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Meditando en El Salvador

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 24a). Conciertos matinales.

Sábado 12 de julio, 12:30 horas. Parroquia de Nuestro Salvador: Juan María Pedrero, órgano. Obras de Bach. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Penúltimo día de mi festival con sesión matutina dedicada a «Mein Gott» a cargo del organista zamorano afincado en Granada José María Pedrero (1974) en el fantástico órgano construido en 2001 por Paco Alonso, un tándem que sigue teniendo a la capital nazarí como referente para el llamado «rey de los instrumentos». Del instrumento del Salvador que ya he disfrutado en ediciones anteriores, destacar que la caja está directamente inspirada en dos órganos barrocos granadinos de principios del siglo XVII (uno otra joya aún conservada por el propio Alonso en el convento de San Jerónimo procedente del convento de Santa Paula, y en la traza del órgano que construyese para la iglesia de Santa María de la Alhambra el organero Gaspar Fernández de Prado en 1619. Con más de 1800 tubos y diapasón a 440 Hz siempre a una temperatura ideal de 20º C, Juan Mª Pedrero supo sacarle todas las combinaciones y registros del barroco alemán con aires de Sierra Nevada.

La web nos presentaba este sábado matinal con temperatura ideal en estas fechas:

Maestro entre los maestros
En el instrumento que Francisco Alonso construyera en 2001 para la Parroquia del Salvador, uno de los más importantes organistas españoles de hoy, Juan María Pedrero, profesor en el conservatorio de Granada, ofrece un acercamiento a la obra del más grande compositor para órgano de la historia, Bach. Desde la majestuosidad de la Pièce d’Orgue BWV 572 hasta la profundidad expresiva de An Wasserflüssen Babylon BWV 653, cada obra despliega su riqueza técnica y emocional. La Partite diverse sopra il Corale BWV 770 muestra la inventiva del maestro en la variación coral, mientras que la Toccata BWV 564 deslumbra por su virtuosismo en estilo fantasticus. Culmina el programa el imponente Preludio y Fuga en mi menor BWV 548, una obra monumental que encapsula su genialidad arquitectónica y musical.

De las excelentes notas al programa de mi tocayo vasco Pablo Cepeda que analizan las obras elegidas para este monográfico Bach, y tituladas El órgano en J. S. Bach: arquitecturas del infinito iré intercalándolas con mis comentarios:

El concierto que nos disponemos a escuchar nos brinda la oportunidad de recorrer la riqueza musical que Johann Sebastian Bach cultivó en diversos géneros organísticos. Juan María Pedrero nos presenta una ambiciosa y cuidada selección de obras que condensan la maestría compositiva de quien fue también un intérprete e improvisador excepcional. En ellas late un sutil equilibrio entre forma y espíritu: arquitecturas sonoras que apuntan al infinito y resuenan en lo más profundo del ser. Recorreremos esta geografía musical guiados por Pedrero y por la riqueza sonora del órgano de El Salvador, joya de la organería granadina, construido en 2001 por el maestro Francisco Alonso Suárez, que despliega una amplia representación de las distintas familias tímbricas del órgano barroco.

Todo órgano debe respirar para mantenerse vivo, cada vez que el aire hace vibrar sus tubos, por lo que enfrentarse al «dios Bach» además de una preparación previa del instrumento, el organista, cual deportista de cualquier disciplina, debe conocer en profundidad el terreno de juego, nunca igual, y. que en el caso del zamorano al «jugar en casa» fue llevando cada obra por los registros apropiados, un verdadero arte, estrujando no solo la cadereta interior sino el llamado «órgano mayor» y especialmente el pedal, jugando con los acopladores para sumar tímbricas, más un trémolo aplicado en los momentos justos.

Comenzamos con un gran pórtico Bachiano, su Pièce d’Orgue, BWV 572; pieza singular en la literatura para órgano de Bach, tanto por el título en francés como por su forma y estructura. En su primer movimiento –Très vitement– los tresillos en el teclado son el hilo conductor. En el Gravement, potente parte central a 5 voces con pedal, los retardos y disonancias del discurso polifónico nos remiten nuevamente al estilo francés. Tras un acorde suspensivo el Lentement final retoma la figuración rápida mientras la música se embarca en un largo y casi escheriano viaje descendente final.

El tema con las nueve variaciones de su Partite diverse sopra il Corale «Ach, was soll ich Sünder machen», BWV 770 fue la primera gran prueba del abanico desplegado por Pedrero Encabo en el órgano de El Salvador, contrapuntos claros eligiendo el teclado idóneo para combinar violones y flautados.

La partita coral es un conjunto de variaciones (partita diverse, en palabras del propio Bach) sobre una melodía de coral luterano, elaboradas según distintos modelos compositivos. Este género, nacido con Sweelinck y desarrollado por Pachelbel y Böhm, alcanzó una de sus cimas en Bach. En la Partite diverse sopra il Corale «Ach, was soll ich Sünder machen», BWV 770, el tema se presenta de forma homofónica, con cierto sabor francés en su ritmo, y se transforma a lo largo de nueve variaciones que despliegan diversas técnicas contrapuntísticas.
La fama de Bach como virtuoso tanto a los teclados como al pedalero –bien documentada en las crónicas de su tiempo–, queda completamente justificada en su Tocata, Adagio y Fuga en do mayor, BWV 564, un grandioso tríptico musical. Se abre con una Toccata de brillante virtuosismo y diálogo entre teclado y pedal. Le sigue un Adagio de inspiración italiana, ornamentado y expresivo, con una melodía solista sobre un acompañamiento sobrio. Tras un Grave de carácter denso y modulante, culmina en una Fuga vitalista cuyo tema remite al inicio de la obra.

Anteriormente hablaba del pedalero de registros varios, donde la elección es fundamental. Sin abusar de los tubos de 16 pies, clarines y trompetas bien combinados demostraron no solo el virtuosismo con los pies sino la escritura de «mein Gott» en su etapa de Weimar, aunque el órgano acompañaría al kantor toda su vida. Y los corales luteranos además de fuente de inspiración, al órgano nos permite escuchar ese canto del pueblo con unos flautados bien combinados.

El preludio coral An Wasserflüssen Babylon, BWV 653, describe musicalmente la nostalgia del pueblo de Israel durante su exilio en Babilonia. La melodía del coral luterano aparece en la voz intermedia de tenor mientras que en el pedalero recaen en las dos voces inferiores de esta obra de textura inusual y con estructura interna circular.

Y tras todo el derroche sonoro, matizado, tímbricamente ideal con una ejecución siempre clara y precisa por parte de Pedrero, el mejor cierre de esta mañana sabatina con uno de los «monumentos organísticos»:

Concluimos este viaje con una de las cumbres del repertorio organístico de J. S. Bach: El Preludio y Fuga en mi menor, BWV 548. Obra de madurez, destaca por su ambiciosa escala y la riqueza de sus recursos musicales. El preludio evoca el espíritu del concierto barroco, estructurado en tres episodios que alternan el diálogo entre ripieno (tutti) y solista. La fuga, la más extensa escrita por Bach para órgano, despliega un tema que se expande desde la tónica hacia los extremos del teclado, integrando pasajes solistas y una arquitectura ternaria, para concluir en un brillante acorde mayor.
Bach conjuga el orden con la emoción, la lógica con el misterio.

Silencio sepulcral mientras el preludio hacía meditar y la esplendorosa fuga me llevaba hasta mi «ruta Bach» que guardo en la memoria para volver a interrogarme sobre la grandeza compositiva del que siempre defenderé como «padre de todas las músicas». Si en la historia se habla «a. de JC» y «d. de JC», para la música deberíamos referirnos y cambiar JC por JSB, quien además escribía Soli Deo Gloria cual testamento para la posteridad.

Pablo Cepeda nos pedía al final de sus notas: «Disfruten de todo ello» y lo hemos cumplido religiosamente.

Aún me queda día y medio para poner punto y final a esta edición donde el órgano sigue teniendo sus espacios.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Fantasía en sol mayor «Pièce d’Orgue», BWV 572  (Weimar a. 1717, revisión c. 1720/25)
Très vistement
Gravement
Lentement
Partite diverse sopra il Corale «Ach, was soll ich Sünder machen», BWV 770 (Arnstadt a 1708, copia más temprana c. 1710/14)
Toccata, Adagio y Fuga en do mayor, BWV 564 (Weimar c. 1710/17?, fuente más temprana c. 1725)

An Wasserflüssen Babylon, à 2 clav. et pedal, BWV 653 (Weimar, rev. en Leipzig c. 1740)

Preludio y Fuga en mi menor, BWV 548 (Leipzig, entre 1727 1731)

Embrujo de luna llena

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 22). Danza.

Jueves 10 de julio, 22:30 horas. Teatro del Generalife: Eva Yerbabuena: A Granada. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Noche de luna llena y el alma granadina con la danza flamenca que convirtieron El Generalife en un gigantesco Sacromonte con mucho nativo, más turistas y hornadas de visitantes que no querían perderse un espectáculo sobrio en este marco que, sin ser aficionado al flamenco, tuvo momentos de «pellizco» junto a otros con la sensación de improvisación (siempre necesaria) en un género y «palos» que todos dominan, con el decorado natural de los cipreses, unas luces sin gran despliegue pero eficaces, más una sonorización con algunos «errores» que no siempre estuvo atenta, reconociendo lo difícil de trabajar con tanto micrófono inalámbrico: canales bajados, ecualización desequilibrada donde los graves retumbaron en demasía, palmas y jaleos junto a la percusión muy potentes, mejor las voces (amén del despiste de tardar en abrir alguna a tiempo) pero la omnipresente y casi protagonista guitarra no siempre lució en los punteos aunque sí en los rasgueos y ritmos, incluso más que la parte electrónica.

La medalla de esta 74ª edición del Festival le fue concedida a la protagonista de la noche, la bailaora Eva Yerbabuena bien respaldada por su «cuadrilla» e invitados de lujo.

En la web se presentaba esta vigésimo segunda noche con luna llena:

Reencuentro mágico en el Generalife
Premio Nacional de Danza 2001, Eva Yerbabuena regresa al Festival de Granada para rendir homenaje a su ciudad. Nacida circunstancialmente en Frankfurt, a donde emigraron sus padres, la artista granadina es ya una de las grandes damas del baile y cumple más de un cuarto de siglo con su compañía. Según sus palabras, «no hay nada más contemporáneo que el flamenco». Y en esa línea, este espectáculo adquiere un eminente paralelismo con las coreografías que su admirada Pina Bausch realizó en homenaje a diferentes ciudades europeas como Palermo o Madrid. Lo que es seguro, es que Yerbabuena hechizará de nuevo con su baile asimilado entre la tradición y las nuevas formas expresivas, sobre el escenario del Generalife y con la sobriedad que le caracteriza.

Evidentemente esta granadina, a quien nacieron en Alemania, volvió a hechizar con su arte. La plasticidad y belleza de las fotos de mi admirado Ferminius que sabe captar los momentos oportunos, serán la mejor expresión a mis palabras, con los textos de las notas al programa de Rosalía Gómez que titula Un raro equilibrio entre la luz y la oscuridad:

Como sucede con Antonio (Ruiz Soler) o Manuela (Carrasco), Eva (Eva María Garrido García, Eva Yerbabuena) pertenece a esa breve nómina de artistas que no necesitan apellidos para ser reconocidos por los aficionados. Su personalidad artística se forjó en una fragua en la que a los bailes y los cantes más añejos de su Granada se fueron añadiendo, gracias a una inquietud sin límites y a una técnica impresionante, fruto de su don y su tesón, numerosos ingredientes de la danza y el teatro más contemporáneos. Una aleación que ha hecho de ella una de las banderas de la vanguardia flamenca. A lo largo de su trayectoria, Eva Yerbabuena nos ha contado muchas historias –personales, familiares o sociales– y ha homenajeado a sus poetas de referencia. A veces directamente, como hizo en A cuatro voces con Miguel Hernández, Blas de Otero, Aleixandre y Federico, al que, como buena granadina, ha regresado en varias ocasiones. Su Federico según Lorca fue uno de los hitos de este Festival en 2011, en este mismo escenario, como lo fue, en el de 2019 su delicioso trabajo Cuentos de azúcar, en el que compartía escenario con la cantante japonesa Anna Sato.

Ahora, atravesada la barrera del medio siglo, la artista no tiene nada que demostrar. Después de realizar espectáculos con un gran número de bailaores y bailaoras, de recurrir a diferentes directores, discursos, artistas invitados y lenguajes, especialmente el de la danza contemporánea, espoleada quizá por la que fuera su amiga, la mítica Pina Bausch, Eva no vuelve –no hay regresiones en el arte– sino que sigue avanzando en una continua transformación.

De este modo, en este, su último trabajo, la granadina ha decidido desprenderse de todo, salvo de lo que para ella es esencial en este momento de madurez: su baile, la guitarra extraordinaria y cómplice de Paco Jarana y el cante. Una vez más el cante, que para la bailaora «es la madre del flamenco, lo que me motiva para bailar», es, junto a la guitarra de su compañero, el motor de este décimo noveno espectáculo, como lo era ya en 2008, cuando celebraba en este escenario, con ocho magníficas voces, los diez años de su compañía. Esta vez, Miguel Ortega, Segundo Falcón, Ezequiel Montoya y Manuel de Ginés serán los cuatro paladines que la acompañen, junto a dos invitadas de excepción: Marina Heredia, siempre poderosa y exquisita, y Esperanza Garrido, dulce exponente de la nueva generación de cantaoras.

A Granada parte de Yerbagüena (oscuro brillante), un espectáculo único y múltiple que, centrado en su propia esencia y hecho para el disfrute de todos, ha recorrido escenarios como los de la Bienal de Flamenco –en su versión Solo para Sevilla– o el Festival de Jerez, desde su estreno en Madrid en 2023.

En un escenario vacío, la pieza se escande en cuatro tiempos. Siempre a la búsqueda de ese difícil equilibrio que existe entre la oscuridad y la luz, Eva aparece aquí en estado puro, enorme en el escenario, y comienza con unas bulerías por soleá para dejar claro su poder desde el primer instante. Luego vendrán los tientos y la arrebatada sensualidad de los tangos de Granada, la dramática sobriedad del taranto y un final exultante por alegrías con bata y mantón, como dicen que está mandado.

Y en ese recorrido cambiante, trémulo entre la luz y las sombras, mil destellos: las percusiones de Daniel Suárez, una ronda de fandangos antológica, la presencia rítmica de El Oruco, una reveladora granaína… y un invitado de excepción como es el bailaor, también él de Granada, Manuel Liñán.

Otra velada para recordar. Seguro.

Y lo fue como intentaré reflejar. Yerbabuena torera de negro y azabache, paseíllo de salida al ruedo en silencio, con los «subalternos» incorporándose comenzando ya el espectáculo con un cuadro en movimiento estático (y perdón por el oximorón).

 

Invitados artistas completos, bailadores y cantantes de timbres variados, protagonistas de una faena colectiva donde más que tercios toreros eran imágenes clásicas que alternaban con la modernidad electrónica, con el sevillano José Manuel Ramos “El Oruco” uniendo percusión y baile.

Voces de bailadores y todos a las palmas, taconeo, expresividad de pie o sentados, arropando y jaleando a Yerbabuena en todos los palos, con otro sevillano de pura cepa como Paco Jarana en una impecable guitarra que no se detuvo más que en los «cambios de cuadro», incluso cambiando su posición desde la penumbra al primer plano, todo un catálogo de bulerías por soleá, tientos, tangos de Granada, el taranto y el final por alegría. Acertados los juegos vocales de timbres similares en tesitura pero diferentes en «jondura», destacando para mi gusto Ezequiel Montoya.

Originalidad y tronío con la elegancia luminosa en la voz de Esperanza Garrido, invitada de lujo, la mezcla de tradición y vanguardia con la gran dama del flamenco bien jaleada, Eva dejándonos otro de los momentos de arte y emoción en su casa desde el Tablao Monumental del Generalife.

Con una percusión que suma pies y palmas como instrumentos,  mandando y marcando, cuadros estéticamente logrados en otro de los momentos de emoción con la pareja Yerbabuena y Liñán brindándonos imágenes toreras por el manejo de un mantón rojo cual capote hecho muleta, abrigo y templanza, espejo y sombra en una faena maestra.

No hay danza sin música, pero sí el cante puro y «a pelo», no siempre con guitarra, y otra invitada de casa, el desgarro y magisterio de Marina Heredia, coreografía vocal jugando con unos taburetes de movimiento circular que actualizan y modernizan la silla flamenca, con una voz «poderosa y exquisita».

La modernidad electrónica y el baile clásico, el vestuario elegante y el manejo de la cola regia que se recoge y nunca pisa, elevada para un zapateado coreado con la música original de un Paco Jarana incansable, o la interesante fusión de los cuatro cantaores incorporándose a un pie de micrófono en un cuadro polifónico cacofónico, casi en canon, en otro paseíllo de la luz a la sombra, genéticas de pura raza andaluza.

Cambios de «cuadro» dando brillo a estas pinturas negras más lorquianas que goyescas, del rojo pasión a la tierra yerma con otro mantón bellísimo, manejo más que torero puro flamenco, cantaores que palmean y danzan desde la silla, el cuarteto con Segundo Falcón desgarrador, Miguel Ortega agudo y delicado, el ya citado Ezequiel Montoya exquisito en las alturas, y Manuel de Ginés de «temple y rasga», alternando solos en una unidad coreográfica bien armada cual «cuatro tenores» en un «duelo de gallos» flamenco a más no poder.

Emoción, sobriedad e intensidad a lo largo de un espectáculo donde el fin de fiesta volvió a la esencia flamenca «exultante por alegrías con bata y mantón, como dicen que está mandado», todos compartiendo solos en un cuadro pasional con jaleos, palmas, zapateados, y volver a disfrutar de Marina y Esperanza al cante, compartiendo en primera fila otro baile de Eva y Manuel en un lenguaje único y universal, embrujados por la luna.

Una hora y tres cuartos de espectáculo de raíz donde vivir y escuchar el agradecimiento a una Granada que enamora en todo y por todo: entornos, paisaje, historia, cultura y gastronomía, ARTE con mayúsculas donde el flamenco sigue vivo y llenando allá donde va. Magia popular de nuestro patrimonio universal.

INTÉRPRETES:

Eva Yerbabuena baile

Paco Jarana guitarra

Segundo Falcón, Miguel Ortega, Ezequiel Montoya y Manuel de Ginés cante

Daniel Suárez percusión

José Manuel Ramos “El Oruco” percusión y baile

Artistas invitados:

Marina Heredia

Manuel Liñán

Esperanza Garrido

A Granada

Idea original, dirección artística y coreografía: Eva Yerbabuena

Composición y dirección musical: Paco Jarana

Vestuario: López de Santos

Iluminación: Fernando Martín

Director técnico: Ángel Olalla

Producción: Eva Hierbabuena S.L. – Manuela Franco

Distribución: Peineta Producciones

Barroco de Sevilla a Granada

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Miércoles 9 de julio, 21:00 horas. Iglesia del Monasterio de La Cartuja: Orquesta Barroca de Sevilla, Aurora Peña (soprano), Ignacio Ramal (violín y dirección). Obras de Handel, Ferrandini, Juan-Alfonso García y Vivaldi. Fotos ©Fermín Rodríguez.

Volvía en este vigésimo primer día de mi festival a la bellísima iglesia barroca del Monasterio de La Cartuja granadina con un música de la misma época llegado desde Sevilla plenamente universal ¡y actual!, donde no faltó el homenaje a Juan-Alfonso García y una acústica con reverberación ideal para las obra instrumentales aunque no tan buena para la voz, sumándole un calor que nunca es bueno para los músicos. La web lo presentaba así:

Barrocos con García
La Orquesta Barroca de Sevilla es uno de los más importantes conjuntos españoles dedicados a música del período preclásico, pero este año se acerca al Festival para participar en el homenaje a Juan-Alfonso García en el décimo aniversario de su muerte. Lo hace con un programa en el que participa la soprano Aurora Peña y que tiene como centro el Tríptico del compositor extremeño-granadino, que condiciona el resto del recital con dos obras instrumentales especialmente célebres y otras dos piezas vocales también conocidas: primero, un lamento escrito por Ferrandini sobre la imagen de María ante el Santo Sepulcro (una obra que fue atribuida a Handel); después, un virtuosístico motete de Vivaldi, auténtica oración penitencial que refleja el temor a la justa ira de Dios y la esperanza en su misericordia.

La Orquesta Barroca de Sevilla (OBS) comandada por Ignacio Ramal (de quien la revista Codalario tiene como protagonista del mes en una amplia y documentada entrevista de mi querido Mario Guada) sonó perfecta de afinación (pese al calor cartujeño), empastada, con excelentes balances, «históricamente informada» y con una plantilla de cuerda donde alternaban clave y órgano, dando un sonido consistente que en este recinto es el ideal.

Iré intercalando en mis comentarios las notas al programa de Pablo J. Vayón: que titula Misterios barrocos. Así el concierto comenzaba con Handel (Haendel o Händel) y su Concerto grosso en si bemol mayor, op. 6 nº 7, en tres movimientos (Largo – Allegro – Largo – Andante – Hornpipe).

En el otoño de 1739, Handel dedicó unas semanas intensas a la composición de una serie de obras instrumentales concebidas para su siguiente temporada de conciertos en el Lincoln’s Inn Fields de Londres, donde alternaba óperas y oratorios. Para ello recurrió al modelo del concerto grosso que había consagrado Corelli, pero lo reformuló con mayor libertad estructural y una expresividad más variada. Así surgieron los doce conciertos del opus 6, entre los cuales el nº 7 destaca por su estructura en cinco movimientos, que alternan tiempos lentos y rápidos, y culmina con un Hornpipe brillante, adaptación de una danza de Georg Muffat.

La alternancia de tiempos, ritmos y contrastes desde una tímbrica compacta y los balances permitiéndonos escuchar todo lo escrito por el compositor de Halle nacionalizado inglés y enterrado en Westminster Abbey, quedó reflejada en esta primera obra antes de proseguir, ya con la soprano Aurora Peña (Valencia, 1990) en Il pianto di Maria, una Cantata sacra da cantarsi dinanzi al Santo Sepolcro del veneciano Giovanni Battista Ferrandini, de quien mi tocayo sevillano escribe:

Durante mucho tiempo se creyó que la cantata Il pianto di Maria era obra de Handel, pero hoy se acepta con firmeza que fue compuesta hacia 1735 por Giovanni Battista Ferrandini, músico veneciano que desarrolló buena parte de su carrera en la corte bávara de Múnich, donde también murió. La obra, destinada a ser cantada «dinanzi al Santo Sepolcro», está escrita para soprano solista y cuerdas, y se estructura en cinco recitativos y cuatro arias. Presenta varias singularidades: sólo el primero y el tercero de los recitativos son seccos, esto es, con bajo continuo, mientras que los demás son recitativos acompañados, con intervención de la orquesta. El último de ellos, que describe el temblor de la tierra, alcanza un dramatismo inusitado. En el aria «Sventurati miei sospiri», las dos secciones de violines se dividen, generando cuatro partes independientes que crean una textura inesperadamente rica. El lenguaje armónico de Ferrandini, contenido y emocional, convierte esta cantata en una de las más conmovedoras expresiones del barroco devocional.

Comentaba la acústica poco ideal para la voz, pero la soprano valenciana brillaría en cada uno de los recitativos y arias de esta cantata, que por momentos me recordaba a Pergolessi. El acompañamiento del orgánico ayudaba a dar y resaltar toda la expresividad de este «llanto de María» en italiano, que Aurora Peña iría desgranando con agilidades claras (aunque tan solo percibía las vocales), ese penar de la Madre de Dios de aires claramente italianos (pese a la atribución inicial que bien explica Vayón) que le va muy bien a las características y estilo de la valenciana.

La OBS proseguiría con la misma sonoridad rotunda, matizada, precisa y atemporal porque la calidad no entiende de distintas interpretaciones, el bellísimo Tríptico (1990) del «recuperado» y merecidamente homenajeado diez años después de su muerte Juan-Alfonso García (del que he vuelto a visitar su exposición en la Casa de Los Tiros y prometo dedicarle una entrada en mi vuelta a Asturias). De esta joya escribe mi tocayo sevillano:

El programa nos conduce a continuación al Tríptico (1990) de Juan-Alfonso García. Compuesta para la Orquesta de Cámara de Granada, esta obra se construye a partir de materiales anteriores reelaborados con un lenguaje personal que combina sobriedad, lirismo y profundidad expresiva. La primera sección es una reelaboración orquestal de una pieza organística previa basada en la célebre canción renacentista De los álamos vengo, madre; la tercera también procede de una obra anterior para órgano, mientras que la sección central enlaza dos citas significativas: un fragmento del Concierto para clave de Manuel de Falla y el Villancico del rey negro de Valentín Ruiz Aznar, maestro y referente del compositor. «Pertenezco a esta estirpe. Valoro mis raíces. Las reconozco. Soy árbol plantado a orilla de esta corriente», escribió García, reivindicando su lugar en una tradición musical viva y profundamente enraizada.

La OBS con Ignacio Ramal demostró la versatilidad y calidad para interpretar esta obra del «homenajeado» para orquesta de cuerda, donde disfrutar del lenguaje sobrio del organista de la Catedral de Granada utilizando unos motivos reconocibles y reelaborados con la maestría de quien conocía y reconocía nuestra herencia musical para traerla a nuestro tiempo ¡35 años después!, y mantenerla de plena actualidad. Una interpretación impecable con una formación (dejo más abajo la plantilla) ideal que esta orquesta barroca actualizó con la sonoridad perfecta y un entendimiento fruto de un impecable y arduo trabajo por parte de todos.

El plato fuerte para cerrar el recital sería Il Prete Rosso, primero su Sinfonia en si menor «Al Santo Sepolcro» que firmaría cualquier otro grupo «especialista» y parece que no valoramos lo que tenemos tan cerca. Dos movimientos (Adagio molto – Allegro ma poco) que Vayón describe y que la OBS enlazó con un «interludio» incorporándose al clave perlado de Alejandro Casal:

El programa regresa al Barroco veneciano con la Sinfonia al Santo Sepolcro de Vivaldi, un concerto ripieno concebido para la liturgia de Semana Santa. Se trata de una obra breve, de escritura contrapuntística densa y sorprendentemente cromática, que incluye una brillante doble fuga. Sirve esta sinfonía como introducción al motete In furore iustissimae irae, compuesto durante una estancia del autor en Roma en la década de 1720. La obra adopta la forma típica que Vivaldi dio a sus motetes: dos arias contrastantes separadas por un recitativo y un Aleluya final marcado por un virtuosismo vocal exuberante. La primera aria traduce la ira divina en un acompañamiento en unísonos violentos con marcados descensos cromáticos; la segunda, en contraste, es serena y doliente, casi un lamento, que se funde con naturalidad en el tono devocional y expresivo que recorre todo el programa.

El lenguaje vivaldiano está claro, con pasajes que nos recuerdan el verano de sus cuatro estaciones o el otoño en el último motete, de cromatismos y armonías semejantes con una orquesta especialista demostrando el por qué lleva años entre las orquestas históricamente informadas y sin complejos interpretativos.

La soprano Aurora Peña mostró unas agilidades claras, emisión perfecta, expresión adecuada, poderosa en su primer aria «In fuore iustissimae irae», un fraseado decitativo «Miserationum Pater piissime», jugando con los matices en el aria «Tunc meus fletus» y finalizar un conjunto con el Alleluia de recogijo para un público que llenó la iglesia del Monasterio de La Cartuja y aplaudió un recital de Misterios barrocos descifrados en este vigésimo día de Festival que ya encara la recta final hasta el domingo, con una propina que nos devolvía a Handel: Tu del ciel ministro eletto, de «Il trionfo del Tempo e del Disinganno» HWV 46a.

INTÉRPRETES:

Orquesta Barroca de Sevilla
Aurora Peña, soprano
Ignacio Ramal, violín y dirección

VIOLINES PRIMEROS:

Ignacio Ramal (concertino) – Ignacio Ábalos – Pablo Prieto – Raquel Batalloso

VIOLINES SEGUNDOS:

Miguel Romero – Fumiko Morie – Elvira Martínez – Andrés Murillo

VIOLAS:

José Manuel Navarro – Carmen Moreno

VIOLONCHELO:

Mercedes Ruiz

CONTRABAJO:

Ventura Rico

CLAVE Y ÓRGANO:

Alejandro Casal

PROGRAMA:

In memoriam

George Frideric Handel (1685-1753)

Concerto grosso en si bemol mayor, op. 6 nº 7, HWV 325

Largo – Allegro – Largo – Andante – Hornpipe

Giovanni Battista Ferrandini (c. 1710-1791)

Il pianto di Maria (Cantata sacra da cantarsi dinanzi al Santo Sepolcro):

Recitativo «Giunta l’ora fatal nel ciel prescritta»

Cavatina «Se d’un Dio fui fatta Madre»

Recitativo «Ahí, me infelice!»

Cavatina da capo «Se d’un Dio fui fatta Madre»

Recitativo «Ahimè ch’Egli già esclama ad alta voce»

Aria «Sventurati miei sospiri»

Recitativo «Sì disse la gran Madre»

Aria «Pari all’amore inmenso»

Recitativo «Or se per grande orror tremò la terra»

Juan-Alfonso García (1935-2015)

Tríptico (1990)

Antonio Vivaldi (1678-1741)

Sinfonia en si menor «Al Santo Sepolcro», RV 169:

Adagio molto – Allegro ma poco

In furore iustissimae irae (Motteto a canto solo con stromenti), RV 626:

Aria «In fuore iustissimae irae»

Recitativo «Miserationum Pater piissime»

Aria «Tunc meus fletus»

Alleluia

Pájaros nocturnos

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 19). Recitales.

Lunes 7 de julio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Pierre-Laurent Aimard, piano. Olivier Messiaen: Catálogo de aves (Catalogue d’Oiseaux). Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Como bien presentaba la web, este día de San Fermín sería El día de los pájaros:

Pierre-Laurent Aimard (Lyon, 1957) es, entre las grandes estrellas del piano, uno de los artistas que en el último medio siglo más atención ha prestado a los repertorios contemporáneos, comprometiéndose a menudo con proyectos especiales. Este lo es: un viaje único a través del Catalogue d’Oiseaux de Olivier Messiaen, obra monumental inspirada en los cantos de las aves que el genial compositor francés escribió entre 1956 y 1958 y dedicó a la pianista Yvonne Loriod, que sería desde 1961 su segunda esposa y que fue profesora de Aimard en el Conservatorio de París. En un formato excepcional, el pianista lionés interpretará las trece piezas de este ciclo en cuatro recitales, repartidos de la mañana a la noche por otros tantos lugares emblemáticos de la colina de la Ahambra. Y como colofón, antes del último recital en el Patio de los Arrayanes, el conocido naturalista madrileño Joaquín Araújo ofrecerá una conferencia sobre las aves y las sonatas del bosque.

Al pianista lionés tuve el placer de escucharlo hace diez años en Oviedo con un monográfico dedicado a Bach nada menos que con ¡el primer cuaderno al completo! de El clave bien temperado, por lo que al ver programado este monográfico ornitológico de Messiaen (Aviñón, 1908 – Clichy, 1992) que ya grabase en 2018, y recordando que además fue su maestro, en cierto modo no me sorprendió del todo (la duración total ronda las dos horas y tres cuartos), si bien la novedad radicaba en hacerlo durante cuatro sesiones el mismo día con cuatro escenarios distintos de la Alhambra, siendo el último precedido de una conferencia del naturalista y escritor Joaquín Araújo (sus intervenciones radiofónicas además de su archivo sonoro, como el de Messiaen, ha sido único) en el Palacio de Carlos V. Por cuestiones de aforo y horarios, tan solo pude asistir al de la noche en el Patio de los Arrayanes, que siempre es especial  y mi preferido de los recintos históricos del festival granadino. En todo Catalogue el compositor llega a emplear las vocalizaciones de 77 aves, organizando esta monumental obra en 13 cuadernos o cahiers, repartidos, a su vez, en 7 libros, más quiero añadir otra curiosidad: «la clasificación de los trece cuadernos en cada uno de estos siete libros proyecta un planteamiento bastante original, pues conforma un patrón numérico en forma de palíndromo (3-1-2-1-2-1-3). Tanto los números 1, 2 y 3, como el total de cuadernos (13) y el número de libros (7) son números primos», tal y como explica Gregorio Benítez en la web de la revista Melómano.

Como estoy rodeado de excelentes críticos, a algunos les leeré cuando publiquen para hacerme una idea de cómo fueron estos «Pájaros monumentales» aunque también en la tertulia posterior comentamos un mínimo avance del resultado y de este último compartido, con las fotos de ©Fermín Rodríguez que son las ilustraciones perfectas de los conciertos de este lunes.

Toda una experiencia como la vivida por Luis Gago que explica y relata en sus extensas notas al programa:

Y ¿hasta qué punto plasmó Messiaen con precisión los cantos de pájaros que llevó luego a los pentagramas? Él mismo aventuró una respuesta en 1959: «Todo es preciso: las melodías y ritmos del solista, los de sus vecinos, el contrapunto entre los dos, las respuestas, conjuntos y momentos de silencio, así como la correspondencia entre la canción y el momento del día. Los pájaros por sí solos son grandes artistas. ¡Son ellos quienes son los verdaderos compositores de estas piezas! Si en ocasiones decae la calidad musical, ello se debe a que el compositor, afuera en el campo, ha salido torpemente de su escondite o ha provocado un ruido perturbador al moverse con sus pies sobre la gravilla, al pasar una página o al tronchar una rama seca».

Quienes me conocen saben que soy noctámbulo por naturaleza, y poder escuchar la elección de Pierre-Laurent Aimard () para cerrar este «maratón Messiaen» parecía relatar mi propia historia con dos números del Livre 3, el V. La Chouette Hulotte (El cárabo. Strix aluco) y el VI. L’Alouette Lulu (La alondra totoví. Lullula arborea), y finalmente el VII. La Rousserolle effarvate (El carricero común. Acrocephalus scirpaceus) del del Livre 4.

Escuchar El cárabo me llevó a la pareja que anidaron muchos años en el bajo-cubierta de mi casa en Siana, el planeo desde el castaño al atardecer y los ruidos que escuchaba en el techo de la habitación hasta poder asomarme y verles sobre el calderín, hasta el día en que se colaron por la chimenea y mi primo David los devolvió a su guarida tras camuflarse debajo de las lámparas del salón y del despacho. Así sentí este número quinto que describe el lado más aterrador de la noche a través del curioso empleo de procedimientos seriales destinados a evocar la oscuridad, el miedo y la tenebrosa soledad de un bosque habitado por los aullidos de estas rapaces nocturnas como «mi» cárabo, el búho chico o el mochuelo.

Si la partitura de Messiaen es increíble, la interpretación de Aimard recrea por línea directa todo el lenguaje de su compatriota: el piano creando atmósferas que el estanque de los Arrayanes decoraba cual «video mapping» en el Palacio de Comares, manejo de todos los matices cuidados cual acuarelas para reflejar en el instante cada color, un piano cristalino como el agua y evocador de vuelos, noches de incertidumbre y la elegancia del planeo del cárabo.

La alondra totoví revoloteó, se posó, el piano trinaba en una sonoridad aguda controlada con una técnica y expresión únicas, el ritmo libre de un vuelo cantaba mientras los graves resonaban poderosos para «observar» con el oído una vegetación mecida por una breve brisa que solo Aimard puede plasmar con la hondura, conocimiento y expresividad escrita por Messiaen, y dos aviones sobrevolando como alondras tecnológicas de un tiempo eterno. Si el canto de esta alondra está constituido por una estrofa larga, que comienza de manera relativamente lenta, pero avanza con rapidez, acelerándose y haciéndose progresivamente más grave, el piano recreó lo capturado en la partitura por el «ornitólogo».

Y llegaba el enorme nocturno final con el carricero común, una estampa sonora de este pájaro hermoso, de tonos pardos uniformes y canto agradable, que busca las principales zonas húmedas del litoral y de los valles fluviales de la Península Ibérica y Baleares, ocupando formaciones de vegetación palustre, «visibilizándolos» en la música de Messiaen y su mejor intérprete, casi transmutación del carricero, un migrador transahariano que visita nuestro país y esta noche comía los insectos que el piano «capturaba». Casi treinta minutos donde degustar un piano colorido, rotundo, descriptivo, capaz de silenciar la noche con un aleteo en el agudo que nos hacía buscar en el cielo granadino si era un pájaro o la música quien protagonizaba esta noche nazarí.

Pierre-Laurent Aimard el mejor naturalista al piano, concentrado, entregado, mago del sonido, impecable ejecución y un intérprete que traduce al compositor como nadie en la actualidad.

Otro de los conciertos para recordar de esta 74ª edición que ya entra en su última semana, e iré contando puntualmente desde aquí.

PROGRAMA COMPLETO:

10:00: Fundación Rodríguez-Acosta

Pierre-Laurent Aimard, piano (1)

Olivier Messiaen (1908-1992)
Catalogue d’Oiseaux (Catálogo de aves. 1956-1958)

IV. Le Traquet stapazin

IX. Le Bourcarle

XII. Le Traquet rieur

12:30: Iglesia de Santa María de la Alhambra

Pierre-Laurent Aimard, piano (2)

Olivier Messiaen
Catalogue d’Oiseaux

XI. La Buse variable

VIII. L’Alouette Calandrelle

II. Le Loriot

III. Le Merle bleu

19:00: Parador de Granada

Pierre-Laurent Aimard, piano (3)

Olivier Messiaen
Catalogue d’Oiseaux

I. Le Chocard des Alpes

X. Le Merle de roche

XIII. Le Courlis cendré

20:30: Palacio de Carlos V

Encuentro con Joaquín Araújo (naturalista y escritor)

22:00: Patio de los Arrayanes

Pierre-Laurent Aimard, piano (y 4)

Olivier Messiaen
Catalogue d’Oiseaux

V. La Chouette Hulotte

VI. L’Alouette Lulu

VII. La Rousserolle Effarvate

Inquietud y sosiego

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 18a). Conciertos matinales.

Domingo 6 de julio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Trío Arbós. Juan-Alfonso García y la Nueva Música en Granada. Obras de Bach, Busoni, Sánchez-Verdú, Manuel Hidalgo, García Román y Francisco Guerrero. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Finalizando mi tercera semana de Festival volvía en sesión matinal al crucero del Hospital Real para seguir recordando a Juan-Alfonso en otra de la llamada «Nueva Música en Granada» que verdaderamente siempre suena nueva, y más en nuestro caso.

La web del Festival presentaba este aperitivo musical del domingo así:

La Nueva Música en Granada y Bach
El Trío Arbós presenta un fascinante diálogo entre Johann Sebastian Bach y la Nueva Música granadina, bajo el magisterio de Juan-Alfonso García. Juan Carlos Garvayo ha tomado algunos de los corales de Bach que Ferruccio Busoni transcribió para el piano y los ha convertido en piezas camerísticas vibrantes, que resuenan al contacto con la música de vanguardia de cuatro compositores que, desde distintos puntos de Andalucía, representan sensibilidades diferentes: el antequerano Manuel Hidalgo y el algecireño José María Sánchez-Verdú con su fuerte conexión con la creación germana; el linarense Francisco Guerrero, con su indomable y volcánica personalidad, en una obra para piano que preservó como la primera de su catálogo; y el granadino José García Román rindiendo homenaje a «la ciudad del corazón y de la amistad».

Nueva música en Granada de una escuela así bautizada desde Madrid con una conexión andaluza entre sus compositores y «Mein Gott, padre de todas las músicas», con transcripciones para trío de Juan Carlos Garvayo (también autor de las notas al programa) que fueron estreno absoluto, y donde explica a la perfección cómo unir el Bach de Busoni para recrearlo y combinarlo desde el preludio inicial al cierre desde un círculo virtuoso perfecto en un programa de Inquietud y sosiego, pues pese a que esta generación de compositores (dos de ellos presentes entre el público) no es tan nueva, menos aún se puede seguir denominando «vanguardias» tras 20, 30 o 40 años, aunque siguen provocando muchas preguntas al oyente que sólo, y siempre, dios Bach -en cualquier versión- es capaz de responder.

Explica y escribe el compositor además de pianista Juan  Carlos Garvayo (Motril, 1969):

Escuela juanalfonsina de composición

«Sólo cuando existe un nexo vital, efectivo y afectivo entre maestro y discípulo (como en los viejos talleres de arte), sólo entonces se puede hablar con algún sentido de escuela. Y puede que algo de esto exista entre nosotros». Estas palabras de Juan-Alfonso García pronunciadas en su discurso de contestación al de ingreso de José García Román en la Real Academia de Nuestra Señora de las Angustias de Granada, describen a la perfección la esencia de esa supuesta «escuela granadina de composición» —así denominada desde Madrid—, que engloba a los compositores incluidos en este programa en torno a su maestro común, Juan-Alfonso García. Sin embargo, la ausencia de rasgos estilísticos y estéticos comunes entre ellos, frente a la vigencia de los mencionados nexos vitales, efectivos y afectivos, nos inclinan más bien a hablar de una «escuela juanalfonsina de composición». La música de Juan-Alfonso no suena en este programa, pero su presencia simbólica aflora abrazando las músicas diversas y únicas de sus queridos discípulos, a través de cinco de los corales de Bach que Busoni reinterpretó en sus geniales versiones pianísticas. El copioso material polifónico y tímbrico propuesto por Busoni, invita a una nueva reelaboración del material, en este caso para trío con piano, que entronca con una práctica común entre los compositores representados: desde las originales orquestaciones guerrerianas de la Iberia de Albéniz, los corales de Franck orquestados por García Román, las reelaboraciones de obras beethovenianas de Hidalgo, hasta las recientes adaptaciones de Lieder de Schubert para voz y cuarteto de cuerda de Sánchez-Verdú. Describe José Luis Téllez el Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten» (Como un soplo de luz y sombra) de Sánchez-Verdú como «una fascinadora exploración por los diferentes tipos de armónicos y de sonidos concomitantes […] para generar una música ingrávida y casi fantasmal que surge de la nada y a ella regresa». Sus nueve secciones van precedidas, como una suerte de guía emocional para los intérpretes, de versos extraídos de Poemas de la consumación de Vicente Aleixandre. Algunos de ellos («Ignorar es vivir: saber, morirlo» o «Pero ya no amanece») definen el pulso poético y trascendente en el que flota la obra. De civitate cordis de José García Román forma parte del ciclo de ciudades reales o metafóricas iniciado con la obra De civitate aquae en el año 2000. Esta «ciudad del corazón y de la amistad» rinde un homenaje criptográfico a José Luis Ocejo y a su Coral Salve de Laredo. Un fugaz motivo extraído del Te Deum gregoriano es sometido a sorprendentes combinaciones tímbricas y rítmicas entre violín, chelo y piano dibujando un personal y delicado trazo sonoro pleno de luminosidad y belleza. La música del antequerano residente en Alemania Manuel Hidalgo ha sido descrita como «sensual, arcaica, irrespetuosa, libre de dogmas» (F. Kämper). El particular universo de su Trío esperando reconstruye, mediante gestos precisos, elocuentes y un exquisito equilibrio de dinámicas y timbres, estilemas sonoros alojados en nuestra memoria musical más profunda. La obra sucede milagrosamente durante la espera de una resolución que nunca llega. Op. 1 Manual de Francisco Guerrero es fruto de un nuevo periodo en el decurso compositivo de Francisco Guerrero iniciado en 1976. Marcado por exigentes procesos de construcción formal que emanan de «acontecimientos» (que el propio compositor define como modos de ataque, diseños sobre los que estos actúan y duraciones), su título alude a los manuales o teclados del órgano —instrumento de su maestro Juan Alfonso— y a su capacidad de espacialización sonora. Articulada en cuatro secciones sin solución de continuidad, su ejecución supone un verdadero tour de force, un gesto casi heroico de naturaleza xenakiana.

«Efectivo» utilizar el Bach tamizado por Busoni, más actualizado que los corales originales y donde Garvayo desmenuza para el trío los registros organísticos y pianísticos de ambos. «Afectivo» alternarlo con esta «escuela granadina» donde Juan-Alfonso sigue presente en un festival que también dirigió y donde el órgano catedralicio fue su herramienta, pero sobre todo la ciudad que le inspiró tan vasta producción musical para saber aglutinar en su entorno una verdadera escuela «abrazando las músicas diversas y únicas de sus queridos discípulos«.

El Preludio-Coral BWV 667 es grandioso en «el rey de los instrumentos», Busoni lo reduce y Garvayo para su Trío Arbós lo reelabora tras la «deconstrucción» italiana y enlazarlo con el algecireño Sánchez-Verdú (1966), compositor residente de la pasada edición al que «los Arbós» ya han intrepretado, esta vez su trío III Wie ein Hauch aus Licht und Schatten para pasar del sosiego a la inquietud, una auténtica «Arquitectura de la ausencia» del gaditano muy exigente para un trío que debe trabajar unas tímbricas especiales, resonancias, golpes y una reflexión sonora que ya tiene 25 años pero sigue causando al menos perplejidad, con una interpretación rica por parte del Trío Arbós.

Tras los aplausos el despertar bachiano de su cantata BWV 140 con el posterior coral BWV 645 del que el Trío Arbós cantó sin palabras y devolvió sonoridades que Busoni en cierto modo «robó» para engrandecer el piano, ahora devuelta la raíz con los registros de las dos manos y pies traídos al violín, cello y piano «esperando» el trío del antequerano Manuel Hidalgo (1956) emigrado a Alemania pero de «escuela juanalfonsina» como la llama Garvayo. Nuevo desasosiego que explica el anterior y prepara los posteriores: recursos tímbricos, texturas y estructuras de hace 30 años que hoy en día siguen sonando novedosas para muchos (alguno se fue de la sala).

El coral BWV 615 nos «devolvió la alegría» (In dir ist die Freude) triplicada desde Busoni en otra interesante reconstrucción del compositor motrileño. Riqueza sonora más allá del piano con un buen «reparto» entre un violín casi viola y un chelo agradecido, enlazando sin respiro con De civitate cordis de otro alumno «juanalfonsino», el granadino José García Román (1945), una obra de 2004 que titula en latín «De la ciudad del corazón» con un lenguaje instrumental moderno, abriendo camino idiomático a sus continuadores pero sin olvidar los cánones compositivos clásicos, innovador en el tratamiento y desarrollo temático que el Trío Arbós interpretó con la profesionalidad y respeto a estas partituras, recibiendo el aplauso del autor al finalizarlo.

Como si corriese aire fresco el siguiente coral pedía «Ahora alégrense, queridos cristianos» (Nun freut euch, lieben Christen) BWV 734, más garbayiano que busoniano, ligerísimo en el trío que además coincidiría con un despliegue de abanicos sincronizados cual coreografía visual al «dios Bach», aplaudido sin dejar conectar con el siguiente como había sucedido en los anteriores.

Y sería el propio Juan Carlos Garbayo en solitario quien derrocharía todo el poderío, técnica, tímbrica, sonoridad, efectos y dominio del lenguaje contemporáneo en el piano del compositor linarense Francisco Guerrero (1951-1997), siempre recordado al que podría llamarle uno de los pioneros en aquella España de 1974 (junto a mi admirado Luis Vázquez del Fresno) con su colosal Op. 1 Manual -que revisaría en 1981- para abrir camino tras unos años oscuros pero esperanzadores, al igual que este programa de la mañana dominical que he titulado, y repito, como de «Inquietud y sosiego».

Mientras estaba finalizándola, volvían casi de puntillas al estrado Trematore y Gómez para enlazar con «dios Bach», desandar lo andado gracias a la maravillosa invocación del coral al Hijo, Ich ruf´ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639: relajación, meditación y paz, tanto de Busoni como del Trío Arbós en el que Garbayo nos devolvería nuevamente unas sonoridades que ya han hecho nuestras con la «Nueva música en Granada» que lo es cada vez que la escuchamos en cada irrepetible y único directo (Radio Clásica lo grabaron para emitirlo en diferido gracias a unos técnicos que seguramente mejorarán lo vivido para revivirlo en las ondas).

INTÉRPRETES:

Trío Arbós:

Ferdinando Trematore (violín) – José Miguel Gómez (violonchelo) – Juan Carlos Garvayo (piano).

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750) / Ferruccio Busoni (1866-1924)
Komm, Gott Schöpfer!, BWV 667 (1747-49) *
José María Sánchez-Verdú (1968)
Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten (2000)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645 (c. 1746) *
Manuel Hidalgo (1956)
Trío esperando (1995)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
In dir ist die Freude, BWV 615 (c. 1713-17) *
José García Román (1945)
De civitate cordis (2004)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Nun freut euch, lieben Christen, BWV 734 (1708-17) *
Francisco Guerrero (1951-1997)
Op. 1 Manual (1974, rev. 1981)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Ich ruf´ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639 (c. 1713-17) *

* Transcripciones para trío de Juan Carlos Garvayo (estreno absoluto)

Camino al paraíso

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 17a). Conciertos matinales.

Sábado 5 de julio, 12:30 horas. Monasterio de San Jerónimo. Joven Coro de Andalucía (JCA), Marco Antonio G. de Paz (director). Paraíso abierto para muchos: obras de Falla, Poulenc, Messiaen y Pizzetti. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

El mundo coral español goza de muy buena salud y más con una generación joven muy preparada técnicamente que representa la necesaria cantera que vaya tomando el relevo de tantas formaciones. Desde su creación el JCA en 2007 (como ampliación de la Orquesta Joven que la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales -de la Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía- creaba en 1994 con el objetivo de impulsar y complementar la formación musical de los jóvenes valores que aspiran a incorporarse al ámbito profesional), ha contado con la colaboración de directores de la talla de los maestros Michael Thomas (fundador del JCA), Julio Domínguez, Román Barceló, Juanma Busto, Íñigo Sampil, Carlos Aransai, Lluís Vilamajó y su actual titular desde 2019 Marco Antonio García de Paz, quien tras mucho trabajo en Mollina nos traería una matinal sabatina de envergadura.

La página web del Festival presentaba este concierto coral del JCA bajo la dirección del maestro asturiano Marco Antonio G. de Paz.

Entre espiritualidad y modernidad
De la mano de Marco Antonio García de Paz, el Joven Coro de Andalucía está situándose entre los proyectos más ilusionantes de la música nacional. En este programa han reunido obras corales de cuatro compositores que exploraron la música sacra desde perspectivas contemporáneas. Manuel de Falla lee con reverencia a Tomás Luis de Victoria, creando de sus motetes versiones expresivas que fusionan tradición y modernidad. Poulenc y Messiaen aportan su sello francés, con los austeros Quatre motets pour un temps de pénitence y el luminoso O sacrum convivium. Finalmente, Pizzetti retoma el estilo de la polifonía renacentista con su Messa di Requiem, impregnándola de un dramatismo moderno. Un recorrido sonoro por la espiritualidad del siglo XX, cargado de introspección y de belleza.

Este camino al paraíso arrancaría con 32 voces (4 por cuerda dispuestas como casi siempre suelen colocarse) para comenzar con las tres «versiones expresivas de obras de Tomás Luis de Victoria» que Falla trabajaría entre 1932 y 1942. García de Paz lleva años marcando escuela en su coro El León de Oro, y el Renacimiento español es uno de sus fuertes, agrandado tras la colaboración con el británico Peter Phillips. Pero las visiones del gaditano muestran una relectura del abulense, desde el Ave María (ahora parece que de Jacobus Gallus) que el JCA interpretó con esa visión romántica «transformada» (por las indicaciones muy personales del gaditano sobre las dinámicas, tempo y carácter que son curiosidades bien alejadas de los llamados «criterios historicistas») por el conocimiento que de nuestro siglo de oro tiene el maestro asturiano; el O magnum misterium rico en dinámicas con el final en un inmenso decrescendo hasta el pianissimo verdaderamente bien ejecutado; y las Tenebrae factae sunt donde disfrutar de los solos de contralto, dos sopranos y tenor para un final sin bajos que dieron luz a unas tinieblas originales. De las excelentes notas impresas, tituladas como el elegido para todo el concierto, Paraíso abierto para muchos, aunque no tienen firma las iré intercalando en este color con mis comentarios. Así la presentación y las visiones fallescas:

«Del poeta granadino Pedro Soto de Rojas (1584-1658), discípulo y ferviente admirador de Luis de Góngora y al mismo tiempo dotado de una personalísima delicadeza de orfebre, proviene el título que por sí mismo ha llegado a convertirse en un lema tan críptico como sugeridor de tesoros semiocultos: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Federico García Lorca, al hilo del título aludido, atinaba con estas palabras bien precisas para subrayar ese carácter recogido y primoroso del poemario: «Soto de Rojas se encierra en su jardín para descubrir surtidores, dalias, jilgueros y aires suaves. Aires moriscos, medio italianos, que mueven todavía sus ramas, frutos y boscajes de su poema». Una leve alteración de los términos nos permite abrir, de par en par, el elocuente título de Soto de Rojas para mostrar al público del Festival de Granada el «paraíso sonoro abierto para muchos» que propone el Joven Coro de Andalucía, en un programa conformado por una sucesión de joyas, no siempre suficientemente conocidas, pero todas ellas dotadas de un singular detallismo lírico en el que se entrelazan nombres esenciales de las primeras décadas de la Europa del siglo XX: Manuel de Falla, Francis Poulenc, Ildebrando Pizzetti y Olivier Messiaen.

Con una caligrafía de un preciosismo equiparable a la filigrana poética de Soto de Rojas, Manuel de Falla, desde su recoleto Carmen de la Antequeruela Alta de Granada, situado en el entorno de la Alhambra, comenzó a recrear con letra diminuta –en partituras manuscritas de tinta negra y lápiz rojo y azul– una colección de «versiones expresivas» de obras predilectas del Renacimiento español –de las que en este caso se escogen tres obras bien conocidas de Tomás Luis de Victoria–, pero añadiendo el propio Falla unas indicaciones muy personales de dinámica, de tempo y de carácter que las convierten en curiosidades bien alejadas de los criterios historicistas de nuestro tiempo, pero dotadas de un encanto singularmente atemporal».

Ya con la plantilla al completo, donde me pareció contar 24 voces blancas y 21 graves, tras recolocarse a izquierda y derecha para el resto del concierto, la sonoridad, afinación, equilibrio en los balances y empaste de esta juventud cantora fue la ideal para el resto de las obras, sumando una vocalización clara de los textos en latín donde los finales de palabras en consonante marcan un color especial.

«Francis Poulenc, 22 años más joven que Falla, fue alumno de piano del gran Ricardo Viñes en su París natal. Poulenc conoció a Falla en casa de éste hacia 1918. Era el periodo en el que Diaghilev, Picasso y Falla preparaban la fascinante obra El sombrero de tres picos. Su amistad se extendió hasta 1932, siendo esta la última vez que se vieron en el marco de un Festival de Música en Venecia. En este encuentro ambos compartieron ensayos y música, llegando Poulenc a narrar un recuerdo muy especial: «Una tarde, durante un paseo por las calles de Venecia, encontramos una pequeña iglesia que poseía unos preciosos órganos. Nada más entrar en la iglesia, Falla se puso a rezar, y así como cuentan que ciertos santos en éxtasis desaparecen súbitamente de la vista de los profanos, yo tuve esa misma impresión con Falla. Al cabo de un tiempo, decidí marcharme, así que me acerqué a él y le golpeé suavemente en el hombro. Me miró un instante, sin verme, y se sumergió de nuevo en sus oraciones. Salí de la iglesia, y desde entonces no le volví a ver […]». Concluía Poulenc: «Para mí, esa última visión de un músico al que tanto he querido y admirado es… ¡como una especie de Asunción!».

Poulenc guardaría en su memoria esta imagen final de Falla, «la de un hombre, o mejor, de un fraile de Zurbarán, rezando en una iglesia de Venecia». El ciclo de Motetes penitenciales de Poulenc (1939) puede servirnos como un extraordinario punto de encuentro musical entre ambos autores y sus distintos acercamientos a la fe. Estos cuatro motetes se compusieron en los albores de la Segunda Guerra Mundial, lo que los hace siempre atrayentes por ser un difícil desafío. Su uso de la armonía, la sorprendente conducción melódica de sus voces y la particular acentuación de su latín a la francesa lo hacen muy especial. Su escritura diatónica, sabor modal y adecuación al texto hacen de este ciclo una experiencia sublime».

Los cuatro motetes más que penitenciales fueron gozosos en cuanto al comportamiento del coro bien llevado por el maestro asturiano, marcando con claridad, con respuestas dinámicas amplias que fueron «in crescendo» en el tercero (Tenebrae factae sunt) de nuevo con un regulador hasta el pp con la «t» final bien pronunciada, más el epatante Tristis est anima mea con un hoquetus  central que se repite antes de la doble barra última resultó efectivo y espectacular en estos motetes del compositor feancés casi contemporáneos al Falla anterior.

«Como “cortante sonoro”, como algo que va a preparar nuestros oídos para el plato fuerte del programa, haremos una pequeña incursión en el universo del gran Olivier Messiaen, alumno aventajado de Paul Dukas, autor que también tuvo una gran relación con Falla. Será a través de su breve motete de ofertorio O sacrum convivium (1937). Es una gran oportunidad para poder escuchar a este extraordinario autor, cultivador del serialismo y constructor de sus propios modos de transposición limitada. Esta pieza es cautivadora por su color sonoro; construye una suntuosidad mágica a través de su armonía y su tonalidad. A pesar de su complejidad, podemos afirmar que es una obra principalmente tonal; está en fa sostenido mayor, la tonalidad favorita de Messiaen. Este color tonal intenta expresar la experiencia mística del amor sobrehumano. Todo un reto para el coro y que entronca con el mundo religioso de los autores anteriores.

Como obra principal del programa traemos el magnífico Requiem de Pizzetti, un compositor prolífico, que cultivó todos los géneros y destacó por ser un importante compositor de óperas. No es una obra dramática en el sentido ordinario del término. Es apacible, serena, obra de un creyente en la vida eterna y la resurrección. Al igual que Gabriel Fauré en su Requiem, se refiere a la muerte como «una feliz liberación», una aspiración al bienestar del más allá, más que como un tránsito doloroso. Trata de no colocar la vida y la muerte en oposición, como un brote de curiosidad ante algo “extraterrenal”. Sigue una corriente de composición de principios del siglo XX que sintetiza técnicas neorrenacentistas y neomedievales, pero pasadas por el tamiz de un lenguaje armónico y de estructuras formales que beben del siglo XIX. Abunda la escritura modal y polifónica, así como el uso de melodías procedentes del canto gregoriano. Desde el punto de vista compositivo es de gran variedad. Indica cantar partes con la mitad del coro, números con doble cuerda de bajos, utiliza un triple coro para el Sanctus y emplea unos 10 minutos de duración para el Dies irae. Su exitosa relación música-texto nace de su experiencia como compositor teatral y su conexión con el texto del Requiem, que fue escrito tras la muerte de su primera esposa. Es probable que Pizzetti haya estado más oculto de lo debido por los propios italianos al considerarlo un músico próximo al régimen fascista en época de Mussolini. Quizá estemos ante un error histórico, que poco a poco se va subsanando. Realmente es una obra fascinante, emocionante y a la cual le daremos presencia en este paraíso».

Un Requiem fascinante, verdadero templo coral sustentado por unos buenos cimientos en la cuerda de bajos que van construyendo una escalera con tenores y contraltos hasta la aguja  celestial de las sopranos, voces limpias, frescas, matizadas, sin abrir en los fuertes y delicadas en los pianos, respondiendo a las peticiones de García de Paz. Si personalmente el de Fauré está en mi lista de preferidos, siempre vuelvo al Padre Sopeña y su libro que atesoro en mi biblioteca musical, pero suscribo las notas que dicen «se refiere a la muerte como «una feliz liberación», una aspiración al bienestar del más allá, más que como un tránsito doloroso”» y así el Dies irae resultó un caleidoscopio vocal con la delicadeza del Amen final, el Sanctus luminoso con un «excelso» Hossanna -que bisarían de regalo- para felizmente liberarnos y conducirnos camino del paraíso coral con este JCA guiado por el arcángel Marco.

Aún habrá en este Festival otro grandioso Requiem, pero lo contaré puntualmente…

PROGRAMA:

Paraíso abierto para muchos

Manuel de Falla (1876-1946)

Versiones expresivas de obras de Tomás Luis de Victoria:

Ave Maria (1932)

O magnum mysterium (1940-42)

Tenebrae factae sunt (1940-42)

Francis Poulenc (1899-1963)

Quatre motets pour un temps de pénitence (1938-39):

Timor et tremor

Vinea mea electa

Tenebrae factae sunt

Tristis est anima mea

Olivier Messiaen (1908-1992)

O sacrum convivium (1937)

Ildebrando Pizzetti (1880-1968)

Messa di Requiem (1922-23):

Requiem aeternam

Dies irae

Sanctus

Agnus Dei

Libera me

Cantatas escogidas en la Cartuja

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 15). Música de cámara.

Jueves 3 de julio, 21:00 horas. Iglesia del Monasterio de la Cartuja. Capilla Santa María, Ana Vieira Leite (soprano), Carlos Mena (contratenor y director). Escoxidas: obras de A. Scarlatti en el 300 aniversario de su muerte. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

En mis últimos festivales no había podido escuchar ningún concierto en otro «marco incomparable» como es el Monasterio de la Cartuja, que merece la pena visitarlo aunque no haya música. Y en un día de bochorno había que escaparse en la línea 8 para disfrutar de este homenaje a Alexandro Scarlatti con un Carlos Mena (Vitoria-Gasteiz, 1971) que está casi omnipresente en este 74º Festival de Música y Danza de Granada, primero en la misa bachiana del pasado 19 de junio abriendo la edición como cantante, después el 29 con la Academia Barroca del Festival donde dirigió y participó en algún número ya celebrando el #300AlessandroScarlatti y finalmente este primer jueves de julio con «su» Capilla Santa María, integrada por unos músicos curtidos en estos repertorios (los dejo al final de esta entrada), donde canta y comparte más que dirigir, en un programa que no pudo encontrar mejor escenario y además retransmitido en directo por Radio Clásica que es la mejor forma de llevar estas joyas a tantos oyentes fieles, contando con los mejores técnicos de sonido que hay en el ente público.

La web del festival nos presentaba este Homenaje al Scarlatti padre:

En 2025 se cumplen los trescientos años de la muerte de Alessandro Scarlatti, compositor nacido en la Sicilia española del siglo XVII y cuyos vínculos con España los reforzó su hijo Domenico, napolitano y músico al servicio de la monarquía hispánica, en Lisboa, Sevilla y Madrid, durante décadas. Al frente de su propio conjunto de la Capilla Santa María, el contratenor y director Carlos Mena rinde homenaje al compositor ofreciendo su Stabat Mater, una de sus últimas y más sofisticadas creaciones, junto a una serie de cantatas que se conservan en la Biblioteca Nacional, adonde llegaron en un manuscrito que reza en su portada: «Cantadas italianas escoxidas para la Exma. Sra. Duquesa de Osuna mi señora», obras que ahora se exhiben fuera de la intimidad de los antiguos palacios aristocráticos.

Con una iglesia llena arrancaba este recital con las cantatas de Scarlatti padre «Del Tirreno a le sponde» y «E penar degg’io ancora», un orgánico de clave, cello y tiorba siempre impecable, alternando solistas, en la primera Carlos Mena y en la segunda Ana Vieira Leite, dos tesituras y colores  distintos pero mismo gusto y expresión, con el vitoriano en un estado vocal excelente y la soprano portuguesa (que descubrí por Concerto 1700 y después en Oviedo cantando Purcell) cómoda en tesitura y estilo para este homenaje al primer Scarlatti. Comenzaba Mena y seguía Vieira, mientras para el binomio Alessandro Scarlatti / Francesco Durante de las dos cantatas («Dormono l’aure estive» y «Al fin m’ucciderete») sería la portuguesa quien antes del dúo nos dejaría un recitativo con el clave perlado y la tiorba de sustento.

En la siguiente cambio de orden, tras unas palabras de Carlos Mena presentando este «300 aniversario Scarlatti«, tras el  que continuaría el recitativo y el dúo, iniciado por la tiorba delicada de Mingillón, con Ana Vieira Leite, en perfecto empaste y expresividad junto al trío instrumental donde Oyarzábal ornamentaba y Alex Jellici al violonchelo cimentaba estas cantatas que son hijas del padre del «bel canto», llenas de color y sentimiento.

De las notas al programa escritas por  la doctora y profesora en la Universidad de Granada Consuelo Pérez-Colodrero nos informaba de estas Escoxidas que aquí dejo:

«Cantadas Italianas escoxidas para la Exma. Sa. Duquesa de Osuna, mi señora» Biblioteca Nacional de España, M/2245, h. de guarda

A principios del siglo XVIII, Nápoles era una de las capitales de la ópera europea. Sus compositores habían generado un estilo propio, más clasicista y depurado, que generalmente reconoce sus principios fundamentales en las aportaciones de Alessandro Scarlatti (1660-1725), pues, junto a su principal colaborador, el libretista Apostolo Zeno (1668-1750), fue este maestro napolitano quien dotó al género de algunas de sus características clave para el futuro inmediato: simplificó los argumentos para dotarlos de mayor coherencia, creó el aria da capo y estableció la alternancia recitativo-aria.

Pese a lo dicho y a que sus numerosas óperas se estrenaron con éxito en Roma, Florencia, Venecia y Nápoles, donde acaso se manifestó mejor el genio scarlattiano fue en sus casi ochocientas cantatas, destinadas a las representaciones privadas de la aristocracia romana del momento y casi siempre escritas para una o dos voces solistas, únicamente acompañadas por basso continuo, como una contrastada sucesión de arias y recitativos. En efecto, como forma «concentrada» de una escena de ópera, esta alta fórmula de expresión artística constituyó un espacio idóneo para que el compositor mostrara su habilidad y refinamiento, que se hacen particularmente notables en la depurada expresión del contenido del texto poético, habitualmente un monólogo de la ninfa o pastora protagonista, a través de la música.

El estilo vibrante, aunque esencialmente conservador y contrapuntístico de Scarlatti, limitaron su influencia directa en la siguiente generación de operistas napolitanos, encabezada por Leonardo Vinci (1690-1730), Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736) o Niccolò Jomelli (1714-1774), por lo que no debe extrañar que incluso su extraordinario Stabat Mater (1724), obra de madurez para dos voces y continuo que había encargado la Confraternità dei Cavalieri di San Luigi di Palazzo, fuera desplazada en apenas una década por la propuesta homónima del pronto malogrado Pergolesi. Sin embargo, precisamente por excelente oficio como compositor, Scarlatti fue valorado como uno de los grandes maestros napolitanos tanto por la incipiente musicología –el historiador Charles Burney (1726-1814), por ejemplo, lo destacó como «el más grande armonista de Italia, es decir, del mundo»–, como por los músicos de la primera mitad del siglo XVIII, que estudiaron con particular interés su producción religiosa. Una clara evidencia de dicho interés fue la circulación de sus cantatas en copias privadas, como el manuscrito M/2245 que custodia la Biblioteca Nacional de Madrid, muy probablemente destinado a las veladas musicales organizadas por Francisca Bibiana Alonso Pérez de Guzmán el Bueno (†1748), Duquesa de Osuna consorte y gran aficionada a la música italiana. Otro magnífico ejemplo de la amplia aceptación de Scarlatti como referente musical para las generaciones siguientes son, sin duda, los XII Duetti da camera (1776) de su alumno Francesco Durante (1684-1755). Este, en el espíritu pedagógico iluminista, se encargó de transformar los recitativos de las cantatas a solo de su maestro en expresivos dúos, en los que la adición de una segunda línea vocal y una serie de interludios, aunque modifica considerablemente las obras originales, establece los que muy probablemente sean los mejores ejemplos de la técnica de parodia del Siglo de las Luces. Con este subterfugio, Durante aseguró la continuidad de al menos una parte de la producción musical de Alessandro Scarlatti, cuyo grueso, pese a ser reconocido por la literatura como ineludible para entender el fértil tránsito entre los siglos XVII y XVIII, ha sido injustamente valorado.

Tras una breve pausa para recoger el clave y recolocar el orgánico completo, ya con los dos violines y el órgano centrado detrás, vendría la obra más conocida y completa de Scarlatti padre, su Stabat Mater donde disfrutar de la alternancia de los solistas, dúos y la expresividad de cada uno de los números que lo conforman con una instrumentación rica, matizada, perfecto ropaje a la escritura vocal del siciliano.

Con un orgánico perfecto en tempi y matices, donde Carlos Mena apenas indicaba el aire para cantar sus solos o dejar a la soprano los suyos, cada «oración» surgió natural, rica, llenando  la iglesia del monasterio, riqueza tímbrica vocal e instrumental para una obra espiritual bien interpretada por todos, la expresividad y control total de Ana Vieira Leite, el magisterio del contratenor vitoriano de voz carnosa y poderosa en todo su registro. Y antes del Fac ut ardeat cor meum, una necesaria parada para afinar y proseguir hasta el final,. De principio a fin esta Madre en pie, «Stabat mater» del Scarlatti padre llenaría de fervor musical un jueves cartujano cuyo Amen fue casi una orden para estas partituras protagonistas y siempre necesarias en este festival.

INTÉRPRETES:

Capilla Santa María:

Manfredo Kraemer, Guadalupe del Moral (violines) – Alex Jellici (violonchelo) – Manuel Minguillón (tiorba) – Daniel Oyarzábal (cembalo y órgano)

Ana Vieira Leite (soprano)

Carlos Mena (contratenor y director)

PROGRAMA:

Escoxidas

Alessandro Scarlatti (1660-1725)

Cantata «Del Tirreno a le sponde»:

Recitativo «Del Tirreno a le sponde» – Aria. Andante. «Care arene» – Recitativo «Misero se perdei la soave cagion de miei sospiri» – Aria «Ah, voi soli tiranni pensieri»

Cantata «E penar degg’io ancora»:

Recitativo «E penar degg’io ancora» – Aria. Adagio. «Quando sarà quel dí che respirar dovró» – Recitativo «Lascia la riva onde lontano stai» – Aria. Andante. «Che gran tormento sia l’aspettare»

Alessandro Scarlatti / Francesco Durante (1684-1755)

A. Scarlatti: recitativo «Dormono l’aure estive» – F. Durante: duetto «Dormono l’aure estive» – Scarlatti: recitativo «Al fin m’ucciderete» – Durante: duetto «Al fin m’ucciderete»

Alessandro Scarlatti
Stabat Mater:

Cujus animam gementem / O quam tristis / Quae moerebat et dolebat / Quis est homo qui non fleret / Quis non posset contristari / Pro peccatis suae gentis / Vidit suum dulcem natum / Pia Mater fons amoris / Sancta Mater istud agas / Fac ut ardeat cor meum / Tui nate vulnerati / Fac me vere tecum flere / Virgo virginum preclara / Fac ut portem Christi mortem / Inflammatus et accensus / Fac me cruce custodiri / Quando corpus morietur / Amen

En el 300 aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti

Britten forever

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 14). Recitales.

Miércoles 2 de julio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Ian Bostridge (tenor), Julius Drake (piano), Timothy Morgan (contratenor), Mauro Borgioni (barítono), Ketevan Kemoklidze (mezzo), solistas de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG). Obras de Falla y Britten. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Llegó mi noche 14 de festival y con un recital donde el tándem Bostridge – Drake encabezaba un monográfico Britten preludiado por la Psyché de Falla conmemorando los cien años de su estreno, y que nos supo a poco.

En la web se nos presentaba este recital que unía al compositor inglés y al gaditano:

Cinco cánticos de Britten
La extraordinaria versatilidad del gran tenor inglés Ian Bostridge se muestra en este programa en que encabeza un pequeño conjunto de solistas vocales e instrumentales. Los cinco Cánticos de Benjamin Britten no fueron concebidos como un ciclo o una serie integrada, sino que fueron escritos en distintos momentos de su carrera en respuesta a circunstancias particulares. La palabra “cántico” no se utiliza en su sentido estrictamente litúrgico, sino más bien para indicar una obra con implicaciones profundamente religiosas (tres fueron escritas como piezas conmemorativas). Compuestas para diferentes combinaciones de intérpretes, son más largas y sofisticadas en su construcción que las canciones simples, y podrían describirse mejor como cantatas en miniatura. Se presentan en el Festival por primera vez en su integridad, precedidos por arreglos del gran compositor inglés de himnos religiosos de Bach y Purcell. Abrirá el concierto Psyché, una obra de delicada textura musical y atmósfera intimista de Manuel de Falla sobre texto de Georges Jean-Aubry, en el centenario de su composición.

En Granada no puede faltar Falla, optando por una Psyché (sobre un poema de Jean-Aubry), que contó con la mezzo georgiana Ketevan Kemoklidze y un quinteto de solistas de la OCG (los dejo indicados abajo) excelentes, arropando a la voz pero también protagonistas en la original instrumentación del gaditano universal, aunque con ganas de seguir escuchándoles. Apenas seis minutos donde disfrutar de una voz cálida pero rotunda, de larga proyección, y total expresividad, de vocalización exquisita con un francés (traducido en los sobretítulos por Luis Gago) natural, nada impostado, delicada en la parte sola, y las ganas de haber seguido escuchándola, pese al dicho de «menos es más«.

Tras una pausa para retirarse, se incorporaban al «escenario» los tres cantantes masculinos más el pianista para alternarse en los arreglos que Brittten hizo de cinco Geistliche Lieder de Bach, con desigual resultado, como con los de Purcell. En el caso de «mein Gott» el contratenor Tim Morgan se quedó corto en volumen y expresión aunque mejor el barítono Mauro Borgioni, que ciertamente irían «entrando en calor», más con el idioma de Shakespeare que con el de Goethe. Alternancia vocal -desconozco la pausa saliendo del escenario para volver a cerrar las canciones- con el conocido y bellísimo dúo Sound the Trumpet bien empastados ambos con un Drake siempre fiel compañero de viaje.

El plato fuerte vendría con los «Cánticos» de Britten donde el peso recaería en un Bostridge completo, entregado, expresivo, matizado, con Morgan y Borgioni entonados y empastados, más el magisterio de Drake que redondeó un emocionante tránsito por el dolor. De las amplias y enriquecedoras notas al programa tituladas The Pilgrim’s Progress, que firma Luis Gago, también traductor de los textos proyectados sobre el arco central bajo en que se ubicaron los intérpretes, aquí las dejo íntegras:

Basta asomarse con una simple ojeada al catálogo de Benjamin Britten para descubrir un buen número de obras religiosas o, si se prefiere, espirituales: desde la humilde Missa brevis hasta el formidable War Requiem, desde Noye’s Fludde hasta las tres parábolas eclesiásticas, desde The Holy Sonnets of John Donne hasta la cantata Rejoice in the Lamb, desde la Cantata misericordium hasta los cinco Canticles que escucharemos esta noche, sin olvidar, por supuesto, posibles lecturas religiosas –perfectamente plausibles– de óperas como Peter Grimes, Billy Budd o The Rape of Lucretia. Pero ¿era el compositor inglés un hombre religioso? Quien probablemente mejor lo conoció, su pareja durante décadas, el tenor Peter Pears, respondió así a la pregunta: «Era religioso en el sentido general de reconocer la existencia de un poder mayor que nosotros mismos, pero no frecuentaba regularmente la iglesia. En sus actitudes morales era Low Church [poco amigo del ritual, los sacramentos, los aspectos formales de la liturgia o la autoridad del clero, y más apegado al mensaje del Evangelio] y, por tanto, tendía a la austeridad en su comportamiento moral». Y en otra ocasión, Pears se refirió a él como «un agnóstico que sentía un gran amor por Jesucristo». Su colega, también homosexual, Michael Tippett, afirmó tajantemente: «Los dos somos compositores religiosos, es decir, religiati, con un fuerte vínculo con lo numinoso, pero Britten es más apropiadamente cristiano». Y el pianista Murray Perahia recordó haber preguntado al compositor en un día sagrado para los judíos si se tenía por una persona religiosa: «Britten contestó que era ciertamente cristiano en su música. Aunque no podía aceptar la doctrina de la Iglesia, creía en Dios y en un destino».

Lo religioso le sirvió también a Britten para plasmar por medio de la música sus preocupaciones más acuciantes e, incluso, para expresar sus emociones más íntimas. En este sentido, los cinco Canticles, compuestos en momentos muy diferentes de su vida, podrían considerarse casi una tentativa de autobiografía espiritual. El primero (1947) es una inequívoca declaración de amor, inspirada en última instancia en el Cantar de los cantares, cuando su relación con Peter Pears, finalizados los horrores de la Segunda Guerra Mundial y entronizado como el gran compositor inglés tras el éxito incontestable de Peter Grimes; el segundo (1952), a partir de un texto medieval en el que Britten se vale de los dos cantantes para encarnar la voz de Dios, vuelve sobre uno de sus temas recurrentes: la inocencia infantil y cuán fácilmente es corrompida o traicionada por los adultos, un tema que planea también ominosamente sobre The Turn of the Screw y el propio War Requiem, donde reaparece la figura de Abraham en uno de los poemas de Wilfred Owen que se intercalan o superponen con los textos latinos de la misa de difuntos católica; el tercero (1954) traza un puente, como el poema de Edith Sitwell que le sirvió de inspiración, entre el hecho histórico más trascendental para los cristianos (la crucifixión de Jesús) y el dolor colectivo representado por los terribles bombardeos alemanes sobre Londres, un hecho histórico (The Battle of Britain) durante el cual el compositor se encontraba muy lejos del frente de batalla en su pseudoexilio estadounidense, lo que le valió críticas feroces por parte de algunos de sus compatriotas; el cuarto (1971) y el quinto (1974), siendo ya un hombre enfermo y condenado quizás a una muerte cercana, parten de sendos poemas de T. S. Eliot sobre el viaje de los Reyes Magos para asistir en Belén al nacimiento de Cristo –un hecho crucial que cambiará sus vidas– y, claro, sobre la muerte de un santo, con la significativa ausencia del piano (tras sufrir un infarto, con su brazo derecho semiparalizado, Britten, un pianista consumado, ya no podía tocar su instrumento), sustituido no menos reveladoramente por un arpa. Del esplendor del amor a la disolución final, del siglo XV al siglo XX, los Canticles son un compendio de la vida de su autor, un puente entre tres gloriosas tradiciones poéticas, un homenaje al poder confesional de la voz cantada, un peregrinaje íntimo no muy alejado del Pilgrim’s Progress.

Aunque Britten jamás tuvo un plan previo para componer esta pentalogía, lo cierto es que, cuando se interpretan en su totalidad, y en orden cronológico, como esta noche, las cinco obras conforman un todo perfectamente coherente, incluso con una clara lógica interna derivada de la presencia del tenor a ambos extremos (Peter Pears como alfa y omega), el empleo de voces adicionales en los Cánticos segundo y cuarto, con un eje central en el que una trompa (tocada en el estreno en 1955 por el inolvidable Dennis Brain, destinatario a su vez doce años antes de la memorable parte obbligato para su instrumento en la Serenata op. 31) comparte por una vez protagonismo tanto con la voz como con el (casi) omnipresente piano. Fue el azar probablemente el que quiso que hasta en las fechas de creación a uno y otro lado del largo arco compositivo encontremos también plasmado una suerte de palíndromo: 1947 y 1974.

El propio Britten admitió que el primero de sus Canticles, que calificó más tarde de «una nueva invención», encontró su inspiración directa en los Divine Hymns de Henry Purcell, bautizado tras su temprana muerte como el Orpheus Britannicus. En una entrevista realizada en 1963 llegó incluso a afirmar que «Purcell es un gran maestro por el modo en que maneja la lengua inglesa en la canción y yo he aprendido mucho de él. Recuerdo que un crítico me preguntó una vez que de quién había aprendido a poner música a la poesía inglesa. Le contesté que de Purcell; se quedó asombrado. Supongo que esperaba que le dijera que de la música folclórica y de Vaughan Williams». Dos siglos y medio después, y tras una larga espera, la música inglesa encontró por fin a su heredero, a su nuevo Orfeo, en el autor de Peter Grimes, que siempre tuvo a su compatriota como un referente esencial. Fue director de muchas de sus obras (Dido and Aeneas, The Fairy Queen), le rindió múltiples homenajes en sus composiciones –más o menos explícitos– y realizó el continuo de muchas de sus canciones para interpretarlas él mismo en sus recitales con Peter Pears. Y cuando todavía no estaba de moda hacerlo, Britten editó y dirigió excepcionalmente bien la Pasión según san Juan de Bach, un compositor del que también realizó el continuo de cinco canciones incluidas en el Musicalisches Gesangbuch que Georg Christian Schemelli publicó en Leipzig en 1736. No hay mejor referente para quien tuvo siempre muy presente que nuestras vidas poseen una irrenunciable dimensión espiritual, poderosísima en Manuel de Falla, católico confeso, que abre el programa de hoy con su Psyché en el centenario de su estreno. Y que aquella puede ser traducida de un modo memorable por medio de la música.

De los cinco «Cánticos«, «My beloved is mine» fue la mejor carta de presentación del dúo Bostridge – Drake. La incorporación de Tim Morgan para el dúo de «Abraham and Isaac» resultó uno de los momentos álgidos, ese dúo de padre e hijo primero de espaldas cantando en la caja de resonancia, para representar este sacrificio donde el piano subraya cual espada a decapitar, con dos voces de color ideal, tenor carnoso y rotundo y contratenor infantil, sollozante, suplicante y aceptando la decisión del padre. Para el cántico III («Still falls the Rain – The Raids, 1940, Night and Dawn») la incorporación de la trompa (magnífico Óscar Sala) mantuvo esa tensión y juego tímbrico con el tenor, más un piano en la línea segura de todo el recital, con la exigencia que Britten reclama.

Y las tres voces nos interpretarían, con actuación regia el cuarto cántico, «The Journey of the Magi», un viaje de los tres reyes magos dramatizado por la dualidad de nacimiento y muerte, plenamente empastados donde el color vocal resultó muy adecuado para este trío.

Para finalizar este ciclo de dolor, pasión, muerte, y desesperanza Bostridge cantaría sentado junto al malagueño Miguel Ángel Sánchez Miranda en un arpa exigente, virtuosa, actual, en un diálogo delicadamente trágico desde una tímbrica por momentos vaporosa del último Canticle «The Death of Saint Narcissus», el tenor más britteniano que lo interpretó de memoria y con esa voz que emociona en todos los registros. Esta música de Britten no es «una nueva invención» sino la fuerza compositiva de este británico «religioso» que siempre toca la fibra y nos deja el alma encogida ante un dolor interior que no encuentra respuesta. Para mí, y sin dudar, Britten forever…

INTÉRPRETES

Ian Bostridge, tenor
Julius Drake, piano
Timothy Morgan, contratenor
Mauro Borgioni, barítono
Ketevan Kemoklidze, mezzosoprano

Solistas de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG):

Juan Carlos Chornet (flauta), Miguel Ángel Sánchez Miranda (arpa), Atsuko Neriishi (violín), Hanna Nisonen (viola), Arnaud Dupont (violonchelo), Óscar Sala (trompa).

PROGRAMA

Manuel de Falla (1876-1946)
Psyché (para voz y ensemble, poema de G. Jean-Aubry.1924) *

Benjamin Britten (1913-1976)
Arreglos de cinco Geistliche Lieder de Johann Sebastian Bach:

Gedenke doch, mein Geist, zurücke, BWV 509 (1725)

Kommt, Seelen, dieser Tag, BWV 479 (c. 1736. Texto: Valentin Ernst Löscher)

Liebster Herr Jesu, BWV 484 (c. 1736. Texto: Christian Weselovius)

Komm, süßer Tod, BWV 478 (c. 1736)

Bist du bei mir, BWV 508 (Texto: Gottfried Heinrich Stölzel)

Arreglos sobre Henry Purcell:

Music for a While (de Seven Songs from ‘Orpheus Britannicus’. Texto: John Dryden)

In the Black Dismail Dungeon of Despair (Texto: William Fuller)

An Evening Hymn (de Three Divine Hymns. Texto: William Fuller)

Sound the Trumpet (de Ode for the Birthday of Queen Mary. Texto: atrib. Nahum Tate)

Canticles (Cánticos):

Canticle I «My beloved is mine», op. 40

(Tenor y piano. 1947. Texto: Francis Quarles)

Canticle II «Abraham and Isaac», op. 51

(Contratenor, tenor y piano. 1952)

Canticle III «Still falls the Rain – The Raids, 1940, Night and Dawn», op. 55

(Tenor, trompa y piano. 1954. Texto: Edith Sitwell)

Canticle IV «The Journey of the Magi», op. 86

(Contratenor, tenor, barítono y piano. 1971. Texto: T. S. Eliot)

Canticle V «The Death of Saint Narcissus», op. 89

(Tenor, arpa y piano. 1974. Texto: T. S. Eliot)

* En el centenario del estreno de Psyché 

La belleza del canto

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 12). Recitales.

Lunes 30 de junio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Sondra Radvanovsky (soprano),
Anthony Manoli (piano):
From Loss to Love. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Noche ideal para cerrar junio tras una tormenta a media tarde que hizo bajar la temperatura y poder disfrutar en Los Arrayanes con un recital muy esperado. La web del festival presentaba este recital de mi duodécimo día donde disfrutar de mi admirada Sondra Radvanovsky (Berwyn – Illinois, 1969) con un programa que titulaba «De la pérdida al amor» con las siguientes palabras:

La diva enamorada
Es una de las grandes sopranos de las escenas líricas internacionales. Sus interpretaciones de las reinas de Donizetti, de los principales papeles del repertorio verdiano, pucciniano o verista son seguidos con entusiasmo por los operófilos de todo el mundo, pero una diva también tiene derecho a relajarse en conciertos camerísticos, si es que lo que Sondra Radvanovsky hace sobre la escena puede llamarse así, pues la cantante pone toda la pasión imaginable en cada comparecencia. Aquí lo hará en un recital sobre el amor que arranca en modo barroco al dar voz a dos de las grandes protagonistas femeninas del Londres de los siglos XVII y XVIII, la Dido de Purcell y la Cleopatra de Handel. Luego hará canciones en ruso, alemán, italiano e inglés para terminar con otro de sus grandes roles, el de Maddalena de Andrea Chénier de Giordano y su inmortal La mamma morta.

De traje pantalón blanco la soprano americana junto a su pianista, en manga corta tras un día de bochorno, comenzarían un programa que están rodando por distintos escenarios, con dos arias del barroco donde comprobar que una de las últimas divas también se desenvuelve bien con Purcell y el aria «When I am laid in earth» de Dido and Aeneas, aunque las agilidades no sean muy del estilo, y mejor la Cleopatra de Haendel con una muy sentida  en «Piangerè la sorte mia» de Giulio Cesare in Egitto, acompañada por un piano redondo que la conoce tan bien tras años de trabajo juntos, respirando con ella, revistiéndola en dos arias para ir calentando. De hecho se retirarían al finalizar para este inicio de recital para despojarse de la chaqueta. De agradecer los sobretítulos proyectados con el idioma original y la traducción.

Unas palabras en inglés que no pude entender muy bien desde mi posición, aunque sirvieron para presentar el programa y dedicarlo a su padre que estaba sentado cerca del escenario, amores filiales, recuerdo a su madre perdida, o el encuentro de un nuevo amor tras su divorcio, un viaje como el título de pérdida del amor aunque con un halo de esperanza, interpretándonos las cuatro canciones de Rajmáninov, que se aplaudieron rompiendo la globalidad y esencia de las mismas. Verdadera entrega y melodismo tanto en la voz como en el piano que transitaron por los distintos estados de ánimo tan bien escritos por el ruso, expresividad en el idioma de Tolstoi con un acompañamiento delicado y plegado siempre a la voz.

En la misma línea dramática llegarían, tras otras palabras de la soprano, cuatro canciones de Richard Strauss (nuevamente aplaudidas una a una) que quise entender afrontaba desde hace poco, con una dicción en alemán perfecta, jugando con esas consonantes finales tan bien marcadas, y donde apareció la magia nazarí curiosamente con la mañana («Morgen!») que logró el silencio respetuoso para emocionarnos a todos y «romper el hielo» con el entusiasmo de «Heimliche Aufforderung» antes del descanso.

 

Dejo, como suele ser lo habitual en este blog, parte de las notas al programa de Alejandro Martínez que nos presentan un breve análisis de las obras interpretadas, y que evidentemente eludo a Liszt:

La vida en canciones

Con este recital, titulado From Loss to Love, la célebre soprano norteamericana Sondra Radvanovsky nos propone un viaje muy personal, salpicado de tintes autobiográficos. No en vano la velada empieza con un guiño al repertorio barroco que ella misma interpretó en los comienzos de su trayectoria. Escucharemos así dos piezas icónicas, dos lamentos, ambos conmovedores: el de Dido, «When I am laid in Earth», en la ópera Dido and Aeneas de Henry Purcell; y el de Cleopatra, «Piangerò la sorte mia» en el Giulio Cesare de Handel.

Acompañada por su pianista habitual, Anthony Manoli, Radvanovsky recorrerá a continuación dos bloques de canciones. Por un lado, se ofrecerán tres romanzas de Serguéi Rajmáninov, un autor al que la voz de Radvanovsky se pliega como un guante, con el color oscuro y a un tiempo brillante de su instrumento. Se escucharán después cuatro canciones de Richard Strauss, otro autor al que los medios de la soprano se pliegan con suma naturalidad. La selección de lieder aquí escogidos incluye páginas tan memorables como el célebre «Morgen», que parece detener el tiempo cuando suena.

Cambio de vestuario, el pianista de camisa azul «Real Oviedo» y la soprano con un veraniego vestido amarillo que no era supersticiosa aunque anunció el cambio en el programa, cambiando los Tres sonetos de Petrarca (Liszt) por la belíisima «Canción de la luna» de Rusalka (Dvorak) que mejoró las espectativas y en un repertorio donde Sondra Radvanovsky estuvo como una reina en Los Arrayanes y un piano delicadamente orquestal que es maravilloso comprobar lo bien que se entienden y las veces que lo han interpretado.

Sí se mantuvo esa maravilla de canción dedicada a la propia Sondra, con letra suya por Jake Heggie, «If I had known», una plegaria de dolor cuando una hija pierde a su madre, en este caso la propia de la cantante tras una triste demencia. Toda la emoción que la soprano Sondra Radvanovsky con su pianista Anthony Manoli nos regalaron. Sigo citando las notas de Martínez para comentar lo que restaba de una velada que se nos hizo corta:

En este recital, Sondra Radvanovsky ha querido también hacer un guiño a la creación contemporánea en Norteamérica, que ha florecido con gran pujanza en las últimas décadas. Uno de sus mejores representantes es el pianista y compositor Jake Heggie (Florida, 1961), autor de óperas tan aplaudidas como Dead Man Walking o Moby-Dick. «If I had known» es una pieza expresamente dedicada a Radvanovsky por el autor estadounidense. Lo cierto es que se trata de una canción de enorme calado autobiográfico pues cuenta con versos de la propia soprano, en recuerdo a su madre fallecida hace ahora dos años.

Y como broche a la velada, y en conexión precisamente con ese recuerdo a su propia pérdida familiar, escucharemos «La mamma morta» de Maddalena en Andrea Chénier de Giordano, una pieza que quedó inmortalizada en la memoria colectiva desde su inclusión en la banda sonora de la película Philadelphia, de 1993, en una célebre escena con Tom Hanks.

La soprano de Illinois sigue manteniendo un timbre «afilado y singular, sumamente identificable» con esta «madre muerta» sincera y entregada, excelentemente dramatizada con un portento de agudo y timbre pleno, y aunque por momentos realice unos portamentos tanto hacia el agudo como para descender (manteniendo unos graves portentosos que han ido ganando con el tiempo) que personalmente no añaden expresividad, su volumen y filados extremos y bien cuidados nos dejaron lo mejor de la última noche granadina de junio.

Como reconociendo lo escaso aunque intenso del programa granadino, al menos regalaría dos arias operísticas que «La Radvanovsky» mantiene en su repertorio y domina, junto a un Anthony Manoli verdaderamente «orquestal». Primero la delicada «Io son’ l’umile ancella» de Adriana Lecouvrer (Cilea), suntuosa, impactante en los matices con ese final «Morrò» en pianissimi que cortó el aire, para finalizar con Verdi y la intensa aria «Pace, pace, mio Dio!» de La forza del destino (que debutará pronto en Londres) que con el si bemol agudo brillante e intenso resultó el broche de oro para este «aperitivo operísitico» que el Festival sigue manteniendo e iré contando desde aquí.

PROGRAMA

From Loss to Love

I

Henry Purcell (1659-1695):
When I am laid in earth (de Dido and Aeneas. 1677-89)
George Frideric Handel (1685-1759):
Piangerè la sorte mia (de Giulio Cesare in Egitto, HWV 17. 1724)
Serguéi Rajmáninov (1873-1943):
Ne poi, krasavitsa, op. 4 nº 4 (1890-93)
Zdes’khorosho, op. 21 nº 7 (1900-02)
Ya Zhdu Tebya, op. 14 nº 1 (1894-96)
Richard Strauss (1864-1949):
Allerseelen, op. 10 nº 8 (1885)
Befreit, op. 39 nº 4 (1897-98)
Morgen!, op. 27 nº 4 (1894)
Heimliche Aufforderung, op. 27 nº 3 (1894)

II

Franz Liszt (1811-1886):
Tre sonetti di Petrarca, S. 270a (1842-46)
Jake Heggie (1961):
If I had known (2022)
Umberto Giordano (1867-1948):
La mamma morta (de Andrea Chénier. 1896)

Homenajes corales

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 11 a). Conciertos matinales.

Domingo 29 de junio, 12:30 horas. Monasterio de San Jerónimo, Academia Barroca del Festival de Granada, Carlos Mena (dirección musical). Spiralem tempore: Obras de A. Scarlatti y José García Román. Concierto en conmemoración del 300 aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Los días pasan muy rápido pero el festival no se detiene y así llegaba otro doblete de finde en la celebración de la onomástica de los santos Pedro y Pablo, todo un regalo que la mañana me reencontraba de nuevo con la Academia Barroca del festival este año dirigida por Carlos Mena (Vitoria, 1971). Loable su trabajo con una agenda al completo y que no defraudó con sus alumnos en un programa que además de conmemorar los 300 años de la muerte de Alessandro Scarlatti (Palermo, 1660 – Nápoles, 1725) nos daba la oportunidad de compartir su música con la del maestro granadino José García Román (Las Gabias, 1945), presente en el monasterio, en esta edición donde la llamada «Nueva Música de Granada» está poniendo en valor -aunque no me gustan las frases hechas- una generación de compositores de nuestro tiempo como Juan-Alfonso García, por lo que mejor homenajes en vida escuchando tanta música aún por descubrir.

Así figuraba la presentación en la web de esta matinal de domingo en mi undécimo día de festival:

Un proyecto consolidado
La sexta convocatoria de la Academia Barroca, puesta una vez más bajo los auspicios del gran contratenor y director Carlos Mena, culminará este año con un concierto en el que se celebra el aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti hace 300 años. Scarlatti fue figura esencial de la Europa de principios del siglo XVIII con una música que marcó la historia tanto de la ópera como de la música sacra, hasta el punto de que muchos le atribuyen si no el invento sí la consolidación del aria da capo. Además, obras religiosas del granadino José García Román, cuyas creaciones actuales conectan tradición y modernidad. Una ocasión única para disfrutar de dos universos musicales separados por siglos de distancia, pero unidos por su profundidad y riqueza expresiva.

Diez voces que sobre el papel parecían descompensadas (dejo al final de la entrada la plantilla con sus nombres): cuatro sopranos, dos altos (uno de ellos contratenor), dos tenores y dos bajos que sonaron afinadas, empastadas, ricas en los matices en las obras del ítalo-español (con el sustento de mi paisano Daniel Zapico a la tiorba y del granadino, afincado en Ginebra, Darío Tamayo alternando clave y órgano  reforzando y completando las armonías), pero brillando «a capella» en los tres estrenos del granadino ubicándose en las escaleras del altar con una mejor resonancia y acústica que en el crucero, y así poder apreciar la calidad de unas voces jóvenes y talentosas en todas las cuerdas (alguna ya conocida en Asturias) siempre atentas al magisterio de un Carlos Mena que incluso participaría como solista en el Miserere o en el «inicipit» del Magnificat donde además «empujó» un tutti victorioso y más que suficiente en todos los sentidos.

Las notas al programa de mi tocayo sevillano Pablo J. Vayón explican muy bien este concierto que ponía fin a una semana de intenso trabajo por parte de una academia barroca del festival que tantas alegrías nos está dando estos años, analizando las obras de dos compositores unidos en San Jerónimo con la presencia del propio García Román:

Scarlatti y García Román: tres siglos en diálogo

Alessandro Scarlatti fue figura esencial en la evolución del Barroco italiano de entre siglos. Nacido en Palermo y formado en Roma desde los 12 años, desarrolló su carrera entre la capital pontificia y Nápoles, con estancias intermitentes en Florencia y Venecia. Aunque más conocido por su ingente producción operística, su música sacra refleja tanto su maestría contrapuntística como una sensibilidad estética profundamente personal. Muchas de sus obras religiosas fueron compuestas durante sus años en Roma, donde trabajó al servicio de cardenales como Ottoboni y Colonna, así como en Nápoles, donde ocupó el cargo de maestro de capilla en la corte virreinal. Son piezas de extraordinaria variedad que muestran una síntesis admirable entre la tradición polifónica romana y el nuevo estilo dramático del Barroco tardío.

En la biblioteca musical de Pietro Ottoboni se preservó un Salve Regina a 4 voces fechado en febrero de 1703 en que se combina el antiguo estilo palestriniano con audaces disonancias de carácter retórico. En el Dixit Dominus a cinco voces (SSATB) y acompañamiento de órgano llama la atención la entrada en canon (muy ornamentada) de las voces. La pieza, sin datar, se divide en seis números y, además de combinar imitación con homofonía, destaca por su notable complejidad rítmica.

El Miserere a doble coro fue interpretado en la Capilla Sixtina el Jueves Santo de 1708, aunque algunos estudios sugieren que podría tratarse de la obra que el compositor escribió ya en 1680 para sustituir el célebre Miserere de Gregorio Allegri. Scarlatti adopta los mismos principios formales que su antecesor: alternancia entre un coro a cuatro voces y otro a cinco, uso del estilo alternatim con los versos pares entonados en canto llano, y empleo del fabordón, una sencilla técnica de armonización. Sin embargo, frente a la sobriedad del modelo, Scarlatti introduce una mayor variedad en las secciones libres, con armonías más elaboradas y un tratamiento expresivo de las disonancias, que realzan términos clave del salmo y dotan a la obra de una intensidad emocional más acusada.

Aunque se desconoce el lugar y la fecha exacta de composición de este Magnificat (en todo caso, parece ser anterior a 1714), la obra revela un notable cuidado en la expresión musical del texto mariano. Escrita para cinco voces y bajo continuo, se articula en varias secciones diferenciadas, tanto en tonalidad como en estilo. Scarlatti no se limita a ilustrar el texto, sino que lo amplifica retóricamente: el ritmo danzante de «exsultavit spiritus meus», los arpegios descendentes en «et exaltavit» o las disonancias cuidadosamente colocadas en palabras como «humiles» o «misericordiae suae» dan cuenta de su sensibilidad dramática y su fino dominio del contrapunto.

Sin comentar cada obra del padre de Domenico, esta academia granadina consiguió combinarse a cuatro voces en el Salve Regina (con tiorba y teclados), a cinco en el Dixit Dominus, cuyos cambios de tempo y articulación Tamayo pasaba del órgano positivo al clave enriqueciendo una tímbrica especial, otro tanto en el Miserere a doble coro, reubicándose  las cuerdas repartidas en cinco a izquierda y derecha, con dos buenas sopranos solistas -no puedo distinguir sus nombres- y homogeneidad de color en la alternancia de las estrofas y empaste total, con excelentes dinámicas en los conjuntos.

En el Magnificat final si cerrábamos los ojos y escuchábamos un coro de cámara más el continuo, al abrirlos parecía imposible la pequeña plantilla, con balances extremos desde un sonido compacto. Otro solo en el Gloria (a cargo de la alto Paula García Mendoza) y destacar los enlaces para pasar de García Román a Scarlatti  ornamentando y llenando el tránsito del altar al crucero, primero de Daniel Zapico (antes del Miserere), ornamentando siempre «cantando» en unos punteos cristalinos y presentes, siendo todo un seguro en el continuo, después con Darío Tamayo previo al Dixit desde el órgano (eligiendo los registros y volúmenes apropiados) y al clave antes del Magnificat, perlado, utilizando graves y agudos con la portentosa sonoridad del crucero, para proseguir con unos saltos cronológicos pero unificados en intención, emoción, fraseos textos religiosos en latín.

Poder asistir a estrenos suponte un regalo impagable para los melómanos. Retomo las notas de Pablo J. Vayón sobre las tres obras de García Román pertenecientes a su Parva opera (de los años 2014 y 2016):

En el tercer centenario de la muerte de Scarlatti su música entrará en diálogo con la de José García Román, en concreto con tres piezas de su ciclo Parva opera, iniciado en 2014, y que escucharán por vez primera en este concierto. Se trata de breves meditaciones musicales sobre máximas éticas y filosóficas tomadas de autores de la Antigüedad, como Persio Flaco, Lucio Floro o Juvenal. Con una escritura austera y atonal, pero cargada de intención expresiva, el compositor busca devolver actualidad a estos aforismos latinos, realzando su tensión interior a través de disonancias, silencios y texturas depuradas. Más que ilustrar los textos, la música los atraviesa, los suspende o los deja vibrar en la resonancia coral, como si se tratara de fragmentos de sabiduría antigua que siguen interrogando al presente.

Meditar con el canto «a capella» supuso un descubrimiento auditivo y sensorial por la escritura tan actual, que seguramente tomarán nota otros coros jóvenes dentro y fuera de nuestras fronteras, y nada mejor que la expresión de mi tocayo sevillano: «Más que ilustrar los textos, la música los atraviesa», proyección vocal sublime de las diez voces, frescas, seguras, compensadas, capaces de interpretar, guiadas por el vitoriano, a dos compositores tan distintos y distantes en el tiempo pero tan cercanos en la espiritualidad y buen gusto compositivo.

PROGRAMA:

Spiralem tempore

Alessandro Scarlatti (1660-1725):

Salve Regina, en re menor (a cuatro voces, 1703).

José García Román (1945):

Scire tuum nihil es…?, nº VI de Parva opera (para coro mixto. 2016) *

Alessandro Scarlatti:

Dixit Dominus (a cinco voces y continuo, s.d.)

José García Román:

Eam vir sanctus, nº I de Parva opera (2014) *

Alessandro Scarlatti:

Miserere (a doble coro, s.d.)

José García Román:

Vitam impendere vero, nº IV de Parva opera (2014) *

Alessandro Scarlatti:

Magnificat (a cinco voces y bajo continuo, s.d.)

INTÉRPRETES:

Academia Barroca del Festival de Granada

Darío Tamayo, órgano positivo y clave

Daniel Zapico, tiorba

Carlos Mena, dirección musical

SOPRANOS:

Carmen Callejas García – Andrea Ceballos Martín – Luna Celemín Trevín – Laura Rivas Pérez

ALTOS:

Paula García Mendoza – Alejandro López Ramiro

TENORES:

Íñigo Fernández Elorriaga – Raúl Jiménez Medina

BAJOS:

Imanol Gamboa Eguia – Jorge Trillo Valeiro

* Estreno absoluto

Concierto en conmemoración del 300 aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti

Clave fabricado en 1982 por Willard Martin en Bethlehem, Pennsylvania, según un original de Nicolas Blanchet.

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