usando lana o hilo de seda dependiendo del motivo a tejer. El asturiano de nuevo como concertino (y de ayudante María Ovín) puso la precisión en los primeros, el gallego la pasión en los segundos, el valenciano la sobriedad de las violas, y la madrileña la contundencia del cello ampliada con los contrabajos en este programa que «(…) refleja la evolución del cuarteto en el siglo XX (…) retoman(do) el género».

El Adagio para cuerdas op. 11 (1936) de Samuel Barber (1910-1981) siempre pone un nudo en la garganta, puede que al recordarlo en la terrible escena de la película «Platoon» (1986) sobre la guerra de Vietnam y dirigida por Oliver Stone ilustrando la muerte del sargento pero también convertido en Agnus Dei. La tristeza grandiosa por la gama de grises tejidos con blanco y negro por el CuartetOSPA la pudimos apreciar desde el pianísimo inicial, toda una gama dinámica de esta orquesta hoy más compacta y homogénea que nunca, con silencios sobrecogedores, el duelo sobrevenido de tantos recuerdos y la visión casi danzante de los arcos, que solo al bajarse arrancaron la primera gran ovación de la noche en esta partitura aún más grandiosa que la primigenia.

Dmitri Shostakovich (1906-1975) será una de las figuras en retomar esta forma camerística, incluso comparte con Barber dolor, «A la memoria de las víctimas del fascismo y la guerra» que sigue tristemente de actualidad en la portada de su Cuarteto de cuerda nº 8 en do menor, op. 110 (1960) orquestado por Rudolf Barshái (1998), pasando a conocerse como Sinfonía de cámara op 11a. Cinco movimientos sin pausa que combinan el humor y las variaciones con el criptograma de sus iniciales D-S-C-H, el arranque de un cello violinístico como primer hilo de color antes de mover fuerte y rápido el bastidor del telar incorporando más bobinas y tejiendo un tapiz que alterna pedales lineales, triángulos de vals tan socarrones como el compositor ruso, y el círculo mágico de amplia gama cromática. Impresionante ver trabajar todas las cuerdas sustentadas en la dirección del Quiroga, arpilleras austeras en una pasada, hilos sedosos en otra para una alfombra sutil que funcionó rítmica y bella, apreciando tanto los detalles en la confección (comprobando las entradas todos a una) como el resultado final de esta gran sinfonía camerística, verdadera práctica musical de conjunto y escuela para diletantes noveles o veteranos.

Gustav Mahler (1860-1911) siempre admiró a Franz Schubert (1797-1828) desde sus tiempos de estudiante y el deseo de interpretarlo. Gran conocedor de la música de cámara, el Cuarteto nº 14 en re menor, D. 810, “La muerte y la doncella” (1824) lo llevó a Hamburgo con orquesta en 1894 aunque criticado por «privarle de su encanto e intimidad original». Evidentemente no era aún el «tiempo de Mahler», que transcribiría este cuarteto de Schubert que «El Quiroga» tiene dominado hace tiempo, por lo que con la OSPA en este séptimo, recrearían cual encaje de bolillos todas las filigranas de los cuatro movimientos en una lección de coordinación total, vistiendo la muerte con tensión sincronizada en el inicio para dejarnos la doncella feliz con verdadero hilo de oro en el final. Sonido limpio, claridad expositiva, riqueza dinámica, silencios sobrecogedores e incluso el vértigo del presto rematando un concierto donde todo concuerda cuando la cuerda funciona y las manos maestras ayudan, comparten y convencen. Merecidos aplausOS PAra todos, esperando no se pierda el hilo de colaboración con mi siempre admirado Cuarteto Quiroga en proyectos tan esperados como este de éxito rotundo.

¡¡Feliz cumpleaños Aitor Hevia en tu tierra!!

Lars Vogt siempre joven en nuestro recuerdo

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Lunes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: David Fray (piano), Orchestre de Chambre de Paris, Nil Venditti (directora). Obras de Mendelssohn, Mozart y Bizet.

Nuevo concierto de las jornadas ovetenses que se dedicaba a la memoria del pianista y director de esta Orquesta de Cámara de París Lars Vogt, fallecido el 5 de septiembre de 2022 tras una larga enfermedad, y a quien aún recuerdo de su anterior concierto con la Real Philarmonia de Galicia. Programa con «obras de cabecera» contando para esta gira española, que ponía el punto final en «La Viena Española», con el francés David Fray (Tarbes, 1981) al piano y la dirección de la turco ítalo-turca Nil Venditti (Perugia, 1994) que tan buen sabor de boca dejase al frente de la OSPA el pasado mes de noviembre. ¡Qué rápido pasa todo! al menos la música siempre permanece…

Tres páginas de repertorio organizadas como siempre: obertura (Mendelssohn), concierto de piano (Mozart) y sinfonía (esta vez del francés Bizet, verdadera «rareza juvenil» que también disfrutamos en este Auditorio de Oviedo por la OSPA en el aparentemente lejano octubre de 2020 de recuerdos pandémicos), este lunes con la Orquesta de Cámara de París que hace cuatro años nos trajo a Emmanuel Pahud en esos conciertos históricos, partituras que comparten mucho «romanticismo» por la juventud (incluida la directora), vitalidad y precocidad en la composición de las tres obras (Mendelssohn escribió con 21 años la obertura, el concierto de Mozart con la misma edad, y la primera sinfonía de Bizet con sólo 17).

La Obertura «Las Hébridas», op. 26 (1830-32) de Felix Mendelssohn (1809-1847), también conocida como «La gruta del Fingal» está llena del halo romántico entendiédolo como viaje, literario, musical y real como es el caso del compositor alemán tras la visita a la Escocia que tanto recuerda mi Asturias de «ñublu y orpín» cada vez que la escucho, y que la Orquesta de Cámara de París con Venditti traía bien rodada en esta gira española, y la percibí con más luz de la esperada pues la pasión de la directora la llevó a dotar esta música programática con más espuma en las olas rompiendo que los claroscuros propios, brillo orquestal para una formación camerística bien equilibrada en todas sus secciones como bien trabajó con ella el hoy recordado Lars Vogt.

David Fray sería el solista del Concierto para piano n° 9, K271, «Jeunehomme» (I. Allegro – II. Andantino – III. Rondo: Presto) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), que el propio compositor llevó por Manheim y París, y que no siempre encontró el mismo latido desde el podio, cual cierto duelo de egos donde ninguno se impondría, adoleciendo de una concertación más precisa en los finales de las frases, adelantándose unas décimas el piano, pero que nos dejó una versión subyugante por parte del pianista francés, sin el reposo necesario y con mucha introspección.

No hubo la limpieza deseada en los cromatismos ni un pedal más preciso, tampoco excesiva fuerza -sobremanera en la mano izquierda- en este concierto que reúne lo mejor del lenguaje operístico (que el propio Fray reconoce en la entrevista para LNE que dejo a continuación), pero al menos sus pianissimi fueron excelentes y las cadencias lograron acallar toses por lo delicadas e intimistas, especialmente la del segundo movimiento, «cantando» como se espera del genio de Salzburgo. La sincronía resultó mejor en el último Rondo: Presto exigente de «tempi» para todos, con el paréntesis del cambio de aire retomando el deseado latir único que faltó en los anteriores.

Y para demostrar la calidad y calidez pianística, Fray nos regaló el Impromptu nº 3 en sol bemol mayor, D.899 de Schubert (1797-1828) que tiene grabado, otra obra juvenil, de interpretación esta vez bien reposada, buscando la exquisitez del sonido sin más ego que el propio del piano, ya liberado de compartir la misma dirección.

No debemos olvidarnos al Georges Bizet (1838-1875) orquestal, y pese a tratarse de una obra académica compuesta en Roma en 1855, esta Sinfonía nº 1 en do mayor (I. Allegro vivo – II. Adagio – III. Allegro Vivace – IV. Finale. Allegro vivace) sonó perfecta con Venditti y «la parisina«, totalmente entregados al impulso y pasión de la perusina con la plantilla perfecta para disfrutar de esta partitura que demuestra la inspiración clásica en Beethoven o Schubert escrita desde el estudio concienzudo y con pinceladas del lenguaje operístico con el que triunfaría en su vuelta a París, mucho más que con sus obras orquestales. Formación bien balanceada, disciplinada, de sonoridad clara y buenos primeros atriles (con maderas y metales a un excelente nivel) dejándonos una vital y juvenil primera sinfonía que la directora presentó en inglés e italiano antes de comenzar.

Y de nuevo el gracejo, simpatía, energía desbordante y pasión que ya exhibiese en su primera visita ovetense, Nil Venditti pidió al público votar Mozart o Rossini, división de opiniones y difícil «decidirse», pero tras el aire operístico de la sinfonía bizetiana, qué mejor propina que la obertura de La scala di seta del cisne de Pésaro, vertiginosamente llevada y contrastada en el tempo para jugar cada silencio con un auditorio totalmente ganado a base de humor, entrega y una orquesta (donde brillaron oboe y flauta) doblegada a la directora turco-italiana que volvió a contagiarnos su alegría desde la personal forma de entender estas músicas.

P.D.: Como curiosidad, llegando al auditorio con tiempo suficiente, me encontré una joven con deportivas y plumífero charlando con su teléfono por videoconferencia en inglés cual alumna de Erasmus esperando entrar al concierto… Mi sorpresa al ver que se trataba de la directora, a quien en broma le pregunté tras esperar a que finalizase su conexión si estaba todo preparado (Are you ready?). Risas y buen recuerdo de su paso anterior dirigiendo la OSPA, con cariño y gratitud.

La luz de la música

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Sábado 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Alice Sara  Ott (piano), Oviedo Filarmonía, Shiyeon Sung (directora). Obras de Augusta Read Thomas, Ravel, Bernstein y Stravinsky.

Sábado gris de orbayu pero con luminoso programa para las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que colmaron las expectativas con un lleno también de tristes y habituales estertores a los que sumar algún portazo y caída de paraguas, normalmente en los entretiempos pero también «a destiempo» como claros signos de aburrimiento ante obras que para algunos todavía siguen siendo muy «modernas» aunque tengan más años que su propia mala educación.

Cuatro obras exigentes para una Oviedo Filarmonía (OFIL), hoy reforzada con alumnado del CONSMUPA, madura, flexible, capaz de «cambiar el chip» con una facilidad asombrosa, y que hoy lo dieron lo dieron todo bajo la batuta de Shiyeon Sung (Busan, 1975), por momentos tensa pero siempre atenta al detalle, buena concertadora y con un repertorio donde no tuvo respiro. Siempre existen desajustes puntuales y mínimos problemas de afinación rápidamente resueltos, pero está claro que la orquesta ovetense rinde al máximo y las batutas expertas saben hasta dónde «apretar» sin forzar.

El compromiso de programar una compositora en cada concierto subió el listón femenino con la citada directora sucoreana y la pianista germano-japonesa que sería el plato fuerte del concierto. Como un homenaje a Clara Wieck, otra pianista y compositora que renunciaría a su carrera, la neoyorkina Augusta Read Thomas (1964) escribe Clara’s Ascent (2019) para orquesta de cuerda en el 200 aniversario de Clara Schumann, un expresivo juego de tímbricas agudas y graves, como lucha entre sombras y luces desde una aparente simpleza donde las dinámicas son protagonistas para conseguir el colorido que no es melódico. Como escribe el doctor Jonathan Mallada en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) «Thomas dota a su pieza de un fuerte componente expresivo a través de la dialéctica que supone contraponer, en una textura liberada, las sonoridades grave y aguda de la cuerda, encarnando este último elemento el alma de Clara. De este modo, a lo largo de los ocho minutos que dura la obra, el oyente asistirá a la victoria de la línea melódica más aguda, dentro de una atmósfera natural y efectista generada por la simplicidad de los medios utilizados y por el manejo del volumen. Clara se impone simbólicamente a las tinieblas representadas por violonchelos contrabajos, rubricando un sentido y respetuoso homenaje a una de las pioneras –en cuanto a su trascendencia– del mundo compositivo femenino».

Un buen inicio para templar la cuerda ovetense que tardó algo en «calentar» pese a los intentos de la maestra Sung por sacar a la luz entre toses esta breve partitura de nuestros días, cellos y contrabajos a pares pero de sonido rotundo, más los violines y violas completando la paleta musical que brillará sobre la oscuridad en este homenaje femenino singular.

Toda la luz musical nos la traería el piano de la esperada Alice Sara Ott (Munich, 1 agosto 1988), fogosa delicadeza, pasión roja y desnudez de pies. El Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937) tiene todo el colorido norteamericano de referentes en Gerswhin al que conocerá personalmente, pero con la luz cantábrica del compositor hispano francés, Ciboure y la playa de San Juan de Luz con los aires de jazz que llegaban a Europa. Allegramente ya muestra esas influencias del otro lado del océano. Ritmo contagioso, brillo del piano y base orquestal poderosa bajo la batuta de Sung que tardó en encontrar el tempo exacto pero con «Alice in Wonderland» por todo lo que la germano-japonesa aportó desde el piano. Evanescente el Adagio assai con el piano de Ott que emerge desde una sonoridad cristalina llena de esencias melódicas para enlazar con una orquesta aterciopelada, el arpa (Danuta Wojnar) junto al piano dando las pinceladas impresionistas llenas de delicadeza con el toque puntillista del corno inglés (Javier Pérez), antes de afrontar el Presto voluptuoso, pugna luminosa entre solista y orquesta pintada por Sung, deslumbrantes fuegos de virtuosismo iluminando un auditorio que aclamó la interpretación.

Sin perder la atmósfera cosmopolita de todo el concierto y la creada en ese París hoy tan presente, nadie mejor que Erik Satie (1866-1925) y su primera Gnossienne «Lent» que Alice Sara Ott nos susurró en un piano etéreo, lleno de sonidos escondidos, delicado, con unos armónicos que flotaban en el aire por unos dedos que caían sobre las teclas como gotas de agua en sus pies desnudos, «inicio y final, transparencia y opacidad» como lo describe el sello amarillo del que la pianista es artista exclusiva.

Tras el descanso volvían los aires de gran ciudad, la inspiración en el jazz y la danza aumentando la plantilla para interpretar a Leonard Bernstein (1918-1990) y su Fancy free (1944), locura de ritmos metropolitanos y caribeños, el Gerswhin de Lenny que alcanza luz e idioma propio, percusión precisa y piano virtuoso de Sergey Bezrodni completando una plantilla que con Shiyeon Sung contagió toda la fuerza de este ballet ya aplaudido en el cuarto de los siete números de que consta. Toda la riqueza rítmica, sincopada, con las influencias de otros grandes como Copland o Milhaud confluyen en una partitura que Oviedo Filarmonía plasmó cual musical o lienzo cinematográfico en «Pop Art«.

La luz de los dos lados atlánticos y la música de baile que tanto supuso en el pasado siglo cerraría este sábado con Igor Stravinsky (1882-1971) y la suite de 1919 El pájaro de fuego, cinco cuadros sonoros bien contrastrados por la maestra Sung al frente de una OFIL entregada en todas las secciones (bien maderas y metales con soberbio solo de Ayala a la trompa), ritmos (a la altura con toda la percusión más el piano virtuoso), melodías (perfecto de nuevo el corno con el cello de Chordá, y bellísima la de  Schmidt a la flauta con el arpa), y armonías sacando músculo sinfónico, empaste, brillo y ampulosidad final, el auténtico fuego tras un recorrido de cuento o película Disney con música del ruso plasmada en una partitura que sigue siendo un referente orquestal. Como escribe Mallada «Stravinsky confeccionó una partitura que aunase la riqueza orquestal aprendida de su maestro Rimski-Kórsakov, la variedad del folclore tradicional ruso y las vanguardistas armonías de la música francesa».

Otro sábado luminoso y colorido en lo musical que compensa el grisáceo y caluroso día atípico de este marzo que pide primavera en pleno invierno.

Clásicos y románticos

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Lunes 13 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Viviane Hagner (violín), Mozarteumorchester Salzburg, Trevor Pinnock (director). Obras de Beethoven, Mendelssohn y Mozart.

No me canso de repetir que la oferta musical de Oviedo la convierte en «La Viena Española», y desde Salzburgo llegaba en su gira por Gerona, Barcelona, Zaragoza, San Sebastián, Madrid, Sevilla, Oviedo y Valladolid la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo con el mítico Trevor Pinnock (1946) al frente sin «La Pires» pero con «La Hagner«, no vino la (re)conocida pianista portuguesa a la que tampoco importaría que repitiese, pero sí la violinista muniquesa de fama internacional, volviendo a poner en el mapa la capital asturiana cinco años después.

Vengo escribiendo hace tiempo lo decimonónicos que siguen resultando muchos programas de los conciertos, no ya por el repertorio (donde sigue ausente la música actual) sino por la forma de organizarlos. Claro que viniendo de Salzburgo y manteniendo esa tradición secular, el de este lunes parecía normal mantener el formato de obertura (Beethoven), concierto solista (Mendelssohn) y sinfonía (Mozart). Al menos las excelentes notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén aportan siempre detalles que los melómanos agradecemos.

La orquesta de Salzburgo en formación camerística ideal comenzaría con la Obertura «Coriolano», op. 62 de Ludwig van Beethoven (1770-1827), el misterio y el drama donde los silencios son tan protagonistas  como la propia instrumentación, cuerda transparente como el cristal de Bohemia, madera exquisita como tallada, metales naturales así como los timbales, sonoridad impecable e interpretación perfecta con un Pinnock aún enérgico y vital al que no le pesan los años, y que mantiene su rigor historicista junto al sonido actual: articulaciones enérgicas en el tempo vivo con respuesta perfecta «llevando de la mano» a esta orquesta capaz de rozar la perfección en el directo.

Y la violinista muniquesa, aunque afincada en Berlín, Viviane Hagner (1977) nos maravillaría con el Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Felix Mendelssohn (1809-1847), pues si el sonido es limpio y brillante, contar con una orquesta que mima a los solistas, el resultado solo podía ser óptimo. Trevor Pinnock consigue que escuchemos todo lo escrito con las presencias en su punto, dominando las dinámicas para que el violín nunca pierda protagonismo ni volumen, amén de las cadencias donde «La Hagner» sonó perfecta por técnica, con una elegancia y musicalidad extraordinarias. Y de nuevo el respaldo de la orquesta, en número «exacto» para este concierto, «tempi» ideales y el enlace entre I. Allegro molto appassionato y II. Andante – Allegretto non troppo con un fagot aterciopelado, que siempre sonó a gran altura a lo largo del concierto. El último III. Allegro molto vivace remató una interpretación brillante, esplendorosa, clara, con un empaste entre violín y orquesta envidiable de este conocido concierto, bajo el mando del maestro Pinnock siempre preciso y con la respuesta exacta de los músicos, mostrando un envidiable estado de salud.

Como guiño al público español Viviane Hagner nos regalaría el arreglo que Ruggiero Ricci hiciese de la conocida Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, diría que mejorando el original para guitarra porque el sentido que la profesora alemana dio a cada frase demostró que el virtuosismo es necesario pero al servicio de la musicalidad todavía más, por lo que no es de extrañar que esta violinista sea llamada por las mejores orquestas y directores mundiales pues su madurez además de larga trayectoria (debutó con 12 años) es su mejor tarjeta de presentación.

No podía faltar en esta orquesta que fundase allá por 1841 Constanze Weber la música de su primer esposo, el genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). De su amplia producción eligieron para Oviedo la antepenúltima de sus sinfonías, que son casi el puente puerta al romanticismo de la primera parte, aunque sin los oboes. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K 543 la llevó Pinnock con todo el magisterio de su larguísima experiencia, de nuevo apostando por metales y timbales naturales, toda la sección de viento en estado de gracia pero especialmente la cuerda sedosa y homogénea, capaz de volverse pétrea sin resultar demasiado incisiva. El I. Adagio; Allegro sonó cual obertura operística escuchándose todo lo escrito por Mozart con el balance perfecto en todas las secciones y la gama dinámica amplísima que atesora esta primera sinfonía del «trío final». Maravilloso comprobar el respeto por el aire indicado para el II. Andante con moto, difícil encontrar ese punto exacto sin «pasarse de frenada», pero la Mozarteumorchester Salzburg lleva esta música en sus genes y el director inglés sabe dónde incidir sin grandes gestos. Delicado y maravilloso el III. Menuetto e Trio con un dúo clarinete-fagot totalmente mozartiano y las trompas delicadas además de afinadas con la cuerda incisiva fraseando unitariamente desde unos matices perfectos. Del final, IV. Allegro, alegría contagiosa, sonoridad rotunda, magisterio del gran Pinnock marcando cada inflexión y dinámicas lo suficiente para lograr «una 39 de disco» e inigualable directo, el repertorio que dominan y disfrutan, contagiándolo a todos. No podríamos imaginar un ápice de hartazgo en interpretar y escuchar Mozart, pues es imposible.

Público entusiasmado con este concierto «esencial» para todos, casi rozando el lleno, sin faltar las toses rítmicas unas, a contratiempo (y destiempo todas), estertores entre los movimientos -que al menos en Mendelssohn no cabían- y mis vecinos traseros comentando todo en voz baja como si estuviesen en su salón, discutiendo por la propina antes del descanso que presumía tener en casa («¡Adagio de Albinoni, si lo sabré yo que la escuché cientos de veces!) y aunque «enseñar al que no sabe» sea una obra de misericordia, mejor callarme). El divertimento de la última propina mostraría ese sonido perfecto en todo, clásicos románticos sonando a Mozart o Martín i Soler, pues el genio de Salzburgo conocía bien al valenciano y nunca sabremos cómo hubiese sido la historia de haber vivido ambos muchos años más.

Una delicia volver a escuchar los dos oboes que retornaron para esta última joya antes de retirarse al merecido descanso, porque aún queda Valladolid para cerrar este «Tour español» con parada obligada en la capital asturiana. Como salimos del concierto con humor, continúo y termino comentando que si Mieres es como Salzburgo (o Caudalburg) al menos por el río separando ciudad y fortaleza, Oviedo es nuestra Viena española.

No hay quinto malo

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Viernes 10 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA: Shostakovich y la revolución. Daniel Müller-Schott (violonchelo), Ari Rasilainen (director); Benjamin Ziervogel (concertino invitado). Obras de Haydn y Shostakovich.

Hay una expresión, parece ser taurina, que dice «no hay quinto malo» y que utilizándolo musicalmente sobre las sinfonías suelo adaptarlo como «no hay quinta mala». Esta vez el quinto de abono de la OSPA (el día anterior en Gijón) ha sido  nuevamente para recordar: regresos de figuras conocidas, comenzando por Daniel Müller-Schott al que tengo en 2011 como primera reseña en mi blog antiguo, volviendo casi cada año con distintas formaciones, incluyendo la propia OSPA, y que nos traía de entre sus habituales conciertos el de Haydn (otra vez en menos de un mes), el director finlandés Ari Rasilainen (Helsinki, 18 febrero de 1959) al que siempre recuerdo desde su primera visita en 2003 con Carmen Yepes al piano, y ya con reseña en el blog en 2009 también «en otro quinto» además de ser «de mi quinta«, sumándose el austriaco Benjamin Ziervogel de nuevo concertino invitado, a la espera de cubrir esa plaza tan necesaria para una orquesta.

Contar con músicos conocidos ayuda a afrontar en las mejores condiciones un concierto que siguen organizándose como en el siglo XIX en cuanto al programa: un estreno -que no hubo esta vez-, participación del solista invitado y para cerrar una obra sinfónica, supongo que por cuestiones organizativas sobre el escenario, aprovechando el descanso para reubicar la gran plantilla que exige «la undécima» del siempre esperado Shostakovich, más con un director que domina estos repertorios.

El chelo de Daniel Müller-Schott (Munich, 2 de noviembre de 1976), un “Ex Shapiro” Matteo Goffriller, fabricado en Venecia en 1727, es una delicia de sonoridad y color, proyección, limpieza y musicalidad, por lo que el primer Concierto para violonchelo y orquesta en do mayor, Hob.VIIb,1 de F.  J. Haydn (1732-1809) resultó ideal, especialmente en las «cadenzas» de cada movimiento (Moderato – Adagio – Allegro molto), curiosamente sin escribir por Haydn y dejando al solista libertad para ellas, mientras una OSPA casi camerística en esta primera parte, al mando de Rasilainen mantuvo una interpretación «pulcra y aseada», bien concertada y con los tempi adecuados al lucimiento del solista alemán ciñéndose a las indicaciones de la partitura, algo menos rápidos que en otras versiones del alemán. Se nota que tiene este concierto más que «rodado», por lo tanto técnicamente es impecable y sigue emocionando aunque le faltase ese plus de musicalidad que se espera en un virtuoso de su altura, si bien la «contención» se agradeció para poder disfrutar cada intervención suya, y hasta redescubrir esa herencia barroca vivaldiana de «papá Haydn«. Puede que cualquiera de los demás conciertos que el muniqués tiene en su amplio repertorio (Elgar, Walton, Dvorak, Schumann, Saint-Saëns, Lalo…) hubiese resultado más lucido incluso para nuestra OSPA, pero supongo que deben «tenerse en dedos» todos pues nunca hay dos días iguales y cada concierto siempre es único e irrepetible en los directos, tanto para los intérpretes como para el público.

No defraudó Müller-Schott en sus dos propinas donde sí disfrutamos de lo esperado, primero Prayer de Ernest Bloch (1885-1959) de Jewish Life, en versión solo, auténtica plegaria que en este quinto parecía una «oración» para acabar definitivamente con la pandemia de toses que no faltó de inicio a fin en este viernes, pese a no haber mucho público (sigue siendo preocupante), y que incluso hubo quien llegó solo a los llamados «encores».

Una deliciosa interpretación con el cello llenando cada rincón de la sala principal del auditorio ovetense, para después regalarnos nuestro imperdible Bach con la Giga de la Suite nº 3 para su instrumento, aires de gaita que tan de cerca nos «tocan» y llegan a emocionarnos siempre en manos de grandes cellistas como Müller-Schott, de nuevo reposado en el aire pero dominando cada cuerda con un arco que sigue asombrando incluso plásticamente.

Dmitri Shostakovich (1906-1975) no puede faltar en las programaciones sinfónicas de cada temporada, siempre actual, potente en las orquestaciones, exigente para las grandes formaciones donde todas las secciones y primeros atriles tienen que darlo todo. La Sinfonía nº 11 en sol menor, op. 103 (subtitulada El año 1905) fue nuevamente impactante en las manos de un Rasilainen maduro, claro, preciso, exprimiendo partitura y músicos en cada compás, cada motivo, cada matiz en sus cuatro movimientos sin solución de continuidad, sin pausas, luchando contra el «enemigo pandémico», y manteniendo la máxima concentración.

Una verdadera montaña rusa de dinámicas, tiempos, emociones, más allá del relato revolucionario y de requiem que igual nos lleva a la Primavera de Praga que al angustioso y oscuro invierno de San Petersburgo, incluso la actual invasión rusa de Ucrania con tanto dolor acumulado. Cual banda sonora pudimos ir sufriendo cada capítulo (La Plaza del Palacio de Invierno – El 9 de Enero – Memoria eterna – Campana con toque a rebato) bien explicado en las notas al programa de Julia Mª Martínez-Lombó Test, para saborear una orquesta en perfecta sintonía con el podio, melodías populares que se transforman en relato interior. Imposible destacar solistas o secciones pues todo funcionó sin reparos: la cuerda al completo, equilibrada en plantilla y homogénea -sugiriendo se ponga tarima que haga de caja acústica para reforzar una mayor presencia de los contrabajos-, con las violas hoy todas  ellas protagonistas; el viento madera al completo, sin fisuras, con corno inglés o clarinete bajo impecables junto a un flautín «estratosférico»; metales apenas reforzados, afinados y empastados con buen protagonismo de la trompeta; celesta y arpa (solo una) completando una velada rotunda plena de matices extremos marcados al detalle por Ari Rasilainen; y tratándose de Shostakovich con la percusión inspirada, desde las melodías de timbal a todo el arsenal de esta «revolución sinfónica» que nunca defrauda: magistrales toques de caja, platillos y gong, el bombo redoblando, las campanas que parecen cerrar este relato musical… Una hora de tensiones, emoción y contención, volúmenes extremos muy cuidados y otra versión del maestro finlandés para el recuerdo, muy aplaudido por todos e intentando salir por la puerta equivocada (tomándoselo con buen sentido del humor tras una intensa undécima). Ya lo decía al principio, «no hay quinto malo».

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